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La madre coraje del Congo que planta cara a los abusos sexuales

El documental es uno de los géneros que está levantando la piel a la tupida y encriptada República Democrática de Congo (RDC). Un país que se nos pierde en el análisis complejo de las múltiples causas de la inestabilidad en las regiones del Kivu Norte y Kivu Sur; en la crisis de refugiados en Kasai (frontera con Angola); entre los ejércitos rebeldes; en las multinacionales que expanden sus ganancias en sus países de origen mientras que redistribuyen su contaminación y destrucción medioambiental; en una oposición política mermada tras la muerte del líder Etienne Tshisekedi en febrero; en un Estado que aumenta su población bajo un gobierno que ya no tiene legitimidad del pueblo desde diciembre de 2016.

Y aquí es donde se activa la voz del congolés y documentalista Dieudo Hamadi que está quebrando las narrativas unidireccionales y simples con la anciana dosis del cinema verité y del cine de guerilla. Esa búsqueda por historias más humanas, desde la base, con luces y esperanzas, pero también con desafíos y lejos de los despachos burocratizados, es su objetivo principal. Hamadi se propuso encontrar respuestas a algunas de las problemáticas que quedan al margen de la política internacional y local, y desde 2009 no ha parado de aportar matices, de preguntar y también de denunciar. Una perseverancia por encontrar respuestas que lo han convertido en menos de una década, en una de esas figuras de cabeceras de los cines africanos.

Realizador congolés Dieudo Hamadi.

La cámara al hombro de Hamadi desestabiliza la mirada preconcebida del espectador que se acerque a algunas de sus obras. El trabajo del realizador de 33 años es pausado, pero con acelerones que noquean. En Congo en cuatro actos (2009) donde se presentaban cuatro bocetos independientes e interconectados del país, dos de ellos tenían su firma: En Ladies in Waiting (2009), y junto a Divita Wa Luasala, exploraba el mundo de la maternidad en el que muchas mujeres no pueden salir del hospital después de dar a luz porque no pueden hacer frente a los gastos de la factura. También y junto al retrato de la sanidad en Zero Tolerance (2009) se adentraba en la vida de una mujer policía que estaba al frente de un batallón contra la violencia sexual en la región de Bukavu; una historia que retomará años más tarde.

En Atalaku (2013) Hamadi se adentra en el negocio de la campaña electoral que vive la República Democrática de Congo en 2011 y refleja cómo un pastor vende sus servicios como animador de calle al mejor candidato postor. En Examen de Estado (2014) el documentalista decide escuchar el futuro de su generación centrándose en el examen de Estado (equivalente al bachillerato), una prueba a la que se someten miles de jóvenes congoleños a los que se les abre o cierran las puertas del futuro cada año superando innumerables dificultades.

Con Mama Colonel (2017) retoma la vida de sacrificio de Honorine Munyole quien protagonizara Zero Tolerance. Un retrato de una Coronel policía que lucha para detener el abuso sexual contra niñas y mujeres. El documental se abre durante la visita de Munyole a un grupo de mujeres locales en la ciudad de Bukavu, una urbe asentada en la frontera con Ruanda. Todas la reciben como una heroína y con razón. La respetada Munyole madre de siete hijos ha dedicado los últimos 15 años de su carrera a luchar por los derechos de las mujeres y niños maltratados en la República Democrática del Congo. Y aunque la violación sigue siendo un problema en la región, la Coronel Honorine ha trabajado incansablemente para llevar a los culpables frente a la justicia y así devolver la dignidad a las víctimas.

Pero las celebraciones se convierten en gritos de desesperación e incluso de cólera cuando Honorine anuncia que la necesitan en otro lugar. “¿Quién cuidará de nuestros hijos ahora?”, pregunta una madre indignada. Otra empuja a su hija al frente de la multitud. Silencio. La niña no tiene más de tres años. Su madre explica cómo fue arrojada a través de una ventana y violada por una cuadrilla de hombres. “Mamá Honorine, ¿si te vas, quién nos va a ayudar?”.

Su nuevo destino será Kisangani, una ciudad mucho más grande, la tercera del país. Cuando llega se dará cuenta que el desafío que tiene es desalentador ya que además de los abusos sexuales tendrá que hacer frente a las terribles circunstancias sociales en las que el país permanece atascado años después de su última y letal guerra civil y a los sacrificios a los que se ven sometidos algunos niños a los que les practican la brujería.

La historia de trabajo incansable de Honorine Munyole que ha sabido retratar el realizador Dieudo Hamadi visibiliza la inoperancia del Estado congolés que prefiere olvidar el pasado reciente. Sin embargo, y al mismo tiempo, muestra la actividad de la propia sociedad civil que se organiza para salir adelante. La película de Hamadi muestra cuán profunda es la raíz de la violencia, pero termina con un cañón de luz y esperanza. Cuando la Coronel Honorine instruye a su nueva escuadra les dice: “vamos a cambiar las cosas… vamos a elevar esta ciudad”. Una sensación de fidelidad inquebrantable. El camino es rocoso, sí, pero conducirá al cambio.

 


Notas: La película de producción franco-congolesa fue presentada en el Fórum de la Berlinale 2017, ganó el máximo galardón de la competición internacional del 39º festival Cinéma du Réel, y fue presentada en el 14 Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger gracias al cual hemos podido hacer esta reseña y donde la propia protagonista Honorine se llevó el premio a la mejor interpretación –algo insólito ya que no era ficción–.

Sammy Baloji: confrontación entre el pasado y el presente en el Congo

Lubumbashi, la segunda mayor ciudad de la República Democrática del Congo, es la capital de la región de Katanga, una zona rica en algunos de los minerales más cotizados del mundo, tales como el cobre, los diamantes o el coltán. Lubumbashi es, también, la ciudad en la que se encuentra la sede de Gécamines, una de las compañías mineras más importantes de África y la más grande de la RDC. Fundada en 1906 por colonizadores belgas y nacionalizada en 1966 por el gobierno congoleño de Mobutu Sese Seko, a finales de los años 80 llegó a suponer el 85% de las exportaciones de todo el país, antes de rozar la bancarrota en los 90 debido a, entre otras razones, la falta de inversión en las infraestructuras.

Mémoire (2006)

Lubumbashi es, además, la ciudad natal del fotógrafo Sammy Baloji (1978), cuya obra está impregnada de la historia de su región. En 2007 recibió dos premios en la Biennal Africaine de la Photographie Rencontres de Bamako (Mali) y en 2009 el Prince Claus Award de los Países Bajos “por llevar la realidad actual congoleña a la plataforma internacional, por su importante contribución a la memoria del Congo proveyendo una nueva lectura del presente, y por el reto de demostrar que el desarrollo solo puede realizarse después de tener en cuenta los traumas del pasado”.

Sammy Baloji cuestiona la versión oficial de la historia colonialista confrontando el pasado con el presente a través de fotomontajes. Una de sus series más conocidas es Mémoire (2006), en la que yuxtapone retratos de archivo en blanco y negro de trabajadores de las minas durante el colonialismo belga con fotografías actuales de lo que queda de aquellos edificios industriales. En Mémoire, Baloji reduce la dimensión espacio-temporal para criticar la herencia colonial industrial, la destrucción de la identidad, la imagen de los negros en el imaginario colectivo occidental y la desilusión poscolonial.

Congo Far West (2011)

En 2011, el fotógrafo presenta otros dos trabajos sobre la historia reciente de su país y sus ecos en la actualidad. El primero, Congo Far West, es una nueva lectura de la Mission Scientifique du Ka-Tanga que realizaron los belgas entre 1898 y 1900. Baloji sobrepone retratos de archivo del fotógrafo François Michel en paisajes del pintor Léon Dardenne, ya que ambos acompañaron a la expedición e ilustraron el informe final. Con sus fotomontajes, utilizando el mismo material que la propaganda colonial pero presentándolo de forma muy distinta, Baloji muestra cómo la fotografía ha sido utilizada para crear una mirada de superioridad frente al “otro”, que nunca fue visto como un igual, sino que se presentaba completamente deshumanizado, clasificado y analizado como un objeto de estudio, hecho que ha marcado profundamente los clichés de la sociedad occidental actual.

El segundo trabajo de 2011 es Kolwezi, una serie de fotomontajes en los que el fotógrafo muestra el contraste entre las minas de Kolwezi (RDC) y los coloridos pósteres que adornan los hábitats de los trabajadores, como fantasía de una vida mejor. Mediante las duras condiciones de vida de los mineros frente a imágenes de sociedades idílicas e idealizadas, Baloji denuncia el resultado de la explotación de los recursos de Katanga, tanto en el pasado como en el presente, ya que la historia de la compañía Gécamines ya no puede separarse de la del país ni de la de su gente, y alude también a los efectos depredadores del capitalismo global.

Kolwezi (2011)

Sammy Baloji ofrece una imagen del presente de la RDC a través de su historia reciente, retratando a una sociedad cuyo país se ha convertido en terreno de juego de exploradores, misioneros, hombres de negocios y mercenarios desde que pasó a ser propiedad privada del Rey Leopoldo II de Bélgica hasta nuestros días, sufriendo una violenta colonización, una dictadura y dos sangrientas guerras, y que ahora abre un nuevo capítulo neocolonial con la llegada de los contratistas chinos. “Mi lectura del pasado congoleño es una manera de analizar la identidad africana actual, a través de todos los sistemas políticos que la sociedad ha experimentado. La esencia de mis temas está en la vida diaria de la gente del Congo, que es el resultado de su reciente pasado”.

 

Congo resiste a través de su danza

La rumba congoleña es uno de los sonidos más exportables y exportados del continente. Sonido “de ida y vuelta”, ha sido bandera identitaria de Kinshasa durante décadas, junto a personalidades como el recientemente desaparecido Papa Wemba, los grandes y míticos Grand Kallé, Tabu Ley Rochereau o Franco Luambo o el explosivo Koffi Olomide. Pero otros muchos músicos han fluido hacia mestizajes fructíferos y los han hecho internacionales. Es el caso del delicioso Lokua Kanza, el prodigioso Ray Lema, los originales Staff Benda Bilili o la joven hornada de músicos formada por Bajoli, Congotronics o Mbongwana Star.

Mobutu ya aprovechó la fuerza motriz de la rica y plural cultura zairense para impulsar su proyecto nacionalista basado en la “autenticidad”; y acabó convirtiendo toda expresión cultural y artística en propaganda para glorificar a su persona, que acompañó con grandes dosis de censura, locura y represión. Veinte años más tarde, y tras dos guerras civiles, la música ha sabido sobrevivir gracias, en mayor medida, a la diáspora congoleña en Europa o Estados Unidos. Sin menos peso sociocultural, la danza se ha convertido en una expresión de la resistencia del Congo desde sus entrañas. Siempre con una fuerte presencia exterior, reivindicando la existencia de algo que late más allá del conflicto en Kivu. Probando que, a pesar de todo, hay vida, se crea.

Imagen de la web de Connection Kin.

Imagen de la web de Connection Kin.

La resistencia es una actitud revolucionaria entre los agentes culturales del Congo. El Festival Gungu sabe de sobras lo que significa la palabra ‘resistir’. Especializado en danzas tradicionales, su origen se remonta al 1925 y en su última edición (del 31 de mayo al 4 de junio de 2016), ha sido movida de Bandundu a Kinshasa para descentralizar sus actos, encontrar nuevos socios y extender sus alas hacia diferentes puntos del basto país. Siempre en movimiento para sobrevivir. El festival de las artes congoleñas Connexion Kin, aunque con solo siete años de andadura, se ha quedado sin edición en 2016 por falta de apoyos financieros. Aunque mejor suerte ha corrido el festival de danza internacional ME.YA.BE, que se celebró el pasado abril con la participación de un centenar de bailarines africanos y europeos de diferentes procedencias. Valientes y arriesgadas iniciativas que no han recibido ni un céntimo público.

Pero si hay una imagen más fidedigna de la conjugación del verbo resisitir, ese es la del INA.

Edificio del INA.

Edificio del Instituto Internacional de las Artes (INA) de Kinshasa.

Hoy, el ruinoso y decadente edificio del Instituto Nacional de las Artes, que hace esquina en la avenida Kabasele Tshambala de Kinshasa, es una metáfora perfecta de la falta de fondos al que el actual gobierno congoleño tiene al sector cultural sumergido. En sus aulas, coreógrafos como Jacques Bana Yanga, Didier Ediho o Faustin Linyekula, han ensayado y enseñado danzas tradicionales a alumnos de diferentes procedencias. Sin apoyo gubernamental, sin infraestructuras y a menudo, sin luz ni sala fija donde ensayar, bailarines como Faustin han tenido un largo recorrido desde que deslizaran su piel por esos lares. Pero su talento y constancia lo han convertido en uno de los coreógrafos más prestigiosos de la escena africana contemporánea.

Kabako.

Faustin Linyekula, fundador de Studios Kabako.

Tras quince años contando la tortuosa historia del Congo a través de su cuerpo, y tras pasar parte de su infancia exilado en Nairobi, se ha transformado en un pilar de la danza africana moderna que actualmente está presente en escenarios, festivales, encuentros y teatros de todo el mundo. Una prueba fehaciente de que el verdadero talento lucha contra todo infortunio para golpearnos de cerca y contárnoslo.

Fundador de Studios Kabako, en su ciudad natal, Kisangani, Faustin ha pasado los últimos meses en Lisboa con el programa Artista Na Cidade 2016. Para él, como para otros tantos africanos y africanas, Europa no le es un continente ajeno. La colonización ha tenido ese impacto tan rotundo que hace que, a veces, sea más fácil conocer en profundidad la historia de Francia, Inglaterra o Portugal que la propia historia nacional. Por eso, cuando Faustin pasó una temporada en París, como luego hizo en Lisboa, se sintió en casa. Para él era otra etapa del proceso colonial: “Un intelectual británico de origen jamaicano, Stuart Hall, dijo algo muy poderoso: cuando llegó a Inglaterra en 1951, le preguntaron “¿por qué estás aquí?” Y él respondió: “Estoy aquí para completar el viaje colonial. Vosotros empezasteis en el siglo XV y en el siglo XX yo completo el último paso. Vosotros cambiasteis mi vida y yo vengo aquí para que me miréis a los ojos”, explica en una entrevista en la revista portuguesa Buala.

Este acercamiento de África a Europa es ya un viaje natural y lógico. Quizás por esto, al público lisboeta tampoco le es ajeno el lenguaje corporal que Faustin utiliza en el escenario. Sin embargo, tal como el propio coreógrafo y bailarín congoleño atestigua, no tiene ninguna intención de trasladarse de forma permanente a Europa, ni siquiera a otro punto de África. “Vivir allí es un acto de resistencia. Resistencia al fatalismo”, dice sobre el hecho de residir en Kisangani.

La danza, el movimiento, son para bailarines como Faustin el bombeo que los mantiene vivos. Un músculo vital que riega muchos otros órganos de ese sistema vivo que es el Congo. Hay esperanza que viene de la gente. De la necesidad imperiosa de salir adelante a una situación insostenible. La resistencia de artistas como los que luchan bajo el paraguas de Studios Kabako, que invierten parte de sus ganancias a proyectos de canalización de agua en el barrio de Lubunga, en la zona de Kisangani en el que se ubican, demuestra que cuando los estados fracasan, la imaginación, el trabajo en equipo y la constancia, son el único antídoto al hundimiento de su pueblo. La suya, es una ardua tarea. Pero sus historias han venido para quedarse, para mostrarnos que si la nuestra es también su historia, debemos escuchar lo que quizás nos cuente un poco más de nosotros de lo que creemos. Y así sus obras trascenderán esa impermeable piel europea que a menudo mantiene nuestros cuerpos y mentes yermos. Y su resistencia será también la nuestra.

“La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista”

El cantante Baloji nos recibe entre bastidores del escenario en el que horas más tarde presentaría su nuevo trabajo en el BAM, mientras los argelinos Imarhan realizan la prueba de sonido. Sonriente, pide que no le hagamos fotografías porque no está presentable (ya se las hicimos durante su anterior visita a Barcelona), pero sí nos invita a debatir con él toda la artillería de canciones y pensamientos con la que llega cargado a la cita musical barcelonesa. Y es que él es de esos artistas que sitúan la crítica social en el centro de su trabajo y se niegan a ser encasillados.

Cantante, compositor, poeta, actor y realizador de sus propios clips y metrajes, su música también refleja sus múltiples identidades. Nació en la República Democrática del Congo, pero creció en Bélgica. Su carrera musical empezó como integrante del grupo de rap belga Starflam, y ya en solitario, lanzó dos álbumes, “Hotel Impala” (2008) y “Kinsasha succursale” (2010), que con la interpretación del himno del Cha Cha de la Independencia,  le propulsaron a ser uno de los afropeos con mayor proyección en ambos continentes. Su último trabajo, el EP “64 Bits and Malachite” (2015), mezcla ritmos africanos, rap y electrónica. Pero ante todo, Baloji es un espíritu creativo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Natalia López: Eres un artista multidisciplinar, ¿cómo influencia esto en tu trabajo musical?

Baloji: Hago de todo sólo por diversión. A veces la gente se toma la música demasiado en serio y creo que la noción de diversión es algo que tiende a desaparecer, cuando precisamente hay que hacerlo divertido para no darse cuenta de la dificultad que conlleva. Dirijo mis propios vídeos porque nadie quiso hacerlo por mí. Yo llegaba con mis ideas, el realizador tenía las suyas y no había manera de ponerse de acuerdo. Así empecé a hacerlos yo mismo, sin darme cuenta de que era complicado, de que implicaba muchísimo trabajo, pero a día de hoy ya estoy realizando mi primer largometraje. Hacer arte en 2016 es tan complicado, en el sentido de que los grandes ya han hecho cosas fantásticas. Es como un peso que llevamos encima en cualquier disciplina artística y por eso pienso que si hacemos las cosas hoy debe ser principalmente por diversión y para disfrutar con ello.

“No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos”

N.L: Vives a caballo entre Bélgica y la RDC, ¿cómo definirías tu identidad en tanto que belga-congoleño? ¿Supone una complejidad extra como artista?

B: No es complicado de gestionar, se parece a la identidad mestiza. Un mestizo no es ni blanco ni negro, es al 100% el resultado de los dos. No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos. Creo que es algo bonito, es múltiple y es importante asumirlo. Evidentemente, mi identidad es belga y congoleña, pero al mismo tiempo está influenciada de tantos otros lugares como Sudáfrica o Mozambique, por decir algunos, y es toda esta multiplicidad que hace que seamos lo que somos.

Portada del último EP de Baloji.

Portada del último EP de Baloji.

N.L: “64 Bits and Malachite” (64 Bits y Malaquita) es el título de tu último EP. ¿Podrías explicarnos esta conexión entre tecnología y minerales y hasta qué punto supone una crítica en tu nuevo trabajo?

B: 64 Bits hace referencia a los procesadores de los ordenadores. También trata sobre el hecho de que todas nuestras máquinas, nuestros ordenadores y nuestros teléfonos están construidos para ser destruidos, para desaparecer. Cada novedad tecnológica se convierte en una revolución que hace que lo anterior pierda todo su valor. Por otro lado, el mundo entero va al Congo en busca de minerales, y la malaquita es el único de los que allí se extraen que no tiene ningún valor económico porque no se utiliza para la tecnología. Tradicionalmente la gente lo ha utilizado para hacer joyas, así que su valor es puramente sentimental. En relación a mi trabajo, lo que encuentro interesante es esa oposición entre una música hecha utilizando ordenadores, procesadores, y la malaquita, que es el único mineral congoleño cuyo valor es solamente afectivo, el valor que cada uno quiera darle.

N.L: En el vídeo de la canción “Capture”, que tú mismo has dirigido, vemos a dos personajes que buscan la estatua del explorador H. M. Stanley. ¿Por qué era importante para ti retomar este símbolo del colonialismo?

B: Me interesaba la imagen de la estatua de Stanley porque representa un punto de inflexión en la cultura congoleña. La cuestión de la identidad está tan presente hoy en día que encontré que era un buen símbolo, ya que cuando la sacaron de su lugar le cortaron los pies, como diciendo “ya no estamos bajo las órdenes de la colonización”. Representa el resurgimiento de la congoleñidad, la valorización de nuestro patrimonio, de la identidad congoleña. Un día supe que estaban intentando repararla en una antigua fundición del siglo pasado, y me pareció un lugar fantástico, así que tuve la idea de realizar un cortometraje paralelamente al vídeo de “Capture” sobre la búsqueda de la estatua. Fue algo más bien gracioso, porque lo pensé como Finding Nemo, pero con la estatua, y el cortometraje se titula Finding Stanley. Y aquí vuelvo sobre el concepto anterior de la creación como diversión. ¡A veces no hay nada realmente serio detrás!

N.L: En el mismo vídeo destacas distintos términos, entre ellos “Nouveau Négropolitain” (Nuevo Negropolitano). ¿Qué es un Négropolitain?

B: En principio es un insulto que utilizan los caribeños para referirse a un negro que vive en lo que eran antes las metrópolis europeas y que toma los elementos culturales de los europeos, que intenta parecerse a un europeo.

N.L: ¿Y trata de abandonar la identidad de su país de origen?

B: Digamos que intenta hacerla menos aparente, disimularla. Toma distancia con la situación de su país de origen, se desentiende en cierto modo.

N.L: Formas parte de los artistas que rompen algunos de los estereotipos más asentados en Occidente sobre la música africana. ¿Es uno de tus objetivos?

B: Sí, tengo un gran problema con la manera en que la gente percibe la música africana. La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista, como diciendo “estos amables africanos, que han venido a hacer música, los pobres, no tienen nada para vivir. Vamos a ayudarles, vamos a aplaudirles…” y es algo que odio profundamente. Creo que es lo que más odio en el mundo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Patricia Willocq: “Las mujeres son víctimas en todas partes del mundo”

El trabajo de la fotógrafa Patricia Willocq, que nació y creció en República Democrática del Congo (RDC), es conocido principalmente por la serie White Ebony (2013) en la que retrata el albinismo en su país natal desde una perspectiva poco habitual: la cotidianidad, la dignidad y sobre todo, la tolerancia. Este particular enfoque constante en su obra, y en particular en su trabajo sobre el albinismo, ha hecho que el proyecto fuese premiado como Mejor fotografía del año por Unicef y haya sido exhibido y difundido en varios países del mundo. Quizá también ha sido el que la ha puesto en escena. Para Willoqc, la fotografía da sentido a su vida, y afirma: “Con mis imágenes puedo ayudar a cambiar la percepción sobre algunas cuestiones que me importan. Y eso me hace sentir mejor”.

Leer la entrevista en el artículo original publicado el 7 de abril de 2016

Esther y la maternidad

Esther y la maternidad

Fiston Mwanza Mujila: el escritor feliz

Tram 83 fue uno de los lanzamientos más exitosos de un escritor de origen africano en 2014. Su autor, el congoleño, Fiston Mwanza Mujila, pasó a finales de 2015 por Barcelona para presentar la edición de su primera novela en catalán por la Editorial Periscopi y ha hablado con Wiriko para explicar algunos de los detalles de su obra.

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

Tram 83 está ambientada en Ville-Pays, un espacio imaginario, dominado por una especie de fiebre del oro, en el que una mina ocupa un lugar central, con el permiso siempre de ese club, el Tram 83 en el que se desarrolla la mayor parte de la vida social. ¿Qué tiene Ville-Pays de su país?

Para crear ese ambiente de Ville-Pays me he basado en una mezcla de varias ciudades que conozco y, evidentemente, entre ellas en Lumumbashi. Me interesa, sobre todo, la energía creativa que se genera en los lugares en los que las cosas no funcionan. En estos lugares, todo está por hacer y, de repente, los milagros se hacen posibles. Me interesa también el ambiente en el que la música está presente por todos lados, las ciudades bulliciosas con ritmo.

¿Entonces, su novela es una obra crítica, porque se hace referencia a la corrupción al totalitarismo o las persecuciones políticas?

Quizá tenga elementos críticos y tiene referencias al Congo, pero no es lo fundamental. No es un ensayo, sino una novela, una obra literaria. Lo que he intentado ha sido inspirarme en esas situaciones dislocadas, que permiten hablar de la realidad de una manera diferente. Pero no me considero un escritor especialmente comprometido. En ese sentido, soy pragmático y mi interés fundamental es la literatura. De todos modos, entiendo esa duda porque presentando el libro me he encontrado con que algunos lectores que han hecho lecturas en clave de cosas que yo ni siquiera había pensado, pero esa es la riqueza de la literatura.

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

¿Le agradan o le desagradan esas interpretaciones?

Quizá parezca extravagante, pero veo el libro como un hijo y en el Congo los hijos no sólo son de sus padres, sino de toda la comunidad. Así que el libro es también de toda la comunidad. Creo que las cosas son así.

Uno de los personajes de la novela es Lucien, un escritor que aparece completamente fuera de lugar en esa ciudad de buscavidas. ¿Qué hay de Fiston Mwanza Mujila en Lucien?

No, no. Lucien no soy yo, ni mucho menos. En realidad Lucien es un soñador y yo soy una persona eminentemente pragmática. No se parece a mí. En realidad, el personaje de Lucien me sirve para hacer una reflexión que me interesa mucho: cuál es el papel del escritor, del intelectual en general, en un país en el que las cosas no funcionan.

Y, ¿cuál cree que es ese papel?

Bueno, por mi experiencia el papel del escritor tiene que ser muy didáctico. Yo me he dedicado a hacer talleres de literatura en colegios o en prisiones y creo que el escritor puede ayudar a entender la vida, a dar herramientas para ver cómo afrontarla.

¿Ese es para usted el lugar de la literatura?

La literatura da otra visión de la historia. Por ejemplo, frente a los discursos del poder nos damos cuenta cómo se multiplican las memorias, cómo se cambia y se rectifica. En diferentes momentos se construyen diferentes historias oficiales y éstas se confrontan a las memorias colectivas. En estas confrontaciones es donde entra la literatura. Pero en todo caso, yo no soy un escritor triste. Me considero un escritor feliz, porque la literatura tiene algo de infantil.

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

¿Qué opina del debate sobre el uso de las lenguas en las literaturas africanas? ¿Usted utiliza el francés, pero un francés muy particular?

Para mí, por mi experiencia, por mi educación y por mi cultura, el francés también es una lengua africana. Aunque es evidente que el francés que se habla en Francia, tiene unas características diferentes. En realidad, yo utilizo un francés que intenta hablar de las realidades que trata la historia. Si mi lengua es algo especial, es por los temas de los que trata, necesito que el francés de mis personajes se adapte a su personalidad, que la lengua se reactualice.

Seguramente la academia no estaría demasiado de acuerdo en cuanto a los límites…

No me preocupa. La academia no ha pagado mis estudios, así que no siento la necesidad de pedirle permiso para usar la lengua. Creo que es un bien común, pertenece a unos tanto como a otros. Un saxofonista no pide permiso al inventor del saxofón cuando encuentra una manera nueva y personal de tocarlo. Y además nadie lo pretende.

No pierde la oportunidad de llevar la conversación al territorio de la música. Es importante en su novela, ¿no es verdad?

He concebido esta novela como un concierto de jazz en el que hay momentos de absoluta armonía, pero, de repente, hay otros de bullicio, de algo que parece desorden, pero luego nos encontramos con que no se ha perdido el ritmo tampoco en esos momentos.

Virunga, un parque, un documental

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El director británico Orlando von Einsiedel es el responsable del documental Virunga, su primer largo, y que le sirvió para colarse entre los nominados de los  OSCARS 2015. La película, que pudo verse en España en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Medio Ambiental (FICMA), muestra la complejidad política, económica y social que rodea al Parque Nacional de Virunga en la República Democrática del Congo (RDC).

Virunga, producido con la ayuda de Leonardo DiCaprio, comienza con un entierro. El de Kasekera. Otro ranger más que se deja la vida para combatir a los cazadores furtivos. Otro más de los 130 agentes forestales que han muerto desde 1996 en el parque nacional más antiguo de África y conocido por sus gorilas.

Orlando von Einsiedel, director del documental Virunga/ virungamovie.com

Orlando von Einsiedel, director del documental Virunga/ virungamovie.com

En Virunga se refugia un cuarto de los 880 gorilas de montaña que quedan en el planeta. Ellos, también protagonistas del documental, “no son King Kong y su mirada puede cambiarte la vida”, describe el propio Orlando. Las fotografías de otro entierro, esta vez el de nueve gorilas de montaña abatidos en 2007, puso de manifiesto el peligro de esta especie que cuenta con un orfanato en Rumangabo, en el sector sur del parque. “Se deduce que sin gorilas no habrá razón para proteger el parque”, dice Andre Bauma, uno de los cuidadores del orfanato de gorilas de Rumangabo, al sur del parque.

Orlando von Einsiedel pensó estar en “Parque Jurásico” cuando visitó Virunga por primera vez. “Montañas de más de 5.000 metros, volcanes, una jungla que se extiende por miles de kilómetros, los gorilas”, explica el director cuya primigenia intención fue la de hacer un documental basado en el día a día de los rangers. “Lo que me llevó allí no fue la belleza natural sino que el parque se centra en las personas, en usar sus medios para traer desarrollo económico a sus pobladores”, dice von Einsiedel.

Y en esa rutina se encontraba SOCO International, una multinacional petrolífera del Reino Unido que había iniciado sus operaciones en el parque nacional en 2007.

“Están amenazando una parte de nuestro planeta que es única. El dinero está fomentando toda clase de intereses sospechosos que van desde grupos rebeldes a autoridades corruptas”, describe resignado von Einsiedel. Su idea original cambiaba de dirección y emprendía una investigación sobre las prácticas de SOCO en un espacio reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad desde 1979.

Con 300 horas de video y tras pasar casi un año viviendo en Virunga, von Einsiedel no dejó pasar la oportunidad de filmar en cubierto las prácticas corruptas de SOCO en el parque. “Los agentes forestales ya estaban investigando y nosotros pusimos la tecnología necesaria. Nadie sabía lo que estábamos grabando porque no queríamos poner en riesgo la vida de nadie. Pensaban que grabábamos documentales sobre los gorilas”, explica el director quien además contó con la ayuda de la periodista francesa Melanie Gouby para destapar las maniobras de la compañía británica.

Entre las evidencias del documental están las relaciones de la multinacional con altos cargos del ejército congolés, las intimidaciones recibidas por aquellos opositores a las prospecciones petrolíferas o las conexiones con el grupo rebelde M23 que por entonces ocupaba el flanco sur de Virunga.

En pleno rodaje del documental el equipo vivió en primera línea el conflicto armado entre el ejercito congoleño y el grupo rebelde M23 /virungamovie.com

En pleno rodaje del documental el equipo vivió en primera línea el conflicto armado entre el ejercito congoleño y el grupo rebelde M23 /virungamovie.com

“Vimos en el parque un reflejo de lo que lleva ocurriendo en el Congo durante más de cien años: intereses foráneos vienen al país y toman sus materias primas dejando desamparados a la población”, comenta von Einsiedel.

Hay un dicho que se ha convertido en credo entre los congoleses. “El país más rico del mundo con la gente más pobre”. La riqueza mineral, aquella que abastece a las empresas tecnológicas, se une a la sed de petróleo como pretextos para que Virunga se encuentre en peligro constante. Esta gema de la biodiversidad además se ha visto machacada por las secuelas del genocidio ruandés de 1994, los conflictos armados y la lucha de intereses. La cotidianidad del espacio natural va ligada a la amenaza de un ecosistema que sigue siendo “una de las esperanzas que la República Democrática del Congo tiene para el desarrollo económico y la estabilidad. Para conservar el parque hay que escuchar los problemas de las personas”, explica von Einsiedel.

Y para ello la figura del director del parque nacional es vital. Emmanuel De Merode, clave en la realización del documental, lleva en Virunga desde 2008 y ha tenido que sufrir las consecuencias de tan complejo cargo. Hace un año sobrevivió a un intento de asesinato en una emboscada tras presentar un informe sobre las operaciones de SOCO en el área. Ya restablecido, lucha por sacar adelante Virunga Alliance, un proyecto cuyo objetivo es crear 60.000 puestos de trabajo para 2025.

“Hay alrededor de 10.000 rebeldes en el área. Si se crea empleabilidad el porcentaje de que un joven tome un arma se reduce. Así es como se crea paz de manera permanente. No sólo son los animales lo que está en riesgo”, advierte von Einsiedel.

Pero el proyecto sigue amenazado por el capital occidental. Una vez finalizados los exámenes sísmicos, SOCO cesó sus operaciones en Virunga el pasado junio. Sin embargo, la petrolera espera a que el gobierno congolés desclasifique la zona en la que se pretende realizar la búsqueda de petróleo. De ser aprobada, la medida haría que el parque nacional perdiera su estatus de Patrimonio de la Humanidad y todos los esfuerzos por hacer de la región un lugar sostenible caerían en saco roto. “No creo en esta compañía. Si de verdad fueran claros en sus intenciones dirían categóricamente que no volverían incluso si los límites del parque cambian”, comenta reacio von Einsiedel.

En lugares como Virunga, muchas empresas hacen de la palabra desarrollo un dogma de fe. La construcción de carreteras, escuelas y centros sanitarios junto con el discurso sobre la empleabilidad seducen a muchos que se convierten a esta nueva religión recolonizadora.

“La opción de las multinacionales es rápida. Es dinero que sólo beneficia a gente que ya está en el poder. Hay que tener paciencia”, dice von Einsiedel. Pero la apuesta por la explotación sostenible de los recursos es un camino de largo recorrido a los que muchos no están dispuestos a emprender y menos cuando el dinero tienta.

“Las materias primas necesitan ser vendidas a occidente. El asunto es cómo hacerlo de la forma correcta, con vías que no sustenten la corrupción o amenacen a los Derechos Humanos. El petróleo no es eterno mientras que si se majea adecuadamente, el parque durará para siempre. Las compañías occidentales tienen que llegar a acuerdos de mercado que no son feroces con los países implicados”, puntualiza von Einsiedel.

Y mientras las personas, los agentes forestales, los gorilas y el resto de la fauna y flora de Virunga esperan con incertidumbre la decisión del gobierno congolés, el parque se hace más viejo y cumple 90 años.

Revisitando a Conrad y revisando la globalización

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es probablemente uno de los libros más conocidos sobre África y, sin duda, el que más se cita como paradigma de la visión eurocéntrica del continente negro desde la literatura y al que más se mira cuando se quiere ejemplificar la imagen parcial y deformada de la desconocida región que se extiende al sur del Sáhara. Precisamente desde el Congo que visitaba, pero no descubría, el Marlow de Conrad llega una revisión de esa realidad enfocada habitualmente desde unos lugares comunes. Es un autor nacido en la República Democrática del Congo y residente en Bélgica el que rompe el encuadre más frecuente para girar la cámara y mirar a la globalización desde el corazón del continente africano.

Congo Inc. es la novela más reciente de In Koli Jean Bofane, publicada en 2014. Con ella, Bofane pretende arrojar un poco más de luz sobre la realidad congoleña y ayudar a comprender que su análisis es complejo. El autor explicaba en una reciente entrevista el sentido de la idea Congo Inc.: “El Congo es el algoritmo primordial. Sirve para todo y ha permitido que el mundo sea lo que es ahora”. Y en esa ensaladera Bofane coloca el caucho en la época industrial, el que permitió que la I Guerra Mundial se hiciese sobre ruedas; y coloca también el uranio que puso fin la II Guerra Mundial; y el cobre de la munición de la guerra de Vietnam; y además pone a los refugiados del genocidio ruandés y a los combatientes que cruzaron las fronteras sin preocuparse de cuestiones de soberanía; las compañías petroleras o los gorilas aparecen también en la ecuación que traza el escritor.

En el centro de Congo Inc. aparece Isookanga, un pigmeo que vive en el bosque, pero que está completamente fuera de lugar. El protagonista no encaja en la idea de comunión con la naturaleza, se decanta más por la de su explotación y encuentra su entrenamiento ideal en un juego de internet Raging Trade, que sublima el capitalismo más salvaje y despiadado. Isookanga o, más bien Congo Bololo, su personalidad en el juego compra y vende, se estrena en el mundo del petróleo, la minería o las tierras. Evidentemente la competencia va más allá de las reglas del mercado y se enmarcan más bien en las de la esclavitud, los asesinatos, la limpieza étnica, o los desplazamientos de población.

Convencido de que más allá de Internet, el mundo está lleno de riquezas que le están esperando, Isookanga se traslada a Kinshasha. Una Kinshasha que es la máxima expresión de la globalización. En sus calles se mezclan los señores de la guerra de Kivu que han cambiado las armas por la corbata, los empleados de Naciones Unidas e, incluso, antropólogos. Y con ellos, todo un ejército de buscavidas de lo más variopinto. Bofane dibuja el abigarrado retablo de personajes desde el humor ácido que le ha permitido sobrevivir en su tumultuosa vida.

congoincNo es extraño escuchar el relato de una turbulenta trayectoria que ha incluido, según el escritor, momentos en los que se ganaba la vida “pistola en mano”, junto a episodios de crítica social, etapas de “sin papeles”, publicista o estudiantes de comunicación, antes de convertirse en escritor de éxito. In Koli Jean Bofane consiguió con su primera novela, Matemáticas congoleñas, el Grand Prix Littéraire d’Afrique Noire. Era el año 2009, el año anterior, el escritor congoleño había saltado, según explica, casi por obligación, de los cuentos a la novela. Bofane asegura que tras el genocidio ruandés se hartó de que sólo hablasen de los hecho analistas no africanos y por ello decidió dar voz a través de la literatura a los congoleños.

Han pasado cinco años desde aquella exitosa historia y Bofane se había convertido en una de las voces de la literatura africana más esperadas. Ahora Congo Inc. ha empezado un recorrido de promoción avalado por una narración corrosiva y realista que dibuja una realidad de la globalización a la que no estamos acostumbrados. Como muestra un botón: el uranio de la bomba nuclear de Hiroshima salió de las minas del Congo y, a pesar de eso, se ha intentado mantener al país alejado de la “historia”.

Menes, el retorno del rey

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

El artista congoleño reivindica en la escena cultural de Malaui el sitio que perdió cuando tuvo que abandonar la República Democrática del Congo, RDC.

Tras Menes, nombre artístico, se esconde Tresor Mpauni Nzengu. Nacido en Lubumbashi vive en la actualidad en Dzaleka, el único campo de refugiados de Malaui, y ha vuelto al panorama musical tras unos años de un silencio forzado. Hace unas semanas, Menes tuvo la oportunidad de organizar su propio espectáculo en Lilongüe, El retorno del rey, trayendo los recuerdos de cuando era un artista reconocido en su tierra natal.

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Tresor tuvo una infancia corriente. Jugaba al futbol como los demás pero tras las patadas al balón por las calles de su barrio volvía a casa para pasar la noche cantando con su madre. “Mi familia está llena de cantantes”, asegura Tresor en la entrevista que concedió a Wiriko en Dzaleka con motivo de su vuelta a los escenarios.

Su entorno fue clave para formarse en la música y desde el instituto comenzaría a formar grupos y bandas. Cogió confianza y se lanzó a escribir temas que se integrarían en el repertorio del grupo ADCS, siglas para Apocalypse Death Clan Survivor. Corría el año 1998 y comenzaba su carrera profesional.

“Nos fue bien con el grupo. Rapeábamos en diferentes lugares de Lubumbashi y fuimos de gira por la región”, recuerda Tresor quien compaginaba su actividad musical con sus estudios de comunicación. Lo importante era estar del lado de las letras, de las palabras. El éxito vino con varios videoclips, apariciones en la televisión y en la radio.

Tras nueve años, en 2007, Tresor decidió lanzar su carrera en solitario y para ello escogió el mote que desde pequeño se había ganado, Menes. “Cuando estaba en el colegio, me interesaba mucho la lectura y un día el profesor preguntó el nombre del primer faraón. Yo lo sabía”, dice Tresor quien desde ese día se convirtió en Menes para sus compañeros de clase.

Su proyecto en solitario se dio a conocer en Lubumbashi. Grabó un par de videos y se convirtió en uno de los jóvenes compositores congoleños con más proyección. Su objetivo era publicar su primer álbum pero nunca pudo terminarlo.

Coincidiendo con el día de la independencia congoleña, Menes presentó su evento El sonido de la independencia. Es lo último que pudo hacer en la escena artística de Lubumbashi.  “Analicé la situación política, lo que se había hecho y después de eso tuve varios problemas”, explica Tresor cuando habla de su tema Independencia precoz y que lo puso en la mira de la agencia de seguridad de su país. Tuvo que salir de RDC.

Las presiones políticas le obligaron a pasar una temporada en Zambia donde su visa expiró y no tuvo más remedio que dirigirse a Dzaleka, en la región central de Malaui. “Creía que no sobreviviría más de tres días”, dice mientras concede la entrevista sentado en un banco de madera en mitad del campo de refugiados que continúa siendo su casa a día de hoy.

Tresor sobrevivió a esos tres días y pasó horas en la biblioteca comunitaria. Decidió mantenerse ocupado y aprender a tocar la guitarra y el piano. Sólo le quedaba un reto por delante, aprender inglés. El rapero congoleño, que lleva en Dzaleka desde 2008, se ha convertido en el director de comunicaciones del campo de refugiados. Además es el fundador de la asociación cultural de Dzaleka que sirve de plataforma para varios artistas residentes.

“Preparo un disco que saldrá en febrero”, nos adelanta Tresor quien contará con la colaboración de artistas de Malaui. “Quiero agradecer el apoyo que me han dado”, explica el artista congoleño que recupera así ese sueño de grabar un álbum y que abandonó sin remedio al dejar RDC.

Tresor lo perdió todo, incluso a Mesnes pero Lilongüe le ha devuelto lo que el exilio le quitó. “Estoy haciendo lo mismo. Estoy escribiendo artículos, escribiendo poesía, hago shows…” “No es lo mismo [que antes] pero lo será pronto, Incluso puede ser mejor. No en una escena local pero más internacional”, concluye Tresor.

Gasandji

Visita a Sonideros de Radio 3

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Sonideros, el programa dirigido por el infatigable y brillante Rodolfo Poveda, cumplió el día 7 de Septiembre 5 años de vida. En estos 5 años han proporcionado a sus oyentes lo mejor del panorama musical, y en sus exquisitas selecciones, nunca ha faltado una buena dosis de música africana. Dj Floro, auténtico amante y mejor conocedor de los ritmos afrobeat, junto con el más que consolidado en las pistas de baile madrileñas Dj Bombín, al lado de Kiko Helguera y el Doctor Soul, forman un brutal equipo de amantes de la música que cada domingo nos guía, en la sintonía de Radio 3, por universos sonoros insospechados.

Wiriko ha tenido la enorme suerte y el inmenso placer de sentarse con estos maestros del sonido en el estudio y dejarse deleitar por su savoir faire y su espontaneidad detrás del micrófono, y la experiencia ha quedado registrada en un programa en directo de una hora de duración. Para que podáis seguir el Podcast sin perderos detalle, os hemos querido preparar un menú de nuestra ruta por los puertos de África, con un poco de información de cada uno de los músicos que sonaron el pasado 22 de Septiembre en los estudios de Madrid.

Escúchalo:

lek senEmpezamos en la costa senegalesa con la voz rasgada de un personaje muy importante en la escena hip hop del país. Lëk Sèn proporciona el ejemplo perfecto de la absorción de sonidos caribeños y reggae, pero también de la utilización de lenguas coloniales y lenguas locales en la música africana. En el tema Maney, del último disco del senegalés (Tomorrow, 2013) la voz perenne de The Gladiators, Clinton Fearon, contrasta y empasta con la humeante y dura porosidad de Sèn.

La segunda parada nos la proporciona el Zouglou más comercial de Costa de Marfil, con los archiconocidos Magic System. En un avanzamiento de lo que169-magic-system-chauffe-scene-calais será su próximo álbum, Magic System relatan la historia de un inmigrante sin papeles que se casa con una pelirroja de Burdeos y con la que se le truncan los planes de “libertad a la europea”, tal como había soñado desde África. La vida matrimonial de “Mamadou” acaba transformándolo en un marido ocupado con las tareas del hogar, cuidando a su hija, sacando al perro… y enamorado hasta las trancas!

azonto-poster-533x800Y nos sumergimos en uno de los estilos más pegadizos y febriles del África Occidental. Quizás el ritmo más representativo de Ghana y Nigeria, aunque surge del primero. O te encanta o no lo soportas. En Wiriko nos hemos quedado absolutamente prendados de su baile y su ritmo monótono y a veces estridente. Por eso quisimos pinchar el hit numero 1 del Azonto (de Fuse ODG), que irrumpió en Youtube en 2011 y se ha mantenido en la cresta de la ola en las pistas de baile. Y para ilustrar su influencia, nos hemos trasladado a las costas de Nigeria para proporcionar el single debut del próximo disco de Temi DollFace, una auténtica diva de los sonidos electrónicos de la costa Oeste. No os perdáis el videoclip del tema Pata Pata:

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Ntjam Rosie

Para salir del frenesí del Azonto, escogimos una de las voces más frescas e internacionales del actual panorama de la música camerunesa. Y para ello, pinchamos el único tema del último y cuarto disco de Ntjam Rosie, At The Back Of Beyond (2013) cantado el bulu. Algo muy sencillo de escuchar y a la vez, una pieza donde Ntjam deja relucir unos agudos casi perfectos.

gasandjiUna puesta a punto óptima para preparar los oídos para una gran diva de los actuales sonidos congoleños. Algo muy particular es lo que nos ofrece Gasandji, una cantante que merece casi ser escuchada con los ojos cerrados y que automáticamente, nos va a sumergir en una atmósfera que estimulará todos nuestros sentidos. Quizás muchos de vosotros os preguntéis “¿como ha podido estar tanto tiempo en la recamara del circuito internacional?”.

Y si Gasandji nos hace desconectar del plano físico para transportarnos a otras esferas, TLDreamz nos hacen retornar al mundo de los vivos, para volvernos a transportar a las pistas de baile. Su Kizomba nos conecta con los sonidos antillanos y nos recuerda que “en África la música no solo se escucha sino que, esencialmente, se baila”.

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Charles Kely

Seguimos nuestra ruta marítima y hacemos parada en Madagascar, ya en la costa índica. El líder indiscutible del mercado musical es ahí Charles Kely. Pero no es tan solo un personaje querido en su tierra sino también un músico respetado fuera de la escena malgache. Charles Kely es único y sus trabajos no pasan de moda. Por eso, a pesar de que su disco ‘Zoma Zoma’ se publicó en 2011, hemos querido incluir uno de sus cortes dentro de nuestro menú musical.

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Bergitta Victor

Surcando las aguas cristalinas del índico nos trasladamos a las impresionantes costas de Seychelles, uno de los destinos turísticos más cotizados de África. Y nos damos de bruces con uno de los trabajos más recientes surgidos del continente, porque Bergitta Victor nos sorprende con un sincretismo maravilloso y un sonido fresco y apetecible con su nuevo álbum ‘On a Journey’.

Y nos despedimos dejando el caramelo en la boca de la audiencia, porque Kato Change no solo nos tiene el corazón robado, sino que nos tiene en vilo esperando alguna publicación que nos permita disfrutar de la virtuosidad de sus dedos en la guitarra. Un artista que ha participado en espectáculos de Seun Kuti, actuado junto a la ya desaparecida Chiwoniso Maraire y que es considerado uno de los músicos de Jazz más prominentes de Kenia. Algo que queda pendiente y que cierra este apresurado, subjetivo y humilde recorrido por los sonidos de los puertos africanos.