Una llave que abre, muchas llaves que prometen

Es sencillo. La llave es el elemento que conecta y comunica todos los relatos de la última colección de cuentos de la escritora de origen nigeriano Helen Oyeyemi. Lo que es sencillo es el elemento de conexión, pero no los mundo que la narradora construye en sus historias, difíciles de calificar y clasificar. Lo que no es tuyo no es tuyo es un alarde de creación en el que Oyeyemi se divierte construyendo mundos, personajes y episodios en los que las reglas de la lógica se diluyen sin demasiados aspavientos.

La escritora de origen nigeriano, Helen Oyeyemi. Foto: Cedida por la editorial.

Oyeyemi quiso ejecutar un ejercicio de creatividad después de cinco novelas y dos obras de teatro, que habían conseguido encandilar a la crítica de la literatura británica, y lo hizo zambulléndose en el cuento, a través de ese Lo que no es tuyo no es tuyo, cuya traducción al español de María Belmonte publicó la editorial Acantilado. Nueve narraciones independientes con un elemento en común, la presencia constante de llaves, como claves de la historia, y con otros hilos ocultos que sutilmente se van desvelando. De hecho, la llave es prácticamente un anzuelo. Una advertencia, al lector o a la lectora, no caiga en la obsesión de buscar esa constante inmediatamente en todas las historias, ni en intentar desvelar urgentemente su significado (más bien, sus significados), porque las cosas acabarán poniéndose en su sitio y si la cerradura no se fuerza, las puertas se abren con mayor suavidad para desvelar sus secretos.

Poco a poco se ha ido imponiendo el discurso de que Helen Oyeyemi se apoya en los cuentos de hadas, que sus historias beben de esa inspiración. Sin embargo, es necesario matizar que ese referente de los cuentos de hadas se percibe simplemente en la creación de las atmósferas, en la construcción narrativa de unos escenarios en los que la dimensión fantástica está perfectamente integrada. En ¿Tu sangre es tan roja como esta?, los títeres que usan los protagonistas tienen sus propias vidas.

“Armonizar los movimientos de la nueva marioneta parecía imposible: sujeté el comando de madera que controlaba todos sus hilos correctamente, ninguno de ellos estaba enredado, lo cual se debía a la hábil labor de Gustav, no a la mía. Aunque ambos permanecíamos quitos sentí que la marioneta avanzaba hacia mí y, sin moverme, me encogí”.

Mientras que en Libros y Rosas aparecen lugares evocadores como una enorme biblioteca refugio y un sorprendente jardín escondido en medio de Barcelona.

“Se dirigió hacia el fondo de la biblioteca y subió por unas escaleras (yo no sabía que había una escalera en la biblioteca hasta que le escuché a él subirla), así que mira, Montserrat, y verás que hay una, construida entre dos estanterías que conducen a una puerta que está en mitad de la pared”.

 

“El mapa de Safiye condujo a Lucy hasta una puerta toscamente labrada en un muro. No parecía una puerta que pudiera abrirse, sino una tapia para ocultar un fallo en la pared de ladrillo. La llave entraba en la cerradura y Lucy se adentró en un jardín tapiado rebosante de rosas”.

Ahogamientos recuerda a una fábula en la medida en la que el perro Leporello muestra rasgos bastante humanos y una ciénaga se extiende como si se convirtiese en un personaje.

“El policía que sujetaba a Leporello permitió que el perro se levantara sobre sus patas traseras y rozara la mejilla de Arkady y luego su propio hocico; lo repitió unas cuantas veces como para tranquilizar a Arkady indicándole que él cuidaría de Giacomo hasta que la verdad saliera a relucir. Leporello parecía confiar en que la verdad saldría muy pronto a la luz, y Arkady recordo al cachorro de braco que trató de espantar y se alegró de no haberlo conseguido”.

Y, por ejemplo, en No solo de disculpas vive la mujer, la Casa de las Mil Cerraduras genera en sí misma una aura de misterio, simplemente a través de las manías de su dueño.

“Todavía no me ha sucedido nada mientras estaba allí. Al menos de momento. Pero cada vez que entro en esa maldita casa tengo la sensación de que saldré enloquecido. Y todo por las puertas. No permanecen cerradas a menos que se eche la llave. En cuanto lo has hecho se escuchan sonidos detrás de ellas; sonidos que te convencen de que has dejado a alguien encerrado dentro. Pero si no se cierran con llave, se salen a medias del marco y te impiden ver el camino hasta la otra habitación, como si hubiera alguien detrás sujetándolas con ese propósito”.

Más allá de estos elementos, Helen Oyeyemi despliega en sus narraciones una especial sutileza de envuelve algunos escabrosos acontecimientos o a personajes con atributos muy especiales.

“Giacomo no era una persona que supiera qué era una mentira ni por qué algunas personas mentían: su mente funcionaba a otra velocidad. No es que funcionara más lentamente, para ser exactos, sino tan solo que necesitaba mucho más tiempo para aprender algunas cosas, sobre todo las cuestiones prácticas relacionadas con las personas”.

Por lo demás parece que Oyeyemi necesita bien poco de la inspiración de los cuentos de hadas, ella prefiere hacer discurrir los relatos por los caminos en los que se siente cómoda, en ocasiones empujado a la lectora a caer en errores por querer correr más de la cuenta y no fijarse en los detalles. La escritora británica de origen nigeriano siembra las historias de Lo que no es tuyo no es un tuyo de símbolos y guiños. Así que es recomendable leer con tranquilidad y digerir con calma lo leído, para poder degustar todo el elixir que exhala la narración.

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Ciberactivista, periodista y amante de las letras africanas. Co-fundador de Wiriko. Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín.
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