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Para no aburrirse… muchas letras africanas

Afortunadamente en los últimos meses se han producido un buen número de lanzamientos editoriales de autoras y autores africanos. Eso significa que el verano se abre ante nosotras con trabajo pendiente, no hemos podido seguir el ritmo de reseñas de esas nuevas presentaciones, pero aprovecharemos este mes de agosto, para poneros al día en el nuevo curso.

Sin embargo, aunque no os hayamos podido ofrecer esas reseñas no nos podemos resistir a proponeros algunas de esas novedades. Así compartimos la experiencia.

La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Forma parte de un interesante proyecto del que ya hablamos en Wiriko y que ha hecho que el relato del escritor keniano se haya editado simultáneamente en seis ediciones bilingües en las que el kikuyu en el que fue escrita originalmente la historia comparte páginas con el castellano, el catalán, el euskera, el galego, el aranés y el bable.

En este caso, os traemos la versión castellano-kikuyu que ha lanzado la editorial Rayo Verde, pero en el proyecto también estaban Raig Verd, Txalaparta, Editorial Galaxia y Pagès editors.

Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Nos llega una nueva novela de la referente actual de la literatura de ciencia ficción africana. Nnedi Okorafor es una escritora nacida en Estados Unidos, pero de origen nigeriano que se reclama como heredera de la tradición africana en la construcción de sus mundos literarios de ciencia ficción. Después de las dos primeras piezas de la trilogia Binti, la editorial Crononauta nos acerca esta novela de la escritora, una de sus obras más aclamadas, antes de que su potencial fuese aplaudido por la industria editorial global.

Siguiendo con la iniciativas interesantes. Nos encontramos con que las editoras que se lanzan a la publicación de obras de autoras africanas, además apuestan por nuevas formas de edición. En este caso, al mismo tiempo la novela de Nnedi Okorafor se ha publicado simultáneamente en castellano, de la mano de Crononauta, y en catalán, a través de Raig Verd, bajo el título Qui tem la mort. El entendimiento entre las responsables de estas dos valientes casas editoriales ha permitido este lanzamientos múltiple.

Terra somnàmbula, de Mia Couto

Volvemos a hablar de la primera novela del mozambiqueño Mia Couto, la que publicó hace veintisiete años, justo cuando se firmaba la paz en la guerra civil que había asolado su país. El relato, máxima expresión del estilo onírico de Couto, vuelve a estar de actualidad gracias a la edición que Periscopi ha hecho en catalán.

África en transformación, de Carlos Lopes

La colección de ensayos que Casa África impulsa a través de la editorial Los libros de la Catarata tiene un nuevo volumen. Se trata de una reflexión de Carlos Lopes sobre la situación actual, pero también la trayectoria y la proyección del desarrollo económico del continente africano. Lopes, uno de los economistas africanos más prestigiosos, ha querido poner los puntos sobre las ies, contestar los mitos en negativo y también puntualizar una euforia infundada. Se trata de que una voz extremadamente autorizada ofrezca un análisis riguroso de la situación.

Lluitar amb el diable, de Ngũgĩ wa Thiong’o

De la producción de no ficción del escritor keniano, esta es la obra más impactante. Así al menos lo considera Laura Huerga, la editora de Rayo Verde y de Raig Verd que se ha empleado a fondo en la tarea de acercarnos las reflexiones y las opiniones de uno de los autores africanos con más reconocimiento. En este trabajo, Ngũgĩ wa Thiong’o repasa el año que pasó en prisión, como represalia del régimen keniano por haberse acercado a las clases más populares a través de un teatro social y pedagógico.

No hables, de Uzodinma Iweala

Iweala está contribuyendo a un arduo trabajo en el que se han empleado muchos artistas africanos: dinamitar el tabú en torno a la homosexualidad. En este caso, el autor estadounidense de origen nigeriano nos traslada a las dificultades que entraña en las relaciones familiares la diversidad sexual. Alianza de Novelas (AdN) se ha fijado en otra de las voces de esa floreciente literatura de diáspora que cada vez consigue más visibilidad. Iweala se hizo conocido en el entorno editorial con su primera novela Bestias sin patria que abordaba el fenómeno de los niños soldados.

Doce relatos urbanos, doce voces africanas, de varios autores

La periodista canaria Ángeles Jurado se ha encargado de coordinar este volumen de relatos impulsado por Casa África en su colección de narrativa de la editorial Baile del Sol. Doce relatos urbanos, doce voces africanas recoge historias de una nómina de autores de primera línea que ofrecen una visión sobre las realidades urbanas del continente. Esta narrativa sobre las ciudades se está convirtiendo en unas de las principales herramientas para romper con algunos de los estereotipos que se ciernen sobre África. Las ciudades africanas son espacios extremadamente dinámicos y los narradores y las narradoras africanas las están relatando de una manera inmejorable.

Antología poética, de Gabriel Mwéné Okoundji

Un poco de poesía también se puede hacer un hueco en las lecturas veraniegas. Si los y las autoras africanas están infrarrepresentados en la actividad editorial en España, la publicación de poesía es una auténtica excepción. La Editorial Pre-Textos ha escogido a este autor congoleño ampliamente reconocido en el panorama internacional para acercarnos una obra poética cargada de originalidad. En realidad Okoundji ya había sido traducido al español, pero a través de la editorial argentina Babel. Ahora el poeta congoleño llega también al panorama editorial español.

Bajo las ramas de los udalas, de Chinelo Okparanta

Okparanta ha sido adoptada como una revelación y un referente por algunos apasionados de las literaturas africanas que tratan temas de diversidad sexual. En este caso una historia de amor poderosa y desgarradora se produce en pleno conflicto de Biafra en Nigeria. El contexto de guerra no es único inconveniente que tendrán que superar las protagonistas de la novela para que sus sentimientos ganen la partida. La editorial Baile del Sol ha recuperado empuje con la edición de esta historia que si recibe la atención necesaria debería atraer una atención equivalente a la que ha atraído en otros países.

La societat dels somiadors involuntaris, de José Eduardo Agualusa

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa regresa a las estanterías, en este caso, por la publicación en catalán de su penúltima obra. La editorial Periscopi seguramente se ha visto animada por el fantástico recibimiento que tuvo la recuperación el año pasado de Teoria general del olvido (en catalán) y ha hecho en este caso apenas se lo haya pensado para traducir la última novela y penúltimo libro de Agualusa. El narrador mozambiqueño tiene un espacio indudable en la producción editorial española, sin embargo, en los últimos años ese espacio se ha ido consolidando y ensanchando a fuerza de que los y las lectores se encuentren con los relatos fabulosos de este contador de historias incontestable.

Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop publicó Murambi por primera vez en el año 2000, como como resultado de su participación en una iniciativa que pretendía afrontar el genocidio de ruanda desde la literatura. Diop recreo el escenario de la crisis ruandesa a través de una historia aparentemente ficcionada pero cimentada en una investigación rigurosa de los hechos. La de Diop fue una de las serie de diez novelas que otros tantos autores publicaron dentro de ese mismo programa.

Murambi fue recuperada por la editorial Wanáfrica en 2016 y ahora ha sido publicada por la editorial 2709 books que, como de costumbre hace una propuesta particular. Esta curiosa editorial pone a disposición de los y las lectoras los libros, únicamente en formato digital y lo hace con precios extremadamente atractivos. Recuperamos de esta manera un relato imperdible por el contenido, pero también por la filosofía que lo motivó y lo permitió.

Cuentos para niños perdidos, de Diriye Osman

Acaba de aparecer en castellano una de las colecciones de relatos que causó sensación cuando se publicó originalmente en inglés. Diriye Osman es un escritor y un artista visual de origen somalí que se crió en Nairobí y ha acabado instalándose en Londres. A través de esta serie de relatos que en su momento recibió el aplauso de la crítica, Osman aborda el universo de la comunidad LGBTIQ somalí y de África Oriental y sus interesecciones con la diáspora, el hecho migratorio, la búsqueda de identidad, los conflictos domésticos y familiares y la inestabilidad de la salud mental que para algunos de ellos provocan estas crisis. A pesar de ser relatos, a menudo descarnados y dramáticos, Osman asegura que, en general, ha querido transmitir la alegría de encontrarse a uno mismo y de conseguir que los deseos propios se puedan materializar. Otro de los referentes de los últimos años en la literatura LBGTIQ africana que llega en español hasta nuestras librerías de la mano de Team Angelica.

Ngũgĩ wa Thiong’o reclama un nuevo mundo posible

Ngũgĩ wa Thiong’o, una de las figuras más importantes de la literatura africana, visitó España a mediados de mes, con vistas a conversar, de nuevo, sobre su apuesta por las lenguas minorizadas y por la descolonización pendiente que debería reequilibrar las relaciones en los países africanos y los del Norte global. Allá donde va, el pensador keniano es capaz de reunir en el mismo espacio desde especialistas de distintas disciplinas académicas, hasta participantes de clubes de lectura, a la vez que atrae el interés y admiración de las generaciones más jóvenes. Quien esté al corriente tanto de su vida política como de su trayectoria artística (ambas entrelazadas) sabrá que es un veterano en la lucha y la reivindicación por “reubicar” el centro y revisar el papel de las “minorías” de la periferia en ese nuevo orden necesario. Nos referimos a las sociedades africanas, en especial a sus escritores y escritoras, grupos más minorizados que minoritarios, que han sido invisibilizados. La expectación que despiertan las visitas del intelectual keniano es incuestionable y así consiguió llenar tanto el auditorio del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía en su paso por Madrid, como el del Centre de Cultura Contemporànoia de Barcelona en su intervención en la capital catalana.

Ngũgĩ wa Thiong’o junto a Chema Caballero durante su presentación en Madrid. Foto: Indhira García Belda

Como apuntó Chema Caballero, encargado de conducir el espacio de reflexión en el Museo Reina Sofía, unas de las tareas más destacadas de Thiong’o ha sido trasladar la teoría decolonial al campo de la literatura, abogando por una descolonización de la mente, mediante la puesta en valor de las lenguas africanas. De acuerdo con el autor, aún queda mucho por hacer en África, ya que la independencia política no se tradujo en independencia económica, y consecuentemente, tampoco se materializó en la independencia cultural. Sigue habiendo un desequilibrio entre el continente y Occidente en el que este último tiene ventajas. Y es que son pocos los aspectos en común entre ambos lugares, por lo que África no está en igualdad de condiciones, y esto ha repercutido en su producción literaria.

Ngũgĩ wa Thiong’o denunció la invisibilidad de la literatura africana, a la cual sólo se ha prestado atención si llevaba una máscara europea. Dentro de esta invisibilidad, destaca a su vez el papel de las escritoras africanas, quienes son actualmente, en palabras del autor, “la fuerza más prominente de sus países”. La representación de África es importante, especialmente a través de las lenguas africanas. Entre bromas, el intelectual afirmó que la literatura africana sólo puede considerarse como tal si es escrita en lenguas africanas, entendiendo a estas como herramientas que, al igual que en el aspecto económico y político, se encuentran en una relación desigual con respecto a las lenguas de los colonizadores.

“La literatura africana solo tiene significado en lenguas africanas”, dijo el escritor. Las lenguas son como instrumentos musicales, cada una de ellas tiene una musicalidad que la hace única, por lo que, según Wa Thiong’o, no podemos establecer una jerarquía; todas son iguales. Así es que el novelista quiere poder compararse con Cervantes y Shakespeare. Pero, tal y como señala Chema Caballero, ellos eran europeos. ¿Por qué entonces compararse con autores con los que no tiene nada que ver?, le provocaba Caballero “Porque son universales”, aprovechaba para sentenciar el escritor.

Ngũgĩ wa Thiong’o puso de manifiesto que el arte, y por lo tanto, la literatura, es el alimento de la imaginación. Gracias a él podemos imaginar nuevos mundos, crear un futuro… Y muchas veces esa posibilidad de soñar el mañana es temida y coartada por los  totalitarismos. Sus experiencias tanto en prisión como en el exilio han hecho de Ngũgĩ wa Thiong’o el escritor que es hoy, ya que según él, “en lo negativo hay una energía creativa”. Por ejemplo, el exilio le dio la oportunidad para desarrollar El brujo del cuervo (2006). Si bien es cierto que no podemos controlar las cosas que nos pasan, sí que podemos decidir qué hacer al respecto, así es que nos recomienda buscar en todo aspectos positivos y negativos, aludiendo una vez más la idea de equilibrio.

El escritor e intelectual keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Madrid. Foto: Indhira García Belda

En su paso por Barcelona, Ngũgĩ wa Thiong’o dialogó con su editora Laura Huerga, la principal responsable de la experiencia de las ediciones bilingües de La revolución vertical. La conexión entre el intelectual keniano y su editora catalana regaló a los asistentes una conversación distendida y un clima familiar. Entre preguntas y respuestas, Thiong’o fue revelando algunas de sus experiencias vitales más determinantes. Un apunte para explicar cómo empezó a plantearse dejar el inglés como lengua de escritura cuando en los foros internacionales detectó que las lenguas africanas se menospreciaban. O una mención a cómo la autoría de una obra de teatro le llevó a inaugurar el año 1978 en una cárcel de máxima seguridad keniana.

Sin pasar por alto cómo evocó la figura de su madre, una figura que para el escritor tiene un protagonismo especial, como muestra en sus memorias. “Ella no sabía leer pero me envió a la escuela”, revelaba Thiong’o, que también señaló cómo le incrustó la idea de superar todas las dificultades desde la modestia y cómo aquella mujer iletrada se las arreglaba para supervisar sus deberes.

Evidentemente, Thiong’o volvió a recordar sus clarividentes reflexiones acerca del papel de África en el mundo, de la manipulación de la idea del continente en el imaginario colectivo, de las intencionadas invisibilizaciones. “El capitalismo se fundó sobre la acumulación primaria del capital que era el cuero de los esclavos africanos”, recordó. “La modernidad de muchas de la ciudades occidentales se construyó gracias a la mano de obra esclava de los africanos”, dijo señalando esa verdad incómoda.

A pesar de todo, como hace siempre, Ngũgĩ wa Thiong’o había venido a traernos un mensaje constructivo y optimista e invitó a las y los asistentes a soñar otro mundo posible. “Los seres humanos han progresado porque siempre han imaginado otro mundo posible que se salía de este. El hombre que quería volar, cayó una y otra vez, pero no dejó de intentarlo”, recordó. Sus palabras sonaban como un desafío en vestíbulo del CCCB: “Nosotros, seres humanos, no podemos aceptar que las cosas estén como están, tenemos que soñar otros mundos posibles, no podemos aceptar la condicionalidad de que tú pases hambre para que yo pueda comer bien, que mi felicidad dependa de tu infelicidad”. Sin embargo, ese desafío no suena abrupto en la voz de Ngũgĩ wa Thiong’o que consigue darle un tono tierno y cálido que llama a la reflexión, a la empatía y a la acción.

Un Día del Libro o un Sant Jordi africanos

En los últimos meses algunas editoriales valientes nos han acercado algunas obras de autores africanos, algunas auténticos clásicos; otras, una muestra de las producción más innovadora. Aprovechamos la cita del Día del Libro y de la fiesta de Sant Jordi, el próximo 23 de abril, para recopilar algunas de las novedades más notables publicadas en nuestro entorno.

La revolución vertical

Un proyecto en el que varias editoriales del Estado español se han puesto de acuerdo para lanzar este cuento del keniano Ngugi wa Thiong’o en unas cuidadas ediciones ilustradas bilingües en el original kikuyu y español, asturianu, euskera, galego y aranés. El último relato del genio keniano de la literatura universal con todo el sabor y la riqueza narrativa de la tradición africana y con una proyección hacia el futuro y hacia el mundo que nos interpela a todos.

Binti

Nnedi Okorafor es la máxima expresión de la ciencia ficción africana y Crononautas ha publicado los dos primeros volúmenes de su primera trilogía Binti. Una muestra de esa fortaleza de la literatura fantástica que surge del continente y que tiene la capacidad de abrir nuevos escenarios, por ejemplo, el de una joven himba en un viaje interestelar en el que se ocupa de tejer redes entre las diferentes especies. Además, nos mantiene pendientes de la próxima publicación de la tercera y última novela de la trilogía.

Terra somnàmbula

Mia Couto vuelve a construir en Terra somnàmbula unos universos que se entrecruzan para confeccionar una narración magnética. El pasado, la violencia, los escenarios aparentemente irreales, casi oníricos, le permiten al mozambiqueño contar historias de una manera muy particular. Como en otras ocasiones, la traumática experiencia de la guerra en el país africano aparece de manera sistemática como telón de fondo de esta historia que tiene mucho que ver con la búsqueda del camino propio.

La societat dels somiadors involuntaris

El angoleño José Eduardo Agualusa sigue edificando escenarios que le permitan contar la Angola contemporánea. En este caso, el hilo conductor es el sueño, los sueños, más bien, y las diferentes relaciones de los protagonistas con los sueños, en gran medida como una alternativa a una realidad traumática.

No hables

Uzodinma Iweala es, en realidad, un escritor nacido en los Estados Unidos, pero de padres nigerianos. En su obra, esas raíces nigerianas tiene una enorme importancia. En su presentación en el mundo editorial, Iweala se sumergió en la realidad de los niños soldados. En esta última novela, No hables, el escritor se ha preocupado por un tema que ha ido ganando visibilidad en los últimos años. El protagonista tiene que hacer frente al reconocimiento de su homosexualidad y sobre todo a la reacción de su familia.

Las mentiras que nos unen

Esta última propuesta es un libro de ensayo. Concretamente, se trata de un trabajo del filósofo ghanés Kwame Anthony Appiah, que propone una visión sobre la identidad poco convencional. Apphiah pone en cuestión la mayor parte de los pilares atribuidos a esa construcción de la identidad y también a sus consecuencias.

Ngũgĩ y la transmisión de la sabiduría

Si la edición de La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o, que acaba de lanzar la editorial Rayo Verde no atrae lectoras y lectores hacia las literaturas africanas es posible que suponga un definitivo punto final. La propuesta es completamente deliciosa y tiene absolutamente todos los ingredientes. La narración del escritor keniano es sublime; la traducción de Víctor Sabaté ha captado y transmite toda la esencia de la historia; los textos explicativos que acompañan el relato aplifican su efecto y facilitan su comprensión; las ilustraciones de Agustín Comotto refuerzan el sentido del mensaje que Ngũgĩ transmite; y la canción que acompaña esta edición es el lazo definitivo a un libro que es un regalo en todos los sentidos.

Ngũgĩ wa Thiong’o, firme defensor de la producción literaria en lenguas africanas. Foto: Carlos Bajo

El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o regaló La revolución vertical al colectivo de Jalada, como parte de un proyecto de difusión de las lenguas africanas. La revista literaria panafricana hizo de esta historia un cuento traducido a 80 idiomas. En un primer momento, se trataba de lenguas africanas, paralelamente las lenguas de las antiguas potencias coloniales y, finalmente, lenguas de todo el mundo.

La historia de La revolución vertical es el relato de un desencuentro entre los miembros del cuerpo humano que pone de manifiesto un aprendizaje básico, que transmite valores como la igualdad, el respeto, la convivencia o la justicia. Ngũgĩ wa Thiong’o muestra una indudable capacidad para manera toda la energía narrativa del género del cuento tradicional. Este relato sabe a historia macerada durante siglos en la transmisión de boca a oreja al calor de una hoguera nocturna. Tiene todos los elementos de esas historias que se han ido construyendo relato a relato con el paso de las generaciones para transmitir de madres a hijos, de tíos a sobrinas o de abuelas a nietas los valores que cimentan la convivencia de la comunidad. El genial autor keniano hace con esta historia un homenaje a esa, a veces denostada, literatura popular y, sobre todo, a esta transmisión oral de las historias y las enseñanzas. Su homenaje es, precisamente, reconstruir un cuento que perfectamente serviría para ser contado en una de esas veladas de narración oral comunitaria.

Wa Thiong’o escribió el cuento originalmente en gĩkũyũ como parte de su proceso de militancia cultural en favor de la defensa y el resto de las culturas minorizadas y él mismo se encargo de hacer la primera traducción, al inglés. El autor keniano ha transmitido sistemáticamente la necesidad de relacionarse con naturalidad con las lenguas y evitar la instrumentalización.

Laura Huerga, editora de Rayo Verde e incondicional de Ngũgĩ wa Thiong’o ha cogido esta joya y ha intentado engarzarla de la manera que se merecía. Esta edición forma parte de un impresionante proyecto que nos trae, de la mano de Rayo Verde y Raig Verd, tres ediciones bilingües en castellano, catalán y asturiano y gĩkũyũ. Pero es que dentro de ese mismo proyecto, la editorial Txalaparta ha lanzado una edición en euskera y la lengua original del cuento; Galaxia ha hecho lo propio en gallego y gĩkũyũ; y Pagès se ha sumado con una edición en aranés y gĩkũyũ.

La propia Huerga pone el contexto con un epílogo que ayuda a acercarse tanto al relato como a la figura del autor y, sobre todo, a la importancia de su militancia cultural, un activismo a favor de las culturas minorizadas que le ha puesto contra las cuerdas durante su vida y le ha llevado a la cárcel y el exilio; pero que al mismo tiempo le ha convertido en un referente de la reflexión decolonial y de la literatura universal hasta el punto de tener un reconocimiento internacional, a pesar de esta muy lejos de los gustos complacientes de la industrial editorial global. Rayo Verde y Raig Verd han publicado en los últimos años, en castellano y en catalán, una buena parte de la producción literaria del autor keniano, tanto de sus ensayos, como de sus obras autobiográficas.

Una de las ilustraciones de Agustín Comotto en el libro de Ngũgĩ

La excepcionalidad de este lanzamiento se completa con las cuestiones formales. Ya que han convertido el relato en un cuento ilustrado con los dibujos del argentino Agustín Comotto que construye una historia gráfica que discurre en paralelo a la narración escrita y que refuerza el mensaje, a través del particular estilo de las ilustraciones.

Efectivamente el lazo tiene forma de canción, compuesta por Clara Peya y adapatada por Alícia Serrat. Rayo Verde ha compartido esta canción con un sencillo vídeo compuesto por algunas de las ilustraciones de Comotto que configuran un perfecto aperitivo, uno de esos que te empujan necesariamente a seguir degustando.

Parque Tsavo, un viaje para reconectar

Habitualmente se utiliza la palabra ‘desconectar’ para referirse a esa necesidad de escapar de la rutina. Absortos en la tecnología como lo estamos, no es de extrañar este uso, sin embargo, resulta más adecuado hablar de reconectar cuando lo que se busca precisamente es dar respuesta a ese deseo de volver a encontrarnos en estado puro. El Parque Tsavo, al sur de Kenia, con su desbordante patrimonio natural es el oasis de la reconexión con nuestra esencia.

Parque Tsavo (Kenia). Foto: Ruth Fernández Sanabria / Wiriko.

Un colorido vibrante, llanuras que llegan hasta donde alcanza la vista atravesadas por caminos de tierra rojiza; montañas cubiertas con un velo de polvo a lo lejos; elefantes por doquier y manadas de búfalos, cebras, monos, jirafas y otras tantas especies a sólo unos metros, ponen al viajero en su sitio, inducido en una combinada sensación de paz y temor ante la explosión de vida que alberga este parque nacional. Pero si por algo destaca el Área de Conservación Tsavo es porque, a diferencia de otras reservas protegidas africanas, este ecosistema está exento de vallado lo que supone, para alrededor del 8% de los habitantes de este lugar, convivir con animales libremente salvajes.

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Gran parte de esta población es masái. Su estrecho vínculo con el ganado, fuente de alimentación principal de este grupo étnico y razón de ser de su nomadismo original, ha condicionado su relación con los animales salvajes hasta el punto de que uno de sus ritos tradicionales consistía en que los jóvenes tuvieran que conseguir cazar a un león para escenificar su paso a la vida adulta. Debido a la legislación actual en torno a la protección de los animales en peligro de extinción, esta tradición ya no se practica, si bien, una de las principales funciones del guerrero masái (helder, en maa, su idioma), cuyo rol es el de asegurar el bienestar de su familia, sigue siendo la de proteger a su ganado de los depredadores.

Quizás se pueda pensar que al ir al Parque Tsavo se identificará claramente a las personas masáis por su vestimenta tradicional, la shuka roja envuelta en el cuerpo y los abalorios de colores en cuello y brazos. Pero del mismo modo que, digamos, en Andalucía el traje de flamenca sólo se usa en fiestas tradicionales, entre la población masái de esta reserva de Kenia ocurre exactamente lo mismo. Por lo que sí resultan identificables estéticamente es por el estiramiento de los lóbulos de las orejas que muchos de ellos se realizan, considerado en su cultura como signo de belleza. Es el caso de Seremon, un joven masái que en su día a día viste su uniforme de agente forestal como miembro de la iniciativa ‘tenBoma’, promovida por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW, por sus siglas en inglés) con el respaldo de la Fundación TUI Care.

“He crecido viendo a los animales alrededor como unos vecinos más y quiero que sigan formando parte de mi entorno. Por eso me hice agente forestal”, cuenta Seremon a Wiriko en un viaje realizado a este parque keniano junto a la Fundación TUI Care. Él es uno los cuarenta agentes forestales que esta iniciativa ha formado como medida preventiva contra la caza furtiva de elefantes y su consecuente conflicto en la comunidad. Se trata de una tensión latente entre la población y los animales en tanto en cuanto la disminución de la cacería ilegal supone el incremento de estos enormes mamíferos en el Área de conservación Tsavo, lo que no sólo trae consigo potenciales peligros para las personas que allí habitan, sino también, como señala Rosemary Melishoza, jefa del Servicio de vida salvaje de Kenia (KWS), “a veces los animales salvajes no dejan ir a los niños al colegio, especialmente en invierno, de mayo a agosto, cuando los animales están en todos partes”. Para tratar de evitar que esto ocurra, la iniciativa tenBoma mantiene reuniones con los habitantes del parque para escuchar sus problemáticas y debatir posibles soluciones. Por lo pronto, ha comprobado que algo tan simple como una linterna y un silbato resulta tremendamente eficaz a la hora de convivir entre animales salvajes.

Rosemary también es masái y, en relación a la situación de la mujer en su grupo cultural, señala que “como a todas las mujeres, históricamente se nos ha reservado el papel de ocuparnos de la casa, por eso, en mi caso, al principio no se tomaban en serio mi función como representante del Gobierno en la zona. Ha sido difícil pero ahora que han podido apreciar la asistencia que ofrecemos no les importa que esté una mujer al frente”. Del mismo modo opinan Purity Lakara y Eunice Penety, ambas masáis y agentes forestales. “Queremos ser capaces de tomar nuestras propias decisiones. Cuando empezamos en este proyecto, en nuestra comunidad nos decían que no seriamos capaces, pero ahora lo aprueban. Nos ven patrullando y se dan cuenta que podemos hacerlo y lo hacemos bien”, comenta Eunice a Wiriko.

Purity Lakara y Eunice Penety, Parque Tsavo (Kenia). Foto: Ruth Fernández Sanabria / Wiriko.

El Parque Tsavo, con sus aproximadamente 42.000 kilómetros cuadrados, tiene casi el tamaño de Holanda y es el lugar donde habitan el 40% de la población de elefantes presentes en Kenia, más de 12.000 ejemplares de este imponente animal cuyo número aumenta año a año (el último censo revela un incremento de 1.700 elefantes). Su presencia es un reclamo para el turismo cultural, atraído por la idea de visitar este patrimonio natural keniano, el quinto destino turístico más visitado de un país que ha vuelto a ser reconocido por cuarto año consecutivo como el destino de safari líder en el mundo en 2018, según los World Travel Awards.

Que así sea está relacionado con la disminución de la caza furtiva motivada por el endurecimiento de las penas contra ella y, en el caso del Área de Conservación Tsavo, por la aplicación del programa tenBoma, que tras su puesta en marcha en 2014 ha supuesto la reducción de un 83% de esta práctica cruel e ilegal. Un considerable avance que debe su éxito a la combinación del conocimiento local y el desarrollo tecnológico, de manera que la experiencia de los que viven en este entorno y lo conocen, unida a la información que pueden observar como las huellas de los neumáticos o los retos de una hoguera, sean recopiladas por agentes forestales como Seremon, Purity y Eunice para luego volcar los datos y monitorizar la actividad furtiva. En palabras de Faye Cuevas, vicepresidenta de IFAW, se trata de “actuar para evitarlo en lugar de actuar a posteriori”. De este modo, el Parque Tsavo es un lugar para reconectar, no sólo con uno mismo si uno va allí de viaje, es también punto de encuentro entre las personas, los animales y su conexión dormida.


Este artículo ha sido posible gracias a la colaboración de Wiriko y TUI CARE FOUNDATION.

Mohamed Awale: “El concepto de segunda mano forma parte de la cultura de Kenia”

La moda ‘Made in Africa’ lleva varios años dando qué hablar. Además de recuperar los mercados locales, los diseños africanos van conquistando poco a poco espacios hasta hace poco desconocidos. A ello debemos sumar la reconversión de antiguos factores como la sostenibilidad, la economía circular o el uso de materiales de segunda mano. Algo que ha formado parte de sociedades como la de Kenia. Precisamente Suave Kenya es un modelo de negocio sostenible y que se ha convertido en un boom en la moda del país, especialmente en Nairobi. Además, las redes sociales y el comercio online están permitiendo a esta mediana empresa exportar a otros países del mundo. Su estilo, basado en materiales de segunda mano, demuestra una vez más la fuerza que desprende la moda keniana. Entrevistamos a su fundador, Mohamed Awale, para que nos cuente cuáles son las claves de su éxito.

Suave Kenya
Suave Kenya

Pablo Arconada Ledesma: Suave Kenya lleva ya cinco años funcionando, ¿cómo empezó todo? ¿Cuándo decidiste dar el salto al mundo textil?

Mohamed Awale: Todo comenzó con un interés en los bolsos cuando todavía estaba en la universidad, en 2013. Tenía un primo que tenía un negocio de cuero que hacía bolsos y accesorios, solía ir allí a pasar el rato y de vez en cuando diseñaba mis propias mochilas. Cuando él cerró su negocio un par de años más tarde para centrarse en la fabricación de zapatos, me convenció de que empezara mi propio negocio basado en la producción de mochilas. Y… ¡lo hice! Lo único que tenía claro en ese momento era que mis diseños fueran diferentes de todas las otras marcas, que solían utilizar principalmente cuero y loneta. Decidí que si quería tener éxito tenía que buscar una alternativa. Así, surgió la idea de basar toda la producción en materiales de segunda mano. Empezamos a probar muestras y todas tuvieron muy buenos comentarios de amigos, familiares y otros comerciantes. Fue entonces cuando decidimos seguir esa línea.

P.A.L.: ¿Por qué elegiste el nombre Suave Kenya para tu empresa? ¿Cuál es su significado?

M.A.: Nos encantó el nombre porque significa todo lo que estamos intentando que sean nuestros bolsos. La idea es convertir la basura de alguien en un producto nuevo, del que se pueda volver a enamorar y querer utilizar. En este caso ‘suave’ significa sofisticado, digno, refinado, urbano… Todo lo que nos gustaría que la gente sintiera cuando lleva estas mochilas.

P.A.L.: ¿Crees que tu proyecto tiene un impacto real en la economía local?

M.A.: Por supuesto que esta empresa tiene un impacto en nuestra economía. Desde los comerciantes que nos venden sus productos de segunda mano hasta la creación de empleo y la exportación de productos a varios países. Además, cuando dimos el paso, éramos sólo dos personas y actualmente tenemos alrededor de quince empleados trabajando para la compañía a tiempo completo. Hemos conseguido cuadruplicar nuestra producción en los últimos tres años.

P.A.L.: ¿A dónde se dirige la venta de tus diseños?

M.A.: Inicialmente empezamos vendiendo nuestros bolsos sólo localmente. Sin embargo, a partir de mediados de 2016, comenzamos a realizar envíos a todo el mundo. Nuestros bolsos ahora pueden ser comprados en nuestro sitio web y entregadas en una semana a cualquier parte del mundo.

P.A.L.: ¿Por qué decidiste trabajar con material de segunda mano? ¿Qué valor tiene la sostenibilidad para Suave Kenya?

M.A.: El concepto ‘segunda mano’ forma parte de la cultura de Kenia. Crecimos ahorrando, todavía lo hacemos y podríamos seguir en esta línea en el futuro. Así que fue algo natural. Empezamos a trabajar con unos pocos comerciantes que nos llaman cuando tienen existencias a las que no dan salida en sus tiendas. La sostenibilidad es nuestra filosofía. Todo lo que hacemos tiene que ser por el bien del medio ambiente. Pensamos constantemente cómo podemos tener un menor impacto, siempre esforzándonos por reducir todo lo posible y hacer que las cosas sean más asequibles para la gente.

P.A.L.: ¿Qué sentido tiene para ti la fusión de lo nuevo y lo viejo?

M.A.:  Dar una nueva vida a un “objetivo viejo”, convertir algo que era poco atractivo en otro objeto que se vuelve a valorar es la idea básica de Suave Kenya.

P.A.L.: ¿No has pensado en dar el salto y empezar a diseñar otros complementos o ropa?

M.A.: Aún no hemos pensado en ese cambio. Nos gustaría seguir centrándonos más en la industria de las mochilas y los bolsos. Creo que todavía hay mucho por explorar. Tal vez en unos años podríamos probar algo nuevo.

Suave Kenya
Suave Kenya

Sarah Waiswa: “Los africanos están en un proceso de rescribir su propia narrativa”

En su ansia por reconectar con África, Sarah Waiswa nos conecta a todos con su perspectiva de lo africano. Sus fotografías evocan la ternura y la calidez de volver a casa, proveyendo de humanidad realidades que a menudo, de tan ajenas, son deportadas a la marginación, ya sea en un barrio o en una página del periódico. Su mirada es una exaltación a la belleza que ha sabido enganchar a más de 40.000 personas a través de su perfil de Instagram y que le ha llevado a ser una de las fotógrafas seleccionadas recientemente por World Press Photo en su programa de talento global.

‘Todavía un extraño’, Sarah Waiswa.

“Durante los últimos años, el interés en el arte, la música y la cultura africana ha aumentado en Occidente. A mí me interesa el significado de ser africano en un tiempo en el que el foco está aparentemente sobre África. Al mismo tiempo, la juventud africana ha empezado a abrazar su cultura, reaprender su historia y, como resultado, se expresan ellos mismos de varias formas, combinando pasado, presente e imaginando sus futuros y el del continente. Los africanos están además en un proceso de rescribir su propia narrativa”, afirma convencida en una entrevista a Wiriko.

Tras once años en Estados Unidos, Sarah Waiswa volvió a Kenia. Allí se había trasladado con su familia desde Uganda al poco de nacer, huyendo de la dictadura de Idi Amin. Ya adulta y de nuevo en su tierra, la ugandesa de nacimiento y keniana de adopción tenía hambre de sentirse en casa. Y la mejor manera que encontró para hacerlo fue cámara en mano. “Empecé con la fotografía como una forma de evocar la memoria y reconectar con el hogar”, comenta.

Pero once años son muchos años y su apetito africano era voraz. Para saciarlo, Waiswa dejó su trabajo en el departamento de Recursos Humanos de una empresa, al que había accedido tras obtener sus títulos en Sociología y Psicología y por los que marchó a Kentucky, y decidió ser fotógrafa a tiempo completo y en territorio africano. Una de las decisiones más difíciles de su vida, pero sobre la que se mantiene convencida. Tal y como explica, “la fotografía se convirtió para mí en una manera de expresarme y aportar mi comentario sobre lo que estaba viendo. Mis estudios sin duda influyen en cómo me acerco a mi trabajo y los temas en los que elijo centrarme”.

La marginación, la pobreza, las migraciones o la espiritualidad son temas que se suelen vincular a África, y son también elementos que componen las narrativas visuales de Sarah Waiswa, sólo que desde un prisma diferente al habitual. “Mi objetivo al final de cuentas es contar una historia, usar mi fotografía para destacar temas sociales. Pero también para mostrar África, para compartir una historia más representativa de África”, señala y se queja de que la imagen del continente “frecuentemente ha sido presentada de manera negativa. Las imágenes creadas por fotógrafos occidentales a menudo refuerzan narrativas dominantes que suelen ser sensacionalistas y estereotipadas”.

Por ello, aunque pueda coincidir en temáticas con esta visión que critica, su estilo marca la diferencia al apoyarse en su propia interpretación de la poesía visual, que ella usa no tanto como género que combina la palabra con la imagen, sino como el fin al que orienta su trabajo: “Siempre me ha gustado la poesía, la sensación que suelo tener después de leer un poema. Quiero que la gente sienta eso después de mirar mis fotografías”.

‘Extraño en una tierra conocida’, Sarah Waiswa.

Podría decirse que lo consigue. Al fin y al cabo, todos los reconocimientos que Sarah Waiswa ha obtenido, entre los que se incluyen no sólo ser una de las fotógrafas elegidas este año por World Press Photo en su programa 6×6 de talento global sino también ser premiada en importantes festivales de fotografía como el Uganda Photo Press en 2015 y el Recontres d’Arles en 2016, destacan la sensibilidad que desprende su trabajo.

Es el caso de ‘Extraño en una tierra conocida’, probablemente su obra más popular, en la que retrata a la activista Florence Kisombe en el barrio marginal de Kibera, en la capital keniana. Tanto Kisombe como el protagonista de su serie posterior ‘Todavía un extraño’ son personas con albinismo. Ambos trabajos, relata Waiswa, “fueron creados como una respuesta al tratamiento que reciben las personas con albinismo en algunas partes de África Subsahariana. Quería crear conciencia acerca de ello, pero también transmitir la sensación de soledad y aislamiento de la marginación”. Si bien en ‘Todavía un extraño’ la fotógrafa cambia de escenario, en ‘Ballet en Kibera’ vuelve al suburbio de Nairobi para mostrar, junto a su colega Fredrik Lerneryd, los ensayos y actuaciones del ballet de Anno’s Africa y One Fine Day. “Quería proporcionar una imagen alternativa al estereotipo monolítico del niño en un asentamiento informal”, comenta.

Más allá de Kibera e incluso de Kenia, Sarah Waiswa también ha retratado otras realidades que le interesan del continente. Como resultado está la colección fotográfica ‘Kimbanguists’, en la que plasma a una organización llamada Picha, en Congo, para reflejar las religiones sincréticas. “Estaba interesada en la identidad del grupo con respecto a su apropiación del cristianismo y su propia espiritualidad basada en creencias africanas”.

‘Kimbanguists’, Sarah Waiswa.

Ahora está inmersa en ‘Ciudadanos africanos’, un proyecto a largo plazo en el que la acompaña el fotógrafo Joel Lukhovi. Juntos viajan por carretera para tratar de acceder a tantas ciudades como les sea posible. Hasta ahora llevan atravesados ocho países africanos y planean otro viaje que cruce Sudán, Etiopía “y con suerte también Yibuti”, dice Waiswa, y añade: “Para los africanos es extremadamente difícil viajar por África, muchas veces es más fácil viajar fuera de África”.

Convencida del arma de empoderamiento que supone el que sean los africanos quienes cuenten sus propias historias, Sarah Waiswa se propone con este nuevo proyecto indagar en las similitudes que componen las sociedades africanas frente a sus divisiones. “Me interesan los paralelismos y las diferencias que se experimentan en distintas ciudades y como, al final, en cada una de ellas encontramos una parte de nosotros mismos”.

Film Africa 2018: la celebración londinense de los cines africanos

Fotograma del cortometraje ‘Hair Cut’, de británico-ghanés Koby Adom

Está de vuelta. Como el frío. Film Africa, inicia hoy su octava edición y Wiriko mantiene su apuesta por la cobertura de la celebración más grande en el Reino Unido de cines africanos y su diáspora.

Hasta el próximo domingo 11 de noviembre, el equipo de la Real Sociedad Africana (Royal African Society, en inglés) ha preparado un programa con 39 títulos de 15 países africanos, incluyendo 18 estrenos.

El foco de este año está puesto en Kenia y Nigeria, dos de las industrias cinematográficas más bullentes del continente. Los comisarios han acordado plasmar historias de madurez y primer amor, relatos documentales de comunidades intersexuales y transgénero, thrillers experimentales y psicológicos, etc. para intentar abarcar las distintas narrativas de los jóvenes cineastas que viven y trabajan en África y la diáspora.

The Burial of Kojo de Blitz Bazawule inaugura esta edición. Es el estreno en tierras británicas del rapero y director ghanés con una película que aborda un drama familiar ambientado en el contexto de la industria minera ilegal de su país.

Por otro lado, el festival se despedirá con Kasala! de la directora nigeriana Ema Edosio. En esta ópera prima se presenta la historia de unos jóvenes estafadores de Lagos y que cuenta con referencias al estilo peliculero de Jackie Chan y Chuck Norris y sus patadas voladoras.

El festival también incluye cintas como Rafiki, que fue la primera película keniana en presentarse en el Festival de Cannes, así como la última entrega de Akin Omotoso, A Hotel Called Memory, primera película muda de Nigeria.

La juventud y la rebelión se observan en títulos como Five Fingers For Marseilles mientras que aKashadel director sudanés Hajooj Kuka, explora satíricamente la vida del pueblo y la ideología de los rebeldes Sudán. La migración también cuenta con espacio en el festival gracias a títulos como Deltas, Back to Shores, Lost Warrior, Chateau, y A Season in France.

Film Africa 2018 vuelve en esta edición con el programa de cortometrajes que se disputarán el premio anual Baobab. Además la participación de la audiencia es imprescindible para otorgar el galardón al mejor largometraje que fue a parar el año pasado a Call Me Thief.

“Invitamos a aquellos ansiosos por experimentar, debatir y celebrar la riqueza de historias que los cineastas africanos nos ofrecen en esta fiesta de cine de 10 días. ¡Hay algo para todos!”, dice la subdirectora de la Real Sociedad Africana, Sheila Ruíz.

De cuando Ngũgĩ wa Thiong’o descubrió el teatro

“Puede que la clase dirigente colonial adorara a Shakespeare, arte en estado puro que debía repartirse generosamente en las escuelas, pero su crudo retrato de las luchas de poder, como los conflictos entre el sistema feudal y el nuevo orden social que aparecen en El rey Lear, apelaban directamente al clima de antagonismo político que se vivía en Kenia. La obra reflejaba con precisión la sangrienta contienda entre la guerrilla del Mau Mau y las fuerzas del Estado colonial”. Es uno de los fragmentos de En la casa del Intérprete, el segundo volumen de las memorias del escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o. Un fragmento esclarecedor porque contiene la mayor parte de los elementos que marcaron la primera juventud del que se ha convertido en un referente del pensamiento decolonial y de la defensa de la culturas minorizadas.

El escritor keniano Ngũgĩ  wa Thiong’o. Foto: Carlos Bajo

La época más dura de la lucha anticolonial en Kenia y el descubrimiento del teatro como un instrumento de construcción comunitaria son dos de las constantes del tiempo que relata En la casa del Intérprete, aunque no los únicos. En Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, el primero de los volúmenes de la autobiografía del novelista, dramaturgo y ensayista keniano, Thiong’o nos dibujaba el paisaje de su niñez en el que se vislumbraba ya el choque entre la sed de libertad de su pueblo y la obstinada resistencia del imperio británico a perder el control de esos territorios. El autor compartía con sus lectores, también como le habían impresionado e influido las narraciones orales, esas sesiones de relatos comunitarios a la luz del fuego, que fueron poniendo los cimientos de sus intereses. En este segundo tomo, el escritor keniano, relata su experiencia durante la enseñanza secundaria, su paso por una prestigiosa y pionera institución educativa, la Alliance High School, entre 1955 y 1958.

Como en Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, Rita da Costa es la responsable de la traducción de En la casa del Intérprete que ha publicado por Rayo Verde. Además la editorial catalana ya ha anunciado que durante este nuevo curso publicará el tercer volumen de la estremecedora experiencia de Ngũgĩ wa Thiong’o, Birth of a Dreamweaver.

En todo caso, el relato de En la casa del Intérprete es la historia de su juego del gato y el ratón con lo que el autor llama “la jauría” que no es otra cosa que la implacable maquinaria represora de una administración colonial que ve cómo irremediablemente su tiempo ha pasado. Para el autor, que en 1955 ya había experimentado la crudeza de las consecuencias de la lucha anticolonial, el acceso a una institución como la Alliance era una especie de salvoconducto. Su primera percepción es que esa escuela secundaria es un refugio frente a la violencia de la vida en el exterior.

“Hasta ese instante, me había pasado la vida mirando hacia atrás, sin confiarme jamás. Desde la proclamación del estado de excepción en 1952, vivía con el constante temor a caer en manos de las fuerzas británicas, que estaban por todas partes y se dedicaban a perseguir a los guerrilleros anticoloniales del Mau Mau, fueran reales o imaginados. Ahora había encontrado un santuario, pero al otro lado de la verja la jauría seguía acechándome, agazapada y jadeante, a la espera del momento adecuado”.

Sin embargo, poco a poco, el joven Ngũgĩ se da cuenta de que la exclusividad del centro educativo sólo es una protección relativa, porque una buena parte de su mundo sigue fuera. El autor relata cómo dentro del instituto absorbe los conocimientos como si fuese una esponja, acumula experiencias y va perfilando su orientación ideológica. “Jamás he podido entender el placer de humillar a otra persona, y menos aún si ocupa una posición más débil. Me hice la promesa de que cuando llegara a segundo no acosaría a los recién llegados, y la cumplí”, dice en un momento de la historia como uno de esos detalles que van marcando su personalidad.

Pero al mismo tiempo explica cómo en el exterior se sigue encontrando con la represión y la arbitrariedad de la autoridad colonial: “La aldeización, el inocuo nombre con que el Estado colonial bautizó el desplazamiento forzoso de la población autóctona, se impuso al pueblo keniano en 1955, mientras yo cursaba mi primer trimestre en la Alliance, pero viviendo como vivía entre los muros de la escuela, no me había enterado de que las fuerzas gubernamentales habían arrasado las viviendas con máquinas excavadoras ni que les habían prendido fuego cuando sus propietarios se negaban a participar en las tareas de demolición. Fueran o no sospechosos de pertenecer al Mau Mau, todos los habitantes de las aldeas tuvieron que trasladarse a un nuevo asentamiento común”.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Ngũgĩ wa Thiong’o relata numerosos episodios con los que se encontró cada vez que salió de la protección de la escuela. Su hermano fugado como guerrillero y después encarcelado, detenciones de familiares incluido un oscuro periodo que su madre pasó bajo arresto y del que nunca llegó a saber nada, identificaciones, acoso, laberintos burocráticos, obstáculo y más obstáculos a la normalidad de la vida cotidiana en la que acaba colándose la violencia diaria, las injusticias y los abusos. No hay duda de que esa experiencia tiene mucho que ver con que el intelectual keniano se haya preocupado por construir un sólido discurso en torno a la descolonización, incluida la descolonización cultural que es la que le caracteriza frente al público general.

Ese periodo de la educación secundaria también fue el que marcó el gusto de Ngũgĩ wa Thiong’o por el teatro, un gusto que después orientó hacia una interpretación de las artes escénicas como una herramienta de liberación, sobre todo, para las clases más populares, empleando lenguas africanas y escenarios con los que esos públicos se sentían más identificados y permitían que pasasen especialmente los mensajes pedagógicos.

“Mi único contacto previo con la representación teatral se reducía a los improvisados sketches cómicos de la escuela primaria de Manguo. Maisha ni Nini, la primera obra teatral digna de ese nombre a la que asistí, se situaba en una escala y un nivel desconocidos para mi. Junto con la leyenda de Kuria, sentó los cimientos de un respeto por las iniciativas estudiantiles que habría de acompañarme toda la vida y de mi propio interés por el teatro”.

Entre ese contacto con la literatura, Ngũgĩ wa Thiong’o relata su primera experiencia, frustrante, por cierto, a cuenta de un trabajo de edición o más bien de manipulación, mucho más libre de lo que pretendía el autor. Ver publicado ese primer relato con un sentido completamente diferente al pretendido desmoralizó al escritor, pero sólo momentáneamente.

Otra de las constantes del relato son las aparentes contradicciones, la aproximación del escritor al teatro de la mano de Shakespeare, su educación dentro del sistema colonial, sus cuitas en torno a las creencias religiosas. En uno de los más sólidos ideólogos de ese pensamiento decolonial africano y de la defensa de la riqueza de la diversidad cultural y especialmente de las culturas minorizadas, esas pretendidas raíces pueden parecer paradójicas. Sin embargo, cuando se escuchan las propuestas de Ngũgĩ wa Thiong’o se entiende perfectamente que su apoyo, por ejemplo, a las lenguas nacionales africanas nunca ha sido excluyente, es decir, que su defensa de la cultura propia nunca ha sido un rechazo de las otras, incluidas las que amenazan con imponerse. Al contrario, esa defensa de la cultura propia se apoya en la convicción de que todo el mundo va ha hacer lo propio, es decir, va a poner en valor (no imponer) su cultura, respetando e intentando entender que todos los demás también lo hagan. Así, En la casa del Intérprete, como ya ocurría con Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, da algunas de las claves para entender el pensamiento de Thiong’o y es más que probable que Birth of a Dreamweaver, nos acerque todavía un poco más al genial autor, por eso nos mordemos las uñas esperando su publicación.

La memoria de una nueva Kenia

“Por mi parte, del reverendo Kahahu aprendí a venerar la modernidad, de Baba Mũkũrũ los valores de la tradición y de mi padre heredé un sano escepticismo hacia ambas. No obstante, siempre me he sentido atraído por los aspectos dramatúrgicos del cristianismo y la tradición africana”. Es uno de los pasajes escritos por Ngũgĩ wa Thiong’o en Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, que ilustra una de las dimensiones más atractivas del escritor keniano con más proyección internacional de las últimas décadas: su tremenda distancia de cualquier dogmatismo y su capacidad de relacionarse con el otro con una mirada abierta, lo suficientemente abierta como para aprender.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Resulta bastante fascinante ver cómo la trayectoria vital de Ngũgĩ wa Thiong’o se ha ido trenzando con la historia de su país, cuánto de cerca ha estado de muchos de los acontecimientos o los periodos históricos más importantes y cómo los ha padecido, prácticamente todos, a cuenta de su activismo y de su compromiso con las capas sociales más populares. No es necesario insistir en su biografía, que en Wiriko hemos tenido ocasión de desgranar en varias ocasiones. Sus convicciones anticoloniales que le llevaron a combatir con sus armas la dominación británica; su compromiso con las condiciones de vida de las personas, más allá de ideologías, que le llevó a ponerse delante de los gobiernos independientes cuando empezaron a romper sus promesas. Sin dejar de ser un escritor, un intelectual y un dramaturgo, su determinación le llevó a la persecución, a la cárcel y, finalmente, al exilio y fue repudiado por gobernantes de diferentes colores, porque la apuesta de Ngũgĩ wa Thiong’o, siempre ha sido por el pueblo.

Entre otras muchas cosas, este eterno “nominado” al Nobel, ha hablado y escrito sobre la descolonización, sobre todo, desde un punto de vista cultural, y sobre la defensa de las lenguas y las culturas nacionales africanas, inscribiéndolas entre todas las minorizadas y amenazadas del mundo. Las raíces de su crítica son tan profundas (tan sorprendentemente profundas para los no avisados) que ponen en cuestión todo ese inaprensible e incomprensible sistema mundial, pero sobre todo sacude a sus lectores y les hace replantearse lo más fundamental, sus propios esquemas mundiales. Ngũgĩ wa Thiong’o es tan incómodo (porque obliga a cuestionarse) como magnético, por la sencillez, la honestidad y la falta de pretensiones. Sin embargo, más allá de cualquier entrevista, no hay mejor forma de acercarse al pensamiento Wa Thiong’o que sus propias explicaciones.

En una reciente conversación con Wiriko, el escritor keniano explicaba bromeado los motivos por los que había comenzado a escribir sus memorias: “Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho ‘te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos’. Y las he escrito pensando en la teoría ‘globaléctica’ que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica”.

Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia es el primero de los volúmenes de esas memorias, publicadas por las editoriales Rayo Verde y Raig Verd, en castellano y catalán y traducidos por Rita da Costa y Josefina Caball, respectivamente. El libro es una forma de asomarse, precisamente a esa infancia de Wa Thiong’o que, pasada por el tamiz de los años, probablemente, ha guardado los episodios que más han marcado su trayectoria posterior. También es una forma de acercarse de una manera muy particular, a través de los ojos, de uno de los intelectuales kenianos más clarividentes de la actualidad, a algunos de los periodos clave de la historia de una de las principales potencias del África Oriental.

En el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o, que perfectamente podría ser una novela, se asoma el principio del declive del poder colonial británico en Kenia, aquella sombra de la guerra mundial que arrastró a las colonias y que a través de la sangre de muchos de los anónimos soldados africanos comenzó a abrir puertas determinantes en la sociedad y en la política de los países. En este caso, apunta todas aquellas cuestiones que los historiadores han desarrollado como causas sociológicas, el sacrificio de los hijos y la aparición de los héroes supervivientes; la experiencia del conocimiento del mundo y el impacto de aquellos blancos que trabajaban como esclavos, los prisioneros de guerra. Toda una serie de nuevas experiencias que empezaban a cambiar algunas percepciones.

El impacto de todo el sistema colonial en la vida de las familias kenianas está presente constantemente en el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o. La llegada de una nueva forma de vida que se inscribe en la llegada de la modernidad supone para los habitantes de Limuru un cambio en los hábitos más comunes. Lo impregna todo, desde los campesinos que pierden sus tierras por las expropiaciones del gobierno colonial y tienen que trabajar en plantaciones de té de los europeos, hasta el acceso a la educación formal, la decisión de acudir a las escuelas. En la experiencia de la infancia de Ngũgĩ wa Thiong’o, que se extiende en las décadas de los años 40 y 50, todos esos cambios tienen una importancia capital.

El escritor comparte su percepción de la escuela: “La escuela era algo que me quedaba muy lejos, algo reservado a quienes me aventajaban en edad o provenían de una familia adinerada. Jamás se me habría ocurrido como una posibilidad real”. Y a pesar de esa primera sensación, un día su madre le pregunta si quiere ir a la escuela. El diálogo que sigue a esa consulta, aparece como uno de los compromisos más inviolables para Ngũgĩ wa Thiong’o. La conversación terminó con su madre preguntándole: “¿Y que siempre lo harás lo mejor que puedas?”. Y a partir de ahí la promesa marcó la vida del escritor. “En aquel momento yo le habría prometido cualquier cosa, pero cuando la miré y dije que sí supe, sin lugar a dudas, que le estaba dando mi palabra: siempre lo haría lo mejor que pudiera, por muchas penalidades que sufriese, por muchos obstáculos que encontrara”, cuenta el intelectual keniano.

La experiencia de la escuela, además marcó la aproximación del escritor a la literatura de una manera muy particular. Ngũgĩ wa Thiong’o transmite desde el primer momento su fascinación por las narraciones orales que llenaban las veladas de su concesión familiar. “Los primeros rayos de sol siempre son bienvenidos, pues permiten que el libro de los prodigios desgrane historias sin interrupción, salvo cuando tengo que apartarlo para hacer alguna tarea. Sólo por esta posibilidad de evadirme a un mundo mágico, ha valido la pena ir a la escuela. Gracias, madre, gracias. La escuela me ha abierto los ojos”, confiesa el autor.

Paralelamente, el escritor va presentando todos los episodios que muestran cómo va cambiando la vida cotidiana de los kenianos en esa época, desde el trabajo al impacto del ferrocarril, la convivencia con diferentes comunidades o la construcción de un incipiente nacionalismo keniano que va poco a poco preparando el terreno para la independencia. La experiencia de la violencia, en este caso, se materializa en la revuelta mau-mau, la percepción de un niño, la ola de represión y las bases que la revuelta van sentando. Pocas veces, el público del norte global ha podido tener acceso a un relato sobre el choque de la autoridad colonial y las expectativas de las sociedades africanas contemporáneas, como en estos Sueños en tiempos de guerra que brinda Ngũgĩ wa Thiong’o.

Ngũgĩ wa Thiong’o: “El problema es que las lenguas se han usado para asegurar las desigualdades del sistema colonial”

Antes de que Kenia consiguiese la independencia, Ngũgĩ wa Thiong’o ya había puesto su pluma al servicio de la libertad y de la emancipación de su pueblo. Su primera novela trataba sobre el choque entre las culturas europeas y africanas, precisamente en el momento del levantamiento mau-mau, un tiempo en el que el compromiso se pagaba caro. Cuando los gobiernos independientes no cumplieron con las expectativas de derechos para los ciudadanos, Thiong’o no tuvo reparo en colocarse enfrente, su compromiso seguía siendo el mismo: por la libertad y la emancipación, fuese quien fuese el que cometía los atropellos; y eso le llevó primero a la cárcel y después al exilio. Esa coherencia alejada de cualquier dogmatismo y esa alineación siempre con las capas más populares de la sociedad le ha convertido casi en un mito; la calidad de su trabajo literario, que abarca teatro, novela, ensayo o cuento infantil, además, le ha convertido en un referente global. Es uno de los autores africanos más publicado en castellano (probablemente el más publicado) y unas de sus últimas obras traducidas son, precisamente, los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias (Sueños en tiempos de guerra y En la casa del intérprete, de la editorial Rayo Verde, publicados también en catalán).

El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

A sus ochenta años recién cumplidos, el escritor keniano, continúa viajando por el mundo para hablar sobre sus experiencias y sus reflexiones. Está en Barcelona de paso, para presentar En la casa del intérprete en el festival MOT (un festival literario que se celebra entre Girona y Olot), y charla sereno y animado a pesar del cansancio que le provoca el jet lag de su viaje desde Los Ángeles, donde reside y ejerce como profesor universitario. La fatiga no le impide ni ser firme, en algunas ocasiones; ni bromear, en otras.

Con el tiempo usted se ha convertido en un referente en la defensa de las lenguas africanas.

Todo el mundo tiene un derecho a su propia lengua y no sólo a la lengua, sino a todo lo que una lengua contiene, la historia, la cultura, los sistemas de conocimiento. Y ese es un derecho innegociable. Esa es mi base. Desde esta base tú puedes conectar con el resto de lenguas y culturas del mundo. Cuando añades lenguas a tu propia lengua, eso es empoderamiento. Por el contrario, si conoces otras lenguas pero no conoces la tuya, o bien la sustituyes, eso es sometimiento. Es un debate tan largo como alcanzo a recordar.

Su apuesta, entonces, ¿es a favor de las lenguas africanas?

Evidentemente, yo parto de mi propia lengua, mi lengua materna, que es una lengua africana, el kikuyu, pero puedo usar otras como el inglés, por ejemplo, cuando es necesario. La base, es la lengua madre, pero conocer otras lenguas, como el inglés, es bueno para mí. En realidad, es una cuestión de relaciones. A mi propia lengua le puedo sumar otras, incluidas las que que podemos llamar lenguas coloniales. Mi propuesta es una política de tres lenguas: la lengua materna, en mi caso el kikuyu; la lengua nacional que sea la mayoritaria en un país en un momento, la que aglutine grandes comunidades, en mi caso el kisuajili; y finalmente, el inglés, el francés, el español o el idioma global que sea. Al final, es una cuestión de sentido común, se trata de utilizar la lengua que te permita comunicarte en cada situación.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El colonialismo ha establecido relaciones de poder desiguales, que no responden a las relaciones naturales de las lenguas. Los sistemas de desigualdad han distorsionado los procesos de empoderamiento de las personas y la relación de esas personas con sus propias lenguas. El problema es que las lenguas se han utilizado para asegurar esas desigualdades del sistema colonial y esas relaciones entre las lenguas, reflejan esas relaciones de desigualdad.

¿Como cuando Macron intenta reclutar escritores de origen africano para revisar la Francophonie?

Les corresponde a los países africanos resistirse a la primacía de las lenguas, es decir, les corresponde a los países africanos decidir cuáles deben ser sus políticas lingüísticas. Impulsar el francés, por ejemplo, puede ser una de ellas, pero en todo caso, lo deben decidir ellos, igual que pasa con el inglés. En todo caso, el francés puede tener una posición de apoyo, es correcto, pero no de sustituto de las lenguas nacionales. Este es un tema que me apasiona y sobre el que llevo más de treinta años trabajando. Ya, alrededor de 1920, uno de los directores de la Alliance Française, advirtió que algún día los países del África francófona serían independientes y por eso era necesario establecer ataduras psicológicas fuertes basadas en la lengua y la cultura, para conseguir que siguiesen siendo dependientes de París.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

¿La lengua es la coartada?

A medias. La lengua no es sólo un escudo, también es una herramienta para el control económico y político.

En este contexto de defensa de las lenguas, ¿qué papel tiene su colaboración con el colectivo de jóvenes escritores Jalada?

Tenia que colaborar con ellos porque han puesto en práctica lo que nosotros discutíamos en teoría. Yo he teorizado mucho sobre este tema, ¡pero ellos lo han hecho realidad! Me pidieron una historia (La revolución vertical) y yo la escribí en kikuyu, les entregué el original, y también se lo traduje al inglés. Hoy este relato está traducido a 68 lenguas de todo el mundo, creo.

Y, ¿que papel juegan las nuevas formas de editar, las tecnologías digitales?

Oh, no, yo sólo les di la historia (ríe). Lo mío son las viejas tecnologías (bromea). Pero por supuesto que esas tecnologías digitales son muy importantes para las nuevas publicaciones. Lo que pasa es que también es importante controlar el uso, porque pueden tener un efecto negativo. Todas las grandes empresas y los grandes negocios se apoyan en el uso de los medios sociales.

¿Vivimos tiempos de homogeneización?

No, no… Estamos en medio de una lucha entre las fuerzas que buscan el control social y las que quieren un mundo mejor. Esa lucha se refleja en los medios convencionales, en los medios sociales y en todos lados. Pero, por mucho que las grandes compañías estén intentando imponer esa cultura homogénea, siempre hay grupos que están desarrollando las alternativas.

¿Dónde ha quedado el papel emancipador y liberador de la literatura?

Sigue siendo necesario. La literatura empodera a la gente. Eso siempre es necesario y cada uno de tenemos que contribuir a nuestra manera desde diferentes ámbitos.

Con su experiencia vital, ¿cómo vive que siga habiendo escritores perseguidos o encarcelados en diferentes países de África?

Es el reflejo de las tendencias represivas. Cuando los escritores o los líderes de opinión, en general, son encarcelados es el reflejo de una represión mucho mayor. Los escritores son los cabezas de turco, meterlos en la cárcel pretende dar un ejemplo para el resto de la sociedad. He reescrito un libro que habla sobre mi experiencia en prisión y lo he dedicado a todos los escritores que son encarcelados, porque encarcelar a los escritores es un intento de silenciar sus ideas.

¿Por qué se ha decidido ahora a escribir sus memorias?

Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho “te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos”. Y las he escrito pensando en la teoría “globaléctica” que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica.

Y, ¿cuál es el punto fuerte de la tercera parte de su autobiografía, la que todavía no se ha publicado en español?

Cómo me convertí en escritor. Cómo me dije a mi mismo he nacido para hacer esto, cómo estaba intentado reflejar mi propia lucha y la importancia y la interacción con todas las fuerzas que influían en mi toma de conciencia sobre la escritura.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

“Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo”

Se llamaba Mnyazi wa Menza, pero se la conocía como Mekatilili. Su nombre, adquirido de su hijo Katilili, ha pasado a la historia sin embargo no por su rol de madre sino por ser la mujer que encabezó el enfrentamiento de su pueblo contra la opresión británica. Un siglo después, los fotógrafos Rich Allela y Dapel Kureng recuperan el recuerdo de Mekatilili para ponerla al frente de su serie African Queens’, una colección que pretende, según cuenta Kureng a Wiriko, “inspirar a las mujeres africanas de todas partes a levantarse contra la desigualdad y la discriminación”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

“’African Queens’ surge para dar a conocer las leyendas femeninas africanas de tiempos pasados. Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo que las rodeaba”, añade. Que la historia real de esta mujer keniana se haya teñido de leyenda tiene que ver con que no existe mucha documentación registrada de la época, que se remonta a principios del siglo XX. Mucho menos cuando quien la protagoniza es del lado oprimido. Mucho menos tratándose de un liderazgo ejercido por una mujer. En cualquier caso, tal y como apunta Kureng, “Mekatilili ha sido reconocida recientemente por su gente al darse cuenta de que no le habían dado el lugar que merecía por su contribución a la libertad en tiempos de esclavitud”.

Ella era la cabecilla de la rebelión de Giriama, una región situada al sur de Kenia, que se enfrentó al régimen colonial entre 1913 y 1914. Mekatilili era viuda, lo que le permitía acceder a más libertades que las que tenían otras mujeres de su cultura. Una de ellas era tener voz en la asamblea de su comunidad, desde la cual se proclamó líder de la lucha contra los trabajos forzados, el aumento de impuestos y el envío forzoso de hombres a la I Guerra Mundial que imponía Gran Bretaña.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

Su liderazgo, no obstante, no le venía por el mero hecho de poder figurar en el órgano de decisión de su pueblo. Mekatilili ganó adeptos a través de la palabra y el baile. En el primer caso porque era una gran defensora de la cultura local, y en el segundo porque fue una conocida bailarina de kidufu, una danza reservada para ceremonias especiales. Esta mujer era madre, era bailarina y fue una destacada activista que nació a mediados del siglo XIX en el seno de una comunidad patriarcal y llegó a convertirse en un referente histórico en la lucha contra la colonización de este país africano.

Entonces, con la dominación colonial, pero también ahora, el foco apunta a lo mismo: el reconocimiento como iguales.  “Queremos representar a mujeres que desde su entorno han encabezado actos de liberación”, explica Kureng. Para este nigeriano, coautor de ‘African Queens’ junto al keniano Allela, ellas son ejemplos necesarios hoy en día (no sólo) en África: “La visión general que hay en los países africanos hacia las mujeres es la de una sociedad patriarcal que abanica las llamas de la suposición cultural de que las mujeres deberían ser vistas y no oídas. Las mujeres, tanto en los pueblos como en las ciudades, están contenidas por ellas mismas y por la sociedad”.

Su representación de Mekatilili, realizada con algunas modelos y mucha edición digital, ha sido tan querida como criticada entre quienes les reprochan falta de precisión histórica en su representación de este icono, a quien sitúan en un paraje árido que no corresponde al de Giriama y con un vestuario que tampoco es el de su cultura. “Nos pusimos completamente en manos de gente de la zona que me contaron qué trajes usar. Y ellos eran kenianos. Pero, por otro lado, en ‘African Queens’ también tratábamos de proyectar africanismo, por lo que buscamos la manera de combinar y fusionar los atavíos kenianos con esta idea”, argumenta Kureng quien señala que, en cuanto a la notoria edición de su trabajo, “el empleo de Photoshop y otras formas de manipulación fotográfica ayudan a acercar la historia a las nuevas generaciones, que se sienten más atraídos y conectan más fácilmente con esta representación de los héroes del pasado”.

Heroínas, en el caso de la colección ‘African Queens’, en la que Mekatilili ha sido la primera pero no será la última. “Queremos inmortalizar la larga lista de mujeres africanas que han contribuido a sacudir el mundo de su tiempo. Su fuerza y vitalidad pueden servir a las mujeres de hoy para despertar del estupor de las normas sociales y las tradiciones que les han colocado un grillete alrededor del cuello”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-