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“Alida y el reino de Uluf”, literatura fantástica basada en la tradición africana

Eric G. Moral ha hecho un complicado ejercicio. En Alida y el reino de Uluf no sólo ha construido una historia inspirándose en la tradición y la cosmovisión diolá, sino que además lo ha hecho intentando trasladar también los códigos culturales que hacen que esas creencias se vivan de una manera concreta. Este joven escritor catalán no sólo ha intentado acercarnos una realidad, sino que además pretende que entendamos como la viven sus protagonistas. La primera novela de Eric G. Moral es una feliz provocación por el descaro con el que rompe y supera la mayor parte de los estereotipos. Mañana jueves, el mismo autor presenta el libro en Barcelona, en la librería Gigamesh.

Eric G. Moral, el historiador catalán autor de “Alida y el reino de Uluf”. Foto: Carlos Bajo

Este historiador puede permitirse el complicado ejercicio por la familiaridad que tiene con la realidad de la que habla. Estudiante de Historia en la Universidad de Barcelona, se acercó a la realidad africana de la mano de uno de los gurús del africanismo en el Estado, Ferran Iniesta, y fue cocinando su pasión en ese círculo de estudios africanos barcelonés que fija su atención en cuestiones históricas, antropológicas o filosóficas del continente. Así, hasta dar el salto a la Casamance, al sur de Senegal, donde se fue acercado a diferentes aspectos de la tradición diolá y ha acabado estudiando la huella del paso de la colonización por los sistemas de organización locales, como parte de su tesis doctora. La historia de Alida y el reino de Uluf le ha permitido dar una nueva dimensión a todas las experiencias que ha vivido, sin el corsé de la academia, pero con el más profundo respeto a sus protagonistas.

¿Qué nos puedes explicar del argumento de Alida y el reino de Uluf sin desvelar el misterio?

La historia se desarrolla en un país imaginario, Bubayum, y cuenta la aventura de una niña africana adoptada, Alida, que tiene que regresar a su país de origen para buscar a su padre que ha desaparecido. A Alida, le acompañará Sam, que es un niño alemán que representa exactamente lo contrario de Alida, es un escéptico, no cree en la magia, está lleno de estereotipos…

Vayamos por partes, Bubayum es un país ficticio, pero se parece bastante a una territorio real, ¿no es así?

Evidentemente, cualquiera que conozca un poco la Casamance, al sur de Senegal, reconocerá en Bubayum la zona de la Baja Casamance, que es la zona en la que yo he trabajado. Es una especie de homenaje a mis amigos diolás. Y tampoco es que intente ocultarlo, la gente que vive en Bubayum son los kiolás. Son más bien guiños y he preferido marcar una distancia por la parte de ficción que también hay.

Ambientar una novela en África, no es habitual y cuando se hace, en la mayor parte de los casos, es un simple escenario…

Sí, es cierto. En mi caso, he intentado que sea algo distinto. He querido presentar una parte de África que conozco y he intentado dibujarla de la manera más parecida a como la perciben mis amigos. De hecho hay frases textuales que me han dicho a lo largo de mis viajes a mi para explicarme las cosas.

Y, ¿por qué los protagonistas son precisamente dos niños?

En realidad, tengo debilidad, desde siempre, por las historias protagonizadas por niños y creo que le pasa a mucha gente, ¿no? Supongo que es algo así como una vuelta a la infancia que te lleva mucho más fácilmente a las aventuras que todos hemos imaginado. Por otro lado, los niños son más inocentes pero también son más abiertos y están más dispuestos a entender, a aceptar y a asumir cosas nuevas. Así que dentro de la historia me daban mucho más juego. Por ejemplo, la propia curva de la evolución de los personajes sólo es verosímil si son niños. Es decir, a medida que van encontrándose y conociendo algunas realidades, van cambiando su forma de pensar, van aceptando y reemplazando algunas creencias que tenían. Tal como ocurre, sólo es creíble si son niños, porque los adultos son mucho más reacios.

Has hablado de la magia, ¿qué importancia tiene la fantasía que en esta novela?

Yo crecí leyendo libros de literatura fantástica y soy un apasionado de este género. Cuando viajé por primera vez a la Casamance de repente descubrí un lugar en el que esa dimensión que nosotros consideramos fantástica está completamente viva. La diferencia entre lo que es real y lo que no, es difusa, hay cosas que nosotros consideramos brujería, pero que allí forma parte de la vida cotidiana y que además es transversal, se presenta de muchas manera y en diferentes ámbitos de la vida con mucha naturalidad. No hay ningún conflicto en la relación entre los sobrenatural y la vida real. Y ese ambiente, evidentemente está muy presente en la historia.

Pero no debe ser fácil acceder a esa relación entre el mundo invisible y el visible.

Bueno, relativamente. Yo tengo la sensación de que cuando te acercas, hablo en el caso de la Casamance que yo conozco, de manera honesta, con voluntad de conocer y no con voluntad de juzgar, la gente te va explicando cosas y de repente te encuentras con que todo el mundo conoce casos de revenants, es decir, de muertos que han vuelto y que es algo muy habitual. Está claro que hay partes secretas en las creencias, pero creo que lo fundamental es la manera en la que se acerca el observador. Si ven que realmente te interesas, te cuentan muchas cosas, porque les encanta hablar sobre su cultura, lo que ocurre es que les duele que se les desprecie.

El historiador Eric G. Moral, ha aprovechado sus investigaciones para acercar una nueva visión de África. Foto: Carlos Bajo

¿Por qué has decidido escribir una novela juvenil?

Creo que hay un déficit importante en el sistema educativo respecto a todo lo que tiene que ver con África y espero que esta sea una herramienta más para acercarse al continente. Habitualmente, por ejemplo, cuando a los estudiantes se les explica la colonización en realidad no se les está explicando la colonización sino la presencia de los europeos en África. En la novela se habla sobre el periodo colonial pero desde la óptica de los africanos. Al fin y al cabo, los niños son los adultos del mañana, ¿no?

¿Así que hay una intención, digamos, pedagógica en Alida y el reino de Uluf?

Bueno, mi principal objetivo es entretener, pero sí que es cierto que intento romper estereotipos. Es un poco delicado, porque intento darle la vuelta a las ideas preconcebidas, pero la protagonista, Alida, es una niña adoptada y en Bubayum hay una rebelión, que son dos estereotipos habituales. Sin embargo, cuando avanza el relato se ven las particularidades de la adopción de Alida y también de la rebelión en Bubayum.

Hablas de magia y de brujería, por ejemplo. Cuando se habla de estas realidades tan diferentes y que en nuestra cultura tienen connotaciones tan negativas, ¿no es un problema, incluso, la lengua? Es decir, escoger las palabras que no tengan esa carga y que se entiendan, ¿no es un inconveniente?

Pues sí, era algo que me preocupaba mucho. Claro, lo que para nosotros representa la palabra “brujería”, no es lo mismo que representa para los kiolá de la historia, o para los diolá del mundo real. Pero tampoco tenemos otra palabra para esa realidad. Por ejemplo, en el caso de los fetiches, le di muchas vueltas e incluso estuve debatiendo con mi editor. Al final decidimos que valía más la pena utilizar la palabra diolá bakin (que se pronuncia bachin), explicando en el libro a qué realidad se corresponde esa palabra. La verdad es que es un poco complicado y que hay un riesgo de que el lector se confunda. He intentado ser muy respetuoso y mostrar las creencias y las tradiciones sin caer en la superficialidad.

Precisamente, ahora la literatura fantástica y sobrenatural de autores africanos está recibiendo reconocimiento internacional. Hay quién dice que África es un filón en este género. ¿Qué te parece?

En gran medida estoy de acuerdo. En África encontramos miles de historias inspiradoras para los que nos gusta la ciencia ficción, pero al mismo tiempo hay algunos riesgos, porque esas historias para las personas que las viven son reales. Creo que hay que acercarse a esa realidad, a esa relación entre lo visible y lo invisible siempre con mucho, con muchísimo respeto. Además hay que tener en cuenta el riesgo de la apropiación cultural… Repito, que creo que la clave es el respeto. Pero además de la literatura fantástica es muy interesante ver cómo en los autores africanos esa dimensión sobrenatural entra de una manera muy sencilla en la literatura realista, precisamente, por esos códigos culturales. Ese también es un fenómeno curioso.

¿Cómo se han tomado la historia las personas en las que te has inspirado, tus amigos diolá?

La mayoría todavía no han tenido oportunidad de leerla, pero sí que le he hablado muchas veces del proyecto. Cuando lo hacía, se reían y me decían que tuviese cuidado porque si contaba esas cosas me iban a tomar por loco.

Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.

Kafka en Lagos

Resulta que aquel ya lejano Africa39, la antología de los 40 mejores escritores africanos de menos de 40 años publicada en 2014, no deja de ser una fuente inagotable de propuestas literarias. Con la perspectiva de los años, ha quedado claro que Binyavanga Wainaina, que coordinó aquella recopilación, hizo un buen trabajo. En realidad, eso y que la oferta de grandes narradores es tan ingente que no es difícil encontrar propuestas fascinantes. De pronto nos topamos con Blackass, la primera novela de uno de aquellos jóvenes destacados, el nigeriano A. Igoni Barrett.

El escritor nigeriano A. Igoni Barrett. Fuente: Farafina Books, la editora de su libro en Nigeria

El escritor nigeriano A. Igoni Barrett. Fuente: Farafina Books, la editora de su libro en Nigeria

Barrett se había especializado en los relatos cortos y había publicado dos colecciones de historias de este género, en 2005 y en 2013, e incluso, había ganado el concurso de relatos cortos del BBC World Service hace una década y en 2014 fue seleccionado para Africa39. Como muchos de sus compañeros de antología, después de esa aparición, llegó la primera novela, a sus 36 años, después de una década de publicaciones.

Es inevitable pensar en Kafka al ver la historia de Blackass y de hecho los críticos occidentales que han hablado sobre ella, a menudo han recurrido a esta imagen. Y el regusto salta a la vista. Furo Wariboko se acuesta como un nigeriano normal y corriente, pero se despierta al día siguiente como un hombre blanco, que sin embargo, mantiene un extraño atributo, su culo continúa siendo negro. Es evidente que la voluntad de Barret es tensar al máximo la cuerda, Furo no sólo se ha convertido en un hombre blanco, es un pelirrojo obligado a deambular por las calles de Lagos para asistir a una entrevista de trabajo.

Con esta línea argumental, Barrett transmite toda una serie de ideas sobreentendidas relacionadas con la convivencia, con la identidad o con la vida en una ciudad de unas dimensiones como las de Lagos. Pero también proyecta, una historia en la que explícitamente pone de manifiesto todas las contradicciones de esa misma ciudad y de la sociedad nigeriana. El Furo devenido blanco es observado con desdén en su propio barrio, el de la periferia de la ciudad, el de las clases populares. Sin embargo, esa misma tez pálida le aúpa automáticamente a un puesto de trabajo que está muy por encima de sus capacidades.

portadaLa ironía y la sátira de Barrett marca sin ninguna duda la historia. Seguramente no es casualidad que otro de los personajes claves de la novela sea un escritor llamado Igoni (¿se entiende el sentido del humor?) que es quién está a punto de echar por tierra la nueva vida que se abre ante el nuevo aspecto reblanquecido de Furo. Este personaje, el de Igoni, acaba sufriendo también un cambio de identidad, en su caso, un cambio de sexo.

En todo caso, el también escritor nigeriano Jelon Habila ha escrito de la primera novela de Barret que en un momento dado se convierte en una “comedia costumbres” y del autor que tiene una gran capacidad para “satirizar a los personajes hasta hacer caracteres ridículos”.

Algunos de los críticos han considerado que Barrett se había puesto unos objetivos excesivamente ambiciosos que no pueden agotarse en la extensión de la novela, lo que hace que algunas propuestas atractivas queden simplemente apuntadas. Consideran que el escritor mezcla demasiados escenarios, demasiados personajes, demasiados enredos en esa voluntad de generar situaciones que pongan al descubierto todas esas contradicciones y esa realidad poliédrica. Sin embargo, incluso cuando los críticos establecen estas pequeñas fallas en la narración, lo siguiente es decir que el autor presenta una prometedora proyección de futuro. Así es que probablemente el nombre de A. Igoni Barrett vuelva a aparecer en esa constelación de escritores y escritoras nigerianas que están construyendo propuestas capaces de superar los obstáculos de la industria editorial, mezclando géneros, objetivos y enfoques como nunca antes se había hecho.

El terror sobrenatural africano está vivo y coleando (II)

Al margen de la vertiente de ciencia ficción, el género se nutre de leyendas, tradiciones y creencias, de donde surgen personajes e historias que sobrevuelan los límites de la vida y la muerte. Loszombis, que parecen proceder de este continente, son unos de los seres más conocidos dentro de la galería de “monstruos universales”. Remozada y reconvertida la imagen de los “muertos vivientes” se comercializó como seres que revivían sedientos de sed y de venganza olvidados sus orígenes. Estos, no del todo clarificados, se remontan  a la época de la esclavitud, cuando el tráfico de seres humanos los llevaba desde África a Haití. La inquietante criatura emerge ante nosotros, desprovista de alma, muerta en vida, un mero objeto, al igual que el esclavo. El antropólogo Edwin Ardener, que estudió a los bakweri en Camerún, escribió en 1963: “La palabra zombi significa ‘dar en prenda o empeñar‘. Así, en las nuevas condiciones de una economía de plantación, se creía que los parientes se convertían en peones o prendas para que unos pocos pudieran obtener riqueza” lo que dista de la idea que se tenía de ellos en Haití.

La escritora sudafricana Sarah Lotz, especializada en literatura de zombies, en una imagen del portal bookslive.co.za

La escritora sudafricana Sarah Lotz, especializada en literatura de zombies, en una imagen del portal bookslive.co.za

En la literatura del continente no abundan las obras sobre la figura del “zombi” y lo que se visibiliza llega en exclusiva desde Sudáfrica. La escritora Sarah Lotz es una auténtica fanática de los “zombis” y una experta en escribir de manera colaborativa. Bajo el pseudónimo de Lily Herne (nombre tras el que se encuentran tanto Sarah como su hija Savannah) ha escrito Deadlands en la que traza una historia sobre una Ciudad del Cabo invadida por muertos vivientes dirigida a un público más adolescente, y sus secuelas. Lotz aprovecha sus libros para tratar temas que le preocupan, en palabras de Lauren Beukes, “está denunciando la situación que viven los homosexuales en Sudáfrica a través de sus novelas de zombis”. Además, escribe literatura de terror con Louis Greenberg, bajo el seudónimo S.L.Grey. The Mall (2011) la primera obra que escribieron juntos es una crítica al capitalismo bajo la historia de un centro comercial espeluznante.

Otro de los mitos sobre los que han surgido libros (y en este caso sí en abundancia y de gran calidad) es el fenómeno Abiku que aparece entre los diferentes grupos étnicos de Nigeria. La palabra Abiku pertenece a la cultura yoruba y se compone de abi, aquello que posee Iku, siendo el significado de Iku, muerte; lo que se traduce como “predestinado a morir” o “nacido para morir”. Los igbo tienen también otro nombre para designar la misma creencia: Ogbanje. Los Abikus no son humanos como nosotros, se trata de seres espirituales que cumplimentan una y otra vez el ciclo de muerte y renacimiento.

Aparecen con gran frecuencia en las narraciones orales y son varios los escritores, entre ellos Wole Soyinka, John Pepper Clark, Ben Okri, Chinua Achebe o Toni Morrison que han escrito obras en las que aparecen estas creencias. A pesar de que casi todos los mencionados son nigerianos, Syl Cheney-Coker (Sierra Leona) u Olympe Bhejy Quenum (Benin) también han escrito sobre ellos, dándoles un mayor o menor protagonismo.

Se trata de una creencia fuertemente enraizada, que ha ido adquiriendo enfoques diferentes al ser transmitida desde múltiples maneras y con diversas intenciones. Quizás sea Azaro, el protagonista de La carretera hambrienta (1991) de Ben Okri, el Abiku literario más conocido y precisamente el que menos tiene relación con su imagen terrorífica y el que más con la maravillosa. La obra, cuyo principal protagonista es un niño-espíritu que decide no regresar a la muerte tras contemplar el rostro de su madre,  a pesar de que siempre estará interpelado para hacerlo, es una obra que nos habla de la primacía de la vida sobre la muerte mientras nos describe la dureza de la vida en su país.

Alejados de lo que supuso el libro de Okri y años después, Debo Kotun realizaría una sátira política de Nigeria en su novela  Abiku (1995) y en fechas más recientes, y a partir de una publicación por capítulos, la joven escritora Ayodele Olofintuade ha vuelto a recuperar el mito bajo la serie “Adunni” sobre una Abiku moderna, ambiciosa y calculadora, para el webmagazine “Brittle Papers”.

Una imagen promocional de Nuzo Onoh, que se reclama como creadora del "terror africano".

Una imagen promocional de Nuzo Onoh, que se reclama como creadora del “terror africano”.

Portada de The Icarus Girl, de Helen Oyeyemi.

Portada de The Icarus Girl, de Helen Oyeyemi.

Otra mezcla de elementos míticos nigerianos con una historia tradicional de fantasmas y horror psicológico es la novela de Helen Oyeyemi, The Icarus Girl (2005), combinación que le ocasionó buenas críticas.  Más cercana en el tiempo, y empeñada en que se reconozca el “terror africano” como género literario, ha aparecido Nuzo Onoh que se autodefine de manera rotunda como la verdadera creadora del género tras la publicación de dos novelas, The Reluctant Dead (2014) (una colección de historias de fantasmas localizadas en su Igbo natal) y Unhallowed Graves (2015) que continúa desarrollando el terror en las mismas localizaciones. La guerra civil nigeriana, en la que varios de sus familiares fallecieron, fue su revulsivo a la hora de escribir y exorcizar fantasmas. El terror, asegura, es la forma que le facilita escapar de una realidad que duele.

Ella parece tener claro cuáles han de ser los ingredientes para que una obra se considere bajo este título y considera que el éxito de sus libros se encuentra en el hecho de que no se trata de “cuentos populares africanos” sino que lo que ha realizado es una escritura que puede interesar a todos los públicos, de cualquier parte del mundo, ya que, según ella, no hay una brecha tan insalvable cuando se trata de lo que nos aterra. No teme a las críticas que puede tener por plasmar una África más negativa donde las creencias y supersticiones se ponen bajo el foco protagonista y contribuyen a seguir manteniendo estereotipos, defiende la necesidad de este género y piensa que quizás así la palabra “horror” junto a “africano” comenzará a tener otro significado.

 El terror sobrenatural africano está vivo y coleando (I)

El terror sobrenatural africano está vivo y coleando (I)

Horror. Esta inquietante palabra nos pone en alerta nada más leerla. La asociamos al miedo, a la parálisis, a algo que comienza a penetrarnos desde el cuello de la camisa hacia dentro amenazando con devorarnos enteros, con aniquilarnos. Horror es una palabra que oímos casi a diario y que nunca pierde su actualidad. Si le añadimos el adjetivo “africano” se carga de manera casi inmediata de otro significado: muchos lo unirán a hambre, enfermedades, guerras… y pocos pensarán que de lo que voy a escribir sea de “otro género literario”, si es que se puede denominar así y si es que es necesario hacerlo.

Portada de Chaka, de Thomas Mofolo

Portada de Chaka, de Thomas Mofolo

No es cómodo hablar del horror aunque sea en la literatura. Hablar del profundo, abismal sentimiento que nos produce algo horripilante, monstruoso, algo que nos deja clavados en el sitio sin capacidad para reaccionar, helado el gesto en la cara y tenso el cuerpo ante la magnitud de lo que se nos muestra, repeliéndolo al instante, queriendo alejarnos de ello. Adquiere, sin embargo, un sesgo nuevo cuando es la etiqueta con la que reconocemos algún libro. Es diferente decir “es una novela terrorífica” que “es una novela de terror”.

De manera frecuente leemos textos cuyas historias nos llevan a sentir terror u horror y están sacadas de la vida real, son fácilmente reconocibles y no proceden de universos sobrenaturales. ¿Qué marca les ponemos?, ¿drama?, ¿terror?… Ante esto comprobamos otra vez que etiquetar sigue volviéndose inútil, ya que no elude el hecho de que muchos libros que no se suelen considerar dentro de este tipo de literatura podrían estar incluidos en ella.

Dentro de la denominación literaria “terror/horror africano” se han cobijado (al igual que en la que no es africana) un buen número de subgéneros, tales como la ciencia ficción, la fantasía, la literatura de terror, la ficción sobrenatural, el horror sobrenatural, el terror psicológico, el ocultismo o la literatura gore…Lo que se denomina “ficción especulativa”. Una ensalada de palabras que producirán horror en tanto que provoquen miedo (terror) y un rechazo profundo. Podíamos preguntarnos que qué es lo que hace que esas sensaciones afloren. La mayoría de las veces contestaríamos que “lo desconocido”, ya sea bajo una forma inquietante o monstruosa (una amenaza que viene de fuera), y otras veces que “lo conocido” ya sea porque lo que tenemos delante se haya mutado o deformado hasta ser irreconocible o porque haya cometido actos verdaderamente aterradores.

Una de las ilustraciones de Abraham Cruzvillegas para El Corazón de las tinieblas.

Una de las ilustraciones de Abraham Cruzvillegas para El Corazón de las tinieblas.

“El horror, el horror…”, fueron las últimas palabras que pronunció Kurtz en el Corazón de las tinieblas cuando Marlow lo encontró en medio de la selva congoleña. Puede que Kurtz se refiriera a sí mismo, en un último momento de lucidez al percibir la magnitud de sus atrocidades y de su propia maldad, o puede que su mirada fuera más allá. El colonialismo ha sido una fuente para algunas (nunca suficientes) novelas de terror donde, a nadie le puede extrañar, el monstruo era el colonizador blanco. El camerunés Jean-Louis Njemba Medou escribió Nnanga Kon (traducida como “fantasmas albinos” o “fantasmas blancos”) en 1932. Fue la primera novela escrita en su país y habla sobre el primer contacto entre los colonizadores blancos y las personas Bulu en Camerún. En dicha novela, Eyene Ndongo, un miembro del pueblo Bulu y su amigo Asomo Ngono son testigos del enorme impacto negativo de la primera toma de contacto entre el pueblo Bulu y los blancos colonizadores, que son casi seres sobrenaturales dada la magnitud de la devastación que causan, poseídos por una antinatural tecnología del mal y pretendiendo imponer el materialismo.

Una de las páginas de Wild Hunter in the Bush of Ghosts, de Amos Tutola

Una de las páginas de Wild Hunter in the Bush of Ghosts, de Amos Tutola

El miedo, de todas formas, se oculta bajo caras diferentes que se mueven entre lo fantástico y lo real, entre la vida y la muerte, entre lo natural y lo espiritual. El primer libro de Amos Tutuola fue The Wild Hunter in the Bush of Ghosts y viene acompañada de una jugosa anécdota. Cuando la terminó la envió a una editorial inglesa con una nota muy curiosa: el autor se ofrecía a enviarles las fotografías de los fantasmas que protagonizaban la obra. La editorial no quiso dejar pasar aquella oportunidad de oro y aceptó, pero cuando recibió el envío de Tutuola comprobó que en lugar de fotografías el escritor había enviado unos dibujos de fantasmas. Aquellos seres fantasmagóricos que siguieron poblando después otros libros suyos, le convirtieron para muchos en “el padre del horror sobrenatural africano”. Siempre he considerado a Tutuola un autor de gran riqueza, imaginación y sorpresa… al que acompañaban espectros y muertos. No está de más recordar que en el continente africano el mundo sobrenatural convive con el natural.

Si Tutuola escribía sobre el mundo sobrenatural, el etíope Makonnen Endalkaččäw  con su obra Yayne Abeba fue el  precursor de la ciencia ficción musulmana. Les siguieron, Tomás Mofolo (Lesotho,1986), Felix Couchoro (Benin, 1900), Abubakar Imam (Nigeria, 1911), Kojo Laing (Ghana, 1946),  Emmanuel Boundzeki Dongala (Brazzaville, 1941), Umaru Dembo (con una obra sobre extraterrestres escrita en hausa) o ya, desde el norte del continente,  el marroquí Ahmed Abd El-Salam El-Baqqali, quien ha sido comparado con Julio Verne y Ralph Ellison, o los egipcios Nihad Sherif y Ahmed Khaled Tawfiq que ha escrito más de 200 libros la mayoría de ellos de ciencia ficción y de terror.

Un trabajo del ilustrador Loyiso Mkize

Un trabajo del ilustrador Loyiso Mkize

Portada de la antología Science Fiction by african writers

Portada de la antología Science Fiction by african writers

En 2013, el escritor/editor zimbabuense Ivor Hartman presentó la primera antología de ciencia ficción escrita por africanos, se trataba de Sciencie Fiction by african writers (2012). AfroSF es diversa y extensa: sus colaboradores provienen de todas las partes del África subsahariana (si bien los autores sudafricanos y nigerianos dominan, hay también autores de Gambia, Kenia o Zimbabue) y la diáspora. Además las contribuciones cubren una gama asombrosa de temas; del horror al erotismo, del afrocyberpunk a la exploración espacial. Hay relatos en los que se describe una África dominada por China (Biram Mboob “The Rare Earth”), una África llena de tierras contaminadas a consecuencia del petróleo en donde emergen peces gigantescos y mutantes (Nnedi Okorafor “Moom!”) o una África en la que una ceremonia de iniciación en la selva se ve interrumpida por el uso de tecnología futurista: implantes oculares y auditivos (Chiagozie Fred Nwonwu “Mascarada Stories”). Ahora se anuncia la publicación, para diciembre de este año, del segundo volumen de la serie, AfroSFv2 que, en esta ocasión, reunirá cinco novelas cortas de ciencia ficción.

En la actualidad dos de los nombres más conocidos de la literatura de ciencia ficción del continente son los de dos mujeres. La primera es la sudafricana  Lauren Beukes, quien logró un gran éxito con su novela Las luminosas, y la otra es Nnedi Okorafor, descendiente de padres nigerianos, quien siempre se ha mostrado muy crítica por el trato recibido a su obra (y en general a toda la que procede de la ficción especulativa): “La base de lo que es ‘gran literatura’ en África está demasiado definida todavía por Occidente, y Occidente todavía tiene problemas para ver la ciencia ficción como un género de verdadera literatura” ha afirmado la autora.

Black to the Future (I): África está preparada para la ciencia ficción… africana

Nnedi Okorafor. Fuente: www.nnedi.com

Nnedi Okorafor. Fuente: www.nnedi.com

En el año 2009, la escritora nigeriano-estadounidense Nnedi Okorafor se preguntaba en un ensayo si África estaba preparada para la ciencia ficción. Okarafor es una de las más prominentes representantes del movimiento del afrofuturismo radicado fundamentalmente en Estados Unidos y formado por autores afroamericanos. Sin embargo, a través de este trabajo la escritora establecía el nexo definitivo entre el movimiento americano y el origen africano.

El análisis de Okorafor hace referencia a una circunstancia absolutamente obvia que, sin embargo, demasiado a menudo es necesario recordar. La ciencia ficción como género (tanto cinematográfico, como literario) debe adaptarse a las necesidades y, sobre todo, a las particularidades africanas. Este ensayo tiene dos elementos interesantes. El primero de ellos es el propio análisis sobre el estado y el futuro de la literatura de ciencia ficción en África. El segundo, su referencia a autores africanos que ya están abriendo el camino para ese establecimiento del género.

Por lo que se refiere al análisis la idea fundamental es la que ya se ha mencionado, la necesidad de adaptar el género a la realidad africana y a sus particularidades culturales. Parece sencillo, ¿verdad? Pues por si alguien no lo entiende no hay nada mejor que uno de los ejemplos prácticos que la propia autora expone. Okorafor reproduce las palabras de Naunihal Singh, un profesor experto en conflictos y relaciones entre población civil y militares, así como en otras dimensiones políticas del África Subsahariana y, a decir de Okorafor, un amante de la ciencia ficción. Singh pone de manifiesto una evidencia absolutamente esclarecedora cuando señala:  “Sería duro conseguir que la gente pueda tener miedo de un futuro en el que los ordenadores se apoderen del mundo, cuando no están familiarizados con la presencia de una computadora en su escritorio”.

Por ello, Singh apela a los principios más básicos de la ciencia ficción, como la exploración del espacio y considera que estos argumentos podrían tener más éxito, siempre y cuando, claro está se adapten a la audiencia. “A los africanos les encantaría ver historias sobre africanos en una nave espacial”, asegura.

La propia autora estadounidense de ascendencia nigeriana se ha dado cuenta de que el problema no es el género sino, podría decirse, la contextualización. Ella misma ha podido percibir cómo en uno de sus relatos cortos, “Spider the Artist”, que trata sobre arañas robóticas que vigilan los oleoductos del delta del Níger, se adapta mejor a los gustos de la audiencia africana. Ella misma señala que esa adecuación no viene por el hecho de que esas arañas robóticas adquieran voluntad propia, sino porque el relato se para en cuestiones sociales y culturales que pueden interesar al público como la precariedad de la vida en esta región o la angustia de una mujer que no puede tener hijos.

Otra de las críticas que realiza Nnedi Okorafor entronca con una de las quejas habituales relacionadas con la literatura africana, en general, y que en esta misma sección se ha hecho evidente al hablar de la literatura oral. Dice Nnedi que otra parte del obstáculo para la ciencia ficción son “las actitudes coloniales sobre lo que es literatura y lo que no lo es”. “La base de lo que es ‘gran literatura’ en África está demasiado definida todavía por Occidente y Occidente todavía tiene problemas para ver la ciencia ficción como un género de verdadera literatura”, señala la autora.

Tchidi Chikere: Fuente: www.nollywoodgossip.net

Tchidi Chikere: Fuente: www.nollywoodgossip.net

Entre las voces con las que Okorafor cuenta para sustentar esa pregunta de si África está o no preparada para la ciencia ficción está el cineasta y escritor nigeriano Tchidi Chikere. De hecho la autora señala que fue él mismo el que le planteó esta duda. En lo que se refiere a su producción literaria, Chikere es autor de una serie de relatos cortos titulado Strangers in Paradise y la novela Daughter of the Cave. Son todas producciones que pueden enmarcarse en el género de la ciencia ficción o la literatura fantástica.

Cubierta de una de las novelas del ghanés Kojo Laing

Cubierta de una de las novelas del ghanés Kojo Laing

Del mismo modo, Okorafor recuerda la obra del ghanés Kojo Laing o la del congolés Emmanuel Boundzeki Dongala, como muestras de ciencia ficción eminentemente africana. Todo ello, sin olvidar un amplio movimiento radicado en Sudáfrica. En todo caso, aunque la autora nigeriano-estadounidense no lo cite, no se puede olvidar un caso absolutamente paradigmático. Se trata de la obra de Umaru Dembo. En 1969 este visionario se atrevió a publicar la novela Tauraruwa mai wutsiya (“El cometa”), en la que el protagonista, Kilba, realiza un viaje espacial en el que se encuentra con diferentes seres extraterrestres. Y lo hizo nada menos que en lengua hausa.

Con todos estos antecedentes, con las producciones actuales, con las condiciones que señala Okorafor y, sobre todo, con los elementos de ciencia ficción inscritos en las propias tradiciones culturales africanas (y de los que la autora del ensayo también habla) es indudable que como ella misma dice, “la audiencia africana está preparada”, eso sí, para una ciencia ficción africana.