Cines, cines africanos por todas partes

Ahora parece que hay más de una errata en el guion. Que algunos más se suman a los festivales de cines africanos necesarios en el Estado como el de Tarifa (FCAT) o Barcelona (FICAB). Y que no son guetos extraordinarios. Ahora son las plataformas internacionales que añaden ceros de beneficios y que se han destapado para acudir a observar el talento, promocionarlo, financiarlo o, por qué no decirlo, copiar guiones e ideas africanas. Sea como sea, se trata de un gran escaparate. y eso siempre es positivo.

El cine de autor africano se está notando internacionalmente como muestran el reconocimiento y la crítica de títulos tales como La Nuit des Rois (2020), The Man Who Sold His Skin (2020), Downstream to Kinshasa (2020), Softie (2020), You will Die at Twenty (2019) Atlantique (2018), Rafiki (2018), Félicité (2017) o I Am Not a Witch (2017). Una nueva era de las cinematografías del continente que se enfrenta a retos como el de la ausencia de salas de cine, el aumento del consumo digital y la penetración de grandes multinacionales que están configurando un nuevo escenario en el que los y las realizadoras están atrayendo el interés de Hollywood con el consiguiente riesgo de la fuga de cerebros creativos.

Y, ahora, en Barcelona, gracias al Festival Grec, se podrán disfrutar algunos títulos imprescindibles de los últimos años.

Un nuevo modelo: consumo desde el sofá de casa

La industria cinematográfica y audiovisual tiene un inmenso potencial económico para los Estados africanos y actúa como una fuerza poderosa para promover la diversidad cultural del continente. Pero mientras que países como Nigeria, Sudáfrica, Kenia y Egipto han logrado sentar las bases para una industria medianamente estructurada con una mirada en la distribución internacional, la mayoría de los países africanos todavía luchan por desarrollar este sector estratégico.

Los equipos de filmación digitales son cada vez más livianos y asequibles y han proporcionado a los y las cineastas africanas los medios de producción adecuados rompiendo el triángulo controlado por las antiguas metrópolis: el de la producción, exhibición y distribución. Además, han surgido soluciones de aprendizaje online que han democratizado el acceso a la formación que hasta el momento era solo apta para unos cuantos afortunados que recibían programas becados en el extranjero. Así que de repente es posible monetizar los trabajos en YouTube, Facebook, Instagram, TikTok o vendiendo los derechos a algunas de las plataformas de consumo de películas internacionales.

Y aquí algunas cifras para entender el contexto actual: El 80% de los africanos tienen una suscripción de algún tipo con su móvil desde el que consumen contenido y el 5% del PIB de África ya proviene de la economía digital. Según el reciente informe publicado por la UNESCO, cuatro multinacionales lideran el sector del vídeo bajo demanda: Netflix, Showmax, Iroko TV y Amazon.

Netflix. La multinacional norteamericana opera en todo el continente y ya cuenta desde su irrupción en enero de 2016 con unos 2 millones de suscriptores. Entre sus producciones destacadas cuenta con Queen Sono, Blood & Water, Oloture o Citation.

Showmax. Pertenece al todopoderoso conglomerado sudafricano Naspers a través de su multimillonaria división de contenido Multichoice. Sobre todo se concentra en el África anglófona y tiene unos 680.000 abonados. Entre sus producciones más exitosas se encuentran Tali’s Baby Diary, Blood Psalms, Big Brother Naija o Crime & Justice.

Iroko TV. Se encuentra en el puesto número tres con un modelo que se ha convenido en denominar el Netflix africano. Con sus múltiples distancias, esta empresa nigeriana tiene unos 331.000 suscriptores que se concentran en el África anglófona y francófona a través de Iroko+. En su cajón de triunfos podemos destacar Jenifa’s Diary o Husbands of Lagos.

Amazon. Por último, la cuarta plataforma de vídeo bajo demanda que ha entrado en el mercado africano con fuerza es otro de los grandes nombres norteamericanos; se trata de Amazon que, aunque actualmente tiene un número reducido de suscriptores en comparación con sus competidores, todo apunta a que las coproducciones e inversiones en guiones y realizadores prometedores no tardarán en llegar siguiendo la estela de Netflix.

¿Pero el lector se preguntará que dónde han quedado las salas de cine? En el continente africano, las estadísticas apuntan a que hay 1.594 pantallas de cine comerciales, lo que equivaldría a 1 sala por cada 815.558 personas, según la última encuesta realizada por la Unesco.

 

Comprender la era «africana» de Netflix

En 1984, El show de Bill Cosby ponía de manifiesto que las payasadas familiares del clan Huxtable –el nombre que recibía la familia de Cosby en su serie– eran un diamante en bruto. Durante al menos cinco temporadas fue un éxito nacional a pesar de la grieta racial y la invisibilización de la afrodescendencia en la pequeña y gran pantalla estadounidenses.

Cosby abrió la veda en las principales cadenas –NBC, ABC o Fox–para el bum de las comedias y los programas de sketches de los años 90, que después irrumpieron con fuerza y éxito en Europa –fue el caso de España– o Latinoamérica: El príncipe de Bel-Air, Cosas de Casa Arnold. La importancia radicaba en que los creadores y escritores de estos programas de entretenimiento estaban en posición de contar sus experiencias e historias sobre la propia comunidad negra en horario de máxima audiencia. Lo habían conseguido.

Sin embargo, al cine le quedaba todavía mucho camino por recorrer hasta la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009. Durante sus ocho años en el poder, el número de películas con temática afrodescendiente creció exponencialmente. Una doble legislatura que coincidió con el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto para la actriz de origen keniano Lupita Nyong’o por su interpretación de Patsey en 12 años de esclavitud. Pero por cada buena noticia hay un colapso a la vuelta de la esquina.

No ha sido hasta la irrupción de las plataformas de consumo de películas a través de Internet cuando se ha vuelto a reactivar esta lógica de éxito y búsqueda de nuevas audiencias sin más barreras que la propia brecha digital.

 

África y sus circunstancias

En el caso africano, el cambio de paradigma con la televisión y el cine llegaría en la década de los 90 con la irrupción del vídeo y más tarde del cine digital. Ya no hacía falta depender de laboratorios y estudios profesionales vinculados a Londres o París para tratar los rollos de celuloide. Con las cámaras domésticas, el contenido audiovisual en África cambió radicalmente: las telenovelas venezolanas y mexicanas, así como las películas de artes marciales asiáticas o los wéstern estadounidenses pasaron a un segundo plano. Una nueva revolución estaba en marcha, pero de consumo africano. Hoy, con la era de Netflix, el cuento es otro bajo la lógica de «desde África al mundo».

La confianza que la plataforma ha depositado en Ghettuba, con una larga experiencia en el sector audiovisual keniano, y ahora responsable de títulos originales internacionales de Netflix en África, está dando sus frutos. Ella llegaba en plena expansión de la multinacional en 2016 y generaba una pregunta evidente: ¿qué significa esto para el contenido africano en Netflix? La respuesta llegaría en 2018. Se estrenaba –Lionheart, con la estrella de -Nollywood -Genevieve Nnaji debutando en la dirección y protagonizando la primera ficción africana original de la plataforma digital.

A comienzos de 2020 se abría la puerta a Atlantics, de la -francosenegalesa Mati Diop, quien obtuvo el Gran Premio de Cannes en 2019 por esta mirada a la migración desde Senegal. Atlantics está disponible online gracias a la compra de los derechos de reproducción.

El mercado en el que han puesto el foco parece ser el anglófono, con decenas de títulos nigerianos, sudafricanos y alguna propuesta divertida desde Ghana como Potato -Potahto. Pero esto no ha hecho más que comenzar. A finales de julio pasado se estrenaba la película mozambiqueña Rescue, de Mickey Fonseca, la primera producción de un país africano que se muestra en Netflix con el portugués como idioma oficial, y una de las pocas películas independientes producidas en el país.

Hace un año, coincidiendo con las semanas más críticas de la pandemia en Europa y con la celebración del día de África, Netflix abría la colección «Hecho en África», con más de 100 títulos, incluidas películas y programas más antiguos, así como productos originales como la mencionada Queen Sono o ¿Cuánto pesa la sangre?, la última serie producida y que se estrenaba al mismo tiempo en 190 países. Esta ficción para adolescentes se sitúa en el entorno de un instituto para estudiantes de élite y narra las aventuras de Puleng Khumalo, una chica de 16 años que investiga la desaparición de su hermana al nacer, 17 años atrás.

Entre las últimas novedades en Netflix, lista para romper prejuicios de cara a las audiencias internacionales destaca Cook off, una cita que llega desde Zimbabue, con un escaso presupuesto y que fue filmada en los últimos meses del reinado de Robert Mugabe. Una comedia romántica que se desarrolla en un concurso televisivo sobre cocina.

Si quieres indagar más sobre las fábricas de películas africanas no te puedes perder estas cinco recomendaciones:

  • Nollywood, la todopoderosa industria de Nigeria.
  • Riverwood, la estela keniana.
  • Ugawood, el esquema ugandés y su réplica en los barrios informales de la capital, el Wakaliwood.
  • Eollywood, un modelo incipiente en Etiopía.
  • Jozywood, talento de bajo coste en Sudáfrica.

 

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Co-fundador de Wiriko. Doctor en comunicación en África al sur del Sahara (US), Máster en Culturas y Desarrollo en África (URV), Máster en Relaciones Internacionales (UCM) y Licenciado en Periodismo (US). Es analista político y profesor universitario de Relaciones Internacionales, periodismo internacional y cines africanos. Ha realizado documentales en España, Cuba, Senegal, Kenia, Sudán del Sur, Mozambique o RDC. Responsable del área de Formación y de Comunicación y coordinador de la sección de Cine y Audiovisuales del Magacín. Contacto: sebas@wiriko.org

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