Los nueve largometrajes africanos de Cannes 2019

Se acerca la segunda quincena de mayo y con ella la 72ª edición del Festival de Cannes. Desde el día 14 hasta el 25 de este mes, profesionales del mundo cinematográfico se reunirán en Francia para celebrar el trabajo, talento y dedicación empleados en las producciones más recientes. Este año contamos con la representación de uno de los directores españoles con más peso en la industria, Pedro Almodóvar. Sin embargo, desde Wiriko queremos hacer un repaso de las obras africanas que figuran en la lista oficial de selección, desvelada por la academia el pasado 18 de abril. Y en especial, queremos destacar tres propuestas presentes en  la categoría de largometrajes candidatas a la Palma de Oro: Mati Diop (1982), Ladj Ly (1980) y Abdellatif Kechiche (1960).

Cines africanos en Cannes 2019.

La francosenegalesa Mati Diop es heredera de la tradición cinematográfica de su tío, el reconocido director senegalés Djibril Mambéty. Gracias a su documental Mille Soleils (2013) fue ganadora de varios premios, siendo actualmente la primera directora de cine negra en la historia del festival que opta a ganar la Palma de Oro. La obra que la ha llevado a la alfombra roja francesa es Atlantiques (2019), una adaptación del documental homónimo, que realizó en 2009. Haciendo un poco de memoria, podemos recordar que en España ese fue uno de los años en los que las noticias de la inmigración africana invadieron los medios de comunicación (léase La inmigración irregular en España). Así es que Atlantiques explora y reflexiona sobre la migración senegalesa que se dirige a Europa en busca de un futuro mejor a la vez que incorpora el romance de la mano de Souleimane (Ibrahima Mbaye) y Ada (Mame Binta Sane).

El francés Ladj Ly (de ascendencia maliense), involucrado en el colectivo kourtrajmé, es un ejemplo de director con compromiso tanto social como político, el cual se manifiesta en sus trabajos. Su obra, además, es una adaptación del cortometraje homónimo de 2017. Situada en 1993, Les Misérables (2019) retrata la historia de Stéphane (Damien Bonnard), quien se une a la brigada anticriminal de Montfermeil. La pieza cinematográfica, a la vez que hace referencia a la novela de Victor Hugo, denuncia la violencia ejercida por las fuerzas del orden en un barrio parisino a través de un estilo que entremezcla la ficción y el documental.

Conocido por haber ganado la Palma de Oro hace seis años con su obra Blue is the Warmest Colour (2013), el director francés de origen tunecino Abdellatif Kechiche consigue hacerse con un hueco en la lista oficial de la 72ª edición de Cannes. Basada en la novela La Blessure, la vraie (2011) de François au Bégaudeau, Kechiche presenta Mektoub My Love: Intermezzo (2019), la secuela de Mektoub My Love: Canto Uno (2017). Este drama sigue la historia de Amin (Shaïn Boumedine), un joven fotógrafo que empieza a disfrutar de la compañía y las conversaciones con Charlotte (Alexia Chardard), la exnovia de su primo. Ophélie (Ophélie Bau), su amiga de la infancia quien no sabe nada al respecto, comparte con él sus preocupaciones: no sabe si cumplir con los planes de vida impuestos por su padre o si seguir su propio camino haciendo caso a su instinto.

Adam (2019) es el primer largometraje de la marroquí Maryam Touzani (1980). En una entrevista con el Huffington Post, la actriz y directora nos habla sobre su último trabajo. La trama, situada en la medina de Casablanca, gira en torno al encuentro de dos mujeres que tras conocerse cambiarán sus vidas. Samia (Nissrine Erradi), una madre soltera que quiere dar en adopción al bebé que espera, es acogida por Abla (Lubna Azabal), viuda y madre de una niña de ocho años. Touzani declara que lo importante de la película es el viaje interior en el que se embarcan ambas mujeres. Escogiendo un nombre tan representativo como el de Adán, Maryam Touzani quiere enfatizar que quien es capaz de dar vida es una mujer, por lo que la autora nos invita a reflexionar sobre el papel del hombre y la mujer en la sociedad.

Mounia Meddour (1978) también estrenará su primer largometraje en Cannes. Papicha (2019) narra la historia de una joven argelina que quiere estudiar diseño. Nedjma (Lyna Khoudri) vive la guerra civil de 1997, pero se niega a dejar de llevar una vida normal y adoptar las medidas conservadoras impuestas por los radicales. Las mujeres son las principales afectadas y oprimidas por el sistema que se está intentando establecer, así es que Nedjma, luchando por su libertad, decide reunir a las chicas de su campus universitario para organizar un desfile de moda que desafíe todo lo prohibido.

Argelia, 1994. En plena guerra civil, los oficiales de policía y amigos desde la infancia Samir (Slimane Benouari) y Lofti (Lyes Salem), cruzan el desierto hacia el sur para capturar a Abou Leila, un terrorista. Aunque la violencia de los atentados no haya llegado hasta esa zona, la salud mental de Samir es crítica, por lo que está convencido de que allí encontrarán a Abou. Pero la preocupación principal de Lofti es otra: alejar a su amigo de la capital. En Abou Leila (2019), primer largometraje del argelino Amin Sidi Boumediene (1982), el desierto es otro actor fundamental, el cual desencadenará la propia violencia de los dos hombres.

Alaa Eddine Aljem (1988), de origen marroquí, ha realizado muchos documentales y cortometrajes de ficción. Sin embargo, este año estrena en Cannes su filme Le Miracle du Saint Inconnu (2019). Transportandonos a Marrakech, Aljem escribe y dirige la historia de Amine (Younès Bouab), un ladrón que es perseguido por la policía a través del desierto. En su apuro, Amine entierra el botín en una especie de tumba que cava rápidamente antes de ser detenido. Al cumplir con la condena de diez años, regresa a la colina donde había ocultado el dinero para recuperarlo. Pero lo que no sabe es que el lugar que esconde su pillaje es ahora un lugar sagrado visitado por peregrinos para adorar al Santo Desconocido. En vísperas del entierro de este santo, el ladrón decide esperar al acontecimiento para poder hacerse de nuevo con su botín.

De nacionalidad francesa y ascendencia argelina y tunecina, Hafsia Herzi (1987) empezó en el mundo del cine con su papel de Rym en La graine et le mulet (2007), dirigida por el ya mencionado Abdellatif Kechiche. Por el contrario, hoy hablamos de ella no sólo como actriz protagonista de Tu Mérites un Amour (2019), sino como la directora de esa misma obra. El largometraje relata la ruptura entre Lila (Hafsia Herzi) y Rémi (Djanis Bouzyani), después de las infidelidades de este último. Lila, quien siente un gran amor por Rémi, no es capaz de enfrentarse a la separación. En esta desestabilidad emocional, Rémi anuncia que emprenderá un viaje en solitario a Latinoamérica con el propósito de encontrarse a sí mismo y meditar sus errores; pero gracias a esa aventura le desvela a Lila que su historia de amor no ha terminado. Entre las discusiones, la pasión del amor y buscando el consuelo y apoyo de sus amigas, Lila se pierde a sí misma.

El último director africano que figura en la lista oficial de selección es el tunecino Ala Eddine Slim (1982), quien recibió un premio por su proyecto de fin de carrera en el Festival Internacional del Cine Amateur de Kélibia en 2004. Tlamess (2019) da voz a la historia del soldado S. (Abdullah Miniawy), quien estando en el desierto tunecino recibe la noticia de la muerte de su madre. La semana de permiso que le corresponde a S. por la trágica pérdida le lleva a tomar una decisión drástica: no volver al desierto. Perseguido por la policía al haber abandonado el cuerpo militar, S busca refugio en el bosque. El camino del exsoldado y el de F. (Souhir Ben Amara), una mujer embarazada y casada con un hombre rico, se cruzarán en el escenario de una casa residencial situada en medio del bosque. A partir de entonces empezarán a suceder eventos misteriosos que involucran a ambos personajes. Y es que como expresó el director a Nawaat en el seguimiento que hizo del rodaje por un día, la naturaleza es un espacio importante para Slim, prefiriendo lugares “salvajes y abandonados”.

Como vemos, los nueve largometrajes africanos del Festival de Cannes presentan una variedad de temáticas, personajes así como de reflexiones. Sin embargo, cabe decir que todos ellos son producciones de África del Norte, por lo que sigue habiendo un vacío importante en cuanto nos referimos a la representación de los cines de África subsahariana. Igualmente, queremos hacer especial hincapié en el papel de las mujeres africanas en la industria cinematográfica, pues en este caso cuatro de las películas aquí nombradas están dirigidas por mujeres. Además, no se trata tan sólo de cuestiones de producción, ya que encontramos personajes femeninos que quieren dar voz a las experiencias de las mujeres, evitando caer en cánones que las desplazan a roles secundarios o simplistas.

Con todo, cada vez es más difícil hablar de cine africano como tal. Por ello, es imprescindible referirnos a la industria del continente en plural, reforzando de este modo la diversidad que caracteriza a África.

“El niño que domó el viento”: ingenio contra la crisis alimentaria

“El niño que domó el viento” se estrenó en Netflix el pasado 1 de marzo

“Lo intenté y lo hice”. Este enunciado resume la cabezonería del malauí William Kamkwamba cuya historia se ha convertido en una de las últimas producciones de Netflix.

La frase se recoge en una charla organizada por TED en Arusha en junio de 2007. Por entonces las noticias sobre este joven ya habían saltado de los medios locales a los internacionales. 

Posteriormente se publicó un libro y se realizó un documental. Ahora El niño que domó el viento llega a la plataforma de películas y series de la mano del director y actor Chiwetel Ejiofor, conocido por su papel en 12 años de esclavitud.

El niño que domó el viento está basada en una historia real. Es una de esas películas inspiradoras, pero que no deja de lado la situación política y social del Malawi rural de principios de siglo. La crisis alimentaria es el marco para una cinta que aborda temas como la corrupción gubernamental y el cambio climático, claves para entender el contexto en el que se encontraba el país.

El joven, interpretado por el actor keniano Maxwell Simba, nunca se dio por vencido e impuso su imaginación frente a los problemas diarios de su familia y vecinos. Y en el Malawi de 2001, el problema era el hambre.

“La historia de William es una historia universal y creo que es parte del compromiso y la creatividad de los jóvenes y su espíritu profundo”, dice Ejiofor, que además interpreta al padre de William, Trywell, en la cinta.

Con tan sólo catorce años, Kamkwamba ideó un molino de viento de cinco metros de altura. Una idea que fraguó en el colegio local Kachokolo; ese mismo del que fue expulsado cuando su familia no pudo pagar los 80 dólares anuales de la matrícula. Con su determinación, y gracias a la complicidad de su profesor de ciencias y a la librera, el joven continúo yendo a la biblioteca del centro educativo. Allí encontró un libro titulado Using energy (Utilizar la energía), el germen que cambió el devenir de su familia y sus vecinos.

La cinta, ópera prima de Ejiofor, se centra en la perseverancia de Kamkwamba para convencer a su padre sobre su descubrimiento. Pero ¿cómo se persuade a alguien sobre energía eólica cuando sólo se entiende de aperos de labranza? ¿Cómo se acepta una idea cuando alrededor sólo hay hambre y muerte?

“No tengas miedo de fallar. Nunca vas a saber lo que vas a perder si no lo intentas”, dice el propio Kamkwamba en un video promocional de la película.

La perspicacia del joven hizo que el viento trajera agua a Wimbe, su población natal, en la región central de Malawi. Con materiales reciclados, el cuadro de la bicicleta de su padre y unos tubos de plásticos, el molino generó la suficiente energía para bombear agua del pozo local.

En una tierra azotada por las inundaciones y por las sequías, tener la oportunidad de realizar dos cosechas anuales era algo impensable. Pero cuando no hay nada que perder, hasta lo más alocado cobra sentido.

La película, que cuenta con una gran presencia de la lengua local (chichewa), es además de una historia de superación, un toque de atención a los responsables políticos. “La democracia es como una yuca importada, se pudre antes”, dice el padre de William.

El gobierno intentó ocultar la crisis alimentaria que azotó el país y que condujo la rutina hacia un laberinto sin salida. Con las grandes compañías madereras asolando los bosques, la tierra se quedaba sin barreras naturales para evitar las inundaciones en la temporada de lluvias. Con los campos empantanados y la cosecha perdida, los ciudadanos dejaron de tener un sustento vital y económico, el mercado local se vació y el comercio desapareció. Llegó el pillaje. Las matrículas escolares se dejaron de pagar, los estudiantes abandonaron las aulas para ayudar a sus padres a labrar una tierra yerma y los profesores dejaron de serlo. Ante el círculo vicioso se impuso el ingenio. No había nada que perder. “No estoy soñando, papá”, dice William para ganarse finalmente la confianza de su padre.

William Kamkwamba es un héroe en Malawi. El día en el que el molino de viento giró, su vida y la de su pueblo voló libre. Desde entonces intenta inspirar a otros jóvenes a no conformarse y a través de su organización, Moving Windmills Projects, favorece el desarrollo de las zonas rurales del país.

 

Wallay o cuando el cine africano nos explica quiénes somos

“Es necesario reconocer que Europa está cambiando (…) el mundo, como nuestro continente, será cada vez más plural y multicultural. Y, por lo tanto, es necesario trabajar por una sociedad inclusiva, justa y respetuosa, en la que no haya lugar para el odio y la violencia racial”, pronunciaba hace escasas semanas Cécile Kyenge, eurodiputada italiana nacida en el Congo. Son declaraciones muy necesarias en tiempos de retóricas alarmistas sobre la migración africana en las costas europeas o cuando la xenofobia parece envenenar Europa. Pero, ¿qué es Europa? ¿quiénes somos los europeos? ¿Y si el cine africano pudiera darnos algunas claves? 

Fotograma de Wallay.

La identidad es un asunto peliagudo que se suele medir según una restringida gama de calificativos basados en la raza, la etnia, la cultura, la nacionalidad… Y que en su pretensión de esencia inmutable o absoluta, no es más que una ilusión perecedera. Además, tras una frontera construida con ladrillos esencialistas y masilla discriminatoria, puede esconder el miedo a lo desconocido y lo diferente como una emoción peligrosamente manipuladora.

La película Wallay (Burkina Faso, 2017) toma el título prestado de la expresión Wallay, un mote que proviene del árabe y que está muy de moda en diferentes países del África subsahariana, donde se emplea para significar “es verdad” o “te lo juro”. El próximo 15 de marzo tendremos la oportunidad de verla de forma totalmente gratuita en los CineCiutat de Palma, dentro del marco de la primera edición del Festival d’Altres Cinemes, una nueva celebración de los cines del Sur, cuya primera edición se va a centrar en los cines de África como constructores de nuevas narrativas y como herramientas para la transformación social.

Una película que nos obliga a revisarnos

Es frecuente que se trate a los europeos no-blancos bajo una máscara de identidad incomprendida y mal representada: extranjeros en Europa —considerados africanos por los europeos blancos debido a su color de piel— y extranjeros en África —considerados europeos por su educación y su cultura occidental—. Como sucede con muchos europeos de padres africanos, Wallay refleja la sacudida interior que un adolescente conflictivo sufre al llegar a Burkina, donde deberá encajar una nueva forma de construir su propia personalidad con una familia que tiene la tarea de convertirle en un hombre.

Este adolescente de raíces francesas y burkinesas llamado Ady, interpretado por Makan Nathan Diarra, vive en Vaulx-en-Velin, un suburbio francés dominado por la delincuencia y con un perfil social de clase trabajadora y de bajos ingresos. Como Ady es un chaval rebelde, su padre, que le había criado solo hasta el momento, se ve sobrepasado y perdido en su educación. Pensando que le irá bien reencontrarse con sus raíces, decide mandarlo a su lugar de origen, Burkina Faso, para pasar el verano. Sin embargo, Ady es francés y conoce Burkina solo por la experiencia transmitida por su padre. Así que al llegar, se debe enfrentar a una extraña sensación de ser y de no ser a la vez. Pero la película no cae en clichés, y no muestra la dualidad Europa-África como un simple binomio contrapuesto.

Y es que tal como dice escritora Léonora Miano: “no se es negro o francés, se puede ser negro y francés”.

Wallay (Francia, Burkina Faso – 2017) del director, productor, distribuidor y crítico de cine Berni Goldblat (Estocolmo, 1970), refleja a la vez el reconocimiento de una identidad múltiple del propio realizador, de padre polaco, madre suiza y afincado en Burkina desde hace más de un cuarto de siglo, y nos sumerge en las contradicciones de la sociedad europea contemporánea, una ciudadanía global y heterogénea que merece una revisión profunda de sus propios fundamentos. Miembro del jurado durante diez años de los Africa Movie Academy Awards, Goldblat trabajó en Wallay durante siete años y la presentó en la Berlinale del mismo año. Tras recorrer el Festival de Cannes y dar la vuelta al mundo, aterriza en Palma para recordarnos la importancia de ver cine africano.

“¿Por qué África nos importa tanto? ¿Por qué vamos a ver películas africanas? Justamente porque en un mundo que se encierra sobre sí mismo y refuerza las fronteras, las expresiones culturales abren las puertas a una humanidad unida en su diversidad”. (Olivier Barlet, crítica de Wallay para Africultures)

Junto a Wallay, el Festival d’Altres Cinemes proyectará el corto Dem Dem! (Senegal, 2017) y debatirá sobre cómo los medios de comunicación pueden contribuir a un cambio de narrativas sobre África con las voces de Ángeles Lucas (Planeta Futuro y África no es un país) y Beatriz Mesa (COPE Internacional).

Consulta toda la información de proyecciones, mesas redondas, perfiles de las conferenciantes, concierto, horarios… y cómo conseguir tus entradas de forma totalmente gratuita, aquí: www.festivalaltrescinemes.com

La migración senegalesa se proyecta en las Baleares

Los ciudadanos senegaleses constituyen el tercer colectivo de inmigrantes originarios de África en España, tras los marroquíes y los argelinos. Baleares, junto con Cataluña o Madrid, es una de las comunidades que concentra a un mayor número de migrantes senegaleses, según el informe Senegaleses en España de la antropóloga y filósofa de la Universidad Autónoma de Madrid Mercedes Jabardo. Por eso, no es de extrañar que el nuevo Festival d’Altres Cinemes haya escogido el corto senegalés Dem Dem! como una de las obras a proyectar en su primera edición, que se centrará este 2019 en los cines africanos.

El corto, que se proyectará el próximo viernes 15 de marzo a las 18:30 en el mítico CineCiutat de Palma, es una de las cintas más aclamadas del cine contemporáneo emergido de África desde su estreno, en 2017. Dirigida por Pope Bouname Lopy, Marc Recchia y Christophe Rolin, de Senegal, Bélgica y Luxemburgo, es una ficción repleta de fantasía de 25 minutos que cuenta con la interpretación de actores como con Dial Thiam, Léa Kane o Cheikh Omar Diaw.

La historia es tal que así: un joven pescador de Senegal llamado Matar encuentra un pasaporte belga en una playa de Dakar y decide utilizarlo para emprender un viaje hacia Europa. En su camino, se encuentra con N’Zibou, un científico loco que mide las nubes y que le obligará a replantearse la cuestión de la identidad.

Se trata de una pieza que evoca el famoso ‘Barça o Barzakh‘, una forma de expresar en wolof “Barcelona o la muerte”, que muestra la desesperanza de una juventud harta de promesas frustradas que ve en el viaje a Barcelona (Cataluña ha sido tradicionalmente la comunidad autónoma con mayor migración senegalesa) su única salida a la pobreza.

Después de que hace a penas una semanas, Macky Sall haya sido reelegido presidente de Senegal con un 58,2% de los votos según resultados provisionales facilitados por la Comisión Nacional de Recuento de Votos, la proyección de Dem Dem! en el marco del FAC se presenta como una oportunidad única para revisar el tema de las migraciones, la identidad híbrida de los migrantes en las Baleares o incluso los aspectos relativos al género entre los y las migrantes senegalesas en las Islas.

El FAC de Palma inaugura con el estreno de una comedia sobre la guerra en Sudán

Presentada en el último Festival de Cine de Venecia y en el prestigioso Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), aKasha, la última película del joven director sudanés Hajooj Kuka se estrenará en España el próximo 14 de marzo en el marco del nuevo Festival d’Altres Cinemes de Palma.

Hajooj Kuka en Mogadishu. Fotografía de Ahmad Mahmoud. Fuente: Humanitarian Bazaar.

Hajooj Kuka, al que ya conocíamos por Beats of Antonov —sobre la guerra, la música y la resistencia de la gente de las montañas del Nilo Azul y Nuba—, o el Esqueleto de Darfur, que cuenta las historias de personas sudanesas desplazadas por el conflicto, es un joven director con un gran compromiso social. Miembro del Club de Refugiados, una agrupación que reúne a artistas que han vivido en situaciones de conflicto bélico o con el estatus de refugiado político, utiliza su arte para dar a conocer de una forma creativa la difícil situación de las personas desplazadas en Sudán.

Con aKasha, que se proyectará por primera vez en España gracias al proyecto Festival d’Altres Cinemes (FAC) de Mallorca, impulsado por la Consellería de Serveis Socials i Cooperació del Govern de les illes Balears, se quiere conseguir mostrar una realidad poco visibilizada sobre el conflicto de Sudán: el amor y el humor, que subyacen como características humanas hasta en las condiciones menos favorables.

aKasha es una comedia poco convencional que sigue un triángulo amoroso entre Adnan —interpretado por Kamal Ramadan—, un rebelde, su novia Lina —interpretada por Ekram Marcus— y una AK47 a la que llama Nancy. Una historia de amor en tiempos de guerra, que se desarrolla en las montañas de Nuba, una región preciosa en el sur del país.

Se trata de una comedia, a pesar de estar ambientada en una zona de conflicto, que quiere romper con los clichés de la devastación y aportar una mirada centrada en lo humano, en lo que subyace bajo cualquier circunstancia. “La revolución debe ser divertida”, explica Hajooj Kuka, su director. “La lucha debe ser creativa, debe ser esperanzadora”.

‘aKasha’ se proyectará en el día de la inauguración del FAC, en CineCiutat de Palma a las 19:15. Además de este estreno nacional, habrá una mesa redonda sobre CONSTRUCCIÓN DE NARRATIVAS SOBRE ÁFRICA. EL PODER DEL CAMBIO EN LOS MEDIOS, que contará con dos periodistas de bandera: Angeles Lucas, periodista y antropóloga del blog “África no és un país”, de El País y Beatriz Mesa, Periodista y experta en temas africanos y Magreb, de la COPE internacional. 

aKasha trailer from Big World Cinema on Vimeo.

De cómo el cine occidental desvirtuó la imagen de Somalia

Cines africanos online OAFF (I). Documental e identidades

Comenzamos una serie de crónicas que invitarán al lector a pasearse por las diferentes secciones del nuevo Online African Film Festival (OAFF) dedicado a los cines africanos y que plantea mostrar otras narrativas sobre el continente africano. Una oportunidad que permanecerá en abierto hasta el 15 de diciembre con un simple click.

Por Judit del Río

El OAFF es el primer festival de cines africanos online.

No es el único festival de cine online, pero sí es el primero de este formato que se centra exclusivamente en las producciones africanas y de la diáspora. El anuncio del Online African Film Festival (OAFF) ha sido una sorpresa para los que pensamos que la oferta de películas venidas del continente vecino es siempre escasa. Ahora, del 15 de noviembre al 15 de diciembre, tenemos la posibilidad de acceder a una treintena de títulos de eso que parece más un animal mitológico que una realidad en este país: los cines africanos. Cines, en plural. Porque si en algo se empeñan las distintas iniciativas que se dedican a darlos a conocer –el veterano Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) y el joven Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB) son quizá los ejemplos más prominentes a nivel nacional– es en la multiplicidad de miradas que nos llegan desde África. El OAFF no es una excepción. Su objetivo es el siguiente: luchar contra los estereotipos que describen a África como un continente de pobreza, conflictos bélicos y enfermedades. A fin de cuentas, deconstruir la idea que se tiene de sus países, sus culturas y sus ciudadanos para llevar al resto del mundo una visión panorámica de las realidades cotidianas africanas, tanto en formato ficción como documental. Y lo ha conseguido.

Ya bien entrada la segunda semana de recorrido pueden verse seis de los ocho documentales que hay programados en total. Todos ellos han rodado por otros festivales del mundo; todos presentan una visión única sobre la complejidad de las identidades personales o nacionales. En El africano que quería volar (Samantha Biffot, 2015) un documental biográfico sobre la vida de la estrella del kung fu gabonesa Luc Bendza del que ya hablamos en Wiriko con motivo de su proyección durante el FICAB, vemos cómo la determinación que lo lleva a convertirse en uno de los maestros más respetados de su disciplina en China no atenúa el rechazo que sufre debido a su nacionalidad. Las chicas de Ouaga Girls (Theresa Traoré Dahlberg, 2017) muestran, a través de su intimidad, sus aspiraciones y sus deseos, la realidad política y social de una Burkina Faso recién salida de una dictadura. Buceando en las perspectivas de los protagonistas aprendemos acerca de la riqueza de las mismas, entendiendo cómo la clase, la raza, y el género se entrelazan para conformar relatos personales únicos. Identidades que, a veces, se construyen a pesar del peligro: Kumut Imesh protagoniza y dirige junto a David Fedele Revenir (Volver, 2018), en el que, armado con una cámara, recorre de nuevo el trayecto que le llevó a Francia, tras exiliarse de su Costa de Marfil natal por motivos políticos.

En Agua Sagrada (2016) Olivier Jourdain evita deliberadamente cualquier mención al drama del holocausto ruandés para explorar una faceta de la sexualidad tradicional que se ha convertido en un hito cultural del país: kunyaza, la eyaculación femenina. Lo hace acompañando a Vestine Dusabe, una mujer que lleva la voz cantante en las ondas radiofónicas de Kigali por las calles, colegios y comunidades donde actúa como educadora sexual. La apertura con que se debate sobre el sexo y la satisfacción de las mujeres en Ruanda es un golpe a los prejuicios occidentales de los que insisten en afirmar lo reaccionario de las sociedades africanas ¿Es Agua Sagrada, entonces, un documental feminista? Sin duda, contiene nociones profundamente feministas, como la crítica que hace Vestine a la ablación del clítoris en otros países africanos, o la apertura a la hora de hablar de la sexualidad femenina sin tabúes desde una edad temprana. Una reivindicación del orgasmo femenino, sí, pero una aún atrapada en un marco en el que la satisfacción de las mujeres es motivo de honor para el hombre y medida de su pericia, y la heterosexualidad es la única posibilidad que parece existir. Las metáforas visuales y narrativas no dejan lugar a dudas: el agua sagrada es un lago que solo los hombres más viriles pueden navegar. Kunyaza se convierte, en parte, en una obligación; es una herramienta para mantener la estabilidad matrimonial y evitar la infidelidad. Son los hombres quienes importan a la hora de disfrutar del placer femenino; y el mensaje del documental hace malabares con la liberación sexual y el trabajo emocional.

Los problemas identitarios, aun siendo una parte fundamental de la historias, se mantienen muchas veces en un segundo plano. La transexualidad de Tchinda Andrade no se trata de manera explícita en la película homónima, Tchindas (Pablo García Pérez de Lara, Marc Serena, 2017). En vez de eso, la importancia del activismo LGTB+ se diluye en los exigentes preparativos del carnaval de Mindelo, en São Vicente (Cabo Verde), del que Tchinda es organizadora y promotora y en el que el pueblo entero se vuelca. El hilo conductor de la historia es la disciplina del atleta, el taller mecánico, el carnaval, la sexualidad; y por debajo se dejan entrever las formas peculiares y personalísimas en que cada individuo interacciona con el mundo. La visibilización es el primer paso hacia la normalización, la aceptación y la lucha por los derechos de distintos colectivos en situaciones de opresión, sean estos mujeres, LGTB+, o migrantes.

En este sentido, retratar cinematográficamente la normalidad –del liderazgo de las mujeres trans en el evento cultural más importante de São Vicente, de la elección del sector automovilístico como profesión para las protagonistas de Ouaga Girls, o de las conversaciones en torno a la sexualidad femenina– es una herramienta para dar visibilidad a estas realidades desconocidas y mostrar una visión más completa y más real de las vidas africanas. Una reivindicación dentro de un cine que, debido a sus condiciones de producción y exhibición, es forzosamente reivindicativo: porque hacer que se oiga una voz que ha permanecido silenciada es un acto político en toda regla, y también lo es luchar por amplificarla. Las palabras de Elvis Tolentino en Tchindas lo dicen todo: «así es África, llena de misterios».


Puedes encontrar más información en estos otros artículos:

Cómo ver cines africanos y no morir en el intento (I): Festivales

Cómo ver cines africanos y no morir en el intento (II): Plataformas online

Y también visitar nuestro Canal Wiriko en Filmin.

 

A puños con la realidad gabonesa

Christ Mickala es el protagonista de Boxing Libreville, la ópera prima de Amédée Pacôme Nkoulou

Christ Mickala está empapado en sudor. Derecha, izquierda, derecha. Otra vez. Uno, dos, tres. Una vez más. Finta y golpe abajo. El joven gabonés entrena sin descanso. El boxeo es su refugio a pesar de que no le da dinero. Es el entusiasmo. “No hay que pegar duro, sólo hay que tener constancia”, le dice su entrenador.

Pero la constancia no da de comer. Christ se dedica a descansar, a ir a entrenar y a guardar la puerta de la discoteca en la que trabaja. Va al mercado, discute con su novia y vive de prestado con su tía. Poco más.

Boxing Libreville es una mirada a la cotidianidad. Amédée Pacôme Nkoulou filma escenas íntimas de un joven soñador y frustrado. El documental recoge las instantáneas de la capital de Gabón a través de este púgil que malvive, al igual que el 30% de la población gabonesa. Pobres en un país de petróleo y magnesio ya que sólo unos pocos acumulan más del 90% de la riqueza del país.

Christ no entiende de porcentajes. Y por no querer, no quiere ni saber. Se tira en el sofá, pero el boletín informativo de la radio lo molesta. Ya están hablando los políticos y la juventud gabonesa tira la toalla.

Es la Libreville del verano de 2016 y se está librando otra pelea. Ali Ben Bongo, hijo del expresidente Omar Bongo, quiere asegurar un segundo mandato. En la otra esquina de este cuadrilátero político está el que fuera jefe de la Comisión de la Unión Africana, Jean Ping.

La gente no quiere hablar de política. La polarización del país se extrema y se tienta la desconfianza. Muchos no quieren votar. Otros tienen otras preocupaciones. ¿Qué carajo importa quién se sienta en la silla si no hay ni agua para lavarse?

De los ocho candidatos a la presidencia, sólo dos caben en un combate que se celebra el 27 de agosto: Bongo y Ping.

Nkoulou filma escenas íntimas de un joven soñador y frustrado en el contexto de las elecciones presidenciales de 2016

“Arde Libreville”, anuncia la radio tras los comicios. Bongo ha ganado con el 49.8% de los votos mientras que Ping consigue un 48,2%, sólo 5.594 papeletas menos. Y ya está montada.

El documental acaba ahí. No recoge las acusaciones de fraude electoral y las reticencias de la comunidad internacional al resultado. Tampoco se observa cómo Ping se declaró ganador para que posteriormente el Tribunal Constitucional ratificase la victoria de Bongo.

El final llega tranquilo, con la realidad pegando hostias y todos en guardia, evitándola. Es difícil reconciliarse con la realidad y quizás las elecciones eran sólo una excusa para empezar de nuevo. Un reto, como aquello de ponerse con la dieta a partir del lunes, y que quedó en nada. La esperanza de cambio se esfumó y Christ sigue pegando derechazos.

Boxing Libreville formó parte de la programación de la 8ª edición del festival de cines africanos y su diáspora de Londres, Film Africa. Esta fue la ocasión para estrenar en el Reino Unido la ópera prima de Nkoulou que se coló entre los nominados al Mejor Documental de los Premios de la Academia de Cine Africana de este año.

Los ancestros que rebuscan en la música tanzana

Miembros del grupo Wahenga, liderada por el músico John Kitime / Foto: Tanzania Heritage Project

El músico John Kitime bucea en los sonidos de “los viejos tiempos” cada domingo. Durante tres horas dirige un programa donde promueve la conservación del estilo retro desde la sede de la emisora EFM en Dar es Salaam.

Son los recuerdos del panorama musical tanzano de los años 60 a los 80 y donde la retahíla de bandas incluían a DDC Mlimani Park Orchestra, Vijana Jazz, Kilimanjaro y Urafiki Jazz. La música de la época era pegadiza y además se usó como herramienta para construir la unidad nacional y la solidaridad panafricana después de años de colonialismo. Es el sonido de unas generaciones que se creían invencibles.

La Tanzania libre bailaba al ritmo de un género conocido como Zilipendwa, y que puede traducirse como “los que fueron amados”. Este swahiili jazz o rumba tanzana parece desaparecido en la actualidad, pero Kitime intenta desmontar este pesimismo a diario.

Es cierto que la nostalgia viene con argumentos. Los salones de bailes cerraron de Dar el Salaam. Otros se demolieron. Muchas grabaciones de aquella época no se han conservado y los músicos tuvieron dificultades para desarrollar sus carreras. La liberación política y económica del país en los 90 empeoró la situación e hizo que los músicos locales tuvieran que enfrentarse a los efectos de la llegada de los medios privados. El pop arrasó en las radiofrecuencias y el gobierno cortó el financiamiento. Desde hace años, la Dar House of Music and Sports se dedica más a encordar raquetas que a vender discos.

Ahora, un documental protagonizado por Kitime revive los recuerdos de una música del pasado que se resiste a morir.

Wahenga, Los Ancestros en español, es el recorrido del músico en su misión por rearmar un grupo que recupere la banda sonora de los primeros años de la independencia. La película, dirigida por Amil Shivji y Rebecca Corey, sigue la rutina de un reencuentro de viejos artistas que vuelven ilusionados a comerse el mundo.

El documental, incluido dentro de la 8ª edición del festival cinematográfico Film Africa, reivindica el Zilipendwa mientras el espectador asiste a los ensayos y a la grabación de un álbum que refleja la persistencia de Kitime para con este proyecto.

La iniciativa cuenta con la ayuda de Tanzania Heritage Project, que fomenta la conservación del patrimonio musical de Tanzania y se ha embarcado en la digitalización de la “edad de oro” de su música. Con Wahenga, tanto banda como documental, se asegura que la tradición no muera en un trabajo que no queda anclado en relamer el pasado.

La banda liderada por Kitime se adapta a otros géneros populares contemporáneos y busca inspirar a las nuevas generaciones. De ahí que se incluyan las colaboraciones de jóvenes como la rapera Chiku Keto.

Wahenga es la reunión de unos amigos enamorados por la música que a pesar de su entusiasmo luchan contra los retos del panorama musical actual. El grupo finalizó en 2015 la grabación de su disco y, tras las falsas esperanzas y varias negativas de distintos sellos discográficos, todavía esperan la oportunidad de que salga al mercado. De momento hay que contentarse con sus directos en Tanzania y algunos temas grabados con el productor Sam Jones que pueden escucharse a continuación.

Sylvia: amor y destrucción llegados desde Nollywood

Richard ha tenido desde pequeño la compañía de Sylvia, su amiga imaginaria

Chico conoce a chica. Chica se enamora de chico. Y el chico le rompe el corazón. Los primeros veinte minutos de Sylvia, la nueva película del director nigeriano Daniel Oriahi, llegan hasta ese momento trágico. Previamente, todo es un cuento bonito de dos jóvenes que se conocen desde la niñez.

La elipsis aligera la adolescencia de Richard y Sylvia, protagonistas inseparables de esta historia. Las escenas dulces se suceden y terminan abruptamente cuando suena el despertador del joven. Son las 6 de la mañana y segundos antes ella le ha entregado un hibisco, detalle clave para conocer la relación de ambos.

Pronto el espectador cae en la cuenta de que Sylvia es sólo un sueño. Es la amiga imaginaria que ha acompañado a Richard desde que tiene memoria.

Lo afable se estropea. ¿Cómo se abandona a alguien irreal e inmaterial?

Con Sylvia, Orahi continúa ensanchando los límites de lo que conocemos de Nollywood. Ya lo demostró con su anterior título, Taxi Driver (Oko Ashewo), y ahora vuelve de la mano del novel productor Ekene Som Mekwunye para realizar una película que aborda la temática de la salud mental.

El festival de cines africanos y su diáspora, Film Africa, ha apostado en su octava edición por buscar nuevas narrativas que ilustren la diversidad de géneros y estilos venidos de Nigeria, la segunda industria cinematográfica del mundo en niveles de producción por detrás de la de la India (Bollywood) y por delante de Hollywood. En Nollywood no todo se reduce a una suma simplista de criterios para dar con la fórmula mágica de la “construcción masiva”.

Para ello, el director ha filmado este thriller psicológico en el que los sueños se tornan en pesadillas cuando Richard decide casarse con su novia, la de carne y hueso. Ahí, Sylvia (Zainab Balogun) decide destruir su vida. El llanto desconsolado de la joven muda en una risa feroz y el pasaje termina con Balogun mirando desafiante a la cámara -¡qué ojos!-. Llega la hora del sofoco.

Sylvia se convierte en sexo, destrucción y violencia. Locura, obsesión y posesión. Y poco puede hacer Richard para mantenerse lejos de una amiga imaginaria que se le aparecerá en la oficina, en el gimnasio y poco a poco trepará por cada pensamiento.

Los sueños de Richard se convierten en su vida. No sabe discernir entre la realidad y la ficción y su amiga, herida, no cesará hasta cumplir su venganza.

Zainab Balogun, protagoniza la cinta nigeriana, Sylvia

Realismo mágico en la ópera prima de Samuel Bazawule

Fotograma de ‘The Burial of Kojo’ del ghanés Samuel Bazawule

La culpa se entierra, pero no se olvida. A Kojo le persigue desde hace siete años cuando su hermano mayor, Kwabena, se casó con la mujer que él amaba. La noche nupcial tornó en tragedia por la muerte de la novia en un accidente de tráfico. Kojo conducía. Kwabena quiere venganza.

Desde entonces siempre sueña lo mismo y no puede desprenderse del recuerdo. Se miente a sí mismo e intenta reducirlo todo a una pesadilla. Kojo calla, huye y emprende una nueva vida.

Pero la culpa siempre trepa por algún resquicio.

The Burial of Kojo, es el debut cinematográfico de Samuel Bazawule. Este rapero ghanés, más conocido como Blitz The Ambassador, fue el encargado de inaugurar la octava edición del festival de cine africano y su diáspora Film Africa.

La cinta es la historia de dos hermanos enfrentados por la misma mujer. La hostilidad viene de hace tiempo y torna en guión de telenovela. Entre medias está Esi, la hija de Kojo, y protagonista de un cuento cargado de realismo mágico.

Tras la desaparición de Kojo, Esi tiene la tarea de encontrarlo. Para ello tendrá que escudriñar sus sueños y poder averiguar los secretos de su padre mientras conoce la venganza que prepara su tío. La pequeña es en la Los hermanos toman distintos roles en una historia que cabalga entre la vida y la muerte.

El guión recuerda a los cuentos de los abuelos, esas historias imposibles donde se desafía al destino. La línea argumental se desarrolla en medio de un juego entre el tiempo y el espacio donde aparecen guiños simbólicos reconocibles para la audiencia: Kojo quiere ser libre (paloma) de un pasado que lo acosa mientras Kwabena augura (cuervo) un trágico final.

Esi es la protagonista del debut cinematográfico de Samuel Bazawule

La ópera prima de Bazawule destila simbología y prosigue un camino que el director ya había explorado en su trilogía de cortos DiasporadicalSin embargo, Bazawule no se olvida del contexto actual de Ghana y la película pone también el foco en la minería ilegal del país y sus implicaciones políticas y sociales.

“El cine no ha sido muy justo con África. Si ves la cantidad de información en el cine y las distintas narrativas se mueven alrededor de muy pocos temas, casi siempre poco favorecedores.  The Burial of Kojo fue una oportunidad de contar una historia mágica lejos de la norma de la guerra y otras cosas traídas por Hollywood. Y también [es una oportunidad] para dar retratos íntimos que no hemos visto en el cine africano”, apuntó Bazawule en una reciente entrevista a BRIC TV.

The Burial of Kojo es la batalla contra la huida permanente. La carga se alivia en la confrontación con el pasado. Sólo así, Kojo será libre.

Film Africa 2018: la celebración londinense de los cines africanos

Fotograma del cortometraje ‘Hair Cut’, de británico-ghanés Koby Adom

Está de vuelta. Como el frío. Film Africa, inicia hoy su octava edición y Wiriko mantiene su apuesta por la cobertura de la celebración más grande en el Reino Unido de cines africanos y su diáspora.

Hasta el próximo domingo 11 de noviembre, el equipo de la Real Sociedad Africana (Royal African Society, en inglés) ha preparado un programa con 39 títulos de 15 países africanos, incluyendo 18 estrenos.

El foco de este año está puesto en Kenia y Nigeria, dos de las industrias cinematográficas más bullentes del continente. Los comisarios han acordado plasmar historias de madurez y primer amor, relatos documentales de comunidades intersexuales y transgénero, thrillers experimentales y psicológicos, etc. para intentar abarcar las distintas narrativas de los jóvenes cineastas que viven y trabajan en África y la diáspora.

The Burial of Kojo de Blitz Bazawule inaugura esta edición. Es el estreno en tierras británicas del rapero y director ghanés con una película que aborda un drama familiar ambientado en el contexto de la industria minera ilegal de su país.

Por otro lado, el festival se despedirá con Kasala! de la directora nigeriana Ema Edosio. En esta ópera prima se presenta la historia de unos jóvenes estafadores de Lagos y que cuenta con referencias al estilo peliculero de Jackie Chan y Chuck Norris y sus patadas voladoras.

El festival también incluye cintas como Rafiki, que fue la primera película keniana en presentarse en el Festival de Cannes, así como la última entrega de Akin Omotoso, A Hotel Called Memory, primera película muda de Nigeria.

La juventud y la rebelión se observan en títulos como Five Fingers For Marseilles mientras que aKashadel director sudanés Hajooj Kuka, explora satíricamente la vida del pueblo y la ideología de los rebeldes Sudán. La migración también cuenta con espacio en el festival gracias a títulos como Deltas, Back to Shores, Lost Warrior, Chateau, y A Season in France.

Film Africa 2018 vuelve en esta edición con el programa de cortometrajes que se disputarán el premio anual Baobab. Además la participación de la audiencia es imprescindible para otorgar el galardón al mejor largometraje que fue a parar el año pasado a Call Me Thief.

“Invitamos a aquellos ansiosos por experimentar, debatir y celebrar la riqueza de historias que los cineastas africanos nos ofrecen en esta fiesta de cine de 10 días. ¡Hay algo para todos!”, dice la subdirectora de la Real Sociedad Africana, Sheila Ruíz.