Papicha: soy mujer, soy argelina

Fotograma de la película argelina Papicha.

Por Rafael González Tejel

En Argelia, el término ‘papicha’ hace referencia a aquellas jóvenes de clase acomodada que encuentran en los estándares occidentales una referencia vital, básicamente en cuanto al ocio y vestimenta. Es un concepto general que sirve para agrupar, a veces artificiosamente y de forma peyorativa, a gente con una determinada forma de pasar el tiempo libre. Las papichas en realidad se escapan de la rigidez de esa definición y vuelan más alto, configuradas como metáfora de esa mujer que quiere respirar lejos de la asfixia de lo normativo y del camino al que ineludiblemente le arrastran los convencionalismos. Gritan y reclaman su capacidad de decisión, y esa petición es la que fortifica Papicha, sueños de libertad (2019), la película de la cineasta franco-argelina Mounia Meddour, un debut que ha alcanzado una distinguida relevancia internacional.

La cinta se proyectó en el festival de Cannes 2019 en el marco de la sección Un Certain Regard y fue galardonada en los Cesar del cine francés (mejor ópera prima y actriz revelación) y en la Seminci de Valladolid (dirección novel y público). Se dio además la paradoja de que mientras representaba a Argelia en la pugna por la mejor película extranjera en los Oscar (estatuilla que se llevó finalmente Parásitos), el estreno en su país, previsto hace un año, fue cancelado a última hora.

El doble pase organizado por el CDAC (Centro Argelino del Desarrollo del Cine) fue anulado a instancias del Ministerio de Cultura cuando había más de 2.000 personas interesadas en asistir a la proyección y la expectación era máxima. A pesar de que los productores elevaron una queja ante las más altas instituciones, a día de hoy todavía no ha habido respuesta; un silencio que parece apuntar a un acto de censura. No importó ni siquiera que ya no gobernara el país el presidente Abdelaziz Bouteflika, arrastrado unos meses antes por la oleada del movimiento contestatario Hirak, un político que en sus veinte años al frente de Argelia nunca se reunió con representante alguno del mundo de la cultura.

Que Papicha, sueños de libertad iba a colisionar con el sector institucional, esa férrea nomenclatura que todavía resiste a pesar de unas protestas masivas que solo la pandemia pudo interrumpir, era evidente. Estamos ante un largometraje áspero y de resonancias históricas y simbólicas que reivindica el rol de la mujer, argelina en este caso, a la que rara vez se ha escuchado y menos se ha visto en pantalla en papeles protagonistas. El grupo de muchachas que retrata con tanta fiereza Meddour huye de la definición que les asigna el estereotipo. Existe una visión externa, fundamentalmente procedente desde la esfera occidental, sobre la que se alzan los posicionamientos alrededor de la situación de la mujer argelina o en cuestiones como el velo, la forma de pensar o el rol a desempeñar en el entorno social, profesional y familar. Lo que consigue la realizadora con su trabajo es deconstruir desde dentro lo anterior, entregarles a ellas la voz y poner luz, sentimiento y también dolor a ese perfil tantas veces ensombrecido cuando no olvidado.

Es cierto que en la historia de Nedjma y sus amigas por el Argel de mediados de los 90, se pueden hallar algunas flaquezas en un guion demasiado determinista y con una superficialidad en el esbozo de algunos personajes secundarios que intentan representar postulados sobredimensionados y en exceso ambiciosos. Son en todo caso aspectos secundarios en un proyecto en el que lo social y lo político supera a lo cinematográfico.

Papicha, sueños de libertad está dirigida y protagonizada por mujeres en un contexto, tanto real como de ficción, que en nada favorecía tal coyuntura. Cualquiera que conozca o quiera acercarse a lo que supuso la década negra en Argelia (1991-2002), ese periodo todavía tan poco escrutado y cuyo desconocimiento previo puede minimizar el impacto del filme, hallará sin demasiado esfuerzo el vigor con el que está levantada esta historia tremendamente desgarradora. No podía ser de otra manera.

El escritor Yasmina Khadra ya desgranó cómo latía su país en aquellos años de ambiente opresivo en novelas como Morituri y A qué esperan los monos, con sus dosis de corrupción, insensatez, miedo y dolor. La poderosa escena de apertura de la película recoge muchas de esas emociones y ya pone al espectador en la vereda de la tragedia por la que transitar. Unas chicas se cambian en el interior de un taxi que les debe llevar a una discoteca. Pintalabios, minifalda y escotes. A medio camino se cruzarán con uno de los abundantes controles militares que había en la ciudad, sin saber qué pasará, si el taxista es de confianza y no delatará dónde van o en qué sentido basculará la voluntad y mentalidad de aquellos que les han retenido. Una noche de diversión que podría precipitarse rápidamente al horror. Así era el día a día y Papicha, sueños de libertad se mueve en ese alambre.

Fotogama de la película Papicha, de la realizadora Mounia Meddour.

Entre la alegría de vivir de las jóvenes que se abren a la vida y el terror que se va sibilinamente adueñando del entorno mediante señales casi imperceptibles, se sitúa la peripecia de Nedjma, estudiante universitaria con ambiciones de diseñadora de moda. La suya será una sucesión de sinsabores, decepciones e ilusiones truncadas y otra vez renovadas en la Argel de los noventa, cuando la perla blanca del Mediterráneo fue más oscura que nunca. Nedjma se niega a claudicar ante las presiones integristas que estrechan cada vez más su cerco de libertad. No se trata tanto de una resistencia política estricta como de actitudes salidas de una esfera individual desde la que se puede esbozar el sufrimiento de tantas mujeres relegadas a un papel decorativo y cuyos deseos fueron arrinconados. Son particularmente significativos dos aspectos. El primero es la palpable sororidad que exhiben sus protagonistas, unidas a pesar de sus diferentes procedencias sociales y formas de pensar para hacer frente a las barreras que se les ponen por delante. Brilla también el uso metafórico que se da a las telas con las que trabaja Nedjma en el diseño de sus vestidos, especialmente en ese subtexto que desliza sobre el velo, prenda que se sitúa en el frágil equilibrio de la libertad de decisión y la represión.

Papicha, sueños de libertad es cine contra la ignorancia y el fanatismo, para salir, si se quiere, de la burbuja y obligar a cuestionarse posturas prefijadas. Para querer descubrir un poco más y mejor a aquellos y aquellas que vemos tan diferentes y lejanos y no lo son tanto; al contrario. Pero también, para conocer la belleza de Argel, con la fotografía de Léo Lefèvre sabiendo captar la energía de lugares como la ciudad universitaria ubicada en Boumerdès o la Casbah, imperecedero testigo de la historia de la ciudad.

Es también una peripecia dolorosa, hay demasiada verdad y rabia en ese personaje que atraviesa pantalla y sensibilidades, una creación magnífica de Lyna Khoudri. Papicha, sueños de libertad es una película para traspasar su corteza, olvidarse de alguna de sus torpezas narrativas y ver qué había y hay detrás de todas esas mujeres víctimas de un conflicto. Tras su ópera prima, Mounia Meddour se integra en ese bloque de jóvenes cineastas de origen argelino en el que ya estaban Sofia Djama (Les bienheureux, 2017), Narimane Mari (Le fort des fous, 2017) o Yasmine Chouikh (Jusqu’a la fin des temps, 2018), cada vez más presentes en festivales internacionales y predispuestas a contar, y nadie mejor que ellas, tantas historias hurtadas en el pasado del país que les vio crecer.

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