Las contradicciones sudafricanas de Kopano Matlwa

Blanco por dentro marrón por fuera, esa es la descripción más gráfica de una de las contradicciones más duras y profundas de una parte de la juventud sudafricana. Los llaman “coconut”, porque son como la nuez de coco, blancos por dentro y marrones por fuera. Negros con pretensiones no solo de vivir como los blancos, sino con un desgarro mucho más profundo. Negros que se consideran a sí mismos blancos. Así Coconut es como tituló su primera novela Kopano Matlwa, una joven escritora sudafricana que muy rápidamente se ha hecho con un espacio en la esfera internacional, un espacio en el que aparece como una narradora, comprometida, crítica y extremadamente incisiva, ante la narrativa edulcorada de la evolución de la sociedad del “país del arco iris”. Como Nuez de Coco, nos trae ahora esta novela en castellano la editorial Alpha Decay a través de la traducción de Aurora Echevarría.

La escritora sudafricana Kopano Matlwa. Fuente: Web de la autora

Alpha Decay ya publicó en español la última novela de Kopano Matlwa Florescencia y supuso una enorme y grata sorpresa para los lectores hipanohablantes. Con Nuez de coco, la editorial nos acerca un poco más una de las voces más frescas que está retratando en toda su crudeza los descosidos entre los que se desarrolla la vida en Sudáfrica. En este caso, no se trata tanto de las desigualdades raciales que perduran en el país y que también se exponen en las líneas de esta historia. Se trata de una realidad mucho más profunda: las heridas que esas diferencias y esa discriminación han dejado en la identidad de algunos grupos de jóvenes; tajos tan destructivos que les llevan a despreciar por el color de su piel a aquello que tienen, precisamente, su mismo color de piel.

La novela que desveló el estilo ligero de Matlwa y sus profundas preocupaciones desvela esta contradicción identitaria en toda su complejidad, a través de dos historias paralelas, las de Ofilwe y Fikile que ponen de manifiesto que esas preocupaciones raciales no son solo patrimonio de las clases más altas.

Ofilwe es la hija pequeña de una familia que ha considerado hacerse un hueco en el crecimiento económico del país y para la que codearse con la élites blancas es un signo de éxito. El colegio, sus amigas, sus aficiones y sus aspiraciones tienen que ver con los círculos sociales más altos, que se identifican, a pesar del paso del tiempo, con los círculos de raza blanca. En su caso, el estrato social le viene dado por nacimiento, pero su hermano Tshepo, que intenta preservar los rasgos de su comunidad, le confronta constantemente con sus contradicciones.

El caso de Fikile es bien distinto. Se desplaza desde los suburbios hasta una de las cafeterías más selectas de la ciudad que alimenta su ficción de huir de su vida. Fikile procede de una familia completamente desestructurada y vive en una habitación precaria junto a su tío, pero la lectura de revistas de moda y de adolescentes parece darle suficiente material para construir un mundo ilusorio en el que alejarse del resto de los negros es la máxima aspiración.

A pesar de las diferencias de las protagonistas, Matlwa hace que las trayectorias de Ofilwe y Fikile se crucen. Y la muestra de la confusión identitaria golpea a todos los sectores de las comunidades negras, hay elementos que se repiten en las experiencias de una y otra. El idioma, por ejemplo, es uno de los elementos fundamentales, ambas rechazan las lenguas nacionales porque las identifican con el atraso y el fracaso social. Mientras que su obsesión por hablar bien inglés tiene que ver con la percepción de que esa lengua será la llave hacia el éxito. Ofilwe llega a menospreciar a su madre porque no domina el inglés:

“Yo me quería morir. Me quería morir. A la mañana siguiente mamá les preparó la bañera. ¿No sabían que los blancos solo se bañan por la noche? Estoy tan avergonzada. Mamá es estúpida. Se lo dije después de que se hubieran ido”.

“Es porque soy inteligente y hablo inglés perfectamente. Por eso la gente me trata de otro modo. Desde muy pequeña supe que el sepedi no me llevaría lejos (…). Yo hablaba el idioma de la televisión; el que papá hablaba en la oficina, el que mamá nunca entendía bien, el que hablaba de dulce éxito. ¿Cómo voy a hacer caso a los que intentan convencerme de lo contrario? ¿Qué ha hecho el sepedi por ellos? Mira a esos tristes primos míos que se piensan que un ladrillo es un juguete”.

Y Fikile considera que es una de las características que le acerca a los ansiados círculos blancos a los que aspira:

“¿Qué hay de los clientes? No se sentirán a gusto si no está Fiks. Me necesitan. Yvonne no tiene experiencia como camarera. Ella apenas habla inglés, no podrá arreglárselas. Lo que yo hago en este establecimiento requiere cierto tipo de persona. Una persona con habilidades sociales, que sepa hablar con los ricos y famosos sin hacerles sentirse incómodos”.

La ruptura con la comunidad lleva a las protagonistas, incluso, a asumir estereotipos raciales y les conducen a actitudes especialmente chocantes porque desprecian a colectivos de los que forman parte. Aunque en el caso de Ofilwe tiene mucho de inconsciente de la burbuja en la que le han hecho vivir sus padres:

“Lo que siguió fue un follón. Un follón que casi no recuerdo, aparte de la palabra «blanco». Blanco. Blanco. Blanco. No había una sola cara de color en la pared. Yo no me había dado cuenta de verdad. Solo después de que él lo señalara lo vi”.

En el caso de Fikile el rechazo es mucho más consciente, su huida de su propia condición es mucho más desgarradora:

“Ellos no tenían la culpa de que el tío fuera un idiota. Típico de los negros, quejarse cuando los blancos no hacen nada para ayudarlos, quejarse cuando hacen algo y quejarse cuando hacen algo y quejarse cuando dejan de nuevo de ayudarlos después de haberlo estropeado todo”.

“Los odio y lo saben. No respetan a las mujeres, ¿por qué tendría que respetarlos yo a ellos? No les respondo, ni siquiera a los que me saludan educados. Paso por delante con la barbilla alta y la espalda recta, como si no los oyera. Quizá hay alguno que es bueno y realmente no tiene malas intenciones, pero por desgracia sus compañeros han mancillado su nombre. De hecho, por regla general, no me mezclo con hombres negros. Me hace la vida más fácil”.

“¡Negros! ¿Por qué tienen que ser tan destructivos? Nunca han inventado nada en su miserable vida y sin embargo insisten en destruir lo poco que tenemos. Solo hay que ver lo sórdidos que son los barrios marginales”.

Kopano Matlwa ha demostrado en muy pocas obras tener una voz muy particular quizá por eso ha atraído inmediatamente la atención de la industria y de los y las lectoras. En el caso de Nuez de coco, el hilo narrativo es una muestra de ese estilo particular. Las dos historias paralelas que se relatan por separado pero que se tocan en algunos puntos, se explican desde puntos de vista diferentes, desde la descripción de sus experiencias, pero también desde las reflexiones de las propias protagonistas. Es así cómo más se pone de manifiesto las contradicciones, porque desde la primera persona los menosprecios parecen más desquiciados, porque sus convicciones no siempre son tan firmes como parecen, porque en ocasiones parecen rebajar su nivel de exigencia, porque en algunos casos parecen acercarse a la sensatez de la realidad, porque precisamente esas idas y venidas, no siempre son lineales ni coherentes. Como la vida misma.

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Carlos Bajo Erro
Ciberactivista, periodista y amante de las letras africanas. Co-fundador de Wiriko. Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín.
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