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Seminci 2017: un idilio de amor entre El Nilo y el Pisuerga

Conquistó a la crítica y el jurado en el Festival Internacional de Sundance y el pasado sábado se hacía con la Espiga de Oro, el máximo galardón, en la capital de Castilla León durante la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) que este año ha proyectado más de 300 películas. El trabajo del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh The Nile Hilton Incident no deja indiferente a nadie: corrupción, policías y movilizaciones sociales. La revolución de 2011 en Egipto proporciona el telón de fondo para el implacable thriller político de Saleh que cambia gradualmente el enfoque de las sucias calles de El Cairo a los niveles más altos del Parlamento en el curso de una investigación por un asesinato mediático. A pesar de tener un título bastante genérico, The Nile Hilton Incident representa el tipo de cine penetrante que solo un guionista y director íntimamente familiarizado con la cultura egipcia –pero que posee una perspectiva externa– podría lograr convincentemente. La sudanesa Mari Malek, en el papel de Salwa, quien interpreta a una refugiada indocumentada, se ha convertido en una de las actrices revelación de este año a nivel internacional cautivando a la cámara. Era evidente que la historia de amor entre el El Nilo y el Pisuerga no se hiciera esperar.

Ciertamente en esta edición ha habido muchas cosas que celebrar, pero otras muchas que deberían ser mejoradas y Wiriko ha estado presente para poder contar todo de primera mano. Una de las claves de este festival ha sido su capacidad de reconversión con los años. Con una participación de más de 95.000 espectadores, uno de los festivales de autor con más trayectoria, parece que empieza a remontar los peores años vividos durante la crisis. Si la Seminci comenzó en 1973 como un “festival religioso y de valores humanos”, se dio un giro de 180 grados con la transformación completa hacia un certamen de cine internacional. No solo eso, desde la llegada en 2008 del último director del festival, Javier Angulo, se ha conseguido dar la vuelta al certamen duplicando el número de espectadores en menos de una década y mejorando su imagen tanto interna como externa. Además, esta ha sido una de las ediciones más femeninas del evento ya que se equiparó por primera vez el número de películas dirigidas por mujeres al de hombres en la Sección Oficial. “Es sin duda la mejor noticia del festival. Las mujeres también existimos aunque muchas veces se nos intente invisibilizar”, comenta Sara a la salida del largometraje iraní Napadid Shodan. “Eso sí, creo que esperar hasta 2017 para alcanzar esa cifra me parece algo ridículo”, añade.

Actriz sudanesa Mari Malek.

La dirección de la Seminci ha destacado igualmente la presencia de más de 15.000 espectadores jóvenes en las salas, algo por lo que se ha luchado durante los últimos años. Para ello se ha incluido la sección infantil “Miniminci” o el Jurado Joven con el objetivo de diversificar la oferta del certamen y hacerlo más atractivo. “Desde mi punto de vista, la presencia de gente joven necesita todavía más esfuerzo porque en las salas somos pocos. Es un cine que representa la realidad, sin superhéroes y con pocos efectos especiales lo cual hace más difícil llegar al público joven. También es verdad que, cuando se conoce, la gente acaba repitiendo”, comenta Irene, estudiante de enfermería y espectadora asidua. Sin duda alguna, el festival está tomando el camino correcto en relación a la presencia de jóvenes en las salas, ya que ellos son el futuro de esta industria.

En la Seminci se presentan producciones y coproducciones de diferentes puntos del mundo. Sin embargo, no podemos pasar por alto que durante años el cine africano y, sobre todo el cine al sur del Sáhara, ha tenido una presencia residual. El cine del norte de África ha contado con más presencia e incluso Marruecos fue invitado al certamen en 2013 para realizar un repaso por su cine con la proyección de diecisiete largometrajes, tres documentales y seis cortos. No obstante, desde ese último año, hasta la pasada edición en la que Wiriko estuvo cubriendo Nakom el único largometraje subsahariano, los cines africanos han brillado por su ausencia.

Y cuando hablamos de cines africanos nos referimos a 54 países algunos de los cuales tienen unas industrias cinematográficas de mucho peso y con largas trayectorias como son los casos de Nigeria, Sudáfrica o Etiopía. No resulta coherente que esos países sigan sin estar presentes. “Hay películas que hablan sobre África negra y luego están las películas árabes, pero no he visto en esta edición ni una sola película dirigida por africanos o africanas”, comenta Javier, profesor de Historia. “En Andalucía están mucho más presentes los cines del sur, es algo que desde luego aquí se echa mucho en falta”, reflexiona.

Aunque insistimos en la necesidad de una mayor presencia de cines dirigidos por africanos y africanas, este año hemos contado con la presencia de largometrajes de temática africana: la franco-brasileña Gabriel e a montanha que nos relata la historia de un joven que decide viajar por el mundo y descubrir el continente africano; la suiza Me Mzis skivi var dedamicaze, que nos cuenta la historia de Dije, un inmigrante nigeriano que ha acabado por error en Georgia, y April que acaba una noche en la cárcel por ejercer la prostitución; la polaca Los pájaros cantan en Kigali que relata los horrores del genocidio ruandés de 1994; o el documental español Owino que ha participado en la sección DOC España y que nos traslada a la lucha de un pueblo de Kenia que lucha contra una multinacional que envenenó su poblado con vertidos ilegales de plomo.

Sin duda alguna este año ha sido el año de los cines árabes y del norte de África. Destacamos sobre todo el largometraje tunecino Aala kaf Ifrit que nos ha mostrado la desigualdad de género del Túnez posrevolucionario y que se hizo con el Premio de la Juventud o la mencionada The Nile Hilton Incident, que además de la Espiga de Oro, ha obtenido el premio al mejor director y guión.

A pesar de los éxitos de este año, lo cierto es que la Seminci debería pensar en acoger un mayor número de películas, cortometrajes o documentales africanos para poder obtener otra perspectiva. De esta manera se podrían enriquecer mucho las próximas ediciones del festival. Y es que este certamen, en su perfil más internacional, no puede permitirse dar de lado a todo un continente. Aunque aplaudimos la presencia –y la victoria– de los cines árabes no podemos pasar por alto la continua marginación que están sufriendo las industrias cinematográficas africanas. Solo nos queda esperar que en la próxima edición se empiece a valorar un poco más el trabajo de un sur que llama a las puertas de España.

Alsarah, la diva nubia de Nueva York

Logo_centre_estudis_africans* Artículo publicado originalmente en el Boletín Trimestral del Centre d’Estudis Africans i Interculturals de Barcelona

Las raíces de la música sudanesa viajan desde el antiguo reino de Nubia, de la primera catarata del Nilo, en el sur de Egipto, a la moderna Jartúm, confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul. Sonidos de exilio. Los de un pueblo que se vio obligado a migrar en masa de su tierra tras la construcción de la presa de Asuán. Los de una cultura cuyo mundo material permanece encharcada en el artificial lago Nasser. Los de 6.000 años de historia marginada y cantada cual lloro de una existencia clamando justicia.

Alsarah, antes de su reciente concierto en Nairobi. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

Alsarah, antes de su reciente concierto en Nairobi. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

Alsarah, conocida por su trabajo junto a The Nubatones, recoge la identidad de su pueblo y a partir de ese microcosmos particular centrado en la década de los 70, ahonda en los sonidos de dos mundos de los que Nubia siempre fue bisagra: el África oriental y el norte del continente. Y si todo ello no fuera suficiente, lo filtra con su afropolitismo y lo expande hacia el mundo. Bebiendo de grandes clásicos como Hamza Al Din o Ahmbed Munib, la etnomusicóloga y cantante sudanesa afincada en Nueva York, ha creado un nuevo concepto de Pop Nubio que la ha entronizado como una auténtica diva en la región y como una fiel emisaria en Occidente.

Llega a Nairobi, donde el equipo de Wiriko disfruta de una residencia entre el colectivo de artivistas de Pawa254, envuelta en un halo de afropolitismo bien fiel a la imagen de la joven y emergente clase media que domina el paisaje cultural en la mayoría de ciudades africanas actuales. Con una perenne sonrisa, Sarah nos mira y se acuerda: “Wiriko, la revista española que entrevistó a The Nile Project, ¿verdad?”.

Su hiperactividad musical no le nubla la mente. Humilde y simpática, no escatima en sentarse y regalarnos unos minutos antes de empezar las pruebas de sonido. Y con la agenda frenética que tiene la cantante, es de mucho agradecer. Y es que Alsarah no sólo sostiene su combo inspirado en la tradición sudanesa, también es miembro integrante de la increíble orquesta pan-nilótica The Nile Project. Con todo, no para de viajar por todo el mundo exportando su música. De Francia a Egipto, de los Emiratos Árabes a Portugal, de Bélgica a Italia, o de Suiza a Hungría, su Pop Nubio irrumpió en la escena internacional a finales del año pasado con su disco Silt (Wonderwheel Recordings, 2014) y no ha parado de sonar desde entonces.

Mi música es un cóctel de los diferentes sonidos que han marcado mi biografía. Mi familia emigró a Yemen cuando yo era pequeña a causa de la guerra civil, y como coleccionista que soy, siempre me ha apasionado la música tradicional yemení o argelina. Pero me atrae la diversidad cultural en general. Así que puedo escuchar desde la música coral femenina de los Balcanes al Jazz más contemporáneo”, nos explica Sarah desde la terraza de Pawa254. “Actualmente, estoy fascinada por la música maliense. Hace poco toqué con Songhoy Blues y me robaron el corazón. Pero debo reconocer que ninguna música me hace vibrar tanto como la del Nilo Azul”, aclara la artista.

Alsarah, durante nuestra entrevista en Nairobi. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

Alsarah, durante nuestra entrevista en Nairobi. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

Y aunque la sudanesa se confiese afropolita y amante de la diversidad cultural, no tiene ninguna duda que su identidad musical tiene raíces bien profundas. “Casi toda mi música está influenciada por los sonidos de Sudán. He nacido sudanesa y moriré sudanesa, por más que viaje por todo el mundo y resida en Nueva York”, reconoce la que investigó la música del país para finalizar sus estudios en etnomusicología. “Para mis investigaciones, he recogido la tradición de las mujeres sudanesas, sobretodo, la música de bodas y fiestas populares, que siempre tiene a la mujer por protagonista”, relata. “Todo esto se encuentra en mis canciones”.

La relación de Alsarah con las cuestiones de género la llevaron a tener una colaboración muy estrecha con grupos como la Iniciativa de Mujeres Islámicas en Espiritualidad e Igualdad. “Siento pasión por la música árabe, sobretodo por la cantada por mujeres. He trabajado muy de cerca con coros femeninos y cantado a menudo clásicos de la música taarab, los sonidos tradicionales de la costa Swahili del África Oriental”. Y es que su directo está impregnado de música a cappella, que cede el protagonismo tanto a las voces femeninas que la acompañan, como a la percusión, elemento indispensable de su receta musical.

Y es que si hay una imagen ideal del encuentro entre los sonidos tradicionales y los embalajes modernos en Sudán, esa es la de Alsarah. Cuando uno piensa en la mujer sudanesa, afloran todo tipo de estereotipos. Desde la frontera meridional, la mayoría de mujeres kenianas o ugandesas, por ejemplo, reconocen la belleza sudanesa como única y envidian tanto el tono de piel como la forma de andar y la seguridad de estas damas. Desde la frontera occidental, sin embargo, la mujer sudanesa es vista como víctima, y no como dueña de su destino. Basándonos en hechos como que el estado sudanés castigara a mujeres cristianas por llevar pantalones por considerarlos provocativos, creemos que los derechos de las mujeres son sistemáticamente vulnerados a diario y en todas las esferas de la sociedad. Pero la emergencia de Alsarah en el mercado internacional está cambiando, en cierta medida, la imagen de la mujer sudanesa como sometida y vulnerable. “Tenemos la tendencia de aceptar una sola imagen de la realidad, una solo fotografía del relato. Pero en Sudan, por supuesto, no solo hay mujeres tapadas. Y si las hay, no todas están sometidas. No solo hay guerra o hambre. También hay de todo esto, no nos engañemos. Pero hay muchas otras cosas emergiendo y supongo que mi imagen ayuda a romper ciertos estereotipos”, afirma la cantante.

Presente en medios como The Guardian o influyentes emisoras como la americana NPR, que incluyó su álbum como uno de los cinco álbumes imperdibles del pasado año, junto a figuras como el nigeriano Seun Kuti o el estadounidense Pharrel Williams, Alsarah es recibida en la capital keniana como una auténtica estrella de África del Este. “Cada vez que toco aquí es como volver a casa. Nairobi es casa para mí. De hecho solo he tocado una vez en Jartúm. Fue en diciembre del año pasado. Se agotaron todas las entradas y la gente estaba eufórica”, reconoce orgullosa la sudanesa.

Cuando Alsarah y su familia dejaron Jartúm, la capital estaba en plena convulsión. Con migración llegada del Chad, Eritrea, Etiopía o Uganda, en busca de refugio a los conflictos derivados de las primeras décadas de independencia, la ciudad empezó a expandirse de forma incontrolada con familias empobrecidas provenientes de Darfur que se instalaron en asentamientos informales. “Jartúm ha cambiado muchísimo desde que mi familia y yo emigramos a Yemen. Ahora mismo la ciudad está completamente industrializada. A partir del 2000 experimentó un crecimiento económico galopante. Es lo que más me llama la atención, no tiene nada que ver con esa ciudad de mi infancia”, enfatiza la joven sobre la ciudad que fue recomendada por la CNN como uno de los 10 mejores centros urbanos de África para hacer turismo.

Pero sigue faltando mucha infraestructura y aún hay poca inversión dedicada a la escena cultural en Sudán. En este sentido, es mucho más fácil tocar por Europa. Atraer la atención de promotores europeos o estadounidenses. Pero estoy muy orgullosa de poder tocar tan a menudo por África. He tocado mucho por África del Este y África Austral. Estoy conquistando África Occidental, así que espero que las cosas se empiecen a equilibrar pronto y pueda tener tanta audiencia en un lugar como en otro”, expresa la que es considerada una de las voces más mediáticas y eruditas de la música sudanesa.

La terraza de Pawa254, como era de esperar, se llenaba a rebosar. Abría la noche la proyección del documental Beats of the Antonov, en el que Alsarah es una pieza clave y con la presencia de su director, el sudanés Hajooj Kuka. Con ambos artistas, presidia la noche una idea imperante, la de que una nueva generación de artistas que están re-definiendo la identidad, la cultura y la presencia en el mundo de Sudán.

Colombia con los cines africanos

MUICA

Mayo es el mes de la herencia africana en Colombia y este año se han volcado en la idea de mostrar otras realidades, de intercambiar sentimientos y de vibrar en la butaca con la primera Muestra Itinerante de Cine Africano (MUICA) que se celebrará en Cartagena (6-18), Bogotá (21-24) y Cali (28-31). ¡Acción!

La muestra incluye una selección de 13 películas realizadas en 10 países del continente africano y premiadas internacionalmente.  Desde el documental hasta la animación y la ciencia ficción, la MUICA pone en primer plano el rico panorama de la realización cinematográfica en África, y abre una ventana a las narrativas audiovisuales de un continente heterogéneo y diverso, tanto en sus realidades sociales y culturales como en sus expresiones artísticas.

Beats of Antonov (2014), del director sudanés Hajooj Kuka –Los ritmos del Antonov, en español– premio al mejor documental en el Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT), Toronto o Luxor, nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Como escribía Alma Toranzo para Wiriko “no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos”.

Aya de Youpugón (2013), la película de animación basada en la serie de historietas de Margarite Abouet e ilustradas por Clément Oubriere, muestra un retrato nostálgico del barrio popular de Youpugón en la capital económica marfileña de Abiyán. Otra de las obras imprescindibles de esta muestra será sin duda Cuba, una odisea africana (2007), de la directora Jihan el-Tahri que muestra el papel que jugó Cuba en los procesos independentistas de varios países africanos y la relación que la isla caribeña tuvo con políticos revolucionarios como Lumumba (República Democrática del Congo), Agostiño Neto (Angola), Amílcar Cabral (Guinea Bissau) o Samora Machel (Mozambique).

En esta línea, el documental Lumumba, la muerte del profeta (1991), del director Raoul Peck, será una oportunidad para recordar la vida y leyenda de este líder que fue el primer Ministro del Congo independiente cuyo asesinato en 1961 fue una conspiración de la CIA y el gobierno belga, la antigua colonia.

Otros títulos inundarán de debate las salas como: Mama Goema, la música de Ciudad del Cabo en cinco movimientos (2011), Miners shot down (2014), las kenianas Nairobi Half Life (2012), Soul Boy (2010) o Pumzi (2009), la mozambicana Virgen Margarida (2013), el documental del director angolano Dom Pedro Tango Negro (2013) de la que hablamos ya, la senegalesa Tey (2011) o la marroquí Los perros son ellos (2013).

Las universidades serán las encargadas de transmitir estas exposiciones culturales a las personas interesadas, con el apoyo del Instituto Francés, Instituto Goethe, embajadas de Francia y España en Colombia y también el Festival de Cine Africano de Córdoba en España.

Además de los centros de educación superior, también se podrá ver en las salas de proyección como Cine Tonalá en Bogotá, La Tertulia en Cali y el Centro de Cooperación Española en la ciudad de Cartagena.

Sin duda, la creación de la MUICA es un nuevo esfuerzo de sus organizadores SUR por fortalecer el diálogo entre las naciones del sur global. Ya en el 2014 presentaron la primera Muestra de Cine Colombiano en Sudáfrica,  Visual Journeys to the Other South, por lo que sus objetivos siguen muy presentes y dando que hablar en su misión de fomentar la creación de públicos, la apertura de nuevos mercados en el sector cultural y contribuir a romper estereotipos que con frecuencia simplifican las problemáticas sociales de nuestros países. El mes afrocolombiano comienza con olor a cine.

Amira Kheir: “Hay mucho en la escasez del desierto”

Amira Kheir posa para Wiriko / Foto: javidmgz

Amira Kheir posa para Wiriko / Foto: javidmgz

En Sudán el día se extiende, casi interminable. Y de repente llega el maghrib. Como en verano en los pueblos andaluces, la caída de la noche se inaugura con las sillas en la calle. Cerquita del Nilo, la gente se sienta a tomar té, un rito social imprescindible, y el calor da un respiro. El sol se va a dormir.

El impacto estético del desierto, imbuido en la cultura sudanesa, hizo que Amira Kheir, compusiera un disco exclusivamente dedicado a este. “El vacío del desierto es interesante. Hay mucho en su escasez y eso me llevó a trabajar minimalistamente, a utilizar lo imprescindible instrumentalmente”, explica la cantautora sudanesa a Wiriko.

Portada de Alsahraa. / Foto: amirakheir.com

Portada de Alsahraa. / Foto: amirakheir.com

Alsahraa (Contro Cultura Music/ Sterns Distribution, 2014) es el segundo disco de Kheir. Grabado en directo en la Union Chapel londinense fue “una experiencia fantástica” donde la cantante sudanesa definió un álbum con sutileza y pocos arreglos. “Me gusta trabajar con lo primordial y descubrir esas esencias en el trascurso. Elegimos tomas que no eran perfectas pero en general funcionaban. Se sacrifica la perfección individual de cada músico o instrumento para ganar una perfección general”, explica Kheir del proceso de grabación.

Alsahraa es “una reflexión de la vida ya que si se buscase hacer algo perfecto se perdería la naturalidad”, apunta la compositora. Un disco donde se equilibra la delicadeza del laúd persa (oud), la guitarra, las flautas y la percusión con la fuerza vocal de Kheir. Algunos temas, como Ya Gadir, vienen desnuditos y mientras se desgusta la espiritualidad del desierto, Amira nos invita a bailar casi de sorpresa con temas como Ya Mara o Kasr Almiraya.

Melómana empedernida, Amira Kheir se refugia en su familia y en sus viajes. Acompañada de jazz, bossa-nova, músicas del norte de África y de paisanos como Rasha o Abdel Gadir Salim, Kheir escucha todo aquello que le conmueve y no tuvo ningún problema en combinar la música tradicional con otros estilos. “La música de Sudan se combina perfectamente con el jazz o el soul. La clave está en la improvisación”, apunta.

La prueba de que la armonización entre las raíces musicales de Sudán y el jazz funciona sirvió a Amira Kheir para presentarse al mundo. Su álbum de debut, View from Somewhere (Contro Cultura Music/ Sterns Distribution, 2011) puso en escena al contrabajo, piano y kora en un trabajo que según define la propia artista fue “una instantánea de lo que quería expresar en ese momento”.

Y con ello le llegó el apodo de “la diva del desierto sudanés” que acompañó a la crónica de su concierto en 2012 en Malí bajo el marco del Festival au Desert. “No me gusta encasillarme bajo ninguna etiqueta aunque entiendo que es necesario como una herramienta de comunicación. Pero si nos obsesionamos con ello perdemos el punto de vista ya que la música continua evolucionando”, resalta la cantautora.

Nacida en Turín, Amira Kheir, pasó su infancia explicándose. “¿Eres sudanesa o italiana? ¿Pero cómo te sientes? ¿Qué pasa contigo?”, recuerda la cantante. Además explica que gracias a fenómenos como la globalización cada vez necesita definirse menos porque todo está más conectado. Y continúa: “la identidad no tiene que ser sólo una cosa sino que es algo muy abierto. Es más fácil etiquetar, es sencillo y rápido. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? Y se coloca en una categoría. Ya se puede pasar a la siguiente persona”.

Sin embargo para ella Sudán e Italia son su hogar. Una realidad asimilada con mayor naturalidad de la que se creían aquellos que le preguntaban. Y llegó la multiculturalidad londinense. Puso rumbo a la capital inglesa para completar sus estudios universitarios y junto con un buen amigo guitarrista comenzaron a tocar en un pequeño local.

“A partir de ahí todo comenzó a rodar como una bola de nieve”, dice Amira que además llegó al escenario del WOMAD 2014 siguiendo la estela de otros compatriotas como Emmanuel Jal o Abdel Aziz el Mubarak que fue el primer sudanés en actuar en el festival en 1988.

Su música siempre se mantiene en evolución, sin certificados identificativos y siendo un reflejo de su personalidad y de sus herencias culturales. Y sin preocuparse por el futuro, dejando que la vida venga tranquila y la coja de la mano.

Beats of the Antonov, cine y música de resistencia

Beats of Antonov

*Artículo escrito por Alma Toranzo (@alma_toranzo), miembro del portal de información Hemisferio Zero.

**El nombre del director aparecerá en este artículo en minúscula para respetar la grafía que utiliza él

La música de Sudán ha llegado a España con el documental Beats of the Antonov, del director sudanés hajooj kuka**, en el Festival de Cine Africano de Córdoba – FCAT 2015, que ha tenido lugar entre el 21 y el 28 de marzo. Beats of the Antonov, galardonado con el Premio al Mejor Documental en el Festival, no ha dejado a nadie indiferente. En las dos proyecciones que se realizaron en diferentes salas de la ciudad andaluza los espectadores hicieron llegar sus felicitaciones y sus impresiones al director, quien ha estado presente durante el FCAT.

El documental –Los ritmos del Antonov, en español- nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Pero no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos. “Música de resistencia, como elemento de unión y supervivencia”, explica hajooj.

La primera vez que hajooj visitó los campamentos fue porque quería documentar qué es lo que estaba pasando allí. Pero después de pasar un día en unos de los campamentos del Nilo Azul se dio cuenta del importante papel que jugaba la música. “Cuando llegué al campamento dos jóvenes se encargaron de enseñarme todo: me acompañaban a las entrevistas, me presentaban a la gente, etc. Y cuando llegó la noche me preguntaron si quería ir a dar un paseo”, cuenta hajooj sorprendido, pues no entendía dónde querían llevarle, era de noche, estaba todo oscuro y no había nada qué ver, pensaba él. Así que se fueron y empezaron a escuchar música que venía de una boda. Después le llevaron a lo que de día funciona como colegio y había dos grupos tocando. La gente se ponía alrededor del que tocaba mejor. Había jóvenes, niños y un montón de gente bailando. Después le llevaron a otro sitio y había otro grupo tocando los tambores. “Según íbamos caminando nos encontrábamos música aquí y allá, música por todas partes. Ahí fue cuando me di cuenta que quería hacer un documental sobre la música y la identidad”.

El resultado es una visión diferente de la guerra, de la gente que vive en los campamentos de refugiados que muestran a través de su música la esperanza y el anhelo por el fin de la situación en la que se encuentran, alejados de sus casas y de sus medios de vida. La música se convierte además en un elemento de unión, pues Sudán es un país donde conviven múltiples etnias y culturas que se encuentran conviviendo en los campamentos.

Beats of the Antonov no ha pasado sólo por diferentes festivales de todo el mundo como el FESPACO, celebrado el pasado febrero en Burkina Faso, el Festival Internacional de Cine de Durban o en el Festival de Cine Africano de Luxor y ganado numerosos premios; también ha sido proyectado en los campamentos donde realizó el rodaje. “A los refugiados les ha encantado ver la película, la consideran como suya”, señala hajooj, que ha llegado a establecer muchos vínculos con sus protagonistas tras los dos años que ha tardado en grabar el documental. “Todos los días después de grabar les enseñaba las imágenes y me pedían que volviera a grabar determinadas escenas porque no les gustaba cómo habían salido o cómo habían dicho algo”, cuenta kuka entre risas.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Pero el trabajo de este carismático director no se queda ahí. También es el director creativo de 3ayin, que en árabe significa “mirar”, una agencia de noticias que informa sobre lo qué esta ocurriendo en Sudán contado por los propios sudaneses. “Empezamos a enseñar a chicos y chicas en la zona de las Montañas de Nuba a grabar y a editar para que fueran ellos los que documentaran lo que estaba pasando. Entre ellos, hay cuatro jóvenes que mostraron mucho interés y que han realizado muchos cortos. Incluso grabaron algunas de las imágenes de Beats of the Antonov”, explica hajooj.

Además, tiene en marcha un proyecto de teatro y cine en los campamentos. “La última vez que fui hablé con una mujer impresionante que hacía teatro antes de la guerra con su marido y pusimos en marcha un grupo de teatro. Cuando vuelva en julio o agosto espero poder grabar las escenas que representen para que pueda llegar a más gente”, cuenta kuka.

Por otra parte, hajooj kuka forma parte de un movimiento de resistencia no violenta en su país llamado Girifina, cuyo objetivo es cambiar el gobierno que se encuentra actualmente en el poder. Dentro de este movimiento en el que participa gente de todas las edades, hajooj ha realizado también numerosos cortos denunciando la situación en la que se encuentra Sudán. “No he tenido problemas de censura con la película porque es un poco artística y el gobierno no se fija en el arte, no la han seguido realmente. Tengo más problemas por el movimiento de resistencia no violenta que por el documental”, afirma hajooj.

Hajooj Kuka está convencido del importante papel que juega el cine para sensibilizar y denunciar las violaciones de derechos humanos que afirma está realizando el gobierno de su país. Además, cree firmemente en la resistencia no violenta. “Una revolución real tiene que estar basada en la resistencia no violenta. Cualquier revolución tiene que llevarla a cabo la sociedad”, afirma.

Un instante durante los "Aperitivos de Cine" durante el FCAT. -Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

Un instante durante los “Aperitivos de Cine” durante la 12ª edición del FCAT. Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

Música para la agricultura, la paz y la unidad de Sud Sudán

The Jay Family.

The Jay Family.

(*) Artículo publicado originalmente en el Boletín del Centro de Estudios Africanos de Barcelona.

Después de que el año pasado las Naciones Unidas declararan Sud Sudán como el país con la peor crisis alimentaria del mundo; recientemente, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura ha publicado un informe donde alerta sobre la inestabilidad de la región y los peligros que la población corre ante la escalada de inseguridad alimentaria. Ante tal delicada situación, algunos artistas de la región se han movilizado para sensibilizar a la población local a través de mensajes que fomentan la agricultura como una salida a la crisis alimentaria y la paz y la unidad como único pretexto para la construcción del joven estado.

Este es el caso de tres jóvenes músicos procedentes de Yei, a unos 100Km al sud de la capital, Juba. Edward Taban a.k.a Jay Boy, estudiante de artes industriales, Juma John aka Jonio J, estudiante de producción televisiva y Wani Francis a.k.a Yuppie Jay De General, trabajador social, están muy influenciados por el dueto nigeriano P Square, pero su estilo hunde sus raíces en el dancehall, el reggae y el raga. Se trata de un grupo que pretende liderar la transformación social de la región: The Jay Family. Representantes del compromiso social de los artistas contemporáneos en África del Este, pretenden hacer llegar sus mensajes a toda la región a través de letras en Inglés, Swahili, Bari y Árabe de Juba, una mezcla entre árabe y lenguas nilóticas que es la actual lengua común en Sudán del Sur.

En el primer single de su álbum debut Stakal Shedit, que significa ‘trabaja duro’ en Árabe, los jóvenes muestran a un grupo de presos de la cárcel central de Juba trabajando la tierra. “Gracias a éste videoclip nuestro mensaje caló entre los jóvenes de la región. Algunos de nosotros también nos dedicamos a la agricultura, y creímos que era fundamental transmitir nuestro entusiasmo por esta actividad”, dice Jay Boy.

Frente al éxodo rural hacia las ciudades tras la guerra civil de 2005, sobre todo a la capital, la pobreza, la escasez de alimentos y la violencia entre etnias por el uso de tierras han ido en aumento. The Jay Family quieren impulsar una juventud rural más que urbana, y animan a la juventud a volver al campo para combatir las altísimas tasas de desempleo y la escasez de alimentos. A través de sus canciones, no solo se dirigen sus compatriotas, también lanzan mensajes al gobierno de Juba para que invierta en la modernización de la agricultura y ayude a incrementar la producción. “Es posible conseguir una agricultura fuerte en Sur Sudán y en toda la región si se invierte en la modernización del sector. Hay que estimular el sector agrícola a través de presupuestos que impulsen la producción. Nuestros gobiernos deben construir buenas carreras para facilitar el transporte de los productos agrícolas a diferentes partes de Sudán del Sur. Nuestra tierra es fértil y el hambre no existiría si se invirtiese en el sector. Por eso ponemos la música al servicio de éste mensaje. Y creemos que el gobierno debería participar en programas de sensibilización para fomentar una agricultura más fuerte, porque puede ser la solución de gran parte de nuestros problemas”, reivindica.

The Jay Family se consideran un colectivo de músicos africanos, más que sur sudaneses. A pesar de que viven en Sur Sudán, su relación con otros países de la región, como Uganda, es muy estrecha. “Algunos de nosotros estudiamos en Uganda”, cuenta Jay Boy. Quizás por eso, este necesario renacimiento juvenil y la toma de conciencia sobre asuntos políticos y económicos no solo se dirige a los sur sudaneses. “Nuestro reciente lanzamiento del single Raba Sawa, o ‘crezcamos juntos’, está teniendo muchísima repercusión tanto en Sudán como en Kenia o Uganda. Lo que queremos es que el crecimiento económico y social sean un imperativo en la zona”, afirma el joven.

Sin embargo los fantasmas de la guerra, de los que ya nos habló en Wiriko el artista y ex-niño soldado Emmanuel Jal, siguen sobrevolando el joven país africano, que desde su independencia, en 2011, no solo se ha convertido en el país más joven del mundo, sino también en uno de los más castigados por la guerra. La discriminación de la minoría nuer en favor de la etnia del presidente Salva Kiir, la dinka, y las jugarretas internacionales por el petróleo del país, han llevado a un conflicto que desde 2013 ya ha desplazado a cerca de dos millones de personas, 500.000 de las cuales se encuentran en países vecinos.

“¿Cómo ha podido suceder que después de la independencia, que nos tenía que aportar paz y estabilidad, nos encontremos en una situación tan dañina para los sur sudaneses? En nuestra canción Malu hablamos precisamente de ésta situación”, dice Jay Boy. “Nuestra lucha como músicos es asegurar que nuestras canciones sensibilicen a la población sobre la necesidad de paz y unidad, porque al fin y al cabo, es la base para la construcción de cualquier desarrollo a nivel estatal. Ya hemos realizado varios conciertos para la paz y la unidad. Acompañando al periodista británico Levison Wood en un tramo de su andadura desde las fuentes del Nilo hasta su desembocadura, pudimos grabar junto a una docena de artistas sudaneses bajo el nombre de South Sudan All Stars, la canción Let’s Stand Together o ‘luchemos juntos’. También hemos estado trabajando junto a la operadora de telecomunicaciones Zain, en campañas como We Are o ‘nosotros somos’, una iniciativa para fomentar la unidad nacional”, cuenta el joven ilusionado con la creciente repercusión y visibilidad que está teniendo su música.

“Con Music Against Hunger (Música contra el Hambre), tanto las radios locales como Radio Miraya, la cadena impulsada por la Misión de las Naciones Unidas en Sudan y la más escuchada del país, se hicieron eco de nuestro trabajo”, reconoce Jay Boy. “Está en las manos de nuestra generación la nación que construyamos para mañana”.

La película marroquí L’Armée du Salut gana el FCAT 2015

"L’Armée du Salut", dirigida por ha sido la Mejor Película en el FCAT 2015. marroquí ganadora de

La película marroquí “L’Armée du Salut”, ópera prima del director Abdellah Taïa, ha sido elegida como la Mejor Película en el FCAT 2015.

El Premio al Mejor Largometraje de Ficción, elegido por el jurado entre las ocho películas de ficción que se incluían en la sección “Hipermetropía”, ha recaído sobre L’Armée du Salut, ópera prima del marroquí Abdellah Taïa. La directora del festival, Mane Cisneros, ha entregado este premio, concedido, en palabras del jurado, por “haber abordado sutilmente la adaptación al cine de su propia novela y presentar sin dramatismo la construcción de la identidad sexual”.

Cuando Abdellah Taïa reconoció su homoxesualidad en una entrevista publicada en la revista política Tel quel, se convirtió en el titular y el escándalo, al menos, político y literario. Taïa pasaba a ser uno de los primeros personajes públicos en Marruecos, en un “país acostumbrado a negar radicalmente este tema”, como reconocía en la entrevista. El protagonista de la película, Abdelá, el pequeño de una familia numerosa, busca su sombra, su identidad, entre sus hermanas, pero su condición de hombre le desplaza a otro plano. La primera parte de la película transcurre en las calles de Salé, ciudad cercana a Rabat. Sin embargo, cuando la escena cambia de país y los años pasan, Abdelá para ser otro. Un regalo visual y reflexivo en una obra íntima y autobiográfica que ya ha comenzado a cosechar premios.

El premio del público ha recaído para Things of the Aimless Wanderer, del ruandés Kivu Ruhorahoza, concedido por los espectadores a través de sus votos en sala. El director de la Filmoteca de Andalucía, Pablo García Casado, ha entregado al director este galardón honorífico que da buena muestra de la acogida por parte de los espectadores de esta película que reflexiona de manera innovadora sobre el colonialismo en Ruanda.

El Premio al Mejor Largometraje Documental, entregado por el crítico de cine Javier H. Estrada, ha sido Beats of the Antonov, del sudanés Hajooj Kuka. La reconocida documentalista egipcia Jihan El Tahri, ha recogido en su nombre el galardón que premia el análisis de la cultura como “forma de resistencia” ante la opresión.

Asimismo, el jurado ha querido hacer una mención especial a otros dos documentales: Chantier A, de Tarek Sami, Lucie Dèche y Karim Loualiche, “por la sensibilidad y la sencillez con la que plantea la cuestión de la búsqueda de la identidad”; y La sirène du Faso Fani, de Michel K. Zongo, “por su habilidad para utilizar el cine no sólo para denunciar un sistema sino también para transformarlo”.

De la sección “En breve” ha resultado ganadora del Premio al Mejor Cortometraje, patrocinado por El Corte Inglés y elegido por votación popular, la película Peau de Colle, de la tunecina Kaouther Ben Hania. El periodista y crítico Javier Tolentino ha hecho entrega de este premio, que ha recogido en nombre de la directora el también realizador Keba Danso.

La interpretación de las actrices africanas también ha sido premiada en la 12ª edición del Festival de Cine Africano de Córdoba. Guadalupe Arensburg, de la Fundación Mujeres por África, institución que financia el Premio a la Mejor Actriz, ha hecho público el nombre de la ganadora, la actriz Horeya Farghaly, protagonista de la película egipcia Decor.

El actor camerunés Emil Abossolo Mbo, a quien el festival ha rendido homenaje en esta edición, la cineasta angoleña Pocas Pascoal y el productor español Martín Pawley; han sido los responsables de seleccionar este palmarés.

La resistencia del Nilo Azul gana en Toronto

Fotograma de la película "Beats of the Antonov", del director sudanés Hajooj Kuka.

Fotograma de la película “Beats of the Antonov”, del director sudanés Hajooj Kuka.

Vivir en un estado aparentemente perpetuo de guerra civil. Y entre vida y vida, la música como instrumento para hablar con el alma, alterar el estado de ánimo y encapsular el tiempo opresor. Para los agricultores y pastores sudaneses, y los rebeldes que residen en las regiones del Nilo Azul y las Montañas Nuba, la música significa mucho más. Sirve como un símbolo de su patrimonio y como una herramienta para mantener a las personas despiertas el tiempo suficiente, como atalayas vigías, para detectar a los bombarderos Antonov de fabricación rusa que descienden sobre ellos día y noche. Esta es la historia del documental Beats of the Antonov, del director Hajooj Kuka, que ha sido recientemente premiado por el público en la 39ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), como el mejor documental.

Beats of the Antonov se construye de forma elegante hilando con suma delicadeza un mensaje político y de esperanza por la paz que sucumbe bajo la música y las risas de los primeros minutos. El trabajo de Kuka bebe de fuentes casi antropológicas para mostrar el día a día de las personas que esquivan la codicia de las bombas que caen del cielo. La irracionalidad de la situación y el horror con el que el director interpela al espectador hace que la propia butaca se quede sin aliento. Y el directo, sin trucos, el documental de cámara al hombro, muestra cómo los habitantes de estas tierras se ponen a cubierto en unas zanjas medio improvisadas. Ansiedad. Falta lenguaje. Pero la cantidad de dolor o sufrimiento por estos proyectiles cobardes queda aparcada cuando estas personas salen de los refugios con una sonrisa: la suerte de no haber sido afectados. Esta vez.

Es entonces, cuando suena la música de la rababa (un instrumento de cuerda casero). La escena es irrepetible para la pupila de un espectador normalmente ataviado de seguridad, ya que el desconcierto por el estruendo del estallido segundos antes, se difumina con la algarabía de cantos y bailes que durarán todo el día y toda la noche… Hasta el siguiente Antonov cargado de muerte. El trabajo de Kuka, producido por el reconocido sudafricano Steven Markovitz, reseña la capacidad de resistencia, la cultura, y la fuerza de estos habitantes de las montañas en Sudán, pero sobre todo, su lucha por mantener la identidad: sus raíces africanas frente a un gobierno que los está empujando a adoptar un estilo de vida más arabizado.

Kuka representa exquisitamente en su ópera prima las numerosas ramificaciones que plantea el conflicto como: el racismo por el color oscuro de la piel en comparación con la mayoría de egipcios y libios; o la importancia de poder hablar la lengua árabe en Sudán para tener más posibilidades de obtener una educación decente y ascender en la sociedad. Un racismo creciente que provoca marginación hacia los sudaneses no árabes.

Entre las duras imágenes de la guerra y la pobreza, el joven director sudanés encuentra inspiración en la música, considerada como una droga que evade y que quita el dolor de la vida por unos momentos. Y es a través de los ritmos infecciosos de instrumentos como la rababa que el pueblo se une. Sin embargo, lejos de ser un documental victimista, Kuka ofrece espacios para la reflexión y la esperanza como son las entrevistas con los campesinos, intelectuales o músicos locales que se niegan a renunciar a la paz. Así que la música y la danza, que han sido una parte tradicional de sus vidas, ahora adquiere un nuevo significado de desafío.

Quizás, como punto disonante, sea interesante mencionar la falta de crítica histórica del director sobre el porqué de la situación actual así como la necesidad de citar a algunos de sus culpables. La propia organización Amnistía Internacional denunciaba en 2011, a escasas semanas de la formación del nuevo estado de Sudán del Sur, que “China, Rusia y Estados Unidos son algunos de los Estados que han suministrado armas o adiestramiento militar a las Fuerzas Armadas de Sudán, así como al Ejército de Liberación Popular de Sudán”. Pero el mérito de Kuba es otro. Su documental se ha ganado al público de Toronto mostrando la resistencia del Nilo Azul.

 

 

Toronto (TIFF), una historia de cines africanos

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Aquí, en la Península, el eco de las noticias sobre los festivales de cine se concentra en el tridente Berlinale, Venecia y Cannes. Desde el otro lado del charco, Sundance (cuna del cine independiente) y la gala de los Oscar mueven a profanos del séptimo arte a mirar los ranking, nominados y, también, los últimos gritos en la moda de la esfera cultural. Pero septiembre deja huella en otro encuentro anual, quizás el festival más importante en el conjunto de América del Norte e igualado en importancia con Cannes: el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), en Canadá. Este año del 4 hasta el 14 septiembre.

Esta cita es considerada como una de las paradas serias antes de los Oscar y puede proporcionar algunas pistas de por dónde irán los tiros en los premios que cada febrero otorga la academia norteamericana. Pero además es el único festival (teniendo en cuenta el peso e importancia) donde no hay ni jurado ni reglas de competencia y donde los premios los decide la audiencia, más allá de los galardones especiales otorgados por la crítica o las diferentes organizaciones que se dan cinta en el TIFF. Así que desde 1976, Toronto sigue presumiendo del lema del que hicieron gala sus fundadores William Marshall, Henk van der Kolk y Dusty Cohl, “un festival de festivales”.

El programa de este año tiene una clara presencia de cines africanos así que os dejamos la lista para que le sigáis de cerca la pista a estos realizadores.. En primer lugar, tres de los títulos favoritos de este 2014: Timbuktu, del mauritano Abderrahmane Sissako (Sección Master). Esta película fue presentada en Cannes 2014 como la única película africana en competición y recibió la distinción del Premio del Jurado Ecuménico y el Premio François Chalais. La película también ha sido presentada en el Festival de Cine de Sydney en 2014. Timbuktu es una ficción basada en hechos reales para la cual Sissako se inspiró en la pequeña ciudad de Aguelhok, en Malí, en julio de 2012, donde una pareja de unos treinta años fue apedreada en público por haber tenido hijos fuera del matrimonio. Las otras películas con opciones son Run, del franco-marfileño Philippe Lacôte (sección Discovery) y el documental Examen d’état, del congolés Dieudo Hamadi (sección TIFF Docs) que fue premiada en el Festival Cinéma du Réel de Paris 2014 con los premios de la Scam y de los editores.

En la sección cortometrajes encontramos The Goat, del sudafricano John Trengove (Programa Internacional de Cortometrajes 5), presentada en la sección Generation de la Berlinale 2014 y Chop My Money, un viaje por la República Democrática del Congo (RDC) dirigido por el cineasta estadounidense Theo Anthony (Programa Internacional de Cortometrajes 1). Especial atención mostraremos a la reacción del público con las cuatro películas de la colección Stories Of Our Lives, sobre la represión de la homosexualidad en Kenia, producidas por el sudafricano Steven Markovitz (sección Discovery). Del mismo modo, el documental Beats of the Antonov del reportero de guerra sudanés Hajooj Kuka, y también producido por Steven Markovitz, presentarán al país en el escenario internacional de una forma poco habitual: sones de guerra y día a día mezclado con la cultura local.

Finalmente se podrán visionar placeres como los largometrajes Impunity, del sudafricano Jioyi Mistri (sección Contemporary World Cinema), The Narrow Frame of Midnight, de la marroquí-iraquí Tala Hadid y la película senegalesa Une simple parole de las hermanas Khady and Mariama Sylla. Lamentablemente esta fue la última película de Khady Sylla que murió en octubre 2013 (sección Wavelengths). Antes de su fallecimiento, Lhady dirigió Une fenêtre ouverte, en 2005, y Colobane Express, en 2006.

Situar África en el mapa o la didáctica de ganar un Oscar – Lupita Nyong’o

Lupita Nyong'o posando con el Oscar a la mejor actriz secundaria. Fuente: http://www.glamour.de

Lupita Nyong’o posando con el Oscar a la mejor actriz secundaria. Fuente: http://www.glamour.de

Sí, una keniana, Lupita Nyong’o, ha ganado el Oscar a la mejor actriz secundaria. Y su discurso “no importa en dónde se encuentre uno, tus sueños son válidos” en la meca de Hollywood, tiene muchas lecturas; tantas como interpretaciones sobre el porqué de este premio del cine comercial bajo el mandato Obama que, por cierto, tiene raíces kenianas. De nuevo, un tridente conocido gana adeptos en las salas de medio planeta con la película 12 años de esclavitud: negros, esclavitud y un continente, el africano, que se reduce a una historia maltratada interesadamente por la propia historia.

Pero que una mujer keniana -sí, nacida en México, pero criada en Nairobi- alzara el pasado fin de semana la preciada estatuilla en la 86 edición de los Oscar tiene un componente didáctico que a Hollywood se le escapa del encuadre y del guión: mucha gente no familiarizada situará a Kenia en el mapa. Y al mirar al sur del Sáhara (48 países) comprenderán que desde la década de 1960 se realiza cine made in Africa y que son muchos los festivales internacionales dedicados a lo largo del año a visibilizarlo.

En este camino de proximidad geográfica que permite la alfombra roja de Hollywood, hoy viajamos al país vecino, Sudán, donde hace un mes tenía lugar el primer festival de cine independiente: el Sudan Independent Film Festival. No ha habido ningún Oscar de por medio, pero ¿por qué no conocer más de cerca la historia del cine en este país y saber en qué momento se encuentra?

Un breve repaso nos situa en los tempranos años del siglo XX, donde el colonialismo británico estaba muy presente en la industria cinematográfica bajo un cine de propaganda, misionero o educativo. De hecho, en 1912 se proyectó la primera película documental sobre la visita del rey Jorge V al país en un teatro al aire libre. Más tarde, en 1920, comerciantes griegos asentados en Jartúm, la capital, comenzaron a mostrar películas mudas. Esta dinámica se hizo más fuerte una década más tarde cuando The Sudan Cinema Corporation, liderado por hombres de negocios sudaneses, comenzaron a construir teatros y a distribuir películas.

Observando el éxito que tenían entre el público los largometrajes que se exibían, las autoridades británicas decidieron crear en los años 50 la Sudan Film Unit para producir noticias breves en blanco y negro con una finalidad educativa (al estilo del NODO español). La colonización se sirvió del audiovisual para llevar a cabo su proyecto civilizador. Es decir, educar bajo los ideales cristianos, con el estilo de vida europeo y rindiendo pleitesía a la Corona británica. Muchas de sus películas se mostraron en todo el país a través de camiones de cine móvil. Os dejamos un frafmento de Cinema in Sudan: Conversations with Gadalla Gubara.

Según Tayeb el-Mahdi, director sudanés y responsable del Sudan Film Group, la primera película de Sudán fue un cortometraje llamado Homeless Childhood realizado en 1952 sobre los niños sin hogar. Y en 1970 se produjo el primer largometraje, Hope and Dreams. En esta época, enmarcada por las esperanzas de cambio puestas en la gran mayoría de países africanos que se habían independizado, el papel del Estado fue casi inexistente de cara a reforzar y apoyar una industria muy debilitada. Muchos creyeron que el cine era un negocio arriesgado y que no tenía ninguna garantía de futuro.

El cambio de plano más importante tuvo lugar después de 1989, cuando un nuevo gobierno de corte islamista llegó al poder. La mano dura en el ámbito audiovisual se cebó primero con el cierre de la Sudanese Cinema Company, seguido de la censura, la subida de impuestos, las trabas aduaneras para importar cine y, en estos últimos tiempos, la competencia de la televisión por satélite e Internet. Este hara-kiri cultural ha desembocado en que actualmente sólo una de las 14 salas de cine de Jartúm siga funcionando.

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Sin embargo, dos décadas más tarde, jóvenes cineastas sudaneses están tratando de reactivar el sector, tanto a nivel local como en la diáspora, y con el acceso a la tecnología digital que abarata los costes. Ejemplos como la de la cineasta Taghreed Sanhouri anglo-sudanesa con reconocimiento internacional por su trabajo en festivales de cine como Nueva York, Toronto o Ámsterdam, o el del afincado en Jartúm, Talal Afifi, que en 2010, con el apoyo de Instituto Goethe, estableció su Sudan Film Factory, son parte de este cambio. En concreto, esta factoría de cine en el corazón de Sudán ha llevado a cabo docenas de seminarios y talleres, y ha ayudado a producir hasta el momento 33 cortometrajes.

Tras la prueba superada del primer Festival de Cine Independiente, el gobierno quizás deba entender que el cine no es un enemigo y que al igual que ocurre con el cine iraní, puede crear una poesía estética y visual no ofensiva para la sensibilidad de la sociedad islámica y, por supuesto, para el regimen. Este evento es un buen paso para traer de vuelta el séptimo arte a Sudán aunque tiene que haber una voluntad política para ayudar. Quizás el vestido azul que llevaba Lupita Nyong’o en la ceremonia de los Oscar recordando a las aguas del Nilo -uno de los ríos más importantes del mundo a nivel politico, social y económico- sirva como metáfora para poner el acento en las cinematografías del continente. Quizás.

 

Ghirmay Andom, una voz eritrea en el exilio

Ghirmay Andom

Ghirmay Andom

Después de años trabajando en rediseñar los tambores tradicionales eritreos y desarrollando su estilo propio, Ghirmay Andom saltó a la fama a principios de 2010 cuando se llevó el 82 por ciento de los votos de la competición en África del este de Le Rêve Africain.

“Creo que gané porque usé ritmos y estilos tradicionales pero con un arreglo moderno, combinando instrumentos tradicionales con otros de contemporáneos” dice Ghirmay Andom, que califica a su música como afropop.

La vida y trayectoria profesional de este treintañero y músico autodidacta se entrelaza con la historia de su país, Eritrea. Nació en un pequeño pueblo al oeste de Asmara, pero a sus tres años, su familia dejó el país huyendo de la guerra. Cruzaron las montañas caminando para después de dos años llegar al Sudán, dónde pasó su infancia en un campo de refugiados.

Su niñez fue de lo más difícil que se puede vivir pero también con memorias bellas que han dejado huella en su música. En el campo de refugiados creció entre un ambiente internacional, viviendo junto a somalís, nigerianos, yemenís y etíopes. “Así conocí sus culturas y su música. De pequeño bailaba en las ceremonias etíopes en el campo. Vivíamos en harmonía aunque hubo una guerra muy destructiva”.

También escuchaba la radio de liberación de Eritrea con su familia. “Para mí, era como oír las voces de mis hermanos muertos que nunca había conocido y el sonido de la libertad y la esperanza que llegaría un día a la nación.” Hoy le decepciona que ese día todavía no haya llegado.

Desde hace tres años Ghirmay Andom está de nuevo en Sudan. Cuando acoge a Wiriko en el modesto cuarto que alquila en Jartum, suena la letra española de una canción de salsa – un estilo de música por la cual dice estar “loco loco loco”.

Pero cuando volvió a Eritrea como adolescente el país no daba muchas oportunidades para aprender música. Ghirmay aprendió a través de libros que le trajo un amigo escocés mientras estudiaba ciencias de la educación. Empezó a trabajar como profesor de música y drama y daba clases de salsa y baile latino a la comunidad internacional. Al graduarse, fue reclutado por el ministerio de educación para formar parte de su banda nacional, donde comenzó su carrera como músico.

Ghirmay Andom

Ghirmay Andom

“Oficialmente era para promover la cultura y la música eritrea, pero en realidad el objetivo era diferente. Era hacer propaganda para el gobierno, independientemente de si las políticas les gustaban a la gente o no. Tú estás allí como una herramienta para convencer a la gente y enseñarles que hasta los artistas cantan a favor de estos planes – a favor de esta guerra. A la gente le encanta la música y se fía de los artistas. El gobierno abusa de esta confianza. Durante la lucha por la independencia tenía un objetivo muy concreto de apurar la liberación, pero después de la guerra siguieron usándolo para mantener el poder y la dictadura.”

Al darse cuenta de los objetivos verdaderos de la banda, Ghirmay Andom empezó a rechazar participar en actuaciones que no correspondían con sus creencias, aunque significó desperdiciar oportunidades de giras en el extranjero y un sueldo mejor. Sus principios firmes le dieron la etiqueta de no nacionalista. Dice que tuvo suerte – podrían haberle castigado con encarcelación o enviándole al ejército. Pero pudo quedarse en el ministerio haciendo tareas más pequeñas. Hizo investigación cultural y trabajó en un proyecto para fomentar la educación de niñas en zonas rurales. A la vez, siguió desarrollando su música en su tiempo libre. Y después de muchos años de trabajo, produjo su primer álbum “Mslekhi iu” en 2011. Dedicó el disco a su madre quien le dió todos sus ahorros para que su pudiera trabajar en el álbum. El mismo año, uno de sus videos, el dueto “Brhan Ainey” con Milena Hailu llegó a ser el tercer videoclip  más visto en Eritrea.

Después del éxito con Le Rêve Africain, Ghirmay Andom se preparaba para hacer su primera gira fuera de Eritrea. Pero un mes antes del viaje, las autoridades le retiraron el pasaporte y le empezaron a seguir – en Eritrea una señal de que una encarcelación es inminente. Tomó la decisión más difícil de su vida. En tres días vendió todas sus cosas y dejó el país al cual tanto había deseado volver. Sin despedidas, para no poner a nadie en peligro de ser detenido.

“Quería a mi país y todo lo de allí, el paisaje, el mar, la gente. Crecí en exilio y no pensaba que volvería a este tipo de vida,” dice con la voz tambaleante. Su fuga sorprendió a mucha gente, pero a la familia no. “Saben que soy una persona franca, soy sagitario” dice riendo, “y siempre estuvieron preocupados por si acababa en prisión. Para ellos fue en parte un alivio aunque también fue muy doloroso”.

Ghirmay Andom. Foto: Wiriko/Caroline Hammargren.

Ghirmay Andom. Foto: Wiriko/Caroline Hammargren.

Al contrario de muchos eritreos que sufren raptos, violaciones y tiros al intentar cruzar la frontera, Ghirmay Andom consiguió llegar sano y salvo a la capital sudanesa en septiembre de 2011. Pero aunque la vida como exiliado en Sudan le permite un refugio temporal, tampoco es una situación estable. Agentes de la seguridad nacional de Eritrea operan en Sudan y corre el riesgo de ser detenido y devuelto. Aun así, sigue haciendo música. Ha sido entrevistada en la televisión sudanesa y de vez en cuando actúa en diferentes eventos. “Siempre estoy preocupado, pero no quiero que eso me limite las oportunidades. Soy cantante y eso es lo que hago, no puedo dejarlo porque tenga miedo. Eso es la vida que he escogido”.

Mientras tanto, espera la resolución de su solicitud de refugiado en Estados Unidos, y sueña con Chicago, ciudad que le interesa por ser multicultural y por su fuerte tradición musical. Encima del armario le espera su maleta y dos bolsos de guitarra.

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Ghirmay Andom

A pesar de todas dificultades por las que ha pasado Ghirmay Andom es de las personas que siempre sonríe. “No puedo parar”, dice con una gran sonrisa. En Jartum también estudia un posgrado en paz y desarrollo, pero sobretodo cree en el poder de la música. “Una canción puede cambiar la historia de una nación. Puede influenciar más que los políticos. Siempre tienes que estar a favor de la gente desamparada.”

Después de llegar a Sudan ha escrito muchas canciones sobre las dificultades que afrontan los eritreos. Siendo los eritreos su público principal, la mayoría de sus canciones son en tigriña, pero ha empezado a cantar en inglés y arabé. “Nunca cambiaré mi estilo pero el idioma sí porque voy a estar en otro ambiente. Para mí lo más importante es enviar un mensaje que la gente pueda comprender.”

Aunque ve su música como algo político no es muy partidario de esa palabra. “Llamarlo política es sólo un nombre. Si canto sobre las dificultades que afrontan los eritreos, para algunos eso es política. Pero no lo es desde el punto de vista de políticos que luchan por el poder. Es una lucha para los derechos humanos más básicos para la gente que los ha perdido”.

El sudanés que rompe fronteras con sus manos

Trabajo de ElShafei titulado "Memorias de barcos sin cadenas".

Trabajo de Mohamed Elshafei Dafalla titulado “Memorias de barcos sin cadenas”.

 

Sudán es una palabra polisémica: o bien un refugio de posibilidades sin futuro para muchos o un trampolín inesperado de creación. Desde el Norte a un Sur recién estrenado como país número 54 del continente africano, el moderno Sudán ha sido víctima de las fronteras coloniales tanto antiguas como modernas, realidad que el artista Mohamed Elshafei Dafalla ha asumido como propia en toda su obra. Las orillas del Nilo han visto como este sudanés políglota de las artes plásticas ha caracterizado su trabajo con el compromiso político y social. Hoy hablaremos en Artivismo de ElShafei, el escultor, fotógrafo, pintor y artista que les da voz a los que no la tienen.

Creció en Sennar en 1971, cuando Sudán era todavía uno y, según los datos estadísticos, el país más grande de África, uno de los cinco más grandes del mundo, con 115 idiomas dentro de sus fronteras y con alrededor de 700 grupos étnicos. Puerta de entrada a Tierra Santa y paso obligado a los que, desde el oeste africano, peregrinaban a Oriente Medio.

Su andadura a través del arte la inició a la edad de trece años y como si fuera el punto de inflexión, su trabajo comenzó a tener un trasfondo adeudado con la sociedad que lo rodeaba; Elshafei reconoció en el arte, con el apoyo de sus padres, ambos maestros, una herramienta de comunicación. La percepción precoz de que sus manos tenían más usos que el de moldear letras en el papel se hizo real al poetizar lo que soñaba: utilizarlas para comunicarse más allá de las restricciones de idioma. Después de estudiar en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Sudán en JartUM, más tarde obtuvo una Maestría en Bellas Artes por la Escuela de Arte y Diseño de la Universidad de Michigan.

El artista sudanés  Mohamed Elshafei Dafalla. Fuente: http://www.samagazette.com

El artista sudanés Elshafei. Fuente: http://www.samagazette.com

Después de la universidad en Sudán, se integró con la población de Umbororo, un pueblo nómada y bastante estereotipado por sus costumbres. Los Umbororo ofrecieron a Elshafei un punto de vista diferente; una cosmovisión de la vida dedicada a la naturaleza y al seguimiento de sus animales en busca de pastos. Sumergido en su cultura comenzó a entender y apreciar la libertad de ellos como una forma ideal de ser. “Ellos viajan, a veces cruzando las fronteras, sin que nadie les pare y sin que nadie les pregunte por qué están ahí. Ellos ni poseen ni llevan identificación y no tienen ninguna necesidad de hacerlo”, afirma en su página personal. Además, ha documentado las historias de vida de más de medio centenar de artistas de Sudán a través de fotografías y biografías del Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Cornell.

Este africano, musulmán, profesor, activista, y galardonado artista multimedia, es mucho más que todas estas etiquetas. Su misión, a través de su arte, como hacen compatriotas suyos de la talla de Ahmed Abushariaa, El Tayib Bait El Daw, Ayoub Hamid o el fallecido Mahdi Rashid, es ayudar a la gente a entender esto: el arte es un lenguaje poderoso y universal que sirve para dar herramientas de expresión a los que están sometidos.

La combinación de arte y activismo provoca que la obra de este sudanés de 42 años, afincado en Washington, sea referencia en el terreno de las experiencias de los refugiados atrapados entre las fronteras y los conflictos en su país natal. Influenciado por el conflicto desordenado que recientemente separó su casa en dos países, Sudán y Sudán del Sur, espera poder exponer los muchos problemas e injusticias que crean las fronteras artificiales con demasiada frecuencia.

Como afirmó para el diario digital Voanews: “Las personas deben vivir sin fronteras, que es como la gente vivía al principio. Pero, por desgracia nuestros políticos comienzan a construir estas fronteras en relación con sus propios intereses. Esto crea más problemas de los que crea la paz. Ellos tal vez deberían trabajar para destruir las fronteras y hacer el mundo abierto y accesible”.

Os dejamos uno de sus último trabajos audiovisuales en el que se embarcó el año pasado sobre historias de vida de supervivientes a torturas y a los solicitantes de asilo en los Estados Unidos.