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Vuelta al cole llena de esperanzas

Llega la vuelta al cole y con ella una mirada a través de la ventana que nos llena de esperanzas en relación a las literaturas producidas por autores africanos. Una mirada por la ventana que, en realidad, es un vistazo a lo que se está cociendo en otros países para tratar de tener una idea de lo que en un deseado futuro inmediato puede llegar hasta los lectores del mercado literario hispanohablantes que se interesan por las letras africanas.

La escritora Tomi Adeyemi en una imagen de su página web.

Lo que nos encontramos es realmente esperanzador y dentro de todos los lanzamientos nos fijamos en los que es más probable que acaben en nuestras librerías (quizá con un exceso de confianza). Hablando sólo de mercado, nos encontramos con la primera novela de la última chica de oro de las letras africanas. La aparición de The children of blood and bone, se ha anunciado para el nuevo curso, a priori durante el primer trimestre de 2018. Su autora, la nigeriana Tomi Adeyemi se ha hecho popular por haber sido la última escritora africana en unirse al club de los contratos de siete cifras.

Ya hablamos del selecto club, con las publicaciones de la camerunesa Imbolo Mbue y de la ghanesa Yaa Gyasi. Ahora hemos conocido la figura de Tomi Adeyemi que ha firmado un contrato de seis ceros con el grupo editorial Macmillan Publishers Ltd por la trilogía “The children of blood and bone” y los derechos de la adaptación al cine. De la historia que hay detrás de semejante operación literaria se sabe poco más allá de una vaga descripción de contraportada que remite a un relato de aventuras propio de la literatura fantástica (y seguramente encuadrado en las recientes apuestas destinadas al público juvenil). Por cierto, la propia web de la autora desvela que RBA Libros tiene los derechos de la traducción en castellano.

Mantenemos las esperanza, también de poder acceder en español al último trabajo de la escritora marfileña Veronique Tadjo, la recién publicada en Francia En compagnie des hommes. Tadjo se ha caracterizado por combinar magistralmente su compromiso social con una literatura firmemente enraizada en la tradición del continente, tanto en los temas como en el estilo. La escritora marfileña ha sido una de las divulgadoras más eficientes de esa tradición narrativa. En este caso, las reseñas hablan de un relato que se desarrolla durante la crisis del ébola y que despliega las historias de todos los protagonistas de semejante reto para la humanidad. Todo bajo las sombra de la sabiduría del baobab.

De la misma manera no perdemos la esperanza de que alguna editorial apueste por traducir al novelista, ensayista y poeta chadiano Nimrod. En octubre, Actes Sud publicará Gens de brume. A través de un estilo y un lenguaje en el que fluyen versos y prosa, Nimrod evoca los tiempos de su infancia, pero, sobre todo, constituye una voz tan especial que los lectores hispanohablantes no pueden seguir prescindiendo de ella.

Mabanckou leyendo uno de los pasajes de su novela, Petit Piment, recién traducida al inglés / Foto: Iván González

Sin embargo, no todos son castillos de arena. Afortunadamente, la vuelta al cole de las letras africanas también se lee en español. Alain Mabanckou es uno de los escritores más reconocidos de la esfera francófona. Durante años se ha fraguado un nombre a fuerza de proponer una narración innovadora y personalisima. Pero una vez conquistado ese espacio de la industria literaria, Mabanckou no ha bajado los brazos. De hecho, procedente de Congo-Brazzaville, el novelista se ha destacado especialmente en los últimos años por su militancia, por su combate para devolver la dignidad a la literatura de autores africanos, por su esfuerzo para construir un futuro esperanzador e inspirador para el continente y por su lucha denodada contra las dictaduras.

Los libros de la Catarata nos ofrece El llanto del hombre negro. Alain Mabanckou construye un ensayo muy lejos de ser complaciente, antes al contrario propone un discurso provocador sobre la identidad africana y es provocadora porque cuestiona de la misma manera los estereotipos como discurso victimista. Sin duda, este trabajo se une al de otros autores africanos que poco a poco van edificando un discurso que desarma completamente los pilares de la narrativa que marca la visión que el norte global tiene del continente africano.

Artistas para la Paz

Existe un proverbio ugandés que dice: “Cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre”. Afortunadamente, no hay conflicto armado actualmente en la perla de África, pero si ampliamos las fronteras, nos topamos con distintos focos de conflictos que azotan al continente. Así y todo, mientras algunos deciden hacer la guerra, otros hacen denuncia de estos crímenes y reivindican la paz con su arte.

Aprovechando la celebración del Día Internacional del Personal de Paz de las Naciones Unidas, centrado en la temática «Invirtiendo en la paz del mundo»,  queremos reconocer la contribución del arte más comprometido. Porque el arte puede ser una herramienta educativa para la construcción de la Paz y la prevención de los Conflictos.

Sudán del Sur

Mientras el pueblo celebraba la paz en Sudán con la independencia de Sudán del Sur en 2011, el país más joven de África se veía, al poco tiempo, inmerso en una nueva guerra civil. El gobierno del nuevo país se creó alrededor de la atnia mayoritaria e ignorando al resto de grupos étnicos. En 2013, el presidente dinka Salva Kiir no se tomó muy bien las críticas de su segundo Riek Machar y le despidió. Este intentó un golpe de estado que fue sofocado, pero tras tres años de negociaciones con la comunidad internacional, la violencia se instaló en Juba, la capital sursudanesa, en verano de 2016.

Pintura del colectivo Ana Taban

Y mientras la violencia y la muerte aterrorizaban al pueblo de nuevo, los artistas se echaron a la calle para llenar las paredes de la capital con mensajes de paz. Se trata del colectivo de artistas AnaTaban (Estoy Cansado), una comunidad de creativos jóvenes cansados de ver sufrir a su pueblo. Lo que pretenden es crear una plataforma de gente joven, unir sus voces y hablar libremente para lograr la paz.

Pintura del colectivo Ana Taban

República Democrática del Congo

La guerra por el control de los recursos minerales y el coltán no es el único conflicto abierto de la República Democrática del Congo. Mientras su presidente, Joseph Kabila, se aferra al poder cuando su segundo mandato, y último según la Constitución del país, terminaba el pasado diciembre, la crisis se agrava, la violencia no cesa y las muertes se acumulan en todo el territorio. La semana pasada, el presidente nombró un nuevo Gobierno de transición en contra del acuerdo con la oposición, de finales de 2016, en el que se le permitía seguir en el poder hasta que se celebraran elecciones a finales de 2017. Muchos sospechan que Kabila intenta convocar un referéndum que le permita un tercer mandato, como hicieron sus homólogos en Ruanda y Congo.

Daddy’s falling trone, 2015, Steve Bandoma

Son muchos los que han terminado en la cárcel por reivindicar un cambio político en el país, pero Steve Bondoma lo hace de una forma más sutil. A través de la pintura, la fotografía y el reciclaje de revistas para darles una nueva vida, el artista muestra en sus obras el ajetreo de la capital congoleña y una sociedad en cambio constante. Una forma de ver el mundo que denuncia la retirada de la moral con consecuencias tales como la corrupción, el robo o la falta de honradez.

No dirty money!, 2015, Steve Bandoma

Somalia

Para entender el conflicto somalí, tenemos que remontarnos hasta el siglo pasado cuando, en 1991 movimientos militares revocaron el régimen de Siad Barre y distintos grupos étnicos empezaron a luchar para hacerse con el poder, dejando, así, el país dividido. Todo se agravó con la sequía que atormentó al país con una terrible hambruna en 1992. Con la entrada del nuevo siglo, se han ido sucediendo distintos gobiernos de transición, pero en la actualidad, la guerra civil continúa librándose y el país, aunque si cuenta con un gobierno oficial, aún se encuentra activo el grupo islamista radical Al-Shabab. El conflicto se ha cobrado innumerables víctimas mortales y desplazados.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

Originario de Arabia Saudí, pero residente en la ciudad somalí de Hargeisa, el fotógrafo y artista visual Mustafa Saeed, lanzó el proyecto Coroned Energies, que, mediante imágenes, grabaciones y sonido, retrata la vida cotidiana y las experiencias de los jóvenes somalíes y pretende ser una plataforma para que puedan expresarse.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

El terrorismo islámico en Malí, Nigeria y Chad

El terrorismo también está presente en Malí, cuando los acuerdos de paz se estancaron en 2015. En marzo, distintos grupos terroristas activos en la región anunciaron su fusión en Jamaât Nasr Al islam wa Al mouminin (Grupo para el Apoyo del Islam y de los fieles). Al igual que en Nigeria, o Chad, el terrorismo Islámico de Boko Haram, que secuestra a menores y en ocasiones los usa como armas de guerra, atormenta la región, a la vez que se van debilitando las instituciones gubernamentales que no ven cómo solucionar el problema.

L’initiation, 2004. 7 Elements. Mixed Media On Fabric, Abdoulaye Konaté

Una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo maliense es Abdoulaye Konaté, que mediante telas – materia barata y fácil de conseguir en el país – que tiñe, corta y cose, transmite sus ideas acerca de las esferas políticas y sociales del país. Su trabajo se centra en las tensiones políticas de la región del Sahel.

Otro de los artistas más influyentes, de origen ghanés, pero residente en Nigeria y profesor de la universidad del país, el escultor El Anatsui, se vale de materiales recicladas de las calles, como el aluminio, el cobre o la madera, para crear objetos que expresan sus diversas preocupaciones políticas, sociales e históricas.

Gravity and Grace Monumental Works by El Anatsui, Eva Blue

La dignidad de los mestizos olvidados

Quizá un día no llame la atención que un escritor africano ambiente sus novelas lejos de África o de las comunidades africanas. Sin embargo, ese día todavía no ha llegado. Por lo poco común y porque rompe una de las características que se supone a la obra de un escritor africano, se impone destacar el hecho de que un escritor del continente ha ambientado una historia en otro lugar, el que sea. En esta sección se ha señalado en ocasiones previas, cómo en la mayor parte de los casos, se espera cosas de las obras de los autores africanos (ubicación, estilo, temas…) que constriñen su creatividad. Así que cada vez que se rompen esos límites, Wiriko lo celebra.

El escritor congoleño Emmanuel Dongala. Fuente: Rama, Wikimedia Commons. 

Emmanuel Dongala, el laureado escritor congoleño, lo ha hecho. Se ha abstraído de esos límites no escritos y ha construido una historia que deja boquiabierto. La Sonate à Bridgetower rompe seis años de silencio con una narración fuera de lo común. El personaje de George Bridgetower es la excusa de Dongala para ponerse delante de un momento histórico excepcional, de una serie de situaciones desconocidas y de un momento lleno de unas contradicciones que han desafiado todos los estereotipos.

Bridgetower fue un músico que existió realmente a finales del S. XVIII. Se trataba de un mulato, hijo de un negro de Barbados y de una blanca de Polonia, virtuoso del violín que hizo las delicias de los ambientes musicales de las principales ciudades europeas, desde París hasta Viena en aquella época. Deslumbró con su arte y llegó incluso a fascinar de tal manera a Beethoven que escribió una sonata en su honor, una sonata que finalmente recogió en su título a otro músico.

A través de la trayectoria de Bridgetower, Dongala dibuja en realidad una época y un espacio. El escritor congoleño relata la vida de una Europa en plena efervescencia. El escritor recuerda la existencia de una élite negra o mestiza en aquellas ciudades, entre las que se contaban escritores, políticos o músicos, que a pesar de estar en primera fila, siempre tuvieron una posición muy especial sólo por el color de su piel. En aquella Europa en la que la libertad se abría paso para algunos, en la que la esclavitud vivía su últimos estertores y la cultura se desparramaba, Bridgetower se convierte en el ejemplo de una sociedad casi esquizofrénica. Dongala evoca, por ejemplo, la figura de Angelo Soliman, un negro que se desenvolvía en las más altas esferas políticas y cultuales de Europa central y, sin embargo, cuando murió fue disecado y convertido en una pieza de museo. “En esta filosofía de las luces, hay un espacio de sombra. Muchos pensaban todavía en ese momento en la inferioridad de los negros, incluidas algunas personas que hoy consideramos muy tolerantes”, declaraba Dongala en FranceInfo. Pero la dualidad no se producía sólo en ese sentido, sino que, por ejemplo, muchos mulatos tenían a su vez esclavos.

Y es que las diferentes formas de trata y de esclavitud atraviesan la novela de Dongala, igual que lo hacen las profundas raíces del racismo. “Esta élite, a menudo mestiza, estaba tan ansiosa por integrarse que acabó por aceptar la jerarquía del color de la piel que se imponía: cuanto más blanco eras, mayor era la consideración que te tenían”, comentaba el escritor congoleño en una entrevista promocional en Le Monde.

Emmanuel Dongala es un escritor con una impresionante trayectoria que le ha llevado a recibir algunos de los reconocimientos más importantes de la literatura africana como el Grand Prix Littéraire de l’Afrique Noire que recibió en 1988 por Le Feu des origines; o el más reciente Prix Ahmadou-Kourouma otorgado en 2011 por su anterior novela Photo de groupe au bord du fleuve. Entre tanto, el escritor le ha dado un giro de 180 grados a su vida. Tuvo que dejar Brazzaville debido a las luchas de poder que se habían desencadenado en el país. Y se vio en Estados Unidos arropado por una campaña de solidaridad lanzada por algunos amigos del escritor. Dongala ejerce de profesor de química y de literatura africana en su país de acogida y, como se pude ver, encuentra el tiempo para seguir renovando su torrente creativo.

Sammy Baloji: confrontación entre el pasado y el presente en el Congo

Lubumbashi, la segunda mayor ciudad de la República Democrática del Congo, es la capital de la región de Katanga, una zona rica en algunos de los minerales más cotizados del mundo, tales como el cobre, los diamantes o el coltán. Lubumbashi es, también, la ciudad en la que se encuentra la sede de Gécamines, una de las compañías mineras más importantes de África y la más grande de la RDC. Fundada en 1906 por colonizadores belgas y nacionalizada en 1966 por el gobierno congoleño de Mobutu Sese Seko, a finales de los años 80 llegó a suponer el 85% de las exportaciones de todo el país, antes de rozar la bancarrota en los 90 debido a, entre otras razones, la falta de inversión en las infraestructuras.

Mémoire (2006)

Lubumbashi es, además, la ciudad natal del fotógrafo Sammy Baloji (1978), cuya obra está impregnada de la historia de su región. En 2007 recibió dos premios en la Biennal Africaine de la Photographie Rencontres de Bamako (Mali) y en 2009 el Prince Claus Award de los Países Bajos “por llevar la realidad actual congoleña a la plataforma internacional, por su importante contribución a la memoria del Congo proveyendo una nueva lectura del presente, y por el reto de demostrar que el desarrollo solo puede realizarse después de tener en cuenta los traumas del pasado”.

Sammy Baloji cuestiona la versión oficial de la historia colonialista confrontando el pasado con el presente a través de fotomontajes. Una de sus series más conocidas es Mémoire (2006), en la que yuxtapone retratos de archivo en blanco y negro de trabajadores de las minas durante el colonialismo belga con fotografías actuales de lo que queda de aquellos edificios industriales. En Mémoire, Baloji reduce la dimensión espacio-temporal para criticar la herencia colonial industrial, la destrucción de la identidad, la imagen de los negros en el imaginario colectivo occidental y la desilusión poscolonial.

Congo Far West (2011)

En 2011, el fotógrafo presenta otros dos trabajos sobre la historia reciente de su país y sus ecos en la actualidad. El primero, Congo Far West, es una nueva lectura de la Mission Scientifique du Ka-Tanga que realizaron los belgas entre 1898 y 1900. Baloji sobrepone retratos de archivo del fotógrafo François Michel en paisajes del pintor Léon Dardenne, ya que ambos acompañaron a la expedición e ilustraron el informe final. Con sus fotomontajes, utilizando el mismo material que la propaganda colonial pero presentándolo de forma muy distinta, Baloji muestra cómo la fotografía ha sido utilizada para crear una mirada de superioridad frente al “otro”, que nunca fue visto como un igual, sino que se presentaba completamente deshumanizado, clasificado y analizado como un objeto de estudio, hecho que ha marcado profundamente los clichés de la sociedad occidental actual.

El segundo trabajo de 2011 es Kolwezi, una serie de fotomontajes en los que el fotógrafo muestra el contraste entre las minas de Kolwezi (RDC) y los coloridos pósteres que adornan los hábitats de los trabajadores, como fantasía de una vida mejor. Mediante las duras condiciones de vida de los mineros frente a imágenes de sociedades idílicas e idealizadas, Baloji denuncia el resultado de la explotación de los recursos de Katanga, tanto en el pasado como en el presente, ya que la historia de la compañía Gécamines ya no puede separarse de la del país ni de la de su gente, y alude también a los efectos depredadores del capitalismo global.

Kolwezi (2011)

Sammy Baloji ofrece una imagen del presente de la RDC a través de su historia reciente, retratando a una sociedad cuyo país se ha convertido en terreno de juego de exploradores, misioneros, hombres de negocios y mercenarios desde que pasó a ser propiedad privada del Rey Leopoldo II de Bélgica hasta nuestros días, sufriendo una violenta colonización, una dictadura y dos sangrientas guerras, y que ahora abre un nuevo capítulo neocolonial con la llegada de los contratistas chinos. “Mi lectura del pasado congoleño es una manera de analizar la identidad africana actual, a través de todos los sistemas políticos que la sociedad ha experimentado. La esencia de mis temas está en la vida diaria de la gente del Congo, que es el resultado de su reciente pasado”.

 

Literatura no limits

Se han decidido a hacer caer todas las barreras, a eliminar los límites de la literatura. Continúan avanzando en un ambicioso e involuntario objetivo que ni siquiera se han planteado formalmente. El colectivo de escritores Jalada sigue avanzando, sigue en movimiento y lo demuestra especialmente con su última propuesta un festival literario itinerante a medio camino entre un festival al uso, un bibliobús y una gira artística. Los miembros del colectivo no sólo visitan doce ciudades en cinco países de África Oriental, sino que han previsto para cada una de esas paradas una programación específica, en un alarde de creatividad, también en el diseño de los eventos.

Imagen promocional del festival. Fuente: Jalada

Primero hicieron caer las fronteras y edificaron un colectivo de escritores y escritoras panafricano como nunca había existido antes, con autores de cinco nacionalidades (Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria, Sudáfrica) en el núcleo inicial. Esa diversidad de procedencias ha ido aumentando a medida que aumentaban también los miembros de esta conspiración literaria continental. En ese derribo de fronteras acabaron incluso con una barrera más alta que las de los estados y es la de los antiguos ámbitos coloniales. Jalada ha conseguido acercar a escritores de países con pasado anglófono con otros procedentes del antiguo ámbito francófono.

Después superaron los límites temáticos. Las líneas rojas, como ha comentado alguna vez Sonia Fernández, la autora de Literafricas, que les aparecen a la mayor parte de los autores africanos y que les marcan los temas sobre los que se espera que hablen. Y, sobre todo, esas líneas rojas marcan los temas sobre los que un autor africano no debería hablar. De nuevo, demoler las convenciones fue apenas un pasatiempo para este colectivo. Se presentaron en sociedad y se han ido haciendo con un nombre a fuerza de construir antologías de relatos sobre temas que nadie habría sospechado antes o, al menos, por los que muy pocos editores habían apostado hasta ahora. Han hablado, sin tapujos y sin complejos, sobre erotismo y también sobre afrofuturismo, por ejemplo.

Luego, acabaron con los límites culturales. Esa enorme riqueza cultural que alberga el continente, su diversidad, se ha interpretado, en ocasiones como una dificultad añadida para la difusión, por ejemplo, de la literatura. Jalada se ha puesto delante de esta valoración y simplemente la ha sobrepasado. Cogieron “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato original del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y publicaron una antología en la que traducían esta historia a 32 lenguas africanas (incluidas las antiguas lenguas de las metrópolis coloniales) y abrieron la puerta a continuar aumentando la lista le lenguas.

Finalmente han terminado de menospreciar los límites de los géneros ideando un poco ortodoxo festival literario itinerante. Jalada Mobile Festival es la primera edición de esta propuesta que durante un mes viajará por doce ciudades de cinco países de África del Este. Empezando por la capital de Kenia, Nairobi, se desplazarán a Nakuru y Kisumu, antes de cruzar la frontera de Uganda para instalarse dos días en Kampala y de allí a Kabale. Abandonarán después Uganda y cruzarán a la República Democrática del Congo para detenerse en Goma. Su siguiente parada está en la capital ruandesa, en Kigali. Y, a partir de ahí, comienzan el periplo tanzano que llevará al festival a visitar Mwanza, Arusha, Dar Es Salam y Zanzibar, para regresar a Kenia en la última estación, en Mombasa.

Para cada una de esas paradas, los miembros de Jalada han previsto un programa de actividades diferente que incluyen debates sobre los temas inusuales en esos foros, que realmente son los que interesan a esa nueva generación de creadores. Se discutirá sobre asuntos tan diversos como el papel de algunos medios de comunicación en la construcción de la sociedad, como es el caso de la radio; o algunas formas de cultura tradicional, con un especial interés sobre la tradición oral y su influencia en las formas literarias más actuales; se analizarán las nuevas fronteras de la literatura y algunos mitos y leyendas; se debatirá sobre las organizaciones y los colectivos que han sostenido en los momentos más difíciles la escritura y la lectura como formas de transformación e, incluso, de rebeldía. Son sólo algunos de los temas propuestos, entre los que no se ha olvidado, evidentemente, la cuestión de las lenguas nacionales.

Pero también se proyecta esa diversidad en las actividades paralelas que acompañan en cada estación a los debates y las conferencias. Si en Nairobi se ha previsto un catálogo de todas las posibles intersecciones entre la poesía y la cultura urbana, en Kigali se proyectará una nueva dimensión de la antología que Jalada publicó sobre sexo, sensualidad e intimidad a través de la danza. En todo caso, la palabra hablada será la inevitable protagonista de estas actividades que pondrán de manifiesto como un mismo fenómeno y una misma experiencia se materializa de forma diferente cuando se funde con la cultura local. Si la poesía urbana tiene un sabor especial en Dar Es Salam, propio de la tradición árabe y en Kampala, la particularidad viene del nacimiento del hiphop en las iglesias evangélicas.

En fin, toda una nueva muestra de diversidad que Jalada vuelve a poner de manifiesto en su proceso de redefinición de las líneas de la literatura, unas líneas que nunca son fronteras.

Konono meets Batida: el ruido que llegó de Kinshasa

*Entrevista realizada por Xaime Fandiño a Batida antes del concierto de “Konono meets Batida” en Pirineos Sur  (julio 2016)

En 2005 Konono No.1 rompieron el tablero de los ritmos globales. Desde Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, su primer disco, Congotronics (Creammed Discs, 2005) inventó un sonido nuevo. A partir de un instrumento tradicional del folclore congoleño, el likembe, y con una amplificación artesanal construida con piezas recicladas en desguaces, viejas pastillas de guitarra, planchas metálicas… presentaron al mundo el trance-afro-house del futuro. Repeticiones obsesivas, samplers histriónicos, cantos de llamada-respuesta y el hecho identitario fundamental de su música: likembes autoamplificados en distintas tonalidades. Ese cóctel de ruido atávico, repetido de manera hipnótica y descacharrada, los impulsó desde su Congo natal, donde llevaban más de cuatro décadas tocando en bodas, fiestas y celebraciones, a los escenarios de todo el mundo, comparados con una versión africana de la Einstürzende Neubauten y atravesados por una recodificación del gusto tradicional congoleño hacia el ruidismo inclemente.

 

Konono son de Kinshasa, pero provienen de la etnia bakongo, que vive entre el Congo y Angola. Hay similitudes entre los ritmos que utilizan Konono y algunos de los tipos de música angoleña como el kuduro o la semba, que inspiran la música del productor y músico angoleño-portugués Pedro Conquenão, conocido como Batida. Esa cercanía sonora, y el gusto de Batida por los sonidos más ásperos e incómodos de la diáspora lusófona y sus alrededores, hizo que su encuentro fuese cuestión de tiempo:  “conocí a Konono a través de las ediciones que Creammed Discs hicieron hace unos años, reeditando material antiguo y editando cosas nuevas de la banda. Ahí fue cuando los descubrí, a pesar de que ya llevaban tocando varias décadas”.

Y surge el flechazo. Batida empieza a pinchar algunos de sus beats mezclados con temas de Konono en el programa de radio que tenía en la radio pública portuguesa. “Me gusta mucho el sonido de la kalimba, en este caso convertida en likembe, y por eso empecé a hacer esas mezclas. De ahí todo vino corrido. Marc de Creammed Discs las escuchó y enseguida pensó en la posibilidad de complementarnos, de empezar a tocar juntos. Me preguntó si estaría interesado en producir el disco nuevo de los Konono, y le dije que sí, pero que antes quería conocer personalmente a la banda. Estuvimos conviviendo durante dos semanas en Lisboa, escuchando su material nuevo, grabando… Yo fui introduciendo algunos elementos innovadores: una batería electrónica, algunos subgraves, un sintetizador que ahora utilizamos en los conciertos, algo de programación… La idea fue intentar hacerles salir de su territorio habitual para posibilitar una cierta mezcla, una sonoridad nueva”.

Además de la presencia de Batida en la producción, Konono meets Batida (Creammed Discs, 2016) se compone con otras colaboraciones que imprimen una identidad transfronteriza al disco: en “Nleve Kalusimbiko” el poeta guineano AF Diaphra pone voz y Papa Juju, de la banda lisboeta Terrakota, guitarras. “Yambadi Mama” brilla por una preciosa interpretación de Pauline Mbuka Nsiala, que se desvanece en una improvisación de likembe que arrastra al ensimismamiento. Selma Uamusse aparece en “Bom dia” una canción cruda que deja de lado el likembe en favor un esqueleto de percusión y palmas. Y “Kuna America”, construida sobre un patrón de staccato de likembe que se propulsa frenético. A falta de mejor definición, digamos que todo encaja en un esquema de polirritmos festivos que celebran un carnaval enloquecido, donde el ruido es la melodía de paz que nos eleva.

El trazado postcolonial de los ritmos globales

“En la mayor parte de los países de África los grupos no viven necesariamente de las grabaciones, viven de las actuaciones en directo. La necesidad de grabar no es una necesidad obvia en el continente africano. Hay excepciones. Sudáfrica por ejemplo tiene una industria discográfica enorme, Ángola también; pero hay muchos países en los que lo importante es ver a los grupos en directo. Después, cuando llegas a Europa, a EEUU, surge la necesidad de tener música grabada. Si no ningún programador se va a interesar por ti. Entras a formar parte de las reglas de la industria, de la lógica europea y estadounidense. Para salir de África tienes que empezar a jugar a ese juego”, explica Conquenão. La historia viene de lejos y se repite una y otra vez. Desde los años 80 los ritmos del mundo cautivan el gusto del público occidental, se asimila la diferencia y se genera un plusvalor al introducirlos en la rueda del mercado global. Konono No.1 no escapan a este esquema. Conjunto excéntrico solo conocido por unas cuantas grabaciones en directo que llegan a manos de un productor entusiasta que los lanza a la fama internacional. En este caso el productor fue Vicent Kenis, quien tardó más de diez años en dar con Mingiedi Mawangu,  líder de Konono fallecido en 2015 a los 85 años de edad.

Yo personalmente no veo la necesidad de grabar. Para mi lo importante es comunicar. La necesidad de grabar la música no surge como una necesidad de los músicos sino de la industria, que se convirtió en una máquina de hacer dinero, y que muchas veces no repercute en los músicos. A veces sí es interesante el punto de vista conceptual de las grabaciones, que te permite hacer construcciones más complejas que el directo, pero es una transformación que se da desde que surge la industria, y que antes el músico no tenía”.

El debate es un clásico entre los etnomusicólogos: de la descentralización radical de la industria y la apertura a lugares inexplorados al ejercicio de producción y consumo de la diferencia, que diluye la autenticidad y perpetúa relaciones postcoloniales de poder. Si bien parece que hoy en día, la labor de pequeños sellos como Creammed Discs trascienden esta pugna en favor de una recuperación sostenible de la ética y la estética de los sonidos más crudos de África, véase Omar Souleyman, Group Doueh y los propios Konono No. 1. Además estos últimos le azotan un buen golpe al legado postcolonial reciclando antiguos megáfonos belgas Lance-Voix heredados del imperio y convirtiéndolos en máquinas de hacer ruido. Precioso detournement.

“Pienso que el principio de la música de Konono tiene que ver con la danza y con las las personas juntándose como en cualquier aldea de África. Evidentemente tiene una carga electrónica, una influencia urbana, pero la idea que está por detrás es el encuentro, el baile. Y ese es un principio universal. Todas las aldeas, antes de haberse transformado en ciudades confusas, se construían alrededor del baile, del encuentro, fuese para una boda, para un funeral, para dar una noticia… Y esa música hecha para el encuentro creo que funciona en cualquier país del mundo. Aunque no entiendas las letras, aunque no sepas la historia que está por detrás, hay emociones más universales. Y el ritmo es una de ellas”.

 

Dos novelistas comprometidos

Son muchos (y muchas) los escritores africanos que han mostrado flagrantemente su compromiso con la transformación social, en sus países o en el continente, con las causas justas de esos territorios. Sin embargo, hay dos que, en la actualidad, representan de manera ejemplar este “modelo” del escritor comprometido, el artista convertido en artivista. El yibutí, Abdourahman A. Waberi, y el congoleño, Alain Mabanckou han puesto la popularidad que se han ganado con su genial prosa, al servicio de la democratización en sus países. Recientemente, además, Waberi y Mabanckou se vieron cara a cara para hablar sobre esa dimensión comprometida de su trabajo literario en un encuentro impulsado por el periódico francés Le Monde, que perfectamente podría ser objeto de un estudio académico mucho más profundo.

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Los dos novelistas tienen muchas cosas en común. Proceden de países con dos de los presidentes más contestados del continente. Ambos han sido proscritos por las autoridades de esos países. Sus novelas les han dado una popularidad que se traduce en atención mediática y en la posibilidad de ser una de las voces más autorizadas en relación con las situaciones políticas de sus países. Y los dos se han visto arrastrados al activismo por la fuerza de los hechos. El último paralelismo quizá sea que, a pesar de su militancia, ni Mabanckou, ni Waberi han caído en la literatura panfletaria.

El principal argumento de ese encuentro, de lo que calificaron como “entrevista cruzada”, era precisamente poner en común su visión sobre el papel del “intelectual comprometido”. Hace dos meses, en una entrevista, el escritor yibutí confesaba que no tenía vocación de activista, pero que se había visto obligado a convertirse en una de las voces de la disidencia de su país. Curiosamente, en el encuentro entre los dos novelistas, Alain Mabanckou aseguraba que las cartas que le envían los jóvenes congoleños exigiéndole que se posicionase fue lo que le empujó a escribir una carta abierta al presidente francés, François Hollande, denunciando al régimen de Denis Sassou-Ngesso. “No puede permanecer en su confort, en los aplausos que le dan Europa, mientras que nosotros, en el Congo, estamos muriendo a causa del silencio de la gente”, dice Mabackou que le decía uno de esos jóvenes.

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons - Paolo Montanaro

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons – Paolo Montanaro

Los dos novelistas abordan, en esa entrevista cruzada, cuestiones la tradición de literatura contestataria africana; sus relaciones en y con Occidente, tanto Francia como Estados Unidos; o las prohibiciones que pesan sobre sus trabajos en sus países de origen. No se olvidan en su conversación, evidentemente, de la cuestión fundamental, porqué han adoptado ese compromiso y cómo lo combinan con su labor literaria.

En este último sentido, los dos escritores comentan divertidos un fenómeno que a la mayor parte de los escritores les revolvería el estómago. Ante la prohibición de sus libros en sus países, los novelistas se revelan. “El libro está prohibido y se convierte en un objeto clandestino. Circula en las trastiendas o se cuenta oralmente”, dice Waberi y Mabanckou añade: “¡Ah eso sí, cuando el tipo dice que ha leído el libro y empieza a contarlo a su alrededor, es mágico! A veces, no lo ha leído e improvisa. Pero es bello”. Waberi concluye: “El libro se hace vivo. Paradójicamente, a pesar de que la dictadura hace todo lo que puede para prohibir las producciones de intelectuales africanos, tenemos más atención de los medios que nunca en Francia y en los Estados Unidos”.

Recientemente, los dos novelistas se han visto ante una situación similar, unas elecciones presidenciales en las que nadie se ha atrevido a defender la transparencia de los comicios. Daniel Sassou-Nguesso, en la República del Congo, e Ismaïl Omar Guelleh, en Yibuti, han sido reelegidos en medio de las dudas sobre lo democrático de sus procesos y han sido contestados por estos dos novelistas. Ahora, ellos destacan la incultura de las autoridades de ambos estados e incluso la ignorancia de sobre la capacidad de revuelta que puede tener la literatura. “Hay críticas sociales en nuestros libros”, confiesa el congoleño, “pero los dictadores no comprenden las parábolas”, que afirma más adelante: “Es a través de la cultura que estos Estados pueden salvarse, superar las divisiones étnicas e inspirar a la juventud”.

En aquella entrevista anterior, Waberi aseguraba que “la dictadura en Yibuti morirá por sus propias contradicciones”. Curiosamente, la fórmula se parece mucho a la frase de Mabanckou que sirve para titular el encuentro de los dos escritores: “La duración de una dictadura depende de la continuidad de nuestro silencio”. Esas dos certezas marcan el motivo del compromiso de los dos escritores. Los novelistas están decididos a no colaborar con su silencio a la supervivencia de las dictaduras. Es más, se han conjurado para denunciar los atropellos y para alimentar con cultura la mente de los ciudadanos que están llamados a poner fin a esos regímenes.

Waberi y Mabanckou se miran en el ejemplo de Soyinka, de Ngugi wa Thiong’o, de Fanon, de Ouologuem, o de Béti, entre muchísimos otros para considerarse herederos de una tradición de literatura comprometida y contestatarias, una literatura rebelde que alimenta a los ciudadanos y no se pliega a los intereses del poder. Ni Waberi, ni Mabanckou se pliegan, tampoco, aunque eso suponga no poder volver a sus países, no poder distribuir públicamente sus obras, pero con la certeza de que la literatura transformadora tiene la capacidad de superar todos los obstáculos.  Dos ejemplos, de literatura y de compromiso.

Patricia Willocq: “Las mujeres son víctimas en todas partes del mundo”

El trabajo de la fotógrafa Patricia Willocq, que nació y creció en República Democrática del Congo (RDC), es conocido principalmente por la serie White Ebony (2013) en la que retrata el albinismo en su país natal desde una perspectiva poco habitual: la cotidianidad, la dignidad y sobre todo, la tolerancia. Este particular enfoque constante en su obra, y en particular en su trabajo sobre el albinismo, ha hecho que el proyecto fuese premiado como Mejor fotografía del año por Unicef y haya sido exhibido y difundido en varios países del mundo. Quizá también ha sido el que la ha puesto en escena. Para Willoqc, la fotografía da sentido a su vida, y afirma: “Con mis imágenes puedo ayudar a cambiar la percepción sobre algunas cuestiones que me importan. Y eso me hace sentir mejor”.

Leer la entrevista en el artículo original publicado el 7 de abril de 2016

Esther y la maternidad

Esther y la maternidad

Fiston Mwanza Mujila: el escritor feliz

Tram 83 fue uno de los lanzamientos más exitosos de un escritor de origen africano en 2014. Su autor, el congoleño, Fiston Mwanza Mujila, pasó a finales de 2015 por Barcelona para presentar la edición de su primera novela en catalán por la Editorial Periscopi y ha hablado con Wiriko para explicar algunos de los detalles de su obra.

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

Tram 83 está ambientada en Ville-Pays, un espacio imaginario, dominado por una especie de fiebre del oro, en el que una mina ocupa un lugar central, con el permiso siempre de ese club, el Tram 83 en el que se desarrolla la mayor parte de la vida social. ¿Qué tiene Ville-Pays de su país?

Para crear ese ambiente de Ville-Pays me he basado en una mezcla de varias ciudades que conozco y, evidentemente, entre ellas en Lumumbashi. Me interesa, sobre todo, la energía creativa que se genera en los lugares en los que las cosas no funcionan. En estos lugares, todo está por hacer y, de repente, los milagros se hacen posibles. Me interesa también el ambiente en el que la música está presente por todos lados, las ciudades bulliciosas con ritmo.

¿Entonces, su novela es una obra crítica, porque se hace referencia a la corrupción al totalitarismo o las persecuciones políticas?

Quizá tenga elementos críticos y tiene referencias al Congo, pero no es lo fundamental. No es un ensayo, sino una novela, una obra literaria. Lo que he intentado ha sido inspirarme en esas situaciones dislocadas, que permiten hablar de la realidad de una manera diferente. Pero no me considero un escritor especialmente comprometido. En ese sentido, soy pragmático y mi interés fundamental es la literatura. De todos modos, entiendo esa duda porque presentando el libro me he encontrado con que algunos lectores que han hecho lecturas en clave de cosas que yo ni siquiera había pensado, pero esa es la riqueza de la literatura.

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

¿Le agradan o le desagradan esas interpretaciones?

Quizá parezca extravagante, pero veo el libro como un hijo y en el Congo los hijos no sólo son de sus padres, sino de toda la comunidad. Así que el libro es también de toda la comunidad. Creo que las cosas son así.

Uno de los personajes de la novela es Lucien, un escritor que aparece completamente fuera de lugar en esa ciudad de buscavidas. ¿Qué hay de Fiston Mwanza Mujila en Lucien?

No, no. Lucien no soy yo, ni mucho menos. En realidad Lucien es un soñador y yo soy una persona eminentemente pragmática. No se parece a mí. En realidad, el personaje de Lucien me sirve para hacer una reflexión que me interesa mucho: cuál es el papel del escritor, del intelectual en general, en un país en el que las cosas no funcionan.

Y, ¿cuál cree que es ese papel?

Bueno, por mi experiencia el papel del escritor tiene que ser muy didáctico. Yo me he dedicado a hacer talleres de literatura en colegios o en prisiones y creo que el escritor puede ayudar a entender la vida, a dar herramientas para ver cómo afrontarla.

¿Ese es para usted el lugar de la literatura?

La literatura da otra visión de la historia. Por ejemplo, frente a los discursos del poder nos damos cuenta cómo se multiplican las memorias, cómo se cambia y se rectifica. En diferentes momentos se construyen diferentes historias oficiales y éstas se confrontan a las memorias colectivas. En estas confrontaciones es donde entra la literatura. Pero en todo caso, yo no soy un escritor triste. Me considero un escritor feliz, porque la literatura tiene algo de infantil.

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

¿Qué opina del debate sobre el uso de las lenguas en las literaturas africanas? ¿Usted utiliza el francés, pero un francés muy particular?

Para mí, por mi experiencia, por mi educación y por mi cultura, el francés también es una lengua africana. Aunque es evidente que el francés que se habla en Francia, tiene unas características diferentes. En realidad, yo utilizo un francés que intenta hablar de las realidades que trata la historia. Si mi lengua es algo especial, es por los temas de los que trata, necesito que el francés de mis personajes se adapte a su personalidad, que la lengua se reactualice.

Seguramente la academia no estaría demasiado de acuerdo en cuanto a los límites…

No me preocupa. La academia no ha pagado mis estudios, así que no siento la necesidad de pedirle permiso para usar la lengua. Creo que es un bien común, pertenece a unos tanto como a otros. Un saxofonista no pide permiso al inventor del saxofón cuando encuentra una manera nueva y personal de tocarlo. Y además nadie lo pretende.

No pierde la oportunidad de llevar la conversación al territorio de la música. Es importante en su novela, ¿no es verdad?

He concebido esta novela como un concierto de jazz en el que hay momentos de absoluta armonía, pero, de repente, hay otros de bullicio, de algo que parece desorden, pero luego nos encontramos con que no se ha perdido el ritmo tampoco en esos momentos.

El ginecólogo que salva a las mujeres

congo

* Artículo publicado originalmente el 14 de mayo de 2015 en El País – Planeta Futuro

El doctor Denis Mukwege, ginecólogo, activista y Premio Sájarov 2014, aceptó la propuesta de que la senegalesa Angèle Diabang hiciese un documental sobre el trabajo que se lleva a cabo en el hospital Panzi fundado por él mismo en 1999 en Bukavu, capital de Kivu Sur, en República Democrática del Congo (RDC). Aceptó complacido, “contento de que fuese una africana quien hiciese una película sobre ese tema”, explica Angèle Diabang, directora del documental Congo, un médecin pour sauver les femmes (Congo, un médico para salvar a las mujeres), presentado en la duodécima edición del Festival de Cine Africano de Córdoba, que acaba de celebrarse en la ciudad andaluza.

La idea de tratar la cuestión de la violencia sexual que sufren las mujeres en a República Democrática del Congo a través de un documental vino cuando Diabang leyó un artículo del diario francés Le Monde en 2012 que le permitió comprender mejor qué estaba ocurriendo en ese país y qué trabajo estaba llevando a cabo el doctor Mukwege.

La larguísima guerra del Congo que “transforma el cuerpo de las mujeres en un campo de batalla”, según las propias palabras de Mukwege y en el que la violencia sexual es un arma de guerra, es el escenario donde transita esta dura realidad. Una realidad en la que unas 400.000 mujeres son violadas de forma brutal cada año, segúnAmerican Journal of Public Health. Ante esta realidad, Diabang decidió que era importante rodar un documental que no profundizase tanto en las causas políticas de esta guerra eterna, sino que estuviese centrado en las mujeres que la están viviendo y en las terribles consecuencias que tiene para ellas. “Hay tanto de lo que hablar que podría haber hecho un largometraje, pero hemos decidido enfocarnos en el tema, no he querido entrar en temas políticos”, explica.

Congo, un médecin pour sauver les femmes da la palabra a Mukwege, fundador del hospital de Panzi en 1999, creado con el fin de que las mujeres de la comunidad pudieran tener partos seguros. Tras observar que la mayoría de las pacientes acudían por violación y, en consecuencia, con graves problemas físicos y ginecológicos, decidió abrir un servicio especializado y advertir a las organizaciones internacionales de lo que estaba pasando. El documental cede también la palabra a las mujeres, que hablan de sus durísimas experiencias, de cómo sacan fuerza para superar su realidad, del dolor físico, pero también el emocional por ser rechazadas por sus propias familias, amigos, vecinos, etc. “Las mujeres al ser violadas están deshonradas y por eso las repudian. Es una forma de rechazar el dolor en general, pero a la vez es el momento en el que las mujeres necesitan mas soporte. Por eso es importante sensibilizar a la población congoleña (a los vecinos, amigos, familia, etc) sobre la importancia de apoyarlas. El deshonor es abandonar a la mujer”, afirma Diabang.

Esta realidad hizo también más complicado el rodaje de un documental que gira alrededor de estos desgarradores relatos: “El entorno era difícil, se ha destruido el tejido social y las mujeres han vivido un verdadero drama”, afirma la directora. Y por ello, la relación de confianza con las mujeres se fue construyendo poco a poco: “No encendíamos la cámara nada más llegar, así podíamos hablar tranquilamente con ellas e iban tomando cada vez más confianza con nosotras”, relata.

Hacer un documental sobre esta cuestión sin caer en el sensacionalismo no es fácil. La directora menciona este aspecto como otra de las dificultades artísticas a la hora de enfrentar el proceso de creación del documental: “Hemos querido quedarnos en la distancia de ese sufrimiento. Por ejemplo, cuando alguien lloraba, en lugar de poner el zoom como habitualmente se hace, nosotras nos alejábamos. Yo respeto ese dolor… es ya suficientemente difícil. Más que el drama me interesa retratar su fuerza y cómo ellas participan en la mejora del Congo”.

El documental, ha sido aplaudido por el doctor, por el equipo del hospital y por las propias mujeres: “[A Mukwege] le ha gustado mucho, sobre todo porque tenemos una misma visión de un África fuerte, digna y sin complejos. Además, la encargada de comunicación del hospital también me comentaba que era la primera vez que alguien mostraba las imágenes, incluso a las propias mujeres, que estaban muy emocionadas de ver el documental”, cuenta Diabang.

Quizá esa África fuerte queda visibilizada en el trasfondo del documental, en los logros del hospital y en el espíritu de superación de las mujeres. Desde que se creó, el equipo del hospital ha atendido quirúrgicamente a unas 40.000 pacientes, se ha creado un centro de formación para integrar a aquellas que están en riesgo de exclusión, en el que aprenden a defender sus derechos y a recuperar las ganas de vivir, entre otras muchas cosas. “Lo que me emociona del doctor Mukwege, es que, además de repararlas físicamente, él sabe irradiar a las mujeres, darles un lugar, una cierta autoestima… Es un médico que tiene un verdadero amor por sus pacientes, que no trata con lástima, sino que las escucha y respeta. Si han conseguido sobrevivir a tal trauma y vislumbran un futuro, es que pueden hacerlo todo. Denis Mukwege es un feminista que no duda en poner por delante a las mujeres, especialmente en el organigrama del hospital, donde son más del 65%. Para mí también, la mujer es la esperanza de África”, relata la directora.

La mujer africana, protagonista de la obra de Angèle Diabang

Angèle Diabang en el FCAT / Vanessa Anaya

Angèle Diabang en el FCAT / Vanessa Anaya

Nacida en Dakar y formada en Senegal, Francia y Alemania, Angèle Diabang es la directora de películas como Mon beau sourire, Sénégalaises et Islam Yandé Codou, la griotte de Senghor, entre otras. A pesar de que “no es por militancia”, como afirma ella misma, la realidad de la mujer africana está presente en la gran mayoría de sus películas. Su próximo proyecto Une si longue lettre, una adaptación de la novela de Mariama Bâ al cine, trata la cuestión de la poligamia desde la mirada femenina.

También es la precursora de Karoninka, la productora creada en 2006, que ha producido 12 películas de países como Mali, Togo, Cabo Verde, Congo y Senegal y goza de un creciente reconocimiento a través de varios festivales y premios. Es una muestra de que “África se mueve” y un reflejo de la situación esperanzadora que está viviendo Senegal en relación al cine y que Diabang defiende: “Diría que la situación en Senegal es prometedora, sobre todo a través del la creación del FOPICA, un fondo de promoción de la industria cinematográfica y audiovisual. Es todo un ejemplo en África y muy alentador”.

¿Están, por fin, los escritores africanos conquistando su espacio?

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Quizá sólo sea una sensación o quizá tengamos tantas ganas de que ocurra que hacemos una interpretación intencionada, pero algunos indicios nos hacen pensar que, después de décadas de menosprecio, los escritores africanos están conquistando el espacio que les corresponde. Hemos visto a autores como Chimamanda Ngozi Adichie o Binyavanga Wainaina aparecer en listas de los mejores libros del año o de las personas más influyentes. Hemos visto también a escritores africanos como el fallecido Chinua Acheve o, más recientemente, Ngũgĩ wa Thiong’o aparecer en las quinielas del Premio Nobel de Literatura. El último de estos indicios acaba de hacerse público, es la lista de finalistas de uno de los premios literarios más prestigiosos del mundo, el Man Booker International Prize 2015. Esta lista, formada por diez autores, incluye cuatro africanos y, más concretamente, tres de África subsahariana y uno de África del Norte.

Es cierto que los responsables de este premio, que cuenta seis ediciones, no se caracterizan por arriesgarse especialmente en sus nominaciones y que apuestan habitualmente por carreras consolidadas. En esta última lista de nominados aparecen dos de las figuras más incuestionables de la literatura contemporánea africana, el mozambiqueño Mia Couto y el congoleño Alain Mabanckou. El tercer nombre de África Subsahariana que aparece en la lista es quizá algo menos conocido. Se trata de la sudafricana Marlene Van Niekerk.

De hecho en la historia del premio y hasta la presente edición, sólo dos autores africanos habían sido seleccionadas como finalistas y sus nombres no resultan nada sorprendentes. Se trata del nigeriano Chinua Acheve, en 2007, y el keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, en 2009. Precisamente, Acheve consiguió ganar este premio.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Curiosamente los autores seleccionados escriben en lenguas diferentes. Mia Couto, lo hace habitualmente en portugués; Mabanckou, en francés; y Marlene Van Niekerk, en afrikáans. Este último dato, resulta también importante, la autora sudafricana escribe en una de las lenguas nacionales africanas y, a pesar de ello ha sido seleccionada para un premió internacional del calado del Man Booker International Prize. Aunque no hay que obviar que prácticamente todas sus obras han sido traducidas al inglés y Triomf, la novela que le dio una mayor popularidad, fue también llevada al cine.

En la presentación de la lista de finalistas ha tenido un especial protagonismo la cuestión de la diversidad. La presidenta del jurado, Marina Warner, en su comparecencia oficial hizo declaraciones como que “los escritores seleccionados ofrecen una extraordinaria variedad de experiencias” o que “la ficción puede ensancharnos el mundo a todos”. Precisamente esta última idea es la que lleva a reclamar el reconocimiento de los escritores africanos, porque si la literatura ayuda a ampliar los horizontes, no se pueden obviar las producciones de un importante porcentaje de la población mundial y de una literatura que además aporta una visión muy particular.

Se ha destacado en todos los ámbitos que seis de los escritores que aparecen en la lista de finalistas pertenecen a países que nunca antes habían tenido representantes en esta fase final premio. Lo que pone de manifiesto que los responsables del premio han hecho un esfuerzo por abrir sus propios horizontes. Por primera vez, además no hay dos aspirantes de la misma nacionalidad. Y The Guardian, por ejemplo, destacaba que escritores de renombre mundial, como Karl Ove Knausgaard y Haruki Murakami habían quedado fuera de la lista, lo que avala la importancia del premio.

La lista se anunció recientemente en la localidad sudafricana de Ciudad del Cabo y el nombre del autor ganador se anunciará el 19 de mayo en Londres. El escritor que finalmente se haga con el premio será galardonado con 60.000 libras. En todo caso, sea o no uno de los tres creadores de África Subsahariana el que aparezca en el anuncio definitivo, la literatura africana ha dado, sin duda, un nuevo paso hacia la normalización de su reconocimiento.

Revisitando a Conrad y revisando la globalización

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es probablemente uno de los libros más conocidos sobre África y, sin duda, el que más se cita como paradigma de la visión eurocéntrica del continente negro desde la literatura y al que más se mira cuando se quiere ejemplificar la imagen parcial y deformada de la desconocida región que se extiende al sur del Sáhara. Precisamente desde el Congo que visitaba, pero no descubría, el Marlow de Conrad llega una revisión de esa realidad enfocada habitualmente desde unos lugares comunes. Es un autor nacido en la República Democrática del Congo y residente en Bélgica el que rompe el encuadre más frecuente para girar la cámara y mirar a la globalización desde el corazón del continente africano.

Congo Inc. es la novela más reciente de In Koli Jean Bofane, publicada en 2014. Con ella, Bofane pretende arrojar un poco más de luz sobre la realidad congoleña y ayudar a comprender que su análisis es complejo. El autor explicaba en una reciente entrevista el sentido de la idea Congo Inc.: “El Congo es el algoritmo primordial. Sirve para todo y ha permitido que el mundo sea lo que es ahora”. Y en esa ensaladera Bofane coloca el caucho en la época industrial, el que permitió que la I Guerra Mundial se hiciese sobre ruedas; y coloca también el uranio que puso fin la II Guerra Mundial; y el cobre de la munición de la guerra de Vietnam; y además pone a los refugiados del genocidio ruandés y a los combatientes que cruzaron las fronteras sin preocuparse de cuestiones de soberanía; las compañías petroleras o los gorilas aparecen también en la ecuación que traza el escritor.

En el centro de Congo Inc. aparece Isookanga, un pigmeo que vive en el bosque, pero que está completamente fuera de lugar. El protagonista no encaja en la idea de comunión con la naturaleza, se decanta más por la de su explotación y encuentra su entrenamiento ideal en un juego de internet Raging Trade, que sublima el capitalismo más salvaje y despiadado. Isookanga o, más bien Congo Bololo, su personalidad en el juego compra y vende, se estrena en el mundo del petróleo, la minería o las tierras. Evidentemente la competencia va más allá de las reglas del mercado y se enmarcan más bien en las de la esclavitud, los asesinatos, la limpieza étnica, o los desplazamientos de población.

Convencido de que más allá de Internet, el mundo está lleno de riquezas que le están esperando, Isookanga se traslada a Kinshasha. Una Kinshasha que es la máxima expresión de la globalización. En sus calles se mezclan los señores de la guerra de Kivu que han cambiado las armas por la corbata, los empleados de Naciones Unidas e, incluso, antropólogos. Y con ellos, todo un ejército de buscavidas de lo más variopinto. Bofane dibuja el abigarrado retablo de personajes desde el humor ácido que le ha permitido sobrevivir en su tumultuosa vida.

congoincNo es extraño escuchar el relato de una turbulenta trayectoria que ha incluido, según el escritor, momentos en los que se ganaba la vida “pistola en mano”, junto a episodios de crítica social, etapas de “sin papeles”, publicista o estudiantes de comunicación, antes de convertirse en escritor de éxito. In Koli Jean Bofane consiguió con su primera novela, Matemáticas congoleñas, el Grand Prix Littéraire d’Afrique Noire. Era el año 2009, el año anterior, el escritor congoleño había saltado, según explica, casi por obligación, de los cuentos a la novela. Bofane asegura que tras el genocidio ruandés se hartó de que sólo hablasen de los hecho analistas no africanos y por ello decidió dar voz a través de la literatura a los congoleños.

Han pasado cinco años desde aquella exitosa historia y Bofane se había convertido en una de las voces de la literatura africana más esperadas. Ahora Congo Inc. ha empezado un recorrido de promoción avalado por una narración corrosiva y realista que dibuja una realidad de la globalización a la que no estamos acostumbrados. Como muestra un botón: el uranio de la bomba nuclear de Hiroshima salió de las minas del Congo y, a pesar de eso, se ha intentado mantener al país alejado de la “historia”.