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Desvelando Angola y las migraciones

Kianda apenas era una niña cuando se produjo uno de los episodios más oscuros desde la independencia de Angola: una purga entre las autoridades que el 27 de mayo de 1977 acabó con la vida de un numero indeterminado de personas, entre ellos revolucionarios de pedigrí, algunos de los que realmente lucharon y construyeron la emancipación del país. El padre de Kianda fue uno de aquellos purgados.

Kianda apenas era una niña cuando llegó a Londres y tuvo que pelear contra su historia y contra sí misma. La niña probó el sabor del desarraigo y después la necesidad de construir su propia identidad en un entrono adverso. Ella eligió deshacerse de su africanidad para reducir las ocasiones en la que le hacían sentirse la otra, la distinta.

Kianda ya es mayor cuando empiezan a caerse los velos que su madre había puesto a su vida para protegerla. La mujer, una auténtica luchadora, en el lecho de muerte se decide a revelar a Kianda algunos de los secretos de sus orígenes que nunca había conocido.

Kianda ya es mayor cuando supera el vértigo de la incertidumbre para dar una última alegría a su madre enferma: regresar temporalmente a Angola. En el país en el que empezó todo, la muchacha, ya convertida en una adulta con una personalidad muy compleja, se enfrenta a la realidad, en parte al pasado, pero también al presente e, incluso, al futuro.

Kianda, como no podía ser de otra manera es la protagonista de El sueño eterno de Kianda, una novela publicada por Borja Monreal Gainza y que ha merecido el Premio de Novela Benito Pérez Armas. Más allá de ese reconocimiento, el trabajo de Monreal se ha ganado también la excepción de Wiriko que, habitualmente, no reseña los trabajos de autores españoles sobre el continente. Sin embargo, la novela de Borja Monreal, responde a las condiciones que impone el compromiso de Wiriko. El sueño eterno de Kianda no reproduce estereotipos reduccionistas sobre la realidad africana. Al contrario, se sumerge en un complejo acontecimiento histórico que la historia oficial ha obviado. La novela, tampoco utiliza el continente para relatar historias a más gloria del blanco salvador ni dibuja de manera zafia a los personas africanos. El sueño eterno de Kianda es pura historia y pura historia angoleña y sus personajes no son complejos, sino tremendamente complejos, pasa cuando un autor decide no hacer concesiones y se arriesga a dibujar la complejidad de la realidad, las contradicciones, las dudas, la parte fea de la vida, junto a los sueños, los anhelos y las esperanzas. De todo un poco y, sobre todo, mucha vida.

Borja Monreal durante la presentación de la novela galardonada con el premio Benito Pérez Armas. Foto: CajaCanarias

Monreal se plantea cuál es tema fundamental de la novela y lo más curioso es que no tiene respuesta, al menos, juega a no desvelarla. La historia fundamental es la de la construcción de Angola. O bien, la historia que sustenta este relato es la de Kianda, la de su búsqueda de la identidad, una historia de migraciones, diáspora y viajes de ida y vuelta, de desarraigo y de regreso al origen. Seguramente, la novela se apoya sobre los dos pilares y por eso es mucho más sólida que si lo hiciese sobre uno sólo.

De la misma manera, el autor ha construido su narración sobre horas de entrevistas y ha conseguido que algunos angoleños se asombre por el hecho de que el autor no sea uno de sus compatriotas. Este periodista, curtido en los caminos del continente negro, de la mano de la cooperación y el desarrollo reconoce que no escribe con vocación estética sino para remover conciencias. En El sueño eterno de Kianda el resultado es un relato que se sostiene por sí mismo y en el que el autor incluso se permite el lujo de establecer su propio hilo temporal, viaja de una manera aparentemente desorganizada entre 1961 y 2012, pasando por 1965, 1974 o 1977. Va y viene, una y otra vez, sin miramientos por el lector que sólo necesita un poco de fe para darse cuenta de que los saltos guardan una lógica precisa para perfilar cuidadosamente media docena de personajes fundamentales. Y en cuanto a su voluntad, en este caso se trata de ponerse en la piel del otro, de entender al migrante, al habitante de la diáspora, al que trata, por supervivencia, de reconstruirse.

Borja Monreal intenta que el lector se acerque a Angola y los angoleños y pretende a partir de ese episodio poner de manifiesto una constante de las historias de muchos países africanos, pero también del norte global, el carácter efímero de la utopía: lo poco que duran las ilusiones.

La revolución de los pueblos (negros) llega a Nueva York

Película Ṣoju, del director Oluwaseun Babalola. Una coproducción entre EEUU, Botsuana, Nigeria y Sierra Leona

“Es un momento histórico y político que apremia una reflexión pausada y este festival trata de poner las comas”, nos explicaba Beatriz Leal hace unas semanas en Madrid. Leal es la programadora del Africa Film Festival (AFF) de Nueva York, esa ciudad que se le escapa a cualquiera –por inabarcable– y que la convertirá por 24ª vez, en un escaparate de los rasgos narrativos más recientes del África y su diáspora a través de documentales, películas clásicas y contemporáneas.

El AFF vuelve en mayo (del 3 al 29) para poner en marcha su celebración de un mes de cines africanos con un programa cuidadosamente seleccionado con más de 60 títulos y más de 25 países representados. Una pausa en la ciudad que nunca duerme es un reto; una urbe que se despereza cada día con excentricidad y que se multiplica entre el aturdimiento, la prisa y también con las declaraciones del presidente Trump que enfoscan un sinsentido hacia la comunidad inmigrante que reside en los Estados Unidos. Por este motivo la propuesta de AFF es acercar trabajos cinematográficos que reflejen el arte por el arte, los adelantos tecnológicos en las principales capitales africanas o la interacción urbana diaria donde las ideas de cultura, identidad y transformación guiarán el futuro.

Película Uprize!, del director sudafricano Sifiso Khanyile.

El lema de este año es “La revolución del pueblo” y sin ocultar las verdaderas intenciones de este festival llamarán a una desobediencia figurada. ¿Por qué? Pues porque la era de los combatientes por la libertad y las revoluciones sociales parece lejana, pero sus herederos son muchos en un siglo en el que el respeto por los derechos humanos y el deber cívico, la preocupación ecológica, la interconexión tecnológica y el comportamiento ético encuentran un puerto en las artes donde tanto hombres como mujeres tratan de liberarse de las preconcepciones históricas y de las restricciones económicas y sociopolíticas actuales.

Como explica Leal: “los cines africanos nacieron en la agitación de las luchas por la liberación en todo el continente, en una red de conexiones mundiales y disputas políticas. El deseo de recuperar las imágenes robadas y encontrar sus propias voces ha sido un lema para los cineastas y artistas africanos desde los años 60”. Y es cuando la cita de Frantz Fanon se hace presente: “Cada generación debe, a partir de la relativa oscuridad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”. De manera que desde el AFF se ofrecerán narrativas con la intención de subvertir, pero también, de sorprender a las expectativas de la audiencia.

 

Pasen y vean

El estreno en Estados Unidos de la galardonada película sudafricana Vaya, de Akin Omotoso, abrirá la 24ª edición de AFF narrando la historia de tres extraños que llegan a Johannesburgo, una ciudad que se muestra dura y emocionante desde una perspectiva inusual. Kalushi, que se presentó en el Film Africa de Londres y de la que ya hablamos y Noem my skollie demuestran la vitalidad del thriller sudafricano con dos verdaderos relatos de resiliencia y heroísmo en el apartheid de Sudáfrica, mientras que el documental Uprize! Utiliza una protesta pacífica de estudiantes violentamente reprimida. En el caso de la película Noem my skollie fue la apuesta sudafricana a la mejor película en los últimos Oscar, una clara sucesora de trabajos como Yesterday (2004) o Totsi, la ganadora en 2005.

El humor será el principal ingrediente de dos de las películas programadas: la nigeriana Green white green de Abba T. Makama, una destornillante sátira social sobre lo que significa ser nigeriano en la actualidad; y la tunecina Zizou, la nueva apuesta de Férid Boughedir, uno de los críticos y directores de cine más importantes, no solo de Túnez, sino de África, quien sentenció hace unos años que “siempre me he opuesto con vehemencia a la globalización, que es una forma real de racismo implícito que también puede detectarse en la labor de los europeos que analizan el cine negro africano”.

Desde Etiopía llega la que será una de las joyas del festival y que tendrá su estreno mundial en Nueva York. Se trata de Ewir Amora Kelabi una película basada en el viaje épico y real por el que sufrió el director Zekarias Mesfin, que a los 14 años de edad se quedó huérfano. Eritrea, Sudán Israel o Egipto son algunos de los países por los que tendrá que pasar Mesfin antes de llegar al final del camino.

Otras películas que mantendrán el lema del festival presente son el documental Footprints of Pan-Africanism que aborda las relaciones entre los intelectuales de África y su diáspora en los movimientos de liberación negra desde la década de los años 50 con el ghaniano Kwame Nkrumah en el centro del film; o el trabajo del senegalés William Mbaye, Kemtiyu, del que hablamos en Wiriko, que aportará una pieza clave en la historiografía de uno de los pioneros en descolonizar la propia historia africana más importantes que ha dado el continente y que permanecen en el olvido de forma interesada: Cheikh Anta Diop.

Con la intención de apuntalar los puentes con la diáspora “imprescindible entender qué se hace en El Caribe, por ejemplo, si se quiere estudiar a los cines africanos”, como recuerda Leal, dos largometrajes se presentan: Play the Devil, que llega desde Trinidad, y Ayiti mon Amour, una reflexión lírica sobre la vida después del terremoto de Haití.

Hay muchas más películas seleccionadas, pero para no perderos detalle, os recomendamos daros una vuelta por la propia página del festival. La fuente de píxeles de Times Square competirá durante un mes con las imágenes menos mercantilizadas y divulgadas de los cines africanos, en una ciudad, Nueva York, que se fundirá a negro-cine. A negro-vida. A negro-respuestas. A negro… ¡acción!

La Revolución no será televisada: obra maestra de la cultura urbana

La sexta edición del consolidado Film Africa sigue incrementando el tránsito de los cinéfilos que acuden a esta cita anual. Las redes sociales participan del ruido cultural del festival, con intentos de reventas o restituciones de las disputadas entradas para cada una de las películas, pues la gran mayoría se agotan un par de días antes de la proyección. Uno de los títulos más esperados es The Revolution won’t be televised (La Revolución no será televisada), de la directora mauritano-senegalesa Rama Thiaw. El documental ha marcado historia en el mundo del cine tras ser la primera película con un 80 por ciento de producción senegalesa seleccionada y galardonada en el prestigioso festival de cine internacional de Berlín, la Berlinale.

914c5ee6c5ec62067db9091470238cecDesde entonces, la película circula por numerosos festivales, tanto en Senegal como en otros países africanos, europeos y americanos. Si este hecho no fuera bastante para generar expectación entre el público londinense, Film Africa añadía no solo la invitación a la directora, para presentar y debatir sobre la película tras la proyección, sino también, un concierto gratuito del grupo de rap senegalés que protagoniza la película, Keur Gi, en el ático del cine, The Ritzy, en pleno corazón del barrio de Brixton.

Si ya en Wiriko contábamos la paradójica situación actual de este Reino (des)Unido desde la votación del Brexit, en la crítica de A United Kingdom (Amma Asante, 2016, Reino Unido), en este caso, los perjudicados han sido los artistas del grupo de rap Keur Gi, a quienes las fronteras de Reino Unido han cerrado sus puertas, denegándoles el visado, por cambios de los requisitos provocados por la salida del país británico de la Unión Europea. “Es la primera vez en la historia de Film Africa que se deniegan visados, y el caso de los raperos de Keur Gi no ha sido aislado”, informan los organizadores del festival, de la Royal African Society.

(Foto: Iván González. Web: www.ivangonzalez.co.uk)

El documental se sitúa a principios de 2012, cuando la sociedad senegalesa, protagonizada por los raperos del grupo Keur Gi, Thiat y Kilifeu, se movilizó de manera masiva, saliendo pacíficamente a las calles para reclamar la invalidación de la candidatura de Abdoulaye Wade, quien llevaba en el gobierno 12 años (2000-2012), y que sería derrotado por la oposición Macky Sall (2012-presente). Justo este año, el actual presidente de la república senegalesa lanzaba un referéndum de proyecto de reforma constitucional para acortar el mandato de siete a cinco años, que podrá aplicarse desde la próxima presidencia, según lo indica la constitución senegalesa – y lo cual dio lugar también a mucha polémica entre el colectivo de Y’en A Marre, como muestra la canción “Non au référendum”, y otros raperos de referencia, como Xuman y Keyti, del Journal Télévisé Rappé.

El título del documental de Rama Thiaw está inspirado en la canción de los setenta de Gil Scott-Heron, miembro del movimiento americano marxista The Black Panthers: “Cuando escuché la canción The Revolution won’t be televised encontré un eco entre nuestra revolución y la que sucedió en los setenta en Estados Unidos”, apuntaba la directora. “Los medios no cubrían correctamente nuestra revolución. Hablaban simplemente de algunos raperos que estaban haciendo ruido. Eso es porque todavía estamos colonizados. Al gobierno francés no le convenía tener una ‘primavera negra’ porque ya tenían una ‘primavera árabe’”. Eso fue lo que motivó a la directora a filmar la revolución no televisada, acompañando el día a día de la revolución, las manifestaciones en las calles, en plena plaza del Obelisco de Dakar o de la Independencia, en las distintas regiones senegalesas donde se hizo una campaña de sensibilización para salir a votar la oposición de Wade, en espacios de discursos y representación con una música cargada de compromiso político, o en la casa donde se reunían los miembros del colectivo “Y’en A Marre” protagonista de la revolución, y liderado por los raperos de Keur Gi, Thiat, Kilifeu y el DJ Gadiaga, quienes, según declara Thiat en la película, encuentran que el mayor reto como artistas es aportar lo mismo que les ha dado a conocer como activistas.

Estos planos de documental observacional, interactivo, con una posición interna clave para contar la historia, en el día a día de la revolución, desde el acompañamiento de los raperos de Keur Gi, muestran una posición clave de la realizadora –quien ha logrado completar el film tras seis años de producción, con su propia compañía Boul Fale Images– para adentrarse en la revolución de un país tan pacífico “donde ver un arma sería tan raro como ver un dólar cayendo del cielo”, decía Thiaw. Según la directora, esa es la revolución, el día a día, lo que sucede entre bambalinas: “Una revolución no es lo que te muestra la televisión. Dura mucho tiempo. Es un largo viaje”. Otro de los retos era el lograr contar este momento histórico a través de una coherencia entre el fondo y la forma, ya que la directora considera que las diferencias entre cine de ficción y cine documental no están tan marcadas como se cree: “Para mí el colocar la cámara en un determinado ángulo es un acto político, yo no creo en la objetividad, y era muy importante cuidar la calidad técnica. Pasamos mucho tiempo calibrando las cámaras para conseguir por ejemplo una luz apropiada para filmar a negros, porque las cámaras están diseñadas para filmar a blancos”.

El resultado es una pieza donde sucesos reales se entremezclan con momentos de back-stage con los artistas, actuaciones de los raperos, paradas por distintas regiones senegalesas donde estos hablaban con los vecinos y les animaban a salir a votar por el cambio, entrevistas a los raperos por televisión con una edición multipantalla, editados rítmicamente, imágenes de videoclips de los raperos, primeros planos en plena oscuridad con una luz lateral en la que no solo hablan los raperos de manera individual, sino la poetisa y realizadora Khady Sylla –quien falleció en 2013 y a quien Rama Thiaw dedica su film–. El resultado es una obra maestra de la cultura urbana, en el que la narrativa audiovisual está compuesta por una armoniosa sintonía entre la estética del lenguaje de la cultura urbana y el fondo del contenido político de la revolución, con una cuidada edición sonora donde los testimonios, la lectura de la carta de Khady Sylla y los sonidos directos, se entremezclan con canciones de rap de la carga política de la movilización social.

Como realizadora, Rama Thiaw confiesa tener que enfrentarse a preguntas sobre género que la clasifican como mujer antes que como cineasta: “Cuando cojo una cámara, no pienso en si soy hombre o mujer. En un festival sobre mujeres me preguntaron que por qué en mi película sobre la lucha no salían mujeres, algo en lo que yo ni había caído. Es como si por ser mujer estuviéramos obligadas a filmar a mujeres. Y en realidad sí había mujeres en la multitud, como en esta película, donde están en primera línea de la revolución, pero es como si parecieran invisibles. Yo creo que antes que nada somos seres humanos y que para ser iguales tenemos que ser diferentes. Eso sí, como mujeres, tenemos que conquistar el espacio público. Algunas mujeres no querían ser filmadas o hablar ante la cámara, pero ellas también hicieron la revolución, como yo, detrás de las cámaras”.

A pesar del mal sabor de boca que había dejado el anuncio de la denegación de visados a los raperos, el festival logró complacer a su público con el concierto de uno de los koristas senegaleses con base en Reino Unido más destacados, Kadialy Kouyate. El músico, del sur de Senegal, está a punto de lanzar su último álbum, “Na Kitabo” (en mandinka, “mi libro”), y ha tocado en numerosos festivales y salas de prestigio por todo el mundo, tanto como solista como en colaboración con números artistas de distintos países. En un ático del histórico cine de Brixton, The Ritzy, tanto él como su banda, Kadialy Kouyate and Sound Archive, mostraron un absoluto dominio de la escena ofreciendo al público un espectáculo de gran energía y riqueza sonora.

Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko como medio oficial del Film Africa está ofreciendo a la audiencia en español.

Fonko: La nueva África a través de su música urbana

wanlov

El documental Fonko, que comenzó con un proyecto materializado en una serie de seis capítulos en 2014, ha terminado condensando en 86 minutos de sobredosis de decibelios, agitación corporal, reivindicación política y en un escaparate perfecto para voltear la mirada hacia el continente africano donde existe, desde hace varios años, una escena musical contemporánea llena de vitalidad. Fonko, que en idioma wolof hace referencia a “cuidar del prójimo”, a construir algo entre todos, explora el África del siglo XXI a través de su música urbana y de las revoluciones musicales que han tenido lugar en los géneros del kuduro, coupé-décalé, ndombolo, azonto, afrobeat, hiplife o el house sudafricano. Para este recorrido cuenta con destacados músicos como la leyenda senegalesa Youssou N’Dour, el sudafricano Hugh Masekela, la artista nigeriana-alemana Nneka, el artista ghanés-rumano Wanlov, o la rapera senegalesa Sister Fa.

Producida por Tobias Janson, y dirigida por los suecos Goran Olsson, Daniel Jadama y Lars Loven, este equipo recorrió durante tres años las principales capitales africanas para producir este documental en el que han contado con la colaboración en la voz narrativa de la rapera y compositora sueca Neneh Cherry (en 1994 cantó junto a Youssou N’Dour el éxito Seven Seconds y, en 2007 nuevamente formó un dueto con la estrella senegalesa para interpretar Wake up Africa). Como afirma Cherry: “La música africana ha influido desde hace décadas en lo que ahora llamamos la música moderna sin ningún tipo de reconocimiento. Ahora, las circunstancias han cambiado porque hay toda una generación de jóvenes músicos que están dispuestos a comerse el mundo y reclamar sus derechos con plena legitimidad”. Para los que se encuentren en Barcelona, podrán disfrutar de este documental el próximo sábado 29 de octubre y martes 1 de noviembre en el marco del Festival In-Edit.

Según matizaba en una entrevista reciente Lars Loven su acercamiento a las músicas africanas comenzó con la música negra. “Personalmente solía ser DJ y ponía mucho soul de Estados Unidos. Cuando empecé a buscar nuevos etilos musicales encontré las músicas de los 60 y los 70 de Nigeria y Ghana y ahí comenzó mi interés. Al principio fue el amor a la música pero después comencé a ver los contextos detrás de esta”. Fonko, además mantiene una constante bajo los pensamientos y frases del gran y único Fela Kuti.

Algunas paradas del viaje

Sudáfrica y Nigeria son dos países con un pasado turbulento que constituyen hoy en día las grandes potencias económicas y culturales de África. Sudáfrica es el hogar de estilos como el kwaito, el house o el shangaan electro. Nigeria, por su parte, es un país de extremos con  una abultada brecha de ingresos, corrupción arraigada y conflictos con una base religiosa importante. Es aquí donde se puede encontrar lo más comercial del continente, pero también una música de protesta feroz, como la del mencionado Fela Kuti, uno de los cantantes reivindicativos más influtentes de todos los tiempos.

África occidental francófona no solo está unida por el idioma francés y una moneda común, sino también por las tradiciones y las lenguas de los vastos imperios que dominaron la región mucho antes de que llegara el colonialismo. Dakar es el centro incomparable de la escena hip hop en el África occidental. Surgida de Costa de Marfil con influencias parisinas, el coupé-décalé se ha convertido en una gran influencia en todo el África occidental. En Burkina Faso, el nombre y discursos del ex líder icónico, Thomas Sankara es utilizado por los músicos para protestar contra las injusticias y la corrupción. Y en Benín, los veteranos de la Orchestre Polyrytmo dan un fondo histórico de la escena musical de hoy.

Ghana y Angola son dos de las economías de más rápido crecimiento en el mundo, así como dos países en medio de una revolución musical. Angola todavía está tratando de llegar a una paz espiritual y física con las tres décadas de guerra civil que atormentaron el país. Mientras tanto el kuduro (culo duro), lo que podría ser descrito como el tecno extravagante del gueto, ha surgido de los barrios pobres para convertirse en el mayor activo cultural del país. Ghana, por su parte, tiene una tradición totalmente diferente de la educación y la democracia. Sus músicos no tienen que luchar por la libertad de expresión y, por lo tanto, centrarse en lujos artísticos como la ironía y el pastiche. Esta libertad se utiliza, no solo para desafiar a los sentimientos religiosos y tradicionales, sino también, para crear nuevos estilos como el azonto.

En las trincheras de la cultura, ¡Wiriko resiste!

Hoy iniciamos nuestra 5ª temporada, a pocos días de que se cumpla el cuarto aniversario del nacimiento del primer magacín dedicado a la difusión de la actualidad artística y cultural del sur del Sáhara en castellano. Nacimos en plena crisis, en medio de una ruina cultural que flagelaba (y sigue castigando) a toda una generación de gente joven, con formación, aspiraciones y pasaportes en mano. No llegábamos a fin de mes. Algunos de nosotros, ni siquiera al fin de semana. Y mucha gente nos tachó de locos. “¿Cómo vais a sostener un magacín sobre culturas africanas cuando el sector periodístico se ha visto reducido a cenizas y a nadie le interesa África?”.

Post-adetiba

Bien. Somos esos nadie (y nos encanta). Como tantos otros miles de nadies del mundo, representando hoy a minorías ruidosas atrincheradas en zanjas de tesón. La emprendeduría se ha convertido en nuestra única alternativa en tiempos de crisis, aunque a pesar de la valentía necesaria para llevarla a cabo, el 82% de las y los emprendedores españoles fracasen antes de los cuatro años. Así que podemos estar contentos, eufóricos incluso, porque hemos sobrepasado la barrera del “fracaso”. Pero desengañemonos, a pesar de ser una generación creativa y perseverante, nos han tocado unos gobiernos que no merecemos y un mundo dominado por perversas lógicas capitalistas del que es muy difícil escapar. Y eso que empezamos sabiendo de sobras que las trincheras, nunca han sido un camino de rosas.

El arte y la cultura han caído en las garras del consumismo, se han diluído en eslóganes diseñados por élites que promueven lo cool y lo chic con el único objetivo de generar más riqueza para sí mismos. La función crítica, emancipadora, capaz de romper tabúes y cuestionar los poderes establecidos que lleva implícito el arte, ha sido secuestrada por esa “sociedad del espectáculo”, esa industria del entretenimiento auspiciada por los grandes círculos que dominan el mercado. Las grandes instituciones, museos, teatros y auditorios, subvencionados con fondos públicos y situados en flamantes capitales “globales”, las grandes fundaciones, marcas y revistas “especializadas”, son una buena prueba de ello. Ese gran entramado del sistema capitalista ahoga las posibilidades de transformación social de las personas y de las pequeñas organizaciones aparcando la filosofía colaborativa y de apoyo mutuo propia del concepto Ubuntu, y en detrimento de éstas y su esfuerzo. Pero nunca las minorías han tenido tanto poder. Y si el mundo tradicional y conocido del periodismo se desmorona, se multiplican las nuevas formas de informar y transmitir conocimientos. Y allí nos encontramos con todas vosotras, creciendo día a día y generando cambios sustanciales.

Wiriko, un magacín con vocación de agitador cultural

Retomemos ese “a nadie le interesa África”. A finales de 2012, cuando este magacín empezó su andadura, el panorama africanista en España estaba relegado al ámbito académico. Ámbito subido a una nube casi siempre reservada a “iniciados” y hacía falta una larga escalera para llegara sus contenidos. Cuatro años más tarde, África no solamente despierta un interés creciente en España sino que se han multiplicado las asociaciones, blogs y personas con interés hacia el sur del Sáhara. No hablamos de oenegés y fundaciones, o activistas, blogueros y periodistas, que llevan décadas denunciando situaciones de vulneración de los derechos humanos y que son socios imprescindibles cuando hablamos de divulgar sobre el continente. Hablamos de personas como nosotros y nosotras, nadies, ninguneadas y sin apoyos institucionales o gubernamentales que se han dado cuenta de que ES LA HORA DE SACUDIR CONCIENCIAS Y ROMPER FRONTERAS desde otras esferas, las de los lenguajes del arte y las culturas.

Como sujeto activo, Wiriko no se implica divulgando desde una silla en un despacho en Europa sino que, de trinchera a trinchera, trazamos alianzas y le damos un sentido verdadero a la cooperación cultural con África y con organizaciones afines. Por eso arrancamos la pasada temporada con el apoyo del colectivo de artivistas kenianos Pawa254. Trazar puentes reales con periodistas, artistas, activistas y demás agitadores culturales africanos no solamente nos ha hecho comprender mejor las realidades de las que Wiriko informa sino empatizar e implicarnos con las luchas actuales de los emprendedores culturales de África. Y evidentemente, reafirmarnos en que “no hay un ellos y un nosotros” porque sufrimos de los mismos males y luchamos contra los mismos demonios. Por eso, Wiriko no solamente informa sino que está 100% comprometido con los movimientos, artistas, iniciativas y colectivos a los que divulga y de los que aprende. Como dicen en kisuajili, “Tuko Pamoja”, estamos juntos.

La cooperación cultural con el continente y con todo agente interesado en las realidades culturales africanas es esencial si no queremos ejercer de voceros ventrílocuos y convertirnos en simples intérpretes de una realidad “ajena”. Por no hablar de la estéril misión de ignorancia mutua entre grupos con intereses supuestamente comunes más atraídos por la publicidad de sus propias marcas y mercancías que por el objetivo compartido de hacer más presente África entre nuestros semejantes.

Somos nadies con indiscutible capacidad de transformación e innegables posibilidades de impacto en nuestro entorno inmediato. El equipo que formamos Wiriko damos el pistoletazo de salida de nuestra 5ª temporada con más convencimiento que nunca de que hay un camino fértil y renovador por recorrer más allá de la trinchera en la que estamos sumergidos. Saliendo a flote con fórmulas autogestionadas, inconformes y colaboraciones estrechas que posibiliten el éxito de nuestro objetivo, queremos mostrar nuestra intención de resistir junto a la rebeldía de la cultura de las bases, que se va filtrando poco a poco en las esferas más cotidianas de nuestra sociedad. Desde la desobediencia y el pulso a aquellos que quieren que seamos masa consumista del arte por el arte. Arrancamos de nuevo. 3, 2, 1… ¡fuego!

TW-Adetiba

 

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El Toronto más africano de los últimos años

tiffCuarenta años de sembrar la dicha de que por muchos críticos de cine y revistas especializadas, el que sigue mandando en las taquillas es el espectador, impasible y alerta únicamente a su bolsillo y su tiempo. Bajo esta afirmación siempre tendríamos que matizar que el marketing publicitario también sigue actuando como metadona. Y que tanto posibles compradores de una entrada de cine, como los anuncios, tráileres, redes sociales y boca a boca van de la mano en una simbiosis casi perfecta.

Y así nació el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF): el público elige a la mejor película y al mejor documental. Aunque por azarosos tiras y aflojas de la industria no siempre estos ganadores estarán en las pugnas de la Berlinale, Oscar, Venencia o Sundance.

El jueves arrancará la cuarenta edición del TIFF (del 10 al 20 de septiembre) con el último trabajo del canadiense Jean-Marc Vallée Demolition. Cuatro décadas de cine internacional en Canadá que debería cubrirse de gloria por celebrar un aniversario redondo y enmendar el petit error de ser el único festival del año pasado que no programó Birdman (2014), la película de Alejandro González Iñárritu que terminaría haciéndose con 4 Oscar: mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor fotografía con la sutileza del también mexicano Emmanuel Lubezki, el Chivo –no dejen de seguirle la pista a Lubezki–.

Fotograma de The endless river, dirigida por Oliver Hermanus.

Fotograma de The endless river, dirigida por Oliver Hermanus.

Precisamente, el año pasado, Sudán del Sur ganaba su primer premio en un festival de cine por el mejor documental de Hajooj Kuka Beats of the Antonov al que Wiriko pudo entrevistar en abril durante el Festival de Cine Africano de Córdoba. En este 2015, un total de 9 cintas llegan desde el continente para mostrar esa África que, sobre todo en el cine, queda relegada a festivales especializados. Toronto apuesta más y más por mirar hacia un continente con 55 países (¡incluyendo la República Saharaui!) con un dinamismo necesario de poner en alza. Una edición en la que Sudáfrica se sitúa a la cabeza aunque no es la primera vez: en 2013 se presentaban Mandela: Long Walk to Freedom, Of Good Report y iNumber Number, en 2014 Impunity fue la única película sudafricana seleccionada y para el 2015… Un total de cuatro trabajos desde la “Nación del arcoíris”.

 

Sección largometrajes

En la categoría de largometrajes, se espera el nuevo trabajo del sudafricano Oliver Hermanus con The endless river. En el 2011 ya fue aclamado en Cannes por su retrato sobre la homosexualidad en la Sudáfrica contemporánea con Beauty (Skoonheid) y con su tercer largometraje The endless river (título que, curiosamente también, da nombre al decimoquinto último álbum de Pink Floid) muestra un drama con ingredientes de delincuencia, sexo, venganza y redención.

Cuckold (Cornudo), es otra de las apuestas que llegan desde Sudáfrica por el actor y director Charlie Vundla en el que es su segundo largometraje (How to steel 2 million). La historia cuenta como Smanga (el propio Vundla), un académico prometedor, pone en riesgo su carrera universitaria al verse envuelto en un ménage à trois muy extraño después de ser abandonado por su esposa. Vundla dará un nuevo giro al género del drama utilizándolo como una herramienta para la disección de la agitación emocional de un hombre y también como un medio para desacreditar los falsos derechos de chovinismo.

Fotograma de Price of love, de la directora etíope Hermon Hailay.

Fotograma de Price of love, de la directora etíope Hermon Hailay.

Desde Etiopía llegan también dos dramas que darán mucho que hablar. Uno de ellos es Lamb, de Yared Zeleke, el primer film que representó al país en el festival de Venecia el mayo pasado, y Price of love, de la directora Hermon Hailay, quien acumula ya algunos festivales importantes entre ellos el del FESPACO 2015.

Lamb, retrata un drama conmovedor semi autobiográfico de Zeleke en el que un niño etíope de 9 años arriesga todo para salvar a su único amigo, un cordero al que tiene por mascota. Con un majestuoso telón de fondo de las montañas del sur de Etiopía, Lamb es una historia en el que se apela a la responsabilidad como pauta que marcará el destino individual de las personas.

En la película Price of love, se cuenta la historia de un taxista y una hermosa joven prostituta que se enamoran mientras luchan por sobrevivir en las calles de Addis Abeba, la capital de Etiopía. La directora, Hailay se crió en un barrio donde la prostitución era común, y con esta película se dispuso a contar las historias de la gente que conocía: “hermosas mujeres jóvenes, madres, hermanas y amigas”, como ella las describe. Actualmente Hermon Hailay es una de las principales directoras etíopes con varias películas críticamente y comercialmente exitosas: Baleguru (2012) o Yaltasbrew (2013).

También dos obras llegan desde el norte de África. La primera es Let them come una notable adaptación de la novela de Arezki Mellal, en el que una familia debe defenderse a sí mismo en medio de la embestida de la violencia entre las fuerzas gubernamentales y los islamistas radicales en la Argelia de 1980. Es la primera película narrativa del documentalista Salem Brahimi en una hazaña de hacer cine a cargo de la experiencia vivida.

Este drama inquietante tiene su origen más de dos décadas después de que Argelia tuviera su independencia de la metrópolis francesa, cuando los signos del desencanto amargo y el colapso social que se aproximaban eran demasiado alarmantes para ser ignorados. El disenso más organizado y desafiante provino de los movimientos islamistas conservadores cuyos elementos radicales habían sido adoctrinados por los talibanes de Afganistán. Pronto las tensiones derivaron en un conflicto que duró casi una década, conocido por los argelinos como los “años del terrorismo”.

La otra que obra del Magreb es As I open my eyes (Túnez), el primer largometraje de la directora Leyla Bouzid, y se enmarca en la víspera de la Revolución de los Jazmines. La historia sigue los pasos de una banda underground y muestra a la juventud tunecina con su desencanto, el miedo, la creatividad, la rebelión contra la dictadura, el rechazo del conservadurismo y el coraje de perseguir sus deseos. Detrás de la cámara y talento de Bouzid el elenco se complementa con la música del iraquí Khyam Állami y las contundentes letras de Ghassen Amami.

 

Sección documental

En la sección de documentales sin duda, una de las estrellas será el trabajo de la siempre activista egipcia-francesa Jihan El-Tahri. Su último documental en el 2009 fue Behind the Rainbow en el que exploraba la transición del Congreso Nacional Africano (ANC). Pero antes ya deslumbró a más de un historiador africanista por su excelente composición en Cuba, una odisea africana (2007), en el que analizaba los vínculos de la revolución cubana con las luchas emancipadoras que tuvieron lugar después de los años de las independencias en África y, sobre todo, en el apoyo a los movimientos revolucionarios contra las colonias dirigidas por la metrópoli portuguesa. En el 2000 realizó L’ Afrique en Morceaux (África despedazada) un documental sobre las intrigas, traiciones y venganzas que se sucedieron en el genocidio de Ruanda en abril de 1994.

En Toronto presentará Nasser, la historia de Gamal Abdel Nasser, el oficial del ejército revolucionario cuya década de reinado como presidente de Egipto desafió a Occidente durante la crisis de Suez en 1956 y quien fuera el co-fundador del Movimiento internacional de los Países No Alineados (MPNA). Su legado complicado, suele pasarse por alto en Occidente pero es vital para entender el moderno Medio Oriente. Un documental que ha estado varios años en la nevera de la preparación y que llega en un momento oportuno ya que la región se enfrenta a nuevos levantamientos.

Sección cortometrajes

Dos cortometrajes sudafricanos cerrarán un menú que cada año tiene más carácter africano. The Call de Zamo Mkhwanazi y Yolo que a pesar de no ser dirigida por un sudafricano, Ben Rusell, está realizada en colaboración con el colectivo de Soweto Eat my Dust Youth Collective.

Fotograma del documental Nasser, de la directora egipcia-francesa Jihan El-Tahri.

Fotograma del documental Nasser, de la directora egipcia-francesa Jihan El-Tahri.

 

Hip Hop & Reggae unidos por la revolución: LE BALAI CITOYEN

Aula Wiriko

El poder para el Pueblo. Imagen de Raquel Okakene.

El poder para el Pueblo. Imagen de Raquel Okakene.

2ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Raquel Okakene: 

En una mano un micro y en la otra una escoba. Son músicos. Uno hace Hip-hop y el otro Reggae. En Julio de 2013 Smockey y Sams´K Le Jah le dan el nombre de Le Balai Citoyen (La escoba ciudadana) a un movimiento popular que, siguiendo los pasos de Y´en a Marre en Senegal, ha hecho limpieza en las instituciones de Burkina Faso.

Smockey declaraba en 2013 “Estamos formalmente en contra de la modificación del Art. 37 y en contra de la creación del Senado” y Sams´K le Jah puntualizaba “Se trata de invitar a cada ciudadano burkinabés a reconsiderar su rol dentro de la sociedad […] porque tenemos la profunda convicción de que otra Burkina es posible”.

Estas medidas a las que se refieren pretendían modificar la ley para perpetuar a Blaise Campaoré en la presidencia de Burkina Faso después de 27 años en el poder. El día que debían aprobarse en Octubre de 2014 más de un millón de personas se unieron a Le Balai Citoyen y salieron a la calle para acabar expulsando al presidente corrupto del país, que dimitió y huyó.

Smockey y Smas´K le Jah nacieron en 1971 y vivieron en su adolescencia los cuatro años como presidente del panafricanista Thomas Sankara que llevó a cabo profundas reformas, políticas, económicas y sociales además de proponer el impago de la deuda externa. El Sankarismo se convirtió en el máximo referente político del continente africano. Pero fue demasiado para Francia que no podía consentir esta actitud en su antigua colonia y urdió la trama que acabó con la vida de Sankara, aupando manteniendo a Campaoré en el poder.

Este asesinato y la sangrienta represión posterior marcó a toda una generación que durante tres décadas no ha dejado de estampar la imagen del “Che africano” en camisetas y pegatinas. Su espíritu ha inspirado a artistas y activistas y es sin duda el motor de este movimiento popular.

Le Balai Citoyen, con sus escobas, manifestándose de forma simbólica en medio de la calle, durante las protestas de 2014.

Le Balai Citoyen, con sus escobas, manifestándose de forma simbólica en medio de la calle, durante las protestas de 2014. Imagen del periódico Burkina24h.

Serge Bambara (aka Smockey), nació en Ouagadougou de padre burkinabés y madre francesa. Realizó en Francia sus estudios y allí firmó su primer contrato con EMI. En 2001 regresó a Burkina donde puso en marcha los estudios Abazon, considerados la capilla del hip-hop nacional. Con cuatro albumes en el mercado (Epitaphe, Zamana, Code noir y Cravate Costards et Pourriture) acaba de presentar el quinto, Pre-volution, en un acto reivindicativo sobre las ruinas quemadas del antiguo parlamento burkinabés – que se ha convertido en un símbolo de la insurrección popular-. Ha sido galardonado como artista del año en los “Premios Kunde” y como Mejor artista de Hip-Hop en los “Premios Kora”, participando también en varios largometrajes.

Karim Sama (aka Sams´K Le Jah) nació en Costa de Marfil y emigró a Burkina en 1985. En su juventud fue miembro de Pioneros de la Revolución, movimiento juvenil creado por Thomas Sankara, y del movimiento Rastafari. Presentador del programa de radio Radio Ouaga FM, es un firme defensor de la libertad de prensa. Su activismo político no le ha salido gratis. En 2007, después de un concierto en memoria del periodista asesinado Normert Zongo, encontró su coche incendiado y recibió numerosas amenazas de muerte.

Después del levantamiento de 2014 todo África volvió a mirar con admiración al valeroso pueblo de Burkina Faso que consiguió recuperar la dignidad perdida y el control sobre su futuro. Este espíritu de lucha en contra del imperialismo y el neo-colonialismo se extiende por el continente. Varios miembros de Le Balai Citoyen y Y´en a Marré fueron detenidos a principios del 2015 en Kinsasha cuando impartían un taller de participación ciudadana. También, con manifestaciones y actos públicos, han demostrado su apoyo al pueblo de Burundi que vive ahora un proceso político parecido.

El futuro siempre es incierto y varias sombras poderosas planean sobre el pueblo de Burkina Faso pero de momento la música y el activismo se han unido para triunfar.

El cine africano arde en la Gran Manzana

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Cuando las expectativas dependen del color de piel y cuando van once muertes de negros a cargo de una policía blanca obnubilada todo puede estallar. La frase “Dios salve a América” ha rezado en multitud de eslóganes y guiones. Y, efectivamente, parece que se trata de salvar al país. De negros…

¿Quién quema qué? ¿Quién roba qué aliento? El síntoma no es la violencia mediática, no. Sino la reforma migratoria, las tasas de desempleo que provocan que el aire se vuelva áspero, la seguridad pública, la ley de Cuidado de la salud a bajo precio, la escasez de préstamos a la comunidad afro, las disparidades en las sentencias por delitos, la deducción de intereses hipotecarios o el servicio militar voluntario como alternativa al “Todo por la patria” o el precipicio.

Seguramente sea más importante la explicación que da una “madre coraje” que sacaba a su hijo del atril de la calle a mamporros. Un hijo que gritaba por la falta de educación, de desarrollo comercial, de oportunidades. Un afroamericano con sueños truncados que en realidad nada tienen que ver con este rincón particular de Baltimore. Esto podría haber estallado en cualquier lugar social y económicamente desfavorecido de una América del Norte agrietada.

Estamos presenciando un patrón que es familiar y hace recurrir a la ciudad de Ferguson y a otros tantos lugares: “Mira cómo actúan”; “es que son unos vándalos”; “seguramente deben merecerlo”. La muerte de Freddie Gray y las protestas que siguieron tienen que ver con el color de piel. No importa quién los inició, porque lo que importa es que los incendios queman. Y la sociedad bulle.

Así, con este clima sube hoy el telón el Festival de Cine Africano de Nueva York. Una cita en la Gran Manzana que cada año adquiere un componente más activo en redes sociales y medios de comunicación. El arranque comenzará literalmente en negro. De un luto rancio e incomprensible. Una edición que cumple 22 años dedicados a la “Década internacional de los afrodescendientes”. Como suscriben desde la organización “Desplazamiento, emigración, y trayectos personales arraigados en trastornos económicos y sociopolíticos han dado forma a cine africano desde su creación. La movilidad creciente de hombres y mujeres africanos en todo el mundo es la inspiración para una gran variedad de películas a partir de una nueva generación de creadores valiente transnacionales”.

Hoy se necesita más que nunca este Festival en Estados Unidos para apelar a la conciencia, al diálogo, a la integración de todos, al viaje imprescindible, necesario, nunca realizado por muchos que activan el resorte de romper almas. Un festival que pretende reeducar una mirada contaminada hacia un futuro siempre cambiante y complejo.

La 22ª edición del Festival de Cine Africano de Nueva York pondrá este año un especial énfasis a los logros tanto del formato cortometraje como de la propia tecnología digital convertidos en un conducto para nuevas historias, sonidos e imágenes mediante la liberación de sus creadores a las limitaciones presupuestarias y técnicas. Aunque os recomendamos un paseo por la programación completa en su web, no queríamos dejar pasar la ocasión para hacer referencia a algunas de las joyas que se podrán ver hasta el 25 de mayo en diferentes espacios de la ciudad.

Quizás la más destacada pueda ser el título Historias de nuestras vidas que desde el colectivo keniano NEST (nido), ponen sobre el debate mediante 5 historias uno de los más controvertidos tabúes en el continente: el coletivo LGBTQ. Women in the media y Afripedia incitarán también, seguro, un debate necesario y generalmente cargado de estereotipos como es la figura de las mujeres, esta vez como emprendedoras, y la de los jóvenes en las ciudades que se encuentran en un momento muy especial: frente a las elevadas tasas de desempleo la vía del arte (moda, músicos, grafiteros, bloggers, bailarines, cineastas, etc.) es una alternativa.

Como explican desde el festival, Run, el thriller dirigido por Phillippe Lacôte (Costa de Marfil), el docudrama National Diploma del congolés Dieudo Hamaadi (RDC), o la comedia de errores Head Gone del nigeriano Dare Fasasi, revelan la vitalidad de los géneros cinematográficos populares. Mientras, la etíope-israelí Bazi Gete, presenta su interpretación de la obra shakesperiana El rey Lear, Red Leaves, una mirada profunda y poética en la migración interna de un hombre etíope que envejece en Israel.

Para más información, pincha aquí.

Cine africano en Nueva York: Revolución y Liberación en la era digital

Cartel oficial de 'Winter of Discontent' del director

Cartel oficial de ‘Winter of Discontent’ del director Ibrahim El Batout sobre los traumas emocionales y físicos infligidos por el sistema represivo egipcio. Fuente: AFF.

Quizás un concepto, más que ningún otro, marque la historia de los pueblos africanos modernos: su ansia de libertad. Desde las sublevaciones de esclavos y la adelantada revolución de Haití, pasando por la ola de independencias anti-coloniales de mediados del siglo XX seguida por la lucha anti-apartheid sudafricana, hasta llegar a las revueltas actuales pro democráticas del Magreb y el Máshrek, el continente y su población diaspórica han jalonado la historia contemporánea con ejemplos indelebles de sueños y actos de liberación.

Haciéndose eco de los galopantes cambios que se están produciendo en el continente, mirando al futuro sin desatender el pasado, el Festival de cine africano de Nueva York (AFF) alcanza sus 21 años (del 7 al 13 de mayo) celebrando este espíritu tenaz y utópico de mujeres y hombres africanos para los que revolución no es únicamente sinónimo de derrocamiento de un gobierno o de un jefe de estado sino que se extiende mucho más allá. Liderados por jóvenes y mujeres, lo movimientos de liberación recorren el continente, englobando tanto iniciativas de oposición a un sistema adverso como impulsos individuales y colectivos de lucha por los anhelos propios en una experiencia compartida de recuperación del poder. En la Era Digital, esta lucha entendida de esta manera amplia, ha encontrado un fiel aliado en la tecnología, con efectos crecientes dentro y fuera del continente.

Este es el foco de la 21ª edición del festival: la experiencia revolucionaria y de liberación en y desde África en el siglo XXI. Con un programa que transita durante el mes de mayo en tres sedes (Lincoln Center, Maysles Cinema Institute y BAMcinématek) el espectador tendrá la oportunidad de asomarse a una selección de películas que ahondarán en aspectos diversos de experiencias de liberación a través de largometrajes de ficción, documentales, obras experimentales y cortos. El esplendor visual de las nuevas narrativas y géneros revisados que nos llegan desde África en fechas recientes demuestran la vitalidad de unos cines que, siguiendo el camino de la industria de Nollywood, están haciéndose con un espacio en el imaginario global, con un impacto potencial que está a punto de alcanzar pleno apogeo. Año tras año, directores, actores y profesionales del medio serán, junto a un público que, a día de hoy, ya ha agotado las entradas para varias sesiones, los protagonistas de mesas redondas y presentaciones, programas educativos y encuentros con la industria cinematográfica norteamericana.

La frenética tragicomedia urbana nigeriana 'Confussion Na Wa', dirigida por Kenneth Niang, ha sido la reciente ganadora de los Oscars Africanos” (AMAA).

La frenética tragicomedia urbana nigeriana ‘Confussion Na Wa’, dirigida por Kenneth Niang, ha sido la reciente ganadora de los Oscars Africanos” (AMAA). Fuente AFF.

Con razón del centenario de la unificación nigeriana y haciendo honores al impulso de Nollywood y su Star System en África y la Diáspora, destacan con fuerza varias obras producidas, inspiradas o realizadas por la industria más potente del continente. La flamante ganadora de los “Oscars Africanos” (AMAA) en su edición más reciente –la frenética tragicomedia urbana Confussion Na Wa, de Kenneth Niang– fue la encargada de abrir ayer  por la noche el festival y, como plato fuerte, mañana viernes, tras haber sido prohibida en Nigeria, se presenta al público neoyorquino la deseada adaptación del best-seller de Chimamanda Ngozi Adichie Half of a Yellow Sun. Dirigida por Biyi Bandele, con Thandie Newton y Chiewetel Ejiofor (12 años de esclavitud) en los papeles protagonistas, esta melodramática representación de los efectos devastadores de la guerra de Biafra está derramando ríos de tinta en la prensa anglófona, atizada por los recientes acontecimientos de secuestros de jóvenes en Nigeria, lo que ha puesto en primer plano al que se acaba convertir en el país más rico de África, superando a Sudáfrica.

El cortometraje poético de la joven Akosua Adoma Owusu, Kwaku Ananse, adaptación de un relato mitológico de Ghana sobre la sabiduría y el sentimiento de pertenencia, también premiada en los AMAA, forma parte de una selección de cortometrajes que se proyectará bajo el rótulo New African Shorts y que incluye joyas que van de la ciencia-ficción de Afronauts de Frances Bodomo, al melodrama social de Aissa’s Story de Iquo B. Essien, hasta la comedia: Soko Sonko de Ekwa Msangi-Omari. Wooden Hands,de la tunecina Kaouther Ben Hania y Beleh de Eka Christa Assam merecen mención aparte por su empleo del humor y de la economía del lenguaje cinematográfico. Ambas obras sitúan a las jóvenes directoras como nombres a seguir en los años venideros. Con este mismo acento en la mujer y su mundo se proyecta la adaptación al cine del primer volumen de la aclamada serie de cómics Aya de Yop City, de Marguerite Abouet y Clement Oubrerie, centrada en Costa de Marfil a finales de los años 70. Demostrando que la animación vive su época dorada, la estrella Aïssa Maïga (Bamako, Tey…), quien prestó su voz para la protagonista Aya, acudirá a charlar con los espectadores para reflexionar sobre la riqueza del género y sus potencialidades. El internacional director Mahamat-Saleh Haroun vuelve a AFF con su película Grigris presentada en Cannes; una historia de amor y solidaridad entre dos parias ubicada en el Chad urbano contemporáneo. Narrativas de luchas y liberación a través de todo el continente completan la selección que se podrá ver en el Lincoln Center del 7 al 13 de mayo, entre ellas destacan: el documental Mugabe: Villain or Hero? de Roy Agyemang; el largometraje de Ibrahim El Batout Winter of Discontent sobre los traumas emocionales y físicos infligidos por el sistema represivo egipcio, o la fábula teatralizada It’s Us (Ni Si Si), realizada con la intención de promover el perdón y la comprensión del otro, en la Kenia actual ante las elecciones del 2013.

Of Good Report, del director Jahmil XT Qubeka, celebra el 20 aniversario de la independencia de Sudáfrica. Este controvertido neo-noir, censurado en el festival de Durban, demuestra las posibilidades de una industria nacional sudafricana que experimenta y juega con los géneros populares llevándolos al límite. Finalmente, para cerrar un programa intenso, se ha recuperado una de las obras maestras del cine africano de todos los tiempos, la épica histórica del director mauritano Med Hondo Sarraounia (1986). Grito de libertad y revolución a favor de los desfavorecidos y ganadora en FESPACO hace casi tres décadas, Sarraounia se muestra hoy más moderna que nunca por su temática, su mensaje y su esplendor visual. Desgraciadamente, debido al delicado estado de salud actual del director no ha podido contarse con su presencia; él había previsto acompañar la proyección y dirigir un seminario paralelo sobre el conjunto de su obra.

Sobre el programa documental centrado en Sudán que se proyectará en el Maysles Cinema Institute en Harlem del 15 al 18 de mayo, y sobre las películas que desembarcarán en la BAMcinématek del 23 al 26 de este mismo mes, escribiré muy pronto en detalle. Antes, toca lanzarse a des-cubrir los eventos del Lincoln Center.

El Punk en África

El Punk es un movimiento heterogéneo y una ideología cargada con actitudes rebeldes y de protesta. Contracultura que nace en la New York o el Londres de los años setenta, desde sus inicios ha venido acunado por la música y la estética ligadas al Dadaísmo[1] y Surrealismo, la búsqueda de libertad individual, al descrédito del sistema económico, religioso o político estatal y el desencanto de la juventud de la clase obrera. A diferencia del Rock, establecido como etiqueta comercial por la industria musical, el Punk reproduce el atroz ambiente de la vida entre el asfalto y la profunda crisis colectiva de la sociedad industrial. De la mano de nuevas propuestas políticas (como el anarquismo), éticas y de consumo (como el vegetarianismo, el veganismo, la autogestión o el impulso del trueque), periodísticas (contra-información y creación de fanzines) y sociales (como el movimiento okupa), el Punk altera el orden preestablecido y genera nuevas estructuras, promoviendo la transformación de las dinámicas construidas en las sociedades industriales y postindustriales.

Sudáfrica, el estado más industrializado del Sur del Sáhara, capitanea un cono sur que despunta con un desarrollo económico desigual que genera algunos de los atributos que caracterizaron el movimiento Punk en Europa o Estados Unidos: el descontento social, la masificación urbana y la crisis ideológico-filosófica del sistema capitalista. Con características propias de unas sociedades herederas del lastre neocolonial y con el estigma del Apartheid, la juventud del sur de África convive además con el reciente recuerdo de la violencia de guerras civiles como las de Mozambique o Angola, o tiranías como las de Robert Mugabe en Zimbabue. Todo este contexto ha influido y sigue influyendo a que el movimiento Punk cumpla con características particulares en el continente africano.

Fue con la presencia de británicos en el sur del continente –aburridos de la burbuja que les mantenía aislados de África (en mayúsculas)- que la música, la filosofía y la estética Punk empezaron a encender la mecha del movimiento. En Sudáfrica, la creación de grupos Punk mestizos significó encarcelamientos y violencia policial, pero también hibridación cultural y cambios de mentalidad por parte de blancos y negros. El compromiso hacia la ruptura creció ante una avalancha de nuevas protestas, donde la expresión de la ira hacia el statu quo se convirtió en una suma de diferentes individualidades sincretizadas en un solo e incendiario movimiento. El Punk en África tiene matices diferentes al del imperial Punk europeo. Mucho más influenciado por el Ska, el Soca o los estilos locales, por el techno y otras formas de música digital, es una especie de esponja capaz de absorber todo aquello que le rodea, sin perder el matiz de la lucha. Está marcado por la modernidad en la que nace en Europa, pero también por las tradiciones locales y la propia reinterpretación de dicha modernidad. Está teñido por la globalización, pero también busca lo local como seña identitaria. Sin embargo, el Punk, permanece en un lugar semi-oculto, fuera de las pantallas mediáticas y marginado de la historia musical del continente, como algo ajeno, demasiado híbrido, quizás demasiado poco africano. Inmerso en auto-reflexiones sobre la identidad y contra sí mismo, el Afro-Punk se erige casi como un movimiento panafricanista que a su vez, rehuye reivindicar la africanidad. Un auténtico cóctel revolucionario que sigue en construcción, desafiando las etiquetas y las preconcepciones. El Afro-Punk se considera a día de hoy una lucha contínua hacia diferentes frentes.

El documental Punk In Africa (2012) de los directores Keith Jones y Deon Maas (Durban Poison, 2008) nos presenta la realidad multiracial del movimiento punk de los 70, 80 y 90 a través de la experiencia de tres países africanos: Sudáfrica, Mozambique y Zimbabue. En él, bandas como Wild Youth o National Wake narran las vivencias de un movimiento híbrido que puso los fundamentos para un Punk en África.

www.punkinafrica.co.za from Punk in Africa on Vimeo.

Pero el Punk en África no es algo del pasado y cada vez más bandas se dan a conocer dentro y fuera del continente mientras reformulan y transgreden los mismos conceptos del Punk, muchas veces enquistados y cubiertos de estereotipos monolíticos. Entre estas bandas, queremos destacar a los tanzanos Jagwa Music o a los zimbabwenses Chikwata.263

Para los interesados en el AfroPunk de la Diáspora, no os perdáis el documental de culto AfroPunk: The Documentary (2003) de James Spooner, y su posterior proyecto/hogar virtual AfroPunk que pretende unificar los pilares culturales del estilo.


Para más información:

Construction Magazine

Okay Africa

AfroPop Worldwide

Ribbon Around A Bomb


[1] Movimiento filosófico-artístico surgido en Europa a principios del siglo XX que se puede considerar un anti-arte, una provocación del absurdo, un desafío a lo preestablecido y una crítica del aburguesamiento.