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Gato Preto: afrofuturismo y reivindicación en la pista de baile

Gato Preto

Afrofuturístico es uno de los pocos adjetivos que puede acompañar a Gato Preto, un dúo difícil de clasificar formado por la cantante Gata Misteriosa y el productor Lee Bass que, junto con la percusión en directo del senegalés Moussa Diallo, actuarán en la Sala Caracol de Madrid el próximo 25 de mayo de la mano de Moto Kiatu para celebrar el Día de África.

Su música es una mezcla de sonidos que recorre el continente africano: desde el house sudafricano al kuduro angoleño, sin olvidar el djembe senegalés. Sus orígenes son igual de plurales: el dúo se formó en 2012 en Alemania, pero las raíces de Gata, nacida en Lisboa, se sitúan en Mozambique, y las de Lee, nacido en Alemania, las encontramos en Ghana. Definen su estilo como música afrofuturística con mensaje, y es que su último álbum, Tempo, es un homenaje, pero también una reivindicación de la historia y las raíces africanas.

Ya en sus trabajos anteriores, también incluidos en Tempo, encontramos la estética que los define combinada con una reinterpretación de las tradiciones africanas: en el video Barhulo (2015), por ejemplo, Gata y Lee pasan de ser prisioneros de guerra a superhéroes en un mundo postapocalíptico. Tampoco la reivindicación de sus raíces ha estado ausente en su carrera. En 2016 lanzaron Dia D que, en palabras de Gata, es “una celebración de la contribución de África al pop y a la música electrónica mundial en la ultima década” y Take a Stand, una llamada a no olvidar las raíces en un mundo dominado por la cultura occidental.

Tempo es una combinación perfecta de enérgicos ritmos y reivindicación. El álbum abre con A Luta Continua, parte del discurso de mismo nombre de Samora Machel, ex presidente de Mozambique considerado padre de la independencia del país. También hay lugar para una llamada a la diáspora africana y la solidaridad en la lucha: Polícia habla de la brutalidad policial contra los afroamericanos en EEUU, en un claro guiño al movimiento Black Lives Matter. La opinión de Gata, entrevistada por Bandcamp, es clara al respecto: “Decidí hacer esta canción porque siento que aún somos vistos como esclavos. Todavía somos perseguidos y no puedo entenderlo. No entiendo por qué, en el siglo XXI, aún tenemos que defender que las vidas negras importan. Siento rabia y lo único que puedo hacer como artista es usar mi voz.”

Gato Preto lleva cinco años exhibiendo el explosivo directo que le ha dado fama por festivales de todo el mundo: desde el Oslo World Music Festival al Nyege Nyege en Uganda, pasando por el Lowlands neerlandés o el Blacks to the Future Festival parisino. Este mes Gata Misteriosa, Lee Bass y Moussa Diallo aterrizan por primera vez en Madrid con motivo del Día de África, un evento imprescindible en la escena musical electrónica africana.

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Aiethopia, imágenes y diálogos de un no-lugar

‘Aiethopia’ es una invención, un espacio imaginario que alcanza casi el paradigma de no-lugar, y es también el título de la exposición temporal inaugurada desde el mes de abril por la Fundación Alberto Jiménez-Arellano Alonso. Esta muestra, que se puede visitar hasta el próximo tres de junio en las salas del Museo de Arte Africano de Valladolid, es una suma de diferentes disciplinas artísticas contemporáneas que invitan al debate a través de una conjunción de exposiciones que abarca pintura, fotografía y audiovisuales. Las obras se encuentran repartidas por diferentes salas, creando hilos invisibles y liberando al espectador de un camino predeterminado.

Carte del documental ‘Sun Ra: A Joyful Noise’, de Robert Mugge

La exposición pictórica está protagonizada por Blanca Gracia. A través de dos pinturas y una acuarela el visitante se sumerge en un mundo que, a priori, cuesta comprender. Los colores llenan las paredes y parecen desbordar los cuadros en los que visualizamos la naturaleza exuberante, elementos tradicionales africanos e incluso la agitación política. Una historia ilógica compuesta por elementos que una vez sumados en nuestra cabeza comienzan a cobrar sentido.

Sin embargo, la muestra más crítica de esta exposición es sin duda ‘Los Mitos de Cthuluceno’, una serie fotográfica materializada en postales. Su autor, Adrien Missika, fotografió una serie de trabajos realizados con restos encontrados en la playa de Oaxaca, en México. Estas figuras representan una variedad de deidades inventadas que establecen otro punto de vista en relación a las figuras rituales africanas a través del humor. Pero ¿por qué materializar las figuras en postales? “Las fotografías, convertidas en postales, se convierten en un souvenir para turistas. Para muchos visitantes pueden no ser más que una reliquia exótica que puede recordar un viaje” responde Juan José Santos, comisario de la exposición. Es ahí donde radica la crítica más dura en referencia a la actitud de los turistas y a la reconversión de la cultura en un mero objeto de consumo y de ocio.

La última parte de la exposición es una serie de audiovisuales entre los que podemos encontrar obras como ‘Sombras de Nueva Guinea’ (Andrés Pachón, 2011), ‘O Jardim‘ (Vasco Araújo, 2005), ‘Smoke Signals‘ (Pilar Quinteros, 2016), ‘People from far away‘ (Gerald Machona, 2012), ‘Moonrising‘ (Sanford biggers y Terence Nance, 2014) y la mítica película ‘Space is the place‘, escrita y protagonizada por el músico de jazz estadounidense Sun Ra (1974). Todas ellas combinadas, aunque representan realidades distintas, construyen un discurso común de crítica al pasado colonial y a la relación actual de Occidente con “esos otros” que nosotros mismos construimos. Además, no es una mera coincidencia que una película precursora del Afrofuturismo como ‘Space is the Place‘ esté presente en esta muestra.

“El movimiento afrofuturista intenta trazar una mirada a un futuro lejano  desde el pasado a través de la ciencia ficción. Pero en esa fantasía hay un elemento crítico, vinculado a las reivindicaciones de las culturas afro y a una crítica muy evidente al pensamiento colonial”, comenta el comisario de la exposición. “Sun Ra fue capaz de unir música, cine y política de forma extraña y cautivadora, y esa película arroja una lectura que convive de una forma especial con una colección de arte africano situada en una ciudad europea”, añade.

‘Aiethopia’ es una exposición multidisciplinar donde el debate está asegurado. Este diálogo no sólo se construye entre el espectador y lo que está viendo, sino que la muestra es en sí misma un diálogo continuo entre las diferentes disciplinas que allí se presentan y que, además, generan reflexiones en relación al resto del museo. ¿Cuáles son esas reflexiones? Bueno, estamos en Aiethopia, y lo que allí ocurra, las reflexiones que generen esos diálogos, depende fundamentalmente del visitante.

Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.

Selly Raby Kane, la creatividad personificada

* Isabel Obama Matogo

Todo lo que toca lo renueva, por algo es la reina del afrofuturismo ‘made in’ Senegal. Polifacética y ecléctica, Selly Raby Kane reencarna a la perfección los atributos de creativa e innovadora. De ahí que hayamos querido sacar a relucir la cautivadora obra de esta diseñadora de moda senegalesa con motivo del Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, que se conmemora el próximo 21 de abril por primera vez de manera oficial en todo el planeta.

Selly Raby Kane

Dice la ONU que esta celebración nace “con el objetivo de promover el pensamiento creativo multidisciplinar que nos pueda ayudar a conseguir el futuro sostenible que queremos”. El pensamiento creativo de Kane promueve una realidad afrofuturista, que no es otra cosa que una reivindicación plasmada a través de la ciencia ficción y la fantasía para concebir una nueva identidad africana. Y desde luego es multidisciplinar: Moda, vídeos musicales, su propio cortometraje y dirección creativa de eventos.

“Me encanta contar historias, me encanta expresar mi verdad interna”, explica la diseñadora en la conferencia Design Indaba 2015, la plataforma sudafricana de diseño y creatividad, que dos años más tarde le pediría mucho más que una charla: la dirección creativa del festival anual Design Indaba 2017, el evento más importante de este prestigioso colectivo.

Fotografía de Omar Victor Diop

Diez años antes de que esto ocurriera, tal y como rememora Kane en su charla, recién graduada en Administración y Empresas y a punto de volver desde París a su país, “decidí empezar a dibujar de nuevo porque cuando era más joven solía hacerlo mucho. Y dibujé cosas, y esas cosas se convirtieron en ropa, y la ropa se convirtió en colecciones. Y esa fue mi primera experiencia en el mundo de la moda”.

Entonces reorientó su rumbo y tras realizar sus estudios en moda y vivir un tiempo en Nueva York, regresa a Dakar, donde conoce a Les petites pierres, un grupo de creadores activistas que, a través de responsabilidades sociales, y ayudando a las nuevas generaciones de artistas del background a coger impulso, trata de instaurar nuevas formas de expresión artística en la ciudad. Pronto se convirtió en una referente y líder que supo atraer todas las miradas y dar voz a todas aquellas creaciones a su alrededor.

“En Dakar no es como en otras grandes ciudades con grandes desfiles a los que van compradores y editores, en Dakar el desfile es más una performance. Para nosotros es más un espectáculo. Así que cuando presento una colección quiero que la gente que asiste se introduzca en un universo, quiero sumergirles en una historia y quiero hacerles sentir fuera del tiempo y el espacio. Supongo que esto me viene de mi infancia, en la que solía ver un montón de películas de terror y fantasía con mi padre. Todo sale a flote en el proceso creativo”, explica para Design Indaba en un vídeo en el que afirma que sus diseños no se centran sólo en la ropa, sino que también tratan sobre historia.

Parte de la colección ‘Dakar city of birds’ / Fotografía de Jean-Baptiste Joire

Para muestra la presentación, en 2014, de su colección Alien Cartoon, donde consigue fascinar a miles de espectadores al llevar a cabo el desfile en una antigua estación de trenes que lleva al futuro a través de una invasión de alienígenas. Su colección  Otoño / Invierno 2015 ‘Dakar City of Birds’ salta el charco y encandila a la jet set, como es el caso de Beyoncé, que en los últimos años se ha mostrado fan absoluta de los diseños africanos. Y junto a Omar Victor Diop, ya en 2016, produce la serie de retratos ‘Mindset’, exhibida en el Grand Palais por la feria de arte Paris Photo. Y así llegamos hasta la actualidad, tras su imparable carrera como miembro del Design Indaba, que también ha contado con ella para la colaboración que el colectivo ha hecho con IKEA para su catálogo 2019. ¿Cuál será el próximo paso de la diseñadora senegalesa? ¡En Wiriko estaremos atentos!

Gato Preto: el afrofuturismo llega a Madrid de la mano de Moto Kiatu

Imprescindible en la escena de la música electrónica africana, GATO PRETO llega por primera vez a Madrid.

El dúo formado por Lee Bass y Gata Misteriosa, actuará acompañados de Moussa Diallo, un percusionista senegalés.

“No somos los africanos típicos, con la ropa típica, representando al africano típico y eso que se espera de él. Los verdaderos africanos escuchan punk, quieren ver ciencia ficción, estudian, son doctores. Podemos convertirnos en lo que queramos”, afirmaba Gata Misteriosa en la televisión francesa ARTE.

Este dúo creado en Alemania bebe del steampunk y del afrofuturismo que, unidos con sonidos tradicionales, convierten sus producciones en una mezcla muy especial. Su último álbum “Tempo”, tiene la esencia de Funk Favela de Río de Janeiro, ritmos del Township sudafricano e Hybrid Tech de Angola. Todo un recorrido por la parte más electrónica del continente.

El productor de Gato Preto, Lee Bass, originario de Ghana, tiene influencias heredadas de su padre, experto en sonidos de funk y soul del país. Y la vocalista Gata Misteriosa, nacida en Lisboa y de origen mozambiqueño, pone la voz y un “punch” que conquista al público. Les acompaña Moussa Diallo, senegalés que pone la percusión a los conciertos y que completa la tradición musical de la que beben los creadores de este grupo que nacía en 2010 y que recorre de punta a punta el continente. Se sitúan como “afropeos” y la música supone una herramienta para canalizar su origen y su identidad.

El 25 de mayo, Día de África, en la Sala Caracol sonarán los beats más electrónicos para transportarnos a un escenario post-apocalíptico donde la percusión marcará el ritmo de la noche.

| Moto Kiatu DJ’s:

Savannah · veinn · Malaria · Sinsistema

Moto Kiatu, que en suajili significa “zapatilla caliente”, es una apuesta por la transmisión de nuevos sonidos y ritmos procedentes  de África y su fusión con los sonidos electrónicos.

Este proyecto pionero, busca dar visibilidad a estas nuevas producciones de estos estilos que suenan en los clubs de África y de países europeos como Portugal, Francia y Reino Unido, a través de conciertos y sesiones #MotoKiatu, creando una escena de nuevos sonidos aún desconocidos en nuestro país, pero que ya suenan con fuerza en otras grandes ciudades europeas como Berlín o Lisboa.

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Afrofuturo(s): la ciencia ficción africana a nuestro alcance

El colectivo de escritores panafricano Jalada se ha asomado a las líneas de esta sección en varias ocasiones. Siempre lo ha hecho para reiterar su condición de uno de los proyectos más innovadores de la literatura africana actual. Una y otra vez Jalada pone de manifiesto cómo se superan los estereotipos relacionados con la literatura de los autores africanos. Los temas, las lenguas, las alianzas, las herramientas todas las ideas previas saltan por los aires en cada iniciativa de este colectivo. Wiriko ha intentado reiteradamente acercar este universo a los lectores hispanohablantes y, de pronto, lo tenemos más cerca que nunca.

Jalada es una dulce locura y su segunda antología fue un ejercicio de lunáticos entrañables. Se trataba de Afrofuture(s), una antología de ciencia ficción contemporánea de autores africanos y afrodescendientes. Un total de treinta relatos publicados en enero de 2015 que seguían la estela de algunas obras colectivas previas relacionadas con la literatura fantástica, la ciencia ficción y la ficción especulativa, como  Afrofuturism: Black Sci Fi and Fantasy Culture o AfroSF: Science Fiction by African Writers. Siguiendo esa misma descabellada trayectoria, cinco de esos relatos llegan ahora hasta nosotros. En un ejercicio de deliciosa enajenación, 2709books publicó el martes 18 de abril Afrofuturo(s). Con este libro, 2709books ha pasado a ocupar el primer puesto de los proyectos editoriales más audaces de cuantos se han asomado a las literaturas de autores africanos.

Los cinco relatos escogidos los editores de 2709books constituyen un atractivo abanico de las posibilidades de los temas básicos de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo, el desarrollo de las tecnologías de la comunicación en sentidos insospechados, la extinción de la raza humana por su insaciable depredación del planeta, el control de la mente o la vida extraterrestre. Sin duda, no agotan todas las posibilidades, pero dan una idea aproximada. Los cinco elegidos, Suleiman Agbonkhianmen Buhari, Sheree Renée Thomas, Ivor W. Hartmann, Zak Waweru y Ytasha L. Womack, también ofrecen una interesante diversidad, hay representantes de la diáspora africana en los Estados Unidos y convencidos residentes del continente, autores casi noveles y otros con una larga trayectoria y editores o estudiosos.

Ytasha L. Womack, és una de las autoras de Afrofuturo(s).

Pero Afrofuturo(s) es, sobre todo, una reivindicación en muchos sentidos. Ya lo fue la edición inicial impulsada por Jalada y su reflejo en castellano no ha dejado de lado esta dimensión. Es una reivindicación de un género, menospreciado habitualmente pero que ha dado algunos de los clásicos de la literatura más aplaudidos. También es una reivindicación de una tradición, la de la literatura fantástica, palpitante y exuberante en las literaturas africanas, pero al mismo tiempo aplastada bajo el peso de los férreos estereotipos de la industria editorial global, pero también bajo los estándares de la literatura entendida sólo como una herramienta de construcción nacional. Igualmente, es una reivindicación de la libertad para escribir, sobre lo que el autor quiera, sin límites, ni condiciones previas. Y es, igualmente, una reivindicación de la centralidad africana, de la cultura como una forma de dar protagonismo a las sociedades, desplazando los centros de poder.

Resulta que en las páginas de este nuevo proyecto de 2709books podemos escuchar las últimas palabras del último hombre que habitó la Tierra, el que no pudo escapar de la invasión de una nueva especie nacida de los cambios del clima provocados por la codicia de los seres humanos. Vemos cómo el arte languidece asfixiado por una tecnología que trata de ponerlo al servicio de la industria. O podemos descubrir cómo en el futuro las autoridades se afanan por crear “autómatas carentes de pensamiento”, zombies sin voluntad. Como se puede ver, la ciencia ficción que recoge Afrofuturo(s) no es ni mucho menos simple estética, como a menudo se apunta. Los relatos están llenos de contenido, un contenido que transmite mensajes, que trata de provocar cambios, que hace denuncias, que se preocupa por el futuro.

Hace ya mucho tiempo que Nnedi Okorafor, la escritora estadounidense de origen nigeriano, trataba de responder a la pregunta capciosa de si África estaba preparada para la ciencia ficción. Okorafor teorizaba sobre una ciencia ficción adaptada a los gustos y las necesidades de los lectores africanos, adaptada a sus experiencias cotidianas y sus anhelos, adaptadas a sus trayectorias históricas y culturales. Al mismo tiempo, la escritora de origen nigeriano predicaba con el ejemplo y en medio del debate y las dudas, ella colocaba en el delta del Níger animales mutantes por el contacto con el petróleo. Ahora, ocho años después de aquella reflexión, las dudas son mucho más pequeñas y, quizá, las mentalidades se hayan abierto un poco.

Para ayudar a estos cambios, 2709books ha tratado con extrema delicadeza la antología original. Ha mimado la traducción de la mano de Alejandra Guarinos Viñals. Y ha respetado el espíritu original de la compilación, sobre todo, en lo que tiene que ver con su difusión. El nuevo libro de la pequeña editorial se distribuye en formato digital, tiene como objetivo acercar a los amantes de la literatura de ciencia ficción a la literatura africana y a los amantes de la literatura africana a nuevos géneros. Para eso nada mejor que la facilidad de la distribución propuesta por 2709books

Wangechi Mutu, ensamblaje de elementos a través del ‘femmage’

Wangechi Mutu. The Ark Collection, 2006.

Wangechi Mutu. The Ark Collection, 2006.

Es difícil encasillar a Wangechi Mutu en una disciplina artística concreta dentro de las artes visuales. El collage, la pintura, la instalación, la escultura y el vídeo-arte, son disciplinas que configuran y definen tanto su obra como quién es y en qué lugar se encuentra en el mundo. Nacida en Nairobi (Kenia) en 1972, Mutu se formó en Reino Unido y desde hace ya dos décadas reside en Brooklyn (Nueva York). Allí estudió Arte en el Cooper Union College de Nueva York: “Admitir para ti misma y a tus padres que quieres ir a América a estudiar arte, no se acoge precisamente con un aplauso”, confiesa en una entrevista para Lifestyle. misguided

Si bien es cierto que la artista se mueve en varios estilos, Mutu es conocida sobre todo por sus composiciones en collage, a través de los cuales trabaja y cuestiona temas como el género, el colonialismo, la guerra, la globalización o la erotización de la mujer negra en la cultura occidental. Mutu da vida a figuras medio humanas, medio máquinas, una amalgama de elementos parte cyborg y parte orgánica persistentes en su obra. Para ello mezcla acrílicos con fragmentos y patrones decorativos de revistas pornográficas, de moda, de viaje, de caza y de automóviles, así como libros de arte africano hechos por y para un público occidental. Ello configura una obra que suele tener además como título una llamada a la atención provocadora y a menudo irónica.

Su formación en antropología y estudios culturales tiene un papel decisivo en la composición de sus trabajos y en su discurso filosófico postcolonial. También queda reflejada en su fascinación a la hora de jugar con los estereotipos. Ella misma recoge esos estereotipos que se le atribuyen como mujer negra y africana en una sociedad occidental y los “re-ensambla” en sus creaciones. En una entrevista en el marco de su exposición, Looking Both Ways, Mutu deja clara esa fascinación por los estereotipos e incluso más si cabe, por cómo la sociedad adopta un consenso colectivo sobre un estereotipo concreto y luego se utiliza contra otros. También exponía su firme creencia de que el cuerpo de la mujer es particularmente vulnerable a las normativas sociales.

Pin Up I - Wanguechi Mutu

Pin Up I – Wanguechi Mutu

Los cuerpos de las mujeres mutilados en su trabajo “Pin-ups” son una evidencia más de cómo éstas son el campo de batalla en los conflictos armados. Precisamente esas imágenes son un reflejo de las víctimas de los llamados “Diamantes de sangre” de Sierra Leona durante los años noventa: cuerpos que han sido alterados, mutilados y utilizados para causar daño. A pesar de ello, las pin-ups de Mutu son supervivientes que perseveran, redefinen la imagen de la belleza y “se involucran en un proceso de convertirse, cambiar y sobrevivir”.

Con este hilo conductor en la obra de la artista, no es de extrañar de investigadoras y comisarias de arte, cataloguen su trabajo como arte feminista, tanto por el contenido predominantemente femenino, como por la técnica que utiliza, el collage, considerado también una técnica frecuentemente utilizada en este tipo de creaciones. Ya desde finales de los años setenta se empieza a reflexionar y a considerar el collage como una importante estrategia para artistas feministas. Como afirma la investigadora N. Smith en su trabajo sobre Mutu (2009): “Mientras la historia del arte sitúa el origen del collage a principios del siglo XX, el cubismo, las narrativas alternativas y las revisionistas feministas lo han reclamado como una estética muy establecida dentro de las tradiciones culturales de las mujeres, esto es mucho antes de que Picasso o Braque crearan su primer ‘papier collé’.

A finales de 1970, Melissa Meyer y Miriam Schapiro colocaron el collage en el marco de la cultura doméstica de la mujer con su discusión sobe el concepto ‘femmage’ en la publicación feminista Heresies”. En este momento nace el concepto de femmage, cuya definición traspasó el arte moderno para incluir actividades que las mujeres hacían habitualmente relacionadas con la costura, como la unión de las piezas, el corte, el patronaje, etc, y lo hacía resaltando la inventiva de éstas para introducir el collage en su vida cotidiana.

Mutu empezó utilizando el collage por la facilidad que tenía para acceder a los materiales, principalmente revistas recicladas, telas, cintas, etc., ya que eran más económicos. A la vez le permitía crear un trabajo muy narrativo, pero sin elementos del todo realistas. Smith se atreve así, a colocar el arte de Mutu dentro del denominado femmage, por las características propias de este estilo que podrían encajar con las de la obra de la artista.

Por otra parte, como si de una imagen metafórica del cyborg feminista de Donna Haraway se tratase, las protagonistas de Mutu son una mezcla entre humana, maquina, animal y ente orgánico y logra transportarnos al ciberespacio, a paisajes de un mundo de fantasía o a un futuro incierto. Un posible guiño al Manifiesto Cyborg que se une con la consideración por parte de algunos críticos de que su estilo forma parte de la corriente o estilo Afrofuturista.

La retrospectiva de su obra, A Fantastic Journey, expuesta en el Brooklyn Museum marzo de este mismo año, recoge más de cincuenta piezas de la artista creadas desde mediados de los años noventa. A través de instalaciones escultóricas, vídeos, pinturas y collage, el espectador tiene la oportunidad de realizar este viaje fantástico en el que Mutu nos evoca un sinfín de elementos: máquinas, decadencia, colonización, rituales, espiritualidad, identidad racial, género, corporeidad…

[hr]

Fuentes: Smith, N. R. (2009). Wangechi Mutu : Feminist Collage and the Cyborg. Georgia State University. Wangechi Mutu Brooklyn Museum Nasher Museum Daily Nation (Kenya) Border Crossings

Black to the future (VI): Musodza. Ciencia ficción rasta shona

 

Masimba Musodza

Masimba Musodza

Masimba Musodza es de todo un poco, por eso su nombre va acompañado de una larga lista de adjetivos que parecen no tener relación entre sí. Sin embargo, esos calificativos configuran, en realidad, la personalidad fuera de lo común de este escritor zimbabués que tiene la virtud de haber abierto tantas puertas que se ha convertido en un auténtico pionero. Muchas de esas puertas, no sólo, estaban cerradas, sino que a los ojos de la mayor parte del público, ni siquiera existían. La última de las proezas de Musodza es ser el autor de la primera novela de ciencia ficción escrita en lengua shona.

A sus 37 años, este escritor nacido y crecido en Harare, la capital de Zimbabue, ha recorrido buena parte de los caminos que parecían impracticables en la literatura africana. La última de sus obras es MunaHacha Maive Nei? La historia relata el panorama posterior a un vertido de productos químicos desde unas instalaciones en las que se realizan experimentos ilegales. Estos vertidos han modificado el ecosistema local generando graves mutaciones tanto en los animales como en las plantas de la zona. El drama se desencadena cuando un niño es atacado por un pez gigante. Quizá los pretendidos puristas puedan señalar que esto no es más que la ciencia ficción occidental escrita por un autor de origen africano. Sin embargo, el relato incorpora rasgos propios de la cultura local, ya que la reacción de los lugareños es pensar que se trata del castigo de un ser, algo así como una sirena, de la tradición local. Y los intentos por aplacar las iras de este ser desencadenarán una nueva situación que sobrepasa los pretendidos castigos legendarios.

Cubierta de MunaHacha Maive Nei?

Cubierta de MunaHacha Maive Nei?

Ya se ha hablado en esta misma sección sobre el género literario de la ciencia ficción en otros lugares de África. Es cierto que se trata de un género minoritario y, a pesar de que como se ha visto, hay ejemplos de largo recorrido, se podría decir que es en los últimos años cuando la producción ha aumentado. En este sentido, por tanto, Musodza no es estrictamente un pionero, pero sí que camina por una senda poco transitada. El detalle definitivo de que este zimbabués está decidido a abrir caminos literarios a golpe de machete, si es necesario, es que MunaHacha Maive Nei? está escrita en shona, una lengua africana que se habla en varios países de la zona austral. Hay quien se entretiene en largos debates sobre el presente y el futuro de la literatura en lenguas africanas. Musodza interviene en estos debates poniendo sobre la mesa una novela, en una lengua minorizada y de un género minorizado. Para terminar de rizar el rizo, MunaHacha Maive Nei? ha sido comercializado en formato de libro electrónico.

Este escritor, que previamente ha sido guionista, está acostumbrado a romper barreras y antes de ostentar ese mérito de ser el autor de la primera novela de ciencia ficción en shona, ya se le había considerado impulsor de la literatura rastafari en Zimbabue y había explorado otros géneros poco habituales como la novela policiaca o de terror.

Musodza ejerciendo de zombie (o algo parecido). Fuente: Blog del escritor

Musodza ejerciendo de zombie (o algo parecido). Fuente: Blog del escritor

A pesar de cultivar los géneros fantásticos, las obras de Musodza no son simplemente entretenimiento. Él mismo reconoce que detrás de sus relatos hay una voluntad de crítica, en obras previas ha intentado cuestionar los prejuicios acerca de la comunidad rastafari en Zimbabue que considera que sufre discriminaciones, así como algunos aspectos de la sociedad del país. En el caso de MunaHacha Maive Nei? se vislumbra un intento de exigir un desarrollo sostenible que alerta sobre la necesidad de respetar el medio ambiente.

En este enlace se puede leer un fragmento de la novela MunaHacha Maive Nei?, en shona, claro.

El blog de Musodza

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Black to the future (V): Frente a narrativas pesimistas, dosis de ficción

Fotograma del cortometraje  "Kichwateli" (en swahili cabeza de TV)  de la artista visual keniana Muchiri Njenga.

Fotograma del cortometraje “Kichwateli” (en swahili cabeza de TV) de la artista visual keniana Muchiri Njenga.

 

Mientras que una gran mayoría de los guiones de cine norteamericanos y europeos se encuentran atrapados en el pasado de África, muchos cineastas africanos parecen estar centrados en el futuro. Así lo vimos la semana pasada cuando mencionábamos que el género de la ciencia ficción en el continente tiene desde hace unos años algunos títulos destacados en la filmografía reciente. Las referencias a cuestiones socioeconómicas actuales y pasadas así como las cuestiones de la explotación de los recursos y la pobreza se vinculan al uso de aspectos religiosos que conectan con la tecnología de una manera transparente: robots, ritos tradicionales de iniciación, percepción extra-sensorial, narraciones quiméricas o las referencias a las visitas del espacio exterior. Sin duda, contribuciones ya existentes de escritores africanos como Ben Okri y Wole Soyinka, que con su realismo mágico se acercaban al futuro con elementos futuristas que emanaban de la propia cultura. Os presentamos hoy tres propuestas que continúan nuestra serie Black to the future.

Estos aspectos que trasgreden fronteras y violan los conceptos creativos impuestos son ricos en una mitología que migra, que se articula con la ciencia ficción contemporánea y que se basa en gran medida en los motivos de la transformación, la hibridez y la percepción de mezcla de géneros para ofrecer alternativas viables a la destrucción del tecno-capitalismo. Esta fórmula nos aleja de los mitos occidentales comunes que apuntalan la impotencia africana y reafirma a la ciencia ficción, este afrofuturismo, como una poderosa herramienta para el cambio sincrético, para una re-evaluación y una nueva exploración.

 

Kichwateli (2012), del keniano Muchiri Njenga

Pero, un momento. ¿No son las películas que salen de este continente deprimentes? Efectivamente, hasta el momento de las independencias africanas (léase emancipaciones) los directores africanos no tuvieron la oportunidad de encontrar un equilibrio para mostrar su propia realidad, una representación que hasta el momento había estado en manos de las metrópolis. Sin embargo, las grandes producciones hollywoodienses modernas que muestran África como Hotel Ruanda (2004), El jardinero fiel (2005), Diamantes de sangre (2006) o el Último rey de Escocia (2006) inciden en un discurso pesimista: un continente oscuro, pobre y corrupto. El común denominador de estos guiones es que un personaje viene desde fuera (Europa o EEUU) ya sea un periodista o médico para ayudar y observar. Estas simpatías modernas se basan en las buenas intenciones pero que someten a examen esa carga/culpabilidad del hombre blanco. Estas ‘visiones de la historia’ con su componente de realidad siguen siendo mostradas por forasteros; versiones alejadas a la de los propios africanos.

Kichwateli es un cortometraje poético ambientado en un barrio pobre de África en un ambiente post-apocalíptico que lleva al espectador a un viaje espiritual y metafórico a través del sueño de un niño. La película mezcla imágenes de ficción con la realidad de un niño que camina con una TV en vivo en su cabeza; una metáfora de las consecuencias perversas de los medios de masas en una generación de jóvenes o de la sociedad en general. Kichwateli es un sinónimo visual de la ansiedad mundial y al mismo tiempo un reflejo de nosotros mismos expuestos al escrutinio de ese Gran Hermano. Como Carl Sagan apuntara “nuestro planeta es una mota solitaria en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay ningún indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos”

De la misma manera afrofuturista os presentamos la obra de John Akomfrah. El ladrón de datos es un hacker cuyo desplazamiento, la alienación cultural y la alteridad forzosa están basadas en las relaciones entre la cultura panafricana, la ciencia ficción, un viaje intergaláctico y la rápida progresión de la informática. A través de entrevistas El último ángel de la historia (1996) mantiene el hilo argumentativo intercalándolo con imágenes de la vida panafricana en diferentes épocas de la historia, saltando entre el tiempo y el espacio; una forma no muy diferente a la navegación por Internet.

El último ángel de la historia (1996), John Akomfrah

Como broche os dejamos con la certeza de una obra para la reflexión. Y que además se encuentra íntegra. Se trata de Les Saignantes, del camerunés Jean-Pierre Bekolo, enmarcada en un cine vanguardista y cuasi experimental abrazando el terror y la ciencia ficción. La película, premio FESPACO 2007, expone las profundas crisis sufridas por Camerún y África en general y marca territorio en los títulos del comienzo: “¿Cómo puede anticiparse una película al futuro de un país que no tiene futuro?”

Es interesante como Bekolo utiliza el sexo para empoderar a las mujeres en esta ciencia ficción de bajo presupuesto donde la cultura trance da un vistazo a la historia sociopolítica moderna de Camerún. La dinámica del grupo como pasado y presente, hombres contra mujeres, la cultura occidental frente a la cultura autóctona, política tradicional contra la política colonial… El camerunés, de esta manera, insinúa, informa, despierta y cuestiona a la sociedad de su país y a la de otros lugares. Les Saignantes es una pieza llena de ideas y de contradicciones que incorpora un modernismo urbano y se pliega como un diamante futurista… Que la disfrutéis…

Les Saignantes (2005), Jean-Pierre Bekolo.

 

Black to the future (IV): Collages y texturas que emergen de África

Afrogalactic Dream Factory

Afrogalactic Dream Factory. Foto: Vanessa Anaya

¿Es patrimonio occidental el movimiento estético que mira hacia el futuro? Después una semana intensa en la que hemos entrado de lleno a analizar el impacto del “afrofuturismo” en las artes africanas, podemos quizá ir construyendo una opinión  más fundamentada que responda a esta pregunta.  Claramente África mira hacia el futuro, sin olvidarse de su pasado y mostrándolo en su presente. La keniana Wanuri Kahiu directora de la obra de ciencia ficción Pumzi, lo explica alto y claro: “el afrofuturismo en África está creciendo porque la voz del continente ha sido durante tanto tiempo acallada —y aún en el presente—, que es necesario buscar una proyección en el futuro”. Algo así como una manera de buscar un espacio —en el futuro— que a lo largo de la historia le ha sido negada.

La pregunta de si África está preparada para la ciencia ficción es muy acertada en este debate. La respuesta, bajo mi punto de vista, es que sí. Lo está para su propia ciencia ficción, en la cual incorpora elementos externos, introduciéndolos a su imaginario y a su realidad. Eso es precisamente lo que han hecho una gran parte de artistas africanos que han navegado por este mundo de fantasía y de ficción. El afrofuturismo como movimiento cultural y estético tiene su origen en la diáspora afroamericana como hemos visto anteriormente. Mark Dery en su ensayo Flame Wars, que aborda desde una perspectiva de la cibercultura y la tecnocultura, define el término afrofuturismo como “una ficción especulativa que trata temas afroamericanos y aborda las preocupaciones afroamericanas en el contexto de la tecnocultura del siglo XX y, en general, el significado afroamericano que se apropia de las imágenes de la tecnología y un futuro mejor. Podría, a falta de un término mejor, ser llamado Afro-futurismo.

Kodwo Eshun, autor del artículo Further Considerations on Afrofuturism (2003) también hace una aportación y sostiene que “el afrofuturismo, se refiere entonces a las posibilidades de intervención dentro de la dimensión de la predicción, lo proyectado, la profético, lo previsto, lo virtual, lo anticipatorio y el futuro condicional. Esto implica el análisis de tres distintas pero confluyentes esferas parciales: en primer lugar el mundo de las simulaciones matemáticas, en segundo lugar, el mundo de descripciones informales, y en tercer lugar, como Gilroy (2001) señala en Between Camps, la articulación de los futuros dentro de las formas cotidianas de la corriente principal de la expresión vernácula negra”.

En este proceso y en esta emergencia, África no se queda fuera. Ya sea porque encontramos manifestaciones artísticas afrofuturistas en la actualidad o porque sencillamente algunas sociedades africanas muestran algunos de sus elementos en su cosmología. Una vez más, Wanuri Kahiu afirma que no podemos olvidar que África ha estado siempre muy vinculada a un intenso mundo espiritual que se manifiesta día y día y que claramente se refleja en la obra de algunos artistas.

Representaciones Dogón que aluden a la imagen del anfibio

Representaciones Dogón que aluden a la imagen del anfibio

[message_box type=”note” icon=”yes” close=”Close”]Wanuri Kahiu alude a la cosmología Dogón (Mali) y sus dioses anfibios, los Nommo, que llegaron en su barco volador. El antropólogo francés Marcel Griaule que estudió durante 25 años a esta etnia y su colaboradora Germaine Dieterlen afirmaron que “Ogotomeli habría revelado a Griaule unos conocimientos avanzadísimos de astronomía. Los dogones atávicos ya conocían los anillos de Saturno, los cuatro satélites galileanos de Júpiter y, lo que es aún más sorprendente, sabían perfectamente que Sirio era una estrella doble. Es más, la periodicidad de 50 años de la fiesta Sigui tendría su raíz en el periodo orbital de Sirio B. “ Fuente: El Mundo . Con este ejemplo subraya la repercusión de esta cosmología en las artes[/message_box]

Literatura, música, cine y artes visuales se han hecho eco de esta tendencia que juega constantemente con el espacio/tiempo y que abraza elementos externos, tecnólogicos, fantásticos y apocalípticos. El elemento visual que destaca y que nos ayuda a clasificar una obra como afrofuturista, es precisamente el baile entre estos elementos. Las artes visuales gozan de una especie de “transversalidad”  dentro del resto de las artes. Por ejemplo, los sonidos o el cine afrofuturistas se complementan con una estética que los acompaña y que ayuda a establecer esta identidad.

No podemos obviar el impacto visual que provoca y que lo complementa y que pasa a formar parte también de las artes visuales. Por lo tanto es difícil no hacer referencia a lotras artes cuando queremos analizar el impacto del afrofuturismo en éstas. Concretamente, si nos sumergimos a la galaxia de las artes visuales africanas, podemos encontrar creaciones realmente sorprendentes.

Una de las artistas que responde a este concepto de afrofuturismo, es la nigeriana Fatimah Tuggar que mediante las técnicas del collage y del assemblage pretende explorar el impacto de la tecnología en las diferentes culturas. En su obra utiliza elementos tecnológicos, juega de una forma ingeniosa con el espacio/tiempo y crea un intercambio de roles entre los sujetos de su obra generando una reflexión en torno a conceptos como “exceso”  “glamour”  o “arquitectura”.

¿Cómo os imagináis Lagos en 2081? Lekan Jeyfo  en el trabajo realizado para la marca de ropa “Ikire Jones” nos transmite su punto de vista y su visión de futuro. Aparte de su proyección de futuro, existen algunos elementos identificativos de la estética futurista, como las naves voladoras, el metal en las construcciones y las nuevas tecnologías. Algo que no cambia en el tiempo, es la moda, tal y como nos quiere transmitir el artista.

Si queremos llegar al espacio desde Gabón, nada mejor que proyectar un Space Elevator que nos lleve directamente. No hay duda de que el ilustrador Némo Tral  apunta bien alto. Una vez más, el espacio es el hilo argumental de esta creación que habla de ¿cráteres en el cielo?. El espacio es algo que el ser humano anhela conocer y acceder desde tiempos inmemoriales, creando un desconcierto ante el desconocimiento del “más allá universal”. Esta vez, la puerta de entrada está en Gabón, en África. África tiene la puerta de entrada hacia ese universo desconocido. ¿Quién sube?

 

Space Elevator

Space Elevator

 

neonubianEl arte y la moda se encuentran en “Neonubian Art for the Masses” . Un gran descubrimiento y un viaje fantástico —nunca mejor dicho— a unos diseños coloridos y originales, que se basan en una estética claramente futurista mediante la utiización de diferentes colores y texturas.

Y por último, sin ánimo de cerrar, sino más bien dejar abierta una puerta al futuro, os presentamos el proyecto “Alternate Futures: Afrofuturist Multiverses and Beyond “de la artista Nettrice Beattie, que es una colección de visiones virtuales 3D que presupone la permanencia del pasado, presente y futuro de la cultura negra y que contiene fragmentos de imágenes y sonidos cósmicos y utópicos. La instalación de Second Life, está formada por fragmentos estáticos y en movimiento de arte africano, ciencia y tecnología, historia y mitología. La artista se inspira en el arte Ndebele (de Zimbawe y Sudáfrica) y en la cosmología Dogón (Mali) y según ella, los elementos están relacionados con muchos de otros elementos de la estética afrofuturista. Beattie afrima que no es un futuro perfecto, aunque sí más inclusivo —se podría generar un interesante debate en torno a esta visión del futuro—. Podéis encontrar más información detallada aquí.

[hr] Fuentes y bibliografía: Okayafrica Farah Yusuf The African El Mundo Afrofuturism African Digital Art Detritus

Black to the Future (III): Futurismo(s) Afrosónico(s)

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El imaginario musical de África y de sus diásporas ha sido siempre un espectro cristalino de las dinámicas que se han dado en sus sociedades. Quizás por ello, el campo donde encontramos algunos de los ejemplos más originales de la ontología afrofuturista sea el de la música. Como su léxico indica, el afrofuturismo (término acuñado por primera vez en 1995 por Mark Dery en un artículo llamado Black to the Future) está proyectado en una ciencia ficción que relata algo más que la reivindicación de una modernidad propiamente negra, como reivindicaron movimientos como el Black Power o el Panafricanismo. Se trata de un fenómeno absolutamente post-moderno, profundamente post-humanista e inevitablemente post-cosmopolita. Una teoría que denuncia y (re)construye los ideales más arraigados del mundo occidental,  que sepulta el humanismo universalista y proyecta hacia el espacio sideral las sociedades africanas en la diáspora (una diáspora espacial). El afrofuturismo es una sátira de la exclusión histórica y tecnológica que han sufrido las sociedades africanas y afrodescendientes. Surge de la dislocación de los negros a partir de la trata esclavista y sitúa en ese instante la semilla originaria para lo que Nietzsche llamó “los primeros modernos”, o incluso dando un paso más allá, lo que se convertirá en una especie de superhombre fuera de lugar, de su “planeta negro”[1], como un extraterrestre de Júpiter o Saturno en la Tierra.

Las mitologías apocalípticas que perduran en la ciencia ficción africana reinterpretadas como aquél mito fundacional del negro arrojado a las Américas, han inducido al boom tecnocientífico y la obsesión explorativa del espacio exterior a situar la historia africana en el epicentro de un futuro que no es más que “una distorsión del presente”[2]. Esto nos lleva a reconocer en las narraciones afrofuturistas una concepción del tiempo circular y, a su vez, a pensar en el tan reivindicado holismo africano, donde la hipérbole del pasado se proyecta cibernéticamente desafiando la idea del progreso. La mal-hiriente negación de la historia y la ciencia africanas es refutada por la mística y la cosmología Dogon[3] que cambia los polos hacia el afrocentrismo relevando la imagen del “pobre africano” por ése negro rítmico que busca identificar su alma en la música (coincidiendo con la Era del Soul) y acaba por convertirse en un ciborg enfundado en trajes hegemónicamente occidentales que evocan a “afronautas” en busca de terceros espacios sónicos, flotando entre samplers, pedales de efectos, sintetizadores, instrumentos electrificados y narcosis astral.

“Y es así”, dirán los libros de historia del siglo XXV “como la era digital engendró el futurismo afrosónico”. Y para ello, será imprescindible que los estudiantes del futuro tengan algunos ejemplos a los que referirse:

Space is the Place (LP)

Sun Ra (nacido Herman Poole Blount) fue el pionero del afrofuturismo, afirmando venir de Saturno. Si bien como compositor era un auténtico alienígena, su música llegó a transformar la vida de los humanos en la tierra. Blues progresivo, Free Jazz y Groove africano mezclados con violines electrónicos que hablan sobre la salvación interplanetaria o evocando una épica judeo-egipcia podrían ser una descripción de lo que emana su extravagante música. Ra elaboró una cosmología propia que sirvió de inspiración para otros muchos iluminados como el productor jamaicano y arquitecto del dub Lee “Scratch” Perry (quien dijo que “Si el Reggae es África en el nuevo mundo, el Dub es África en la luna”), siendo muchas veces tomados por locos o incluso ridiculizados. Pero las letras de Ra contenían auténticos mensajes revolucionarios, y su música fue un icono en los círculos de lucha por los derechos civiles de los afroamericanos durante los 50 y 60. Por lo referente al componente africano, el reiterado recurso a las percusiones es uno de los principales elementos de su receta “mítico-científica” a caballo entre pasado y futuro, o entre el viejo continente y el espacio exterior. Aunque su fascinación por Egipto y por el rey Sol (de quien toma el nombre) es lo más reconocible de su iconografía y lo que mejor entronca con el afrocentrismo que caracteriza el movimiento afrofuturista. Para entender un poco mejor sus discos (más de 200) y su personaje, os recomendamos los documentales Space Is The Place (1974) y A Joyful Noise de 1980, ambos completos.

lEl Doctor Funkestein (George Clinton) y su banda Parliament-Funkadelic representan el siguiente eslabón del futurismo afrosónico. Mezclando los secretos de las pirámides y los astronautas para refutar la negación de una historia propiamente africana; critican la racionalidad liberal, la democracia occidental y la supremacía blanca. Es en el disco Mothership Connection, que Parliament introduce el concepto afrofuturístico del ‘P-Funk’. Mientras el Funk se impone como la música para la afirmación del “alma negra”, el P-Funk futuriza esa misma alma, la tecnifica a partir de voces robotizadas con efecto vocoder, introduce teclados con sintetizadores y clonaciones eléctricas, y da paso de esta forma a la Era del Disco. La tecno-cultura más refinada se apodera así de las ondas sonoras con la promesa de un futuro mejor para las clases oprimidas y con ellas, el Hip Hop invade las calles y cualquier atisbo de nave espacial presta a surcar el espacio.

kool_keith_black_elvisAsí, el excéntrico rapero Kool Keith se hizo con las nuevas tendencias de los sonidos afrofuturistas. Dándo voz a las clases más pobres de las ciudades, desilusionadas por el individualismo postmoderno, el Hip Hop se convirtió en los 80 y 90 en el sucesor del Funk más psicodélico para los más fascinados en la ciencia ficción de cariz afro, pero sobre todo para las masas de jóvenes del mundo perdidas ante una deriva socioeconómica global. Miembro de los Ultramagnetic MCs, Keith realizó en 1997 el disco Doctor Octagon donde proclama su retorno a la Tierra des del futuro del año 3000. En 1999, desafía con su disco Black Elvis algunos de los prejuicios raciales del momento y habla de un rapero nacido en Júpiter que funda una nación marcada por “el poder de un robot voodoo” (un concepto que reúne la tradición afrocaribeña del voodoo y la tecnología robótica).

El Hip Hop recoge las reivindicaciones y actitudes más críticas de la juventud de la periferia (es decir, de los jóvenes no representados por las estructuras de poder), y en África, es (re)absorbido como algo propio y genuino como ya vimos en nuestros artículos sobre los B-boys o las pandillas de Mapantsula. Las temáticas afrofuturistas se convierten en la estética predilecta para artistas como la sudafricana Simphiwe Dana quien a través del arte del videoclip nos muestra sus propias imágenes del afrofuturismo. Una vez más, el afrocentrismo se mezcla con la ciencia ficción y la mitología híbrida. Pero ahora, África se apodera y reinterpreta las narrativas futuristas.

Lo mismo sucede con los kenianos Just A Band quienes, comprendiendo la importancia del audiovisual y las nuevas tecnologías para la industria musical del siglo XXI y convirtiéndose en una de las bandas más rompedoras del panorama internacional por su experimentación afrosónica, se sitúan en el podio del afrofuturismo con reminiscencias estéticas de Egipto y declaraciones de haber ido y vuelto de la luna.

Spoek Mathambo 13 (2012)Y si hay que hablar de post-humanismo, post-modernidad y post-cosmopolitismo en África, habrá que hablar de post-apartheid. Y en ese caso será ineludible el nombre del que hoy es considerado como el más puntero afrofuturista del planeta negro contemporáneo: Spoek Mathambo. El que es apodado como el rey del township mezcla el hip-hop, el dubstep y el house globalizando el Kwaito, que traslada algunas lenguas africanas a las más concurridas pistas de baile de Europa o Estados Unidos, cual idioma alienígena invadiendo la Tierra.

No les falta competencia a los hasta hora mentados, pues los Afro Galactic Dream Factory vienen pegando fuerte con su sinfonía afro-techno audiovisual que nos evoca al espacio exterior. ¿Qué decir sobre ellos más que el futurismo afrosónico es su máxima? Y viendo lo visto,  ¿a alguien le extraña a estas alturas que la Isla de Goré, en frente de la dakarense capital senegalesa, acoja mañana el Festival de música y astronomía ASMAAN (que en wolof significa ‘espacio exterior’)? Se trata de un punto de encuentro para la contemplación del cosmos y una muestra de la tradición estética musical y audiovisual centrada en la naturaleza humana o que le otorga un lugar dentro del universo. Solo una muestra más de que la ciencia ficción y la música están íntimamente relacionadas en el universo africano, y de que “el planeta negro” tiene mucho que decir todavía en este campo.

 

 

Recomendaciones de interés: 

Graham Lock. Blutopia: Visions of the Future and Revisions of the Past in the Work of Sun Ra, Duke Ellington, and Anthony Braxton. 1999.

Eshun Kodwo. Further Considerations on Afrofuturism en The New Centennial Review, Volume 3, Number 2, Summer 2003, pp.287-302.

J. Griffith Rollefson. The “Robot Voodoo Power” thesis: Afrofuturism and anti-anti-essentialism from Sun Ra to Kool Keith” en Black Music Research Journal Vol. 28, No. 1, Spring 2008. University of Illinois.

Hip Hop y Afrofuturismo: La siembra del campo de la Conciencia

This Is Africa

 


[1] Ferran Iniesta. El planeta negro. Aproximación histórica a las culturas africanas. 1998.

[2] Samuel R. Delany, Last Angel of History, 1995.

[3] Recogida por primera vez en la etnografía de Marcel Griaule.

Black to the Future (II): Robots negros y otras galaxias

Fotograma de la película Jhonas de Kibwe Tavares.

Fotograma de la película Jhonas, de Kibwe Tavares, favorita del público en el festival Sundance 2013.

Según los últimos cálculos, en apenas ciento cincuenta años, los empresarios de parques naturales cibernéticos se habrán multiplicado por dos. El binomio hegemónico tecnología-economía, principales causantes del crimen, las guerras, enfermedades y la pobreza serán reductos de un pasado gris. Los elefantes de las cuencas lunares y los astronautas del sahel africano habrán modificado sus respectivas dietas por sorbos de agua salada y frutos tropicales tales como el mango o el kiwi. Y las rutas caravaneras exigirán un visado aéreo que reducirá los tiempos de paso evitando las altas temperaturas para las sociedades nómadas. ¿Cuál será el aspecto del continente africano en 2050? ¿Cómo de preparados estaríamos ante una colonización africana como proponía entre líneas el cortometraje Afrogaláctica? ¿Cómo es la ciencia ficción llevada a la gran pantalla y vista por los africanos? Hoy os acercamos (en una primera aproximación) a cuatro propuestas más o menos recientes que perfilan esa utopía de Tomás Moro, la que soñaba de forma metafórica; a ese otro mundo; a esa otra sociedad. Y el cine, nos transporta, una vez más, a esta realidad con robots negros y galaxias no tan alejadas.

Sobre la mesa, la pesada sombra de si hay o no contaminación intercultural, de la apropiación consciente o no del lenguaje cinematográfico occidental o de la inminente hibridación de las diversas manifestaciones artísticas. Así, las últimas obras que caminan sobre el género de la ciencia ficción se presentan desnudas y desconcertantes para los críticos y revolucionando los canales habituales de comunicación ensalzando esa África contemporánea que se encuentra en las antípodas del afropesimismo occidental. Un ejemplo es la película Pumzi (2009), de la keniata Wanuri Kahiu; una adaptación libre del Viaje de Logan convertida en un grito de socorro para el continente y en la piedra angular, según su directora, de la esperanza para las jóvenes generaciones africanas. La película está ambientada en el África Oriental 35 años después de la Tercera Guerra Mundial, la “Guerra del Agua”. El conflicto ha causado tal grado de devastación ecológico, que se ha extinguido hasta la propia naturaleza. La protagonista Asha, interpretado por la sudafricana Kudzani Moswela, recibe un día por correo una caja con tierra en la que planta una antigua semilla que germina inmediatamente… ¿Queréis saber qué ocurre? No os perdáis estos apasionantes 21 minutos.

La realidad o la hiperrealidad a la que nos acercan los directores que minuciosamente trabajan el género de la ciencia ficción abre la caja de pandora al abofetear nuestra propia conciencia: egoísmo, indivisualismo y transversalidad atada al ego. Anclada en los sofistas o perpetuada por los racionalistas la ficción abraza sin querer lo documental y éste nos sitúa en un contexto desestereotipado. Así somos, pero hay remedio.

La magia de las coproducciones en las cinematografías africanas tienen un largo recorrido. Apasionante. En Pumzi participaron capital keniano y sudafricano entre los que se encontraba el también sudafricano Simon Hansen, productor del cortometraje Alive in Joburg (2006), semilla que más tarde germinaría bajo el título de Distrito 9 (2009), dirigido por Neill Blomkamp. Alive in Joburg, es un trabajo de 6 minutos en el que se manifiesta de forma parcial la segregación por el color de la piel que sufrió la población negra en el apartheid sudafricano. ¿Qué os parece este retrato de una realidad imaginada en el que la crueldad culmina exponencialmente y hace mutar al ser humano? ¿Quiénes son los extraterrestres?

La tercera de las propuestas es la que nos trae el director Kibwe Tavares desde la diáspora. Londres, sinónimo de multiculturalidad, no ha sabido integrar los cielos de sueños con los que cargaban las diferentes poblaciones inmigrantes que buscaron un mejor futuro (afro o no). Uno de los barrios que acogieron mayor población negra, principalmente jamaicana, fue Brixton, que en pleno auge de los programas estructurales de su primera ministra Margaret Thatcher, había degenerado en una zona habitada por trabajadores sin alma. Obreros alienados que Tavares muestra en su cortometraje con otra cara: la de los robots. La película sigue las tribulaciones de los robots pequeños que sobreviven en el filo de la vida interior de la ciudad, viviendo la vida previsible de un poblado rodeado por desempleo, pobreza y la desilusión de la masa. Cuando la policía invade este espacio sin futuro al que los propios robots podrían llamar suyo, la relación fuerte y tensa entre los dos lados explota en un estallido de violencia, haciéndose eco de las fuertes manifestaciones violentas que tuvieron lugar en 1981. Robots of Brixton (2011).

Y como reflexión final traemos el último trabajo de Tavares, laureado en el último festival de Sundance 2013 con el premio del público: Jonás (2013). Kibwe Tavares vuelca toda su ironía en este cortometraje que renueva el mito de Jonás, que fuera comido por una ballena, para ubicarnos en un pequeño pueblo de pescadores de Zanzíbar. La transfiguración de un hombre que cambia en una ciudad cambiante. La historia ahonda en un tema clave: el turismo agresivo, en este caso, un tipo de turismo provocado por el descubrimiento de Jonás del pescado más grande del mundo. La ciudad se convierte en un brillante por pulir, economía pujante que no repercute en los habitantes del pueblo, que poco a poco va abandonando sus raíces pesqueras originales. Jonás decide más adelante matar al pez; metáfora de un sistema que promete y concede con unos costes muy altos y que a menudo pasan desapercibidos: humanos, ecológicos y éticos… Decía Marx que la historia se repite: primero en forma de tragedia y segundo en forma de farsa. La ciencia ficción acerca y aleja, aproxima y muestra esa opacidad mental que no permite -por tabú- vislumbrar nuevas respuestas a los problemas actuales. ¿Jugamos a ficcionar el presente a ver qué tal?