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La memoria de una nueva Kenia

“Por mi parte, del reverendo Kahahu aprendí a venerar la modernidad, de Baba Mũkũrũ los valores de la tradición y de mi padre heredé un sano escepticismo hacia ambas. No obstante, siempre me he sentido atraído por los aspectos dramatúrgicos del cristianismo y la tradición africana”. Es uno de los pasajes escritos por Ngũgĩ wa Thiong’o en Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, que ilustra una de las dimensiones más atractivas del escritor keniano con más proyección internacional de las últimas décadas: su tremenda distancia de cualquier dogmatismo y su capacidad de relacionarse con el otro con una mirada abierta, lo suficientemente abierta como para aprender.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Resulta bastante fascinante ver cómo la trayectoria vital de Ngũgĩ wa Thiong’o se ha ido trenzando con la historia de su país, cuánto de cerca ha estado de muchos de los acontecimientos o los periodos históricos más importantes y cómo los ha padecido, prácticamente todos, a cuenta de su activismo y de su compromiso con las capas sociales más populares. No es necesario insistir en su biografía, que en Wiriko hemos tenido ocasión de desgranar en varias ocasiones. Sus convicciones anticoloniales que le llevaron a combatir con sus armas la dominación británica; su compromiso con las condiciones de vida de las personas, más allá de ideologías, que le llevó a ponerse delante de los gobiernos independientes cuando empezaron a romper sus promesas. Sin dejar de ser un escritor, un intelectual y un dramaturgo, su determinación le llevó a la persecución, a la cárcel y, finalmente, al exilio y fue repudiado por gobernantes de diferentes colores, porque la apuesta de Ngũgĩ wa Thiong’o, siempre ha sido por el pueblo.

Entre otras muchas cosas, este eterno “nominado” al Nobel, ha hablado y escrito sobre la descolonización, sobre todo, desde un punto de vista cultural, y sobre la defensa de las lenguas y las culturas nacionales africanas, inscribiéndolas entre todas las minorizadas y amenazadas del mundo. Las raíces de su crítica son tan profundas (tan sorprendentemente profundas para los no avisados) que ponen en cuestión todo ese inaprensible e incomprensible sistema mundial, pero sobre todo sacude a sus lectores y les hace replantearse lo más fundamental, sus propios esquemas mundiales. Ngũgĩ wa Thiong’o es tan incómodo (porque obliga a cuestionarse) como magnético, por la sencillez, la honestidad y la falta de pretensiones. Sin embargo, más allá de cualquier entrevista, no hay mejor forma de acercarse al pensamiento Wa Thiong’o que sus propias explicaciones.

En una reciente conversación con Wiriko, el escritor keniano explicaba bromeado los motivos por los que había comenzado a escribir sus memorias: “Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho ‘te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos’. Y las he escrito pensando en la teoría ‘globaléctica’ que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica”.

Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia es el primero de los volúmenes de esas memorias, publicadas por las editoriales Rayo Verde y Raig Verd, en castellano y catalán y traducidos por Rita da Costa y Josefina Caball, respectivamente. El libro es una forma de asomarse, precisamente a esa infancia de Wa Thiong’o que, pasada por el tamiz de los años, probablemente, ha guardado los episodios que más han marcado su trayectoria posterior. También es una forma de acercarse de una manera muy particular, a través de los ojos, de uno de los intelectuales kenianos más clarividentes de la actualidad, a algunos de los periodos clave de la historia de una de las principales potencias del África Oriental.

En el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o, que perfectamente podría ser una novela, se asoma el principio del declive del poder colonial británico en Kenia, aquella sombra de la guerra mundial que arrastró a las colonias y que a través de la sangre de muchos de los anónimos soldados africanos comenzó a abrir puertas determinantes en la sociedad y en la política de los países. En este caso, apunta todas aquellas cuestiones que los historiadores han desarrollado como causas sociológicas, el sacrificio de los hijos y la aparición de los héroes supervivientes; la experiencia del conocimiento del mundo y el impacto de aquellos blancos que trabajaban como esclavos, los prisioneros de guerra. Toda una serie de nuevas experiencias que empezaban a cambiar algunas percepciones.

El impacto de todo el sistema colonial en la vida de las familias kenianas está presente constantemente en el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o. La llegada de una nueva forma de vida que se inscribe en la llegada de la modernidad supone para los habitantes de Limuru un cambio en los hábitos más comunes. Lo impregna todo, desde los campesinos que pierden sus tierras por las expropiaciones del gobierno colonial y tienen que trabajar en plantaciones de té de los europeos, hasta el acceso a la educación formal, la decisión de acudir a las escuelas. En la experiencia de la infancia de Ngũgĩ wa Thiong’o, que se extiende en las décadas de los años 40 y 50, todos esos cambios tienen una importancia capital.

El escritor comparte su percepción de la escuela: “La escuela era algo que me quedaba muy lejos, algo reservado a quienes me aventajaban en edad o provenían de una familia adinerada. Jamás se me habría ocurrido como una posibilidad real”. Y a pesar de esa primera sensación, un día su madre le pregunta si quiere ir a la escuela. El diálogo que sigue a esa consulta, aparece como uno de los compromisos más inviolables para Ngũgĩ wa Thiong’o. La conversación terminó con su madre preguntándole: “¿Y que siempre lo harás lo mejor que puedas?”. Y a partir de ahí la promesa marcó la vida del escritor. “En aquel momento yo le habría prometido cualquier cosa, pero cuando la miré y dije que sí supe, sin lugar a dudas, que le estaba dando mi palabra: siempre lo haría lo mejor que pudiera, por muchas penalidades que sufriese, por muchos obstáculos que encontrara”, cuenta el intelectual keniano.

La experiencia de la escuela, además marcó la aproximación del escritor a la literatura de una manera muy particular. Ngũgĩ wa Thiong’o transmite desde el primer momento su fascinación por las narraciones orales que llenaban las veladas de su concesión familiar. “Los primeros rayos de sol siempre son bienvenidos, pues permiten que el libro de los prodigios desgrane historias sin interrupción, salvo cuando tengo que apartarlo para hacer alguna tarea. Sólo por esta posibilidad de evadirme a un mundo mágico, ha valido la pena ir a la escuela. Gracias, madre, gracias. La escuela me ha abierto los ojos”, confiesa el autor.

Paralelamente, el escritor va presentando todos los episodios que muestran cómo va cambiando la vida cotidiana de los kenianos en esa época, desde el trabajo al impacto del ferrocarril, la convivencia con diferentes comunidades o la construcción de un incipiente nacionalismo keniano que va poco a poco preparando el terreno para la independencia. La experiencia de la violencia, en este caso, se materializa en la revuelta mau-mau, la percepción de un niño, la ola de represión y las bases que la revuelta van sentando. Pocas veces, el público del norte global ha podido tener acceso a un relato sobre el choque de la autoridad colonial y las expectativas de las sociedades africanas contemporáneas, como en estos Sueños en tiempos de guerra que brinda Ngũgĩ wa Thiong’o.

Ngũgĩ wa Thiong’o: “El problema es que las lenguas se han usado para asegurar las desigualdades del sistema colonial”

Antes de que Kenia consiguiese la independencia, Ngũgĩ wa Thiong’o ya había puesto su pluma al servicio de la libertad y de la emancipación de su pueblo. Su primera novela trataba sobre el choque entre las culturas europeas y africanas, precisamente en el momento del levantamiento mau-mau, un tiempo en el que el compromiso se pagaba caro. Cuando los gobiernos independientes no cumplieron con las expectativas de derechos para los ciudadanos, Thiong’o no tuvo reparo en colocarse enfrente, su compromiso seguía siendo el mismo: por la libertad y la emancipación, fuese quien fuese el que cometía los atropellos; y eso le llevó primero a la cárcel y después al exilio. Esa coherencia alejada de cualquier dogmatismo y esa alineación siempre con las capas más populares de la sociedad le ha convertido casi en un mito; la calidad de su trabajo literario, que abarca teatro, novela, ensayo o cuento infantil, además, le ha convertido en un referente global. Es uno de los autores africanos más publicado en castellano (probablemente el más publicado) y unas de sus últimas obras traducidas son, precisamente, los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias (Sueños en tiempos de guerra y En la casa del intérprete, de la editorial Rayo Verde, publicados también en catalán).

El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

A sus ochenta años recién cumplidos, el escritor keniano, continúa viajando por el mundo para hablar sobre sus experiencias y sus reflexiones. Está en Barcelona de paso, para presentar En la casa del intérprete en el festival MOT (un festival literario que se celebra entre Girona y Olot), y charla sereno y animado a pesar del cansancio que le provoca el jet lag de su viaje desde Los Ángeles, donde reside y ejerce como profesor universitario. La fatiga no le impide ni ser firme, en algunas ocasiones; ni bromear, en otras.

Con el tiempo usted se ha convertido en un referente en la defensa de las lenguas africanas.

Todo el mundo tiene un derecho a su propia lengua y no sólo a la lengua, sino a todo lo que una lengua contiene, la historia, la cultura, los sistemas de conocimiento. Y ese es un derecho innegociable. Esa es mi base. Desde esta base tú puedes conectar con el resto de lenguas y culturas del mundo. Cuando añades lenguas a tu propia lengua, eso es empoderamiento. Por el contrario, si conoces otras lenguas pero no conoces la tuya, o bien la sustituyes, eso es sometimiento. Es un debate tan largo como alcanzo a recordar.

Su apuesta, entonces, ¿es a favor de las lenguas africanas?

Evidentemente, yo parto de mi propia lengua, mi lengua materna, que es una lengua africana, el kikuyu, pero puedo usar otras como el inglés, por ejemplo, cuando es necesario. La base, es la lengua madre, pero conocer otras lenguas, como el inglés, es bueno para mí. En realidad, es una cuestión de relaciones. A mi propia lengua le puedo sumar otras, incluidas las que que podemos llamar lenguas coloniales. Mi propuesta es una política de tres lenguas: la lengua materna, en mi caso el kikuyu; la lengua nacional que sea la mayoritaria en un país en un momento, la que aglutine grandes comunidades, en mi caso el kisuajili; y finalmente, el inglés, el francés, el español o el idioma global que sea. Al final, es una cuestión de sentido común, se trata de utilizar la lengua que te permita comunicarte en cada situación.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El colonialismo ha establecido relaciones de poder desiguales, que no responden a las relaciones naturales de las lenguas. Los sistemas de desigualdad han distorsionado los procesos de empoderamiento de las personas y la relación de esas personas con sus propias lenguas. El problema es que las lenguas se han utilizado para asegurar esas desigualdades del sistema colonial y esas relaciones entre las lenguas, reflejan esas relaciones de desigualdad.

¿Como cuando Macron intenta reclutar escritores de origen africano para revisar la Francophonie?

Les corresponde a los países africanos resistirse a la primacía de las lenguas, es decir, les corresponde a los países africanos decidir cuáles deben ser sus políticas lingüísticas. Impulsar el francés, por ejemplo, puede ser una de ellas, pero en todo caso, lo deben decidir ellos, igual que pasa con el inglés. En todo caso, el francés puede tener una posición de apoyo, es correcto, pero no de sustituto de las lenguas nacionales. Este es un tema que me apasiona y sobre el que llevo más de treinta años trabajando. Ya, alrededor de 1920, uno de los directores de la Alliance Française, advirtió que algún día los países del África francófona serían independientes y por eso era necesario establecer ataduras psicológicas fuertes basadas en la lengua y la cultura, para conseguir que siguiesen siendo dependientes de París.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

¿La lengua es la coartada?

A medias. La lengua no es sólo un escudo, también es una herramienta para el control económico y político.

En este contexto de defensa de las lenguas, ¿qué papel tiene su colaboración con el colectivo de jóvenes escritores Jalada?

Tenia que colaborar con ellos porque han puesto en práctica lo que nosotros discutíamos en teoría. Yo he teorizado mucho sobre este tema, ¡pero ellos lo han hecho realidad! Me pidieron una historia (La revolución vertical) y yo la escribí en kikuyu, les entregué el original, y también se lo traduje al inglés. Hoy este relato está traducido a 68 lenguas de todo el mundo, creo.

Y, ¿que papel juegan las nuevas formas de editar, las tecnologías digitales?

Oh, no, yo sólo les di la historia (ríe). Lo mío son las viejas tecnologías (bromea). Pero por supuesto que esas tecnologías digitales son muy importantes para las nuevas publicaciones. Lo que pasa es que también es importante controlar el uso, porque pueden tener un efecto negativo. Todas las grandes empresas y los grandes negocios se apoyan en el uso de los medios sociales.

¿Vivimos tiempos de homogeneización?

No, no… Estamos en medio de una lucha entre las fuerzas que buscan el control social y las que quieren un mundo mejor. Esa lucha se refleja en los medios convencionales, en los medios sociales y en todos lados. Pero, por mucho que las grandes compañías estén intentando imponer esa cultura homogénea, siempre hay grupos que están desarrollando las alternativas.

¿Dónde ha quedado el papel emancipador y liberador de la literatura?

Sigue siendo necesario. La literatura empodera a la gente. Eso siempre es necesario y cada uno de tenemos que contribuir a nuestra manera desde diferentes ámbitos.

Con su experiencia vital, ¿cómo vive que siga habiendo escritores perseguidos o encarcelados en diferentes países de África?

Es el reflejo de las tendencias represivas. Cuando los escritores o los líderes de opinión, en general, son encarcelados es el reflejo de una represión mucho mayor. Los escritores son los cabezas de turco, meterlos en la cárcel pretende dar un ejemplo para el resto de la sociedad. He reescrito un libro que habla sobre mi experiencia en prisión y lo he dedicado a todos los escritores que son encarcelados, porque encarcelar a los escritores es un intento de silenciar sus ideas.

¿Por qué se ha decidido ahora a escribir sus memorias?

Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho “te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos”. Y las he escrito pensando en la teoría “globaléctica” que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica.

Y, ¿cuál es el punto fuerte de la tercera parte de su autobiografía, la que todavía no se ha publicado en español?

Cómo me convertí en escritor. Cómo me dije a mi mismo he nacido para hacer esto, cómo estaba intentado reflejar mi propia lucha y la importancia y la interacción con todas las fuerzas que influían en mi toma de conciencia sobre la escritura.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

“Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo”

Se llamaba Mnyazi wa Menza, pero se la conocía como Mekatilili. Su nombre, adquirido de su hijo Katilili, ha pasado a la historia sin embargo no por su rol de madre sino por ser la mujer que encabezó el enfrentamiento de su pueblo contra la opresión británica. Un siglo después, los fotógrafos Rich Allela y Dapel Kureng recuperan el recuerdo de Mekatilili para ponerla al frente de su serie African Queens’, una colección que pretende, según cuenta Kureng a Wiriko, “inspirar a las mujeres africanas de todas partes a levantarse contra la desigualdad y la discriminación”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

“’African Queens’ surge para dar a conocer las leyendas femeninas africanas de tiempos pasados. Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo que las rodeaba”, añade. Que la historia real de esta mujer keniana se haya teñido de leyenda tiene que ver con que no existe mucha documentación registrada de la época, que se remonta a principios del siglo XX. Mucho menos cuando quien la protagoniza es del lado oprimido. Mucho menos tratándose de un liderazgo ejercido por una mujer. En cualquier caso, tal y como apunta Kureng, “Mekatilili ha sido reconocida recientemente por su gente al darse cuenta de que no le habían dado el lugar que merecía por su contribución a la libertad en tiempos de esclavitud”.

Ella era la cabecilla de la rebelión de Giriama, una región situada al sur de Kenia, que se enfrentó al régimen colonial entre 1913 y 1914. Mekatilili era viuda, lo que le permitía acceder a más libertades que las que tenían otras mujeres de su cultura. Una de ellas era tener voz en la asamblea de su comunidad, desde la cual se proclamó líder de la lucha contra los trabajos forzados, el aumento de impuestos y el envío forzoso de hombres a la I Guerra Mundial que imponía Gran Bretaña.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

Su liderazgo, no obstante, no le venía por el mero hecho de poder figurar en el órgano de decisión de su pueblo. Mekatilili ganó adeptos a través de la palabra y el baile. En el primer caso porque era una gran defensora de la cultura local, y en el segundo porque fue una conocida bailarina de kidufu, una danza reservada para ceremonias especiales. Esta mujer era madre, era bailarina y fue una destacada activista que nació a mediados del siglo XIX en el seno de una comunidad patriarcal y llegó a convertirse en un referente histórico en la lucha contra la colonización de este país africano.

Entonces, con la dominación colonial, pero también ahora, el foco apunta a lo mismo: el reconocimiento como iguales.  “Queremos representar a mujeres que desde su entorno han encabezado actos de liberación”, explica Kureng. Para este nigeriano, coautor de ‘African Queens’ junto al keniano Allela, ellas son ejemplos necesarios hoy en día (no sólo) en África: “La visión general que hay en los países africanos hacia las mujeres es la de una sociedad patriarcal que abanica las llamas de la suposición cultural de que las mujeres deberían ser vistas y no oídas. Las mujeres, tanto en los pueblos como en las ciudades, están contenidas por ellas mismas y por la sociedad”.

Su representación de Mekatilili, realizada con algunas modelos y mucha edición digital, ha sido tan querida como criticada entre quienes les reprochan falta de precisión histórica en su representación de este icono, a quien sitúan en un paraje árido que no corresponde al de Giriama y con un vestuario que tampoco es el de su cultura. “Nos pusimos completamente en manos de gente de la zona que me contaron qué trajes usar. Y ellos eran kenianos. Pero, por otro lado, en ‘African Queens’ también tratábamos de proyectar africanismo, por lo que buscamos la manera de combinar y fusionar los atavíos kenianos con esta idea”, argumenta Kureng quien señala que, en cuanto a la notoria edición de su trabajo, “el empleo de Photoshop y otras formas de manipulación fotográfica ayudan a acercar la historia a las nuevas generaciones, que se sienten más atraídos y conectan más fácilmente con esta representación de los héroes del pasado”.

Heroínas, en el caso de la colección ‘African Queens’, en la que Mekatilili ha sido la primera pero no será la última. “Queremos inmortalizar la larga lista de mujeres africanas que han contribuido a sacudir el mundo de su tiempo. Su fuerza y vitalidad pueden servir a las mujeres de hoy para despertar del estupor de las normas sociales y las tradiciones que les han colocado un grillete alrededor del cuello”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

Mwangi Hutter o el abrazo entre África y Occidente

En la unión está la fuerza. También en la obra de Mwangi Hutter, un dúo artístico que combina no sólo escultura, pintura, video, fotografía y performance sino también las identidades formadas por las experiencias personales y las raíces keniana y alemana de sus integrantes. Juntos dan lugar a una dualidad común, su propio concepto de multiculturalidad.

Fotografía de la performanceCloth to cover every stone’, de Mwangi Hutter.

Ingrid Mwangi nació en Nairobi. Robert Hutter en Ludwigshafen. Ella de madre alemana y padre keniano, justo al contrario que los hijos que comparte esta pareja que se conoció en 1998, cuando ambos estudiaban arte. Desde 2005 forman Mwangi Hutter, un “sólo artista”, como ellos mismos se definen en su web, una “entidad de personalidad de doble género y multicultural”, según explican a The Stranger. Como en una relación sana, su arte está formado tanto por los individuos que la componen como por el vínculo que los une, dando paso a unas creaciones que, mediante la interrelación, les sirven de técnica de autoconocimiento.

Para ello suelen recurrir al desnudo, físico y emocional. Descubren sus miedos y esperanzas personales para afrontarlas juntos a través de las artes visuales. Así lo muestran en su última exhibición Innocent of Black and White’, presente en el espacio de arte Kunstverein Ludwigshafen hasta el 15 de abril, en la que reúnen una selección de su obra (como es habitual en las exposiciones de este sello artístico) para reflexionar sobre las cambiantes realidades sociales y el modo en el que las experimentan.  Todo ello a través de diferentes técnicas: “El vídeo ofrece la oportunidad de repensar y reevaluar los fragmentos de ‘realidad’ que se han grabado, así como la posibilidad de crear un mundo que funcione de manera diferente, por ejemplo, con respecto al paso del tiempo. Un trabajo fotográfico tiene la cualidad de congelar el momento y permitir que la historia se desarrolle a partir de un solo cuadro o una combinación de varias imágenes. La instalación nos brinda la oportunidad de combinar vehículos de significado y sumergir al espectador en diferentes impresiones sensoriales dentro del espacio que los contiene, por ejemplo, vídeo, sonido, texto escrito y objetos. En general, es emocionante no tener que limitarse a usar diferentes medios, sino tener toda una gama de medios para trabajar”, declaran Mwangi Hutter a Studio International.

Traces‘. Fotografía de Mwangi Hutter

Arise‘. Fotografía de Mwangi Hutter

Definitivamente, esta dualidad artística ve en los límites un reto. “Estamos discutiendo las barreras, los conceptos, los constructos que crean nuestra identidad. Estamos sugiriendo que la idea de diferentes géneros y antecedentes personales puede superarse completamente dentro de esta unidad. Estamos trabajando como un solo cuerpo, un organismo”, explican a la Asociación Cultural Vídeo Brasil. Una búsqueda de la identidad que se retrata en ‘Nothing solid’, un vídeo en el que se representa el peinado como una encarnación del tiempo, la memoria y la experiencia. En él la propietaria del cabello, su hija, se deshace de sus rastas que, sin embargo, no desaparecen sino que quedan en el aire, atadas a unos globos.

En tanto que exploradores de lo propio, Mwangi Hutter recurre continuamente a los cuerpos. Ellos son sus lienzos sobre los que profundizar para hallar esa esencia individual de cada uno, tal y como se manifiesta claramente en la exposición Living in your heart, de la Galería Burster (Berlín), en la que partir de su caja de resonancia creada con fotografías, vídeos y pinturas hacen visible el rastro en el individuo de las experiencias vividas.La introducción, nudo y desenlace de su historia, es lo que ellos llaman la huella dactilar y definen textualmente de este modo: “Huella dactilar para huella digital dejamos nuestras huellas como un símbolo de nuestro mapa interior. seguir esto un día nos conducirá a nuestra propia esencia. si pudiéramos contar nuestra historia sin palabras, sonido o imágenes, lo haríamos, pero por el momento, eso es imposible. de hecho, todavía no conocemos nuestra historia. la dibujamos en nuestras pinturas, la descubrimos en nuestros vídeos y sonidos, tomamos fotografías, para que sean visibles. solo tenemos una idea de lo que podría ser, pero sin continuar nuestro viaje, nunca hubiéramos empezado a descubrir qué descubrir”.

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Una búsqueda del desarrollo individual que Mwangi Hutter no conciben si no es en colectivo.  Es aquí donde entra con fuerza su concepto de la unidad, altamente evidenciado en la muestra ‘Falling in Love, Again’, de la Galería Mariane Ibrahim (Seattle). En ella expresan sus construcciones del yo con un abrazo en blanco y negro que parece fundir ambas mitades, ambas identidades, sin que por ello cada una deje de tener su protagonismo. Simplemente conviven. Y es belleza.

Watu Wote: El terror de Al shabab nominado a los Oscar

Esta vez solo se trata del titular. Esta historia de tan solo 22 minutos y nominada a los Oscar en la categoría de mejor cortometraje es un soplo de aire fresco. Un puntapié a la retórica racista de Trump y a los discursos bañados en fuego de algunos líderes incitando al odio contra el “otro”. Un ejemplo, uno más, de que no se trata de un conflicto religioso sino de terrorismo. A secas. La película Watu Wote: All of Us, dirigida por la alemana Katja Benrath, escrita por Julia Drache y producida por Tobias Rosen, cuenta los hechos reales de diciembre de 2015 que sufrieron los pasajeros de un autobús que se dirigía a Mandera, una pequeña ciudad en el noreste de Kenia, frontera con Somalia. El grupo terrorista al-Shabaab intentó replicar el modelo de asalto y reivindicación que llevara a cabo un año antes (noviembre de 2014) en el que asesinó a los cristianos del autobús, después de separarlos de los musulmanes. Una masacre con 28 fallecidos.

Pero en esta ocasión no fue así. Los pasajeros musulmanes se negaron a cumplir con la demanda de los asaltantes de que identificaran a los cristianos entre ellos, salvándolos de una muerte casi segura. Incluso después de que los terroristas amenazaran con disparar, los musulmanes protegieron a sus hermanos y hermanas e incluso les dieron atuendos religiosos para que no fueran identificados fácilmente. Valentía. Amor. No obstante, murieron dos personas y otras tantas resultaron heridas. La ansiedad incesante creada por el conflicto persistió hasta que un día los pasajeros demostraron que la fe y la solidaridad pueden prevalecer sobre los actos de terror y violencia.

El nairobense Abdi Latif Dahir lo explica así: “Desde hace varios años, Kenia ha sido blanco de ataques terroristas, especialmente desde la intervención del ejército en Somalia en 2011. Los crecientes atentados de Al-Shabaab han desestabilizado la armonía religiosa. De hecho, en sus videos de reclutamiento y mensajes en redes sociales, han jugado con los agravios a los que se enfrentan los musulmanes en una nación de mayoría cristiana, incluida la pobreza, la discriminación y el subdesarrollo en sus regiones”.

La película ya ha ganado más de 35 premios de festivales de cine, incluido el Gold Student Academy Award, los Oscar de los estudiantes de cine, en la categoría de mejor narrativa. Es un hito cinematográfico. Pero también social. El destino quiso que el mismo día de la nominación a los prestigiosos premios de la Academia de Cine de Hollywood se estrenara en Kenia, en el Centro comercial Wesgate de Nairobi. Hay que hablar de ello para superar el miedo. Los miedos. Y por eso como explica Bryan Mwangui “es necesario que se visibilice que en Kenia la convivencia entre religiones es pacífica a pesar de que la prensa internacional se empeñe en mostrar lo contrario”.

La película está protagonizada por Adelyne Wairimu, Barkhad Abdirahman y Fasal Ahrmed (Capitán Phillips) y Abdiwali Farrah (Fishing Without Nets).

El 4 de marzo sabremos si este fogonazo de luz se hace todavía más viral.

Salym Fayad: “En Colombia se están creando espacios para la reconciliación a través del arte”

Cine Tonala, Bogota.

Wiriko este año ha contribuido a promocionar la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA) como medio oficial. Un encuentro bianual que se hace cada vez más importante en el país y que cuenta con un elenco de profesionales concienciados en que a través del arte y la cultura se pueden abrir brechas a partir de las cuales mostrar otras realidades y formas de compartir experiencias de éxito en esta tarea de crear un mundo más justo. Uno de los cofundadores de la MUICA es Salym Fayad, fotógrafo, realizador y periodista independiente colombiano que desde 2008 vive en Johannesburgo trabajando temas tan diversos como la promoción musical, el intercambio cultural o reportajes que cubren desde la cultura pop hasta lo más tradicional, e incluso los derechos humanos. La idea del MUICA surgió de hecho en Sudáfrica en 2014 gracias al trabajo con Marcela Asensio y Ángela Ramírez realizadoras cinematográficas, también colombianas con las que crearon la fundación Otro Sur. En 2015 se celebraría en Colombia la I MUICA. Y hace algunas semanas finalizaba esta segunda entrega de un evento fundamental.

Salym, este puente entre Sudáfrica y Colombia ¿a qué se debe? ¿Hay similitudes entre estos dos países?

Hay muchas. Primero desde el lado humano: calidez, sociedades abiertas, orientan a los extraños, ayudan al recién llegado. Es algo que he percibido en mis viajes tanto en América Latina como en África. Por otro lado, hay similitudes de tipo histórico y social. Algunas naciones en África vienen de pasados o presentes traumáticos como el que vivimos en Colombia en el que hemos pasado 52 años en guerra y, hasta ahora, estamos intentando salir o, mejor dicho, iniciar un nuevo ciclo histórico, social y político. Hay naciones africanas que están pasando por el mismo proceso como por ejemplo Sudáfrica que también salió de un proceso traumático después de pasar 50 años de apartheid. Y aunque han pasado más de 20 años hay enormes similitudes y enormes cicatrices en este país que también se relacionan con Colombia y que se reflejan en temas como la desigualdad, la criminalidad e incluso la corrupción. Desde luego el tema racial también es otra similitud.

Salym Fayad presentando una proyeccioón de la MUICA en el Cine Tonala, en Bogota.Foto: Carlos Santos.

Cuando explicas en el contexto de Johannesburgo que eres colombiano ¿qué imagen tienen de tu país?

Por lo general ninguna. Al igual que si en Colombia hablo de Guinea Bissau o Togo. Mucha gente cree que Colombia queda en América del Norte, muchos la confunden con Cuba, incluso. Y cuando se tienen referencias los clichés apuntan hacia Shakira o Pablo Escobar. De hecho, la serie de Netflix ha contribuido a popularizar un imaginario sobre mi país un poco glamurizado o romantizado de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente. Una etapa de la que todavía no nos hemos recuperado o digerido como sociedad. Brasil, por ejemplo, tiene una conexión más fuerte con los países africanos a nivel comercial y diplomático.

Y de forma inversa, ¿cuál es la imagen que llega a Colombia de África y de Sudáfrica en particular?

Pues llegan los mismo estereotipos de siempre que se acentúan por la falta de información. Salvo la ocasional nota sobre Boko Haram, el espacio que los medios colombianos dedican a África es mínimo y la información que llega desde el terreno es prácticamente nula y la voz de los autores, reporteros o artistas africanos es inexistente. En Colombia ha surgido en los últimos años una tendencia a reivindicar nuestras raíces africanas. Es una reivindicación necesaria, pero que llega tarde, aunque afortunadamente ya está sobre la mesa. Y lo hace en el marco del decenio de la afrodescendencia declarado por Naciones Unidas y en el contexto de los acuerdos de paz y de post conflicto por los que atraviesa el país. En estos, se hace énfasis en el reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, miles de las cuales son afrodescendientes. Y esta reivindicación se refleja en la producción musical o cinematográfica del país. Sin embargo, desde mi modo de ver, muchas veces estos acercamientos tienden a romantizar ciertos imaginarios sobre África como origen que, aunque sean positivos, también son estereotipos con frecuencia simplistas con los que se hace poco esfuerzo por reconocer realmente sus complejidades y sus múltiples dimensiones.

Sobre Sudáfrica llega información, pero también está estereotipada: Mandela, el post conflicto, la comisión de la verdad y la reconciliación, en resumen: sobre la sanación social en general. Estas visiones tienden a obviar las complejidades de las realidades sudafricanas, donde la idea de “la nación del arcoíris” es un mito, donde la desigualdad es enorme, y donde las tensiones raciales son evidentes. Ahora, el caso sudafricano es un referente muy valioso que aporta mucho a la discusión en Colombia sobre cómo asumir el postconflicto como nación. Pero creo que no se problematiza lo suficiente.

Por otra parte, personalidades sudafricanas implicadas en el proceso de reconciliación han visitado Colombia para hablar de la experiencia de su país, pero han sido en su mayoría blancos y no negros que fueron las víctimas reales durante el apartheid y quienes están en una posición más clara para hablar/nos de perdón. Entre estas personalidades se encuentran el último presidente de la era del apartheid, Frederik de Klerk que compartió el Nobel de la paz junto a Nelson Mandela. Una figura que en su país está muy lejos de ser percibido como un pacificador.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion de la 1a version de la MUICA en Cali.

Colombia atraviesa un momento político y social crucial tras el referéndum para la paz. ¿Cuál es el contexto en el que se celebró la MUICA?

Como he mencionado, Colombia estuvo inmersa en un conflicto armado durante 52 años y después de 4 años de negociaciones en la Habana (Cuba) –y después de varios intentos fallidos de varios gobiernos para llegar a algún acuerdo con las FARC, la principal guerrilla del país– a finales del año pasado se firmó un acuerdo. Este es un contexto que a nivel social tiene muchas implicaciones que se ponen sobre la mesa: el problema del narcotráfico que durante décadas ha financiado el conflicto armado y la violencia; el tema de los desplazados ya que desde hace muchos años mi país está entre los 3 primeros del mundo en términos de desplazados internos, actualmente unos 6 millones de desplazados por la violencia; el papel de las tierras; el papel de las víctimas; los asesinatos a líderes indígenas que en este año van más de 40… Habiendo dicho esto, hay una oposición, un sector que se opone a los acuerdos y que ha dividido mucho a la sociedad.

La MUICA se celebró en un contexto de mucha esperanza y donde hay también mucho movimiento desde la sociedad civil. La población está haciendo muchos esfuerzos por crear espacios de diálogos para que las víctimas se expresen y para esto se está utilizando mucho el arte:3 las canciones, la tradicional oral, pero por supuesto también el cine. El momento ha generado una corriente cultural que busca formar parte en todo este proceso de reconciliación y sanación en Colombia.

¿Entonces la MUICA intenta contribuir a este nuevo espacio de diálogo en el país con la muestra de cines africanos?

Creemos que hay un vacío cultural muy grande en cuanto a las relaciones culturales y a los conocimientos con África y sus expresiones culturales. Creemos que a través del cine podemos tener acceso a esa multiplicidad de realidades africanas que en muchos casos desconocemos en Colombia, pero que a la vez son narradas por los artistas africanos y no desde una mirada occidental. No se trata solo de conocer las dimensiones sociales y culturales sobre África, sino de conocer cuáles son los métodos o las formas narrativas que utilizan esas voces para contar su propia realidad. Pero la razón de ser de la MUICA no es solamente concentrarnos a nivel racial como decía antes, sino porque los países del llamado Sur Global compartimos muchísimas cosas a nivel social. Además, nuestro interés también es artístico porque consideramos que a través de estas narrativas podemos ampliar nuestros horizontes sobre África.

La comunidad afro en Colombia ronda los 4 millones de personas según el último censo de 2005. 12 años después ¿esa población se mantiene? ¿Ha aumentado?

A pesar de que esas son las cifras oficiales más recientes, de hace más de 10 años, hoy en día se calcula que aproximadamente la cuarta parte de la población colombiana es afrodescendiente. Su presencia se ha visibilizado en muchos casos por las razones equivocadas, como por ejemplo las altísimas cifras de desplazados por el conflicto que provienen de estas zonas. Este 25 por ciento, sin embargo, que equivaldría a unos 10 millones de personas, no se traduce en términos de representación política ni de distribución económica. Gran parte de la población afro se concentra en el departamento del Chocó, en la costa Pacífica, que es además una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país, y además una de las más perjudicadas por la violencia.

Proyección en el distrito de Siloe, Cali. Foto Salym Fayad.

Y eso de itinerante… ¿tiene algo que ver con la dispersión de la comunidad afro en el país?

En parte sí, pero no solo eso; sino también con desplazar el centro de poder y de la oferta cultural en el país. Es decir, de Bogotá, la capital. La MUICA se realiza también en Cali y Cartagena, dos de las ciudades que cuentan con una alta concentración de población afrodescendiente. También hemos llegado a la isla de Providencia en el Caribe. Las ciudades tienen también una rica oferta cultural, pero que en muchos casos en el país está regionalizada. Es normal que ciertos productos culturales se consuman más que otros en diferentes regiones, pero creemos que la programación de la MUICA le habla, o le puede hablar, a toda Colombia. Tanto por la propuesta estética de algunas de las cintas como por su contenido. Hemos programado películas que abordan temas que son de gran relevancia en el contexto del postconflicto en Colombia. Algo Necesario, de Judy Kibinge y Materia Gris, de Kivu Ruhorahoza, que reflexionan sobre cómo gestionar el trauma tanto a nivel individual como a nivel social en un ambiente que ha sido marcado por la violencia. También Mandela, el mito y yo, de Khalo Matabane, hace un retrato tan personal como crítico sobre el legado del icono de la reconciliación en Sudáfrica.

Pero las itinerancias de la MUICA no solo llegan a las principales salas en centros urbanos. También hemos hecho proyecciones en colegios, en barrios periféricos –algunos de ellos con mayoría de población afrodescendiente–, en parques, plazas, bibliotecas y espacios públicos. La intención ha sido un año más, la de diseminar este contenido cultural hasta donde sea posible, y que todo tipo de público se pueda relacionar con éste porque lo encuentra entretenido, porque se puede relacionar con su contexto inmediato, por su origen histórico, o por el contexto general de la realidad nacional.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion-apertura de la 1a version de la MUICA en Cali. Foto: Salym Fayad.

¿Nos puedes contar cuál ha sido el recibimiento en las ciudades que han acogido la muestra?

El recibimiento ha sido muy positivo. La primera MUICA en 2015 nos permitió ver el interés –o curiosidad– del público por este tipo de contenido, que en Colombia nunca había sido exhibido en esta escala. Eso nos animó a ampliar el catálogo (este año hemos proyectado 20 títulos) y nuestro alcance. Hemos recibido una gran cantidad de invitaciones para replicar la muestra en otras ciudades, como Medellín, la segunda ciudad más grande del país, pero también a otras como Valledupar, Manizales o Ibagué. También en ciudades como Buenaventura o Quibdó en la región del Pacífico, urbes de mayoría afrodescendiente, en las que además hay muy poca exposición al cine que no sea de consumo masivo, y que tienen sus propios desafíos en términos logísticos, de infraestructura, de difusión y de creación de públicos.

Habéis contado con el camerunés Jean Pierre Bekolo en Bogotá. Cuéntanos cómo fue, ¿cuáles han sido las impresiones del director?

Jean Pierre Bekolo es quizás el realizador camerunés más destacado actualmente, no solo por los premios que ha recibido en el pasado en festivales como FESPACO y Cannes y por los cargos que ha ocupado en organizaciones como la World Cinema Alliance y Guild of African Filmmakers, sino porque su lenguaje cinematográfico es atrevido, experimenta con elementos narrativos poco convencionales y sus películas con frecuencia reflexionan sobre el quehacer cinematográfico a la vez que hacen un comentario social o político. En la MUICA programamos dos de sus títulos: Las Sangrientas (Les Saignantes) El Presidente (Le président); la primera es considerada la primera película de ciencia ficción del continente y la segunda es un falso documental que hace referencia al presidente de Camerún y que fue censurada en el país.

Tenerlo como invitado abrió una ventana para el intercambio cultural que estamos buscando. Para muchos de los asistentes a sus películas, como lo expresaron durante sus charlas y sesiones de preguntas después de las proyecciones, el único referente que tenían de Camerún es que su equipo de fútbol eliminó a Colombia del mundial de Italia en 1990. Y ahora tenían en frente a un artista de vanguardia hablando de afro-futurismo, poscolonialismo cultural, de las dinámicas de la representación en el cine de y fuera de África. Bekolo sostiene que se pueden plantear soluciones o transformaciones a nivel social desde el cine, que puede ser una herramienta para sanar nuestros traumas pasados, la violencia del colonialismo o de la desigualdad, que es un espacio de reflexión que incluso desde la ficción puede contribuir a la reconstrucción social. Esto es muy relevante en el contexto colombiano y así lo percibió el público y los cineastas colombianos que asistieron a sus charlas. Para él, este intercambio también fue muy enriquecedor; estar expuesto al público y a los realizadores afrocolombianos, escuchar sus inquietudes sobre cómo narrar historias sobre sí mismos y cómo se perciben en el panorama general del país. De hecho, expresó su interés en trabajar en un proyecto cinematográfico propio en la región del Pacífico colombiano.

JP Bekolo durante el MUICA, Bogotá, Colombia. Foto: Salym Fayad.

Tu experiencia de trabajo en África te ha permitido entrar en contacto con cineastas y trabajadores de la industria cinematográfica. ¿Cómo ves el sector después de que seamos conscientes de la cada vez más acuciante dinámica de nuevos festivales de cine en el continente?

Muchos de los cineastas y programadores con los que he conversado coinciden en que el sector se está fortaleciendo en el continente, tanto a nivel de producción como de exposición. Cada vez más se están desafiando las categorías de los géneros cinematográficos, y la tecnología misma está abriendo la oportunidad para que realizadores emergentes o independientes puedan producir piezas de gran calidad técnica sin depender de enormes presupuestos o equipos de producción. También hay festivales establecidos que son una plataforma fundamental para que los realizadores exhiban su trabajo en el continente: FESPACO (Burkina Faso), el festival de Durban (Sudáfrica), el de Zanzíbar (Tanzania), el de Cartago (Túnez), el del Luxor (Egipto), por nombrar algunos. Sin embargo, hay problemas de base que son conversación habitual entre los miembros del sector: existe una enorme escasez de salas de proyección en muchos países, y aún existe una gran dependencia de la financiación europea para la gestión de festivales de cine y para la realización cinematográfica en África. También para la difusión y distribución de las películas. Esta dependencia en muchos casos compromete la creatividad de los realizadores que, en ocasiones, deben moldear sus propuestas iniciales para satisfacer las exigencias de las organizaciones que financian sus proyectos. Esta dependencia a veces se traduce también en la cesión de los derechos de difusión y proyección a las organizaciones europeas, de manera que algunos realizadores pierden también el control sobre la difusión de sus propias obras.

¿Es verdad eso de que Sudáfrica es punto y aparte a nivel de cine?

Aunque la industria cinematográfica en Sudáfrica también se enfrenta a enormes desafíos, es cierto que el país tiene instituciones más fuertes para el apoyo a los proyectos culturales. Por esto mismo los realizadores tienen un poco más de independencia en la ejecución de sus proyectos. Sudáfrica tiene además su propia red de festivales internacionales que van desde los de Durban y Johannesburgo hasta el festival de documental Encounters, Tri-Continental y el Out in Africa Gay and Lesbian Film Festival, entre otros. Hay que tener en cuenta también que Sudáfrica está mejor equipada que otros países en términos técnicos, y que además la libertad de expresión en el país es más amplia que en otras naciones, lo que permite también a los realizadores abordar temas sociales y políticos con mayor libertad creativa.

¿Qué otras industrias/países recomiendas seguir de cerca?

La industria en Kenia se está fortaleciendo y hay realizadoras como las que hemos programado este año Judy Kibinge o Wanuri Kahiu (directora del corto de ciencia ficción Pumzi, 2009), así como el colectivo The Nest (Stories of Our Lives, 2014) que están haciendo desde la ficción un trabajo muy interesante sobre temas sociales, ambientales y de género, éste último desafiando las represivas leyes contra la comunidad LGBTI en el país. La producción cinematográfica en Burkina Faso tiene quizá menos alcance a nivel internacional, pero brilla por su calidad en cada edición del festival FESPACO, en la capital Uagadugú, la plataforma idónea para que los realizadores locales exhiban sus producciones ante el público y los programadores internacionales. También vale la pena prestar atención a las iniciativas que promueven las producciones en realidad virtual, que se están fortaleciendo con particular énfasis en Kenia.

El cineasta JP Bekolo en conversación con Salym Fayad durante el transcurso del Muica 2017.

¿Y algún director/a que esté posicionado para deslumbrarnos en las salas y festivales europeos?

El maliense Daouda Coulibaly. Wúlusu primer largometraje, es un thriller que aborda el tema del tráfico de cocaína en el Sahara como no lo habíamos visto antes, exponiendo las diferentes dimensiones y actores que participan en este comercio ilegal y que afecta a la seguridad, la política y las relaciones internacionales en toda la región; y que además tiene implicaciones a nivel global, incluyendo entre sus actores, desde luego, tanto a Colombia como a España.

 

Ngũgĩ wa Thiong’o, la política y la cultura de las lenguas

Autores: Celia Murias y Carlos Bajo Erro. Este artículo es fruto de una colaboración especial entre Africaye y Wiriko.

“Todos podemos llegar a las estrellas, pero para conseguirlo no necesitamos hacer escala en Europa”. Fue una de las frases lapidarias que Ngũgĩ  wa Thiong’o, el novelista, ensayista y dramaturgo keniano dejó flotando en el vestíbulo del CCCB. Porque a pesar de que en su discurso no ofreció grandes novedades, el eterno aspirante al Premio Nobel se erigió como lo hacen los viejos sabios, envuelto por un cierto halo de sopor, pero lanzando proclamas que se desplegaban sigilosamente y solo unos segundos después explotaban sobre los asistentes.

El escritor keniano Ngũgĩ  wa Thiong’o. Foto: Carlos Bajo

Y es que wa Thiong’o llegó a Barcelona para materializar el contenido de su tres libros traducidos recientemente al castellano y al catalán, Descolonizar la mente, Desplazar el centro y Sueños en tiempos de guerra. Junto a la defensa de los derechos lingüísticos universales, el escritor keniano proclamaba una especie de refundación de los estados africanos, tras deshacerse del yugo de la lógica imperial de las lenguas coloniales, como por ejemplo, el inglés. Ngũgĩ  wa Thiong’o no se refería únicamente al impacto de las imposiciones coloniales en la dimensión cultural de las lenguas nacionales.

Puede que conozcas su trabajo o hayas oído hablar de él: como el autor de la importante obra Descolonizar la mente; como defensor acérrimo del uso de las lenguas africanas en la producción literaria; como guardián de la legitimidad artística y comunicadora de la oratura -la producción literaria oral-; o como incansable crítico de la colonización cultural y vital que el uso de las lenguas coloniales implica. Si es tu caso, probablemente también te sorprenderías de que una de las palabras más escuchadas en su discurso sea network, red.

Conectar. ¿qué me conecta con otros?¿desde qué posición me conecto?

Y es que su enfoque es tremendamente inclusivo. Al escucharle desarrollar su postura, su defensa no se basa en una estrategia chovinista de aislamiento contra las influencias externas, sino en una acción positiva hacia el reequilibrio de poder, y señala una y otra vez con insistencia que la clave está en el funcionamiento en red, en la nutrición cruzada, destruyendo las jerarquías.

Ngũgĩ  wa Thiong’o durante su intervención en el CCCB de Barcelona. Foto: Carlos Bajo

“La colonización ha supuesto la negación de los idiomas nativos como fuente de conocimiento y de investigación”, explicaba wa Thiong’o en su intervención en Barcelona. El proceso que sigue a esa negación supone una ruptura radical, desde la experiencia del escritor keniano: “Los colonizados dejan de confiar en sus nombres, su geografía, sus cuerpos como punto de partida y por eso siempre necesitan la aprobación externa de los colonizadores. En África, no creemos en las iniciativas nacionales, ni en el conocimiento propio, ni en las investigaciones. Mi propio gobierno me encarcela por escribir en mi propio idioma, ¿qué podemos esperar después de eso?”, advertía el autor.

Ese es el proceso de pérdida de la autoestima que Ngũgĩ  wa Thiong´o atribuye a la sustracción de las lenguas propias. “La élite poscolonial ha intentado eliminar el color de la piel, los nombres, los cuerpos, y hasta los idiomas nativos. En Kenia, esas élites se enorgullecen cuando sus hijos no entienden los idiomas nativos: esa es la colonización de las mentes”, aseguraba. Son aquellas máscaras blancas sobre pieles negras de las que hablaba Frantz Fanon al reflexionar sobre la construcción de la identidad negra.

Ngũgĩ  utilizó como ejemplo la experiencia de los niños que juegan en un aeropuerto alejándose de sus padres, pero sólo lo justo. Miran atrás y si ven a los padres continúan alejándose porque “su capacidad para seguir avanzando depende de la posibilidad de volver al origen”. Cruzando los dos elementos de la metáfora, el escritor keniano decía “si los niños del aeropuerto pierden el origen, lloran”.

Por todo ello, una de las ideas más repetidas por el autor es la puesta en valor de las lenguas nativas, la certeza de que “no hay lenguas, más lenguas que otras”, que las lenguas no pueden relacionarse de manera jerárquica y, sobre todo, la dignidad de las lenguas africanas. “Nuestros idiomas son fuentes válidas de conocimiento”, reivindica una y otra vez el escritor.

Al fin y al cabo, se trata del “derecho de nombrar el mundo”, the politics of naming, acierta a señalar poniendo de manifiesto la especificidad africana que ha regido y sigue rigiendo la representación esencialista del continente en el imaginario occidental. A nosotras nos arranca una sonrisa mientras pensamos en que las resistencias de las mujeres africanas, que también reclaman nombrarse a sí mismas.

El lenguaje es pues la materia con la que nos construimos y su uso específico, una cuestión de poder. Para wa Thinog´o el uso de una lengua u otra no se basa tanto en el número de hablantes como en el prestigio de esta. Y con esto en mente, nos dio un toque de atención —varios— sobre la importancia de la terminología. Hablar de lenguas minoritarias o mayoritarias carece de sentido, y lo importante realmente es que existen lenguas dominantes y lenguas dominadas, pudiendo una lengua cumplir ambas categorías según los contextos.

En este mismo sentido, mostró de nuevo esa calidad inclusiva al rechazar el binomio lengua global/local, reclamando que “todas las lenguas son globales, son una herencia” que deben afectarse mutuamente sin barreras nacionales o regionales, hacia la creación de la globaléctica —una dialéctica global—, para la que la jerarquía y el eurocentrismo lingüístico son las principales barreras.

Esa relación que debe establecerse entre las lenguas es otro de los puntos clave del discurso de Wa Thiong’o que defiende una interacción en red, “incluso cuando uno se convierta en lengua franca de comunicación, ninguna lengua es superior a las otras, ninguna se puede construir sobre la tumba de otra”. “El monolingüismo es el dióxido de carbono de la cultura y el multilingüismo es su oxígeno”, afirma vehemente uno de los más conocidos luchadores en favor de los derechos lingüísticos universales.

“La realización crucial de las lenguas africanas hablándose entre sí”

Para generar y acceder a esa conexión despojada de jerarquía, el autor pone su entusiasmo en el poder de la traducción. En la charla posterior el escritor hizo hincapié en la importancia de las intertraducciones, “la realización crucial de las lenguas africanas hablándo entre sí“. Y para guiarnos en este tema, recordó con cariño el proyecto Jalada Africa. Pan-african Writers´ Collective. Se trata de una iniciativa colaborativa de publicación de autores y autoras africanas que en marzo de 2016 le solicitó un cuento, con el que lanzarían su primera experiencia de traducción múltiple. Ese cuento se llamaba —en inglés— The upright revolution, un cuento escrito para su hija originariamente en kikuyu, que ya ha superado el medio centenar de traducciones, la mayoría, aunque no solo, entre lenguas africanas. Para Ngũgĩ  esto tiene un impacto fundamental en su concepción de sus propias lenguas, y en la relación entre ellas, para lo que la traducción es vital.

Además de la importancia obvia de unos recursos económicos que los respalden, el pensador —de 79 años— hace hincapié en el potencial que las tecnologías, en especial internet, están demostrando a la hora de albergar el diálogo creativo necesario en los contextos africanos, y nutrir el recurrente debate interno sobre qué es la literatura africana.

Vuelta al debate, ¿qué es (literatura) africana?

Sin embargo, a pesar de ese posicionamiento igualitario, Ngũgĩ  wa Thiong’o aún tuvo tiempo para marcar la diferencia con los autores que a diferencia de él, continúan utilizando las lenguas coloniales para sus creaciones literarias. “A mí también me ha pasado. Algunos miembros de la élite cultural se han apropiado de la lengua colonial, creen que pueden hacerlo suyo, pero en realidad están contribuyendo a su ampliación, inconscientemente están reforzando la lógica colonial”. Ngũgĩ  se refería a otros grandes de las literaturas africanas, como por ejemplo, Chinua Achebe. El debate sobre las posiciones posibles ante los usos de la lengua no se agota.

Al preguntarle sobre su opinión actual de la literatura, en especial aquella conocida como diaspórica, en pleno auge en el “mercado” global gracias a la creciente visibilidad de autoras como Chimamanda Ngozi Adichie, su respuesta fue contundente: “No es literatura africana”. Tal como escribió en la década de los ochenta. Poco o nada ha cambiado su postura de aquella que plasmaba en Descolonizar la mente: “…lo que hemos creado es otra tradición híbrida, transicional y minoritaria que solo puede llamarse literatura afroeuropea“. De hecho, nos contó que en los últimos años ha profundizado en este tema, llegando a manejar el concepto de “robo de la identidad literaria”. Ngũgĩ  señala que las luchas por el robo identitario no se han acabado ni se circunscriben al periodo poscolonial, sino que cuando no se escribe en la lengua propia, más que una pérdida de la identidad, se da un robo de la misma, contribuyendo al encumbramiento de la lengua dominante en cuestión.

Pero, el pensamiento de wa Thiong´o, si bien transmitido a través de sus postulados lingüísticos, se enmarca en un pensamiento y propuesta política y de acción más amplia. El interés por visibilizar la cara positiva y moderna del continente —con el objetivo de contrarrestar la narrativa esencialista del África catastrófica— ha impulsado expresiones afropolitas que mucho tienen de producto de consumo. Una no puede evitar preguntarse, aunque anticipe la respuesta, cómo se sentirá al respecto el pensador marxista, que ya describía la indefinición ideológica de la clase burguesa de aquellas jóvenes independencias. ¿es para Thiong´o el afropolitismo un caballo de Troya que banaliza y desactiva la acción más profunda?

Desde luego, el debate es apasionante. El tiempo se nos escapó entre los dedos, dejando en el tintero otros muchos temas. Echamos de menos, por ejemplo, que siendo una figura del marco analítico decolonial, el autor ampliara sus reflexiones más allá del ámbito lingüístico, y entrara con ganas a debatir sobre otros aspectos con carga política vinculadas a sus postulados, como el racismo, la apropiación cultural, etc.

El viejo sabio keniata nos supo a poco.

El libro que atraviese las fronteras africanas será digital

• Bahati Books es un sello editorial que demuestra cómo los nativos digitales están revolucionando la industria editorial

Apenas un puñado de autores africanos están invitados a la mesa de las grandes estrellas de la literatura universal. El sector editorial mundial sigue teniendo su centro de gravedad en el Norte global y eso condiciona considerablemente los autores que tienen acceso a la publicación y los que acaban siendo referentes de los lectores. Sin embargo, el entorno digital ha llegado para desequilibrar la situación y para introducir nuevas variables. Los pequeños proyectos editoriales, de pronto, tienen mucho más que decir. Bahati Books es un ejemplo de cómo están cambiando las cosas, de cómo los nuevos modelos pueden traer vientos de cambio.

Mosaico de publicaciones de Bahati Books

Habitualmente la industria editorial se ha enfrentado a una serie de problemas aparentemente insalvables en África. Siempre se ha hablado de los elevados costes de producción y de los inasumibles precios de transporte, que se suman a un arraigado desinterés por el libro como objeto en culturas marcadas por la tradición oral. A pesar de esos inconvenientes Barbara Njau, una joven de origen keniano, y Kudakwashe Kamupira, nacida en Zimbabue, se embarcaron en 2015 en la creación de una nueva editorial, un nuevo sello que además renovaba el concepto de la edición de libros. Bahati Books fue la apuesta de estas dos jóvenes emprendedoras que se habían conocido en Londres. Era una editorial de libros exclusivamente digitales escritos por autores africanos y destinados a los lectores igualmente africanos, pero también a cualquiera que esté dispuesto a descubrir una literatura diversa y alejada de los estereotipos.

A pesar de que una nueva editorial no responda aparentemente a la idea de una empresa con proyección en el modelo industrial y comercial actual, Bahati Books recibió pronto la atención de foros de innovación empresarial. Fue considerada “mejor start-up” del programa de aceleración empresarial IDEA London y recibieron también el reconocimiento del programa de apoyo a las nuevas empresas del King’s College de Londres. “Nuestra intención cuando creamos Bahati Books era cambiar la narrativa sobre África”, explica una de las fundadoras, Barbara Njau, “porque las narraciones tienen mucho poder a la hora de determinar cómo nos vemos y las narrativas dominantes sobre África, sobre todo las de la mayor parte de los best sellers, se centran en las historias negativas”. “Pocas personas piensan en thrillers o en historias de ciencia ficción, cuando se habla de literatura africana. La asocian fácilmente con novelas de guerra o pobreza basadas en África. Por eso creemos que hacía falta una plataforma para diversificar las historias sobre África y para ofrecer a los lectores la experiencia de lo no contado sobre el continente. Además, damos a los autores la posibilidad de que su novela se publique en formato digital y lleguen a mucha más gente”, concluye Njau.

Las fundadoras de Bahati Books, Barbara Njau, a la izquierda, y Kudakwashe Kamupira, a la derecha. Fuente: BAHATI BOOKS

Las impulsoras de Bahati Books se han metido de lleno en el mundo editorial, un mundo al que tienen muchas críticas que hacer. La primera es que la mayor parte de los editores tradicionales “pasan por alto”, según sus propias palabras, a esos escritores a los que la editorial digital ha abierto una puerta. Otra de esas críticas es que “para muchos editores, una novela romántica ambientada en África no es tan sexy como un cuento sobre la pobreza de un niño africano”. Lo que Bahati hace, publicar historias que no necesariamente encajan con el esquema que se le supone a la literatura africana, todavía es nadar contra corriente y Njau y Kamupira son conscientes. Sin embargo, ellas consideran que Bahati Book es la muestra de un cambio creciente en el mundo de la literatura, de un movimiento “interesado en ver África bajo una luz diferente”. Este “movimiento”, como los consideran estas emprendedoras, moviliza a editores que abren nuevos caminos; a escritores que hacer que los lectores puedan identificarse en sus historias, algo que no siempre había ocurrido; y a lectores no africanos que cada vez están más interesados en leer cuentos africanos de diferentes géneros, según la propia experiencia de la editorial.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Literatura no limits

Se han decidido a hacer caer todas las barreras, a eliminar los límites de la literatura. Continúan avanzando en un ambicioso e involuntario objetivo que ni siquiera se han planteado formalmente. El colectivo de escritores Jalada sigue avanzando, sigue en movimiento y lo demuestra especialmente con su última propuesta un festival literario itinerante a medio camino entre un festival al uso, un bibliobús y una gira artística. Los miembros del colectivo no sólo visitan doce ciudades en cinco países de África Oriental, sino que han previsto para cada una de esas paradas una programación específica, en un alarde de creatividad, también en el diseño de los eventos.

Imagen promocional del festival. Fuente: Jalada

Primero hicieron caer las fronteras y edificaron un colectivo de escritores y escritoras panafricano como nunca había existido antes, con autores de cinco nacionalidades (Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria, Sudáfrica) en el núcleo inicial. Esa diversidad de procedencias ha ido aumentando a medida que aumentaban también los miembros de esta conspiración literaria continental. En ese derribo de fronteras acabaron incluso con una barrera más alta que las de los estados y es la de los antiguos ámbitos coloniales. Jalada ha conseguido acercar a escritores de países con pasado anglófono con otros procedentes del antiguo ámbito francófono.

Después superaron los límites temáticos. Las líneas rojas, como ha comentado alguna vez Sonia Fernández, la autora de Literafricas, que les aparecen a la mayor parte de los autores africanos y que les marcan los temas sobre los que se espera que hablen. Y, sobre todo, esas líneas rojas marcan los temas sobre los que un autor africano no debería hablar. De nuevo, demoler las convenciones fue apenas un pasatiempo para este colectivo. Se presentaron en sociedad y se han ido haciendo con un nombre a fuerza de construir antologías de relatos sobre temas que nadie habría sospechado antes o, al menos, por los que muy pocos editores habían apostado hasta ahora. Han hablado, sin tapujos y sin complejos, sobre erotismo y también sobre afrofuturismo, por ejemplo.

Luego, acabaron con los límites culturales. Esa enorme riqueza cultural que alberga el continente, su diversidad, se ha interpretado, en ocasiones como una dificultad añadida para la difusión, por ejemplo, de la literatura. Jalada se ha puesto delante de esta valoración y simplemente la ha sobrepasado. Cogieron “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato original del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y publicaron una antología en la que traducían esta historia a 32 lenguas africanas (incluidas las antiguas lenguas de las metrópolis coloniales) y abrieron la puerta a continuar aumentando la lista le lenguas.

Finalmente han terminado de menospreciar los límites de los géneros ideando un poco ortodoxo festival literario itinerante. Jalada Mobile Festival es la primera edición de esta propuesta que durante un mes viajará por doce ciudades de cinco países de África del Este. Empezando por la capital de Kenia, Nairobi, se desplazarán a Nakuru y Kisumu, antes de cruzar la frontera de Uganda para instalarse dos días en Kampala y de allí a Kabale. Abandonarán después Uganda y cruzarán a la República Democrática del Congo para detenerse en Goma. Su siguiente parada está en la capital ruandesa, en Kigali. Y, a partir de ahí, comienzan el periplo tanzano que llevará al festival a visitar Mwanza, Arusha, Dar Es Salam y Zanzibar, para regresar a Kenia en la última estación, en Mombasa.

Para cada una de esas paradas, los miembros de Jalada han previsto un programa de actividades diferente que incluyen debates sobre los temas inusuales en esos foros, que realmente son los que interesan a esa nueva generación de creadores. Se discutirá sobre asuntos tan diversos como el papel de algunos medios de comunicación en la construcción de la sociedad, como es el caso de la radio; o algunas formas de cultura tradicional, con un especial interés sobre la tradición oral y su influencia en las formas literarias más actuales; se analizarán las nuevas fronteras de la literatura y algunos mitos y leyendas; se debatirá sobre las organizaciones y los colectivos que han sostenido en los momentos más difíciles la escritura y la lectura como formas de transformación e, incluso, de rebeldía. Son sólo algunos de los temas propuestos, entre los que no se ha olvidado, evidentemente, la cuestión de las lenguas nacionales.

Pero también se proyecta esa diversidad en las actividades paralelas que acompañan en cada estación a los debates y las conferencias. Si en Nairobi se ha previsto un catálogo de todas las posibles intersecciones entre la poesía y la cultura urbana, en Kigali se proyectará una nueva dimensión de la antología que Jalada publicó sobre sexo, sensualidad e intimidad a través de la danza. En todo caso, la palabra hablada será la inevitable protagonista de estas actividades que pondrán de manifiesto como un mismo fenómeno y una misma experiencia se materializa de forma diferente cuando se funde con la cultura local. Si la poesía urbana tiene un sabor especial en Dar Es Salam, propio de la tradición árabe y en Kampala, la particularidad viene del nacimiento del hiphop en las iglesias evangélicas.

En fin, toda una nueva muestra de diversidad que Jalada vuelve a poner de manifiesto en su proceso de redefinición de las líneas de la literatura, unas líneas que nunca son fronteras.

Film Africa 2016: El lado más africano de Londres

Wiriko, medio oficial del Film Africa 2016.

Wiriko, medio oficial del Film Africa 2016.

El Film Africa de Londres cumple seis años de vida celebrando lo mejor del cine contemporáneo de toda África y su diáspora y Wiriko vuelve a ser medio oficial para acercaros uno de los festivales referentes en Europa. Desde este viernes 28 de octubre hasta el domingo 6 de noviembre la capital de Inglaterra mostrará una selección de 52 películas de 22 países africanos, así como estrenos propios del Reino Unido y Europa. En total, 11 han sido los lugares elegidos para que el público londinense pueda hacer suya una auténtica fiesta de las cinematografías africanas, entre ellas las ya míticas Hackney Picturehouse, Ritzy Brixton, BFI Southbank, ICA, Ciné Lumière, la British Library o la South London Gallery.

Hoy, hablar de las realidades africanas a través de la gran pantalla se hace más necesario que nunca porque desde esta mañana 60 autobuses están preparados para transportar a 3.000 inmigrantes a los centros de acogida repartidos por Francia. Al terminar la semana, el campamento que surgió hace 18 meses en las dunas de arena cerca del puerto de Calais y que ha sido el hogar de una población que huyó de las guerras y otras crisis desde Siria a Afganistán, de Eritrea a Etiopía, será despojado de vida. Vaciado. Destruido. La evacuación de al menos 6.486 personas –las organizaciones humanitarias estiman que son alrededor de 8.300– del denominado irónicamente “la jungla” es solo la punta del iceberg del problema. Mientras, al otro extremo del Canal de la Mancha, África y su diáspora se presentan de otra forma urgente.

El viernes subirá el telón el estreno de Kalushi: La historia de Solomon Mahlangu, el primer largometraje del director sudafricano Mandla Dube que narra la increíble historia de Mahlangu, un joven luchador por la libertad que jugó un papel clave en las revueltas estudiantiles de Soweto. La película se enmarca en la temática de esta edición 2016 a la que el Film Africa dedicará una especial atención durante sus 10 días de festival: los 40 años del levantamiento de Soweto a mediados de los años setenta. Este verano se repetían los análisis históricos de aquella mañana del 16 de junio de 1976 cuando la policía sudafricana abrió fuego contra los niños que se manifestaban en edad escolar en el municipio de Soweto. El motivo de la reivindicación era protestar contra la introducción obligatoria de estudiar en Afrikaans, el idioma de los colonos, un hecho que fue visto como una humillación más para los alumnos y alumnas que estudiaban hacinados en escuelas empobrecidas y sin recursos. El gobierno del apartheid en lugar de proporcionar una educación a la mayoría negra les obligaba a permanecer en el ostracismo. Nadie sabe exactamente cuántas personas murieron, aunque algunas estimaciones señalan unas cifras de entre 150 y 700 durante los meses de violencia siguientes. Una rebelión que derramó mucha sangre y que provocó la indignación mundial por la brutalidad de la policía, convirtiéndose en una imagen icónica de la lucha contra un sistema racista odiado.

La película que pondrá el broche final será Wùlu, el debut del director maliense Daouda Coulibaly. Un trabajo recién estrenado en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y que pone el foco en las disfunciones detrás del golpe de Estado de Malí en 2012. Ambos directores de apertura y cierre, así como el actor principal de Kalushi, el sudafricano Thabo Rametsi, estarán presentes en el festival.

A la luz del discurso desafiante alrededor de la migración hoy, Film Africa presenta Por qué estoy aquí: Historias de Migración. Reuniendo una colección de historias intensamente personales, esta sección explorará las complejidades de la migración moderna y la relación entre el yo y el lugar. Destacan A Stray, de Musa Syeed, una película contextualizada dentro de la gran comunidad de refugiados somalíes de Minneapolis; To the Forest of Clouds del director Robin Hunzinger quien registra sensiblemente el viaje de regreso de su familia a Costa de Marfil, el lugar de nacimiento de su esposa, utilizando el pasado para explorar si podemos realmente volver a casa cuando marchas; y el documental Shashamane de Giulia Amati, en el que con una fotografía excelsa analiza con suma delicadeza esta región de Etiopía que el emperador Halle Salassie reservó para todas las personas negras del mundo en 1948. Una historia sobre los que emigraron para vivir en la tierra de sus antepasados, un éxodo, en definitiva, que para algunos se ha convertido en un refugio, pero que para otros es una jaula sin escapatoria. Otro de los trabajos enmarcados en esta sección es Those who jump, un poderoso vuelo sobre la valla de España y Marruecos filmado por el refugiado maliense Mali Abou Bakar Sidibé.

En esta edición habrá un espacio para la industria de Nigeria, Nollywood, con las últimas obras de tres de los directores más populares, incluyendo a Kunle Afolayan con CEO, The Arbitration de Femi Odugbemi, y Gidi Blues – A Lagos love history, de Niyi Akinmolayan.

En la sección Sonidos del Continente se presentarán tres documentales. El primero de ellos es el pre-estreno de Mali Blues, donde algunos de los músicos más destacados del país, incluyendo la estrella Fatoumata Diawara, discuten su arte y la amenaza a la que se enfrentaron por parte de los extremistas islámicos que tomaron las regiones del norte en 2012. La Revolución no será transmitida se mete bajo la piel del movimiento de resistencia política de jóvenes senegaleses Y’en a marre y, siguiendo esta proyección en el cine Ritzy en el barrio de Brixton, el cantante de hip-hop Keur Gui y su grupo se presentarán en vivo por primera vez en el Reino Unido. La tercera y última propuesta es Roaring Abyss, un documental que explora las diferentes tradicionales musicales en Etiopía.

En el programa de este año se incluyen tres películas recientemente presentadas en Toronto: el estreno en el Reino Unido de la ópera prima de Mbithi Masya, Kati Kati, una fantasía poética que ofrece un reflejo oscuro en la expiación personal a la sombra del pasado violento de Kenia en 2007-2008. Esta película fue distinguida por el premio FIPRESCI del jurado en Toronto, quien describió a su director Masya como “una emocionante y nueva voz única en el cine”; el primer largometraje de ficción de Rahmatou Keïta, The wedding Ring, en el que da voz a las mujeres jóvenes de la población saheliana de Níger que cuestionan las ideas de amor antiguas en un mundo cada vez más moderno; además, se presentará el documental Hissène Habré, una tragedia chadiana de uno de los realizadores africanos más importantes hoy en día, Mahamat-Saleh Haroun (Un hombre que grita, 2010).

Otros películas seleccionadas que plantearán una clara reflexión en la audiencia londinense son: A United Kingdom (2016), de la directora Amma Asante. Basada en el libro Barra de colores de Susan Williams y con un guión de Guy Hibbert, Asante explica la historia simplificada de amor entre Seretse Khama (David Oyelowo), quien era príncipe de Bechuanalandia (y más tarde se convertiría en el primer presidente de Botsuana) y su novia blanca Ruth Williams (Rosemund Pike) de quien ya hemos hablado en Wiriko; Dreamstates, que cuenta la historia inquietante de dos almas descarriadas (Saul Williams and Anisia Uzeyman) quienes descubren su amor el uno al otro mientras gira por los EE.UU. con algunas de las figuras más cruciales de movimiento Afro-Punk; el documental del director Miguel Ángel Rosales Gurumbé del cual hablaremos muy pronto en esta sección y que presenta un reto: cuestionar cómo se ha presentado la historia de los negros esclavos en Andalucía, concretamente en Sevilla, y la influencia de la mezcla cultural entre África y el sur de España en la conformación de un estilo tan mestizo como el flamenco; no queremos dejar pasar la oportunidad para destacar otro trabajo documental, en concreto el de Jonny von Wallström con The Pearl of Africa, la inspiradora historia de la transgénero ugandesa Cleopatra Kambugu y su pareja Nelson, viviendo una historia de amor tierna y juguetona en un contexto de inmensa persecución transfóbica en su tierra natal. También en Uganda y sobre el colectivo LGTBI hemos hablado con God loves Uganda.

El programa de cortometraje de este año abrirá con 12 trabajos procedentes de siete países africanos y que competirán por el 6º Premio Baobab al mejor cortometraje, con el apoyo de MOFILM y juzgados por un panel de expertos de la industria. Por otro lado, el premio al Mejor Largometraje del público en el Film Africa volverá a ser responsabilidad, en su segundo año, de las opiniones del público del festival. Durante los diez días de festival Wiriko será medio oficial así que estaremos en Londres contando de primera mano otras citas indispensables como El Foro de la Industria o el Día de la Familia.

Más información sobre el Film Africa, aquí.

Historias (completas) de nuestras vidas

the nest copia

Existe la opción de evitar. Aunque también la opción de la negación supone una batalla interna que se sostiene entre el ego y las construcciones sociales y culturales y, generalmente, suele ganar la segunda. De manera que, la negación camina por un estadio abarrotado de ignorancia que se desintegra en soledad y rencor. La opción de evitar, lejos de enfrentar la realidad, deja el encuentro para más adelante con una empresa cargada de prejuicios y, sobre todo, ¿miedos? ¿A qué? ¿A ser lo que otros mantienen que es lo “natural”? El director Jim Chuchu y su colectivo de artistas The Nest (el nido) optaron por la vía del sentido común: grabar diversas historias que reflejaran la realidad del LGTBI en Kenia. La voz, a sus protagonistas.

Historias de nuestras vidas, 2015 (Stories of our lives) es una mezcolanza de crónica periodística, protesta política y una arquitectura visual premeditada y preciosista. Una antología de cinco minidramas sobre el colectivo LGTBI en Nairobi, y la zona rural. La provocación del grupo de artistas tuvo consecuencias severas en muchos de sus miembros que, a día de hoy, prefieren ocultar su identidad para evitar una posible persecución bajo las leyes draconianas y anti homosexuales de Kenia. El productor ejecutivo del proyecto George Gachara llegó a ser detenido brevemente durante la filmación en 2014.

Historias de nuestras vidas sigue estando prohibida en Kenia, a pesar de recoger elogios y premios en diversos festivales internacionales, uno de los últimos fue el del Festival de cine africano celebrado en Londres (Film Africa) el pasado noviembre. Los cinco dramas, lejos de reducirse a historias íntimas, aportan un contexto político más amplio al incluir fragmentos de imágenes de noticias reales. En 2012, un obispo anglicano en Mombasa arengaba a los medios subrayando que los homosexuales y lesbianas eran una amenaza mayor que los terroristas. Otro fogonazo es la noticia de que en 2014 hubo un intento de aprobar una ley en la que las personas LGTBI podían ser lapidadas. Fracasó. Pero hoy, las relaciones del mismo sexo siguen siendo un delito con pena de prisión.

Teniendo en cuenta este contexto, se podría haber esperado que el trabajo del joven director Jim Chuchu fuera una película cargada de mensajes de aversión, píldoras ácidas o, al menos, 60 minutos de defensa explícita del colectivo LGTBI. Pero no es así. Con una sola cámara digital a lo largo de varios meses, y con un aspecto monocromático luminoso y pulido hábilmente en el proceso de edición, Chuchu desafía a todos con su presupuesto de 15.000 dólares. La música, compuesta por el propio director, es ambiental y sensual. Y las historias no enfatizan en narrativas patologizadas por parte de las oenegés. En su lugar, durante una hora, la película cubre un amplio espectro de experiencias que caminan de la tragedia a la comedia, del amor no correspondido a la dicha romántica desafiante.

“Athman”. La historia de un trabajador de granja rural que está enamorado en secreto de su compañero de trabajo. 

“Athman”. La historia de un trabajador de granja rural que está enamorado en secreto de su compañero de trabajo.

Historias de nuestras vidas comenzó como un proyecto de documentación de estudios de casos reales que Chuchu y su equipo convirtieron luego en viñetas dramáticas comprimidas en más o menos 12 minutos. La más agridulce es la historia titulada “Athman”. Trata sobre un trabajador de granja rural que está enamorado en secreto de su compañero de trabajo. Una confesión tensa de deseo reprimido que tiene un desenlace naturalizado: el desconcierto antes que la hostilidad. El capítulo más abiertamente sexual es “Duet”, acerca de un investigador keniano que en un viaje de negocios al Reino Unido tiene una cita en un hotel. Su encuentro en la habitación progresa desde una discusión cómicamente torpe de las diferencias culturales y raciales hasta desembocar en masajes eróticos.

Las categorías de orientación social e identificación de género producen discriminación en muchos países. Existen 118 estados que entienden como legal las relaciones no heterosexuales, es decir, un 60 por ciento de las Naciones Unidas. En el plano opuesto, encontraríamos a 78 estados que entienden que es ilegal; los criminalizan, y 37 de ellos, se encontrarían en África. Más allá de las causalidades y las respuestas desde el activismo Historias de nuestras vidas nos interpela en la gran pantalla con cinco historias diferentes, únicas y comunes. Historias de vidas. De seres semejantes. Historias sobre nosotros y nosotras.

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El relato más africano para fomentar la cultura

Jalada publica en 30 lenguas de África un relato de Ngũgĩ wa Thiong’o para alimentar el orgullo de los africanos por sus culturas

Portada de la obra traducida al inglés. Jalada

Portada de la obra traducida al inglés. Jalada

El relato más africano es “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”. Se trata de una historia del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o. No es el relato más africano en el enfoque erróneo que tanto se ha criticado del continente como una única entidad. Al contrario. Es el relato más africano porque celebra la diversidad cultural de la región situada al sur del Sahara. “Revolución vertical: o por qué los humanos caminan de pie”, que es la traducción del título, ha sido publicado simultáneamente en 32 lenguas africanas, incluyendo francés e inglés, por el colectivo panafricano de escritores Jalada, en un proyecto para fomentar las escritura en lenguas nacionales.

Resulta especialmente simbólico el colectivo de autores haya dado el primer paso en este proyecto con una historia de Ngũgĩ wa Thiong’o. El autor keniano se ha significado por haber abandonado la escritura en inglés y haberse centrado en la producción literaria en kikuyu, una las lenguas habladas en Kenia. El posicionamiento de Thiong’o es ideológico, aunque en algunas ocasiones el propio autor le haya quitado importancia con un enfoque práctico, al defender que escribía en la lengua que podían entender mejor el público al que más le interesaba llegar, las capas más populares de la sociedad. El mérito del novelista, ensayista y dramaturgo keniano es mayor, porque a pesar de haberse alejado del pensamiento más convencional y no haberse plegado a la industria editorial, en los últimos años su nombre no ha dejado de sonar como uno de los favoritos a conseguir el Nobel de Literatura.

Así Thiong’o accedió a colaborar en la iniciativa de Jalada y lo hizo, seguramente, de la manera más valiosa. Les ofreció “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato escrito originalmente, como no podía ser de otra manera en kikuyu, para que se convirtiese en el punto de partida de un proyecto para fomentar la producción literaria en lenguas africanas. El propio autor lo tradujo en inglés para el proyecto y, a partir de ahí, decenas de manos y de ojos comenzaron a dar forma a la recopilación Translation Issue: Volume 1. El resultado, 32 traducciones del mismo relato.

Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí.