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Para no aburrirse… muchas letras africanas

Afortunadamente en los últimos meses se han producido un buen número de lanzamientos editoriales de autoras y autores africanos. Eso significa que el verano se abre ante nosotras con trabajo pendiente, no hemos podido seguir el ritmo de reseñas de esas nuevas presentaciones, pero aprovecharemos este mes de agosto, para poneros al día en el nuevo curso.

Sin embargo, aunque no os hayamos podido ofrecer esas reseñas no nos podemos resistir a proponeros algunas de esas novedades. Así compartimos la experiencia.

La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Forma parte de un interesante proyecto del que ya hablamos en Wiriko y que ha hecho que el relato del escritor keniano se haya editado simultáneamente en seis ediciones bilingües en las que el kikuyu en el que fue escrita originalmente la historia comparte páginas con el castellano, el catalán, el euskera, el galego, el aranés y el bable.

En este caso, os traemos la versión castellano-kikuyu que ha lanzado la editorial Rayo Verde, pero en el proyecto también estaban Raig Verd, Txalaparta, Editorial Galaxia y Pagès editors.

Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Nos llega una nueva novela de la referente actual de la literatura de ciencia ficción africana. Nnedi Okorafor es una escritora nacida en Estados Unidos, pero de origen nigeriano que se reclama como heredera de la tradición africana en la construcción de sus mundos literarios de ciencia ficción. Después de las dos primeras piezas de la trilogia Binti, la editorial Crononauta nos acerca esta novela de la escritora, una de sus obras más aclamadas, antes de que su potencial fuese aplaudido por la industria editorial global.

Siguiendo con la iniciativas interesantes. Nos encontramos con que las editoras que se lanzan a la publicación de obras de autoras africanas, además apuestan por nuevas formas de edición. En este caso, al mismo tiempo la novela de Nnedi Okorafor se ha publicado simultáneamente en castellano, de la mano de Crononauta, y en catalán, a través de Raig Verd, bajo el título Qui tem la mort. El entendimiento entre las responsables de estas dos valientes casas editoriales ha permitido este lanzamientos múltiple.

Terra somnàmbula, de Mia Couto

Volvemos a hablar de la primera novela del mozambiqueño Mia Couto, la que publicó hace veintisiete años, justo cuando se firmaba la paz en la guerra civil que había asolado su país. El relato, máxima expresión del estilo onírico de Couto, vuelve a estar de actualidad gracias a la edición que Periscopi ha hecho en catalán.

África en transformación, de Carlos Lopes

La colección de ensayos que Casa África impulsa a través de la editorial Los libros de la Catarata tiene un nuevo volumen. Se trata de una reflexión de Carlos Lopes sobre la situación actual, pero también la trayectoria y la proyección del desarrollo económico del continente africano. Lopes, uno de los economistas africanos más prestigiosos, ha querido poner los puntos sobre las ies, contestar los mitos en negativo y también puntualizar una euforia infundada. Se trata de que una voz extremadamente autorizada ofrezca un análisis riguroso de la situación.

Lluitar amb el diable, de Ngũgĩ wa Thiong’o

De la producción de no ficción del escritor keniano, esta es la obra más impactante. Así al menos lo considera Laura Huerga, la editora de Rayo Verde y de Raig Verd que se ha empleado a fondo en la tarea de acercarnos las reflexiones y las opiniones de uno de los autores africanos con más reconocimiento. En este trabajo, Ngũgĩ wa Thiong’o repasa el año que pasó en prisión, como represalia del régimen keniano por haberse acercado a las clases más populares a través de un teatro social y pedagógico.

No hables, de Uzodinma Iweala

Iweala está contribuyendo a un arduo trabajo en el que se han empleado muchos artistas africanos: dinamitar el tabú en torno a la homosexualidad. En este caso, el autor estadounidense de origen nigeriano nos traslada a las dificultades que entraña en las relaciones familiares la diversidad sexual. Alianza de Novelas (AdN) se ha fijado en otra de las voces de esa floreciente literatura de diáspora que cada vez consigue más visibilidad. Iweala se hizo conocido en el entorno editorial con su primera novela Bestias sin patria que abordaba el fenómeno de los niños soldados.

Doce relatos urbanos, doce voces africanas, de varios autores

La periodista canaria Ángeles Jurado se ha encargado de coordinar este volumen de relatos impulsado por Casa África en su colección de narrativa de la editorial Baile del Sol. Doce relatos urbanos, doce voces africanas recoge historias de una nómina de autores de primera línea que ofrecen una visión sobre las realidades urbanas del continente. Esta narrativa sobre las ciudades se está convirtiendo en unas de las principales herramientas para romper con algunos de los estereotipos que se ciernen sobre África. Las ciudades africanas son espacios extremadamente dinámicos y los narradores y las narradoras africanas las están relatando de una manera inmejorable.

Antología poética, de Gabriel Mwéné Okoundji

Un poco de poesía también se puede hacer un hueco en las lecturas veraniegas. Si los y las autoras africanas están infrarrepresentados en la actividad editorial en España, la publicación de poesía es una auténtica excepción. La Editorial Pre-Textos ha escogido a este autor congoleño ampliamente reconocido en el panorama internacional para acercarnos una obra poética cargada de originalidad. En realidad Okoundji ya había sido traducido al español, pero a través de la editorial argentina Babel. Ahora el poeta congoleño llega también al panorama editorial español.

Bajo las ramas de los udalas, de Chinelo Okparanta

Okparanta ha sido adoptada como una revelación y un referente por algunos apasionados de las literaturas africanas que tratan temas de diversidad sexual. En este caso una historia de amor poderosa y desgarradora se produce en pleno conflicto de Biafra en Nigeria. El contexto de guerra no es único inconveniente que tendrán que superar las protagonistas de la novela para que sus sentimientos ganen la partida. La editorial Baile del Sol ha recuperado empuje con la edición de esta historia que si recibe la atención necesaria debería atraer una atención equivalente a la que ha atraído en otros países.

La societat dels somiadors involuntaris, de José Eduardo Agualusa

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa regresa a las estanterías, en este caso, por la publicación en catalán de su penúltima obra. La editorial Periscopi seguramente se ha visto animada por el fantástico recibimiento que tuvo la recuperación el año pasado de Teoria general del olvido (en catalán) y ha hecho en este caso apenas se lo haya pensado para traducir la última novela y penúltimo libro de Agualusa. El narrador mozambiqueño tiene un espacio indudable en la producción editorial española, sin embargo, en los últimos años ese espacio se ha ido consolidando y ensanchando a fuerza de que los y las lectores se encuentren con los relatos fabulosos de este contador de historias incontestable.

Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop publicó Murambi por primera vez en el año 2000, como como resultado de su participación en una iniciativa que pretendía afrontar el genocidio de ruanda desde la literatura. Diop recreo el escenario de la crisis ruandesa a través de una historia aparentemente ficcionada pero cimentada en una investigación rigurosa de los hechos. La de Diop fue una de las serie de diez novelas que otros tantos autores publicaron dentro de ese mismo programa.

Murambi fue recuperada por la editorial Wanáfrica en 2016 y ahora ha sido publicada por la editorial 2709 books que, como de costumbre hace una propuesta particular. Esta curiosa editorial pone a disposición de los y las lectoras los libros, únicamente en formato digital y lo hace con precios extremadamente atractivos. Recuperamos de esta manera un relato imperdible por el contenido, pero también por la filosofía que lo motivó y lo permitió.

Cuentos para niños perdidos, de Diriye Osman

Acaba de aparecer en castellano una de las colecciones de relatos que causó sensación cuando se publicó originalmente en inglés. Diriye Osman es un escritor y un artista visual de origen somalí que se crió en Nairobí y ha acabado instalándose en Londres. A través de esta serie de relatos que en su momento recibió el aplauso de la crítica, Osman aborda el universo de la comunidad LGBTIQ somalí y de África Oriental y sus interesecciones con la diáspora, el hecho migratorio, la búsqueda de identidad, los conflictos domésticos y familiares y la inestabilidad de la salud mental que para algunos de ellos provocan estas crisis. A pesar de ser relatos, a menudo descarnados y dramáticos, Osman asegura que, en general, ha querido transmitir la alegría de encontrarse a uno mismo y de conseguir que los deseos propios se puedan materializar. Otro de los referentes de los últimos años en la literatura LBGTIQ africana que llega en español hasta nuestras librerías de la mano de Team Angelica.

Museo Mafalala, un monumento a la resiliencia mozambiqueña

Apenas habían pasado dos meses desde que el ciclón Kenneth tocara tierra en Mozambique y tres del anterior, el Idai. Pese a la desolación que dejó a su paso, primero cerca de la ciudad de Beira, en la zona meridional del país, y luego al norte; en Maputo, la capital situada al sur, el Museo Mafalala se alza desde mediados de junio como símbolo de superación y resiliencia.

Museo Mafalala / Fotografía cedida por el arquitecto Remigio Chilaule.

Cuando Maputo no era Maputo y se llamaba Lourenço Marques, los colonos portugueses decidieron trasladar la capital de la entonces denominada África Oriental Portuguesa de Ilha de Moçambique hasta allí. Era el año 1907 y la ciudad no paraba de crecer. Su puerto, uno de los más importantes de la región, había traído consigo no solo un boom económico, también demográfico, y el enclave portugués en el continente era un crisol de personas venidas de todos los rincones del país y del mundo. Para Portugal esto suponía un problema en términos de estatus y, tal y como había visto hacer en la Conferencia de Berlín, dividió la capital a escuadra y cartabón. De un lado, del más cercano al mar y a las comodidades, ellos; del otro, todos los demás, una marea de madera y zinc que estaban obligados a usar el resto de habitantes de Lourenço Marques. A esa orilla trazada se encontraba el barrio de Mafalala, hogar de los negros y mestizos que vivían en la ciudad. De allí solo podían salir son su ‘cartilla indígena’ so pena de cárcel o deportación.

A día de hoy ya no hay cartillas ni imposición territorial para los habitantes de Maputo, pero Mafalala sigue delimitada. “Es la línea que divide actualmente la ciudad formal de la informal y que solía ser la línea que separaba Mafalala del resto de la ciudad, es decir, a la gente negra e indígena de los colonizadores blancos portugueses. Para la población local cruzar estaba frontera significaba enfrentarse a señales que les advertían que no eran libres, que no se les permitía estar allí, eran señales de segregación, de apartheid, relata Remigio Chilaule, arquitecto del Museo Mafalala.

Ubicación del Museo Mafalala en Maputo (Mozambique) / Fotografía cedida por el arquitecto Remigio Chilaule.

Esa línea que menciona Chilaule es el punto donde la Asociación IVERCA comienza sus visitas guiadas por este barrio histórico de Maputo. Lleva diez años enseñando a los turistas la riqueza que alberga uno de los asentamientos más pobres de la capital, que es a su vez el lugar donde nacieron o vivieron tesoros de la cultura mozambiqueña como los grandes poetas José de Craveirinha o Noémia de Sousa, el primer presidente del Mozambique independiente Samora Machel o el as del futbol de los años sesenta, Eusebio. Esta asociación tiene como objetivo poner en valor el legado histórico de Mafalala al tiempo que supone una vía económica a la comunidad local a través del turismo. Y como extensión a esta labor surge el museo.

“Se trata de un proyecto que surge hace diez años. La principal razón por la que nace es que Mafalala es un barrio muy importante para Mozambique, muchos acontecimientos históricamente importantes ocurrieron allí y esto no es comúnmente conocido no solo por extranjeros, sino especialmente por mozambiqueños que viven alrededor de Mafalala. Y esta fue también la razón principal por la que IVERCA empezó las visitas guiadas, para dar a la gente la información y el conocimiento de la importancia de este barrio y que sirva como fuente de inspiración a las futuras generaciones y a los jóvenes actuales”, señala el arquitecto y explica que “con las visitas guiadas de IVERCA se ha financiado gran parte de la construcción del museo, unido a la financiación de la Unión Europea y de la cooperación alemana, pero esto no ha supuesto el cien por cien de los fondos”.

Como propietaria y promotora de la edificación, el Museo Mafalala pretende ser una extensión de las actividades de IVERCA en este barrio de Maputo. En palabras de Chilaule, “el museo es una continuación física de las actividades que ya se están llevando a cabo en el barrio, pero dentro del museo se podrán hallar espacios que seguramente estén un poco mejor acondicionados para su desarrollo. Por ejemplo, manifestaciones artística, pintura, arte mural, danza de cualquier tipo (algunas tradicionales otras más contemporáneas), actividades para los niños, cocina tradicional,… Esto ya está ocurriendo en Mafalala de manera informal, pero muy organizada, y con el museo tendrán la oportunidad de desarrollarlo conjuntamente en un espacio. Está pensado para ser un espacio para la comunidad, de hecho, el nombre original es Museo Comunitario de Mafalala”.

Además, explica el arquitecto que el museo también ha sido construido como un símbolo a esa delimitación racial de los tiempos de la colonización, que ahora ha mutado a delimitación económica perpetuando a Mafalala a constituirse como un asentamiento informal de tejados de zinc y calles de barro repletas de vida alejadas de la capital. “Esta fuerte división se representa con dos materiales: uno es el metal, que caracteriza la parte pobre de la ciudad donde las personas indígenas vivían; y el otro es el cemento en bloques, que representa a la parte rica de la ciudad, donde estaban los colonizadores portugueses. Este museo representa esta historia”.

Un año y medio después de que comenzara a construirse, el Museo Mafalala es desde mediados del mes de junio una realidad que ha coincidido con la titánica labor de reconstrucción a la que se enfrenta Mozambique tras el paso de los ciclones Idai y Kenneth. Para este arquitecto, que también ejerce como profesor de la Universidad Eduardo Mondlane, en Maputo, “no debería realizarse una reconstrucción de las zonas afectadas porque ha dañado zonas muy vulnerables, como es el caso de Beira. Serían millones y millones en proteger sus sistemas y en generar infraestructuras más fuertes para proteger una ciudad que es muy vulnerable. Es algo muy radical decirlo, pero gran parte de la ciudad fue destruida, por lo que se debería trasladar la ciudad a un lugar más seguro y hacer una planificación urbana apropiada”.

Una planificación urbana que pasa, según apunta Chilaule, “por las capacidades locales de los barrios de las ciudades en general. Porque el sistema de planificación urbana es todavía muy formal y creo que muy eurocéntrico, muy inspirado en modelos occidentales y en formas de hacer las cosas europeas y americanas, así que no está adaptado a la vida de la gente de los barrios de aquí. Así que creo que uno de los desafíos es encontrar nuestra propia manera de planificar nuestras ciudades, que pueden estar inspiradas en el modelo occidental, pero que tienen que estar adaptadas a la vida de nuestras propias ciudades. Aquí la gente tarda diez años en construirse una casa, primero hace un piso, luego pone las ventanas, se hace poco a poco y la planificación urbana tiene que adaptarse a eso”.

Un Día del Libro o un Sant Jordi africanos

En los últimos meses algunas editoriales valientes nos han acercado algunas obras de autores africanos, algunas auténticos clásicos; otras, una muestra de las producción más innovadora. Aprovechamos la cita del Día del Libro y de la fiesta de Sant Jordi, el próximo 23 de abril, para recopilar algunas de las novedades más notables publicadas en nuestro entorno.

La revolución vertical

Un proyecto en el que varias editoriales del Estado español se han puesto de acuerdo para lanzar este cuento del keniano Ngugi wa Thiong’o en unas cuidadas ediciones ilustradas bilingües en el original kikuyu y español, asturianu, euskera, galego y aranés. El último relato del genio keniano de la literatura universal con todo el sabor y la riqueza narrativa de la tradición africana y con una proyección hacia el futuro y hacia el mundo que nos interpela a todos.

Binti

Nnedi Okorafor es la máxima expresión de la ciencia ficción africana y Crononautas ha publicado los dos primeros volúmenes de su primera trilogía Binti. Una muestra de esa fortaleza de la literatura fantástica que surge del continente y que tiene la capacidad de abrir nuevos escenarios, por ejemplo, el de una joven himba en un viaje interestelar en el que se ocupa de tejer redes entre las diferentes especies. Además, nos mantiene pendientes de la próxima publicación de la tercera y última novela de la trilogía.

Terra somnàmbula

Mia Couto vuelve a construir en Terra somnàmbula unos universos que se entrecruzan para confeccionar una narración magnética. El pasado, la violencia, los escenarios aparentemente irreales, casi oníricos, le permiten al mozambiqueño contar historias de una manera muy particular. Como en otras ocasiones, la traumática experiencia de la guerra en el país africano aparece de manera sistemática como telón de fondo de esta historia que tiene mucho que ver con la búsqueda del camino propio.

La societat dels somiadors involuntaris

El angoleño José Eduardo Agualusa sigue edificando escenarios que le permitan contar la Angola contemporánea. En este caso, el hilo conductor es el sueño, los sueños, más bien, y las diferentes relaciones de los protagonistas con los sueños, en gran medida como una alternativa a una realidad traumática.

No hables

Uzodinma Iweala es, en realidad, un escritor nacido en los Estados Unidos, pero de padres nigerianos. En su obra, esas raíces nigerianas tiene una enorme importancia. En su presentación en el mundo editorial, Iweala se sumergió en la realidad de los niños soldados. En esta última novela, No hables, el escritor se ha preocupado por un tema que ha ido ganando visibilidad en los últimos años. El protagonista tiene que hacer frente al reconocimiento de su homosexualidad y sobre todo a la reacción de su familia.

Las mentiras que nos unen

Esta última propuesta es un libro de ensayo. Concretamente, se trata de un trabajo del filósofo ghanés Kwame Anthony Appiah, que propone una visión sobre la identidad poco convencional. Apphiah pone en cuestión la mayor parte de los pilares atribuidos a esa construcción de la identidad y también a sus consecuencias.

El fotógrafo Mário Macilau explora nuevos lenguajes

Su experiencia vital le ha dado una mirada especial para la fotografía. El mozambiqueño, Mário Macilau, ha demostrado una capacidad y una sensibilidad particular para reflejar en su trabajo a los invisibles, a los “grupos socialmente aislados” como dice en la descripción de su cuenta de Instagram. Aprovechamos una estancia en Barcelona de este reputado e innovador artista visual y nos encontramos con una sorpresa, una noticia inesperada. Macilau está haciendo una residencia en Jiwar Barcelona, pero no en el marco de un proyecto fotográfico, sino para terminar su primer libro de poemas. Un arriesgado cambio de lenguaje sobre el que conversamos.

El fotógrafo mozambiqueño Mário Macilau ultima su primer libro de poesía. Foto: Carlos Bajo

Este joven mozambiqueño interpreta su gusto por la fotografía en una línea que se funde y se confunde con su propia trayectoria vital y la historia de su país. “Nací, prácticamente una década después de la independencia de Mozambique y en medio de la guerra civil. Llegué a la infancia en un época de optimismo y de una especie de clima de exploración de la libertad, queríamos vestir nuevas ropas, queríamos pasear por la calle…”. Y fue esa apertura la que se mezcló con otro fenómeno, “la aparición de lo que llamaban ‘los fotógrafos de calle’ que iban haciendo fotografía comercial por las comunidades”, recuerda Macialu. Habla de aquellos pioneros con admiración a pesar de que confiesa que no quería hacer exactamente lo mismo que ellos, pero como mínimo le abrieron las puertas de ese mundo: “Era fascinante para mí. Era increíble imaginar a una persona grande dentro de una fotografía tan pequeña. Me atraía la idea de poder congelar el momento”.

Con esa fascinación el jovencísimo Mário Macilau comenzó a hacer sus pinitos en la fotografía en las calles de Maputo, siempre con un enfoque muy particular y muy diferente del de aquellos que le rodeaban. Para él, al principio fue un juego; después, y aunque no lo reconozca expresamente, se convirtió en un compromiso. “Me interesaba cómo funcionaba la máquina, cómo se imprimía la película”, comenta divertido, mientras va explicando cómo hizo sus primeras fotos. A aquellos “fotógrafos de calle” les alquilaba sus máquinas en cuanto había podido reunir un poco de dinero. “Invertía lo que ganaba para experimentar”, cuenta y añade que, a veces, la inversión era tan inmediata que ni siquiera le quedaba dinero para revelar las fotos que había hecho. “Hacía las fotos para mi mismo, muchas veces, sólo por el placer del clic. En realidad yo lo que quería hacer era arte fotográfico, pero nunca había visto una exposición, no tenía ninguna referencia. Lo que ocurría era que no me importaban demasiado las definiciones”, explica.

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La historia de cómo Mário Macilau se metió de lleno en la fotografía, la ha contado repetidamente. El amigo al que unos expatriados le regalan una cámara de fotos; el amigo que se la ofrece; Mário que no tiene dinero; que se lo piensa; Mário que acaba cambiando el teléfono móvil que trabajosamente había conseguido su madre; Mário que le dice a su madre que le han atracado para justificar que ha perdido ese objeto de lujo que era un móvil. Y después, la oportunidad de hacer más fotos, del laboratorio artesano, de retratar el mundo de los jóvenes invisibles que tan bien conocía, de darse a conocer, de exposiciones internacionales, de convertirse en un referente.

Seguramente este recorrido permite entender un poco mejor, el concepto que este artista mozambiqueño tiene de la fotografía, tanto del proceso como del resultado. “La fotografía es un proceso de transmisión, una forma de compartir el punto de vista, de expresar lo que vemos y de revelar lo que se esconde”, esa es una de las obsesiones de Macilau, acabar con la invisibilidad. Pero para ello es fundamental fotografiar desde dentro, por así decirlo: “No basta ser fotógrafo. Hay que ser fotógrafo antes de la máquina, hay que conocer y tener acceso. De alguna manera, la fórmula ideal es que tu formes parte del contexto, que seas capaz de entender las sensibilidades que la gente a la que fotografías está mostrando, que puedas conseguir que la gente se sienta tranquila. Tienes que contestar a las preguntas, a la vez que les das voz”.

“La fotografía no es sólo un objeto estético”, sentencia el joven fotógrafo con serenidad, “es una herramienta de cambio. No puede ser sólo belleza, tiene que transmitir un mensaje”. “Trabajo sobre los grupos socialmente aislados porque nací y crecí en estos grupos. Tenía que hacerlo. La mayor parte de las personas que forman parte de esos grupos no saben leer, ni escribir y no conocen sus derechos. Yo no me pongo delante de ellos viéndolos como pobres, sino que veo su humanidad”, confiesa. Ese ha sido el secreto del éxito de la obra de Macilau, su línea de trabajo que ha recibido mayor atención. Sin embargo, con cierta frustración, Mário lamenta que las condiciones de vida de esos colectivos apenas han cambiado en relación a las que él mismo sufrió: “La política no ha cambiado nada en todos estos años. Todo sigue siendo un problema de poder y dinero. Para mejorar esas condiciones tienen que empezar por conocer sus derechos e intentar influir en las cosas más básicas de la vida”.

Aunque pasa la mayor parte del tiempo viajando por diferentes ciudades y pasando de una residencia a otra, su base continua estando en Maputa, allí trata de volver siempre que puede y por eso continúa estando cerca de esas comunidades que siempre han sido su vida. Mário reconoce que su influencia ha ido creciendo, pero también su responsabilidad. “Ahora los chicos de la calle, saben que tienen una posibilidad real de cambiar”, comenta.

Sin embargo, es evidente que la comodidad no es el estado natural de Mário Macilau, quizá por eso, en medio de todo esa experiencia, cuando tiene un reconocimiento claro como fotógrafo, se ha embarcado en un nuevo reto. “Estoy terminando mi primer libro de poesía”, confiesa apartando ligeramente la vista con una mueca de rubor. Y en este nuevo lenguaje, el impulso de Macilau tiene algunas continuidades respecto a la fotografía, pero también considerables diferencias. “La poesía es poesía”, titubea el artista mozambiqueño, “es una forma de revelar, pero de revelar lo que he vivido. La poesía tiene el romanticismo, lo lírico, la rima, evidentemente hay poesías que también contestan pero no es el criterio único”. Según su explicación, la fotografía desvela lo que está oculto del mundo, mientras que la poesía es una revelación de la intimidad.

Los trabajos que compondrán este libro han sido escritos aquí y allí, en diferentes países, “durante esos momentos de soledad que tienes cuando viajas o estás en una residencia nueva, cuando estás lejos de tu gente”. Mário Macilau ha querido, intencionadamente, reunir poesías que hablan sobre el amor y la guerra, sobre todos los temas que se puedan ocurrir, porque “lo que me importa es escribir” sin etiquetas, ni definiciones, como ya había destacado Macilau en sus primeros tiempos al otro lado de la cámara. Su intención es que ese libro vea la luz en Mozambique y también en eso la atención del joven artista está centrada en los suyos.

Mozambique, la sal de la vida en tiempos de guerra

Mozambique, años ochenta. Cada vez son más los habitantes que se juegan la vida llevados al borde de la desesperación por la guerra civil posterior a la independencia que devastó el país desde 1977 hasta 1992. Un viaje en tren de 700 kilómetros desde Nampula, en la costa, hasta la frontera interior con Malaui. Un trayecto fletado de militares de la FRELIMO que llevaban ametralladoras antiaéreas contra las hostiles fuerzas de la RENAMO que intentaban descarrilarlos. Los civiles arriesgaban sus vidas para llevar la sal, que era abundante, y comerciarla por el azúcar, que se había vuelto escaso y rentable. Objetivo: mantener a sus familias en tiempos de escasez. La magia de torear al hambre a cualquier precio. Un camino especialmente duro para las mujeres, porque el miedo a bordo del tren era tan temido como el que podían tener durante el viaje.

Esta historia de arriesgar la vida y la integridad física como un medio de supervivencia se narra en la impresionante película The Train of Salt and Sugar (2016) (El tren de la sal y el azúcar) dirigida por Licinio Azevedo. Basado en una novela escrita por el propio director hace una década, es un trabajo profundo y conmovedor que pone de relieve el valor de recuperar los elementos microscópicos de la historia contemporánea africana: sin grandes efemérides, sin grandes nombres, a fin de cuentas, historias de gente común. Una película que se compromete con una imagen más amplia y humana de Mozambique. Sin duda, un trabajo que en 2018 se convertirá en una de las cintas más destacadas del continente.

Mozambique tiene una historia cinematográfica que ha producido algunas de las películas más desafiantes y progresivas del continente en los años ochenta (Mueda, Memoria e Massacre, 1980 de Ruy Guerra; O vento sopra da norte, 1987, de Jose Cardoso), pero la caída del telón de acero afectó significativamente a las fuentes de ingresos de la industria y a la producción cinematográfica del país. Quizás por este motivo los largometrajes de ficción en el país se han convertido en algo raro en un entorno tan carente de recursos.

En los últimos años el brasileño Azevedo –aunque desde hace más de tres décadas afincado en Mozambique– se ha convertido en una de las figuras esenciales del sector cinematográfico con una miríada de documentales sociales y políticos junto al largometraje Virgem Margarida (2012). En su segunda ficción la fotografía (y el plano inicial en la estación de tren es una clara muestra de ello) es visualmente rica y reflexiva, deteniéndose en el paisaje mozambiqueño, y amplificando la hermosa, pero aterradora frontera en la que el tren se aventura. Es más, la complejidad del lenguaje metafórico colisiona con el profundo pragmatismo de la guerra. Y todo aderezado con las creencias animistas que de forma sutil se van intercalando.

La estrella de la cinta es sin duda la radiante Melanie de Vales Rafael, de 21 años, cuya actuación en esta producción histórica la llevará por el camino de una carrera excepcional. Interpreta el personaje de Rosa, una joven enfermera, que se erige como un emblema de la vulnerabilidad, la ternura y la fuerza del papel que desempeñan las mujeres en tiempos de guerra. La joven actriz consiguió su primer papel cuando tenía solo 14 años junto a Danny Glover en el drama The Republic of Children (2012) del director guineano Flora Gomes.

Creciendo en Brasil, parece que Azevedo siente una afinidad natural por los hilos del realismo mágico que se infunden de la narrativa de su último trabajo, recordando las obras de los grandes novelistas latinoamericanos como Gabriel García Márquez. The Train of Salt and Sugar está lleno de elementos de magia y comedia, lo que subraya la poderosa persistencia de la esperanza y la imaginación, incluso en tiempos de guerra.

Si quieres adentrarte en el cine de Mozambique, te recomendamos que leas este artículo.

 

Letras africanas, libros españoles: aproximación al espacio lusófono

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4ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Felisa Rodríguez

Os propongo que nos asomemos a las letras de cinco países del continente que, a pesar de su discontinuidad geográfica y diversidad lingüística, son nombrados conjuntamente por medio de la sigla PALOP, que se refiere a los Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa resultantes de las independencias alcanzadas en 1975: los estados microinsulares de Cabo Verde y de S. Tomé y Príncipe, por un lado, y los continentales de Guinea-Bissau, Angola y Mozambique, por otro.

Para ello, un posible criterio es identificar aquellas obras escritas por personas de estos territorios que aparecen en la lista de las “100 mejores obras africanas del siglo XX”, dadas a conocer en 2002 y elaboradas por iniciativa de la Feria Internacional de Libro de Zimbabue en colaboración con asociaciones africanas de escritores y bibliotecarios y con participación de la Red Africana de Editores (APNET) y la Asociación Pan-Africana de Libreros (PABA).

Así, nos encontramos en la categoría de no ficción con textos de tres figuras importantes de la lucha y del pensamiento anticolonial: The Struggle for Mozambique (1969) del mozambiqueño Eduardo Mondlane, Unidade e luta (1976) de Amílcar Cabral, asociado a Guinea-Bissau, y Origens do nacionalismo africano (1997) del angoleño Mário Pinto de Andrade.

En el terreno de la ficción, más abundante, fueron seleccionadas las novelas angoleñas Nós os do Makulusu (1975) de José Luandino Vieira y A geração da utopia (1992) de Pepetela, junto con la caboverdiana O testamento do senhor Napumoceno da Silva Araújo (1989) de Germano Almeida. Pero la representación más nutrida es la de Mozambique, con dos obras escritas y publicadas aún en el período colonial y otras tantas en el post-independencia; se trata de los cuentos incluidos en Nós matamos o cão-tinhoso (1964) de Luís Bernardo Honwana y del volumen de poesía Karingana ua karingana (1974) de José Craveirinha (considerado “padre de la poesía moderna” de su país y convertido, en 1991, en el primer africano que recibió el Premio Camões, el mayor galardón de la lengua portuguesa); a ellos se unen las novelas Ualalapi (1987) de Ungulani Ba Ka Khosa y Terra sonâmbula (1992) de Mia Couto.

Germano Almeida. Fuente: Diario Digital Sapo

Todas las obras referidas son accesibles en la lengua original -o en traducción al portugués, en el caso de la de Mondlane, que fue escrita en inglés- a través de ediciones portuguesas que se pueden encontrar con relativa facilidad en el mercado librero del país vecino, pero sólo algunas han tomado forma de libro editado en España y de traducciones a varias de las lenguas del Estado. Concretamente, existe la posibilidad de leer el pensamiento de Amílcar Cabral en Nacionalismo y cultura (Bellaterra, 2014) o de disfrutar del Pepetela que retrata -no sin amargura- la historia de la lucha por la independencia de Angola en La generación de la utopía (Txalaparta, 2003 en papel; 2011 Epub). También tenemos a nuestro alcance el humor y la ironía de Germano Almeida -que llegó a ser presentado como “el Gabriel García Márquez africano”- retratando el pequeño medio insular caboverdiano a través de su burguesía hipócrita en El testamento del señor Napumoceno (Ediciones del Bronce, 2000) o, en euskera, Napumuceno da Silva Araujo Jaunaren: testamentua (Txalaparta, 2002). De Mozambique, podemos asomarnos a la única obra de Luís Bernardo Honwana, Nosotros matamos al perro-tiñoso (Baobab, 2008), donde los abusos de la colonización y el cotidiano asfixiante en el que vivían los africanos crean una atmósfera opresiva, y también a la considerada obra prima de Mia Couto, la novela Tierra sonámbula (Alfaguara, 1998; Suma de Letras, 2002; Alfaguara, 2016), que no sólo ha sido seleccionada entre las doce mejores del continente sino que ha sido adaptada cinematográficamente con realización de la portuguesa Teresa Prata.

Paulina Chiziane. Fuente: http://alchetron.com/

Ciertamente, lo que acabamos de enumerar no es demasiado. Pero explorando el panorama editorial español conseguimos avanzar un poco más e incorporar a esa lista tanto obras de autoría femenina (tres de las novelas de la mozambiqueña Paulina Chiziane, poesía de Vera Duarte -que preside la Academia Caboverdiana de Letras- o narrativa breve de su conterránea Dina Salústio) como muestras literarias de S. Tomé y Príncipe (particularmente, las firmadas por Olinda Beja); además, identificamos algunos textos clásicos de varias de esas literaturas nacionales, entre los cuales cabe destacar la novela caboverdiana Chiquinho (1947) de Baltasar Lopes -disponible en castellano y en catalán- o la poesía angoleña de Agostinho Neto, considerado poeta nacional por excelencia, pero también Si pudiera ser una ola, traducción de la novela breve de Manuel Rui publicada en Angola en 1982; surgen, aún, numerosas obras del prolífico y premiado escritor angoleño José Eduardo Agualusa y algunas otras de plumas más jóvenes, entre las que destaca Ondjaki, de Angola; aparecen incluso volúmenes de poesía mozambiqueña de Rui Knopfli y de Guita Júnior, así como pequeñas joyas de literatura infanto-juvenil mozambiqueña, de la autoría de Marcelo Panguana o Rogério Manjate, editadas por Proteus en la colección Oralia.

Cinco edificios para rascar el cielo africano

Damos un paseo por cinco ciudades con cinco de los rascacielos más altos del continente.

“La música es nuestro punto de partida, pero nos gusta experimentar”

A pocos días de que lleguen a Madrid a presentarnos su proyecto, hablamos* con una de las componentes del colectivo musical Batuk: Manteiga. Ella misma nos cuenta qué es Batuk, formado también por los veteranos productores Spoek Mathambo y Aero Manyelo, que utiliza la música electrónica como vehículo para el diálogo entre las diferentes músicas, culturas y tendencias tanto en el continente como fuera de él.

Batuk nos presenta la electrónica sudafricana con elementos musicales cuidadosamente escogidos de otros países en los que ha realizado diversas colaboraciones, como Mozambique o Uganda. Y el resultado es su primer disco “Musica da Terra”, que presentan en primicia en nuestro país el próximo 9 de julio y que tiene previsto incendiar la pista de baile de la Sala Caracol.

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*Entrevista realizada por Ignacio Priego (Sudáfrica)

Buenas tardes Carla. Muchas gracias por atender esta llamada de Wiriko desde Lisboa. Lo primero, nos gustaría presentarte a nuestros lectores de Wiriko, quienes tal vez conocen más a tus dos principales compañeros en Batuk, Spoek Mathambo y Aero Manyelo. Tienes una carrera creativa consolidada como directora de teatro, actriz, poeta y artista de performance. ¿Cómo te han llevado estos aspectos de tu carrera artística a involucrarte en la creación de un proyecto eminentemente musical como Batuk?

Interpretar es algo muy natural para mí. Así que poder actuar en directo con Spoek y Aero y su música asumiendo mi personaje habitual, Manteiga, me encuentro tremendamente cómoda. He dirigido numerosas obras y entiendo el proceso artístico, ya que he creado arte durante muchos años.

Siempre he amado la música, y la empleo en mi propia obra artística, así que ha sido un auténtico viaje bastante interesante llevar mi escritura, que normalmente empleo en teatro, al terreno musical.

En Batuk hacemos música pero también creamos visuales, desarrollando estilísticamente los videos. También tenemos otros planes: ahora mismo estoy desarrollando una nueva producción teatral, y le he pedido a Aero y Spoek que compongan la música.

12182390_1509216232737747_5449738605267370273_oHas mencionado a Manteiga: ¿nos la presentas?

Manteiga es, ya sabes, como la mantequilla: fina, sabe genial, la puedes cocinar con todo, pero especialmente gana cuando está salada, especiada, y picante. También me gusta como suena, manteiga. Me gusta demasiado la mantequilla, la como con todo.

Batuk comenzó como un proyecto que nace de un diálogo entre Mozambique y Sudáfrica, pero que muy pronto ha integrado colaboraciones con Malawi, Zimbabwe, Angola y Alemania. Amén de un cameo de bailarines de Uganda, ¿cuál es el próximo destino creativo para Batuk?

Cuando acabemos la gira europea, iremos unas semanas a Burkina Faso a trabajar en una pieza audiovisual. Tratamos de ser muy claros a la hora de definirnos como un colectivo creativo que trabaja con distintos medios. La música es nuestro punto de partida, pero nos gusta experimentar. Espero que un futuro cercano distinta gente se acerque a nosotros proponiéndonos colaborar en cine o en teatro. Tenemos nuestro punto de mira puesto en distintos lugares, especialmente en África. En Europa tal vez es más fácil, ya que los países están más cerca, y sobre todo más conectados: haces una campaña de comunicación en un país, y tiene eco en el país vecino. Bueno, y a Mozambique volvemos, eso seguro.

Siguiendo con este enfoque transfronterizo del colectivo, que parte de África austral para extenderse por el resto del continente, ¿con qué desafíos os habéis encontrado para desarrollar estas colaboraciones?

La verdad, apenas hemos tenido dificultades. Hemos podido disfrutar con el proceso, todo ha ido bastante fino. La mayor parte de los desafíos se reducen a una dificultad en la financiación. A veces nos hemos podido encontrar en la situación de no poder cubrir ciertos costes. Pero en unas ocasiones hemos conseguido apoyos externos y en otras hemos contribuido nosotros mismos, sacrificándonos para conseguir sacar el proyecto adelante. Afortunadamente nos hemos encontrado a gente muy abierta, a la que nos acercamos de manera sincera y honesta. No estamos aquí para engañar a nadie, sino para hacer música. Queremos compartir y al mismo tiempo aprender. Acercarse con sinceridad reduce los desafíos.

¿Qué colaboraciones pasadas y futuras destacarías en Batuk?

Una de las más emocionantes es una canción en la que estamos trabajando con Angelique Kidjo a través de Gotan Project, es una locura! Estamos en una búsqueda constante de músicos con los que colaborar: vocalistas, percusionistas, y demás. Por ejemplo, cuando empezamos a hacer música juntos, Nandi Ndlovu estaba muy involucrada en el Proyecto, por lo que aparece de manera constante en nuestro álbum de debut, “Musica da Terra”. Esperamos poder colaborar con ella de nuevo en un futuro próximo, tiene una voz excepcional.

12512727_1600067933652576_1776119554449810996_nHabéis comentado en más de una ocasión que desde Batuk veis la música, y concretamente el house, como un vehículo para conectar con la diáspora africana a través de la cultura del ritmo y del lenguaje. ¿Cómo está yendo esta conexión en vuestra gira europea?

Por ahora no ha habido demasiada conexión con la diáspora africana, pero está por venir. Todo el mundo con quien nos hemos ido encontrando o con quien hemos tocado ha sido muy positivo. Puede que hasta un poco abrumador, estamos muy sorprendidos. Obviamente soñábamos con ello, pero no esperábamos que fuese a ser tal. Volviendo al tema de la diáspora, desde luego estamos muy interesados en que se produzca, y sabemos que, con el tiempo, llegará. Nuestra primera publicación es tan sólo de Enero, aún somos unos críos. Y, además, con Aero y Spoek, todo va más rápido.

Por último, no sé si has has estado en España, pero pronto actuáis en Madrid. Cuéntanos cómo es vuestro directo: ¿hace Aero algo de danza mapiko?

Pues es una buena idea, aunque Aero ya lo parte bailando pantsula. Fundamentalmente nuestra actuación tiene mucha energía y elementos variados. Al final todos acabamos cogiendo el micrófono en algún momento inesperado. Para Aero y para mí será nuestra primera visita a España; Spoek ya ha estado otras veces. Llegamos sin ideas preconcebidas concretas a Madrid: si tuve algún tipo de expectativas sobre nuestros conciertos en Porto o en París, estas fueron ampliamente superadas. Así que prefiero dejarlo fluir, ya que todas nuestras actuaciones en esta gira han sido estupendas. Más que expectativas, simplemente estoy entusiasmada.

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Mia Couto, de cazadores y contadores de historias

La confesión de la leona es antropología en estado puro. Antropología empaquetada de la mejor manera para ser entendida. No es una excusa, el escritor mozambiqueño Mia Couto explica la sociedad de su país desde las raíces más profundas, las creencias, los miedos, los anhelos, la indeleble cicatriz de una guerra civil. Y no es extraño. No es extraño que Couto busque las raíces, como tampoco lo es que sea capaz de explicarlas de la forma más accesible. En el primer caso, porque le puede su atracción por la biología, una biología entendida desde una dimensión muy particular. La segunda, porque Couto se ha hecho conocido por contar, pero seguramente mucho menos pública, pero no menos importante, es su capacidad para escuchar.

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

Después de su charla en el marco de la exposición Making Africa, en el CCCB de Barcelona, Wiriko tuvo la oportunidad de compartir una breve conversación informal con el escritor mozambiqueño. Fue en el contexto de una comida con un reducido grupo de periodistas, editores y libreros, en el que Couto evidenciaba que lo que más le interesaba era escuchar lo que los demás tenían que contarle. El novelista, que habla de manera pausada y transmite serenidad en el cara a cara, estaba deseoso de saber lo que los otros, los desconocidos, tenían que contarle.

la_confesion_de_la_leonaMia Couto es biólogo “por vocación, porque la biología es un lenguaje que conecta con otras criaturas, con otras formas de lenguaje”, confesaba. Más allá de su inagotable producción literaria, el autor dedica su tiempo a su consultoría, en la que hacen estudios de impacto medioambiental. Pero su enfoque es particular. Sus informes medioambientales incluyen el impacto de los proyectos en la naturaleza, evidentemente, pero también en las sociedades, en las creencias, en la dimensión antropológica de las comunidades que viven en unos terrenos concretos. Basta leer La confesión de la leona, para ver cómo Couto se aproxima a esas comunidades, como las disecciona y las escucha para comprenderlas. En sus estudios de impacto medioambientales da las instrucciones para preservar esa riqueza. En sus novelas (y especialmente en La confesión de la leona) las explica usando como excusa la ficción narrativa.

“Huyo de las certezas científicas”, asegura Mia Couto. Y no deja de sorprender semejante afirmación de un científico, de un biólogo en activo y convencido de su labor. “A veces tenemos la arrogancia de pensar que podemos entender el clima”, señala Couto que advierte que en ocasiones se abusa del discurso del cambio climático y se usa como pretexto. “Creo que para muchos es una manera de eludir responsabilidades. Cuando atribuimos algo al cambio climático estamos hablando de algo que no tiene rostro, no tiene un responsable concreto. Y, sin embargo, con ese pretexto tapamos los efectos de lo que son decisiones políticas”, advierte el escritor que alerta: “No se puede comparar esto con el discurso de Bush, está claro”. “El mayor riesgo medioambiental es la miseria”, sentencia el biólogo que Couto lleva dentro.

A pesar de los esfuerzos por el mantenimiento del medioambiente, el escritor reconoce la encrucijada en la que se encuentra Mozambique. Por un lado, considera que el turismo puede ser un aliado de la defensa del medioambiente, puede ser un acicate para la protección de la naturaleza. Sin embargo, preguntado sobre el impacto del turismo en las comunidades locales y en su forma de vida, Couto no puede más que reconocer que esa relación es mucho más compleja. “Habitualmente el turismo se relaciona de una manera perversa con las comunidades locales. Únicamente tiene una visión folclórica”, se lamenta. Y se divierte explicando que en algunas de las lenguas de Mozambique no existe una palabra para “turista” y que el equivalente sería algo así como “el que viene a visitarnos”.

Kulumani, el pueblo en el que se desarrolla la historia está lleno de secretos. Las costumbres, las creencias, las tradiciones, todo se ha visto condicionado por hechos traumáticos. Las historias de los personajes van poniendo de manifiesto el impacto de la colonización portuguesa, primero, pero después también por una guerra civil difícil de superar. La incomprensión, a veces, una mala interpretación de la modernidad, en otras, siguen retorciendo aún más esas formas de vida. Nadie es feliz en Kulumani. Esa es una de las claves y, en especial, las mujeres. Es imposible desgranar todos los aspectos antropológicos que la historia va poniendo al descubierto. Pero Couto consigue que la narración fluya, de manera natural y el lector acaba teniendo tanto interés por saber de dónde salen las leonas que han puesto la vida del pueblo patas arriba, como de conocer cuál es su final, en la cacería que llevan a cabo los protagonistas.

Mia Couto se ha esforzado por conocer y transmitir las culturas de Mozambique. Foto: Carlos Bajo

Mia Couto se ha esforzado por conocer y transmitir las culturas de Mozambique. Foto: Carlos Bajo

En La confesión de la leona, Couto transmite la existencia de una sociedad en la que los principios son bien distintos de los del visitante. Hace tiempo que se intenta encajar a este escritor, eterno acreedor del Premio Nobel, en una categoría particular, el “realismo mágico africano”, que no es sino la resistencia de la industria editorial, de los críticos y de los analistas a aceptar realidades diferentes. Hace años también que Couto elude en cuanto puede esa categoría asegurando que “en Mozambique el realismo mágico es realismo”. Ese es el matiz que deberían entender los lectores occidentales de Couto: no están leyendo una novela fantástica, sino el relato real de una sociedad en la que las creencias tienen un valor diferente al que tienen en el mundo occidental y en el que la realidad no se limita a lo que se ve.

En la conversación Mia Couto se muestra dispuesto a contestar incluso, a la que seguramente debe ser la pregunta más odiosa (por tediosa) y más odiada por un escritor: ¿qué hay del autor en dos de los personajes principales, Gustavo, el escritor, y Arcángel, el cazador? No la responde por convención, para cumplir, ni para contentar. Lo hace con calma, con la misma serenidad con la que habla todo el tiempo, esa con la que de verdad intenta comunicarse (en mayúsculas) con su interlocutor. “Hay un poco en cada uno de ellos”, dice, “porque creo que no basta con crear personajes, hay que vivirlos”. Resulta curioso porque los dos son aparentemente antagónicos, pero está claro que, a través de ellos, Couto conjura algunas de sus cuentas pendientes y puede desarrollar su autocrítica. La última confesión del escritor: “Los cazadores son grandes contadores de historias. Creo que, en otro tiempo, tan importante como la pieza que se cobraban, era la historia de la cacería que eran capaces de contar”.  Eso es lo que hace Couto, cazar historias, relatar capturas, explicar el mundo, en realidad.

Y los cinco ganadores del POPCAP’16 son. . .

Tras analizar 900 propuestas de fotógrafos de 94 países, el jurado compuesto por 20 expertos internacionales, ha dado su veredicto sobre quiénes son los cinco artistas ganadores del POPCAP’16, el Premio de Fotografía Contemporánea Africana de piclet.org.

12823326_10156793885340107_8305607422698017607_oComo ya explicaba a Wiriko su fundador, Benjamin Füglister, POPCAP es un premio de fotografía contemporánea africana pero con participación internacional. Esto quiere decir que no premia sólo a creadores procedentes de algún país africano, sino que da una vuelta de tuerca para entender la percepción que creadores de otros continentes tienen y transmiten sobre África hacia el resto del mundo. Al final, la visión de la organización es que “un artista africano no tiene por qué tener percepciones particulares en comparación con cualquier artista de otro lugar”. Antes de recorrer el trabajo de los ganadores, podemos adelantar que esta edición de 2016 nos deja como protagonista indiscutible a Sudáfrica, inspiración para cuatro de los cinco ganadores de este año.

Aquí van los ganadores:

1

Nicolas Henry (Francia) – www.nicolashenry.com

African Tales from Today (Cuentos africanos de hoy(2012-2014)

Esta serie de fotografías está tomada en varios países de África (Etiopía, Ruanda, Madagascar y Namibia), y también de las comunidades africanas que viven en los suburbios de París. La escenografía, creada por las propias comunidades, está compuesta con objetos encontrados, creando un teatro o una performance que permite a esas comunidades expresar su visión.

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2

Jason Larkin (Reino Unido) – www.jasonlarkin.co.uk

Waiting (Esperando), 2013-2015

¿Cómo interviene la espera en las dinámicas sociales y urbanas? En esta serie, el artista reinterpreta los momentos de espera que los habitantes en Johannesburgo viven habitualmente, como una experiencia colectiva de la urbe. Además, Larking pone el foco en la búsqueda de sombra de las personas que esperan al sol, lo que según el artista, borra las identidades individuales, dejando visibles únicamente la postura y los detalles del lugar.

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3

Sabelo Mlangeni (Sudáfrica)

Isivumelwano: An Agreement (Un acuerdo), 2003-2014

Ya conocemos el trabajo de Mlangeni por retratar en su obra con la comunidad LGTBI con su particular utilización del blanco y negro, también en el entorno rural donde el fotógrafo realizó un seguimiento de los avances en derechos como el matrimonio homosexual. Esta vez, el matrimonio vuelve a ser el hilo y el artista analiza cómo el amor entre dos personas acaba celebrándose como un evento comunitario. A través de su viaje por townships sudafricanos, y las capitales de Lesotho, Mozambique y Swatzilandia, el artista hace un recorrido por las diverasas las tradiciones, que principalmente en las ciudades, adoptan prácticas culturales occidentales.

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4

Thom Pierce (Sudáfrica) – www.thompierce.com

The Price of Gold (El precio del oro), 2015

Durante veinte días (septiembre-octubre 2015) , Thom Pierce estuvo viajando por Eastern Cape, Lesotho y Johannesburgo para fotografiar a 56 mineros enfermos de tuberculosis pulmonar y a las viudas de los que murieron a causa de esta enfermedad. Su causa es una inadecuada protección ante el polvo de sílice en las minas de oro donde éstos trabajaban.
El origen de este viaje es la demanda que varios mineros pusieron a 32 empresas mineras sudafricanas, en representación a los enfermos, que no pueden trabajar por la enfermedad y que no reciben ningún tipo de compensación. Estas imágenes se proyectaron en el edificio contiguo durante el juicio, como forma de poner rostro humano al caso.

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5

Julia Runge (Alemania) – www.juliarunge.com

Basterland, 2015

Baster” (el término en afrikáner para referirse a los alemanes “bastardos”), es el nombre de una comunidad que vive hoy en día en Namibia. Sus antecesores blancos emigraron de El Cabo (Sudáfrica) en 1868 hacia una zona neutral de Namibia llamada Rehoboth. De los migrantes y sus mujeres de origen africano, surgen los “Basters de Rehoboth”, cuya población ha ido aumentando.
La fotógrafa realiza un retrato de esta sociedad que se encuentra en el umbral de la tradición y el cambio y las contradicciones que ello conlleva.

A través de su visión subjetiva (por estar muy integrada en la comunidad y por su origen europeo, concretamente alemán), la fotógrafa rescata un episodio de la historia del continente no muy presente: la historia colonial de Alemania.

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“No tengáis miedo de las diferencias: nos enriquecen”

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Momento de complicidad entre Graça Machel y Xavier Aldekoa, durante la rueda de prensa del Forum IMPULSA de Girona 2015. Foto de Gemma Solés.

Casualidad o no, Graça Machel abría el Forum Impulsa de laFundació Princesa de Girona en el día que se cumplían 40 años de la independencia de su país natal: Mozambique. Viuda de dos iconos de la política africana, el socialista Samora Machel y el líder antiapartheid Nelson Mandela; es una de las figuras más relevantes en la transformación social que ha vivido el continente desde la era de las independencias. Pero el papel político de Graça, la única primera dama de dos repúblicas —Mozambique (1975-1986) y de Sudáfrica (1998-1999)—, no solamente se destaca en la historia de África, sino que se sitúa en el epicentro de la lucha por los derechos de la infancia, las mujeres y del compromiso por la educación y el desarrollo en todo el mundo.

“No se puede hablar de ella en pasado”, advertía el periodista Xavier Aldekoa al presentarla en la rueda de prensa. Y es que a pesar de llevar más de cuatro décadas trabajando para procurar un mundo más justo, la veterana no tiene intención de apartarse de su batalla contra la pobreza y las desigualdades. “No puedo descansar mientras siga habiendo miles de niños palestinos en campos de refugiados. Cuando gozas de privilegios, tienes que asumir tus responsabilidades. No podemos obviar nuestras obligaciones mientras siga habiendo problemas por resolver en el mundo”, pronunciaba la activista africana delante de los monarcas y otras personalidades españolas presentes en el acto de inauguración del Forum Impulsa.

Con el foco puesto en África, el continente con las tasas más altas de analfabetismo, Graça quiso incidir en la necesidad de inversión en educación. Maestra de formación y ministra de educación y cultura en Mozambique de 1975 al 1989, desgranó cómo en su opinión, el empoderamiento social es intrínseco a la educación. “La educación es la herramienta más importante para alcanzar la libertad, y no sólo política. Para liberarse de la pobreza. Liberarse del analfabetismo. A través de la educación el pueblo pude tomar control de sus vidas”, reivindicó ante un Palau de Congressosestático. Ya por la mañana había insistido en el hecho de que “la libertad nunca se regala, hay que luchar por ella”, apuntando a que las principales causas de la falta de libertades en África han sido consecuencia de las relaciones de poder establecidas después de la colonización y la laxitud de los gobiernos africanos a su respecto.

Graça Machel entrado a la rueda de prensa junto a Xavier Aldekoa. Imagen de Gemma Solés.

Graça Machel entrado a la rueda de prensa junto a Xavier Aldekoa. Imagen de Gemma Solés.

Como era de esperar, no perdió la oportunidad para dirigir el discurso hacia las mujeres, que representan dos tercios del total del analfabetismo en el mundo y que son uno de los focos principales de su organización, Graça Machel Trust. “Educar a una mujer y facilitar su independencia financiera, puede generar una transformación muy importante en su familia, su comunidad y su nación. La educación y las mujeres tienen para mí un vínculo natural en la lucha por la emancipación social y creo que hay que acabar con los obstáculos estructurales que impiden a las mujeres llegar a los puestos más elevados de poder”, manifestó la experta del Panel de Alto Nivel para la Agenda de Desarrollo Post 2015. Además, en un continente que, según Unicef, podría alcanzar los 1.000 millones de menores de dieciocho años en 2050, la que fuera presidenta de la Comisión de Estudios de las Naciones Unidas sobre el Impacto de los Conflictos Armados en la Infancia, quiso subrayar la necesidad de dedicar esfuerzos a este colectivo.

Graça Machel habló de datos positivos sobre África y su juventud. Haciendo una crítica al afropesimismo que impera en los medios de comunicación, insistió en los enormes avances del continente en la última década, y puso énfasis tanto en los actuales derechos democráticos como en los avances tecnológicos. “Por supuesto que África aún tiene muchos desafíos que afrontar. Hoy te puedes encontrar países como Somalia o Burundi, con problemas muy complejos. Siguen muriendo personas y tenemos que proteger cada una de sus vidas, por supuesto. Pero África son 54 países. Hoy,siete de las diez economías que más están creciendo en el mundo están en el continente. Sin embargo, las narrativas más pesimistas esconden toda esa otra realidad”, insistió la fundadora de laFundación para el desarrollo de la comunidad de Mozambique.

“Por favor, respetad la dignidad humana que nos hace iguales. No tengáis miedo de la diferencia. Las diferencias nos enriquecen. Y nunca hagáis la vista gorda ante ningún tipo de injusticia social”, pedía a los gerundenses antes de abandonar la palestra acompañada por un afable y cómplice Aldekoa, que le cogía la mano para alejarse ante la ovación del público.

¿Están, por fin, los escritores africanos conquistando su espacio?

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Quizá sólo sea una sensación o quizá tengamos tantas ganas de que ocurra que hacemos una interpretación intencionada, pero algunos indicios nos hacen pensar que, después de décadas de menosprecio, los escritores africanos están conquistando el espacio que les corresponde. Hemos visto a autores como Chimamanda Ngozi Adichie o Binyavanga Wainaina aparecer en listas de los mejores libros del año o de las personas más influyentes. Hemos visto también a escritores africanos como el fallecido Chinua Acheve o, más recientemente, Ngũgĩ wa Thiong’o aparecer en las quinielas del Premio Nobel de Literatura. El último de estos indicios acaba de hacerse público, es la lista de finalistas de uno de los premios literarios más prestigiosos del mundo, el Man Booker International Prize 2015. Esta lista, formada por diez autores, incluye cuatro africanos y, más concretamente, tres de África subsahariana y uno de África del Norte.

Es cierto que los responsables de este premio, que cuenta seis ediciones, no se caracterizan por arriesgarse especialmente en sus nominaciones y que apuestan habitualmente por carreras consolidadas. En esta última lista de nominados aparecen dos de las figuras más incuestionables de la literatura contemporánea africana, el mozambiqueño Mia Couto y el congoleño Alain Mabanckou. El tercer nombre de África Subsahariana que aparece en la lista es quizá algo menos conocido. Se trata de la sudafricana Marlene Van Niekerk.

De hecho en la historia del premio y hasta la presente edición, sólo dos autores africanos habían sido seleccionadas como finalistas y sus nombres no resultan nada sorprendentes. Se trata del nigeriano Chinua Acheve, en 2007, y el keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, en 2009. Precisamente, Acheve consiguió ganar este premio.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Curiosamente los autores seleccionados escriben en lenguas diferentes. Mia Couto, lo hace habitualmente en portugués; Mabanckou, en francés; y Marlene Van Niekerk, en afrikáans. Este último dato, resulta también importante, la autora sudafricana escribe en una de las lenguas nacionales africanas y, a pesar de ello ha sido seleccionada para un premió internacional del calado del Man Booker International Prize. Aunque no hay que obviar que prácticamente todas sus obras han sido traducidas al inglés y Triomf, la novela que le dio una mayor popularidad, fue también llevada al cine.

En la presentación de la lista de finalistas ha tenido un especial protagonismo la cuestión de la diversidad. La presidenta del jurado, Marina Warner, en su comparecencia oficial hizo declaraciones como que “los escritores seleccionados ofrecen una extraordinaria variedad de experiencias” o que “la ficción puede ensancharnos el mundo a todos”. Precisamente esta última idea es la que lleva a reclamar el reconocimiento de los escritores africanos, porque si la literatura ayuda a ampliar los horizontes, no se pueden obviar las producciones de un importante porcentaje de la población mundial y de una literatura que además aporta una visión muy particular.

Se ha destacado en todos los ámbitos que seis de los escritores que aparecen en la lista de finalistas pertenecen a países que nunca antes habían tenido representantes en esta fase final premio. Lo que pone de manifiesto que los responsables del premio han hecho un esfuerzo por abrir sus propios horizontes. Por primera vez, además no hay dos aspirantes de la misma nacionalidad. Y The Guardian, por ejemplo, destacaba que escritores de renombre mundial, como Karl Ove Knausgaard y Haruki Murakami habían quedado fuera de la lista, lo que avala la importancia del premio.

La lista se anunció recientemente en la localidad sudafricana de Ciudad del Cabo y el nombre del autor ganador se anunciará el 19 de mayo en Londres. El escritor que finalmente se haga con el premio será galardonado con 60.000 libras. En todo caso, sea o no uno de los tres creadores de África Subsahariana el que aparezca en el anuncio definitivo, la literatura africana ha dado, sin duda, un nuevo paso hacia la normalización de su reconocimiento.