Mũkoma wa Ngũgĩ y el tizita

Mũkoma wa Ngũgĩ presentó el pasado 1 de abril en Zaragoza su última novela, Unbury Our Dead with Song, un libro cuya composición ha sido larga y esmerada. «Quería escribir una obra bella porque habla de la belleza, de la estética africana», declaró el autor en la entrevista exclusiva concedida tras la presentación.

El escritor Mũkoma wa Ngũgĩ. Foto de Ali Ghandtschi. Fuente: web del autor

Unbury Our Dead with Song relata una travesía iniciática a la esencia del tizita, ese género musical etíope tan difícil de explicar. Para entenderlo, el narrador de la historia, John Thandi Manfredi, un reportero keniano de prensa amarilla, se embarca en un viaje que le lleva de un garito pugilístico en las afueras de Nairobi a la cuna del tizita en Etiopía, mientras entrevista largo y tendido a tres intérpretes en aparente concurso por el título de «mejor cantante de tizita«.

«Elegí a un gacetillero sensacionalista como narrador —afirma Mũkoma wa Ngũgĩ— porque necesitaba una voz que no fuera fiable, como ese pariente que cuando ha bebido no sabemos si nos está contando la verdad. Pero al mismo tiempo, tenía que hacer periodismo de investigación sin ser un intelectual del New York Times». En consecuencia, Manfredi, aunque de buena familia perteneciente a la élite del país, se define a sí mismo como “ese que suele acompañar al tío con dinero y una hermosa mujer. Ese tipo gris […] que siempre está en el ajo, pero nunca en el centro”.

El propio persona narrado, confiesa en el relato que es así como consigue sus noticias y así pretende abordar el que considera que será su reportaje definitivo: “Mi deseo por escribirlo era tan descomunal como mi deseo por vivir. ¡Era mío! Había esperado a que yo creciera. Yo sabía que me cambiaría la vida, para bien o para mal. Si no lo escribía, no tendría nunca una vida plena ni escribiría jamás una historia redonda”.

Las palabras de Manfredi corren parejas con las del propio Mũkoma wa Ngũgĩ que considera Unbury Our Dead with Song «la obra de su vida». «Me costó diez años de peregrinaje encontrar el tizita; cuando se me desveló, pude oír la voz humana como un instrumento capaz de condensar en una nota la alegría y el sufrimiento. El tizita es una explosión contenida, es como un soneto que embrida en una rígida estructura todo un estallido de emociones», explica el escritor.

La fascinación del autor por el tizita impregna las páginas de Unbury Our Dead with Song, en las que Mũkoma wa Ngũgĩ describe la música con primoroso detalle apuntando los silencios, las entradas y salidas de los instrumentos, la modulación de las voces; todo con metáforas que hacen posible oír una pieza mientras se lee: “Dejando que las teclas ascendieran un cerro empinado mientras su voz ahondaba en un abismo y nos arrastraba golpeando nuestros cuerpos contra los bordes afilados”.

Contradicciones como la anterior, todas ellas buscadas a decir de Mũkoma wa Ngũgĩ, jalonan Unbury Our Dead with Song desde la oposición de legalidad e ilegalidad o de competición y colaboración, que se descubre en el local cuyo cuadrilátero, destinado a peleas ilegales de boxeo, se convierte en escenario para el tizita, una música que solo puede interpretarse con honestidad, una música que funde la rivalidad en concierto.

Del mismo modo, los personajes que habitan Unbury Our Dead with Song son complejos: el propio Manfredi «crece con la historia para hacerse mejor —asegura Mũkoma wa Ngũgĩ— y es capaz de entender a los demás», especialmente a los cantantes: el Capitán, la Diva y el Talibán. Sus personalidades duales, fruto de pasados traumáticos, encuentran la armonía individual, su hogar interior, precisamente cuando cantan, cuando se dejan arrastrar por el tizita y el tizita les transforma, y transforma a la audiencia participante: “Ya no éramos quienes habíamos sido apenas unas horas antes”, se puede leer en el relato. Tampoco lo será quien lea Unbury Our Dead with Song.

La última novela de Mũkoma wa Ngũgĩ está trabada además con una sutil filigrana de referencias poco habituales para quienes nos movemos en el marco cultural europeo, pues todas son alusiones a personajes o hechos históricos, políticos y sociales africanos: Quería —afirma Mũkoma wa Ngũgĩ— que les fueran familiares a los lectores de África».

En Unbury Our Dead with Song, Mũkoma wa Ngũgĩ despliega la maestría del «contador de historias» que dice ser y también la del profesor de Inglés, que ejerce en la Universidad de Cornell, donde además enseña literatura creativa. Junto a sus obras de ficción —Mrs. Shaw, Black Star Nairobi, Nairobi Heat o “How Kamau wa Mwangi Escaped into Exile” por la que fue seleccionado para el Premio Caine de Literatura Africana en 2009— ha publicado dos poemarios (Logotherapy y Hurling Words at Consciousness) y numerosos ensayos, entre los que cabe destacar The Rise of the African Novel: Politics of Language, Identity and Ownership.

Fue precisamente este tema sobre el que disertó ante el Congreso Internacional Transmodern Literatures of(f) the Limit, organizado por el Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universidad de Zaragoza y celebrado entre el 30 de marzo y el 1 de abril pasados. En su conferencia aludió al debate sobre el uso de las lenguas europeas —impuestas durante el periodo colonial de manera coercitiva por motivos políticos— y las vernáculas e hizo hincapié en el reto que plantean las traducciones de unas lenguas africanas a otras para terminar planteando la cuestión de si es posible sustraerse al mundo metafísico inglés.

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Lucia Alonso Ollacarizqueta
Autora del blog Pensando en África y del libro homónimo, vivió y trabajó en Zimbabwe entre 1983 y 1989. La estancia en el país africano la empujó primero a cursar y obtener un Máster en Periodismo y luego a desarrollar su carrera en el campo de la investigación para la paz. Licenciada en Filología, proporciona servicios de redacción y corrección de textos como profesional autónoma y al mismo tiempo sigue dedicando parte de su actividad a la difusión del conocimiento acerca de África.
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