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Lalla Essaydi: “Mi objetivo es dislocar las expectativas”

Los poéticos trazos de la caligrafía árabe, la característica henna o el velo musulmán son algunos de los elementos que la artista multidisciplinar marroquí Lalla Essaydi usa en sus obras para distorsionar la imagen estereotipada que tenemos de la mujer árabe y musulmana en Occidente. En una reciente entrevista a Wiriko, la autora nos detalla esta osadía de recurrir a la tradición para precisamente romper con ella.

Imagen de la serie ‘Las mujeres de Marruecos’ (2008), L. Essaydi

 

Los textos en árabe que rodean el rostro y el cuerpo de las mujeres protagonistas de las obras de Lalla Essaydi aparecen siempre en un estilo abstracto y poético, ininteligible incluso, confiriéndole a sus piezas “una universalidad que va más allá de las fronteras culturales”, tal y como ella misma señala. La autora, nacida en Marrakech, no recibió formación en arte caligráfico, algo habitual entre las mujeres de su país y, por eso, nos confiesa, ha terminado desarrollando su propio método: escritura a través de henna aplicada con una jeringa.

Aquí entra en juego la segunda de sus particularidades: este rojizo tinte natural que extiende sobre la tela y la piel de las mujeres que componen sus obras. Essaydi parte de la importancia que la henna tiene en la vida de la mujer marroquí: se utiliza por primera vez cuando llega a la pubertad, la novia le da un uso místico antes del matrimonio y regresa a ella cuando tiene un hijo, especialmente si es varón, para celebrar la fertilidad. Por ello, acudir a una actividad reservada a los hombres, como es la escritura, a través de un elemento tan femenino como la henna, no es sino un verdadero acto de rebeldía.

Partiendo de su condición de mujer árabe que ha crecido dentro de la cultura musulmana y que ahora cuenta con “la perspectiva de una artista que vive en Occidente y que mantiene estrechos vínculos con su cultura original”, como reconoce, intenta poner en cuestión los tres aspectos de la interioridad femenina generalizados en los países occidentales como son el harén, la odalisca y el velo. Su producción artística refleja que la mujer árabe no es sinónimo de enclaustramiento, son, en sus propias palabras, “mujeres poderosas con derechos propios, aunque con sus problemas por vivir en una cultura antigua con tradicionales arraigadas”. Pretende que el mundo occidental vea a estas mujeres como seres individuales y complejos, que también pueden presumir de talentos y habilidades, y que poseen un rico sentido del humor ante los absurdos de la vida.

Essayadi evoca en muchas de sus obras, precisamente, a las odaliscas, colocando a sus protagonistas en posiciones que recuerdan a las pinturas estereotipadas de mujeres árabes y musulmanas del siglo XIX, en las que ellas eran presentadas como esclavas sexuales y sumisas y, por lo general, desnudas. Ahora, la marroquí las viste -de manera figurada a través de inconexas palabras en árabe o en sentido literal con las tradicionales túnicas- y las coloca en espacios y escenas domésticas reales consiguiendo que la mujer árabe se involucre con el espectador. “Mi objetivo es dislocar las expectativas”, afirma tajante, y, al mismo tiempo, romper con las fantasías sexuales occidentales.

L. Essaydi

El espacio también es crucial en su producción. Tradicionalmente, la presencia masculina ha sido vinculada a entornos públicos: calles, cafés, lugares de reunión… Por su parte, las mujeres han sido confinadas al hogar. Con sus fotografías, la mujer árabe y musulmana sale al espacio público aunque se encuentre en el interior de su casa, ahora puede ser observada y se puede comprobar cómo la henna y los fascinantes azulejos se mimetizan y extienden más allá de su cuerpo, identificándola con sus entorno. Además, Essaydi consigue con su trabajo llegar a los cimientos de algunas creencias y considera que los umbrales físicos acaban determinando los culturales: “Muchas mujeres árabes pueden sentirse encerradas psicológicamente, pero creo que su origen está en la arquitectura en sí”, señala.

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I Still Hide to Smoke: el hamman y la lucha de la mujer argelina

Frente a las bombas, al atropello de los derechos humanos y a los barbudos hay un hamman. Este esconde un susurro inocente. Para muchos, conspiratorio. En la Argelia de 1995, el integrismo islámico lidera el terreno político y la represión militar viene impuesta por el Frente Islámico de Salvación (FIS). En este contexto se atiende mejor a las pequeñas cosas; al cigarrillo, al mar, a la ropa tendida o a la alegría de saber que se ha restablecido el servicio de agua. En los malos momentos, agua caliente. O una mano amiga que se ofrezca a frotar allí donde no se llega.

I Still Hide to Smoke (2016), de la realizadora argelina Rayhana Obermeyer, es una película coral liderada por la actriz Hiam Abbas (Fatima). Un hamman (baño turco) es el escenario de una cinta que se adentra en los abusos de la sociedad misógina durante la guerra civil de Argelia.

El hamman de Fatima es un bálsamo anímico para un grupo de mujeres que intenta escapar de la rutina. Madres, hijas y amigas. Vírgenes, rebeldes y enemigas. Gordas y delgadas. Casadas, solteras, viudas y divorciadas. En los baños hay cabida para todas. Muchas vienen solo a bañarse mientras otras se exfolian o preguntan por un masaje. Las hay quien además del respiro terapéutico, vienen a buscar consejo, a desahogarse o a olvidarse de los fundamentalistas. Aquí se habla sin tapabocas de sexualidad, matrimonio, divorcio y religión. Se cotillea y se ríe. También se llora. Y se sueña.

Samia (Fadila Belkebla), de 29 años y soltera, sueña con irse con el mar. De perderse en el horizonte. Pero lo que le quita el sueño es buscar un marido. Entra a trabajar en los baños para ver si alguna casamentera la recomienda aunque “nadie se fija en las que limpian o dan masaje”, le advierte Fatima. Samia es testigo en un espacio donde además de la limpieza física existe un aseo mental.

El hamman es un refugio para que las mujeres se presenten sin máscaras, con sus miedos e inquietudes. Un lugar para expresarse libremente y buscar compañía. Incluso es destino para aquellas que apoyan al régimen extremista. Rayhana, que se enfrentó al desafío de encontrar actrices árabes que quisieran formar parte del reparto, propone una cinta con escenas cuidadas y tiernas donde las mujeres descosen estereotipos en unos diálogos atrevidos y que son una mirada al mundo árabe femenino.

Aunque en una sociedad en la que “falta el amor”, siempre hay alguien pidiendo pelea. La seguridad de los baños se verá amenazada cuando Fatima acoge a Mariem (Lina Soualem), soltera y de 16 años, que está embarazada. Su hermano fundamentalista ha conocido el secreto y va buscarla al hamman. Venganza y una daga. La tranquilidad entonces queda a expensas de los barbudos que atormentan la desinhibición cuando llaman a la puerta.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa.

Llega a los cines Clash, un retrato quebrado del Egipto post Mubarak

La pantalla está en negro. Se escucha cómo se enciende un motor que queda al ralentí. Cláxones de fondo. Arranca el vehículo al tiempo que se ve la primera imagen de la película que acompañará al espectador: el interior de una furgoneta de policía vacía. De momento, vacía. Los rótulos se van sucediendo: “2011. la revolución egipcia acaba con 30 años de presidencia”. “2012 el nuevo presidente elegido es un miembro del partido islamista Hermanos Musulmanes”. “2013. Millones de personas se manifiestan en contra del nuevo presidente en las acciones públicas más grandes de la historia del país”. “3 días después los militares lo sustituyen”. “En los siguientes días, los enfrentamientos entre los militares y los simpatizantes de los HM explotan por todo el país. Esto es uno de esos días”. Y el título que presagia un guion epiléptico que reta a la actual represión en Egipto hacia la prensa y la libertad artística: Clash (choque).

El desafío cinematográfico de Clash, del realizador egipcio Mohamed Diab –tan famoso en el país por su papel de activista y bloguero durante la revolución de 2011 que derrocó al régimen de Mubarak, como en su faceta de director– es el de presentar un trabajo con cámara en mano, y no solo para agitar la tensión, sino para dibujar un espacio confinado cual espejo de una sociedad sin margen de maniobra y obligada a entenderse. Los enfrentamientos se sucederán en magníficas puestas en escenas de manifestaciones multitudinarias por las que la furgoneta se verá abogada a transcurrir. A detenerse. A acelerar. Y a encerrar de forma aleatoria a diferentes personas de sexo y edad.

Subyacente al drama se podrá percibir otro elemento: un lamento punzante por la unidad y la energía de la cultura egipcia a través de una gran cantidad de pequeños detalles: género, ideología, religión, juventud. Y la fuerza del agua (vida, renovación, pureza, pero también destrucción) y el color verde (islam, esperanza, camino por andar) pasearán también de forma ininterrumpida a lo largo de los 97 minutos.

En esta segunda película de Diab que sigue al drama anti sexismo retratado en Cairo 678 (2010), el director no muestra ningún momento de esperanza, sino que centra su atención en el caos y las divisiones de las protestas a favor y en contra del gobierno que siguió a la caída del elegido democráticamente Mohamed Morsi, del partido Hermanos Musulmanes en julio de 2013. Tópica en algunos momentos, este film sigue la estela de otros trabajos que arrojan luz sobre el conflicto en Egipto como el documental de la realizadora egipcia Jehane Noujaim The square (2013), o la película de Ibrahim el-Batout Winter of Discontent (2012).

Fotograma de la película Clash.

La miríada de personajes consigue penetrar debajo de la piel de una nación islámica compleja con múltiples sensibilidades. Uno de ellos es el papel de la actriz Nelly Karim (protagonista de Cairo 678), una de las dos únicas mujeres a bordo; una enfermera que parece aguantar alguna pequeña esperanza moral mientras remienda las lesiones sufridas por ambos lados. Una metáfora maravillosa. Pero también, el espectador podrá distinguir a un líder intelectual de los Hermanos Musulmanes, a dos periodistas que trabajan para Associated Press –en realidad, un guiño velado del realizador a la detención del periodista australiano de Al Jazeera Peter Greste y de sus dos compañeros egipcios en diciembre de 2013–, un potencial recluta terrorista, un anciano son su hija adolescente quien lleva un hiyab, un aspirante a cantante, un policía cristiano copto y hasta un padre preocupado de que su hijo adolescente puede haber desertado a la oposición. No hay unidad aparente y sí, miopía común. Una carga humana que cada vez se hará más desesperada en el interior del camión.

Clash mantiene la tensión liberándola en algunos momentos para jugar con el espectador y sus perspectivas de lo que tendría que ser: no hay posicionamiento en ninguno de los dos bandos por parte del realizador. No obstante, sí se aprecia su intencionalidad en uno de los diálogos cuando uno de los personajes recordando la revolución de 2011, exclama con melancolía: “¡Esos eran los días!”. El silencio que sigue en el interior de la furgoneta es elocuente, ya que lo que podría haber sido ha quedado relegado a la cuneta. El futuro ha dejado paso al caos.

Tras su paso por la sección Una cierta mirada del Festival de cine de Cannes, Clash se presentó a competición en la pasada Seminci donde se alzó con el Premio “Pilar Miró” al Mejor Nuevo Director para, Mohamed Diab, el Premio a la Mejor Dirección de Fotografía, para Ahmed Gabr y el premio Sociograph Award, otorgado por la consultora Sociograph a la película más impactante del certamen.

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La mezquita que perdió Gadafi en Uganda

Desde el año 2006 el horizonte de Kampala está dominado por la Mezquita Nacional de Uganda. Este inmenso edificio religioso se encuentra en el centro de la ciudad y se ha convertido en el faro de la comunidad musulmana en un país donde la religión islámica representa un 12% del total de la población.

Mézquita de KampalaEl dictador Idi Amín colocó la primera piedra para su construcción en 1972 con el fin de construir la mezquita más grande de todo África. La colina del Old Kampala, donde se llevó a cabo la primera fundación de la ciudad, fue el lugar elegido para la construcción de la mezquita. Sin embargo la caída del dictador paró el proyecto durante varios años y no se recuperó hasta que se encontraron nuevos fondos para su financiación.

Fue en 2002 cuando el presidente libio, Muamar al-Gadafi, en visita oficial por Uganda se ofreció a financiar los costes para finalizar la obra que llevaba décadas paralizada. De esta forma la administración libia se haría cargo de la construcción así como de los gastos administrativos posteriores a la inauguración. Esta oferta llevó al Consejo Supremo musulmán de Uganda a bautizar oficialmente el nuevo edificio como Mezquita Nacional Gadafi, acto que tuvo buena cogida no sólo entre los fieles musulmanes sino en amplios sectores de la sociedad ugandesa que veían a Gadafi como aliado y hermano del país.

Detalle de la cúpulaGracias a los nuevos fondos con los que contaba el Consejo, la construcción de la mezquita se apresuró y en apenas cuatro años las obras estaban finalizadas. El proyecto, basado en los planos iniciales impulsados por Idi Amín, se caracteriza por la construcción de un gran arco a la entrada de la explanada del edificio con el fin de dar la bienvenida a los creyentes y a todo aquél que quiera visitar la mezquita. Junto a dicha explanada se encuentra el minarete, desde donde se realiza la llamada a la oración a la comunidad musulmana y que en los últimos años se ha transformado en un atractivo turístico por las vistas panorámicas que ofrece de la ciudad. El edificio está además coronado por una cúpula central de grandes dimensiones escoltada por otras cuatro cúpulas de menor tamaño a cada lado. El interior, que puede albergar a más de 12.000 personas, está ricamente decorado con varias inscripciones árabes, los diferentes nombres de Alá y diversos pasajes del Corán.

La denominada Mezquita Gadafi se ha convertido en el centro de poder del Islam en Uganda ya que el Consejo Supremo estableció allí su sede. Así mismo es también uno de los mayores centros culturales de la comunidad en el país y una de sus funciones es la protección de la tradición y la expansión de la cultura musulmana en Uganda.

Sin embargo, durante los últimos años el Consejo Supremo ha tenido que hacer frente a un problema económico. La guerra civil de Libia, surgida al calor de la Primavera Árabe, acabó con el gobierno del coronel Gadafi, que fue asesinado en el año 2011. El nuevo gobierno libio, empeñado en eliminar el pasado del dictador, se negó a sufragar los gastos de la mezquita hasta que se borrara cualquier referencia al coronel. Por ello los líderes de la comunidad se vieron obligados a rebautizarla con el nombre de Mezquita Nacional de Uganda, suprimiendo todo rastro del ex-dictador libio. Si bien, la división de facto del gobierno de Libia ha dificultado el envío de las ayudas y actualmente la mezquita ya no cuenta con dicha financiación. Esto supone un duro golpe para el mantenimiento del edificio ya que los fondos libios cubrían esos gastos totalmente.

La megalómana obra es un pilar más de la sociedad ugandesa y ya forma parte del skyline de Kampala. Es un símbolo de la pluralidad existente en un país en el que conviven pacíficamente religiones muy diferentes. No obstante, la mezquita que un día perdió Gadafi es también el faro de la cultura musulmana en Uganda y, si nadie lo remedia, corre el peligro de apagarse.

 


Fuentes

You Tube

Visit Uganda

Ug Pulse

Web Citation

Campus Journal

BBC

African Arguments

Filmin y Wiriko te traen Timbuktu a casa

TIMBUKTU-FIMIN

Artículo escrito por Joan Sala y publicado el 4 de junio en Filmin.

“Timbuktú” memorable África

Sorprendió a propios y extraños cuando se proyectó en el pasado Festival de Cannes, aunque ya no tanto cuando resultó nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera o cuando arrasó en los recientes Premios César. Timbuktu es un film imprescindible para los tiempos que corren, que demuestra el potencial del cine africano a manos de Abderrahmane Sissako. 

¿De qué va?

Silencio en Timbuktu. Las puertas están cerradas y las calles desiertas. No se escucha música, no se juega fútbol, nadie fuma. No se ven colores, nadie ríe, las mujeres son sólo sombras. Los extremistas religiosos han sembrado el terror. Lejos del caos, en las dunas Kidane lleva una vida tranquila con su esposa, su hija e Issan, su perro pastor. Pero su tranquilidad durará poco. Tras matar accidentalmente a Amadou, un pescador que atacó a su vaca preferida, Kidane debe enfrentar la justicia de los nuevos dirigentes que se oponen a un islam abierto y tolerante. Ante la humillación y los actos de esos personajes multifacéticos, Timbuktu cuenta el combate silencioso y digno de hombres y mujeres, y el futuro incierto de los niños…

¿Quién está detrás?

El mauritano Abderrahmane Sissako es uno de los principales referentes del cine africano contemporáneo. Con la excelente y sólida Bamako (2006), su película más internacional y mundialmente reconocida, resultó ser nominado al Premio César a Mejor Actriz. Sin embargo, cuatro años antes ya fue puesto en el mapa por el Festival de Cannes con Heremakono (2002), galardonada con el Premio FIPRESCI tras concursar en Un Certain Regard. Con Timbuktu, Sessako subió de categoría y concursó en toda una Sección Oficial. Bien lo mereció, así como su nominación al Oscar, hecho que le dará la visibilidad que merece.

¿Quién sale?

En su reparto destacan los nombres de Abel Jafri e Hichem Yacoubi, habituales del cine francés cuyos rostros hemos visto aparecer en títulos de primer nivel como “Un profeta”.

¿Qué es?

Cine de contenido y temática intrínsicamente africana (e islámica), pero rodado a la Europea. Timbuktu guarda referencias directas al cine francés, al neorrealismo italiano o incluso a Four Lions.

¿Qué ofrece?

Sustentada en sus mútliples picos de grandeza, Sissako tiene la valentía de articular la denuncia partiendo de un laudable conocimiento del medio y gran fortaleza estética, atisbando una capacidad única de plasmar el realismo sustentándose en una sobrecogedora poesía, pero también un humor sorprendentemente esquinado que coquetea con lo delirante y absurdo. No en vano su ironía, arriesgada e inteligente, evoca la comedia deadpan escandinava o incluso la corrosiva Four Lions. Estimulante contraste el suyo, plasmado de forma puntual en un partido de fútbol que unos niños disputan sin balón (fue uno de los momentazos de Cannes 2014), un islamista que fuma a escondidas y que es incapaz de hablar correctamente el árabe, o una apabullante panorámica de un estanque (no dorado) que incluso recuerda a El Desconocido del Lago. Son tan solo tres significativos retazos, tres inolvidables momentazos que vislumbran su poderío. Y es que, el neorrealismo italiano o la nouvelle vague (principalmente Truffaut y sus 400 golpes) son otras de las ilustres referencias que Sissako tiene presentes.

Lo que Timbuktu retrata (o más bien poetiza) es una bella flor que marchita. Un pueblo pobre de dinero, pero rico en ‘color’ y alegría que es sumido en la ruina. Es su alma y corazón, aquello que el fundamentalismo ideológico le arrebata y que Timbuktu plasma sin atisbo de condescendencia ni efectismo alguno. Su principal arma es la opulencia artística, y en el mejor de los sentidos. Aquella que conciencia tanto como epata. Difícil misión la suya, que para mi sorpresa y alegría resulta cumplida. Dijimos que daría que hablar, y su nominación al Oscar a Mejor Película Extranjera así lo constanta. Imprescindible.

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¿Cuántas películas se produjeron y co-produjeron en Mali entre 1970 y 2001?