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La Reina de Katwe o el ajedrez del suburbio

 

Fotograma de la película La Reina de Kawte, una historia verídica sobre la vida de la ajedrecista ugandesa Phiona Mutesi.

Fotograma de la película La Reina de Kawte, dirigida por Mira Nair. Una historia verídica sobre la vida de la ajedrecista ugandesa Phiona Mutesi.

Su primer viaje importante en agosto de 2009 fue a Juba, la capital de Sudán del Sur, aunque por aquel entonces la urbe a orillas del Nilo todavía pertenecía a Sudán –los vientos de independencia llegarían en julio de 2011–. Phiona iba acompañada de Benjamin e Ivan y habían sido seleccionados para representar a Uganda en un Torneo Internacional de Ajedrez Infantil Africano. En principio no eran los únicos ugandeses que tenían que acudir al evento, pero fueron varios los niños que se negaron a ir con tres menores de un barrio marginal.

Durante el torneo, el trío ­–el más joven de la competición–, jugó contra 16 equipos de otros países africanos. Ya en su primer partido, Phiona se enfrentó a un keniano que tenía la reputación de ser el mejor jugador joven en África. A pesar de sus manos temblorosas en cada movimiento, la joven ugandesa construyó una buena jugada aislando al rey enemigo para sentenciar la partida: jaque mate. Sorpresa. Phiona ganó los otros tres enfrentamientos quedando invicta al igual que sus amigos Benjamin e Ivan. Y los tres niños del suburbio de Katwe, probablemente el más grande de la capital ugandesa, Kampala, ganaron el campeonato por equipos y un trofeo demasiado grande para caber en cualquiera de sus pequeñas mochilas.

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Esta es la historia de Phiona Mutesi, la campeona de ajedrez más joven de toda África con una historia de cine. Su vida ya había sido narrada a través de la pluma de Tim Crothers en el libro La princesa de Katwe, un trabajo biográfico que adentra al lector en una historia de superación personal. Una vida siempre en la frontera entre la vida y la muerte. El todo y la nada. El mate y las tablas. Pero nunca la rendición. Como la propia ajedrecista ha confesado: “El ajedrez es muy parecido a mi vida. Si realizas movimientos inteligentes puedes permanecer fuera de peligro, pero si tomas una mala decisión, podría ser la última”.

Ahora, bajo la dirección de la cineasta india-estadounidense Mira Samir (La boda del Monzón, 2001, o El fundamentalista reticente, 2012) la joven ugandesa cobra vida en una producción de Disney que más allá de los estereotipos fugaces de aparecen en la cinta, se agradece la intencionalidad: la de centrarse en los caracteres de los personajes, en dotarles de vida para desde allí explicarle al espectador cómo el ajedrez, un juego asociado a las clases pudientes, desestructuró un tablero encorsetado y lo hizo voluble para todos los públicos en la tierra que a comienzos del s. XX, Winston Churchill bautizó como la “Perla de África”. En el elenco destaca la oscarizada Lupita Nyong’o en el papel de Harriet (la madre), David Oyelowo interpretando al entrenador apasionado Robert Katende, y la propia Medina Nalwanga como actriz principal. El filme La Reina de Katwe (Queen of Katwe) se presentaba en el pasado Festival de Toronto 2016 y unos días después (el 23 de septiembre) se estrenaba en las pantallas estadounidenses con una banda sonora que traerá cola. Back to Life es la canción de cabecera con la que Alicia Keys, quien ha ganado 15 premios Grammy, se postula con toda seguridad a ser una de las candidatas nominadas a conseguir el Oscar.

Otoño de 2010. Olimpiadas de Ajedrez en Siberia, Rusia. Era la primera vez que Phiona montaba en avión, veía el hielo, dormía en una cama para ella sola y podía elegir qué comer. Como primera oponente tenía a Dina Kagramanov campeona nacional canadiense. Kagramanov, quien realmente nació en Bakú, Azerbaiyán, la ciudad natal del ex campeón del mundo Garry Kasparov, había aprendido a jugar a los 6 años y competía, con 24 años, en sus terceras Olimpiadas. Esta derrota y las otras dos consecutivas no hicieron desfallecer a Phiona que fue puliendo su capacidad de ver hasta ocho movimientos anticipados. “Cuando juego de ajedrez no tengo miedo”. Tampoco en la vida.

La ajedrecista aprendió a jugar en la iglesia de Agape, una estructura destartalada que de manera alarmante se mantiene erguida con algunos tablones, cuerdas, clavos y fe. En el interior de la iglesia es posible olvidar el caos en Katwe. Es en este contexto donde su entrenador Robert Katende enseñaba a los niños un juego tan extraño que no hay una palabra para definirlo en luganda, su lengua materna. Al darse cuenta de que no todos los niños con los que trabajaba jugaban al fútbol (en parte debido a que los padres no podían pagar las facturas médicas de las lesiones), Katende les enseñó ajedrez y las reglas de un tablero donde todos y todas eran iguales y donde la clase, los ingresos y su educación no importaba.

La Reina de Katwe se estrenará en España en 2017 combinando drama, comedia, una historia de superación y éxito, una banda sonora que augura éxito, y un contexto alejado de la comodidad de nuestras urbes. Ingredientes con los que Disney golpeará nuestras conciencias para enseñarnos la vida de Phiona Mutesi quien ha podido volver a la escuela con las miras puestas en la medicina y en convertirse en entrenadora de ajedrez: ambas profesiones necesarias para salvar la mente y el cuerpo. Una cinta que se postula como la nueva Slumdog millionaire (2008) pero cuya responsabilidad puede difuminarse. Un compromiso que después de las dos horas frente a la pantalla ofrece una historia llena de vida y belleza en un suburbio de Uganda pero que, al mismo tiempo, puede conseguir que el espectador acabe por normalizar la situación de empobrecimiento y abandono institucional por la que pasan los habitantes de Katwe.

Lesotho estrena su primera película

Cartel de la película 'El reino olvidado' de Andrew Mudge.

Cartel de la película ‘El reino olvidado’ de Andrew Mudge.

La ceguera inocente o intencionada con Lesotho provoca que las escasa noticias que nos llegan desde uno de los países más pequeños del continente africano se escriban en versalitas, en rojo y en mayúsculas. El 7 de abril el diario The Guardian alertaba sobre el peligro de que uno de los hospitales más importantes de la capital, Maseru, con financiación pública y privada podía quebrar. La cabecera inglesa subrayaba que el 51% del presupuesto en salud del país se gasta en pagos al consorcio privado dirigido por Netcare con sede en Sudáfrica y el mayor proveedor de atención médica privada en el Reino Unido.

Los lazos coloniales siguen sin romperse. Por este motivo, y desde este atril sobre cine y audiovisuales que ofrece Wiriko, estamos en deuda. El séptimo arte es un espacio cultural específico que sirve de escenario de representación de las dinámicas políticas, donde se configuran imaginarios y donde se interpretan los conflictos. La imagen puede penetrar conciencias volando muy lejos y como decía Benjamin: “La naturaleza que habla a la cámara no es la misma que le habla al ojo”. La tarea de forzarnos a cambiar la percepción es ardua pero aquí os dejamos una noticia que camina en esta dirección y nos muestra ese otro país desde un prisma rico y heterogéneo. Porque Lesotho lo tiene a pesar de Netcare. A pesar de los pesares.

El pasado 4 de abril se estrenaba en Maseru El Reino Olvidado (2014) del director Andrew Mudge, la primera película del país y con el idioma sesotho como principal herramienta de diálogo. Sí, has leído bien: el primer largometraje de Lesotho, país enclavado en Sudáfrica, y que en su primer fin de semana desbancaba de las carteleras a dos trabajos comerciales bajo la impronta hollywoodiense de guión poco elaborado y numerosos efectos especiales como Capitán América y Noé, ambas estrenadas en lo que va de año.

El lugar del estreno tiene también miga, en los Ster-Kinekor, el operador de cine más grande de Sudáfrica con más de 50 salas en este país, según informaba el año pasado la revista Business Report. Quizás, una pista de que será una película que circulará además en Zimbabue, Zambia y Namibia. De momento. Eso sí, el equipo apuesta a caballo vencedor con Chris Roland como productor ejecutivo, y veterano en películas como Hotel Ruanda (2004) o Darfur (2009) o en series como Charlie Jade o The shores.

El Reino Olvidado (The forgotten kingdom) es un poderoso drama acerca de un joven llamado Atang Mokoenya (interpretado por Zenzo Ngqobe) que regresa a su tierra natal en Lesotho para sepultar a su padre. Después de haber vivido casi toda su vida en Johanesburgo, Atang ha perdido el contacto con su cultura y la noción de quién es en realidad; un viaje en el que se verá arrastrado por la belleza mística de Lesotho y donde conectará con su amiga de la infancia, Dineo, de quien se enamora. Pero ganar la aprobación de su padre, ha demostrado ser una tarea muy difícil…

Zenzo y Lebohang en un fotograma de la película. Fuente: http://forgottenkingdomthemovie.com

Zenzo y Lebohang en un fotograma de la película. Fuente: http://forgottenkingdomthemovie.com

El retrato de Atang no está basado en hechos reales, más bien en una serie de historias que el director Andrew Mudge escuchó durante sus dos años en el país: jóvenes que abandonan el hogar en busca de trabajo en la ciudad. Una dinámica que se repite sobre todo desde la última década debido al fuerte crecimiento económico de las capitales del continente y que va de la mano de las grandes oportunidades de empleo que surgen en las urbes así como al nacimiento de una clase media con poder adquisitivo. Sin embargo, y al mismo tiempo, los asentamientos informales con situaciones de miseria en las ciudades se han multiplicado por el perfil de numerosas familias que buscan y esperan una mejor vida.

Como explica su director: “Estaba intrigado por esta idea: un hombre joven enojado que crece en la ciudad y que no encuentra su lugar tiene que afrontar el deber de traer a su padre de vuelta a casa”, comenta Mudge. El guión no deja de ahondar en la búsqueda personal del protagonista, en el yo más alejado de las raíces de la tierra. Por este motivo, la película recuerda a trabajos como:  Walkabout (1971) de Nicolas Roeg, en el que dos niños vagan por el desierto australiano, abandonados a su suerte, tras haberse suicidado su padre; a Hombres armados (1997) de John Sayles, en el que el Dr. Fuentes, interpretado por un excelente Federico Luppi, se encuentra en busca de su legado: siete estudiantes de medicina que entrenó para trabajar en villas nativas paupérrimas; o a la película de culto del director estadounidense David Lynch, Una historia verdadera (1999) en la que un anciano que vive en Iowa con una hija discapacitada decide visitar a su hermano, que ha sufrido un infarto y se encuentra a 500 kilómetros, en el único medio de transporte del que dispone: una máquina cortacésped.

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El Reino Olvidado es una road movie emocional, el viaje de un hombre, Atang, que sin querer experimenta una transformación en su vida cuando regresa a un lugar que hacía tiempo optó por olvidar. Un trabajo que se rodó en 55 días a lo largo de dos temporadas con un plan de producción “lleno de dificultades, debido a la falta de infraestructuras que hay en Lesotho. Pero a pesar de la escasez de recursos, el equipo pequeño, compuesto en su mayoría por gente local, nos ayudaron mucho”, explica el director.

La película ha sido nominada a nueve premios en la Acdemia de Cine Africana incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Ópera Prima, Mejor Actor (Zenzo Ngqobe) y mejor fotografía. El pequeño Lebohang Ntsane también ha recibido una nominación como Mejor Actor Infantil por su excelente interpretación como joven huérfano. Lebohang fue elegido entre más de 700 jóvenes actores aspirantes en Lesotho. Mañana viernes 11 de abril, El Reino Olvidado se estrenará a nivel nacional en Sudáfrica. Que disfruten el tráiler…

 

Redefinir los suburbios de Kenia a través del cine digital

Grupo de estudiantes de la Escuela de Cine de Kibera

Grupo de estudiantes de Kibera Film School, la Escuela de Cine en el barrio marginal de Kibera en Nairobi, Kenia.

 

La reapropiación de un sustantivo es cargar de valentía la disciplina historiográfica, es quedarse huérfano de voz y aceptar una nueva concepción de uno mismo. La palabra slum (del inglés, barrio marginal o pobre) marca las lindes de un vocabulario tatuado a fuego que se instauró durante el periodo colonial en el África británica y que perdura todavía hoy. Sin embargo, la resistencia y perseverancia de distintas organizaciones en la capital de Kenia, como la Hot Sun Foundation, Slum-TV o The Invisible Cities, siguen formando a decenas de jóvenes en los slums de Kibera, Mathare y Korogocho proporcionándoles la oportunidad de desarrollar su potencial y, a través de sus imágenes, desafiar la mirada descafeinada y aceptada de cómo es la vida en estos barrios pobres; es decir, contar la historia a contrapelo, como inisistía Walter Benjamin.

A pesar del panorama gris que acostumbramos percibir de estos barrios, “el cine africano nunca morirá, eso es seguro”, como ha puntualizado en ocasiones el director de cine mauritano Abderrahmane Sissako. Prueba de ello es que en Nairobi, el crecimiento del cine digital, como en otros tantos países africanos, está originando una nueva ola de iniciativas culturales enfocadas a promover las creaciones artísticas en zonas marginadas -léase abandonadas-. El acontecimiento de colocar cámaras de vídeo al servicio de los vecinos de estos slums ayuda a construir un nuevo sentido de identidad y a desmitificar la imagen encorsetada por parte de los medios de comunicación y del propio Gobierno. En definitiva, reinventar. Reimaginar.

Clase de edición de cortometrajes.

Clase de edición de cortometrajes.

Uno de estos slums es Kibera, que alberga casi a un millón de personas que forman parte de uno de las mayores suburbios de África y uno de los más grandes del mundo. Allí se encuentra la Kibera Film School (Escuela de Cine de Kibera) fundada por el estadounidense Nathan Collett, un cineasta inquieto que llegó a Nairobi en el 2006 para investigar sobre la narración africana. De esta experiencia y en colaboración con la población local, hizo un cortometraje titulado Kid Kibera (Chico de Kibera) el cual fue reconocido por varios premios internacionales. Posteriormente Collett puso en marcha junto a su hermana Pamela una organización no lucrativa, la Hot Sun Foundation, que iniciaría este proyecto en el 2009. El objetivo era meridianamente claro: proporcionar a las personas locales la oportunidad de contar sus historias a través del cine y adquirir las habilidades necesarias para trabajar en las industrias locales de cine y televisión. Contra todo pronóstico, este sábado 2 de febrero, la cantera de cineastas de Kibera celebrará la fiesta de graduación de la que será su cuarta promoción de alumnos.

Como reflejo del auge de esta producción digital, surgió en 2011 un festival dedicado a las imágenes producidas en estas zonas marginadas de la capital, el Slum Film Festival (SFF), una idea original de Federico Olivieri [2], quien hasta hace poco ocupaba el cargo de agregado cultural en la Embajada de España en Kenia. El agosto pasado se cumplía la segunda edición de este festival en el que las plataformas Hot Sun Films y TV-Slum se unían para reforzar la iniciativa. Durante una semana, las áreas de Kibera y Mathare se convirtieron en grandes cines al aire libre en los que más de una treintena de cortometrajes, procedentes de los asentamientos de chabolas de Nairobi, así como de Uganda y Tanzania, fueron proyectados para el beneficio de estas comunidades. El cine digital se abre camino con fuerza y con nuevas narrativas adaptadas a los contextos sociales; en este caso a los slums.

Sesenta años después de la emancipación de Kenia de la metrópolis británica, queda lejos el impulso tímido, pero confiado, que el Estado brindó a la industria cinematográfica organizando, en el seno del Ministerio de Información, la Film Production Unit y, al mismo tiempo, creando la Voice of Kenia que dependía de la radio televisión pública. Estos dos organismos trataron de fortalecer las estructuras heredadas de la colonización pero la falta de interés político y la escasez de financiación acabaron por reducir prácticamente al mínimo el cine keniata hasta la década de los 2000. Directoras como Hawa Essuman [1], que alcanzó el reconocimiento por su película Soul Boy en el Festival Internacional de Cine de Róterdam (2009), o el joven ex asistente de dirección David Tosh Gitonga, con su Nairobi Half Lifeson un claro exponente de la nueva corriente de cineastas jóvenes en Kenia.

 


[1] Esta cineasta keniana, nacida en Ghana, recibía, el octubre pasado, en el marco del Festival de Cine Africano de Córdoba un fondo de 25.000 euros por su proyecto Djin (El viento del destino). Hawa fue premiada también en el 2012, en el Festival Internacional de Cine de Durban, por su guión Logs of War (Bosques de Guerra), trabajo que fue también seleccionado en el Festival Internacional de Documentales de Ámsterdam.

[2] Sobre el cine digital en Kenia, y en concreto, sobre el festival Slum Film Festival, Federico Olivieri tiene un interesante y recomendadísimo artículo titulado: “Digital cinema and urban identities in Nairobi: the Slum Film Festival“.