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Ayanda, una carta de amor a las jóvenes sudafricanas y del mundo

La película dirigida por Sara Blecher inaugura el martes 12 de noviembre en La Casa Encendida (Madrid) el proyecto ÁFRICA on! coordinado conjuntamente por el Grupo de Estudios Africanos y Wiriko

 

 

Ayanda es una película inusual sobre los sueños y desafíos de la juventud en una urbe sudafricana. Las imágenes de las manifestaciones en 2016 para exigir la rebaja de las tasas universitarias (#FeesMustFall) o de la necesidad de expulsar cualquier reducto que hiciera referencia al apartheid (#RhodesMustFall) agitaron la conciencia del partido dominante desde la llegada de Mandela al poder, el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés). El Estado había sido secuestrado por una clase dirigente que había abandonado a su suerte al futuro del país.

Esa narrativa de la nación del arcoíris (un espacio geográfico para todas las personas independientemente de su procedencia y grupo étnico) sigue acorralada contra las cuerdas que protegen la cohesión de un país donde las tasas de ataques xenófobos han incrementado. Hay hambre. Hartazgo. Quizás por este motivo la victoria de los Springboks en el Mundial de Rugby celebrado recientemente en Japón, tenga una segunda lectura como trataba de argumentar el capitán de la selección Siya Kolisi tras ganar el preciado trofeo: “Tenemos tantos problemas en nuestro país. Pero un equipo como este, con gente de diferentes lugares y razas, nos hemos unido bajo un mismo objetivo. Ojalá esto haya demostrado lo que podemos conseguir los sudafricanos juntos cuando nos proponemos algo”.

Y los jóvenes. Y Ayanda. El estilo visual de la película trata de articular muchos de los desafíos actuales a pesar de ser una cinta de 2015, así como las ideas en torno al encuadre de la realidad: lo que cae dentro del marco y, a veces, más interesante, lo que cae fuera del marco. En la historia, es la reevaluación de una fotografía, un solo momento capturado, lo que le permite a Ayanda, una joven de unos 20 años, volver a visitar su pasado y corregir la comprensión errónea que tiene de la relación entre su madre, su padre y su tío Zama, lo cual se podría decir fue erróneamente enmarcado.

De manera similar, la película explora visualmente esta idea. “Las fotos traen recuerdos y los recuerdos traen sentimientos”. Esta frase resuena al inicio de la película cuando Anthony llega al garaje para filmar una entrevista con Ayanda y le comunica su intención de crear una instalación de arte, tal como ya lo ha hecho en varias ciudades del continente. Su misión: capturar el carácter de un lugar particular en un momento particular. Su modus operandi: invitar a las personas a contar sus historias, ya sea en fotografías o videos, directamente a su cámara. Estas imágenes y entrevistas cortas se intercalan en el drama de la película. Esta instalación, que enmarca la narrativa de la película, es una de esas articulaciones de esta idea. Las imágenes de la instalación de Anthony también nos permiten una instantánea de Yeoville en 2015: una comunidad vibrante en Johannesburgo de inmigrantes de todo el continente africano que coexisten sin la angustia de la xenofobia que ha ensuciado el pasado reciente de Sudáfrica.

Representar a esta comunidad ayuda a mostrar la normalidad potencial de las relaciones panafricanas en este país, cuando funcionan. Estas imágenes han estado muy ausentes en la cultura popular y presentarlas en la gran pantalla contribuye a que el público (particularmente el público local de Sudáfrica) vea a otros africanos de una manera nueva. Una vez más, se trata de cambiar el marco de la xenofobia para mostrar mejor dónde tienen éxito estas relaciones humanas.

La visión de la directora Sara Blecher es presentar un nuevo modelo a seguir para las jóvenes en el momento de adentrarse en la edad adulta. Un guion que interpela a una generación que bien pudieran ser de Bogotá, Nairobi, Berlín o Madrid y que les permitirá considerar nuevas opciones y posibilidades para sus propias vidas. Una mujer joven y exitosa. Una empresaria, que se las arregla para navegar a través de la grasa y los talleres mecánicos que definen, en términos generales, el mundo de los hombres. Una historia en la que no se tenga que ver comprometida la pasión, la originalidad o el estilo. En definitiva, Ayanda es una carta de amor a las jóvenes sudafricanas y del mundo.

Puedes conseguir tu entrada por 3€ para el martes 12 de noviembre. (Aquí)

“La sensación de ser un extraño nunca te abandona”

Diriye Osman se ha puesto, sin complejos, delante de los ingredientes más críticos de la vida de la comunidad LGBTIQ africana en Londres. El desarraigo, la identidad, la experiencia de la migración, la religión, las costumbres y las tradiciones, la presión social, las enfermedades mentales, el rechazo de la familia, pero también el sexo, el placer, la alegría, el amor y la vida que se despliega. Cuando Osman publicó Fairytales For Lost Children provocó una considerable sensación en el mundo literario británico. La crítica acogió con unanimidad la emergencia de una nueva voz fresca, desacomplejada y provocadora, que trataba con naturalidad y claridad los aspectos más oscuros de las vidas de personas LGBTIQ africanas en el Reino Unido. Ahora el autor de origen somalí ve su colección de relatos publicada en español bajo el título Cuentos para niños perdidos (Team Angelica Publishing).

Retrato de Diriye Osman Fotografía: Jaroslav Scholtz

Las historias que componen su libro Cuentos para niños perdidos son realmente impactantes. ¿Qué parte hay de reivindicación? ¿Qué parte de visibilización? ¿Y qué parte de catarsis?

Las historias de este libro fueron creadas desde una posición de autodescubrimiento y, en último término, de catarsis. He querido expresar un poco de la pasión, el miedo, el deseo y la sensación de placer que había experimentado cuando era más joven. He pretendido explorar la intersección de mi sexualidad y mi herencia cultural como un hombre africano queer que vive en Londres a principios del siglo XXI. He intentado hacer una aportación a la existencia de narrativas queer somalíes y, a juzgar por la respuesta positiva que despertó el libro en su momento, tanto en el Reino Unido, como en toda la diáspora, diría que he cumplido mi misión.

Algunas de las historias suenan especialmente íntimas, así que seguramente los lectores se pregunten, ¿qué hay del autor en los protagonistas de esos relatos?

Pues la verdad es que solo hay una historia realmente autobiográfica en toda la colección. Todas las demás son pura ficción. Yo creo que el motivo por el que el libro ha llegado tanto a los lectores, especialmente a los más jóvenes, es por ese tono íntimo. Las historias tienen una gran ventaja, y es que generan la sensación de que al lector se le ha concedido la entrada a mis ansiedades más íntimas y a mis momentos de alegría.

* Artículo publicado originalmente en la Revista CTXT. Para seguir leyendo, pincha aquí

“Necesitamos nombres nuevos”… y necesitamos más libros como este

En 2013, la escritora zimbabuense NoViolet Bulawayo publicó We need new names. Y este año, esta novela que es un universo en sí misma, se publica en castellano, de la mano de la editorial Salamandra y a través de una traducción de Sonia Tapia Sánchez. Necesitamos nombres nuevos, su título fiel en la edición española, podría perfectamente incorporarse a las lecturas recomendadas para los adolescentes: habla su idioma, la historia es conmovedora y atractiva y proyecta una imagen compleja de África, de los africanos y del hecho migratorio, una visión de las múltiples caras de un prisma, muchas de las cuales no se corresponden con los discursos más habituales. Bueno y, sobre todo, porque es una delicia y cumple con todos los criterios para ser uno de esos libros que te enganchan a la literatura.

La escritora zimbabuense, NoViolet Bulawayo. Fuente: Editorial Salamandra.

Darling es la narradora de la primera novela de NoViolet Bulawayo: Bastardo, Chipo, Sabediós, Sbho y Stina forman el grupo de amigos en Darling, todos ellos habitantes de un poblado de chabolas con un evocador nombre: Paraiso. El relato de las correrías de este grupo de niños está lleno de simbolismo y fácilmente encaja en los esquemas de novelas juveniles, de historias pensadas como lectura de verano e ideadas para hacer volar la imaginación. Sin embargo, en el caso de Necesitamos nombres nuevos, la joven autora zimbabuense va dejando caer algunas perlas en forma de referencias externas, más allá del relato de gamberradas, de las idas y venidas que a falta de vigilancia de adultos van descubriendo poco a poco la vida. Esas perlas que pueden pasar desapercibidas son, en realidad, una especie de migas de pan que marcan el camino de una historia mucho más interesante camuflada bajo la superficie.

El desarrollo vital de este grupo de muchachas y muchachos resulta en realidad descarnado, pero sólo cuando el lector levanta la cabeza y empieza a recomponer las piezas del puzzle. Desalojados de sus casas y empujados a ese suburbio que es Paraíso. Apartados de la escuela porque incluso los profesores han huido de un país que se deshilacha. Enfrentados a un futuro incierto al que acechan, desde los embarazos precoces hasta la epidemia del SIDA, pasando por la promesa de la esperanza rota que es la migración y flanqueado por una tradición debilitada y unas iglesias cargadas de supersticiones, vicios y afán de lucro. El grupo de amigos de Darling crece en medio de un cierta inconsciencia que ve perfectamente los dientes de la violencia económica y política, pero que, sin embargo, apenas perturba sus juegos. A través de estos niños, NoViolet Bulawayo dibuja un país marcado por las desigualdades. “Cuando llegamos al centro de Budapest, nos paramos. Esto no es como Paraíso, esto es como estar en un país totalmente distinto. Un país bonito donde vive la gente que no es como nosotros. Claro que tampoco se ve nada que sugiera que aquí vive gente de verdad. Incluso el aire está vacío: no huele a comida rica, no hay olores, no hay ruidos. No hay nada”, dice cuando visita un barrio rico de la ciudad. Dibuja un país que igual desaloja a los blancos que reprime a los disidentes, liderado por élites corruptas e incapaces que se preocupan más por amañar elecciones que por solventar la pobreza. Sin embargo, Zimbabue, no aparece explícitamente en ningún momento durante toda la narración, ni tampoco sus políticos.

Cubierta de “Necesitamos nombres nuevos”

Sin embargo, la experiencia de Darling es todavía más rica y nos transmite algunas sensaciones que estaría bien que el lector del norte global nunca perdiese de vista. “A estos de la ONG les gusta mucho hacer fotos, como si fuéramos sus amigos y sus parientes de verdad o algo así, como si luego, al volver a sus casas, fueran a ponerse a ver esas fotos y a decirles nuestros nombres a otros amigos y parientes. No les importa que a nosotros nos dé vergüenza estar sucios y llevar la ropa rota, ni que prefiramos que no nos hagan fotos”, suelta Darling como una bofetada. Pero tampoco se queda atrás su experiencia migratoria, cuando por ejemplo, una mujer le acorrala en un baño, ya en su etapa en Estados Unidos y le suelta todos los tópicos relacionados con los males de África, con la conmiseración y la caridad. Sí, porque finalmente, después de la frustración del cambio, Darling viaja a Estados Unidos, o mejor a una América de la que presumía delante de sus amigos, pero que no resulta ser como en sus sueños.

La escritora zimbabuense hace pasar al grupo por delante de la devastación del sida, por la arbitrariedad política y por la violencia con delicadeza y una extremada ternura. El desengaño que marca este abrupto fin de la infancia es por encima de todo pura inocencia: “Se me ocurre que podría rezar por ella para que se le pase el cansancio, pero entonces de acuerdo de que he decidido que rezarle a Dios es una pérdida de tiempo. Ya puedes rezar y rezar y rezar, que nada cambia. Por ejemplo, estuve rezando para tener una casa de verdad y ropa buena y una bicicleta y varias cosas más durante mucho, mucho tiempo, y no tengo nada, ni una sola de esas cosas, por eso ahora sé que todos esos rezos por mi padre no son más que un engaño”.

A medida que pasa el tiempo, el tono de la narración va contagiándose de la madurez de Darling y, por ejemplo, su evolución se acelera una vez que es acogida por su tía en Detroit y abandona Paraíso. El dolor de la marcha y de lo que se deja atrás no deja nunca de estar presente. Incluso pasado el tiempo, Darling es incapaz de no rememorar su origen ante el olor de una guayaba que le traslada a su infancia y a las calles de su país.

Si Bulawayo no ahorra críticas al país de origen, ni escatima bofetadas a los occidentales en África, tampoco deja títere con cabeza cuando se refiere a la experiencia migratoria, desde la violencia de la sociedad estadounidense con los tiroteos en colegios y la violencia policial hacia los negros, hasta el desamparo en el que quedan los hijos de padres absorbidos por completo por el trabajo, o el abandono de los mayores, pasando por el conflictivo despertar a la sexualidad o los desórdenes alimenticios.

Sólo tres fragmentos, en todo el libro, no reproducen la voz de Darling. “Cómo aparecieron”, “Cómo se marcharon” y “Cómo vivían”. El primero sobre la creación de un barrio de chabolas como Paraíso, a partir de desplazados internos; el segundo, sobre una de las olas migratorias, aquella en la que Darling sale del país; y la tercera, especialmente conmovedora, sobre el asentamiento de los refugiados en los Estados Unidos. Aparentemente es la voz de un viejo migrante que ha perdido la razón, la que relata como fue la llegada de los primeros desplazados en otros tiempos y como ve que las raíces se van diluyendo generación tras generación. “Venían en manadas, dejando atrás los restos, los jirones de nuestro país. Y nosotros no pensábamos en remendar esos jirones, en remendar lo que era nuestro”, dice en un tono apocalíptico.

Necesitamos nombres nuevos contiene la experiencia completa de una africana, llena de matices y de caras diferentes, una experiencia multidimensional que además se digiere con facilidad gracias a una narración fresca, a un lenguaje sencillo y a un tono cercano. Necesitamos nombres nuevos enseña y divierte. Enseña que las cosas son mucho más de lo que parece y que, por ejemplo, esta experiencia es sólo una de las experiencias posibles. Es decir, enseña diversidad. Y divierte porque pasa sin esfuerzo y porque deja un regusto que llama a repetir, quizá el regusto de las guayabas que los amigos de Darling robaban en Budapest.

High Fantasy: el arcoíris sudafricano se desmorona

Como turista en Sudáfrica, no es tarea fácil obviar la imagen omnipresente de Nelson Mandela. Él, su discurso, la construcción del relato, la lucha contra el apartheid… Sus 27 años en prisión actúan –y con razón– como hierro forjado que marca a los que visitan el país nada más entrar. Pero a veces, la foto del puño alzado más que unir a los sudafricanos provoca el efecto contrario.

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

Esta es la premisa con la que trabaja Jenna Bass en su segundo largometraje High Fantasy (2017) en el que examina algunos de los pilares inquebrantables en esta región del cono sur: raza, clase y género en pleno 2017. Y quizás lo más interesante es que cada vez son más las voces críticas que desafían la narrativa de la identidad y lo que significa haber nacido en Sudáfrica después de la abolición del sistema de segregación entre blancos y negros. Bass se enmarca en una generación que se siente engañada por la “ideología del arcoíris” promulgada por Mandela a partir de 1994. Un “arcoírismo” que trató de constituir una nueva clase social obviando las diferencias… pero había muchas décadas de historia enquistada que se tenían que visibilizar. Y no se hizo. O, al menos, no del todo bien.

El de High Fantasy (2017) es un telón de fondo complejo aunque la historia es llevada a la pantalla con mucha innovación y naturalidad en la piel de cuatro jóvenes. Tres chicas (blanca, mestiza y negra) y un chico negro (¿qué actúa como protector de ellas?) deciden pasar unos días en una granja abandonada propiedad de la familia de Lexi (Francesca Varrie Michel), la chica blanca. Un lugar inhóspito, deshabitado y que Xoli, el chico (Quandiswa James) critica al inicio del film: “¡una sola persona es el propietario de toda esta tierra!”. La herencia colonial se vislumbra en algunos de los mensajes, aunque no sea el centro de la cuestión. Se les ve bailar, fumar y reír hasta que el giro fílmico atraviesa al espectador: después de una noche, sus cuerpos se intercambian… Y la interpelación es directa. ¿Qué se siente al ver a otra persona interactuando con algo tan personal y esencial para su identidad como la propia piel?

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

La realizadora sudafricana resuelve la película en tres actos en el que los personajes tienen el tiempo suficiente para resultar familiares al espectador. Y esa es una de las grandezas de High Fantasy, que la empatía se desliza rápidamente gracias a dos elementos: el primero son los planos detalles de manos, piernas, pies y cara que hacen que conozcamos mejor a los cuatro personajes; y el segundo punto interesante son las entrevistas que cada uno de ellos tiene con la directora mirando a cámara en una especia de confesionario y que nos dan la oportunidad de profundizar en la psicología de cómo se sentiría uno al vivir en el cuerpo de otro. La identidad o el género pueden ser diferenciadores en esta nación africana. Sin embargo, hay algo que también une (en este caso, a las tres chicas): las protestas estudiantiles de 2015. Aunque es un discurso enojado, es uno que al menos ha trascendido al de raza, y que apunta a un movimiento al que pueden unirse tanto blancos como negros.

La realizadora Jenna Bass no necesariamente tiene respuestas a muchos de los elementos que se abordan en el guion, pero lo importante es que no teme plantear preguntas importantes como por ejemplo quién es el verdadero protagonista de la historia. Algo básico sobre el que construir un relato. O quizás no. Porque lo cierto es que Bass combina un lenguaje sin arrepentimiento lleno de libertad e igualdad respaldado por un amor permanente (¡¡y rodado todo con un iPhone7!!). Precisamente, en unas palabras sobre su primer largometraje Love the One You Love (2014) explicaba lo siguiente: “Todavía somos un país increíblemente segregado y estaría mintiendo si dijera que entiendo cómo todos se sienten sobre diversos aspectos de la vida. Pero sentí que la única cosa que todos teníamos en común era el amor”.

Por cierto, mucha atención a la última escena de la película donde se plantea un nueva variable para Sudáfrica: ¿construir todo desde cero?

La egipcia “Rosas venenosas”, mejor película de la 15 edición del FCAT

Rosas venenosas, del realizador Ahmed Fawzi Saleh ha sido la película ganadora de la 15ª edición del FCAT; una impresionante mirada dentro del mundo de las clases trabajadoras en las curtidurías de El Cairo. El jurado ha destacado su “innovación, originalidad, su mirada casi documental que busca la fidelidad a la realidad” en este retrato realizado por un cineasta joven de una mujer oprimida en un entorno hostil”.

La efusión fétida de las aguas residuales es el leitmotiv principal del debut de Saleh, un drama elíptico de dos hermanos, ambientado en algunos callejones infernales de la capital egipcia. Una cinta que refleja el amor obsesivo de una hermana por su apático hermano que está buscando escapar de Egipto y que destaca por la forma en que representa un inframundo casi surrealista a través de imágenes visualmente deslumbrantes de una austeridad malsana.

El jurado oficial de la 15 edición del FCAT, formado por la directora senegalesa Angèle Diabang, la norteamericana Tala Hadid, además de la cineasta independiente, programadora establecida en Berlín, Dorothee Wenner, el burkinés y director artístico del festival Afrikamera (Berlín), Alex Moussa Sawadogo y el programador, escritor y cineasta español Luis E. Parés, ha sido el encargado de decidir tres de los seis premios que este viernes ha otorgado el festival: Mejor Largometraje de Ficción, al Mejor Documental y a la Mejor Actriz de la sección Hipermetropía, este último premio patrocinado por la fundación Mujeres por África.

Por su parte, el jurado CineCádiz, conformado por actores, actrices y realizadores de la asociación del mismo nombre, han decidido el premio al Mejor Cortometraje de la Sección En breve, apoyado por el Hotel The Riad Tarifa. Los espectadores del FCAT han votado el Premio del Público al Mejor Largometraje de Ficción deHipermetropía, que patrocina la Delegación de Turismo del Ayuntamiento de Tarifa. Y por último, El Festival CinePalium (de Palo del Colle, Italia), centrado en la identidad, ha entregado un premio honorífico al Mejor Largometraje de Ficción de la sección Hipermetropía.


Premio a mejor actriz

Ha recaído para Maggie Mulumbwa por su interpretación en I Am Not a Witch. Por primera vez el FCAT premia a una niña de 9 años por su emocionante papel de una niña internada en uno de los campos de brujas que aún existen en algunos países africanos. La debutante en el largometraje Rungano Nyoni le dio este papel del que el jurado destaca “su luminosa interpretación, su naturalidad y el abanico de matices que despliega que van de la magia a la poesía”.

Esta película también ha recibido el Premio Honorífico del Festival CinePalium (Italia) al Mejor Largometraje de Ficción de la sección Hipermetropía


Premio al mejor documental

Ha sido para Boxing Libreville, de Amédée Pacôme. Uno de los documentales de los programados en esta edición del festival que muestran la rebeldía en la calle en busca de democracia ha sido premiado “por la cercanía del personaje protagonista y la manera en que lo sigue en su microcosmos cotidiano, consiguiendo que salga de su encierro y exprese cómo lucha por conseguir realizar un sueño”.


Mención especial del jurado.

Futuros inciertos, de Eddy Munyaneza (Burundi, Francia, Bélgica) El jurado ha decidido otorgar una Mención Especial a este documental que ha tenido su estreno mundial en el FCAT y que de nuevo ahonda en el activismo político de su país. Su director habló en el festival sobre la responsabilidad que tienen los cineastas de mostrar lo que realmente ocurre en sus países. El jurado ha destacado “la fuerza, el coraje y el nivel de compromiso del director”.​


Premio del público a mejor película

La bella y los perros, de Kaouther Ben Hania (Túnez, Francia, Suecia, Noruega, Líbano, Qatar, Suiza) El público del FCAT 2018 ha votado esta historia basada en hechos reales y que narra casi en tiempo real el calvario de una joven (interpretada por la actriz Mariam Al Ferjani, que pasó por Tarifa y Tánger en esta edición del festival) a través de nueve planos secuencia. Con un mensaje feminista y político, esta ficción se convierte en una oportuna reflexión sobre uno de los temas de actualidad en multitud de países: el de la visibilidad de las víctimas de violación.

Puedes leer nuestra crítica aquí.


Mejor cortometraje

La entrada del cine, de Ayoub Layoussifi.

El jurado de Cinecádiz, encargado de premiar el Mejor Cortometraje de la sección En Breve, ha optado por este corto marroquí sobre un niño que se muere de ganas de ir al cine “por devolvernos 28 minutos de nuestra infancia a través de los ojos de su protagonista, por saber mostrar con maestría y técnica la descarada naturalidad de sus personajes y su entorno, por reivindicar la experiencia de ver una película en pantalla grande junto a lxs amigxs y sacrificarlo todo por ello”.

5 películas africanas sobre migraciones

Un catálogo subjetivo para comprender las migraciones africanas desde el otro lado y a través de la mirada de 5 cineastas. Porque detrás de la barbarie que se vive en la frontera europea, hay historias humanas que vale la pena conocer:

A Stray
Director: Musa Syeed
País: EE.UU. 
Año: 2016

Poco después de conocerse quién sería el nuevo presidente de los Estados Unidos, saltaba la noticia de que Ilhan Omar, de 34 años, ha hecho historia al convertirse en la primer legisladora somalí del país. Esta ex refugiada y activista nacida en Somalia servirá como miembro del Parlamento, en el estado de Minnesota. Una elección que se producía pocos días después de que Donald Trump acusara a los inmigrantes somalíes de este estado de “difundir sus puntos de vista extremistas”. Minnesota tiene la comunidad más grande somalí de la nación, alrededor de 50.000 según el censo de los Estados Unidos.

A stray (un perro callejero) cuenta la historia de un adolescente somalí llamado Adan, interpretado por Barkhad Abdirahman, quien crece en Minneapolis, y que perdió a su padre en la guerra en Somalia. Su madre le ha expulsado de su apartamento por el robo de sus joyas. “Eres un somalí y musulmán, nadie te va a contratar”, le dice uno de sus amigos al inicio de la película.

Así que cuando el director de cine Musa Syeed comenzó a viajar desde su casa en la ciudad de Nueva York hacia el corazón de la comunidad somalí en Minneapolis, la ciudad más grande de Minessota, se enfrentó a una queja recurrente: la de los propios somalíes que pensaban que sería un periodista más que terminaría haciendo un producto sobre terrorismo. De hecho, la película de Syeed no ignora esta cuestión y refleja la psicosis de que parezca que haya un agente del FBI al acecho en cada esquina. Pero muestra la vida de los refugiados en Minneapolis matizada, con problemas, sí, pero también hermosa.


Triangle Going to America 
Dirigida por Theodros Teshome
País: Etiopía
Año: 2014

“Conocí a un hombre nacido en Etiopía que decidió compartir conmigo su historia de cómo llegó a Estados Unidos”, explica el escritor y director etíope Teshome Theodros. “Yo estaba intrigado, no sólo por las dificultades de su viaje, sino también por investigar los motivos que le llevaban a dejar su patria y arriesgar su vida. Indagando me encontré con cientos de historias similares. Historias de muertes. Historias sobre la dificultad que tienen los africanos orientales antes de llegar a Estados Unidos. Triangle Going to America se basa en estos hechos”, sentencia el realizador.

Ya hay alguna referencia en el cine etíope a la inmigración y a la esclavitud gracias al trabajo del director Haile Gerima y su Sankofa (1993) en la que una mujer afro-americana viaja en el tiempo y experimenta la esclavitud. Una película poética, precisa y desafiante intelectualmente en la que el espectador no puede evitar las preguntas incómodas que plantea Gerima de manera elocuente.

En la película Triangle Going to America aparecen Kaleab y Jemal, que están dispuestos a soportar cualquier peligro para llegar a América por la promesa de una vida mejor. Pero, ¿realmente es así? En el camino, Kaleab conoce a Winta, de la vecina Eritrea, que se encuentra en un viaje similar. El trayecto y sus dificultades les harán acercarse y enamorarse profundamente. En este momento, y junto a un grupo de etíopes y eritreos, viajarán por un camino arduo e ilegal desde África oriental a los Estados Unidos, a través de Libia, Italia, México. Sin duda, un mensaje urgente sobre la inmigración y sus causas desde una latitud poco retratada en los medios occidentales: desde África del Este a América.


Hope
Director: Helmer Boris Lojkine
País: Nigeria / Camerún / Francia
Año: 2014

Existe un rico mosaico antropológico de historias de supervivencia de los migrantes del África al sur del Sahara que han atravesado el desierto y el mar en busca de una vida mejor en Europa, pero son los guiones menos llevados al cine. Y esto sería razón suficiente para dar la bienvenida a Hope (Esperanza), una crónica pragmática y sensible del encuentro entre una joven nigeriana y un hombre camerunés que luchan en unas condiciones brutales por alcanzar las costas de España. El debut narrativo del francés Helmer Boris Lojkine fue quizás silenciado de forma solemne en las carteleras europeas.

La esperanza es la fuente principal de combustible en el largo camino representado en la película. Y el detalle simbólico del guión de Lojkine ya que también es el nombre de la joven protagonista que viaja sola y se une a un grupo de varones cameruneses en dirección al norte. Humillada y violada por sus compañeros de viaje, es rescatada y posteriormente protegida por Leonard, quien la acompaña a los guetos migrantes sombríos surgidos en la periferia urbana de Tamanrasset (Argelia). Una road movie sobre la vida. Y sobrevivir.


Mille Soleil
Directora: Matis Diop
País: Senegal
Año: 2013

Han pasado cuarenta años desde que los corazones de Mory y Anta quedaran desgajados en el puerto de Dakar tras el rodaje de Touki Bouki (Mambety, 1972). Mil vidas. Mil relojes ya sin cuerda. Mil soles. Con este ancla en el presente, retoma el guión del documental Mille soleils (2013) la hija del músico Wasi Diop y, por lo tanto, la sobrina de uno de los cineastas africanos más legendarios: Djibril Diop Mambety. En este documental de 45 minutos, donde la ficción penetra en la retina camuflada por la actuación impasible y cualificada de Magaye Niang (Mory), la directora Mati Diop, nacida en París, revisita con delicadeza una ecuación cargada de patrimonio: la huida (marcharse) frente a la espera (quedarse). “¿Viajar? ¿Era necesario?”.

El film, que abre con una imagen de la Dakar contemporánea que devora vidas en el frenesí rutinario frente a la tradición del pastoreo de bueyes representada por Mory, continúa contraponiendo a dos generaciones: la que tuvo en sus manos la utopía de una verdadera independencia de la metrópolis francesa pero no supo encauzar sus esfuerzos mediante la vía política, y la de los jóvenes indignados que tienen nuevas herramientas para el cambio social como son las nuevas tecnologías o la música encabezada por el Hip Hop y el RAP.

Quizás una de las escenas donde se materializa de forma clara la posición de Mati Diop sea en la conversación que mantiene el protagonista con un taxista -que no es otro que el rapero Djily Bagdad, líder del grupo 5kiem Underground. “Cada generación tiene su misión”, le reprocha el conductor mientras se suceden dos discursos: por un lado, las imágenes reales grabadas durante las movilizaciones del 2011 promovidas por la plataforma Y’en a marre (¡Ya estamos hartos!) en protesta por el aumento del coste de vida, el elevado paro juvenil o los fracasos en las políticas educativas y sanitarias del, en aquel entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade; y, por otro lado, la emisora de radio que tiene sintonizada el taxista en la que se percibe el malestar social: “Cuarenta años de socialismo en el que se nos decía que todo iba a cambiar pero no ha sido así. Nosotros somos el poder, nosotros somos el pueblo”.


África Paraíso
Director: Sylvestre Amoussou
País: Senegal
Año: 2006

Y después de esta selección… acabamos con una famosa cita panafricanista: “África para los africanos”. Estas son las palabras que se repiten en el guión de Sylvestre Amoussou que sitúa sobre el tapete una cuestión necesaria en los discursos hegemónicos. ¿Qué pasaría si Europa se fragmentara en el 2030, los índices de paro se dispararan y se provocara una fuerte migración a la inversa? Es decir, si los europeos buscaran trabajo a la desesperada en el edén africano, ¿qué ocurriría? Amoussou describe a un África donde las políticas migratorias son feroces contra los inmigrantes, donde los jóvenes africanos están súper cualificados y donde se generan, también, suburbios de blancos que buscan un futuro mejor. No hay más. Una auténtica crítica a contrapelo de la historia, como diría Walter Benjamin. Aunque la fotografía deja, eso sí, mucho que desear.

 

Somi, la panafricanista del jazz contemporáneo

Una excusa. Llegó 30 minutos tarde a la entrevista. Era su primera vez en España. La presión del Festival de Jazz de Madrid. Su diminuto bolso cruzado a través de un pecho que amasaba acordes de algún lugar extraño y que no soltaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. No estaba preparada para las cámaras –aseguró– y todo se pospuso para el final del concierto. Lo que aconteció después fueron casi dos horas de un ensayo general que debería haber sido una rutinaria prueba de sonido en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural la Villa. Una espera delicatessen para los técnicos y el que escribe. No queríamos que se bajara de las tablas porque nunca antes habíamos visto a una artista girar las estructuras del jazz de esa forma. Bebía agua. La hora se acercaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. Sus calcetines color rosa que hacían de ese momento algo muy acogedor. Íntimo. Los finales de las canciones parecían no estar limados y todo apuntaba a que la improvisación de este trío musical compuesto por voz, piano (Jerry Leonide) y bajo (Michael Olatuja) sería la tónica dominante. Vestuarios. La audiencia llenaba el aforo. Luz tenue. El presentador confirma que el espectáculo marcará una inflexión. Aparece Somi. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo.

somiLaura Kabasomi Kakoma o Somi te ofrece un camino incansable de sobresaltos. Una experiencia completa de hora y media que evoca lugares alejados entre sí como Nueva York o Nairobi, Johannesburgo, Washington o Río de Janeiro. Ritmos africanos, soul de Stevie Wonder, la improvisación entre graves y agudos del jazz vocal, música de contemplación y escucha atenta, o de baile dislocado para un sábado noche. Somi interpreta un estilo musical que salta con tanta facilidad entre los límites que la categorización de su música es irrelevante.

Así que ¿quién es Somi?
Nací en Ilinois, crecí en Zambia, volví a Ilinois para continuar el colegio, después estudié en Kenia, Tanzania para volver nuevamente a Nueva YorK…

Un momento. Pero entonces ¿de dónde eres?
Soy panafricanista, ¿sabes? Tu casa al final es donde la construyas. Soy, a fin de cuentas, una cantante, una compositora, una escritora… Esto es quien soy.

Te encuentras entre dos mundos, ¿no?
–Ríe–. Mi madre era ugandesa y mi padre ruandés así que era una combinación perfecta, un impulso normal, el querer descubrir mis raíces. He viajado mucho por el continente y además he podido estudiar en él para entender mejor a la gente afro de los Estados Unidos. Estuve entre Kenia y Tanzania interesándome por la antropología médica. Cuando vivía en África del Este estaba preocupada por desenterrar mi verdadero ser cultural: una niña negra americana y de padres inmigrantes, aunque ya estaba occidentalizada. Estaba tratando de averiguar mi identidad cultural para reclamar mi conexión con África y me hallé privilegiada de ser una americana y de ser una persona de ascendencia africana. La experiencia me dio todo este espacio para decidir lo que realmente quería hacer. Y la música fue la elección obvia.

jazzmadrid-2016-somiA menudo te definen como una versión moderna de Miriam Makeba, y una mezcla vocal entre Nina Simone y Dianne Reeves. ¿Te sientes identificada con esta descripción?
Es un honor. Muchas gracias por tus palabras. Verás yo empecé a tocar el violonchelo cuando tenía ocho años y escuchaba mucha música clásica en la radio. Mi madre que cantaba, aunque no de forma profesional, me susurraba canciones de Uganda y de, por ejemplo, Elvis Presley.

¡Vaya! Menuda combinación de sonidos y de movimientos de cadera
–Ríe–. Sí… A mi padre le encantaba el reggae. La elección de ser músico no fue fácil. Me encantaba cantar, pero no pensé que fuera una opción viable como carrera profesional. Todo el mundo en mi familia tenía un trabajo más tradicional y, además, las familias de inmigrantes no suelen animar a sus hijos a ser artistas.

Hoy has demostrado que tu repertorio abarca un amplio espectro con canciones de conciencia social sobre el movimiento Occupy Nigeria, con letras que hablan sobre el estado de la mujer en Nigeria, de la pobreza, del amor. ¿Cuál es el rol de un cantante?
Mi último álbum lo escribí y compuse en Nigeria. Quería saber qué estaba ocurriendo allí, en una capital tan cosmopolita como Lagos, en un país que es la primera economía del continente. Así que mi rol es decir la verdad. Hablo de asuntos que le preocupan a la gente como los movimientos de ocupación en ciudades africanas, de la circuncisión, de las trabajadoras sexuales…

Pero Somi, esto no es comercial, no vende…
Ya lo sé, pero ese no es mi problema. En esencia el artista debe ser honesto consigo mismo. No es plan de decir, ¡oh, tengo que escribir una canción sobre Trump por lo que representa! Más bien tratar asuntos que estén relacionados con lo que tú necesitas explicar. Quizás sea sobre el medioambiente o sobre el fenómeno migratorio. Como te decía, hay que ser honesto con uno mismo porque esto es lo que la gente siente.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Ahora que mencionas a Trump. ¿Cuál es tu valoración?
–Silencio. Somi calla durante al menos 30 segundos. Los ojos se le ponen llorosos–. Es un tema muy obsesivo. Es una mala época. No se trata sobre lo que le ocurrirá a la gente negra, a los musulmanes, a los homosexuales… Nos afecta a todos. Estos días he dormido temerosa por el mundo que nos espera con este tipo en la Casa Blanca. No sé qué está ocurriendo. Hoy, salir al escenario fue muy importante por un número de razones: era la primera vez que abría mi corazón y era capaz de hablar de mis sentimientos, de mis sueños, después de unos días. He tenido un espacio para volar y para decir la verdad a través de la música. Sobre Trump no sé realmente qué más puedo decir.

somi_foto_glynis_carpenter_3-jpg__1600x768_q85_crop-smart_cropper-media_background-_subsampling-2¿Nuevo álbum a la vista?
Ahora estoy trabajando en un nuevo álbum sobre los inmigrantes africanos en Harlem, –donde ella vive– sobre sus experiencias, sobre la xenofobia que sufren… Aunque realmente esta enfermedad no es exclusivamente americana porque ocurre lo mismo también en Europa. Así que intento reflejar cómo fenómenos como este, o incluso la gentrificación, tienen lugar en barrios tradicionalmente marginados y cómo la población que vive en ellos se enfrenta a estos problemas. Cómo negocian las vicisitudes. Pero hablo también sobre la humanidad, porque Harlem nos recuerda la historia de la experiencia afroamericana y es una historia importante, pero viven también otras comunidades desde hace 40 o 50 años y no son realmente incluidas en la conversación cuando hablamos de cómo la gentrificación está cambiando Harlem. Así que mi nuevo álbum es para recordarlos a todos.

[En enero de 2008 la cantante fundó la organización sin ánimo de lucro New Africa Live con un objetivo claro: “crear un espacio cultural de pertenencia para los artistas africanos contemporáneos mediante la producción de eventos artísticos multidisciplinares. Y entre tanto, que entretenga, que eduque y cree conciencia sobre el valor de la cultura africana en un mundo globalizado”. Según explica Somi, con estos eventos tratan de cuestionar la idea homogeneizada de producción cultural africana (no todo son timbales) y apoyan el trabajo de artistas que interrogan las políticas de identidad africana con un espíritu cosmopolita y de hibridación urbana.]

¿Y algún otro proyecto en el que estés embarcada?
Estoy inmersa en una jazz-opera sobre Miriam Makeba en Nueva York que se estrenará en diciembre y supone un proyecto que engloba la escritura, la música en sí y la interpretación.

Como te defines como una panafricanista, te pregunto sin tapujos. ¿Cuál debería ser en tu opinión la nueva agenda para África?
Lo más importante y excitante es que estamos volviendo a ser propietarios de nuestra narrativa en un camino que nunca antes habíamos hecho. Específicamente en el mundo artístico porque estamos cambiado muchas cosas, empleando muchas cosas. Es maravilloso decir que esta inversión es en nosotros mismos. Es un tiempo maravilloso en el continente, pero también en la diáspora porque mucha gente que conozco no tenía estas oportunidades para expresarse por ellos mismos. Ahora pueden ser artesanos, diseñadores, emprendedores… ¡cualquier cosa! Y no necesariamente un abogado o un médico porque la sociedad de alguna forma te lo imponga. Así que es maravilloso ver el valor de los nuevos artistas e invertir en este talento y, observaremos cómo la economía del continente crecerá en este sentido.

¿Tu sueño para África?
La autosuficiencia para ser responsables de nosotros mismos y no tener que depender de nadie. Trabajar por la igualdad y el aprovechamiento de los recursos para invertir en nuestras propias infraestructuras en un sentido amplio. Porque es maravilloso que se invierta en los artistas, pero es algo más grande cuando los gobiernos invierten en el pueblo y no tienen que pedir explicaciones en el círculo del desarrollo. Mi sueño es cambiar la narrativa de la ayuda, de la pobreza. Porque está ahí, pero debemos usar todo lo que tenemos ya que África es un continente realmente rico: los recursos están allí, los minerales están allí.

¿Y un sueño para los EE.UU.?
–Silencio–. No lo sé honestamente…

Bueno, mejor matizo: ¿un sueño para tu hogar en Harlem?
¡Oh! Muchas gracias porque estaba pensando en que se acabara la legislatura de Trump mañana mismo… –ríe–. Creo que es importante recordar la cultura. No es algo sobre la raza, sino sobre la cultura. Crear espacios de intercambio en esta ciudad, en estos barrios donde se está destruyendo la esencia… es algo horrible. De cualquier forma no sé si este sería mi sueño, pero se convertiría en algo precioso.

“El agua pura no se espesa”, una oda a Nakany Kanté

“El agua pura no se espesa” reza un proverbio malinké. Lo genuino no se altera. Tampoco lo hace la tradición Malinké en las canciones de la nueva revelación de la música Mandinga. La sabiduría oral malinké, también llamada mandinga, es abanderada por familias como los Camara o los Keita. La artista que nos ocupa hoy no proviene de una familia griot, pero la casta le importa poco, porque ella sigue un torrente interior que la mueve y que no la deja descansar. “Sé que tengo una misión, y no hay nada que me haga más feliz que cantar“, nos confiesa.

A orillas del Río Níger, cerca de la frontera guineana con Mali, la pequeña ciudad de Siguiri vió nacer y crecer a una chica de familia humilde que se levantaba cada día cuando el Sol aún estaba en profunda somnolencia para ayudar a su madre. “Preparábamos todos los bocadillos y la comida que mi madre vendía en el tenderete. Íbamos a buscar el agua. Después me iba a la escuela y a la salida, me unía a mi abuela y mi madre a vender comida“, explica Nakany Kanté. Un día, un joven de Sabadell que estaba en Guinea aprendiendo los secretos de la percusión mandinga, se acercó a comprar comida. “Yo estaba de cuclillas, así que él no me podía ver la cara. Pero me escuchó hablar y se enamoró de mi voz“, dice la joven de 25 años. Al cabo de un año él volvió, se convirtió al Islam y se casaron. Así es como Nakany emprendió un largo viaje lejos de su familia. Un viaje guiado por el amor y la música. Un periplo iniciático que lo es tanto para ella como para el público que asiste hoy a sus conciertos.

6a0154368f628b970c01b7c82140ee970bNakany acaba de presentar “Naka” (2016), su segundo álbum, después de haberse dado a conocer con “Saramaya” (2014), por España, Francia, Inglaterra, Austria y Guinea Conakry y de ganarse el 5º puesto como mejor directo nacional de 2015 según la revista Rock de Lux. Con su álbum debut, consiguió compartir escenario con estrellas como Toumani Diabaté o Oumou Sangaré, y consiguió llamar la atención a la mismísima Lucy Durán, una de las etnomusicólogas de más peso del mundo británico, que la invitó a charlar en el SOAS, sorprendiendo a todo el mundo con su espontaneidad. “En la sala había un señor, creo que de Senegal, que me dijo que las chicas como yo no teníamos nada que hacer en África. Que teníamos que resignarnos a ser amas de casa. Me discutí con él y le hice callar. Está claro que los que no tienen nada que hacer a la larga en África, son los hombres machistas como él“, cuenta la guineana.

Con este último trabajo, Nakany ha inundado la prensa nacional con un mensaje optimista pero crítico, un sonido profundamente enraizado en el África Occidental pero prendado de pop y de melodías frescas. Y esta dualidad está en todo lo que ella hace. Su posado reservado se transforma en una fiera escénica en los directos y saca a relucir la fuente inagotable de energía y de mensajes empeñados en llegarnos, que lleva dentro. Sus letras, incluso las que hablan de amor, siempre llevan incluídas un tirón de orejas. Nos habla de amantes que coquetean con otras chicas y les da lecciones acercándose a chicos más fuertes y más guapos que ellos. “¡¿A ver si se van a creer que son los únicos que nos pueden poner celosas?!“, dice riéndose.

Encima de la palestra, su sonrisa es perenne, y mientras lo dá todo, no deja de expresar su gratitud. Pero sus ojos no pueden esconder una tristeza que lleva casi tatuada en el alma. “No hay día en que, mientras estoy comiendo, no piense en si los míos tienen algo que comer hoy. Cuando recuerdo lo pobres que hemos llegado a ser en mi família y me veo hoy lo afortunada que soy, aún tengo más fuerzas para seguir adelante“, confiesa la joven compartiendo tardes con Wiriko durante la semana de presentación de su disco en Madrid.

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Me indigna tanto volver a Guinea y ver todos los niños que están tirados en la calle. ¡Hay tanta pobreza en África!. Y luego, el trato que reciben las mujeres, ¡es tan machista!“, dice Naka, contando los aspectos que menos le gustan de su sociedad. “Pero también me doy cuenta que las nuevas generaciones están cambiando nuestra realidad“, comenta sin darse mucha cuenta de que ella misma es el claro ejemplo de esta generación y de la transformación social que se viene dando en las capitales africanas.

Nakany es una cantante comprometida, con madera de estrella, tanto por su talento musical como por su empeño en no parar de trabajar y crear. “No puedo parar de componer y de cantar. También escribo. Ahora estoy trabajando en una obra que sucede antes de la llegada de los colonos en mi pueblo, Siguiri. Quiero que sea una película, aunque va a ser una producción muy cara“,  explica mientras hojea las páginas que hablan sobre el Imperio de Mali en ‘Historia del África Negra’, de Joseph Ki Zerbo, de la biblioteca de Wiriko. Su compromiso y su pasión por el cine la han llevado a ser una de las voces para la banda sonora de un nuevo documental de  Xavi Artigas (Ciutat Morta), que se grabará en pocas semanas en Guinea Conakry para rendir homenaje al guineano Idrissa Diallo, que perdió la vida en el CIE de Zona Franca (Barcelona) la noche de Reyes de 2012, en circunstancias aún no aclaradas.

Ella es así. Una alma incansable y decidida a cambiar las cosas a través de la creatividad y la alegría, pero con los pies en la tierra, la experiencia como inspiración y el saber que el talento no produce nada si no viene acompañado de trabajo. Auténtica y pura como el agua cristalina, ha venido para refrescarnos y despejarnos la mente. Para ser ejemplo. Para diluïr nuestro desconocimiento de África.

Kabbo Ka Muwala: mirando la migración a través del arte

Tres países, veinte artistas visuales, ensayistas, talleres, coloquios y aun poesía. Es difícil resumir qué es Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket, pero ese podría ser un intento. Tenemos ante nosotros una propuesta que equipara las conclusiones extraídas del arte con el peso de las sesudas reflexiones sobre los fenómenos sociales; un evento transnacional e interdisciplinar que piensa el hecho migratorio con lenguajes no solamente académicos o científicos. Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket es una exploración artística de las perspectivas que adoptamos para comprender la migración en y desde el sur y el este de África y creada en su mayor parte por arti

stas oriundos de estas regiones. Sin limitarse al despliegue visual (que de por sí implica foto, vídeo, audio y técnicas mixtas) este evento propone reflexiones alternativas a las que habitualmente se manejan para entender los éxodos masivos con rumbo al “Norte”. Inició su periplo en Harare (Zimbabwe), acaba de inaugurarse en Kampala (Uganda) y hacia final de año podrá visitarse en Bremen (Alemania).

Gerald Machona, Vabvakure (People from far away) [videostill].

© Gerald Machona. “Vabvakure (People from far away)” [videostill].

Un vistazo al catálogo de la exposición (el cual se puede adquirir en Revolver Publishing) es suficiente para constatar que se dedica tanto espacio a los trabajos gráficos como a ensayos en los que se reflexiona, por citar someramente, sobre las implicaciones del tratamiento artístico de este fenómeno, sobre la feminidad y la migración de la mujeres zimbabweñas, los refugiados y los asentamientos en Uganda o las esperanzas y peligros de la migración. Es harto difícil mostrar aquí todas las propuestas, no sólo por su cantidad y heterogeneidad sino también porque muchas se apoyan en medios audiovisuales, exigen interacción y adquieren sentido pleno en el contexto de la exposición.

Photographic process, C-Print on Fabriano 100% cotton paper, courtesy of the artist.

Cubierta del catálogo con la obra de Berry Bickle “Makokoba”.

Este nutrido evento toma su título de una expresión en luganda, idioma predominante en el centro de Uganda pero también comprensible en swahili y en todo el este subsahariano del continente. Hace referencia a una tradición premarital que consiste en que la novia ha de llevar, tanto a su nueva familia como a su familia de origen, una cesta cargada de regalos como símbolo de prosperidad. Metafóricamente, la cesta representa las esperanzas y la bonanza, pero también las frustraciones y el desengaño que son parte indisoluble de todos los fenómenos migratorios. Además, como añadido, deja ver las repercusiones que los movimientos de población tienen sobre el género.

Cada exposición se complementa con exhibiciones puntuales centradas en la región donde se celebra y con un programa que impulsa el diálogo transnacional entre artistas emergentes, activistas, organizaciones locales y centros educativos (desde colegios hasta universidades). A diferencia del enfoque habitual de esta temática (centrado con frecuencia en el tránsito) los trabajos aquí expuestos meditan sobre aspectos menos visibilizados: las iniciativas de los migrantes en espacios ajenos y desconocidos, las formas de cohabitación a nivel local y los procesos socio-políticos tendentes a la violencia y la xenofobia.

Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket es posible gracias a la asociación de instituciones tanto alemanas como africanas: está financiado por TURN fund, fundación cultural alemana que apoya proyectos de intercambio artístico entre los países africanos y Alemania; el European Master Migration and Intercultural Relations (EMMIR) y el Centre for Interdisciplinary Research on Women and Gender (ZFG), ambos de la Universidad Carl von Ossietzky de Oldenburg, Alemania; la National Gallery of Zimbabwe en Harare; la asociación Makerere Art Gallery / Institute of Heritage Conservation and Restoration en Kampala, Uganda; y la Municipal Art Gallery de Bremen, Alemania. De igual modo, africanos y europeos son también sus comisarios: Raphael Chikukwe, Katrin Peters-Klaphake, Ingmar Lähnemann y Anna Kućma (también directora creativa del Uganda Press Photo Award, sobre el que ya hablamos aquí).

Patrick Kwambi Kabeya, poeta congoleño refugiado en Tongogara, Zimbabwe, recita en la inauguración en Harare. Fotografía de Kwenda Kumbirayi.

Patrick Kwambi Kabeya, poeta congoleño refugiado en Tongogara (Zimbabwe), recita en la inauguración en Harare. Fotografía de Kwenda Kumbirayi.

La nómina de artistas que participan en Kaboo ka Muwala – The Girl’s Basket es amplísima: veinte creadores en gran parte africanos, arriesgados, experimentales y que demuestran carecer de los prejuicios que a menudo se tienen sobre la transversalidad en las artes visuales.

Las coordenadas para el planteamiento que nos ofrece Kaboo ka Muwala son la movilidad en, desde y hacia África del este y del sur. Pero decíamos al principio que la perspectiva de Kabbo ka Muwala no es académica en sentido estricto: no es un análisis etnográfico ni una reflexión socio-histórica sobre la migración. Esto comporta que la exposición no se arroga la convicción de ser el mejor o el único medio para interpretar el fenómeno, sino que abre camino a diferentes vías de comprensión desarrolladas por expertos, artistas y activistas conscientes de que nos movemos en una época de límites difusos, sentimientos de pertenencia ambiguos y cambios globales. Motivados por este afán de indagación, los organizadores han fundamentado este evento sobre tres puntos de partida:

– La migración entendida como flujo continuo

Pues todo movimiento migratorio conlleva iniciativa, empuje, esperanza pero también exilio, violencia y xenofobia. Con este criterio se remarca que la complejidad de este hecho social excede las categorías que intentan simplificar la migración y que funcionan, habitualmente, como dicotomías: legal/ilegal, voluntario/forzado, temporal/permanente, etc. Dicha concepción se propone también como una oposición a la arbitrariedad con la que las instituciones a menudo entienden la migración, habida cuenta de cómo intentan encajarla en estructuras sociales de por sí rígidas. Las propuestas de los artistas Victor Mutelekesha y Miriam Syowia Kyambi toman esta línea.

Victor Mutelekesha, "Not yet There". Escultura y videoinstalación.

Victor Mutelekesha, “Not yet There”. Escultura y videoinstalación.

– Las experiencias en la diáspora

Ya que muchos de los participantes crean desde su experiencia como migrantes. La Sudáfrica de después del apartheid sigue siendo un lugar fértil en cuanto a creación artística: los artistas deben conjugar migración, alienación y xenofobia. Esto podemos verlo tanto en autores sudafricanos (Jodi Bieber) como en aquellos que conocen de primera mano la migración o en aquellos otros que han regresado a su lugar de origen (Mimi Cherono Ng’ok). Por otro lado, artistas como Kiluanji Kia Henda tratan con ironía a los migrantes que alcanzan los países europeos, lugares considerados “civilizados” por el canon social. Yendo más allá de las fronteras intra-africanas, Emma Wolukau Wanabwa combina fotografía, vídeo y texto para exponer la historia de los miles de polacos que se asentaron en Uganda entre 1942 y 1952.

Jodi Bieber, "Operation Crackdown", Hillbrow, Johannesburg. Serie "Going Home - Illegality & Repatriation"

Jodi Bieber, “Operation Crackdown”, Hillbrow, Johannesburg. Serie “Going Home – Illegality & Repatriation”

– La ética y la estética que nace del contacto fronterizo constante

La permeabilidad de las fronteras dentro de África y la movilidad constante crean posturas políticas, militares y también, como consecuencia, dilemas éticos. Tales dilemas éticos suscitan, a su vez, posiciones estéticas y distintas formas de acercarse a los problemas desde la perspectiva artística. La intervención de Thenjiwe Nkosi y Meza Weza (creadores de The Border Farm Project) aborda los conflictos fronterizos entre Zimbabwe y Sudáfrica.

Como proyectos colectivos que forman parte de este evento hemos de mencionar a NavikArt, proyecto creado en 2014 y radicado en el campo de refugiados de Nakivale, en el sudoeste de Uganda. En estos dos años intenta ayudar a los jóvenes a encontrar una vía de desarrollo mediante la expresión artística.

Katrin Peters-Klaphake y Raphael Chikukwa muestran la exposición a la prensa. A la derecha, la instalación de Immy Mali; al fondo, una fotografía de Miriam Syowia Kyambi. Kampala, Uganda.

Katrin Peters-Klaphake y Raphael Chikukwa muestran la exposición a la prensa. A la derecha, la instalación de Immy Mali; al fondo, una fotografía de Miriam Syowia Kyambi. Kampala, Uganda.

Kabbo ka Muwala – The Girl’s Basket ya ha pasado por la National Gallery of Zimbabwe, en Harare; desde el 14 de abril hasta el 12 de junio puede visitarse en la Makerere Art Gallery en Kampala, Uganda (ved aquí parte del evento en vivo); y desde el 24 de septiembre hasta el 11 de diciembre se exhibirá en la Städische Galerie de Bremen, Alemania. El evento puede seguirse por las redes sociales:

Facebook: Kabbo Ka Muwala Exhibition Walkout

Twitter: #KabboKaMuwala

“El baobab que enloqueció”: Exilio, identidad y experiencias de supervivencia de una mujer africana en Europa

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3ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Bárbara Benito Mollá

Ken Bugul, pseudónimo de la escritora senegalesa Mariètou Mbaye Biléoma y autora de El baobab que enloqueció (1982), fue una de las primeras escritoras africanas que abordó el hecho de escribir desde una perspectiva autobiográfica, reflejando en su obra sus propias experiencias vitales y sus conflictos interiores.

En esta obra, la escritora relata sus vivencias en Europa tras conseguir una beca para proseguir sus estudios en el continente de “sus antepasados los galos”, concretamente en Bélgica, relacionándolas y plasmándolas en base a la dicotomía que establece entre  las vivencias de la niñez y la juventud en su África natal, en la localidad senegalesa de Ndoucomane, y las que experimentará en Europa.

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La protagonista de esta novela decide marcharse a estudiar al extranjero, a Europa, más como una forma de exilio voluntario cuya finalidad es averiguar quién es, definir su identidad, que para proseguir su formación. Educada en el sistema francés, organizado desde una perspectiva neocolonialista y fundamentado en la aculturación Ken vive escindida entre sus orígenes, representados por su pueblo natal y la familia, y la cultura impuesta por el sistema educativo francés, que trasmite a su alumnado los valores e ideología occidentales  alejando de su propia historia y su cultura a aquellos que se forman en sus centros.

ken_bugul3El abandono de la madre en su infancia y la relación falta de intimidad y confianza que mantiene tanto con ella como con el padre y el resto de su familia, el alejamiento de su cultura nativa, derivan en un profundo sentimiento de desarraigo. Por ello, parte hacia Europa en busca del descubrimiento de sí misma, de aquello que ella representa, en un exilio a través del que espera encontrar todo lo que le es negado en su ambiente familiar y su país de origen. En definitiva, Ken se exilia en Europa para reconocerse a sí misma pensando que en el lugar que en la escuela le han trasmitido como el de sus antepasados hallará la solución al desasosiego y el vacío existencial que se alojan en su interior.

Este viaje, sin embargo, no representará lo que la protagonista de la novela deseaba. Ken se verá envuelta en una serie de vivencias que simbolizarán una prolongación del sentimiento de abandono, soledad y desorientación que la acompañaban a su llegada, que no encontrarán una solución en la sociedad europea y que la sumirán en una espiral de autodestrucción.

En el exilio europeo se sucederán y sobrepondrán distintas experiencias que van sumiendo a la protagonista en un estado de caos cada vez mayor. Para sobrevivir en una sociedad y cultura que se le revelan ajenas y que no la reconocen como parte de ellas, Ken intenta buscar refugio en relaciones que le proporcionan  todo aquello que le había negado su madre en la infancia, África, en definitiva, en el consumo de alcohol y otras drogas que la ayudan a evadirse y sobrellevar  los acontecimientos y, finalmente, en la prostitución.

ken_bugul2En este exilio, Ken apenas mantiene contacto con otros miembros de su comunidad de origen y se conciencia de su falta de singularidad dentro de esta sociedad para la que todos los africanos son iguales, una sociedad en la que los ciudadanos africanos y sus diferencias se desdibujan. Para sobrevivir y afrontar la decepción que supone enfrentarse al hecho de que ella no es parte de esa cultura europea en la que fue educada en y por la escuela, la protagonista de esta novela se entrega a relaciones que desembocan en el acrecentamiento de su insatisfacción y que no le proporcionan la tranquilidad espiritual que necesita.

Asimismo, Ken experimenta el racismo de la sociedad europea, que sólo la reconoce como individuo en función de su exotismo como mujer extranjera y exótica, como un objeto de distracción. Este imaginario pone el acento en el hecho de que es negra y se le presuponen ciertas características por ello, situación que la conduce al exhibicionismo y el escándalo como mecanismo de reafirmación personal.

En este entorno, sólo la locura es posible como medio de supervivencia y sólo en ella es posible vislumbrar una salida. A raíz de la decadencia en la que se sumerge puede reunir la fuerza suficiente para reaccionar y salir de esa situación de letargo e indefinición. Al final de la novela, en el punto álgido de su declive, la vuelta a los orígenes y  el reencuentro con África y con su tradición son las salidas salvadoras y que pueden conducir al verdadero descubrimiento de quién es ella.

África: banda sonora 2015 (VII)

Portada del primer álbum de Loh! Kouyaté, Loundo (2015).

Portada del primer álbum de Moh! Kouyaté, Loundo (2015).

Proveniente de una família de griots de Conakry, Moh! Kouyaté ha consagrado toda su vida a la música. Desde que a los doce años su abuela le regalara un pequeño ukelele hecho a mano que compró en el mercado y se pusiera a tocar de forma totalmente autodidacta, Moh! decidió dedicarse profesionalmente a la música. Pero cuando, en 2003, Corey Harris y Martin Scorsese grabaran The Blues, Feel Like Going Home de Mali al Mississippi, a Moh! Kouyaté se le abrieron de par en par las ventanas de la industria al otro lado del Atlántico. En 2006 se iría de gira por Estados Unidos con su balafon, instrumento mandinga, y su guitarra. A la vuelta, se estableció en París, y trabajó en bandas de músicos de la talla de Fatoumata Diawara o Sia Tolno. Y a principios de año, por fin, editó su primer larga duración: Luondo (Foli Son / L’Autre Distribution, 2015).

Luondo, que significa ‘un día’ en malinké, nos desgrana los secretos del éxito de un joven músico guineano que es un embajador más de la música africana fuera de África. Luondo, es casi una compilación de los sonidos que han acompañado al artista desde hace casi dos décadas. A T’en vas pas ça va pas, una canción dedicada a la migración y la reacción de aquellos que hay que dejar atrás, se le suman la balada rock Luondo, el afrobeat de Yarré o el single principal de su álbum, Yéllé. Un disco que expresa la diversidad cultural de un músico que utiliza soussou, malinké, djahanké, pular o francés para hablar sobre la vida en el exilio, la lucha para tirar adelante o la dureza de la vida lejos de casa. Pero que reboza todas sus piezas con un barniz especial de optimismo y esperanza que se puede leer entre líneas en la entrevista que nos ofrece en exclusiva.

Guinea es un país con una gran producción musical. ¿Cuáles son tus músicos preferidos?

Podría mencionar muchos. Por supuesto Mory Kante, Bembeya Jazz, y su líder guitarra Sekou Bembeya o Ousmane Kouyaté, guitarra líder de Salif Keita o Sory Kandia Kouyaté que murió a principios de los años 70, y que hacía magia con su música.

Con la actividad musical frenética que tienes desde hace ya una década, ¿por qué has tardado tanto tiempo en lanzar tu primer disco?

Al llegar a Francia, el hecho de que provengas de un país africano, hace que se te considere como un principiante, tengas el bagaje que tengas. Así que, me tomó tiempo encontrar las personas correctas, hacer bien la producción, etc. Aunque de todos modos, yo quería hacerlo lo mejor posible, sin prisas.

… ¿Como principiante? Tu carrera como músico no era solo dilatada sinó que te habías estado codeando con la crème de la crème de la música africana establecida en París, ¿no?

No solo esto. Con mi banda, Conakry Cocktail, que fundé en 2002, toqué en todos los lugares posibles de la capital guineana. En grandes hoteles y clubs. Fue un trabajo duro pero muy feliz, con mis hermanos, como Petit Kandia o Ba Cissoko. Después de esto, ya en París, acompañé a Fatoumata Diawarra y a un montón de otros músicos. Empecé a realizar algunos shows en París, para ampliar mi propio público, paso a paso. Me tomó mucho tiempo generarme una audiencia, por eso tardé tanto. Pero a día de hoy, estoy muy satisfecho de la acogida que tengo en Europa.

Hablando de tu trabajo en Conakry. Tu carrera está muy ligada a la tradición griot de tu familia. Eres considerado un elemento muy importante en una generación de artistas africanos que mezclan tradición con modernidad. ¿Cómo es este encuentro para tí? 

Decimos “djeli” en realidad. Griot es una expresión francesa. Ser un djeli significa que recoges los valores culturales del patrimonio de la familia. Los djeli facilitan que la gente viva en armonía, promovemos la solidaridad, y con las canciones nuestro objetivo es educar y consolar al pueblo ante cualquier tipo de conflicto. Se puede hacer de una manera moderna, con instrumentos electrificados. Eso es lo que trato de hacer, llevar la tradición a través de un discurso moderno.

¿Y en quién te inspiras para conducir tus mensajes tradicionales a través de lenguajes modernos?

En primer lugar, en todos los grandes músicos Mandinga como Ousmane Kouyaté o Sekou Bembeya. George Benson es una de mis influencias más importantes. Fue una revolución para mí escuchar su música por primera vez. Ben Harper, también es una importante fuente de inspiración. Y muchos más, BB King, Carlos Santana … Por supuesto Jimi Hendrix, pero éste es demasiado!

¿Y cómo es tu vida en París? ¿Como consigues conciliar tu parte guineana con tu parte francesa? 
Hoy en día, vivo entre dos mundos. Tengo un pie con amigos y músicos franceses (mi baterista y bajista son franceses, vienen del mundo del rock, el pop y la música de jazz), y otro pie en el mundo guineano, con hermanos y amigos guineanos establecidos en París que también se dedican a hacer música. Me gusta vincular estos mundos, que están separados pero se encuentran en la misma ciudad. Así que intento acercarlos. Esa es mi vida diaria!

¿Y te gustaría volver a Guinea? ¿Crees que tu carrera se podría desarrollar en casa?

Vuelvo a Guinea casi una vez al año. Lo necesito. Pero es absolutamente imposible vivir en Guinea si solo puedes tocar a nivel local, incluso si solo puedes tener conciertos en África. Es por eso que la mayoría de músicos africanos profesionales viven en Europa, o en otras partes del mundo, sea en el Sur o en el Norte. Espero poder ayudar a desarrollar contextos profesionales con el fin que sea más fácil para los artistas trabajar y ganarse la vida con la música. Pero necesitamos construir salas de conciertos, estudios, organizar mejor la recogida de dinero a partir de leyes realistas para proteger los derechos de autor…

¿Crees que por culpa de la mala gestión de los estados y por la falta de protección de los artistas, África está perdiendo a su talento local?

África no pierde su talento, simplemente el talento africano está obligado a llevar su música a otras partes del mundo para poder vivir de ella. A veces es un trabajo muy duro. Tocar debe ser solamente algo que los artistas hacen, pero no como necesidad, lo que sucede en la actualidad. Solo tenemos una elección, movernos fuera de África como yo hice. Pero creo que mi experiencia podrá ayudar a los artistas locales algún día! Le debo mucho a mi país, a mi cultura mandinga!

Sin embargo, África está llena de músicos y de programadores y emprendedores del sector que se arriesgan a invertir dinero en ello. Quizás no en Conakry pero tenemos varios ejemplos de ciudades donde el negocio de la música funciona muy bien como en Lagos, Johannesburgo o Dakar. ¿Crees que eso que decía Obama en su última visita en Nairobi y Addis Abeba, de que “No tenéis que hacer lo que hizo mi padre y dejar vuestros hogares para obtener una buena educación y acceso a oportunidades. Debido a vuestro progreso, debido a vuestro potencial, podéis construir vuestro futuro justo aquí, justo ahora”, empieza a hacerse realidad o todavía es una utopía? 

Bueno, excepto, quizás, ciertos casos como Senegal, en la parte central y occidental de África, todos los músicos que viven exclusivamente de la música es gracias a sus giras por el Norte o gracias a haber firmado con grandes empresas o discográficas. Estamos llenos de esperanza para el futuro y somos conscientes de nuestras potencialidades. Pero, en la actualidad, puedo afirmar que no es posible vivir de la música en África occidental sin trabajar en el extranjero, si no es de forma permanente, al menos de vez en cuando. Con la venta de CDs, por ejemplo, no hay suficientes leyes u organizaciones que protejan la industria de la música a nivel panafricano. Y en referencia a los conciertos y actuaciones, falta una infraestructura potente. Todos somos igual de optimistas que el presidente Obama, todos sabemos que han habido muchas mejoras en la industria, pero el objetivo aún no se ha hecho realidad. No es que crea que se trate de una utopía, es solo una cuestión de tiempo que encontremos la fórmula que nos permita desarrollar las cosas de una manera realmente productiva para los artistas africanos”.

“No somos nuevas-catalanas”

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The Sey Sisters. Foto: Elisabet Mateu.

The Sey Sisters:

un trío vocal catalán de raíz ghanesa que se niega a ser etiquetado bajo rótulos como el de “nuevos-catalanes”

Las hermanas Edna, Yolanda y Kathy, conocidas artísticamente bajo el nombre de The Sey Sisters, se han convertido en uno de los conjuntos vocales más emblemáticos del momento en Cataluña. Combinando sus carreras musicales con sus quehaceres teatrales, hacen del gospel la brocha con la que pintar el día a día. Junto a un joven pianista, Albert Bartolomé, las tres catalanas de origen ghanés participan en multitud de proyectos musicales en España, abriendo el jazz o el pop a distintos universos sonoros.

“The Sey Sisters venimos de diferentes ramas artísticas. Kathy y Yolanda Sey se han formado en Teatro Musical, en la Escuela Superior de Arte Dramático Eòlia en Barcelona. Edna y Albert provienen del entorno musical, cursando sus estudios en Badalona y Barcelona respectivamente”, nos cuentan.

Originarias de Ghana, se confiesan amantes de un continente del que se sienten deudoras e hijas. “Ahí tenemos toda nuestra familia, tios, primos, abuelos… Ahí están nuestras raíces, nuestros orígenes y aunque no podamos ir tan habitualmente como desearíamos, los orígenes nunca se olvidan: el ritmo, las canciones que nuestros padres siempre nos han cantado, colores, vestidos… Llevamos Ghana en nuestro corazón!”, confiesan las tres jóvenes afrocatalanas. 

Portadoras de un gospel profundo, Edna, Yolanda y Kathy se confiesan devotas de un estilo ligado a los antiguos esclavos estadounidenses y a la lucha por las libertades y los derechos de los negros.  “Nuestras canciones hablan de Dios, de su grandeza, de su amor, de como él lo puede todo. En cada concierto intentamos que el público conecte con el espectáculo a través de la trasmisión del mensaje, e intentamos transmitir el mensaje implícito de superación de obstáculos, de solidaridad y de positividad de las canciones y, sobre todo, de LIBERTAD ya que en contraposición de la esclavitud (que es de donde surgen las canciones) ellos deseaban, luchaban y anhelaban una libertad que les fue arrebatada durante demasiado tiempo contra su voluntad. Por lo que nosotras, que somos libres, debemos agradecer lo que tenemos y disfrutarlo”, declaran. Aunque les encanta mezclar estilos que provienen del gospel, de raíz afroamericana. “La verdad es que somos personas bastante eclécticas y nos gusta escuchar música muy diversa. Como formación, nuestras bases son el soul, el funky, el r&b, el jazz… Pero personalmente, nos gusta toda la música creativa, variada, con mensaje y en todos los idiomas. Amamos esta forma de expresión en toda su esencia”.

Ante definiciones trazadas de forma eurocentrista y etnocentrista, las jóvenes catalanas rehúsan caer en etiquetas vacías basadas en el color de la piel. “¿Qué significa “nuevo catalán”? Algo nuevo es algo que se crea de cero, algo que no existía y de pronto algo lo crea y se convierte en una realidad. Ser un “nuevo catalán” no es lo que somos nosotras ni creemos que son las inmigrantes que vienen a vivir a Cataluña. Nosotras somos catalanas porque es donde hemos nacido (Kathy y Yolanda), donde nos hemos criado y donde nos hemos formado como cantantes y como artistas. Y no hace falta crear un concepto para clasificar a las personas. Las personas que vienen de fuera para buscar una vida mejor, una nueva oportunidad, y se establecen aquí, serán catalanes o españoles, o lo que quieran ser, no es necesario poner el adjetivo “nuevo”, reivindican.

La palabra migración, a menudo, se convierte en un estigma para las segundas y terceras generaciones de españoles de origen africano. Jóvenes como las Sey Sisters tienen claro que se trata de estereotipos y de construcciones sociales basadas en el miedo a la diferencia de cualquier tipo. “Nosotras le pediríamos al gobierno, que recordara años atrás cuando eran los españoles los que buscaban asilo y nuevas oportunidades en otros países. Que pensaran en cómo les hubiera gustado a ellos que trataran a sus compatriotas, cómo les hubiera gustado que recibieran a “su gente”. Porque tenemos la impresión que este gobierno, los políticos en general, sobre todo en España, no tienen memoria histórica y se les olvida muy rápido de donde vienen y porqué situaciones han pasado”, reiteran.

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The Sey Sisters. Foto: Elisabet Mateu.

Con Ghana en el corazón:

“Nuestro padre tocaba música afrobeat y highlife en unas de sus bandas Songhai y estamos muy orgullosas de anunciar que con nuestra otra banda, Funkystep & The Sey sisters, estamos componiendo un par de temas en los que se une nuestra influencia de música africana y el funky y soul que caracteriza la banda. ¡Estad atentos a nuestras redes sociales!”, nos advierten las hermanas. Aunque su actual presencia en diferentes grupos nacionales de Funk, Soul, Jazz o hasta música jamaicana no hace más que aumentar. Este es el caso de sus colaboraciones con bandas como la potentísima bigband The Gramophone Allstars, con la que colaboran desde hace algunas semanas.

Y aunque se muestran entusiasmadas con lo que consideran su segundo hogar, Ghana, The Sey Sisters no han tocado nunca en el continente. “De momento no creemos que haya llegado a Ghana nuestra música. Sí que nuestro entorno familiar y amigos de allí están al corriente de lo vamos haciendo y gracias a las nuevas tecnologías e Internet pueden escuchar nuestra música. Pero aún no hemos tocado allí nunca, aunque nos haría mucha ilusión poder hacer un gira de conciertos por Ghana, seguro que sería muy especial. Pero de momento, no está planeado a corto plazo. Quizás en un futuro…​”.

Vistiendo telas del África Occidental en todos sus espectáculos, las hermanas Sey reivindican el orgullo de sus raíces ghanesas y rinden su particular homenaje al latido africano que las mueve. “Mezclando vestidos de telas africanas y estética europea,con la ayuda de la gran diseñadora Florance de Goly creations, pretendemos demostrar que la ropa africana se puede llevar en cualquier país”, reivindican.

En España, donde el contacto con el continente africano ha sido mucho menor que en otros países europeos como Francia, Gran Bretaña, Portugal o Alemania, los estereotipos acerca de la comunidad negra siguen siendo muy profundos. Sin embargo, las hermanas Sey están encantadas del trato recibido en Cataluña. “La gente y el entorno donde trabajamos están muy receptivos y, en realidad, nos reclaman un disco para inmortalizar lo que ven en los espectáculos. Estamos muy orgullosas de anunciar que pronto será posible, no podemos decir fechas, pero tenemos unas ganas locas”, reconocen.