“En cualquier parte de África se pueden encontrar escenas con las que conectar”

Al otro lado del teléfono la voz de Derrick Ofosu Boateng suena contundente en cada palabra, pero a menudo sus frases son interrumpidas con una risa nerviosa. Derrocha ilusión y convicción. Para él la fotografía es un medio de “cambiar la historia que se cuenta de África”. Su narrativa visual impregna con fuerza este mensaje y es la imagen de la octava temporada de Wiriko.

Fotografía de Derrick O. Boateng.

Derrick Ofosu Boateng lo tiene claro: “En cualquier parte de África se pueden encontrar escenas con las que conectar”. Este joven ghanés, ha vivido sus 21 años en Accra, la capital de este país del Golfo de Guinea, antes conocido por las metrópolis europeas como Costa de Oro y ahora reconocida por los organismos internacionales como una de las democracias más sólidas de África subsahariana. La realidad de Ghana es, en cualquier caso, diversa, tanto de puertas para dentro como de puertas para fuera, pero Boateng se muestra seguro cuando dice “las fotos que saco podrían ser de cualquier lugar del continente”.

Su argumento se basa en el razonamiento de que todo tiene su lado bueno y su lado malo y lo explica mientras hace referencia a su proceso artístico: “Mis fotografías están inspiradas en mi entorno, en lo que pasa allí.  Trato de reflejar lo que veo en las fotos. Accra es bonita, hay buena gente y es agradable estar allí. Y pienso que ocurre lo mismo en todo el continente”.

En su trabajo ‘Noticias en los cielos’, que es la imagen de esta nueva temporada de Wiriko, habla de esta dualidad de las cosas. “Hay muchas noticias en el mundo. Hay un montón de buenas noticias viajando por el cielo y malas noticias también, así que depende de cada uno hacerse una idea de lo que está pasando verdaderamente. Ocurre lo mismo con las personas. Hay mucha gente en el mundo, gente buena y gente mala, y depende de cada uno con quiere ir. Siempre la elección es de uno mismo”.

“Generalmente la gente siempre piensa en África como todo, de una manera negativa, esta es la impresión que tienen, pero con mis fotos trato de contribuir a que vean lo que yo veo, que es que África tiene algo de poesía también”. Esto último se ve claramente sobre todo en sus primeras obras, con retratos y composiciones mucho más delicadas, más poéticas y en tonos mates, alejados de sus vigorizantes y enérgicos últimos trabajos fotográficos que narran escenas del día a día de su ciudad.

Sin embargo, él mismo reconoce que esta visión dual es una manera de simplificar narraciones visuales que realmente son poliédricas, en tanto en cuanto sus lecturas dependen de tantas interpretaciones como personas le pongan la vista encima. “Mis fotos tienen una historia sencilla, son diferentes escenas de la vida cotidiana y es curioso porque la gente hace interpretaciones diferentes de una misma imagen. Lo que yo intento conseguir con ellas es algo que no es tan sencillo, que es cambiar la historia que se cuenta de África”.

“Lo que hago es que creo el concepto en mi cabeza, doy una vuelta y trato de darle forma inspirándome en lo que veo. Así saco las fotos y luego las edito”. Boateng saca las fotos que publica desde finales 2017 en su perfil de Instagram con el móvil de su padre. “Antes de esto yo sacaba fotos con mi móvil, pero hasta que mi padre no se compró un iPhone no me profesionalicé”, señala.

Tal y como él lo ve, la fotografía como género artístico está ganando peso en su país y, más allá de sus fronteras, el talento de los fotógrafos africanos también comienza a despuntar. Pero es sólo la punta del iceberg. Para él las artes visuales procedentes de África aún están insuficientemente representadas en la industria artística global. ¿La solución? “Creo que esto cambiaría si la gente tuviera más acceso al material fotográfico, si los precios no fueran tan caros”.

En su caso, la cámara siempre ha estado presente en su vida de una manera u otra. “La fotografía siempre me ha hecho feliz, desde que era un niño, y ahora significa para mí algo importante porque es la manera que tengo de defender la idea de que África no es solo algo negativo”.

Los disparos ganadores del CAP Prize 2019

Ya son ocho años los que el Premio Internacional de Fotografía Contemporánea Africana (CAP Prize) lleva reconociendo el talento y creatividad que crea e irradia el continente africano y su diáspora de la mano de la disciplina fotográfica. Y si bien en la anterior edición desde Wiriko hicimos nuestra propia apuesta, este año te traemos los cinco nombres ganadores del CAP Prize 2019, cuyos trabajos pasarán a formar parte del cartel de los próximos grandes festivales de fotografía, tanto de África como de otros continentes.

Jodi Bieber (1966)

La famosa fotógrafa y artista visual sudafricana cuenta con una extensa trayectoria creativa centrada en la contemporaneidad. Cuenta ya con cinco monográficos y su obra ha sido expuesta individual y grupalmente en exposiciones y galerías de todo el mundo. Su andadura como fotógrafa comienza con las elecciones de 1994 y, precisamente, el presente proyecto fue presentado con motivo de las últimas votaciones, celebradas este año 2019.

En la serie se retrata la generación de sudafricanos que ha nacido tras el final político del Apartheid de 1994. Los jóvenes que posan delante de su cámara son los protagonistas de los elocuente collages que ha presentado bajo el título de ‘#i’. Cada retrato es combinado en atractivas composiciones formando un collage, por un lado, con fotografías tomadas con los móviles de los protagonistas del proyecto, y por otro, con mensajes donde los jóvenes expresan sus distintas ideas. De este modo, cada protagonista adquiere voz transmitiendo a través de ‘#i’ sus inquietudes, sea la carencia de autoestima, el racismo o el desempleo.

Sanne de Wilde (1987) & Bénédicte Kurzen (1980)

El reconocimiento del CAP Prize en esta ocasión es compartido por la belga Sanne de Wilde, que vive en Ámsterdam, y la francesa Bénédicte Kurzen, residente en Lagos. La serie fotográfica ‘Land of Ibeji’ se ubica en Nigeria, donde se crean las características tallas yoruba que dan título a su proyecto. Los Ibeji se creaban para cubrir la ausencia de una madre que había perdido a su hijo, o más habitualmente, para sustituir a un hermano gemelo fallecido. El particular vínculo que se establece entre este tipo de hermanos y las connotaciones que conlleva su condición fraternal es una de las claves de este proyecto cargado de imágenes simbólicas llegas de magia.

Mellizos y gemelos aparecen protagonizando muchas de las instantáneas emplazadas en Igbo-Ora, donde abundan de forma reseñable los partos múltiples. Estos eran originalmente concebidos como una monstruosidad, por lo que padecían aislamiento o incluso aniquilación debido a la tradición popular. Como explicación social a este rechazo, se han otorgado a este tipo de partos ciertas connotaciones animales, mas se cree que tras una epidemia pudieron haber perdido estas alusiones negativas.

Thembinkosi Hlatshwayo (1993)

El joven artista oriundo y residente de Johannesburgo ha sido otro de los premiadas en el CAP Prize gracias a su proyecto ‘Slaghuis’, cuyo título alude a rasgos generales a una masacre. Genera en sus potentes fotografías una atmósfera pesada, cargada de pesimismo a través de su estética sucia y desenfadada, difiriendo notablemente del resto de propuestas ganadoras.

Él mismo se retrata en sus obras cargadas de espontaneidad al igual que de contenido. Del mismo modo, interviene en las instantáneas una vez son impresas, como puede apreciarse en el collage ‘My room is a mess’ (2018), donde pegó papel, vertió un líquido y lo quemó parcialmente para expresar el caos que inspira varios de sus crudos trabajos. Otro de los escenarios empleado es la habitación del albergue donde vive, cobijo de ira y de deseo fatal de huida.

Abdo Shanan (1982)

El reconocido fotógrafo argelino Abdo Shanan, residente en la capital de su país, tiene ascendencia tanto de Argelia como de Sudán. A pesar de su formación como ingeniero de telecomunicaciones, viró su trayectoria profesional hacia la disciplina fotográfica, con la que ha publicado en numerosos periódicos y revistas. Gracias a su talento, el artista repite en el CAP Prize como finalista trabajando a caballo entre el color y el blanco y negro. Esta gama cromática, más restringida, se aleja de toda lógica abrazando la perturbación. Sin embargo, ello no impide que podamos reconocer en estas composiciones una belleza ineludible.

Las fotografías carecen de título o explicación, y sus claves interpretativas subyacen en ‘Dry’, título de esta serie ganadora, y en su idea de soledad inherente a la persona. Del mismo modo, la abraza la subjetividad de la fotografía cuestionándose la relación entre la historia personal y el presente. Su cámara capta escenas que ejercen a modo de islas flotando vacías y olvidadas en el océano.

Jansen van Staden (1986)

Nuevamente procede de Sudáfrica y de una generación posterior a la guerra otro de los seleccionados en el Premio Internacional de Fotografía Contemporánea Africana. Jansen van Staden, residente en Ciudad del Cabo, ha resultado ganador gracias a su proyecto ‘Microlight’, donde emplea tanto el color como el blanco y negro.

A pesar de no haber vivido en primera persona el conflicto armado, el artista llega a él de la mano de su padre. En una carta expresa su determinante experiencia bélica, teñida de ansias de sangre, con tan solo diecisiete años de edad. Esta misiva se convierte para el fotógrafo en un bagaje que carga en soledad a lo largo de toda su vida, sin ser capaz de desasirse.

Los interrogantes que motivan esta revelación guían los disparos de su cámara, convirtiendo las series fotográficas en una terapia para sí mismo. Cuestiones como la necesidad de cercanía y comunicación, o los efectos de la constante presencia de la violencia en el día a día, aparecen en su trabajo de calle para aportar un cuajado resultado plagado de potentes contrastes en torno a su investigación personal.

El sudafricano Tsoku Maela cartel del FICAB para el Día de África

El sudafricano Tsoku Maela es el autor de la fotografía del cartel que el Festival Internacional de Cines Africanos de Barcelona acaba de lanzar para las actividades en torno al Día de África 2019. Luciendo por tercera vez una programación vestida con una buena traca de cine africano y documentales centrados en la diáspora africana, el FICAB se celebrará los próximos 21, 22, 23 y 25 de mayo en los emblemáticos Pati Llimona y CineCooperativa Zumzeig de la capital catalana con la participación de un buen número de voces que quieren avivar el debate sobre los estereotipos, la migración, el racismo o la creatividad de los africanos y africanas.

La fotografía de Maela (al que Wiriko ya tuvo el honor de entrevistar hace tiempo en motivo de su serie Abstract Peaces), es parte de una serie titulada Appropriate o Apropiar —tomar algo para uso propio o sin el permiso del propietario—, y representa una absoluta declaración de intenciones por parte de un artista preocupado por la condición humana, los paisajes espirituales, socioeconómicos y geopolíticos, y cuyo único deseo es “encender un fuego de amor y esperanza en el corazón de cualquiera que se encuentra con su trabajo, para inspirar energía juvenil que busca crear y luchar por un cambio sostenible mientras se archiva un pasado, presente y futuro africano hermoso y en constante evolución”, como cuenta en su web.

Con la elección de esta fotografía de Tsoku Maela, el FICAB pone de relieve su vocación afrocéntrica y subraya la importancia de ver y escuchar lo que los propios africanos y africanas tienen que decir sobre el continente y su gente, además de tender un puente ya de por sí esencial entre el cine y la fotografía. Por su lado, el artista, originario de Lebowakgomo, hace una aportación generosa y concienzuda para sumar y apoyar uno de los principales objetivos del FICAB: sensibilizar a la población catalana sobre las múltiples y diversas realidades de África, y movilizar y empoderar a los africanos y africanas a través del arte, y más concretamente, del cine. Un cocktail de sinergías de alto voltage que refuerzan la vocación de agitación social con la que nació el FICAB, de la mano de la asociación CinemÀfriques y en colaboración con Wiriko,  hace un año.

G.S. Explícanos la imagen que has cedido al FICAB. ¿Qué representa para tí? ¿Qué filosofía hay detrás de esta fotografía y qué querías expresar con ella?

T.M. La imagen en cuestión es parte de una serie titulada ‘Appropriate’ (o Apropiado) que analiza los efectos de las intersecciones entre cultura y comercio en la rápida era de la globalización; más específicamente, echa un vistazo a la mirada occidental hacia la cultura africana y a cómo esto se traduce en ganancias para Occidente. Una forma de neocolonialismo que se ha ido tejiendo durante años entre una nueva generación africana expuesta a una educación occidental (o más bien, una mala educación), que hace que los africanos acepten peor sus culturas y que el valor de estas sean aceptadas solo cuando lo hace el mundo occidental. Aunque lo contrario también es cierto, Occidente solo considera que la cultura africana es apropiada cuando encuentra una manera de beneficiarse de ella.

G.S. ¿Por qué crees que es importante que artistas africanos como tú colaboren con festivales como el FICAB? Es decir, ¿por qué decidiste colaborar con el Festival Internacional de Cines Africanos de Barcelona?

T.M. Sencillamente, creo que el mal solo persiste porque colabora, mientras que los hombres y mujeres buenos son demasiado justos para hacerlo. Somos más fuertes cuando nos unimos y creo que el FICAB es una plataforma que entiende los matices y la importancia de las representaciones positivas a través de las narraciones. Esto es algo que es importante (para mí) y necesario si queremos llegar a un mundo más grande con historias africanas genuinas en lugar de los fragmentos de 5 segundos que salen en la CNN o en FOX News, que son extremadamente inexactos y solo sirven para continuar justificando el robo del continente y de su gente. Si podemos llegar a más africanos dentro de la diáspora en cualquier otro lugar del mundo con historias como las que se comparten a través del FICAB, entonces podemos iniciar una conversación global cargada y equipada con la información correcta y, sobre todo, con un espíritu y sentido de identidad.

Appropirate, del artista sudafricano Tsoku Maela (2018).

G.S. ¿Cómo crees que el audiovisual, ya sea fotografía o cine —géneros en los que tu trabajas—, hecho por africanos y retratando las realidades contemporáneas del continente, puede ayudar a reenfocar la mirada estereotipada que los europeos todavía tienen de África y los africanos y africanas?

T.M. Documentar es importante, no lo puedo enfatizar suficientemente. Se trata de archivos de memoria colectiva. El trabajo realizado por los creativos africanos en este clima de cambio social en el continente y en la diáspora a nivel mundial no solo sirve para corregir los estereotipos que los europeos tienen de África, sino también para concienciar al individuo africano de sí mismo y las poderosas formas de pensar y recordarse. Si sabe quién es, nadie puede decirle lo contrario ni quitarle su valor. Es importante comprender que los estereotipos solo nos afectan en la medida en que los permitimos o creemos inconscientemente que son ciertos. Para nosotros ya no tiene ningún sentido que alguien en Inglaterra o América del Norte aún piense que vivimos en chozas de barro y que usemos taparrabos o persigamos leones todo el día. No es nuestro papel educar a los europeos. Nuestro objetivo es y debe ser únicamente para los pueblos africanos, que necesitan un despertar y un sentido de identidad. Las atrocidades que persisten en el continente no solo son instigadas por Europa, sino que en la mayoría de los casos están permitidas por el liderazgo africano. Y esa es una mentalidad que se produce cuando se le despoja la identidad y el orgullo a la gente del continente.

G.S. En TU opinión, ¿por qué crees que es necesario que la audiencia en Barcelona vea películas africanas durante la semana del Día de África?

T.M. Nunca he estado en Barcelona, pero he oído cosas maravillosas de la ciudad. Así que realmente no puedo hablar sobre la importancia de que las audiencias de Barcelona sean expuestas al cine africano. Pero la historia española y la historia africana están unidas de muchas maneras, y solo puedo imaginar que para los españoles nativos también existe un sentido de injusticia en sus comunidades que resonaría con ellos a través de estas historias. Esperamos que resalte que el mundo es en realidad más pequeño de lo que pensamos e influenciado por unos pocos que hacer las cosas para la gente. Estas cuestiones también resonarían en toda América Latina. Hay personas que probablemente se sienten desplazadas y en busca de sí mismas y de sus propias historias. Las historias de las personas negras en el clima socioeconómico contemporáneo actual tienden a tener numerosos puntos de intersección, especialmente con la desaparición de una clase media reconocible.

G.S. Para todas esas personas, y para fomentar esa intersección a través del cine, precisamente trabaja el FICAB. ¡Muchísimas gracias Tsoku!

Lalla Essaydi: “Mi objetivo es dislocar las expectativas”

Los poéticos trazos de la caligrafía árabe, la característica henna o el velo musulmán son algunos de los elementos que la artista multidisciplinar marroquí Lalla Essaydi usa en sus obras para distorsionar la imagen estereotipada que tenemos de la mujer árabe y musulmana en Occidente. En una reciente entrevista a Wiriko, la autora nos detalla esta osadía de recurrir a la tradición para precisamente romper con ella.

Imagen de la serie ‘Las mujeres de Marruecos’ (2008), L. Essaydi

 

Los textos en árabe que rodean el rostro y el cuerpo de las mujeres protagonistas de las obras de Lalla Essaydi aparecen siempre en un estilo abstracto y poético, ininteligible incluso, confiriéndole a sus piezas “una universalidad que va más allá de las fronteras culturales”, tal y como ella misma señala. La autora, nacida en Marrakech, no recibió formación en arte caligráfico, algo habitual entre las mujeres de su país y, por eso, nos confiesa, ha terminado desarrollando su propio método: escritura a través de henna aplicada con una jeringa.

Aquí entra en juego la segunda de sus particularidades: este rojizo tinte natural que extiende sobre la tela y la piel de las mujeres que componen sus obras. Essaydi parte de la importancia que la henna tiene en la vida de la mujer marroquí: se utiliza por primera vez cuando llega a la pubertad, la novia le da un uso místico antes del matrimonio y regresa a ella cuando tiene un hijo, especialmente si es varón, para celebrar la fertilidad. Por ello, acudir a una actividad reservada a los hombres, como es la escritura, a través de un elemento tan femenino como la henna, no es sino un verdadero acto de rebeldía.

Partiendo de su condición de mujer árabe que ha crecido dentro de la cultura musulmana y que ahora cuenta con “la perspectiva de una artista que vive en Occidente y que mantiene estrechos vínculos con su cultura original”, como reconoce, intenta poner en cuestión los tres aspectos de la interioridad femenina generalizados en los países occidentales como son el harén, la odalisca y el velo. Su producción artística refleja que la mujer árabe no es sinónimo de enclaustramiento, son, en sus propias palabras, “mujeres poderosas con derechos propios, aunque con sus problemas por vivir en una cultura antigua con tradicionales arraigadas”. Pretende que el mundo occidental vea a estas mujeres como seres individuales y complejos, que también pueden presumir de talentos y habilidades, y que poseen un rico sentido del humor ante los absurdos de la vida.

Essayadi evoca en muchas de sus obras, precisamente, a las odaliscas, colocando a sus protagonistas en posiciones que recuerdan a las pinturas estereotipadas de mujeres árabes y musulmanas del siglo XIX, en las que ellas eran presentadas como esclavas sexuales y sumisas y, por lo general, desnudas. Ahora, la marroquí las viste -de manera figurada a través de inconexas palabras en árabe o en sentido literal con las tradicionales túnicas- y las coloca en espacios y escenas domésticas reales consiguiendo que la mujer árabe se involucre con el espectador. “Mi objetivo es dislocar las expectativas”, afirma tajante, y, al mismo tiempo, romper con las fantasías sexuales occidentales.

L. Essaydi

El espacio también es crucial en su producción. Tradicionalmente, la presencia masculina ha sido vinculada a entornos públicos: calles, cafés, lugares de reunión… Por su parte, las mujeres han sido confinadas al hogar. Con sus fotografías, la mujer árabe y musulmana sale al espacio público aunque se encuentre en el interior de su casa, ahora puede ser observada y se puede comprobar cómo la henna y los fascinantes azulejos se mimetizan y extienden más allá de su cuerpo, identificándola con sus entorno. Además, Essaydi consigue con su trabajo llegar a los cimientos de algunas creencias y considera que los umbrales físicos acaban determinando los culturales: “Muchas mujeres árabes pueden sentirse encerradas psicológicamente, pero creo que su origen está en la arquitectura en sí”, señala.

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Sarah Waiswa: “Los africanos están en un proceso de rescribir su propia narrativa”

En su ansia por reconectar con África, Sarah Waiswa nos conecta a todos con su perspectiva de lo africano. Sus fotografías evocan la ternura y la calidez de volver a casa, proveyendo de humanidad realidades que a menudo, de tan ajenas, son deportadas a la marginación, ya sea en un barrio o en una página del periódico. Su mirada es una exaltación a la belleza que ha sabido enganchar a más de 40.000 personas a través de su perfil de Instagram y que le ha llevado a ser una de las fotógrafas seleccionadas recientemente por World Press Photo en su programa de talento global.

‘Todavía un extraño’, Sarah Waiswa.

“Durante los últimos años, el interés en el arte, la música y la cultura africana ha aumentado en Occidente. A mí me interesa el significado de ser africano en un tiempo en el que el foco está aparentemente sobre África. Al mismo tiempo, la juventud africana ha empezado a abrazar su cultura, reaprender su historia y, como resultado, se expresan ellos mismos de varias formas, combinando pasado, presente e imaginando sus futuros y el del continente. Los africanos están además en un proceso de rescribir su propia narrativa”, afirma convencida en una entrevista a Wiriko.

Tras once años en Estados Unidos, Sarah Waiswa volvió a Kenia. Allí se había trasladado con su familia desde Uganda al poco de nacer, huyendo de la dictadura de Idi Amin. Ya adulta y de nuevo en su tierra, la ugandesa de nacimiento y keniana de adopción tenía hambre de sentirse en casa. Y la mejor manera que encontró para hacerlo fue cámara en mano. “Empecé con la fotografía como una forma de evocar la memoria y reconectar con el hogar”, comenta.

Pero once años son muchos años y su apetito africano era voraz. Para saciarlo, Waiswa dejó su trabajo en el departamento de Recursos Humanos de una empresa, al que había accedido tras obtener sus títulos en Sociología y Psicología y por los que marchó a Kentucky, y decidió ser fotógrafa a tiempo completo y en territorio africano. Una de las decisiones más difíciles de su vida, pero sobre la que se mantiene convencida. Tal y como explica, “la fotografía se convirtió para mí en una manera de expresarme y aportar mi comentario sobre lo que estaba viendo. Mis estudios sin duda influyen en cómo me acerco a mi trabajo y los temas en los que elijo centrarme”.

La marginación, la pobreza, las migraciones o la espiritualidad son temas que se suelen vincular a África, y son también elementos que componen las narrativas visuales de Sarah Waiswa, sólo que desde un prisma diferente al habitual. “Mi objetivo al final de cuentas es contar una historia, usar mi fotografía para destacar temas sociales. Pero también para mostrar África, para compartir una historia más representativa de África”, señala y se queja de que la imagen del continente “frecuentemente ha sido presentada de manera negativa. Las imágenes creadas por fotógrafos occidentales a menudo refuerzan narrativas dominantes que suelen ser sensacionalistas y estereotipadas”.

Por ello, aunque pueda coincidir en temáticas con esta visión que critica, su estilo marca la diferencia al apoyarse en su propia interpretación de la poesía visual, que ella usa no tanto como género que combina la palabra con la imagen, sino como el fin al que orienta su trabajo: “Siempre me ha gustado la poesía, la sensación que suelo tener después de leer un poema. Quiero que la gente sienta eso después de mirar mis fotografías”.

‘Extraño en una tierra conocida’, Sarah Waiswa.

Podría decirse que lo consigue. Al fin y al cabo, todos los reconocimientos que Sarah Waiswa ha obtenido, entre los que se incluyen no sólo ser una de las fotógrafas elegidas este año por World Press Photo en su programa 6×6 de talento global sino también ser premiada en importantes festivales de fotografía como el Uganda Photo Press en 2015 y el Recontres d’Arles en 2016, destacan la sensibilidad que desprende su trabajo.

Es el caso de ‘Extraño en una tierra conocida’, probablemente su obra más popular, en la que retrata a la activista Florence Kisombe en el barrio marginal de Kibera, en la capital keniana. Tanto Kisombe como el protagonista de su serie posterior ‘Todavía un extraño’ son personas con albinismo. Ambos trabajos, relata Waiswa, “fueron creados como una respuesta al tratamiento que reciben las personas con albinismo en algunas partes de África Subsahariana. Quería crear conciencia acerca de ello, pero también transmitir la sensación de soledad y aislamiento de la marginación”. Si bien en ‘Todavía un extraño’ la fotógrafa cambia de escenario, en ‘Ballet en Kibera’ vuelve al suburbio de Nairobi para mostrar, junto a su colega Fredrik Lerneryd, los ensayos y actuaciones del ballet de Anno’s Africa y One Fine Day. “Quería proporcionar una imagen alternativa al estereotipo monolítico del niño en un asentamiento informal”, comenta.

Más allá de Kibera e incluso de Kenia, Sarah Waiswa también ha retratado otras realidades que le interesan del continente. Como resultado está la colección fotográfica ‘Kimbanguists’, en la que plasma a una organización llamada Picha, en Congo, para reflejar las religiones sincréticas. “Estaba interesada en la identidad del grupo con respecto a su apropiación del cristianismo y su propia espiritualidad basada en creencias africanas”.

‘Kimbanguists’, Sarah Waiswa.

Ahora está inmersa en ‘Ciudadanos africanos’, un proyecto a largo plazo en el que la acompaña el fotógrafo Joel Lukhovi. Juntos viajan por carretera para tratar de acceder a tantas ciudades como les sea posible. Hasta ahora llevan atravesados ocho países africanos y planean otro viaje que cruce Sudán, Etiopía “y con suerte también Yibuti”, dice Waiswa, y añade: “Para los africanos es extremadamente difícil viajar por África, muchas veces es más fácil viajar fuera de África”.

Convencida del arma de empoderamiento que supone el que sean los africanos quienes cuenten sus propias historias, Sarah Waiswa se propone con este nuevo proyecto indagar en las similitudes que componen las sociedades africanas frente a sus divisiones. “Me interesan los paralelismos y las diferencias que se experimentan en distintas ciudades y como, al final, en cada una de ellas encontramos una parte de nosotros mismos”.

Las Áfricas de Samuel Fosso

Mucho antes de que el selfi fuera la técnica fotográfica más a mano, en el Studio Photo Nationale de Bangui, en la República Centroafricana, un jovencísimo Samuel Fosso ya recurría en 1975 al autorretrato para no desperdiciar las películas fotográficas que se quedaban sin acabar. Tenía trece años y tras cinco meses trabajando como ayudante en un estudio de fotografía, decidió abrir el suyo propio. Era sólo un adolescente, pero su corta edad no le había impedido superar una parálisis que le imposibilitaba andar ni sobrevivir a la guerra de Biafra, que le obligó a dejar atrás su Kumba natal, en la frontera entre Camerún y la independizada región situada al sur de Nigeria, y deambular durante tres años hasta llegar a la capital centroafricana.

Autorretrato de Samuel Fosso como Kwame Nkrumah, perteneciente a la colección Espíritus Africanos (2008). Purchased with funds provided by the Africa Acquisitions Committee 2013 http://www.tate.org.uk/art/work/P80182

Este mes de junio y a sus 56 años, Fosso ha recibido el Premio PHotoESPAÑA en su vigésima edición. Es el segundo fotógrafo africano reconocido por este festival (en 2009 el galardón fue para el maliense Malick Sidibé), que destaca “su aproximación experimental a la fotografía y su personal uso del autorretrato como herramienta para denunciar los grandes problemas del continente africano”, según explica la organización del certamen, que incluye la muestra de algunas de sus obras en la retrospectiva ‘Samuel Fosso. Una odisea africana’ que acoge el Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa, en Madrid, hasta el 29 de julio y con acceso gratuito.

La interpretación de una escena dice tanto o más del que mira como de lo que se proyecta. En Wiriko seleccionamos algunas de las fotografías del que también es el primer premio de la Bienal Africana de Fotografía Rencontres de Bamako, quien reencarna ambos lados de la experiencia fotográfica para interiorizar y exponer distintas realidades que se viven o perciben desde el continente, construyendo múltiples Áfricas desde su propia identidad.

 

Años setenta.

Aún no se había acuñado el término globalización, pero la cultura pop también había llegado a la República Centroafricana. Dos máximas: no tirar nada que puedas usar y huir del aburrimiento, según cuenta Samuel Fosso en una entrevista a The Guardian, le llevaron a aprovechar el rollo fotográfico que no se utilizaba para retratarse a sí mismo. Quería enviar fotos a la familia que se había quedado en Camerún para mostrarles que estaba bien y acabó descubriendo un universo a su medida mediante el autorretrato.

 

‘El sueño de mi abuelo’.

El despertar de Samuel Fosso empieza por lo que conoce. Su abuelo era el jefe de un pueblo de Nigeria y ejercía como curandero. Cuando la medicina occidental falló contra la parálisis que tenía siendo niño, el anciano se ocupó de ponerle remedio. A los tres años ya caminaba.

Fotografía perteneciente a la serie ‘El sueño de mi abuelo’, Samuel Fosso

 

‘El jefe’.

Probablemente la obra más conocida de este fotógrafo. Forma parte de la serie realizada para la revista Tati en 1997, donde ya aflora la perspectiva social y política del trabajo de Fosso. Él mismo explica así esta pieza en la citada entrevista a The Guardian: “Soy todos los jefes africanos que han vendido su continente a los hombres blancos. Estoy diciendo: teníamos nuestros propios sistemas, nuestros propios gobernantes, antes de que llegaran”.

 

‘La americana emancipada en los años setenta’ y ‘La burguesa’.

Perteneciente a la serie denominada Tati, en referencia a la publicación, aparentemente muestra que ‘los otros’ también podemos ser los de este lado.

 

‘Espíritus africanos’.

En esta serie de 2008, Samuel Fosso se sumerge en la historia a través de la representación de figuras icónicas del panafricanismo:  el defensor de los derechos civiles de los afroamericanos, Martin Luther King; el boxeador e icono de liberación, Mohamed Ali; la activista afroamericana y militante de las Panteras Negras, Angela Davis; o el ideólogo de la idea de una África independiente y unida, Kwame Nkrumah; entre otros que puedes ver en esta recopilación de The New York Times.

 

‘El emperador de África’.

A través del que fue el máximo dirigente del Partido Comunista de China, Mao Zedong, el fotógrafo camerunés saca a escena el papel del gigante asiático en el continente.

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‘El papa negro’.

Su última obra hasta la fecha abre la veda a la idea de un papa negro. Teniendo en cuanta que todo su trabajo está basado en sus interpretaciones de la realidad, la pregunta está servida: ¿será ésta imagen una realidad posible?

Fotografía perteneciente a la serie ‘El papa negro’, Samuel Fosso (2017)

10 miradas a África que deberían sobrevivir al Premio CAP

Que la mirada hacia las realidades africanas no sea monocroma depende en gran medida de la cantidad y variedad de instatáneas del continente a la que estemos expuestos. El Premio Internacional de Fotografía Africana Contemporánea, más conocido como CAP Prize, ansía ese reconocimiento a la diversidad de África con un galardón otorgado cada año desde 2012 a cinco proyectos fotográficos, cuyo premio consiste en exponer los trabajos seleccionados por todo el mundo a través de su exhibición en reconocidas ferias internacionales. En la tarde de este miércoles, los trabajos de  Yassine Alaoui Ismaili, Paul Botes, Anna Boyiazis, Tommaso Fiscaletti y Nic Grobler, y Phumzike Khanyile han sido los ganadores del Premio CAP 2018, anunciados en la feria de arte internacional PhotoBasel, en Suiza. Fuera del foco se han quedado veinte de los veinticinco artistas finalistas de esta edición, pero siguiendo el espíritu de dar visibilidad a las múltiples imágenes que componen África, en Wiriko te mostramos diez de los trabajos que se han quedado a las puertas del Premio CAP, una selección de virtuosas narraciones visuales del continente que bien merecen ser (re)conocidas.

Yassine Alaou Ismaili. Marruecos.

‘Casablanca no es la película’. Así de tajante lo señala el autor de esta composición realizada  íntegramente en la ciudad marroquí con la que Ismaili ha pretendido reflejar la belleza y la verdadera vida de sus calles, yendo más allá de lo que contienen las guías o las  películas, y donde se mezclan culturas muy diferentes que saben convivir entre sí. Este trabajo es uno de los cinco ganadores del Premio CAP de este año.

Fotografía perteneciente a la serie ‘Casablanca no es la película’, de Yassine Alaou Ismaili.

Anna Boyiazis. Estados Unidos.

Aunque la vida en el Archipiélago de Zanzíbar gire en torno al agua, la mayoría de las niñas que habita en la zona no sabe nadar. La ausencia de trajes de baño unida a la presencia de una cultura islámica muy conservadora son la causa. En ‘Encontrar la libertad en el agua’, otra de las cinco obras reconocidas con el Premio CAP 2018, retrata el empoderamiento de estas niñas que están aprendiendo a nadar con unos trajes de baño que cubren la totalidad de su cuerpo, un proyecto ideado por la iniciativa Panje Project.

Fotografía perteneciente a ‘Encontrar la libertad en el agua’, de Anna Boyiazis

Ulla Deventer. Alemania

Pese a la beleza del título, esta fotógrafa revela un episodio desgarrador de la actualidad de Ghana. ‘Las mariposas son señal de algo bueno’ muestra testimonios gráficos del estigma que sufren las prostitutas de Accra y su lucha por la supervivencia. En su día a día hacen frente no solo a las dificultades económicas, sino a episodios del pasado que las aterra y a actitudes misóginas de quienes se acercan a ellas.

Fotografía perteneciente a ‘Las mariposas son señal de algo bueno’, de Ulla Deventer

Ralph Eluehike. Nigeria.

En ‘Sombras de trabajo doméstico’ este artista rescata escenas asociadas a los empleados del hogar que creíamos superadas. Dice Eluehike que con este proyecto pudo comprobar que existen dos mundos diferenciados y muy distanciados entre sí, el de la élite y el de la clase trabajadora y, que esta última llega a experimentar, en ocasiones, una vida de tortura.

Fotografía perteneciente a ‘Sombras de trabajo doméstico’, de Ralph Eluehike.

Jason Florio. Reino Unido.

‘Destino Europa’ narra las labores de rescate a los migrantes que intentaban cruzar el Mediterráneo desde Libia a Europa llevadas a cabo por la ONG MOAS y que este fotógrafo documentó entre 2015 y 2016. Su vínculo con la historia de las migraciones fuera del continente nace en 1998, tras conocer en Gambia a muchos hombres y mujeres que se habían marchado a Europa y que habían perecido en la travesía.

Personas migrantes rescatadas en el Mediterráneo. Fotografía de Jason Florio.

Akpo Ishola. Costa de Marfil.

La fotógrafa se inspira en las palabras de ‘El Principito’ para crear ‘Lo esencial es invisible para los ojos’, un conjunto de imágenes que son retales con los que explora la historia de su abuela mediante los objetos que quedan de su dote. Entre ellos se puede encontrar una cantimplora de madera fabricada por su marido, paños, cuentas, botellas de ginebra, cuencos o espejos. Son bienes entregados por la familia del novio como símbolo para sellar una alianza entre dos familias y poner de manifiesto que un matrimonio no se sustenta solo con el hombre, sino con la ayuda de los familiares. Con este trabajo, Ishola trata de mostrar cada uno de los elementos como un testigo silencioso de la vida matrimonial de la pareja. Al fin y al cabo, cada cuadro o cada paño guarda recuerdos de ambos y, al mismo tiempo, escenas fantaseadas por el espectador que los observa.

Fotografía perteneciente a ‘Lo esencial es invisible a los ojos’, de Akpo Ishola.

Nneka Iwunna Ezemezue. Nigeria

Las fotografías pueden ser al tiempo una denuncia y un homenaje. En ‘Dejar atrás’ las protagonistas son aquellas viudas de algunas comunidades de Nigeria que, ante la muerte de sus maridos, son discriminadas, estigmatizadas y, en algunos casos, objetos de violencia.

Fotografía perteneciente a ‘Dejar atrás’, de Nneka Iwunna Ezemezue.

Delio Jasse. Angola.

El título ‘Ciudad en movimiento’ no podía ser más descriptivo. En esta colección de fotografías, Jasse pone en valor el dinamismo histórico del que goza Luanda y con el que pretende hacer un “ejercicio de memoria” sobre la capital angoleña. Nos encontramos ante una urbe que ha experimentado una modificación estética radical, de infraestructuras, arquitectura e, incluso, de habitantes debido a los profundos cambios sociales y económicos.

Fotografía perteneciente a ‘Ciudad en movimiento’, de Delio Jasse.

Esther Mbabazi. Uganda

Con ‘Las cosas que llevamos’, la autora documenta los objetos más importantes que las personas llevan consigo cuando huyen de la guerra. Fruto de una reflexión sobre el significado emocional de lo material, este trabajo de Mbazazi retrata a refugiados instalados en el campo de refugiados de Bidi Bidi, en el norte de Uganda, y señala que gracias a este proyecto se puede ver a las personas tal y como son, pues portan objetos que podrían estar en cualquier parte o ser de cualquier persona.

Fotografía perteneciente a ‘Las cosas que llevamos’, de Esther Mbabazi.

Amilton Nevez Cuna. Mozambique.

Su trabajo ‘Madrinas de la Guerra’ enfoca a las mujeres que fueron usadas en la Guerra de la Independencia de Mozambique por el Gobierno para preservar el ánimo de los soldados que luchaban contra las fuerzas portuguesas. Al finalizar el conflicto, dio comienzo para ellas su condena al ostracismo y al olvido. Nevez Cuna se introduce en las casas de Maputo donde aún quedan algunas supervivientes.

Fotografía perteneciente a ‘Madrinas de Guerra’, de Amilton Neves.

“Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo”

Se llamaba Mnyazi wa Menza, pero se la conocía como Mekatilili. Su nombre, adquirido de su hijo Katilili, ha pasado a la historia sin embargo no por su rol de madre sino por ser la mujer que encabezó el enfrentamiento de su pueblo contra la opresión británica. Un siglo después, los fotógrafos Rich Allela y Dapel Kureng recuperan el recuerdo de Mekatilili para ponerla al frente de su serie African Queens’, una colección que pretende, según cuenta Kureng a Wiriko, “inspirar a las mujeres africanas de todas partes a levantarse contra la desigualdad y la discriminación”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

“’African Queens’ surge para dar a conocer las leyendas femeninas africanas de tiempos pasados. Mekatilili es solamente una entre una larga lista de mujeres que transformaron el mundo que las rodeaba”, añade. Que la historia real de esta mujer keniana se haya teñido de leyenda tiene que ver con que no existe mucha documentación registrada de la época, que se remonta a principios del siglo XX. Mucho menos cuando quien la protagoniza es del lado oprimido. Mucho menos tratándose de un liderazgo ejercido por una mujer. En cualquier caso, tal y como apunta Kureng, “Mekatilili ha sido reconocida recientemente por su gente al darse cuenta de que no le habían dado el lugar que merecía por su contribución a la libertad en tiempos de esclavitud”.

Ella era la cabecilla de la rebelión de Giriama, una región situada al sur de Kenia, que se enfrentó al régimen colonial entre 1913 y 1914. Mekatilili era viuda, lo que le permitía acceder a más libertades que las que tenían otras mujeres de su cultura. Una de ellas era tener voz en la asamblea de su comunidad, desde la cual se proclamó líder de la lucha contra los trabajos forzados, el aumento de impuestos y el envío forzoso de hombres a la I Guerra Mundial que imponía Gran Bretaña.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

Su liderazgo, no obstante, no le venía por el mero hecho de poder figurar en el órgano de decisión de su pueblo. Mekatilili ganó adeptos a través de la palabra y el baile. En el primer caso porque era una gran defensora de la cultura local, y en el segundo porque fue una conocida bailarina de kidufu, una danza reservada para ceremonias especiales. Esta mujer era madre, era bailarina y fue una destacada activista que nació a mediados del siglo XIX en el seno de una comunidad patriarcal y llegó a convertirse en un referente histórico en la lucha contra la colonización de este país africano.

Entonces, con la dominación colonial, pero también ahora, el foco apunta a lo mismo: el reconocimiento como iguales.  “Queremos representar a mujeres que desde su entorno han encabezado actos de liberación”, explica Kureng. Para este nigeriano, coautor de ‘African Queens’ junto al keniano Allela, ellas son ejemplos necesarios hoy en día (no sólo) en África: “La visión general que hay en los países africanos hacia las mujeres es la de una sociedad patriarcal que abanica las llamas de la suposición cultural de que las mujeres deberían ser vistas y no oídas. Las mujeres, tanto en los pueblos como en las ciudades, están contenidas por ellas mismas y por la sociedad”.

Su representación de Mekatilili, realizada con algunas modelos y mucha edición digital, ha sido tan querida como criticada entre quienes les reprochan falta de precisión histórica en su representación de este icono, a quien sitúan en un paraje árido que no corresponde al de Giriama y con un vestuario que tampoco es el de su cultura. “Nos pusimos completamente en manos de gente de la zona que me contaron qué trajes usar. Y ellos eran kenianos. Pero, por otro lado, en ‘African Queens’ también tratábamos de proyectar africanismo, por lo que buscamos la manera de combinar y fusionar los atavíos kenianos con esta idea”, argumenta Kureng quien señala que, en cuanto a la notoria edición de su trabajo, “el empleo de Photoshop y otras formas de manipulación fotográfica ayudan a acercar la historia a las nuevas generaciones, que se sienten más atraídos y conectan más fácilmente con esta representación de los héroes del pasado”.

Heroínas, en el caso de la colección ‘African Queens’, en la que Mekatilili ha sido la primera pero no será la última. “Queremos inmortalizar la larga lista de mujeres africanas que han contribuido a sacudir el mundo de su tiempo. Su fuerza y vitalidad pueden servir a las mujeres de hoy para despertar del estupor de las normas sociales y las tradiciones que les han colocado un grillete alrededor del cuello”.

African Queens, de R.Allela y D.Kureng.-

Estereotipos y colonización, nuevo punto de mira de Fabrice Monteiro

Hay pistas. Secretos que se desvelan a golpe de comunicado de prensa. Destellos de lo que vendrá. Y la moda del teaser. 1:54, la Feria de Arte Africano Contemporáneo celebrada a principios de mes en Londres, dejó varios de esos adelantos. La quinta edición de la muestra expuso a más de 130 artistas del continente y la diáspora, acogió a 42 galerías de todo el mundo y citó a Wiriko con el fotógrafo belga-beninés Fabrice Monteiro.

En la sala acondicionada para la galería Mariane Ibrahim de Seattle, Monteiro explica para esta revista su contribución de este año. “Se llama Pitit Noir y es la representación de la colonización europea. Se sitúa en el Congo belga de Leopoldo II, que tomó el país como su propiedad. Los niños estaban forzados a recolectar caucho y a todos aquellos que se negaban se les cortaba la mano derecha. Los europeos fueron a África para obtener beneficio de la mano de obra y los recursos de los países africanos”, explica el artista. En el retrato, el joven porta un crucifijo, blanco, que enfatiza el papel de la religión como “herramienta para mantener África bajo sumisión”.

‘Pitit-Noir’ de Fabrice Monteiro. Cortesía de la galería Mariane Ibrahim Gallery

‘Pitit Noir’ es el avance que Monteiro expuso en 1:54 de su reciente proyecto. Una imagen que formará parte de una nueva serie fotográfica que espera tener finalizada en noviembre y cuyo título será ‘The Eight-Mile Wall’. La inspiración viene de la barrera racial construida en Detroit en 1941. El muro homónimo tenía como intención mantener la comunidad blanca separada de la negra en la ciudad norteamericana, sin embargo la colección nos lleva a África. “Existen estereotipos y clichés sobre racismo en los Estados Unidos, pero esas imágenes están arraigadas en otras muchas sociedades”, comenta el fotógrafo.

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En esta ocasión Monteiro revisita la historia. Vuelve a los tiempos y consecuencias de la colonización, pero manteniendo el enlace con los asuntos globales contemporáneos. El trabajo del fotógrafo es una llamada de atención social desde un prisma africano, en la línea de su colección anterior, ‘The Prophecy’, un reclamo visual contra el cambio climático. Afincado en Dakar, Monteiro hizo que sus fotografías se convirtieran en un conglomerado de diseño y moda que retrataban a los dioses de la basura. “The Prophecy es un cuento: la madre tierra está siendo asesinada. Se enferma cada vez más y es hora de hacer algo”, rememora de un trabajo que contó con nueve fotografías. La serie se realizó en Senegal, pero posteriormente Monteiro añadió una en la Gran Barrera de Coral, en Australia; y otra en el solar de residuos electrónicos de Agbogbloshie, en Accra.

Monteiro Indaga en la cultura y las creencias africanas, y las inserta en el contexto actual. Una simbiosis que tiene como ejemplo las figuras de ‘The Prophecy’, que proyectan la naturaleza animista del continente africano, a la par que muestran un ensayo fotográfico de actualidad. Una mezcla de tradición y modernidad que se observa en la trayectoria del artista que utiliza la fotografía como medio educativo. Sin embargo, “no se trata de estigmatizar a África. El problema medioambiental es un asunto mundial y humanitario por mucho que el señor Trump se empeñe en negarlo”. Monteiro intenta concienciar a golpe de fotografía. “Soy un ciudadano de este planeta y tengo la capacidad de crear imágenes y después dejar que los otros las juzguen”, concluye.

Otro enfoque para Mali

Existen otros disparos procedentes de Mali y su ángulo de visión abarca cinco décadas de prácticas culturales, políticas y sociales que han sido recogidas en un proyecto de conservación y acceso a la riqueza fotográfica de este país africano. Se trata del Archivo de Fotografía Maliense, un espacio ubicado en La Maison Africaine de la Photographie, en la Bibliothèque Nationale de Bamako, que además, ya está disponible también online.

Adama Kouyaté (Costa de Marfil, 1967) / vía Archive of Malian Photographie.-

La fotografía en Mali no es nada nuevo. Su introducción data de 1880, cuando los oficiales franceses introducen esta práctica que posteriormente continuarían administradores coloniales, misioneros y expatriados franceses hasta llegar a manos de los propios malienses, quienes tomarían el relevo para captar mediante imágenes la evolución de su territorio a partir de la década de 1940. Desde entonces, cuando aún era conocido como Sudán francés, este país se establece como un centro neurálgico de la fotografía en África. Una concepción que llega hasta nuestros días, en los que Mali constituye un nexo internacional de la fotografía a través de la Bienal africana de Fotografía Rencontres de Bamako, presente en la capital maliense desde 1994.

Y si bien el interés por conocer también estos disparos malienses se ha incrementado en las últimas décadas, el acceso a sus inicios fotográficos se ha caracterizado por ser mínimo, hasta el punto de que bien podía equipararse a un mapa del tesoro, con colecciones de fotógrafos desperdigadas en archivos privados que no permitían que vieran la luz y facilitan el estraperlo. Con este muro se encontró la profesora de Historia del arte africano y cultura visual de la Universidad de Michigan Candance Keller, cuando en el año 2002 comenzó su investigación sobre la práctica fotográfica de este país africano. Keller mantuvo encuentros con alrededor de 150 fotógrafos y sus familias. Todos tenían en común su preocupación por el deterioro de las imágenes y su inapropiada explotación.

Abdourahmane Sakali (Bamako, Mali. 1958) / Vía Archive or Malian Photographie.-

Así surge el Archivo de Fotografía Maliense, un proyecto para preservar y dar a conocer este patrimonio visual que lleva gestándose desde el año 2011. El primer paso fue comprobar qué archivos fotográficos eran aún susceptibles de recuperarse. Su almacenamiento en casas familiares en un clima tan duro como el de Mali los exponía al calor, el polvo y la humedad, lo que ha hecho que algunas colecciones no puedan ser recuperadas. De aquellas que sí podían salvarse, se optó por seleccionar las que reflejaran una visión histórica del país y la región a través de los cambios y continuidades de las prácticas culturales, la producción artística, las tendencias sociales y las realidades políticas de las ciudades de Bamako, Segu y Mopti, principalmente.

Mamadou Cissé (Kita, Mali. 1960) / vía Archive of Malian Photographie.-

De este modo, los objetivos de conservación y acceso han respondido a estos parámetros temáticos y al criterio de reconocimiento local e internacional de los trabajos fotográficos. Por ello, las imágenes iniciales del Archivo reflejan las miradas de Mali y de algunos países de la región a través de los ojos de Abdourahmane Sakaly (1926-1988), Mamadou Cissé (1930-2003), Tijani Sitou (1932-1999), Malick Sidibé (1936-2016) y Adama Kouyaté (1927). Sus hijos y los aprendices nombrados por sus familias han sido los encargados de las labores de limpieza y catalogación de los negativos para su posterior almacenamiento y digitalización.

Tijani Sitou (Mopti, Mali. 1978) / Vía Archive of Malian Photographie.-

Por el momento, se puede acceder vía online a alrededor de 28.000 fotos de estos

Malick Sidibé (Mali, 1985) / Vía Archive of Malian Photographie.-

autores, pero el objetivo del Archivo es alcanzar las 100.000 imágenes restauradas y escaneadas. Su directora, Candance Keller, y el gestor del proyecto en Bamako, Youssouf Sakaly (el hijo de Absourahmane Sakaly, nombrado anteriormente),  han declarado recientemente a Afrique in visu que ya están trabajando en una sexta colección, la del fotógrafo Félix Diallo, quien residió en el pequeño pueblo de Kita, al oeste del país, y se especializó sobre todo en retratos de personas que vivían en entornos rurales.

Con el apoyo del Programa de Archivos en Peligro de la Biblioteca Británica en una primera fase, y posteriormente de la Fundación Nacional para la Preservación, ahora el proyecto busca financiación para continuar su investigación fotográfica en otras zonas, como Tombuctú. Con su lanzamiento web, el Archivo de Fotografía Maliense difunde una imagen de Mali que no es mejor ni peor que la que suele mostrarse, simplemente contribuye a que no haya un solo enfoque, lo que permite que este país africano se contemple desde una visión más real.

Aida Muluneh: la fotografía como herramienta para el desarrollo

*Por Ana Henríquez

El pasado 30 de marzo la artista Aida Muluneh acudió al CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno) de Las Palmas de Gran Canaria a impartir una conferencia titulada “La comunicación visual para el cambio: el papel de la fotografía en Etiopía y más allá”. Muluneh es una de las artistas visuales más prestigiosas del continente africano. Aunque la mayor parte de su vida ha transcurrido en Occidente (Reino Unido, Chipre, Canadá y Estados Unidos), desde que volvió hace diez años, trabaja por y para su Etiopía natal.

Referentes

En la historia de la fotografía en su país, Muluneh destaca el legado de artistas franceses y armenios que retrataron a la corte del emperador Haile Selassie y subraya la técnica de principios del siglo XX consistente en pintar a mano las instantáneas reveladas. Como uno de sus mentores, sobre todo por su inspirador empleo del blanco y negro, Aida Muluneh rescata la figura del afroamericano Chester Higgins Jr.
Si bien lamenta que “en los años ochenta la única imagen que el mundo tenía de Etiopía era la de las hambrunas”, la que fuera fotoperiodista en el Washington Post reconoce la valía del trabajo del keniano Mohamed Amin que, con sus fotos de la ola de hambre de 1984, atrajo la atención internacional para ayudar a la población en crisis.

Cuando fue invitada a participar en 2007 en el encuentro fotográfico más importante de África, la Bienal de Bamako (momento que describe como “la epifanía de mi carrera”), recuerda con especial ilusión haber conocido al maliense Malick Sidibé, a quien admira por su elegante obra y por la pasión que reflejaba en sus imágenes, cualidad indispensable para ser fotógrafo, según Muluneh. “Fue testigo de su tiempo documentando la sociedad en la que vivió y lo hizo desde su estudio, mediante sus retratos, sin esperar reconocimiento”. La Bienal de 2007 le sirvió también para conocer a muchos fotógrafos africanos y para darse cuenta de que no estaba sola, de que había más personas que, como ella, querían ofrecer otra visión del continente.

Cultura y mujer en el desarrollo

Los tres meses que pensaba quedarse en Etiopía se han convertido, por ahora, en una década. Decidió instalarse en el país de donde se había marchado con solo 5 años de edad por una imperiosa necesidad de hacer cambios y sentir que aportaba algo a su sociedad de origen. ¡Y vaya si está aportando! Tiene tres frentes abiertos: Desta for Africa (DFA), el Addis Foto Fest (AFF) y su propia carrera como fotógrafa artística.
De esta última, procede su aportación a la exposición del CAAM “El iris de Lucy. Artistas africanas contemporáneas”: la serie fotográfica de 2015 “Dinkenesh”, nombre que los habitantes de la región de Afar dieron a Lucy, el primer antecesor del ser humano cuyos restos fueron encontrados en Etiopía en 1974. En las tres obras de la serie, se aprecian dos de las constantes de Muluneh: la elección de modelos femeninas y etíopes y el uso de la pintura corporal hecha por las poblaciones del sur del país. Con este trabajo, la artista quiere que “las mujeres tomemos conciencia de nuestro poder y de que, pese a las dificultades, podemos contribuir al desarrollo”.

Fotografía de www.caam.net

Para Aida, este desarrollo debe incluir dos ingredientes: arte y cultura. “Los artistas nos olvidamos de que podemos contribuir a cambiar la sociedad y de que podemos ser parte de ese cambio”. Llevada por esta motivación, creó y dirige tanto la organización Desta for Africa como el festival Addis Foto Fest.
Desta es el acrónimo de Developing and Educating Society Through Art y también significa ‘felicidad’. Con este nombre bautizó Muluneh a su organización por el desarrollo cultural, mediante la cual imparte talleres, monta exhibiciones y genera intercambios creativos con el objetivo de potenciar la fotografía en la esfera artística de Etiopía. “El mercado mundial de la fotografía mueve diez mil millones de dólares y lo que aporta África apenas representa el 1%”, subrayaba Aida Muluneh en su conferencia. El Addis Foto Fest (AFF) es un festival fotográfico internacional que se celebra cada dos años, desde 2010, en la capital etíope.

Si bien a Aida le gusta que la fotografía “invada” toda la ciudad, para lo que suele disponer exposiciones en distintos puntos de la misma, muy a su pesar la última edición (diciembre de 2016) tuvo que celebrarse en un solo lugar, el hotel Sheraton Addis, por el estado de emergencia que se había decretado en todo el país. Pese a esta limitación, el festival logró reunir a 134 artistas de más de 40 países de todos los continentes. Y cada vez son más los fotógrafos etíopes que participan: en el AFF 2010 fueron 5 y, en este último, ya sumaron 30 los artistas que, como su compatriota Aida Muluneh, quieren demostrar a sus colegas y al mundo entero su talento y las múltiples Áfricas que existen.

Fotos de www.aidamuluneh.com

Sammy Baloji: confrontación entre el pasado y el presente en el Congo

Lubumbashi, la segunda mayor ciudad de la República Democrática del Congo, es la capital de la región de Katanga, una zona rica en algunos de los minerales más cotizados del mundo, tales como el cobre, los diamantes o el coltán. Lubumbashi es, también, la ciudad en la que se encuentra la sede de Gécamines, una de las compañías mineras más importantes de África y la más grande de la RDC. Fundada en 1906 por colonizadores belgas y nacionalizada en 1966 por el gobierno congoleño de Mobutu Sese Seko, a finales de los años 80 llegó a suponer el 85% de las exportaciones de todo el país, antes de rozar la bancarrota en los 90 debido a, entre otras razones, la falta de inversión en las infraestructuras.

Mémoire (2006)

Lubumbashi es, además, la ciudad natal del fotógrafo Sammy Baloji (1978), cuya obra está impregnada de la historia de su región. En 2007 recibió dos premios en la Biennal Africaine de la Photographie Rencontres de Bamako (Mali) y en 2009 el Prince Claus Award de los Países Bajos “por llevar la realidad actual congoleña a la plataforma internacional, por su importante contribución a la memoria del Congo proveyendo una nueva lectura del presente, y por el reto de demostrar que el desarrollo solo puede realizarse después de tener en cuenta los traumas del pasado”.

Sammy Baloji cuestiona la versión oficial de la historia colonialista confrontando el pasado con el presente a través de fotomontajes. Una de sus series más conocidas es Mémoire (2006), en la que yuxtapone retratos de archivo en blanco y negro de trabajadores de las minas durante el colonialismo belga con fotografías actuales de lo que queda de aquellos edificios industriales. En Mémoire, Baloji reduce la dimensión espacio-temporal para criticar la herencia colonial industrial, la destrucción de la identidad, la imagen de los negros en el imaginario colectivo occidental y la desilusión poscolonial.

Congo Far West (2011)

En 2011, el fotógrafo presenta otros dos trabajos sobre la historia reciente de su país y sus ecos en la actualidad. El primero, Congo Far West, es una nueva lectura de la Mission Scientifique du Ka-Tanga que realizaron los belgas entre 1898 y 1900. Baloji sobrepone retratos de archivo del fotógrafo François Michel en paisajes del pintor Léon Dardenne, ya que ambos acompañaron a la expedición e ilustraron el informe final. Con sus fotomontajes, utilizando el mismo material que la propaganda colonial pero presentándolo de forma muy distinta, Baloji muestra cómo la fotografía ha sido utilizada para crear una mirada de superioridad frente al “otro”, que nunca fue visto como un igual, sino que se presentaba completamente deshumanizado, clasificado y analizado como un objeto de estudio, hecho que ha marcado profundamente los clichés de la sociedad occidental actual.

El segundo trabajo de 2011 es Kolwezi, una serie de fotomontajes en los que el fotógrafo muestra el contraste entre las minas de Kolwezi (RDC) y los coloridos pósteres que adornan los hábitats de los trabajadores, como fantasía de una vida mejor. Mediante las duras condiciones de vida de los mineros frente a imágenes de sociedades idílicas e idealizadas, Baloji denuncia el resultado de la explotación de los recursos de Katanga, tanto en el pasado como en el presente, ya que la historia de la compañía Gécamines ya no puede separarse de la del país ni de la de su gente, y alude también a los efectos depredadores del capitalismo global.

Kolwezi (2011)

Sammy Baloji ofrece una imagen del presente de la RDC a través de su historia reciente, retratando a una sociedad cuyo país se ha convertido en terreno de juego de exploradores, misioneros, hombres de negocios y mercenarios desde que pasó a ser propiedad privada del Rey Leopoldo II de Bélgica hasta nuestros días, sufriendo una violenta colonización, una dictadura y dos sangrientas guerras, y que ahora abre un nuevo capítulo neocolonial con la llegada de los contratistas chinos. “Mi lectura del pasado congoleño es una manera de analizar la identidad africana actual, a través de todos los sistemas políticos que la sociedad ha experimentado. La esencia de mis temas está en la vida diaria de la gente del Congo, que es el resultado de su reciente pasado”.