La industria textil africana más allá del wax

El diseñador camerunés Imane Ayissi enumera hasta cinco tejidos africanos al hablar de sus últimas colecciones: “Telas tejidas a mano como Kente de Ghana, Kita de Costa de Marfil, tejidos con patrones de Manjak de Senegal, Faso Dan Fani de Burkina Faso; y tela de corteza de Camerún, llamada Obom. Es una técnica muy antigua para crear textiles directamente de la corteza de los árboles. Un poco difícil de usar hoy en día, porque es bastante rígido y rústico, pero hice hermosos bordados con este material en mi colección primavera-verano 2021”.

Ninguno de ellos es wax, el popular tejido con vistosos colores y elementos geométricos tan asociado a África. “He decidido no utilizar telas wax en mis colecciones desde el inicio de mi marca. No niego que el wax pertenezca a la realidad africana, pero para mí es un tejido colonial, introducido recientemente en las sociedades africanas, que casi ha borrado los otros tejidos africanos tradicionales que estaban más vinculados a las culturas y rituales de África”, manifiesta contundente Ayissi en una entrevista a Wiriko. Comparte esta visión otra grande de la moda africana, Adama Paris, que en declaraciones a EFE en la última edición de su aclamada Dakar Fashion Week afirmaba: “El wax es una tela que se nos ha impuesto por los europeos. Son telas fabricadas en Europa y que se envían directamente a África”.

Ambos creadores hacen referencia a la controvertida historia de este tejido, que hunde sus orígenes en el batik, una técnica de teñido indonesia que desde Benín se fue introduciendo en el siglo XIX en los países de África Occidental, traídas por los soldados de esta región, que Holanda había utilizado para reforzar su ejército en Indonesia. La rapidez con la que se extendía esta tendencia en las colonias no correspondía con la velocidad que permitía la artesanía manual de los indonesios, y los holandeses vieron ahí un filón que aprovechar: empezaron a fabricar wax en su industrializado país europeo para luego venderlas en las colonias asiáticas y africanas. En las primeras no cuajo, pero en las segundas sí lo hizo. Desde 1846 la compañía holandesa Vlisco fabrica en Países Bajos estas telas que, un siglo después, dominan no solo el mercado textil africano, también la concepción de tejidos made in Africa en el imaginario colectivo global.

Ilustración de Miakora.

“El problema es, en primer lugar, que las telas wax todavía se producen principalmente fuera del continente africano (antes en los Países Bajos y ahora en China), así que no trae riqueza a la economía africana; en segundo lugar, esconde la cultura africana múltiple y crea esa falsa idea de África como país y no como continente. Culturalmente difunde una imagen muy colonial de África: colorida, divertida, un poco infantil y poco refinada, que es lo que son exactamente estas telas wax”, explica Ayissi. Su feroz crítica va en línea con los datos ofrecidos por Naciones Unidas con motivo del Día de la industrialización de África, que se celebra este viernes 20 de noviembre, y que sitúan al segundo continente más poblado del mundo a la cola del sector manufacturero mundial, en el que África representa el 1,4% del valor agregado según las cifras del primer trimestre de 2020.

Desde un punto de vista histórico, industrialización textil y desarrollo han ido de la mano. Sin embargo, en el continente, si bien entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado la distribución de telas hacia las regiones occidental y central estaba en Togo, la crisis de los ochenta unida a la apertura de tiendas de Vlisco y la aparición de China con producciones de menor coste y calidad han frenado el crecimiento en manos africanas. De hecho, hoy en día la holandesa Vlisco, la austriaca Getzner y la belga Somex se reparten el pastel del mercado textil en África.

 

Podría, si no cambiar las tornas, al menos sí equilibrar la balanza la Zona de Libre Comercio Africana (AfCFTA por sus siglas en inglés), que supone la gran apuesta por la industrialización del continente con la creación de un mercado africano único de bienes y servicios y la zona de libre comercio más grande del mundo por número de países. Pero habrá que esperar un poco más de lo previsto para saberlo, ya que, a pesar de que la COVID-19 evoluciona lentamente en África Subsahariana, ha retrasado a 2021 el pistoletazo de salida de esta eliminación de barreras económicas intrafricanas por el impacto económico que la pandemia sí ha tenido en el comercio y los negocios del continente.

Mientras tanto, no son pocos los proyectos textiles africanos que salen adelante en este complicado escenario. Algunos beneficiados precisamente por el apoyo estatal, como Ruanda: tras la suspensión por parte de la Administración de Donald Trump de las ventajas comerciales de las importaciones textiles ruandesas en virtud de la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (Agoa), Kigali aumentó el apoyo a su industria de la moda a través de la campaña Made in Ruanda. También Ghana ha apostado por posicionarse como una de las sedes de la moda en el continente. Sus tejidos kente, llevados originariamente por la nobleza, ahora de fabricación nacional, son producidos en su mayor parte por personal Akan ghanés y marfileño y se sitúan como un referente en el sector del diseño africano.

Al otro lado del continente, en Nairobi, la marca Suave Kenya también elige la producción local. En su caso de kitenge que, como ocurre en gran parte de los tejidos originarios de las sociedades africanas suponen una manifestación cultural hasta el punto de que los estampado o colores encierran su propio lenguaje. Así, existen telas específicas para manifestar el duelo, el embarazo, que se está enamorado, que se va a una boda o, de manera más general, que ha ocurrido algo bueno. Mohamed Awale, fundador de este sello de moda keniano, lo tiene claro: “Seguimos usando telas kitenge que mezclamos con prendas de segunda mano que llegan de Europa y América. Preferimos no usar wax porque es más rígido y menos popular entre nuestra clientela”, comenta a Wiriko.

También alude a motivos prácticos la diseñadora Thabo Makhetha, para quien el inconveniente de estas telas está en su ancho: “Amo las telas wax. No es algo que use en mis colecciones, pero tengo clientes que solicitan piezas personalizadas con estas telas. El wax de buena calidad es excelente y se lava mejor, pero hay que prelavar la tela antes de usarla, aunque eso también depende de la prenda que estés confeccionando. Lo único que cambiaría es el ancho que tiene, especialmente para las faldas grandes, que es lo que le gusta a la mayoría de mi clientela”.

Cuando recibe estos encargos con wax, reconoce a Wiriko que tiene que recurrir a contactos poco habituales que le traen “el wax desde Zimbabue. De lo contrario, tengo que ir a las tiendas de telas locales en Wynberg, aquí en Ciudad del Cabo, pero la calidad no es tan buena”. En cualquier caso, su especialidad es la “lana Basotho, que corto para crear las capas y abrigos que diseño. Para el verano trabajamos con gasa estampada y satén, que son un gran contraste con las gruesas mantas de lana”. Procedente de Lesotho, Makhetha ha crecido en Sudáfrica donde triunfa con su marca de lujo al recuperar los tejidos basotho de su país de origen para arropar su identidad y cultura dándole vida a una prenda.

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Ruth Fernández Sanabria

Licenciada en Periodismo (UCM) y Máster en Estudios Africanos: Culturas y sociedades africanas (ULL). Fascinada por las realidades que construyen las identidades y convencida del papel de las creaciones artísticas como motor de cambio social. Coordinadora de la sección de Artes Visuales del magacín. (Tenerife) Contacto: ruth@wiriko.org
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