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3MA, el encuentro transcultural africano de cuerda

3MA representa la armonía cultural entre Malí, Marruecos y Madagascar. La primera sílaba de estos países conforman el nombre de un proyecto formado por Ballaké Sissoko, Driss El Maloumi y Rajery.

Ballaké Sissoko toca la kora, el instrumento tradicional de 21 cuerdas del África occidental. El maliense es, junto con su amigo Toumani Diabaté, uno de los máximos exponentes de la cultura griot en la actualidad. El marroquí Driss El Maloumi busca en el Mediterráneo la confluencia entre lo árabe, lo bereber, lo occidental y lo subsahariano. Recoge en su oud, el laúd árabe, las distintas músicas de esta encrucijada geográfica. El trío lo completa Germain Randrianarisoa, más conocido como Rajery. El malgache es un referente de la música de su país y a pesar de la amputación de su mano derecha, es denominado como el príncipe de la valiha, cítara circular de 18 cuerdas hecha de bambú y característica de Madagascar.

Los tres tomaron con entusiasmo la oportunidad de trabajar juntos y reunir sus instrumentos para desarrollar un sonido que va más allá de las individualidades. El proyecto surgió en 2006 cuando El Maloumi y Rajery coincidieron en Agadir. Posteriormente el músico marroquí fue invitado a Madagascar por el Instituto Francés y se forjó una colaboración a la que posteriormente se sumaría Ballaké Sissoko. “Lo que es admirable es la unión de tres culturas diferentes, tres personas distintas, tres instrumentos y tres países”, explica Rajery a Wiriko en Fez.

El músico malgache además resalta la celebración de lo africano como reclamo creativo ya que normalmente en lugares como Madagascar se piensa más en la influencia europea que en la de África.

3MA salvaguarda el patrimonio cultural griot, bereber y malgache mientras investiga nuevos retos expresivos. Los instrumentos crean un lenguaje común ligado a un universo suave y místico sin olvidar los sonidos enérgicos y arrebatadores. “Como griot es muy importante para mi poder conocer otras culturas. Me encanta cómo suenan los tres instrumentos juntos”, apunta Sissoko.

Comenzaron a desarrollar melodías en sus primeros encuentros y para 2008 publicaron un trabajo homónimo. Desde entonces han mantenido sus carreras en solitario aunque sin perderse de vista. También han formado parte de diversos proyectos e incluso han coincidido en “Las Rutas de la Esclavitud” y “Hesperion XII”, propuestas musicales lideradas por Jordi Savall. La colaboración es para 3MA un eje de desarrollo creativo y permeabilidad. Ya lo expresó Sissoko a Wiriko en una anterior entrevista: “No se puede vivir con la kora guardada en una habitación. Hay que dar y recibir y esa es la principal razón por la que he realizado tantas colaboraciones con otros músicos”.

Ahora, tras una década lanzan Anarouz. Este nuevo álbum testifica la sinergia de las tres culturas y expone la madurez musical de unos artistas que acunaron a los asistentes en el jardín Jnan Sbil de Fez bajo el marco de la 24ª edición de Festival de Músicas Sagradas del Mundo.

3MA anoche en el Jardín Jnan Sbil de Fez / Foto: Ramón Fornós

La luna gibosa creciente regaló ayer una noche luminosa y romántica. La brisa suavizó el calor e incluso las ranas se sumaron al espectáculo con un croar casi inoportuno y que añadió magia de la velada. 3MA puso a la kora, el oud y la valiha sobre el escenario. Los cantos en bamana, malgache y árabe transportaron a los espectadores a Bamako, Agadir y Antanarivo en un viaje intercultural donde la tradición se fundió con nuevos horizontes musicales, esencias y colores.

La presencia de 3MA casa con la misión del Festival de Músicas Sagradas del Mundo de Fez de compartir valores como la tolerancia a través de las artes, según expresa el presidente del presidente del festival, Abderrafi Zouiten. La música se presenta como convivencia y una respuesta actual a los problemas globales. Sin embargo, Driss El Maloumi explica cómo en demasiadas ocasiones son abordados con estas cuestiones migratorias y de refugiados por el hecho de ser africanos mientras que otros artistas no son preguntados por lo mismo: “Estamos proponiendo un trabajo artístico, una concepción estética y una acumulación de saber hacer desde los viajes y de la cultura de cada uno. Se puede juzgar lo que nosotros hacemos en relación a lo que hace todo el mundo. No estamos para crear una sensibilidad especial para con los refugiados aunque es cierto que el tema nos concierne. Nosotros trabajamos para crear algo novedoso y puramente artístico”.

“Las ambiciones están destruyendo mucho de lo poco logrado en África”

A pesar de haberse dedicado a la música durante toda su infancia y adolescencia acompañando a su madre (Aminata Diakité) en los coros en bodas y bautizos, la carrera internacional de la maliense Oumou Sangaré no explosionó hasta que tenía 20 años. Lo hizo de forma abrumadora en 1989 con su álbum debut Moussolou [Mujeres], que abogaba contundentemente por sus derechos. Desde esa primera declaración de intenciones en forma de disco ya criticaba los matrimonios infantiles o la poligamia, que había conocido de primera mano a través de la experiencia de sus padres. Su voz se convirtió pronto en una de las más aclamadas de África occidental.

Casi tres décadas más tarde, Sangaré ha cosechado éxitos en todo el planeta y es una de las figuras más potentes del panorama sonoro africano. La diva maliense, que llega sube mañana a los escenarios del Primavera Sound de Barcelona, cuenta los entresijos de su último álbum y desvela por qué sigue siendo un icono y un símbolo de la fortaleza y la lucha incesante de la mujer africana.
“Por todas las dificultades añadidas que experimentan las africanas, tiene más mérito cada una de sus historias de superación. Necesitamos visualizarlo, y hablar de ello para darlo a conocer y luchar contra esa realidad”, dice Sangaré cuando se le pregunta acerca de pandemias socioculturales que afectan a Malí relacionadas con la violación de los derechos de las mujeres —por ejemplo, la mutilación genital femenina, practicada a cerca del 90% de las malienses, según la Organización Mundial de la Salud—. Sin embargo, la artista, de 50 años, se niega a quedarse solo con las narrativas que se centran en lo negativo. “Poco a poco vemos mujeres que acceden a puestos de poder y que empiezan a ser escuchadas. La verdadera revolución comienza en cada una de sus casas, han de saber que no están solas y que las cosas están cambiando”, contesta durante una entrevista realizada por correo electrónico en abril.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Grupo Bogolán Kasobane: “Es para nosotros un orgullo poner en valor nuestra tradición de una manera revolucionaria”

Bogolán proviene de la palabra bogolanfini, que en bambara hace referencia al resultado del barro sobre la tela. Una técnica vernácula ancestral transmitida por las mujeres malienses que, guardianas de la tradición, han pasado de generación en generación estos conocimientos durante siglos. Ahora llega a Madrid desde Mali de la mano del Groupe Bogolan Kasobane, quienes presentan la exposición ‘Grupo Bogolán Kasobane: el arte del barro en Mali’ que se inaugura este viernes cuatro de mayo en el Centro Cultural Casa de Vacas, en Madrid.Dedicada a las madres del bogolanfini y en memoria de Kandioura Coulibaly, fallecido en 2015 y quien fuera líder de este colectivo de artistas pioneros en el uso de la técnica del bogolán en el arte contemporáneo, esta muestra gratuita y abierta hasta el tres de junio, conjugará el bogolanfini ancestral con obras de otros artistas influidos por el grupo, como Annick Turner, Senou Fofana, Ladji Barry o Janet Goldner. Además la exhibición incluirá varias actividades paralelas, como visitas guiadas, conferencias y talleres, lo que constituye en su conjunto una magnífica oportunidad para conocer y entender qué es el bogolán desde sus orígenes hasta hoy. Como adelanto y siguiendo su filosofía de creación colectiva, los miembros del Grupo Bogolán Kasobane  contestan juntos las preguntas de Wiriko, acompañados por la artista y coordinadora de la exposición Irene López de Castro.

“Pez Ashanti”, Groupe Bogolan Kasobane

R.O: ¿Cómo nace el Grupo Bogolán Kasobane, cuál es su historia?

G.B.K: El Grupo Bogolán Kasobane nació en Bamako en 1978. Éramos un grupo de seis jóvenes artistas, recién licenciados en Bellas Artes por el Instituto Nacional de Arte (INA) de Bamako, que compartíamos los mismos ideales y decidimos unirnos y trabajar juntos. El Grupo Bogolan Kasobane lo fundamos Kletigui Dembelé, Boubacar Doumbia, Baba Keita, Nené Thiam, Souleymane Goro y Kandioura Coulibaly. Este último fue presidente hasta su fallecimiento en 2015 y ahora Nené Thiam, la única mujer del grupo, es la nueva presidentaHemos expuesto nuestra obra y dado conferencias en los cinco continentes del mundo y hemos recibido varios premios. También hemos participado en la creación de vestuario para teatro y cine y en la formación de artistas. Nuestro objetivo es innovar y promover la técnica de bogolán en Mali y en el mundo.

“La Fissure dans le Mure” Groupe Bogolán Kasobané

R.O: ¿Por qué elegisteis precisamente la técnica del bogolán como medio de expresión?

G.B.K: En el INA estudiábamos técnicas occidentales pero elegimos el bogolán, la técnica de pintura tradicional de Mali, porque la calidad de las pinturas occidentales era baja y costosa. Quisimos liberarnos de esas dificultades y reivindicar además nuestra propia cultura. ¿Por qué razón pintar con técnicas extranjeras, cuando teníamos aquí el bogolán heredado de nuestros ancestros, una forma de comunicación social con el que perfectamente podíamos dar rienda suelta a nuestra creatividad? De hecho, la palabra kasobane significa en bambara el fin de la prisión. Además conocíamos la alquimia del barro, que tiene que ver con nuestra propia cultura en torno a la tierra madre. Nos sentíamos identificados y cómodos, al tener todos los materiales a mano, las telas, las plantas, la tierras, las plumas de ave…. Algo además que era completamente nuevo en el arte contemporáneo. Fuimos los pioneros.

R.O: ¿Ha sido difícil superar el peso de una tradición tan arraigada para crear arte contemporáneo?

G.B.K: El sentimiento fue de liberación. Nadie nos imponía una técnica ni un modo de expresarnos, tampoco seguimos las composiciones tradicionales. Las obras del Grupo Bogolán Kasobane son independientes y completamente originales, aunque sí reflejan elementos de nuestra cultura, precisamente para seguir transmitiendo esa herencia pero siempre innovando hacia el futuro. Es para nosotros un orgullo poner en valor nuestra tradición de una manera revolucionaria.

Groupe Bogolan Kasobane (Foto: Jane Goldner)

R.O: ¿Qué hay de común y qué de diferente?

G.B.K: La técnica básica es la misma, pero hemos investigado e innovado con nuevos tipos de plantas y colores. También cambia el tipo de expresión, aunque sí decidimos utilizar algunos símbolos que tienen un significado y están incluidos en nuestras composiciones. Símbolos que además han pasado a la artesanía de bogolán moderna, la cual también hemos promovido ampliamente en todo Mali, especialmente en Bamako y Segou, en el Taller NDomo.

R.O: Es sorprendente que Grupo Bogolán Kasobane firme sus obras como grupo y no de forma individual ¿Por qué lo hacen de esta manera?

“LÓrigin de le Terre” Groupe Bogolan Kasobane

G.B.K: La cultura maliense no conoce el individualismo y el sentimiento de unión entre las personas es muy fuerte. El arte muchas veces no se firma, ese es un concepto que llegó con la colonización. Para nosotros firmar en grupo era dejar aparte el propio ego y entregar nuestra energía en nombre del bien común y de los más altos ideales, la Cultura como un vehículo para la paz y la cohesión social. En Mali decimos que no se puede coger una piedra con un solo Rdedo.

R.O: En 2015 falleció Kandioura Coulibaly, fundador y presidente del Grupo Bogolán Kasobané. ¿Cómo ha afectado esta pérdida al proyecto? ¿Cuál es su proyección a futuro?

G.B.K: El fallecimiento de Kandioura Coulibaly ha sido algo que ha conmovido mucho a la sociedad maliense, puesto que era una persona muy conocida por su carisma, su promoción del bogolán, su trabajo en el vestuario para cine y su amor por el coleccionismo. Sin embargo, el Grupo Bogolán Kasobane no dependía de un sólo miembro. Somos una familia y los ideales del grupo siguen más vivos que nunca, como esta exposición demuestra. Nosotros no creemos en la muerte espiritual y sentimos que nos acompaña desde otro plano. Grupo Bogolán Kasobane es además una escuela, así que debe continuar por el arte. Nuestros hijos que también han estudiado artes continuarán con el proyecto.

R.O: Tras varios años de conflicto en Mali, ¿cómo ha afectado ésto a la creación artística contemporánea?

G.B.K: En Mali los artistas y los artesanos estamos pasándolo mal a causa de una guerra que nos parece ajena, son bandidos extranjeros los que vienen y cometen atentados. Como parte de la sociedad nos afecta y afecta a la creación artística contemporánea. No es una buena situación, pero hay mucha creatividad, por no decir muchísima. Los estudiantes de Bellas Artes y arte multimedia son muy numerosos, así como los jóvenes que han elegido el bogolán como técnica. En la crisis también florece la creatividad. En algunos casos, con más fuerza. Pudimos comprobarlo hace poco cuando reunimos a 24 artistas contemporáneos para un taller de creatividad en Mopti, en el centro de Mali. El tema era la unión nacional por la paz en nuestro querido Mali y las obras producidas se expusieron en el Museo Nacional de Bamako.

“Progress II” Groupe Bogolan Kasobane

R.O: Irene, ¿Qué vamos a encontrar en la exposición, por qué ir a verla?

I.L: Es una exposición única, muy difícil de repetir, con piezas venidas de Mali, Polonia y EE.UU. Hay obras de gran tamaño enteramente pintadas con bogolán. Yo diría que refleja toda una cultura, a través del Grupo Bogolán Kasobane, que son los maestros de la juventud actual de Mali, los que además investigaron en la simbología ancestral, a través de personas cercanas al grupo, que pasaron años en el país y  pudiendo realizar los estudios de los símbolos y del lenguaje de las telas. Símbolos que actúan como un vocabulario y que hoy solamente se utilizan en la artesanía como motivos aislados. La mayoría de los españoles no conocen el bogolán ni saben cómo se hace. En esta exposición lo sabrán.

“La Carta de Kurugan Fuga” Groupe Bogolán Kasobane

Afrotopía: ahora son las cámaras las que disparan en Malí

“África no tiene que alcanzar a nadie. Ya no debe correr por los senderos que se le indican, sino caminar con paso firme por el camino que ha elegido”. Con estas palabras extraídas de la contraportada de su ensayo ‘Afrotopía (Philippe Rey, 2016) el economista senegalés Felwine Sarr da la vuelta a los rancios conceptos que hasta ahora definían el desarrollo, planteando un nuevo encuadre y el necesario abandono de la competencia, que califica de “infantil” en aquellas naciones que “buscan ver quién ha acumulado la mayor riqueza, esta carrera frenética e irresponsable que pone en peligro las condiciones sociales y naturales de la vida.

Fotografía de F.K.Massassy presentada en la 11ª edición de Rencontres de Bamako

Este mensaje resulta especialmente inspirador en Malí, donde parece difícil curar la herida infectada que se abrió en 2012 con la rebelión tuareg y la ocupación yihadista del norte del país que ni la posterior intervención francesa, ni la Minusma, ni los acuerdos de Argel han conseguido cerrar. Esta situación de violencia incrustada unida a la corrupción, el paro y la falta de servicios sociales básicos, como la educación y la sanidad, hace que a una nueva generación de jóvenes malienses les brillen los ojos con este nuevo concepto.

Uno de ellos es el polifacético Fototala King Massassy, fotógrafo, actor de teatro y televisión y uno de los hermanos mayores del hip-hop de Malí, quien opina que  la “Afrotopía es el motor de África. Aunque los medios de comunicación internacionales no inviertan ni el esfuerzo ni el tiempo necesarios para mostrárselo al mundo entero. Aquí en África este motor “informal” se dirige hacia el progreso a la velocidad de la luz, mientras que las administraciones públicas esperan que sus guías intelectuales les den órdenes o un dinero que no va a caer del cielo”.

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Este hiperactivo artivista se interesó por la fotografía en 2007 y, tal es su pasión por este arte, que en pocos años se ha convertido en su actividad profesional principal. Es además uno de los pocos fotógrafos malienses seleccionados para participar en la bienal de fotografía africana Rencontres de Bamako, que ha elegido este nuevo término, Afrotopía, para titular su 11ª edición que se celebra en esta misma ciudad hasta el 31 de Enero de 2018.

 

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS, gracias a una colaboración entre ambos medios. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Songhoy Blues: “la música debe ser un factor de unión, de reconciliación, de paz y de amor”

Songhoy Blues es una de esas bandas con una historia digna de ser contada. Originarios del norte de Mali, Garba Touré, Aliou Touré y Oumar Touré, que no tienen ningún tipo de parentesco a pesar de su apellido, se conocieron en Bamako como exiliados después de que, tras la rebelión tuareg de 2012, Ansar Dine, grupo extremista vinculado a AQMI, tomara el control de la región y prohibiera la música a sus habitantes. Con la idea de mantener viva la tradición musical Songhai del norte del país tanto para ellos como para los demás exiliados, se juntaron y empezaron a hacer conciertos en las salas de Bamako. Con el tiempo se les unió el baterista Nathanael Dembéle y juntos, publicaron su primer álbum en 2015 llamado Music in Exile, a la vez que protagonizaban el documental They will have to kill us first. Este año ha visto la luz su segundo álbum Résistance y hemos podido conversar con Aliou Touré, cantante de Songhoy Blues, días antes de sus conciertos en Madrid y Barcelona en el marco de la gira mundial del grupo.

N.L: Conociendo la historia de Shongoy Blues y después de veros en el documental They will have to kill us first, ¿que se siente como músico cuando la música se prohíbe?

Como músicos ha sido un golpe muy duro, sobretodo teniendo en cuenta la importancia de la música en la cultura de Mali. Venimos de un país en el que la música está incrustada en el tejido social y cultural, e impregna la vida diaria de las personas. La prohibición de la música nos metió de lleno en una realidad muy difícil de soportar. La música es nuestro trabajo, pero también nuestra vida, nos quitaron una parte muy importante de nosotros, una parte de nuestra alma.

N.L: ¿Habéis vuelto al norte de Mali desde entonces?

Sí, por supuesto. Hemos podido volver y cuando no estamos de gira vamos a visitar a la familia.

N.L: Résistence es el título de vuestro nuevo álbum. ¿Os referís a vosotros o al conjunto de vuestro país?

Buena pregunta. Nosotros, personalmente, como grupo y como personas que hemos vivido una situación difícil, hemos resistido y seguimos resistiendo, pero no olvidamos que somos portavoces, mensajeros de nuestro pueblo, un pueblo que también resiste, todo el mundo en Mali ha resistido y resiste a las dificultades del país. De algún modo, este nuevo álbum es una continuidad respecto a nuestro álbum anterior (Music in Exile, 2015), entre lo que pasó en Mali en 2012 y lo que sigue pasando hoy en día en el mundo. Es algo que no concierne únicamente a Mali, ni a África, concierne al mundo entero, debe ser una resistencia global.

N.L: ¿De qué hablan las canciones de vuestro nuevo álbum?

Lo que queremos transmitir principalmente es la resistencia ante las situaciones difíciles, también de la vida cotidiana. Todo el mundo sabe que en Mali la vida es difícil, pero intentamos salir adelante a pesar de ello. Hay que tener en cuenta el lado bueno de las cosas para vencer el miedo. En Bamako, por ejemplo, a pesar de las dificultades, si sales por la noche hay mucho ambiente, mucha música, la gente tiene ganas de celebrar la vida e invitar a todo el mundo a estar unido, independientemente de las diferencias de etnia, color, cultura o de la lengua que se hable, y también queremos transmitir ese ambiente festivo en nuestras canciones, como por ejemplo con el tema Bamako.

N.L: ¿Cómo ves el futuro de Mali?

Hay que plantearse las cosas, ver qué es lo que no ha funcionado y lo que sí ha funcionado. Ser conscientes de lo bueno y de lo malo, hablarlo. Prefiero ser positivo en cuanto a nuestro futuro y el de nuestros jóvenes, tenemos que serlo. Y quiero ver un país que sale adelante a pesar de todo.

N.L: ¿Cuáles son los proyectos de futuro de Songhoy Blues?

Tenemos varios proyectos en Mali, pero de momento nos concentramos en nuestro rol de embajadores de nuestra música y nuestra cultura. Nos tomamos muy en serio este papel y el mensaje que queremos hacer pasar con nuestro trabajo.

N.L: ¿Cuál es exactamente ese mensaje que os gustaría que llegara al público?

El mensaje más importante es que la música debe ser un factor de unión, de reconciliación, de paz y de amor sin importar la cultura, el idioma o la religión de cada uno. Queremos que la gente sonría al escuchar nuestra música, que disfrute. En nuestros conciertos es la sonrisa del público lo que buscamos y lo que queremos ver.

Derek Gripper: “Escuchar ‘Kaira’ fue como encontrar el santo grial”

Hace casi 30 años el virtuoso de la kora, Toumani Diabaté, lanzó su primer álbum en Occidente. Un trabajo en solitario titulado “Kaira”. Cuando el guitarrista sudafricano Derek Gripper escuchó el disco, su búsqueda finalizó. No sabía que rastreaba pero lo había encontrado.

“Estoy entre dos culturas en cierto modo. Aprendí a tocar música clásica pero vivo en un lugar que cuenta con un elemento trascendental. La música que exploraba con anterioridad eran los sonidos del Cabo pero echaba de menos otras músicas. Y de repente escuché a Toumani y me dejó sin palabras”, explica Gripper en una charla con Wiriko en Londres.

Y comenzó un largo camino. Gripper es una esponja musical. Absorbe y su currículo lo ha trasladado a aromas, paisajes y sonoridades ricas y diversas. Buscó los sonidos de la India en su álbum “Rising” junto al trompetista Alex van Heerde y se sumergió en la música tradicional pakistaní y afgana en su colaboración con Udai Mazumdar. Se atrevió con Bach y en 2014 tomó los temas de Egberto Gismonti para indagar en la música brasileña. “Kaira” abrió las puertas de un proyecto sin embargo mastodóntico. La misión de Derek Gripper fue la de crear un repertorio para guitarra basado en las composiciones de los grandes músicos africanos como Toumani Diabaté, Ballaké Sissoko y Ali Farka Touré. La traducción musical de la kora, el instrumento de 21 cuerdas del África occidental, a las 6 cuerdas de su guitarra acústica parecían imposible. Pero Gripper se empeñó y el resultado de su disertación sonora fue el disco One Night on Earth: Music from the Strings of Mali publicado en 2012.

Al principio Gripper reconoce que aprendió a reproducir los sonidos de la kora pero no entendía la complejidad de las composiciones. Comenzó a escribir los acordes y partituras en interminables horas de práctica pero la dificultad era hacer que la guitarra replicase a la kora.

“En “Kaira”, Toumani Diabaté grabó Jarabi y 20 años más tarde en las “Mandé Variations” toca Cantelowes. Descubrí que eran la misma pieza. Comprender que las composiciones no eran improvisadas fue como encontrar la Piedra Roseta”, explica Gripper quien al transcribir ambos temas vio cómo Diabaté sólo había cambiado el orden. “Me llevó 10 años para acceder a Toumani y pensar su música de una forma correcta. La manera de la que hablamos de su música es con un el mismo léxico que aplicamos al jazz o al rock pero hay que pensarlo como un compositor”.

El trabajo de Gripper ha desmontado la burbuja purista de la música clásica. Interpreta, que no versiona, temas populares. “No pensamos que Glenn Gould toca una versión cuando toca a Bach. Pensamos que lo está interpretando”, apunta. Gripper explica que en la actualidad hay intercambios musicales que no pueden ser ignorados como el de Ballaké Sissoko y Vincent Segal. “Ellos rompieron la barrera entre la música clásica y la popular o llamada música del mundo. Es muy difícil que en recitales de música clásica haya participación de músicos populares”.

Pero Gripper está en una misión de celebrar a los grandes de la música africana y los ha llevado a nuevas audiencias. “Desde el punto de vista musical, Toumani Diabaté es un compositor como se denominaría en la música clásica. Los malienses aprenden a través de grabaciones y así lo hizo Toumani de su padre. Bach habría grabado sus composiciones si hubiera podido. Pensamos que una partitura es como algo que otorga superioridad pero es simplemente una manera más de anotar una composición. Ahora un estudiante graba sus clases en un teléfono móvil”, explica.

Toumani Diabaté escuchó las interpretaciones de Gripper. Le preguntó a su productora Lucy Durán si aquello era solo una guitarra tocada por un hombre. Ante la afirmación de Durán, el maliense invitó a Gripper a viajar a Malí por primera vez y tuvo la oportunidad de tocar en el Festival de Festival de Música Acústica de Bamako. El guitarrista sudafricano ha continuado con su estudio de la kora y con su álbum “Libraries on Fire” incluyó también composiciones de Sekou Batourou Kouyate y Amadu Bansang Jobarteh. “Mali on Oak” es su último trabajo hasta la fecha y es una colaboración con el músico Tunde Jegede.

Vieux Farka Touré: “con la música intentamos poner el nombre de Malí en el mundo”

Vieux Farka Touré en una fotografía promocional / Foto: Christophe Losberger

Hundido en un sofá de cuero burdeos, Vieux Farka Touré sonríe y responde a la batería de preguntas. La conversación tiene lugar en los camerinos del Jazz Café de Londres, lugar elegido para hacer sonar por primera vez su último disco, “Samba”. La gira de presentación llega ahora a España con dos conciertos, hoy en Madrid y mañana en Bilbao.

El apellido, es hijo del mítico Ali Farka Touré, no ha intimidado a Vieux que ha curtido una carrera enraizado en lo que mamó: el blues del desierto. Ha vuelto al árido norte de Malí como hiciera en 2011 con “The Secret”. Ahora, además de buscar las huellas del género musical, ha ido a buscar sus raíces. Con “Samba”, palabra songhai para denominar al segundo hijo, parece haber encontrado y estar seguro de quién es. Así, el músico nacido en Niafunké, ha lanzado un álbum introspectivo cuando se cumplen diez años de su homónimo primer trabajo. Lejos quedan esos temas que ideó cuando a su padre lo debilitaba el cáncer. “He hecho varios discos y es difícil describir cómo he llegado hasta aquí. Ha sido un camino muy largo en el que apenas he parado de trabajar”, dice.

Lo sembrado parece haberse recogido en este último trabajo cuyo concierto se asemeja a una tormenta de verano. Truena y refresca. Grabado en directo, “Samba” fue pensado como un disco recopilatorio de sus clásicos. Sin embargo, Vieux llegó a la sesión de grabación con diez nuevos temas. Tras los trabajos con Julia Easterlin y Idan Raichel, el guitarrista decidió mirarse a sí mismo. “Volver al blues es importante. He tocado bastante últimamente y he hecho colaboraciones pero en esta ocasión quise hacer algo para mí”, apunta el maliense.

Acompañado con Mamadou Koné (calabash y batería) y Valery Assouan (bajo), Vieux Farka Touré llega ahora a España con disco que suena lleno de pinceladas funk, reggae y rock. Una mezcla de sonoridades que el músico ha sabido combinar a lo largo de su trayectoria. “He visto mucho estando en la carretera y he aprendido enormemente de las personas, la vida, la cultura y la música. Mi primer álbum fue Vieux Farka Touré y este representa lo mismo pero con otro nombre. Soy Samba”, apunta. “Incluso yo le llamo así”, salta Nick Gold, productor de Ali Farka Touré y la persona detrás del sello World Music Circuit. Un padre adoptivo para Vieux que viene a saludar y que cariñosamente tiene el apodo de “jefe”.

Vieux Farka Touré emprendió su carrera musical a pesar de la reticencia inicial de su padre. Ali quería que siguiera la tradición familiar de alistarse al ejército. Vieux sin embargo comenzó a tocar la batería en el Instituto Nacional de las Artes de Malí aunque siempre estuvo interesado en la guitarra. Comenzó a practicar en 2001 y fue en 2007 cuando apareció en la escena musical de Malí.

Mi padre no quería que me dedicase a la música porque él tuvo muchos problemas hasta que comenzó a trabajar con Nick. Él me aconsejó y tuve claro lo qué hacer cuando firmé mi primer contrato”, explica Vieux.

El músico maliense ha madurado. Lo confiesa y se deduce de sus palabras. Se siente agradecido por ser el hijo de Ali Farka Touré aunque advierte que él tiene su propio estilo y hace su propia música. Y tiene algo especial. “Todos los samba tienen algo especial que dar a la vida. Van a ser conocidos por lo bueno o por lo malo”, dice.

Vieux Farka Touré sabe adónde lleva su carrera y cómo soportar las presiones de la industria. Siempre viaja con el recuerdo de su tierra porque como explica, “con la música intentamos poner el nombre de Malí en el mundo”. Una afirmación compartida por muchos de sus compatriotas ya que “ahora mismo todo el mundo lo relaciona con la guerra pero llevamos la cultura a todas partes”.

Algo viejo para empezar algo nuevo: la arquitectura en Mali

La arquitectura vernácula de Mali es el entendimiento perfecto entre sabiduría popular, identidad cultural, sostenibilidad y adaptación al medio. Sin embargo, la globalización y un conflicto que no llega a su fin hacen que estos antiguos muros de adobe se tambaleen.

En la unión de  los ríos Níger y Bani se levanta la ciudad de Mopti apretujada por la escasez de terreno. A pesar de las estrecheces, han encontrado un hueco para alojar el Centro de Arquitectura en Tierra, una iniciativa de Aga Khan Trust for Culture con el apoyo del Ministerio de Cultura maliense y el Ayuntamiento de Mopti. Allí, Aicha Diombélé encargada de su exposición permanente sobre la arquitectura en tierra, rodeada de  fotografías, materiales, maquetas y reproducciones de las principales construcciones de adobe del país,  nos expone los motivos y objetivos de este proyecto.

Salif Kone y Aicha Diombélé, director del Centre de Arquitectura en tierra de Mompti y encargada de la exposición permanente.

El centro se construyó en el año 2010 durante el cincuentenario de la independencia de Malí y marca la finalización de la restauración de las mezquitas de Mopti, Djenné y Tombuctú. Nuestra misión es promover y poner en valor la arquitectura en tierra en África del Oeste ofreciendo recursos documentales en la biblioteca y competencias técnicas en cursos regulares de formación profesional”. Naturalmente el edificio del centro está construido con bloques de tierra prensada, una versión evolucionada que utiliza una prensa mecánica para conseguir ladrillos más impermeables y resistentes, y es obra del arquitecto burkinabés Francis Kéré.

Centre de l´Architecture en Terre de Mopti.

Aicha, de etnia Dogón, nos explica con orgullo  que “el uso de adobe o bancó como material de construcción se practica en África desde tiempos inmemoriales. Arcilla, arena, paja, cáscaras de arroz son la base de los ladrillos, que incluyen otros materiales orgánicos como la goma arábiga, polvo de fruto de baobab, manteca de carité o taninos. Estos materiales varían según la disponibilidad en cada zona. Es una tradición antigua transmitida de generación en generación,  pero también es actualmente un método de construcción muy extendido por la disponibilidad de materiales de base en el delta interior del río Níger”. Unos materiales que, añade con tristeza, “se encuentran amenazados por los bloques de cemento y chapas de acero, que parecen más duraderos pero son mucho más contaminantes, no se adaptan a nuestro clima y destruyen la plasticidad de las construcciones tradicionales africanas. Muchos africanos creen que la arquitectura tradicional se ha quedado anticuada y prefieren los materiales y técnicas occidentales que entienden como más correctas, modernas y propias de gente adinerada”. 

La arquitectura de Malí ve cómo sus raíces vernáculas parecen debilitarse gradual e inevitablemente por diferentes conflictos políticos, el duro clima del Sahel, una sociedad empobrecida y en crisis de identidad, y una transformación tecnológica acelerada pero necesaria para sobrevivir en un mundo globalizado. Sin embargo, no todo está en contra, la arquitectura vernácula maliense cuenta con dos potentes aliados en su lucha por la supervivencia.

Por un lado la UNESCO que, en su batalla continua por el rescate de áreas patrimoniales en todo el mundo, incluye en su declaración de Patrimonio de la Humanidad cuatro localizaciones malienses y las cuatro son construcciones en tierra.

  1. Las ciudades antiguas de Djenné: Pobladas desde el año 250 a.C. fueron un  centro mercantil importante y eslabón de la ruta transahariana del oro. Allí se conservan unas 2000 viviendas tradicionales y su impresionante mezquita. Consideradas en peligro desde 2016 debido a que la inseguridad de la zona hace imposible la toma de medidas para combatir el deterioro de los materiales en la ciudad histórica, la presión urbana y la erosión de los sitios arqueológicos.
  2. Tombuctú: Conocida como “La ciudad de los 333 santos” fue una de las capitales intelectuales  y espirituales del Islam durante los siglos XV y XVI. Son testigos de su pasada edad de oro la prestigiosa universidad coránica de Sankoré, las tres grandes mezquitas de Djingareyber, Sankoré y Sidi Yahia e importantes mausoleos.  Declarada en peligro desde 2012 debido al ataque destructor de grupos islamistas radicales durante el golpe de estado militar, ha sido recientemente protagonista de la primera sentencia de la Corte Penal Internacional que considera crimen de guerra el derribo de edificios históricos y religiosos.
  3. Tumba de los Askia: Declarada en peligro a la vez que Tombuctú y por los mismos motivos. Se trata de una espectacular estructura piramidal de 17 metros de altura que alberga la tumba de la dinastía de los Askia, erigida en Gao en 1495 por Askia Mohamed, emperador de Songhai.
  4. El País Dogón y la Falla de Bandiagara: El paisaje vertical de los acantilados llenos de viviendas, graneros, altares y santuarios hace que sea uno de los lugares más impresionantes de África Occidental. Además de su increíble arquitectura se conservan antiguas tradiciones sociales como la confección de máscaras, la celebración de fiestas populares, rituales y ceremonias de culto a los antepasados. Todo esto lo convirtió durante las últimas décadas en un destino turístico floreciente. Hoy, por la inseguridad de la zona, pocos se animan visitarlo y gran parte de la antes próspera población se ha desplazado a la hacinada Bamako en busca de otra forma de vida dejando atrás las ancestrales construcciones de barro.

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Por otra parte existe una naciente generación de arquitectos, artesanos y usuarios que, apreciando y defendiendo con orgullo esta arquitectura y los valores que en ella subyacen, siguen los pasos del arquitecto egipcio Hassan Fathy que recomendaba “construir tu arquitectura con lo que tienes bajo los pies”.

Como ejemplo Aicha nos da algunos detalles de la restauración de la mezquita de Mopti: “Tradicionalmente todo el mundo se implicaba en los trabajos anuales de restauración. Se repartían las tareas, era un trabajo colectivo que se ha ido abandonando con el tiempo. Durante la restauración de 2006 fue muy importante la implicación de los albañiles y artesanos de la ciudad, se reemplazaron los elementos estructurales dañados utilizando ladrillos de tierra mezclada con cáscaras de arroz. Se recuperó esa forma de trabajar, no podía ser de otra manera. También se impartieron cursos de formación para garantizar la continuidad de estos trabajos. Después de esta restauración, la mezquita pasó a formar parte del Patrimonio Nacional de Malí”. 

La enredada situación de Mali reúne aspectos históricos, culturales, económicos, políticos y militares además de multitud de actores muy diversos que hacen difícil una solución a corto plazo. Esta realidad amenaza las formas de vida más tradicionales y marca el ritmo y rumbo de su evolución en el futuro. Sin embargo al despedirnos de Aicha vemos que, aunque el contexto no ayude, en su sonrisa todavía se refleja la ilusión, la dignidad y la fuerza de un pueblo que no se rinde y defiende una cultura rica e intensa que se sostiene literalmente sobre cimientos de tierra.

Una escuela de música contra el yihadismo

El ‘griot’ Bassekou Kouyate quiere plantar cara a AQMI con una academia en Bamako

El músico Bassekou Kouyate durante un concierto en el Gibraltar World Music Festival. Foto: Gemma Solés i Coll / WIRIKO

“Si no fomentamos la música, en menos de 20 años, tenedlo por seguro, los yihadistas tendrán el control absoluto de Malí”, advierte el músico maliense Bassekou Kouyate a su paso por Gibraltar, donde ofreció un concierto junto a la banda Ngoni Ba, formada por miembros de su familia. Bassekou explica sus planes para construir una nueva escuela de música en la capital como revancha al yihadismo que siembra el terror en el país del África occidental.

Han pasado cinco años ya desde que, en 2012, el terrorismo hiciera temblar Malí, considerado hoy un polvorín del Sahel por albergar al mayor grupo yihadista de la región. Como en cualquier guerra, dejó muertes y sueños rotos. Saqueos y violaciones de derechos humanos, especialmente de mujeres y niños. Y con la imposición de la ley islámica (sharía) en el norte del país, algunos griots dejaron de cantar, otros tantos hicieron su camino hacia el exilio, mientras mercenarios se apoderaban del Azawad. “Vinieron con un montón de dinero seduciendo a los que no tienen nada, y reclutaron así a muchos terroristas”, denuncia Bassekou, quien ve una relación directa entre pobreza y terrorismo.

El país, que se encuentra entre los 25 más empobrecidos del mundo según el Índice de Desarrollo Humano, tiene a la mitad de su población viviendo en condiciones de pobreza. Para muchos, que se sienten desplazados y marginados dentro de un estado que ocupa una extensión de casi tres Españas, el conflicto ha sido un caramelo. Sin embargo, para la mayoría, la ganancia personal en detrimento de la unidad ha sido el camino a la debacle y una sentencia de muerte para las futuras generaciones. “Hay personas que no ganan ni 50 euros al mes. No hay que girar la espalda a esas realidades, sino encontrar soluciones para todas las dificultades y luchar para superarlas de forma conjunta. Los músicos, con nuestras canciones, hablamos a aquellos que menos tienen para evitar que puedan ser reclutados. ¡Y ha funcionado hasta hoy! Pero ahora debemos ir más allá”, explica el griot.

Amy Sacko, Bassekou Kouyate & Mahamadou Tounkara en el Festival de Músicas del Mundo de Gibraltar 2017. Foto de Gemma Solés i Coll / Wiriko

La música tradicional mandinga – con instrumentos tan representativos como el balafón, el ngoni, el tama o la kora– data del siglo XIII y es considerada como un valioso sistema oral de educación informal que se transmite de padres a hijos. Por eso, algunos artistas del país consideran que prohibir la música en Malí, como sucedió durante el golpe de 2012, fue querer privar a su población de oxígeno. “Nosotros somos los que educamos, los que enviamos mensajes y culturizamos a la población. Por eso nos querían borrar del mapa”, explica Bassekou, embajador del ngoni.

Tras la intervención militar francesa, los yihadistas parecen haberse diluido, pero el conflicto sigue latente. El país permanece frágil y mucha gente sigue teniendo miedo. Ante una situación de posconflicto como la que vive el país, el grupo de Ngoni Ba, que acompaña a Bassekou y que está formado por su esposa Amy Sacko, su hijo mayor Madou, su hermano Moctar y su sobrino Mahamadou Tounkara, están convencidos de que el próximo estadio en el que se debe ganar la batalla no es desde los escenarios, sino desde las aulas. Porque, tal como dice Sacko: “la educación musical hará que cada vez haya más jóvenes haciendo lo mismo que hacemos nosotros, transmitir un mensaje de paz”. A lo que Bassekou añade: “hay que apoyar a la juventud para que nos puedan tomar el relevo, como nosotros hicimos con nuestros padres”.

Amy Sacko en el Festival de Músicas del Mundo de Gibraltar 2017. Foto: Gemma Solés i Coll / Wiriko.

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS, gracias a una colaboración entre ambos medios. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Mahamadou Tounkara en el Talking Drum durante el concierto de Bassekou Kouyate en el Festival de Músicas del Mundo de Gibraltar 2017. Foto de Gemma Solés i Coll / Wiriko.

Otro enfoque para Mali

Existen otros disparos procedentes de Mali y su ángulo de visión abarca cinco décadas de prácticas culturales, políticas y sociales que han sido recogidas en un proyecto de conservación y acceso a la riqueza fotográfica de este país africano. Se trata del Archivo de Fotografía Maliense, un espacio ubicado en La Maison Africaine de la Photographie, en la Bibliothèque Nationale de Bamako, que además, ya está disponible también online.

Adama Kouyaté (Costa de Marfil, 1967) / vía Archive of Malian Photographie.-

La fotografía en Mali no es nada nuevo. Su introducción data de 1880, cuando los oficiales franceses introducen esta práctica que posteriormente continuarían administradores coloniales, misioneros y expatriados franceses hasta llegar a manos de los propios malienses, quienes tomarían el relevo para captar mediante imágenes la evolución de su territorio a partir de la década de 1940. Desde entonces, cuando aún era conocido como Sudán francés, este país se establece como un centro neurálgico de la fotografía en África. Una concepción que llega hasta nuestros días, en los que Mali constituye un nexo internacional de la fotografía a través de la Bienal africana de Fotografía Rencontres de Bamako, presente en la capital maliense desde 1994.

Y si bien el interés por conocer también estos disparos malienses se ha incrementado en las últimas décadas, el acceso a sus inicios fotográficos se ha caracterizado por ser mínimo, hasta el punto de que bien podía equipararse a un mapa del tesoro, con colecciones de fotógrafos desperdigadas en archivos privados que no permitían que vieran la luz y facilitan el estraperlo. Con este muro se encontró la profesora de Historia del arte africano y cultura visual de la Universidad de Michigan Candance Keller, cuando en el año 2002 comenzó su investigación sobre la práctica fotográfica de este país africano. Keller mantuvo encuentros con alrededor de 150 fotógrafos y sus familias. Todos tenían en común su preocupación por el deterioro de las imágenes y su inapropiada explotación.

Abdourahmane Sakali (Bamako, Mali. 1958) / Vía Archive or Malian Photographie.-

Así surge el Archivo de Fotografía Maliense, un proyecto para preservar y dar a conocer este patrimonio visual que lleva gestándose desde el año 2011. El primer paso fue comprobar qué archivos fotográficos eran aún susceptibles de recuperarse. Su almacenamiento en casas familiares en un clima tan duro como el de Mali los exponía al calor, el polvo y la humedad, lo que ha hecho que algunas colecciones no puedan ser recuperadas. De aquellas que sí podían salvarse, se optó por seleccionar las que reflejaran una visión histórica del país y la región a través de los cambios y continuidades de las prácticas culturales, la producción artística, las tendencias sociales y las realidades políticas de las ciudades de Bamako, Segu y Mopti, principalmente.

Mamadou Cissé (Kita, Mali. 1960) / vía Archive of Malian Photographie.-

De este modo, los objetivos de conservación y acceso han respondido a estos parámetros temáticos y al criterio de reconocimiento local e internacional de los trabajos fotográficos. Por ello, las imágenes iniciales del Archivo reflejan las miradas de Mali y de algunos países de la región a través de los ojos de Abdourahmane Sakaly (1926-1988), Mamadou Cissé (1930-2003), Tijani Sitou (1932-1999), Malick Sidibé (1936-2016) y Adama Kouyaté (1927). Sus hijos y los aprendices nombrados por sus familias han sido los encargados de las labores de limpieza y catalogación de los negativos para su posterior almacenamiento y digitalización.

Tijani Sitou (Mopti, Mali. 1978) / Vía Archive of Malian Photographie.-

Por el momento, se puede acceder vía online a alrededor de 28.000 fotos de estos

Malick Sidibé (Mali, 1985) / Vía Archive of Malian Photographie.-

autores, pero el objetivo del Archivo es alcanzar las 100.000 imágenes restauradas y escaneadas. Su directora, Candance Keller, y el gestor del proyecto en Bamako, Youssouf Sakaly (el hijo de Absourahmane Sakaly, nombrado anteriormente),  han declarado recientemente a Afrique in visu que ya están trabajando en una sexta colección, la del fotógrafo Félix Diallo, quien residió en el pequeño pueblo de Kita, al oeste del país, y se especializó sobre todo en retratos de personas que vivían en entornos rurales.

Con el apoyo del Programa de Archivos en Peligro de la Biblioteca Británica en una primera fase, y posteriormente de la Fundación Nacional para la Preservación, ahora el proyecto busca financiación para continuar su investigación fotográfica en otras zonas, como Tombuctú. Con su lanzamiento web, el Archivo de Fotografía Maliense difunde una imagen de Mali que no es mejor ni peor que la que suele mostrarse, simplemente contribuye a que no haya un solo enfoque, lo que permite que este país africano se contemple desde una visión más real.

Ballaké Sissoko: “La música ha puesto a Malí en el mapa”

BalakéŽ y Segal, por Claude Gassian.

Esto es sobre dos amigos. Y dos instrumentos. Ballaké Sissoko y Vincent Segal. La kora y el violonchelo. Y momentos que se enraízan en la piel y es difícil sacarse.

Tan sólo unos focos cenitales iluminan un escenario desnudo. Ballaké Sissoko acaricia la kora y Vincent Segal espera apenas un minuto y se une con el pizzicato antes de frotar el arco contra las cuerdas de su violonchelo. Suena Chamber Music. Es sublime. El silencio se escucha y ni la inoportuna tos se atreve a dar la nota. Ha comenzado un concierto en el que se repasa el repertorio de un proyecto donde Malí y Francia se dan la mano en una fusión delicada.

Sissoko y Segal son un dúo artístico necesario con una premisa sencilla. “Todo se basa en nuestra amistad. Al principio teníamos que comprendernos, que entendernos. Pasamos días juntos para que nuestros oídos se acostumbraran”, dice Sissoko a Wiriko en su última visita a Londres.

En el camerino contiguo, Segal saluda a los amigos que se han acercado a felicitarle tras el concierto en el Cadogan Hall, en el barrio de Chelsea. Afectuoso, el violonchelista francés se disculpa aunque atiende a este medio poco después para complementar las palabras de su compañero. Dos charlas que retratan un trabajo en el que la música fluye de manera natural y que “no surge si simplemente unes a un músico de kora y a un violonchelista. Podemos hacer cualquier cosa cuando conectamos. No hay egos. Tenemos que ser amigos y hay amor porque de otra forma no haríamos lo que hacemos”, explica Segal.

Y eso se nota en el escenario.

Ballaké Sissoko se enamoró del violonchelo en Grecia. Fue la primera vez que veía el instrumento y posteriormente coincidió con Segal. “Tras el directo de Vincent con Bumcello en Amiens, me acerqué y le dije que deberíamos hacer algo juntos”, rememora el virtuoso de la kora. El maliense apostó por una colaboración que se convertiría en un encuentro cultural entre la kora y el violonchelo y que se escenificó por primera vez en el país galo. “Tuve la oportunidad de organizar un festival en Lyon e invité a Vincent en lo que fue nuestro primer concierto. Y después fuimos a Gabón, a Malí…”, y así hasta que surgió la idea de realizar Chamber Music, el primer disco del dúo, que se publicó en 2009.

“Vicent fue a Malí y le dejé a que fuera a descubrir las distintas sonoridades de Bamako. Adaptó instrumentos como el balafón, el ngoni e incluso la kora al violonchelo y a partir de ahí comenzamos a desarrollar el proyecto”, recuerda Ballaké. “Me rodeé de sus amigos, Toumani Diabaté vive en su misma calle, y después de un tiempo me entró en la cabeza. Ahora es como tomar instantáneas de esos sonidos con mi violonchelo”, dice el francés de su inmersión en la música maliense.

Balaké y Segal, por Claude Gassian.

El resultado fue una apuesta hecha con el corazón sin otro objetivo que el de disfrutar juntos y en el que el griot tomó plena responsabilidad. “Yo pagué Chamber Music y luego lo vendí a la discográfica No Format. Fue un aprendizaje mientras que en el próximo disco ya sabíamos lo que hacíamos”.

Musique de Nuit, el segundo trabajo de este dúo, es una velada onírica. Un álbum hecho madrugada, con poca lumbre y en la terraza de la casa de Ballaké. Sorbiendo té y en compañía de varios amigos. “La grabación fue de noche ya que en Bamako a otra hora del día hace mucho calor y es muy ruidoso. A Ballaké le encanta tocar en casa y al aire libre. Tocamos por tocar sin ninguna pretensión de hacer un disco. No teníamos ningún plan pero probamos unos temas y al final salió”, rememora Segal.

En este trabajo los músicos nos acurrucan y nos desvelan. Nos atemorizan y nos dejan dormidos tras el embelesamiento de una unión única que se escenifica en temas como Passa Quatro. Una nueva colaboración que suman a sus trayectorias y que demuestran la expansión musical de los artistas. Ballaké Sissoko ya había participado en en disco de corte clásico al colaborar en 2003 con el pianista italiano Ludovico Einaudi. El resultado fue el magistral Diario Mali. “No se puede vivir con la kora guardada en una habitación. Hay que dar y recibir y esa es la principal razón por la que he realizado tantas colaboraciones con otros músicos”, explica el maliense. Uno de sus primeros trabajos fue junto a su amigo Toumani Diabaté. New Ancient Strings fue un homenaje a la generación de sus padres. A esos griot que conquistaron los oídos occidentales. “La música ha puesto a Malí en el mapa. Mi padre y el de Toumani Diabaté comenzaron el camino pero esto es una nueva vuelta de tuerca, una nueva reflexión”.

En esa búsqueda de nuevos sonoridades, el maliense supo que el violonchelo era una forma de innovación pero sin estridencias y conforme a su manera de ver la música. “Ballaké se expresa por sí mismo a través de la kora. Es un músico clásico al que no le gusta la idea de escribir sus composiciones. Las memoriza”, describe Segal.

El experimento transcultural cuajó. Sin protagonismos y con una sencillez que se plasma en las palabras de ambos músicos. La voluntad de tocar por disfrutar de lo que se hace. “Siempre soñé con algo así. Quería hacer algo en acústico porque la imagen que se tiene de África es principalmente de festejo. Este proyecto podría seguir para siempre ya que es alivio y amor”, concluye Sissoko.

Tinariwen: guitarras contra elefantes

Sesenta y tres, recordad su historia

la memoria de esos días pasados.

Mataron a nuestros padres,

a los recién nacidos

y a los rebaños.

Letra original en tamazigh

“Soixante trois”, Tinariwen

 

Ibrahim Ag Alhabib, fundador de Tinariwen / © Thomas Dorn

El año 1963 marcó de por vida a Ibrahim Ag Alhabib, fundador y carismático líder de Tinariwen, uno de los grupos africanos más influyentes y reconocidos. La primera rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1961-1964) estaba siendo sofocada de forma violenta y su padre fue ejecutado en Kidal por el ejército, acusado de estar vinculado a los rebeldes. Al conflicto le siguió una terrible sequía que condenó a miles de nómadas tuaregs a vivir como refugiados en Níger, Argelia y Libia, entre ellos a Ibrahim, que por aquel entonces era todavía un niño.

La vida de Ibrahim es también la historia de Tinariwen, y Tinariwen (plural de Ténéré, que significa ‘desierto’ en lengua tamazigh) es, a la vez, reflejo de la historia y la vida del pueblo tuareg: sus melodías y ritmos provienen de la música tradicional tuareg y otros estilos del oeste africano, sus letras hablan de la vida nómada, de la nostalgia del desierto y de las rebeliones, y dan un mensaje de esperanza a la vez que llaman a la resistencia.

En 1990 estalló la segunda rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1990-1994) e Ibrahim y otros miembros del grupo, que había sido formado años antes en el exilio, tomaron las armas para participar activamente en la revuelta. Cuando los acuerdos de paz fueron firmados, empezaron a utilizar la música para promover su causa y, desde entonces, ocho discos y varias giras internaciones les han llevado obtener un reconocimiento mundial por su trabajo y a ganar numerosos premios (entre ellos un Grammy en 2012).

Pero, por encima de todo, Tinariwen ha creado un estilo de música que ya se reconoce como propio del pueblo tuareg y que sirve para transmitir su mensaje. Siguiendo la mala costumbre occidental de etiquetarlo todo respecto a sus propios referentes, a su estilo se le ha llamado “rock del desierto” o “blues del desierto”, a pesar de que los miembros del grupo han declarado en numerosas ocasiones que nunca habían escuchado blues antes de empezar a hacer giras internacionales en 2001. Lo que sí es cierto es que Tinariwen ha plantado la semilla de un género que está en pleno auge y que cada vez más sirve al pueblo tuareg como altavoz: Tamikrest, Bombino o Imarhan son solo algunos ejemplos de ello.

El pasado mes de febrero, Tinariwen lanzó su nuevo álbum, Elwan, que ofreció en directo al mes siguiente al público de Barcelona en el marco del festival Blues i Ritmes, en su único concierto en España. Con las entradas agotadas y la platea entregada, la banda tuareg demostró que, después de más de tres décadas en activo, ha conseguido mantener su esencia a pesar de que sus integrantes vayan cambiando. Y es que no se trata de una banda de miembros fijos tal y como se entiende en Occidente, sino de un colectivo de cantantes, compositores y músicos que trabajan juntos, en distintas combinaciones, para grabar discos o hacer conciertos, a pesar de que algunos de ellos llevan en activo desde los inicios.

Tinariwen

Elwan significa “los elefantes” en tamazigh y no es más que otro reflejo de la situación actual que sufre el pueblo tuareg: la metáfora de grandes bestias que lo arrasan todo allá por donde pasan, en referencia a la lucha de intereses que hay en la región de Azawad. Desde que estalló la última rebelión tuareg en 2012, a la histórica disputa entre el Estado de Mali y el pueblo tuareg se han invitado el gobierno francés y algunos grupos vinculados a Al Qaeda del Magreb Islámico. En palabras de Eyadou Ag Leche, uno de los miembros del grupo, “Elwan habla de elefantes que lo destruyen todo a su paso. Es una metáfora sobre las grandes compañías, la corrupción de los políticos y los extremistas. El Sáhara está siendo ocupado por poderes cada vez más oscuros y nuestra gente y entorno llevan años sufriendo las consecuencias de este caos”.

La situación actual de la región queda perfectamente reflejada en el último clip del grupo, Ténéré Tàqqàl (“En qué se ha convertido el desierto”), un vídeo de animación en el que un camello que transporta instrumentos y amplificadores es perturbado por una gran bestia. En 2012, cuando la sharia fue instalada en el norte de Mali por el grupo Ansar Dine, vinculado a AQMI, la música fue prohibida y los miembros de la banda, que son todo un símbolo para los habitantes del Sáhara, fueron perseguidos. Uno de ellos, Abdallah Ag Lamida, llegó incluso a ser secuestrado mientras intentaba salvar sus guitarras. Semanas más tarde fue puesto en libertad.

A pesar de todas las dificultades que ha atravesado y atraviesa el pueblo tuareg, las inconfundibles guitarras de Tinariwen consiguen sonar por encima del caos para seguir transmitiendo el mensaje. En una entrevista para Noisey Vice, a uno de sus miembros, Eyadou Ag Leche, le proponían elegir entre tocar para su pueblo o tocar alrededor del mundo, teniendo siempre la nostalgia de su tierra: “Es una decisión muy difícil, pero elegiría tocar para el mundo porque es la forma de que el mundo conozca nuestra comunidad. Si nos quedamos en el desierto, nuestra música será olvidada y no servirá para nada”.