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Parque Tsavo, un viaje para reconectar

Habitualmente se utiliza la palabra ‘desconectar’ para referirse a esa necesidad de escapar de la rutina. Absortos en la tecnología como lo estamos, no es de extrañar este uso, sin embargo, resulta más adecuado hablar de reconectar cuando lo que se busca precisamente es dar respuesta a ese deseo de volver a encontrarnos en estado puro. El Parque Tsavo, al sur de Kenia, con su desbordante patrimonio natural es el oasis de la reconexión con nuestra esencia.

Parque Tsavo (Kenia). Foto: Ruth Fernández Sanabria / Wiriko.

Un colorido vibrante, llanuras que llegan hasta donde alcanza la vista atravesadas por caminos de tierra rojiza; montañas cubiertas con un velo de polvo a lo lejos; elefantes por doquier y manadas de búfalos, cebras, monos, jirafas y otras tantas especies a sólo unos metros, ponen al viajero en su sitio, inducido en una combinada sensación de paz y temor ante la explosión de vida que alberga este parque nacional. Pero si por algo destaca el Área de Conservación Tsavo es porque, a diferencia de otras reservas protegidas africanas, este ecosistema está exento de vallado lo que supone, para alrededor del 8% de los habitantes de este lugar, convivir con animales libremente salvajes.

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Gran parte de esta población es masái. Su estrecho vínculo con el ganado, fuente de alimentación principal de este grupo étnico y razón de ser de su nomadismo original, ha condicionado su relación con los animales salvajes hasta el punto de que uno de sus ritos tradicionales consistía en que los jóvenes tuvieran que conseguir cazar a un león para escenificar su paso a la vida adulta. Debido a la legislación actual en torno a la protección de los animales en peligro de extinción, esta tradición ya no se practica, si bien, una de las principales funciones del guerrero masái (helder, en maa, su idioma), cuyo rol es el de asegurar el bienestar de su familia, sigue siendo la de proteger a su ganado de los depredadores.

Quizás se pueda pensar que al ir al Parque Tsavo se identificará claramente a las personas masáis por su vestimenta tradicional, la shuka roja envuelta en el cuerpo y los abalorios de colores en cuello y brazos. Pero del mismo modo que, digamos, en Andalucía el traje de flamenca sólo se usa en fiestas tradicionales, entre la población masái de esta reserva de Kenia ocurre exactamente lo mismo. Por lo que sí resultan identificables estéticamente es por el estiramiento de los lóbulos de las orejas que muchos de ellos se realizan, considerado en su cultura como signo de belleza. Es el caso de Seremon, un joven masái que en su día a día viste su uniforme de agente forestal como miembro de la iniciativa ‘tenBoma’, promovida por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW, por sus siglas en inglés) con el respaldo de la Fundación TUI Care.

“He crecido viendo a los animales alrededor como unos vecinos más y quiero que sigan formando parte de mi entorno. Por eso me hice agente forestal”, cuenta Seremon a Wiriko en un viaje realizado a este parque keniano junto a la Fundación TUI Care. Él es uno los cuarenta agentes forestales que esta iniciativa ha formado como medida preventiva contra la caza furtiva de elefantes y su consecuente conflicto en la comunidad. Se trata de una tensión latente entre la población y los animales en tanto en cuanto la disminución de la cacería ilegal supone el incremento de estos enormes mamíferos en el Área de conservación Tsavo, lo que no sólo trae consigo potenciales peligros para las personas que allí habitan, sino también, como señala Rosemary Melishoza, jefa del Servicio de vida salvaje de Kenia (KWS), “a veces los animales salvajes no dejan ir a los niños al colegio, especialmente en invierno, de mayo a agosto, cuando los animales están en todos partes”. Para tratar de evitar que esto ocurra, la iniciativa tenBoma mantiene reuniones con los habitantes del parque para escuchar sus problemáticas y debatir posibles soluciones. Por lo pronto, ha comprobado que algo tan simple como una linterna y un silbato resulta tremendamente eficaz a la hora de convivir entre animales salvajes.

Rosemary también es masái y, en relación a la situación de la mujer en su grupo cultural, señala que “como a todas las mujeres, históricamente se nos ha reservado el papel de ocuparnos de la casa, por eso, en mi caso, al principio no se tomaban en serio mi función como representante del Gobierno en la zona. Ha sido difícil pero ahora que han podido apreciar la asistencia que ofrecemos no les importa que esté una mujer al frente”. Del mismo modo opinan Purity Lakara y Eunice Penety, ambas masáis y agentes forestales. “Queremos ser capaces de tomar nuestras propias decisiones. Cuando empezamos en este proyecto, en nuestra comunidad nos decían que no seriamos capaces, pero ahora lo aprueban. Nos ven patrullando y se dan cuenta que podemos hacerlo y lo hacemos bien”, comenta Eunice a Wiriko.

Purity Lakara y Eunice Penety, Parque Tsavo (Kenia). Foto: Ruth Fernández Sanabria / Wiriko.

El Parque Tsavo, con sus aproximadamente 42.000 kilómetros cuadrados, tiene casi el tamaño de Holanda y es el lugar donde habitan el 40% de la población de elefantes presentes en Kenia, más de 12.000 ejemplares de este imponente animal cuyo número aumenta año a año (el último censo revela un incremento de 1.700 elefantes). Su presencia es un reclamo para el turismo cultural, atraído por la idea de visitar este patrimonio natural keniano, el quinto destino turístico más visitado de un país que ha vuelto a ser reconocido por cuarto año consecutivo como el destino de safari líder en el mundo en 2018, según los World Travel Awards.

Que así sea está relacionado con la disminución de la caza furtiva motivada por el endurecimiento de las penas contra ella y, en el caso del Área de Conservación Tsavo, por la aplicación del programa tenBoma, que tras su puesta en marcha en 2014 ha supuesto la reducción de un 83% de esta práctica cruel e ilegal. Un considerable avance que debe su éxito a la combinación del conocimiento local y el desarrollo tecnológico, de manera que la experiencia de los que viven en este entorno y lo conocen, unida a la información que pueden observar como las huellas de los neumáticos o los retos de una hoguera, sean recopiladas por agentes forestales como Seremon, Purity y Eunice para luego volcar los datos y monitorizar la actividad furtiva. En palabras de Faye Cuevas, vicepresidenta de IFAW, se trata de “actuar para evitarlo en lugar de actuar a posteriori”. De este modo, el Parque Tsavo es un lugar para reconectar, no sólo con uno mismo si uno va allí de viaje, es también punto de encuentro entre las personas, los animales y su conexión dormida.


Este artículo ha sido posible gracias a la colaboración de Wiriko y TUI CARE FOUNDATION.

‘Los cinco grandes’ de África en Sudáfrica podrían ser seis

El león, el elefante, el búfalo, el rinoceronte y el leopardo son los considerados ‘cinco grandes’ de África, así llamados por ser los animales de mayor tamaño y fuerza, y por tanto, los más difíciles de cazar. Todos ellos se pueden contemplar en el Parque Nacional Kruger, situado en la localidad sudafricana de Phalaborwa. Abierto hace 120 años, este parque es la primera reserva protegida del continente y la más grande de Sudáfrica. Sus casi dos millones de hectáreas se encuentran al noreste del país, tocando las fronteras de Zimbabue y Mozambique. Allí se albergan cientos de especies de mamíferos, aves y reptiles, si bien cada año las cifras disminuyen a causa de la caza furtiva. Sin ir más lejos en 2017, según las estadísticas oficiales, 504 rinocerontes fueron abatidos ilegalmente en el Kruger.

La posibilidad aún real de contemplar a un extenso número de animales extraordinarios en su hábitat natural convierte al Parque Nacional Kruger en una parada indispensable para miles de turistas año tras año. No lo es, sin embargo, para la población que vive alrededor de esta reserva. En un país con elevadas tasas de desempleo y donde los índices de pobreza superan el 50%, tal y como recoge Oxfam Intermón, no es de extrañar que no sean demasiados los vecinos de Phalaborwa los que puedan permitirse los al menos 581 rand por vehículo (algo más de 33 euros) que cuesta entrar por un día al parque, con entrada de casi cinco euros por persona aparte.

Es el caso de los niños y niñas que forman parte del programa Ecokidz, de la Fundación de Desarrollo Comunitario Sefapane, destinado a hacer de la conservación de la naturaleza una parte integral del plan de estudios de las escuelas de Phalaborwa. “El 70% de nuestro alumnado vive en un entorno de pobreza. Muchos de los padres son de Mozambique y están aquí sin documentación”, dice Tshepo Malalla, el director del colegio de primaria N’Wasorini, uno de los centros donde se imparte el programa educativo. “Involucramos a las familias a través de reuniones en las que les explicamos la importancia de lo que les enseñamos a sus hijos. Como parte del temario, por ejemplo, impartimos ‘Herramientas para la vida’, en la que se muestra cómo aplicar la protección al medioambiente en el día a día. Se trata de que el cuidado a la naturaleza sea para ellos una rutina”, añade.

“Es importante que el valor de la naturaleza se enseñe desde la infancia. Los alumnos están muy motivados y sus padres contentos porque lo que se enseña a sus hijos también es útil para no derrochar”, comenta Douglas, un profesor del colegio Popo, otro de los centros adscritos al programa. Con el apoyo de la Fundación TUI Care, 2.700 niños han recibido en el último año una hora a la semana de Educación ambiental impartida por monitores locales formados en esta materia, lo que contribuye a frenar el desempleo en una zona donde el 50% de los jóvenes no tienen trabajo. Con ellos aprenden sobre los seres vivos con los que comparten (aunque sea de lejos) territorio, estudiando además como preservar los recursos naturales que les rodean.

Elias Shai, uno de los guías involucrados en Ecokidz, señala que “el objetivo es conservar lo que tenemos. Por cuidar el entorno de la contaminación y por proteger a los animales de la caza ilegal, pero también por nosotros mismos. Vivir tan cerca del Parque Nacional Kruger es algo que tenemos que valorar, es una fuente de riqueza medioambiental pero también económica porque atrae a personas de todo el mundo”. Muy cerca del parque se encuentra el Campamento Sefapane de donde salen muchos de los safaris que coordina Elias. Se trata de un complejo de cómodas tiendas de campaña instaladas en los árboles en el que no sólo los turistas pueden pasar la noche y ver de cerca a los animales que viven alrededor del Kruger, también pueden disfrutar de ello centenares de niños y niñas del programa educativo de la Fundación de Desarrollo Comunitario Sefapane, como premio para aquellos que obtengan las mejores notas de la asignatura de Educación ambiental.

En lo alto de un gran árbol que sirve a la vez de aula y de pared de escalada en el campamento, Lidia, una de las monitoras de Ecokidz, lanza un acertijo: “Soy un animal muy vago y las hembras cazan para mí, ¿quién soy?”. La quincena de niños que la rodean se apresuran a levantar la mano para responder. “Soy un león”, contesta correctamente la niña seleccionada. Todos conocen con asombroso detalle las características y el entorno de muchos de los animales que habitan en la zona. Se nota que ‘los cinco grandes’ son sus favoritos, pero de lo que probablemente no sean conscientes es que ellos forman parte de lo que podría ser el sexto gran grupo del Kruger. Probablemente el más fundamental porque será el que lo proteja.

 

Este artículo ha sido posible gracias a la colaboración de Wiriko y TUI CARE FOUNDATION.

Turismo y hostelería contra el desempleo juvenil namibio

Josefina Fillipus llega con los entrantes. La joven de 21 años posa los platos sobre la mesa en la que cenan unos periodistas con los que acaba de pasar treinta minutos. Ahora son clientes y han dejado de tomar nota para probar el menú del restaurante Leo, perteneciente al hotel Heinitzburg, en Windhoek, Namibia.

Agnes Kauzuu, 25 años, saluda a los huéspedes en su camino al desayuno en el del Hotel Safari Court donde está haciendo sus prácticas profesionales. En el vestíbulo del complejo hotelero atiende el teléfono, resuelve dudas de los visitantes y les indica diversas direcciones. “Good morning”, dice con su sonrisa tímida.

Agnes Kauzuu en la recepción del Safari Court Hotel / Foto: Christiane Flechtner

Tanto Josefina como Agnes son dos alumnas en prácticas de la academia de hostelería y cocina Silver Spoon de la capital namibia. Gracias a la subvención de la Fundación TUI CARE, ambas se favorecen de un proyecto que tiene como objetivo la inserción laboral de la juventud mientras que facilita la profesionalización del sector turístico del país sudafricano.

Namibia atrae. Su vasto territorio encandila con unos paisajes de contrastes; desde las dunas del desierto de Namib a las llanuras del Kalahari pasando por la atracción favorita de los visitantes, el Parque Nacional de Etosha. Allí conviven 114 especies de mamíferos y cuenta con la mayor población de rinocerontes negro y de guepardos de África. La costa de los Esqueletos o Cañón del río Fish son otras opciones aventureras y de turismo mientras que la ciudad costera de Swakopmund o la capital Windhoek sirven como respiro a la mayoría de los visitantes.

El turismo es una pieza clave para el desarrollo económico del país austral. Namibia ha experimentado un crecimiento notable en la llegada de turistas en los últimos años y ya en 2016 el ministro de Turismo y Medioambiente urgía al sector a fortalecer su competitividad. Sin embargo, Namibia, que apenas supera los dos millones de habitantes, arrastra una gran cifra de desempleo. Según los datos de la Agencia de Estadística de Namibia (NSA, en sus siglas en inglés), el desempleo juvenil alcanza una tasa del 43.4%.

Ante estas cifras, organizaciones internacionales y locales, como la Fundación TUI Care y la academia Silver Spoon se han unido para generar oportunidades laborales en el sector hostelero a través de un programa educacional que ya va por su segunda promoción. Josefine y Agnes son parte de un grupo de ocho jóvenes que gracias a este curso vocacional cuentan con una mayor posibilidades de no engrosar las listas del paro.

Namibia es uno de los mejores lugares del África para ver rinocerontes negros / Foto: Christiane Flechtner

Todos ganan
Ha sido el día del examen. Josefine y Agnes acudieron temprano a la escuela de hostelería y cocina Silver Spoon situada en la antigua planta energética de Windhoek. Han dejado atrás los nervios y ya sólo les queda la espera de los resultados de la organización londinense City & Guilds que acredita estas certificaciones.

Cansadas de escuchar que hacer de camarero es un trabajo basura, las adolescentes se sienten orgullosas del camino escogido. “Es una pasión”, dice Aletha Kandenge, una de las chicas que se ha examinado hoy del nivel uno de “Gestión de Alimentos y Bebidas”.

El futuro está en sus manos mientras escapan del feroz desempleo juvenil. Esta formación es una oportunidad para empoderar a las jóvenes y mejorar la vida de sus familias. Además es una tarea donde la perseverancia y la paciencia son esenciales. “No es sólo un trabajo para estudiantes. Hay que ponerle corazón”, reitera la profesora Nicky Nolan.

En la escuela de hostelería y cocina Silver Spoon en Windhoek / Foto: Christiane Flechtner

La profesionalización del sector hostelero en Namibia es clave para abordar la creciente demanda turística. “Muchas chicas llegan y no saben qué es un cuchillo o un tenedor. Tampoco conocen qué significa ser vegano o intolerante a la lactosa”, explica el director de Silver Spoon, Tom Mutavdzic.

Se busca gente preparada para asumir trabajos que exigen una relación activa y cordial con el visitante. Los servicios en hoteles, lodges y restaurantes son la mejor carta de presentación para que el turismo produzca un impacto económico y social en Namibia. Una situación beneficiosa para todos que sin embargo no es compartida por muchos gerentes. “El mayor activo son los empleados”, dice Mutavdzic que reconoce que son pocos los establecimientos que facilitan la formación de sus empleados.

Muchas de las chicas obtienen un contrato antes de finalizar las prácticas / Foto: Christiane Flechtner

Nolan, encargada de formar a las chicas en los últimos meses, ha visto cómo han crecido en confianza. La timidez inicial se ha esfumado y las jóvenes están listas para afrontar las tareas y responsabilidades en un puesto de trabajo. Las prácticas, realizadas tanto en bares como en hoteles de cinco estrellas, han sido la oportunidad para mejorar sus habilidades y desde la academia están orgullosos de su proyección. Muchas de ellas incluso obtienen un contrato antes de finalizar el periodo de prácticas.

“Las chicas en prácticas se desarrollan muy rápidamente. Desde el principio han formado parte de las reuniones de la dirección del hotel. Es muy difícil encontrar gente cualificada”, explica el director del Hotel Thule, Wolfgang Balzar.

Este hotel cuenta con dos chicas procedentes de la primera promoción de la academia de hostelería y cocina entre sus empleados. Josefine y Agnes quieren continuar con la misma senda y tienen muchas posibilidades de encontrar trabajo una vez acaben sus prácticas.

La escasez de una preparación de calidad en el sector turístico namibio pone a estas jóvenes como candidatas para asegurar un servicio profesional, ameno y efectivo. Este programa vocacional centrado en la hostelería y el turismo se ha establecido como un proyecto que da alternativas al desempleo juvenil mientras que asegura un modelo educativo ideado para cubrir las expectativas del emergente turismo en Namibia.


Este artículo ha sido posible gracias a la colaboración de Wiriko y TUI CARE FOUNDATION.

Marruecos: un viaje cultural, social y medioambientalmente sostenible

Marruecos, en el norte de África, ofrece una gran cantidad de experiencias para los visitantes que lo han convertido a lo largo de los años en el país más turístico de todo el continente. El turismo se ha convertido en uno de los sectores más importantes y con un mayor impacto socioeconómico en el país. Sin embargo, el visitante extranjero puede dejar una importante huella negativa allí por donde pasa. Por ello, hay que apelar a la responsabilidad del viajero para que contribuya a un turismo más sostenible.

Comprar productos producidos localmente, utilizar el transporte público, hospedarse en pequeñas casas de huéspedes regentadas por marroquíes, relacionarse con la sociedad marroquí de una forma humilde, emplear a guías del lugar, comer en restaurantes y tenderetes de familias locales, minimizar los desechos que se generan, y diversificar los sitios en los que comprar y consumir –evitando comercios o servicios que exploten a sus trabajadores– son algunas de las prácticas que permiten al visitante tener una experiencia cercana, genuina y a la vez sostenible de Marruecos.

2017 ha sido el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, una forma de potenciar globalmente un turismo que contribuya a la igualdad de género, la conservación de los ecosistemas y de la biodiversidad y la protección del patrimonio natural y cultural, además de ofrecer soluciones a muchos otros retos apremiantes a los que se enfrenta hoy nuestro mundo. Marruecos es uno de los estados que se han comprometido para fomentar un turismo verde, responsable y ecológico. El país, reconoce en el turismo sostenible una herramienta que posibilita el desarrollo inclusivo y la participación de las comunidades de acogida, tal y como está recogido en el marco de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible o en la Agenda de la Unión Africana 2063.

Wiriko ha viajado junto a la Fundación TUI Care a dos de los principales destinos turísticos marroquíes: Agadir y Marrakech. Y aquí, os presentamos dos propuestas de turismo sostenible para este 2018

MARRAKECH EN BICICLETA

Marrakech o la ‘Ciudad Roja’, custodiada por la cordillera del Atlas, es el destino turístico por excelencia de Marruecos. Un bullicio de visitantes transitan a todas horas por su Medina fortificada, que hace de la urbe un zoco gigantesco en plena efervescencia tanto de día como de noche. Varios monumentos han sido declarados Patrimonio de la Humanidad, como la mítica y mágica plaza de Jemaa El-Fna, símbolo de la ciudad desde su fundación en el siglo XI y hogar de malabaristas, músicos, encantadores de serpientes, tenderetes de frutas y jugos naturales, lámparas de colores, aromas de cuero y tintes, especies, chiringuitos de caracoles o tatuadoras de henna.

Perderse por las estrechas calles de la Medina nos puede descubrir múltiples sorpresas y recovecos, con restaurantes escondidos en antiguas riads rehabilitadas con maravillosos y coloridos jardines interiores, fuentes y extraordinarias vistas de pájaro en terrazas ubicadas en las azoteas. Además de ser un epicentro de belleza y atracción perfecto para conocer la cultura local, la ciudad acoge cada año un fantástico Festival de Cine Internacional, eventos musicales como el Sun Festival y espectáculos tan chics como los del Festival Oasis o el Festival de música electrónica del Atlas. También cuenta con diferentes centros de arte como la mítica Casa de la Fotografía o el Museo de Fotografía y Artes visuales. Este 2018, el Palacio Hotel La Mamounia de Marrakech acogerá por primera vez la Feria de arte contemporáneo 1:54, un encuentro promovido por la marroquí Touria El Glaoui.

Pero si lo que realmente deseas es conocer la cultura local más allá de los zocos (mercados), y quieres surfear en el frenético ritmo que marcan transeúntes, burros y motocicletas, generando el latido humano de Marrakech, Pikala Bikes es tu solución. Esta empresa social está especializada en ofrecer tours culturales en bicicleta por Marrakech. A parte de contribuir con un transporte limpio como es la bicicleta, el alquiler de bicicletas o bicis tándem ayuda a mejorar la empleabilidad de jóvenes marroquíes que trabajan como mecánicos y/o tour operadores para Pikala, además de luchar para la inclusión de la mujer en el mercado laboral.

@Pikala Bikes.

(Conoce más sobre Pikala Bikes en este artículo que la autora publicó en EL PAÍS).

¿SON POSIBLES LOS TODO-INCLUIDO SOSTENIBLES?

¡EN AGADIR, SÍ!

Agadir, en la región de Sus Masa, es la capital del Marruecos costero y enclave por excelencia del sol y playa atlánticos. Con un clima y temperaturas muy parecidas a las de Canarias, es un destino ideal para los jóvenes surfistas europeos, que hace décadas que frecuentan sus más de seis kilómetros de playa de arena blanca para disfrutar de sus cerca de 300 días de Sol al año. La ciudad, además, acoge interesantes eventos culturales como el Festival Timitar, que todos los veranos pone la cultura amazigh (bereber) encima del escenario con más de 40 músicos marroquíes e internacionales.

Turistas en una playa de Agadir, delante del Robinson Club Hotel. Foto: Gemma Solés i Coll / Wiriko.

A pesar de que el litoral de Agadir está plagado de hoteles de lujo, restaurantes y terrazas, los principales recursos para su población son la agricultura –es una de las principales huertas del África Occidental– y la pesca –la ciudad tiene uno de los puertos pesqueros más importantes de Marruecos–. Sin embargo, muchos de estos resorts no compran sus productos al productor local, sino que los importan a gran escala desde el exterior, así como emplean a expatriados o se llevan sus ingresos fuera del país.

El Hotel Robinson Club Agadir es una excepción, ofreciendo una opción de todo-incluido sostenible ejemplar. Se trata de un alojamiento totalmente respetuoso con el medio ambiente y la sociedad que lo rodea. La cantidad de Sol de la que goza la región y sus 950 metros cuadrados de paneles solares, hacen que se abastezca a sí mismo del 16% de la energía o el 70% del agua caliente que utilizan. Mientras Agadir solamente tiene de seis a doce días de lluvia anuales, el hotel cuenta con un manantial natural de agua del que extraen el total de la que consumen sus huéspedes. Asimismo, también abastecen a la población local y al Ayuntamiento si hay cortes debido a la escasez, mostrando un compromiso real con la ciudad de Agadir y su población.

Con un 75% de su terreno convertido en jardines y áreas verdes, el Hotel también cuenta con un huerto 100% ecológico en el que producen stevia y todo tipo de frutas y vegetales que sirven en sus restaurantes, junto a otros productos que adquieren del mercado local. Además, también producen su propio aceite de oliva virgen, gracias a su extensa plantación de olivos.

Entre sus 450 trabajadores, casi todos marroquíes, se hallan 100 alumnos de su Academia de formación, un proyecto de inserción laboral iniciado en 2008 para formar a cocineros, recepcionistas, camareros, limpiadores, masajistas y expertos en belleza para el spa…  En un país donde el desempleo juvenil roza el 30%, los alumnos y alumnas, muchos de los cuales son de Agadir o de sus alrededores, pueden estudiar de forma gratuita y obtener una titulación convalidada en Alemania gracias a la colaboración de la Fundación TUI Care y del gobierno de Marruecos. Con derecho a residencia en el propio hotel y una paga de prácticas y cotización a la seguridad social, ven asegurado, al menos, un año de empleo.

Dos ejemplos prácticos de proyectos de turismo sostenible que podemos visitar, mientras contribuimos a un desarrollo más equitativo y justo en el país más turístico del continente africano.


Este artículo ha sido posible gracias a la colaboración de Wiriko y TUI CARE FOUNDATION.