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10 canciones de Eurovisión muy (muy) afros

 

La final de Eurovisión tuvo lugar en Lisboa el pasado sábado. Fueron 43 los países que se presentaron en esta edición, de los cuales 26 participaron en la final. Este concurso, aunque tachado en muchos foros como un instrumento más para la difusión de la  música pop, se suele identificar con la diversidad y la tolerancia. Sin embargo, la presencia de afrodescendientes en el concurso a lo largo de su historia ha sido muy baja. En esta edición dos países apostaron por las raíces africanas. Bulgaria se había convertido en una de las favoritas en las últimas semanas. Sin embargo la actuación  de Equinox, formado por tres cantantes búlgaros y otros dos estadounidenses, no logró convencer al público y se hizo con un inesperado decimocuarto puesto. Sin duda alguna la sorpresa de la noche la dio Austria. Su representante, Cesár Sampson, interpretó “Nobody but you” que conquistó al jurado y a parte del público, alzándose con un buen merecido tercer puesto.

A pesar de que en Eurovisión muchísimos países como Alemania, Dinamarca, Bielorrusia, Portugal, Países Bajos o Noruega han sido representados por personas afrodescendientes, todavía son muchos los que se sorprenden cuando una persona racializada representa a algún país europeo. Esto es un claro ejemplo de cómo el racismo sigue vivo en nuestras sociedades y la incapacidad de entender que en los países europeos no sólo viven personas blancas.

Para derribar esos muros, Wiriko ha hecho una selección de diez temas musicales que han representado a diferentes países a lo largo de la historia de Eurovisión. Los temas han sido elegidos para visibilizar la diversidad de países pero también por el impacto que tuvieron en su momento.

1. “Fernando en Filippo”, Milly Scott (Países Bajos, 1966)

Milly Scott se convirtió en la primera afrodescendiente en representar a un país de Eurovisión. Milly Scott era una popular cantante de jazz de Países Bajos y llegó a tener su propio programa de televisión en 1965. Sin embargo, su canción “Fernando en Filippo” nada tiene que ver con la música jazz y se relaciona con la “canción novedad”, un género que tuvo cierto éxito en los años 30 en Estados Unidos. Su actuación le valió la 15ª posición de un total de 18 participantes, recibiendo tan sólo 2 puntos. Por suerte, fue la primera pero no la última artista en representar a Países Bajos que es el país que más veces se ha presentado a Eurovisión con personas afrodescendientes, sumando un total de seis. Peligro: el Ri-ki kong-kong-kong se te puede meter en la cabeza durante varios días.

2. “O Vento Mudou”,  Eduardo Nascimento (Portugal, 1967)

Un año más tarde, el turno fue para Portugal que se presentó al concurso con Eduardo Nascimento. Este cantante, que se convirtió en el primer africano en participar en Eurovisión, nació en Angola y triunfó en Portugal a mediados de los años 60 con su banda Os Rock’s. Aunque “O Vento Mudou” es difícil de clasificar, se encuentra entre el género pop más clásico con una clarísima influencia de la chanson francesa, que recuerda al estilo de Jacques Brel. La profundidad de la voz de Nascimento envuelve al oyente. De los 17 países que se presentaron a esta edición, Portugal alcanzó la 12ª posición.

3. “White and Black Blues”,  Joëlle Ursull (Francia, 1990)

Entre las décadas de 1970-1980 se redujo el número de artistas afro que representaron a algún país en Eurovisión. Sin embargo, los 90 se caracterizaron por una mayor visibilización. 34 años tardó Francia en elegir un representante afrodescendiente. En 1990, Joëlle Ursull, modelo, actriz y cantante de zouk y blues, se convirtió en la candidata de Francia y fue todo un acierto. La guadalupense se hizo con un merecidísimo segundo puesto. “White and Black Blues” fue en todo un éxito gracias a la mezcla de rhythm and blues, pop y a la influencia del zouk. Este éxito catapultó a la fama su segundo álbum, “Black French”. En la siguiente edición de 1991 Amina Annabi, nacida en Túnez, repitió puesto, con la impactante “C’est le dernier qui a parlé qui a raison”.

4. “Monté la Rivié”, Kali (Francia, 1992)

La tendencia de Francia no cambió tampoco en 1992. Ese año, Kali, nacido en Martinica, se presentó al concurso con “Monté la Rivié”. Si Kali merece la pena estar presente en esta lista es sin duda por el tema elegido. En primer lugar esta fue la única vez que una canción era interpretada en lengua criolla antillana en Eurovisión. Además, pocas veces hemos podido escuchar en este concurso música reggae junto con algún que otro ritmo caribeño. No obstante la actuación de Francia en ese año no logró igualar a sus dos antecesoras, colocándose en un octavo puesto.

5. “Where are you?”,  Imaani (Reino Unido, 1998)

Si decíamos de Francia, Reino Unido se lleva la palma. Casi 42 ediciones cumplía Eurovisión ese año, y hasta entonces Reino Unido no había seleccionado una canción interpretada por una persona no blanca. Melanie Crosdale, más conocida como Imaani, representó a su país y obtuvo la segunda posición, justo detrás de Israel. Imaani, que se movía entre el house y el jazz, pero que se presentó con un tema mezclado con pop, logró una combinación explosiva con este tema que conquistó al público. Paradójicamente, esta fue la última ocasión en la que Reino Unido estuvo cerca de ganar el concurso y desde entonces nunca ha logrado pasar la barrera de los 166 puntos que Imaani obtuvo.

6. “Everybody”,  Dave Benton, Tanel Padar & 2XL (Estonia, 2001)

Esta es, posiblemente, la peor canción de la lista. Si por algo nos hemos visto con la obligación de que aparezca aquí es porque es la primera y única vez que un afrodescendiente se alzó con el premio de Eurovisión. Este grupo estaba compuesto por dos voces (Tanel Padar, nacido en Tallin y Dave Benton, nacido en la pequeña isla antillana de Aruba) y el grupo 2XL que hacían de coro. El tema, de letra repetitiva, recuerda a esas canciones de verano que, por alguna razón inconcebible, se hacen populares. Y mejor no hablamos de la actuación… sus intérpretes parecen recién salidos de alguna fiesta loca de principios de siglo.

7. “Haba, Haba”, Stella Mwangi (Noruega, 2011)

Y así llegamos a la última década de Eurovisión, en la que la representación también ha sido muy baja. En 2011 la cantante Stella Mwangi representó a Noruega con “Haba, Haba”. Una actuación de coreografía sencilla y ritmo pegadizo. Este tema era uno de los grandes favoritos en las casas de apuestas para ganar el concurso, sin embargo no logró clasificarse para la final de ese año que tuvo lugar en Düsseldorf. A pesar de ello “Haba, Haba” se convirtió en un éxito en algunos países como Noruega y Kenia. Además se convirtió en la primera canción en introducir la lengua swahili en Eurovisión.

8. “Stand by”, Senhit (San Marino, 2011)

Ese mismo año hubo un segundo tema interpretado por una afrodescendiente italiana. El pequeño enclave de San Marino se presentó a Eurovisión con “Stand by” cantado por Senhit. La propuesta presentada seguía las líneas pop del concurso. El tema era una canción lenta, que no llegaba a ser balada. A pesar de que el tema no destacó (de hecho tampoco se clasificó para la final) la voz de Senhit merece cierto reconocimiento. Su presencia fue lo único que consiguió llenar el inmenso escenario del concurso.

9. “Running”, András Kállay-Saunders (Hungría, 2014)

András Kállay-Saunders, cantante húngaro-americano, representó a Hungría en Eurovisión en 2014. András es hijo del cantante y compositor de música soul Fernando Saunders. A pesar de que en sus carrera la fusión de música pop y soul es evidente, “Running”, la canción escogida para el concurso tiene un marcado carácter pop, sin casi rastros de música soul más allá de los primeros segundos del tema. András se hizo con el quinto puesto del concurso de un total de 37 países que se presentaron al concurso en ese año.

10. “Love injected”, Aminata (Letonia, 2015)

El concurso de 2015 destaca porque fue una de las ediciones con mayor número de intérpretes afrodescendientes. En ese año se presentaron Uzari & Maimuna por Bielorrusia, Mélanie René por Suiza y Aminata por Letonia. Esta última realizó una de las mejores actuaciones en Eurovisión en años. “Love Injected” consiguió clasificar a Letonia en semifinales (justo por detrás de Måns Zelmerlöw, que se convirtió en el ganador de la edición) y la colocó en sexto lugar en la final. Y no es difícil entender por qué. Desde el primer momento Aminata nos envuelve con su impresionante voz, pasando de lo más íntimo a la explosión total marcada por breves golpes electrónicos.

Jazzfrica

En el Día Internacional del Jazz hay que mirar a África. El género es otra forma de la africanización de los estilos musicales que hoy conocemos y etiquetamos.

En el Museo Internacional de la Esclavitud de Liverpool hay una pequeña sección dedicada a la música. Tres pantallas invitan a la interacción para conocer cómo el calipso, el blues, el son cubano, el reggae o el vudú haitiano son algunos de los ejemplos de la influencia de África en la música actual. El jazz no falta en un museo donde el visitante se deja llevar por una breve introducción al estilo cargada de citas.

“Improvisar jazz es un acto de libertad, rompe los grilletes de la esclavitud y las restricciones impuestas por la música clásica europea”, dijo el poeta gualapuense Daniel Maximin. Wynton Marsalis apuntó que este género es “algo que los negros inventaron… la nobleza de la raza hecha sonido”.

El musicólogo estadounidense Ted Gioia recoge en su libro “La Historia del Jazz”, cómo el arquitecto Benjamin Latrobe dejó constancia en sus apuntes de las reuniones de la comunidad esclava en la plaza del Congo de Nueva Orleans a principios del siglo XX. Eran los ecos de Tombuctú como explica el músico Bilal Abdurahman. Una música que les anclaba a una tierra de la que fueron forzados a abandonar y que escondía la pesadumbre por perder sus derechos como seres humanos.

El jazz y el blues fueron unas vías de expresión ante la represión sufrida en las Américas y un legado que volvería a casa.

Abdullah Ibrahim y Sathima Bea Benjamin, precursores del jazz sudafricano de los 60

La tradición jazzística del continente se cimenta en Sudáfrica a mediados del siglo XX. La época clásica del jazz sudafricano cuenta con Miriam Makeba como referencia. Vocalista de los Manhattan Brothers y parte del grupo femenino The Skylarks, la conocida como Mama Africa se asentó en los Estados Unidos donde desarrolló su carrera de la que se recuerdan éxitos como el mítico Pata Pata. La década de 1960 encumbra a la cantante y compositora de jazz, Sathima Bea Benjamin, quien junto a figuras como su marido Dollar Brand, Abdullah Ibrahim desde su conversión al islam, el trompetista Hugh Masekela o Jonas Gwangwa constituyeron la nueva ola del jazz progresivo en Sudáfrica. Sin embargo, el apartheid llevó a esta generación de músicos a vivir en el exilio mientras que en el país el jazz sobrevivía a pesar del aislamiento global.

El trompetista sudafricano Hugh Masekela / Foto de Mwangi Kirubi

Desde el este africano y en los años 70, Mulatu Astatke confeccionó el “Ethiojazz”, que bebía de la combinación junto a sonoridades autóctonas y latinas. Su música es ahora algo común, de todos. Es familiar a la vez que se coloca dentro de la etiqueta “músicas del mundo”. El “Ethiojazz”, como ocurre en muchas ocasiones con tantas representaciones artísticas del continente, llegó a los oídos occidentales gracias a la película de “Flores Rotas” de Jim Jarmush, que incluyó varios temas de Astatke en su banda sonora.

En aquella Etiopía del emperador Haile Selassie, Hailu Mergia también destacó en la escena musical jazzística de Addis Abeba. Con la llegada del régimen comunista, el músico se exilió a Washington DC donde lanzó su primer disco “Hailu Mergia and His Classical Instrument” en 1985. Sin embargo, dejó de tocar en directo hasta que en 2014 el etnomusicólogo Brian Shimkowitz, fundador del sello Awesome Tapes from Africa, recuperó su trabajo. Mergia se animó a tomar de nuevo la carretera con más de 70 años y le llevó el año pasado a España.

Sudáfrica y Etiopía son los precursores de un estilo que en la actualidad es una fusión orgánica junto a géneros como el afrobeat o afropunk. El jazz se expande por el continente y así se refleja en los distintos eventos que se celebran cada año como los festivales de Jazz de Ciudad del Cabo, de Saint Louis, de Cartago, Jazzablanca o el Kriol Jazz Festival, entre otros muchos.

El pasado viernes, en nuestro programa radiofónico en M21, dimos varias pistas musicales que evidencian la consolidación del jazz en todo el continente. La tradición sudafricana continua de la mano de artistas como Nduduzo Makhathini, Billy MonamaLindiwe Maxolo o Tutu Puoane que acaba de lanzar su álbum We Have a Dream y que se coló en nuestra serie “Descoloniza tu iPod” del mes de febrero. Esta recopilación muestra la ebullición jazzística actual e incluye los últimos lanzamientos de Hervé Samb, Kora Jazz Trio o lo nuevo de Hailu Mergia.

Sería imposible enmarcar la expansión y representación del jazz africano en estas líneas. La definición del estilo se emborrona junto a otros sonidos y la retahíla de nombres se alarga. Músicos como Eddie Grey y Ricky Na Marafiki, referentes del jazz keniano, Yvonne Mwale o la joven Suzy Eises son artistas emergentes que facilitan la expansión de este género en África. También desde la diáspora y con trayectorias muy consolidadas Richard BonaCarmen Souza o Somi dan muestras de que el jazz “tiene sus raíces en África”, como explicó recientemente a Wiriko el músico senegalés Alune Wade.

Alune Wade: “El jazz es como un árbol con raíces en África”

Alune Wade cocina como las abuelas. Sin libros de cocina. Sin cantidades específicas y probando con la cuchara de palo. Un día barruntó African Fast Food, que dio paso a su último álbum, un proyecto colaborativo en el que se rodea de un grupo de amigos para dar una comilona de diez temas salpimentados con afrobeat y jazz.  

El compositor y bajista senegalés Alune Wade

African Fast Food, destacado en nuestras novedades descolonizadoras de febrero, es el cuarto trabajo de este compositor y bajista senegalés. Junto a músicos como Leo Genevese, Renaud Gensane, Adriano DD Tenorio, Daniel Blake, Mokhtar Samba, Kuku y Oxmo Puccino, Wade lidera un viaje que agarra sonoridades multinacionales que pasan por Senegal, Francia, Madagascar, Brasil, Marruecos, Estados Unidos, Nigeria y Argentina. Es el reflejo de la manera de hacer de este artista cuya música tiene la fusión como idiosincrasia. “Todo el mundo me aporta algo que yo no tengo. Los mejores músicos en el mundo no existen. Nos juntamos, compartimos y construimos juntos. Ese es el futuro del mundo”, explica Wade a Wiriko en una conversación telefónica.

Con esa visión, el senegalés no tuvo problemas en encontrar una imagen que resumiera el estado anímico del grupo: un bar. Buena compañía y agua de coco, pescado a la parilla y saka saka. “Estas sensaciones me hicieron pensar en los clásicos restaurantes africanos y de ahí surgió la idea para el álbum. Es un bar en el que podemos hablar de política, deporte, música o de lo que sea. Tenemos comida, estamos contentos y así mostramos la cara positiva de África”.

Este es el particular homenaje de Wade al continente sin los manidos estereotipos. Una África despierta, creadora y que aprende. Que comparte y escucha. “Quería hacer algo africano, que sonara a afrobeat pero con músicos de jazz. Era importante que fuera una fusión ya que no es 100% africano o americano”. Y no fue difícil convencer a la banda. “El jazz es una historia, un concepto que compartimos alrededor del mundo”, dice Wade. Y continúa con una analogía: “El jazz es como un árbol; las raíces están en África, crece en los Estados Unidos y florece en Europa. Todos podemos sentir el latido. No hay fronteras en mi música”.

La inquietud por experimentar y la búsqueda de nuevos sonidos lo trae en ocasiones de cabeza. Alune Wade se ríe ante la pregunta y responde que “la fusión es algo justo porque es una experiencia para compartir amor, conocimiento…” En una entrevista el senegalés confesó que una productora francesa encontró su música “limpia”. Una etiqueta, o quizás un prejuicio occidental, para lo que se espera de la escena musical del continente africano. Wade fusiona activamente; escucha y toma consejos de los músicos amigos. Por ello African Fast Food suena elegante a la vez que invita a que los pies se dejan llevar. Esa mezcla fue muy bien recibida por los asistentes a la pasada edición del Safaricom Jazz Lounge en Nairobi donde Alune presentó su nuevo proyecto. “La gente africana ama la música que puede bailar. Por eso le encanta la música latina. Pero el futuro para que el jazz cale en África está en la fusión con ritmos africanos”.

Ya antes de esta inmersión culinaria, Wade colaboró junto con el pianista cubano Harold López-Nussa para dar forma al trabajo Havana-Paris-Dakar. Con Harold fue algo natural, muy fácil. Los músicos cubanos se sorprendieron de que conociese sus ritmos”. La herencia sonora de su Senegal natal y la Dakar de la Orchestra Baobab de su infancia, salieron a la luz en un proyecto que sigue la línea de trabajos recientes que mantienen puentes entre el oeste de África y Cuba como AfroCubism o la unión de Fatoumata Diawara y Roberto Fonseca. “En los 80 escuchábamos música cubana todos los domingos en una estación de radio y ahí ponían a gente como Johnny Pacheco u Orquesta Aragón. Crecí escuchándola”, recuerda Wade.

La pulida combinación de las distintas influencias de African Fast Food refleja el aprendizaje continuo al que Wade está acometido. Desde que a los trece años el joven Alune se decidiera por tocar el bajo, cada proyecto ha sido una aventura; desde unirse a la orquesta sinfónica que dirigía su padre a acompañar en una gira mundial a su compatriota Ismaël Lô. Ha trabajado con artistas como Marcus Miller, Oumou Sangaré, Youssou Ndour o Cheick Tidiane Seck y cada proyecto es un reto para mejorar y luchar para que mi presente sea mejor que mi pasado”.

París ha sido la pieza clave para su desarrollo profesional. Dejó Dakar tras la publicación en 2006 de su álbum novel Mbolo y se asentó en la capital francesa, epicentro de muchísimos músicos africanos. “Es el mejor lugar para conocer a músicos y tocar con ellos. A veces hay que salir del continente para hacer música africana”. Pero, ¿por qué no promover la música africana desde el propio continente, en ciudades como Dakar, Bamako o Nairobi? “Es cuestión de buscar colaboraciones y músicos. Es mucho más fácil hacerlo en sitios como París. La multiculturalidad todavía no está asentada en África. Quizás algún día lo podamos verlo en alguna ciudad como en Casablanca donde muchos músicos del continente están decidiendo establecerse”, dice Wade.

Hervé Samb alumbra un nuevo estilo: el «Jazz Sabar»

‘Sabar’ es una palabra wolof que refiere a una constelación de eventos culturales, ritmos percutidos y bailes representativos de la sociedad wolof y serer de Senegal. Principal lenguaje expresivo de los Dakarois (nombre con el que se conoce a los residentes de Dakar), ha pervivido a lo largo de los siglos como una característica sociocultural intrínseca en Senegal. Hoy, con 38 años y un largo recorrido musical por escenarios de todo el mundo, el virtuoso guitarrista senegalés Hervé Samb lo pone en el epicentro de su cuarto álbum de estudio, Teranga, que verá la luz el 9 de febrero de 2018, invitando al mundo a descubrir la cultura, la tradición y la danza “Sabar” revisada desde el Jazz.

Adaptando con originalidad y delicadeza temas como el Giant Steps, clásico de John Coltrane, y respaldado por Daara J, Faada Freddy o N’Dongo D, su reinterpretación del Sabar refleja un talento brillante y un deseo de modernización del repertorio de la música senegalesa a través del lenguaje jazzístico sin precedentes. Un trabajo que el compositor dedica a los ya desaparecidos Doudou Ndiaye Rose y Coumba Dieng Ndiouga.

¿Quién es Hervé Samb?

H.S.: Un niño que comenzó a tocar la guitarra a la edad de 9 años, en Dakar (Senegal) y se convirtió en un apasionado de la música. Comencé tocando blues y grabé mi primer álbum a la edad de 12 años, con mi primera banda en ese momento. Descubrí la música Jazz con 14 años, junto a mi mentor Pierre Van Dormael (que por entonces ejercía de profesor en el Conservatorio de Dakar) quien me dio todas las llaves que necesitaba para desarrollar mi talento. A la edad de 19 años, me mudé a París, mi mejor patio de recreo, donde tuve la oportunidad de tocar muchos estilos de música con muchas bandas. Es el comienzo de una carrera internacional entre París y Nueva York, acompañando al saxofonista David Murray, a los malienses Amadou y Mariam o Oumou Sangaré, a la cantante Meshell Ndegeocello, a la estrella jamaicana Jimmy Cliff o al jazzman Marcus Miller.  A través de este viaje, grabé tres álbumes que muestran mi evolución y colaboraciones: Cross Over (2008), Kharit (2011) y Time to Feel (2013). Ahora, he decidido utilizar mi experiencia como senegalés junto a todo lo aprendido en los últimos 20 años y desarrollar un nuevo concepto llamado «Jazz Sabar» con mi último disco: Teranga (Cristal Records, 2018).

¿Cuáles son tus principales inspiraciones musicales?

H. S.: Son muy diversas. Pero diría que mi fundación se basa en BB King, Jimmy Hendrix, Charli Parker o John Coltrane, y que mi inspiración senegalesa, mandingue y wassolou son Soriba Kouyate, Cheikh Tidiane Seck, Youssou Ndour y todos los instrumentos tradicionales.

¿Y qué significa para tí el concepto de ‘Jazz Sabar’ que impregna tu cuarto álbum?

H.S.: Es muy simple, es un jazz que tiene un lenguaje totalmente diferente, donde podemos usar los diversos ritmos provenientes del Sabar (percusión senegalesa típica) con la complejidad del Jazz. Donde también improvisamos armónica y rítmicamente usando el lenguaje Sabar. Donde acercamos la danza Sabar, que es indisociable de las percusiones, al Jazz.

Tu álbum se titula Teranga, que significa hospitalidad, fraternidad y compartir en wolof. ¿Como la cultura Sabar integra el Jazz en tu obra? 

H.S.: La Teranga es un valor muy importante para nosotros, las personas senegalesas. Este proyecto es una oportunidad para mostrar este valor a través de la música. La música senegalesa a través de sus estilos tradicionales, la danza y el sabar acogen y abrazan al jazz.

¿Cómo y cuándo comenzaste a interesarte por el Jazz? ¿De qué manera el Jazz, un estilo poco desarrollado en Senegal, penetra en tu vida?

H.S.: Mi padre solía escuchar música Soul y Blues y tenía un club de música en vivo donde tuve la oportunidad de compartir música en directo e intercambiar conocimientos con músicos profesionales, muy jóvenes. Así que, naturalmente, comencé por el Blues, que me llevó al Jazz un poco más tarde porque tenía mucha curiosidad. Por eso que a la edad de 14 años llegué al Jazz. Quería desarrollarme musicalmente, y el Jazz es una escuela esencial para cualquier músico en el mundo que quiera desarrollar su talento.

Hemos escuchado a grandes músicos influenciados por Jazz en África. Desde Mulatu Astatke y su Ethiojazz, hasta Abdoullah Ibrahim y su Cape Jazz… ¿Crees que el ‘Sabar Jazz’ puede ser tomado por los amantes del Jazz internacional como un nuevo subgénero y que esto puede atraer oídos occidentales hacia África, en este caso, hacia Senegal?

H.S.: ¡Eso espero! Es un nuevo género que está muy cerca de los músicos senegaleses y también de todos los amantes de la música senegalesa. Cada vez habrá más música que promocionará el Sabar y ayudará al mismo tiempo a la promoción del Jazz Sabar. Los músicos senegaleses de Jazz harán más y más discos. Y creo que a través de mi experiencia, todo está ahí para los oídos occidentales, el ritmo, sus hermosas armonías, su alegría, el romance, etc.

Tu agenda de conciertos te lleva por Suiza, Austria, Alemania o Francia de forma frecuente. ¿Dónde encuentras más público, en Europa o en África? ¿Y qué diferencias encuentras en la reacción de cada audiencia a tu estilo?

H.S.: En realidad, para mí da lo mismo, aunque haya diferentes reacciones. Cuando toco en Senegal, por ejemplo, realmente no necesito explicar nada porque conocen el lenguaje, incluso si nunca antes habían escuchado mi música. En Europa, me sorprende mucho ver que las personas entienden el mensaje y disfrutan descubriendo nueva música e instrumentos que nunca antes habían visto. Y eso me da la oportunidad de invitarlos a venir y descubrir nuestra «Teranga» a Senegal.

Myles Sanko por Simon Buck.

Myles Sanko: “En África está todo rítmicamente conectado”

Sus fotografías. Sus videoclips. Su vida. Todo en él está marcado por una dicotomía: el blanco y el negro. No es casual que su EP debut, que apareció en 2013, se llame Born In Black and White (Nacido en Blanco y Negro). “Nací en Accra, de madre ghanesa y padre bretón, del norte de Francia. Pasé los 16 primeros años de mi vida en Ghana, antes de trasladarme a Cambridge”, cuenta Myles Sanko, la nueva sensación del Soul-Jazz británico.

Después de arrasar con su primer álbum Forever Dreaming en 2014, 2016 fue el año en que Myles realizó su álbum más personal, Just Being Me. Hoy, a punto de cumplir 37 años, se ha convertido en una de las voces más cotizadas y frescas de Europa. Siendo considerado uno de los renovadores de la música británica, pocos saben o reconocen la herencia africana de esta voz a caballo entre dos ciudades: Accra y Cambridge. Y antes de que vuelva a pisar la península ibérica para la presentación de último LP, nos ha brindado generosamente unos minutos de su tiempo, en los que hemos podido desgranar más sobre su carrera y sobre su parte más africana:

Myles Sanko por Simon Buck.

“No cambiaría mis orígenes por nada del mundo. Nacer de dos culturas tan distintas me ha permitido ver ambos lados de la realidad. Me siento absolutamente agradecido de que mis padres decidieran estar juntos y me permitieran experimentar la vida desde diferentes ópticas”, explica Sanko.

Y supongo que diferentes realidades significa también diferentes lenguas, ¿verdad?

Por supuesto. Mis lenguas maternas son el Akan, que se habla en Accra, y el Ewe, la lengua de mi madre. Pero también hablo perfectamente francés, que es la lengua materna de mi padre. El inglés, por supuesto. Y el italiano. A parte, también estoy aprendiendo checo y español…

¡Dios mío! Y en España la gente se cree que somos políglotas por ser bilingües en el mejor de los casos… A menudo nos olvidamos de que África nos pasa la mano por la cara en estas cuestiones, ¿verdad?

Somos absolutamente injustos cuando juzgamos África. África tiene un lugar irremplazable en mi corazón. Nací y crecí en África. Mi madre es africana. Y aunque vivo en Cambridge estoy muy conectado con el continente. África es un continente muy joven, que ha estado sujeto a muchas penurias, empezando por la colonización y los siglos de esclavitud… Pero tendrá su día. Un país como el mío, Ghana, fue uno de los primeros en conseguir la independencia. Pero hoy en día, tener independencia no significa absolutamente nada. Puedes tener libertad y a la vez seguir amarrado. Mi generación sigue sufriendo del trauma colonial, que acarrea de la generación anterior, y cuesta a veces celebrar África más allá de los problemas… Es difícil, a menudo, salir del pensamiento de que Europa es mejor en términos de conseguir mejores trabajos o pensar que lo que vemos en la televisión es mejor que nuestra forma de vivir. A mi me gusta celebrar África por lo que es. Estoy super orgulloso de ser africano. Y estoy seguro de que le llegará el día. Y espero que no esté muy lejos.

¿Y cuales son tus mejores recuerdos de tu infancia en Accra?

Vivíamos en Tema, cerca de la playa. Un lugar precioso. Mi mayor recuerdo es cómo todo, la vida, las personas, estaba ligado al ritmo. En África está todo rítmicamente conectado. En la infancia, vivíamos al lado de un carpintero. Recuerdo que cuando trabajaba, siempre martilleaba con ritmo. “Tatatá – tatatá – tatatá…”. Eso me parecía fascinante. Había ritmos por todos lados. Cuando iba a la playa, me encantaba ver a los pescadores. Entre seis y diez hombres empujaban sus canoas al mar para ir a pescar. Y para empujar juntos, lo hacían a ritmo, cantando y empujando a la vez. Toda mi infancia está impregnada de eso. En África hay música en todos lados. La música es parte de todo.

Además, Ghana ha sido y continúa siendo el epicentro de la creación musical más puntera del continente. Desde el highlife de los años cincuenta hasta los Afrobeats de hoy… ¿Te ha influenciado mucho la música ghanesa en tu carrera? 

¡Por supuesto! Crecí escuchando Highlife y muchos otros estilos africanos. Todos esos ritmos están en el sustrato de mi propio sonido. Porque forman parte de mi manera de pensar y vivir. Todos esos ritmos que escuchamos y creemos que son americanos, en realidad, son africanos. La música negra norteamericana está cimentada en ritmos africanos…

Myles Sanko por Simon Buck.

Recientemente, en España, se ha presentado un documental extraordinario – Gurumbé– que explora las raíces africanas del Flamenco. En una entrevista que te hicieron el año pasado en El Periódico hablabas sobre las semblanzas entre el Flamenco y el Soul. ¿Crees África está en la raíz de todo eso?

No tenía ni idea de las raíces africanas del Flamenco. Me parece super interesante. Pero cuando hice referencia a las similitudes entre el Soul y el Flamenco, básicamente me refería a que son dos estilos que evocan sentimientos muy profundos. Creo que ambos estilos conectan con un aparte muy profunda del ser. Pero no se trata de hallar África en todos los ritmos. Porque al final, los ritmos son humanos y pertenecen a todo el mundo. Tratar de categorizar o etiquetar los sonidos no está bien. Los sonidos deben ser lo que son, sin necesidad de comprenderlos. Solo están entre nosotros para disfrutarlos. Para conectarnos entre nosotros.

¡Sabias palabras! 

Vamos a avanzar en tu biografía, cuando empezaste a vivir de forma permanente en Inglaterra. ¿Qué hacía Myles Sanko cuando tenía 20 años? 

La comida es una de mis pasiones. A los 16 años, cuando estaba en el instituto, ya asentado en Cambridge, empecé a trabajar como lavaplatos en restaurantes. Y empecé a desarrollar una gran pasión por la cocina, aunque esa pasión siempre había sido parte de mí. Así que a los 20 años me convertí en chef. Y trabajé cocinando comida hasta que decidí dedicarme cien por cien a la música. Me enamoré de la música a través del Hip Hop, y eso fue la chispa que encendió mi interés para dedicarme a ella. El Hip hop era la progresión natural del Funk, el Jazz, el Soul, el Blues… Así que gracias al Hip Hop me encontré con todas las raíces de la música negra norteamericana.

Como el que identifica cada ingrediente de un plato estrella… ¡Qué interesante! Parece que nutrirnos de buenos alimentos, ha sido una tónica en tu vida. 

¡Sí! (ríe). Para mí, cocinar o hacer música es algo muy similar, que calma la mente y el cuerpo en muchos sentidos. Mezclas ingredientes diferentes para crear algo que la gente pueda disfrutar, y que disfrutas tu mismo a la vez.

Y algo básico tanto en la cocina como en la música es encontrar el equilibrio entre los ingredientes que se utilizan, ¿no? No he probado tu cocina pero escuchando tu receta sonora, creo que el equilibrio y la armonía son una parte importante del proceso de creación. ¿Es esto responsable de que suenes tan maduro?

Para ser honesto, no me rompo la cabeza para conseguir ese equilibrio. No lo hago conscientemente. Supongo que para crear hay que estar en armonía con uno mismo. Simplemente hago lo que le sienta bien a mi corazón, lo que me suena bien… Está bien poder dar una pizca de “esto”, un poco de “lo otro”. Pero cuando se trata de crear, no hay una respuesta fija. Sale así.

Entonces, ¿simplemente se trata de ser honesto con uno mismo?

Supongo. Aunque cada cual tendrá su fórmula. Siempre que lo que haga me haga feliz, y que los demás puedan verlo y entenderlo, estará bien.

Cuando compones, bebes de un montón de fuentes. Son evidentes influencias desde Staple Singers a la música disco más ochentera. Pero: ¿eres más del Soul de Motown o de Stax? ¿Te gusta más el Jazz neoyorkino o los oldies a lo New Orleans? 

Me encantan los productos de Motown y de Stax. Estoy bastante en medio. Aunque diría que el Jazz que me gusta es el de Nueva York, ¡por supuesto! Aunque aún estoy explorando y conociendo el estilo. Pero cuanto más intentas conocer algo más tienes que buscar en ti y no fuera. Si no viene de dentro, nunca hallarás nada interesante por más que explores.

Tu primer EP suena bastante más “british”, incluso Northern Soul, que los posteriores LPs, que tienden más al Jazz… ¿Has hecho una especie de transición hacia un sonido más americano no?

El northern Soul no es británico técnicamente. No deja de ser Soul, y tiene las raíces que tiene. Pero no estoy muy en esa línea. Creo que los músicos con los que trabajo, que son británicos, pueden transmitir un poco esa sonoridad. Porque los sonidos trascienden fronteras en muchos sentidos. Obviamente lo puedes encontrar en mis canciones. Pero no de una forma intencional.

Y si los sonidos pueden trascender fronteras, los artistas pueden adoptar multiples formas de expresión. Y ese es tu caso. Cuéntanos cuál es tu vínculo con el cine. 

Para mí el cine es una parte muy importante de mi creatividad. Cuando era joven y veía películas, siempre admiraba los ángulos en los que se ponía la cámara para filmar, y a veces incluso dejaba de prestar atención a la historia… Así que cuando llegué al mundo de la música, para mi los videoclips se convirtieron en una parte natural de mis creaciones. Me acuerdo cuando gravé mi primer videoclip, en 2007, que acabé tomando las riendo del equipo de cinematógrafos. Acabé dirigiéndolo yo, y cuando se tenía que editar, relegué al editor. Básicamente, porque sabía perfectamente lo que quería. Desde entonces, grabo, edito y dirijo todos mis videoclips.

Y vemos que te encanta jugar con la cámara. Como en el videoclip de Forever Dreaming, donde juegas con la mirada del espectador, como queriendo que se dé cuenta de que el cine es una falsa imagen… 

Me encanta enseñar lo que hay al otro lado de la cámara. Y que el espectador, cada vez que la cámara me enfoque a mí, sea capaz de ver también que detrás de la cámara está pasando algo, no solo delante del objetivo. Me gusta enseñar que hay todo un mundo detrás de lo que se enfoca… Me encanta que la audiencia vea mi perspectiva. Mi mundo.

Acaba de ver la luz otro de tus videoclips, el de This Ain’t Living… Un precioso vídeo con una pareja de ciegos como protagonistas, que también son mendigos y negros, y a todo lo que deben enfrentarse en su día a día…. 

Si. Es el segundo single de mi tercer álbum (Just Being Me). No es solo un videoclip, es un cortometraje. Y es una clara muestra de que, poco a poco, mi música me permite introducirme en el mundo del cine.

Y por acabar, ¿qué le dirías al público español para que se acerquen a verte?

Simplemente, ¡venid y vamos a conectarnos!

Muchas gracias por tu tiempo Myles, ha sido un placer gigantesco.

Gracias a vosotros. Disfruté mucho con la entrevista.

 

Estas son las citas que Myles Sanko tiene preparadas para la presentación de su álbum Just Being Me, este marzo en España:

Madrid –  Sala El Sol, miércoles 22 de marzo

Barcelona – Sala Apolo, jueves 23 de marzo

Murcia – Teatro Circo, viernes 24 de marzo

Burgos – Caja de Burgos, sábado 25 de marzo

Somi, la panafricanista del jazz contemporáneo

Una excusa. Llegó 30 minutos tarde a la entrevista. Era su primera vez en España. La presión del Festival de Jazz de Madrid. Su diminuto bolso cruzado a través de un pecho que amasaba acordes de algún lugar extraño y que no soltaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. No estaba preparada para las cámaras –aseguró– y todo se pospuso para el final del concierto. Lo que aconteció después fueron casi dos horas de un ensayo general que debería haber sido una rutinaria prueba de sonido en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural la Villa. Una espera delicatessen para los técnicos y el que escribe. No queríamos que se bajara de las tablas porque nunca antes habíamos visto a una artista girar las estructuras del jazz de esa forma. Bebía agua. La hora se acercaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. Sus calcetines color rosa que hacían de ese momento algo muy acogedor. Íntimo. Los finales de las canciones parecían no estar limados y todo apuntaba a que la improvisación de este trío musical compuesto por voz, piano (Jerry Leonide) y bajo (Michael Olatuja) sería la tónica dominante. Vestuarios. La audiencia llenaba el aforo. Luz tenue. El presentador confirma que el espectáculo marcará una inflexión. Aparece Somi. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo.

somiLaura Kabasomi Kakoma o Somi te ofrece un camino incansable de sobresaltos. Una experiencia completa de hora y media que evoca lugares alejados entre sí como Nueva York o Nairobi, Johannesburgo, Washington o Río de Janeiro. Ritmos africanos, soul de Stevie Wonder, la improvisación entre graves y agudos del jazz vocal, música de contemplación y escucha atenta, o de baile dislocado para un sábado noche. Somi interpreta un estilo musical que salta con tanta facilidad entre los límites que la categorización de su música es irrelevante.

Así que ¿quién es Somi?
Nací en Ilinois, crecí en Zambia, volví a Ilinois para continuar el colegio, después estudié en Kenia, Tanzania para volver nuevamente a Nueva YorK…

Un momento. Pero entonces ¿de dónde eres?
Soy panafricanista, ¿sabes? Tu casa al final es donde la construyas. Soy, a fin de cuentas, una cantante, una compositora, una escritora… Esto es quien soy.

Te encuentras entre dos mundos, ¿no?
–Ríe–. Mi madre era ugandesa y mi padre ruandés así que era una combinación perfecta, un impulso normal, el querer descubrir mis raíces. He viajado mucho por el continente y además he podido estudiar en él para entender mejor a la gente afro de los Estados Unidos. Estuve entre Kenia y Tanzania interesándome por la antropología médica. Cuando vivía en África del Este estaba preocupada por desenterrar mi verdadero ser cultural: una niña negra americana y de padres inmigrantes, aunque ya estaba occidentalizada. Estaba tratando de averiguar mi identidad cultural para reclamar mi conexión con África y me hallé privilegiada de ser una americana y de ser una persona de ascendencia africana. La experiencia me dio todo este espacio para decidir lo que realmente quería hacer. Y la música fue la elección obvia.

jazzmadrid-2016-somiA menudo te definen como una versión moderna de Miriam Makeba, y una mezcla vocal entre Nina Simone y Dianne Reeves. ¿Te sientes identificada con esta descripción?
Es un honor. Muchas gracias por tus palabras. Verás yo empecé a tocar el violonchelo cuando tenía ocho años y escuchaba mucha música clásica en la radio. Mi madre que cantaba, aunque no de forma profesional, me susurraba canciones de Uganda y de, por ejemplo, Elvis Presley.

¡Vaya! Menuda combinación de sonidos y de movimientos de cadera
–Ríe–. Sí… A mi padre le encantaba el reggae. La elección de ser músico no fue fácil. Me encantaba cantar, pero no pensé que fuera una opción viable como carrera profesional. Todo el mundo en mi familia tenía un trabajo más tradicional y, además, las familias de inmigrantes no suelen animar a sus hijos a ser artistas.

Hoy has demostrado que tu repertorio abarca un amplio espectro con canciones de conciencia social sobre el movimiento Occupy Nigeria, con letras que hablan sobre el estado de la mujer en Nigeria, de la pobreza, del amor. ¿Cuál es el rol de un cantante?
Mi último álbum lo escribí y compuse en Nigeria. Quería saber qué estaba ocurriendo allí, en una capital tan cosmopolita como Lagos, en un país que es la primera economía del continente. Así que mi rol es decir la verdad. Hablo de asuntos que le preocupan a la gente como los movimientos de ocupación en ciudades africanas, de la circuncisión, de las trabajadoras sexuales…

Pero Somi, esto no es comercial, no vende…
Ya lo sé, pero ese no es mi problema. En esencia el artista debe ser honesto consigo mismo. No es plan de decir, ¡oh, tengo que escribir una canción sobre Trump por lo que representa! Más bien tratar asuntos que estén relacionados con lo que tú necesitas explicar. Quizás sea sobre el medioambiente o sobre el fenómeno migratorio. Como te decía, hay que ser honesto con uno mismo porque esto es lo que la gente siente.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Ahora que mencionas a Trump. ¿Cuál es tu valoración?
–Silencio. Somi calla durante al menos 30 segundos. Los ojos se le ponen llorosos–. Es un tema muy obsesivo. Es una mala época. No se trata sobre lo que le ocurrirá a la gente negra, a los musulmanes, a los homosexuales… Nos afecta a todos. Estos días he dormido temerosa por el mundo que nos espera con este tipo en la Casa Blanca. No sé qué está ocurriendo. Hoy, salir al escenario fue muy importante por un número de razones: era la primera vez que abría mi corazón y era capaz de hablar de mis sentimientos, de mis sueños, después de unos días. He tenido un espacio para volar y para decir la verdad a través de la música. Sobre Trump no sé realmente qué más puedo decir.

somi_foto_glynis_carpenter_3-jpg__1600x768_q85_crop-smart_cropper-media_background-_subsampling-2¿Nuevo álbum a la vista?
Ahora estoy trabajando en un nuevo álbum sobre los inmigrantes africanos en Harlem, –donde ella vive– sobre sus experiencias, sobre la xenofobia que sufren… Aunque realmente esta enfermedad no es exclusivamente americana porque ocurre lo mismo también en Europa. Así que intento reflejar cómo fenómenos como este, o incluso la gentrificación, tienen lugar en barrios tradicionalmente marginados y cómo la población que vive en ellos se enfrenta a estos problemas. Cómo negocian las vicisitudes. Pero hablo también sobre la humanidad, porque Harlem nos recuerda la historia de la experiencia afroamericana y es una historia importante, pero viven también otras comunidades desde hace 40 o 50 años y no son realmente incluidas en la conversación cuando hablamos de cómo la gentrificación está cambiando Harlem. Así que mi nuevo álbum es para recordarlos a todos.

[En enero de 2008 la cantante fundó la organización sin ánimo de lucro New Africa Live con un objetivo claro: “crear un espacio cultural de pertenencia para los artistas africanos contemporáneos mediante la producción de eventos artísticos multidisciplinares. Y entre tanto, que entretenga, que eduque y cree conciencia sobre el valor de la cultura africana en un mundo globalizado”. Según explica Somi, con estos eventos tratan de cuestionar la idea homogeneizada de producción cultural africana (no todo son timbales) y apoyan el trabajo de artistas que interrogan las políticas de identidad africana con un espíritu cosmopolita y de hibridación urbana.]

¿Y algún otro proyecto en el que estés embarcada?
Estoy inmersa en una jazz-opera sobre Miriam Makeba en Nueva York que se estrenará en diciembre y supone un proyecto que engloba la escritura, la música en sí y la interpretación.

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Como te defines como una panafricanista, te pregunto sin tapujos. ¿Cuál debería ser en tu opinión la nueva agenda para África?
Lo más importante y excitante es que estamos volviendo a ser propietarios de nuestra narrativa en un camino que nunca antes habíamos hecho. Específicamente en el mundo artístico porque estamos cambiado muchas cosas, empleando muchas cosas. Es maravilloso decir que esta inversión es en nosotros mismos. Es un tiempo maravilloso en el continente, pero también en la diáspora porque mucha gente que conozco no tenía estas oportunidades para expresarse por ellos mismos. Ahora pueden ser artesanos, diseñadores, emprendedores… ¡cualquier cosa! Y no necesariamente un abogado o un médico porque la sociedad de alguna forma te lo imponga. Así que es maravilloso ver el valor de los nuevos artistas e invertir en este talento y, observaremos cómo la economía del continente crecerá en este sentido.

¿Tu sueño para África?
La autosuficiencia para ser responsables de nosotros mismos y no tener que depender de nadie. Trabajar por la igualdad y el aprovechamiento de los recursos para invertir en nuestras propias infraestructuras en un sentido amplio. Porque es maravilloso que se invierta en los artistas, pero es algo más grande cuando los gobiernos invierten en el pueblo y no tienen que pedir explicaciones en el círculo del desarrollo. Mi sueño es cambiar la narrativa de la ayuda, de la pobreza. Porque está ahí, pero debemos usar todo lo que tenemos ya que África es un continente realmente rico: los recursos están allí, los minerales están allí.

¿Y un sueño para los EE.UU.?
–Silencio–. No lo sé honestamente…

Bueno, mejor matizo: ¿un sueño para tu hogar en Harlem?
¡Oh! Muchas gracias porque estaba pensando en que se acabara la legislatura de Trump mañana mismo… –ríe–. Creo que es importante recordar la cultura. No es algo sobre la raza, sino sobre la cultura. Crear espacios de intercambio en esta ciudad, en estos barrios donde se está destruyendo la esencia… es algo horrible. De cualquier forma no sé si este sería mi sueño, pero se convertiría en algo precioso.

“Ser feliz” con lo nuevo de Anita Zengeza

“Ser feliz es decidir simplificar la melodía”. Lo dice Anita Zengeza (Zimbabue) en la canción que abre su segundo disco, Natural Journey (Slow Walk Music, 2016). Sencillo. Honesto. Fresco. Apetecible y necesario, llega tres años después de su primer LP, bautizado con su nombre (Whatabout Music, 2013) y lo hace regalándonos el mejor disco para esta primavera, pero también la dicha de tenerla bien cerquita.

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Y es que la joven zimbabuense de 25 años ha encontrado en Barcelona el entorno perfecto para desarrollar su carrera profesional. Estudiante de Jazz y música moderna en el Conservatori del Liceu, halla en el cosmopolitismo de la capital catalana una fuente de inspiración. Aunque para cosmopolitismos el suyo. Nacida en Botswana de padre zimbabuense y madre chino-malasia y emigrada a Harare a la edad de 5 años, con solo 17 se trasladó a Italia con una beca para estudiar música, para instalarse a la ciudad condal en 2010. Pura energía creativa y puro talento le bullen en las venas desde que empezara a cantar y tocar el piano, con solo ocho años. Desde entonces, el violín, la viola o la guitarra han sido sus mejores compañeros de viaje para una travesía sonora que nos llega hoy como un oasis.

ac3ae52f-c62d-45d0-b2dd-ed0f5cb09e40Esta Travesía Natural, tal como se podría traducir de su título en inglés, emana sutilmente cuica brasileña, folk norteamericano, melódica, ritmos antillanos, arreglos de jazz o sabar senegalés que bailan y se mezclan en un estilo al que Anita le gusta llamar afrofusión o afropop. Un discurso sereno que nos habla de aspectos cotidianos de una forma poética y que nos zarandea con cambios radicales que nos deslizan por túneles sonoros como hacia universos paralelos. Dándonos la vuelta bruscamente, la zimbabuense nos devuelve en todo momento al curso natural de melodías suaves que nos mecen delicadamente. Como en la vida, en Natural Journey predomina el equilibrio.

La voz de Anita recuerda a la sudafricana Zolani Mahola (Freshlyground) y se acerca a menudo a los destellos luminosos de Sara Tavares. Mezclando letras en inglés, castellano o francés, su voz escala y desciende, nos eleva y nos hunde, aportando múltiples colores y texturas que dibujan nuevos perfiles de una personalidad que la hacen única. Que nos enamora. Nos devuelve a nuestra parte más latina. Más barcelonesa. Más honesta. Más mestiza.

Próximos conciertos de ANITA ZENGEZA: 

28/05/2016 Miombo Magic Festival (Harare, Zimbabwe)
2/07/2016 Festa MaJor de Sant Cugat (España)
15/07/2016 NunOff Festival, Barcelona (España)
5/08/2016 Sala Montjuic, Barcelona (España)
19/08/2016 CCCB ‘Making Africa’, Barcelona (España)

Fiston Mwanza Mujila: el escritor feliz

Tram 83 fue uno de los lanzamientos más exitosos de un escritor de origen africano en 2014. Su autor, el congoleño, Fiston Mwanza Mujila, pasó a finales de 2015 por Barcelona para presentar la edición de su primera novela en catalán por la Editorial Periscopi y ha hablado con Wiriko para explicar algunos de los detalles de su obra.

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

Tram 83 está ambientada en Ville-Pays, un espacio imaginario, dominado por una especie de fiebre del oro, en el que una mina ocupa un lugar central, con el permiso siempre de ese club, el Tram 83 en el que se desarrolla la mayor parte de la vida social. ¿Qué tiene Ville-Pays de su país?

Para crear ese ambiente de Ville-Pays me he basado en una mezcla de varias ciudades que conozco y, evidentemente, entre ellas en Lumumbashi. Me interesa, sobre todo, la energía creativa que se genera en los lugares en los que las cosas no funcionan. En estos lugares, todo está por hacer y, de repente, los milagros se hacen posibles. Me interesa también el ambiente en el que la música está presente por todos lados, las ciudades bulliciosas con ritmo.

¿Entonces, su novela es una obra crítica, porque se hace referencia a la corrupción al totalitarismo o las persecuciones políticas?

Quizá tenga elementos críticos y tiene referencias al Congo, pero no es lo fundamental. No es un ensayo, sino una novela, una obra literaria. Lo que he intentado ha sido inspirarme en esas situaciones dislocadas, que permiten hablar de la realidad de una manera diferente. Pero no me considero un escritor especialmente comprometido. En ese sentido, soy pragmático y mi interés fundamental es la literatura. De todos modos, entiendo esa duda porque presentando el libro me he encontrado con que algunos lectores que han hecho lecturas en clave de cosas que yo ni siquiera había pensado, pero esa es la riqueza de la literatura.

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

¿Le agradan o le desagradan esas interpretaciones?

Quizá parezca extravagante, pero veo el libro como un hijo y en el Congo los hijos no sólo son de sus padres, sino de toda la comunidad. Así que el libro es también de toda la comunidad. Creo que las cosas son así.

Uno de los personajes de la novela es Lucien, un escritor que aparece completamente fuera de lugar en esa ciudad de buscavidas. ¿Qué hay de Fiston Mwanza Mujila en Lucien?

No, no. Lucien no soy yo, ni mucho menos. En realidad Lucien es un soñador y yo soy una persona eminentemente pragmática. No se parece a mí. En realidad, el personaje de Lucien me sirve para hacer una reflexión que me interesa mucho: cuál es el papel del escritor, del intelectual en general, en un país en el que las cosas no funcionan.

Y, ¿cuál cree que es ese papel?

Bueno, por mi experiencia el papel del escritor tiene que ser muy didáctico. Yo me he dedicado a hacer talleres de literatura en colegios o en prisiones y creo que el escritor puede ayudar a entender la vida, a dar herramientas para ver cómo afrontarla.

¿Ese es para usted el lugar de la literatura?

La literatura da otra visión de la historia. Por ejemplo, frente a los discursos del poder nos damos cuenta cómo se multiplican las memorias, cómo se cambia y se rectifica. En diferentes momentos se construyen diferentes historias oficiales y éstas se confrontan a las memorias colectivas. En estas confrontaciones es donde entra la literatura. Pero en todo caso, yo no soy un escritor triste. Me considero un escritor feliz, porque la literatura tiene algo de infantil.

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

¿Qué opina del debate sobre el uso de las lenguas en las literaturas africanas? ¿Usted utiliza el francés, pero un francés muy particular?

Para mí, por mi experiencia, por mi educación y por mi cultura, el francés también es una lengua africana. Aunque es evidente que el francés que se habla en Francia, tiene unas características diferentes. En realidad, yo utilizo un francés que intenta hablar de las realidades que trata la historia. Si mi lengua es algo especial, es por los temas de los que trata, necesito que el francés de mis personajes se adapte a su personalidad, que la lengua se reactualice.

Seguramente la academia no estaría demasiado de acuerdo en cuanto a los límites…

No me preocupa. La academia no ha pagado mis estudios, así que no siento la necesidad de pedirle permiso para usar la lengua. Creo que es un bien común, pertenece a unos tanto como a otros. Un saxofonista no pide permiso al inventor del saxofón cuando encuentra una manera nueva y personal de tocarlo. Y además nadie lo pretende.

No pierde la oportunidad de llevar la conversación al territorio de la música. Es importante en su novela, ¿no es verdad?

He concebido esta novela como un concierto de jazz en el que hay momentos de absoluta armonía, pero, de repente, hay otros de bullicio, de algo que parece desorden, pero luego nos encontramos con que no se ha perdido el ritmo tampoco en esos momentos.

Maia Von Lekow: “La música es la raíz de todo lo que ocurre en África”

Maia Von Lekow es una habitual de las noches de Nairobi. Sus directos cuentan con un sonido característico que fusiona jazz, blues, funk y diversos ritmos africanos. Si se atendiera sólo a los oídos podría decirse que no es un sonido natural del continente a primera escucha. Una observación que sin embargo no sienta muy bien a la cantante keniana.

He pasado mucho tiempo fuera de Kenia, escuchando música occidental y nadie puede cambiar eso. De ahí que mis influencias estén presentes en Drift”, dice Maia Von Lekow en una entrevista concedida a Wiriko en Londres donde actuó por primera vez el pasado septiembre.

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Su álbum debut, Drift (2013) -que ya hicimos sonar en una colaboración con el programa Sonideros de Radio 3-, es un revoltijo sonoro donde resalta el gusto musical de su madre, de nacionalidad italogermana, por el jazz. El álbum ratifica la mezcolanza sonora de Von Lekow en un trabajo que es una recopilación sus experiencias personales, una lección de autoaprendizaje y una vuelta a su Nairobi natal.

Soy como una ensalada de frutas. Viniendo de dos culturas distintas no sabía dónde encajar pero di la vuelta a esa situación y ahora tomo inspiraciones de ambos lados, sin presiones ni estrés aunque siempre vendrá una cierta inseguridad de pertenencia”, dice la cantautora.

En ese viaje a la deriva la cantante ha conseguido encontrar un camino estable que tiene su epicentro en Nairobi a donde volvió en 2007. Allí redescubrió la ciudad de su niñez y los ecos de su padre, el músico Sal Davis. “Mi padre fue una figura inspiradora pero siempre estaba muy ocupado. Eso hizo que su imagen se magnificara para mí”, confiesa Von Lekow.

Drift sorprende en cada una de sus composiciones con ritmos diversos que se amoldan a las letras de la cantautora que fue calificada como una “camaleona” por el diario británico The Guardian.

Von Lekow ajusta su música a la intimidad de los espacios en los que suele actuar. Sin embargo, diversas apariciones en festivales africanos como Sauti za Busara, HIFA o el Rift Valley Festival han hecho que su música se difunda ágilmente. “Mi música no es tan bailable y con los festivales hay más presión ya que hay que hacer a la gente baile, que participe más”, dice la artista.

La escena musical de la capital keniana ha ido desarrollándose en los últimos años para generar más oportunidades entre los jóvenes artistas. Esa situación la celebra Von Lekow. “La apreciación por la música original era muy poca. El neocolonialismo hizo que se buscaran maneras de copiar a Occidente. Ahora se valora mucho más lo que se hace en África”, dice la cantautora quien confiesa seguir en un proceso de conocimiento de su lado keniano.

Cuando llegué a Nairobi era un tiempo interesante ya que mucha gente fue a Kenia a buscar nuevas ideas, especialmente en la música. En la generación previa no había mucha confianza a la hora de ser músico”, explica la ganadora de dos Premios a mejor banda sonora de la Academia Africana de Cine.

Olvidamos nuestra historia y sufrimos una desconexión con nuestras raíces culturales. Los jóvenes ahora nos damos cuentas que hay mucha riqueza en el patrimonio cultural de Kenia. Las nuevos músicos fusionan actualmente lo tradicional con lo moderno haciendo que el resultado sea muy emocionante”, dice la intérprete.

El desarrollo musical keniano da pistas del adelanto social que las nuevas generaciones deben poner en juego en el continente. Con canciones como “Move Over”, Von Lekow apuesta por el empoderamiento político de los jóvenes mientras que en su “Jikomboe” canta contra la violencia de género.

La música es la raíz de todo lo que ocurre en África. Es una herramienta para el cambio. Un arma de poder que hace que sea un símbolo para el cambio”, dice la cantante que colaboró con ACNUR como asesora musical en un proyecto social del campo de refugiados de Dadaab.

Carmen Souza: “El jazz es improvisación a tiempo real”

La artista caboversiana Carmen Souza. Foto: carmensouza,com

La artista caboversiana Carmen Souza / Foto: carmensouza.com

“Jesus Cristo no dejes que se termine el grog, tengo el blues caboverdiano”. Así finaliza la canción Cape Verdean Blues, tema que abre EPISTOLA, el nuevo trabajo de la cantante caboverdiana Carmen Souza junto al músico lisboeta Theo Pascal. Un verso que describe casi sin quererlo a Souza, a su música y cómo encara la vida.

El pasado sábado 25 de abril y en el marco del Festival Jazzahead de Bremen, Alemania, Souza y Pascal presentaron su nuevo disco. Una carta abierta musicalizada por 10 temas para aquellos que quieran dejarse llevar por la música lusófona y el jazz.

“Es una nueva evolución de nuestra música. Son composiciones de Theo que hemos arreglado para dar más espacio a la improvisación. Tomamos temas realizados tiempo atrás y os llevamos por distintos momentos de nuestras vidas”, explica Carmen Souza a Wiriko tras su último concierto en Londres, donde reside.

Grabado en los estudios Jazzpilon de la capital inglesa, EPISTOLA es el séptimo trabajo en la discografía de la caboverdiana y otro ejemplo más de un “jazz orgánico” que ha marcado los doce años que el dúo lleva trabajando junto. “Conocí a Theo en una audición que realizaba para uno de sus proyectos como director musical”, dice Souza quien desde entonces no se ha separado de su gran amigo.

Y desde aquel encuentro Carmen y Theo comenzaron a hurgar en los sonidos tradicionales de Cabo Verde para combinarlos con ritmos contemporáneos. Ess e Nha Cabo Verde (2005, TheOo TheZz), su álbum debut, y Verdade (2008, Galileo Music Communications) marcaron la senda en la que la coladeira, el morna o el batuque se fusionaron con un jazz cantado en criollo. “La reacción fue muy interesante ya que les gustó la reinterpretación. Fue algo nuevo y muy fresco pero que pertenece al país”, describe Carmen Souza sobre su primera actuación en Cabo Verde.

“El primer músico en experimentar con estos ritmos y el jazz fue Horace Silver y después probó el saxofononista Luis Moraes pero no había nada cantado”, señala Souza.

La experiencia fue arriesgada aunque resultó más fácil de lo esperado gracias a la improvisación que aporta el jazz y a la sencillez de la música caboverdiana. “En la música de Cabo Verde existen muchas similitudes con el jazz negro que cantaban los esclavos en los campos de trabajo. Existe un vínculo ya que muchas de las músicas caboverdianas desaparecidas utilizaban las mismas escalas que los cantos espirituales negros. Es muy interesante estudiar esta correlación porque no existe una diferenciación grande”, explica Souza.

Carmen siempre tuvo la música como primera opción y desde pequeña se enroló en el coro gospel de su iglesia. Pero el ímpetu de su padre, trabajador en navíos cargueros, hizo que estudiase Traducción inglesa y alemana. Una carrera, la universitaria, que apenas si duró un año. “Me estaba engañando”, reconoce la compositora que desde entonces decidió dedicarse a la música.

“La música es algo que no me da miedo porque ayuda a que la persona se desenvuelva, a crecer. La música es un modo de encontrar la naturalidad y conocerse a sí mismo”, comenta la caboverdiana. Y continúa: “es muy importante para un músico oír su voz interior ya que pesar de las influencias cada uno tiene que hacer su propio camino”. Y esa búsqueda llevó a Carmen y Theo al aclamado trabajo Protegid (2010, Galileo Music Communications) donde la unión entre los sonidos tradicionales de Cabo Verde y el jazz se consolidaron de manera natural.

Pero la compositora, nacida en Lisboa, no se contenta con estancarse. Una vez encontrada la fórmula, Carmen Souza desafía su carrera a diario para poder crecer musicalmente y desde 2003 viene trabajando sin ponerse límites. “Cuando compongo no pienso en un verso caboverdiano aquí y otro allá. No me digo esto suena como Ella Fitzgerald o como Cesaria Evora. Se compone basándose en algo más profundo”, declara la cantante.

Con letras llenas de vida, de temas personales y sociales, sobre naturaleza y cargadas de espiritualidad, sus composiciones sin embargo intentan evitar el universal tema del amor. “El mundo tiene muchas canciones de amor y no necesito cantar de eso. Hay que cantar sobre cosas más intensas y comunes. El mundo está lleno de canciones de amor pero no ves mucho en el día a día”, comenta con una sonrisa agria la compositora.

Tras la presentación en Bremen, la gira de EPISTOLA ya cuenta con varias fechas en Europa para disfrutar de este nuevo lanzamiento que contará en directo con la colaboración del saxofonista Nathaniel Facey y el batería Shaney Forbes. En España el nuevo trabajo se presentará en Alahurín de la Torre, Málaga, el 31 de julio.

PSK Trio (Pascal+Souza+Kacomanolis) durante su actuación en St. Ethelburgas

PSK Trio (Pascal+Souza+Kacomanolis) durante su actuación en St. Ethelburgas / Foto: javidmgz

En un vagón musical lusófono
En mitad de la producción de su disco en vivo, Live at Lagny Jazz Festival, Carmen Souza se embarcó en una gira junto al percusionista mozambiqueño, Elias Kacomanolis, y con su inseparable Theo Pascal. Tomando las iniciales de sus apellidos, formaron PSK Trio, un proyecto que viaja por las raíces de la música lusófona.

“PSK Trío muestra todo el intercambio musical que se mueve entre Angola, Brasil, Mozambique, Portugal y Cabo Verde. Quisimos juntar esas energías”, dice Carmen quien ha aprendido mucho a lo largo del proyecto que pasó por el Centro de Paz y Reconciliación St. Ethelburga, en Londres, a finales de marzo. La que fuera una de las iglesias medievales más antiguas de la capital inglesa, y que ahora disimula bajo la atenta mirada de los rascacielos de la City, fue el escenario para este “African Railway Project” además de acoger sonidos lusófonos dejase espacio para otras influencias musicales.

Esto facilita a que el repertorio reúna composiciones propias como Afri Ka o Song For My Father y se junte con el Black Bird de los Beatles, All about Simon de Joe Zawinful o la fantástica Pata Pata de Miriam Makeba con la que finalizó el concierto y que hizo que los presentes no pudieran aguantar sentados.

Porgy & Bess y la Cape Town Opera

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona acogió del 11 al 19 la “opera-jazz” Porgy & Bess, en un montaje realizado por la Cape Town Opera. Lo cierto es que los géneros con apellidos son siempre un terreno resbaladizo (¿qué es exactamente una “opera-jazz”?) y por eso, a menudo, vale más la pena obviar las etiquetas, que pueden tener una cierta utilidad para clasificar, y simplemente ver y disfrutar. Y por eso, lo primero que se puede decir es que a pesar de estar reconocida como una ópera estándar desde hace casi cuarenta años, hasta los no iniciados pueden descubrir que no se trata de una pieza del género del bel canto al uso. Tiene algo, más. Algo evidente de teatro musical, por las piezas corales coreografiadas, algo quizá de jazz y sin duda de blues y de góspel, tanto en el ambiente que transmite como en las frases que componen muchas de sus partituras.

Porgy & Bess es la obra cumbre de George Gershwin, con un guión original de Ira Gershwin y DuBois y Dorothy Heyward, basado en una obra de teatro de estos dos últimos y a su vez en una novela de DuBois. Ya desde un buen principio se concibió con un cierto carácter experimental ya que estaba pensada para Broadway (la cuna de los musicales), pero interpretada por actores con formación en música clásica. Así, a pesar de las modificaciones y los cambios que ha ido experimentando en sus ochenta años de existencia no ha podido (porque seguramente no ha querido) sacudirse ese rastro de teatro musical.

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

La trama nos sitúa en los barrios negros deprimidos de la Carolina del Sur de los años 30. A través de una historia de amor tan turbulenta que resulta imposible retrata la vida en estos suburbios, lo que le confiere algo (mucho) de obra costumbrista. De esta manera, el romance entre Porgy, un pedigüeño discapacitado, y Bess, una mujer que se debate entre la vida alegre y la calidez del hogar, sirve como excusa para explorar los sentimientos humanos, las vicisitudes de la pobreza, las estrategias de resistencia, la solidaridad y la traición, lo mejor y lo peor de los hombres, incluida la discriminación ración y la lucha por la supervivencia. Seguramente este argumento ha sido lo que ha permitido que se unan las inquietudes de las comunidades afroamericanas de la época (que la adoptaron como una descripción aceptable) y las de la Sudáfrica del Apartheid.

De hecho, el montaje de la Cape Town Opera huele inevitablemente a Sudáfrica. Si no fuese por algunas referencias geográficas, como la insistencia de un traficante de cocaína para que Bess, la protagonista, le acompañe a Nueva York, cualquier espectador situaría la acción en la Sudáfrica del Apartheid, incluidos los poco amables policías blancos. Las reminiscencias del blues, del jazz y del góspel, evidentemente, no desentonan para nada en esta ambientación. Es posible que la Cape Town Opera haya captado una esencia que, quizá, incluso el autor de la obra original desconocía y, por ello, su montaje ha sido elogiado internacionalmente, sobre todo, en su inicio de gira en el Reino Unido. Así, no es difícil que el Charleston de los años treinta, se parezca mucho al Soweto de los setenta.

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin' Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin’ Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Del elenco poco se puede decir, más que la elección es completamente ideal. El Porgy que interpreta Lindile Kula Sr es un discapacitado con una presencia pétrea que, sin embargo, transmite a la perfección la piedad que despierta el hombre enamorado perdidamente de una mujer que sólo le puede llevar a la desgracia y la admiración por el individuo resuelto dispuesto a llevar hasta el final sus convicciones. La Bess de Philisa Sibeko realiza de una manera creíble el viaje de ida y vuelta del desenfado de la mujer de vida alegre a la respetabilidad de la mujer de su casa y, sobre todo, esa humana contradicción entre la convicción y la debilidad que le va llevando del cielo al infierno. Del mismo modo, el desprecio del Crown (el insistente proxeneta de Bess) de Mandisinde Mbuyazwe y el desenfado y la vivacidad de un Sportin’ Life (el camello que suministra y pretende a la protagonista) que Lukhanyo Moyake interpreta como un zorro escurridizo, calculador y cicatero.

Sin embargo, llama la atención especialmente Fikile Mthetwa que se mete en el papel de Maria, una de esas “mamis” africanas que fácilmente se dibuja en la imaginación de casi todos, una especie de matriarca del suburbio que tan pronto aconseja con delicadeza a la oveja descarriada, como enseña los dientes y pone en fuga al camello o acuna al huérfano. Mthetwa transmite con su figura, con su presencia y con su interpretación, pero también su forma de cantar, camina por el registro operístico sin problemas y sin previo aviso flirtea con el góspel o se acerca a un fraseo casi rapeado y todo sin perder la naturalidad y la continuidad.

Puede que Porgy & Bess esté dentro del estándar operístico clásico, pero de alguna manera se separa de las figuras más previsibles. Y, en todo caso, lo que la Cape Town Opera ha hecho con el libreto original (haciéndolo viajar de EE.UU. a Sudáfrica) no es una adaptación, sino una apropiación, en el sentido más positivo del concepto.

Cape Town se mueve a ritmo de Jazz

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Que Cape Town sea considerada la capital africana del jazz no es de extrañar. El Cape Town International Jazz Festival ya es un emblema en la Mother City que año tras año y tras 14 años, acoge a grandes figuras del jazz mundial.

Se configura como una ineludible cita anual para los amantes del jazz, no sólo de aquí, sino de otras grandes ciudades del país como Durban y Johannesburgo, así como a nivel internacional. No es de extrañar tampoco que los sudafricanos sean fans de esta música, ya que grandes como Miriam Makeba o Hugh Makesela se encargaron de popularizarla en su momento, y además, en la actualidad se sitúa en un buen espacio-tiempo: una visita a la “joya sudafricana” para despedir al verano y deleitarnos con unas notas de jazz. Tentador.

El Festival estuvo en todo momento muy bien organizado por el equipo y en general los conciertos fueron puntuales en unos espacios inmensos. Lo que queda claro, es que esta cita es ya un macrofestival, muy lejos del carácter intimo al que nos tiene acostumbrados el jazz, y ello se hace notar en algunos conciertos en espacios que acogían a una gran multitud. Si tuviésemos que hacer alguna sugerencia sería la de tener más espacios como el escenario llamado “Rosies”, que nos permitía degustar la música con calma, comodidad y con buen sonido.

En cuanto al contenido, en esta edición hay que destacar el triángulo África-América-España que caracterizó el Festival y que desde Wiriko tenemos tan presente, sobre todo, teniendo en cuenta los orígenes del jazz y sus influencias. Desde África, el senegalés Cheikh Lô y los sudafricanos Mafikizolo, Thandiswa Mazwai, Jimmy Dludlu, Zonke, Afrika Mkhize, Sonti, y un largo etcétera que podéis ver en el programa. Desde América Latina, los míticos Buena Vista Social Club de Cuba y CEU de Brasil.  Desde Estados Unidos, Gregory Porter, Jill Scott, BWB (Norman Brown, Kirk Whalum y Rick Braun), Steve Turre Quintet, etc. Y desde España Chano Domínguez acercando el flamenco-jazz al público sudafricano.

Ahí va una crónica de los sonidos y artistas más candentes que se pudieron escuchar en el Festival y que han sido nuestros particulares cabeza de cartel de esta edición:
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Cape Town International Jazz Festival · Cape Town International Jazz Festival · Cape Town International Jazz Festival · 
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[one_fourth]Buenavista Social Club (Cuba) fue uno de las cabezas de cartel de esta edición. Por ello, el Festival programó dos actuaciones (una el viernes y una el sábado) para abarcar, de esta manera, a mucho público que decidió asistir a esta edición motivados por ver a los cubanos en vivo y en directo, por primera vez en Ciudad del Cabo. Las esperadas El Cuarto de TulaCandela o Chan Chan, ésta última dedicada al gran Compay Segundo, seguramente satisficieron las expectativas de un público que esperaba las canciones más míticas de la banda. La diva Omara Portuondo aclamada por el público, puso la guinda con su gran presencia en el escenario. Un gran concierto en el que nos faltaron indudablemente los grandes Compay Segundo e Ibrahim Ferrer, entre otros.[/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Ganadora de tres Grammy, la más esperada por el público durante este Festival fue sin duda la poeta, compositora y vocalista Jill Scott (EEUU). El escenario principal estaba a rebosar de un público que se sabía sus canciones de principio a fin. Y la grande del soul, jazz y R&B consiguió a su vez encandilarlo con su voz, con su carisma y con su constante diálogo con éste. Desde que lanzara su primer disco Who is Jill Scott? Words and Sound, Vol 1 en el año 2000, Scott se ha convertido en todo un icono en libros, ropa, televisión y cine, gozando de una gran fama mundial. Lo dejó bien claro en el escenario.[/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Representando a Brasil, la imponente Céu, que como su nombre indica —cielo—, nos acercó un pasito más al cielo con su voz hipnótica al estilo samba-funk. Cantando en hawaianas, sencilla pero divina, Céu nos hizo entender el porqué de su ya cuarta nominación a los Grammy en el 2012 como mejor artista pop contemporánea, por su tercer álbum Caravana Sereia Bloom. Empezó en la música a los 15 años y unos años después ya cantaba con grandes de la música. La pudimos ver manejando el sintetizador, bailando y homenajeando a la samba con la pandereta y la percusión. Fantástica. [/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Mafikizolo que han subido como la espuma desde su debut en el año 1997, fueron los encargados de abrir esta edición del festival. Con un estilo sudafricano inconfundible, esta pareja ha logrado acercar el kwaito a las masas, y no hablamos sólo dentro del país, sino a nivel internacional. El viernes, el clásico de Miriam Makeba Walila que tantas veces podemos escuchar en las fiestas de los sudafricanos, no faltó en su concierto con la fantástica versión del grupo, que logro revolucionar a su público, recordándonos la inmersión de música que nos quedaba por delante todo el fin de semana. Además, los bailarines y bailarinas se encargaron de terminar de caldear el ambiente, con una estupenda puesta en escena. [/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Louis Moholo – 4 Blokes & 1 Doll es sin duda alguna uno de nuestros preferidos de este Festival. El grande del jazz sudafricano donde los haya fue honorado por su contribución a la liberación de Sudáfrica a través de la música durante el apartheid. El concierto se llevó a cabo en el Rosies, donde había muy buena acústica y no pudo más que dejar al público boquiabierto con su gran actuación. Las notas del piano, saxofón, contrabajo, voz y batería inundaron la sala y nos transmitieron la gran fuerza del grupo dándonos una lección de qué es el buen jazz. Maholo a la batería nos transmitió esa misma fuerza que tiene su música. Un imperdible que celebramos haber visto.[/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Directito desde España y por primera vez en Sudáfrica, el gaditano Chano Domínguez también tocó en el Rosies que fue ideal para su música, que era más pequeño y con buena acústica. Reinterpretando al grande Milles Davis a través de Flamenco Scketches  y con Felipe Cabrera en el contrabajo y Blas Córdoba como cantaor, sorprendió a un público en su mayoría sudafricano, poco acostumbrado al flamenco, y menos aún, al estilo flamenco-jazz del artista. De hecho Flamenco Sketches ha sido nominado a los Grammy este 2013  en la categoría de mejor álbum de jazz latino. Se sentía la emoción transmitida por los artistas al público, que salió del concierto encandilado.[/one_fourth] [one_half]

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[one_fourth]Otro de nuestros esperados y, como no, preferidos, fue el grande Cheikh Lô. Él mismo define su música como folk con una base de mbalax —ese mbalax que nos transporta deliciosamente a Senegal—. Pero su estilo bebe también de otros países y estilos, como de la música burkinabé —país donde nació—, del reggae, del soukouss y del makossa de Camerún.  Y no olvidemos la música cubana que fue su primera escuela, ya que se escuchaba en Senegal durante los sesenta. Según el propio artista, su estilo no es el mbalax “puro” sino que “le pone algo de color, porque el color es armonía. El color el vida”. El color lo sentimos en vivo y en directo en el concierto del sábado, que cerró esta edición del Festival a ritmo de mbalax.[/one_fourth] [one_half]

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Este es sólo un breve recorrido por algunos de los muchos artistas que han actuado durante estos dos días ante un público que esperaba ansioso este fin de semana. Lo que está claro, es que después de esta intensiva inmersión durante dos días, la banda sonora de la Mother City será sin lugar a duda el jazz.

 

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* Agradecemos al Cape Town International Jazz Festival y al personal de “Media” por su disposición, organización y atención, que han facilitado que Wiriko cubra este Festival.

* Fotografías y vídeos: Vanessa Anaya/Wiriko
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