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“Aux États-Unis d’Afrique”, más de lo que parece

Aparentemente el título lo dice todo. Aux États-Unis d’Afrique (En los Estados Unidos de África) es el título de una novela de Abdourahman A. Waberi. Su noveno libro. Su quinta novela. Pero también es una auténtica declaración de intenciones del escritor yibutí más popular en la actualidad. Waberi es además uno de los autores más comprometidos del África subsahariana. Si bien toda su obra ha estado marcada por los exilios, por los atropellos de las autoridades, por las injusticias, por los malos gobiernos… en los últimos años se ha significado especialmente. Ha pasado a formar parte de un selecto grupo de intelectuales y escritores empeñados en ser el azote de los dictadores de sus países y del continente, en general, y llamados a convertirse en el germen de una nueva africanidad.

El escritor Abdourahman A. Waberi. Foto: Michael Setzfandt, para Zulma Editorial

Pero volvamos a Aux États-Unis d’Afrique. Recuperemos Aux États-Unis d’Afrique. Waberi la publicó en 2006, pero recientemente la editorial francesa Zulma ha reeditado la novela en un formato de bolsillo y eso nos llama la atención sobre la descabellada idea del escritor yibutí. ¿Descabellada? Al menos, inusual. Es evidente que es un ejercicio, una provocación, un juego de espejos al que Waberi somete al lector que realmente esté dispuesto a prestarse honestamente. El narrador fabula con el viejo sueño de la unidad africana y dibuja un escenario en el que los acontecimientos se han desarrollada de manera muy distinta a la real. El destino, la política o la que quiera que sea la fuerza que construye los equilibrios internacionales se ha alineado del lado de una unión política africana que aparece como la superpotencia, frente a una Europa que se desangra y se diluye en un clima continuo de guerra. Los europeos no son capaces de superar sus diferencias y sólo pueden dirimirlas hundiéndose en una espiral de violencia.

Los europeos huyen de un continente sin posibilidad de redención. Los parias del mundo son normandos o toscanos, teutones o flamentos. Mientras las ciudades africanas albergan un panorama artístico en efervescencia y un desarrollo científico mayúsculo. La vanguardia de la política, la cultura y la academia están en el continente. Un continente que en gran medida intenta mantenerse a salvo de la amenaza que suponen los migrantes dispuestos a morir en el Mediterráneo en su tránsito hacia el opulento sur. El desprecio y los discursos racistas se han hecho fuertes también en las sociedades africanas. “El hombre de África se sintió, muy rápido, seguro de sí mismo. Se vio a sí mismo sobre esta tierra como un ser superior, inigualable porque se vio separado de los demás pueblos y razas por una inmensidad sin límites. Ha construido una escala de valores en la que su trono está en la cumbre. Los otros, los indígenas, los bárbaros, los primitivos, los paganos, casi todos blancos son relegados a la categoría de parias. El universo parece no haber sido creado más que para conseguir su gloria y para celebrarlo”, dice Waberi para explicar la inevitable superioridad de los Estados Unidos de África.

Un discurso que se abre paso en esa sociedad en completa expansión y la novela lo expresa de la siguiente manera: “Los nuevos migrantes propagan su natalidad galopante, su tizne milenaria, su falta de ambición, sus religiones retrógradas como el protestantismo, el judaísmo o el catolicismo, su machismo ancestral, sus enfermedades endémicas. Para decirlo educadamente, introducen el Tercer Mundo, directamente, en el ano de los Estados Unidos de África”. Mientras los que consiguen atravesar el mar, penan en las calles de los ricos Estados Unidos de África e, incluso, acaban pereciendo.

El riesgo evidente de dibujar un escenario como este está en atravesar la línea. Waberi podía haber caído fácilmente en el relato panfletario. Podía haberse quedado en la superficie de ejercicio creativo efectista. Podía haber pintado un retablo pintoresco. Pero el escritor yibutí fue más allá, de hecho bastante más allá. En ese ejercicio de provocación que es poco más que un escenario con el que pretende romper esquemas, Waberi sitúa una historia compleja. La de una chica de los suburbios europeos rescatada por un filántropo africano. La joven saborea las mieles de ese primer mundo del sur, parece estar completamente, digamos, integrada. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Las diferencias entre los elegidos y los sometidos siempre acaban aflorando cuando lo que se ha construido es un sistema racista y discriminatorio. Ya sea en el norte o en el sur.

Dos novelistas comprometidos

Son muchos (y muchas) los escritores africanos que han mostrado flagrantemente su compromiso con la transformación social, en sus países o en el continente, con las causas justas de esos territorios. Sin embargo, hay dos que, en la actualidad, representan de manera ejemplar este “modelo” del escritor comprometido, el artista convertido en artivista. El yibutí, Abdourahman A. Waberi, y el congoleño, Alain Mabanckou han puesto la popularidad que se han ganado con su genial prosa, al servicio de la democratización en sus países. Recientemente, además, Waberi y Mabanckou se vieron cara a cara para hablar sobre esa dimensión comprometida de su trabajo literario en un encuentro impulsado por el periódico francés Le Monde, que perfectamente podría ser objeto de un estudio académico mucho más profundo.

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Los dos novelistas tienen muchas cosas en común. Proceden de países con dos de los presidentes más contestados del continente. Ambos han sido proscritos por las autoridades de esos países. Sus novelas les han dado una popularidad que se traduce en atención mediática y en la posibilidad de ser una de las voces más autorizadas en relación con las situaciones políticas de sus países. Y los dos se han visto arrastrados al activismo por la fuerza de los hechos. El último paralelismo quizá sea que, a pesar de su militancia, ni Mabanckou, ni Waberi han caído en la literatura panfletaria.

El principal argumento de ese encuentro, de lo que calificaron como “entrevista cruzada”, era precisamente poner en común su visión sobre el papel del “intelectual comprometido”. Hace dos meses, en una entrevista, el escritor yibutí confesaba que no tenía vocación de activista, pero que se había visto obligado a convertirse en una de las voces de la disidencia de su país. Curiosamente, en el encuentro entre los dos novelistas, Alain Mabanckou aseguraba que las cartas que le envían los jóvenes congoleños exigiéndole que se posicionase fue lo que le empujó a escribir una carta abierta al presidente francés, François Hollande, denunciando al régimen de Denis Sassou-Ngesso. “No puede permanecer en su confort, en los aplausos que le dan Europa, mientras que nosotros, en el Congo, estamos muriendo a causa del silencio de la gente”, dice Mabackou que le decía uno de esos jóvenes.

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons - Paolo Montanaro

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons – Paolo Montanaro

Los dos novelistas abordan, en esa entrevista cruzada, cuestiones la tradición de literatura contestataria africana; sus relaciones en y con Occidente, tanto Francia como Estados Unidos; o las prohibiciones que pesan sobre sus trabajos en sus países de origen. No se olvidan en su conversación, evidentemente, de la cuestión fundamental, porqué han adoptado ese compromiso y cómo lo combinan con su labor literaria.

En este último sentido, los dos escritores comentan divertidos un fenómeno que a la mayor parte de los escritores les revolvería el estómago. Ante la prohibición de sus libros en sus países, los novelistas se revelan. “El libro está prohibido y se convierte en un objeto clandestino. Circula en las trastiendas o se cuenta oralmente”, dice Waberi y Mabanckou añade: “¡Ah eso sí, cuando el tipo dice que ha leído el libro y empieza a contarlo a su alrededor, es mágico! A veces, no lo ha leído e improvisa. Pero es bello”. Waberi concluye: “El libro se hace vivo. Paradójicamente, a pesar de que la dictadura hace todo lo que puede para prohibir las producciones de intelectuales africanos, tenemos más atención de los medios que nunca en Francia y en los Estados Unidos”.

Recientemente, los dos novelistas se han visto ante una situación similar, unas elecciones presidenciales en las que nadie se ha atrevido a defender la transparencia de los comicios. Daniel Sassou-Nguesso, en la República del Congo, e Ismaïl Omar Guelleh, en Yibuti, han sido reelegidos en medio de las dudas sobre lo democrático de sus procesos y han sido contestados por estos dos novelistas. Ahora, ellos destacan la incultura de las autoridades de ambos estados e incluso la ignorancia de sobre la capacidad de revuelta que puede tener la literatura. “Hay críticas sociales en nuestros libros”, confiesa el congoleño, “pero los dictadores no comprenden las parábolas”, que afirma más adelante: “Es a través de la cultura que estos Estados pueden salvarse, superar las divisiones étnicas e inspirar a la juventud”.

En aquella entrevista anterior, Waberi aseguraba que “la dictadura en Yibuti morirá por sus propias contradicciones”. Curiosamente, la fórmula se parece mucho a la frase de Mabanckou que sirve para titular el encuentro de los dos escritores: “La duración de una dictadura depende de la continuidad de nuestro silencio”. Esas dos certezas marcan el motivo del compromiso de los dos escritores. Los novelistas están decididos a no colaborar con su silencio a la supervivencia de las dictaduras. Es más, se han conjurado para denunciar los atropellos y para alimentar con cultura la mente de los ciudadanos que están llamados a poner fin a esos regímenes.

Waberi y Mabanckou se miran en el ejemplo de Soyinka, de Ngugi wa Thiong’o, de Fanon, de Ouologuem, o de Béti, entre muchísimos otros para considerarse herederos de una tradición de literatura comprometida y contestatarias, una literatura rebelde que alimenta a los ciudadanos y no se pliega a los intereses del poder. Ni Waberi, ni Mabanckou se pliegan, tampoco, aunque eso suponga no poder volver a sus países, no poder distribuir públicamente sus obras, pero con la certeza de que la literatura transformadora tiene la capacidad de superar todos los obstáculos.  Dos ejemplos, de literatura y de compromiso.

Waberi, la metáfora de los pasajes de Yibuti

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons - Paolo Montanaro

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons – Paolo Montanaro

Pasaje de lágrimas nos plantea un primer problema ¿En qué género encajamos esta obra? Se trata de la novela más reciente del yibutí Abdourrahman A. Waberi, uno de los autores con más proyección de la región del Cuerno de África. Dándole vueltas y vueltas, quizá lo más sensato sea no intentar clasificarla. En realidad, tiene tanto que aportar que poniéndole etiquetas, seguramente, lo único que consigamos es perdernos detalles y, sobre todo, derrochar un tiempo precioso. Así que lo más práctico será, simplemente, hablar sobre ella.

Pasaje de lágrimas fue escrita por Waberi en 2009 y publicada en español por la editorial Baile del Sol dos años después, en 2011. Sólo la compañía editora canaria ha sido capaz de acercar hasta los lectores hispanohablantes a este autor que ofrece, a través de sus obras, una visión tan particular como precisa de Yibuti y de la región, en general. No nos engañemos, el Cuerno de África es probablemente la zona más desconocida de África subsahariana. Nos suenan las cíclicas hambrunas, aquellas imágenes de niños con vientre abultados que nos llegan de tanto en tanto. Nos suenan también las idas y venidas de los piratas del Mar de Arabia. O cómo mucho, hemos escuchado alguna vez el caso de Eritrea, uno de los pocos estados surgidos en África modificando las fronteras establecidas en la colonización. Pues bien, aun sabiendo todo eso, Waberi nos demuestra que no sabemos nada del Cuerno de África.

Aparentemente, Djibril es el principal protagonista de Pasaje de lágrimas, quizá acompañado un poco en la sombra por su hermano gemelo Djamal. Sin embargo, todo nos hace pensar que el verdadero protagonista de fondo de esta historia es en realidad Yibuti. No puede ser casualidad que los dos personajes que llevan el peso de este relato naciesen en 1977, el año en el que el país se independizó de la antigua metrópoli, Francia. Tampoco debe ser una coincidencia que las vidas de cada uno de ellos tomasen caminos divergentes. Uno, prácticamente, reniega de su origen y se vuelve hacia el mundo occidental. El otro, después de una experiencia traumática, parece que se refugia en el fanatismo religioso.

Cubierta de Pasaje de lágrimas.

Cubierta de Pasaje de lágrimas.

Yibuti es un país de poco más de 23.000 kilómetros cuadrados que alberga menos de un millón de almas, pero se encuentra ubicado en pleno Cuerno de África. Se trata de un emplazamiento tan estratégico como la salida del Mar Rojo, el punto en el que más cerca se encuentra la región africana de la península arábiga. Por ello, el asentamiento ha sido históricamente una plaza muy codiciada, controlada durante años por la administración colonial francesa. En los últimos años, Francia, Estados Unidos o las potencias petroleras del Golfo Pérsico han pugnado por afianzar su influencia en la zona. Este no sólo es el contexto en el que se desarrolla Pasaje de lágrimas, tampoco son sólo detalles fundamentales en el desarrollo de la historia, sino que el propio relato se convierte en la narración más agradable y menos farragosa de una situación geoestratégica tan compleja. Waberi aprovecha la trama para explicar todos estos detalles.

Djibril abandonó Yibuti quince años atrás. Lo hizo escapando de una experiencia familiar traumática y de un entorno en el que nunca se ha sentido querido. Por ello, en su fuero interno ha renunciado a su tierra natal. En realidad, el único personaje que se libra de la quema de su pasado, el único vínculo que mantiene a Djibril enraizado débilmente a su país es Assod, el abuelo del protagonista, que además es un lazo con toda una tradición. Abdourrahman A. Waberi deja muy claro desde un principio que Djibril huyó. Su regreso, para cumplir una “misión” como trabajador de una oscura agencia de información (léase, espionaje), le obliga a enfrentarse a sus propios recuerdos, a sus frustraciones y a la íntima convicción de que se comporta como un traidor.

Una imagen del autor extraída de su propia página web personal.

Una imagen del autor extraída de su propia página web personal.

El relato en primera persona del propio Djibril, se mezcla con el de su hermano, que misteriosamente conoce perfectamente todos los movimientos del otro protagonista a pesar de encontrarse encarcelado. Desde la distancia, ambos están conectados, probablemente, por los invisibles vínculos que unen a los hermanos gemelos; pero también por las cuentas pendientes que dejó la huida de Djibril y la profunda herida que dejó en su hermano. Esa dimensión humana, la crudeza de las reflexiones de los personajes en torno al desarraigo, al desamparo, a la frustración y a la búsqueda de sentido a una vida completamente desmantelada, se entrelazan con la trama de una novela de espías que se desarrolla entre servicios de inteligencia, integristas religiosos e intereses económicos. Y una pieza, que durante muchas páginas parece inconexa, el relato de los últimos días del filósofo Walter Benjamin, una figura que fascina al autor.

Pasaje de lágrimas exige atención y no es una lectura para nada ligera. Sin embargo, Waberi tiene la maestría de ir dando pinceladas, ir haciendo una serie de dibujos, de trazos parciales. Y tiene, sobre todo, la habilidad de obligar al lector a separarse lo suficiente para que esos trazos adquieran una forma bien definida. La historia, al finalizar el relato, es sorprendentemente redonda.