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Gaël Faye: “¿Por qué no puede haber un Harry Potter en Lagos o un Romeo y Julieta en Kigali?”

Dice que escribe para recuperar los paraísos perdidos para atrapar los momentos del pasado en los que ha sido feliz, porque los lugares se mantienen y a ellos se puede regresar, pero los momentos pasan. Ese es uno de los motivos por los que Gaël Faye (Buymbura, 1982) escribe y por los que en Pequeño país reprodujo, en parte, el clima de la Buyumbura de su infancia. De padre francés y de madre ruandesa, pasó sus primeros años en Burundi, pero en 1995 tuvo que trasladarse a Francia, después del genocidio en la vecina Ruanda y de que estallase la guerra civil en Burundi. Esos años en los que la convivencia en la región entera saltó por los aires enmarcan la historia de su primera novela, que fue en 2016 una auténtica revolución en Francia y que ahora publican la editorial Salamandra en castellano y Empúries en catalán.

El autor de "Pequeño país", el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Cedida Xavier Cervera / Ediciones Salamandra.

El autor de “Pequeño país”, el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Nos encontramos con el escritor y rapero francoruandés en un hotel de Barcelona para hablar sobre Pequeño país y sobre la vida, en general. A pesar de la apretada agenda de su viaje promocial, Gaël Faye se muestra atento. Se mueve sutilmente y muestra una disposición excepcional a hablar y a compartir. Asegura que nunca hubiese pensado que una historia sobre Buyumbura tuviese tanta repercusión y quizá por eso devuelve el agradecimiento de la atención en forma de una exquisita colaboración. Mientras explica sus motivos y sus experiencias, el joven artista transmite serenidad y mesura.

Has repetido en muchas ocasiones que Gabriel, el protagonista de Pequeño País, no eres tú de niño, pero hay muchas similitudes. ¿Cuál es la relación entre Gabriel y Gaël?

Gabriel podría ser yo, porque efectivamente, tenemos mucho en común. Pero para crear a Gabriel, yo me apoye en mis sensaciones, no en mis recuerdos. La verdad es que era muy pequeño y hay muchas cosas que no recuerdo. En intentado acordarme de mis sensaciones, del miedo, del hambre del asombro, de los colores, de los olores… y a partir de esas sensaciones he recreado un personaje. Es cierto que compartimos alguna cosa, pero a partir de eso le he creado toda una serie de acciones, de peripecias que yo no he vivido realmente. Y hay una segunda diferencia importante y es que Gabriel, en el relato, será completamente lúcido sobre la historia política que se está desarrollando, entenderá quienes son los actores, planteará preguntas, tendrá discusiones políticas con sus amigos. Y en mi caso, no fue así. Yo no comprendí lo que estaba ocurriendo. No entendí la guerra, ni la violencia. Todo estaba mezclado y era confuso para mí, así que he dado a Gabriel mi lucidez de adulto. Es un niño literario, no creo que un niño así hubiese podido existir en la realidad.

Y en tu caso, ¿cómo has llegado a esa lucidez, a entender lo que había pasado durante tu infancia?

Lo entendí después, leyendo, acudiendo a las conmemoraciones, escuchando los supervivientes…

La identidad tiene un papel importantisimo en la de Pequeño país. ¿Significa que es algo por lo que te preocupas?

Mira, por ejemplo, a la edad de Gabriel, yo no me planteaba preguntas en ese sentido. Simplemente no entendía y no me lo planteaba. Escuchaba cosas, pero no era capaz de poner las palabras, francés, tutsi, ruandés… ¿quién soy? No. Escuchaba y percibía cosas. Percibí el odio de unos, la desconfianza de los otros… y todo eso me ha marcado, pero no le ponía nombres.

Y, ¿cómo te lo has planteado después?

Bueno, he tenido muchas fases, como cualquiera que busca su identidad. Cuando era adolescente, por ejemplo, rechazaba mi identidad francés porque tenía la impresión de que ser francés suponía ser cómplice del genocidio contra mi familia ruandesa por la responsabilidad de la política francesa en esos hechos. Cuando estaba en Burundi, era blanco, porque un mestizo como yo, en África, siempre es blanco y en Burundi me llamaban mzungu (nombre que se da a los blancos en suajili). Y en Francia, mis amigos franceses hablaban de “Gaël el negro”,o “nuestro amigo negro”… Así que generaba una cierta inestabilidad y tenía la sensación de que tenía que tener un papel concreto, como los blancos me veían negro, tenía que ser negro. Y ha sido gracias a la escritura y, sobre todo, a la literatura que he entendido. Sobre todo, gracias a la literatura criolla de Haití, de Martinica, de Guadalupe, de la Guayana, a la literatura de gente que vive en un mundo “criollizado” que he podido entender que se podían unir todas esas identidades en una sola.

¿Cuál es el resultado de esa reflexión?

Por ejemplo, ahora, si en Ruanda alguien me dice que no soy un verdadero ruandés porque tengo la piel clara, o porque he ido a un colegio francés… no me importa, sé que soy ruandés y no necesito la aprobación de los otros. Antes eso me afectaba, cuando era adolescente me tomaba esos comentarios como un ataque, igual que cuando escuchamos a algunos racistas franceses que dicen marchaos a vuestro país, yo pienso “no, este es mi país, yo soy francés”, aunque evidentemente tenga un origen distinto. Soy francés 100%, igual que soy ruandés 100% o burundés 100%. No estoy fraccionado, soy una fusión. A veces a los mestizos se les dice que son una suma, que tienen diferentes estratos, pero no es así. Los mestizos tienen que entender que son una fusión y en una fusión no se pueden distinguir unas partes de otras, forman un todo y ese todo el que está en equilibrio, porque es un todo en sí mismo. En todo caso, son varios afluentes los que forman un río.

El escritor Gaël Faye ha pasado por Barcelona en la presentación de la traducción al castellano y al catalán de su novela. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Durante todo este tiempo, has ido regresando a Burundi regularmente durante todo este tiempo. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentras entre el Burundi que abandonaste en 1995 y el actual?

Creo que Burundi es un desastre, porque es un país con un gran potencial pero sufre una enfermedad que es la impunidad. Desde la independencia, si no antes, ha habido muchas masacre y nunca ha habido justicia. Eso hace que esté quien esté en el poder siempre hay una especie de ánimo de revancha. Es como un ciclo infernal de la violencia y la venganza que se repite. Mientras en Burundi no haya un proceso de reconciliación como el de Sudáfrica o el de Ruanda no habrá un cambio real. Por ejemplo, en Ruanda, a pesar de las dificultades, hay una sociedad que avanza, que está estructurada, hay instituciones, proyectos de futuro, la gente no piensa que mañana va a regresar la guerra, al contrario, la gente cree, invierte, hay jóvenes como yo que hemos vivido en el extranjero y regresamos con nuestras familias porque creemos en el país. Esa es la diferencia con Burundi, de donde la gente huye. Hay tendencia a exiliarse, a buscar un visado, porque no hay trabajo, no hay perspectivas de futuro. Y a partir de 2015 ha habido más violencia, más impunidad y los hijos van a querer vengar a sus padres que fueron asesinados…

Pero hablabas del potencial de Burundi…

Claro, a pesar de todo eso, hay un potencial inmenso. Al margen de que el país, sea bonito y esté bien situado, etc, hay una vitalidad política enorme. En 2015, los jóvenes salieron a las calles a riesgo de sus vidas, para reclamar que se respete la constitución y esa es una actitud que merece admiración y que nos hace decir que hay una gran conciencia política y un gran compromiso de la juventud burundesa. El problema es que la represión fue feroz, que unos fueron asesinados y otros tuvieron que exiliarse y la gente vive entre la miseria, el miedo y la familiaridad con la violencia, con todas las consecuencias como la corrupción, el clientelismo, etc, que van a hacer que haya dos o tres generaciones sacrificadas de nuevo, jóvenes que no va a ir al colegio, que van a vivir en la calle, que van a aprender que el futuro es el día a día y la única forma de sobrevivir es el robo… Para mí, es lamentable, por eso digo que es un desastre. Pero en todo caso, ver que hay jóvenes que están dispuestos a morir por palabras como democracia, elecciones, constitución… eso impone respeto y pueden ser un ejemplo para las juventudes europeas: juventudes mucho menos favorecidas que las nuestras y que, sin embargo, lo intentan, intentan que las cosas se muevan.

Tus experiencias las has contado por otros medios. También has hecho música contando este tipo de historias. ¿Con qué lenguaje te sientes más cómodo?

De momento, con la música, el rap. Al fin y al cabo esta es mi primera novela, tengo mucho que aprender. Estoy contento, evidentemente, porque no esperaba encontrarme aquí, por ejemplo, que la novela se tradujese a tantas lenguas (32, concretamente). De todos modos, me he dado cuenta de que la novela es la libertad absoluta, más que la música. Me siento más cómodo con la música, porque rapeo desde los 15 o 16 años y además, que cuando hablas de novela, hablas de literatura y tienes ejemplos que dan mucho respeto.

Pero en Pequeño país, también hay algo de hip-hop, ¿no?

Sí, las cartas que escribe Gabriel, el protagonista, las he planteado un poco así. Quería que tuviesen ritmo, he trabajado las aliteraciones, los efectos, las metáforas,… era mi pequeño recreo cuando escribía la novela. No estaba completamente a gusto cuando escribía la novela, eso tengo que confesarlo, porque era un nuevo estilo para mí. Y por otro lado, me preocupaba que el resultado fuese algo que la gente lo viese y dijese, ah mira es un rapero que ha escrito una novela. Para mí, habría sido una catástrofe. No quería ser el toque exótico. Quería que alguien que no me conociese me tomase por un novelista, no por un rapero escribiendo novela. Incluso, pedí a la editorial que no utilizasen eso como un reclamo en la promoción de la novela. Cuando escribía Pequeño país me ponía mi ropa de novelista, pero evidentemente uno no puede esconder lo que es. Vengo de la música, del hip-hop, de la poesía y también es importante para mí insuflar eso para tener mi propio estilo.

Hablando de literatura, el descubrimiento de la literatura es una tabla de salvamiento para Gabriel, el protagonista de la novela, ¿a ti te ha pasado algo parecido?

En mi caso, ha sido el descubrimiento de la escritura, no de la literatura. Gabriel en el momento en el que todo a su alrededor se funde y se viene a bajo, busca una escapatoria y la encuentra en los libros y lee con apetito novelas a las que hasta ese momento no había prestado atención porque eso le permite escaparse de su realidad, le ayuda. Y, en mi caso, empecé a escribir, en ese mismo momento, como Gabriel, por una razón que ignoraba, sin saber muy bien porqué. Empecé a escribir poemas, hacia 1995, porque tenía miedo, porque no entendía el mundo que me rodeaba, me daba seguridad y me hacía sentir bien. Dos o tres años después, cuando ya estaba en Francia seguí escribiendo. Y, precisamente, porque escribía, me interesé por saber cómo escribían los demás y es así como he descubierto la lectura. En ese orden.

Estamos en un momento en el que hay una importante corriente de escritores africanos que apuestan por utilizar la literatura para despertar las conciencias. Para ti, ¿cuál es el papel que debe jugar el escritor?

Pues la verdad es que intento no teorizar sobre eso. Creo que debe ser natural. Al final, la condición de artista es la posibilidad de ser libre, así que me da miedo que se intente endosar papeles a los artistas. Si mañana quiero escribir una historia de amor que ocurre en Manhattan, tengo todo el derecho. Me da miedo que salir de un ghetto supongo entrar en otro, porque se debe ser un artista comprometido que tiene que hablar de los problemas de África. Quizá en algunas generaciones previas, este papel ha sido necesario porque hacía falta una afirmación de la identidad frente a un mundo que la había aplastado. Pero ahora nos hemos podido considerar ciudadanos del mundo, sin olvidar nuestra raíz africana, está claro. Si tuviese un manifiesto que escribir diría que como joven escritor que viene del continente africano tengo derecho a escribir sobre las guerras, la violencia o la política, pero también sobre nuestras historias de amor, nuestras nimiedades cotidianas, la ciencia ficción, tenemos derecho a ser de todos los colores… y será así cuando nos encontraremos realmente con los otros, porque nos habremos asumido en todas nuestras dimensiones, nuestra pluralidad. Ha pasado lo mismo con el hip-hop, se decía que el rap tenía que ser la voz de la calle, del compromiso y de la conciencia; y yo creo que es enriquecedor que se diversifique y que haya diferentes corrientes.

Los escritores africanos están constantemente asediados por líneas rojas, sobre temas, sobre estilos, sobre enfoques, ¿qué hay que hacer?

Hay que pulverizar todos los muros y todas las cajas, las categorías en las que intentan meternos constantemente. Piensa que cuando escribí Pequeño país, todo el mundo me decía que un libro que habla de África no interesa a casi nadie. Incluso mi familia me decía que una historia de niños en Buyumbura no interesaría a nadie. Calculaban que venderíamos 5.000 ejemplares entre la gente que ha vivido en Burundi y le podía resultar curioso, mis amigos, mi familia, algunas personas que me conociesen por la música… No nos lo esperábamos, pero en la Navidad de 2016, Pequeño país fue el libro más vendido en Francia… por delante de Harry Potter.

Inesperado.

No, no, para mi era increíble. Pero eso me hizo pensar que todo nos ponemos barreras, porque los demás nos las ponen. Una historia que ocurre en Buyumbura es tan local y exótico que no puede tocar lo universal, no puede toca a todo el mundo, pero al final ha resultado que sí. En realidad, es hablando de uno mismo que podemos llegar a tocar lo universal, hablando de tu pequeño rincón, de tu pequeño jardín que tocamos lo universal. Creo que hay que tener confianza en uno mismo y no plantearse preguntas sobre qué esperan los demás de nosotros, cómo van a recibir lo que hagamos. Un artista es como un investigador que debe buscar en sí mismo sus propias emociones para generar una reflexión que sea coherente.

¿Falta cotidianidad en las historias y confianza en sí mismo en los autores?

África necesita también que los jóvenes digan que les apetece una novela de jóvenes que pasa en Buyumbura. ¿Por qué no? En un encuentro en un instituto con estudiantes ruandeses que habían leído Pequeño país, me decían la segunda parte de la novela no nos ha interesado mucho, porque habla de la guerra y así… pero el principio, cuando hablas de la circuncisión, de las historias con las bicicletas, eso sí que nos ha gustado, ¡porque es nuestra vida y eso no lo encontramos nunca en los libros! Los jóvenes africanos tienen ganas de esas cosas. ¿Por qué Harry Potter no puede vivir en Lagos en una universidad? ¿Por qué no puede haber historias de Romeo y Julieta en Kigali? Necesitamos meternos de lleno en nuestras propias historias, con nuestras propias palabras, nuestro propio lenguaje. Eso es afirmarse a sí mismo en toda su diversidad. Y además hay que cuidarse de que Occidente no quiera más que autores africanos que sean abanderados y portavoces del tono serio.

Hay un momento de Pequeño país en el que un personaje bastante particular, Jacques, dice: “África, ¡que desastre!”. ¿Es esa su voz?

No, no, no, ni mucho menos. Ese es el tipo de voz que escuchamos de un tipo de mentalidad de colono, pero también de gente que trabaja para ONG, la cooperación, que están en grandes casas, en las capitales africanas, con grandes jardines y pasa el jardinero y se dicen a sí mismos: Puff no lo conseguimos, ¡qué desastre África! Representan esas fórmulas lapidarias, que no dejan lugar a ninguna esperanza, que transmiten el afropesimismo que considera que no se puede hacer nada por el continente. Y paradójicamente son gente que vive de eso, si no, no sería gracioso. Pero no, está claro que esa no es mi voz.

“Pequeño país”, los paraísos perdidos de Gaël Faye

Más que una novela, Pequeño país es una tela cuyos hilos se van tejiendo para construir un relato que se sumerge en uno de los abismos más oscuros de la humanidad, uno de esos espacios en los que parece que se ha perdido precisamente, lo más básico del ser humano. El escritor franco-ruandés Gaël Faye consigue que el lector se sumerja en el despertar a la vida de la adolescencia, en la historia fresca y desenfadada de un grupo de niños que consideran que las calles de su barrio de Buyumbura es su territorio. Sin embargo, cuando menos se lo espera, ese mismo lector se encuentra atrapado en los meses en los que el infierno asaltó la tierra en la región de los Grandes Lagos, primero en Ruanda y después en Burundi.

Pequeño país ha sido traducido al castellano por José Fajardo González y publicado recientemente por Salamandra y en catalán por la Editorial Empúries. El autor, Gaël Faye, un conocido rapero francoruandés, estará estos días en Madrid y en Barcelona para reforzar el lanzamiento de la novela en castellano y para compartir su experiencia vital y creativa en actividades con tonos particulares. Por ejemplo, mañana se encontrará con estudiantes de secundaria en el CCCB de Barcelona, un encuentro con adolescentes muy especial.

Los Kinanira Boyz es el nombre que se dan a sí mismos la pretendida banda de los gemelos, Armand, Gina y Gabriel, el protagonista y el narrador de Pequeño País. Los cinco chicos se ven a sí mismos como pandilleros, los amos de Kinanira, el barrio acomodado de Buyumbura. En realidad, son apenas cinco niños de papá que están despertando a la vida a través de unas inocentes fechorías que no van más allá de robar mangos, de fumar a escondidas plantearse retos infantiles.

Gaël Faye, va progresivamente incorporando personajes y complejidad a una trama que en la mayor parte del libro es apenas una historia ligera de adolescentes. Ese despertar de Gabriel y los suyos se hace en el contexto más difícil, la región de los Grandes Lagos de la década de los noventa que progresivamente se iba estremeciendo con cada nuevo episodio, elecciones que despiertan ilusiones, asesinatos de políticos que acaban con los sueños, tensiones que disparan la crispación social. Las idas y venidas de los cinco muchachos dibujan el Burundi de las primeras elecciones democráticas de 1993 y el complejo contexto de la época, la sombra de la tensión en Ruanda o en Zaire. Y, sin embargo, la vida pasa a otro ritmo para los Kinanira Boyz que se sienten a salvo de todos esos riesgos.

El rapero y escritor, Gaël Faye. Foto: Salamandra

La de Gabriel empieza siendo una historia de despertar a la vida, pero poco a poco se va convertir en una narración de pérdida de la inocencia, para pasar a ser un relato del paraíso perdido o, más bien, de los paraísos perdidos, los de Gabriel, el de la infancia, por un lado, y el del hogar, por otro. Faye, el autor que comparte el perfil vital con el protagonista de la novela, padre francés, madre ruandesa y criado en Burundi, y relata una sociedad compleja y contradictoria, en la que los expatriados mantienen intacto el espíritu colonial, tres décadas después de la independencia. “El asesinato del presidente le daba igual, ella no hablaba más que de su jamelgo, la vieja racista. ¡No puedo con los colonos! La vida de sus animales es más importante para ellos que la de las personas”, lo dice Gino, el hijo de un belga y una ruandesa.

Sin embargo, mientras la novela perfila la sociedad en la que Gabriel y los otros chicos comienzan a convertirse en hombres, en un segundo plano, se va esbozando el clima en el que se acabó desencadenándose el estallido de violencia del genocidio ruandés, de las guerras civiles y de las matanzas. “Las gentes de esa región eran como esa tierra. Bajo la calma aparente, detrás de una fachada de sonrisas y de grandes discursos de optimismo, fuerzas subterráneas, oscuras, trabajan de continuo, fomentando proyectos de violencia y destrucción que se manifestaban en periodos sucesivos, como las ráfagas de viento: 1965, 1972, 1988. Un espectro lúgubre se colaba con regularidad para recordarles a todos que la paz no es más que un corto intervalo entre dos guerras. Esa lava venenosa, esa marea espesa de sangre estaba de nuevo lista para salir a la superficie”, señala el protagonista justo antes del golpe de estado de octubre de 1993 en Burundi.

Poco a poco, el lector va sintiendo como la tensión entre las comunidades crece y cómo, cada vez, el protagonista y los suyos están menos a salvo, a la vez que empieza a entender la dimensión de lo que está ocurriendo a su alrededor. “Aquella tarde, por primera vez en mi vida, entre en la realidad profunda del país. Descubrí el antagonismo entre hutus y tutsis, la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. (…) Sin que se le pida, la guerra se encargaba siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía”, explica Gabriel. Esos bandos acaban imponiéndose en la vida cotidiana de los protagonistas: “Un mes antes no me habría enterado de nada. Soldados hutus de un lado, una familia tutsi del otro. Asistía en primera fila al espectáculo del odio.

Faye consigue que esa primera parte de la historia fresca, desenfadada, sin complicaciones, va evolucionando sin sobresaltos, ni artificios. De repente, el lector se encuentra acompañando a Gabriel en su descenso a los infiernos de una manera natural, como no puede ser de otra manera, después de haber sido seducido por su carisma. Casualmente en medio del desastre, el chico encuentra una tabla de salvación: “Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos”.

El escritor de francoruandés, que antes que novelista ha sido rapero, ha escrito una historia, en parte, sobre el genocidio de Ruanda. Pero sólo en parte porque es mucho más que eso, es sobre la situación en toda la región. Y hay más todavía, Pequeño país aporta un enfoque nuevo, el de las víctimas anónimas que han hecho frente a toda esa violencia y que la ha vivido de las maneras más diversas y, sobre todo, Gaël Faye presenta esa historia como son las historias humanas, complejas, a menudo contradictorias y, muchas veces, difíciles de comprender, pero a la que es muy fácil acercarse.

African Photography Initiatives: recuperando la memoria visual de África

La protección de los archivos fotográficos africanos en tanto espacios de memoria visual, a través de medidas de protección, conservación y digitalización”. Así podríamos traducir uno de los objetivos principales de African Photography Initiatives, (APhI), una labor que diríamos quijotesca si no fuese porque en cada trabajo se materializa y hace realidad.

 Trabajando en Photo Studio Georges, 2015, Douala, Camerún © R. Mazuela

Trabajando en Photo Studio Georges, 2015, Douala, Camerún © R. Mazuela

Fue concebido en Bujumbura (Burundi) en 2007 por Rosario Mazuela y Jürg Schneider, ambos con una amplia experiencia en investigación, cooperación, historia y fotografía. Desde entonces, en APhI continúan conjugando su pericia y aptitudes para mantener un proyecto que reúne memoria histórica, reflexión sobre el pasado y proyección sobre el desarrollo presente, inquietud artística, investigadora y, por supuesto, el compromiso humano por recuperar y preservar un testimonio visual tan frágil como incalculable.

Desde Wiriko hemos contactado con Rosario Mazuela, quien nos ha explicado en qué consiste esta organización.

Rosario, vuestro trabajo es tan titánico que uno se pregunta si ya desde el principio sabíais qué buscabais, o si con cada descubrimiento os habéis sentido cautivados y “atrapados” por una idea que siempre puede convertirse en inagotable.

La razón por la que creamos APhI fue la recuperación y la preservación de archivos fotográficos africanos. Los archivos fotográficos contienen normalmente grandes cantidades de documentos. Si son negativos, el número de exposiciones “prueba” se multiplica en cantidad con respecto a las fotos seleccionadas. Así que sí, sí que sabemos que los “holdings” pueden oscilar entre 500 y 200.000 imágenes, por dar un rango.

Rosario Mazuela trabajando en el archivo de foto de prensa de Buea. Buea, marzo 2013. © R. Mazuela

¿Cómo surgió la idea de recopilar todo este material? ¿Hubo algún momento especial que os hiciese ser conscientes de que estabais ante algo que debía ser desvelado?

Las personas que componen APhI tienen perfiles de especialistas en desarrollo y acción humanitaria, historiadores y, todos, fotógrafos. Durante mucho tiempo, yo concretamente, he trabajado en África Subsahariana con diferentes organizaciones. En un momento dado empecé a realizar proyectos culturales; creo que el desarrollo pasa por la implicación comunitaria y gubernamental en las manifestaciones culturales. Conociendo el contexto nos dimos cuenta del peligro en el que se encontraban todos archivos. Por razones climatológicas, sociales y políticas, los archivos en África han desaparecido prácticamente. Si se pierden las pocas fuentes que quedan, difícil será poder reescribir la historia. Así, poco a poco, pasito a pasito, hemos ido especializándonos en este sector.

¿De dónde provienen los negativos, positivos, etc. que recuperáis? Y esos archivos, una vez investigados y digitalizados, ¿son cedidos a vuestra organización o permanecen con sus propietarios de origen, ya sean privados o públicos?

Los negativos y positivos se encuentran en los archivos estatales o particulares, normalmente de estudios fotográficos, aunque también de colecciones privadas. El material permanece siempre in situ. Nosotros simplemente lo preservamos y posteriormente hacemos el trabajo de valorización del mismo, estableciendo medidas de acceso y de difusión (exhibiciones, festivales, publicaciones, etc.).

¿Cómo suele ser el trabajo de campo y el flujo de trabajo en vuestras investigaciones? Supongo que las dificultades no se limitarán a lidiar con el estado de negativos o placas, ¿cuál son los principales escollos que tenéis que enfrentar?

Cada proyecto es diferente, cada archivo, cada propietario es diferente. No obstante, el flujo de trabajo normalmente tiene los siguientes pasos: identificación, estudio de las necesidades y de su valor, proposición a los propietarios y, si están de acuerdo, conceptualización del proyecto, búsqueda de financiación; y luego trabajo propiamente en el archivo: trabajo de preservación física y de digitalización. Después, viene el trabajo con el material digital y la base de datos, entrega del material final al propietario y copia a las diferentes instituciones concertadas para su valorización y explotación.

Regina Eposi trabajando en el archivo de foto de prensa de Buea. Buea, Camerun, octubre 2013 © R. Mazuela

Por otro lado, si tuviera que mencionar un desafío común sería: ganarse la confianza de los actores implicados. “Los blancos” tenemos una malísima reputación y ahora es difícil borrar siglos de un nefasto impacto de intereses.

Y una vez cerrado el último tramo de investigación y de recuperación, ¿qué dificultades enfrentáis? ¿Qué sucede, cómo se conserva todo ese trabajo que ha quedado hecho?

Nos encontramos con el problema generalizado de la conservación física y digital de los archivos. Cada archivo tiene una peculiaridad. Pero si tuviéramos que generalizar, otra vez, los archivos privados tienen el problema de recursos y los archivos públicos tienen un problema de interés.

De todos los miles de negativos rescatados, ¿cuál de entre todos los proyectos os pareció realmente inabarcable?

Todos son inabarcables, todos podrían ser eternos, siempre hay mil frentes en los que se podría profundizar la investigación, pero hay que poner un límite, ese es el reto: abordar lo suficientemente representativo; muy difícil de determinar si no se conoce en profundidad el contexto.

¿Conocéis algún proyecto con vuestra trayectoria en Burundi o en el continente con el que podáis compartir conocimientos y prácticas, o sois, en cierto sentido, pioneros?

No somos pioneros, pero hay muy poca gente dedicada a esto. Ha habido algunas iniciativas, el problema es la continuidad, la sostenibilidad.

Algo que dota a vuestros proyectos de una perspectiva muy valiosa es que no investigáis con afán acumulativo, sino con un afán reflexivo: siempre buscáis analizar la historia, reinterpretarla y traerla al presente, tal y como demuestran los títulos de las exposiciones: La Présence du Passé, Reinterpreting Historical Photographs, o The Phantom of Memory ¿Qué repercusiones habéis podido percibir en el público que asistía a las exposiciones? Y en un nivel más institucional, ¿ha ayudado de manera determinante a complementar relatos, sucesos acaecidos en el último siglo?

Exhibición “Great events Cameroon’s path towards unity” (Los eventos clave de Camerún en el camino hacia la unidad”), con ocasión del 50 aniversario de la reunificación del país. Buea, Camerún, febrero 2014. © R. Mazuela

Lo más interesante para mí en las exhibiciones son las reacciones de los y las visitantes cuando reconocen sus calles, a sus familiares… en imágenes de hace medio siglo años. Sin estar muy acostumbrados a visualizar el pasado, las fotos de los momentos históricos de su país, de sus antiguos presidentes, los lugares donde crecieron… Causan mucha emoción.

La “re-historia”, es decir, la nueva visión de la historia del último siglo (y de antes) está por escribir. Nosotros queremos rescatar y dar acceso al patrimonio visual a historiadores, sociólogos y artistas para que ellos luego lo puedan utilizar. Somos unos simples mediadores.

Por poner un ejemplo, hace unos meses, en París, el libro La Présence du Passé fue parte de la intervención artística “Le Jour de d’ apres” de Maryam Jafri, una obra basada en la reflexión del día de la Independencia en diferentes países del mundo.

¿Hasta el punto de convertirse en el único testimonio de un episodio “olvidado” de la historia reciente?

No, no, no es el único testimonio, hay otras fuentes también en Occidente, traídas por los europeos principalmente (misioneros, comerciantes, viajeros…), pero a nosotros esto no nos interesa. Lo que nos interesa son los documentos que han quedado en África, los documentos generados por las personas africanas.

Y a la hora de analizar y reflexionar la historia, ¿cómo soléis abordar esa tarea? Es decir, ¿qué herramientas ponéis en funcionamiento para que pueda reflexionarse sobre el material que lleváis al público y a las instituciones?

Exhibicion “Inside and Outside Photography”, Basilea, Suiza, junio 2015. © R. Mazuela

 

Somos historiadores y para contextualizar las exhibiciones investigamos en las fuentes habituales. Bien es cierto que ahora con internet es mucho más fácil: para APhI internet es una importantísima herramienta. A través de nuestras páginas algunas exhibiciones están on-line, algunos de los archivos están on-line, las colaboraciones para nuestras actividades las gestionamos on-line con personas que proceden de múltiples países; gracias a Facebook, por ejemplo, la difusión de nuestro trabajo es inmediato y sin limitación espacial.

Lo ya encontrado es abrumador; ahora bien, ¿pueden estos hallazgos daros una medida de todo lo que, desafortunadamente, se ha perdido?

Yo calculo que solo quedara un 1% del material fotográfico…

¿Qué reflexiones suscitan en fotógrafos y artistas en general el descubrimiento de toda esa herencia? 

Como he mencionado trabajamos con fotógrafos africanos, y lamentablemente aún creo que nosotros valoramos más su trabajo que ellos, ese es parte de nuestro trabajo, transmitir esa valorización. Sin embargo, hemos tenido la suerte de colaborar con fotógrafos muy conscientes de su papel en la historia.

En aquellas imágenes en las que habéis visto una pretensión más artística, ¿sería posible decir qué presencia tuvo la cultura de las colonias? Es decir, ¿habéis visto una forma particular, “africana” (por decirlo de una manera simplificada) de escoger los temas y mostrarlos?

La fotografía vino de Europa y América y de estos países se importaron la tecnología y la estética, y esa primera época es en la que nosotros trabajamos. Actualmente, las cosas han cambiado, evidentemente.

Además del proyecto radicado en Burundi, habéis promovido actividades similares en otros puntos del continente, ¿qué podéis contarnos sobre ellos?

Los últimos años estamos trabajando en Camerún; concretamente, con un archivo estatal: el archivo fotográfico del Ministerio de Información (1955-1990) de la parte anglófona; y con un archivo privado que abrió sus puertas en 1935 y que cerró hace cuatro años. Los dos están en una situación crítica de conservación física.

Y vuestro trabajo también busca hacer copartícipe a Europa. Anualmente ofrecéis formación para investigadores, ¿en qué consiste esta iniciativa?

Estamos vinculados con la Universidad de Basel, y hacemos seminarios cuyo objetivo final es el trabajo de campo en los archivos en los que trabajamos. Ese trabajo de campo se realiza conjuntamente con estudiantes de las universidades del país donde esté el archivo, creando unos equipos mixtos de investigación.

Junto al valor académico, desde vuestra organización también hay una importante labor de crítica y transparencia , ¿creéis que hay algún lugar que requiera, con urgencia, la investigación y rescate de ese patrimonio documental?

Muchos lugares… Con las crisis contemporáneas… Muchos lugares…

studio georges

Retrato de familia en Photo Studio Georges, circa 1975, Douala, Camerún. © Photo Studio Georges