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Call Me Thief: El destrozo del apartheid en la Sudáfrica de los sesenta

La muerte ajena. Mover la mirada cuando el dolor se presagia cerca. Escapar en el precipicio. Intuir la figura arqueada de un cuerpo que pende de una soga. La mortaja. Los dedos de los pies que se entumecen. No llega el oxígeno. Y entonces, el final. Así comienza Noem My Skollie (Call Me Thief, en su traducción inglesa). Una toma inicial que muestra los últimos segundos de un prisionero que jadea y reza. No hay tiempo. O quizás en el más allá. Se escucha una voz en off que recita esa frase que da miedo porque cuestiona y aprieta las neuronas de lo racional: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Se le atribuye al siempre eterno y guapo James Dean, aunque en realidad se hiciera famosa en un diálogo de la película Llamad a cualquier puerta (1949) del director Nicholas Ray, en la que Humprey Bogart interpretaba a un abogado de esos de gabardina y cigarro quemando labios.

La película Call Me Thief, del director Daryne Joshua, vuelve a la Sudáfrica del apartheid y se sitúa en Ciudad del Cabo en la década de los sesenta. En concreto, la historia se centra en Cape Flats, un ghetto –actualmente en expansión– que fue construido a unos 15 kilómetros de las elegantes casas adosadas y ajardinadas de la cornisa atlántica de esta ciudad del extremo sur del continente. Cuando la segregación legalizada se extendió por Sudáfrica a finales de la década de 1960, el gobierno blanco expulsó a las familias mixtas de sus comunidades en el centro de Ciudad del Cabo y les asignó parcelas en esta tierra al oeste. Pero allí solo había arena, polvo y desolación. Las redes familiares se rompieron y se reemplazaron por otro tipo de alianzas: las pandillas callejeras que han vivido y muerto en este suburbio considerado el más grande de Ciudad del Cabo (entre 300.00 y 3 millones de personas).

En este contexto es donde se enmarca el guion basado en la propia historia de John W. Fredericks, que ahora peina los 71 años y despoja heridas a golpe de tecla en su vieja máquina de escribir que maneja con un solo dedo. La sinopsis es la siguiente: El joven Abraham, conocido como AB (Austin Rose) eleva su estatus en la cárcel cautivando a los gánsteres con su don para contar historias mientras que sus tres mejores amigos Gimba (Ethan Patton), Gif (Joshua Vraagom) y Shorty (Valentino de Klerk) hacen de concubinas de los jefes pandilleros. Hay varios grupos, pero el poder de las palabras y la narración oral servirán de parapeto a AB para permanecer neutral. Un don que le reconoció su madre en la infancia mientras él le leía la Biblia.

¿La inflexión? Un asalto brutal en un basurero de Cape Flats donde lo violan y le roban su inocencia. A pesar de las pesadillas, AB entierra su dolor instando a sus amigos a formar una pandilla (los Young Ones) para protegerse mutuamente. No obstante, pronto serán absorbidos por el mundo violento de robos y asesinatos glorificados por sus padres y adultos a los que admiran. Las imágenes muestran cómo los muchachos pasan el tiempo en las esquinas de las calles, hablan duro y presumen de las heridas de bala en sus piernas o de los cortes con cuchillo en la cara a causa de las peleas. Y beben. Un par de botellas de cerveza Black Label, amortiguan el paso de la violencia a la inocencia que todavía conservan estos adolescentes.

Hay una historia paralela de amor como en las películas de bandas callejeras rodadas en América. También hay venganza, miedo y desesperación. Pero quizás, más allá de la violencia, el uso de la narración de historias como contrapunto a la brutalidad de los encarcelamientos en masa durante esa parte de la historia sudafricana es apasionante y refrescante. Sus más de dos horas ofrece un final que complace a pesar de cabalgar en algo que el joven realizador Daryne Joshua ha conseguido a la perfección con la película: uno de los dolores más profundos e inquietantes que existen es la soledad. La supervivencia es una cuestión de perspectiva.

Call Me Thief, fue la única película del África al sur del Sahara que estuvo en las apuestas para los 89 Premios de la Academia (Oscar) en 2017.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa. Call me a thief ha sido la película ganadora de la edición 2017.

Salym Fayad: “En Colombia se están creando espacios para la reconciliación a través del arte”

Cine Tonala, Bogota.

Wiriko este año ha contribuido a promocionar la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA) como medio oficial. Un encuentro bianual que se hace cada vez más importante en el país y que cuenta con un elenco de profesionales concienciados en que a través del arte y la cultura se pueden abrir brechas a partir de las cuales mostrar otras realidades y formas de compartir experiencias de éxito en esta tarea de crear un mundo más justo. Uno de los cofundadores de la MUICA es Salym Fayad, fotógrafo, realizador y periodista independiente colombiano que desde 2008 vive en Johannesburgo trabajando temas tan diversos como la promoción musical, el intercambio cultural o reportajes que cubren desde la cultura pop hasta lo más tradicional, e incluso los derechos humanos. La idea del MUICA surgió de hecho en Sudáfrica en 2014 gracias al trabajo con Marcela Asensio y Ángela Ramírez realizadoras cinematográficas, también colombianas con las que crearon la fundación Otro Sur. En 2015 se celebraría en Colombia la I MUICA. Y hace algunas semanas finalizaba esta segunda entrega de un evento fundamental.

Salym, este puente entre Sudáfrica y Colombia ¿a qué se debe? ¿Hay similitudes entre estos dos países?

Hay muchas. Primero desde el lado humano: calidez, sociedades abiertas, orientan a los extraños, ayudan al recién llegado. Es algo que he percibido en mis viajes tanto en América Latina como en África. Por otro lado, hay similitudes de tipo histórico y social. Algunas naciones en África vienen de pasados o presentes traumáticos como el que vivimos en Colombia en el que hemos pasado 52 años en guerra y, hasta ahora, estamos intentando salir o, mejor dicho, iniciar un nuevo ciclo histórico, social y político. Hay naciones africanas que están pasando por el mismo proceso como por ejemplo Sudáfrica que también salió de un proceso traumático después de pasar 50 años de apartheid. Y aunque han pasado más de 20 años hay enormes similitudes y enormes cicatrices en este país que también se relacionan con Colombia y que se reflejan en temas como la desigualdad, la criminalidad e incluso la corrupción. Desde luego el tema racial también es otra similitud.

Salym Fayad presentando una proyeccioón de la MUICA en el Cine Tonala, en Bogota.Foto: Carlos Santos.

Cuando explicas en el contexto de Johannesburgo que eres colombiano ¿qué imagen tienen de tu país?

Por lo general ninguna. Al igual que si en Colombia hablo de Guinea Bissau o Togo. Mucha gente cree que Colombia queda en América del Norte, muchos la confunden con Cuba, incluso. Y cuando se tienen referencias los clichés apuntan hacia Shakira o Pablo Escobar. De hecho, la serie de Netflix ha contribuido a popularizar un imaginario sobre mi país un poco glamurizado o romantizado de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente. Una etapa de la que todavía no nos hemos recuperado o digerido como sociedad. Brasil, por ejemplo, tiene una conexión más fuerte con los países africanos a nivel comercial y diplomático.

Y de forma inversa, ¿cuál es la imagen que llega a Colombia de África y de Sudáfrica en particular?

Pues llegan los mismo estereotipos de siempre que se acentúan por la falta de información. Salvo la ocasional nota sobre Boko Haram, el espacio que los medios colombianos dedican a África es mínimo y la información que llega desde el terreno es prácticamente nula y la voz de los autores, reporteros o artistas africanos es inexistente. En Colombia ha surgido en los últimos años una tendencia a reivindicar nuestras raíces africanas. Es una reivindicación necesaria, pero que llega tarde, aunque afortunadamente ya está sobre la mesa. Y lo hace en el marco del decenio de la afrodescendencia declarado por Naciones Unidas y en el contexto de los acuerdos de paz y de post conflicto por los que atraviesa el país. En estos, se hace énfasis en el reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, miles de las cuales son afrodescendientes. Y esta reivindicación se refleja en la producción musical o cinematográfica del país. Sin embargo, desde mi modo de ver, muchas veces estos acercamientos tienden a romantizar ciertos imaginarios sobre África como origen que, aunque sean positivos, también son estereotipos con frecuencia simplistas con los que se hace poco esfuerzo por reconocer realmente sus complejidades y sus múltiples dimensiones.

Sobre Sudáfrica llega información, pero también está estereotipada: Mandela, el post conflicto, la comisión de la verdad y la reconciliación, en resumen: sobre la sanación social en general. Estas visiones tienden a obviar las complejidades de las realidades sudafricanas, donde la idea de “la nación del arcoíris” es un mito, donde la desigualdad es enorme, y donde las tensiones raciales son evidentes. Ahora, el caso sudafricano es un referente muy valioso que aporta mucho a la discusión en Colombia sobre cómo asumir el postconflicto como nación. Pero creo que no se problematiza lo suficiente.

Por otra parte, personalidades sudafricanas implicadas en el proceso de reconciliación han visitado Colombia para hablar de la experiencia de su país, pero han sido en su mayoría blancos y no negros que fueron las víctimas reales durante el apartheid y quienes están en una posición más clara para hablar/nos de perdón. Entre estas personalidades se encuentran el último presidente de la era del apartheid, Frederik de Klerk que compartió el Nobel de la paz junto a Nelson Mandela. Una figura que en su país está muy lejos de ser percibido como un pacificador.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion de la 1a version de la MUICA en Cali.

Colombia atraviesa un momento político y social crucial tras el referéndum para la paz. ¿Cuál es el contexto en el que se celebró la MUICA?

Como he mencionado, Colombia estuvo inmersa en un conflicto armado durante 52 años y después de 4 años de negociaciones en la Habana (Cuba) –y después de varios intentos fallidos de varios gobiernos para llegar a algún acuerdo con las FARC, la principal guerrilla del país– a finales del año pasado se firmó un acuerdo. Este es un contexto que a nivel social tiene muchas implicaciones que se ponen sobre la mesa: el problema del narcotráfico que durante décadas ha financiado el conflicto armado y la violencia; el tema de los desplazados ya que desde hace muchos años mi país está entre los 3 primeros del mundo en términos de desplazados internos, actualmente unos 6 millones de desplazados por la violencia; el papel de las tierras; el papel de las víctimas; los asesinatos a líderes indígenas que en este año van más de 40… Habiendo dicho esto, hay una oposición, un sector que se opone a los acuerdos y que ha dividido mucho a la sociedad.

La MUICA se celebró en un contexto de mucha esperanza y donde hay también mucho movimiento desde la sociedad civil. La población está haciendo muchos esfuerzos por crear espacios de diálogos para que las víctimas se expresen y para esto se está utilizando mucho el arte:3 las canciones, la tradicional oral, pero por supuesto también el cine. El momento ha generado una corriente cultural que busca formar parte en todo este proceso de reconciliación y sanación en Colombia.

¿Entonces la MUICA intenta contribuir a este nuevo espacio de diálogo en el país con la muestra de cines africanos?

Creemos que hay un vacío cultural muy grande en cuanto a las relaciones culturales y a los conocimientos con África y sus expresiones culturales. Creemos que a través del cine podemos tener acceso a esa multiplicidad de realidades africanas que en muchos casos desconocemos en Colombia, pero que a la vez son narradas por los artistas africanos y no desde una mirada occidental. No se trata solo de conocer las dimensiones sociales y culturales sobre África, sino de conocer cuáles son los métodos o las formas narrativas que utilizan esas voces para contar su propia realidad. Pero la razón de ser de la MUICA no es solamente concentrarnos a nivel racial como decía antes, sino porque los países del llamado Sur Global compartimos muchísimas cosas a nivel social. Además, nuestro interés también es artístico porque consideramos que a través de estas narrativas podemos ampliar nuestros horizontes sobre África.

La comunidad afro en Colombia ronda los 4 millones de personas según el último censo de 2005. 12 años después ¿esa población se mantiene? ¿Ha aumentado?

A pesar de que esas son las cifras oficiales más recientes, de hace más de 10 años, hoy en día se calcula que aproximadamente la cuarta parte de la población colombiana es afrodescendiente. Su presencia se ha visibilizado en muchos casos por las razones equivocadas, como por ejemplo las altísimas cifras de desplazados por el conflicto que provienen de estas zonas. Este 25 por ciento, sin embargo, que equivaldría a unos 10 millones de personas, no se traduce en términos de representación política ni de distribución económica. Gran parte de la población afro se concentra en el departamento del Chocó, en la costa Pacífica, que es además una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país, y además una de las más perjudicadas por la violencia.

Proyección en el distrito de Siloe, Cali. Foto Salym Fayad.

Y eso de itinerante… ¿tiene algo que ver con la dispersión de la comunidad afro en el país?

En parte sí, pero no solo eso; sino también con desplazar el centro de poder y de la oferta cultural en el país. Es decir, de Bogotá, la capital. La MUICA se realiza también en Cali y Cartagena, dos de las ciudades que cuentan con una alta concentración de población afrodescendiente. También hemos llegado a la isla de Providencia en el Caribe. Las ciudades tienen también una rica oferta cultural, pero que en muchos casos en el país está regionalizada. Es normal que ciertos productos culturales se consuman más que otros en diferentes regiones, pero creemos que la programación de la MUICA le habla, o le puede hablar, a toda Colombia. Tanto por la propuesta estética de algunas de las cintas como por su contenido. Hemos programado películas que abordan temas que son de gran relevancia en el contexto del postconflicto en Colombia. Algo Necesario, de Judy Kibinge y Materia Gris, de Kivu Ruhorahoza, que reflexionan sobre cómo gestionar el trauma tanto a nivel individual como a nivel social en un ambiente que ha sido marcado por la violencia. También Mandela, el mito y yo, de Khalo Matabane, hace un retrato tan personal como crítico sobre el legado del icono de la reconciliación en Sudáfrica.

Pero las itinerancias de la MUICA no solo llegan a las principales salas en centros urbanos. También hemos hecho proyecciones en colegios, en barrios periféricos –algunos de ellos con mayoría de población afrodescendiente–, en parques, plazas, bibliotecas y espacios públicos. La intención ha sido un año más, la de diseminar este contenido cultural hasta donde sea posible, y que todo tipo de público se pueda relacionar con éste porque lo encuentra entretenido, porque se puede relacionar con su contexto inmediato, por su origen histórico, o por el contexto general de la realidad nacional.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion-apertura de la 1a version de la MUICA en Cali. Foto: Salym Fayad.

¿Nos puedes contar cuál ha sido el recibimiento en las ciudades que han acogido la muestra?

El recibimiento ha sido muy positivo. La primera MUICA en 2015 nos permitió ver el interés –o curiosidad– del público por este tipo de contenido, que en Colombia nunca había sido exhibido en esta escala. Eso nos animó a ampliar el catálogo (este año hemos proyectado 20 títulos) y nuestro alcance. Hemos recibido una gran cantidad de invitaciones para replicar la muestra en otras ciudades, como Medellín, la segunda ciudad más grande del país, pero también a otras como Valledupar, Manizales o Ibagué. También en ciudades como Buenaventura o Quibdó en la región del Pacífico, urbes de mayoría afrodescendiente, en las que además hay muy poca exposición al cine que no sea de consumo masivo, y que tienen sus propios desafíos en términos logísticos, de infraestructura, de difusión y de creación de públicos.

Habéis contado con el camerunés Jean Pierre Bekolo en Bogotá. Cuéntanos cómo fue, ¿cuáles han sido las impresiones del director?

Jean Pierre Bekolo es quizás el realizador camerunés más destacado actualmente, no solo por los premios que ha recibido en el pasado en festivales como FESPACO y Cannes y por los cargos que ha ocupado en organizaciones como la World Cinema Alliance y Guild of African Filmmakers, sino porque su lenguaje cinematográfico es atrevido, experimenta con elementos narrativos poco convencionales y sus películas con frecuencia reflexionan sobre el quehacer cinematográfico a la vez que hacen un comentario social o político. En la MUICA programamos dos de sus títulos: Las Sangrientas (Les Saignantes) El Presidente (Le président); la primera es considerada la primera película de ciencia ficción del continente y la segunda es un falso documental que hace referencia al presidente de Camerún y que fue censurada en el país.

Tenerlo como invitado abrió una ventana para el intercambio cultural que estamos buscando. Para muchos de los asistentes a sus películas, como lo expresaron durante sus charlas y sesiones de preguntas después de las proyecciones, el único referente que tenían de Camerún es que su equipo de fútbol eliminó a Colombia del mundial de Italia en 1990. Y ahora tenían en frente a un artista de vanguardia hablando de afro-futurismo, poscolonialismo cultural, de las dinámicas de la representación en el cine de y fuera de África. Bekolo sostiene que se pueden plantear soluciones o transformaciones a nivel social desde el cine, que puede ser una herramienta para sanar nuestros traumas pasados, la violencia del colonialismo o de la desigualdad, que es un espacio de reflexión que incluso desde la ficción puede contribuir a la reconstrucción social. Esto es muy relevante en el contexto colombiano y así lo percibió el público y los cineastas colombianos que asistieron a sus charlas. Para él, este intercambio también fue muy enriquecedor; estar expuesto al público y a los realizadores afrocolombianos, escuchar sus inquietudes sobre cómo narrar historias sobre sí mismos y cómo se perciben en el panorama general del país. De hecho, expresó su interés en trabajar en un proyecto cinematográfico propio en la región del Pacífico colombiano.

JP Bekolo durante el MUICA, Bogotá, Colombia. Foto: Salym Fayad.

Tu experiencia de trabajo en África te ha permitido entrar en contacto con cineastas y trabajadores de la industria cinematográfica. ¿Cómo ves el sector después de que seamos conscientes de la cada vez más acuciante dinámica de nuevos festivales de cine en el continente?

Muchos de los cineastas y programadores con los que he conversado coinciden en que el sector se está fortaleciendo en el continente, tanto a nivel de producción como de exposición. Cada vez más se están desafiando las categorías de los géneros cinematográficos, y la tecnología misma está abriendo la oportunidad para que realizadores emergentes o independientes puedan producir piezas de gran calidad técnica sin depender de enormes presupuestos o equipos de producción. También hay festivales establecidos que son una plataforma fundamental para que los realizadores exhiban su trabajo en el continente: FESPACO (Burkina Faso), el festival de Durban (Sudáfrica), el de Zanzíbar (Tanzania), el de Cartago (Túnez), el del Luxor (Egipto), por nombrar algunos. Sin embargo, hay problemas de base que son conversación habitual entre los miembros del sector: existe una enorme escasez de salas de proyección en muchos países, y aún existe una gran dependencia de la financiación europea para la gestión de festivales de cine y para la realización cinematográfica en África. También para la difusión y distribución de las películas. Esta dependencia en muchos casos compromete la creatividad de los realizadores que, en ocasiones, deben moldear sus propuestas iniciales para satisfacer las exigencias de las organizaciones que financian sus proyectos. Esta dependencia a veces se traduce también en la cesión de los derechos de difusión y proyección a las organizaciones europeas, de manera que algunos realizadores pierden también el control sobre la difusión de sus propias obras.

¿Es verdad eso de que Sudáfrica es punto y aparte a nivel de cine?

Aunque la industria cinematográfica en Sudáfrica también se enfrenta a enormes desafíos, es cierto que el país tiene instituciones más fuertes para el apoyo a los proyectos culturales. Por esto mismo los realizadores tienen un poco más de independencia en la ejecución de sus proyectos. Sudáfrica tiene además su propia red de festivales internacionales que van desde los de Durban y Johannesburgo hasta el festival de documental Encounters, Tri-Continental y el Out in Africa Gay and Lesbian Film Festival, entre otros. Hay que tener en cuenta también que Sudáfrica está mejor equipada que otros países en términos técnicos, y que además la libertad de expresión en el país es más amplia que en otras naciones, lo que permite también a los realizadores abordar temas sociales y políticos con mayor libertad creativa.

¿Qué otras industrias/países recomiendas seguir de cerca?

La industria en Kenia se está fortaleciendo y hay realizadoras como las que hemos programado este año Judy Kibinge o Wanuri Kahiu (directora del corto de ciencia ficción Pumzi, 2009), así como el colectivo The Nest (Stories of Our Lives, 2014) que están haciendo desde la ficción un trabajo muy interesante sobre temas sociales, ambientales y de género, éste último desafiando las represivas leyes contra la comunidad LGBTI en el país. La producción cinematográfica en Burkina Faso tiene quizá menos alcance a nivel internacional, pero brilla por su calidad en cada edición del festival FESPACO, en la capital Uagadugú, la plataforma idónea para que los realizadores locales exhiban sus producciones ante el público y los programadores internacionales. También vale la pena prestar atención a las iniciativas que promueven las producciones en realidad virtual, que se están fortaleciendo con particular énfasis en Kenia.

El cineasta JP Bekolo en conversación con Salym Fayad durante el transcurso del Muica 2017.

¿Y algún director/a que esté posicionado para deslumbrarnos en las salas y festivales europeos?

El maliense Daouda Coulibaly. Wúlusu primer largometraje, es un thriller que aborda el tema del tráfico de cocaína en el Sahara como no lo habíamos visto antes, exponiendo las diferentes dimensiones y actores que participan en este comercio ilegal y que afecta a la seguridad, la política y las relaciones internacionales en toda la región; y que además tiene implicaciones a nivel global, incluyendo entre sus actores, desde luego, tanto a Colombia como a España.

 

Tracey Rose, vídeo y performance para desafiar el ‘statu quo’

  • Autora invitada: Ana Martín Onandía

No es tarea fácil hablar sobre Tracey Rose, no sólo por la complejidad de sus trabajos, sino también por su intensa obra y su largo recorrido. Su proceso es intrincado y muchas de sus obras están compuestas por alusiones, por intertextos que crean una lectura compuesta de capas. A medida que se van descubriendo, se pasa de un primer contacto cómico, por el elemento absurdo e impactante de muchas de sus obras a una reflexión algo dolorosa surgida de la crítica punzante e inteligente de la que se sirve la sudafricana.

San Pedro V, The hope I hope, 2005

San Pedro V, The hope I hope, 2005

A través de su trabajo, de diversas intervenciones y entrevistas,  Tracey Rose se muestra como una artista audaz, franca hasta congelar sonrisas, contestataria, provocativa, salvaje, además de tremendamente consciente y comprometida con su obra. Nacida en Durban en 1974, estudió arte en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo y también cursa un Máster en Bellas Artes en la londinense Goldsmiths Collage. Ha tenido numerosas exposiciones en solitario en Sudáfrica y en países del continente europeo y americano. También ha colaborado en la mayor parte de las grandes citas de arte contemporáneo internacionales, entre los que destacan por su tempranísima edad, la segunda Bienal de Johannesburgo en 1997 o la Bienal de Venecia en 2001. Estos encuentros apenas fueron el comienzo de su carrera ya que desde entonces es una artista en continuo movimiento, con un amplio y complejo trabajo multidisciplinar donde se unen prácticas cómo el vídeo, la fotografía, el texto, la escultura, la instalación o la performance.

Rose, a menudo utiliza su cuerpo y su pelo, a través de las distintas técnicas visuales mencionadas anteriormente, para reflexionar y criticar los elementos opresores tan arraigados en nuestras sociedades contemporáneas por razón de género o etnia. Censura los dogmas que obligan a identificarse con diferentes grupos herméticos, por su hipocresía y su disfunción, ya que crean grandes conflictos de identidad en el mundo global en el que habitamos. En uno de sus primeros trabajos Ongetiteld (Untitled), vídeo realizado en 1998, la artista se graba con cámaras de seguridad mientras se depila todo el cuerpo con el fin de mostrar como ese cuerpo sin vello se encuentra en una línea difusa, difícil de encasillar por alejarse de las normas estéticas del género y como afirma la propia artista, el pelo en las comunidades afro posee gran información sobre la descendencia de los individuos. Según el escritor Percy Zvomuya, ella experimenta estos mismos conflictos en primera persona por su condición de artista internacional con diversos orígenes étnicos y que, además, vive en la sociedad del post apartheid.

Uno de sus trabajos más reconocidos es Ciao Bella, que presentó en la Bienal de Venecia de 2001. Esta obra consiste en trece personajes o arquetipos femeninos, todos ellos representados por Rose mediante disfraces hechos por ella misma. La disposición de la obra se formula alrededor de fotografías de gran tamaño y tres canales de proyección dirigidos a tres pantallas. Las fotos son retratos de los distintos personajes femeninos, constituyendo en conjunto un abanico de los diferentes roles o visiones impuestas a la mujer a lo largo de la historia. Entre ellas encontramos desde la figura de la madre más tradicional y estable,  pasando por una Lolita, María Antonieta, una Saartjie Baartman, una conejita, una sirena, una monja, hasta una boxeadora golpeándose a sí misma, entre otras. Junto a estas fotos se proyecta una video-instalación enmarcada de estilo barroco con cortinas rojas propias de los teatros, donde muchos de los personajes capturados en las fotos se agrupan alrededor de una mesa que representa la escena de la Última Cena de Leonardo Da Vinci (Sean O’Toole). Los personajes se mueven de forma absurda y divertida, desapareciendo y reapareciendo en la escena, algunos mueren a manos de la conejita, otros vuelan. Con mucho humor, este trabajo subvierte y explora los elementos judeo-cristianos que condicionan a la mujer a lo largo de la historia.

 

Otra de sus piezas punzantes y altamente subversivas hacia las instituciones promotoras del arte, es Plantation Lullabies (2008).  Esta performance deriva de una exposición en el museo de Brooklyn de Nueva York, llamada Global Feminisms (2007), a la que la artista es invitada. La ausencia de voces afroamericanas, afroasiáticas o nativo americanas, en definitiva de una verdadera representación de los feminismos globales, irrita y exaspera a la artista. Es así como se decide a hacer una presentación de ventriloquia con el título The Cunt Show (2007), sirviéndose de dos guantes-marionetas que representan a dos artistas invitadas, a través de las cuales la sudafricana desmonta la falacia del evento en una conversación entre estos dos personajes, pues según ella muchas de estas organizaciones artísticas son hipócritas al tratar temas y situaciones que no pretenden cambiar, a veces incluso llegando a perpetuar el mismo patrón de desigualdad.

En un acto rebelde, atrevido y muy potente, Rose decide ir a Jerusalén a grabar en la muralla que divide Palestina e Israel. Completamente pintada de rosa, tan sólo provista de botas, bragas de leopardo, peluca, corona y guitarra eléctrica, ésta toca malamente el himno nacional israelí. San Pedro V: The Hope I Hope (2005) termina con la imagen de la artista orinando en el angustioso y tiránico muro.

Entre sus últimas obras se encuentra White Girl Fart Factory, 2015 (La fábrica de pedos de las chicas blancas), que recorre el proceso de producción y comercialización de la mantequilla de maní, con el fin de exhibir y reflexionar sobre la opresión hacía la comunidad afro a nivel internacional, a través de la historia de este producto. Para ello, utiliza botes de “Black Cat”, una marca sudafricana de dicha mantequilla, cuya publicidad en los años del apartheid iba dirigida al hombre blanco como fuente milagrosa de poder y fuerza. Rose comienza guiándonos por su historia colocando un cúmulo de este alimento delante de un dibujo del rostro de George Washington Carver, un investigador e inventor afroamericano nacido en el periodo de esclavitud estadounidense, y que entre otros descubrimientos, se le atribuye el desarrollo de números usos del maní, como el de la mantequilla. El último bote de la instalación, contiene “el pedo de la chica blanca” (Sonia Barrett) custodiado por un gato 3D al estilo de la marca sudafricana.

 

Die wit man, 2015

Die wit man, 2015

También del 2015 es su Die Wit Man (El hombre blanco), una performance dura, necesaria y desgarradora que en palabras de O’Toole “cuestiona el supuesto panorama idílico post-racial por la desegregación de la sociedad estadounidense, la descolonización africana y la caída del apartheid en Sudáfrica”. A pesar de que esa falsa superación es sobradamente conocida y dolorosamente obvia, todavía existen muchos grupos en estas sociedades que se niegan a ver el abuso histórico en términos raciales o que se empeñan en borrarlo de la historia. Por eso, con un aspecto burlesco, descuidado y bizarro, Rose recorre las calles de Bruselas para no permitirnos olvidar. Desde un centro de arte contemporáneo de la capital belga, hasta Our Lady of Laeken, una iglesia gótica donde la familia real belga está enterrada (como relata O’Toole), la artista sudafricana grita a través de un cono de tráfico, que imita a un megáfono, el nombre de Patrice Lumumba, el primer líder congolés elegido tras la independencia del país, asesinado hace 55 años por los agentes de seguridad belgas y estadounidenses.

En la feria de arte Art Basel, Tracey Rose hace un paralelismo entre la alquimia y el arte, asegura que el artista hace magia. Por eso, en su proceso de creación desea dejarse llevar, escapar de cualquier tipo de control y agenda para encontrar su manera más pura y personal de expresión. Puede que la complicidad y el estilo caricaturesco le sirvan para sanarse y liberarse de todas esas limitaciones impuestas, y puede que también le sirvan para guiar al público hacia la herida, hacia el fondo de la cuestión sin tapujos pero con humor y sarcasmo.

Mas información y fuentes:

Walter Dube inaugura la 6ª edición del Film Africa

filmafrica

El silencio se acomoda en la butaca. Se toman bocanadas de aire mientras los créditos avanzan rápidamente. El aplauso, tímido, relaja la carga emocional con la que el espectador se ha enfrentado al final de Kalushi: la historia de Salomon Mahlangu. El primer largometraje del sudafricano Walter Dube abrió la sexta edición del Film Africa en la noche del viernes. La gala inaugural dio paso a diez días de “lo mejor de lo que se hace en África y en la diáspora”, como dijo la periodista y presidenta de la Royal Africa Society, Zeinab Badawi.

La Picturehouse Central de Londres pareció haberse impregnado del bullicio de la colindante Piccadilly Circus. Mientras los turistas enfocaban la foto a la estatua de Eros iluminada por los electrizantes anuncios, los asistentes al estreno del festival de cine africano cogieron de la mano a “Solly”, mote con el que sus amigos llamaban a Salomon Mahlangu.

Es el Soweto de hace 40 años. Es junio de 1976 y miles de estudiantes negros se manifiestan en la calles contra la Ley de Educación Bantú que introduce la lengua Afrikaans en el currículum académico del Sudáfrica. Mahlangu, de 19 años, es un vendedor ambulante que intenta no meterse en líos. No asiste a la protesta que deja cientos de muertos pero, sin embargo, se convierte en un icono estudiantil de la época.

La película es el reflejo del cruel sistema apartheid contado desde la perspectiva de un director negro tras la cámara. Es el primer largo de Walter Dube que intentó que otros cineastas llevaran a la pantalla la vida de Mahlangu. Ante la negativa, el director nobel se decidió a filmar una cinta conmovedora, intensa y llena de amor.

Kalushi es una historia por la igualdad. Es el desarrollo personal y político de Salomon Mahlangu en la Sudáfrica racista a través de un trabajo que “educa y enseña”. La película se aleja de “la comercialización de los iconos”, dice el actor que encarna a Salomon Mahlangu, Thabo Rametsi, presente en el estreno. Es el reflejo de una situación que no solo afectó a varias personas, sino que muestra “el dolor de las madres que perdieron a sus hijos, las familias que perdieron su identidad”.

Audrey Brown, Thabo Rametsi y Mandla Dube en el coloquio tras la proyección de Kalushi / Foto: Estrella Sendra

Audrey Brown, Thabo Rametsi y Mandla Dube en el coloquio tras la proyección de Kalushi / Foto: Estrella Sendra

El largometraje trae a escena a un joven en el contexto de hace 40 años pero que bien podría estar en la Sudáfrica de hoy. “Los acontecimientos recientes entristecerían a Salomon pero le gustaría ver cómo la gente joven está luchando y sigue sin conformarse”, comentó el director Mandla Dube en un coloquio tras la proyección de su primer filme.

La charla hizo hincapié en las similitudes entre la Sudáfrica actual y la que se refleja en la película. La figura de Salomon Mahlangu perdura y convive con el hashtag #FeesMustFall que lidera el movimiento en contra del incremento de las tasas en la universidades sudafricanas.

“Los jóvenes están luchando por una educación gratuita. Están intentando cambiar el país pero no pueden acceder a la educación porque no pueden pagársela”, acentuó Rametsi.

Kalushi: la historia de Salomon Mahlangu es una de las películas programadas en esta edición del Film Africa para conmemorar los cuarenta años del levantamiento estudiantil en Soweto. El apartado especial también cuenta con los largometrajes Soweto, Times of Wrath Soweto y Sarafina!

Film Africa 2016: El lado más africano de Londres

Wiriko, medio oficial del Film Africa 2016.

Wiriko, medio oficial del Film Africa 2016.

El Film Africa de Londres cumple seis años de vida celebrando lo mejor del cine contemporáneo de toda África y su diáspora y Wiriko vuelve a ser medio oficial para acercaros uno de los festivales referentes en Europa. Desde este viernes 28 de octubre hasta el domingo 6 de noviembre la capital de Inglaterra mostrará una selección de 52 películas de 22 países africanos, así como estrenos propios del Reino Unido y Europa. En total, 11 han sido los lugares elegidos para que el público londinense pueda hacer suya una auténtica fiesta de las cinematografías africanas, entre ellas las ya míticas Hackney Picturehouse, Ritzy Brixton, BFI Southbank, ICA, Ciné Lumière, la British Library o la South London Gallery.

Hoy, hablar de las realidades africanas a través de la gran pantalla se hace más necesario que nunca porque desde esta mañana 60 autobuses están preparados para transportar a 3.000 inmigrantes a los centros de acogida repartidos por Francia. Al terminar la semana, el campamento que surgió hace 18 meses en las dunas de arena cerca del puerto de Calais y que ha sido el hogar de una población que huyó de las guerras y otras crisis desde Siria a Afganistán, de Eritrea a Etiopía, será despojado de vida. Vaciado. Destruido. La evacuación de al menos 6.486 personas –las organizaciones humanitarias estiman que son alrededor de 8.300– del denominado irónicamente “la jungla” es solo la punta del iceberg del problema. Mientras, al otro extremo del Canal de la Mancha, África y su diáspora se presentan de otra forma urgente.

El viernes subirá el telón el estreno de Kalushi: La historia de Solomon Mahlangu, el primer largometraje del director sudafricano Mandla Dube que narra la increíble historia de Mahlangu, un joven luchador por la libertad que jugó un papel clave en las revueltas estudiantiles de Soweto. La película se enmarca en la temática de esta edición 2016 a la que el Film Africa dedicará una especial atención durante sus 10 días de festival: los 40 años del levantamiento de Soweto a mediados de los años setenta. Este verano se repetían los análisis históricos de aquella mañana del 16 de junio de 1976 cuando la policía sudafricana abrió fuego contra los niños que se manifestaban en edad escolar en el municipio de Soweto. El motivo de la reivindicación era protestar contra la introducción obligatoria de estudiar en Afrikaans, el idioma de los colonos, un hecho que fue visto como una humillación más para los alumnos y alumnas que estudiaban hacinados en escuelas empobrecidas y sin recursos. El gobierno del apartheid en lugar de proporcionar una educación a la mayoría negra les obligaba a permanecer en el ostracismo. Nadie sabe exactamente cuántas personas murieron, aunque algunas estimaciones señalan unas cifras de entre 150 y 700 durante los meses de violencia siguientes. Una rebelión que derramó mucha sangre y que provocó la indignación mundial por la brutalidad de la policía, convirtiéndose en una imagen icónica de la lucha contra un sistema racista odiado.

La película que pondrá el broche final será Wùlu, el debut del director maliense Daouda Coulibaly. Un trabajo recién estrenado en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y que pone el foco en las disfunciones detrás del golpe de Estado de Malí en 2012. Ambos directores de apertura y cierre, así como el actor principal de Kalushi, el sudafricano Thabo Rametsi, estarán presentes en el festival.

A la luz del discurso desafiante alrededor de la migración hoy, Film Africa presenta Por qué estoy aquí: Historias de Migración. Reuniendo una colección de historias intensamente personales, esta sección explorará las complejidades de la migración moderna y la relación entre el yo y el lugar. Destacan A Stray, de Musa Syeed, una película contextualizada dentro de la gran comunidad de refugiados somalíes de Minneapolis; To the Forest of Clouds del director Robin Hunzinger quien registra sensiblemente el viaje de regreso de su familia a Costa de Marfil, el lugar de nacimiento de su esposa, utilizando el pasado para explorar si podemos realmente volver a casa cuando marchas; y el documental Shashamane de Giulia Amati, en el que con una fotografía excelsa analiza con suma delicadeza esta región de Etiopía que el emperador Halle Salassie reservó para todas las personas negras del mundo en 1948. Una historia sobre los que emigraron para vivir en la tierra de sus antepasados, un éxodo, en definitiva, que para algunos se ha convertido en un refugio, pero que para otros es una jaula sin escapatoria. Otro de los trabajos enmarcados en esta sección es Those who jump, un poderoso vuelo sobre la valla de España y Marruecos filmado por el refugiado maliense Mali Abou Bakar Sidibé.

En esta edición habrá un espacio para la industria de Nigeria, Nollywood, con las últimas obras de tres de los directores más populares, incluyendo a Kunle Afolayan con CEO, The Arbitration de Femi Odugbemi, y Gidi Blues – A Lagos love history, de Niyi Akinmolayan.

En la sección Sonidos del Continente se presentarán tres documentales. El primero de ellos es el pre-estreno de Mali Blues, donde algunos de los músicos más destacados del país, incluyendo la estrella Fatoumata Diawara, discuten su arte y la amenaza a la que se enfrentaron por parte de los extremistas islámicos que tomaron las regiones del norte en 2012. La Revolución no será transmitida se mete bajo la piel del movimiento de resistencia política de jóvenes senegaleses Y’en a marre y, siguiendo esta proyección en el cine Ritzy en el barrio de Brixton, el cantante de hip-hop Keur Gui y su grupo se presentarán en vivo por primera vez en el Reino Unido. La tercera y última propuesta es Roaring Abyss, un documental que explora las diferentes tradicionales musicales en Etiopía.

En el programa de este año se incluyen tres películas recientemente presentadas en Toronto: el estreno en el Reino Unido de la ópera prima de Mbithi Masya, Kati Kati, una fantasía poética que ofrece un reflejo oscuro en la expiación personal a la sombra del pasado violento de Kenia en 2007-2008. Esta película fue distinguida por el premio FIPRESCI del jurado en Toronto, quien describió a su director Masya como “una emocionante y nueva voz única en el cine”; el primer largometraje de ficción de Rahmatou Keïta, The wedding Ring, en el que da voz a las mujeres jóvenes de la población saheliana de Níger que cuestionan las ideas de amor antiguas en un mundo cada vez más moderno; además, se presentará el documental Hissène Habré, una tragedia chadiana de uno de los realizadores africanos más importantes hoy en día, Mahamat-Saleh Haroun (Un hombre que grita, 2010).

Otros películas seleccionadas que plantearán una clara reflexión en la audiencia londinense son: A United Kingdom (2016), de la directora Amma Asante. Basada en el libro Barra de colores de Susan Williams y con un guión de Guy Hibbert, Asante explica la historia simplificada de amor entre Seretse Khama (David Oyelowo), quien era príncipe de Bechuanalandia (y más tarde se convertiría en el primer presidente de Botsuana) y su novia blanca Ruth Williams (Rosemund Pike) de quien ya hemos hablado en Wiriko; Dreamstates, que cuenta la historia inquietante de dos almas descarriadas (Saul Williams and Anisia Uzeyman) quienes descubren su amor el uno al otro mientras gira por los EE.UU. con algunas de las figuras más cruciales de movimiento Afro-Punk; el documental del director Miguel Ángel Rosales Gurumbé del cual hablaremos muy pronto en esta sección y que presenta un reto: cuestionar cómo se ha presentado la historia de los negros esclavos en Andalucía, concretamente en Sevilla, y la influencia de la mezcla cultural entre África y el sur de España en la conformación de un estilo tan mestizo como el flamenco; no queremos dejar pasar la oportunidad para destacar otro trabajo documental, en concreto el de Jonny von Wallström con The Pearl of Africa, la inspiradora historia de la transgénero ugandesa Cleopatra Kambugu y su pareja Nelson, viviendo una historia de amor tierna y juguetona en un contexto de inmensa persecución transfóbica en su tierra natal. También en Uganda y sobre el colectivo LGTBI hemos hablado con God loves Uganda.

El programa de cortometraje de este año abrirá con 12 trabajos procedentes de siete países africanos y que competirán por el 6º Premio Baobab al mejor cortometraje, con el apoyo de MOFILM y juzgados por un panel de expertos de la industria. Por otro lado, el premio al Mejor Largometraje del público en el Film Africa volverá a ser responsabilidad, en su segundo año, de las opiniones del público del festival. Durante los diez días de festival Wiriko será medio oficial así que estaremos en Londres contando de primera mano otras citas indispensables como El Foro de la Industria o el Día de la Familia.

Más información sobre el Film Africa, aquí.

Galgut y el relato del traumático nacimiento de una nación

baphala-logotipoEn su presentación, Baphala Ediciones se presenta como una “editorial para descubrir las mejores obras de la literatura poscolonial LGTBIA”. Se trata de un proyecto novedoso, unos recién nacidos que de momento sólo han publicado un título, El hermoso chillido de los cerdos, del sudafricano Damon Galgut. Seguramente, esta sorprendente iniciativa editorial no podía haber escogido mejor su estreno, con una obra en la que sus dos objetivos ocupan un espacio central, la descolonización (una muy particular, por cierto) y los desvelos de un joven con un complicado descubrimiento de su homosexualidad.

La historia de Galgut, un prometedor escritor sudafricano que ha sido finalista de los prestigiosos Man Booker Prize (en 2003 y 2010) y Commonwealth Writers Prize (en 2003 y 2009), se desarrolla en los días previos a las primeras elecciones libres de Namibia, en 1989 que marcaban el fin de la colonización sudafricana. En este caso, el proceso político es una especie de metáfora o al menos una representación de los anhelos del protagonista de la novela, el joven sudafricano Patrick Winter. La existencia de Patrick se desarrolla en este caso entre dos tensiones, una existencia que ha pasado por etapas diferentes pero siempre asfixiantes y una homosexualidad que no termina de aflorar, a pesar de ser evidente.

El escritor sudafricano Damon Galgut. Autor: Ourjaipur.com. Fuente: Baphala Ediciones

El escritor sudafricano Damon Galgut. Autor: Ourjaipur.com. Fuente: Baphala Ediciones

El joven Winter inicia un viaje desde Ciudad del Cabo hasta la ciudad costera namibia de Swakopmund, precisamente en los días previos a los históricos comicios. Acompaña a su madre a Windhoek, la capital de lo que hasta ese momento había sido África del Sudoeste, para que se reúna con su amante, el primer hombre negro con el que la mujer había mantenido una relación. Durante el viaje se entremezclan los tormentos que han marcado la vida del protagonista con el contexto político en el que los régimenes de discriminación racial (y todos los prejuicios sociales que los soportaban) se van resquebrajando en un proceso inevitablemente traumático.

La de Patrick es una trayectoria marcada por los traumas, desde su nacimiento en una familia marcada por la apatía de los padres y la arrolladora personalidad de un hermano que sí que cumple con las expectativas del padre, hasta esa experiencia única y aislada con un compañero del ejército que acaba configurando profundamente su personalidad. Precisamente esa experiencia militar resulta fundamental para un joven que hasta ese momento se había sentido siempre fuera de sitio, pero sin entender muy bien porqué.

chillido-portada“Había una hermandad de hombres”, dice el protagonista de su paso por el ejército, “ahora lo veía claramente, a la que yo nunca pertenecería. Mi padre, mi hermano, los chicos del colegio – ellos sabían cosas que yo no sabía. Había algo en sus manos que los ayudaba a coger pelotas en vuelo. Más que eso: era superior a mi participar en sus rituales de realeza. Yo nunca cazaría animales en el monte, ni estaría de pie alrededor de una hoguera con ellos, con una cerveza en la mano, tirando de mi bigote. Yo era lánguido, era débil, mis chistes los hacían palidecer. Nunca sería parte de su club”. Así es como cobran sentido para él todas sus frustraciones. Sin embargo, lo hace no sólo durante su estancia en el ejército, sino en medio de la guerra. De una guerra, cuyo odio es incapaz de compartir y cuya violencia es incapaz de comprender. A pesar de encontrar sentido a sus desvelos y de haber encontrado el que después reconoce como su único amor, esa guerra produce la situación extrema. “Mi mente volcó”, reconoce Patrick que después confiesa: “Me siento… dislocado”. Así explica su definitiva salida de la realidad.

Galgut consigue que El hermoso chillido de los cerdos rezume por todas sus letras un rechazo sin paliativos al ejército, a la guerra y a la violencia, en general. De la misma manera que la novela transmite la inevitable necesidad de acabar con los regímenes discriminatorios, de vencer las barreras del racismo en el contexto de una Namibia que nace, como prolegómeno de una Sudáfrica que cambiará de manera decisiva, más allá de las injusticias que se hayan mantenido en el tiempo. Godfrey, el amante de la madre de Patrick, un convencido militante por la liberación de Namibia le señala a madre e hijo la cola que se ha formado ante las urnas el día de las elecciones para decirles, simplemente “Vuestro futuro”, precisamente el día que abandonan el país para regresar a Sudáfrica. Ese mismo día, Patrick que a pesar de su atormentada existencia muestra una compleja capacidad de empatizar señala: “Condujimos hacia el sur, fuera de Windhoek, bajando hacia el centro del país. A nuestro alrededor, África del Sudoeste se estaba convirtiendo en Namibia. El aire era reluciente y brillante, como si una energía gigantesca hubiese sido liberada en algún lugar”.

A pesar de que Galgut recurre a un hilo narrativo no lineal para mantener la tensión de los lectores, lo cierto es que no consigue que las informaciones que va aportando sobre los protagonistas y la historia sean sorprendentes. De hecho, la mayor parte de ellas son completamente previsibles. Eso ni impide que el novelista demuestre una atractiva habilidad para describir las angustiosas atmósferas en las que se desarrolla la vida de Patrick. Las granjas de los blancos sudafricanos, el desierto de Namibia, los guetos de población negra comparten un clima tenso que ayuda a comprender algunos de los desvelos del protagonista. Y si la novela tiene una virtud es que los caracteres de los personajes no son absolutos. Todos ellos son contradictorios. Igual que lo son sus posicionamientos. Así es como nos ayuda especialmente a entender, los tiempos convulsos del final de una era llena de luces y sombras.

A United Kingdom: Amor y racismo en tiempos del Brexit

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En una película no hay ningún plano ni diálogo aleatorio. No se trata de hacer un trabajo fílmico con las sobras. Y en un festival, en su programación cosida con pomposidad por los comisarios, tampoco. El pasado miércoles se inauguraba el Festival de Cine Londres (London Film Festival) con una cinta que bombeaba savia oxigenada de crítica interna, A United Kingdom (2016), de la directora Amma Asante. Basada en el libro Barra de colores de Susan Williams y con un guión de Guy Hibbert, Asante explica la historia simplificada de amor entre Seretse Khama (David Oyelowo), quien era príncipe de Bechuanalandia (y más tarde se convertiría en el primer presidente de Botsuana) y su novia blanca Ruth Williams (Rosemund Pike).

El trabajo de la directora continúa la misma estela que comenzó con Belle (2013), abriendo cuestiones sobre los límites de clase e identidad británicos. Una llamada desnuda la de A United Kingdom a una isla con un pasado colonial en África que se lubricó con los beneficios que el apartheid dejaba en el cono sur del continente y que con la confirmación del Brexit ha acabado por visibilizar parte de su huella ecológica y humana hacia una parte de la población esclava e inmigrante que ayudó a construir este Estado-Nación.

Poco después de la victoria del SÍ ajustado a la salida del Reino Unido de Europa, los informes de incidentes de odio continúan apareciendo. Los datos confirman que el Brexit es la consecuencia de un país dividido. El New Yorker explicaba en junio que la pobreza y la falta de educación fueron factores determinantes para propiciar la salida, junto con la edad y la raza: “Uno de los mejores indicadores de cómo votaron los británicos fue su nivel de educación. Las personas con títulos universitarios tendieron a optar por la permanencia mientras que las personas sin ellos tendieron a optar por irse”.

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El Brexit y sus secuelas han buceado en las hemerotecas y las trastiendas de la historia desde la década dura de los ochenta, hasta los discursos privatizadores y sin escrúpulos que Margaret Thatcher pronunciaba en los noventa en el número 10 de Downing Street. En realidad, el Brexit ha camuflado el tufo xenófobo de los más conservadores. Pero a pesar del revés, Inglaterra es un lugar mejor, étnicamente más diverso –prueba de ello es que el laborista Sadiq Khan se ha convertido en el primer alcalde musulmán de Londres– y menos –quizás– arrogante. Y por eso la importancia de esta subida de telón del festival de cine que hasta el 16 de octubre inundará las calles de un sentido crítico y en gran formato.

La relevancia de que A United Kingdom centrara los focos mediáticos viene marcada por varios asuntos: la reciente celebración de los cincuenta años de la independencia de Botsuana del Reino Unido Además; y que el filme de Amma Asante se ha convertido en la primera película dirigida por una mujer negra ¡en 60 años de festival! Un símbolo del compromiso del London Film Festival por fomentar la diversidad en la industria del cine. Es más, este año, los actores, productores y directores de cine asistirán a un simposio que tratará de buscar explicaciones a el por qué los actores negros permanecen en el cine subrepresentados.

A United Kingdom es el testimonio de una historia desafiante y duradera que también revela un complejo capítulo doloroso de la historia británica. Una película de relevancia contemporánea que celebra el triunfo del amor y la inteligencia sobre la intolerancia y la opresión.

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La historia de amor narrada en A United Kingdom

*Fragmento del reportaje publicado en la revista del mes de octubre de Mundo Negro. (nº 620).

El inicio de la crisis diplomática comenzó con sonido de jazz de fondo. Era 1947. Ruth Williams estaba en un baile de la Sociedad Misionera de Londres y el joven Seretse Khama, estudiante de Derecho de Oxford, la invitó a bailar. Por aquel entonces, en Sudáfrica todavía no había sido formalizado por los afrikáner el régimen del apartheid, que entraría en vigor de forma legal en 1948. Pero de ese baile londinense surgiría un romance que se convertiría en el foco de una crisis entre Gran Bretaña y Botsuana, vecina del país sudafricano.

Los planes que el padre de Ruth –un excapitán del Ejército indio que más tarde trabajó en el comercio del té– tenía para ella seguramente nada tenían que ver con lo que después aconteció. Y algo parecido ocurriría con el tío de Seretse, Tshekedi Khama. Ella había nacido en una familia acomodada en Blackheath, al sudeste de Londres, y él era un kgosi o jefe supremo –título real que a la edad de cuatro años había heredado de su padre– de la etnia -bamangwato.

Se casaron en secreto. Y la boda provocó un estallido político tanto en el reino de Bechuania, donde esperaban al príncipe para que a su vuelta de Londres se casara con una mujer de su comunidad, como en Sudáfrica, donde las leyes racistas prohibían el matrimonio interracial. Al año siguiente volvieron al reino de Bechuania pensando que sus problemas habían terminado, pero los británicos eran muy dependientes del oro y del uranio sudafricanos, así que, como no querían problemas, exiliaron a Khama y a su esposa de la tierra de sus ancestros para no incentivar sublevaciones sociales.

El príncipe, después de renunciar al trono, y respaldado por las fuertes protestas tanto internas e internacionales, regresó en 1956 ayudando a organizar un movimiento por la independencia. El 30 de septiembre de 1966 Bechuania pasó a denominarse República de Botsuana con Seretse Khama elegido como su primer presidente. Khama sería, incluso, nombrado caballero británico por la reina Isabel II.

Al año siguiente de la independencia, un enorme yacimiento de diamantes fue descubierto en el este del país. Sorprendentemente, Khama consiguió invertir sensiblemente las ganancias en infraestructuras, educación y atención sanitaria, al tiempo que se iniciaban fuertes medidas contra la corrupción. De 1966 a 1980, Botsuana tuvo el mayor crecimiento económico del mundo, y en el informe de 2015 de la ONG Transparencia Internacional se mantiene en primer lugar como el Gobierno menos corrupto de toda África, quedando por delante de Portugal, Israel, España o Italia.

a-united-kingdom-new-posterDespués de 50 años de independencia, el mantenimiento de una cadena ininterrumpida de elecciones democráticas podría considerarse como un logro en sí mismo, sobre todo si observamos a otros países del cono sur de África. Aunque quizás la fortaleza para esta nación de apenas dos millones de habitantes es haber mantenido un equilibrio entre el desarrollo del país y la riqueza de su subsuelo. Botsuana logró edificar un Estado pese a estar rodeado por regímenes racistas (Sudáfrica, Namibia y Zimbabue). No obstante, en la construcción del país influyeron otros factores como su pequeño tamaño y el hecho de que el grupo étnico tsuana hubiera logrado conservar gran parte de su liderazgo tradicional.

Sin embargo, a pesar de que ha alcanzado el estatus de un país con ingresos medios –aproximadamente unos 14.500 euros anuales per cápita–, Botsuana se encuentra con unas tasas de desempleo en torno al 20 por ciento; y la mayoría de la población vive de la agricultura de subsistencia. Al igual que Lesoto, el porcentaje de población con sida se encuentra entre las más elevadas del mundo: un 22,2 por ciento estaría infectado, unos 8.500 niños vivirían con el virus y alrededor de 60.000 se habrían quedado huérfanos a causa de la enfermedad. Además, la desigualdad severa, la aversión a la crítica al Gobierno, las limitaciones de la sociedad civil, el control de los medios de comunicación, el -predominio de un solo partido político o la marginación de los grupos minoritarios, son algunos de los claroscuros de este país definido ampliamente como el ‘milagro africano’.

Con Seretse Ian Khama –hijo del padre de la patria– en la presidencia hasta 2019, Botsuana probablemente mantendrá su reputación como uno de los lugares más fáciles de África para hacer negocios, con una economía flexible y bien gobernada. Sin embargo, el país tiene un largo camino por recorrer antes de que sea capaz de diversificarse, más allá de su dependencia de los diamantes. La mina Jwaneng, la más rica de todo el mundo en esta piedra preciosa, se encuentra a unos 120 kilómetros de Gaborone, la capital del país. Con una producción de cerca de 10,6 millones de quilates por año, hoy en día los diamantes representan más del 60 por ciento de las exportaciones de Botsuana y casi el 25 por ciento de su producto interior bruto. No obstante, la nación puede ver peligrar sus ingresos por la -desaceleración económica que sufren China o India, los dos principales importadores.

El Partido Democrático de Botsuana (BDP, por sus siglas en inglés) ha ganado todas las elecciones desde la independencia, por lo general, con grandes mayorías. En el fondo, esto es el resultado inevitable de la falta de competencia democrática. Se permiten los partidos de oposición, pero se considera que no tienen ninguna posibilidad real de acceder al poder. Fue el propio padre fundador de la nación quien hace 50 años subrayó la conveniencia de una oposición leal y eficaz ya que mantiene al Gobierno sujeto por los pies. Parece que, aunque los ingresos por los diamantes aseguren una década más de beneficios, se hace necesario un nivel de diversificación económica mayor para compensar las desigualdades sociales.

Adam Small, el ejemplo de la diversidad sudafricana

Los medios se han llenado de obituarios esta semana, sobre todo los sudafricanos, para rendir un homenaje al poeta Adam Small. Se trata de un reconocimiento que, por otro lado, le costó recibir en vida. Sin embargo, en los últimos años, ya nadie dudaba de la altura artística de este escritor que ha representado de la misma manera la contradicción de la sociedad que permitió y sufrió el apartheid y, al mismo tiempo, uno de los principales potenciales de esta sociedad, su diversidad.

El poeta Adam Small. Fuente: www.dispatchlive.co.za

El poeta Adam Small. Fuente: www.dispatchlive.co.za

La vida de Adam Small, su propia biografía rompía con algunos de los falsos principios que habían cimentado el estado de discriminación en Sudáfrica. El autor, además, no dudó en alimentar esa contradicción, para dinamitar unos prejuicios que dificultaban la convivencia. Small ha sido posiblemente el escritor afrikáans negro más importante. Afrikáans y negro, dos características aparentemente contrapuestas que le valieron la invisibilidad durante los años del régimen racista. Demostraba, no sólo, que afrikáans no era necesariamente sinónimo de blanco, sino que además la sociedad sudafricana era mestiza, una evidencia que incomodaba al régimen supremacista.

Portada de "Klaverjas", de Adam Small.

Portada de “Klaverjas”, de Adam Small.

Pero Adam Small no era sólo un símbolo. Fue un escritor, poeta, ensayista y dramaturgo, sobresaliente afortunadamente reconocido, aunque fuese de manera tardía. Y fue, además, un activista irredento. Y todo ello, al mismo tiempo. Selló su compromiso como miembro del Black Consciousness Movement, la alternativa a un ANC acorralado. El BCM era el movimiento liderado por uno de los líderes antiapartheid más silenciado Steve Biko. Small, se implicó en esta corriente que ponía en cuestión la dualidad planteada por el régimen segregacionista.

En general, Adam Small fue un auténtico transgresor, pero su desobediencia no era simple provocación sino el cuestionamiento de todos los pilares del discurso del apartheid. Su verdadero estilo incluía la elección de la lengua, afrikáans, sí, pero no la variante más formal. Small pronto se decantó por un dialecto, el kaaps, rodeado de un aura de impureza que todavía exasperaba más a los poderosos.

A pesar de que sistemáticamente le negaron los reconocimientos formales, no pudieron poner en duda su calidad como escritor y eso le dio una popularidad que seguramente le confirió una cierta protección.

En sus obras, una docena de libros de poesía y sus columnas en los medios, Small hablaba de las víctimas del apartheid y cuestionaba el sustrato ideológico del sistema. Otro de los temas destacables fue el exilio de algunos de los elementos más preeminentes de la comunidad negra y, sobre todo, de las diferentes comunidades mestizas.

Después de la caída del régimen de segregación le llegaron los reconocimientos, e incluso, su rehabilitación en el ámbito académico del que había sido marginado por su apoyo a los estudiantes de la universidad de Ciudad del Cabo en los años setenta. Con el nuevo sistema llegaron todo tipo de premios y honores, desde doctorados honoris causa hasta la medalla de la academia de sudafricana de las artes y las ciencias, sin olvidar un Hertzog Prize, en 2012, por su contribución al teatro. Un galardón con un marcado sabor a redención ya que se otorga habitualmente a la publicación de una nueva obra, aunque no era el caso.

Antes incluso de su muerte, Adam Small consiguió que se reconociese el valor de esa diversidad que él mismo representaba y que el régimen del apartheid había tratado de ocultar.

Las inquietantes (y cotidianas) visiones de la sudafricana Zoë Wicomb

Tenemos la costumbre de olvidarnos de algo cuando ya no aparece en primer plano. El Apartheid (en idioma afrikáans, separación), el régimen de segregación racial que comenzó en Sudáfrica en 1913, a mucha gente le parece, hoy en día, cosa del pasado. Sin embargo, solo han pasado veinticinco años desde la fecha en la que se le puso fin 1991, y como ya advirtió Nelson Mandela sigue sin ser fácil dar carpetazo a esos más de 80 años. La escritora Zoë Wicomb nació en Namaqualand en 1948, fecha que se reconoce como el inicio oficial del apartheid con la victoria del Partido Nacional, y lleva toda su vida escribiendo sobre ello, tras haber pasado por la experiencia del exilio en Gran Bretaña donde vivió treinta años antes de retornar a su tierra natal una vez finalizó el apartheid y acabar residiendo en la actualidad en Escocia.

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

Comenzó su trayectoria literaria con un libro de cuentos en 1987, You Can’t Get Lost in Cape Town. Después publicó las novelas David’s Story (Kwela, 2000), Playing in the Light (Umuzi, 2006) y The One That Got Away (Umuzi, 2008). En todas ellas aborda desde diferentes prismas lo que supuso el régimen de segregación racial sudafricano. October (The New Press, 2014) es su última publicación y ha sido descrita por ella misma con tres palabras, “Hogar, desarraigo y secretos familiares”. No en vano narra la historia de una mujer Marcia que vuelve desde Glasgow a su Ciudad del Cabo natal después de más de veinte años de exilio.

portada miradasEn fechas recientes, la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM) de Argentina ha publicado un volumen Miradas, que contiene seis cuentos traducidos al castellano de esta escritora (junto con otros ocho también interesantes de Ivan Vladislavic), que son una buena oportunidad para adentrarse en su mundo complejo y rico en matices. La edición ha venido respalda por J.M. Coetzee que ha dicho sobre ella: “Las historias de Zoë Wicomb combinan la fría mirada interrogativa de lo extraño con la calidez íntima de un conocedor”.

Las visiones de Wicomb surgen de una realidad cotidiana, en la que en apariencia todo transcurre con normalidad. Pero esta superficie se rasga al toparse de bruces con algo que desde dentro la desestabiliza, la desencuadra y la pone frente a otro espejo. En estos seis relatos surgen junto a las diferencias raciales entre blancos y negros, las de clase y cultura que suelen ir asociadas. En el primer relato que abre el volumen, El niño de la bolsa de arpillera (2008), la vida sin alicientes de un profesor escocés afincado en Sudáfrica sufre un vuelco al conocer a un niño negro, el hijo del jardinero, que juega con una bolsa en su jardín y al que esperará con inusitado interés cada sábado. Como si se tratara de un nuevo Pigmalión, el viejo profesor toma al niño por pupilo, mientras nos sumerge en su propia vida desde el día en el que aterrizó en aquellas tierras sudafricanas en 1984. En otro relato, Un cuenco como un pozo (1987), la escritora hace de un hecho de su propia infancia el centro del relato; sus padres hablaban afrikáans pero querían que sus hijos aprendieran el inglés porque consideraban que tendrían mayores oportunidades y que era un idioma más elevado, al igual que la madre de la protagonista del relato que considera al señor inglés que tiene tratos con su marido un “auténtico caballero” del que los bóeres tendrían mucho que aprender.

Zoe e Iván en la presentación Cátedra de Literaturas del Sur. Fuente: UNSAM / Pablo Carrera Oser

Zoe e Iván en la presentación Cátedra de Literaturas del Sur. Fuente: UNSAM / Pablo Carrera Oser

Frente a la idea de que el régimen solo dividió a blancos y negros, se encuentra la realidad de la segregación que partió el país en una escala piramidal en la que se encontraban bajo diversas graduaciones: blancos, mestizos, indios y negros. Al igual que su compatriota Achmat Dangor hizo con los mestizos y los indios situándolos como protagonistas en varias de sus obras, Wicomb muestra las vivencias de las personas africanas y mestizas. Esclarecedor es el diálogo que mantienen en el relato más extenso de estos seis Un claro en el bosque (1987), que se retrotrae a la década de los 60, el cocinero Charlie y su compañera laboral Tamieta, mediante el que el primero muestra su fanfarronería, cuestión que Tamieta relaciona con el hecho de que se cree especial “por provenir del Distrito 6”. Este distrito fue una zona conocida como “zona laboral preferentemente mestiza” que excluía a los negros africanos.

Inmerso de lleno en la época del Apartheid, Un claro en el bosque nos lleva al día del funeral del ministro Hendrik Frensch Verwoerd, artífice de los “bantustán” (reservas tribales de habitantes no blancos, separados de la población afrikáner), y uno de los principales creadores del régimen. Fue asesinado por un opositor en 1966, momento en el que se centra el relato, que a través de las voces de dos mujeres negras de edad y cultura diferente, expresan lo que sienten en un día en el que se ven obligadas a acudir a los actos de homenaje por este hombre que ha organizado la universidad en la que una trabaja como cocinera y en la que la otra estudia. Las reflexiones de la joven universitaria que intenta terminar su tesis sobre la novela de Thomas Hardy Tess,  la de los d’Urberville se ven salpicadas por las conversaciones con sus compañeros de estudios que planean un sabotaje al homenaje mientras sus pensamientos vuelan hacia Cape Flats, una zona de infraviviendas donde se hacinan las personas designadas por el gobierno como no-blancas y en donde ella misma reside. En cambio, Tamieta que sí acude al homenaje se siente consternada en un primer momento al ver en la primera fila solamente algunos bóeres en silencio y se ve aliviada después al ver aparecer a los universitarios negros, mientras piensa “¿cuánto más tendrá que estar allí esperando a que pase el tiempo?. Ese tiempo diseñado por extraños para llorar a un hombre de cabeza grande”.

Zoë Wicomb recrea en estas narraciones voces diferentes, de personas que difieren en clase social, en estatus económico y también, por supuesto, en color de piel. Sus ficciones se sitúan en Sudáfrica, un país que aún hoy encuentra en su seno múltiples divisiones de todo tipo. A través de ellas, Wicomb nos hace mirar momentos cotidianos que se encuentran desnaturalizados por algo que brota de manera brutal desde dentro. Sobre todo para los propios protagonistas de las historias, esas personas sobre las que Wicomb confiesa querer escribir: aquellas que son olvidadas, despreciadas o marginadas. Ella lo logra, además, de un modo excepcional, sin necesidad de tratar de demostrar lo evidente, haciéndonos visionar, en cambio, la manera que tuvieron aquellos seres para vivir en aquellas condiciones y poder seguir adelante. Y consiguiendo una narración inteligente, coral e impactante.

Las nuevas generaciones sudafricanas a través de la lente de Sipho Mpongo

Sipho Mpongo es uno de los fotógrafos que ha captado con su cámara las masivas protestas estudiantiles de Sudáfrica que tienen como lema #FeesMustFall y que se han ido expandiendo a varias ciudades desde finales de 2015. El detonante de las mismas tuvo lugar en la Universidad de Witwatersrand (WITS) en Johannesburgo con el anuncio del gobierno de aumentar un 10% las tasas universitarias. Otra vez, pues aumentan año tras año, lo que tiene una clara consecuencia social. “Los estudiantes de contextos más pobres no pueden permitirse pagarlas ni hacerse con un préstamo estudiantil, lo que también significa una quiebra social”, afirma Mpongo.

Mother and son, Sipho Mpongo

Mother and son, Sipho Mpongo

La sensación de viaje al pasado, a la época del apartheid, pesa demasiado sobre los sudafricanos, sobre todo sobre una población negra que ve a menudo obstaculizado el acceso a sus derechos más básicos….

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No Colour Bar: Arte negro británico en acción 1960-1990

La Guildhall Art Gallery en el corazón de la “city” de Londres acogió la exposición “No Colour Bar” desde el 10 de Julio del 2015 hasta el pasado 24 de enero de 2016. La exposición que visitará varias ciudades del Reino Unido a lo largo del año, es fruto de la colaboración entre FHALMA (Friends of the Huntley Archives at the London Metropolitan Archives), la Guildhall Art Gallery y los London Metropolitan Archives.

No Colour Bar, póster de la exposición en la Guildhall Art Gallery en Londres.

No Colour Bar, póster de la exposición en la Guildhall Art Gallery en Londres.

El título “No Colour Bar hace referencia al eslogan de una campaña anti-racista que comenzó en el siglo XX con el movimiento de derechos civiles en América del Norte, el movimiento anti-apartheid en Sudáfrica y el anti-racista en Reino Unido, y cuya lucha continúa a día de hoy.  “No Colour Bar” recorre el patrimonio cultural negro británico a través del Black Art Movement de los años 60-90, una época de florecimiento de las artes visuales, de la música, la poesía y la literatura procedentes de las comunidades de inmigrantes negros (En las que se incluía generosamente a africanos caribeños, del África continental, así como a comunidades procedentes de Asia y Latinoamérica). Un periodo en el que las ideas sobre el panafricanismo, las políticas negras radicales, el rastafarismo y la lucha contra la discriminación racial estaban en pleno auge.

Eric y Jessica Huntley (c) Mervyn WeirLa exposición toma como referencia la vida y trabajo de dos activistas políticos de la Guayana británica, Jessica y Eric Huntley, quienes como muchos caribeños en los años cincuenta llegaron a Inglaterra en búsqueda de oportunidades. Ellos eran activistas negros pioneros, involucrados en asuntos políticos y sociales a nivel internacional, y se convirtieron en defensores clave del Movimiento de Artistas Caribeños y del trabajo de artistas británicos negros emergentes que representaron las políticas culturales radicales de los años 60 y 70.

En 1968 Jessica y Eric fundaron la casa editorial y la librería pionera Bogle L’Ouverture (BLP), nombrada en honor a Toussiant L’Overture y Paul Bogle, dos figuras instrumentales en la resistencia en Haiti y Jamaica respectivamente. BLP trajo a la luz variedad de ensayos académicos escritos por autores de la diáspora africana que fueron instrumentales en la lucha contra la discriminación y que engendraron una generación de líderes políticos y culturales muy dinámicos. En 1975, la librería se trasladó de la casa de Jessica y Eric a un establecimiento en West Ealing,

Ataque racista a la libreria de los Huntley en West Ealing, Londresal Oeste de Londres, y más tarde cambiarían su nombre por el de Walter Rodney, en honor al prominente académico y activista Guayanés asesinado en 1980 en la Guayana británica. Al mismo tiempo, los incidentes racistas en el Reino Unido se sucedían, desde ataques contra librerías negras, a raíz de los cuales se creó un comité de acción, Joint Bookshop Action Committe, hasta la tragedia de New Cross, en el sureste de Londres, en la que el 18 de enero de 1981, murieron trece niños negros quemados a causa de un ataque racista.

“No Colour Bar” reúne obras de veinticinco artistas negros británicos prominentes de la altura de Eddie Chambers, Errol Lloyd, Denzil Forrester, Sonia Boyce, Keith Piper y Sokari Douglas-Camp, influidos e inspirados por las independencias de estados africanos y caribeños, por la lucha contra la discriminación injusta y por el deseo de conseguir una ciudadanía justa en el Reino Unido.

Walter Rodney BookshopEl visitante es transportado en el tiempo a la librería de West Ealing a través de una recreación interactiva diseñada por el artista y comisario Dr Michael McMillan. El Dr McMillan basa la reconstrucción de la librería en los archivos de los London Metropolitan Archives y consigue recrear ese aspecto hogareño de la librería original con unas estanterías marrón chocolate muy típico de los años 70. Al fondo de la librería, junto a una de las estanterías se encuentra una pequeña mesa vieja de madera y sobre ella una máquina de escribir. La reproducción de uno de los carteles originales de la librería cuelga del techo y sobre la mesa central, forrada con mapas de Londres de los años 60, se encuentran multitud de reseñas y recortes de prensa de aquellos años. Michael McMillan invita al visitante a que se siente y se tome su tiempo para curiosear los archivos, hojear entre los recortes de periódicos, experimentar la sensación de no conseguir la información a golpe de click como era el caso entonces y sentirse en una especie de santuario.

Las obras expuestas exploran las diversas luchas de la comunidad negra, Tam-Joseph-UK-School-Report-1983.-C-Tam-Joseph.-Image-courtesy-Museums-Sheffield.1lugares, protestas, cuestiones de identidad y al mismo tiempo celebran su contribución a la sociedad y a la historia negra británica del siglo XX. ´No Colour Bar’ se trata de uno de los estudios más extensos y completos que se han llevado a cabo sobre arte negro británico en los últimos años y con el que se pretende dar vida a los archivos y presentarlos a un nuevo público. En palabras del comisionado Dr Michael McMillan: ‘Nosotros somos ahora los archivos vivientes, a quienes toca desembalar las cajas de fotografías de nuestros abuelos, descubrir las historias que en ellas se esconden y encontrar qué relación tienen con nosotros. Estaremos así creando archivos nuevos’.

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Proyección de ‘Amandla! A Revolution in Four-Part Harmony’

amandlaEn el marco de la exposición organizada “Arte en resistencia: The South African Poster Movement” que estará expuesta en la librería Traficantes de Sueños hasta el día 1 de marzo de 2014, y a modo de clausura, hemos organizado la proyección del fantástico documental “Amandla! A Revolution in Four-Part Harmony”, dirigido por Lee Hirsch en 2002.

¡¡¡Os lo recomendamos!!¡¡No os lo perdáis!!!

 

Amandla! A Revolution in Four-Part Harmony  

En este documental músicos, dramaturgos, poetas y activistas sudafricanos recuerdan la lucha contra el apartheid (desde 1940 hasta la década de 1990) cuando despojaron a los ciudadanos negros de Sudáfrica de los derechos humanos básicos, destacando el importante papel que jugó la música en esa lucha. El documental mezcla entrevistas, actuaciones musicales y material fílmico histórico.

 

 

 

 

Amandla!: A Revolution in Four-Part Harmony
(Sudáfrica / USA. Dirigida por Lee Hirsch, 108 min, 2002)

¿Cuándo?: Miércoles, 26 de febrero de 2014 a las 19,30h

¿Dónde?: Traficantes de Sueños (C/Embajadores, 35, Madrid)

VO con subtítulos en inglés