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El neorralismo ugandés

Donald Mugisha, director de la pelicula ugandesa "Abaabi ba boda boda" (The Boda Boda Thieves).

Donald Mugisha, director de la pelicula ugandesa “Abaabi ba boda boda” (The Boda Boda Thieves).

Esta entrada bien podría haberse titulado “El éxito de las coproducciones panafricanas: el caso ugandés” por la alegría de saberse entre las películas seleccionadas / proyectadas en la Berlinale 2015. Pero vamos por partes. Ante las tremendas dificultades de producir una película se impone la necesidad de buscar aliados. Ya no sólo en Europa, sino también, en el propio continente. Por eso estamos de enhorabuena. El largometraje “Abaabi ba boda boda” (Los ladrones de Boda Boda), dirigida por Donald Mugisha, ha sido un proyecto que, finalmente y tras 3 años, ha visto la luz por todo lo grande.

Esta versión ugandesa de la neorrealista italiana clásica Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica, es una producción de Yes! That’s us (Sí! Somos esto), un colectivo de cine “guerrilero” y panafricano que abarca la naturaleza colaborativa de la cinematografía y de la importancia de encontrar modelos de trabajo regionales y soluciones de distribución adecuadas. Es una coproducción entre Uganda, Sudáfrica, Kenia y Alemania. El crítico y también guionista Humberto Barbaro, utilizaba el término neorrealismo en 1943, un movimiento más que una escuela, como forma de protesta contra el cine académico y anquilosado. Es decir, un cine no para ricos y preocupado por el testimonio social. Y Los ladrones de Boda Boda pretende movilizar el imaginario sobre la capital ugandesa en estos términos.

Como comenta su director, quien soñaba con dedicarse a la industria cinematográfica: “En casa me instalé un software de vídeo en el ordenador e hice películas caseras con una videocámara. Nunca terminé mis estudios de comunicación de masas. Yo quería filmar. Y como algunos de mis amigos también estaban estudiando, pero realmente queríamos ser artistas, establecimos el colectivo Yes! That’s us. Hicimos películas y clips de vídeo experimental, y desarrollamos nuestro propio concepto y estilo”. El boda-boda o moto-taxi cuenta una historia sobre un joven vagabundo cuya existencia es puesta a prueba cuando un accidente deja a su padre incapaz de conducir.

En 2007 Mugisha hizo su primer largometraje (digital) con Yes! That’s us: Divizionz (2008). En este trabajo el joven director retrataba la separación de clases en Kampala. “Mis películas hablan sobre los fenómenos sociales en Uganda. No es mi intención la de predicar, pero queremos que la gente piense. Provocar. Los artistas tienen un espejo frente a la sociedad”.

Para mostrar la odisea de el éxito final de este trabajo en la búsqueda de financiación (algo parecido tienen que hacer las demás producciones) os detallamos algunos de sus hitos importantes. El proyecto ganó el premio de 10.000€ en la 10ª edición de la Berlinale Talent Campus; fue uno de los cinco proyectos seleccionados por el World Cinema Fund 71.6820€; y, antes de eso, el proyecto también recibió fondos de otras entidades financieras, incluida el III Foro África Produce de Coproducción en el 8º Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT), donde consiguió un acuerdo de coproducción con la compañía keniana Hot Sun Films.

Entre otras menciones especiales recuerda a la carrera del trabajo dirigido por el congolés Djo Munga Viva Riva! (2010), otra película que se benefició de los recursos internacionales de coproducción (Congo, Francia, Bélgica y Sudáfrica, financiado por Canal Plus y Belgium’s Film Fund). Seguiremos la pista de cerca a Donald Mugisha y a su colectivo esperando que nuevas coproducciones panafricanas lleguen a los festivales internacionales.

Veve: Amor, corrupción y drogas en una Kenia contemporánea

Imagen de la película VEVE (2014), del director keniano Simon Mukali.

Imagen de la película VEVE (2014), del director keniano Simon Mukali.

La actual Kenia rompía aguas un 12 de diciembre de 1963 para aparecer ante el mundo como una nueva nación. Los aires nacionalistas del primer presidente de la nación, Johomo Keniatta, intentaban hacer ver que en el territorio todas las pequeñas naciones como los kikuyus, masai, luos, akambas o pokots dejaban de serlo para sentirte simplemente kenianos. Qué osadía. Hoy día, el país con unos 40 millones de personas (el 67% de la población vive en zonas rurales) mantiene sus 42 comunidades étnicas de forma oficial con muchos de los problemas provocados por el proceso de independencia que todavía continúan sin solucionarse.

La capital keniana es a su vez el punto neurálgico para apuestas de futuros, desengaños y especulaciones en el África del Este. Nairobi es tierra de aguas y es tierra de oportunidades: de esperanzas y de un sistema que se muestra desgarrador en alguna que otra esquina; de miradas que enamoran y vuelcan energías; de una primavera descolocada que regala esencias y contratiempos; de lenguas locales que algún día fueron ‘nacionales’… Y este despropósito de emociones sirve como punto de partida para la película Veve (2014) del director Simon Mukali. Sin duda, la mejor película keniana después de Nairobi Half Life (2012), dirigida por David ‘Tosh’ Gitonga.

Aunque Mukali reconoce que su primera opción era ser arquitecto, para lo que estudió, reconoce que quedó enamorado del poder de la imagen a través de una cámara. “Cincuenta años después de la independencia de Kenia las estructuras de poder no parecen haber cambiado mucho. Quizás sí de manos pero en esencia, efectivamente no. Por eso esta película. Por eso ahora”, explica Mukali.

Veve es una inyección de realidad inmersa en un thriller coral en el que se presentan diferentes nacionalidades y diferentes propósitos. Uno de ellos es hablar del tráfico del khat o miraa (Veve), usado durante siglos en el Cuerno de África y con efectos similares a las anfetaminas, y comercializado sobre todo en uno de los barrios más vivos de la capital: Eastlight. “Precisamente viví allí durante 4 años de mi vida y fue el primer acercamiento a la realidad somalí en Kenia”. Este barrio de Nairobi, a tan sólo 20 minutos en bus desde el centro, es una ciudad de 24 horas, los siete días de la semana: tanto si quieres café o miraa somalí; alcohol de fabricación local o sexo barato; ropa de importación o productos electrónicos de origen asiático. En el par de carreteras asfaltadas, en el barro dominante tras la época de lluvias, entre casas de chapa, callejones de tierra o centros comerciales y hoteles, Eastleigh siempre vibra y se mueve en multitud de direcciones.

“En Kenia nunca antes se había hablado del tráfico de Miraa, quizás el foco de los medios y de la industria del cine tanto local como internacional se había centrado en otros asuntos. Esta es una historia fresca. Y lo más importante a destacar es que tenemos muchas historias en Kenia, en África pero nos centramos en los mismos aspectos de siempre”.

Pero el miraa es sólo un pretexto para Mukali y la guionista de la película, Natasha Likimani. La corrupción política, los juegos de poder (con una dosis de sexo) y los efectos de una mala gestión de la economía nacional ponen los puntos sobre las íes a esta emocionante película con una fotografía bien cuidada. “En Kenia, de hecho, la reacción del público y de los medios fue fantástica. ¿Sabes por qué? Principalmente porque el foco no es en Nairobi, sino en la zona rural. De esta forma mostrábamos una Kenia diferente a la que estamos acostumbrados”, subraya el director keniano.

Simon Mukali, director de Veve (2014).

Simon Mukali, director de Veve (2014).

La película se centra en las montañas de Mauá, tierra meru, al norte de Kenia, alejados del cemento que escala metros en vertical en Nairobi, donde crece el veve en un negocio que genera millones e kenian shillings cada día. Allí, Amos, un político local sin escrúpulos, quiere convertirse en el gobernador para las próximas elecciones. Él, proveedor clave para la exportación del veve, comparte su plan con su mano derecha Sammy, quién además afronta el duelo de haber perdido a su mujer y de intentar reconducir a su rebelde hijo Kago que esnifa pegamento. “A Sammy, interpretado por Conrad Makeni, lo descubrimos en los últimos días del cásting y fue una verdadera sorpresa. Su papel es fundamental y ha aportado realismo y dicotomía entre la vida real, con problemas relativamente normales en la zona rural, y la corrupción política”.

La trama comienza cuando Kenzo, un ex convicto amargado, busca venganza por la caza del hombre que mató a su padre: Amos. Con la ayuda de su amigo Julius, recién salido de la prisión, planearán atentar contra Amos y contra sus intereses. Pero la comunidad keniana de origen somalí residente en Nairobi, así como la propia mujer de Amos, y los agricultores de Mauá se verán implicados en un thriller que mezcla el amor, la corrupción, la resignación y la esperanza.

Imagen del cartel de Veve.

Imagen del cartel de Veve.

Pero tanto el director como la guionista reparten para todos. Aunque con un papel muy breve, el personaje de Clint (el único bñanco de la película), interpretado por el actor Adam Peevers, subraya también la responsabilidad de los occidentales que van a trabajar a Kenia y, por extensión, lo hacen en África. En la película, Clint representa a un joven aspirante a director de documentales que pretende dar solución a los problemas locales bajo su cuenta y riesgo. Evidentemente, las consecuencias son desastrosas. “Generalmente son muchos los expatriados que cuando viene aquí dicen lo que está bien o mal sin pensar en la repercusión de sus acciones. Por eso en Veve pretendemos que personas con este tipo de perfil reflexionen y sean conscientes antes de actuar ante cualquier situación ajena a su cultura”.

Veve representa una magnífica carta de presentación para Simon Mukali que ya se encuentra trabajando en su siguiente largometraje. “Mi próxima película estará basada entre Ruanda y Kenia y se centrará en el genocidio. Mi historia es sobre una ruandesa que se exilia en Kenia después de la tragedia ruandesa y descubre años después que su madre está viva”. Esperaremos con emoción que su trabajo esté pronto en la gran pantalla.

 

Talento masái: moda y ecodiseño para un desarrollo sostenible

 

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Mujeres de OMWA esbozando ideas ideas para la colección

Hace un año Esther Mpuyuk cogía un lápiz entre carcajadas. Era la primera vez que ella y otras 35 mujeres masái usaban uno, ya que nunca habían ido a la escuela. Un año después, sus diseños han sido presentados en las Fashion Week de París y de Nueva York. Este sorprendente salto se debe a la colaboración entre la cooperativa de mujeres OMWA de Kenia, a la que pertenece Esther, e Idia’Dega una marca basada en Nueva York y dirigida por Tereneh Mosley. La primera colección que surge de la iniciativa, The Tomon, empezó a tomar forma en Olorgesailie (Kenia) a finales de 2013.

Situado al sur del Valle del Rift, Olorgesailie es una región de gran interés cultural, en parte por los esfuerzos de los propios masái por conservar su entorno y su patrimonio, y también de un gran interés arqueológico debido a los hallazgos sobre evolución humana encontrados en el territorio. A pesar de ello, su población se enfrenta a graves problemas relacionados con el cambio climático, como la sequía, que afecta directamente a estas comunidades semi-nómadas en las que el ganado es el principal modo de subsistencia. La ya histórica pero incesante desposesión de tierras tanto en Kenia como en Tanzania, la creciente dependencia de la economía de mercado y la falta de acceso a recursos básicos, son algunos de los problemas que hacen más difícil la vida en lugares como Olorgesailie:

“La comunidad es muy rural y muy pobre. (…) Viven en manyattas o chozas que construyen las mujeres y que están hechas con ramas de árbol, barro y estiércol. No hay electricidad ni agua corriente. Las mujeres pasan una buena parte de su día en la recolección de agua y la seguridad alimentaria es también un problema para sus familias. (…) La educación es un gran problema ya que no hay educación pública y las familias a menudo tienen que decidir en qué niño o niños van a ‘invertir’. Así que las niñas suelen ser las últimas seleccionadas para ir a la escuela. La mayoría no lo hacen. Por ejemplo en el caso de las mujeres de OMWA, sólo una habla inglés aunque en Kenia es el idioma oficial (la lengua nacional es el swahili). Y cuando llegó el momento de esbozar diseños para la coomwa-idiadega-5lección, la mayoría de las mujeres comenzaron a reír cuando les di los lápices. Porque la mayoría de ellas no había cogido un lápiz en toda su vida.”, relata para Wiriko Tereneh Mosley, diseñadora y directora de Idia’Dega.

La cooperativa de artesanas masái de Olorgesailie (OMWA) está formada por 36 mujeres que apoyan el desarrollo económico de la zona a través de sus actividades. OMWA a su vez forma parte de una estructura más grande, SORALO (The South Rift Association of Land Owners), una organización de base comprometida con la conservación social, cultural y medioambiental de los masái y de sus tierras en Kenia. Esta tarea la llevan a cabo a través de varios proyectos que pasan por impulsar un turismo responsable y sostenible que genere ingresos en la comunidad. Una de las formas que tienen las mujeres de generar ingresos es la venta de sus creaciones a los visitantes, aunque la poca afluencia turística de la zona, complica su subsistencia y la de sus familias.

‘The Tomon’: moda global para el desarrollo local

“Globalización para bien” apostilla Mosley cuando habla de cómo podría repercutir la industria de la moda de forma positiva a nivel local: “Creo que la fuente de inspiración debe recibir algunos beneficios de todo esto. Especialmente grupos como los masái, que ven su nombre por todo el mundo en la venta de productos y no obtienen nada de nada”. Mosley decidió dedicarse al mundo de la moda y especializarse en ornamentación indígena a partir de 2004, motivada por su propia herencia multicultural. Años después y tras realizar una estancia en el sudeste asiático, decidió explorar la posibilidad de poner en marcha un proyecto relacionado con su pasión, la moda, por lo que a finales de 2013 aterrizó en Kenia.

Tras llegar a Olorgesailie y durante varias semanas compartiendo tiempos y espacios con las mujeres de OMWA, se planteó en el grupo la idea de crear una colección conjunta, que tuviese visibilidad a nivel internacional. La diseñadora cuenta cómo fue el inicio de la andadura: “Cuando el proyecto fue presentado creo que pensaban, o que yo estaba a punto de comprar un montón de abalorios que ya tenían, o de decirles qué diseñar. Les dije que íbamos a trabajar juntas y diseñar juntas, lo cual les parecía gracioso. Pero les mostré imágenes de diseños de Europa y América y de desfiles de moda y exclamaban ‘¡Masái!’. No tenían idea de que en París se vestían así o que algunos diseños invocaban sus elementos. Así que cuando vieron eso dijeron ‘¡Oh! ¡Nosotras podemos hacer eso!’. Así fue como ocurrió”.

‘Fuerza creativa, no mano de obra’ es la filosofía de la que parte colaboración entre las mujeres masái de la cooperativa OMWA de Kenia y la firma de moda norteamericana Idia’Dega, para crear una colección con patrones occidentales y ornamentación masái.

Manos a la obra empezaron a crear: “Dibujamos, dibujamos y dibujamos. Lo máximo que yo hacía era proponer los esbozos de los diseños. Por ejemplo, un vestido o un zapato y luego explorar con ellas el rol que jugaban los abalorios. Pero también quería ir más allá: cómo llevan sus tejidos drapeados, la asimetría, el color y las capas. Todos ellos detalles y elementos que añadiría a las aportaciones de OMWA. Los diseños salieron adelante porque trabajamos juntas”, cuenta la directora creativa del proyecto.

En este sentido Mosley remarca una diferencia importante con respecto a otras iniciativas similares: “Idia’Dega y OMWA han co-diseñado la colección entera, diferencia importante con respecto a proyectos similares que a menudo tienen el diseño preparado de antemano. En este proyecto la diseñadora americana, yo, he co-diseñado con las mujeres masái de OMWA. OMWA es también el primer beneficiario económico. Cobran por los diseños, por los trabajos que realizan con los abalorios, así como el 50% de todas las ventas.”.

Los beneficios económicos permiten a las mujeres hacer frente a problemas relacionados con el acceso al agua, mejora de sus hogares, seguridad alimentaria y educación, por lo que la repercusión en la comunidad es clara. Pero además, Mosley se refiere a otro tipo de impactos positivos: “El beneficio es un empoderamiento económico, social, cultural y ambiental. El objetivo es proporcionar una fuente de ingresos basada en el talento indígena de las mujeres de la comunidad. Para mostrar el valor de lo que hacen a nivel local, nacional y mundial ya que con demasiada frecuencia la globalización devalúa el valor de las comunidades indígenas, particularmente de las mujeres. La idea es cambiar eso, dándoles una voz en un mercado global como fabricantes, productoras, diseñadoras y proveedoras. Ello mediante la creación de productos sostenibles que sirven como modelos de cómo las cosas deben de ser en el siglo XXI. A través del empoderamiento de las mujeres, los beneficios se basan en el modelo ‘Half The Sky’. Un rol aumentado en el futuro de la comunidad en todas las áreas: económica, social, cultural y ambiental. Mantener a la mitad de la población mundial pobre, sin voz y sin educación no es sostenible. A medida que los masái luchen por su existencia, las mujeres van a tener que jugar un papel junto a los hombres”.

La colección “The Tomon” significa “diez” en lengua maa y está basada en los principios del ecodiseño —o diseño sostenible—, que consiste en la incorporación de criterios ambientales y sociales en su proceso. Está compuesta por diez prendas y complementos para hombre y mujer, tanto informales como elegantes y está realizada con materiales locales, reciclados y orgánicos. Después del exitoso arranque de la colaboración ¿cuál es el plan? “Continuar” asegura Mosley: “Planeo volver a Kenia en los próximos dos meses para diseñar la siguiente colección y crear algunas piezas de ésta. OMWA es nuestro primer socio y espero que sea una colaboración que dure para siempre y sea la fundación de futuras colaboraciones con comunidades indígenas de todo el mundo”.

 

 

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro, el 9 de diciembre de 2014.

 

 

La Kenia de polvo y silencios de Yvonne Adhiambo Owuor

Yvonne Adhiambo Owuor. Fuente: Kwani Trust

Yvonne Adhiambo Owuor. Fuente: Kwani Trust

Como ocurre en otra muchas ocasiones el Caine Prize alzó su nombre a los titulares y le abrió numerosas puertas, se trata de la escritora keniana Yvonne Adhiambo Owour. Sin embargo, lo más sorprendente es que no se puede considerar que Owuor haya aprovechado el tirón del galardón. Se lo ha tomado con calma. Recibió el reconocimiento en 2003, pero no ha publicado su primera novela hasta once años después.

A principios de 2014, la escritora keniana sorprendió con el lanzamiento de Dust (“Polvo”), e inmediatamente los principales medios internacionales empezaron a considerarla una de las voces contemporáneas de la literatura keniana. Dust ha enamorado a los críticos de medio mundo con un estilo aparentemente anárquico, pero que termina siendo revelador.

Dust es un arriesgado ejercicio, con un enfoque igualmente osado. El punto de partida es la violencia postelectoral de 2007 y el desarrollo conduce a través de la trayectoria de inestabilidad, revueltas y violencia del país, desde los levantamientos mau-mau hasta las purgas de finales de los setenta. Pero el recorrido histórico no es, ni mucho menos, el elemento fundamental, el relato es sobre todo humano, casi íntimo y, al mismo tiempo un análisis social.

Ajany es el personaje central de esta novela, se trata de una artista keniana instalada en Brasil que regresa al país para enterrar a su hermano Odidi, asesinado durante los enfrentamientos que siguieron a la confusión postelectoral de 2007. Las preguntas y la búsqueda suceden naturalmente al dolor, como una manera de encontrar la explicación del drama. Sin embargo, las pesquisas de Ajany ponen al descubierto los episodios de una historia familiar que habían sido enterrados, silenciados, pero no olvidados.

De manera simbólica en la novela se puede leer que los idiomas oficiales de Kenia son “el inglés, el kikuyu y el silencio”, unos silencios que han construído el precario equilibrio del país. Aunque no es una reflexión política, Dust, consigue entrelazar esta trayectoria con la influencia que ejerce en las vidas de los protagonistas y pone de manifiesto con ese deber de silencio ha impactado en las vidas cotidianas de las familias kenianas. En una entrevista al magacín Guernica, Owuor confesaba: “Supongo que estaba buscando una familia que fuese un microcosmos de la disfunción de la familia nacional”. De la misma manera y, a pesar de que la novela se mueve en el ámbito de esa búsqueda de respuestas desesperada, Owuor considera que se trata de una búsqueda de resurrección, de reconstrucción y que, por ello, es una obra “inpenitentemente” optimista.

La historia de Ajany se entrelaza con la de Hugh, un británico que busca en el país africano las huellas de su padre, miembro de la administrador colonial. De esta manera, Owuor mezcla la vida y la muerte, la política y la familia, la pasión, el amor y la búsqueda existencial.

dustLa emergencia de Yvonne Adhiambo Owuor como narradora resultó sorprendente en 2003, cuando ganó el Caine Prize con el relato “Weight of Whispers”, que había sido publicado en la editorial independiente keniana Kwani?. Durante once años, la autora ha seguido publicando algunos relatos cortos, pero la publicación de Dust, primero en Kwani? y después en editoriales estadounidenses y británicas, ha resultado todavía más impactante. Ha conseguido el favor de los críticos de grandes medios desde el New York Times hasta el Washington Post. Se ha valorado un estilo narrativo casi caótico que se mueve por la historia sin seguir un recorrido lineal y que exige una atención extrema por parte del lector, que ha llevado a Taiye Selasi en el diario neoyorquino a advertir a los “lectores perezosos”.

De la misma manera se ha elogiado la capacidad para crear imágenes con el lenguaje y para transmitir a través de la descripción (pero no sólo en el significado de las palabras, sino también en el ritmo) el paisaje y el clima árido y abrupto en el que se desarrolla la historia.

Otros, sin embargo, han criticado este estilo. Para los críticos de NPR Books, la autora se para demasiado en describir los sueños y las preocupaciones, incluso, de personajes secundarios y con apariciones anecdóticas. Para los de Think Africa Press, la intención de introducir los cinco sentidos en las descripciones, la prosa poética de Owuor y la voluntad de explorar el interior, las motivaciones de los personajes, acaban entorpeciendo la propia narración.

En todo caso, y más allá de algunas preferencias personales, Yvonne Adhiambo Owuor tiene varios méritos. En primer lugar, haber construido un estilo y una voz muy personal; en segundo lugar, producir una historia tremendamente trabajada, tanto en lo temático como en lo estilístico; por otro lado, abordar un tema tan espinoso como el efecto de los silencios que permiten avanzar pero no garantizan la tranquilidad y hacerlo con un enfoque valiente; y, por último, haber llamado la atención de la prensa internacional sobre una autora africana.

Feria de Arte de Kenia, lanzadera para el talento nacional

Bicicleta a partir de materiales reciclados, de Cyrus Kabiru. Foto cedida por la Kenia Art Fair.

Bicicleta a partir de materiales reciclados, de Cyrus Kabiru. Foto cedida por la Kenia Art Fair.

Artistas como Michael Soi o Cyrus Kabiru han puesto el nombre de Kenia en el panorama mundial de las artes visuales. Sin embargo, el país está experimentando un deslumbrante auge de la creatividad junto a los esfuerzos de múltiples emprendedores locales. La primera Feria de Arte de Kenia es una prueba de que esta nación del África del Este tiene que estar en el ojo de mira de cualquier amante del arte africano.

Mientras que el rico y variado paisaje del arte africano goza de eventos gloriosos dentro del continente como el Dak’art en África Occidental o la Feria de Arte de Johannesburgo en el África austral, el Este de África emerge dentro de la escena continental como un  gigante artístico en sí mismo. Después del nacimiento de la Bienal de Arte de Kampala, en Uganda, y la segunda y exitosa Subasta de arte del Círculo de Arte de Nairobi, 2014 podía haber cerrado la agenda artística casi convencido de que había logrado un enorme éxito impulsando las artes visuales de la región. Sin embargo, 2014 todavía tenía una traca final guardada para los amantes de las artes visuales de África.

Durante cuatro días, la Sala de Exposiciones del Centro Sarit, en el barrio nairobense de Westlands, ha sido el epicentro de la primera y vibrante Feria de Arte de Kenia. Apodada, Kenia Art Fair, el emocionante encuentro se celebró del 6 al 9 de noviembre reuniendo artistas, galeristas, coleccionistas, amantes del arte y curiosos, que han plantado las semillas para promover el arte made in Kenia.

Organizado por Kuona Trust y patrocinado por el centro Go Down Arts, Pawa 254 o el conglomerado de medios kenianos Nation Media Group, la primera Feria de Arte de Kenia ha reunido personalidades de gran relevancia en la escena artística nacional para debatir sobre el estado de las artes en el país y construir mayor cohesión entre las distintas iniciativas y propuestas a través de diferentes charlas de gran interés para el panorama de las artes visuales locales.

Algunos de los participantes fueron: Abdi Rashid Jibril de Arterial Network, Danda Jaroljmek de la Agencia Circle Art, Elisabeth Nasubo del Ministerio de Cultura keniano, creadores como la artista y diva de la performance Ato Malinda o el dibujante y caricaturista Gado, quienes pusieron la carne en el asador en diferentes paneles de gran actualidad, como “el arte digital”, “el papel del gobierno de Kenia en el apoyo al sector de las artes visuales contemporáneas”, “dibujos animados y cómic”, “arte y emprendeduría” o “los retos de los artistas visuales”.

Kenya Art Fair / Sebastián Ruiz - Wiriko.

Kenya Art Fair / Sebastián Ruiz – Wiriko.

Con entrada libre y gratuita para todo el mundo, los organizadores estiman que más de 5.000 personas pasaron por la Feria durante los cuatro días en los que se celebró. Según lo expresado por la directora de Kuona Trust, Sylvia Gichia, incluso la Primera Dama keniana Margaret Kenyatta estuvo caminando por la feria de arte, cosa que muestra su apoyo a los creadores y a las iniciativas empresariales entorno al mundo del arte nacional.

Kenya Art Fair / Sebastián Ruiz - Wiriko.

Kenya Art Fair / Sebastián Ruiz – Wiriko.

Más allá de las salas de exposiciones, las conversaciones y debates han sido un espacio de intercambio y retroalimentación dialéctica gracias a la amplia participación de una audiencia muy interesada en el tema. A pocos momentos para el cierre, la “necesidad de unidad” como conclusión se solidificó como ideal colectivo. Pero los retos del sector siguen sin resolverse a pesar de la intensidad de los debates celebrados durante la Feria.

¿Cómo transferir el interés por el arte fuera del elitismo? ¿Qué nuevos modelos de distribución pueden beneficiar a aquellos artistas que no están representados en las agencias o galerías? Cómo utilizar las plataformas digitales para promover y vender arte a un precio justo para los artistas? ¿Están las iniciativas de arte kenianas suficientemente cohesionadas? Si se consigue crear una feria anual, ¿se deberían fomentar reuniones periódicas que permitiesen un más amplio desarrollo de la escena artística de Kenia?

Y a pesar de que las preguntas resten en el aire, las semillas para hacer crecer el universo de las artes visuales de Kenia están ya plantadas, y hasta el momento, el logro es que se han logrado situar en el mapa mundial del arte con mucho vigor.

Kenia parodia la ayuda humanitaria

Actores de la serie "The samaritans"

Actores de la serie “The samaritans”

* Artículo publicado en El país-Planeta Futuro

Cuestionar el gran aparato de la industria de la cooperación cuando en cada país, en cada ciudad, en casi cada barrio, hay una ONG, fundación o asociación que trabaja en el sector de la ayuda internacional es siempre delicado. Y si se hace en clave de humor y desde una de las regiones que suele ser portada más por los proyectos occidentales que se desarrollan allí que por su noticias internas tiene, si cabe, más interés. A este lado las cosas parecen, pero no siempre son.

La serie de televisión The Samaritans creada por el keniano Hussein Kurji, de Xeinium Productions, denuncia precisamente ciertos absurdos del sector de la ayuda internacional. Esta comedia, que irónicamente se llama Los samaritanos, reflexiona de forma ácida sobre los peligros y placeres del mundo humanitario a través de la ONG Aid for Aid (Ayuda para la Ayuda) que en palabras de Kurji “es una ONG que no hace nada”. El equipo lo forman 45 personas y la mayoría son de Kenia.

En los dos capítulos producidos hasta ahora, los espectadores reconocerán algunos estereotipos en sus ocho actores, cosas como que el nuevo director viene desde el extranjero a “gestionar” la ONG sin conocimiento alguno sobre el terreno; que muchos de los trabajadores tienen carencia de ética en una organización que por bandera lleva el “ayudar a los demás”; o que la propia ONG no tiene “ningún propósito aparente”. En el capítulo piloto de la serie, el nuevo director local, Scott, que nunca ha trabajado en Kenia, se presenta a sus trabajadores con esta brillante introducción: “Muchos de ustedes se preguntarán por qué me han seleccionado para hacer el trabajo (…). Pero no soy tan inexperto como algunos podrían pensar, ya que he trabajado para la ONG de mi madre desde que tenía 6 años. Además tengo dos máster y unas prácticas”.

Su creador, Hussein Kurji, cuenta en esta entrevista cómo funciona esta comedia y las reacciones en el sector de la cooperación.

 

¿Cuál ha sido la reacción de la industria de la cooperación con la serie, de las ONG o de los trabajadores locales que trabajan en este sector?

La reacción ha sido realmente grande. En primer lugar, la gente se ha quedado impresionada con la calidad de la producción y la calidad de la serie en sí. Se sorprenden sobre todo de que sea un producto de Kenia ya que no se conoce mucho sobre la industria de la televisión en este país. En segundo lugar, creo que los que trabajan en este sector pueden sentirse identificados con algunos de los personajes, con sus estereotipos, y que la gente se puede reír (tal vez de sí mismos hasta cierto punto). Estamos contentos de que el público reconozca que es una obra de ficción creada para el entretenimiento pero también para la reflexión.

¿Qué opina de lemas como Salvar África?

Sin duda este lema es horrible y crea muchísima negatividad. Tal vez hace más daño que bien.

En este sentido, en otra entrevista afirmó que sabía que estaba criticando a una gran máquina pero que le gustaría que la gente hablase y pensase en qué contextos las obras de ayuda de las organizaciones se habían roto. ¿Cree que el diálogo ha comenzado?

Estamos teniendo una gran repercusión en la prensa de todo el mundo, los profesores están discutiendo esta serie en sus aulas, las entrevistas de televisión se centran en la eficacia de la ayuda… Yo diría que este diálogo ha comenzado.

¿Y cree que su serie servirá para promover algún tipo de reforma en las grandes ONG y a una mayor rendición de sus cuentas?

Es difícil de decir, pero si lo hace y es en positivo, será un cambio grande y fantástico.

Según las últimas estimaciones, en Kenia hay más de 4.000 organizaciones no gubernamentales… ¿Ha trabajado en alguna de ellas para inspirarse en la serie?

Mi inspiración viene de mi alrededor. La ayuda es un gran negocio aquí y como resultado llegas a conocer a muchas personas dentro de este sector. Las historias que a menudo suceden en Nairobi son la base de la serie y la esencia necesaria que he necesitado para madurar esta comedia.

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¿Por qué piensa que el género de la comedia es una forma adecuada para criticar estas cuestiones? ¿Y por qué ahora?

La risa es la mejor medicina. En última instancia, creamos una obra de ficción como una forma de entretenimiento y que ha sido nuestro principal objetivo todos los días. Sin embargo, sabíamos que el debate comenzaría. El humor es siempre una buena aproximación a las cuestiones sensibles, ya que hace que el tema sea más accesible y, tal vez, más fácil de digerir. No había ninguna razón particular sobre el momento en el que hemos creado esta serie… Quizás los elementos dentro de la industria del entretenimiento parecían acompañarnos y se encargaron de facilitarnos el crear un producto insólito. Y la única idea que tenía era realizar una comedia sobre una ONG que no hace nada.

De momento, han producido dos capítulos ¿Cuántos tienen pensados?

Si todo va bien, nuestro objetivo es crear cinco temporadas de The Samaritans, aunque podría haber más o podría haber menos… Todavía no estamos seguros. Los dos episodios grabados hasta ahora están disponibles para el alquiler en nuestro sitio web.

¿Y la financiación de la serie?

Todo el dinero que recaudamos se destina hacia la producción de futuros episodios, así que si alguien está interesado en saber más siempre puede ponerse en contacto con nosotros. Actualmente estamos en conversaciones con la sede de la ONU, aquí en Nairobi, para proyectarla en algún momento durante el mes de octubre o noviembre… De hecho, algunos clips se han mostrado en grandes cumbres internacionales con muchas risas.

¿En qué otros proyectos está trabajando ahora?

Actualmente, en varios. Otras dos comedias, un drama de época, una serie de televisión animada y un largometraje.

Más información en la web de la serie.

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Ecos de un Nobel comprometido

Ngũgĩ wa Thiong’o. Fuente: web del autor.

Ngũgĩ wa Thiong’o. Fuente: web del autor.

Ngũgĩ wa Thiong’o aparece como un escritor tan militante como íntegro, tan brillante como comprometido, tan perseguido (en su Kenia natal) como reconocido (internacionalmente). Ahora su nombre aparece en las quinielas como uno de los principales acreedores del Premio Nobel de Literatura, cuyo ganador está previsto que se haga público mañana. No son muchos los autores africanos que han recibido este galardón, aunque sí que ha habido ocasiones en las que algunos literatos del continente han muerto sin recibir este reconocimiento a pesar de las previsiones. El caso más conocido sin duda es el del recientemente fallecido Chinua Achebe, del que una de las cosas que más ha trascendido es que se convirtió en el eterno aspirante al galardón.

La trayectoria de Wa Thiong’o, sin embargo, está claramente marcada por su militancia. Se trata de uno de los rasgos fundamentales de su obra, pero también de su vida. Ambas han estado marcadas por el compromiso, pero también por las consecuencias de esa implicación. Algunas anécdotas alimentan el mito del escritor. Unos aseguran que el novelista, dramaturgo, periodista, cuentista y ensayista keniano escribió su quinta novela Caitaani mutharaba-Ini  (EL diablo en la cruz) en papel higiénico, mientras estaba encerrado en la prisión de máxima seguridad de Kamiti; otros, que lo hizo en los márgenes y entre las líneas de la Biblia que había en su celda. En todo caso, Ngũgĩ wa Thiong’o estaba encarcelado por denunciar las injusticias del sistema postcolonial, por acercarse a los desfavorecidos para convertirse en su voz ante las desigualdades y por hacer de sus obras un auténtico altavoz de la justicia social.

Ngũgĩ wa Thiong’o firmando autógrafos en Londres en Londres. Foto: David Mbiyu, a través de Wikipedia.

Ngũgĩ wa Thiong’o firmando autógrafos en Londres en Londres. Foto: David Mbiyu, a través de Wikipedia.

A pesar de que en sus primeras obras, la descolonización y los abusos de los británicos en su Kenia natal es la principal preocupación del autor, Ngũgĩ wa Thiong’o mostró una envidiable coherencia cuando redirigió sus críticas a las nuevas castas postcoloniales, como las responsables de las desigualdades después de la independencia. El resultado fue que el autor fue perseguido y castigado sucesivamente por los dos primeros presidentes kenianos, primero Jomo Kenyatta y después Daniel Arap Moi. Fue bajo el régimen de este segundo cuando se vio obligado a exiliarse de manera casi definitiva. Intentaron ir cerrándole puertas, primeros las de las universidades, después de las de su país, e intentaron hacer lo mismo con las de su vida, pero como no lo consiguieron tampoco llegaron a silenciarle. El autor keniano ha seguido escribiendo y ha seguido siendo incómodo, además de los planes para asesinarlo y de los manejos diplomáticos para que no encontrase refugio, sus libros estuvieron proscritos durante décadas en Kenia. Él mismo no pudo regresar al país hasta 2004, veintidós años después de su partida, en una visita, con tintes traumáticos, a pesar de que su principal perseguidor ya no gobernaba.

Más allá de los argumentos de sus obras, el autor ha plasmado su compromiso en alguno de los rasgos de sus trabajos y, precisamente, las acciones en su contra, no han hecho sino afianzar sus convicciones. Su ingreso en prisión fue definitivo para que decidiese abandonar el inglés como lengua de sus obras literarias y pasó a escribir en kikuyu. Ya lo había hecho con sus obras teatrales que han sido su principal punto de encuentro con los desfavorecidos. Durante su época en Kenia, Wa Thiong’o ensayó fórmulas de creación de textos junto a los propios autores amateurs y alguno de los lugares en los que se representaron sus obras fueron arrasados (textualmente) por la dictadura.

Por lo que se refiere a sus ensayos, el aspirante al Nobel firmó, entre otros, Descolonizar la mente un título bien representativo de la postura del escritor que pretendía desde la propia independencia de su país valorizar la trayectoria literaria africana. Como medida simbólica durante su época universitaria keniana se había opuesto al nombre del departamento en el que se inscribía. Wa Thiong’o consideraba que Departamento de Inglés podía sustituirse por Departamento de Literatura y que este movimiento representaba un respeto por el continuo cultural que coloca a África en el centro, como punto de referencia respecto al resto.

Cubierta de El brujo del cuervo

Cubierta de El brujo del cuervo

Sin embargo, las quinielas que colocan al escritor keniano como uno de los mejor situados ante la presente edición del Premio Nobel de Literatura no juzgan su trayectoria militante. Desde su tercera novela en 1967 A Grain of Wheat, el escritor ha explorado modificaciones estilísticas, construyendo elaboradas líneas argumentales con puntos de vista diferentes. Además, en una de sus últimas obras, publicada en español como El brujo del cuervo, Ngũgĩ wa Thiong’o se convirtió en uno de los abanderados del realismo mágico africano, un estilo que muestra la importancia del contacto entre el mundo visible y el invisible en el continente.  Además de esta última novela (después sólo ha publicado un ensayo y otro volumen de sus memorias) se han traducido al español Matigari, El diablo en la cruz y Un grano de trigo.

No deja de resultar curioso que la advertencia del posible reconocimiento del escritor keniano venga de las casas de apuestas británicas. El secretismo que envuelve el premio literario más reputado del mundo, cuyas nominaciones no se hacen públicas, se rompe en los mismo lugares en los que se apuesta por los eventos deportivos. Teniendo en cuenta que la carga comercial del premio no es ninguna sorpresa, quizá, si mañana el nombre de Ngũgĩ wa Thiong’o suena en Estocolmo, además del reconocimiento de la literatura africana, nos resulte más sencillo acceder a sus obras. En el peor de los casos, al menos, se hablará de este tremendo escritor, al que ya se ha colocado a la altura de figuras como la de Wole Soyinka o Chinua Achebe.

La conciencia ciudadana conquista la literatura

Oduor Jagero. Fuente: Fabebook del autor.

Oduor Jagero. Fuente: Fabebook del autor.

Hace ya un tiempo que se ha hecho evidente la conciencia ciudadana en la mayor parte de los países africanos, sobre todo, en las principales ciudades. El fortalecimiento de los movimientos sociales, las movilizaciones en la calles y, en definitiva, una sensación de que los ciudadanos no están dispuestos a dar un cheque en blanco a la clase política para que monopolicen en control de sus países se ha hecho más visible que nunca. Tal es la tendencia que incluso se ha convertido en un tema novelístico, el ejemplo más evidente y más reciente es el trabajo del keniano Oduor Jagero con su recién publicada obra True Citizen. La publicación ha tenido una repercusión inmediata en los medios kenianos y ha hecho, por ejemplo, que el autor sea invitado al festival literario Storymoja que se celebra en Nairobi en septiembre.

True Citizen es una historia sobre el impacto de la corrupción y la lucha a favor de la buena gobernanza. Es, de alguna manera, un thriller que se desarrolla en el contexto de la búsqueda de la justicia, pero que colateralmente a la trama desarrolla otros elementos fundamentales de la sociedad keniana. Desde las evidentes historias de amor, hasta la implantación de la tecnología, también las sociedades africanas, pasando por la influencia de la presión familiar y, como no, de los efectos de la corrupción más cotidiana en el día a día de los kenianos.

Oduor Jagero ha querido dar protagonismo a un atípico héroe, Maina, un hombre que ha querido dejar de lado un oscuro pasado. Maina ha abandonado su vida como gánster para reconvertirse en un empresario honrado. Se dedica al transporte de pasajeros, el entorno en el que se desarrolla una de las formas de corrupción más cercana a los ciudadanos, la de la policía de tráfico. La voluntad de cambio de vida del protagonista se cruza con una de estas situaciones, cuando la policía de tráfico se inventa infracciones para confiscar su matatu. Maina está tan convencido que ni siquiera quiere plantar cara. Pero su conductor, Kama, no está dispuesto a rendirse.

true citizenJagero pone en juego entonces otra de sus pasiones para vincularla con la historia. Maina recurre a un grupo de hackers, para poner al descubierto una trama de corrupción más importante de lo esperado. Adema, el responsable de la policía de tráfico tiene un acuerdo con políticos al más alto nivel para lucrarse con esas operaciones irregulares. Seguramente ni Maina pretendía meterse en la vida de Adema, ni Adema había previsto cruzarse con Maina, pero llegados a un punto de la investigación, el antiguo hampón no tiene más remedio que llegar hasta el final.

Maina se ve arrastrado por las circunstancias, sin duda, pero durante todo el relato Oduor Jagero pone de manifiesto esa sed de acabar una corrupción que afecta directamente a los ciudadanos.

El estilo de arraigo con la sociedad, de tratar temas candentes y de interés para los ciudadanos forma parte de la trayectoria de Oduor Jagero, ya que, a pesar de que True Citizen es su  primera novela, no es su primera obra como escritor. Jaguero es un periodista keniano con premios como escritor, eso sí de géneros diferentes. Hasta el momento, el autor africano ha firmado poemas, obras de teatro y musicales y lo ha hecho con un éxito considerable. Color of God o Confessions of a Harlot, son algunas de sus obras (musicales) más conocidas. Sin embargo, en 2011 recibió el premio del African Playwright’s Project por su musical Makmende Vies for President.

Estos trabajos previos demuestran las preocupaciones recurrentes de Oduor Jagero. Por ejemplo, el mencionado musical galardonado nos sitúa en una Kenia en la que la situación es insostenible. Pobreza, sequía, inflación y corrupción han llevado al país a una situación catastrófica. En esa situación solo Makmende puede solucionarlo. Makmende es un personaje de la mitología urbana de Nairobi, surgido en los años ochenta y relanzado a partir de 2010 gracias a las redes sociales. Se trata de un chico malo pero honesto, una especie de héroe de las clases populares, el único capaz de solucionar las cosas, cuando éstas ya no tienen solución.

De esta manera, Maina, el protagonista de True Citizen, es un Makmende incipiente, el antihéroe capaz de dar el golpe definitivo a un sistema corrupto.

Toronto (TIFF), una historia de cines africanos

TIFF-log

Aquí, en la Península, el eco de las noticias sobre los festivales de cine se concentra en el tridente Berlinale, Venecia y Cannes. Desde el otro lado del charco, Sundance (cuna del cine independiente) y la gala de los Oscar mueven a profanos del séptimo arte a mirar los ranking, nominados y, también, los últimos gritos en la moda de la esfera cultural. Pero septiembre deja huella en otro encuentro anual, quizás el festival más importante en el conjunto de América del Norte e igualado en importancia con Cannes: el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), en Canadá. Este año del 4 hasta el 14 septiembre.

Esta cita es considerada como una de las paradas serias antes de los Oscar y puede proporcionar algunas pistas de por dónde irán los tiros en los premios que cada febrero otorga la academia norteamericana. Pero además es el único festival (teniendo en cuenta el peso e importancia) donde no hay ni jurado ni reglas de competencia y donde los premios los decide la audiencia, más allá de los galardones especiales otorgados por la crítica o las diferentes organizaciones que se dan cinta en el TIFF. Así que desde 1976, Toronto sigue presumiendo del lema del que hicieron gala sus fundadores William Marshall, Henk van der Kolk y Dusty Cohl, “un festival de festivales”.

El programa de este año tiene una clara presencia de cines africanos así que os dejamos la lista para que le sigáis de cerca la pista a estos realizadores.. En primer lugar, tres de los títulos favoritos de este 2014: Timbuktu, del mauritano Abderrahmane Sissako (Sección Master). Esta película fue presentada en Cannes 2014 como la única película africana en competición y recibió la distinción del Premio del Jurado Ecuménico y el Premio François Chalais. La película también ha sido presentada en el Festival de Cine de Sydney en 2014. Timbuktu es una ficción basada en hechos reales para la cual Sissako se inspiró en la pequeña ciudad de Aguelhok, en Malí, en julio de 2012, donde una pareja de unos treinta años fue apedreada en público por haber tenido hijos fuera del matrimonio. Las otras películas con opciones son Run, del franco-marfileño Philippe Lacôte (sección Discovery) y el documental Examen d’état, del congolés Dieudo Hamadi (sección TIFF Docs) que fue premiada en el Festival Cinéma du Réel de Paris 2014 con los premios de la Scam y de los editores.

En la sección cortometrajes encontramos The Goat, del sudafricano John Trengove (Programa Internacional de Cortometrajes 5), presentada en la sección Generation de la Berlinale 2014 y Chop My Money, un viaje por la República Democrática del Congo (RDC) dirigido por el cineasta estadounidense Theo Anthony (Programa Internacional de Cortometrajes 1). Especial atención mostraremos a la reacción del público con las cuatro películas de la colección Stories Of Our Lives, sobre la represión de la homosexualidad en Kenia, producidas por el sudafricano Steven Markovitz (sección Discovery). Del mismo modo, el documental Beats of the Antonov del reportero de guerra sudanés Hajooj Kuka, y también producido por Steven Markovitz, presentarán al país en el escenario internacional de una forma poco habitual: sones de guerra y día a día mezclado con la cultura local.

Finalmente se podrán visionar placeres como los largometrajes Impunity, del sudafricano Jioyi Mistri (sección Contemporary World Cinema), The Narrow Frame of Midnight, de la marroquí-iraquí Tala Hadid y la película senegalesa Une simple parole de las hermanas Khady and Mariama Sylla. Lamentablemente esta fue la última película de Khady Sylla que murió en octubre 2013 (sección Wavelengths). Antes de su fallecimiento, Lhady dirigió Une fenêtre ouverte, en 2005, y Colobane Express, en 2006.

Framed, otras gafas con las que mirar a África

Una imagen de la película

Una imagen de la película que muestra un libro de viajes donde una modelo es fotografiada en una comunidad de masais en Kenia.

Si se trata del espectáculo de ver como los escombros, la pobreza, las guerras y la salvedad de las enfermedades presentan al continente africano, tanto en Wiriko, como desde otros colectivos que trabajan por desestereotipar estos discursos en español (Afribuku, África no es un país, el Centre d’Estudis Africans de Barcelona o el Festival de Cine Africano de Córdoba) estamos vacunados. Pero el estado de alerta está presente. Siempre y sin remedio. Y más cuando desde hace unos meses las noticias que llegan desde los medios de comunicación tienen como máximo denominador palabras como ébola, prevenir, misioneros, aislar, refugiados, inmigración o pateras. Algunas son clásicas. Otras irrumpen con fuerza para desestabilizar cualquier intento de mostrar, también, la otra cara de los países africanos que pocas veces se muestra. Y claro, la pregunta (una de tantas) podría ser: ¿cuánto cuesta mediatizar el dolor? ¿Cuál es el precio de mostrar con un gran angular la miseria de la indefensión?

Quizás la respuesta, y sirva como un “noejemplo”, la tengan en Mediaset que desde ayer emite en Telecinco un reconocido programa de “asuntos varios” por la mañana (llamados magacines matinales) y que presenta Ana Rosa Quintana desde un barrio en Gaza. La brusquedad del espectáculo de ver que mientras las ruinas ceden pequeñas grietas de esperanza renovada a los gazatíes que reconstruyen la nada, se intercala con asuntos de prensa rosa es indescriptible. La banalización de la vida y la muerte de la cordura podría ser el título del programa.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

Es algo parecido a lo que desde hace un siglo nos tiene acostumbrados la industria de Hollywood cuando enseña su visión sobre África, a la literatura de aventuras que ha buceado en la abundancia de las imperfecciones y clichés al describir culturas y países africanos o a ciertas campañas publicitarias de instituciones y fundaciones de renombre internacional que siguen mostrando una imagen muy determinada del continente. Sólo por recordar: 54 países, unos 1.000 millones de personas, más de 30 millones de kilómetros cuadrados, más de 2.000 lenguas… Pero nuestro contenedor de conceptos, que acrecientan el miedo cuando hablamos de África, se sigue reconociendo en la información que consumimos.

Siguen siendo necesarias narraciones que nos permitan acercarnos a lo que pasa en tantas escuelas africanas, a sus bodas, a sus programas de televisión, a sus parodias políticas, a sus bromas e ironías, a los cotilleos de alcoba familiares, a sus sueños. Después tendríamos que dejar que fluyeran las (estas) imágenes. Y quizás la venta del sufrimiento para su consumo quedaría aparcada con el letrero: fin de existencias.

Desde el continente, precisamente, llega el documental Framed, dirigido por la directora Cassandra Herman y el antropólogo sudafricano Kathryn Mathers, que explora las imágenes y los mitos que provocan que África sea vendida como víctima. Framed pretende mostrar las representaciones populares de África y los africanos que se tienen en Occidente (especialmente en EE.UU.) a través de tres protagonistas: el periodista y activista keniano Boniface Mwangi, fundador de PAWA254; el escritor y también keniano Binyavanga Wainaina; y el educador sudafricano Zine Magubane. Reconociendo que la gente quiere “hacer el bien en África”, el documental plantea preguntas acerca de los privilegios, el poder y la mala representación que surge de la relación de ayuda.

Framed es una historia visual que intenta deconstruir el concepto de África como un lugar de necesidad y de esperanza. Un trabajo que les ha llevado a sus directores 10 años de investigación. Pero es complicado de pensar. ¿Cómo cambiar estas imágenes? Imágenes que a veces tienen más poder y autoridad que los popios protagonistas. Un encuentro entre África y Occidente que cuestiona y nos hace reflexionar sobre conceptos como “salvar” y “salvados”. Porque ¿quién es realmente el que se beneficia de nuestra “caridad” en África? ¿Es el africano que aparece en la última campaña solidaria pidiendo comida? O, ¿es el occidental valiente que en la parte superior de un camión ayuda a bajar sacos de arroz mientras recibe aplausos de la comunidad internacional? Las respuestas no son nunca dicotómicas por lo que el debate quedará servido. Próximamente en las pantallas… Y dará que hablar.

“Las mujeres africanas estamos luchando para proteger nuestra identidad”

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El nombre de Naomi Wachira saltó el año pasado al estrellazgo con su álbum debut African Girl (2013). Tardó más de dos décadas en publicar su primer LP, pero la cantante de 37 años y compositora keniana afincada en Estados Unidos ha dado finalmente un salto mediático. Madre soltera, periodista y especializada en teología, decidió dejar su trabajo para dedicarse a la música y con su debut discográfico, Naomi dispara a bocajarro una idea simple y que impregna toda su filosofía con una gran humildad: la fuerza y el orgullo de ser mujer africana.

Sea con banda o bien acompañada de su guitarra acústica, Naomi cumple la función de narradora o cuentacuentos que algunos asimilan cuando se les habla de cantautores africanos. Sin embargo, su eclecticismo y la adopción de patrones musicales Pop no la alejan en absoluto de su cometido de levantar conciencias acerca de situaciones injustas o comportamientos abusivos.

G: ¿De qué trata tu música?

N.W: Tan simple como suena, trata sobre la vida. Es mi punto de vista sobre lo que veo y sé de mí misma, lo que observo en los que me rodean y la sociedad en general. Pero más allá de esto, es mi expresión de esperanza, ya sea en las relaciones personales o simplemente en nuestro mundo.

Me gustan mucho tus letras, son simples y humildes… ¿lecciones de vida?

Autobiográficas, supongo.

¿De qué va tu canción Stand Up

Sobre las relaciones que oprimen y reprimen, y de la necesidad de levantar la voz.

¿Como describirías tu estilo?

Desde el principio lo llamo Afro-Folk porque en realidad se trata de música Folk con ritmos africanos.

¿En qué lenguas cantas?

Básicamente en mis lenguas: inglés y kikuyu.

¿Cómo definirías diáspora y cuál ha sido tu experiencia de migración?

Diaspora es el fenómeno que describe la vida en un sitio distinto del que has nacido, preservando la cultura de la que provienes. Para mí, salir de Kenia ha sido una experiencia increíble. Me trasladé a Estados Unidos cuando tenía diecinueve años para ir a la universidad. He pasado la mayor parte de mi vida adulta aquí, y he aprendido muchísimo  sobre mí misma. Sobre todo, he aprendido a ser dueña de mi propia existencia y a tomar decisiones sobre la vida que realmente quiero llevar.

¿Te has leído la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie, ‘Americanah’? ¿Te sientes identificada con la protagonista de la història, Ifemelu, o crees que realmente hay muchas Ifemelus en EUA?

Me he leido la obra, y me ha encantado! Y la verdad, conozco a muchísimas Ifemelus… Las mujeres africanas en esta parte del planeta siempre estamos luchando para proteger nuestra identidad.

¿Cuál es tu relación actual con Kenia?

Kenia es mi hogar. No podría encontrar un sitio mejor donde ir cuando necesito descansar o recuperarme de la vida. A pesar de todo, fue en Estados Unidos donde empezó mi carrera musical.

En España decimos que “nadie es profeta en su tierra”.

Ya… Pero me siento afortunada porque también puedo compartir mi música con “los míos”.

 

 

Okwiri Oduor rompe el debate del premio Caine

Con el paso del tiempo el Caine Prize for African Writing se ha ido consolidando como el más importante de la literatura africana, al menos, en la esfera anglófona. Una de sus principales fortalezas es la capacidad que ha demostrado para vislumbrar a los autores que poco después pueden llegar a poblar la constelación de los escritores africanos con proyección internacional. El resultado de la decimoquinta edición se supo el pasado lunes y su última ganadora ha sido la keniana Okwiri Oduor, bajo la sombra del reciente fallecimiento de una de las patronas del premio, la Premio Nobel sudafricana, Nadine Gordimer. Quizá sea demasiado pronto para que los platillos de la balanza acojan las valoraciones de esta decisión (a favor y en contra), pero hay dos cosas claras. Una, que de la noche a la mañana la carrera literaria de la escritora keniana ha recibido un espaldarazo que seguramente poco podía imaginar. La otra, que con esta elección se eluden algunos de los debates en torno al premio que se habían despertado en las últimas ediciones.

Okwiri Oduor. Fuente: Facebook de la autora

Okwiri Oduor. Fuente: Facebook de la autora

Okwiri Oduor comparecía al galardón con un delicado y sentimental cuento titulado “My Father’s Head” (“La cabeza de mi padre”). En su historia, que venía de ser publicada en la antología sudafricana Feast, Famine and Potluck (editado con motivo del Día Africano del Relato Breve) explora terrenos resbaladizos. Concretamente, los del duelo y la memoria, de una manera más evidente, pero también los de la añoranza y el desarraigo de un modo más sutil. La protagonista tiene vívido el recuerdo del rostro de su padre fallecido, pero es incapaz de recordar su cabeza. La cocinera del hogar de ancianos en el que trabaja le dice que es porque “su padre era un buen hombre y los buenos hombres nunca te muestran sus cabezas; te muestran sus rostros”, eso en contraposición a los malos hombres que te dan la espalda y por tanto dejan ver sus cabezas.

Oduor es coherente con el tema y su narración combina situaciones oníricas, con descripciones detalladas de escenas banales. Es decir, parafraseando la fórmula manida, el material del que están hechos los recuerdos. Uno de los principales elementos que utiliza la narradora para construir esta atmósfera de (casi siempre) entrañables evocaciones son las comidas y con ellas, las texturas, los sabores y los olores. No se le puede quitar mérito, quizá sean los elementos más complicados para una descripción, mucho más que las formas y los colores, pero el resultado si se tiene éxito es infinitamente más sugerente. Y Oduor, tiene éxito en la mayor parte de los intentos.

Así, el cuadro general es un relato nostálgico y delicado que lleva a la concentración y a imitar a la protagonista buceando en la memoria de cada uno. La escritora keniana consigue que el lector recuerde, si no a los que ya no tiene a su lado, sí los momentos perdidos de la infancia. Ella misma confesaba que había ideado este cuento pensando en la lejanía de la casa propia y en ese desarraigo que apenas se vislumbra. “¿Qué pasa si nunca vuelves a encontrar el camino de vuelta a casa? ¿Y qué pasa si lo haces, pero te encuentras con que ha cambiado, con que la gente ya no es tu gente?”, se preguntaba la autora en una entrevista publicada cuando fue nominada para el premio.

logocainePara empezar el galardón lleva aparejado un premio nada desdeñable de 10.000 libras (algo más de 12.500 euros o 1,5 millones de chelines kenianos). Sin embargo, seguramente eso no es lo más importante. La ganadora, en este caso Oduor, se convierte en escritora residente por un mes en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos) y en invitada de honor de los más prestigiosos festivales literarios celebrados en la esfera anglófona africana (en Kenia, Nigeria y Sudáfrica). Eso directamente y sin contar con las “consecuencias secundarias” del premio. Los miembros del jurado han demostrado una indudable vista para los nuevos talentos y en el palmarés del premio aparecen algunos de los nombres de escritores africanos con mayor repercusión como Helon Habila, Binyavanga Wainaina, Monica Arac de Nyeko o la última autora llamada a conquistar el Olimpo de las letras, NoViolet Bulawayo (que no para de ganar premios).

Okwiri Oduor había publicado hasta el momento el cuento con el que ha ganado el Caine Prize (“My Father’s Head”) y una novela breve titulada The Dream Chasers que había sido elogiada en el premio de la Commonwealth de 2012. A pesar de esta escasa producción la escritora ya aparecía entre los mejores treinta y nueve escritores africanos de menos de cuarenta años, a tenor de su selección para la antología Africa39 de la que ya se ha hablado en esta misma sección. La nómina de los autores que le acompañan en esta obra compilatoria es impresionante y por eso es mejor no citar nombres (para evitar el riesgo de olvidarse otros). Sin embargo, hay que decir que Africa39 está plagado de finalistas y ganadores del Caine Prize, así que la inclusión de Oduor podría interpretarse como premonitoria.

La elección de esta escritora keniana, más allá de sus méritos, cierra la puerta a un debate que se había abierto en los últimos años en torno al Caine Prize. Con la designación, el año pasado, de Tope Folarin como ganador se dispararon las críticas acerca de la procedencia de los escritores seleccionados. Se ponía en duda la “africanidad” de algunos de los galardonados y se iniciaba una compleja discusión que llevaba al debate de conceptos ambiguos como el “afropolitanismo”. Lejos de estos dimes y diretes, Oduor se ha presentado desde el primer momento como una nairobeña de pura cepa.

En todo caso, vale la pena no olvidarse del nombre, Okwiri Oduor, porque es muy probable que siga sonando entre los escritores africanos con más repercusión, después de que ya ha conseguido la atención de los medios. Oduor ya estaba trabajando en su primera novela, según todas las referencias aparecidas estos días, así que esta es la próxima cita.

Todos los relatos finalistas:

• Okwiri Oduor: “My Father’s Head”

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• Diane Awerbuck: “Phosphorescence”

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• Efemia Chela: “Chicken”

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• Tendai Huchu: “The Intervention”

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• Billy Kahora: “The Gorilla’s Apprentice”

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