El escritori marfileño Armand Gauz

Gauz nos desvela la vida vista por los invisibles

Ha vivido en Francia con y sin permiso de residencia, ha ejercido trabajos cualificados y otros reservados a los grupos menos reconocidos de la sociedad. Se dice que llegó a vivir en la calle. Fue director de un periódico económico y guardia de seguridad. El escritor marfileño Gauz se fue construyendo una fama de enfant terrible de la literatura de su país a cuenta de una trayectoria poco convencional y de una vida en la que ha primado vivir experiencias que le ayudasen a construirse. El aura de trasgresor tiene más que ver con su camino al margen de los convencionalismos que le han llevado a configurar una voz propia en la que resulta difícil encontrar postureo o voluntad de agradar. Un ejemplo de esta particular narrativa es Cobrar por estar de pie, cuya traducción al español de Pedro Suárez Martín han publicado Baile del Sol y Casa África.

El escritori marfileño Armand Gauz

El escritori marfileño Armand Gauz. Cedida Casa África

En esta atípica novela, que de entrada cuesta encajar en los parámetros habituales del género, Gauz dibuja un particular paisaje de la sociedad francesa vista por los invisibles, por un lado; pero también de las heterogéneas y estrambóticas comunidades de estudiantes africanos en la capital del hexágono. El escritor marfileño desenmascara a aspirantes a revolucionarios más preocupados por vivir en un estado de aparente privilegio que se apoya, fundamentalmente, en no hacer nada y alimentar sus egos.

Al mismo tiempo, Gauz perfila una sociedad racista y clasista, marcada por la desigualdad, pero sobre todo por unos mecanismos de marginalidad que sujetan los cimientos de ese sistema. Tal vez sea la aportación más renovadora y más fresca de este escritor, que, en parte basándose en sus propias experiencias, le da la vuelta a una situación de menosprecio. En la narración convierte a uno de esos personajes situados en las sombras de la sociedad, en los lugares fundamentales pero no valorados, en un observador privilegiado. De hecho, la poca atención que despierta le permite radiografiar sin concesiones una sociedad fundamentalmente hipócrita y lo hace además de una manera muy particular. Un vigilante de seguridad de una gran tienda en una zona privilegiada ve pasar ante sí todas las miserias y las falsedades de la vida cotidiana parisina.

«Los que ya tienen una experiencia del oficio sabe lo que les espera durante los próximos días: permanecer de pie firme toda la jornada en una tienda, repetir esa fastidiosa proeza de aburrimiento, cada día, hasta cobrar al final del mes. Cobrar por estar de pie. Y no es tan fácil como parece»

Para estos vigilantes, según el protagonista, existen dos opciones:

«Hay que saber o bien vaciarse la cabeza de toda consideración que se eleve por encima del instinto o del reflejo espinal, o bien tener una vida interior muy intensa».

Y, como Gauz, el protagonista del relato demuestra decantarse por la segunda opción, para llenar sus horas con una observación profunda, certera y, sobre todo, marcada por una ácida ironía, del mundo que se despliega ante sus ojos vigilantes.

«iPHONE. Una chica se prueba unas y se contempla en su iPhone, función «Facetime». A su lado, un gran espejo baja desde el techo hasta el suelo.

Unas chicas se prueban conjuntos en los probadores, luego, se fotografían bajo todos los ángulos con sus iPhone. Luego, discuten sobre sus elecciones alrededor de la pantalla. El píxel le ha quitado el poder a la retina».

El puesto de vigía privilegiado da una perspectiva excepcional para pulsar, incluso, el estado del mundo, poniendo el acento, evidentemente, en la dimensión más consumista de la vida cotidiana actual:

«DE UN CENTRO COMERCIAL A OTRO. Salir de Dubái, la ciudad-centro comercial, y venir de vacaciones a París para ir de compras a los Campos Elíseos, la avenida-centro comercial.

El petróleo permite viajar lejos, pero recorta el horizonte».

Las tiendas se convierten en el retablo más amplio de un París que desborda las postales turísticas. Los migrantes, los jóvenes del extrarradio, las parejas imposibles, las jóvenes volcadas en las redes, la interculturalidad, las desigualdades, los visitantes esporádicos… la vida, en general, pasa por los grandes almacenes. Y entre esos episodios, el difícil encaje de la convivencia, marcado, a veces, por la xenofobia.

«EL VELO Y LA CAPUCHA. Está prohibido entrar en la tienda con capucha en la cabeza. Pero no está prohibido entrar con velo, incluso integral. ¿Qué actitud adoptar cuando se presenta una chica que lleva una capucha sobre un velo?»

Cobrar por estar de pie, combina con esta sociología de boutique, varias historias de migrantes que se buscan la vida en diferentes épocas y de diferentes maneras (incluido el «cobrar por estar de pie»). Las casas de los estudiantes africanos y sus movilizaciones, a menudo, irrelevantes, sus manejos y la perversión de su sentido aparecen en algunas de las historias que se despliegan, también extraídas de las propias experiencias del autor en esos círculos. A través de todas esas experiencias las diferentes piezas configuran el puzle de una forma muy particular de transmitir la vida de los migrantes subsaharianos en la ciudad de la luz, desde las vicisitudes para encontrar trabajo, las precariedades relacionadas con la vivienda, la presión de «enviar dinero a casa», los choques culturales o las extrañas alianzas, sin olvidar las inquietudes personales o el lugar, casi imposible de evitar, al que la sociedad de «acogida», relega a los recién llegados e incluso a los ya instalados.

El ejercicio de Gauz es una mirada límpida a una sociedad en la que una buena parte de sus miembros parecen transparentes; es una revisión crítica de los papeles y de las relaciones entre las comunidades; es un relato desvergonzado y sin concesiones de la vida diaria, plagada de excepcionalidades. Por cierto, Los libros del Baobab acaban de anunciar la publicación inmediata de Camarada Papá, otra novela de Gauz, de manera que, afortunadamente, tenemos relatos de este irreverente escritor marfileño para rato.

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Ciberactivista, periodista y amante de las letras africanas. Co-fundador de Wiriko. Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín.
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