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III CoDeS

Wiriko participa en el III Congreso en Desarrollo Sostenible

Para una mayoría de nuestra sociedad África sigue siendo ese territorio gigantesco, donde el desarrollo sostenible brilla por su ausencia y que sigue sufriendo el azote del hambre, la guerra y las enfermedades. Aunque poco a poco vamos avanzando hacia una imagen más real del continente, el desconocimiento general sigue siendo abrumador. Además, cuando hablamos de desarrollo situamos directa e inconscientemente al continente africano en lo más bajo de la lista, como si las sociedades africanas no se movieran ni se desarrollaran y fueran esa especie de sociedades estáticas, ancladas en el pasado. Sin duda, nos sigue haciendo falta esos espacios no sólo formativos, sino también de debate y de divulgación en los que logremos aproximarnos, si quiera un poco más, a las inmensas realidades de África.

Es en este contexto en el que la asociación Nanou-Ki , junto con Wiriko, lanza la tercera edición del Congreso Formativo en Desarrollo Sostenible –CoDeS– (anteriormente Congreso Formativo en Cooperación Internacional). Este evento, que se celebrará en Valladolid entre el 1 y el 5 de Octubre de 2019, tiene por lema ¡África grita! ¿Hasta dónde llegan sus voces? y se ha propuesto ofrecer una perspectiva real de las sociedades africanas que son, a fin de cuentas, las que presionan y lideran los movimientos de cambio en sus países.

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III CoDeS

Se trata de un evento innovador, al que preceden dos exitosas ediciones en las que participaron más de 400 personas  y en las que se llevaron a cabo formaciones multidisciplinares de la mano de grandes expertas y expertos de orígenes diferentes. El contenido del III CoDeS se centrará en la sostenibilidad y aplicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al continente africano desde un enfoque diferente al establecido convencionalmente. Para ello, se plantean tres bloques temáticos: (1) artivismos, (2) resistencias y (3) políticas y relaciones internacionales. Precisamente, el primer bloque, que ha sido organizado desde Wiriko, se centrará en explicar y debatir cómo las artes y las culturas africanas contemporáneas son una herramienta de cambio político y social. Para ello hemos estructurado un total de 9 talleres que abordarán temas como el rol de la música como expresión del descontento juvenil y la disidencia; el análisis de las ciudades como espacios creativos; las literaturas y sus vínculos con la migración; el papel del arte africano para reenfocar la miopía occidental; el cine como herramienta para la educación popular o la defensa de los ODS a través de las expresiones culturales. Para abordar mejor estas actividades, al equipo de Wiriko se suman otros compañeros y compañeras como Mike Calandra, productor musical, DJ independiente y fundador de Crudo Volta; Jeny Mbaye, experta en industrias culturales y ciudades creativas en África, además de consultora de la UNESCO; y Juan López-Aranguren, arquitecto de profesión que ha colaborado en numerosos proyectos como Autobarrios o In Love we Trash.

Junto a estas líneas de debate y reflexión como contexto, se ofrece una gran diversidad de actividades que va desde mesas redondas y conferencias, hasta entrevistas, tutorías, talleres dinámicos y actividades con una base social y cultural. Un gran abanico de profesionales internacionales con experiencia en distintos campos, como el periodismo, la economía, la antropología, la literatura o la historia, entre otros, apoyarán y harán vibrar este encuentro a través de sus testimonios y conocimientos.

Este Congreso formativo se reforzará con un Congreso académico, que se celebrará el 4 de octubre de 2019 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid. Se trata del I Congreso Internacional de Jóvenes Investigadores e Investigadoras sobre África, un lugar de encuentro para todas aquellas personas interesadas que quieran compartir sus conocimientos e inquietudes sobre el continente con la comunidad académica y con el público en general. Hasta el próximo 14 de abril, se mantiene abierto el plazo para la recepción de comunicaciones que traten temas como los que se abordan en el III CoDeS con la intención de crear un espacio de debate e intercambio, cuyos resultados se recogerán en una publicación científica.

Se trata, en definitiva, de una iniciativa que pone a disposición de la sociedad, especialmente la juventud, una formación alternativa e innovadora para hacer frente a la era de la globalización con una visión intercultural, pluridisciplinar e inclusiva, bajo el amparo de un marco universitario.

Desde Wiriko invitamos a toda persona que esté interesada en el continente a participar en este gran evento internacional. El plazo para las inscripciones en el III CoDeS se abrirá el próximo 24 de abril. Encontraréis toda la información en la página web http://codes.nanouki.com/

Seminci 2017: un idilio de amor entre El Nilo y el Pisuerga

Conquistó a la crítica y el jurado en el Festival Internacional de Sundance y el pasado sábado se hacía con la Espiga de Oro, el máximo galardón, en la capital de Castilla León durante la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) que este año ha proyectado más de 300 películas. El trabajo del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh The Nile Hilton Incident no deja indiferente a nadie: corrupción, policías y movilizaciones sociales. La revolución de 2011 en Egipto proporciona el telón de fondo para el implacable thriller político de Saleh que cambia gradualmente el enfoque de las sucias calles de El Cairo a los niveles más altos del Parlamento en el curso de una investigación por un asesinato mediático. A pesar de tener un título bastante genérico, The Nile Hilton Incident representa el tipo de cine penetrante que solo un guionista y director íntimamente familiarizado con la cultura egipcia –pero que posee una perspectiva externa– podría lograr convincentemente. La sudanesa Mari Malek, en el papel de Salwa, quien interpreta a una refugiada indocumentada, se ha convertido en una de las actrices revelación de este año a nivel internacional cautivando a la cámara. Era evidente que la historia de amor entre el El Nilo y el Pisuerga no se hiciera esperar.

Ciertamente en esta edición ha habido muchas cosas que celebrar, pero otras muchas que deberían ser mejoradas y Wiriko ha estado presente para poder contar todo de primera mano. Una de las claves de este festival ha sido su capacidad de reconversión con los años. Con una participación de más de 95.000 espectadores, uno de los festivales de autor con más trayectoria, parece que empieza a remontar los peores años vividos durante la crisis. Si la Seminci comenzó en 1973 como un “festival religioso y de valores humanos”, se dio un giro de 180 grados con la transformación completa hacia un certamen de cine internacional. No solo eso, desde la llegada en 2008 del último director del festival, Javier Angulo, se ha conseguido dar la vuelta al certamen duplicando el número de espectadores en menos de una década y mejorando su imagen tanto interna como externa. Además, esta ha sido una de las ediciones más femeninas del evento ya que se equiparó por primera vez el número de películas dirigidas por mujeres al de hombres en la Sección Oficial. “Es sin duda la mejor noticia del festival. Las mujeres también existimos aunque muchas veces se nos intente invisibilizar”, comenta Sara a la salida del largometraje iraní Napadid Shodan. “Eso sí, creo que esperar hasta 2017 para alcanzar esa cifra me parece algo ridículo”, añade.

Actriz sudanesa Mari Malek.

La dirección de la Seminci ha destacado igualmente la presencia de más de 15.000 espectadores jóvenes en las salas, algo por lo que se ha luchado durante los últimos años. Para ello se ha incluido la sección infantil “Miniminci” o el Jurado Joven con el objetivo de diversificar la oferta del certamen y hacerlo más atractivo. “Desde mi punto de vista, la presencia de gente joven necesita todavía más esfuerzo porque en las salas somos pocos. Es un cine que representa la realidad, sin superhéroes y con pocos efectos especiales lo cual hace más difícil llegar al público joven. También es verdad que, cuando se conoce, la gente acaba repitiendo”, comenta Irene, estudiante de enfermería y espectadora asidua. Sin duda alguna, el festival está tomando el camino correcto en relación a la presencia de jóvenes en las salas, ya que ellos son el futuro de esta industria.

En la Seminci se presentan producciones y coproducciones de diferentes puntos del mundo. Sin embargo, no podemos pasar por alto que durante años el cine africano y, sobre todo el cine al sur del Sáhara, ha tenido una presencia residual. El cine del norte de África ha contado con más presencia e incluso Marruecos fue invitado al certamen en 2013 para realizar un repaso por su cine con la proyección de diecisiete largometrajes, tres documentales y seis cortos. No obstante, desde ese último año, hasta la pasada edición en la que Wiriko estuvo cubriendo Nakom el único largometraje subsahariano, los cines africanos han brillado por su ausencia.

Y cuando hablamos de cines africanos nos referimos a 54 países algunos de los cuales tienen unas industrias cinematográficas de mucho peso y con largas trayectorias como son los casos de Nigeria, Sudáfrica o Etiopía. No resulta coherente que esos países sigan sin estar presentes. “Hay películas que hablan sobre África negra y luego están las películas árabes, pero no he visto en esta edición ni una sola película dirigida por africanos o africanas”, comenta Javier, profesor de Historia. “En Andalucía están mucho más presentes los cines del sur, es algo que desde luego aquí se echa mucho en falta”, reflexiona.

Aunque insistimos en la necesidad de una mayor presencia de cines dirigidos por africanos y africanas, este año hemos contado con la presencia de largometrajes de temática africana: la franco-brasileña Gabriel e a montanha que nos relata la historia de un joven que decide viajar por el mundo y descubrir el continente africano; la suiza Me Mzis skivi var dedamicaze, que nos cuenta la historia de Dije, un inmigrante nigeriano que ha acabado por error en Georgia, y April que acaba una noche en la cárcel por ejercer la prostitución; la polaca Los pájaros cantan en Kigali que relata los horrores del genocidio ruandés de 1994; o el documental español Owino que ha participado en la sección DOC España y que nos traslada a la lucha de un pueblo de Kenia que lucha contra una multinacional que envenenó su poblado con vertidos ilegales de plomo.

Sin duda alguna este año ha sido el año de los cines árabes y del norte de África. Destacamos sobre todo el largometraje tunecino Aala kaf Ifrit que nos ha mostrado la desigualdad de género del Túnez posrevolucionario y que se hizo con el Premio de la Juventud o la mencionada The Nile Hilton Incident, que además de la Espiga de Oro, ha obtenido el premio al mejor director y guión.

A pesar de los éxitos de este año, lo cierto es que la Seminci debería pensar en acoger un mayor número de películas, cortometrajes o documentales africanos para poder obtener otra perspectiva. De esta manera se podrían enriquecer mucho las próximas ediciones del festival. Y es que este certamen, en su perfil más internacional, no puede permitirse dar de lado a todo un continente. Aunque aplaudimos la presencia –y la victoria– de los cines árabes no podemos pasar por alto la continua marginación que están sufriendo las industrias cinematográficas africanas. Solo nos queda esperar que en la próxima edición se empiece a valorar un poco más el trabajo de un sur que llama a las puertas de España.

Beauty and the dogs: un Túnez posrevolucionario y traumático a examen en la SEMINCI

El pasado fin de semana se presentó en la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) la película Aala Kaf Ifrit (Beauty and the Dogs / La belle et la meute) que participa en la sección Punto de Encuentro del festival. Dirigida por la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que se estrenó en 2014 con su trabajo Challat of Tunis, y siguió su trabajo en 2016 con Zaineb Hates the Snow, la película es una coproducción en la que han participado varios países como Túnez, Francia, Suecia, Noruega o Líbano. Participó en el festival de Cannes donde tuvo una gran acogida entre el público y además recibió el premio Un Certain Regard de la Sección Oficial.

Este drama nos traslada a una noche cualquiera en el Túnez post revolucionario. Mariam (Mariam al Ferjani) es una joven universitaria de 21 años que ha organizado una fiesta para estudiantes en la que disfruta y baila junto con su amiga Najla hasta que su mirada se cruza con la de un joven enigmático llamado Youssef (Ghanem Zrelli). A partir de ese momento la protagonista va a tener que hacer frente a una situación en la que se ve envuelta de forma involuntaria y de la que no conseguirá olvidarse.

Dividida en nueve actos, Aala Kaf Ifrit nos introduce en una laberíntica noche en la que la protagonista deberá tomar diferentes decisiones. Si al final del primer acto vemos a una sonriente Mariam saliendo de la fiesta con su nuevo acompañante, en el segundo acto la vemos corriendo y gritando en medio de la calle, desorientada y con el maquillaje corrido después de una situación que la ha dejado en shock: ha sido violada por dos policías. Mariam deberá enfrentarse a la indiferencia de una sociedad que aún se recupera de la Revolución de los Jazmines, a las miradas reprobatorias de las otras mujeres, a la incapacidad de reacción de las personas que la rodean o a la burla y el sarcasmo de la propia policía. Acompañada por Youssef, que la guía y en ocasiones la persuade para tomar decisiones, Mariam intenta obtener un certificado que demuestre que ha sido violada y poder denunciarlo. Pero la burocracia y el orden se imponen a la empatía y a la solidaridad: para poder ser examinada, debe poner primero la denuncia en la misma comisaría, con todo lo que ello conlleva para la protagonista.

Cada acto se convierte así en una montaña rusa donde perdemos y recuperamos la esperanza continuamente y asistimos a la lucha constante de Mariam para hacer valer sus derechos y su dignidad. Pero, ¿a dónde vas cuando a aquellos a los que pides ayuda son los mismos que te han llevado a esa situación? La joven tunecina intentará defenderse y luchar en un sistema en patriarcal en el que los hombres tienen la última palabra y donde cada avance parece un retroceso. A través de 95 minutos, el público se pone en el lugar de Mariam y logra entender, aunque sea en parte, lo que supone luchar contra viento y marea después de haber sufrido una violación y que nadie te crea. Una lucha en la que, a pesar de la compañía, viaja completamente sola por las cloacas de un mundo que ha decidido ponerla a ella al borde del abismo y al resto de las mujeres en un segundo plano.

La división en nueve actos sorprende e inquieta. La fuerza de los guiones es un punto a favor que logra que el espectador no quite la vista ni un segundo de la pantalla. Los planos cortos y rápidos, que hunden en la confusión y la desesperación, hacen el resto. El papel que realiza la actriz Mariam al Ferjani eclipsa todo lo demás y a través de sus ojos podemos llegar a comprender el horror por el que ha pasado. Un horror que la llevará a tomar sus propias decisiones y luchar por recuperar su dignidad en un mundo hecho a la medida de los hombres.

Cristina Bayo: “La cultura africana se está empezando a entender y valorar”

El museo de arte africano de Valladolid, la Fundación Jiménez-Arellano Alonso, es, tristemente, una rara avis en el panorama artístico español. Fundado en el año 2004, cuenta con tres salas de exposición donde se trata de acercar al público un pedazo de la culturas y las artes de África. Más de 400 obras, la mayoría esculturas, forman parte de los fondos del museo, de las cuales unas 150 están expuestas al público.

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Llego con un poco de tiempo a la cita. Allí, en el patio del Palacio de Santa Cruz, espero unos minutos hasta que Cristina Bayo, la conservadora del museo, me recibe con una agradable sonrisa.

La entrevista podía esperar un poco; iba a conocer de primera mano la exposición. Nos dirigimos al Salón de Rectores, la primera sala donde los visitantes comienzan a tener un primer contacto con las artes africanas. No tardamos en entrar en la Sala del Renacimiento, la joya de la corona. Aquí se encuentran las principales esculturas y las más admiradas por todo el que pasa por el museo. Cuenta en sus haberes con quince esculturas de la desaparecida cultura Nok de Nigeria, de la que sólo se han hallado mil piezas o una cabeza del rey de Benín, algo extraordinario ya que actualmente sólo se han localizado diez figuras de este tipo en todo el mundo.

La última de las salas alberga la exposición sobre el Reino de Oku, un reino situado en Camerún cuyo rey, el Fon Sintieh II, cedió las máscaras, fetiches, su propio trono, camas y trajes ceremoniales y su pórtico real para la difusión de la cultura de Oku en Europa. Es aquí donde, sin duda alguna, podemos viajar hasta tierras camerunesas y conocer de cerca el arte y la magia de África.

Volvemos al Salón de Rectores para terminar la visita y lanzar mis preguntas. Esta vez hay algo que llama mucho mi atención. Tanto la primera como la segunda sala están en penumbra. Una oscuridad que choca con la iluminación de las obras expuestas: parece que, por fin, las artes africanas pueden arrojar un poco de luz sobre tanto desconocimiento.

P.A. La fundación cumple ya once años y, como suele decirse, los inicios siempre son complicados. ¿Cómo empezó todo? 

C.B. Como dices los primeros años fueron bastante difíciles. Todo comenzó cuando Ana y Alberto, el matrimonio Jiménez-Arellano Alonso, que tenían una colección extraordinaria en su casa (eran coleccionistas de arte) decidieron donar los fondos a la Universidad de Valladolid. La situación no era sencilla ya que había que encontrar unas salas que se adaptaran a la colección. Se eligió el Palacio de Santa Cruz que era y es la sede de la Universidad de Valladolid, lo que suponía un handicap a mayores. Además la colección venía de fuera y el arte africano es un arte desconocido. Lograr que el publico se acerque de primeras resultó muy complicado. Además los cambios rectorales de la universidad y de los directores afectaron muchísimo al funcionamiento y a la estabilidad de la fundación.

¿Y cuándo mejoró todo? 

Lo tengo muy claro. No voy a ser pelota con mi directora actual – comenta con una sonrisa- pero es la realidad. Cuando Amelia Aguado entró a formar parte de la fundación empezó el boom. Además su llegada coincidió con la inauguración de la exposición del reino de Oku en el año 2012. Toda la labor que hace ella como gestora cultural es impresionante. Toda la difusión que sabe hacer en redes sociales ha dado un buen empujón a la exposición.

¿A qué se debe la especialización en el arte africano?

Lo cierto es que el museo tiene unos fondos muy variados. Contamos con una buena colección de arte contemporáneo occidental, así como arte asiático, una muestra de arte precolombino y la exposición de arte africano.  De todos ellos el más desconocido era el arte africano, era algo especial y sabíamos que tarde o temprano llamaría la atención por su desconocimiento. Además el volumen de la colección de piezas africanas y la calidad de las obras nos convenció para empezar a impulsar este proyecto.

¿Qué es lo que podemos encontrar en el museo? 

La colección cuenta con más de 150 obras expuestas. La mayor parte son esculturas, terracotas de diferentes países del África subsahariana: Malí, Níger, Nigeria, Burkina Faso, República Democrática del Congo, Etiopía, Tanzania… y representa a muchas culturas actuales como otras que han desaparecido. En el museo están representados muchos pueblos del continente africano: Nok, Dakakari, Sokoto, Katsina, Ife, Bura, Jukun, Paré o los Falasaha, por ejemplo.

¿Cuál es el origen de las obras que exponéis? ¿Cual es su procedencia?

El matrimonio empezó a añadir obras a su colección a través de subastas y galerías de arte. Al comienzo eran subastas internacionales realizadas en países como Bélgica o Francia. Países donde el arte africano tiene un valor mucho mayor que España. En los últimos años, si que es verdad, algo ha cambiado. Las últimas esculturas se han obtenido en galerías de arte africano con sede en España, en Barcelona y en Madrid.

Máscara Oku

Máscara Oku

Las obras expuestas en el museo forman parte del arte tradicional y sobre todo son esculturas. ¿Tenéis pensado abrir la colección al arte contemporáneo africano? 

De primeras el problema que tenemos es que los fondos que están expuestos son permanente. El palacio da de si lo que da de si. El arte contemporáneo siempre nos ha parecido interesante y fundamental para entender la realidad africana, pero bien es verdad que no lo podemos incluir dentro de las salas. Sin embargo con el Reino de Oku  sí que hay una representación de los siglos XX-XXI y ayudamos a que se incluyan obras contemporáneas. Actualmente estamos incluyendo en nuestros espacios temporales, como “miradas sobre África” o en la galería de San Ambrosio, donde esta el reino de Oku, pinturas de Verónica Alcacer que ha trabajado durante años en África.  Es por ahí por donde intentamos ampliar un poco la mirada hacia el arte más contemporáneo.

¿Cuál crees que son los principales obstáculos que impiden que el arte contemporáneo empiece a entrar en nuestro país? ¿por qué nos cuesta tanto valorar el arte africano en general y el contemporáneo en particular?

El principal obstáculo siempre es el desconocimiento y la ignorancia. El arte contemporáneo  es el desconocido del gran público. La gente está acostumbrada a visitar exposiciones con obras góticas, renacentistas… pero el arte contemporáneo es más difícil de comprender y es lo que impide a mucha gente dar el paso y conocer lo nuevo. Ya si hablamos del arte contemporáneo africano tenemos un gran problema. Aquí se une el desconocimiento del arte contemporáneo con un arte que, para la mayoría de la gente, es muy distinto, externo y poco o nada conocido.

¿Habéis pensado en colaborar con otras asociaciones y dinamizar la colección relacionándola con el cine, la literatura o las artes visuales, como la pintura u otras disciplinas?

Tenemos la obligación de difundir el arte y la cultura africana. Estamos en contacto constante con varias asociaciones de todo tipo. Por ejemplo todos los años participamos en el ciclo de cine africano que impulsa la organización Umoya. También trabajamos con otras asociaciones que no se encuadran en el ámbito africano, como ASPAYM (Asociación de Lesionados Medulares y Grandes Discapacitados Físicos) con otros museos, con la propia universidad de Valladolid o con diversos colegios. Creemos que la difusión de África debe hacerse a través de todos los medios y los actores posibles. De hecho una de nuestras propuestas estrella ha sido la de acercar reproducciones del museo a diferentes bodegas de la provincia. Nos hemos dado cuenta que la unión de arte africano y vino es una vía excelente para hacer que la gente descubra África. Cuando hemos llevado las reproducciones a las bodegas la gente se asombra, les entra la curiosidad y se animan a descubrir el museo. Y te aseguro que acaban repitiendo. Se genera un ambiente único y en el fondo la base es la misma. En África también se bebe vino y es una tradición milenaria.

Actualmente en España sólo existe otro museo de arte africano permanente, el Museo Africano Mundo Negro de Madrid. Esto os convierte en un referente nacional, pero también demuestra que en España nos cuesta mucho reconocer las artes africanas. ¿Cómo lográis daros a conocer entre el público?

Para mí ese es el gran logro. Hay dos vías una a nivel nacional e internacional y otra a un nivel más local. La primera se basa en la difusión a través de las redes sociales para que nos conozcan fuera de Valladolid y conseguir que los visitantes se acerquen al museo. A nivel local nuestra idea es no cerrar puertas, salir a la calle y que la gente nos conozca. Eso es imprescindible. Sacar las reproducciones del museo es acercarnos a la gente. Sacar grandes carteles en la plaza de Portugalete es conseguir llamar la atención, hacernos visibles.

Francia, Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y, en menor medida, Italia, cuentan con un enorme número de centros especializados en las artes africanas, incluidas las contemporáneas. En nuestro país esto esta cambiando poco a poco gracias a exposiciones temporales como “África. Mito y Realidad” que acogió la Casa del Cordón de Burgos el año pasado o la gran expo “Making Africa” del Guggenheim. ¿Pero qué es lo que nos diferencia de nuestros vecinos? 

España está a tan sólo 14 kilómetros de África. Eso debería ser un punto a favor. Desgraciadamente no lo es. Británicos, belgas, franceses… todos ellos impusieron un colonialismo muy duro, que se refleja en la extracción de obras y piezas africanas para llenar los fondos de los museos, hay mucha más tradición allí. Esos países viven de cerca el arte africano y de hecho muchos artistas africanos han tenido relación con las antiguas metrópolis. España no tiene ese contacto y no se dejó influenciar por sus colonias. Esa es la principal diferencia que veo. Eso y quizás que nuestros planteamientos artísticos son diferentes. El valor que los franceses le dan al arte contemporáneo no es comprable al valor que le damos aquí.

¿Cuál ha sido el nivel de acogida entre el público en los últimos años? 

Lo cierto es que en 2010 cerramos el museo durante casi un año y medio. Todo lo que teníamos ganado entre el público, que ya nos conocía desde 2004, lo perdimos. Tuvimos que volver a empezar. Pero eso nos ayudó a plantearnos el proyecto y a repensarlo todo de nuevo. El boca a boca ha sido esencial, cada vez hay más visitantes y esos visitantes están trayendo a más gente. Creo que la acogida entre el público ha sido mucho mayor a raíz de la inauguración del Reino de Oku. Además la calidad del visitante está cambiando. Antes sólo se acercaban personas que tenían un desconocimiento total de las artes africanas, sin embargo últimamente los visitantes que llegan ya conocen algo de África. La cultura africana se está empezando a entender y a valorar. Eso lo vemos en el número de colegios que nos visita. En este curso nos han visitado ya doce colegios de Valladolid y Palencia. Los niños se acercan a la cultura africana y así conseguimos construir una base para el futuro.

¿Qué importancia le dais a las redes sociales como medio de difusión del museo y de las artes africanas? 

R. Es imprescindible porque estamos difundiendo de forma rápida y sencilla la colección que tenemos. Pero también le damos otra función a las redes sociales: destacar la importancia de la cultura africana y el valor que tiene África. Un fin fundamental es acabar con las barreras físicas y de color entre unas sociedades y otras. Al final todos somos iguales. Comprender al otro, difundir las artes y la cultura africana y la tolerancia se han convertido en el eje del uso de las redes sociales.