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Los sudafricanos Soweto Gospel Choir ganan su tercer Grammy

Podría haber sido para el álbum DERAN de Bombino, el primer nigerino en ser nominado a un Grammy. O el exquisito FENFO de la maliense Fatoumata Diawara. También podría haber ido a parar a manos del nigeriano Seun Kuti & Egypt 80, por su BLACK TIMES, así como para el ruso Yiddish Glory por sus Canciones Perdidas de la Segunda Guerra Mundial… Pero el Grammy a Mejor Disco de Músicas del Mundo ha sido para FREEDOM, de la banda sudafricana Soweto Gospel Choir, que acumulaban su quinta nominación y han terminado recibiendo su tercera estatuilla en la 61ª edición de los Premios, celebrados la pasada madrugada en Los Angeles.

En la presente edición, la categoría de Mejor Disco de Músicas del Mundo ha sido prácticamente monopolizada por músicos africanos. Bombino, Diawara, Kuti y los de Soweto, competían con Glory para conseguir un galardón que el año pasado fue otorgado a la banda, también de gospel, y también sudafricanos, Ladysmith Black Mambazo.

No es inusual que el talento musical africano sea encasillado en una etiqueta a parte. Desde la invención del obsoleto y ofensivo término ‘músicas del mundo’ como una etiqueta de márquetin hace más de un cuarto de siglo hemos aprendido suficiente tanto de la música en sí como del mundo en general para comprender que bajo este rótulo sigue habiendo cierto empeño de superioridad cultural que impide que DERAN de Bombino pueda figurar entre los nominados a Mejor Álbum de Rock o que Fatoumata Diawara pueda postular alguna de sus actuaciones a Mejor Interpretación de un solista pop, para poner un ejemplo.

Solo hace falta echar la vista atrás. 2012, álbum TASSILI de Tinariwen. 2014, LIVE: SINGING FOR PEACE AROUND THE WORLD de Ladysmith Black Mambazo, que repitieron en 2018. 2015, EVE de Angelique Kidjo, que hizo doblete al siguiente año, en 2016, con SINGS. ¿Pero podrían haber sujetado Tinariwen una estatuilla a Mejor Álbum de Blues Contemporáneo o de Folk? Y… ¿Por qué Ladysmith Black Mambazo o Soweto Gospel Choir no competían a mejor álbum de gospel? Lo que vuelve a remitirnos a la eterna pregunta de por qué los músicos africanos pueden optar solamente a una etiqueta tan esencialista y excluyente como esta.

7 novedades musicales para un Safari “Slow” alrededor de África

El sentido del viaje ha mutado en nuestro mundo hiperconectado. Tanto es así que hay quien viaja sin profundizar en ninguna experiencia más allá de su traslado a otro lugar. Es el llamado “turismo de consumo”, ese que se plasma a través de fotos en Instagram o vídeos en el blog personal. El que capta postales (fotografías robadas a los locales) mientras sigue rutas trazadas por guías sin salirse de las recomendaciones hechas para que todo el mundo tenga esa misma experiencia. Da igual si te cruzas con una vivencia única, un lugar maravilloso, conoces a alguien encantador que te puede abrir un nuevo universo a conocer… ¡No hay tiempo! ¡El itinerario escogido está marcado, aunque a veces te obligue a pasar por sitios ridículamente caricaturizados y seas tratado como un títere cuyo única función sea la de comprar!

Como el que engulle Fast Food y acaba gordo pero desnutrido, el turista-consumista terminará con muchas estampas en su pasaporte pero pocos nutrientes para enriquecer su mundo interior. De hecho, siempre volverá estresado y cansado de sus viajes. Y a estas alturas ya habrás intuido que algo similar sucede con la mayor parte de cultura que compramos y consumimos. En los cines comerciales raramente encontraremos buenas películas de las que aprendamos. Y no, la mayor parte de las canciones que suenan en las principales emisoras de radio tampoco favorecen una conexión con el artista, que al final nos está contando historias íntimas y particulares, aunque no las escuchemos.

Pigmeos Batwa del Congo escuchan las grabaciones de sus canciones que les ha hecho el etnomusicólogo sudafricano Hugh Tracey, en 1958. Imagen de la International Library of African Music (ILAM).

Pigmeos Batwa del Congo escuchan grabaciones de sus canciones que les ha hecho el etnomusicólogo sudafricano Hugh Tracey, en 1958. Imagen de la International Library of African Music (ILAM).

La cada vez más famosa cultura o filosofía “Slow” (lenta o pausada en inglés) cuestiona el materialismo y la inmediatez del sistema capitalista, para promover una nueva actitud de la sociedad, más coherente, natural y sostenible, capaz de producir una mejora en nuestra calidad de vida. Con la intención de ralentizar nuestra mirada y nuestro ritmo, y escuchar relajadamente las novedades discográficas que nos llegan de África, os proponemos darle al play y abrir los sentidos con serenidad y mirada reflexiva. Con todo, se trata de que cada cuál experimente un viaje “Slow” y que abra pequeñas ventanas para escuchar lo que África cuenta hoy a través de la voz de algunos de sus artistas.

1. VUSI MAHLASELA, hipnótico folk sudafricano 

Aunque no se trata estrictamente de una novedad discográfica, esta nueva versión acústica de “Ubuhle Bomhlaba”, del disco Wisdom of Forgiveness (1994) del cantautor sudafricano, se presenta como un bálsamo reparador que nos transporta a una especie de estado hipnótico ideal. La mente consciente se apaga y desconectamos de las experiencias previas para lograr una transformación desde dentro. Mahlasela tiene esta capacidad para conectarnos con nuestra parte más íntima y humana, como una especie de terapia musical para descender a atmósferas africanas sin prejuicios ni expectativas.

2. DOBET GNAHORÉ, el yin y el yan marfileños

Grammy a la mejor actuación en 2010, la polifacética cantante y actriz afincada en Francia es considerada una de las artistas más reconocidas del continente. Su estilo ecléctico mezcla la suavidad de sus baladas con la contundencia de sus directos como ingredientes de una biografía marcada por la infancia rural junto a su abuelo paterno y una adolescencia urbana entre artistas y artesanos. La imprenta que Ray Lema o Lokua Kanza dejaron en su obra es palpable en esta nueva joya, homenaje al continente. Con sencillez y empatía con su entorno nos transmite en este nuevo tema un mensaje de dolor y coraje comprimidos, como el yin y el yang del orgullo de ser africana.

3. LADYSMITH BLACK MAMBAZO & OLIVER MTUKUDZI, almas eternas del África Austral

La nueva colaboración entre estos dos iconos de la música del África austral nos rinde a sus pies. El estilo vocal Isicathamiya, parte de la música tradicional Zulú, se podría considerar el mejor exponente de un descenso “Slow” a los sonidos del continente. Una pieza que testimonia un canto a la unidad de los grandes artistas africanos, y una instantánea sonora que cuenta que, a pesar de visitar los escenarios más internacionales del Planeta, el secreto del éxito es seguir arraigado a casa.

4. ROKIA TRAORÉ, gruta a atmósferas Bambara 

La maliense con más renombre internacional, junto a Fatoumata Diawara o Oumou Sangaré, ha vuelto a lanzar este 2016 una nueva joya (Ne Só, su sexto LP, editado por Nonesuch Records) con 11 cortes conmovedores que nos devuelven a “casa” -‘Ne Só’ en bambara-. Como ya nos tiene acostumbrados, su voz es un profundo torrente que hace de gruta hacia atmósferas Bambara. Una imprescindible que no nos aleja de su esencia sombría, radiografía de un Mali preso a instantes del terrorismo y el miedo, y que se mantiene fiel a su lenguaje folk ecléctico.

5. FEMI TEMOWO, universo Yoruba en estado de fusión

Conocido por su trabajo como guitarrista de la desaparecida Amy Winehouse, el nigeriano afincado en Londres ha lanzado este 2016 su Music is the Feeling. Un álbum maduro, que fusiona la variedad más amplia del Jazz, el Afrobeat o el Funk con sus raíces nigerianas a partir de un bestial discurso capitaneados por su guitarra y el Yoruba como vehículos de transmisión. Rodeado de un elenco de músicos impresionantes y de instrumentación orquestral, su sonido denso se ilumina con arreglos de cuerda elegantes y complejos. Con tributos a Fela Kuti o Chinua Achebe, Temowo nos sumerge en este trabajo a las Nigeria(s) más inexploradas, y nos invita a realizar una travesía épica.

6. JOJO ABOT, la voz cosmopolita de la intuición 

Esta ghanesa afincada en Nairobi y con raíces establecidas en Copenhague y Nueva York, explora el electro-jazz, el afrobeat y el reggae sin prejuicios estéticos para contar historias desde la espiritualidad y la feminidad. Extraído de su EP debut ‘Fyfya Woto’ (editado en junio de 2015), el videoclip oficial de “To Li” ha visto la luz este mismo verano. Una JoJo en estado totalmente meditativo baila con los ojos cerrados y explorando el espacio que la rodea como quien quiere agarrar un presentimiento o una intuición. El tema habla sobre la sospecha hacia una situación o una persona que nos engaña. Y parece advertirnos: a veces es necesario cerrar los ojos para ver más claro. Para saber más sobre ella, lee esta interesante entrevista en exclusiva.

7. CEUZANY, Cabo Verde modular

La caboverdiana lanzó, en diciembre de 2015, su segundo álbum en solitario (Ilha d’Melodia –Lusafrica), trabajo que llegó como una bocanada de serenidad con altas dosis de melancolía, como nos tiene acostumbrados todo son proveniente de esas islas. El que le ha servido como single presentación es todo un homenaje a las calles estrechas y poéticas de Mindelo, y nos empapa con el pulso y la singularidad de un instrumento vocal que hace honores a sus raíces.

 

Hiperdiversidad Sonora del África Plural

* Artículo originalmente publicado en la web dedicada a la exposición Making Africa del Ajuntament de Barcelona (en catalán)

Era un sábado de octubre de 2013. La terraza del Tree House regalaba una vista panorámica inmejorable de Nairobi a medianoche. Nina Ogot, cantante keniana y esposa de uno de los músicos más emblemáticos de la ciudad -Winyo-, acariciaba con voz dulce una asistencia que miraba más hacia una ciudad efervescente y dinámica en pleno fin de semana que no hacia el escenario. El club, casi siempre acostumbrado a los excesos y la saturación de los altavoces, estaba poblado por una amalgama de expatriados y trabajadores de organizaciones internacionales que suele nutrir el espacio. Yo acababa de aterrizar en la ciudad y todo parecía mucho más brillante, glamuroso y cautivador de lo que en realidad era. A la entrada del recinto, trabajadoras sexuales de todas las edades paseaban sus cuerpos a la sombra de la iluminación de farolas y coches. Los guardas de seguridad se dormían con la vibración de los bajos haciéndolos resbalar la gorra del uniforme a la altura de la nariz. Y mientras tanto, la industria de la noche hacía caja: taxistas, supermercados 24 horas, casinos, discotecas …

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Vista panorámica del centro de Nairobi durante la noche.

Nairobi está de moda. Mejor dicho, Nairobi va a la moda. A ritmo de kwaito sudafricano, Kuduro de Angola o Afrobeats de Nigeria, la que se erige como la capital del África del Este hace bailar a la juventud más acomodada de la urbe a ritmo de sonidos que nacen en otras ciudades africanas como Johannesburgo, Luanda o Lagos. Discográficas kenianas como Ketebul Music se esfuerzan en investigar, recopilar y reanimar las tradiciones sonoras de etnias como las lúo o kamba. La época dorada de la música Benga ha quedado atrás y la cultura de club, los sintetizadores y la electrónica se han apoderado de las pistas de baile más chic de Kenia, y no sólo en su capital, también en las ciudades turísticas de la costa como Mombasa, Diani o Kilifi. No en vano, el proyecto de investigación Ten Cities, promovido por Goethe-Institute, ha querido poner en común el movimiento de Djs de la ciudad con el de otros centros urbanos africanos y europeos, creativos y pioneros, como El Cairo o Berlín.

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Una actuación de ELECTRAFRIQUE presentando al DJ centroafricano BODDHI SATVA en el Tree House de Nairobi.

Evidentemente, no todo son luces de neón, élites y globalizaciones sonoras. Pero Nairobi es como un imán que atrae hacia su centro cualquier movimiento empujado por el magnetismo de la creatividad sonora. La ciudad reúne a menudo a programadores, emprendedores culturales, directores de festivales y nuevos conceptos de fiesta que crecen como setas año tras año en todo el continente. Muchos necesitan desplazarse a Nairobi para encontrar la financiación necesaria. Empresas del sector de la telefonía móvil, grandes organizaciones internacionales, empresarios y marcas de bebida, se convierten en patrocinadores de actividades culturales de todo tipo. Durante uno de los festivales de artes escénicas organizado por Sarakasi Trust, el “Sawa Sawa Festival”, pude entrar en contacto con un grupo de poco más de una decena de directores de festivales de música africanos que pasaban unos días en la ciudad para a reunirse en torno a posibles sinergias panafricanas. María Wilson, directora ejecutiva del HIFA, el “Festival Internacional de las Artes de Harare”; Yusuf Mahmoud, director del “Sauti Za Busara de Zanzíbar” o Faisal Kiwewa, director del “Bayimba Festival de Kampala“, buscaban formas de crecer y consolidarse, compartir gastos al invitar artistas en ruta para la región. Casi tres años después, la mayoría de festivales de música de África hacen lo imposible para sobrevivir a la crisis y falta de financiación del sector cultural mundial.

Sin embargo, África sigue produciendo una gran cantidad de éxitos que cada vez llaman más la atención a nivel internacional. La hiperdiversitat de sus sonidos representa hoy la pluralidad cultural de un continente donde 54 países y más de 2.500 lenguas conviven y se reproducen. África es el continente más joven del planeta. Y es esta juventud, cada vez más urbana, la que sostiene con ingenio y creatividad su dinamismo. África es una incandescente fuente de recursos sonoros que viven y se alimentan a caballo entre los universos e instrumentos tradicionales, pedales, efectos y mesas de mezclas.

Bombino, conocido como el Hendrix africano, exporta tradiciones sonoras del Níger junto con jóvenes consolidados como Fatoumata Diawara o veteranos como Amadou & Mariam, a través de antiguos canales abiertos entre Francia y sus ex colonias africanas. El dúo nigeriano P-Square abandera una oleada de R & B que viaja por gárgolas sonoras que confluyen en Londres vía Cape Town. Big Nelo inflama todo un movimiento desde Luanda que mueve a una joven generación de emigrantes que se encuentran en los suburbios lisboetas como Buraka Som Sistema. Pero hay sonoridades que se quedan en casa. Y a menudo, son las que más alimentan a audiencias locales que asisten a festivales y consumen música.

A menudo, la lucha a contracorriente en el océano de la industria musical implica sortear tiburones de todos los tamaños, y siempre hay peces que logran salir a la superficie y entrever atajos posibles. Algunos de ellos, auspiciados por discográficas europeas hambrientas de novedades que rompan la monotonía del pop occidental, han logrado incluso impulsar la carrera de músicos no profesionales como la de los ruandeses The Good Ones o incluso a los reclusos de una prisión malauí (Zomba Prison Project), nominados a los últimos Grammy. Pero son grupos como Msafiri Zawose, que rescatan la música tradicional wagogo del interior de Tanzania, los que demuestran una mayor virtud a la hora de inflamar directos y dejar boquiabierto al público con recetas originales de una África del Este a menudo supeditada a la sombra de guitarras congoleñas o house sudafricano.

Future Sounds of Mzansi, fotograma documental de Spoek Mathambo sobre la electrónica sudafricana.

Future Sounds of Mzansi, fotograma documental de Spoek Mathambo sobre la electrónica sudafricana.

En ciudades como Nairobi desembarcan frecuentemente grandes estrellas como el maliense Salif Keita, los sudafricanos Mafikizolo o el congoleño Koffi Olomide, contratados por festivales como el Blankets & Wine para atraer la clase media y alta de la cosmopolita capital keniana. También se genera pop local a gusto de adolescentes de toda África como el que produce el cuarteto vocal Sauti Sol. Y de forma mucho más underground, se alza la voz más crítica con cantantes y grupos como Juliani y Sarabi. Conscientes del cambio de rumbo de la industria y el peso, cada vez más importante, del audiovisual en el continente, la mayoría de músicos africanos se alían con cámaras, fotógrafos y medios de comunicación para expandir sus mensajes y hacerse un lugar en pantallas, vallas publicitarias, teléfonos móviles y tablets. La audiencia es tan amplia y heterogénea como la creatividad que se desprende de su sociedad, porosa y cambiante. Se trata de saber conectar con la gente, tanto con la que ocupa discotecas llenas hasta los topes un sábado por la noche como la que enciende la radio a las seis de la mañana mientras monta la parada de verduras en el mercado. La música acompaña y representa. Forma parte y encarna cualquier cultura. La música forma parte de toda subcultura. Nairobi es tan sólo un ejemplo más de hipercreatividad y hiperdiversidad. Un espacio donde cabe todo menos los reduccionismos.

Cómo muere la música. Desigualdades y globalización sónica

*Por Ian Brennan

Mientras alrededor de 100.000 álbumes son publicados cada año en Estados Unidos, la mayoría de países del planeta no tienen ni un sólo álbum en el mercado internacional. ¿Cómo puede ser simplemente que decenas de miles de artistas de ciudades como Los Ángeles y Londres tengan las plataformas necesarias mientras otros muchos países no tienen voz a escala internacional? Este absurdo matemático de superiores sólo refleja desigualdades profundas en nuestra sociedad.

 Una de las reclusas de la prisión de máxima seguridad de Zomba, en Malaui. Dentro del proyecto nominado a un Grammy en la reciente edición.

Una de las reclusas de la prisión de máxima seguridad de Zomba, en Malaui. Dentro del proyecto nominado a un Grammy en la reciente edición.

Uno de los defectos de la globalización y las mal-llamadas “músicas del mundo” es que el diálogo está casi siempre agarrado a una sociedad determinada (y, sin duda, vamos a tener claro que cada sociedad tiene su propia élite). Sí, un inmigrante de primera generación o un estudiante universitario de un país en vías de desarrollo pueden tener todos los derechos de expresar una opinión, pero no más que la mayoría de sus conciudadanos cuyas experiencias a menudo difieren de manera tan dramática de las suyas propias. Los menos favorecidos a menudo no tienen fácil acceso a Internet, y en los casos más extremos, no han tenido una correcta alfabetización debido a la falta de educación formal. ¡Hé aquí la desigualdad estructural del mundo!

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Marilena Delli, esposa de Ian Brennan e hija de madre ruandesa y padre italiano, es la autora de todas las fotografías que aparecen en el libro. Suele ilustrar y hacer los vídeos de todas las bandas que produce su marido.

Un miembro de clase media o alta en África o el sudeste asiático no suele escuchar las narrativas de los individuos menos favorecidos de su tierra natal. Estos no tienen acceso a los medios para dejarse a conocer. No es realmente tan diferente de Donald Trump desconociendo la difícil situación de las personas sin hogar en la ciudad de Nueva York o a los hermanos Koch negando el calentamiento global.

Sin embargo, la innovación en la cultura pop suele funcionar culturalmente de abajo arriba, y no desde la aristocracia que gobierna ahora la mayor parte de los medios de comunicación. Los movimientos con más éxito de la historia han venido de “la gente”. Ya se trate de James Brown, Elvis Presley, Bob Marley, Rosetta Tharpe, Louis Armstrong, Grandmaster Flash, Johnny Rotten, la familia Carter, Miriam Makeba, Woody Guthrie, Kurt Cobain, Blind Lemon Jefferson, Edith Piaf, o Eminem -para nombrar sólo unos pocos-, todos han llegado desde abajo. Pero es cierto que muchos de los artistas más relevantes históricamente han venido de ambientes y contextos favorables que les han permitido despuntar en un momento determinado.

Cómo muere la música (o vive): 

how-music-dies-coverHow Music Dies (or Lives): Field-recording and the battle for democracy in the arts, es un nuevo libro que se enfrenta con los problemas relacionados con la distribución no equitativa y la representación de África y sus músicas en los medios de comunicación.

Personalmente, hago música deliberadamente poco comercial. Me atrae la intimidad, la honestidad y la textura de las voces, así como las relaciones entre los músicos mientras tocan. Años y años en las artes me han enseñado dolorosamente que muy pocas personas en Europa o América del Norte, incluso de forma remota comparten mis gustos, por lo que no espero que alguien de otra cultura, esté de acuerdo con mi estética tampoco.

Pero hay una cosa que tengo clara. Ningún individuo, simplemente por ser de algún lugar determinado, está dotado de un juicio estético universal. Nadie tiene una mayor autoridad en el arte. Y, la historia demuestra que los pensamientos y las voces más originales son casi siempre rechazadas en su propio tiempo y que uno casi “nunca es un héroe en su ciudad natal”.

La apreciación de un artista más idiosincrásico no tiene por qué ser exotizante. Puede simplemente provocar una disminución de distancia y parecerse más a aquello a lo que estamos acostumbrados, permitiendo de este modo que lo veamos con más claridad, más allá de la lente miope del propio ego y las ideas preconcebidas. Al final, sin embargo, todas las historias, canciones y cantantes deben valerse por sí mismos. A mí, lo que me gusta más, es la búsqueda de voces que me muevan, sin importar de donde vengan.

 

 

ian* Ian Brennan es productor de un disco merecedor de un GRAMMY (con Tinariwen) y de 4 más que han sido nominados a este premio. Desde hace más de veinte años- desde 1993- ha formado con éxito a más de cien mil personas en todo Estados Unidos (así como en diferentes puntos de Europa, África, Asia y el Oriente Medio) en la prevención de violencia, manejo de la ira y la resolución de conflictos en campos de refugiados, escuelas, hospitales, clínicas, cárceles y programas de rehabilitación para drogodependientes, en organizaciones de prestigio como el Centro Betty Ford, el hospital Bellevue (Nueva York), la Universidad de Berkeley o la Academia Nacional de Ciencias (Roma).