‘Our Africa’: oda a la utopía soviética

* Artículo publicado en el blog de África no es un país, de el diario El País

Juguemos al reverso de la historia. Década de 1960. La URSS inicia sus programas de ayuda humanitaria basados en la ideología marxista en varios países africanos que acaban de independizarse. Un contexto tapizado de gloria, banderas rojas y estrellas amarillas. Pero ahora vayamos al plano audiovisual. ¿Llegó esta imagen al continente africano? Parece que sí y así lo demuestra el documental Our Africa (2018), del director ruso Alexander Markov, un trabajo de arqueología histórica en el que vuelven a la vida las imágenes de los cineastas soviéticos que fueron contratados para documentar los lazos entre Rusia y África desde 1957 a 1992. Unos viajes cinematográficos que generaron una plétora de instantáneas que varias décadas más tarde continúan siendo un documento histórico que desconcierta, fascina y también revela.

El film abre con una escena en blanco y negro en la que se aprecia cómo un escultor remata una estatua gigante de Lenin. Había llegado la hora de exportar. A continuación, se observa un noticiario de la época –de corte propagandístico– con el mapa de África dibujado, los nombres de los países en cirílico, y una voz en off que explica en ruso que “en la 15ª Asamblea General de Naciones Unidas, 16 países africanos entran por primera vez a formar parte de esta familia”. Unas imágenes de archivo que enseñan cómo una comitiva de representantes del continente africano entra en el auditorio ovacionada por una audiencia diplomática –y blanca– entregada.

Acto seguido aparece Nikita Khrushchev, líder de la Unión Soviética desde 1955 hasta 1964, sucesor de Joseph Stalin. Viste un traje de chaqueta oscuro y alterna dos movimientos: el del dedo índice que zigzaguea el viento de la sala subrayando la lucha contra el capitalismo y el del puño cerrado que irrumpe con golpes secos en el atril. Y este extracto: “No vivimos en la Tierra por la gracia de Dios o por la vuestra [el capitalismo] sino por la inteligencia del gran pueblo soviético y de todas las naciones que luchan por su independencia. No podéis ahogar la voz de un pueblo, la voz de una verdad que resuena y lo seguirá haciendo. La esclavitud colonial ha muerto y lo seguirá haciendo. ¡Abajo con ella!”.

La algarabía de las imágenes de los años de las independencias africanas es contagiosa. Un anhelado sueño que es filmado por diferentes artistas y que, más allá del componente ideológico, aglutina elevadas dosis de puro cine. Se aprecian avenidas engalanadas en Senegal, Tanzania, Togo, Burkina Faso o Congo y multitudes de africanos que sostienen carteles de bienvenida a los dirigentes rusos que iniciaban giras diplomáticas por el continente, pero también a un ejército civil que bajo el paraguas de la cooperación cultural, técnica y científica fueron enviados a África en barco. Como subraya Josephine Woll, para la URSS la transición del zarismo al comunismo fue similar al cambio en África del colonialismo a la independencia.

Para seguir leyendo el artículo puedes visitar el blog de África no es un país.

 

Ouaga Girls: el motor de Burkina Faso

*Artículo original publicado en el blog de El PaísÁfrica no es un país.

Hay muchas formas de mostrar las calles aterciopeladas de humo de motocicleta en Uagadugú, la capital de Burkina Faso. Pero la que eligió la realizadora nacida en Suecia y criada en el país africano Theresa Traore Dahlberg podría ser perfectamente la de alguna reconocida marca de coches. Cámara lenta, cuerpos esbeltos, vestuario que golpea desacompasadamente la paleta de colores, un cielo gris pastel, y la guinda: una cuidada banda sonora de afrofunk por Richard Seydou Traoré. Sí. Los primeros dos minutos del documental Ouaga Girls simbolizan lo que en Wiriko ponemos tantas veces de manifiesto: que las sociedades africanas están en movimiento y son creativas. Y su directora lo grita a los cuatro vientos mostrando una visión transversal de la vida de varias jóvenes que se enfrentan a la inevitable y difícil transición universal de la adolescencia a la vida adulta en este país de África occidental.

La película se desarrolla en Burkina Faso (La tierra de los hombres íntegros) justo después de la caída del régimen de Blasie Campoaré, tras 27 años en el poder. Un contexto social y político que se desvela sutilmente a través de conversaciones de radio, vallas publicitarias, conversaciones telefónicas y otros momentos transitorios. Ellas sienten la brisa de la renovación en el país, pero para las mujeres no hay entusiasmo en las elecciones gubernamentales de finales de 2014. La vida continúa para las chicas con una silenciosa resignación que en esencia no cambiará nada. Es más, a pesar de que la escuela de Formación Profesional fue establecida como parte del proyecto de desarrollo social implementado por Thomas Sankara, ellas no tienen ningún tipo de confianza en el nuevo Gobierno que salga de los comicios. Una agridulce sensación (el 52% de los jóvenes están desempleados) que se adereza con las imágenes de un concierto del activista y cantante Smokey; la música como válvula de escape. Y el puño en alto.

Llama la atención que esta historia se desarrolla entre martillos, llaves inglesas y motores oxidados. Pero este documental de 83 minutos –y presentado recientemente en el DOCS Barcelona– va más allá de un trabajo sobre los roles tradicionales, más bien muestra a un grupo de chicas que se encuentra en su último año en una escuela de Formación Profesional esperando salir al mercado laboral en un sector ampliamente reservado a los hombres.

– Papá, aunque soy chica, me quiero dedicar a la mecánica de coches, aquí, en Burkina Faso.

Una barrera de género que no las disuadirá en su empeño por acabar los estudios, aunque para ello tengan que hacer malabares para sobrevivir en sus sombrías situaciones económicas. He aquí un trabajo fílmico que enfatiza la libertad de las protagonistas, incluso en medio de la incertidumbre.

Para leer el artículo completo, puedes hacerlo en la página de África no es un país.

Keteke, humor y sarcasmo en la Ghana post independencia

En 2015, la exministra de Turismo, Cultura y Artes Creativas de Ghana, Elizabeth Ofosu-Adjare, solicitó a las aerolíneas internacionales que incluyeran películas ghanesas a bordo de sus vuelos a Accra, la capital. La misiva sonaba bien, pero se quedó en suspense. Dos años después, la película Keteke (2017), dirigida por Peter Sedufia, se postula como un éxito viral no solo para el país que en 2017 celebraba el 60 aniversario de la independencia de Inglaterra, sino en los diversos festivales en los que está siendo seleccionada.

El título del trabajo de Sedufia alude al medio de transporte, que se convierte en un elemento indispensable para el guion: en Keteke se cuenta la historia de una pareja que pretende marchar a la ciudad para dar a luz, pero llegan tarde para coger el tren. Lo pierden. Una decisión equivocada los abandona en el medio de la nada. Así que, ¿llegarán a tiempo a la urbe para el parto o se arriesgarán a tener al bebé en el pueblo más cercano? En realidad es también un guiño histórico del joven realizador al servicio ferroviario de los años 80 en Ghana, cuando el ferrocarril era el único medio de transporte en las zonas rurales.

Otro de los regalos en la película, además de la hermosa fotografía, es el tema principal de la banda sonora, interpretada por el también ghanés Worlasi, y que ofrece una buena mezcla de estilos tradicionales, como el Palm Wine, y otros contemporáneos con presencia evidente de sonidos electrónicos. Una vez más, el cine funciona como correa de transmisión cultural. Keteke retrocede en el tiempo para explicar una historia que tocaría aspectos importantes de la sociedad: cómo son las relaciones humanas, las tradiciones, la magia “negra” y las infraestructuras ghanesas mediante el uso del humor y el sarcasmo.

Luc Bendza: El africano chino que quería volar

El pasado viernes se estrenaba en la Filmoteca de Catalunya, durante el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB), The African Who Wanted to Fly (El africano que quería volar), un documental que dejó a más de uno con la boca abierta. Se trata de la historia de Luc Bendza, un gabonés que supo de muy pequeño qué quería ser de mayor gracias a las películas chinas de artes marciales. Sí, has leído bien. De hecho, el objetivo era seguir los pasos de sus ídolos Bruce Lee y Jackie Chan para alcanzar su meta: aprender a volar.

Fragmento de la película El africano que quería volar, de Samantha Biffot.

El documental, de la también gabonesa Samantha Biffot, tiene varios puntos interesantes: el de la diáspora africana en China; el de mostrar otra cara del gigante asiático en África alejada de los estereotipos; el de introducir al espectador en el arte marcial wushu; y, quizás, en tener la capacidad de seducir al espectador sobre un género fílmico, el de la lucha, que en Occidente no tiene mucho reconocimiento. Sin embargo, y como explicó el realizador alemán Wener Herzog: “Toda la filmografía de Godard es un timo comparada con una buena peli de kung fu”.

Hijo de altos funcionarios, Bendza nació en 1969 en la tranquila provincia gabonesa de Ogougue-lolo, en el centro del país. No sería hasta la edad de 11 años que este joven intrépido quedó hipnotizado con las películas de artes marciales, aunque el paso definitivo para viajar –con fuertes resistencias familiares, en particular de su madre– lo daría con 15 años. Entonces sí que desafió la gravedad. Un negro en China era un reto identitario más duro que cualquiera de los entrenamientos a los que se vería sometido. El propio Luc explica en un fragmento del documental que fue a una exhibición en una zona rural y que cuando lo vieron aparecer, todo el pueblo salió corriendo… Huyeron. Lo cuenta entre risas, pero no deja de visibilizar el desconocimiento que existe sobre el continente africano en otras regiones del mundo.

El gabonés Luc Bendza.

Sus éxitos comienzan en 1990. Gracias al entrenamiento junto al maestro Wang Huafeng, Luc consigue ganar la medalla de oro en un campeonato de Miao Dao, una técnica en la que mediante acrobacias tiene que soportar un sable de 1,5 metros. ¿La curiosidad? Que en aquel entonces solo cinco personas dominaban esta práctica en China. Pero este solo fue el primero de una larga lista de vistorias para Luc. Dos años más tarde participaría en un campeonato donde atrajo la atención del representante de uno de sus ídolos: Bruce Lee. Impresionado por la actuación del joven africano, le ofreció un papel en una película de artes marciales… Un sueño para el gabonés que aceptó sin dudarlo. Aunque este film nunca llegaría a ver la luz, le permitió hacer sus pinitos en algunas producciones como Dragon from Shaolin (1996), Warriors Of Virtue (1997) o Extreme Challenge (2001). Por cierto, el 20 de julio se cumplirán 45 años de la muerte de Bruce Lee (falleció a los 32 años) que, aunque parezca mentira, solo terminó cuatro películas, según detalla Iván E. Fernández Fojón en su libro Bruceploitation. Los clones de Bruce Lee (Appleheadteam).

El trabajo de Samantha Biffot lleva al cine una historia inspiradora. Pero el día a día en la vida de Luc Bendza continúa a caballo entre Pekín y Libreville haciendo de embajador africano en Asia y de maestro experimentado en su tierra en la que se encuentra luchando por la última de sus batallas: el reconocimiento de los suyos. Sin embargo, The African Who Wanted to Fly es más que el viaje personal de Bendza. Más bien captura a la perfección la cultura del cine popular en muchas partes de África de mediados de los años ochenta y principios de los noventa. La aspiración de Bendza ha sido ampliamente compartida por muchos jóvenes que soñaban con convertirse algún día en Bruce Lee y otros maestros del arte marcial. Un trabajo que proyecta por lo tanto cómo podría haber sido el sueño de muchos jóvenes si hubieran hecho su viaje.

High Fantasy: el arcoíris sudafricano se desmorona

Como turista en Sudáfrica, no es tarea fácil obviar la imagen omnipresente de Nelson Mandela. Él, su discurso, la construcción del relato, la lucha contra el apartheid… Sus 27 años en prisión actúan –y con razón– como hierro forjado que marca a los que visitan el país nada más entrar. Pero a veces, la foto del puño alzado más que unir a los sudafricanos provoca el efecto contrario.

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

Esta es la premisa con la que trabaja Jenna Bass en su segundo largometraje High Fantasy (2017) en el que examina algunos de los pilares inquebrantables en esta región del cono sur: raza, clase y género en pleno 2017. Y quizás lo más interesante es que cada vez son más las voces críticas que desafían la narrativa de la identidad y lo que significa haber nacido en Sudáfrica después de la abolición del sistema de segregación entre blancos y negros. Bass se enmarca en una generación que se siente engañada por la “ideología del arcoíris” promulgada por Mandela a partir de 1994. Un “arcoírismo” que trató de constituir una nueva clase social obviando las diferencias… pero había muchas décadas de historia enquistada que se tenían que visibilizar. Y no se hizo. O, al menos, no del todo bien.

El de High Fantasy (2017) es un telón de fondo complejo aunque la historia es llevada a la pantalla con mucha innovación y naturalidad en la piel de cuatro jóvenes. Tres chicas (blanca, mestiza y negra) y un chico negro (¿qué actúa como protector de ellas?) deciden pasar unos días en una granja abandonada propiedad de la familia de Lexi (Francesca Varrie Michel), la chica blanca. Un lugar inhóspito, deshabitado y que Xoli, el chico (Quandiswa James) critica al inicio del film: “¡una sola persona es el propietario de toda esta tierra!”. La herencia colonial se vislumbra en algunos de los mensajes, aunque no sea el centro de la cuestión. Se les ve bailar, fumar y reír hasta que el giro fílmico atraviesa al espectador: después de una noche, sus cuerpos se intercambian… Y la interpelación es directa. ¿Qué se siente al ver a otra persona interactuando con algo tan personal y esencial para su identidad como la propia piel?

Fotograma de high_fantasy proyectada en el Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB).

La realizadora sudafricana resuelve la película en tres actos en el que los personajes tienen el tiempo suficiente para resultar familiares al espectador. Y esa es una de las grandezas de High Fantasy, que la empatía se desliza rápidamente gracias a dos elementos: el primero son los planos detalles de manos, piernas, pies y cara que hacen que conozcamos mejor a los cuatro personajes; y el segundo punto interesante son las entrevistas que cada uno de ellos tiene con la directora mirando a cámara en una especia de confesionario y que nos dan la oportunidad de profundizar en la psicología de cómo se sentiría uno al vivir en el cuerpo de otro. La identidad o el género pueden ser diferenciadores en esta nación africana. Sin embargo, hay algo que también une (en este caso, a las tres chicas): las protestas estudiantiles de 2015. Aunque es un discurso enojado, es uno que al menos ha trascendido al de raza, y que apunta a un movimiento al que pueden unirse tanto blancos como negros.

La realizadora Jenna Bass no necesariamente tiene respuestas a muchos de los elementos que se abordan en el guion, pero lo importante es que no teme plantear preguntas importantes como por ejemplo quién es el verdadero protagonista de la historia. Algo básico sobre el que construir un relato. O quizás no. Porque lo cierto es que Bass combina un lenguaje sin arrepentimiento lleno de libertad e igualdad respaldado por un amor permanente (¡¡y rodado todo con un iPhone7!!). Precisamente, en unas palabras sobre su primer largometraje Love the One You Love (2014) explicaba lo siguiente: “Todavía somos un país increíblemente segregado y estaría mintiendo si dijera que entiendo cómo todos se sienten sobre diversos aspectos de la vida. Pero sentí que la única cosa que todos teníamos en común era el amor”.

Por cierto, mucha atención a la última escena de la película donde se plantea un nueva variable para Sudáfrica: ¿construir todo desde cero?

Samuráis africanos: una extravagancia comprometida

El escenario de un futuro apocalíptico no es ninguna novedad. De hecho no tiene nada de original en el mundo del cine. Que un desastre haya obligado a nuestros sucesores a tomar el camino de vuelta y regresar a formas de vida propias de épocas pasadas, va acotando un poco más el argumento, pero tampoco tiene nada de singular. Ahora, que esos habitantes del futuro hayan tomado la vía de los samuráis en ese ejercicio de reconstrucción de la sociedad, eso ya empieza a ser bastante innovador. Y que los samuráis sean africanos, es el golpe de efecto definitivo. Ese es el escenario de Hasaki Ya Suda un corto del director burkinés Cédric Ido que mañana jueves se proyecta a partir de las ocho de la tarde en la Filmoteca de Catalunya (c/Salvador Seguí, 1 de Barcelona), dentro de la programación del ciclo del cine organizado por el Festival Internacional de Cine Africano de Barcelona (Ficab).

Un fotograma de la película “Hasaki Ya Suda”, del burkinés Cédric Ido.

La propuesta de Cédric Ido es al menos provocadora, en lo que se refiere a ese argumento principal, el de la lucha por el honor de un grupo de samuráis entre los que destacan por número los de origen africano. En la lectura que se puede hacer de esta historia destaca la elección de esa época pasada, “ancestral” dice en la narración. El realizador burkinés, que también es el autor del guión, huye del recurso habitual que supone el regreso a un estado primitivo. En su caso, es evidente que la elección, aunque represente un paso atrás, se remonta a una época con un halo de prestigio.

Tampoco parecen casuales algunos de los detalles del relato y de la narración. Empezando por la evidente voluntad de generar al espectador una cierta fractura, quizá una bofetada de realidad intercultural, al escoger como protagonistas de este regreso a los orígenes a personajes africanos que se enfundan en la piel de los samuráis. Ido mezcla en su historia la destreza con la espada con las habilidades sobrenaturales que seguramente el relato más convencional sí que coloca más próximo a los protagonistas. Otro detalle, quizá más difícil de detectar, es que el corto esté grabado en lingala, una lengua extendida en el centro de África, sobre todo en las regiones ribereñas del río Congo. El lingala no es el idioma propio del director ni de los actores, pero es utilizado dándole una sonoridad que fácilmente al espectador le recordará al japonés, en lo que es otro juego del director.

Todos estos ejercicios con los que Ido rompe constantemente lo que el espectador cree que se encontrará y que parece recordar una y otra vez que nada es lo que parece no son puro artificio, aunque sea una apariencia que se ve reforzada por unos efectos especiales muy particulares. Sin embargo, nadie puede negar que los alardes del director burkinés tienen una razón de ser que aparece explícitada desde el primer momento. El apocalípticos que ha conducido a esa situación no ha sido una casualidad o un accidente sino la mano del hombre materializada en el cambio climático. Ese ha sido el origen de las hambrunas y las guerras que han desestabilizado el orden mundial y que han tenido como primeros y principales perjudicados, evidentemente, a los habitantes más vulnerables del planeta, los hombres y mujeres del sur global. Curiosamente, en un cuidadoso y delicado relato inicial se dibujan imágenes que inevitablemente remitirán al espectador a la crisis que ha causado la muerte de miles de migrantes en el Mediterráneo debido a los obstáculos de la política migratoria europea. Sin embargo, Hasaki Ya Suda fue rodado en 2011, unos tres años antes del inicio de la que se ha dado en llamar la crisis de los refugiados que ha hecho que desde 2014 hayan muerto más de 15.000 a las puertas de Europa.

Cartel de “Hasaki Ya Suda”, película de Cédric Ido.

Por tanto, basta rascar ligeramente la superficie para encontrar en Hasaki Ya Suda, defensa del Medio Ambiente, alerta sobre el fenómeno migratorio o cantos a la interculturalidad, sin entrar en análisis más profundos. Eso y evidentemente un relato que, como mínimo resulta chocante y visualmente muy atractivo.

Por lo que se refiere al programa del Ficab, el corto Hasaki Ya Suda del burkinés Cédric Ido, precederá la proyección de High Fantasy, de la sudafricana Jenna Cato Bass, que se desarrollará en el mismo escenario de la Filmoteca de Catalunya. High Fantasy es un ejercicio entre que se mueve entre la tragedia y la comedia y que relata la historia de un grupo de adolescentes que durante un campamento en una tierra remota del interior de Sudáfrica se enfrentan a un misterioso cambio de cuerpos, con consecuencias que van desde la vida personal hasta la asunción de la intimidad y la identidad, sin pasar por alto el delicado telón de fondo político y social del país.

De la misma manera, dos horas antes de esta sesión doble, a las seis de la tarde, el Ficab propone una mesa redonda sobre activismo político y cultural en Burkina Faso, que se celebrará en el Pati Llimona de la capital catalana. Recogiendo el gancho de la procedencia del director invitado al ciclo, Cédric Ido, esta mesa redonda trata de abordar desde diferentes perspectivas y experiencias la importancia que ha jugado el activismo y la cultura comprometida en la trayectoria del país que se ha convertido en uno de los referentes para la juventud africana, sobre todo, en la esfera francófona.

Del 22 al 28 de mayo el FICAB arranca en Barcelona

TODO LISTO PARA QUE EL CINE AFRICANO ATERRICE EN BARCELONA

El FICAB arranca, del 22 al 28 de mayo, con un ciclo dedicado a la diáspora africana en Europa con el cineasta franco-burkinés Cédric Ido como invitado especial

El ciclo «Diáspora e Identidad» proyectará 4 largometrajes y 2 cortometrajes y contará con diferentes actividades paralelas en colaboración con colectivos de la diáspora africana en diferentes espacios de Barcelona

 

Barcelona, 7 de mayo de 2018

Coincidiendo con la semana del Día de África, la capital catalana acogerá el primer ciclo del Festival Internacional de Cinemes Africans de Barcelona (FICAB), un nuevo evento que pretende situar la ciudad de Barcelona como uno de los epicentros globales para impulsar y promover las cinematografías africanas de mayor calidad y acercar así la cultura de África en Cataluña.

El FICAB, que nace con vocación de convertirse en un espacio permanente de cooperación cultural y académica entre entidades y asociaciones del Norte y el Sur, se celebrará del 22 al 28 de mayo de 2018 en diferentes espacios de la ciudad. El epicentro de las proyecciones será en la Filmoteca de Catalunya con el ciclo «Diáspora e Identidad» y tendrá como invitado especial al franco-burkinés Cédric Ido. Además, las actividades paralelas se cumplimentarán en LaFede, el Centro Cívico  Pati Llimona, la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales de la Blanquera y el centro cultural Inusual Project.

Coincidiendo con la semana del Día de África (25 de mayo), el barrio del Raval, uno de los enclaves más multiculturales de la ciudad, exhalarà celuloides africanos en la Filmoteca de Cataluña donde se proyectarán 4 largometrajes – la Vie de Château, de Cédric Ido (2017), High Fantasy, de Jenna Bass (2017), The African Who Wanted to Fly, de Samantha Biffot (2017) y Miracle at St Anna, de Spike Lee (2008) – y 2 cortometrajes de Cédric Ido –Twaaga (2013) y Hasaka Ya Suda (2010). La programación se complementará con la presencia del director Cédric Ido quien, además, ofrecerá una Master Class en el auditorio de de la Blanquerna el viernes 25 de mayo.

Las actividades paralelas incluyen la mesa redonda África: la negritud de la Europa de la Gran Guerra, el miércoles 23 de mayo en LaFede, con la presentación del libro África en la Primera Guerra Mundial, que contará con Álvaro Barril – historiador y autor del libro-, Eduard Gargallo – historiador y autor del prólogo- y la moderación del Aixa Drammeh– colaboradora del CEA-.

El jueves 24 de mayo, la mesa redonda sobre Activismo político y cultural en Burkina Faso contará con la presencia de un representante de la Asociación de burkineses de BCN, Beatriz Novales – responsable de África a Oxfam– y Carlos Bajo – periodista experto en TIC en África y miembro de Wiriko, en el centro cívico Pati Llimona.

La Fiesta de Clausura tendrá lugar el viernes 25, Día de África, en BajoFondo Club a partir de las 11 de la noche y contará con los Djs afrodescendientes Day B y Baba Sy en colaboración con Ashanti Bcn y Jokkoo Bcn.

Finalmente, las actividades paralelas concluirán con la proyección de la película Dear White People (Justin Simien, 2014) y la posterior mesa redonda Afropeos: Diáspora Africana en la Europa del siglo XXI, que se celebrará el lunes 28 en el centro cívico Pati Llimona, y contará con la participación de los colectivos The Black View, Black Barcelona y la cooperativa de ex-manteros DiomCoop.

Con este ciclo, el FICAB se postula como un nuevo y esperado escenario para mostrar la diversidad y creatividad del continente africano y de sus diásporas en Europa, y en particular en Cataluña. Con vocación de convertirse en un referente necesario dentro del abanico de festivales internacionales de cine africano, quiere servir de herramienta para la revisión del imaginario estereotipado sobre el continente y sus sociedades en la ciudad de Barcelona, ​​con una gran presencia de población africana. Así, se pretende abrir una ventana a las producciones de mayor calidad que se produzcan en la rica y nutrida industria cinematográfica africana; permitir y facilitar la reflexión y el debate; abrir líneas de cooperación cultural entre agentes del Norte y el Sur; poner al continente africano en valor y visibilizar las artes y culturas africanas.

Bebiendo de grandes festivales africanos como el FESPACO (Uagadugú, Burkina Faso), el DIFF (Durban, Sudáfrica) o el de Cartago (Cartago, Túnez), este nuevo espacio cuenta con las alianzas con Casa África, Oxfam-Intermón o la organización belga Africalia, que adquieren un papel fundamental para la construcción de puentes que permitan que Barcelona se convierta en una cita anual para el celuloide y la cultura africana.

En diciembre de 2018 tendrá lugar un nuevo ciclo que junto con el que se hará en mayo cohesionará un tejido necesario para la cita con el primer Festival Internacional de Cines Africanos de Barcelona que tendrá lugar en 2019.

La egipcia “Rosas venenosas”, mejor película de la 15 edición del FCAT

Rosas venenosas, del realizador Ahmed Fawzi Saleh ha sido la película ganadora de la 15ª edición del FCAT; una impresionante mirada dentro del mundo de las clases trabajadoras en las curtidurías de El Cairo. El jurado ha destacado su “innovación, originalidad, su mirada casi documental que busca la fidelidad a la realidad” en este retrato realizado por un cineasta joven de una mujer oprimida en un entorno hostil”.

La efusión fétida de las aguas residuales es el leitmotiv principal del debut de Saleh, un drama elíptico de dos hermanos, ambientado en algunos callejones infernales de la capital egipcia. Una cinta que refleja el amor obsesivo de una hermana por su apático hermano que está buscando escapar de Egipto y que destaca por la forma en que representa un inframundo casi surrealista a través de imágenes visualmente deslumbrantes de una austeridad malsana.

El jurado oficial de la 15 edición del FCAT, formado por la directora senegalesa Angèle Diabang, la norteamericana Tala Hadid, además de la cineasta independiente, programadora establecida en Berlín, Dorothee Wenner, el burkinés y director artístico del festival Afrikamera (Berlín), Alex Moussa Sawadogo y el programador, escritor y cineasta español Luis E. Parés, ha sido el encargado de decidir tres de los seis premios que este viernes ha otorgado el festival: Mejor Largometraje de Ficción, al Mejor Documental y a la Mejor Actriz de la sección Hipermetropía, este último premio patrocinado por la fundación Mujeres por África.

Por su parte, el jurado CineCádiz, conformado por actores, actrices y realizadores de la asociación del mismo nombre, han decidido el premio al Mejor Cortometraje de la Sección En breve, apoyado por el Hotel The Riad Tarifa. Los espectadores del FCAT han votado el Premio del Público al Mejor Largometraje de Ficción deHipermetropía, que patrocina la Delegación de Turismo del Ayuntamiento de Tarifa. Y por último, El Festival CinePalium (de Palo del Colle, Italia), centrado en la identidad, ha entregado un premio honorífico al Mejor Largometraje de Ficción de la sección Hipermetropía.


Premio a mejor actriz

Ha recaído para Maggie Mulumbwa por su interpretación en I Am Not a Witch. Por primera vez el FCAT premia a una niña de 9 años por su emocionante papel de una niña internada en uno de los campos de brujas que aún existen en algunos países africanos. La debutante en el largometraje Rungano Nyoni le dio este papel del que el jurado destaca “su luminosa interpretación, su naturalidad y el abanico de matices que despliega que van de la magia a la poesía”.

Esta película también ha recibido el Premio Honorífico del Festival CinePalium (Italia) al Mejor Largometraje de Ficción de la sección Hipermetropía


Premio al mejor documental

Ha sido para Boxing Libreville, de Amédée Pacôme. Uno de los documentales de los programados en esta edición del festival que muestran la rebeldía en la calle en busca de democracia ha sido premiado “por la cercanía del personaje protagonista y la manera en que lo sigue en su microcosmos cotidiano, consiguiendo que salga de su encierro y exprese cómo lucha por conseguir realizar un sueño”.


Mención especial del jurado.

Futuros inciertos, de Eddy Munyaneza (Burundi, Francia, Bélgica) El jurado ha decidido otorgar una Mención Especial a este documental que ha tenido su estreno mundial en el FCAT y que de nuevo ahonda en el activismo político de su país. Su director habló en el festival sobre la responsabilidad que tienen los cineastas de mostrar lo que realmente ocurre en sus países. El jurado ha destacado “la fuerza, el coraje y el nivel de compromiso del director”.​


Premio del público a mejor película

La bella y los perros, de Kaouther Ben Hania (Túnez, Francia, Suecia, Noruega, Líbano, Qatar, Suiza) El público del FCAT 2018 ha votado esta historia basada en hechos reales y que narra casi en tiempo real el calvario de una joven (interpretada por la actriz Mariam Al Ferjani, que pasó por Tarifa y Tánger en esta edición del festival) a través de nueve planos secuencia. Con un mensaje feminista y político, esta ficción se convierte en una oportuna reflexión sobre uno de los temas de actualidad en multitud de países: el de la visibilidad de las víctimas de violación.

Puedes leer nuestra crítica aquí.


Mejor cortometraje

La entrada del cine, de Ayoub Layoussifi.

El jurado de Cinecádiz, encargado de premiar el Mejor Cortometraje de la sección En Breve, ha optado por este corto marroquí sobre un niño que se muere de ganas de ir al cine “por devolvernos 28 minutos de nuestra infancia a través de los ojos de su protagonista, por saber mostrar con maestría y técnica la descarada naturalidad de sus personajes y su entorno, por reivindicar la experiencia de ver una película en pantalla grande junto a lxs amigxs y sacrificarlo todo por ello”.

Mane Cisneros: “El cine africano ha servido para aceptar la diversidad como un bien”

El Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT) cumple 15 años acercando las cinematografías africanas. Este año la cita tiene lugar entre el 27 de abril y el 5 de mayo en Tarifa, y entre el 26 de abril y el 3 de mayo en Tánger (Marruecos).

*Artículo publicado originalmente en la revista Mundo Negro. Wiriko es medio oficial del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT).

En tu caso Mane, ¿se puede decir que “en el principio de los tiempos fue el cine”?

En cierta manera sí. Hace muchísimos años tuve la suerte de vivir en primera persona el inicio del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva donde conocí a algunos cineastas míticos que me dieron el empujón que necesitaba para decidir irme a vivir a México y proseguir allí mis estudios de antropología. Los “Luises” –Buñuel y Alcoriza– fueron mis tutores en aquellos años y a quienes debo la pasión por el cine y en gran parte la rebeldía que me caracteriza. Desde entonces, la pasión por el cine ha guiado mi vida.

Primera muestra de cine africano celebrado en Tarifa en junio de 2003.

¿Crees que el cine continúa siendo una herramienta de transformación social?

 

Desde su origen, el cine ha demostrado una clara vocación transformadora de realidades sociales y políticas. En el caso de los cines de África, el cine ha evolucionado enormemente desde sus orígenes y ha pasado de ser utilizado como herramienta de propaganda política y de transformación social en los años posteriores a las independencias a cine de autor comprometido con la construcción de las nuevas identidades del continente en los ochenta y noventa. Hoy hablamos de un cine que busca su lugar en el mercado interno africano, pero también que mira hacia el mercado global, abandonando a menudo su compromiso como herramienta transformadora.

Tarifa y los cines africanos han creado un binomio indisociable en estos 15 años. ¿Cuál crees que es la visión sobre África de este pueblo gaditano tan vinculado a la llegada de pateras y después de todo este tiempo de festival?

Solo una ciudad como Tarifa con una posición geográfica tan particular podía acoger un festival de cine como el FCAT. Y es que ningún otro lugar en Europa goza de una posición geográfica similar, frente a África. Los 14 kilómetros que separan las costas africanas de las europeas en la zona de Tarifa han hecho que los tarifeños se hayan visto obligados históricamente a afrontar la llegada de africanos. Pero Tarifa no era una meta para los recién llegados sino tan solo un lugar de paso camino del soñado “dorado europeo”. Por ello, los tarifeños se han mantenido bastante ajenos a las realidades del continente africano. Así que el cine africano ha servido en cierta manera en estos años para despertar su curiosidad y luego, poco a poco, para que aceptasen la diversidad como un bien y no algo de lo que defenderse.

¿Quiénes han sido para ti algunas de las visitas que más han dejado huella?

Probablemente el primero de ellos sea Abderrahmane Sissako, un cineasta estrechamente vinculado al FCAT desde su nacimiento. Y Fatoumata Coulibaly, la actriz protagonista de la última película de Ousmane Sembène, Mooladé, madrina del FCAT, sin olvidar a Jihan El Tahri y Berni Goldblat que tanto nos apoyan y ayudan. O amigos como Newton Aduaka o Moussa Sene Absa. En fin, ¡15 años de festival dan como para tejer muchas amistades y pasiones!

¿Crees que se ha conseguido esa pata fundamental del FCAT que es crear conciencia y enfocar la imagen distorsionada que se tiene de África?

En la medida de nuestras posibilidades, hemos conseguido que sean muchas las personas que se replanteen la imagen que tenían de África gracias al cine. En estos 15 años han sido miles las personas que han visto películas africanas y nos han escuchado. Y algo muy importante, han tenido la oportunidad de conocer y debatir con los cineastas africanos. Esto es un enorme paso adelante porque es gente que empieza a ver a los africanos, a los cineastas, al cine africano, de igual a igual.

Y quizás, por tanta conciencia, os ha traído algún que otro quebradero de cabeza con los políticos de la zona…

Con políticos en general no, con alguno de ellos con nombre y apellido en el pasado, sí. ¡Pero no es el caso de concederles demasiada publicidad!

¿Cómo fue la experiencia del FCAT en Córdoba?

Fueron años muy difíciles, los peores de la historia del FCAT porque coincidieron también con lo peor de la crisis, el desplome de las ayudas públicas y la total desprotección. Pero Córdoba salvó al FCAT de su desaparición y por ello le debemos mucho, a pesar de que se nos maltratase tanto y tuviéramos que pensar de nuevo en hacer maletas para volver a casa e impedir así que la Córdoba que salvó al FCAT fuera también la que lo hiciera desaparecer.

Desde el año pasado habéis conseguido aunar fuerzas con Marruecos simultaneando el festival en los dos continentes. ¿Cómo ha sido este romance?

La asociación que organiza el FCAT se diseñó con un artista marroquí, Jamal Ouassini, y la llamamos Al Tarab. Así que antes o después teníamos que dar el salto. Siempre quisimos ser un puente que uniese, gracias al cine, las dos orillas del Estrecho de Gibraltar. Nuestro regreso a Tarifa después de las cuatro ediciones cordobesas fue decisivo para dar el paso y realizar ese viejo sueño de convertirnos en un evento transfronterizo y transcontinental.

¿Por qué crees que las salas de cine en España no apuestan por los trabajos que llegan desde África o su diáspora?

Ante todo hay mucho desconocimiento, tanto por parte de público como por parte de los distribuidores y exhibidores. A todos ellos les vence el miedo de que el cine africano no tenga recursos ni calidad. También es cierto que este es un mal que los cines de África comparten con las cinematografías de otros muchos rincones del planeta. Por otro lado, la mayoría de los países africanos carecen de políticas de apoyo al cine, de manera que las películas, cuando consiguen estrenarse en sala, lo hacen sin ningún tipo de apoyo. Esta es una carencia grave ya que una película necesita tutela desde su preproducción hasta su salida en salas.

¿Cuáles son los caminos que como directora del FCAT te gustaría recorrer para los próximos años?

Me gustaría reforzar la parte africana, ampliar la programación cinematográfica y ofrecer actividades paralelas que ocupen las calles. Me gustaría muchísimo recuperar algunas propuestas formativas en suelo africano. Y, por último, desearía encontrar a mi sucesor/a.., ¡no soy eterna! Y el FCAT debe poder seguir adelante un día sin mí.

Consulta las películas de este año que entran en competición aquí.

Cartel de 2018 en el que aparece el actor español de origen ecuatoguineano Emilio Buale.


Recomendaciones de Mane Cisneros
Tres películas para los no iniciados.

La Noire de, del director senegalés Ousmane Sembéne.

Les yeux noires, de la marroquí Narjiss Nejjar.

Heremakono, del mauritano Abderrahmane Sissako.

Tres películas para los avanzados.

Touki Bouki, del senegalés Djibril Diop Mambéty.

The Last of Us, del tunecino Ala Eddine Slim.

Félicité, del francosenegalés Alain Gomis.

Un director y una directora a los que seguir la pista.

Una directora sería la documentalista egipcia Reem Saleh.

Un director sería el ruandés Kivu Ruhorahoza.


*Artículo publicado originalmente en la revista Mundo Negro. Wiriko es medio oficial del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT).

Vote Off: el hastío general de una Argelia estancada

Artículo publicado gracias al Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT) del que Wiriko es medio oficial.


Unas elecciones convocadas para el 17 de abril de 2014 y una campaña electoral cargada de reproches, promesas y emoción, pero también de… hastío. Argelia se enfrentaba ese año a unas nuevas elecciones presidenciales en las que, como en las anteriores, la mayor parte de la población ya adivinaba el resultado. El realizador Fayçal Hammoum nos presenta en su documental Vote Off de 2017 la última campaña electoral del país. A lo largo de 82 minutos se nos muestran las diversas opiniones no solo en torno al eterno presidente, Abdelaziz Buteflika, sino al debate que se ha creado sobre la necesidad y la intención de votar o no.

El largometraje empieza con escenas cotidianas, obreros trabajando en la calle y una pequeña tienda. En ella trabaja un joven tendero que comienza a transportarnos a la realidad del país en 2014. No obstante, no solo escuchamos las opiniones de la calle, sino que a través de Vote Off podemos ver y comprender las múltiples realidades que existen en Argelia. Además del vendedor, un presentador de radio comprometido, músicos, trabajadores y periodistas de dos medios de comunicación argelinos van esgrimiendo sus puntos de vista. Curiosamente, todos ellos tienen la misma edad que el director. Claramente, la intención del director es representar la visión de una generación nacida a mediados de 1980, que está cansada, que vive sumida en el mundo de las subvenciones estatales y que no son capaces de movilizarse para lograr un cambio efectivo en su país.

Sin embargo, el logro de esta película se encuentra en su capacidad de entrelazar puntos de vista diversos. Las opiniones de los ciudadanos, las palabras que brotan en programas de radio o el trabajo en la redacción del periódico local Watan y el canal de televisión Chorouk, se alternan con escenas de mítines de los principales partidos. El partido gobernante esgrime la necesidad de apoyar al presidente Buteflika (al que sus ciudadanos no habían visto en dos años y ¡oh sorpresa! no habló en público en toda la campaña) para continuar con el desarrollo del país, evitar la ruptura y la intervención extranjera. Ese repetitivo lema de “nosotros o el caos” que parece común a toda la clase política. La oposición encabezada por Ali Benflis, ex primer ministro del país entre 2000-2003, denunciaba la corrupción, la falta de desarrollo y la necesidad de impulsar la democracia. A través de todos ellos el director dibuja un panorama de la campaña electoral y de la confrontación de ideas, pero no solo a nivel político.

 

Hammoum no interviene en las escenas, cada uno de los protagonistas van contando sus opiniones y es común que en este documental varias personas discutan a la vez sobre la situación del país y el momento político que se está viviendo. Pero, en realidad, faltan muchos testimonios. A medida que el documental se va desarrollando el espectador puede darse cuenta de que la imagen de la campaña electoral y las elecciones está incompleta. En primer lugar, porque todas las personas que forman parte de este documental viven la realidad de la capital, Argel. No hay espacio en este objetivo para otras realidades fuera de este universo, especialmente las visiones de los espacios rurales que nos podrían haber dado una representación mucho más amplia. Pero, además del mundo rural, llama también la atención la enorme escasez de testimonios de mujeres que también viven el día a día de Argelia y de la campaña electoral. Aunque sí que hay voces y podemos entrever sus opiniones, el número de intervenciones es infinitamente menor, lo que no facilita la visión de una auténtica realidad de este país del norte de África.

Los reproches y la tensión son crecientes a medida que nos acercamos a los últimos minutos del documental y de la campaña electoral. Los debates se vuelven más intensos y las conversaciones en torno a las elecciones del 17 de Abril inundan las escenas finales, aunque, como ya se ha dicho, el resultado sea de sobra conocido. Vote Off es una muestra de las (incompletas) realidades que vive el país ante de los comicios. Es la historia del hartazgo y de la denuncia de un sistema estancado.


Artículo publicado gracias al Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT) del que Wiriko es medio oficial.

“This is Congo”, una llamada a la acción

Entrenamiento de los soldados del Batallón 42 de las Fuerzas Armadas congoleñas.

La República Democrática de Congo (RDC) es un paraíso. Y una miseria. Dos realidades que conviven en una tierra dispuesta a los intereses occidentales y donde los conflictos armados se alargan ya más de dos décadas. A pesar de su riqueza natural, el país sigue estancado en la clasificación de las naciones más pobres del mundo en Índice de Desarrollo Humano según el informe de las Naciones Unidas en 2016. 

La comunidad internacional apunta los nombres de las nuevas guerrillas y se pone la corbata para dar la bienvenida a las multinacionales que se unen a la cola para conseguir diamantes, oro, coltán, uranio, cobalto o uranio. Mientras, sigue siendo testigo de cómo Joseph Kabila, el presidente, continúa en su puesto a pesar de que su mandato expiró a finales de 2016.

El documental This is Congo del director norteamericano Daniel McCabe intenta poner en perspectiva la situación política, económica y social del país a través de cuatro personajes: un alto rango militar encubierto, un coronel de las fuerzas armadas, una comerciante ilegal de minerales y un modisto. Cuatro puntos de vista para entender las realidades de una nación en el momento en el que el grupo rebelde M23 dominaba los titulares. La cinta, incluída en la pasada edición del Festival de Cine de Human Rights Watch de Londresy al que Wiriko tuvo la oportunidad de asistir, muestra el trabajo McCabe que pasó casi un año empotrado con las fuerzas armadas congoleñas en las inmediaciones de la ciudad de Goma. “Quería que se viese lo que se vive allí. Es complicado señalar una cuestión en concreto ya que existen muchos factores que crean una niebla que dificulta ver lo que ocurre”, explica el director.

La guerra trae héroes. El coronel Mamadou Ndala, que lidera el Batallón 42 de las Fuerzas Armadas, es quizás el protagonista de este documental coral. Ndala cautiva a la audiencia con su personalidad. Su sentido del humor no riñe con la estricta preparación que exige a su batallón que recupera el control de Goma e inicia el desmantelamiento del M23. McCabe mantiene una estrecha relación con Ndala y lo acompaña junto a sus soldados al frente. El resultado es un conjunto de imágenes que impresionan por su contundencia. Es la guerra sin edulcorantes. “No tenía ni idea que iba a ser duro”, reconoce McCabe.

La guerra trae desplazamientos. Hakiza Nyantaba huye de su aldea con la llegada de los rebeldes. Asentado en un campo de desplazados, este modista representa otra de las caras de la inestable situación en la región de Kivu Norte. “Ha vivido seis guerras y siempre va conmigo porque provee aceite, harina y jabón para mis hijos”, dice Nyantaba señalando a su máquina de coser. El alzamiento del M23 en la zona dejó miles de desplazados que volvían a engrosar las listas de ACNUR y otras instituciones que operan en la zona. Siempre pagan los mismos.

La guerra trae confusión. Y entre las fisuras los hay que encuentran la manera de sobrevivir. Bibianne, más conocida como Mama Romance, se gana la vida exportando minerales ilegalmente. Mercadea desde Goma, punto estratégico de esta venta, y corre riesgos para hacer que su producto llegue a capitales como Nairobi. La película nos deja escenas entrañables de una señora que se aferra a lo que no tiene para salir adelante. “El hambre te enseña a comer. Tomo riesgos porque yo ya estoy muerta y no quiero enterrar a mis hijos”, reconoce.

La guerra trae beneficiarios y muchos de ellos están en Kinshasa. RDC lleva más de dos décadas sumida en el caos. Difícil es seguir el ritmo a los nuevos grupos armados que se levantan contra la lejana capital del país. Kasongo, nombre ficticio, aporta una perspectiva histórica, la verdad oculta de la crisis. Este alto rango militar de las fuerzas nacionales, que mantiene el anonimato por razones de seguridad, apunta a la incompetencia de un gobierno corrupto para resolver la situación. O quizás no interese atacar los problemas ya que la guerra distrae y los focos apuntan a otros. Kasongo confirma además la desorganización del ejército y cómo el gabinete negocia la reinserción de los insurgentes en las tropas nacionales. Esta fuente amplía las miras y posa las causas de esta continuada crisis en la colonización belga, la Guerra Fría y el apoyo estadounidense al golpe de estado de Mobutu Sese Seko. “Mobutu echó a los inversores y puso a sus amigos a dirigir las empresas. Todo se paró”, dice Kasongo.

Fotograma del documental This Is Congo.

Las palabras de este militar recuerdan a las del director británico Orlando von Einsiedel quien dirigió Virunga, el documental homónimo sobre el parque nacional al este de RDC. “Vimos en el parque un reflejo de lo que lleva ocurriendo en el Congo durante más de cien años: intereses foráneos vienen al país y toman sus materias primas dejando desamparados a la población”, comentó a Wiriko en 2015.  

This Is Congo es un intento honesto de explicar lo que ocurre en este país ubicado en el centro del continente. Una llamada a la acción para que la comunidad internacional promueva soluciones en un lugar olvidado.

El surrealismo mágico de las hechiceras africanas

Agosto de 1612. Valle de Pendle (Pendle Hille), en el condado de Lancashire, Inglaterra. Hacía calor y la gente se agolpaba en el que se ha considerado como uno de los juicios de brujas más famosos de la época. Alizon Device, una niña de 11 años, fue ahorcada, junto con otras nueve personas, después de admitir que era una hechicera que a menudo se encontraba con el demonio en compañía de su abuela de 80 años. A ella también la ahorcaron sin importar cuántas canas lucía. Y la literatura ha hecho correr tinta desde entonces.

Sí, es una película, pero estos espacios abocados al exotismo por la desprotección de los gobiernos existen en la realidad. La directora pasó más de un mes en uno de ellos en Ghana para documentar un guion que combina la denuncia social y la sátira y que continúa cosechando éxitos después del debut en el festival de Cannes de 2017, por cierto, la primera película zambiana que se ha presentado en el festival francés. El último de los galardones llegaba hace unas semanas con el BAFTA, los premios de cine que concede la Academia británica al debut como mejor dirección.

Este artículo ha sido publicado originariamente en el blog África no es un país, de El País. Para seguir leyéndolo puedes visitar este sitio.