Netflix apuesta por producciones originales africanas

El cine es una de las formas de representación cultural más importantes de la era moderna. A lo largo de su trayectoria histórica ha cumplido con numerosas funciones, pero a pesar de la versatilidad que lo caracteriza, ha sido acaparado por la industria de Hollywood. La mayoría de producciones cinematográficas que encontramos en las carteleras pertenecen en exclusiva a la industria estadounidense, reduciendo significativamente las posibilidades de elección del público, que ha consumido hasta la fecha lo que se ha impuesto como un modelo irrefutable de éxito, tanto como la principal plataforma de globalización de la American Way of Life, el fast food o tendencias de moda.

La serie sudafricana Catching Feelings, actualmente disponible en la plataforma Netflix.

Aunque las pantallas de cine siguen reproduciendo los cánones occidentales, hoy en día hay industrias que sobrepasan las producciones norteamericanas. Como siempre hemos defendido en Wiriko, el Sur Global da muestras de estar poniendo en jaque la supremacía de Hollywood. De entre las nuevas industrias, Bollywood encabeza el primer puesto, con Nollywood pisándole los talones. El problema viene cuando no interesa compartir el monopolio.

Sin embargo, en los últimos años el panorama ha cambiado debido al surgimiento de compañías privadas que ponen al alcance propuestas cinematográficas más diversas, presentándose así como competidoras potenciales de Hollywood. Nos referimos a empresas como Netflix, fundada en 1997 en Estados Unidos y que en poco más de una década ha conseguido 150 millones de suscriptores.

Si bien es cierto que al principio no destacaba entre otras plataformas de cine a la carta, pues se dedicaba al alquiler de DVDs, actualmente se ha consolidado como la plataforma de streaming más importante, ofreciendo un catálogo sin fronteras en el que los y las usuarias pueden consumir grabaciones de cualquier país. Una de las cualidades que ha mostrado tener Netflix es su flexibilidad para adaptarse a los nuevos tiempos y a las demandas de la audiencia en cualquier parte del mundo. Así que no es de extrañar que la compañía lleve ya años fijándose en el mercado africano y ahora, apueste por invertir en producciones propias hechas desde África.

África en Netflix, Netflix en África:

Con motivo del festival de Cannes vimos el desequilibrio de acceso al cine realizado en los países de África del Norte con respecto al del resto del continente. Sin embargo, el interés e inversión de plataformas como Netflix puede darle un giro a esta situación. En la Content London 2018 que tuvo lugar a finales del año pasado, Erik Barmack, vicepresidente del área de contenidos originales de la compañía norteamericana, anunció que para 2019 la compañía encargará la producción de series originales africanas, favoreciendo de esta manera un consumo de cine sin fronteras, así como asegurándose la clase media africana como potencial cliente.

Estas son algunas de las novedades de las que podremos disfrutar próximamente, y a las que no podemos esperar para ver:

Atlantiques (2019)

El trabajo de la francosenegalesa Mati Diop (1982) no hace más que atraer el interés del mundo cinematográfico. Después de haber recibido el premio Grand Prix en la 58ª edición del Festival de Cannes, se ha hecho viral la noticia de que Netflix compró los derechos universales del primer largometraje de Diop, incorporándola así a la lista de producciones africanas. La fecha en la que el filme estará disponible queda aún por determinar.

Blood and Water (2020)

En el drama juvenil Blood and Water conoceremos una adolescente que descubre un secreto familiar a la vez que tiene que lidiar con su vida en el instituto. La directora sudafricana  Nosipho Dumisa (1988) estará al mando de la producción, y además contará con el apoyo de los profesionales Daryne Joshua y Travis Taute del equipo de Gambit Films. Fuentes oficiales revelan que el reparto está formado por actores y actrices de Sudáfrica, así como que el rodaje empezará a finales de este año con vistas a que se estrene en 2020.

Nosipho Dumisa.

 

Mama K’s Team 4 (2019)

Gracias a la historia creada por la zambiana Malenga Mulendema y diseñada por el camerunés Malcolm Wope, nos trasladamos a la ciudad neo-futurista de Lusaka (Zambia) para acompañar a cuatro chicas en la misión que una agente secreta jubilada les ha encomendado: salvar el mundo. Según explica la guionista a Variety, una de las razones que la llevó a escribir Mama K’s Team 4 es que a pesar de gustarle los personajes de superhéroes, nunca se identificaba con ellos. Así es que el proyecto que inició para poner fin a la falta de representación que perjudica a la población negra se ha convertido en la primera serie africana animada de Netflix.

Fuente: Animation World Network.

Lionheart (2019)

Otro de los fichajes de Netflix es el drama nigeriano Lionheart. Cuando la salud del padre de Adaeze (Genevieve Nnaji) le impide seguir haciéndose cargo del negocio familiar, ella se ofrece para dirigir el negocio familiar, puesto que compartirá  con su tío Godswill (Nkem Owoh) a la vez que tiene que demostrar su capacidad para desenvolverse en el masculinizado mundo de los negocios.

Shadow Khumalo (2019)

Estrenada en marzo, Shadow Khumalo es una serie original africana de Netflix. En ella el ex-policía conocido por el apodo de “Shadow” (Pallance Dladla) sufre una trágica pérdida que le afecta hasta el punto de dejar de sentir dolor. Esto le lleva a trabajar de detective por su propia cuenta contra delincuentes que han escapado de la policía de Johannesburgo. De acuerdo con El Diario Vasco, el protagonista abandona el cuerpo policial defraudado por su inefectividad, aún así su antiguo compañero (Khathu Ramabulana) colaborará con él en los casos más complicados.

Queen Sono (2019)

Aunque todavía no esté disponible en la plataforma, se prevee que Queen Sono, la primera serie original africana de la compañía, se estrenará este año. IOL confirma que la actriz sudafricana Pearl Thusi (1988) dará vida a la protagonista, una espía de alto nivel encargada de mejorar la vida de la ciudadanía africana, quien tendrá que compaginar la misión más peligrosa que se le ha encargado con su vida personal.

Esperamos que cada vez sean más los medios que se sumen a estas iniciativas, comprometiéndose responsablemente con la producción de los cines africanos, promoviendo los talentos del continente y dándole voz a la pluralidad de experiencias de un mundo tan heterogéneo como el que vivimos.

“El niño que domó el viento”: ingenio contra la crisis alimentaria

“El niño que domó el viento” se estrenó en Netflix el pasado 1 de marzo

“Lo intenté y lo hice”. Este enunciado resume la cabezonería del malauí William Kamkwamba cuya historia se ha convertido en una de las últimas producciones de Netflix.

La frase se recoge en una charla organizada por TED en Arusha en junio de 2007. Por entonces las noticias sobre este joven ya habían saltado de los medios locales a los internacionales. 

Posteriormente se publicó un libro y se realizó un documental. Ahora El niño que domó el viento llega a la plataforma de películas y series de la mano del director y actor Chiwetel Ejiofor, conocido por su papel en 12 años de esclavitud.

El niño que domó el viento está basada en una historia real. Es una de esas películas inspiradoras, pero que no deja de lado la situación política y social del Malawi rural de principios de siglo. La crisis alimentaria es el marco para una cinta que aborda temas como la corrupción gubernamental y el cambio climático, claves para entender el contexto en el que se encontraba el país.

El joven, interpretado por el actor keniano Maxwell Simba, nunca se dio por vencido e impuso su imaginación frente a los problemas diarios de su familia y vecinos. Y en el Malawi de 2001, el problema era el hambre.

“La historia de William es una historia universal y creo que es parte del compromiso y la creatividad de los jóvenes y su espíritu profundo”, dice Ejiofor, que además interpreta al padre de William, Trywell, en la cinta.

Con tan sólo catorce años, Kamkwamba ideó un molino de viento de cinco metros de altura. Una idea que fraguó en el colegio local Kachokolo; ese mismo del que fue expulsado cuando su familia no pudo pagar los 80 dólares anuales de la matrícula. Con su determinación, y gracias a la complicidad de su profesor de ciencias y a la librera, el joven continúo yendo a la biblioteca del centro educativo. Allí encontró un libro titulado Using energy (Utilizar la energía), el germen que cambió el devenir de su familia y sus vecinos.

La cinta, ópera prima de Ejiofor, se centra en la perseverancia de Kamkwamba para convencer a su padre sobre su descubrimiento. Pero ¿cómo se persuade a alguien sobre energía eólica cuando sólo se entiende de aperos de labranza? ¿Cómo se acepta una idea cuando alrededor sólo hay hambre y muerte?

“No tengas miedo de fallar. Nunca vas a saber lo que vas a perder si no lo intentas”, dice el propio Kamkwamba en un video promocional de la película.

La perspicacia del joven hizo que el viento trajera agua a Wimbe, su población natal, en la región central de Malawi. Con materiales reciclados, el cuadro de la bicicleta de su padre y unos tubos de plásticos, el molino generó la suficiente energía para bombear agua del pozo local.

En una tierra azotada por las inundaciones y por las sequías, tener la oportunidad de realizar dos cosechas anuales era algo impensable. Pero cuando no hay nada que perder, hasta lo más alocado cobra sentido.

La película, que cuenta con una gran presencia de la lengua local (chichewa), es además de una historia de superación, un toque de atención a los responsables políticos. “La democracia es como una yuca importada, se pudre antes”, dice el padre de William.

El gobierno intentó ocultar la crisis alimentaria que azotó el país y que condujo la rutina hacia un laberinto sin salida. Con las grandes compañías madereras asolando los bosques, la tierra se quedaba sin barreras naturales para evitar las inundaciones en la temporada de lluvias. Con los campos empantanados y la cosecha perdida, los ciudadanos dejaron de tener un sustento vital y económico, el mercado local se vació y el comercio desapareció. Llegó el pillaje. Las matrículas escolares se dejaron de pagar, los estudiantes abandonaron las aulas para ayudar a sus padres a labrar una tierra yerma y los profesores dejaron de serlo. Ante el círculo vicioso se impuso el ingenio. No había nada que perder. “No estoy soñando, papá”, dice William para ganarse finalmente la confianza de su padre.

William Kamkwamba es un héroe en Malawi. El día en el que el molino de viento giró, su vida y la de su pueblo voló libre. Desde entonces intenta inspirar a otros jóvenes a no conformarse y a través de su organización, Moving Windmills Projects, favorece el desarrollo de las zonas rurales del país.

 

De cómo el cine occidental desvirtuó la imagen de Somalia

África y diáspora en corto (II)

Boneshaker

Dir: Frances Bodomo

(2013)

13 minutos

La joven (solo tiene 30 años) cineasta ghanesa Frances Bodomo está elevando a las alturas el nivel de los cortometrajes africanos, tanto en temática como estéticamente. Os traemos hoy, en esta segunda entrega de cortometrajes africanos, su ópera prima en la que retrata la historia de una familia de África Occidental, perdida en América, que viaja a una iglesia evangélica en Luisiana para encontrar una cura a la extraña enfermedad que padece su hija. Boneshaker tiene un brillo resbaladizo y nostálgico con imágenes granulosas y anaranjadas de la vegetación del sur de Estados Unidos; una alegría para la vista. El trabajo tiene un aspecto intimista que representar la espiritualidad a través de una lente honesta. Sin duda, vale la pena buscar en la filmografía de Bodomo mientras de manera ambiciosamente nos continúa acercando historias ricas y fascinantes a la pantalla. Y ojo, no dejéis pasa la oportunidad de investigar sobre su exitoso Afronauts (2014).

 

África y diáspora en corto (I)

Buitenkant (The Outside)

Inauguramos sección de cortometrajes en la que pretendemos acercar miradas del continente y sus diásporas con historias actuales que contribuyan a un mejor entendimiento de las realidades sociales.

Y comenzamos con Buitenkant (The Outside) una joya que evidencia la problemática de las personas  sin hogar en una de las ciudades más turísticas de África. El director William Nicholson lo explica así: “Vivo en una parte de Ciudad del Cabo donde hay un marcado contraste entre las vidas de los profesionales de clase media que viven en bloques de apartamentos y una comunidad de personas sin hogar muy matizada que vive en las calles directamente en los márgenes”.

La actriz sudafricana Rehane Abrahams es la encargada de interpretar a una persona sin hogar. Y durante 11 minutos el espectador será testigo de su viaje mientras lucha contra las dificultades de no tener un lugar al que llamar casa y de los comportamientos fisiológicos, emocionales y territoriales a los que se enfrentan muchas personas que viven en su misma situación. Pero hay un giro. En un golpe de suerte, encuentra un juego de llaves de un apartamento, un descubrimiento que le otorgará la oportunidad de escapar de su dura realidad, aunque solo sea por un momento. Al principio, hace lo que se podría esperar de alguien en su posición y saquea el lugar, buscando comida, ropa y otros artículos para robar. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, su golpe de suerte trae consigo su propio conjunto de desafíos y confusión. En resumidas cuentas, Buitenkant detalla un día en la vida de una mujer sin hogar que se encuentra sola y dentro del piso privado de un completo desconocido.

¡Buen visionado!

Keteke, humor y sarcasmo en la Ghana post independencia

En 2015, la exministra de Turismo, Cultura y Artes Creativas de Ghana, Elizabeth Ofosu-Adjare, solicitó a las aerolíneas internacionales que incluyeran películas ghanesas a bordo de sus vuelos a Accra, la capital. La misiva sonaba bien, pero se quedó en suspense. Dos años después, la película Keteke (2017), dirigida por Peter Sedufia, se postula como un éxito viral no solo para el país que en 2017 celebraba el 60 aniversario de la independencia de Inglaterra, sino en los diversos festivales en los que está siendo seleccionada.

El título del trabajo de Sedufia alude al medio de transporte, que se convierte en un elemento indispensable para el guion: en Keteke se cuenta la historia de una pareja que pretende marchar a la ciudad para dar a luz, pero llegan tarde para coger el tren. Lo pierden. Una decisión equivocada los abandona en el medio de la nada. Así que, ¿llegarán a tiempo a la urbe para el parto o se arriesgarán a tener al bebé en el pueblo más cercano? En realidad es también un guiño histórico del joven realizador al servicio ferroviario de los años 80 en Ghana, cuando el ferrocarril era el único medio de transporte en las zonas rurales.

Otro de los regalos en la película, además de la hermosa fotografía, es el tema principal de la banda sonora, interpretada por el también ghanés Worlasi, y que ofrece una buena mezcla de estilos tradicionales, como el Palm Wine, y otros contemporáneos con presencia evidente de sonidos electrónicos. Una vez más, el cine funciona como correa de transmisión cultural. Keteke retrocede en el tiempo para explicar una historia que tocaría aspectos importantes de la sociedad: cómo son las relaciones humanas, las tradiciones, la magia “negra” y las infraestructuras ghanesas mediante el uso del humor y el sarcasmo.

El surrealismo mágico de las hechiceras africanas

Agosto de 1612. Valle de Pendle (Pendle Hille), en el condado de Lancashire, Inglaterra. Hacía calor y la gente se agolpaba en el que se ha considerado como uno de los juicios de brujas más famosos de la época. Alizon Device, una niña de 11 años, fue ahorcada, junto con otras nueve personas, después de admitir que era una hechicera que a menudo se encontraba con el demonio en compañía de su abuela de 80 años. A ella también la ahorcaron sin importar cuántas canas lucía. Y la literatura ha hecho correr tinta desde entonces.

Sí, es una película, pero estos espacios abocados al exotismo por la desprotección de los gobiernos existen en la realidad. La directora pasó más de un mes en uno de ellos en Ghana para documentar un guion que combina la denuncia social y la sátira y que continúa cosechando éxitos después del debut en el festival de Cannes de 2017, por cierto, la primera película zambiana que se ha presentado en el festival francés. El último de los galardones llegaba hace unas semanas con el BAFTA, los premios de cine que concede la Academia británica al debut como mejor dirección.

Este artículo ha sido publicado originariamente en el blog África no es un país, de El País. Para seguir leyéndolo puedes visitar este sitio.

Watu Wote: El terror de Al shabab nominado a los Oscar

Esta vez solo se trata del titular. Esta historia de tan solo 22 minutos y nominada a los Oscar en la categoría de mejor cortometraje es un soplo de aire fresco. Un puntapié a la retórica racista de Trump y a los discursos bañados en fuego de algunos líderes incitando al odio contra el “otro”. Un ejemplo, uno más, de que no se trata de un conflicto religioso sino de terrorismo. A secas. La película Watu Wote: All of Us, dirigida por la alemana Katja Benrath, escrita por Julia Drache y producida por Tobias Rosen, cuenta los hechos reales de diciembre de 2015 que sufrieron los pasajeros de un autobús que se dirigía a Mandera, una pequeña ciudad en el noreste de Kenia, frontera con Somalia. El grupo terrorista al-Shabaab intentó replicar el modelo de asalto y reivindicación que llevara a cabo un año antes (noviembre de 2014) en el que asesinó a los cristianos del autobús, después de separarlos de los musulmanes. Una masacre con 28 fallecidos.

Pero en esta ocasión no fue así. Los pasajeros musulmanes se negaron a cumplir con la demanda de los asaltantes de que identificaran a los cristianos entre ellos, salvándolos de una muerte casi segura. Incluso después de que los terroristas amenazaran con disparar, los musulmanes protegieron a sus hermanos y hermanas e incluso les dieron atuendos religiosos para que no fueran identificados fácilmente. Valentía. Amor. No obstante, murieron dos personas y otras tantas resultaron heridas. La ansiedad incesante creada por el conflicto persistió hasta que un día los pasajeros demostraron que la fe y la solidaridad pueden prevalecer sobre los actos de terror y violencia.

El nairobense Abdi Latif Dahir lo explica así: “Desde hace varios años, Kenia ha sido blanco de ataques terroristas, especialmente desde la intervención del ejército en Somalia en 2011. Los crecientes atentados de Al-Shabaab han desestabilizado la armonía religiosa. De hecho, en sus videos de reclutamiento y mensajes en redes sociales, han jugado con los agravios a los que se enfrentan los musulmanes en una nación de mayoría cristiana, incluida la pobreza, la discriminación y el subdesarrollo en sus regiones”.

La película ya ha ganado más de 35 premios de festivales de cine, incluido el Gold Student Academy Award, los Oscar de los estudiantes de cine, en la categoría de mejor narrativa. Es un hito cinematográfico. Pero también social. El destino quiso que el mismo día de la nominación a los prestigiosos premios de la Academia de Cine de Hollywood se estrenara en Kenia, en el Centro comercial Wesgate de Nairobi. Hay que hablar de ello para superar el miedo. Los miedos. Y por eso como explica Bryan Mwangui “es necesario que se visibilice que en Kenia la convivencia entre religiones es pacífica a pesar de que la prensa internacional se empeñe en mostrar lo contrario”.

La película está protagonizada por Adelyne Wairimu, Barkhad Abdirahman y Fasal Ahrmed (Capitán Phillips) y Abdiwali Farrah (Fishing Without Nets).

El 4 de marzo sabremos si este fogonazo de luz se hace todavía más viral.

Senegal y Sudáfrica ¿a por el Oscar 2018?

Hoy es el día. Poco después de las 15.00 hora española conoceremos los cinco trabajos seleccionados para competir por el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa. Es cierto que bajo la dirección del nuevo presidente John Bailey (Mejor..Imposible, 1997) quien asumía el timón de la Academia de Hollywood hace unos meses, se han introducido algunos cambios para tratar de mitigar los errores que tuvieron lugar el año pasado al anunciar al ganador de la mejor película (que finalmente fue para Moonlight, del director Barry Jenkins). Pero la herencia de la representación blanca, masculina y occidental, continúa siendo la tónica general.

Este año se han presentado un total de 92 filmes para optar a la mejor película extranjera, una cifra récord ya que en 2017 se consideraron elegibles 85. Y de estas 92, han entrado por primera vez en las apuestas países como Haití, Honduras, Laos, Siria o, en el caso africano, Mozambique y Senegal. El trabajo de criba es demoledor. Solo nueve películas pasaron el corte y en unas horas sabremos cuáles se sentarán en el Dolby Theater de Hollywood (Los Ángeles) para la gala de premios de la 90 edición que asegura estar politizada con discursos en contra de las salidas de tono cada vez más frecuentes y peligrosas del presidente norteamericano Donald Trump. Por cierto, la Academia continúa firme en mimar a las productoras Sony Pictures Classics y Magnolia Pictures que lideran esta categoría con tres y dos películas, respectivamente.

Las dos películas africanas entre las 9 candidatas

Sudáfrica: Inxeba, 2017. Director: John Trengove

Inxeba explora de forma rígida e inquebrantable la masculinidad negra situándolo en un entorno aún más silencioso, la iniciación Xhosa. Además, el director construye su mundo con ángulos de cámara íntimos y fotos de naturaleza encantadoras.

Aquí la crítica de la película.

Senegal: Félicité, 2017. Director: Alain Gomis

El nuevo trabajo de Gomis es un canto a la vida. Un tratado de resiliencia visual y musical de más de dos horas y que relata los pormenores de una madre soltera de Kinshasa, Félicité, cuya rutina cambia el día en que su hijo sufre un accidente de tráfico.

Aquí la crítica de la película.


A parte de las seleccionadas Inxeba y Félicité, las películas africanas que se presentaron para competir a la Mejor Película de Habla no Inglesa fueron estas.

Argelia: Road to Istanbul, 2016 Director: Rachid Bouchareb.

Egipto: Sheikh Jackson, 2017. Director: Amr Salama.

Kenia: Kati Kati, 2016. Director: Mbithi Masya.

Marruecos: Razzia, 2017. Director: Nabil Ayouch.

Mozambique: El tren de la sal y el azúcar, 2017. Director: Licinio Azevedo.

Aquí la crítica de la película.

Túnez: The Last of Us, 2016. Director: Ala Eddine Slim.

 

Burgos cumple 11 años de cines africanos

 

Una vez más, como cada año por estas fechas, el cine africano vuelve a la ciudad de Burgos. El pasado 11 de enero dio comienzo el Ciclo de Cine Africano, una cita que se ha ido consolidando y que cada vez cuenta con más público. Este ciclo, organizado por el Aula de Cine y Audiovisuales y el Aula de Paz y Desarrollo de la universidad (UBU) con la importantísima colaboración de la ONGD Al-Tarab y el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT), cumple más de una década acercando los cines del continente negro a sus espectadores y visibilizando realidades que, para muchas personas, siguen siendo desconocidas.

Tres son los cortometrajes producidos en diferentes países que van abriendo bocado. El dramaKindil el Bahr (2017), una coproducción de Argelia, EE.UU. y Kuwait, tuvo el honor de inaugurar el evento al que le seguirá ​La laine sur le dos (2016) y el cortometraje malgache ​Nirin (2015). Los tres largometrajes nos acercan historias de tres países africanos muy diferentes:Wallay nos transporta a Burkina Faso, mientras que Felicité nos relata una historia de una cantante en los locales de Kinsasha, en la República Democrática del Congo e ​Inxeba (La herida en español) nos acerca al conflicto en el que se cruza la tradición xhosa, la masculinidad y la homosexualidad. Una oportunidad única de (re)descubrir las historias que desprenden los cines africanos y poder disfrutar de este espléndido séptimo arte. En Wiriko no nos lo hemos querido perder y hemos entrevistado a Álvaro Alonso de Armiño, codirector del Aula de Cine y Audiovisuales de la UBU.

Wiriko: ​Esta cita parece consolidarse año tras año y ya cumple nada más y nada menos que once años​ ​¿Cómo surgió la idea de organizar un ciclo de cine africano en Burgos?

Álvaro: La idea surgió en el año 2001 cuando el Aula de Cine y el Aula de Paz y Desarrollo de la Universidad de Burgos decidimos colaborar para poner en marcha un ciclo dedicado a cinematografías de países en desarrollo, a conflictos olvidados, cine e inmigración… ese fue el germen. Pero, en 2006 entramos en contacto con el Festival de cine Africano de Tarifa y decidimos centrar este ciclo exclusivamente en el cine africano. La labor del FCAT es encomiable y muy interesante.

W:¿Qué objetivos plantea este ciclo?

A: ​El cine africano es, como casi todo lo que ocurre en ese continente, un gran olvidado y cuando no, solo es noticia para significar catástrofes de todo tipo. Desde el Aula de Cine queríamos dedicar uno de los ciclos del curso a difundir una pequeña parte de su cultura y sobre todo mostrar al público burgalés películas que de otro modo nos resultarían absolutamente desconocidas. Además este ciclo ayuda en cierto modo a romper con ideas preconcebidas sobre lo que podemos encontrar más allá de nuestras fronteras y vislumbrar la enorme diversidad de la cultura africana.

W: ​El Aula de Cine ha hecho una firme apuesta por los cines de África ¿Por qué? En tu opinión, ¿qué crees que tiene de especial el cine africano?

A: ​En estos ya 11 años de ciclos de cine africano hemos visto una evolución muy notable. Un cine que va quitándose complejos para ofrecer algunas de las propuestas más interesantes de la cinematografía actual, abordando temas cada vez más diversos y con una factura fílmica extraordinaria, si bien es cierto que la mayoría de las películas son de directores afincados en Europa y cuenta con coproducción de diferentes países occidentales.

W: ​¿Cuál ha sido la acogida por parte del público en los últimos años?

A: Es uno de los ciclos que mejor funciona y que tienen más éxito de público y eso a pesar de que las películas desgraciadamente no tienen ningún recorrido en los medios de comunicación, ni siquiera en revistas especializadas de cine salvo contadísimas excepciones.

W: En los últimos años parece que los cines africanos están viviendo un enorme boom. ¿A qué dirías que se debe?

A: Creo que puede ser debido a la gran variedad de enfoques que sorprenden por lo inhabitual para el imaginario que se nos intenta crear desde occidente, lleno de tópicos y temas recurrentes.

W: Aquí en España cada vez se organizan más eventos culturales relacionados con el mundo africano ¿Crees que es un instrumento acertado para concienciar sobre la situación real del continente?

A: Todo suma. Desgraciadamente vivimos en un país en el que la cultura en general es un bien que no se fomenta desde las instituciones ni desde el sistema educativo, es un bien solamente de consumo y que nos llega impuesto por los massmedia. Pero desde luego que todos los eventos culturales (el cine es uno de ellos) que se desarrollan en torno al continente africano, ayudan a romper estereotipos y a conocer una cultura muy desconocida para occidente.


No te olvides

Lugar: Centro Cultural de Caja de Burgos. Avda. Cantabria 3 y 5.

Hora: 20.30h.

Venta de Entradas: A partir de las 19.30h. en la taquilla del Centro Cultural de Caja de Burgos. Avda. Cantabria 3 y 5.

En la Casa del Cordón, laborables de 12.00h. a 14.00h. y de 19.00h. a 21.00h. Festivos de 12.00h. a 14.00h.

Precio: Entrada 2,5€

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Mozambique, la sal de la vida en tiempos de guerra

Mozambique, años ochenta. Cada vez son más los habitantes que se juegan la vida llevados al borde de la desesperación por la guerra civil posterior a la independencia que devastó el país desde 1977 hasta 1992. Un viaje en tren de 700 kilómetros desde Nampula, en la costa, hasta la frontera interior con Malaui. Un trayecto fletado de militares de la FRELIMO que llevaban ametralladoras antiaéreas contra las hostiles fuerzas de la RENAMO que intentaban descarrilarlos. Los civiles arriesgaban sus vidas para llevar la sal, que era abundante, y comerciarla por el azúcar, que se había vuelto escaso y rentable. Objetivo: mantener a sus familias en tiempos de escasez. La magia de torear al hambre a cualquier precio. Un camino especialmente duro para las mujeres, porque el miedo a bordo del tren era tan temido como el que podían tener durante el viaje.

Esta historia de arriesgar la vida y la integridad física como un medio de supervivencia se narra en la impresionante película The Train of Salt and Sugar (2016) (El tren de la sal y el azúcar) dirigida por Licinio Azevedo. Basado en una novela escrita por el propio director hace una década, es un trabajo profundo y conmovedor que pone de relieve el valor de recuperar los elementos microscópicos de la historia contemporánea africana: sin grandes efemérides, sin grandes nombres, a fin de cuentas, historias de gente común. Una película que se compromete con una imagen más amplia y humana de Mozambique. Sin duda, un trabajo que en 2018 se convertirá en una de las cintas más destacadas del continente.

Mozambique tiene una historia cinematográfica que ha producido algunas de las películas más desafiantes y progresivas del continente en los años ochenta (Mueda, Memoria e Massacre, 1980 de Ruy Guerra; O vento sopra da norte, 1987, de Jose Cardoso), pero la caída del telón de acero afectó significativamente a las fuentes de ingresos de la industria y a la producción cinematográfica del país. Quizás por este motivo los largometrajes de ficción en el país se han convertido en algo raro en un entorno tan carente de recursos.

En los últimos años el brasileño Azevedo –aunque desde hace más de tres décadas afincado en Mozambique– se ha convertido en una de las figuras esenciales del sector cinematográfico con una miríada de documentales sociales y políticos junto al largometraje Virgem Margarida (2012). En su segunda ficción la fotografía (y el plano inicial en la estación de tren es una clara muestra de ello) es visualmente rica y reflexiva, deteniéndose en el paisaje mozambiqueño, y amplificando la hermosa, pero aterradora frontera en la que el tren se aventura. Es más, la complejidad del lenguaje metafórico colisiona con el profundo pragmatismo de la guerra. Y todo aderezado con las creencias animistas que de forma sutil se van intercalando.

La estrella de la cinta es sin duda la radiante Melanie de Vales Rafael, de 21 años, cuya actuación en esta producción histórica la llevará por el camino de una carrera excepcional. Interpreta el personaje de Rosa, una joven enfermera, que se erige como un emblema de la vulnerabilidad, la ternura y la fuerza del papel que desempeñan las mujeres en tiempos de guerra. La joven actriz consiguió su primer papel cuando tenía solo 14 años junto a Danny Glover en el drama The Republic of Children (2012) del director guineano Flora Gomes.

Creciendo en Brasil, parece que Azevedo siente una afinidad natural por los hilos del realismo mágico que se infunden de la narrativa de su último trabajo, recordando las obras de los grandes novelistas latinoamericanos como Gabriel García Márquez. The Train of Salt and Sugar está lleno de elementos de magia y comedia, lo que subraya la poderosa persistencia de la esperanza y la imaginación, incluso en tiempos de guerra.

Si quieres adentrarte en el cine de Mozambique, te recomendamos que leas este artículo.

 

Luto en el cine senegalés tras la muerte de Abdel Aziz Boye

Fallece Abdel Aziz Boye, fundador de Ciné UCAD y Ciné Banlieue, dos centros clave en la formación de jóvenes cineastas en Senegal, y miembro del comité de gestión de los Fondos de Promoción de la Industria Cinematográfica y Audiovisual (FOPICA). Nacido en Saint-Louis en 1953, yace a sus 64 años de edad esta figura emblemática en un país de larga y célebre trayectoria cinematográfica.

La tarde del 9 de noviembre la comunidad de cineastas senegaleses recibía la triste noticia del fallecimiento de Abdel Aziz Boye, el Señor Boye, como consecuencia de una corta enfermedad. El cuerpo fue velado la mañana del viernes 10 de noviembre en el Centro de salud Abdoul Aziz Sy situado en el barrio Parcelles Assainies, en Dakar, para luego ser enterrado en Saint-Louis, su lugar de nacimiento. Decenas de jóvenes formados por el gran maestro, así como establecidos directores y la Dirección de la Cinematografía de Senegal, compartían el dolor ante la noticia a través de las redes sociales, elogiando sus contribuciones al cine. Rama Thiaw, cuyo documental La revolución no será televisada fue premiado en la Berlinale de 2016, exclamaba: “Estoy realmente triste. Este hombre ha hecho mucho con muchísima generosidad y muy pocos medios por el cine en Senegal y la formación de jóvenes de las afueras y los barrios populares. Descanse en paz. ¡Un gran hombre!”

La figura de Abdel Aziz Boye, generosa, humilde, sabia, constante y comprometida con su país, es un excelente ejemplo del papel que determinados individuos, artistas, intelectuales y demás actores sociales, desempeñan en la cultura senegalesa, a pesar de la falta de medios y subvenciones para apoyar el talento de un país con más de un 55 por ciento de población juvenil, según el portal de información Au Sénégal. Su modestia hacía que se auto-presentara como “un loco apasionado del cine.” En contraste con los nostálgicos de la época de esplendor del cine senegalés, con las primeras películas de Ousmane Sembène y Djibril Diop Mambéty desde los años sesenta y setenta, ambos ya fallecidos, el Señor Boye se empeñaba en defender que el cine senegalés no ha desaparecido, a pesar del cierre de las salas.

Nacido en Saint-Louis en julio de 1953, donde vivía cerca de uno de tantos cines que desparecería en Senegal a finales de siglo XX, el cine VOX, su relación con el cine comenzaría a muy temprana edad. Solía contar que a los siete años crearía sus primeras imágenes en movimiento, con un cartón, y que desde entonces el cine no le había abandonado nunca. Tras sus estudios en la escuela Brière (ahora, Émile Sarr), donde se formaron grandes personalidades del país, como el segundo presidente, Abdou Diouf, el Señor Boye se fue a Francia en 1976, para hacer de su pasión su profesión. Allí estudiaría en el Conservatorio Libre del Cine Francés (CLCF) y más adelante en la Universidad París VIII, en el departamento de psicología y sociología. Durante ese tiempo, nunca dejó de hacer cine, colaborando con distintos cineastas. Fue así como el realizador senegalés Ousmane William Mbaye acudió a él para que fuera asistente de realización en varias de sus películas, Fresque Francophone, en 1992, y un título cuya producción acabaría abortando, Talatay Nder. Con motivo del rodaje de esta última película, Abdel Aziz Boye volvería a Senegal, donde se instalaría hasta el último día de su vida, compartiendo su experiencia y aprendizaje con los jóvenes.

Tras 22 años en París, el Señor Boye fundó Ciné UCAD, un centro de formación en la Escuela Superior Politécnica de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar (UCAD), destinada a los jóvenes universitarios, ofreciendo la única formación disponible entonces sobre el séptimo arte. Su labor no concluiría en la universidad. En 2008 fundaría Ciné Banlieue, en las afueras de Dakar, para ofrecer formación cinematográfica a los jóvenes de las afueras, una zona afectada por limitadas condiciones de saneamiento, y cuyos orígenes son coloniales, cuando el poder colonial francés desplazó a la población de Dakar de determinados barrios a las afueras, debido al incremento exponencial de la población. Ciné Banlieue dio sus primeros pasos en el centro sociocultural del municipio de Guédiawaye, reuniendo a jóvenes de distintos barrios de las afueras, como Guinaw-Rails y Keur Massar. Estos arrojarían luz sobre las arduas condiciones en la banlieue, desde una mirada interna y conocedora de sus problemas. Fue así como nacerían corto-metrajes como Guinaw Rails (Detrás de las vías), en referencia al barrio del mismo nombre, de la realizadora Kady Diediou, en 2014, con Mamadou Khoma Gueye como cámara, ambos estudiantes de Ciné Banlieue. Tras un año en Guédiawaye, Ciné Banlieue se traslada al Centro Cultural Léopold Sédar Senghor en Pikine, a las afueras de Dakar, para finalmente establecerse en Parcelles Assainies, un barrio de Dakar colindante con las afueras.

Con escasos medios, pero desbordante pasión y determinación, la casa se transformaría en escuela de cine, con varios pupitres y sillas, las clásicas pizarras, formando un par de aulas, llamadas Djibril Diop Mambéty y Ousmane Sembène, en homenaje a los grandes del cine senegalés; un patio central descubierto donde se celebrarían la mayoría de los talleres y clases, más ventilado que las aulas, unos aseos, una pequeña oficina, y una terraza que se convertiría en cine bajo las estrellas en determinadas ocasiones. El espacio, aún activo tras casi diez años, constituye un espacio de culto para los cinéfilos del país.

 

El Señor Boye no solo compartía su sabiduría sino que invitaba a técnicos profesionales del cine, trabajando con célebres cineastas, como Mousa Sene Absa, o a los propios realizadores, como Ousmane William Mbaye y Alain Gomis, cuya impecable trayectoria cinematográfica acaba de alcanzar la mirada de los óscars, con su película Félicite, nominada para representar Senegal en 2019. Esta es de hecho fruto de una co-producción en la que se incluye FOPICA, de la que el Señor Boye es miembro del comité gestor.

La cantidad de títulos salidos de esta modesta pero crucial escuela de cine es tal que muchos de los jóvenes realizadores se han incorporado al circuito internacional de festivales de cine, como el director del cortometraje Moly, sobre un joven con discapacidad física llamado Moly Kane, proyectada en el Festival de Cannes en 2011, o Baye Fall, el soldado de la paz, de Pape Bolé Thiaw, otro de los jóvenes formados en Ciné Banlieue. Para Bole Thiaw a, quien describe al Señor Boye como alguien que lo era todo para él, “un mentor, un formador, pero más que nada, un padre”, la noticia de su muerte ha sido devastadora. Son muchos los jóvenes que reconocen el mérito de su trabajo, capaz de hacerles descubrir una pasión ue en algunos casos llegaría a convertirse en profesión. Nazir Cisse, cámara del telediario “rapeado” por Keyti y Xuman, JTR, y dedicado a la realización de video-clips, fue otro de los discípulos de este gran maestro: “El es el que hizo que me gustara el cine. Estuve dos años en Ciné Banlieue siguiendo sus cursos. Todo lo que sé de realización es a través de él. Y no soy el único. Despierta la pasión por el cine a muchísimos jóvenes de las afueras y lo hace de forma gratuita. Es un grande de la cultura senegalesa.”

 

En 2013, Ciné Banlieue se decidió a crear su propio festival, para dar visibilidad a las películas creadas por Ciné Banlieue, así como a otros títulos del cine senegalés y demás países africanos. Con una periodicidad anual, en 2015, el agregado cultural de la embajada española apoyaría el proyecto, contribuyendo a la internacionalización del festival. Así, en la segunda edición, el Banlieue Film Festival iniciaría una colaboración con el Slum Film Festival de Kenya, fruto de un intercambio y acuerdo de colaboración propiciado por Federico Olivieri y Pape Bole Thiaw. Ambos se conocieron en un taller de crítica en 2013 en el 10º Festival de cine Africano-FCAT, coordinado por Federico Olivieri, co-fundador a su vez del Slum Film Festival, y donde Pape Bole Thiaw era una de los tres beneficiarios de la beca de AECID, junto con la periodista Kodou Sene, y otro compañero de Ciné Banlieue, Keba Danso. Este último se encuentra ahora en las islas Canarias, donde también está creando su propio cineclub con los jóvenes isleños. Cuando estos le preguntan sorprendidos por cómo Keba Danso les regala su tiempo de manera altruista este responde: “También en mi vida hay una persona llamada Señor Boye a la que le gustaba el cine y esta persona nos daba todo su tiempo y nos ayudaba sin pedir nada. Nos ha salvado la vida a muchos jóvenes de los suburbios haciéndonos creer en nosotros mismos y convenciéndonos de que podemos contar nuestra propia historia.”

La segunda edición del Banlieue Film Festival no ha sido la única colaboración entre Cultura Dakar y Ciné Banlieue, que también ha organizado la proyección de cortometrajes en el Aula Cervantes de Dakar. Fuera del marco institucional, el Señor Boye se ha mostrado siempre disponible al trabajo de jóvenes realizadores españoles y de distintos países, ofreciéndoles un excelente espacio de difusión y reflexión sobre sus obras en Ciné Banlieue en Parcelles Assainies.

Ciné Banlieue, a través del liderazgo de Abdel Aziz Boye, se ha convertido en un colectivo, centro y movimiento de participación obligada en las citas cinematográficas del país. Deja un legado inmenso en el mundo del cine senegalés, que requiere del apoyo y reconocimiento de las distintas instituciones senegalesas, así como del empeño de sus discípulos, para que dicho legado no cese y siga creciendo, dando larga vida al maestro a través del cine, y evitando esa segunda muerte que es el olvido.