Atlantique: capitalismo, feminismo y amor

Crónica de un visionado público de la película Atlantique en Dakar y comentado por su propia directora Mati Diop y la escritora Ken Bugul.

La expectación era mucha. Aunque el 2 de agosto ya se había estrenado en Senegal ante la élite dakaroise en un Teatro Sorano de gala, esta noche era la primera proyección de Atlantique (2019) gratis y a cielo abierto, en Medina, un barrio popular de la capital. El lugar elegido para proyectar el más reciente Gran Premio del Festival de Cannes, el antiguo cine Empire, uno de los clásicos de la ciudad, reabierto hace unos años, permite al vecindario apropiarse el sitio. Sillas, sillones, escaleras, suelo, varias alturas, comida y bebida… todo a disposición para que la proyección sea abierta y participativa, en esta sala a cielo descubierto. Esperando que anocheciera, la terraza del edificio desde la que se apreciaban entremezclados tejados de mezquitas, inmuebles antiguos y nuevos, acabados e inacabados, grúas y banderas, acogía también a los invitados de la entidad organizadora del evento, la Raw Material Company, uno de los centros de arte más punteros de la subregión, que cerraba su séptimo programa de formación, el cual versaba sobre el tema “Imágenes de nuestro tiempo”, dirigido por el cineasta Eric Baudelaire.

Cartel de la película Atlantique (2019), de Mati Diop.

El calor del pasado 13 de diciembre empezaba a despedirse y el viento fresco y salado del omnipresente océano entraba desde de la corniche de Dakar a este edificio abierto de la calle Malick Sy, creando el ambiente necesario para meterse en el film de la franco senegalesa Mati Diop (Francia, 1982). El sol desaparece anaranjado dejando rápido el paso a la luna, y con ella, la presentación de la película. Una Mati Diop concentrada y reflexiva introducía el film aludiendo a la transición lógica de su obra cinematográfica compuesta por el cortometraje Atlantiques (2009) y el documental Mille Soleils (2013) y sobre la inevitabilidad del asunto: -“¿de qué otro tema se puede hablar?”: la migración es el trasfondo de su compromiso con el cine, de su experiencia vital y de la obra que la precede: la de su tío, el reconocido cineasta Djibril Diop Mambéty.

Sin más spoiler, la audiencia se quedaba en absoluto silencio durante las casi dos horas de la película (1h. 47min.) El incesante sonido del mar que acompañaba la película era solo interrumpido por la última llamada a la oración que resonaba desde la Gran Mezquita de Dakar, a escasos metros. Concentración, emoción o tensión, según el pasaje, se leían en las caras de un auditorio que sin duda elevaba el nivel de comprensión de esta película filmada en versión original en wolof y subtitulada en francés, que ha recorrido desde hace seis meses pantallas de todo el mundo . El encuentro con su público era “primordial”, según explicaba la propia realizadora.

Atlantique es la historia de Ada y Suleimán. Una historia de amor frustrada, atrapada en un contexto en el que la falta de expectativas ahoga en el imponente océano los sueños de una generación, de la fuerza viva de un país. La película habla de los desaparecidos en el mar, de los que se van: pero sobre todo de los que se quedan. Las que se quedan. Una mirada femenina, atrevida, crítica, comprometida y sensible que atraviesa al espectador desde la primera escena hasta la última. El contundente final culminaba con un caluroso aplauso que hacía levantarse a la directora y a un jovencísimo electo actoral (seleccionado por la propia Diop hace menos de dos años) que se presentaban ante el público en Medina con una mezcla de timidez y soltura; aquella que da las tablas de quien se ha enfrentado ya a medios de todo el mundo: Ibrahima Traoré (Souleiman), Mame Bineta Sané (Ada) y Nicole Sougou (Dior)

Lo que esconde el océano de Atlantique

No se conocían pero sí. Dos grandes nombres de la literatura y el cine del país como Ken Bugul y Mati Diop habían inevitablemente oído hablar la una de la otra y de sus trabajos, pero nunca habían coincidido físicamente. Abiertamente impresionada por la creatividad de la nueva generación de cineastas, y de esta película en particular, que definió como “obra maestra por su mirada compleja sobre la migración”, Ken Bugul (Senegal, 1947) afirmaba sentirse identificada con Ada, la protagonista y su grupo de amigas, “con esas mujeres con su destino en la mano, que asumen sus vidas y sus cuerpos”. Comenzaba así una conversación sobre los subtemas que atraviesan la película.

Juventud fantasma

Mati Diop explicaba su inspiración para realizar la película. Nacida y crecida en Francia, en 2008 aterrizaba en Dakar movida por un deseo de explorar sus raíces africanas ya que su padre, el cantante Wasis Diop, es senegalés. Es en la capital donde se encuentra de frente “con una juventud solitaria y habitada por un inmenso deseo de partir”. Es cuando decide poner su incipiente mirada cinematográfica al servicio de lo que estaba observando, y que calificaba de “problema existencial”.

Ellas

Tras su primer trabajo, el cortometraje Atlantiques con protagonistas masculinos, decide en este, su primer largometraje, focalizarse en las que se quedan: “La única manera de contar que encontré legítima desde mi lugar”, comentaba. “Además me parecía injusto restringir el retrato de la juventud de Senegal de la década de los 2000 solo a los que se van. Las historias de migración atraviesan a todas las esferas: madres, hermanos, novias… hay muchos que se quedan”, reflexionaba al tiempo que le tomaba la palabra Ken Bugul, para quien el rol de la mujer no ha sido lo suficientemente explorado hasta ahora en lo que respecta a las migraciones internacionales: “Ellas se quedan silenciosas, son más invisibles aún. Por eso veo la importancia de darles la voz, de hacerles actuar su propio rol a estas jóvenes que tienen mucho que decir”.

Feminismo

El debate prosiguió sobre la emancipación de las mujeres y sobre las conquistas de autonomía que se han dado en las décadas de los 60 y 70 y que la escritora tachaba de “adquisiciones frágiles”. “Fueron en el discurso, sobre el papel, pero no en lo cotidiano”, subrayaba Ken Bugul, el seudónimo que utiliza la novelista senegalesa Mariètou Mbaye Biléoma, y que significa «la que nadie quiere». “¡Manteneos alerta!”- exhortaba al auditorio- “¡Seguid vigilantes, no bajéis la guardia!”. El mensaje a la juventud, en particular a las mujeres, no podía ser más claro. “En los últimos años se ha colado un retroceso en nuestros derechos por las fisuras de lo conseguido. En Senegal, y en todo el mundo, las mujeres son de nuevo las víctimas”, remataba responsabilizando por ello “a las estrategias del capitalismo introducido desde los 90 que han anclado nuevos valores como el dinero, la apariencia, el consumo, y cosificado el cuerpo de las mujeres”.

Justicia social

La directora suele presentar la película como una “fábula política”. El trasfondo es claro. Lo señalaba desde el público un profesor de escuela que le recordaba el paralelismo de la escena inicial, en la que Souleimán y los otros chicos reclaman sus 3 meses de salario impagado al constructor de una gran torre, con la mítica secuencia de Camp de Thiaroye (1988), del senegalés Ousmane Sembène. En ella se mostraba la demanda de los soldados senegaleses al ejercito francés en 1944 tras participar en la II Guerra Mundial, y que fue abatida con bombardeos. “Cada vez que mires el alto de tu torre, pensarás en nuestros cuerpos sin tumba”, dicen los desaparecidos al patrón en un fragmento de la película. “Atlantique es una historia de amor frustrado, por el océano y por la violencia capitalista”, sentenciaba la realizadora. “Y no es azar que sean ellas las que encarnen la reparación y la reclamación de justicia social”, matizaba Ken Bugul. “Siempre lo hemos hecho”.

Amor, sexo y moral en Senegal

Preguntada por la moderadora sobre si habían tenido dificultades en el rodaje de la escena final, en referencia a un momento erótico entre los protagonistas, Diop quedaba desconcertada: “¿Por qué no lo pronuncias?”, le inquiría directamente a Sambou. La realizadora explicaba que los actores comprendieron perfectamente la escena que sobrepasaba lo físico: “No hay lugar a polémica”, decía rotundamente al tiempo que añadía que “los jóvenes actores han asumido con naturalidad su papel en una escena sensual sin cuestionarse si chocaba o no con la moral senegalesa”. Para Diop “es importante crear nuevos referentes de relación en el cine que quizá alivien la presión social de una juventud solitaria. Nunca he visto a un hombre y una mujer negros besarse con pasión en una película africana”, confesaba. “Me deja atónita y desconcertada como espectadora. Creo que la gente, y sobre todo los jóvenes, tienen la necesidad de conocerse, de liberarse y de amarse”. “Hay que amar sin moderación”, arengaba Ken Bugul, como colofón tras la respuesta de Diop. Para Bugul, la “casi octogenaria” como ella se define, por parte de la juventud es una cuestión de valentía enfrentarse al grupo, construirse como persona y afirmarse como individuo son sus particularidades. “Me interesa la identidad en relación a su construcción individual y no en relación a un sentimiento de pertenencia, sea comunitaria,  geográfica, racial o religiosa”, explicaba.

Fantasía y realidad

Mati Diop tenía claro que en la película tenía que haber fantasía. “[En la película] muestro un barrio obsesionado por la desaparición de su fuerza viva. El retorno de los muertos es una leyenda universal atlántica, de la que me he inspirado sobre todo de historias bretonas, y que me pareció indispensable para hablar de esos jóvenes desaparecidos. La solución a través de la posesión, del djinn fue una manera de aterrizarlo en el contexto: es la manera en la que el barrio interpreta lo que pasa. Aquí la fantasía es inherente a la realidad”, dijo cuestionada desde el público sobre su inspiración para meter en la película a estos seres, al pertenecer a la etnia lebou, caracterizada por su misticismo.“Otro pasaje que me ha inspirado fue un suceso acontecido hace unos años en Senegal sobre unas chicas que se desmayaban a la vez en una escuela”, comentaba Diop. Lo que más le impresionó de esta creencia muy extendida en el país sobre que las jóvenes quedan poseídas por un ser maléfico sobrenatural y que se conoce como djiné Maimouna, es que finalmente es el marabú, la figura religiosa masculina de referencia en la localidad, la que da el veredicto de lo que pasa. “Y era la forma de vestir de las mujeres la que causaba el conflicto”, afirmaba alarmada. Para Ken Bugul, esto demostraba “lo manipulables que somos como sociedad,” afirmando que “no cuestionar las jerarquías es un freno al sentido común”.

En este sentido, la escritora señalaba que este verano ha escuchado en la radio que las lluvias en el país se habían retrasado “porque las mujeres se vestían descocadas” y señalaba la importancia del cuerpo de la mujer como un medio de resistencia ante la opresión. En la película también se alude a otro lugar común en la tradición mística senegalesa, el faru rab, otro demonio que habita en las mujeres y que hace que los matrimonios fracasen. Algo de lo que Ken Bugul valoraba retomando la idea del escritor Cheikh Hamidou Kane, de la necesidad de trabajar los mitos para entender la sociedad contemporánea.

Utopía de la emancipación

La conversación cerraba con una oda a Ada, “un personaje utópico, fuertemente arraigado a los valores fundamentales deseados no solo para las mujeres senegalesas sino para toda la juventud”, según explicaba Mati Diop. Ken Bugul la alababa: “Una historia de amor que permite ser como deberían ser todas las historias de amor”. La noche ya cerrada no permitía más reflexión que la que se dejaba abierta en la cabeza de un público que retomaba los aplausos para despedir al equipo, visiblemente emocionado por este tiempo compartido.

Netflix apuesta por producciones originales africanas

El cine es una de las formas de representación cultural más importantes de la era moderna. A lo largo de su trayectoria histórica ha cumplido con numerosas funciones, pero a pesar de la versatilidad que lo caracteriza, ha sido acaparado por la industria de Hollywood. La mayoría de producciones cinematográficas que encontramos en las carteleras pertenecen en exclusiva a la industria estadounidense, reduciendo significativamente las posibilidades de elección del público, que ha consumido hasta la fecha lo que se ha impuesto como un modelo irrefutable de éxito, tanto como la principal plataforma de globalización de la American Way of Life, el fast food o tendencias de moda.

La serie sudafricana Catching Feelings, actualmente disponible en la plataforma Netflix.

Aunque las pantallas de cine siguen reproduciendo los cánones occidentales, hoy en día hay industrias que sobrepasan las producciones norteamericanas. Como siempre hemos defendido en Wiriko, el Sur Global da muestras de estar poniendo en jaque la supremacía de Hollywood. De entre las nuevas industrias, Bollywood encabeza el primer puesto, con Nollywood pisándole los talones. El problema viene cuando no interesa compartir el monopolio.

Sin embargo, en los últimos años el panorama ha cambiado debido al surgimiento de compañías privadas que ponen al alcance propuestas cinematográficas más diversas, presentándose así como competidoras potenciales de Hollywood. Nos referimos a empresas como Netflix, fundada en 1997 en Estados Unidos y que en poco más de una década ha conseguido 150 millones de suscriptores.

Si bien es cierto que al principio no destacaba entre otras plataformas de cine a la carta, pues se dedicaba al alquiler de DVDs, actualmente se ha consolidado como la plataforma de streaming más importante, ofreciendo un catálogo sin fronteras en el que los y las usuarias pueden consumir grabaciones de cualquier país. Una de las cualidades que ha mostrado tener Netflix es su flexibilidad para adaptarse a los nuevos tiempos y a las demandas de la audiencia en cualquier parte del mundo. Así que no es de extrañar que la compañía lleve ya años fijándose en el mercado africano y ahora, apueste por invertir en producciones propias hechas desde África.

África en Netflix, Netflix en África:

Con motivo del festival de Cannes vimos el desequilibrio de acceso al cine realizado en los países de África del Norte con respecto al del resto del continente. Sin embargo, el interés e inversión de plataformas como Netflix puede darle un giro a esta situación. En la Content London 2018 que tuvo lugar a finales del año pasado, Erik Barmack, vicepresidente del área de contenidos originales de la compañía norteamericana, anunció que para 2019 la compañía encargará la producción de series originales africanas, favoreciendo de esta manera un consumo de cine sin fronteras, así como asegurándose la clase media africana como potencial cliente.

Estas son algunas de las novedades de las que podremos disfrutar próximamente, y a las que no podemos esperar para ver:

Atlantiques (2019)

El trabajo de la francosenegalesa Mati Diop (1982) no hace más que atraer el interés del mundo cinematográfico. Después de haber recibido el premio Grand Prix en la 58ª edición del Festival de Cannes, se ha hecho viral la noticia de que Netflix compró los derechos universales del primer largometraje de Diop, incorporándola así a la lista de producciones africanas. La fecha en la que el filme estará disponible queda aún por determinar.

Blood and Water (2020)

En el drama juvenil Blood and Water conoceremos una adolescente que descubre un secreto familiar a la vez que tiene que lidiar con su vida en el instituto. La directora sudafricana  Nosipho Dumisa (1988) estará al mando de la producción, y además contará con el apoyo de los profesionales Daryne Joshua y Travis Taute del equipo de Gambit Films. Fuentes oficiales revelan que el reparto está formado por actores y actrices de Sudáfrica, así como que el rodaje empezará a finales de este año con vistas a que se estrene en 2020.

Nosipho Dumisa.

 

Mama K’s Team 4 (2019)

Gracias a la historia creada por la zambiana Malenga Mulendema y diseñada por el camerunés Malcolm Wope, nos trasladamos a la ciudad neo-futurista de Lusaka (Zambia) para acompañar a cuatro chicas en la misión que una agente secreta jubilada les ha encomendado: salvar el mundo. Según explica la guionista a Variety, una de las razones que la llevó a escribir Mama K’s Team 4 es que a pesar de gustarle los personajes de superhéroes, nunca se identificaba con ellos. Así es que el proyecto que inició para poner fin a la falta de representación que perjudica a la población negra se ha convertido en la primera serie africana animada de Netflix.

Fuente: Animation World Network.

Lionheart (2019)

Otro de los fichajes de Netflix es el drama nigeriano Lionheart. Cuando la salud del padre de Adaeze (Genevieve Nnaji) le impide seguir haciéndose cargo del negocio familiar, ella se ofrece para dirigir el negocio familiar, puesto que compartirá  con su tío Godswill (Nkem Owoh) a la vez que tiene que demostrar su capacidad para desenvolverse en el masculinizado mundo de los negocios.

Shadow Khumalo (2019)

Estrenada en marzo, Shadow Khumalo es una serie original africana de Netflix. En ella el ex-policía conocido por el apodo de “Shadow” (Pallance Dladla) sufre una trágica pérdida que le afecta hasta el punto de dejar de sentir dolor. Esto le lleva a trabajar de detective por su propia cuenta contra delincuentes que han escapado de la policía de Johannesburgo. De acuerdo con El Diario Vasco, el protagonista abandona el cuerpo policial defraudado por su inefectividad, aún así su antiguo compañero (Khathu Ramabulana) colaborará con él en los casos más complicados.

Queen Sono (2019)

Aunque todavía no esté disponible en la plataforma, se prevee que Queen Sono, la primera serie original africana de la compañía, se estrenará este año. IOL confirma que la actriz sudafricana Pearl Thusi (1988) dará vida a la protagonista, una espía de alto nivel encargada de mejorar la vida de la ciudadanía africana, quien tendrá que compaginar la misión más peligrosa que se le ha encargado con su vida personal.

Esperamos que cada vez sean más los medios que se sumen a estas iniciativas, comprometiéndose responsablemente con la producción de los cines africanos, promoviendo los talentos del continente y dándole voz a la pluralidad de experiencias de un mundo tan heterogéneo como el que vivimos.

“El niño que domó el viento”: ingenio contra la crisis alimentaria

“El niño que domó el viento” se estrenó en Netflix el pasado 1 de marzo

“Lo intenté y lo hice”. Este enunciado resume la cabezonería del malauí William Kamkwamba cuya historia se ha convertido en una de las últimas producciones de Netflix.

La frase se recoge en una charla organizada por TED en Arusha en junio de 2007. Por entonces las noticias sobre este joven ya habían saltado de los medios locales a los internacionales. 

Posteriormente se publicó un libro y se realizó un documental. Ahora El niño que domó el viento llega a la plataforma de películas y series de la mano del director y actor Chiwetel Ejiofor, conocido por su papel en 12 años de esclavitud.

El niño que domó el viento está basada en una historia real. Es una de esas películas inspiradoras, pero que no deja de lado la situación política y social del Malawi rural de principios de siglo. La crisis alimentaria es el marco para una cinta que aborda temas como la corrupción gubernamental y el cambio climático, claves para entender el contexto en el que se encontraba el país.

El joven, interpretado por el actor keniano Maxwell Simba, nunca se dio por vencido e impuso su imaginación frente a los problemas diarios de su familia y vecinos. Y en el Malawi de 2001, el problema era el hambre.

“La historia de William es una historia universal y creo que es parte del compromiso y la creatividad de los jóvenes y su espíritu profundo”, dice Ejiofor, que además interpreta al padre de William, Trywell, en la cinta.

Con tan sólo catorce años, Kamkwamba ideó un molino de viento de cinco metros de altura. Una idea que fraguó en el colegio local Kachokolo; ese mismo del que fue expulsado cuando su familia no pudo pagar los 80 dólares anuales de la matrícula. Con su determinación, y gracias a la complicidad de su profesor de ciencias y a la librera, el joven continúo yendo a la biblioteca del centro educativo. Allí encontró un libro titulado Using energy (Utilizar la energía), el germen que cambió el devenir de su familia y sus vecinos.

La cinta, ópera prima de Ejiofor, se centra en la perseverancia de Kamkwamba para convencer a su padre sobre su descubrimiento. Pero ¿cómo se persuade a alguien sobre energía eólica cuando sólo se entiende de aperos de labranza? ¿Cómo se acepta una idea cuando alrededor sólo hay hambre y muerte?

“No tengas miedo de fallar. Nunca vas a saber lo que vas a perder si no lo intentas”, dice el propio Kamkwamba en un video promocional de la película.

La perspicacia del joven hizo que el viento trajera agua a Wimbe, su población natal, en la región central de Malawi. Con materiales reciclados, el cuadro de la bicicleta de su padre y unos tubos de plásticos, el molino generó la suficiente energía para bombear agua del pozo local.

En una tierra azotada por las inundaciones y por las sequías, tener la oportunidad de realizar dos cosechas anuales era algo impensable. Pero cuando no hay nada que perder, hasta lo más alocado cobra sentido.

La película, que cuenta con una gran presencia de la lengua local (chichewa), es además de una historia de superación, un toque de atención a los responsables políticos. “La democracia es como una yuca importada, se pudre antes”, dice el padre de William.

El gobierno intentó ocultar la crisis alimentaria que azotó el país y que condujo la rutina hacia un laberinto sin salida. Con las grandes compañías madereras asolando los bosques, la tierra se quedaba sin barreras naturales para evitar las inundaciones en la temporada de lluvias. Con los campos empantanados y la cosecha perdida, los ciudadanos dejaron de tener un sustento vital y económico, el mercado local se vació y el comercio desapareció. Llegó el pillaje. Las matrículas escolares se dejaron de pagar, los estudiantes abandonaron las aulas para ayudar a sus padres a labrar una tierra yerma y los profesores dejaron de serlo. Ante el círculo vicioso se impuso el ingenio. No había nada que perder. “No estoy soñando, papá”, dice William para ganarse finalmente la confianza de su padre.

William Kamkwamba es un héroe en Malawi. El día en el que el molino de viento giró, su vida y la de su pueblo voló libre. Desde entonces intenta inspirar a otros jóvenes a no conformarse y a través de su organización, Moving Windmills Projects, favorece el desarrollo de las zonas rurales del país.

 

África y diáspora en corto (II)

Boneshaker

Dir: Frances Bodomo

(2013)

13 minutos

La joven (solo tiene 30 años) cineasta ghanesa Frances Bodomo está elevando a las alturas el nivel de los cortometrajes africanos, tanto en temática como estéticamente. Os traemos hoy, en esta segunda entrega de cortometrajes africanos, su ópera prima en la que retrata la historia de una familia de África Occidental, perdida en América, que viaja a una iglesia evangélica en Luisiana para encontrar una cura a la extraña enfermedad que padece su hija. Boneshaker tiene un brillo resbaladizo y nostálgico con imágenes granulosas y anaranjadas de la vegetación del sur de Estados Unidos; una alegría para la vista. El trabajo tiene un aspecto intimista que representar la espiritualidad a través de una lente honesta. Sin duda, vale la pena buscar en la filmografía de Bodomo mientras de manera ambiciosamente nos continúa acercando historias ricas y fascinantes a la pantalla. Y ojo, no dejéis pasa la oportunidad de investigar sobre su exitoso Afronauts (2014).

 

África y diáspora en corto (I)

Buitenkant (The Outside)

Inauguramos sección de cortometrajes en la que pretendemos acercar miradas del continente y sus diásporas con historias actuales que contribuyan a un mejor entendimiento de las realidades sociales.

Y comenzamos con Buitenkant (The Outside) una joya que evidencia la problemática de las personas  sin hogar en una de las ciudades más turísticas de África. El director William Nicholson lo explica así: “Vivo en una parte de Ciudad del Cabo donde hay un marcado contraste entre las vidas de los profesionales de clase media que viven en bloques de apartamentos y una comunidad de personas sin hogar muy matizada que vive en las calles directamente en los márgenes”.

La actriz sudafricana Rehane Abrahams es la encargada de interpretar a una persona sin hogar. Y durante 11 minutos el espectador será testigo de su viaje mientras lucha contra las dificultades de no tener un lugar al que llamar casa y de los comportamientos fisiológicos, emocionales y territoriales a los que se enfrentan muchas personas que viven en su misma situación. Pero hay un giro. En un golpe de suerte, encuentra un juego de llaves de un apartamento, un descubrimiento que le otorgará la oportunidad de escapar de su dura realidad, aunque solo sea por un momento. Al principio, hace lo que se podría esperar de alguien en su posición y saquea el lugar, buscando comida, ropa y otros artículos para robar. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, su golpe de suerte trae consigo su propio conjunto de desafíos y confusión. En resumidas cuentas, Buitenkant detalla un día en la vida de una mujer sin hogar que se encuentra sola y dentro del piso privado de un completo desconocido.

¡Buen visionado!

Keteke, humor y sarcasmo en la Ghana post independencia

En 2015, la exministra de Turismo, Cultura y Artes Creativas de Ghana, Elizabeth Ofosu-Adjare, solicitó a las aerolíneas internacionales que incluyeran películas ghanesas a bordo de sus vuelos a Accra, la capital. La misiva sonaba bien, pero se quedó en suspense. Dos años después, la película Keteke (2017), dirigida por Peter Sedufia, se postula como un éxito viral no solo para el país que en 2017 celebraba el 60 aniversario de la independencia de Inglaterra, sino en los diversos festivales en los que está siendo seleccionada.

El título del trabajo de Sedufia alude al medio de transporte, que se convierte en un elemento indispensable para el guion: en Keteke se cuenta la historia de una pareja que pretende marchar a la ciudad para dar a luz, pero llegan tarde para coger el tren. Lo pierden. Una decisión equivocada los abandona en el medio de la nada. Así que, ¿llegarán a tiempo a la urbe para el parto o se arriesgarán a tener al bebé en el pueblo más cercano? En realidad es también un guiño histórico del joven realizador al servicio ferroviario de los años 80 en Ghana, cuando el ferrocarril era el único medio de transporte en las zonas rurales.

Otro de los regalos en la película, además de la hermosa fotografía, es el tema principal de la banda sonora, interpretada por el también ghanés Worlasi, y que ofrece una buena mezcla de estilos tradicionales, como el Palm Wine, y otros contemporáneos con presencia evidente de sonidos electrónicos. Una vez más, el cine funciona como correa de transmisión cultural. Keteke retrocede en el tiempo para explicar una historia que tocaría aspectos importantes de la sociedad: cómo son las relaciones humanas, las tradiciones, la magia “negra” y las infraestructuras ghanesas mediante el uso del humor y el sarcasmo.

El surrealismo mágico de las hechiceras africanas

Agosto de 1612. Valle de Pendle (Pendle Hille), en el condado de Lancashire, Inglaterra. Hacía calor y la gente se agolpaba en el que se ha considerado como uno de los juicios de brujas más famosos de la época. Alizon Device, una niña de 11 años, fue ahorcada, junto con otras nueve personas, después de admitir que era una hechicera que a menudo se encontraba con el demonio en compañía de su abuela de 80 años. A ella también la ahorcaron sin importar cuántas canas lucía. Y la literatura ha hecho correr tinta desde entonces.

Sí, es una película, pero estos espacios abocados al exotismo por la desprotección de los gobiernos existen en la realidad. La directora pasó más de un mes en uno de ellos en Ghana para documentar un guion que combina la denuncia social y la sátira y que continúa cosechando éxitos después del debut en el festival de Cannes de 2017, por cierto, la primera película zambiana que se ha presentado en el festival francés. El último de los galardones llegaba hace unas semanas con el BAFTA, los premios de cine que concede la Academia británica al debut como mejor dirección.

Este artículo ha sido publicado originariamente en el blog África no es un país, de El País. Para seguir leyéndolo puedes visitar este sitio.

Watu Wote: El terror de Al shabab nominado a los Oscar

Esta vez solo se trata del titular. Esta historia de tan solo 22 minutos y nominada a los Oscar en la categoría de mejor cortometraje es un soplo de aire fresco. Un puntapié a la retórica racista de Trump y a los discursos bañados en fuego de algunos líderes incitando al odio contra el “otro”. Un ejemplo, uno más, de que no se trata de un conflicto religioso sino de terrorismo. A secas. La película Watu Wote: All of Us, dirigida por la alemana Katja Benrath, escrita por Julia Drache y producida por Tobias Rosen, cuenta los hechos reales de diciembre de 2015 que sufrieron los pasajeros de un autobús que se dirigía a Mandera, una pequeña ciudad en el noreste de Kenia, frontera con Somalia. El grupo terrorista al-Shabaab intentó replicar el modelo de asalto y reivindicación que llevara a cabo un año antes (noviembre de 2014) en el que asesinó a los cristianos del autobús, después de separarlos de los musulmanes. Una masacre con 28 fallecidos.

Pero en esta ocasión no fue así. Los pasajeros musulmanes se negaron a cumplir con la demanda de los asaltantes de que identificaran a los cristianos entre ellos, salvándolos de una muerte casi segura. Incluso después de que los terroristas amenazaran con disparar, los musulmanes protegieron a sus hermanos y hermanas e incluso les dieron atuendos religiosos para que no fueran identificados fácilmente. Valentía. Amor. No obstante, murieron dos personas y otras tantas resultaron heridas. La ansiedad incesante creada por el conflicto persistió hasta que un día los pasajeros demostraron que la fe y la solidaridad pueden prevalecer sobre los actos de terror y violencia.

El nairobense Abdi Latif Dahir lo explica así: “Desde hace varios años, Kenia ha sido blanco de ataques terroristas, especialmente desde la intervención del ejército en Somalia en 2011. Los crecientes atentados de Al-Shabaab han desestabilizado la armonía religiosa. De hecho, en sus videos de reclutamiento y mensajes en redes sociales, han jugado con los agravios a los que se enfrentan los musulmanes en una nación de mayoría cristiana, incluida la pobreza, la discriminación y el subdesarrollo en sus regiones”.

La película ya ha ganado más de 35 premios de festivales de cine, incluido el Gold Student Academy Award, los Oscar de los estudiantes de cine, en la categoría de mejor narrativa. Es un hito cinematográfico. Pero también social. El destino quiso que el mismo día de la nominación a los prestigiosos premios de la Academia de Cine de Hollywood se estrenara en Kenia, en el Centro comercial Wesgate de Nairobi. Hay que hablar de ello para superar el miedo. Los miedos. Y por eso como explica Bryan Mwangui “es necesario que se visibilice que en Kenia la convivencia entre religiones es pacífica a pesar de que la prensa internacional se empeñe en mostrar lo contrario”.

La película está protagonizada por Adelyne Wairimu, Barkhad Abdirahman y Fasal Ahrmed (Capitán Phillips) y Abdiwali Farrah (Fishing Without Nets).

El 4 de marzo sabremos si este fogonazo de luz se hace todavía más viral.

Senegal y Sudáfrica ¿a por el Oscar 2018?

Hoy es el día. Poco después de las 15.00 hora española conoceremos los cinco trabajos seleccionados para competir por el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa. Es cierto que bajo la dirección del nuevo presidente John Bailey (Mejor..Imposible, 1997) quien asumía el timón de la Academia de Hollywood hace unos meses, se han introducido algunos cambios para tratar de mitigar los errores que tuvieron lugar el año pasado al anunciar al ganador de la mejor película (que finalmente fue para Moonlight, del director Barry Jenkins). Pero la herencia de la representación blanca, masculina y occidental, continúa siendo la tónica general.

Este año se han presentado un total de 92 filmes para optar a la mejor película extranjera, una cifra récord ya que en 2017 se consideraron elegibles 85. Y de estas 92, han entrado por primera vez en las apuestas países como Haití, Honduras, Laos, Siria o, en el caso africano, Mozambique y Senegal. El trabajo de criba es demoledor. Solo nueve películas pasaron el corte y en unas horas sabremos cuáles se sentarán en el Dolby Theater de Hollywood (Los Ángeles) para la gala de premios de la 90 edición que asegura estar politizada con discursos en contra de las salidas de tono cada vez más frecuentes y peligrosas del presidente norteamericano Donald Trump. Por cierto, la Academia continúa firme en mimar a las productoras Sony Pictures Classics y Magnolia Pictures que lideran esta categoría con tres y dos películas, respectivamente.

Las dos películas africanas entre las 9 candidatas

Sudáfrica: Inxeba, 2017. Director: John Trengove

Inxeba explora de forma rígida e inquebrantable la masculinidad negra situándolo en un entorno aún más silencioso, la iniciación Xhosa. Además, el director construye su mundo con ángulos de cámara íntimos y fotos de naturaleza encantadoras.

Aquí la crítica de la película.

Senegal: Félicité, 2017. Director: Alain Gomis

El nuevo trabajo de Gomis es un canto a la vida. Un tratado de resiliencia visual y musical de más de dos horas y que relata los pormenores de una madre soltera de Kinshasa, Félicité, cuya rutina cambia el día en que su hijo sufre un accidente de tráfico.

Aquí la crítica de la película.


A parte de las seleccionadas Inxeba y Félicité, las películas africanas que se presentaron para competir a la Mejor Película de Habla no Inglesa fueron estas.

Argelia: Road to Istanbul, 2016 Director: Rachid Bouchareb.

Egipto: Sheikh Jackson, 2017. Director: Amr Salama.

Kenia: Kati Kati, 2016. Director: Mbithi Masya.

Marruecos: Razzia, 2017. Director: Nabil Ayouch.

Mozambique: El tren de la sal y el azúcar, 2017. Director: Licinio Azevedo.

Aquí la crítica de la película.

Túnez: The Last of Us, 2016. Director: Ala Eddine Slim.

 

Burgos cumple 11 años de cines africanos

 

Una vez más, como cada año por estas fechas, el cine africano vuelve a la ciudad de Burgos. El pasado 11 de enero dio comienzo el Ciclo de Cine Africano, una cita que se ha ido consolidando y que cada vez cuenta con más público. Este ciclo, organizado por el Aula de Cine y Audiovisuales y el Aula de Paz y Desarrollo de la universidad (UBU) con la importantísima colaboración de la ONGD Al-Tarab y el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT), cumple más de una década acercando los cines del continente negro a sus espectadores y visibilizando realidades que, para muchas personas, siguen siendo desconocidas.

Tres son los cortometrajes producidos en diferentes países que van abriendo bocado. El dramaKindil el Bahr (2017), una coproducción de Argelia, EE.UU. y Kuwait, tuvo el honor de inaugurar el evento al que le seguirá ​La laine sur le dos (2016) y el cortometraje malgache ​Nirin (2015). Los tres largometrajes nos acercan historias de tres países africanos muy diferentes:Wallay nos transporta a Burkina Faso, mientras que Felicité nos relata una historia de una cantante en los locales de Kinsasha, en la República Democrática del Congo e ​Inxeba (La herida en español) nos acerca al conflicto en el que se cruza la tradición xhosa, la masculinidad y la homosexualidad. Una oportunidad única de (re)descubrir las historias que desprenden los cines africanos y poder disfrutar de este espléndido séptimo arte. En Wiriko no nos lo hemos querido perder y hemos entrevistado a Álvaro Alonso de Armiño, codirector del Aula de Cine y Audiovisuales de la UBU.

Wiriko: ​Esta cita parece consolidarse año tras año y ya cumple nada más y nada menos que once años​ ​¿Cómo surgió la idea de organizar un ciclo de cine africano en Burgos?

Álvaro: La idea surgió en el año 2001 cuando el Aula de Cine y el Aula de Paz y Desarrollo de la Universidad de Burgos decidimos colaborar para poner en marcha un ciclo dedicado a cinematografías de países en desarrollo, a conflictos olvidados, cine e inmigración… ese fue el germen. Pero, en 2006 entramos en contacto con el Festival de cine Africano de Tarifa y decidimos centrar este ciclo exclusivamente en el cine africano. La labor del FCAT es encomiable y muy interesante.

W:¿Qué objetivos plantea este ciclo?

A: ​El cine africano es, como casi todo lo que ocurre en ese continente, un gran olvidado y cuando no, solo es noticia para significar catástrofes de todo tipo. Desde el Aula de Cine queríamos dedicar uno de los ciclos del curso a difundir una pequeña parte de su cultura y sobre todo mostrar al público burgalés películas que de otro modo nos resultarían absolutamente desconocidas. Además este ciclo ayuda en cierto modo a romper con ideas preconcebidas sobre lo que podemos encontrar más allá de nuestras fronteras y vislumbrar la enorme diversidad de la cultura africana.

W: ​El Aula de Cine ha hecho una firme apuesta por los cines de África ¿Por qué? En tu opinión, ¿qué crees que tiene de especial el cine africano?

A: ​En estos ya 11 años de ciclos de cine africano hemos visto una evolución muy notable. Un cine que va quitándose complejos para ofrecer algunas de las propuestas más interesantes de la cinematografía actual, abordando temas cada vez más diversos y con una factura fílmica extraordinaria, si bien es cierto que la mayoría de las películas son de directores afincados en Europa y cuenta con coproducción de diferentes países occidentales.

W: ​¿Cuál ha sido la acogida por parte del público en los últimos años?

A: Es uno de los ciclos que mejor funciona y que tienen más éxito de público y eso a pesar de que las películas desgraciadamente no tienen ningún recorrido en los medios de comunicación, ni siquiera en revistas especializadas de cine salvo contadísimas excepciones.

W: En los últimos años parece que los cines africanos están viviendo un enorme boom. ¿A qué dirías que se debe?

A: Creo que puede ser debido a la gran variedad de enfoques que sorprenden por lo inhabitual para el imaginario que se nos intenta crear desde occidente, lleno de tópicos y temas recurrentes.

W: Aquí en España cada vez se organizan más eventos culturales relacionados con el mundo africano ¿Crees que es un instrumento acertado para concienciar sobre la situación real del continente?

A: Todo suma. Desgraciadamente vivimos en un país en el que la cultura en general es un bien que no se fomenta desde las instituciones ni desde el sistema educativo, es un bien solamente de consumo y que nos llega impuesto por los massmedia. Pero desde luego que todos los eventos culturales (el cine es uno de ellos) que se desarrollan en torno al continente africano, ayudan a romper estereotipos y a conocer una cultura muy desconocida para occidente.


No te olvides

Lugar: Centro Cultural de Caja de Burgos. Avda. Cantabria 3 y 5.

Hora: 20.30h.

Venta de Entradas: A partir de las 19.30h. en la taquilla del Centro Cultural de Caja de Burgos. Avda. Cantabria 3 y 5.

En la Casa del Cordón, laborables de 12.00h. a 14.00h. y de 19.00h. a 21.00h. Festivos de 12.00h. a 14.00h.

Precio: Entrada 2,5€

Mozambique, la sal de la vida en tiempos de guerra

Mozambique, años ochenta. Cada vez son más los habitantes que se juegan la vida llevados al borde de la desesperación por la guerra civil posterior a la independencia que devastó el país desde 1977 hasta 1992. Un viaje en tren de 700 kilómetros desde Nampula, en la costa, hasta la frontera interior con Malaui. Un trayecto fletado de militares de la FRELIMO que llevaban ametralladoras antiaéreas contra las hostiles fuerzas de la RENAMO que intentaban descarrilarlos. Los civiles arriesgaban sus vidas para llevar la sal, que era abundante, y comerciarla por el azúcar, que se había vuelto escaso y rentable. Objetivo: mantener a sus familias en tiempos de escasez. La magia de torear al hambre a cualquier precio. Un camino especialmente duro para las mujeres, porque el miedo a bordo del tren era tan temido como el que podían tener durante el viaje.

Esta historia de arriesgar la vida y la integridad física como un medio de supervivencia se narra en la impresionante película The Train of Salt and Sugar (2016) (El tren de la sal y el azúcar) dirigida por Licinio Azevedo. Basado en una novela escrita por el propio director hace una década, es un trabajo profundo y conmovedor que pone de relieve el valor de recuperar los elementos microscópicos de la historia contemporánea africana: sin grandes efemérides, sin grandes nombres, a fin de cuentas, historias de gente común. Una película que se compromete con una imagen más amplia y humana de Mozambique. Sin duda, un trabajo que en 2018 se convertirá en una de las cintas más destacadas del continente.

Mozambique tiene una historia cinematográfica que ha producido algunas de las películas más desafiantes y progresivas del continente en los años ochenta (Mueda, Memoria e Massacre, 1980 de Ruy Guerra; O vento sopra da norte, 1987, de Jose Cardoso), pero la caída del telón de acero afectó significativamente a las fuentes de ingresos de la industria y a la producción cinematográfica del país. Quizás por este motivo los largometrajes de ficción en el país se han convertido en algo raro en un entorno tan carente de recursos.

En los últimos años el brasileño Azevedo –aunque desde hace más de tres décadas afincado en Mozambique– se ha convertido en una de las figuras esenciales del sector cinematográfico con una miríada de documentales sociales y políticos junto al largometraje Virgem Margarida (2012). En su segunda ficción la fotografía (y el plano inicial en la estación de tren es una clara muestra de ello) es visualmente rica y reflexiva, deteniéndose en el paisaje mozambiqueño, y amplificando la hermosa, pero aterradora frontera en la que el tren se aventura. Es más, la complejidad del lenguaje metafórico colisiona con el profundo pragmatismo de la guerra. Y todo aderezado con las creencias animistas que de forma sutil se van intercalando.

La estrella de la cinta es sin duda la radiante Melanie de Vales Rafael, de 21 años, cuya actuación en esta producción histórica la llevará por el camino de una carrera excepcional. Interpreta el personaje de Rosa, una joven enfermera, que se erige como un emblema de la vulnerabilidad, la ternura y la fuerza del papel que desempeñan las mujeres en tiempos de guerra. La joven actriz consiguió su primer papel cuando tenía solo 14 años junto a Danny Glover en el drama The Republic of Children (2012) del director guineano Flora Gomes.

Creciendo en Brasil, parece que Azevedo siente una afinidad natural por los hilos del realismo mágico que se infunden de la narrativa de su último trabajo, recordando las obras de los grandes novelistas latinoamericanos como Gabriel García Márquez. The Train of Salt and Sugar está lleno de elementos de magia y comedia, lo que subraya la poderosa persistencia de la esperanza y la imaginación, incluso en tiempos de guerra.

Si quieres adentrarte en el cine de Mozambique, te recomendamos que leas este artículo.