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Angelique Kidjo canta en español para rendir tributo a Celia Cruz

Si en 2018, la cantante beninesa más internacional y tres veces ganadora de premios Grammy, quiso rendir tributo al álbum Remain in Light de Talking Heads, este 2019 es el turno de la cubanía de la Reina de la Sala: Celia Cruz. Con el álbum ‘Celia’, que vio la luz el pasado viernes 19 de abril de la mano de Verve y Universal Music France, Angelique Kidjo recoge diez de los temas que la cubana grabó durante la década de los cincuenta y sesenta junto a la Sonora Matancera, actualizando y volcándole patrimonio africano a grandes clásicos como ‘Cucala’, ‘La vida es un carnaval’, ‘Sahara’, ‘Baila Yemayá’, ‘Toro Mata’, ‘Eleguá’, ‘Químbara’ o ‘Bemba colorá’.

Se trata de un tributo genuino y mestizo que acerca, de nuevo, África a Cuba y Cuba a África, en una casi perenne relación humana y sonora que emerge y se re-escribe década a década — y siglo a siglo—, y que encontramos en infinidad de proyectos musicales que brotan a lo largo y ancho de la costa atlántica africana desde que la radio se instaló en África, a principios del siglo XX. Además, cuenta con genialidades como las del baterista Tony Allen, arquitecto de uno de los estilos más exportados del continente —el afrobeat—, polinizando la cumbia, los boleros y el reguetón con trazas de ethio-jazz, sonidos mandingas y rumba congoleña. Esa misma que se gestó por la influencia de grandes nombres como Ray Barretto al pisar suelo africano, y que son símbolos de un complejo mestizaje cultural que tienen en Miami, La Habana, Kinshasa, Nueva York, San Juan de Puerto Rico, Bamako o Cotonú sus nidos compartidos de gestación global. Otra forma de seguir demostrando que África ha contribuido enormemente en la creación de estilos tan famosos como los que emergen de Cuba.

AfroCubism: “hay mucha música del oeste de África que necesita salir a la luz”

El elenco de AfroCubism Revisted se presenta en Londres / Foto: @dennismcinally

La burocracia se puso de por medio. Nick Gold, cabeza pensante del sello discográfico World Circuit, quiso hacer una trabajo colaborativo entre músicos de Malí y Cuba hace veinte años. Pero los malienses, por problemas de visados, nunca pisaron la isla. Los cubanos reunidos en el estudio Egrem de La Habana decidieron hacer uso del espacio y nació uno de los hitos musicales más importantes del pasado siglo: Buena Vista Social Club. En 2010 Gold recuperó la idea. Esta vez en Madrid, Elaides Ochoa, Toumani Diabaté, Bassekou Kouyaté y Kasse Mady Diabaté entre otros se reunieron para grabar AfroCubism.

“El primer proyecto fue algo muy famoso. Y ahora lo revisamos porque hay mucha música que necesita salir a la luz. Y no sólo de Buena Vista Social Club sino del oeste de África”, explica el trompetista cubano Yelfris Valdés. El músico, junto con el senegalés Seckou Keita, hablaron con Wiriko antes de la presentación de AfroCubism Revisited en el Islington Town Hall de Londres.

Este nuevo proyecto es otro capítulo en una historia cultural que se remonta a la llegada de los esclavos africanos a la por entonces colonia española. En este caso sólo el maliense Bassekou Kouyaté (ngoni) repite en grupo joven pero muy bien capacitado y en el que se unen Seckou Keita (kora), Yelfris Valdés (trompeta), Hammadi Valdés (percusión) y Ednar Enrique Bosch Landa (guitarra). Unos músicos que apenas tuvieron una semana para conocerse y ensayar el repertorio de lo que fue una actualización del disco AfroCubism aunque también se acomodaron algunas composiciones propias.

“Esta es una nueva generación de jóvenes músicos pero también es más diversa. No es sólo Cuba y Malí sino Senegal, Gambia e incluso Italia. El desafío es mantener el respeto a los mayores que hicieron el trabajo aunque a mí me gustaría que el proyecto tomara otra dirección. Algo más variado donde se probaran más sonidos cubanos procedentes de la cultura yoruba e ir más profundamente a la cultura mandé”, describe Keita.

Yelfris Valdés ha asumido la dirección musical de este proyecto en el que ha tratado de “que todos tengan un lenguaje propio y que converjan. Teníamos que sentirnos cómodos y pasarla bien”. Impera la música en un intercambio que abarca distintos territorios separados por el océano Atlántico pero cuyos bagajes sonoros se entrelazan fácilmente.

“Cuando trabajo con músicos cubanos siempre me dicen que lo que hacen es África. La cultura mandé hizo que los sonidos cubanos se enraizaran en nuestra tierra”, dice Keita. “Los cubanos somos muy acérrimos de nuestra clave 6×8 pero eso ya existía en la cultura mandé y es algo que hemos admitido. Además hay ritmos, por ejemplos yorubas, que aunque no son populares en Cuba conectan con el África occidental”, explica Valdés.

Bassekou Kouyaté es el único integrante del primer proyecto AfroCubism. Foto: @dennismcinally

Tanto Keita como Valdés se mostraron entusiasmados por pertenecer a este grupo que basa su trabajo en el respeto a los anteriores miembros. Apuestan por disfrutar de la colaboración y asentarse en la amplia frontera entre la música tradicional y los nuevos sonidos para ahondar en un intercambio musical que ahora busca la continuidad.

“Es una pena dejar toda la responsabilidad a Nick (Gold). Después de que se lanzara el álbum no se hizo nada. La posibilidad es que el “afrocubismo” renazca y continúe con otra generación”, dice Keita cuya visión es muy similar a la de Valdés: AfroCubism fue algo efímero. Había muchas estrellas y muchos egos y además estaba la parte monetaria. Eran muchos los costes para reunirlos a todos y llevar a las figuras al escenario. Esto puede ser una nueva etapa en lo que se conoce como músicas del mundo ya que es un proyecto al que se le puede sacar fruto”.

Los vínculos entre Cuba y los países del oeste africano se consolidan cada cierto tiempo. Algunos son eternos, como la Orchestra Baobab y otros aparecen para reafirmar una historia sonora que parte de una misma tierra. Richard Bona publicó el pasado año su particular recorrido por las raíces sonoras de África en Cuba mientras que el propio Seckou Keita acaba de lanzar un álbum en colaboración con el pianista cubano Omar Sosa. AfroCubism Revisited es otro paso hacia delante de un movimiento que regenera una conexión musical natural con el Atlántico como único intermediario.

El hogar global de Fatoumata y Roberto

Fatoumata Diawara junto a Roberto Fonseca durante el concierto del proyecto "At Home" en Barcelona. Fotos: Carlos Bajo

Fatoumata Diawara junto a Roberto Fonseca durante el concierto del proyecto “At Home” en Barcelona. Fotos: Carlos Bajo

El ngoni de Drissa Sidibé reta al piano de Roberto Fonseca. El reto se convierte en conversación. Y la conversación engendra una canción en la que Fatoumata Diawara habla de la paz, del futuro de los niños y de cambiar las cosas a través de la música. Esta intro es casi una metáfora del encuentro entre la música de Mali y la de Cuba. At Home, así han llamado la cantautora mali Fatoumata Diawara y el pianista cubano Roberto Fonseca a su experimento. Ese hogar es el viaje de ida y vuelta a través del Océano Atlántico. Un enorme y global hogar hecho de historia y ritmo.

En el escenario hay un empate técnico: en un rincón, tres cubanos, Yandi Martínez, al contrabajo y al bajo eléctrico, y Ramsés Martínez, a la batería, liderados por el piano de Roberto Fonseca; en el otro, tres malís, Drissa Sidibé, al ngoni, y Sekou Bâ, a la guitarra eléctrica, encabezados por Fatoumata Diawara, a la voz y a la guitarra. Sólo hay un problema. Lo que hay en el escenario no es una confrontación sino una confluencia, una suma que multiplica el resultado. Que el ngoni se mueva al ritmo de la clave cubana y el contrabajo suene de lo más saheliano parece pura magia. Pero sólo es el resultado de una hermandad que a pesar de ser casi natural no ha terminado de explotarse suficientemente.

El encuentro entre Cuba y Mali, entre África y el Caribe cimentan At Home, una propuesta que el pasado domingo visitó el escenario de la Sala Barts de Barcelona. Pero esta confluencia sólo es posible gracias a la química que destilan sus dos impulsores. Constantemente Fatoumata provoca al piano de Fonseca con sus juegos vocales y las teclas del cubano no rehúyen el diálogo. Las miradas de admiración se cruzan y la energía de los dedos del cubano encuentra un espejo en la voz de la malí. La simbiosis se sublima en el momento más emotivo de la actuación, cuando los dos protagonistas se quedan solos en el escenario. Piano y voz, únicamente. Una voz que se hace áspera por momentos para reivindicar la libertad del amor, sin cursiladas, la libertad de elegir a quién querer.

La propuesta tiene momentos para todo, las canciones de Fatoumata pasadas por el tamiz del jazz latino de Fonseca, o los temas más simbólicos. En “Connection” (¿qué mejor título?) todos los músicos tienen un momento para el lucimiento. Y en la canción dedicada a Mandela, la banda construye un tema tan cubano como malí, porque “Mandela fue un personaje universal”, como dice Fonseca. En ese tema, Fatoumata ha puesto al público en pie con un argumento inapelable: “Levantaos para bailar por la paz”. Y a pesar de los intentos por volver a sus asientos, a partir de ese momento, el público no tiene más remedio que volver a levantarse cuando la música vuelve a sonar. El baile frenético de la cantautora malí es contagioso (aunque con evidentes problemas rítmicos en la platea), igual que lo son los devaneos de los dedos de Fonseca sobre las teclas del piano.

Fatoumata que lleva durante el show la voz cantante en todos los sentidos, a pesar de sus reconocidos problemas lingüísticos, aprovecha para poner delante del público las cuestiones que le preocupan. Habla sobre la paz, sobre la libertad, sobre el futuro o sobre la “dignidad de África” y como no de ese encuentro entre hermanos de una y otra orilla del Atlántico. Sin embargo, si algo llama la atención del discurso de Diawara es cómo consigue que “clandestin” suene a orgullo y dignidad. Todo un gusto, asistir a esta reconstrucción.  Su ya mítica canción suena precedida de un discurso en el que la malí afirma que “el mundo es un gran libro” y que vivir en distintos países es “leer diferentes páginas”.

Colombia con los cines africanos

MUICA

Mayo es el mes de la herencia africana en Colombia y este año se han volcado en la idea de mostrar otras realidades, de intercambiar sentimientos y de vibrar en la butaca con la primera Muestra Itinerante de Cine Africano (MUICA) que se celebrará en Cartagena (6-18), Bogotá (21-24) y Cali (28-31). ¡Acción!

La muestra incluye una selección de 13 películas realizadas en 10 países del continente africano y premiadas internacionalmente.  Desde el documental hasta la animación y la ciencia ficción, la MUICA pone en primer plano el rico panorama de la realización cinematográfica en África, y abre una ventana a las narrativas audiovisuales de un continente heterogéneo y diverso, tanto en sus realidades sociales y culturales como en sus expresiones artísticas.

Beats of Antonov (2014), del director sudanés Hajooj Kuka –Los ritmos del Antonov, en español– premio al mejor documental en el Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT), Toronto o Luxor, nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Como escribía Alma Toranzo para Wiriko “no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos”.

Aya de Youpugón (2013), la película de animación basada en la serie de historietas de Margarite Abouet e ilustradas por Clément Oubriere, muestra un retrato nostálgico del barrio popular de Youpugón en la capital económica marfileña de Abiyán. Otra de las obras imprescindibles de esta muestra será sin duda Cuba, una odisea africana (2007), de la directora Jihan el-Tahri que muestra el papel que jugó Cuba en los procesos independentistas de varios países africanos y la relación que la isla caribeña tuvo con políticos revolucionarios como Lumumba (República Democrática del Congo), Agostiño Neto (Angola), Amílcar Cabral (Guinea Bissau) o Samora Machel (Mozambique).

En esta línea, el documental Lumumba, la muerte del profeta (1991), del director Raoul Peck, será una oportunidad para recordar la vida y leyenda de este líder que fue el primer Ministro del Congo independiente cuyo asesinato en 1961 fue una conspiración de la CIA y el gobierno belga, la antigua colonia.

Otros títulos inundarán de debate las salas como: Mama Goema, la música de Ciudad del Cabo en cinco movimientos (2011), Miners shot down (2014), las kenianas Nairobi Half Life (2012), Soul Boy (2010) o Pumzi (2009), la mozambicana Virgen Margarida (2013), el documental del director angolano Dom Pedro Tango Negro (2013) de la que hablamos ya, la senegalesa Tey (2011) o la marroquí Los perros son ellos (2013).

Las universidades serán las encargadas de transmitir estas exposiciones culturales a las personas interesadas, con el apoyo del Instituto Francés, Instituto Goethe, embajadas de Francia y España en Colombia y también el Festival de Cine Africano de Córdoba en España.

Además de los centros de educación superior, también se podrá ver en las salas de proyección como Cine Tonalá en Bogotá, La Tertulia en Cali y el Centro de Cooperación Española en la ciudad de Cartagena.

Sin duda, la creación de la MUICA es un nuevo esfuerzo de sus organizadores SUR por fortalecer el diálogo entre las naciones del sur global. Ya en el 2014 presentaron la primera Muestra de Cine Colombiano en Sudáfrica,  Visual Journeys to the Other South, por lo que sus objetivos siguen muy presentes y dando que hablar en su misión de fomentar la creación de públicos, la apertura de nuevos mercados en el sector cultural y contribuir a romper estereotipos que con frecuencia simplifican las problemáticas sociales de nuestros países. El mes afrocolombiano comienza con olor a cine.

Cuba vista desde Guinea

Tierno Monénembo. Fuente: Guinguinbali

Tierno Monénembo. Fuente: Guinguinbali

Tierno Monénembo es, probablemente, el autor guineano más conocido. Un clásico y un contemporáneo al mismo tiempo. Su primera novela, Les Crapauds-brousse, editada en 1979, está dentro de la primera categoría; la penúltima, Le Terroriste noir, de 2012, en la segunda. Durante esa trayectoria ha conseguido acumular en sus vitrinas los premios más prestigiosos de la literatura francófona: el Prix Tropiques, el Prix Ahmadou-Kourouma, el Grand Prix Palatine, el Grand Prix du Roman Métis y hasta el inalcalzable Prix Renaudot, en 2008.

Y, tras todo este periplo, llega la decimosegunda novela de Monénembo, Les Coqs cubains chantent à minuit, que encaja perfectamente en esa trayectoria. La novela revisita la historia de la isla, pero también aborda una historia de migraciones, de la constante afrocaribeña, de amor, de interculturalidad, de revolución y, sobre todo, de música, de mucha música. El escritor togolés Sami Tchak ha descrito la novela de su compañero guineano de la manera más sucinta y, a la vez, más incisiva y precisa. Tchak ha dicho que Les Coqs cubains chantent à minuit es “un viaje al revés” y eligiendo las palabras de uno de los personajes del libro explica: “¡Un africano en Cuba en busca de sus raíces! Es la primera vez que escucho algo así. En un tiempo normal, los hechos ocurren al revés”.

coqs cubainsY es que Monénembo ha construido una historia enrevesada, pero que sirve que telón de fondo perfecto para tratar todos los temas que interesan al novelista. La aguja que va hilvanando todos esos temas es Tierno Alfredo Diallovogui, conocido como El Palenque, el protagonista de la historia de búsqueda. El Palenque es, en realidad, un poco guineano, un poco cubano y un poco francés o, más bien, es todas esas identidades al mismo tiempo. Su padre, fue un popular saxofonista guineano que en una actuación en Cuba se enamoró de Juliana, la madre del protagonista. La joven dejó la isla junto al músico y el muchacho fue concebido en Guinea. Nació en la isla caribeña, por decisión de la madre, que después regresó junto a su marido al país africano. Sin embargo, la relación entre el saxofonista y la enamorada joven cubana no termina de funcionar y la chica decide regresar a su isla, pero antes de salir del país es despojada de su bebé.

El chico acabó en París y decidió viajar a Cuba tras las huellas de su madre, de la que apenas guarda el recuerdo de la canción que le cantaba en sus primeros años. Sin embargo, no es El Palenque quien nos cuenta esta historia, sino Ignacio Rodríguez Aponte, el guía buscavidas que ha acompañado al guineano-cubano en su estancia en la isla. Una vez expulsado de Cuba el protagonista, Rodríguez Aponte le escribe una carta en la que le desvela algunas de las incógnitas a las que buscaba respuesta, incluida la historia del abuelo paterno de El Palenque con “los barbudos” de Castro durante la revolución.

Casualmente, en las últimas entradas hemos tratado el tema de las líneas rojas a las que se enfrentan los autores africanos. Sin embargo, Monénembo parece ignorarlas, al describir la realidad cubana desde su visión guineana y al reinterpretar la evidente relación entre África y el Caribe con una perspectiva muy personal. No es nuevo para el escritor guineano el afán del escritor por explorar otras realidades ajenas a la africana. Ya lo hizo en Pelourinho, en esa ocasión desde el también indudable vínculo afrobrasileño. Y también lo ha hecho, más recientemente, en Le Terroriste Noir, su penúltima y aclamada novela. En Le Terroriste Noir, el novelista utiliza la figura de un desubicado africano en la Francia ocupada por los nazis, para dar una visión, también muy particular de la lucha de la Résistance.

Monénembo huyó de Guinea Conakry en 1969 y pasó por varios países de África occidental antes de instalarse en Paris. Las obras del novelista se mueven entre las reflexiones de África con las diferentes diásporas y su origen peulh. Les Coqs cubains chantent à minuit se fraguó durante un periodo de residencia del autor en Cuba. Precisamente, durante ese periodo el novelista supo que había sido premiado por el Prix Renaudot por su obra Le roi Kahel, en la que narra la historia de un explorador francés que se introdujo tanto en la cultura peulh que acabó convirtiéndose en uno de sus reyes. No hay duda de que Monénembo tiene especial querencia por las historias insospechadas, por aquellas que no cumplen con los cánones de lo previsible. De lo que tampoco hay duda es de que las novelas del escritor guineano están llenas de narraciones trepidantes. Lamentablemente, sólo una de sus novelas está editada en España, El mayor de los huérfanos, sobre el genocidio ruandés; aunque Pelourinho también está traducido al español en México. De momento, la editorial ofrece un fragmento de Les Coqs cubains chantent à minuit en este enlace.

Cine lusófono en África (II): Los orígenes en Mozambique

Fotograma de la película "Tierra sonámbula" dirigida por Teresa Prata y basada en la novela con el mismo nombre del escritor mozambicano Mia Couto.

Fotograma de la película “Tierra sonámbula” dirigida por Teresa Prata y basada en la novela con el mismo nombre del escritor mozambicano Mia Couto.

Mozambique: Filmar al pueblo para devolverle sus imágenes

El primer acto cultural del gobierno de Mozambique tras la independencia en 1975 fue la creación del Instituto Nacional de Cine (INC). El nuevo presidente Samora Machel tenía una fuerte conciencia del poder de la imagen, y comprendió que tenía que usar este poder para construir una nación socialista. El objetivo del INC era filmar el pueblo para entregar estas imágenes de nuevo a la gente.

Es importante reconocer que al menos en tres niveles, la historia del cine en Mozambique tiene una especificidad nacional. Los momentos históricos más antiguos de la aparición del cine en Europa y América del Norte en las primeras décadas del siglo XX son de relevancia limitada en Mozambique donde la radio fue el medio preferido de comunicación para el estado colonial. En segundo lugar, el surgimiento de la producción cinematográfica en Mozambique coincidió con un redescubrimiento internacional y la revitalización del medio en los años 1960 y 1970 que afectó profundamente a las agendas establecidas por los cineastas coloniales y post-coloniales. En tercer lugar, la televisión, que transformó radicalmente la popularidad del cine a escala internacional, ha tenido poco que ver con la historia del séptimo arte en Mozambique, siendo (provisionalmente) introducida sólo en la década de 1980 y en las ciudades más grandes del país.

En una rara convergencia de talento, Ruy Guerra (Cinema novo), Jean Rouch (Cinema Verite) y Jean-Luc Godard (Nouvelle vague) coincidieron en la producción de cine de Mozambique en el año 1978 en un proyecto que pretendía dotar de un mayor grado de distinción y especificidad al cine mozambiqueño y a sus orígenes. Según Marcus Power, entre 1975 y 1979 alrededor del 75% de las películas proyectadas en Mozambique se hicieron en países socialistas como la URSS, Bulgaria, Alemania Oriental, Yugoslavia o Cuba.

Pero sin duda, el nacimiento del cine en Mozambique va ligado a Kuxa Kanema, una serie documental producida por el INC desde 1978 hasta 1986. Sin embargo, un incendio en 1991 destruyó una gran parte del archivo fílmico. En el documental de Margarida Cardoso realizado en 2004 y titulado Kuxa Kanema: o nascimento do cinema, la directora cuenta la historia del Instituto Nacional de Cine (INC), de sus producciones y de las personas que trabajaban allí trazando la historia de la joven nación africana. Afortunadamente, se guardan los archivos de miles de latas con imágenes que representan el único testigo de los primeros once años de independencia; los años de la revolución socialista.

Los dramáticos cambios tecnológicos, económicos y regulatorios en las tres últimas décadas en el país han creado un nuevo paisaje mediático global, con importantes implicaciones para las relaciones entre las industrias de los medios globales y nacionales, para los organismos de radiodifusión de servicio público y sus múltiples roles en la vida pública y cultural nacional. Ejemplo de renovación del cine es el festival de documentales Dockanema, celebrado cada dos años desde el 2006 y dirigido por Pedro Pimenta. La cita de este año tendría que ser para septiembre pero según informaba el propio director no tendrá lugar en 2014. Otro de los ejemplos es la II semana de cine de Maputo dirigida por João Ribeiro, director del Último vuelo del flamenco (2010), y que se encuetran preparando su tercera edición para abril de 2015.