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Seminci 2017: un idilio de amor entre El Nilo y el Pisuerga

Conquistó a la crítica y el jurado en el Festival Internacional de Sundance y el pasado sábado se hacía con la Espiga de Oro, el máximo galardón, en la capital de Castilla León durante la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) que este año ha proyectado más de 300 películas. El trabajo del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh The Nile Hilton Incident no deja indiferente a nadie: corrupción, policías y movilizaciones sociales. La revolución de 2011 en Egipto proporciona el telón de fondo para el implacable thriller político de Saleh que cambia gradualmente el enfoque de las sucias calles de El Cairo a los niveles más altos del Parlamento en el curso de una investigación por un asesinato mediático. A pesar de tener un título bastante genérico, The Nile Hilton Incident representa el tipo de cine penetrante que solo un guionista y director íntimamente familiarizado con la cultura egipcia –pero que posee una perspectiva externa– podría lograr convincentemente. La sudanesa Mari Malek, en el papel de Salwa, quien interpreta a una refugiada indocumentada, se ha convertido en una de las actrices revelación de este año a nivel internacional cautivando a la cámara. Era evidente que la historia de amor entre el El Nilo y el Pisuerga no se hiciera esperar.

Ciertamente en esta edición ha habido muchas cosas que celebrar, pero otras muchas que deberían ser mejoradas y Wiriko ha estado presente para poder contar todo de primera mano. Una de las claves de este festival ha sido su capacidad de reconversión con los años. Con una participación de más de 95.000 espectadores, uno de los festivales de autor con más trayectoria, parece que empieza a remontar los peores años vividos durante la crisis. Si la Seminci comenzó en 1973 como un “festival religioso y de valores humanos”, se dio un giro de 180 grados con la transformación completa hacia un certamen de cine internacional. No solo eso, desde la llegada en 2008 del último director del festival, Javier Angulo, se ha conseguido dar la vuelta al certamen duplicando el número de espectadores en menos de una década y mejorando su imagen tanto interna como externa. Además, esta ha sido una de las ediciones más femeninas del evento ya que se equiparó por primera vez el número de películas dirigidas por mujeres al de hombres en la Sección Oficial. “Es sin duda la mejor noticia del festival. Las mujeres también existimos aunque muchas veces se nos intente invisibilizar”, comenta Sara a la salida del largometraje iraní Napadid Shodan. “Eso sí, creo que esperar hasta 2017 para alcanzar esa cifra me parece algo ridículo”, añade.

Actriz sudanesa Mari Malek.

La dirección de la Seminci ha destacado igualmente la presencia de más de 15.000 espectadores jóvenes en las salas, algo por lo que se ha luchado durante los últimos años. Para ello se ha incluido la sección infantil “Miniminci” o el Jurado Joven con el objetivo de diversificar la oferta del certamen y hacerlo más atractivo. “Desde mi punto de vista, la presencia de gente joven necesita todavía más esfuerzo porque en las salas somos pocos. Es un cine que representa la realidad, sin superhéroes y con pocos efectos especiales lo cual hace más difícil llegar al público joven. También es verdad que, cuando se conoce, la gente acaba repitiendo”, comenta Irene, estudiante de enfermería y espectadora asidua. Sin duda alguna, el festival está tomando el camino correcto en relación a la presencia de jóvenes en las salas, ya que ellos son el futuro de esta industria.

En la Seminci se presentan producciones y coproducciones de diferentes puntos del mundo. Sin embargo, no podemos pasar por alto que durante años el cine africano y, sobre todo el cine al sur del Sáhara, ha tenido una presencia residual. El cine del norte de África ha contado con más presencia e incluso Marruecos fue invitado al certamen en 2013 para realizar un repaso por su cine con la proyección de diecisiete largometrajes, tres documentales y seis cortos. No obstante, desde ese último año, hasta la pasada edición en la que Wiriko estuvo cubriendo Nakom el único largometraje subsahariano, los cines africanos han brillado por su ausencia.

Y cuando hablamos de cines africanos nos referimos a 54 países algunos de los cuales tienen unas industrias cinematográficas de mucho peso y con largas trayectorias como son los casos de Nigeria, Sudáfrica o Etiopía. No resulta coherente que esos países sigan sin estar presentes. “Hay películas que hablan sobre África negra y luego están las películas árabes, pero no he visto en esta edición ni una sola película dirigida por africanos o africanas”, comenta Javier, profesor de Historia. “En Andalucía están mucho más presentes los cines del sur, es algo que desde luego aquí se echa mucho en falta”, reflexiona.

Aunque insistimos en la necesidad de una mayor presencia de cines dirigidos por africanos y africanas, este año hemos contado con la presencia de largometrajes de temática africana: la franco-brasileña Gabriel e a montanha que nos relata la historia de un joven que decide viajar por el mundo y descubrir el continente africano; la suiza Me Mzis skivi var dedamicaze, que nos cuenta la historia de Dije, un inmigrante nigeriano que ha acabado por error en Georgia, y April que acaba una noche en la cárcel por ejercer la prostitución; la polaca Los pájaros cantan en Kigali que relata los horrores del genocidio ruandés de 1994; o el documental español Owino que ha participado en la sección DOC España y que nos traslada a la lucha de un pueblo de Kenia que lucha contra una multinacional que envenenó su poblado con vertidos ilegales de plomo.

Sin duda alguna este año ha sido el año de los cines árabes y del norte de África. Destacamos sobre todo el largometraje tunecino Aala kaf Ifrit que nos ha mostrado la desigualdad de género del Túnez posrevolucionario y que se hizo con el Premio de la Juventud o la mencionada The Nile Hilton Incident, que además de la Espiga de Oro, ha obtenido el premio al mejor director y guión.

A pesar de los éxitos de este año, lo cierto es que la Seminci debería pensar en acoger un mayor número de películas, cortometrajes o documentales africanos para poder obtener otra perspectiva. De esta manera se podrían enriquecer mucho las próximas ediciones del festival. Y es que este certamen, en su perfil más internacional, no puede permitirse dar de lado a todo un continente. Aunque aplaudimos la presencia –y la victoria– de los cines árabes no podemos pasar por alto la continua marginación que están sufriendo las industrias cinematográficas africanas. Solo nos queda esperar que en la próxima edición se empiece a valorar un poco más el trabajo de un sur que llama a las puertas de España.

Ruanda 2.0: Los pájaros cantan en Kigali

Muchas han sido las películas que han relatado el horror vivido en el genocidio de Ruanda que se desarrolló en 1994. Algunas, como Hotel Rwanda (2004), son muy conocidas gracias a la difusión a la que nos tiene acostumbrados la maquinaria de hollywood; pero hay otras, más sutiles, que nos relatan los mismos sucesos y sus consecuencias desde otra perspectiva.

Este es el caso de Los pájaros cantan en Kigali (“Ptaki spiewaka w Kigali”, en polaco), película que participa en la 62ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) en la sección oficial, es un drama dominado por dos mujeres que viven el horror ruandés de primera mano. Anna Keller, interpretada por una agónica Jowita Budnik, es una ornitóloga que junto a Jean Paul (Ciza Remy Muhirwa) investiga el comportamiento de los buitres en el país africano cuando la situación se vuelve insoportable. Claudine Mugambira, papel que interpreta la actriz Eliane Umuhire (que debutó en su papel en Things of the Aimless Wanderer), es una joven ruandesa que trata de huir de los ataques. Con ayuda de Anna, que trabajaba con su padre, consigue huir en las jaulas de los buitres muertos que la ornitóloga se lleva para continuar con su investigación.

Pero esto es solo el principio del largometraje. La propia directora, Joanna Kos-Krauze, que estuvo presente en la proyección, fue muy clara cuando le preguntamos sobre la temática de la película: “No quisimos reconstruir el homicidio y el sufrimiento por el que pasó Ruanda. No nos parecía ético representar el horror en la pantalla”. Por ello la película se centra en lo que ocurre después. Si hay algo que llama la atención en Los pájaros cantan en Kigali es la nueva perspectiva que nos muestra a las personas que vivieron el conflicto, sobre todo a nivel psicológico.

La trama nos cuenta que Claudine consigue llegar a Polonia, pero será alojada en un centro de refugiados y vivirá rodeada de un mundo que desconoce. Sin dejar atrás los traumáticos recuerdos y sin olvidar a sus familiares que no pudieron huir, Claudine tratará de continuar con su vida. Paralelamente Anna vuelve a su Polonia natal, pero su cabeza sigue en Ruanda. Aunque el público no lo ve directamente en la pantalla, sí que se intuye en la mirada de la co-protagonista cómo las escenas vividas vuelven una y otra vez a su cabeza.

Poco después Claudine consigue el estatus de refugiada y Anna opta por acogerla. Con la proximidad los recuerdos están más vivos que nunca y a pesar de que son las únicas que pueden comprenderse mutuamente la convivencia se vuelve insoportable. Cuando parece que la situación no se puede resolver, Claudine recibe noticias de la única familiar que ha sobrevivido al conflicto: su prima Marie-Christine. A partir de ese momento la protagonista se plantea volver a Ruanda y enfrentarse definitivamente a sus fantasmas. Pero no irá sola. Allí las protagonistas buscarán respuestas cuando el resto de los ruandeses tratan de pasar página y cerrar las heridas de los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en 1994.

La virtud de esta película es que permite al espectador acompañar a Claudine y a Anna a través de su particular viaje por la ansiedad y el trastorno. Los cortes repentinos, los desenfoques y las eternas imágenes de insectos, vísceras y buitres nos recuerdan el horror de forma sutil. La película, con largos planos y ritmo lento puede dar la sensación de alargarse más de lo debido. Pero esto se debe, en palabras de la directora, “a que los planos largos y desenfocados tienen el objetivo de reproducir la visión de una persona que está en estado post-traumático. Una persona en esa situación no tiene una imagen clara del mundo que la rodea, por eso la narrativa de la película da la sensación de estar rota”.

En cierto modo se agradece que la película no se centre solo en la pesadilla que estalló en 1994 y que podamos conocer cuáles son las consecuencias personales de un conflicto que conmocionó al mundo. Gracias a este largometraje podemos acercarnos y tratar de comprender cómo se vive con el dolor cuando el mundo se ha roto.

“La comunidad artística en Ruanda no está aún en un punto que impugne la principal corriente política”

Principio es, junto a la palabra artistas, lo que más repite Phoebe Mutetsi al hablar del papel que juega la industria artística en Ruanda. Esta joven escritora, nacida en Uganda pero de nacionalidad ruandesa, es la fundadora de The Art House, un espacio para el encuentro y la colaboración de artistas, curadores y productores instaurado en Kigali, desde donde fomentan la conexión artística a través de jornadas de música, poesía, fotografía o pintura.

Fotografía perteneciente a una pieza colaborativa comisariada por The Art House.-

Hasta hace diez años no existían siquiera instituciones destinadas al arte, ni en la capital ruandesa, ni en ningún otro confín del país. No fue hasta 2006 que un antiguo palacio real de corte neoclásico situado en Nyanza, a noventa minutos de Kigali, abrió sus puertas para recibir al que sería el primer museo de arte contemporáneo de Ruanda. Hoy es la Galería Nacional de Arte y alberga más de un centenar de obras surgidas de una serie de concursos ideados por el Gobierno ante la ausencia total de arte contemporáneo en la colección nacional. Entre los temas escogidos para que los artistas trabajaran sus obras algunos fueron ‘Paz y tolerancia’ o ‘No olvidar, recordar’. Se abría así la veda de una libertad de expresión artística que en sus inicios tuvo que ser guiada, muy en la línea de los planes de desarrollo de Ruanda, por otra parte.

La capital ruandesa es la ciudad entre colinas y en ella conviven las dos caras de una misma moneda que es el país. Una, la de los caminos de tierra, adobe y chapa para las casas, falta de acceso al agua en muchos casos e inseguridad por norma general. Y otra, la que hace alarde de ‘El modelo Ruanda’, el mantra repetido en conferencias políticas para respaldar que otra África es posible. En este lado de la capital ruandesa, el verde de los parques casi inunda sus edificaciones, las viviendas son de ladrillo y en las calles, iluminadas y asfaltadas, está prohibido fumar y las bolsas de plástico tienen la entrada renegada. Un lavado de cara que no ha estado ausente de críticas, como la realizada por Human Rights Watch en su informe El secreto detrás las limpias calles de Kigali, en el que denuncia el encarcelamiento de mendigos y prostitutas como medida de limpieza.

Nada es blanco ni negro, tampoco en Ruanda, donde este controvertido plan de desarrollo recoge también destacables mejoras en asistencia sanitaria, la piedra angular del modelo instaurado por el presidente Paul Kagame en el país, al que las encuestas posicionan como ganador en las próximas elecciones del cuatro de agosto, tras diecisiete años al frente del gobierno (veintitrés en el caso de su partido, el Frente Patriótico Ruandés, que tomó el poder en junio de 1994, zanjando cien días de genocidio). Dos décadas no exentas de acusaciones de represión y ataques contra la oposición política y los medios de comunicación. En este contexto, Phoebe Mutetsi explica a Wiriko cómo ha evolucionado la concepción del arte en el país y la labor que desempeña en la realidad ruandesa.

¿Cómo crees que el arte proporciona esperanza a los ruandeses?

Es importante tener en cuenta que ahora mismo el espíritu general en Ruanda es de esperanza; buscando un futuro del que todos seamos parte e integrantes en su construcción. Las artes por lo tanto ponen de manifiesto ese espíritu o ambiente a través de los diferentes medios de expresión y representación elegidos por los artistas o creadores. El hecho de que el artista puede articular sus verdades, sueños e ideas con su música, poesía o pintura, esto involuntariamente resalta la esperanza de la gente o del país.

¿Cómo crees que los artistas juegan un papel clave en la impugnación de la política establecida en Ruanda y cómo fomentan a través del arte el pensamiento crítico en el país?

La comunidad artística en Ruanda no está aún en un punto en el que el trabajo producido impugne la principal corriente política. Ahora bien, las conversaciones comienzan a tenerse en cuenta y las preguntas y pensamientos están siendo expresados concerniendo sobre todo a la política social, no tanto al gobierno. Es todo un principio de algo.

¿Crees que los artistas pueden representar un bálsamo contra la falta de libertad de expresión en Ruanda?

El arte en sí mismo trata sobre la representación y la expresión. Los artistas a través de su propia expresión representan aquello con lo que el ciudadano ordinario, en cualquier parte del mundo no solamente en Ruanda, no se sentiría cómodo de comunicar. Sin embargo yo no diría que ahora mismo en Ruanda estamos en un lugar donde la mayoría de la gente se sienta representada en este sentido por los artistas. Estamos sólo en el principio del viaje.

¿Crees que el gobierno ruandés teme a los artistas nacionales?

El gobierno ruandés ahora mismo está centrado en la agricultura, la tecnología, está poniendo al día el sistema de enseñanza, y otros asuntos. Lamentablemente las artes y los artistas no están sobre el radar del gobierno especialmente. Al menos no lo parece. Por lo tanto, no, yo no diría que el gobierno ruandés tiene miedo a los artistas nacionales o que tenga una razón para tenerlo.

Fotografía perteneciente a The Art House.

Literatura no limits

Se han decidido a hacer caer todas las barreras, a eliminar los límites de la literatura. Continúan avanzando en un ambicioso e involuntario objetivo que ni siquiera se han planteado formalmente. El colectivo de escritores Jalada sigue avanzando, sigue en movimiento y lo demuestra especialmente con su última propuesta un festival literario itinerante a medio camino entre un festival al uso, un bibliobús y una gira artística. Los miembros del colectivo no sólo visitan doce ciudades en cinco países de África Oriental, sino que han previsto para cada una de esas paradas una programación específica, en un alarde de creatividad, también en el diseño de los eventos.

Imagen promocional del festival. Fuente: Jalada

Primero hicieron caer las fronteras y edificaron un colectivo de escritores y escritoras panafricano como nunca había existido antes, con autores de cinco nacionalidades (Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria, Sudáfrica) en el núcleo inicial. Esa diversidad de procedencias ha ido aumentando a medida que aumentaban también los miembros de esta conspiración literaria continental. En ese derribo de fronteras acabaron incluso con una barrera más alta que las de los estados y es la de los antiguos ámbitos coloniales. Jalada ha conseguido acercar a escritores de países con pasado anglófono con otros procedentes del antiguo ámbito francófono.

Después superaron los límites temáticos. Las líneas rojas, como ha comentado alguna vez Sonia Fernández, la autora de Literafricas, que les aparecen a la mayor parte de los autores africanos y que les marcan los temas sobre los que se espera que hablen. Y, sobre todo, esas líneas rojas marcan los temas sobre los que un autor africano no debería hablar. De nuevo, demoler las convenciones fue apenas un pasatiempo para este colectivo. Se presentaron en sociedad y se han ido haciendo con un nombre a fuerza de construir antologías de relatos sobre temas que nadie habría sospechado antes o, al menos, por los que muy pocos editores habían apostado hasta ahora. Han hablado, sin tapujos y sin complejos, sobre erotismo y también sobre afrofuturismo, por ejemplo.

Luego, acabaron con los límites culturales. Esa enorme riqueza cultural que alberga el continente, su diversidad, se ha interpretado, en ocasiones como una dificultad añadida para la difusión, por ejemplo, de la literatura. Jalada se ha puesto delante de esta valoración y simplemente la ha sobrepasado. Cogieron “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato original del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y publicaron una antología en la que traducían esta historia a 32 lenguas africanas (incluidas las antiguas lenguas de las metrópolis coloniales) y abrieron la puerta a continuar aumentando la lista le lenguas.

Finalmente han terminado de menospreciar los límites de los géneros ideando un poco ortodoxo festival literario itinerante. Jalada Mobile Festival es la primera edición de esta propuesta que durante un mes viajará por doce ciudades de cinco países de África del Este. Empezando por la capital de Kenia, Nairobi, se desplazarán a Nakuru y Kisumu, antes de cruzar la frontera de Uganda para instalarse dos días en Kampala y de allí a Kabale. Abandonarán después Uganda y cruzarán a la República Democrática del Congo para detenerse en Goma. Su siguiente parada está en la capital ruandesa, en Kigali. Y, a partir de ahí, comienzan el periplo tanzano que llevará al festival a visitar Mwanza, Arusha, Dar Es Salam y Zanzibar, para regresar a Kenia en la última estación, en Mombasa.

Para cada una de esas paradas, los miembros de Jalada han previsto un programa de actividades diferente que incluyen debates sobre los temas inusuales en esos foros, que realmente son los que interesan a esa nueva generación de creadores. Se discutirá sobre asuntos tan diversos como el papel de algunos medios de comunicación en la construcción de la sociedad, como es el caso de la radio; o algunas formas de cultura tradicional, con un especial interés sobre la tradición oral y su influencia en las formas literarias más actuales; se analizarán las nuevas fronteras de la literatura y algunos mitos y leyendas; se debatirá sobre las organizaciones y los colectivos que han sostenido en los momentos más difíciles la escritura y la lectura como formas de transformación e, incluso, de rebeldía. Son sólo algunos de los temas propuestos, entre los que no se ha olvidado, evidentemente, la cuestión de las lenguas nacionales.

Pero también se proyecta esa diversidad en las actividades paralelas que acompañan en cada estación a los debates y las conferencias. Si en Nairobi se ha previsto un catálogo de todas las posibles intersecciones entre la poesía y la cultura urbana, en Kigali se proyectará una nueva dimensión de la antología que Jalada publicó sobre sexo, sensualidad e intimidad a través de la danza. En todo caso, la palabra hablada será la inevitable protagonista de estas actividades que pondrán de manifiesto como un mismo fenómeno y una misma experiencia se materializa de forma diferente cuando se funde con la cultura local. Si la poesía urbana tiene un sabor especial en Dar Es Salam, propio de la tradición árabe y en Kampala, la particularidad viene del nacimiento del hiphop en las iglesias evangélicas.

En fin, toda una nueva muestra de diversidad que Jalada vuelve a poner de manifiesto en su proceso de redefinición de las líneas de la literatura, unas líneas que nunca son fronteras.

Somi, la panafricanista del jazz contemporáneo

Una excusa. Llegó 30 minutos tarde a la entrevista. Era su primera vez en España. La presión del Festival de Jazz de Madrid. Su diminuto bolso cruzado a través de un pecho que amasaba acordes de algún lugar extraño y que no soltaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. No estaba preparada para las cámaras –aseguró– y todo se pospuso para el final del concierto. Lo que aconteció después fueron casi dos horas de un ensayo general que debería haber sido una rutinaria prueba de sonido en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural la Villa. Una espera delicatessen para los técnicos y el que escribe. No queríamos que se bajara de las tablas porque nunca antes habíamos visto a una artista girar las estructuras del jazz de esa forma. Bebía agua. La hora se acercaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. Sus calcetines color rosa que hacían de ese momento algo muy acogedor. Íntimo. Los finales de las canciones parecían no estar limados y todo apuntaba a que la improvisación de este trío musical compuesto por voz, piano (Jerry Leonide) y bajo (Michael Olatuja) sería la tónica dominante. Vestuarios. La audiencia llenaba el aforo. Luz tenue. El presentador confirma que el espectáculo marcará una inflexión. Aparece Somi. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo.

somiLaura Kabasomi Kakoma o Somi te ofrece un camino incansable de sobresaltos. Una experiencia completa de hora y media que evoca lugares alejados entre sí como Nueva York o Nairobi, Johannesburgo, Washington o Río de Janeiro. Ritmos africanos, soul de Stevie Wonder, la improvisación entre graves y agudos del jazz vocal, música de contemplación y escucha atenta, o de baile dislocado para un sábado noche. Somi interpreta un estilo musical que salta con tanta facilidad entre los límites que la categorización de su música es irrelevante.

Así que ¿quién es Somi?
Nací en Ilinois, crecí en Zambia, volví a Ilinois para continuar el colegio, después estudié en Kenia, Tanzania para volver nuevamente a Nueva YorK…

Un momento. Pero entonces ¿de dónde eres?
Soy panafricanista, ¿sabes? Tu casa al final es donde la construyas. Soy, a fin de cuentas, una cantante, una compositora, una escritora… Esto es quien soy.

Te encuentras entre dos mundos, ¿no?
–Ríe–. Mi madre era ugandesa y mi padre ruandés así que era una combinación perfecta, un impulso normal, el querer descubrir mis raíces. He viajado mucho por el continente y además he podido estudiar en él para entender mejor a la gente afro de los Estados Unidos. Estuve entre Kenia y Tanzania interesándome por la antropología médica. Cuando vivía en África del Este estaba preocupada por desenterrar mi verdadero ser cultural: una niña negra americana y de padres inmigrantes, aunque ya estaba occidentalizada. Estaba tratando de averiguar mi identidad cultural para reclamar mi conexión con África y me hallé privilegiada de ser una americana y de ser una persona de ascendencia africana. La experiencia me dio todo este espacio para decidir lo que realmente quería hacer. Y la música fue la elección obvia.

jazzmadrid-2016-somiA menudo te definen como una versión moderna de Miriam Makeba, y una mezcla vocal entre Nina Simone y Dianne Reeves. ¿Te sientes identificada con esta descripción?
Es un honor. Muchas gracias por tus palabras. Verás yo empecé a tocar el violonchelo cuando tenía ocho años y escuchaba mucha música clásica en la radio. Mi madre que cantaba, aunque no de forma profesional, me susurraba canciones de Uganda y de, por ejemplo, Elvis Presley.

¡Vaya! Menuda combinación de sonidos y de movimientos de cadera
–Ríe–. Sí… A mi padre le encantaba el reggae. La elección de ser músico no fue fácil. Me encantaba cantar, pero no pensé que fuera una opción viable como carrera profesional. Todo el mundo en mi familia tenía un trabajo más tradicional y, además, las familias de inmigrantes no suelen animar a sus hijos a ser artistas.

Hoy has demostrado que tu repertorio abarca un amplio espectro con canciones de conciencia social sobre el movimiento Occupy Nigeria, con letras que hablan sobre el estado de la mujer en Nigeria, de la pobreza, del amor. ¿Cuál es el rol de un cantante?
Mi último álbum lo escribí y compuse en Nigeria. Quería saber qué estaba ocurriendo allí, en una capital tan cosmopolita como Lagos, en un país que es la primera economía del continente. Así que mi rol es decir la verdad. Hablo de asuntos que le preocupan a la gente como los movimientos de ocupación en ciudades africanas, de la circuncisión, de las trabajadoras sexuales…

Pero Somi, esto no es comercial, no vende…
Ya lo sé, pero ese no es mi problema. En esencia el artista debe ser honesto consigo mismo. No es plan de decir, ¡oh, tengo que escribir una canción sobre Trump por lo que representa! Más bien tratar asuntos que estén relacionados con lo que tú necesitas explicar. Quizás sea sobre el medioambiente o sobre el fenómeno migratorio. Como te decía, hay que ser honesto con uno mismo porque esto es lo que la gente siente.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Ahora que mencionas a Trump. ¿Cuál es tu valoración?
–Silencio. Somi calla durante al menos 30 segundos. Los ojos se le ponen llorosos–. Es un tema muy obsesivo. Es una mala época. No se trata sobre lo que le ocurrirá a la gente negra, a los musulmanes, a los homosexuales… Nos afecta a todos. Estos días he dormido temerosa por el mundo que nos espera con este tipo en la Casa Blanca. No sé qué está ocurriendo. Hoy, salir al escenario fue muy importante por un número de razones: era la primera vez que abría mi corazón y era capaz de hablar de mis sentimientos, de mis sueños, después de unos días. He tenido un espacio para volar y para decir la verdad a través de la música. Sobre Trump no sé realmente qué más puedo decir.

somi_foto_glynis_carpenter_3-jpg__1600x768_q85_crop-smart_cropper-media_background-_subsampling-2¿Nuevo álbum a la vista?
Ahora estoy trabajando en un nuevo álbum sobre los inmigrantes africanos en Harlem, –donde ella vive– sobre sus experiencias, sobre la xenofobia que sufren… Aunque realmente esta enfermedad no es exclusivamente americana porque ocurre lo mismo también en Europa. Así que intento reflejar cómo fenómenos como este, o incluso la gentrificación, tienen lugar en barrios tradicionalmente marginados y cómo la población que vive en ellos se enfrenta a estos problemas. Cómo negocian las vicisitudes. Pero hablo también sobre la humanidad, porque Harlem nos recuerda la historia de la experiencia afroamericana y es una historia importante, pero viven también otras comunidades desde hace 40 o 50 años y no son realmente incluidas en la conversación cuando hablamos de cómo la gentrificación está cambiando Harlem. Así que mi nuevo álbum es para recordarlos a todos.

[En enero de 2008 la cantante fundó la organización sin ánimo de lucro New Africa Live con un objetivo claro: “crear un espacio cultural de pertenencia para los artistas africanos contemporáneos mediante la producción de eventos artísticos multidisciplinares. Y entre tanto, que entretenga, que eduque y cree conciencia sobre el valor de la cultura africana en un mundo globalizado”. Según explica Somi, con estos eventos tratan de cuestionar la idea homogeneizada de producción cultural africana (no todo son timbales) y apoyan el trabajo de artistas que interrogan las políticas de identidad africana con un espíritu cosmopolita y de hibridación urbana.]

¿Y algún otro proyecto en el que estés embarcada?
Estoy inmersa en una jazz-opera sobre Miriam Makeba en Nueva York que se estrenará en diciembre y supone un proyecto que engloba la escritura, la música en sí y la interpretación.

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Como te defines como una panafricanista, te pregunto sin tapujos. ¿Cuál debería ser en tu opinión la nueva agenda para África?
Lo más importante y excitante es que estamos volviendo a ser propietarios de nuestra narrativa en un camino que nunca antes habíamos hecho. Específicamente en el mundo artístico porque estamos cambiado muchas cosas, empleando muchas cosas. Es maravilloso decir que esta inversión es en nosotros mismos. Es un tiempo maravilloso en el continente, pero también en la diáspora porque mucha gente que conozco no tenía estas oportunidades para expresarse por ellos mismos. Ahora pueden ser artesanos, diseñadores, emprendedores… ¡cualquier cosa! Y no necesariamente un abogado o un médico porque la sociedad de alguna forma te lo imponga. Así que es maravilloso ver el valor de los nuevos artistas e invertir en este talento y, observaremos cómo la economía del continente crecerá en este sentido.

¿Tu sueño para África?
La autosuficiencia para ser responsables de nosotros mismos y no tener que depender de nadie. Trabajar por la igualdad y el aprovechamiento de los recursos para invertir en nuestras propias infraestructuras en un sentido amplio. Porque es maravilloso que se invierta en los artistas, pero es algo más grande cuando los gobiernos invierten en el pueblo y no tienen que pedir explicaciones en el círculo del desarrollo. Mi sueño es cambiar la narrativa de la ayuda, de la pobreza. Porque está ahí, pero debemos usar todo lo que tenemos ya que África es un continente realmente rico: los recursos están allí, los minerales están allí.

¿Y un sueño para los EE.UU.?
–Silencio–. No lo sé honestamente…

Bueno, mejor matizo: ¿un sueño para tu hogar en Harlem?
¡Oh! Muchas gracias porque estaba pensando en que se acabara la legislatura de Trump mañana mismo… –ríe–. Creo que es importante recordar la cultura. No es algo sobre la raza, sino sobre la cultura. Crear espacios de intercambio en esta ciudad, en estos barrios donde se está destruyendo la esencia… es algo horrible. De cualquier forma no sé si este sería mi sueño, pero se convertiría en algo precioso.

Literatura, memoria e infancia, por Tierno Monénembo.  

El pasado mes de abril recordamos el genocidio de Rwanda que tuvo lugar en 1994. El siglo XX fue el escenario de otros acontecimientos crueles que no acaban de cesar en este siglo XXI. Están de plena actualidad y son el reflejo del desentendimiento humano. ¿Tendrá que ver el olvido con la repetición de estos actos? El arte se presta a menudo a esa necesidad que encamina a contar y no silenciar lo ocurrido, con la finalidad de aportar en la reconciliación y la reconstrucción. Como dice Sergio Ramírez, “escribir libros es una tarea con consecuencias, y una obra literaria desborda siempre la página escrita y altera de alguna manera la realidad. […] Los vacíos que deja el relato de la historia contada por los historiadores de profesión, vacíos que siguen siendo numerosos, vienen a llenarlos los escritores, sin que nadie pueda vedarles el uso de la imaginación, que se halla en la esencia de su oficio, a la hora de contar los hechos de la historia”. Así, otras perspectivas vienen a completar la complejidad histórica. Entre estos discursos alternativos encontramos la novela de Tierno Monénembo, L’Aîné des orphelins (2000). El escritor guineano presta atención a los más desprotegidos y, sobre todo, desatendidos: los niños. A través del protagonista, Faustin, comprobamos con angustia el trágico paso de la infancia a la vida adulta de unos personajes que viven en el contexto de un conflicto social complejo e incomprensible. Monénembo recupera las historias del genocidio de Rwanda a través de unos ojos inocentes para mostrar la imposibilidad de un presente y un futuro dignos para este conjunto de niños traumatizados.

El escritor guineano Tierno Monénembo. Fuente: BookNode.com

El escritor guineano Tierno Monénembo. Fuente: BookNode.com

Faustin es el representante de todos esos niños y niñas que después de los genocidios despertaron sin familia, sin hogar al que volver, sin nada ni nadie. Niños callejeros que, inconscientes de su situación, trataron de continuar la vida errando por las calles de la capital, Kigali. Con 15 años, Faustin está en la cárcel y acaba de ser condenado a muerte. Han pasado 5 años desde los avenements (acceso, advenimiento) como prefiere llamarlos Faustin, en lugar de événements (acontecimientos). Siguiendo la lógica de que todo acto final se debe a una cadena de pequeñas decisiones y acciones que deciden el destino, Faustin decide ponerse a recordar su pasado. Así, a modo de flash-back desvelará su pasado fragmentado y recordará cómo y por qué ha llegado allí.

Portada de "L'Aîné des orphelins"

Portada de “L’Aîné des orphelins”

Monénembo consigue que nos pongamos en la piel de este y de todos los niños que vivieron esa situación. Los primeros días después de las masacres, los niños erran por las calles sin ninguna clase de referencia. “Supongo que, como yo, no sentían la necesidad de abrirse o de jugar”, confiesa el protagonista. Huyen de los adultos y de sus mentiras dolorosas incapaces de entender su mundo. Tampoco los adultos se esfuerzan en explicárselo ni en entenderlos. Claudine, la asistenta social que intenta en vano ayudar a Faustin, echa la culpa a la Historia sin acercarse verdaderamente a la mente de Faustin. No lo culpará ni por su actitud ni por sus actos, pero tampoco se sentará a escucharlo. Faustin está en la cárcel porque encontró a uno de sus compañeros acostado con una de sus hermanas. Asume lo sucedido y se niega a ser perdonado por un juez por el hecho de ser un niño. Se revela ante la idea que tienen los adultos de él como un ser inferior y se siente responsable de sus actos. Al fin y al cabo, su cinismo y su falta de respeto no son más que el reflejo del universo adulto presente y de su sufrimiento. En un mundo sin moral, en medio del caos, no encuentra justicia ante un acto de violación como ese. Él mismo, Faustin, se erige como justiciero para todas aquellas mujeres violadas durante el genocidio.

La novela es, esencialmente, una escritura de memoria donde lo principal es recordar. Su infancia es un recuerdo doloroso, nostálgico pero dulce. Representa un lugar de la memoria en el que refugiarse porque, a pesar del caos, de la huida y de la rebeldía, “incluso cuando uno es un irrecuperable, incluso cuando se ha alcanzado el infierno, uno necesita a alguien para que le mantenga conectado al mundo”. Todos reclaman, pues, cariño, comprensión y ayuda.

Escribir sobre estos conflictos implica, en efecto, un compromiso y una elección ética. «Es a base de olvidar como se pierde la memoria », dice Tierno Monénembo en Un rêve utile (1991). Compartir, denunciar, visibilizar y aportar esperanza son los objetivos del proyecto del que esta novela forma parte. Se trata de una iniciativa que nació de la impotencia ante la manipulación de los medios de comunicación y de una ausencia vergonzosa de reacción por parte de los intelectuales del propio continente. Se vieron obligados a reaccionar ante “el silencio aberrante que rodeaba este drama ruandés, sobre todo en los medios africanos”. Nocky Djedanoum convocó en 1998 a 10 escritores y escritoras africanos a una residencia de escritura en Ruanda. Bajo el título «Rwanda: écrire par devoir de mémoire» estos escritores y escritoras viajaron a Ruanda con la tarea de conocer y dar a conocer lo sucedido. Era necesario abrir las puertas a un diálogo que sirvieses a la vez de medio de expresión, de comprensión del pasado y de denuncia de la presente lucha que se llevaba a cabo por sobrevivir. ¿Cómo contar estas experiencias manteniendo un compromiso ético hacia las personas y la propia historia? ¿Cuánta cabida tenían la creación y la estética?

Cartel de una de las actividades del programa “Rwanda: Écrire par devoir de mémoire”

Cartel de una de las actividades del programa “Rwanda: Écrire par devoir de mémoire”

Dar visibilidad a lo ocurrido con el máximo respeto fue una ardua labor. Tras las situaciones de parálisis e impotencia, en el 2000 vieron la luz una serie de obras literarias cargadas de debates teóricos, éticos y estéticos:

Koulsy Lamko, La Phalène des collines; Boubacar Boris Diop, Murambi, le livre des ossements; Tierno Monénembo, L’aîné des orphelins; Meja Mwangi, Great Sadness (La Grande Tristesse. Todavía no publicado); Monique Ilboudo, Murekatete; Vénuste Kayimahé, France-Rwanda, les coulisses du génocide; Véronique Tadjo, L’Ombre d’Imana. Voyage jusqu’au bout du Rwanda; Jean-Marie Vianney Rurangwa, Le Génocide des Tutsi expliqué à un étranger; Abdourahman Ali Waberi, Terminus. Textes pour le Rwanda; Nocky Djedanoum, Nyamirambo! 

“El arte es terapéutico, una herramienta para unir a la gente”

En un pequeño estudio del barcelonés barrio de Gracia, Collin Sekajugo retoca algunas de sus últimas pinturas sobre cartones o sobre telas reutilizadas. Rostros desdibujados y redibujados una y mil veces. Figuras humanas irreconocibles que en realidad contienen toda la humanidad. Abajo, en la peatonal calle de Asturias, la vida continúa con normalidad. Arriba, en el primer piso, en una de las habitaciones que la organización Jiwar destina a sus artistas residentes, Sekajugo explica, delante de un panel de caras casi repetidas, cómo entiende él el arte. Mientras habla juega con media docena de botes de pinturas y va salpicando con pinceladas aquí y allí sus obras a medio acabar.

Collin Sekajugo, durante su residencia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Collin Sekajugo, durante su residencia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Collin Sekajugo, de madre burundesa y padre ugandés, crecido en Kenia, ha fraguado su idea del arte a través de una larga experiencia por diferentes países africanos, europeos y americanos. Y, sobre todo, la ha puesto en práctica a pie de calle, en los lugares en los que creía que el arte más podía aportar. Sekajugo ha vulgarizado la idea del arte para llenarla de contenido transformador en la capital de Ruanda y en un pueblo de Uganda con sendos centros de creación.

¿Qué le llevó a crear centros de arte en Ruanda y Uganda?

Mi idea de crear centros de Ruanda y Uganda comenzó cuando viajaba por el este y el sur de África entre 2005 y 2006. En ese momento, Ruanda estaba luchando por reconstruirse después del traumático genocidio de 1994 que afectó a toda la sociedad. Vi la necesidad de incorporar el arte en el proceso de reconciliación y reconstrucción de Ruanda. Me imaginé, en última instancia, un espacio donde los jóvenes podrían unirse para trabajar y compartir ideas sobre cómo utilizar el arte como forma de expresión, mientras aprendían a vivir juntos a pesar de sus diferentes orígenes. Esencialmente, quería utilizar el arte como una herramienta para la curación, la educación y la participación en la comunidad.

Ahorré un poco de dinero y en 2007 volví a Ruanda para abrir el primer centro de arte allí, Ivuka Arts Kigali. Más tarde, en 2011, amplié mi perspectiva y me volqué en una nueva idea, transformar el pueblo natal de mi padre, Masaka, en Uganda, en un pueblo de las artes, el primero de este tipo. Así es como formé Weaver Bird Arts Foundation en Kampala que ha sido la punta de lanza del desarrollo de los pueblos artísticos.

¿Qué balance hace de estos años de trabajo en los dos centros?

El intercambio entre las experiencias de Ruanda y Uganda no ha sido sencillo. Pero siempre he hecho las cosas con mucha pasión, he intentado por todos los medios conseguir un equilibrio entre ambas iniciativas y las actividades que se desarrollan en cualquiera de los países.

¿Por qué piensa que el arte podría ayudar a cambiar la sociedad? ¿A qué se refiere con esa capacidad de transformación?

El arte es terapéutico y estoy convencido de que se puede utilizar como herramienta para unir a la gente. Eso es lo que he podido presenciar durante mi viaje artístico que comenzó hace más de 10 años.

Sekajugo retoca una de sus pinturas. Foto: Carlos Bajo

Sekajugo retoca una de sus pinturas. Foto: Carlos Bajo

Así que su percepción tiene algo que ver con su experiencia personal con el arte ¿Qué ha significado para usted?

Por su puesto. La idea de que el arte puede cambiar la vida es algo que descubrí cuando yo mismo estaba tratando de averiguar quién era y qué papel quería jugar como persona en la sociedad. Estoy hablando del tiempo en el que terminé la secundaria y estaba buscando en el arte una manera de curar mi dolor por la pérdida de mis padres a una edad temprana y todas las dificultades que he experimentado desde entonces. Cuando, en mi juventud, empecé a dibujar y pintar, enseguida me di cuenta de lo rápido que mi vida estaba cambiando y cómo inmediatamente me sentía mejor conmigo mismo. Por eso decidí convertirme en artista profesional e intento usar mis habilidades creativas para ayudar a otros que pueden haber pasado por situaciones similares o peores.

Con el paso del tiempo he podido perfeccionar mis habilidades con la formación y eso me ha permitido vender mi trabajo a diferentes coleccionistas y amantes del arte de todo el mundo. Los ingresos de estas ventas los he invertido en el desarrollo de mis proyectos en Ruanda y Uganda.

¿Cómo definiría su trabajo?

Me gusta referirme a mí mismo como una comunidad creativa y el sentido de mi trabajo, de ese arte y de la comunidad es la transformación social. Mi obra es mitad realista y mitad abstracta.

Y, ¿sobre qué base ha construido su estilo?

Mi obra se inspira principalmente en mis experiencias en las actitudes, las percepciones, las reacciones y comportamientos de las personas en distintas situaciones. Mi inspiración no se limita a una cultura específica o a una comunidad, sino que es más bien un acercamiento a las cosas que construyen o rompen la sociedad actual.

El artista ruandés-ugandés Collin Sekajugo. Foto: Carlos Bajo

El artista ruandés-ugandés Collin Sekajugo. Foto: Carlos Bajo

Se implicó en las sociedades de Ruanda y Uganda en momentos complicados. En la actualidad, los dos países también viven problemas políticos, ¿aún queda mucho por hacer?

Ruanda y Uganda son países pacíficos y que avanzan a pesar de sus pasados ​​terribles. Las complicaciones políticas de los dos países no me impide expresarme a través del arte, ya que mi trabajo tiene como objetivo principal el desarrollo de la sociedad y no su destrucción. Como mi objetivo es usar el arte para capacitar a las personas y crear una comunidad, me siento cómodo trabajando en ambos países.

¿Cómo se imagina el futuro del arte y los artistas en los países africanos que conoces?

Estamos en medio de la globalización, los artistas están expuestos a diferentes culturas y entornos en los que comparten su creatividad y el mundo parece más receptivo al arte africano ahora, de lo que solía ser hace 10 o 20 años. Creo que el arte africano tiene mucho futuro en el mundo actual.

Hemos visto que le han preguntado qué ha aprendido en Barcelona. A nosotros nos gustaría saber qué puede aportar a la escena del arte de Barcelona.

Hace varios años que soñaba con venir a Barcelona y ahora he tenido esta oportunidad. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la diferencia entre Barcelona y otras ciudades europeas que he visitado antes. Me ha inspirado mucho. Me gusta el ambiente de convivencia de la ciudad, que hace que el visitante, como yo, enseguida se sientan incluidos en el entorno social. La mayor parte de la gente que he conocido apenas sabía nada sobre el arte de África Oriental y las presentaciones que he podido hacer creo que ha servido para abrir los ojos a muchos catalanes y españoles.

Coincidiendo con el Making Africa, ¿qué le parece cómo se percibe el arte contemporáneo africano en Occidente? ¿Cree que está cambiando la visión?

Creo que el arte africano siempre ha sido recibido como si sólo fueran las tradiciones y la artesanía del continente y el arte contemporáneo no era realmente reconocido hasta hace poco. Los viajeros y coleccionistas lo han “empaquetado mejor” para que el mundo lo vea y los  museos internacionales ahora parecen más interesados ​​en exhibir este nuevo arte. Creo que el arte africano está empezando a ocupar el lugar que le corresponde. Muestra como Making Africa que recientemente se ha inaugurado en el CCCB de Barcelona o de Africa Now que se inauguró en Londres hace un par de años, están dando al arte africano una difusión que le va a asegurar su futuro mejor.

Y, por último, ¿qué le parece que Occidente puede aprender del arte africano contemporáneo?

La lección más importante que el mundo debe aprender es que el arte africano no es sólo dioses antiguos, rituales, leones en la selva, … sino que va mucho más allá de los aspectos tradicionales. Hoy en día África es el hogar del diseño contemporáneo y, personalmente, lo encuentro emocionante. Creo que merece un reconocimiento internacional. Making Africa, por ejemplo, sorprenderá al público que vaya a ver la exposición con unos nuevos descubrimientos que seguro fascinan a los europeos amantes del arte.

Writivism: Larga vida a la literatura africana

writivism2015

Cuatro mujeres y un hombre, todos ellos jóvenes pero inmersos de lleno en una enorme diversidad de iniciativas literarias y culturales. Voces diferentes, estilos distintos, enfoques plurales y preeminencia de los escritores nigerianos. Este es el perfil de los finalistas del último de los certámenes literarios africano, la edición de 2015 del concurso Writivism, vinculado al festival literario del mismo nombre que se celebra cada año en Uganda.

De nuevo, un certamen literario de relatos nos da la oportunidad de descubrir autores emergentes que se van labrando un prestigio a medio camino entre el continente africano y el resto del mundo. La lista de finalistas del premio Writivism que se hizo pública el 1 de junio arroja cinco nombres a los que a partir de ahora tendremos que prestar atención: las nigerianas Adeola Opeyemi, Pemi Aguda y Nnedinma Jane Kalu; el ruandés Dayo Adewunmi Ntwari; y la sudafricana Saaleha Bhamjee.

Adeola Opeyemi. Fuente: imágenes extraídas de la web del premio

Adeola Opeyemi forma parte del WriteHouse Collective, un colectivo literario que organiza eventos para fomentar la literatura de autores jóvenes. La escritora (y también pintora) se confiesa inspirada en sus trabajos por la lucha por los derechos de la mujeres y ha publicado en diversos medios, sobre todo, on line, como en el caso de este poema.

Pemi Aguda

Pemi Aguda

Pemi Aguda, por su parte, ha colaborado de manera estable con el portal The Naked Convos, pero también con muchos otros medios, como el Kalahari Review. En estos medios podemos encontrar algunas de las historias de esta arquitecta convertida en escritora.

Nnedinma Jane Kalu

Nnedinma Jane Kalu

Nnedinma Jane Kalu, a pesar de haber estudiado biología parece que no pude dejar de escribir. Se dedica a escribir guiones, pero también es coautora de un drama radiofónico en Nigeria. Varias de sus historias en forma de series pueden leerse en el portal Real Life with Kani.

Dayo Ntwari

Dayo Adewunmi Ntwari

El ruandés Dayo Adewunmi Ntwari cultiva una ciencia ficción muy particular. Esta llamado a engrosar las filas de una corriente de la que ya hemos hablado en esta sección. Esa combinación de futurismo adaptada al entorno africano, en la que las referencias son los personajes y las figuras de las leyendas africanas y de las diversas cosmovisiones de estas sociedades. La inspiración de este escritor se sitúa en la espiritualidad africana, la mitología y sus religiones.

Por último, la sudafricana Saaleha Bhamjee  mezcla de manera curiosa literatura y cocina y es una bloguera casi compulsiva que mantiene al día a sus seguidores a través de su blog Afrocentric Muslimah, con sus historias, pero también con sus opiniones y sus inquietudes, entre las que aparecen las reflexiones sobre la industria literaria o sobre la producción literaria.

La incógnita sobre el ganador se desvelará la próxima semana durante la celebración del Festival Writivism. La cita albergará las conferencias de conocidos escritores, pero también toda una serie de eventos relacionados con el proceso creativo y con la crítica literaria, con la escritura de historias cortas y de poesía, con las lenguas nacionales, la literatura erótica y la de ciencia ficción y con el papel del periodismo dentro de la literatura, entre otras cuestiones.

El festival incluye actividades musicales o la danza, otras pensadas para acercar a los escolares a la literatura y lecturas de obras contemporáneas. El evento buscar generar un espacio de debate sobre la escritura pero también acercar al público y a los artistas y convertirse en un escaparate de los nuevos valores.

La película marroquí L’Armée du Salut gana el FCAT 2015

"L’Armée du Salut", dirigida por ha sido la Mejor Película en el FCAT 2015. marroquí ganadora de

La película marroquí “L’Armée du Salut”, ópera prima del director Abdellah Taïa, ha sido elegida como la Mejor Película en el FCAT 2015.

El Premio al Mejor Largometraje de Ficción, elegido por el jurado entre las ocho películas de ficción que se incluían en la sección “Hipermetropía”, ha recaído sobre L’Armée du Salut, ópera prima del marroquí Abdellah Taïa. La directora del festival, Mane Cisneros, ha entregado este premio, concedido, en palabras del jurado, por “haber abordado sutilmente la adaptación al cine de su propia novela y presentar sin dramatismo la construcción de la identidad sexual”.

Cuando Abdellah Taïa reconoció su homoxesualidad en una entrevista publicada en la revista política Tel quel, se convirtió en el titular y el escándalo, al menos, político y literario. Taïa pasaba a ser uno de los primeros personajes públicos en Marruecos, en un “país acostumbrado a negar radicalmente este tema”, como reconocía en la entrevista. El protagonista de la película, Abdelá, el pequeño de una familia numerosa, busca su sombra, su identidad, entre sus hermanas, pero su condición de hombre le desplaza a otro plano. La primera parte de la película transcurre en las calles de Salé, ciudad cercana a Rabat. Sin embargo, cuando la escena cambia de país y los años pasan, Abdelá para ser otro. Un regalo visual y reflexivo en una obra íntima y autobiográfica que ya ha comenzado a cosechar premios.

El premio del público ha recaído para Things of the Aimless Wanderer, del ruandés Kivu Ruhorahoza, concedido por los espectadores a través de sus votos en sala. El director de la Filmoteca de Andalucía, Pablo García Casado, ha entregado al director este galardón honorífico que da buena muestra de la acogida por parte de los espectadores de esta película que reflexiona de manera innovadora sobre el colonialismo en Ruanda.

El Premio al Mejor Largometraje Documental, entregado por el crítico de cine Javier H. Estrada, ha sido Beats of the Antonov, del sudanés Hajooj Kuka. La reconocida documentalista egipcia Jihan El Tahri, ha recogido en su nombre el galardón que premia el análisis de la cultura como “forma de resistencia” ante la opresión.

Asimismo, el jurado ha querido hacer una mención especial a otros dos documentales: Chantier A, de Tarek Sami, Lucie Dèche y Karim Loualiche, “por la sensibilidad y la sencillez con la que plantea la cuestión de la búsqueda de la identidad”; y La sirène du Faso Fani, de Michel K. Zongo, “por su habilidad para utilizar el cine no sólo para denunciar un sistema sino también para transformarlo”.

De la sección “En breve” ha resultado ganadora del Premio al Mejor Cortometraje, patrocinado por El Corte Inglés y elegido por votación popular, la película Peau de Colle, de la tunecina Kaouther Ben Hania. El periodista y crítico Javier Tolentino ha hecho entrega de este premio, que ha recogido en nombre de la directora el también realizador Keba Danso.

La interpretación de las actrices africanas también ha sido premiada en la 12ª edición del Festival de Cine Africano de Córdoba. Guadalupe Arensburg, de la Fundación Mujeres por África, institución que financia el Premio a la Mejor Actriz, ha hecho público el nombre de la ganadora, la actriz Horeya Farghaly, protagonista de la película egipcia Decor.

El actor camerunés Emil Abossolo Mbo, a quien el festival ha rendido homenaje en esta edición, la cineasta angoleña Pocas Pascoal y el productor español Martín Pawley; han sido los responsables de seleccionar este palmarés.

La brecha del genocidio: una década del festival de cine de Ruanda

Fotograma de la película 'Kinyarwanda' dirijida por Alrick Brown.

Fotograma de la película ‘Kinyarwanda’ dirijida por Alrick Brown.

Con un sobrecogedor silencio se recuerda en muchas partes de Ruanda el final del desgarro de vida que asoló al país en 1994. Entonces se recriminaba la no acción de una comunidad internacional que debatía sobre el propio concepto de unidad para frenar la ola de odio y que se terminó ahogando antes de llegar a la praxis. 800.000 almas perecieron. Pero, una vez más, hubo que mirar al sur para aprender, o mejor, para recordar. Más allá del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, que tiene su base en Arusha (Tanzania), las cortes populares distribuidas en los pueblos han logrado progresivamente pronunciarse sobre un millón y medio de casos: juzgar al prójimo y perdonar… Así, esta lección de humanidad y solidaridad (léase memoria histórica), a veces impuesta, cumplía 20 años hace unas semanas.

Hoy, Ruanda tiene 11 millones de habitantes, con un índice de pobreza que ha bajado un 25% y con objetivo a largo plazo de convertirse en 2020 en un país de ingresos medios pasando de una economía esencialmente agrícola a una de servicios. También tiene sombras. Sí. Pero ha conseguido que su industria cinematográfica o Hillywood y, en especial el Festival de Cine de Ruanda (RFF) que se está celebrando en estos días (12-18 de julio), no solo se haya consolidado como el más importante evento cultural del país, sino también como uno de los más prestigiosos festivales de África. La tradición continúa este año con la décima edición de RFF formado por un equipo de 15 personas. Siete días donde un total de 62 películas (23 de ficción, 13 documentales y 26 cortometrajes) deleitarán a los ruandeses. Con estas palabras lo describe el director ruandés Eric Kabera: “El desarrollo del Festival de Cine de Ruanda y la industria del cine está creciendo a un ritmo muy rápido. Nuestro décimo aniversario marca una década de este desarrollo”.

logo_Rwanda_FilmFest_RFFKabera asegura que los jóvenes son el futuro: “Nuestro festival de cine Hillywood ha impactado a muchos de nuestros jóvenes cineastas locales y a la comunidad por tener la confianza de la capacidad de compartir la historia de Ruanda a nivel local como internacional. Con ello, Ruanda está ahora definiéndose a sí misma, a su propia identidad, su historia y su perspectiva de futuro. Y el cine ha jugado un papel importante en todo esto”, explica el director en una entrevista a Wiriko. En este sentido, por el premio Silverback de este año competirán seis cortometrajes nacionales que serán seleccionados por Guido Huysman (director del Afrika Filmfestival), Vanessa dos Santos y Gatete Thierry: Akaliza Keza, Crossing Lines, Impano Izira, The Invincible, Kanyambo y Mageraere.

El lema de este año es “Reflexión” coincidiendo con festividades redondas como el 20 aniversario de la conmemoración del genocidio o los 10 años del nacimiento de este festival, motivo por el cual, las películas seleccionadas para este año representan una variedad de estilos cinematográficos y contextos culturales enmarcados en tres secciones. La primera de ellas es la “Retrospectiva sobre Ruanda”, una reflexión sobre cómo el pasado continúa afectándonos hoy en día. La segunda sección de la programación es “Reflexión sobre las Culturas del Mundo”, en la que queda de manifiesto las alianzas que el festival ha establecido con otros países. De hecho, el país invitado de este año es China, una expresión cultural que cierra la cuadratura del círculo con los acuerdos estratégicos que ha firmado en los últimos años Ruanda con el gigante asiático. En este sentido, cobra relevancia el espacio a la última película del realizador Wong Karwai, El Gran Maestro (2013), que abrió la edición de 2013 de la Berlinale. La última de las secciones se titula “Reflexión sobre los jóvenes en movimiento”.

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Fotograma de la película china (país invitado del RFF) “American Dreams in China”, dirigida por Peter Chan.

Pero quizás uno de los platos fuertes del festival sea el cine itinerante por las colinas ruandesas. La sección en su mayoría cuenta con talentos locales: el 90 por ciento de todas las películas que se exhiben se hacen en la lengua kinyarwanda, lo que permite llegar a los ruandeses en todas partes y con la garantía de el mensaje es claro. Según afirman los propios organizadores “Cada día de Hillywood es artística y moralmente gratificante. La mayoría de los que disfrutan de nuestras proyecciones al aire libre nunca han visto una película hecha en kinyarwanda por cineastas y actores locales de Ruanda”. Como sentencia Kabera: “El cine es una herramienta muy fuerte de desarrollo y también de mecanismo de consolidación de la paz, para Ruanda y esto es tan importante como cualquier otro elemento de nuestro desarrollo humano”.

La película de apertura del festival fue la dirigida por el ruandés y reconocido cineasta Eric Kabera, Intore (2014). Un trabajo que narra la historia del genocidio de 1994 contra los tutsis y la recuperación lenta que sufrió el país. A través de la música del país, la danza y entrevistas sinceras, Kabera teje una narración de un triunfo notable. La película incluye entrevistas con los mejores bailarines y músicos de Ruanda, incluyendo al cantante Cornelius Nyungura, conocido por su nombre artístico Corneille, que no ha regresado al país desde el genocidio. Para este viernes 18, la película que cerrará esta décima edición del RFF será Mandela: Long Walk to Freedom (2013), dirigida por Justin Chadwick. La película cuenta con el papel de Idris Elba (12 años de esclavitud, Half of a yellow sun) como Mandela. La particularidad es que coincidirá con la fecha del aniversario del recién desaparecido líder sudafricano.

Más información aquí.

 

 

 

 

El reverso africano (II): Recolonizar las imágenes desde el Sur

El 1 de marzo de 1896, las fuerzas etíopes comandadas por el emperador Menelik II derrotaron al ejército italiano en la batalla de Adwa. Era la primera vez que un país africano vencía a una potencia europea.

El 1 de marzo de 1896, las fuerzas etíopes comandadas por el emperador Menelik II derrotaron al ejército italiano en la batalla de Adwa. Era la primera vez que un país africano vencía a una potencia europea. Fuente: A.Davey.

Continuamos con la serie que empezamos hace una semana sobre conflictos en el continente llevados a la gran pantalla, pero hoy toca mirar al Sur. Algunos de los trabajos cinematográficos africanos en esta línea procuran, precisamente, otorgar una respuesta prolongada que reaccione ante los colosales obstáculos interpuestos por la historia dominante escrita desde una parte del mundo –léase guiones–. Y son cada vez más los foros en el que la mirada made in África, la de los directores que pelean por sacar adelante sus producciones alternando la alquimia con la burocracia de las subvenciones, acerca a un primer plano el séptimo arte africano. No obstante, no dejan de ser fundamentalmente arenas especializadas como la del Festival de Cine Africano de Córdoba, que el próximo 11 de octubre y hasta el 19 cumplirá su décima edición, y cuya repercusión, en el mejor de los casos, se limitará a un breve espacio en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Cartel de la 10ª edición del Festival realizado por la hispano-sudanesa Dar Al Naim Mubarak.

Cartel de la 10ª edición del Festival realizado por la hispano-sudanesa Dar Al Naim Mubarak.

Franz Fanon reconocía la importancia crucial para los pueblos subordinados de afirmar sus tradiciones culturales y recuperar sus historias reprimidas. De aquí que el papel de las cinematografías en África sea crucial para desnudar la historia y reescribirla con voz propia, desde otra óptica, con otras lenguas y como herramienta contestataria a la cultura empaquetada desde las industrias del pensamiento dominante.

A pesar de ser el cine más joven de todo el mundo (a penas 50 años) mantuvo una coherencia narrativa determinante en los años posteriores a las independencias en el continente. Así lo manifestaron Yemane Demissie en Tumult (1996) al reflejar las luchas en Etiopía contra Haile Selassie; o Raoul Peck al filmar Lumumba (2000) y Jon Akomfrah al retratar la vida del también carismático líder Nkrumah en Testa­ment (1988). En los últimos tiempos varias obras han retratado los conflictos armados durante las décadas de los 90 y 2000 en el continente como Zulu Love Letter (2004), de Ramadan Suleman, que retrata la realidad sobre el apartheid; Sometimes in April (2005), de Raoul Peck, sobre el genocidio de Ruanda, una visión completamente diferente a la obra mencionada de Hotel Ruanda; o Ezra (2007), de Newton Aduaka, una obra que se adentra en los comités de reconciliación de los niños soldado en Sierra Leo­na y que ganaría en 2007 el Caballo de Oro en el Festival Panafricano de Cine y Televisión de Uagadugú (FESPACO).

En la búsqueda de nuevos espacios para el diálogo sobre conflictos, invasiones e intervenciones en África serían también interesantes títulos como los siguientes: Des fusils por Banta (1971) sobre la guerrilla en Guinea Bissau y Sambizanga (1972) sobre la libe­ración de Angola, ambas de la directora Sarah Maldoror; Struggle for a free Zimba­bwe, (1972) de Kwate Nee-Owoo; Sarrounia (1986), de Med Hondo, que narra la historia de la reina y jefa mi­litar de las Aznas de Níger en su lucha frente a la penetración francesa; Mortu nega (1988), de Flora Gomes, que muestra un retrato nostálgico de los combatientes en la independencia de Guinea Bissau; o Adwa: an african victory (1999), de Haile Gerima, sobre la victoria etíope frente a los italianos en 1896.

El secuestro ahogado de las imágenes y la negación irracional de su propia historia a la que el continente ha estado sometido a lo largo de varios siglos ha motivado que los conflictos armados que tienen lugar en él tiendan a reducirse con visiones estereotipadas sin cabida al análisis y la contextualización. Las grandes producciones de cine occidentales –aquellas realizadas bajo un decorado africano– continúan acomodadas en guiones dramáticos en el que el papel de los africanos se reduce a un segundo plano y en el que la rentabilidad es la prioridad. Se sigue obviando, por lo tanto, que las guerras africanas contemporáneas deben enmarcarse en una red de actores con intereses determinados en la lógica del conflicto; por lo que la necesidad de observarlos desde la gran pantalla africana pasa por el visionado y la escucha activa de las voces procedentes del propio continente. Premisas como éstas pueden contribuir a una aproximación más acertada de la siempre coral, heterogénea y dinámica realidad subsahariana.

Ruanda: el poder sanador del arte

finding hillywoodEntre mil colinas, Ruanda continúa en el ejercicio pragmático de redefinir una identidad nacional que no olvida. Este pequeño país de África central, ubicado entre la frontera de Tanzania, Uganda, la República Democrática del Congo y Burundi, está proyectando un cambio cinematográfico, a pesar de que el imaginario colectivo reforzado por algunas películas extranjeras que han retratado el genocidio de 1994 persiste. Hutus contra tutsis. Machetazos que fracturaban el grito sordo de la esperanza… Prueba de ello son los trabajos rodados en el terreno por manos extranjeras: 100 días, de Nick Hughes (EEUU, 2001); Hotel Ruanda, de Terry George (EEUU, 2004); Siempre en abril, de Raoul Peck (Reino Unido, 2005); Un domingo en Kigali, de Robert Favreau (Canadá, 2006); o La Operación Turquesa, de Alain Tasma (Francia, 2007). Una oportunidad, por otra parte, para muchos profesionales artísticos del país que aprovechaban la llamada de las coproducciones para hacer currículo.

Desde hace unos años, y cada vez más, se hace notar el cambio de rol. No hace mucho, una pareja de directores ruandeses llegaban con las credenciales del reconocimiento por sus películas al Festival de Tribeca y al Festival de Varsovia: Kivu Ruhorahoza por Grey Matter, y Joel Karakezi por Imbabazi. Otra mirada. Un azote a Occidente al demostrar que el conocimiento de la historia del continente es un elemento esencial para luchar contra las falsificaciones, la manipulación de los medios de comunicación y las imágenes de un África desnuda de la que a menudo es víctima.

Precisamente, la documentalista Leah Warshawski presentaba en julio, en el marco de la novena edición del Festival de Cine de Ruanda que llevaba por título “Nuestras madres, nuestras heroínas”, un documental desgajado de estereotipos, que no se estanca en el genocidio sino que parte de él para esbozar un panorama transformador en la industria del cine del país: Finding Hillywood (Buscando a Hillywood). El documental arranca en los primeros diez minutos sin acomodamientos ni diplomacias ofreciendo una breve historia de la guerra civil de Ruanda, en parte, a través de la experiencia de Ayuub Kasasa Mago, fundador del Festival de Cine de Ruanda. Mago, un realizador apasionado por su trabajo y protagonista del film, habla de sus luchas pasadas con la dependencia de drogas y alcohol después de conocer la noticia de que su madre había fallecido durante el conflicto. Con este bagaje vital, Mago decidió cambiar las cosas y devolver las risas a su ciudad armando a un equipo de filmación local para proyectar películas a los residentes locales y a lo largo de todo el país.

Aunque Finding Hillywood no llega a la hora de duración, el equipo de Warshawski ha tardado seis años en terminar la producción. Con un presupuesto alrededor de los 250.000 dólares la película rinde un homenaje pequeño a Ruanda pero comprometido con la energía y fuerza de su industria cinematográfica dispuesta a revertir la imagen internacional de la nación. Queda claro que los buques insignia del continente siguen siendo Sudáfrica, Ghana, Kenia y Nigeria con su Nollywood, la segunda en número de producciones por detrás de Bollywood (India).

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Seguramente Eric Kabera sea uno de los realizadores más importantes de Ruanda que ha sabido aprovechar su rol para impulsar y seguir difundiendo su sector. Aunque nació en Goma, Rpública Democrática del Congo, se instaló en Kigali a la edad de 25 años. Conocido por la sociedad que creó en 1996 Link Media Production, ha realizado diversos documentales como: Gardiens de la mémoire (2004), Moto auto Ouaga (2009) y Le voyage d’Alphonse (2009), entre otros trabajos en los que ha participado como productor.

En 2001, fundó el Rwanda Film Center del que surgiría unos años más tarde la idea, junto al mencionado Ayuub Kasasa Mago, de crear el Rwanda Film Festival en 2005. Hace un par de años Kabera fundó la primera escuela de cine del país Kwetu Film Institute, un centro con más de 200 estudiantes que pueden formarse en módulos técnicos y artísiticos. Y la última innovación en el campo cinematográfico de este gurú congolés es la creación de RwandaFilm.org. Esta plataforma pretende crear un mercado para que los cineastas regionales puedan crear un perfil, publicar sus trabajos, mostrarlos y encontrar posibilidades de trabajo en Ruanda.