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La nueva era de los videojuegos africanos

Las artes gráficas llevan ya varios años dando mucho de qué hablar en el continente africano. Y es que el arte digital permite la innovación hasta límites insospechados en todos los ámbitos de nuestra vida, así como la combinación de diferentes disciplinas. Su flexibilidad ha permitido aplicarlo a casi a todas las artes visuales, como la realidad virtual o el Net.art, pero también a otras creaciones como los videojuegos.  Sí, los juegos también forman parte del ocio de los jóvenes y no tan jóvenes a lo largo y ancho del continente y, aunque pueda parecer un poco frívolo, también ayudan a reconstruir la imagen de África.

Hasta la pasada década la creación de juegos parecía monopolio de las empresas de los países desarrollados. Esas compañías elegían los argumentos y la imagen de los personajes pero también los escenarios donde se desenvuelven las historias que quieren contar. Algunos juegos incluso tenían como marco algún destino exótico o algún país africano. Desde los clásicos de la década de 1990, entre los que se encuentran el ‘Rey León’ o ‘Faraón’, hasta las series más conocidas como ‘Call of Duty’, ‘Assassin’s Creed’ o ‘James Bond’ han optado por recrear escenarios africanos.

No obstante, la década pasada dio un vuelco a la situación cuando en diferentes países de África comenzaron a surgir estudios y empresas dedicadas a la creación de videojuegos en los que sus protagonistas y sus héroes mantienen rasgos de las culturas africanas, utilizan la tradición y vestimentas típicas, y no sólo relatan sus propias historias si no que, además, en ocasiones incluso permite a la persona que juega enfrentarse a los problemas del día a día a los que puede enfrentarse una persona de alguno de estos países del continente. A la cabeza de este sector se encuentran Egipto, Nigeria, Sudáfrica, Argelia, Marruecos o Kenia, pero en diferentes rincones esta tendencia se está consolidando. El caso más conocido es sin duda el del estudio Kiro’o Games, que vivió su propio boom con el lanzamiento del primer juego de rol creado en Camerún: ‘Aurion: the legacy of Kori-Odan’.

 

Estos videojuegos, a través argumentos y contenidos muy diversos, ayudan a ampliar y a difundir mitos, tradiciones e historias propiamente africanas, ofreciendo a nivel global juegos únicos, con narrativas producidas localmente. Pero no es sólo la diversificación de historias, sino la posibilidad de que gamers de estos países puedan sentirse de alguna forma visibilizados, al utilizar avatares de superhéroes africanos como ocurre en ‘Tales of Hassan’, lanzado en 2014.

Por otro lado, si en origen los juegos nacieron con un formato específico para ordenadores y videoconsolas para después conquistar otros dispositivos como tablets y móviles, en África la mayor parte de ellos se crean directamente para móviles ya que son más accesibles, cómodos y baratos por norma general en el continente. Algunos incluso pueden ser útiles a un nivel educativo, como el ya conocido ‘Mosquito Hood‘ que fue lanzado en Kenia ya en 2015; o el videojuego de simulación política Democracy 3 Africa’, que ofrece la posibilidad de convertir al jugador en primer ministro y empezar a administrar  cualquier país del continente. Además, para los que prefieren los juegos de acción, ‘Nairobi X’ permite defender la capital de Kenia de una invasión alienígena con un género clásico como es el ‘First Person Shooter’ (FPS).

 

Obviamente, cada vez es más complicado para los diseñadores y los estudios gráficos hacerse un hueco en el mundo de los videojuegos, donde las grandes corporaciones monopolizan el sector. Sin embargo, los juegos con sello africano se han hecho ya un hueco en el continente y nada les niega la oportunidad de llegar a más público demostrando que la creatividad y la innovación son un todo inseparable de la expresión digital en África.

Chiké Frankie Edozien: “Estamos aquí, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”

Chiké Frankie Edozien rezaba de joven por una novia. Iba a confesarse. Era la década de los 90 y chicos teniendo sexo con otros chicos era algo impensable. El sacerdote le animaba a reprimir lo que sentía. Pero nunca lo consiguió. Dejó su Nigeria natal y pasó por Londres. Finalmente se asentó en Nueva York donde reside en la actualidad. Después de años de lucha era el momento de vivir una vida honesta, gay y libre.

Chiké Frankie Edozien en la presentación de “Lives of Great Men” en el festival Africa Writes 2018 / Foto: Iván González

Lives of Great Men (Team Angelica) es el relato personal de Edozien. Un crónica que no sólo pone el foco en su vida privada sino que da voz a sus amigos, conocidos y transeúntes para desmantelar la idea de muchos de que no existe una comunidad LGTBIQ en África.

¿Es la homosexualidad algo importado de Occidente?, pregunto en nuestro encuentro en el festival literario Africa Writes donde Edozien presentó sus memorias. “La palabra homosexual se centra en el sexo. En África lo vemos desde el sentido más espiritual por lo que quizás la homosexualidad es una importación occidental en cuanto a la palabra pero definitivamente no en relación a la gente del continente que es gay, lesbiana, bisexual, transgénero… Incluso estas palabras son extranjeras para nosotros pero no su significado y su esencia”, responde.

Esta memoria gay, que recientemente ha recibido el premio literario Lambda 2018, es un recorrido por distintas partes del continente africano. Lagos y Accra cuentan con mayor presencia en un texto que nos lleva a Brooklyn, París, Hout Bay (Sudáfrica) e incluso a las inmediaciones de Edimburgo. Las historias que Edozien comparte son inocentes, cómicas y sexis. Pero también desvelan los miedos, las frustraciones y el dolor de la comunidad gay.

Lives of Great Men, que se publicará en Nigeria y Sudáfrica en las próximas semanas, es un canto contra el ostracismo. Es un homenaje a los que luchan por una forma de ser y no una simple preferencia. “Si esto fuera una opción, para qué arriesgar que las leyes nos metan en la cárcel. Nos están forzando a elegir una vida que no es nuestra. [Ser gay] Es una identidad. Es quien soy”, argumenta el escritor.

El libro intenta cambiar la narrativa impuesta en el continente y da voz a aquellos que no pueden, por presión social, vivir su propia identidad.

Edozien se liberó de las ataduras culturales y sociales cuando dejó Nigeria. Tuvo el apoyo de su familia aunque le costó ganarse la aceptación de su padre. Pero esto no es una posibilidad para mucha gente y el libro cuenta con innumerables casos de hombres gais que tras sus escarceos amorosos vuelven a sus vidas. A sus esposas.

Muchos gais en el continente se escudan en el matrimonio. Es una forma segura de esquivar la homofobia y hacer lo que se espera de ellos: casarse y tener descendencia. “En mi sociedad, el matrimonio no siempre es por amor. A veces es por conseguir una propiedad, por obtener un ascenso, por presión familiar. A veces es por supervivencia. Y tan terrible como lo es para los hombres, es aún peor para las mujeres africanas”, explicó Edozien en Africa Writes.

La visibilidad y el rechazo a la homosexualidad como una cuestión meramente sexual son clave, según reconoce Edozien, para combatir la superficialidad de un tema enquistado en diversos países africanos.

Su texto es la primera memoria gay en Nigeria y abre la puerta a otros trabajos como la antología de mujeres queer She Called Me Woman publicadada recientemente por Cassava Republic. “Cuanto más se publique mejor. Es el camino para el cambio y creo que se expandirá a la industria cinematográfica. Nadie puede decir que no conoce a nadie que sea gay”, dice.

El trabajo de las industrias creativas del continente es la vía para la normalización de la comunidad LGTBIQ. Edozien se confesaba al sacerdote porque en los 90 los jóvenes crecían, se casaban y tenían hijos. Sólo sabía que su mejor amigo y él eran “diferentes”. “Espero que los jóvenes abiertamente gais no tengan la carga que mi generación tuvo cuando no había ningún tipo de representación de la diversidad sexual”, explica el escritor que asegura recibir muchos mensajes pidiendo consejos. Les aseguro que no hay nada malo en sentir lo que sienten y que quieran tener un novio en vez de una novia. Elige sensatamente, les digo”.

Chiké Frankie Edozien en una foto cortesía del autor

Lives of Great Men surge como una respuesta a las legislaciones homofóbicas de distintos países del continente. En 2014 el gobierno de Goodluck Jonathan aprobó una legislación contra el matrimonio homosexual en Nigeria. Las medidas represivas seguían la estela de Uganda y Ghana donde estas leyes llegaron arropadas por la embestida del cristianismo evangélico que azota el África subsahariana.

“No vamos a ganar esta guerra luchando con las mismas armas. Hay que combatir para ganar corazones y mentes a través de la cultura pop, de la literatura, del cine… para que la gente piense por sí misma”. Una fórmula que también ayudará a padres y familiares: “Pueden leer estas historias personales e íntimas y entender que sus hijos son diferentes y no demonizarlos”

En muchos países es muy fácil culpar a la comunidad LGTBIQ de los problemas económicos y sociales, reconoce Edozien que advierte cómo el discurso político se endurece principalmente en las campañas electorales. Sin embargo, el escritor se muestra optimista y mientras conversamos recuerda la celebración del primer Orgullo en Suazilandia.

“El coraje que se ha mostrado en Suazilandia no se ha visto en el colectivo LGTBIQ en mucho tiempo y es algo que me entusiasma a pesar de lo pequeño que es el movimiento. Es una manera de decir que estamos aquí, somos diferentes, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”, sentencia.

Reivindicación feminista e historia de Nigeria, dos en uno

Quédate conmigo tiene el regusto de las grandes novelas escritas por mujeres en las postindependencias. Tiene ese regusto, pero aporta un sabor renovado. Remite a títulos como Mi carta más larga, de Mariama Bâ o El baobab que enloqueció, de Ken Bugul, en cuanto a esas historias de mujeres que reúnen en una sola persona todos los sufrimientos femeninos. En realidad se trata de mujeres fuertes, también Yejide, la protagonista de Quédate conmigo, lo es, pero parece que sus vidas están destinadas a atraer la desgracia, toda la desgracia.

La escritora nigeriana Ayobami Adebayo. Foto: Eniola Alakija / Cedida

En relación a esos referentes, la joven autora nigeriana Ayòbámi Adébáyò, ha renovado considerablemente la forma de narrar, en parte el lenguaje que seguramente al lector le resultará mucho más próximo, pero sobre todo la estructura de la historia. En Quédate conmigo, dos narradores van contando la misma historia, en ocasiones, incluso, los mismos pasajes y así la aproximación a los personajes resulta más rica, desde su propia intimidad, pero también a partir de cómo otro, alguien muy próximo, interpreta sus acciones. De la misma manera, la escritora ha decidido enmarañar el hilo temporal para mantener hasta el último momento el misterio sobre algunos de los pasajes del relato. La operación es un riesgo, evidentemente porque se aleja de la forma más habitual de leer las historias, pero se puede decir que Adébáyò lo resuelve con éxito, ha demostrado la capacidad de mantener al lector junto a los protagonistas y, al mismo tiempo, jugar con él para dosificar los detalles más determinantes.

En realidad, Quédate conmigo se va desplegando como la historia del calvario de Yejide, una joven nigeriana para la que más allá de su noviazgo con Akin la vida es sufrimiento. El relato se desarrolla durante más de veinte años, pero el entorno político juega un papel especial en los hecho que coinciden con los sobresaltos de los primeros años ochenta y, sobre todo, alrededor del golpe de estado militar de Ibrahim Babanguida. En un momento, incluso la protagonista reconoce el paralelismo entre el país que se está deshaciendo y su vida que, simultáneamente, se desmorona por momento.

Yejide soporta el peso de todos los males que afrontan las mujeres de esa época y de ese lugar, la Nigeria de la década de los ochenta, a pesar de que ella pertenece a la capa social de los acomodados. Seguramente, la elección del personaje tiene mucho que ver con la voluntad de la autora que no sitúa todos estos obstáculos colocados en el camino del desarrollo femenino en un entorno rural, sino en un contexto de familias bienestantes. A través de la protagonista, vemos el impacto que supone la aparición de una segunda esposa, para una mujer que ha asumido un modelo de amor romántico y considera que junto a su marido forma una familia completa.

La hipocresía y el machismo que lo contamina todo son una nota constate en la desventurada historia de Yejide y también de su marido. La incapacidad para concebir es atribuida inevitablemente a Yejide, pero la presión de la familia para aumentar la familia les apremia a ambos. La joven había encontrado en el noviazgo con el apuesto y atento Akin, su primer espacio de plenitud, después de haber sobrevivido en el parto a su madre, de haber tenido que vivir con la sombra del resentimiento del padre y con la marginación y el desprecio por parte de sus madrastras. “Antes de llegar a la adolescencia, aprendí a desconectar de sus espeluznantes descripciones de cuánto sangró, pero nunca superé la forma en que me miraba cunado hablaba de su muerte, como si estuviese evaluando, intentando decidir si yo equivalía a lo que él había perdido”, explica la protagonista. Pero a medida que la presión de la familia aumenta empieza a consolidarse una acción subterránea, las mentiras, los manejos, los planes ideados como geniales que sólo pueden llevar al más absoluto desastre.

Llegan los niños y se incrementan las desgracias, aparecen pesadas losas como las de algunas tradiciones o, más bien, las de las interpretaciones de las tradiciones que no han sabido repensarse. O las de los curanderos decididos a hacer negocio del sufrimiento. Y de pronto esos secretos lo van contaminando todo. “En realidad en mi hogar polígamo, escuchar a escondidas conversaciones ajenas no sólo era de mala educación; era un crimen. Todo el mundo tenía secretos, secretos que estaban dispuestos a proteger con su vida”, recuerda Yejide de su infancia.

Con esa llegada de los niños, la atormentada existencia de la protagonista se va dirigiendo poco a poco hacia un precipicio. “A una madre no le está permitido que se le nuble la vista. Debe percatarse de si el llanto de su bebé es demasiado fuerte o demasiado bajo. Debe saber si la temperatura del niño ha subido o ha bajado. A una madre no se le puede pasar por alto ninguna señal”, tal es la concepción de la maternidad y la carga de responsabilidades que se impone un mujer que ha sido empujada prácticamente hasta la locura (o incluso, más allá de la locura) por no concebir. Las cuitas por la paternidad de Akin también se hacen presentes en medio de un escenario en el que las desgracias se van sucediendo una tras otra. Y otra más, cuando parece que las cosas ya no pueden empeorar.

“La esperanza era un lujo que yo ya no podía permitirme”, llega a confesar Yejide a medida que se acerca el desenlace. “Desde Olamide y Sesan, y ahora con Rotimi, llevaba mucho tiempo gravitando al borde de un precipicio, y ahora estaba tan agotada que sólo quería que me dejasen caer”, sentencia en el momento en el que definitivamente toca fondo. En todo caso, el relato desvela el poder destructivo de los secretos, pero también, a pesar de que no sea de manera evidente, debería ser un antídoto contra los deseos no formulados, las quejas silenciosas enquistadas y, por extensión, todas las palabras no dichas.

Quédate conmigo es una historia descarnada, dura, durísima. No recomendable para mujeres embarazadas, futuros padres, madres en ciernes o familias en fase de construcción. Sí, es dramática, a veces, incluso desagradablemente dramática, porque te revuelve y te lleva al borde de la indignación y, sin embargo, aunque nunca lo habría dicho antes de las últimas doce páginas que constituyen la última parte de la novela, es una historia llena de esperanza y que acaba compensando los pesares previos.

Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.

Sokari Douglas Camp, artista de acero

5ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Raquel Monteagudo Jimeno

La escultora Sokari Douglas Camp junto a sus obras de acero (2012). Fotografía: museumgeographies.wordpress.com

La prestigiosa escultora Sokari Douglas Camp nació en 1958 en Buguma, localidad situada entre las bifurcaciones del río Níger antes de que sus aguas mueran en el océano. Su ciudad de origen es la capital cultural de las 23 islas en las que se habita el grupo étnico Kalabari, ubicado en la región occidental del Delta del Níger.

Siendo todavía niña se trasladó a Gran Bretaña, comenzando su andadura artística desde muy joven. Comenzó inicialmente como pintora, pero con doce años concluyó que no era su medio. Así, reorientó su creación iniciando su romance con la soldadura. La disciplina escultórica le fascina por su versatilidad a la hora de construir desde las cosas más pequeñas hasta piezas masivas a gran escala.
Inició su educación artística formal en 1979 en Oakland, pero se mudó a Londres donde se graduó en 1983 en el Central School of Art and Design. En la misma ciudad obtuvo en 1986 su titulación de máster en el prestigioso Royal College of Art.

Actualmente vive y trabaja al sur de la capital británica, formando parte de los artistas de la diáspora. Desde esta ciudad, que significa para ella expresión libre, ha pivotado para exhibir su obra por Europa, Japón, Estados Unidos o Nueva Zelanda.

Otobo (Hippo) masquerade (1995). Fotografía: britishmuseum.org.

Sokari tiene presencia en subastas, galerías y museos de todo el mundo, y son más de cuarenta las exposiciones individuales realizadas. Su prestigio internacional también se percibe mediante los numerosos premios recibidos, como es la distinción recibida en 2005 como Comandante de la Orden del Imperio Británico (CBE), en reconocimiento los servicios prestados a las artes.

En su obra combina gran cantidad de materiales tales como madera, tela metálica, bronce, acrílico, esmaltes, plásticos, barriles de petróleo, láminas de oro y cobre, aluminio e incluso materiales orgánicos como tallos de palmera. Sin embargo, no cabe duda de que el predilecto entre todos ellos es el acero.

Esta es solo una muestra del carácter rupturista de Sokari. A pesar de la fuerte presencia de la cultura Kalabari en su producción, ha quebrantado ciertas normas de su pueblo de origen que restringen el campo de actuación femenino. La participación activa en las representaciones de máscaras y la profesión de escultor corresponden por tradición a los hombres. Sin embargo, Sokari Douglas Camp, desde la diáspora, ha sabido dominar la técnica con creces.
Todo ello nos da idea de los grandes impedimentos con los que se encuentra una mujer nigeriana para florecer como artista, a pesar del creciente reconocimiento femenino en el panorama creativo post-colonial. Resulta un hecho esclarecedor la poca asiduidad con la que Sokari ha regresado a su ciudad natal. Y es el peligro que podría entrañar un viaje así para la misma.

La artista trabaja frecuentemente recortando sus diseños en láminas de metal que dan lugar a obras esencialmente figurativas. Juega con negativos, dejando que el espectador reconstruya las partes omitidas de las elegantes e ingrávidas esculturas.

Especialmente en sus inicios profesionales se centró en los espectáculos de máscaras, de suma relevancia en Kalabari y que Sokari ha experimentado de forma directa. Por ello, trata de borrar la concepción estática que se tiene en Europa de las máscaras. Esta lucha contra la actual representación de África en Occidente tendrá continuidad a lo largo de toda su producción. Sus esculturas llenas de vida reflejan el movimiento que caracteriza las actuaciones, donde las formas humanas vestidas con atuendos ceremoniales llenos de color se transforman en divinidades.

Asoebi (2005). Acero pulverizado y fuente de agua. Fotografía: stuxgallery.com.

Las telas, especialmente para las mujeres Kalabari, son preciados recuerdos familiares. Existe una gran preocupación la selección de las mismas para cada evento, desde nacimientos, graduaciones, matrimonios o funerales, variando en función de la edad e importancia del usuario. Se utilizan no solo como atavío personal, sino también como ropa de cama, para cubrir habitaciones o a los difuntos, incluso dicha tela es exhibida en conmemoración del fallecido. Esta herencia se percibe en muchas de las figuras de la escultora, envueltas en múltiples capas de tela. Su atracción vernácula por las distintas formas y cualidades táctiles de los textiles será una constante en su obra.

Sokari Douglas, al igual que otros artistas post-coloniales, refleja la sociedad que vive en toda su variedad. Londres le ha permitido plasmar en sus creaciones el lugar del que proviene, impregnando con sus raíces su producción artística. Sin embargo, de forma progresiva, la mirada de Sokari se ha ido deteniendo más cerca, comenzando a fijarse también en el devenir de la capital inglesa. Se percató del volumen de compatriotas que visitaban Londres fugazmente para ir de compras, ataviados elegantemente conforme los cánones de su país. Representando esta actividad creó Nigerian Woman shopping (1990), cuya estética se ambienta entre los años 80 y 90.

Paulatinamente sus proyectos fueron empapando de la  actualidad sociopolítica, tratando temas como la contaminación en el Delta del Níger por la explotación petrolera, la crisis del Ébola o el legado de la trata de esclavos.

Ejemplo de ello es All the World is now Richer (2012), una escultura global de carácter simbólico que conmemora la abolición de la esclavitud trasatlántica. Una de sus esculturas más aclamadas es Battle Bus: Living Memorial for Ken Saro‐Wiwa (2006). Está dedicada al activista y escritor Ken Saro-Wiwa y sus ocho compañeros Ogoni, procedentes del Delta del Níger. Todos ellos fueron ejecutados en 1995 por el Estado nigeriano. La causa fueron sus campañas protesta hacia la devastación provocada por compañías petroleras como Shell o Chevron.

Esta gran escultura de acero es una réplica a escala de un autobús nigeriano, con la que Sokari evidencia su vertiente más reivindicativa, aunque «de buena fe y como una herramienta educacional»1. La obra viajó por toda Gran Bretaña con un mensaje grabado en sendos lados, concienciando sobre el desastre ecológico: «Acuso a las compañías petroleras de practicar un genocidio contra los Ogoni». Battle Bus fue enviado como regalo a Nigeria tras el largo tour británico. Sin embargo este fue detenido en la aduana y su acceso al país fue denegado. A día de hoy en las redes se sigue pidiendo difusión y donaciones por la causa para que finalmente la obra llegue al pueblo Ogoni.

Otra de sus obras conmemorativas más relevantes es Church Ede, memorial realizado a su padre, que falleció en 1984. En ella integra creativamente las tecnologías artísticas contemporáneas, creando esculturas cinéticas que incorporan el movimiento en la figura mediante motores. En este caso, dos dolientes que flanquean la cama central agitan un pañuelo de despedida, aludiendo a la energía vital de su padre tras la muerte.

En los últimos años ha incorporado nuevas fuentes para sus creaciones basadas en la Historia europea. De hecho, en algunas de sus más recientes producciones está realizando distintas reinterpretaciones del Renacimiento italiano. Le han servido como inspiración pintores como Boticelli, que ha sido la base de obras como Blind Love and Grace (2016) o Primavera (2015). En esta realiza un ejercicio pleno de referencias transculturales. Entre las flores que cubren a la protagonista introduce objetos como coches de juguete, que pudieran aludir a sus inquietudes ecológicas y lanzar una crítica al materialismo, al exceso y escasez. Otra referencia contemporánea es la de Miguel Ángel y su Capilla Sixtina, que subyace bajo God’s Children/God’s Gift (2017).

Como conclusión, la obra de Sokari como hija de su tiempo comenzó siendo estimada en un museo etnográfico para pasar a ser un ejemplo primordial de emergencia internacional del arte contemporáneo de África. Quedamos a la espera de nuevas soldaduras que sigan refrendando su importancia como artista.

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Njideka Akunyili te invita a conocer ‘La habitación de enfrente’, su nueva colección

Algo tienen las obras de Njideka Akunyili Crosby (Nigeria, 1983) que invitan al voyerismo. Sus retratos de escenas cotidianas revelan acciones sociales y domésticas que se muestran siempre cobijadas por cuatro paredes, lo que hace que el espectador sienta que está observando algo íntimo y extraño a la vez. Su última colección, ‘La habitación de enfrente’ no es una excepción. En este trabajo, expuesto en el Museo de Arte de Baltimore hasta marzo del próximo año, Akunyili Crosby continúa siendo fiel a su estilo al reproducir seis piezas a gran escala con técnica mixta de pintura, telas y transferencias fotográficas. La mayor novedad en esta ocasión recae en una composición de espejos que se observa en tres de las obras, que a primera vista son calcadas entre sí y sólo con una mirada detenida al díptico se aprecia lo realmente divergentes que son.

En realidad es como si por primera vez hubiera llevado al cuadro lo que siempre le hace al público, que fácilmente puede verse reflejado a priori en las escenas que muestra, tan interiores, tan aparentemente comunes, tan acogedoras pese a ser a gran escala que invitan a acercarse y dar rienda suelta al hilo que parece que no encaja. Es entonces cuando caes en su red. O lo que ella prefiere denominar el ‘Tercer espacio’, un término acuñado por teóricos postcoloniales para describir un escenario social en el que dos culturas se unen para crear algo nuevo.

Tejido a través de retales de su propia historia, esta artista nigeriana sintetiza (y sincretiza) en su propio relato narrativas visuales en las que muchos pueden reconocerse. Son aquellos que son los otros allí y aquí, las identidades híbridas formadas a partir de la comunión entre la cultura en la que se nace y aquella en la que se crece. “De donde quiera que mires el trabajo puedes reconocer algo. Pero no reconocerás todo porque hay una mezcla de tiempos, lugares, culturas, continentes y clases”, explica Akunyili Crosby a la revista Bomb para luego especificar que “hay muebles de IKEA de mi sala de estar de Baltimore junto a un sofá de nuestra casa en un pueblo de Nigeria. Al leer la pintura, quiero que te preguntes ¿qué está pasado?, ¿por qué la mujer con ese peinado provincial está en una situación cosmopolita? Son contradicciones que también existen en mi propia vida. He vivido en todos esos lugares diferentes. Soy una mezcla de ellos”.

Aunque es su forma de vida, esta artista comenzó su idilio con el arte como un simple coqueteo. Creció como la cuarta de seis hermanos de una familia Igbo de la ciudad de Enugu y con diez años tuvo lo que ella califica a The Guardian como su primera experiencia cosmopolita al trasladarse a Lagos para estudiar en el Queens College, una de las más prestigiosas escuelas para niñas de Nigeria. Con dieciséis años, su hermana y ella obtuvieron el visado para poder estudiar en Estados Unidos, donde comenzó su formación artística, que en sus inicios, tal y como reconoce, era sólo una vía de escape para aligerar la carga académica. Una relación que se fue fraguando para consolidarse al terminar la universidad, cuando sintió el arte como una urgencia.

“Si la gente no lo sabe, si la gente no lo ve y no le importa, ¿cómo existe? Sentí la necesidad de reclamar mi propia existencia social haciendo que la representación ocurriera. Empecé a recopilar imágenes como una forma de mantenerme conectada con la Nigeria que yo conocía, que no era la misma que se percibía en Estados Unidos”, relata Akunyili Crosby a The White Review. Y añade: “Tenía el deseo de compartir la Nigeria que conocía de una manera real o sincera. Ésta fue mi vida, ésta sigue siendo mi vida. En Nigeria también hay gente que viven sus vidas pese a todos los problemas. Quería dar a la gente una visión de este otro espacio con el que no estaban familiarizados”.

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Para ello la nigeriana se toma su tiempo. Suele pasar tres meses entre obra y obra, embalsamando meticulosamente con capas de retales fotografías que previamente ella misma ha sacado. En el caso de su último trabajo ‘La habitación de enfrente’, incorpora telas de ceremonias tradicionales de su país con imágenes de la campaña política al Senado de su madre, Dora Akunyili, quien ya fuera Ministra de Información y Comunicación en Nigeria de 2008 a 2010. En cualquier caso, si algo trasciende en esta nueva exposición de Njideka Akunyili Crosby es el elemento espejo sobre el que gira su obra. Además de la composición de tres piezas que hace basándose en este objeto, las obras restantes tratan sobre lo que ella llama ‘racismo casual’, refiriéndose a la forma en que se consumen imágenes asignadas a los negros y los blancos diferencialmente a través de objetos cargados de estereotipos raciales. Como declara a la revista W: “A veces las mejores críticas se hacen poniendo un espejo para que la gente vea su reflejo”.

Historias del ‘oro negro’ en Nigeria

El debut literario del nigeriano Tony Nwaka, Lords of the Creek (AuthorHouse, 2015) confirma el buen momento que atraviesa la literatura nigeriana. La prolífica cantera del gigante africano suma así una joya más y sigue adquiriendo mayor dimensión y presencia en el panorama literario internacional. El autor, graduado en Historia y Relaciones Internacionales por la Universidad de Lagos, y alto funcionario de profesión, combina en su novela el acierto y tacto necesario para abordar desde una visión inclusiva la problemática real de las masas populares nigerianas y su vocación por un sector público eficiente y libre de corruptelas que se esmere en dar respuesta a las necesidades reales de la ciudadanía. Fruto de este intenso deseo por parte del autor, nace Lords of the Creek, una novela ilustrativa sobre los tejemanejes en la gestión de recursos naturales que tiene entre sus nobles objetivos contribuir a la sólida construcción de los cimientos de una convivencia pacífica y duradera entre la multiplicidad de grupos étnicos, a menudo enfrentados entre sí ya desde la época colonial, en la actual Nigeria.

El escritor nigeriano, Tony Nwaka, autor de Lords of the Creek

Lords of the Creek es una novela a caballo entre la ficción criminal postcolonial, por sus tintes de misterio, suspense e intriga tras el secuestro de una princesa perteneciente a la casa real de uno de los grupos étnicos más numerosos en la zona, los Itsekiris, y un thriller sociopolítico ambientado en la convulsa región del delta del río Níger. Es esta, además, una zona considerada como una de las mayores fuentes del denominado ‘oro negro’, no solo en el continente africano, sino también a escala global, lo cual permite encuadrar la temática central de la novela en el marco de la literatura global y transnacional. Un hecho, este último, que, sin duda, adentra al público lector a la sórdida y compleja realidad que rodea a los procedimientos de actuación de la más que cuestionada industria petrolera y sus diversas ramificaciones. El neocolonialismo imperante en la zona, en forma de saqueo constante e indiscriminado, ha desencadenado una lucha encarnizada entre las multinacionales asentadas en territorio nigeriano casi desde el inicio de las actividades de estas allá por el año 1960, las autoridades gubernamentales, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y los grupos étnicos y milicias presentes en la zona. Los últimos sostienen que los poderes públicos protegen y facilitan el expolio masivo y diario de recursos del país africano, mediante el uso de la fuerza contra quienes ponen el grito en el cielo en señal de protesta.

Por esa razón, combaten por el control de los recursos energéticos y la distribución equitativa de la inmensa riqueza que estos generan en una región que, paradójicamente, vive sumida en la más absoluta e incomprensible pobreza, a pesar de su enorme potencial. El delta del Níger podría revertir la situación en un abrir y cerrar de ojos si se diera un clima más propicio a reducir la brecha entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. Ese es al menos uno de los principios de la ideología neocolonialista y también uno de los bulos y tótems más repetidos de la inversiones con trasfondo neocolonial en toda África, además de la excusa perfecta para intervenir en las economías africanas en beneficio de los intereses que persigue y defiende el neo-imperialismo.

Este hecho, incontestable a todas luces, es el corazón de una novela con músculo, fuerza, profundidad en sus diálogos y una buena dosis de realismo a la hora de poner de manifiesto la connivencia entre los poderes económico-financieros globales y los políticos en detrimento del interés público general. Todo ello plasmado en el hartazgo acumulado durante décadas en el seno de las comunidades que habitan uno de los rincones más ricos –y contaminados- del planeta, cansados de reclamar sin éxito infraestructuras básicas que colaboren de forma efectiva en el desarrollo sostenible de la región, tal y como sus antepasados ya defendieron.

Lords of the Creek plantea un difícil escenario en el que su protagonista, el exitoso hombre de negocios Robert Akinyemi Edward, a punto de disfrutar de su retiro dorado junto a su esposa, se ve inmerso en una de las peores crisis que golpean al Estado del Delta. El estallido de un conflicto interétnico que se desarrolla, por añadidura, y en contra de los intereses de las élites, en medio de un proceso electoral envenenado es el marco de la novela. Un conflicto que pone en tela de juicio las cloacas del Estado en su intento por perpetuarse en el poder y debilitar así el tejido asociativo articulado alrededor de un frente común: la lucha por mejorar las condiciones de vida de las capas más desfavorecidas. La magnitud del conflicto es de tal envergadura que amenaza con hacer tambalear seriamente los pilares de un tablero corrupto y que a su vez constituye un sistema de apoyos mutuos y prolongado a lo largo y ancho de la maltrecha existencia del Estado postcolonial fallido.

Recientemente, Tony Nwaka ha publicado su segunda novela, Mountain of Yesterday (Kraftgriots, 2017), en la que cuestiona la rigidez e inflexibilidad de los grupos étnicos, en clave de género, a través del prisma de Amina. Otra obra ilustrativa para conocer de primera mano los entresijos de la tradición en contraposición a los aires de modernidad que luchan por hacerse un hueco en la sociedad nigeriana contemporánea.

Vuelta al cole llena de esperanzas

Llega la vuelta al cole y con ella una mirada a través de la ventana que nos llena de esperanzas en relación a las literaturas producidas por autores africanos. Una mirada por la ventana que, en realidad, es un vistazo a lo que se está cociendo en otros países para tratar de tener una idea de lo que en un deseado futuro inmediato puede llegar hasta los lectores del mercado literario hispanohablantes que se interesan por las letras africanas.

La escritora Tomi Adeyemi en una imagen de su página web.

Lo que nos encontramos es realmente esperanzador y dentro de todos los lanzamientos nos fijamos en los que es más probable que acaben en nuestras librerías (quizá con un exceso de confianza). Hablando sólo de mercado, nos encontramos con la primera novela de la última chica de oro de las letras africanas. La aparición de The children of blood and bone, se ha anunciado para el nuevo curso, a priori durante el primer trimestre de 2018. Su autora, la nigeriana Tomi Adeyemi se ha hecho popular por haber sido la última escritora africana en unirse al club de los contratos de siete cifras.

Ya hablamos del selecto club, con las publicaciones de la camerunesa Imbolo Mbue y de la ghanesa Yaa Gyasi. Ahora hemos conocido la figura de Tomi Adeyemi que ha firmado un contrato de seis ceros con el grupo editorial Macmillan Publishers Ltd por la trilogía “The children of blood and bone” y los derechos de la adaptación al cine. De la historia que hay detrás de semejante operación literaria se sabe poco más allá de una vaga descripción de contraportada que remite a un relato de aventuras propio de la literatura fantástica (y seguramente encuadrado en las recientes apuestas destinadas al público juvenil). Por cierto, la propia web de la autora desvela que RBA Libros tiene los derechos de la traducción en castellano.

Mantenemos las esperanza, también de poder acceder en español al último trabajo de la escritora marfileña Veronique Tadjo, la recién publicada en Francia En compagnie des hommes. Tadjo se ha caracterizado por combinar magistralmente su compromiso social con una literatura firmemente enraizada en la tradición del continente, tanto en los temas como en el estilo. La escritora marfileña ha sido una de las divulgadoras más eficientes de esa tradición narrativa. En este caso, las reseñas hablan de un relato que se desarrolla durante la crisis del ébola y que despliega las historias de todos los protagonistas de semejante reto para la humanidad. Todo bajo las sombra de la sabiduría del baobab.

De la misma manera no perdemos la esperanza de que alguna editorial apueste por traducir al novelista, ensayista y poeta chadiano Nimrod. En octubre, Actes Sud publicará Gens de brume. A través de un estilo y un lenguaje en el que fluyen versos y prosa, Nimrod evoca los tiempos de su infancia, pero, sobre todo, constituye una voz tan especial que los lectores hispanohablantes no pueden seguir prescindiendo de ella.

Mabanckou leyendo uno de los pasajes de su novela, Petit Piment, recién traducida al inglés / Foto: Iván González

Sin embargo, no todos son castillos de arena. Afortunadamente, la vuelta al cole de las letras africanas también se lee en español. Alain Mabanckou es uno de los escritores más reconocidos de la esfera francófona. Durante años se ha fraguado un nombre a fuerza de proponer una narración innovadora y personalisima. Pero una vez conquistado ese espacio de la industria literaria, Mabanckou no ha bajado los brazos. De hecho, procedente de Congo-Brazzaville, el novelista se ha destacado especialmente en los últimos años por su militancia, por su combate para devolver la dignidad a la literatura de autores africanos, por su esfuerzo para construir un futuro esperanzador e inspirador para el continente y por su lucha denodada contra las dictaduras.

Los libros de la Catarata nos ofrece El llanto del hombre negro. Alain Mabanckou construye un ensayo muy lejos de ser complaciente, antes al contrario propone un discurso provocador sobre la identidad africana y es provocadora porque cuestiona de la misma manera los estereotipos como discurso victimista. Sin duda, este trabajo se une al de otros autores africanos que poco a poco van edificando un discurso que desarma completamente los pilares de la narrativa que marca la visión que el norte global tiene del continente africano.

Helon Habila: “Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram”

Chibok es un soñoliento, polvoriento pueblo donde parece que nada pasa, y habría continuado con su pacífica y desconocida existencia si no fuera por lo que ocurrió el 14 de abril de 2014. Ese día, 276 niñas desaparecieron de un colegio de secundaria del noreste de Nigeria. Fueron raptadas por Boko Haram.

La fecha quedó grabada para el gobierno de Goodluck Jonathan que dejó de ignorar lo que ocurría en el estado de Borno. El planeta se puso a tuitear y el escritor nigeriano Helon Habila preparaba un nuevo libro tras Oil on Water. Sin embargo, el autor no podía concentrarse en una novela a sabiendas de lo que ocurría en su país. La cobertura del conflicto, muy superficial según el propio Habila, le llevó a indagar en lo que realmente estaba pasando. “Había que contar por qué unos nigerianos alzan las armas contra otros. Es una situación compleja pero al fin y al cabo son seres humanos”, explica el escritor. Tras meses de trabajo, su último libro, The Chibok Girls, ha sido presentado en el festival de literatura africana de Londres, Africa Writes.

Seguimos viendo a las niñas como víctimas pero son supervivientes. Lo que les ocurrió les ha hecho tener más valor. Al principio no querían salir de casa y prometieron no ir más a la escuela. Hay algunas que siguen traumatizadas pero otras han vuelto al instituto porque lo que Boko Haram quiere es que se casen y se conviertan en una propiedad. El secuestro las hizo madurar de la noche a la mañana y se dieron cuenta de que había un motivo por el que luchar”, dice Helon Habila a Wiriko.

Ese objetivo común es el grupo islamista Boko Haram y su idea de religión. “No es Islam. Incluso asesinan a otros musulmanes y lanzan bombas a las mezquitas mientras la gente reza. Esto es sólo una secta con su propia doctrina”, recoge Habila en uno de los múltiples testimonios del libro. El escritor viajó a la región y desafió la narrativa impuesta desde el gobierno. “Hay puestos de control cada tres kilómetros que sirven, además de vigilar el movimiento de personas, para seguir a los periodistas y saber qué se dice y qué se escribe. Esto es también una guerra propagandística”, dice el autor.

En Chibok, todavía bloqueada por el ejército nigeriano, Habila charló con tres de las niñas que pudieron escapar de los terroristas. Hauwa, Ladi y Juliana detallan distintos pasajes de una noche que cambió el destino de Nigeria. Los familiares también tienen su espacio en el relato. Habila escribe: “Me impresionó cómo todo el mundo aquí tiene cuidado al hablar del cuándo y no del si vuelven las niñas. La guerra contra Boko Haram no se ganará hasta que todas las víctimas estén de vuelta. El escritor recogió diversos relatos para intentar dar luz a un hecho sin precedentes y que muchos intentaron solucionar con respuestas fáciles debido a la frustración. “Tuve acceso inmediato a las familias gracias a que hablo hausa, una de las lenguas locales. Ellos quieren poner la historia en el mundo y están abiertos a dar su versión”, explica el autor.

The Chibok Girls recopila estas historias y dedica varios capítulos a desgranar los acontecimientos del fatídico día. Es periodismo sobre África contado por un africano. “En África escribimos principalmente novelas pero tenemos que comenzar con la no ficción para abrir una conversación directa. La ficción hace de los hechos una metáfora y termina evitándolos. Se convierte en una forma de interpretación mientras que con el periodismo se pregunta directamente a una gente que tiene que responder”, cuenta Habila.

Helon Habila durante el lanzamiento de “The Chibok Girls” en el festival londinense Africa Writes / Foto: Iván González

Además Habila proporciona contexto e indaga en las causas de una historia de violencia que ha atormentado a las poblaciones del estado de Borno desde principios de siglo. En 2009 el ejército nigeriano apabulló al extremismo, según el gobierno. Pero la cúpula de Boko Haram escapó a varios campos de entrenamiento yihadistas en Somalia, Sudán, Malí e incluso Afganistán. El grupo, bajo las órdenes de Abubakar Shekau, volvió poco después a instalarse en el noreste de Nigeria, una localización estratégica gracias al relieve montañoso y a la proximidad de la frontera camerunesa. Y en junio de 2011 se produjo el primer atentado suicida en el país.

El gobierno de Goodluck Jonathan, en aquel entonces en el poder, encubría un conflicto que ganaba adeptos. “Hay gente que comparte sus valores: quieren la sharia, odian la democracia y ven a Occidente como el enemigo. Para ellos la sharia es como tener el reinado de Dios en la tierra pero no saben qué significa. No están felices con lo que tienen y no se dan cuenta que están siendo utilizados”, advierte el escritor nigeriano. La religión como una forma de escape y que se refleja en estas líneas del libro: “Mantén a la gente con miedo y hambrienta, anímales ocasionalmente a purgar su rabia contra el otro a través de una violencia autorizada por la religión”.

Llegó el 14 de abril de 2014. Y llegó #BringBackOurGirls. “El movimiento tenía que ser escuchado y era necesario cuando el gobierno no estaba haciendo nada. La actual administración ha tomado en serio a los terroristas por lo que se puede decir que la campaña tuvo éxito. Además sigue presente con reuniones casi a diario en Abuja y son muy activos en las redes sociales. El movimiento no ha muerto, tenía un objetivo que se ha conseguido”, comenta el escritor.

La tarea es mastodóntica para Muhammadu Buhari y Habila se muestra pesimista: “La zona está muerta. Hay un millón y medio de desplazados internos en la región y el gobierno los tiene como un objetivo de un plan a desarrollar a largo plazo. Pero hay niños muriéndose y da miedo. No estamos hablando ni siquiera de darles una educación, sino de darles de comer. Es un problema que va a durar, una generación completa y en la actualidad es complicado porque el precio del petróleo sigue bajando. No hay dinero y están jodidos”.

Helon Habila pasó su niñez en un complejo residencial donde musulmanes y cristianos vivían puerta con puerta. Ahora, sólo le queda la esperanza aunque duda. “Nigeria ha cambiado radicalmente. Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram. Se ha alcanzado un nivel de transformación irreversible, pero se ha hecho ver a la que gente que esto no es bueno para nadie, ni para los cristianos y musulmanes. El sentimiento de sospecha siempre estará ahí y es algo con lo que tendremos que aprender a vivir ”.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival literario Africa Writes.

Artistas para la Paz

Existe un proverbio ugandés que dice: “Cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre”. Afortunadamente, no hay conflicto armado actualmente en la perla de África, pero si ampliamos las fronteras, nos topamos con distintos focos de conflictos que azotan al continente. Así y todo, mientras algunos deciden hacer la guerra, otros hacen denuncia de estos crímenes y reivindican la paz con su arte.

Aprovechando la celebración del Día Internacional del Personal de Paz de las Naciones Unidas, centrado en la temática «Invirtiendo en la paz del mundo»,  queremos reconocer la contribución del arte más comprometido. Porque el arte puede ser una herramienta educativa para la construcción de la Paz y la prevención de los Conflictos.

Sudán del Sur

Mientras el pueblo celebraba la paz en Sudán con la independencia de Sudán del Sur en 2011, el país más joven de África se veía, al poco tiempo, inmerso en una nueva guerra civil. El gobierno del nuevo país se creó alrededor de la atnia mayoritaria e ignorando al resto de grupos étnicos. En 2013, el presidente dinka Salva Kiir no se tomó muy bien las críticas de su segundo Riek Machar y le despidió. Este intentó un golpe de estado que fue sofocado, pero tras tres años de negociaciones con la comunidad internacional, la violencia se instaló en Juba, la capital sursudanesa, en verano de 2016.

Pintura del colectivo Ana Taban

Y mientras la violencia y la muerte aterrorizaban al pueblo de nuevo, los artistas se echaron a la calle para llenar las paredes de la capital con mensajes de paz. Se trata del colectivo de artistas AnaTaban (Estoy Cansado), una comunidad de creativos jóvenes cansados de ver sufrir a su pueblo. Lo que pretenden es crear una plataforma de gente joven, unir sus voces y hablar libremente para lograr la paz.

Pintura del colectivo Ana Taban

República Democrática del Congo

La guerra por el control de los recursos minerales y el coltán no es el único conflicto abierto de la República Democrática del Congo. Mientras su presidente, Joseph Kabila, se aferra al poder cuando su segundo mandato, y último según la Constitución del país, terminaba el pasado diciembre, la crisis se agrava, la violencia no cesa y las muertes se acumulan en todo el territorio. La semana pasada, el presidente nombró un nuevo Gobierno de transición en contra del acuerdo con la oposición, de finales de 2016, en el que se le permitía seguir en el poder hasta que se celebraran elecciones a finales de 2017. Muchos sospechan que Kabila intenta convocar un referéndum que le permita un tercer mandato, como hicieron sus homólogos en Ruanda y Congo.

Daddy’s falling trone, 2015, Steve Bandoma

Son muchos los que han terminado en la cárcel por reivindicar un cambio político en el país, pero Steve Bondoma lo hace de una forma más sutil. A través de la pintura, la fotografía y el reciclaje de revistas para darles una nueva vida, el artista muestra en sus obras el ajetreo de la capital congoleña y una sociedad en cambio constante. Una forma de ver el mundo que denuncia la retirada de la moral con consecuencias tales como la corrupción, el robo o la falta de honradez.

No dirty money!, 2015, Steve Bandoma

Somalia

Para entender el conflicto somalí, tenemos que remontarnos hasta el siglo pasado cuando, en 1991 movimientos militares revocaron el régimen de Siad Barre y distintos grupos étnicos empezaron a luchar para hacerse con el poder, dejando, así, el país dividido. Todo se agravó con la sequía que atormentó al país con una terrible hambruna en 1992. Con la entrada del nuevo siglo, se han ido sucediendo distintos gobiernos de transición, pero en la actualidad, la guerra civil continúa librándose y el país, aunque si cuenta con un gobierno oficial, aún se encuentra activo el grupo islamista radical Al-Shabab. El conflicto se ha cobrado innumerables víctimas mortales y desplazados.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

Originario de Arabia Saudí, pero residente en la ciudad somalí de Hargeisa, el fotógrafo y artista visual Mustafa Saeed, lanzó el proyecto Coroned Energies, que, mediante imágenes, grabaciones y sonido, retrata la vida cotidiana y las experiencias de los jóvenes somalíes y pretende ser una plataforma para que puedan expresarse.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

El terrorismo islámico en Malí, Nigeria y Chad

El terrorismo también está presente en Malí, cuando los acuerdos de paz se estancaron en 2015. En marzo, distintos grupos terroristas activos en la región anunciaron su fusión en Jamaât Nasr Al islam wa Al mouminin (Grupo para el Apoyo del Islam y de los fieles). Al igual que en Nigeria, o Chad, el terrorismo Islámico de Boko Haram, que secuestra a menores y en ocasiones los usa como armas de guerra, atormenta la región, a la vez que se van debilitando las instituciones gubernamentales que no ven cómo solucionar el problema.

L’initiation, 2004. 7 Elements. Mixed Media On Fabric, Abdoulaye Konaté

Una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo maliense es Abdoulaye Konaté, que mediante telas – materia barata y fácil de conseguir en el país – que tiñe, corta y cose, transmite sus ideas acerca de las esferas políticas y sociales del país. Su trabajo se centra en las tensiones políticas de la región del Sahel.

Otro de los artistas más influyentes, de origen ghanés, pero residente en Nigeria y profesor de la universidad del país, el escultor El Anatsui, se vale de materiales recicladas de las calles, como el aluminio, el cobre o la madera, para crear objetos que expresan sus diversas preocupaciones políticas, sociales e históricas.

Gravity and Grace Monumental Works by El Anatsui, Eva Blue

La Bienal de Venecia: Nigeria se une a la fiesta del arte

La Bienal de Venecia dio el pistoletazo de salida el fin de semana pasada, y hasta finales de noviembre, con el título “Viva Arte Viva” y, lo que este año pretendía ser una oda al arte para devolver la voz a los artistas y dejar a un lado las reivindicaciones políticas, se ha quedado un poco corto por lo que atañe a la representación africana. De los 54 países del continente africano, solo siete tienen su propio pabellón en esta fiesta artística, a la que se ha unido, por primera vez, Nigeria.

Performance de Qudus Onikeku

Con el título “How about now?(¿Qué tal ahora?), los artistas nigerianos Victor EhikhamenorPeju Alatise y Qudus Onikeku, junto a sus comisarios Adenrele Sonariwo y Emmanuel Iduma, a través de la multidisciplinariedad, pretenden establecer un diálogo con las nociones del tiempo y la conciencia de Nigeria como país. El pabellón toma en cuenta el pasado y el presente, para afrontar el futuro y abarcar todas las posibilidades ideológicas y toda la complejidad de su identidad nacional. Porque no se puede explicar el presente ni mirar hacia el futuro sin recurrir al pasado y a la historia.

“¿Cómo nos incluimos en la narrativa global del arte, ahora? Nuestro tema es un mensaje en capas. Más allá de esto, a través del ‘ahora’, no sólo reflejamos nuestros mitos e historias como país y sociedad, sino también cómo elegimos retransmitir narraciones contemporáneas en un presente fragmentado pero interconectado”, explica el artista Victor Ehikhamenor para Wiriko. “Ni nostálgico ni escapista, insistimos en pensar en el pasado y en el futuro de Nigeria para comprender la naturaleza interrelacionada del tiempo”, añade.

Mientras Victor Ehikhamenor combina grandes instalaciones con la escultura tradicional para reflexionar sobre el efecto del colonialismo en el patrimonio cultural nigeriano, Qudus Onikeku presenta una trilogía de películas que investigan, a través de la danza, el funcionamiento de la memoria corporal y su conexión con la conciencia nacional. En la misma línea, Peju Alatise presenta una instalación de ocho niñas aladas a tamaño real, para contar la historia de una joven que trabaja como criada en Lagos y que sueña con la libertad, con no pertenecer a nadie más que a sí misma y con poder volar. Una instalación que se dirige directamente a la injusta realidad reciente del país y que sueña con un mundo más seguro, especialmente para las mujeres y las niñas.

“Flying Girls”, de Peju Alatise

Los otros seis países africanos participantes a La Bienal de Venecia son Angola, representado por el artista António Ole, que nos presenta un pabellón con el tema “Memoria magnética / Resonancia historia”; Egipto, con el tema “Esto también pasará”, representado por el artista Moataz Nasr; Costa de Marfil, representado por los artistas Joachim Silue, Ouattara Watts, Jems Robert Koko Bi, Joana Choumali; Kenia, con el tema “Otro país” y representado por los artistas Arlene Wandera, Mwangi Hutter, Peterson Kamwathi, Paul Onditi, Richard Kimathi y Zimbawe representado por los artistas Admire Kamudzengere, Charles Bhebhe, Dana Whabira and Sylvester Mbayi y que nos hablan de “Deconstruyendo fronteras: Explorando ideas de pertenencia”.

Escultura de Peju Alatise

Sudáfrica y Túnez también participan del evento, pero solo durante la semana inaugural o por invitación. Y esto nos deja con 47 países, casi el continente entero aún sin posibilidades de ser conocidos en ciertos círculos. “Creo que más países africanos necesitan unirse a la mesa mundial del arte. He sido testigo de historias increíbles, obras que se están produciendo en diferentes países de África; sin embargo, cuando se trata de la Bienal, soy consciente de que hay mucho más en juego para asegurar el aterrizaje con éxito a un pabellón de país. Espero que el ecosistema cultural y político de los 47 países que actualmente no participan en la Bienal, tal vez al ver el trabajo y el impacto de los siete países que participan, se inspiren a esforzarse más para superar los factores que les van a la contra”, cuenta Victor Ehikhamenor.

Instalación de Victor Ehikhamenor

Además de los siete países representados, y otros eventos y pabellones marcados en el calendario y el mapa de la Bienal, como el pabellón de la diáspora; los días 9 y 10 de mayo, durante la semana inaugural, se celebró en la ciudad italiana el primer foro de Arte Africano en Venecia, en el que representantes de los museos más importantes del mundo, así como también los artistas africanos que están participando de la Bienal, se han reunido para discutir acerca de dos grandes preguntas: ¿Cómo pueden los países no representados desarrollar y mejorar su infraestructura para la promoción de las artes? y ¿cuáles son los factores que impiden que sus comunidades de creativos prosperen tanto a nivel nacional como global?

Performance de Qudus Onikeku

Acerca del tema, Ehikhamenor nos da su opinión y comenta que “la voluntad política debe estar ahí. Nos guste o no, los responsables políticos, los titulares de cargos públicos o los gobiernos juegan un papel importante en si la industria de las artes de cualquier país se hunde o consigue nadar. Es deber de los creadores, de los artistas y de los productores culturales mantenerse en el rumbo, seguir creando y destacando la importancia de las artes para el desarrollo de los países en su conjunto”.

Victor Ehikhamenor

Y sentencia, “para algunos es una falta de voluntad política. Para otros, es una falta de financiamiento. Pero solo puedo hablar de Nigeria, que es un poco de ambos, pero esto está cambiando lentamente. Con el éxito de este pabellón nigeriano, espero que sea una antorcha y un ejemplo para los nigerianos y para otros países, también. Lo que queda claro es que la calidad de la producción artística no está en duda. Ya sea la escultura, la performance, la pintura, el arte digital, los artistas africanos están produciendo un trabajo de primera calidad que coincide con cualquier estándar de clase mundial establecido en cualquier lugar”.

“Woman in trance”, de Victor Ehikhamenor

Teju Cole: “Tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad”

“Dos segundos”, me pide interrumpiendo la entrevista. Estamos en el comedor de su hotel y solo hay dos mesas ocupadas, la nuestra y otra con una mujer trabajando en su ordenador. Acaba de entrar una camarera que trajina con platos cerca de la otra mesa. Teju Cole hace rato que se las mira. De repente, algo en la escena capta su atención y merece ser contado. Coge su cámara con prisa (siempre le acompaña cerca, por si acaso) y hace un par de fotos. Luego, podemos seguir con la conversación. Cole es tranquilo y, aunque mide sus palabras al milímetro para hacerse entender, no tiene reparos en hablar claro acerca del mundo y sus problemas, ni al dar su opinión acerca de la política de Estados Unidos y Nigeria, sus dos hogares.

EL novelista de origen nigeriano, Teju Cole, en Barcelona. Fotografía: Maria Colom. 

Maria Colom: Las tradiciones literarias americana y africana son muy distintas. Lo importante en Estados Unidos son los libros que lees, mientras que en muchos lugares de África son esenciales las historias que pasan de padres a hijos. ¿Cuáles han sido sus influencias?

Teju Cole: Para mí, siempre es importante tener presente que mi trabajo se basa en la escritura y que no viene de una tradición oral. No cuento historias, las escribo. Mi trabajo y mi forma de pensar vienen de los libros. A veces me han preguntado por el yoruba, mi lengua materna de Nigeria, que considero muy importante, pero siempre respondo que son James Joyce y Virginia Wolf, por el idioma y su estructura, mis verdaderas influencias. Respeto mucho la tradición oral, pero no es el lenguaje con el que trabajo.

M.C: En una ocasión comentó que “su estilo de escritura es descriptivo, que le gusta describir cómo se entiende el mundo físico y que le gusta crear escenas”. ¿Es esencial para usted, esta colaboración entre letras e imágenes tan característica en sus obras?

T.C: Sí, es sinónimo de libertad y un regalo tener la posibilidad de trabajar con las dos disciplinas. Pensar en el mundo, no solo por lo que significa, sino por cómo lo vemos. Todo está conectado. Cuando estás describiendo lo que ves, también puedes entender lo que significa. Por eso describo con la escritura y la fotografía y me gusta que mis fotografías sean “fotos narrativas”, que cuenten una historia. Quiero que mis fotos sean como si alguien estuviera escribiendo una frase, como si alguien estuviera organizando el mundo de una manera en particular. Quiero que hagan pensar.

M.C: Usted fue uno de los primeros en cultivar la twitteratura, pero ya hace un tiempo que no tiene actividad en la red. ¿Se ha cansado de las redes sociales?

T.C: (Ríe). No, me gusta avanzar, así que ahora prefiero usar Instagram, cada día. Estuvo bien, también, salir de Twitter el año pasado, nunca me hubiera imaginado lo bueno que sería. Porque el año pasado empezó a usar Twitter un hombre loco que se volvió muy activo. Estoy hablando del presidente de Estados Unidos. Me alegra haber salido de esta red social al mismo tiempo que él entró y se convirtió en una persona muy popular.

M.C: También ha comentado que, más que novelista, es un escritor de ciudades. En sus novelas ha adoptado un papel de “Writerly Walker” (en referencia al concepto que introdujo Baudelaire). ¿Es éste el formato en el que se siente más cómodo?

T.C: En mis primeros trabajos sí, pero siempre estoy evolucionando y ahora prefiero pensar en los espacios entre ciudades, en montañas y en espacios abiertos. Las ciudades son importantes, andar es importante, pero siempre trato de pensar en lo que me hace crecer. De todas formas, sigo muy conectado con las ciudades porque son nuestra mejor oportunidad para vivir juntos y para averiguar cómo desarrollar nuestros recursos de una manera inteligente.

Teju Cole desarrolla su pasión por la fotografía, con la que también cuenta sus historias. Fotografía: Maria Colom. 

M.C: En su novela, además de encontrar una lectura crítica, podemos percibir la nostalgia del que se fue y vuelve para reconocerse. ¿Por qué es tan importante la identidad para usted?

T.C: Creo que, a una persona como yo, que vive en Estados Unidos, país que se ha construido gracias a personas muy diferentes, le tiene que surgir la pregunta “¿a dónde perteneces?”, y te viene a la memoria tu hogar. Crecí en Nigeria, una sociedad lejana y homogénea, no a nivel cultural, pero sí a nivel racial; todo el mundo a mi alrededor era negro. No tenía que explicar quién era y mi color no era importante. Cuando llegué a Estados Unidos, de golpe me había convertido en un hombre negro en América y fue cuando estas preguntas se volvieron importantes para mí.

Creo que, en este mundo moderno, todos tenemos que preguntarnos cosas que nunca nos habríamos preguntado acerca de la propia identidad. Ahora tienes que plantearte cuál es tu actitud con lo exterior, con lo extranjero. ¿Eres tú el extranjero? Estamos aquí sentados en España y hablamos de nosotros; ¿qué significa nosotros? ¿Quién está dentro y quién fuera? ¿Quién tiene el derecho de vivir en un lugar en particular? ¿Puede un chileno que vive aquí sentirse como en casa? ¿Qué pasa con un negro español que tiene la nacionalidad, o es que los españoles solo pueden tener un color determinado de piel? Son preguntas que no desaparecen nunca y con las que estamos obligados a lidiar cada día.

 

Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible.

 

M.C: En un ensayo de su libro Known and strange things, “Home strange home”, habla de su infancia (nació en Estados Unidos, pero a los cinco meses de vida volvió a Nigeria hasta los 17, que volvió a Michigan para estudiar en la universidad) y de los recuerdos, reales e imaginarios, que tenía o se creó de sus dos hogares. ¿Qué puede decirnos de su propia identidad?

T.C: Soy una persona que está muy interesada en ser libre, en un sentido un poco pasado de moda y existencialista. ¿Qué significa estar y pertenecer a un mundo en el que ni siguiera he pedido nacer? ¿Cómo puedo poner mi libertar y mi individualidad en este mundo y ser, a la vez, responsable de lo que sucede en comunidad? Aquí es donde se encuentra mi identidad, en lo más profundo. Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible. La política mundial de los últimos años nos ha convertido a todos en filósofos, tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad y cómo organizamos nuestras sociedades. Creo que mi trabajo siempre trata de responder estas preguntas y todos tenemos que hacérnoslas.

“Ciudad abierta”, Teju Cole

M.C: En su primer libro traducido al castellano, Ciudad abierta, usted escribió: “A veces, mientras hago cola para ir al lavabo, hay gente que me mira de manera que me hace sentir como Ota Benga, el pigmeo Mbuti que se exhibió en el zoo del Bronx en 1906”. ¿Por qué cree que perdura esta visión en un mundo tan globalizado en el que todos tenemos más semejanzas que diferencias?

T.C: Escapamos de la Europa medieval y entramos en el mundo moderno, el siglo de los grandes descubrimientos, se empezó a viajar por todo el mundo y los europeos fueron a América y África: la conquista, la colonización y la esclavitud. Todos estos son hechos que han condicionado la interacción entre negros y blancos. Con el colonialismo, vinieron, se llevaron los recursos y nos convirtieron en buenos cristianos. Luego, el cultivo de la caña de azúcar y el del algodón eran muy duros, así que nos llevaron como esclavos para hacer el trabajo durante toda la vida, trabajo que también harían nuestros hijos y nietos. Vida en prisión con trabajo duro. Estas estructuras siguen afectando a la interacción entre negros y blancos, porque la memoria histórica no ha desaparecido. Y el colonialismo sigue hoy en día a nivel empresarial con acuerdos secretos. Francia aún tiene colonias en África con acuerdos económicos. Quizá no esté para siempre, pero por ahora sigue siendo real porque tanto la esclavitud como el colonialismo se basan en las ideas de superioridad e inferioridad y la gente no va a dejarlo ir a la ligera.

M.C: ¿Qué deberíamos hacer para cambiar esto?

T.C: ¿Por qué hay que cambiarlo? Desde el punto de vista blanco, quiero decir. Está bien ser superior, es divertido. Nadie va a dejar ir el poder de buena gana. Así que no creo que pueda decir nada a los blancos acerca de la superioridad racial. Lo que sí que tienen que hacer los negros es luchar porque nadie lo va a poner fácil. Y va a ser duro y desagradable llegar a la igualdad, no la vamos a conseguir de forma amable. Es lo mismo que la igualdad entre hombres y mujeres. Podemos hablar de igualdad como buenos feministas, pero la única manera de conseguirla es que las mujeres sigan luchando, quejándose y pidiéndola.

“Cada día es del ladrón”, Teju Cole

M.C: En Ciudad abierta, entre otras cosas, habla de la inmigración, la convivencia y la diversidad. ¿Son realmente Estados Unidos y Europa “ciudades y mundos” abiertos? 

T.C: ¿Has oído hablar del muro en la frontera de México? Estados Unidos es un lugar interesante, abierto y no abierto al mismo tiempo. Por un lado, hay un sentimiento muy fuerte de libertad y diversidad. Yo vivo en Brooklyn, y hay gente de todas partes del mundo con distintas culturas. Esto es normal, está abierto en este sentido, está abierto comparado con Vietnam o Rusia o Marruecos, que no lo están. Pero no debemos olvidar que la estructura económica está basada en crímenes bastante serios relacionados con los nativos americanos, con los negros o con los inmigrantes. Existe diversidad, pero, al mismo tiempo, la estructura está equivocada. Es una paradoja; no es un lugar inocente, pero aún tiene muchas posibilidades. En este momento creo que todas las naciones de Europa deben volverse más abiertas y multiculturales. 

M.C: Usted tiene doble nacionalidad (estadounidense y nigeriana). ¿Qué opina del camino político que está tomando Estados Unidos con Donald Trump, sobre todo en sus políticas de inmigración? 

T.C: Creo que es un maldito maníaco. Esto es lo que creo. ¿Qué opinas tú?

M.C: No estoy segura de querer pensar mucho acerca del tema porque no quiero asustarme demasiado. 

T.C: Exacto. Nunca me había enfrentado, mentalmente, a una crisis política como esta, en mi vida. Y no se trata solo de las políticas de inmigración, que son un emblema de su brutalidad natural. Espero que esta pesadilla se acabe pronto.

 

Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y la prendiera en llamas, y esto es aún más deprimente.

 

M.C: Durante la campaña #BringBackOurGirls, usted dijo que había un verdadero reto para la democracia nigeriana. ¿Cómo ve la actualidad política de Nigeria?

T.C: No es muy esperanzadora. Creo que nuestra democracia es joven y que se está desarrollando muy rápido. Democracia no es solo tener derecho a elegir a tus líderes, sino tener claro cómo debemos quejarnos de las cosas que no están bien; cómo participar en la estructura de la sociedad. Nos estamos desarrollando, pero es un país con mucha población, la corrupción sigue siendo un problema, y desde la crisis del petróleo, nuestra economía tiene serios problemas. Son tiempos duros, pero justo después de las elecciones estadounidenses, fui a Nigeria y me sentí mucho mejor allí, el país está avanzando. Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y le prendiera llamas, y esto es aún más deprimente.

M.C: ¿Cómo ve la sociedad civil en África? ¿Cree que se está construyendo una nueva realidad en las ciudades?

T.C: Sí, y esta es nuestra mayor esperanza. Las ciudades son un lugar con oportunidades. Y esto se da en cualquier país. Lugares en los que podemos poner en práctica la inclusión y la diversidad. Se está desarrollando algo en las ciudades inteligentes que usan la tecnología. Con tantas personas viviendo juntas (21 millones de personas son los que viven en el ámbito metropolitano de Lagos), hay que resolver muchos problemas de servicios, transporte, educación; pero las ciudades son una oportunidad. Soy un fan de las ciudades en este sentido, porque son lugares en el que se te permite ser quien quieras ser. Puedes ser gay, excéntrico, moderno; puedes ser católico, judío, musulmán, protestante, budista o ateo. En una ciudad nadie va a llamar a tu puerta para decirte que no puedes hacer o ser algo. Por supuesto que una ciudad puede ser fría y distante, pero para lugares como África, las ciudades son la mejor apuesta.