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Wallay o cuando el cine africano nos explica quiénes somos

“Es necesario reconocer que Europa está cambiando (…) el mundo, como nuestro continente, será cada vez más plural y multicultural. Y, por lo tanto, es necesario trabajar por una sociedad inclusiva, justa y respetuosa, en la que no haya lugar para el odio y la violencia racial”, pronunciaba hace escasas semanas Cécile Kyenge, eurodiputada italiana nacida en el Congo. Son declaraciones muy necesarias en tiempos de retóricas alarmistas sobre la migración africana en las costas europeas o cuando la xenofobia parece envenenar Europa. Pero, ¿qué es Europa? ¿quiénes somos los europeos? ¿Y si el cine africano pudiera darnos algunas claves? 

Fotograma de Wallay.

La identidad es un asunto peliagudo que se suele medir según una restringida gama de calificativos basados en la raza, la etnia, la cultura, la nacionalidad… Y que en su pretensión de esencia inmutable o absoluta, no es más que una ilusión perecedera. Además, tras una frontera construida con ladrillos esencialistas y masilla discriminatoria, puede esconder el miedo a lo desconocido y lo diferente como una emoción peligrosamente manipuladora.

La película Wallay (Burkina Faso, 2017) toma el título prestado de la expresión Wallay, un mote que proviene del árabe y que está muy de moda en diferentes países del África subsahariana, donde se emplea para significar “es verdad” o “te lo juro”. El próximo 15 de marzo tendremos la oportunidad de verla de forma totalmente gratuita en los CineCiutat de Palma, dentro del marco de la primera edición del Festival d’Altres Cinemes, una nueva celebración de los cines del Sur, cuya primera edición se va a centrar en los cines de África como constructores de nuevas narrativas y como herramientas para la transformación social.

Una película que nos obliga a revisarnos

Es frecuente que se trate a los europeos no-blancos bajo una máscara de identidad incomprendida y mal representada: extranjeros en Europa —considerados africanos por los europeos blancos debido a su color de piel— y extranjeros en África —considerados europeos por su educación y su cultura occidental—. Como sucede con muchos europeos de padres africanos, Wallay refleja la sacudida interior que un adolescente conflictivo sufre al llegar a Burkina, donde deberá encajar una nueva forma de construir su propia personalidad con una familia que tiene la tarea de convertirle en un hombre.

Este adolescente de raíces francesas y burkinesas llamado Ady, interpretado por Makan Nathan Diarra, vive en Vaulx-en-Velin, un suburbio francés dominado por la delincuencia y con un perfil social de clase trabajadora y de bajos ingresos. Como Ady es un chaval rebelde, su padre, que le había criado solo hasta el momento, se ve sobrepasado y perdido en su educación. Pensando que le irá bien reencontrarse con sus raíces, decide mandarlo a su lugar de origen, Burkina Faso, para pasar el verano. Sin embargo, Ady es francés y conoce Burkina solo por la experiencia transmitida por su padre. Así que al llegar, se debe enfrentar a una extraña sensación de ser y de no ser a la vez. Pero la película no cae en clichés, y no muestra la dualidad Europa-África como un simple binomio contrapuesto.

Y es que tal como dice escritora Léonora Miano: “no se es negro o francés, se puede ser negro y francés”.

Wallay (Francia, Burkina Faso – 2017) del director, productor, distribuidor y crítico de cine Berni Goldblat (Estocolmo, 1970), refleja a la vez el reconocimiento de una identidad múltiple del propio realizador, de padre polaco, madre suiza y afincado en Burkina desde hace más de un cuarto de siglo, y nos sumerge en las contradicciones de la sociedad europea contemporánea, una ciudadanía global y heterogénea que merece una revisión profunda de sus propios fundamentos. Miembro del jurado durante diez años de los Africa Movie Academy Awards, Goldblat trabajó en Wallay durante siete años y la presentó en la Berlinale del mismo año. Tras recorrer el Festival de Cannes y dar la vuelta al mundo, aterriza en Palma para recordarnos la importancia de ver cine africano.

“¿Por qué África nos importa tanto? ¿Por qué vamos a ver películas africanas? Justamente porque en un mundo que se encierra sobre sí mismo y refuerza las fronteras, las expresiones culturales abren las puertas a una humanidad unida en su diversidad”. (Olivier Barlet, crítica de Wallay para Africultures)

Junto a Wallay, el Festival d’Altres Cinemes proyectará el corto Dem Dem! (Senegal, 2017) y debatirá sobre cómo los medios de comunicación pueden contribuir a un cambio de narrativas sobre África con las voces de Ángeles Lucas (Planeta Futuro y África no es un país) y Beatriz Mesa (COPE Internacional).

Consulta toda la información de proyecciones, mesas redondas, perfiles de las conferenciantes, concierto, horarios… y cómo conseguir tus entradas de forma totalmente gratuita, aquí: www.festivalaltrescinemes.com

Ruanda y el genocidio de 1994 en dos actos

6ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Manuel Galán

Análisis comparativo entre las películas Sometimes in April (2005)de Raoul Peck, y Hotel Ruanda (2004), de Terry George.

Si bien en ambos casos podemos considerar que se trata de cine de Hollywood sobre África, hay diferencias significativas en el tratamiento de temas sensibles como el papel de la comunidad internacional durante el genocidio, el análisis del contexto histórico y social, o la participación de la comunidad ruandesa. En las siguientes líneas trataremos de descifrarlo.

En la película Hotel Ruanda (2004), de Terry George, juegan un papel muy protagónico las figuras occidentales. Las más llamativas, aunque sin juzgar el papel relevante que hayan tenido en realidad, están la del general canadiense Romeo Dallaire al mando de la misión de la ONU y la cooperante sanitaria de una ONGD internacional. Se podría ver como un reconocimiento a cooperantes, misioneros y miembros de la ONU que se quedaron durante el genocidio aunque, por otro lado, concede un protagonismo, quizás excesivo, al apoyo occidental real con apariciones estelares clave que potencian la imagen de salvadoras a lo largo de la película. En el caso del film Sometimes in April (2005), de Raoul Peck, el papel protagonista queda reservado para Augustin Muganza, un militar hutu moderado casado con una mujer tutsi y transcurre entre el genocidio de 1994 y el encuentro con su hermano juzgado en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Arusha (Tanzania), pero no concede casi protagonismo a figuras occidentales durante el relato.

Ambas películas coinciden en retratar y denunciar la pasividad de la comunidad internacional durante el genocidio, aunque lo hacen de formas diferentes. En el trabajo del activista, Ministro de Cultura de Haití en 1997 y documentalista político comprometido, es más explícito y visible a lo largo de la película y se refleja a través de las escenas con las conversaciones y negociaciones de diplomáticos en Europa y Estados Unidos durante el genocidio, caricaturizando el papel de los gobiernos francés y estadounidense. Sin embargo, en la famosa Hotel Ruanda es más difuso, tiene menos presencia y continuidad y no muestra rostros claros de esa pasividad de la comunidad internacional. En este caso, la salida de turistas occidentales del hotel de lujo de Las Mil Colinas durante su evacuación selectiva por miembros de la ONU, es el momento donde mejor se retrata la pasividad internacional y la selección racial selectiva. La coincidencia en el hotel, que no mezcla, del turismo de lujo con la población refugiada, podría haber dado pie a escenas muy cuestionables y provocativas, si bien el director no ahondó mucho en ese recurso.

La radio tiene mucha fuerza y presencia en ambas películas, decisiva en la propagación del genocidio a través de mensajes de odio y propagación de la limpieza étnica. Sirve como reflexión acerca del uso, incidencia y control de los medios de comunicación y su poder e influencia para alentar discursos que atentan contra los derechos humanos.

La historia de Ruanda. El realizador Raoul Peck se preocupa, al menos mínimamente, por realizar una introducción sobre la historia de Ruanda desde la ocupación belga en 1916, su política de segregación racial institucionalizada que continuó bajo la independencia de dominio tutsi primero y hutu después, y de contar la participación de Bélgica y Francia durante las guerras civiles previas al genocidio y durante el mismo. Incluso se pregunta: ¿cuándo comenzó todo? ¿Cuándo se convirtió el paraíso en un infierno? mostrando imágenes de la época colonial combinadas con otras más recientes en las que aparece el ahora expresidente estadounidense Bill Clinton. Si bien no se cuestiona el papel, más que controvertido, del TPIR de Arusha, sí al menos se visibiliza durante la película y puede llevar al espectador a preocuparse por su papel en el proceso de reparación. Sin embargo, Terry George no se preocupa de realizar esa introducción histórica y va directamente a retratar los meses del genocidio sin mayor preocupación por realizar una contextualización histórica, política y social.

El papel identitario y la posición de la mujer. La comunidad ruandesa se muestra con dos caras antagónicas: la del poder, el control, la violencia, gentes sangrientas, corruptas, y, en el otro lado, la de la comunidad moderada, víctima de la violencia, supervivientes del genocidio. En ambas películas es curioso que se opte por retratar la situación de matrimonios mixtos donde la mujer es tutsi mientras el hombre, de etnia hutu, ejerce de protector de la familia, seguro de supervivencia, negociador, liberador, con habilidad en las negociaciones. El papel de las parejas de los protagonistas está, casi exclusivamente, vinculado a los cuidados, tanto de su propia familia como de otros miembros de la comunidad pero no se le otorgan otros roles fuera del de cuidadoras. Sería interesante conocer el genocidio desde la mirada de una cineasta africana y a través de historias contadas por mujeres que lo sufrieron.

Como espectador, y desde el punto de vista de cine social o histórico, Sometimes in April provoca más preguntas, dudas, cuestionamientos sobre el papel de la comunidad internacional durante el genocidio y del papel del Tribunal contra los crímenes de Ruanda en el proceso de reparación.

 

Cines africanos online OAFF (I). Documental e identidades

Comenzamos una serie de crónicas que invitarán al lector a pasearse por las diferentes secciones del nuevo Online African Film Festival (OAFF) dedicado a los cines africanos y que plantea mostrar otras narrativas sobre el continente africano. Una oportunidad que permanecerá en abierto hasta el 15 de diciembre con un simple click.

Por Judit del Río

El OAFF es el primer festival de cines africanos online.

No es el único festival de cine online, pero sí es el primero de este formato que se centra exclusivamente en las producciones africanas y de la diáspora. El anuncio del Online African Film Festival (OAFF) ha sido una sorpresa para los que pensamos que la oferta de películas venidas del continente vecino es siempre escasa. Ahora, del 15 de noviembre al 15 de diciembre, tenemos la posibilidad de acceder a una treintena de títulos de eso que parece más un animal mitológico que una realidad en este país: los cines africanos. Cines, en plural. Porque si en algo se empeñan las distintas iniciativas que se dedican a darlos a conocer –el veterano Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) y el joven Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB) son quizá los ejemplos más prominentes a nivel nacional– es en la multiplicidad de miradas que nos llegan desde África. El OAFF no es una excepción. Su objetivo es el siguiente: luchar contra los estereotipos que describen a África como un continente de pobreza, conflictos bélicos y enfermedades. A fin de cuentas, deconstruir la idea que se tiene de sus países, sus culturas y sus ciudadanos para llevar al resto del mundo una visión panorámica de las realidades cotidianas africanas, tanto en formato ficción como documental. Y lo ha conseguido.

Ya bien entrada la segunda semana de recorrido pueden verse seis de los ocho documentales que hay programados en total. Todos ellos han rodado por otros festivales del mundo; todos presentan una visión única sobre la complejidad de las identidades personales o nacionales. En El africano que quería volar (Samantha Biffot, 2015) un documental biográfico sobre la vida de la estrella del kung fu gabonesa Luc Bendza del que ya hablamos en Wiriko con motivo de su proyección durante el FICAB, vemos cómo la determinación que lo lleva a convertirse en uno de los maestros más respetados de su disciplina en China no atenúa el rechazo que sufre debido a su nacionalidad. Las chicas de Ouaga Girls (Theresa Traoré Dahlberg, 2017) muestran, a través de su intimidad, sus aspiraciones y sus deseos, la realidad política y social de una Burkina Faso recién salida de una dictadura. Buceando en las perspectivas de los protagonistas aprendemos acerca de la riqueza de las mismas, entendiendo cómo la clase, la raza, y el género se entrelazan para conformar relatos personales únicos. Identidades que, a veces, se construyen a pesar del peligro: Kumut Imesh protagoniza y dirige junto a David Fedele Revenir (Volver, 2018), en el que, armado con una cámara, recorre de nuevo el trayecto que le llevó a Francia, tras exiliarse de su Costa de Marfil natal por motivos políticos.

En Agua Sagrada (2016) Olivier Jourdain evita deliberadamente cualquier mención al drama del holocausto ruandés para explorar una faceta de la sexualidad tradicional que se ha convertido en un hito cultural del país: kunyaza, la eyaculación femenina. Lo hace acompañando a Vestine Dusabe, una mujer que lleva la voz cantante en las ondas radiofónicas de Kigali por las calles, colegios y comunidades donde actúa como educadora sexual. La apertura con que se debate sobre el sexo y la satisfacción de las mujeres en Ruanda es un golpe a los prejuicios occidentales de los que insisten en afirmar lo reaccionario de las sociedades africanas ¿Es Agua Sagrada, entonces, un documental feminista? Sin duda, contiene nociones profundamente feministas, como la crítica que hace Vestine a la ablación del clítoris en otros países africanos, o la apertura a la hora de hablar de la sexualidad femenina sin tabúes desde una edad temprana. Una reivindicación del orgasmo femenino, sí, pero una aún atrapada en un marco en el que la satisfacción de las mujeres es motivo de honor para el hombre y medida de su pericia, y la heterosexualidad es la única posibilidad que parece existir. Las metáforas visuales y narrativas no dejan lugar a dudas: el agua sagrada es un lago que solo los hombres más viriles pueden navegar. Kunyaza se convierte, en parte, en una obligación; es una herramienta para mantener la estabilidad matrimonial y evitar la infidelidad. Son los hombres quienes importan a la hora de disfrutar del placer femenino; y el mensaje del documental hace malabares con la liberación sexual y el trabajo emocional.

Los problemas identitarios, aun siendo una parte fundamental de la historias, se mantienen muchas veces en un segundo plano. La transexualidad de Tchinda Andrade no se trata de manera explícita en la película homónima, Tchindas (Pablo García Pérez de Lara, Marc Serena, 2017). En vez de eso, la importancia del activismo LGTB+ se diluye en los exigentes preparativos del carnaval de Mindelo, en São Vicente (Cabo Verde), del que Tchinda es organizadora y promotora y en el que el pueblo entero se vuelca. El hilo conductor de la historia es la disciplina del atleta, el taller mecánico, el carnaval, la sexualidad; y por debajo se dejan entrever las formas peculiares y personalísimas en que cada individuo interacciona con el mundo. La visibilización es el primer paso hacia la normalización, la aceptación y la lucha por los derechos de distintos colectivos en situaciones de opresión, sean estos mujeres, LGTB+, o migrantes.

En este sentido, retratar cinematográficamente la normalidad –del liderazgo de las mujeres trans en el evento cultural más importante de São Vicente, de la elección del sector automovilístico como profesión para las protagonistas de Ouaga Girls, o de las conversaciones en torno a la sexualidad femenina– es una herramienta para dar visibilidad a estas realidades desconocidas y mostrar una visión más completa y más real de las vidas africanas. Una reivindicación dentro de un cine que, debido a sus condiciones de producción y exhibición, es forzosamente reivindicativo: porque hacer que se oiga una voz que ha permanecido silenciada es un acto político en toda regla, y también lo es luchar por amplificarla. Las palabras de Elvis Tolentino en Tchindas lo dicen todo: «así es África, llena de misterios».


Puedes encontrar más información en estos otros artículos:

Cómo ver cines africanos y no morir en el intento (I): Festivales

Cómo ver cines africanos y no morir en el intento (II): Plataformas online

Y también visitar nuestro Canal Wiriko en Filmin.

 

Luc Bendza: El africano chino que quería volar

El pasado viernes se estrenaba en la Filmoteca de Catalunya, durante el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB), The African Who Wanted to Fly (El africano que quería volar), un documental que dejó a más de uno con la boca abierta. Se trata de la historia de Luc Bendza, un gabonés que supo de muy pequeño qué quería ser de mayor gracias a las películas chinas de artes marciales. Sí, has leído bien. De hecho, el objetivo era seguir los pasos de sus ídolos Bruce Lee y Jackie Chan para alcanzar su meta: aprender a volar.

Fragmento de la película El africano que quería volar, de Samantha Biffot.

El documental, de la también gabonesa Samantha Biffot, tiene varios puntos interesantes: el de la diáspora africana en China; el de mostrar otra cara del gigante asiático en África alejada de los estereotipos; el de introducir al espectador en el arte marcial wushu; y, quizás, en tener la capacidad de seducir al espectador sobre un género fílmico, el de la lucha, que en Occidente no tiene mucho reconocimiento. Sin embargo, y como explicó el realizador alemán Wener Herzog: “Toda la filmografía de Godard es un timo comparada con una buena peli de kung fu”.

Hijo de altos funcionarios, Bendza nació en 1969 en la tranquila provincia gabonesa de Ogougue-lolo, en el centro del país. No sería hasta la edad de 11 años que este joven intrépido quedó hipnotizado con las películas de artes marciales, aunque el paso definitivo para viajar –con fuertes resistencias familiares, en particular de su madre– lo daría con 15 años. Entonces sí que desafió la gravedad. Un negro en China era un reto identitario más duro que cualquiera de los entrenamientos a los que se vería sometido. El propio Luc explica en un fragmento del documental que fue a una exhibición en una zona rural y que cuando lo vieron aparecer, todo el pueblo salió corriendo… Huyeron. Lo cuenta entre risas, pero no deja de visibilizar el desconocimiento que existe sobre el continente africano en otras regiones del mundo.

El gabonés Luc Bendza.

Sus éxitos comienzan en 1990. Gracias al entrenamiento junto al maestro Wang Huafeng, Luc consigue ganar la medalla de oro en un campeonato de Miao Dao, una técnica en la que mediante acrobacias tiene que soportar un sable de 1,5 metros. ¿La curiosidad? Que en aquel entonces solo cinco personas dominaban esta práctica en China. Pero este solo fue el primero de una larga lista de vistorias para Luc. Dos años más tarde participaría en un campeonato donde atrajo la atención del representante de uno de sus ídolos: Bruce Lee. Impresionado por la actuación del joven africano, le ofreció un papel en una película de artes marciales… Un sueño para el gabonés que aceptó sin dudarlo. Aunque este film nunca llegaría a ver la luz, le permitió hacer sus pinitos en algunas producciones como Dragon from Shaolin (1996), Warriors Of Virtue (1997) o Extreme Challenge (2001). Por cierto, el 20 de julio se cumplirán 45 años de la muerte de Bruce Lee (falleció a los 32 años) que, aunque parezca mentira, solo terminó cuatro películas, según detalla Iván E. Fernández Fojón en su libro Bruceploitation. Los clones de Bruce Lee (Appleheadteam).

El trabajo de Samantha Biffot lleva al cine una historia inspiradora. Pero el día a día en la vida de Luc Bendza continúa a caballo entre Pekín y Libreville haciendo de embajador africano en Asia y de maestro experimentado en su tierra en la que se encuentra luchando por la última de sus batallas: el reconocimiento de los suyos. Sin embargo, The African Who Wanted to Fly es más que el viaje personal de Bendza. Más bien captura a la perfección la cultura del cine popular en muchas partes de África de mediados de los años ochenta y principios de los noventa. La aspiración de Bendza ha sido ampliamente compartida por muchos jóvenes que soñaban con convertirse algún día en Bruce Lee y otros maestros del arte marcial. Un trabajo que proyecta por lo tanto cómo podría haber sido el sueño de muchos jóvenes si hubieran hecho su viaje.

High Fantasy: el arcoíris sudafricano se desmorona

Como turista en Sudáfrica, no es tarea fácil obviar la imagen omnipresente de Nelson Mandela. Él, su discurso, la construcción del relato, la lucha contra el apartheid… Sus 27 años en prisión actúan –y con razón– como hierro forjado que marca a los que visitan el país nada más entrar. Pero a veces, la foto del puño alzado más que unir a los sudafricanos provoca el efecto contrario.

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

Esta es la premisa con la que trabaja Jenna Bass en su segundo largometraje High Fantasy (2017) en el que examina algunos de los pilares inquebrantables en esta región del cono sur: raza, clase y género en pleno 2017. Y quizás lo más interesante es que cada vez son más las voces críticas que desafían la narrativa de la identidad y lo que significa haber nacido en Sudáfrica después de la abolición del sistema de segregación entre blancos y negros. Bass se enmarca en una generación que se siente engañada por la “ideología del arcoíris” promulgada por Mandela a partir de 1994. Un “arcoírismo” que trató de constituir una nueva clase social obviando las diferencias… pero había muchas décadas de historia enquistada que se tenían que visibilizar. Y no se hizo. O, al menos, no del todo bien.

El de High Fantasy (2017) es un telón de fondo complejo aunque la historia es llevada a la pantalla con mucha innovación y naturalidad en la piel de cuatro jóvenes. Tres chicas (blanca, mestiza y negra) y un chico negro (¿qué actúa como protector de ellas?) deciden pasar unos días en una granja abandonada propiedad de la familia de Lexi (Francesca Varrie Michel), la chica blanca. Un lugar inhóspito, deshabitado y que Xoli, el chico (Quandiswa James) critica al inicio del film: “¡una sola persona es el propietario de toda esta tierra!”. La herencia colonial se vislumbra en algunos de los mensajes, aunque no sea el centro de la cuestión. Se les ve bailar, fumar y reír hasta que el giro fílmico atraviesa al espectador: después de una noche, sus cuerpos se intercambian… Y la interpelación es directa. ¿Qué se siente al ver a otra persona interactuando con algo tan personal y esencial para su identidad como la propia piel?

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

La realizadora sudafricana resuelve la película en tres actos en el que los personajes tienen el tiempo suficiente para resultar familiares al espectador. Y esa es una de las grandezas de High Fantasy, que la empatía se desliza rápidamente gracias a dos elementos: el primero son los planos detalles de manos, piernas, pies y cara que hacen que conozcamos mejor a los cuatro personajes; y el segundo punto interesante son las entrevistas que cada uno de ellos tiene con la directora mirando a cámara en una especia de confesionario y que nos dan la oportunidad de profundizar en la psicología de cómo se sentiría uno al vivir en el cuerpo de otro. La identidad o el género pueden ser diferenciadores en esta nación africana. Sin embargo, hay algo que también une (en este caso, a las tres chicas): las protestas estudiantiles de 2015. Aunque es un discurso enojado, es uno que al menos ha trascendido al de raza, y que apunta a un movimiento al que pueden unirse tanto blancos como negros.

La realizadora Jenna Bass no necesariamente tiene respuestas a muchos de los elementos que se abordan en el guion, pero lo importante es que no teme plantear preguntas importantes como por ejemplo quién es el verdadero protagonista de la historia. Algo básico sobre el que construir un relato. O quizás no. Porque lo cierto es que Bass combina un lenguaje sin arrepentimiento lleno de libertad e igualdad respaldado por un amor permanente (¡¡y rodado todo con un iPhone7!!). Precisamente, en unas palabras sobre su primer largometraje Love the One You Love (2014) explicaba lo siguiente: “Todavía somos un país increíblemente segregado y estaría mintiendo si dijera que entiendo cómo todos se sienten sobre diversos aspectos de la vida. Pero sentí que la única cosa que todos teníamos en común era el amor”.

Por cierto, mucha atención a la última escena de la película donde se plantea un nueva variable para Sudáfrica: ¿construir todo desde cero?

Mane Cisneros: “El cine africano ha servido para aceptar la diversidad como un bien”

El Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT) cumple 15 años acercando las cinematografías africanas. Este año la cita tiene lugar entre el 27 de abril y el 5 de mayo en Tarifa, y entre el 26 de abril y el 3 de mayo en Tánger (Marruecos).

*Artículo publicado originalmente en la revista Mundo Negro. Wiriko es medio oficial del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT).

En tu caso Mane, ¿se puede decir que “en el principio de los tiempos fue el cine”?

En cierta manera sí. Hace muchísimos años tuve la suerte de vivir en primera persona el inicio del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva donde conocí a algunos cineastas míticos que me dieron el empujón que necesitaba para decidir irme a vivir a México y proseguir allí mis estudios de antropología. Los “Luises” –Buñuel y Alcoriza– fueron mis tutores en aquellos años y a quienes debo la pasión por el cine y en gran parte la rebeldía que me caracteriza. Desde entonces, la pasión por el cine ha guiado mi vida.

Primera muestra de cine africano celebrado en Tarifa en junio de 2003.

¿Crees que el cine continúa siendo una herramienta de transformación social?

 

Desde su origen, el cine ha demostrado una clara vocación transformadora de realidades sociales y políticas. En el caso de los cines de África, el cine ha evolucionado enormemente desde sus orígenes y ha pasado de ser utilizado como herramienta de propaganda política y de transformación social en los años posteriores a las independencias a cine de autor comprometido con la construcción de las nuevas identidades del continente en los ochenta y noventa. Hoy hablamos de un cine que busca su lugar en el mercado interno africano, pero también que mira hacia el mercado global, abandonando a menudo su compromiso como herramienta transformadora.

Tarifa y los cines africanos han creado un binomio indisociable en estos 15 años. ¿Cuál crees que es la visión sobre África de este pueblo gaditano tan vinculado a la llegada de pateras y después de todo este tiempo de festival?

Solo una ciudad como Tarifa con una posición geográfica tan particular podía acoger un festival de cine como el FCAT. Y es que ningún otro lugar en Europa goza de una posición geográfica similar, frente a África. Los 14 kilómetros que separan las costas africanas de las europeas en la zona de Tarifa han hecho que los tarifeños se hayan visto obligados históricamente a afrontar la llegada de africanos. Pero Tarifa no era una meta para los recién llegados sino tan solo un lugar de paso camino del soñado “dorado europeo”. Por ello, los tarifeños se han mantenido bastante ajenos a las realidades del continente africano. Así que el cine africano ha servido en cierta manera en estos años para despertar su curiosidad y luego, poco a poco, para que aceptasen la diversidad como un bien y no algo de lo que defenderse.

¿Quiénes han sido para ti algunas de las visitas que más han dejado huella?

Probablemente el primero de ellos sea Abderrahmane Sissako, un cineasta estrechamente vinculado al FCAT desde su nacimiento. Y Fatoumata Coulibaly, la actriz protagonista de la última película de Ousmane Sembène, Mooladé, madrina del FCAT, sin olvidar a Jihan El Tahri y Berni Goldblat que tanto nos apoyan y ayudan. O amigos como Newton Aduaka o Moussa Sene Absa. En fin, ¡15 años de festival dan como para tejer muchas amistades y pasiones!

¿Crees que se ha conseguido esa pata fundamental del FCAT que es crear conciencia y enfocar la imagen distorsionada que se tiene de África?

En la medida de nuestras posibilidades, hemos conseguido que sean muchas las personas que se replanteen la imagen que tenían de África gracias al cine. En estos 15 años han sido miles las personas que han visto películas africanas y nos han escuchado. Y algo muy importante, han tenido la oportunidad de conocer y debatir con los cineastas africanos. Esto es un enorme paso adelante porque es gente que empieza a ver a los africanos, a los cineastas, al cine africano, de igual a igual.

Y quizás, por tanta conciencia, os ha traído algún que otro quebradero de cabeza con los políticos de la zona…

Con políticos en general no, con alguno de ellos con nombre y apellido en el pasado, sí. ¡Pero no es el caso de concederles demasiada publicidad!

¿Cómo fue la experiencia del FCAT en Córdoba?

Fueron años muy difíciles, los peores de la historia del FCAT porque coincidieron también con lo peor de la crisis, el desplome de las ayudas públicas y la total desprotección. Pero Córdoba salvó al FCAT de su desaparición y por ello le debemos mucho, a pesar de que se nos maltratase tanto y tuviéramos que pensar de nuevo en hacer maletas para volver a casa e impedir así que la Córdoba que salvó al FCAT fuera también la que lo hiciera desaparecer.

Desde el año pasado habéis conseguido aunar fuerzas con Marruecos simultaneando el festival en los dos continentes. ¿Cómo ha sido este romance?

La asociación que organiza el FCAT se diseñó con un artista marroquí, Jamal Ouassini, y la llamamos Al Tarab. Así que antes o después teníamos que dar el salto. Siempre quisimos ser un puente que uniese, gracias al cine, las dos orillas del Estrecho de Gibraltar. Nuestro regreso a Tarifa después de las cuatro ediciones cordobesas fue decisivo para dar el paso y realizar ese viejo sueño de convertirnos en un evento transfronterizo y transcontinental.

¿Por qué crees que las salas de cine en España no apuestan por los trabajos que llegan desde África o su diáspora?

Ante todo hay mucho desconocimiento, tanto por parte de público como por parte de los distribuidores y exhibidores. A todos ellos les vence el miedo de que el cine africano no tenga recursos ni calidad. También es cierto que este es un mal que los cines de África comparten con las cinematografías de otros muchos rincones del planeta. Por otro lado, la mayoría de los países africanos carecen de políticas de apoyo al cine, de manera que las películas, cuando consiguen estrenarse en sala, lo hacen sin ningún tipo de apoyo. Esta es una carencia grave ya que una película necesita tutela desde su preproducción hasta su salida en salas.

¿Cuáles son los caminos que como directora del FCAT te gustaría recorrer para los próximos años?

Me gustaría reforzar la parte africana, ampliar la programación cinematográfica y ofrecer actividades paralelas que ocupen las calles. Me gustaría muchísimo recuperar algunas propuestas formativas en suelo africano. Y, por último, desearía encontrar a mi sucesor/a.., ¡no soy eterna! Y el FCAT debe poder seguir adelante un día sin mí.

Consulta las películas de este año que entran en competición aquí.

Cartel de 2018 en el que aparece el actor español de origen ecuatoguineano Emilio Buale.


Recomendaciones de Mane Cisneros
Tres películas para los no iniciados.

La Noire de, del director senegalés Ousmane Sembéne.

Les yeux noires, de la marroquí Narjiss Nejjar.

Heremakono, del mauritano Abderrahmane Sissako.

Tres películas para los avanzados.

Touki Bouki, del senegalés Djibril Diop Mambéty.

The Last of Us, del tunecino Ala Eddine Slim.

Félicité, del francosenegalés Alain Gomis.

Un director y una directora a los que seguir la pista.

Una directora sería la documentalista egipcia Reem Saleh.

Un director sería el ruandés Kivu Ruhorahoza.


*Artículo publicado originalmente en la revista Mundo Negro. Wiriko es medio oficial del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT).

Nace el Festival Internacional de Cines Africanos de Barcelona

Tras meses de trabajo conjunto, Wiriko, Africaye y el Centre d’Estudis Africans i Interculturals de Barcelona –bajo el paraguas de CinemÀfriques–, dan luz a un nuevo y ambicioso proyecto que pretende situar Barcelona como una cita global ineludible para los amantes del celuloide africano: el Festival Internacional de Cines Africanos de Barcelona (FICAB).

En pocas semanas, el cosmopolita y multicultural barrio del Raval de Barcelona se convertirá en un enclave para la cultura africana exhalando cines del continente y de su diáspora en el corazón de la ciudad condal. Del 22 al 25 de mayo de 2018 –y en motivo del Día de Áfricael Festival arranca con el ciclo «Diáspora e Identidad», dedicado al cineasta franco burkinés Cédric Ido en la Filmoteca de Catalunya. A pesar de que oficialmente, el FICAB tiene previsto celebrar su primera edición en mayo de 2019, este ciclo quiere servir para movilizar a los amantes del séptimo arte de la ciudad con vistas al FICAB 2019.

Cartel del ciclo «Diáspora e Identidad», organizado por el FICAB, que se celebrará del 22 al 25 de mayo en la Filmoteca de Catalunya.

Para ello, y durante cuatro días, se proyectarán 4 largometrajes – La Vie de Château, de Cédric Ido (2017), High Fantasy, de Jenna Bass (2017), The African Who Wanted to Fly, de Samantha Biffot (2017) y Miracle at St. Anna, de Spike Lee (2008)– y 2 cortometrajes de Cédric Ido –Twaaga (2013) y Hasaka Ya Suda (2010)–. La programación se complementará con la presencia del director Cédric Ido quien, además, ofrecerá una Master Class en el auditorio de la Blanquerna el viernes 25 de mayo. 

Con el ciclo «Diáspora e Identidad», el FICAB se postula como un nuevo y esperado escenario con el objetivo de mostrar la diversidad y creatividad del continente africano narradas a través del lenguaje cinematográfico. Con vocación de convertirse en un referente necesario dentro del abanico de festivales de cine africano internacionales, quiere servir de herramienta para la revisión del imaginario estereotipado sobre el continente y sus sociedades en una ciudad como Barcelona, con una gran presencia de población africana. Así, se pretende: abrir una ventana a las producciones de mayor calidad que se produzcan en la rica y nutrida industria cinematográfica africana; permitir y facilitar la reflexión y el debate; poner al continente africano en valor y visibilizar las artes y culturas africanas.

Cédric Ido será el invitado especial para el ciclo de mayo de 2018 que el FICAB celebrará en la Filmoteca de Catalunya. Además, el franco-burkinés también ofrecerá una master class en el auditorio de la Blanquerna en el barrio del Raval.

Siguiendo la estela del consolidado Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger (FCAT), con la nostalgia de lo que un día fue la Mostra de Cinema Africà de Barcelona y bebiendo de grandes festivales africanos como el FESPACO (Uagadugú, Burkina Faso), el DIFF (Durban, Sudáfrica) o el de Cartago (Cartago, Túnez), este nuevo espacio cuenta con el rigor y el apoyo de la academia tanto como de instituciones europeas y africanas. En este sentido, las alianzas con Casa África, Oxfam-Intermón o la organización belga Africalia, adquieren un papel fundamental para la construcción de puentes que permitan que Barcelona se convierta en una cita anual para el celuloide africano, comenzando con el ciclo que arrancará entre el 22 y el 25 de mayo de 2018.

En diciembre de 2018 tendrá lugar un nuevo ciclo que, junto con el que se celebrará en mayo, quiere cohesionar un tejido necesario para la cita con el primer Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona, que tendrá lugar en mayo de 2019.

Barcelona se baña de cines africanos en el mes de la mujer

Desde 1957, el declarado Año Internacional por la Liberación de la Mujer por la Organización de las Naciones Unidas, la ciudad condal, junto a otros puntos del estado, sigue cumpliendo años del movimiento feminista. Una lucha que, teniendo en cuenta que la primera independencia africana fue el 6 de Marzo de 1957, empezó silenciando a un perfil de mujer racializada. Es por ello que, con el fin de acercar un feminismo interseccional a la perspectiva feminista dominante en la esfera barcelonesa, nace el Cicle de Cinema Africà i Dona (CCAD), organizado por la Asociación Cultural Africadoolu en colaboración con el ICUB y los Centros Cívicos barceloneses. Una muestra protagonizada por mujeres africanas que se pasea por el formato audiovisual, plástico y escénico.

Cartel del Cicle de Cinema Africà i Dona (CCAD) 2018. Fuente: Associació Cultural Africadoolu.

Rocío Naranjo, presidenta de Africadoolu, explica que esta propuesta, que tendrá lugar entre el 8 y el 29 de marzo, se enmarca en la capital catalana puesto que además de ser el centro neurálgico donde se desarrollan las actividades culturales de la asociación “es una ciudad que cumple las condiciones de núcleo cosmopolita y además es una urbe que se presta para el arte, convirtiéndose en un referente cultural internacional”. Así, con estas características del territorio y la reducida visibilidad de las producciones audiovisuales africanas, la asociación cultural considera los equipamientos públicos de Barcelona como el portal idóneo para dar a conocer las historias de mujeres africanas que aportan una visión sobre África diferente a la que ofrecen de forma indiscriminada los medios de comunicación”.

Es por ello que presentaron la idea a los centros cívicos de la ciudad, cuya acogida comentan que ha sido muy positiva gracias a la lucha de grupos comprometidos con la visibilización plural y en positivo del continente africano. “La recepción del ciclo también ha sido buena este año por estar en el decenio de la afrodescendencia, aunque también ha contribuido la labor de plataformas que trabajan para dar visibilidad a las culturas africanas y los centros de estudio que han empezado a destapar la historia en relación con el continente africano que en España siempre se negó. Por todo ello hay un interés manifiesto”, recuerda Naranjo. De este modo, nos comenta que el programa final ha superado la expectativa inicial puesto que se ha podido ampliar la programación tanto a nivel fílmico como de actividades paralelas.

Asimismo, y aprovechando la tendencia, hubiera sido un sinsentido que durante el mes dedicado a la mujer en Barcelona, se olvidasen a referentes y personajes racializadas que también forman parte del engranaje cultural de la ciudad. Es así como en el CCAD, además de presentar largometrajes subtitulados al castellano como L’arbre sans fruit (Aïcha Macky, Niger/Francia, 2016), Maman Colonelle (Dieudo Hamadi, RDC/Francia, 2017), Félicité (Alain Gomis, Senegal/Líbano/Francia/Bélgica/Alemania, 2017), Mama Africa (Mika Kaurismäki, Sudáfrica/Finlandia/Alemania, 2011) o Imani (Caroline Kamya, Uganda/Suecia, 2010), cuentan con colaboradoras de la escena artística barcelonesa como la artista plástica Marie Ngom, las bailarinas Chantal Thaou Thiete y Marie Mbengue, la selectora Sarah Ardite, así como la cocinera Kady Jattah, una de las últimas incorporaciones.

Maman Colonelle es una de las películas programadas en el CCAD 2018 Fuente: Associació Cultural Africadoolu.

Todas ellas, participan activamente y forman parte de un ciclo que cumple a la vez un objetivo sociocultural. Como explica la presidenta de Africadoolu: “Nos interesa especialmente visibilizar el trabajo consciente que han estado y están liderados por mujeres africanas que luchan para romper tabúes dentro de sus sociedades y denuncian escenarios de opresión patriarcal, de desigualdad e injusticia social. Ellas combaten en primera persona, sin el yugo ni el asistencialismo que se impone desde occidente”.

De esta manera, además de las proyecciones cinematográficas, se han programado incluso debates participativos con la colaboración de las artistas afincadas en Barcelona, para que además de gozar de la expresión artística de los largometrajes, también pueda transmitirse a los espectadores y espectadoras, un aprendizaje y reflexión crítica. “Crear debates participativos posteriores con mujeres africanas es un instrumento que aportará a la temática del ciclo la mirada de ‘ellas’, las protagonistas, ya que la voz será directa: sin interpretaciones ni filtros”, como apunta Rocío. Igualmente, en relación a la idoneidad de las colaboradoras, nos comenta que “Las mujeres que nos acompañarán en los debates conocen muy bien la realidad de la que hablan las películas, pues todas han crecido o vivido en diferentes países africanos y están vinculadas con las artes, como la música, la danza o la pintura. Por ello consideramos que su aportación es esencial para el desarrollo y cierre de cada proyección del ciclo”.

Marie Ngom, artista plástica colaboradora del CCAD 2018. Fuente: Associació Cultural Africadoolu.

No obstante, las artistas, que a pesar de tener una intensa función en los debates posteriores a las proyecciones, gozan incluso de un espacio de expresión durante las sesiones ya que desde la asociación Africadoolu, entendemos África como un continente plural, tanto por la riqueza y diversidad cultural como por sus manifestaciones artísticas, así que las actividades paralelas se plantean como un viaje a través de los sentidos, donde ver, escuchar, oler y saborear las manifestaciones artísticas y culturales del continente”, resalta la presidenta de la asociación cultural.

De esta suerte, los y las componentes de Africadoolu, nos invitan a acercarnos a los Centros Cívicos de Barcelona (Ateneu Fort Pienc, Barceloneta, Sagrada Familia, Pati Llimona y Cotxeres-Borrell) para poder conocer e impregnarnos de ese viaje sensorial que arrancaba el día 1 de Marzo con al exposición plástica Jigeen Dey… Jigeen Duu… de la artista Marie Ngom, en el Centre Cívic Ateneu Fort Pienc. Para las demás citas, en la programación podréis conocer los acontecimientos del mes. La próxima cita que será este jueves 8 de Marzo a las 19.00h. con la música de Mandé Africa, la proyección L’arbre sans fruit y el debate con Marie Ngom.


Este ciclo no habría sido posible sin la colaboración del proyecto Cinenómada, una iniciativa impulsado por el Festival de Cine Africano de Tarifa que este año cumple su 15ª edición.

La urgencia de celebrar las cineastas africanas

*Charles Ayetan, desde Lomé (Togo)

El paisaje de la cinematografía africana ha estado esencialmente compuesto por hombres y “rociado de algunas raras figuras femeninas”(1). Entre las pioneras se encuentran la egipcia Aziza Amir, cuyo verdadero nombre era Mofeeda Mahmoud Ghoneim (1901-1952) que dirigió la película Laila (Egipto, 1927), la camerunesa Thérèse Sita-Bella (1933-2006), y la senegalesa Safi Faye que realizó en 1975, Lettre paysanne (Kaddu Beykat), el primer largometraje de una africana negra. Su película Mossane fue seleccionada en el Festival Panafricano de Cine y Televisión de Ouagadougou (Fespaco) en 1997.

Safi Faye fue la primera mujer en realizar una película en África al sur del Sahara con el cortometraje «La passante», realizado en 1972.

La senegalesa Safi Faye fue la primera mujer africana en realizar una película en África al sur del Sahara con el cortometraje La passante, filmado en 1972.

Después de estos primeros años, podemos mencionar otros nombres como los de la argelina Djamila Sahraoui, quien ganó el Etalon de plata en el Fespaco de 2013 con su largometraje Yema; la cineasta togolesa Anne-Laure Folly, quien ha dirigido una veintena de documentales sociopolíticos, incluido Les Oubliés, en el que aborda la guerra de los 30 años en Angola a través de los ojos de las mujeres (2); la congolesa Monique Mbeka Phoba quien ha realizado una docena de documentales y una ficción, destacando Entre la coupe et l’élection (3), de 2007, y el cortometraje Sœur Oyo (2014) un trabajo que relata la vida de los estudiantes en un internado católico. Actualmente, la joven generación de mujeres cineastas del continente manifiestan su determinación para hacer su carrera en el séptimo arte, especialmente en las las escuelas de cine.

 

Actrices con talento

Aunque en general muchas de ellas aún no tienen una gran reputación como las estrellas de los circuitos occidentales (4), las actrices africanas no carecen de talento. De hecho, en los últimos años han destacado los premios en FESPACO de Samia Meziane, por su papel en Voyage à Alger (2011), de Abdelkrim Bahloul, o de Mariam Ouedraogo por su interpretación en Moi Zaphira (2013), de Apolline Traoré. Dos años más tarde, Maïmuna N ‘Diaye en la película L’œil du cyclone (2015), de Sékou Traoré, ganó el premio a la mejor actriz, un galardón que en 2017 fue para Noufissa Benchahida en el filme A la recherche du pouvoir perdu, de Mohamed Ahmed Bensouda.

El dúo de la beninesa Tella Kpomahou y la maliense Fatoumata Diawara contribuyeron sin duda al éxito del largometraje Il va pleuvoir sur Conakry, del guineano (fallecido hace un año) Cheick Fantamady Camara, una película que ganó en 2007 el premio que concede la cadena de radio pública francesa RFI. Recientemente la congolesa Véronique Tshanda Beya ha ganado el premio a la mejor actriz por su papel en Felicité (2017), del director franco senegalés Alain Gomis, en el Festival de Cine de Cartago (Túnez) o el Festival de Khouribga (Marruecos), entre otros.

 

Los festivales de cines africanos para mujeres

Son muchas las iniciativas que promueven el éxito de las mujeres en África y, de hecho, son varios los eventos que apuntan a ofrecer esta perspectiva en el plano cinematográfico. Este es el caso de los festivales de cine para mujeres como el Festival International du Film de Femmes de Salé (Marruecos), el Mis Me Binga (Camerún), el Festival Films Femmes Afrique (Senegal) o el Festival Africain des Films de Femmes Cinéastes (Togo) cuya primera edición comenzará dentro de unos días, entre el 10 y 20 de marzo de 2018.

 

Sin embargo, a pesar de disponer de estas plataformas de promoción, podemos afirmar que no se celebra lo suficiente el papel de las cineastas africanas en el continente. El desafío es desalentador y los actores culturales tienen los medios para tomar medidas que impulsen a las mujeres africanas al rango de estrellas como la actriz y productora sudafricana Charlize Theron.

 

* El togolés Charles Ayetan es periodista, crítico de cine y miembro de la Association des journalistes et critiques de cinéma (AJCC) de Togo. Colabora con la revista Présence Africaine, y el portal Africiné.org de la Federación Africana de Críticos de Cine, donde es responsable de la comunicación. Tuitea desde @CharlesAyetan

 

Traducción por Sebastián Ruiz-Cabrera

Referencias

(1) LEQUERET Elisabeth (1998). “L’Afrique filmée par des femmes”, Le Monde diplomatique, agosto, p.11.

(2) BARLET Olivier (1997). “Quel est le regard d’une femme cinéaste?”, Africultures, 1997.

(3) DIKU Roger (2011). “Entre la coupe et l’élection, un film en hommage de nos Léopards 1974”, Congoone, 20 abril.

(4) PALMIER Jean Joseph (2006). La femme noire dans le cinéma contemporain : star ou faire-valoir?, Ed. L’Harmattan, 2006

Películas

A la recherche du pouvoir perdu (2017), de Mohamed Ahmed Bensouda, ficción, Marruecos.

Entre la coupe et l’élection (2007), de Monique Mbeka Phoba y Guy Kabeya Muya, documental, RDC.

Félicité (2017), de Alain Gomis, ficción, Senegal.

Il va pleuvoir sur Conakry (2006), Cheick Fantamady Camara, ficción, Guinea.

Laila (1927), de Aziza Amir, ficción, Egipto.

Les Oubliées (1997), de Anne-Laure Folly, documental, Francia.

Lettre paysanne (1975), de Safi Faye, ficción, Senegal

L’œil du cyclone (2015), de Sékou Traoré, ficción, Burkina Faso.

Moi Zaphira (2012), de Apolline Traoré, ficción, Burkina Faso.

Mossane (1996), de Safi Faye, ficción, Senegal.

Sœur Oyo (2013), Monique Mbeka Phoba, ficción histórica, RDC.

Voyage à Alger (2009), Abdelkrim Bahloul, ficción, Argelia.

Yema (2012), Djamila Sahraoui, ficción, Argelia.

 

Cuando África va a Berlín

Desde el 15 hasta el 25 de febrero de 2018, el Festival de Cine de Berlín (también llamado Berlinale) acogerá una plétora de películas africanas y reuniones profesionales para su 68ª edición.

En los cines

Imagen de High Fantasy, dirigida por la sudafricana Jenna Bass. Cines africanos

África también estará presente incluso si no se incluye un largometraje en la competencia oficial y ningún profesional en los diversos jurados. Solo el documentalista congoleño Dieudo Hamadi presentará su largometraje Kinshasa Makambo en la sección Panorama.

En la sección Cortometrajes se presenta una película filmada en Mozambique (Madness, por Joao Viana) y otra filmada en Ruanda (Imfura, por Samuel Ishimwe). Fuera de competición, una se presenta el cortometraje nigeriano: Besida, por Chuko Esiri.

La selección de Generación, dedicada a películas para un público juvenil, tiene dos largometrajes: High Fantasy, de Jenna Bass (Sudáfrica), ya presentada en el Festival de Cine de Toronto en septiembre de 2017, y Supa Modo, de Likarion Wainaina (Kenia), producido por One Fine Day Films fundada por el cineasta alemán Tom Tyckwer.

El Forum, donde se presentan habitualmente películas africanas, ha seleccionado varias obras este año: un documental del cineasta camerunés Jean-Pierre Bekolo, Afrique la pensée en mouvement Parte I y II; el largometraje Our Madness de Joao Viana (Mozambique) que se desarrolló a través de la Cinefondation del Festival de Cannes; la versión restaurada de Shaihu Umar de Adama Halilu (Nigeria) filmada en 1976; el segundo largometraje del director marroquí Narjiss Nejjar, Apatrides, lo nuevo del también marroquí Hicham Lasri, Jahilya y el primer largometraje del cineasta congoleño Machérie Ekwa Bahango, Mak’ila. A esto se agrega el cortometraje We live in silence: chapter 1 to 7, por Kundzanai Chiurai (Zimbabue), presentado en la sección Forum Expanded.

 

En el mercado cinematográfico

Los profesionales de continente podrán reunirse en el Africa Hub de la Berlinale, que recibirá a profesionales del continente por segundo año consecutivo, en asociación con el mercado de cine y televisión DISCOP. Situado a la entrada de la European Film Market, este espacio organizará reuniones y presentaciones que incluyen: Monica Rorvik (Wesgro Film and Media Promotion, Sudáfrica), Dorota Lech (Hot Docs, Canadá), Marc Schwinges (Underdog Productions, Sudáfrica), Amani Papy (Burundi Film Center, Burundi), Grace Evaly (Nollywood Germany, Alemania), Elias Ribeiro (Urucu Media, Sudáfrica), Aliki Saragas, Zoe Chiriseri, Sara Blecher (SWIFT, Sudáfrica), Dayo Ogunyemi (234 Media, Kenia/Sudáfrica), Alain Modot (DIFFA, Francia/Costa de Marfil), Tshoper Kabambi (Bimpa Productions, RDC), Chike Maduegbuna (Afrinolly, Nigeria), Tanja Sakota (Wits Film and Television, Sudáfrica), Vincenzo Cavallo (Cultural Video Production, Kenia), Toni Monty (Durban FilmMart, Sudáfrica), Don Edkins (AfriDocs, Sudáfrica) and Judy Kibinge & Peter Mudamba (Docubox, Kenia), Betty Sulty-Johnson (Trace, Francia), Joel Haikali (Namibia Film Commission, Namibia), Fabrizio Colombo & Daniel Nyalusi (Zanzibar IFF, Tanzania), Laza (Rencontres du Film Court, Madagascar), Philipp Hoffmann (Rushlake Media, Alemania), la nuestra revista AWOTELE representada por Claire Diao (Francia/Burkina Faso) y Nicolai Niemann & Nkiru Niemann (GreenMe Global Festival, Alemania).

Africa Hub Talks

En los Africa Hub Talks, que se celebraron del 16 al 20 de febrero hubo títulos muy atractivos. El 16 de febrero tuvo lugar ¿Dónde está el mercado de cine africano”, con Tim Mangwedi (de Mercados para el África subsahariana de DISCOP, Sudáfrica) Dayo Ogunyemi (234 Media, Kenia / Sudáfrica), Elias Ribeiro (Urucu Media, Sudáfrica) y Barbara Weill (CanalOlympia, Francia).

El 17 de febrero “África y adquisiciones, compra a un continente”, con Michiel Berkel (Comart Films, Sudáfrica), Theresa Hill (STEPS, Sudáfrica) y Laurent Sicouri (Canal+, Francia). El 18 de febrero “Reimaginar África, cómo comprar un continente”, con Efuru Flores (florecientes Films, EE.UU.), Tendeka matatu (Ten10 Films, Reino Unido) y Leslie Vuchot (La Agencia Festival, Francia). El 19 de febrero “Sur-Sur, crear los enlaces al sur del hemisferio” con Neil Brandt (Fireworx Media, Sudáfrica) y Joao Queiroz (Querosene Filmes, Brasil). Y finalmente el 20 de febrero El cine africano existe: el World Cinema Fund Africa y otras historias” contada por Michael Henrichs (Die Gesellschaft DGS, Alemania) y Vincenzo Bugno (World Cinema Fund, Alemania).

Solo un apunte recordatorio, solo una película africana ha ganado el Oso de Oro; fue en 2005 con Carmen U-Kayelitsha, de Mark Dornford-May. Hace ahora 13 años…

Traducción: Sebastián Ruiz-Cabrera

Seminci 2017: un idilio de amor entre El Nilo y el Pisuerga

Conquistó a la crítica y el jurado en el Festival Internacional de Sundance y el pasado sábado se hacía con la Espiga de Oro, el máximo galardón, en la capital de Castilla León durante la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) que este año ha proyectado más de 300 películas. El trabajo del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh The Nile Hilton Incident no deja indiferente a nadie: corrupción, policías y movilizaciones sociales. La revolución de 2011 en Egipto proporciona el telón de fondo para el implacable thriller político de Saleh que cambia gradualmente el enfoque de las sucias calles de El Cairo a los niveles más altos del Parlamento en el curso de una investigación por un asesinato mediático. A pesar de tener un título bastante genérico, The Nile Hilton Incident representa el tipo de cine penetrante que solo un guionista y director íntimamente familiarizado con la cultura egipcia –pero que posee una perspectiva externa– podría lograr convincentemente. La sudanesa Mari Malek, en el papel de Salwa, quien interpreta a una refugiada indocumentada, se ha convertido en una de las actrices revelación de este año a nivel internacional cautivando a la cámara. Era evidente que la historia de amor entre el El Nilo y el Pisuerga no se hiciera esperar.

Ciertamente en esta edición ha habido muchas cosas que celebrar, pero otras muchas que deberían ser mejoradas y Wiriko ha estado presente para poder contar todo de primera mano. Una de las claves de este festival ha sido su capacidad de reconversión con los años. Con una participación de más de 95.000 espectadores, uno de los festivales de autor con más trayectoria, parece que empieza a remontar los peores años vividos durante la crisis. Si la Seminci comenzó en 1973 como un “festival religioso y de valores humanos”, se dio un giro de 180 grados con la transformación completa hacia un certamen de cine internacional. No solo eso, desde la llegada en 2008 del último director del festival, Javier Angulo, se ha conseguido dar la vuelta al certamen duplicando el número de espectadores en menos de una década y mejorando su imagen tanto interna como externa. Además, esta ha sido una de las ediciones más femeninas del evento ya que se equiparó por primera vez el número de películas dirigidas por mujeres al de hombres en la Sección Oficial. “Es sin duda la mejor noticia del festival. Las mujeres también existimos aunque muchas veces se nos intente invisibilizar”, comenta Sara a la salida del largometraje iraní Napadid Shodan. “Eso sí, creo que esperar hasta 2017 para alcanzar esa cifra me parece algo ridículo”, añade.

Actriz sudanesa Mari Malek.

La dirección de la Seminci ha destacado igualmente la presencia de más de 15.000 espectadores jóvenes en las salas, algo por lo que se ha luchado durante los últimos años. Para ello se ha incluido la sección infantil “Miniminci” o el Jurado Joven con el objetivo de diversificar la oferta del certamen y hacerlo más atractivo. “Desde mi punto de vista, la presencia de gente joven necesita todavía más esfuerzo porque en las salas somos pocos. Es un cine que representa la realidad, sin superhéroes y con pocos efectos especiales lo cual hace más difícil llegar al público joven. También es verdad que, cuando se conoce, la gente acaba repitiendo”, comenta Irene, estudiante de enfermería y espectadora asidua. Sin duda alguna, el festival está tomando el camino correcto en relación a la presencia de jóvenes en las salas, ya que ellos son el futuro de esta industria.

En la Seminci se presentan producciones y coproducciones de diferentes puntos del mundo. Sin embargo, no podemos pasar por alto que durante años el cine africano y, sobre todo el cine al sur del Sáhara, ha tenido una presencia residual. El cine del norte de África ha contado con más presencia e incluso Marruecos fue invitado al certamen en 2013 para realizar un repaso por su cine con la proyección de diecisiete largometrajes, tres documentales y seis cortos. No obstante, desde ese último año, hasta la pasada edición en la que Wiriko estuvo cubriendo Nakom el único largometraje subsahariano, los cines africanos han brillado por su ausencia.

Y cuando hablamos de cines africanos nos referimos a 54 países algunos de los cuales tienen unas industrias cinematográficas de mucho peso y con largas trayectorias como son los casos de Nigeria, Sudáfrica o Etiopía. No resulta coherente que esos países sigan sin estar presentes. “Hay películas que hablan sobre África negra y luego están las películas árabes, pero no he visto en esta edición ni una sola película dirigida por africanos o africanas”, comenta Javier, profesor de Historia. “En Andalucía están mucho más presentes los cines del sur, es algo que desde luego aquí se echa mucho en falta”, reflexiona.

Aunque insistimos en la necesidad de una mayor presencia de cines dirigidos por africanos y africanas, este año hemos contado con la presencia de largometrajes de temática africana: la franco-brasileña Gabriel e a montanha que nos relata la historia de un joven que decide viajar por el mundo y descubrir el continente africano; la suiza Me Mzis skivi var dedamicaze, que nos cuenta la historia de Dije, un inmigrante nigeriano que ha acabado por error en Georgia, y April que acaba una noche en la cárcel por ejercer la prostitución; la polaca Los pájaros cantan en Kigali que relata los horrores del genocidio ruandés de 1994; o el documental español Owino que ha participado en la sección DOC España y que nos traslada a la lucha de un pueblo de Kenia que lucha contra una multinacional que envenenó su poblado con vertidos ilegales de plomo.

Sin duda alguna este año ha sido el año de los cines árabes y del norte de África. Destacamos sobre todo el largometraje tunecino Aala kaf Ifrit que nos ha mostrado la desigualdad de género del Túnez posrevolucionario y que se hizo con el Premio de la Juventud o la mencionada The Nile Hilton Incident, que además de la Espiga de Oro, ha obtenido el premio al mejor director y guión.

A pesar de los éxitos de este año, lo cierto es que la Seminci debería pensar en acoger un mayor número de películas, cortometrajes o documentales africanos para poder obtener otra perspectiva. De esta manera se podrían enriquecer mucho las próximas ediciones del festival. Y es que este certamen, en su perfil más internacional, no puede permitirse dar de lado a todo un continente. Aunque aplaudimos la presencia –y la victoria– de los cines árabes no podemos pasar por alto la continua marginación que están sufriendo las industrias cinematográficas africanas. Solo nos queda esperar que en la próxima edición se empiece a valorar un poco más el trabajo de un sur que llama a las puertas de España.