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El fotógrafo Mário Macilau explora nuevos lenguajes

Su experiencia vital le ha dado una mirada especial para la fotografía. El mozambiqueño, Mário Macilau, ha demostrado una capacidad y una sensibilidad particular para reflejar en su trabajo a los invisibles, a los “grupos socialmente aislados” como dice en la descripción de su cuenta de Instagram. Aprovechamos una estancia en Barcelona de este reputado e innovador artista visual y nos encontramos con una sorpresa, una noticia inesperada. Macilau está haciendo una residencia en Jiwar Barcelona, pero no en el marco de un proyecto fotográfico, sino para terminar su primer libro de poemas. Un arriesgado cambio de lenguaje sobre el que conversamos.

El fotógrafo mozambiqueño Mário Macilau ultima su primer libro de poesía. Foto: Carlos Bajo

Este joven mozambiqueño interpreta su gusto por la fotografía en una línea que se funde y se confunde con su propia trayectoria vital y la historia de su país. “Nací, prácticamente una década después de la independencia de Mozambique y en medio de la guerra civil. Llegué a la infancia en un época de optimismo y de una especie de clima de exploración de la libertad, queríamos vestir nuevas ropas, queríamos pasear por la calle…”. Y fue esa apertura la que se mezcló con otro fenómeno, “la aparición de lo que llamaban ‘los fotógrafos de calle’ que iban haciendo fotografía comercial por las comunidades”, recuerda Macialu. Habla de aquellos pioneros con admiración a pesar de que confiesa que no quería hacer exactamente lo mismo que ellos, pero como mínimo le abrieron las puertas de ese mundo: “Era fascinante para mí. Era increíble imaginar a una persona grande dentro de una fotografía tan pequeña. Me atraía la idea de poder congelar el momento”.

Con esa fascinación el jovencísimo Mário Macilau comenzó a hacer sus pinitos en la fotografía en las calles de Maputo, siempre con un enfoque muy particular y muy diferente del de aquellos que le rodeaban. Para él, al principio fue un juego; después, y aunque no lo reconozca expresamente, se convirtió en un compromiso. “Me interesaba cómo funcionaba la máquina, cómo se imprimía la película”, comenta divertido, mientras va explicando cómo hizo sus primeras fotos. A aquellos “fotógrafos de calle” les alquilaba sus máquinas en cuanto había podido reunir un poco de dinero. “Invertía lo que ganaba para experimentar”, cuenta y añade que, a veces, la inversión era tan inmediata que ni siquiera le quedaba dinero para revelar las fotos que había hecho. “Hacía las fotos para mi mismo, muchas veces, sólo por el placer del clic. En realidad yo lo que quería hacer era arte fotográfico, pero nunca había visto una exposición, no tenía ninguna referencia. Lo que ocurría era que no me importaban demasiado las definiciones”, explica.

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La historia de cómo Mário Macilau se metió de lleno en la fotografía, la ha contado repetidamente. El amigo al que unos expatriados le regalan una cámara de fotos; el amigo que se la ofrece; Mário que no tiene dinero; que se lo piensa; Mário que acaba cambiando el teléfono móvil que trabajosamente había conseguido su madre; Mário que le dice a su madre que le han atracado para justificar que ha perdido ese objeto de lujo que era un móvil. Y después, la oportunidad de hacer más fotos, del laboratorio artesano, de retratar el mundo de los jóvenes invisibles que tan bien conocía, de darse a conocer, de exposiciones internacionales, de convertirse en un referente.

Seguramente este recorrido permite entender un poco mejor, el concepto que este artista mozambiqueño tiene de la fotografía, tanto del proceso como del resultado. “La fotografía es un proceso de transmisión, una forma de compartir el punto de vista, de expresar lo que vemos y de revelar lo que se esconde”, esa es una de las obsesiones de Macilau, acabar con la invisibilidad. Pero para ello es fundamental fotografiar desde dentro, por así decirlo: “No basta ser fotógrafo. Hay que ser fotógrafo antes de la máquina, hay que conocer y tener acceso. De alguna manera, la fórmula ideal es que tu formes parte del contexto, que seas capaz de entender las sensibilidades que la gente a la que fotografías está mostrando, que puedas conseguir que la gente se sienta tranquila. Tienes que contestar a las preguntas, a la vez que les das voz”.

“La fotografía no es sólo un objeto estético”, sentencia el joven fotógrafo con serenidad, “es una herramienta de cambio. No puede ser sólo belleza, tiene que transmitir un mensaje”. “Trabajo sobre los grupos socialmente aislados porque nací y crecí en estos grupos. Tenía que hacerlo. La mayor parte de las personas que forman parte de esos grupos no saben leer, ni escribir y no conocen sus derechos. Yo no me pongo delante de ellos viéndolos como pobres, sino que veo su humanidad”, confiesa. Ese ha sido el secreto del éxito de la obra de Macilau, su línea de trabajo que ha recibido mayor atención. Sin embargo, con cierta frustración, Mário lamenta que las condiciones de vida de esos colectivos apenas han cambiado en relación a las que él mismo sufrió: “La política no ha cambiado nada en todos estos años. Todo sigue siendo un problema de poder y dinero. Para mejorar esas condiciones tienen que empezar por conocer sus derechos e intentar influir en las cosas más básicas de la vida”.

Aunque pasa la mayor parte del tiempo viajando por diferentes ciudades y pasando de una residencia a otra, su base continua estando en Maputa, allí trata de volver siempre que puede y por eso continúa estando cerca de esas comunidades que siempre han sido su vida. Mário reconoce que su influencia ha ido creciendo, pero también su responsabilidad. “Ahora los chicos de la calle, saben que tienen una posibilidad real de cambiar”, comenta.

Sin embargo, es evidente que la comodidad no es el estado natural de Mário Macilau, quizá por eso, en medio de todo esa experiencia, cuando tiene un reconocimiento claro como fotógrafo, se ha embarcado en un nuevo reto. “Estoy terminando mi primer libro de poesía”, confiesa apartando ligeramente la vista con una mueca de rubor. Y en este nuevo lenguaje, el impulso de Macilau tiene algunas continuidades respecto a la fotografía, pero también considerables diferencias. “La poesía es poesía”, titubea el artista mozambiqueño, “es una forma de revelar, pero de revelar lo que he vivido. La poesía tiene el romanticismo, lo lírico, la rima, evidentemente hay poesías que también contestan pero no es el criterio único”. Según su explicación, la fotografía desvela lo que está oculto del mundo, mientras que la poesía es una revelación de la intimidad.

Los trabajos que compondrán este libro han sido escritos aquí y allí, en diferentes países, “durante esos momentos de soledad que tienes cuando viajas o estás en una residencia nueva, cuando estás lejos de tu gente”. Mário Macilau ha querido, intencionadamente, reunir poesías que hablan sobre el amor y la guerra, sobre todos los temas que se puedan ocurrir, porque “lo que me importa es escribir” sin etiquetas, ni definiciones, como ya había destacado Macilau en sus primeros tiempos al otro lado de la cámara. Su intención es que ese libro vea la luz en Mozambique y también en eso la atención del joven artista está centrada en los suyos.

Mozambique, la sal de la vida en tiempos de guerra

Mozambique, años ochenta. Cada vez son más los habitantes que se juegan la vida llevados al borde de la desesperación por la guerra civil posterior a la independencia que devastó el país desde 1977 hasta 1992. Un viaje en tren de 700 kilómetros desde Nampula, en la costa, hasta la frontera interior con Malaui. Un trayecto fletado de militares de la FRELIMO que llevaban ametralladoras antiaéreas contra las hostiles fuerzas de la RENAMO que intentaban descarrilarlos. Los civiles arriesgaban sus vidas para llevar la sal, que era abundante, y comerciarla por el azúcar, que se había vuelto escaso y rentable. Objetivo: mantener a sus familias en tiempos de escasez. La magia de torear al hambre a cualquier precio. Un camino especialmente duro para las mujeres, porque el miedo a bordo del tren era tan temido como el que podían tener durante el viaje.

Esta historia de arriesgar la vida y la integridad física como un medio de supervivencia se narra en la impresionante película The Train of Salt and Sugar (2016) (El tren de la sal y el azúcar) dirigida por Licinio Azevedo. Basado en una novela escrita por el propio director hace una década, es un trabajo profundo y conmovedor que pone de relieve el valor de recuperar los elementos microscópicos de la historia contemporánea africana: sin grandes efemérides, sin grandes nombres, a fin de cuentas, historias de gente común. Una película que se compromete con una imagen más amplia y humana de Mozambique. Sin duda, un trabajo que en 2018 se convertirá en una de las cintas más destacadas del continente.

Mozambique tiene una historia cinematográfica que ha producido algunas de las películas más desafiantes y progresivas del continente en los años ochenta (Mueda, Memoria e Massacre, 1980 de Ruy Guerra; O vento sopra da norte, 1987, de Jose Cardoso), pero la caída del telón de acero afectó significativamente a las fuentes de ingresos de la industria y a la producción cinematográfica del país. Quizás por este motivo los largometrajes de ficción en el país se han convertido en algo raro en un entorno tan carente de recursos.

En los últimos años el brasileño Azevedo –aunque desde hace más de tres décadas afincado en Mozambique– se ha convertido en una de las figuras esenciales del sector cinematográfico con una miríada de documentales sociales y políticos junto al largometraje Virgem Margarida (2012). En su segunda ficción la fotografía (y el plano inicial en la estación de tren es una clara muestra de ello) es visualmente rica y reflexiva, deteniéndose en el paisaje mozambiqueño, y amplificando la hermosa, pero aterradora frontera en la que el tren se aventura. Es más, la complejidad del lenguaje metafórico colisiona con el profundo pragmatismo de la guerra. Y todo aderezado con las creencias animistas que de forma sutil se van intercalando.

La estrella de la cinta es sin duda la radiante Melanie de Vales Rafael, de 21 años, cuya actuación en esta producción histórica la llevará por el camino de una carrera excepcional. Interpreta el personaje de Rosa, una joven enfermera, que se erige como un emblema de la vulnerabilidad, la ternura y la fuerza del papel que desempeñan las mujeres en tiempos de guerra. La joven actriz consiguió su primer papel cuando tenía solo 14 años junto a Danny Glover en el drama The Republic of Children (2012) del director guineano Flora Gomes.

Creciendo en Brasil, parece que Azevedo siente una afinidad natural por los hilos del realismo mágico que se infunden de la narrativa de su último trabajo, recordando las obras de los grandes novelistas latinoamericanos como Gabriel García Márquez. The Train of Salt and Sugar está lleno de elementos de magia y comedia, lo que subraya la poderosa persistencia de la esperanza y la imaginación, incluso en tiempos de guerra.

Si quieres adentrarte en el cine de Mozambique, te recomendamos que leas este artículo.

 

Letras africanas, libros españoles: aproximación al espacio lusófono

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4ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Felisa Rodríguez

Os propongo que nos asomemos a las letras de cinco países del continente que, a pesar de su discontinuidad geográfica y diversidad lingüística, son nombrados conjuntamente por medio de la sigla PALOP, que se refiere a los Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa resultantes de las independencias alcanzadas en 1975: los estados microinsulares de Cabo Verde y de S. Tomé y Príncipe, por un lado, y los continentales de Guinea-Bissau, Angola y Mozambique, por otro.

Para ello, un posible criterio es identificar aquellas obras escritas por personas de estos territorios que aparecen en la lista de las “100 mejores obras africanas del siglo XX”, dadas a conocer en 2002 y elaboradas por iniciativa de la Feria Internacional de Libro de Zimbabue en colaboración con asociaciones africanas de escritores y bibliotecarios y con participación de la Red Africana de Editores (APNET) y la Asociación Pan-Africana de Libreros (PABA).

Así, nos encontramos en la categoría de no ficción con textos de tres figuras importantes de la lucha y del pensamiento anticolonial: The Struggle for Mozambique (1969) del mozambiqueño Eduardo Mondlane, Unidade e luta (1976) de Amílcar Cabral, asociado a Guinea-Bissau, y Origens do nacionalismo africano (1997) del angoleño Mário Pinto de Andrade.

En el terreno de la ficción, más abundante, fueron seleccionadas las novelas angoleñas Nós os do Makulusu (1975) de José Luandino Vieira y A geração da utopia (1992) de Pepetela, junto con la caboverdiana O testamento do senhor Napumoceno da Silva Araújo (1989) de Germano Almeida. Pero la representación más nutrida es la de Mozambique, con dos obras escritas y publicadas aún en el período colonial y otras tantas en el post-independencia; se trata de los cuentos incluidos en Nós matamos o cão-tinhoso (1964) de Luís Bernardo Honwana y del volumen de poesía Karingana ua karingana (1974) de José Craveirinha (considerado “padre de la poesía moderna” de su país y convertido, en 1991, en el primer africano que recibió el Premio Camões, el mayor galardón de la lengua portuguesa); a ellos se unen las novelas Ualalapi (1987) de Ungulani Ba Ka Khosa y Terra sonâmbula (1992) de Mia Couto.

Germano Almeida. Fuente: Diario Digital Sapo

Todas las obras referidas son accesibles en la lengua original -o en traducción al portugués, en el caso de la de Mondlane, que fue escrita en inglés- a través de ediciones portuguesas que se pueden encontrar con relativa facilidad en el mercado librero del país vecino, pero sólo algunas han tomado forma de libro editado en España y de traducciones a varias de las lenguas del Estado. Concretamente, existe la posibilidad de leer el pensamiento de Amílcar Cabral en Nacionalismo y cultura (Bellaterra, 2014) o de disfrutar del Pepetela que retrata -no sin amargura- la historia de la lucha por la independencia de Angola en La generación de la utopía (Txalaparta, 2003 en papel; 2011 Epub). También tenemos a nuestro alcance el humor y la ironía de Germano Almeida -que llegó a ser presentado como “el Gabriel García Márquez africano”- retratando el pequeño medio insular caboverdiano a través de su burguesía hipócrita en El testamento del señor Napumoceno (Ediciones del Bronce, 2000) o, en euskera, Napumuceno da Silva Araujo Jaunaren: testamentua (Txalaparta, 2002). De Mozambique, podemos asomarnos a la única obra de Luís Bernardo Honwana, Nosotros matamos al perro-tiñoso (Baobab, 2008), donde los abusos de la colonización y el cotidiano asfixiante en el que vivían los africanos crean una atmósfera opresiva, y también a la considerada obra prima de Mia Couto, la novela Tierra sonámbula (Alfaguara, 1998; Suma de Letras, 2002; Alfaguara, 2016), que no sólo ha sido seleccionada entre las doce mejores del continente sino que ha sido adaptada cinematográficamente con realización de la portuguesa Teresa Prata.

Paulina Chiziane. Fuente: http://alchetron.com/

Ciertamente, lo que acabamos de enumerar no es demasiado. Pero explorando el panorama editorial español conseguimos avanzar un poco más e incorporar a esa lista tanto obras de autoría femenina (tres de las novelas de la mozambiqueña Paulina Chiziane, poesía de Vera Duarte -que preside la Academia Caboverdiana de Letras- o narrativa breve de su conterránea Dina Salústio) como muestras literarias de S. Tomé y Príncipe (particularmente, las firmadas por Olinda Beja); además, identificamos algunos textos clásicos de varias de esas literaturas nacionales, entre los cuales cabe destacar la novela caboverdiana Chiquinho (1947) de Baltasar Lopes -disponible en castellano y en catalán- o la poesía angoleña de Agostinho Neto, considerado poeta nacional por excelencia, pero también Si pudiera ser una ola, traducción de la novela breve de Manuel Rui publicada en Angola en 1982; surgen, aún, numerosas obras del prolífico y premiado escritor angoleño José Eduardo Agualusa y algunas otras de plumas más jóvenes, entre las que destaca Ondjaki, de Angola; aparecen incluso volúmenes de poesía mozambiqueña de Rui Knopfli y de Guita Júnior, así como pequeñas joyas de literatura infanto-juvenil mozambiqueña, de la autoría de Marcelo Panguana o Rogério Manjate, editadas por Proteus en la colección Oralia.

Cinco edificios para rascar el cielo africano

Damos un paseo por cinco ciudades con cinco de los rascacielos más altos del continente.

“La música es nuestro punto de partida, pero nos gusta experimentar”

A pocos días de que lleguen a Madrid a presentarnos su proyecto, hablamos* con una de las componentes del colectivo musical Batuk: Manteiga. Ella misma nos cuenta qué es Batuk, formado también por los veteranos productores Spoek Mathambo y Aero Manyelo, que utiliza la música electrónica como vehículo para el diálogo entre las diferentes músicas, culturas y tendencias tanto en el continente como fuera de él.

Batuk nos presenta la electrónica sudafricana con elementos musicales cuidadosamente escogidos de otros países en los que ha realizado diversas colaboraciones, como Mozambique o Uganda. Y el resultado es su primer disco “Musica da Terra”, que presentan en primicia en nuestro país el próximo 9 de julio y que tiene previsto incendiar la pista de baile de la Sala Caracol.

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*Entrevista realizada por Ignacio Priego (Sudáfrica)

Buenas tardes Carla. Muchas gracias por atender esta llamada de Wiriko desde Lisboa. Lo primero, nos gustaría presentarte a nuestros lectores de Wiriko, quienes tal vez conocen más a tus dos principales compañeros en Batuk, Spoek Mathambo y Aero Manyelo. Tienes una carrera creativa consolidada como directora de teatro, actriz, poeta y artista de performance. ¿Cómo te han llevado estos aspectos de tu carrera artística a involucrarte en la creación de un proyecto eminentemente musical como Batuk?

Interpretar es algo muy natural para mí. Así que poder actuar en directo con Spoek y Aero y su música asumiendo mi personaje habitual, Manteiga, me encuentro tremendamente cómoda. He dirigido numerosas obras y entiendo el proceso artístico, ya que he creado arte durante muchos años.

Siempre he amado la música, y la empleo en mi propia obra artística, así que ha sido un auténtico viaje bastante interesante llevar mi escritura, que normalmente empleo en teatro, al terreno musical.

En Batuk hacemos música pero también creamos visuales, desarrollando estilísticamente los videos. También tenemos otros planes: ahora mismo estoy desarrollando una nueva producción teatral, y le he pedido a Aero y Spoek que compongan la música.

12182390_1509216232737747_5449738605267370273_oHas mencionado a Manteiga: ¿nos la presentas?

Manteiga es, ya sabes, como la mantequilla: fina, sabe genial, la puedes cocinar con todo, pero especialmente gana cuando está salada, especiada, y picante. También me gusta como suena, manteiga. Me gusta demasiado la mantequilla, la como con todo.

Batuk comenzó como un proyecto que nace de un diálogo entre Mozambique y Sudáfrica, pero que muy pronto ha integrado colaboraciones con Malawi, Zimbabwe, Angola y Alemania. Amén de un cameo de bailarines de Uganda, ¿cuál es el próximo destino creativo para Batuk?

Cuando acabemos la gira europea, iremos unas semanas a Burkina Faso a trabajar en una pieza audiovisual. Tratamos de ser muy claros a la hora de definirnos como un colectivo creativo que trabaja con distintos medios. La música es nuestro punto de partida, pero nos gusta experimentar. Espero que un futuro cercano distinta gente se acerque a nosotros proponiéndonos colaborar en cine o en teatro. Tenemos nuestro punto de mira puesto en distintos lugares, especialmente en África. En Europa tal vez es más fácil, ya que los países están más cerca, y sobre todo más conectados: haces una campaña de comunicación en un país, y tiene eco en el país vecino. Bueno, y a Mozambique volvemos, eso seguro.

Siguiendo con este enfoque transfronterizo del colectivo, que parte de África austral para extenderse por el resto del continente, ¿con qué desafíos os habéis encontrado para desarrollar estas colaboraciones?

La verdad, apenas hemos tenido dificultades. Hemos podido disfrutar con el proceso, todo ha ido bastante fino. La mayor parte de los desafíos se reducen a una dificultad en la financiación. A veces nos hemos podido encontrar en la situación de no poder cubrir ciertos costes. Pero en unas ocasiones hemos conseguido apoyos externos y en otras hemos contribuido nosotros mismos, sacrificándonos para conseguir sacar el proyecto adelante. Afortunadamente nos hemos encontrado a gente muy abierta, a la que nos acercamos de manera sincera y honesta. No estamos aquí para engañar a nadie, sino para hacer música. Queremos compartir y al mismo tiempo aprender. Acercarse con sinceridad reduce los desafíos.

¿Qué colaboraciones pasadas y futuras destacarías en Batuk?

Una de las más emocionantes es una canción en la que estamos trabajando con Angelique Kidjo a través de Gotan Project, es una locura! Estamos en una búsqueda constante de músicos con los que colaborar: vocalistas, percusionistas, y demás. Por ejemplo, cuando empezamos a hacer música juntos, Nandi Ndlovu estaba muy involucrada en el Proyecto, por lo que aparece de manera constante en nuestro álbum de debut, “Musica da Terra”. Esperamos poder colaborar con ella de nuevo en un futuro próximo, tiene una voz excepcional.

12512727_1600067933652576_1776119554449810996_nHabéis comentado en más de una ocasión que desde Batuk veis la música, y concretamente el house, como un vehículo para conectar con la diáspora africana a través de la cultura del ritmo y del lenguaje. ¿Cómo está yendo esta conexión en vuestra gira europea?

Por ahora no ha habido demasiada conexión con la diáspora africana, pero está por venir. Todo el mundo con quien nos hemos ido encontrando o con quien hemos tocado ha sido muy positivo. Puede que hasta un poco abrumador, estamos muy sorprendidos. Obviamente soñábamos con ello, pero no esperábamos que fuese a ser tal. Volviendo al tema de la diáspora, desde luego estamos muy interesados en que se produzca, y sabemos que, con el tiempo, llegará. Nuestra primera publicación es tan sólo de Enero, aún somos unos críos. Y, además, con Aero y Spoek, todo va más rápido.

Por último, no sé si has has estado en España, pero pronto actuáis en Madrid. Cuéntanos cómo es vuestro directo: ¿hace Aero algo de danza mapiko?

Pues es una buena idea, aunque Aero ya lo parte bailando pantsula. Fundamentalmente nuestra actuación tiene mucha energía y elementos variados. Al final todos acabamos cogiendo el micrófono en algún momento inesperado. Para Aero y para mí será nuestra primera visita a España; Spoek ya ha estado otras veces. Llegamos sin ideas preconcebidas concretas a Madrid: si tuve algún tipo de expectativas sobre nuestros conciertos en Porto o en París, estas fueron ampliamente superadas. Así que prefiero dejarlo fluir, ya que todas nuestras actuaciones en esta gira han sido estupendas. Más que expectativas, simplemente estoy entusiasmada.

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Mia Couto, de cazadores y contadores de historias

La confesión de la leona es antropología en estado puro. Antropología empaquetada de la mejor manera para ser entendida. No es una excusa, el escritor mozambiqueño Mia Couto explica la sociedad de su país desde las raíces más profundas, las creencias, los miedos, los anhelos, la indeleble cicatriz de una guerra civil. Y no es extraño. No es extraño que Couto busque las raíces, como tampoco lo es que sea capaz de explicarlas de la forma más accesible. En el primer caso, porque le puede su atracción por la biología, una biología entendida desde una dimensión muy particular. La segunda, porque Couto se ha hecho conocido por contar, pero seguramente mucho menos pública, pero no menos importante, es su capacidad para escuchar.

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

Después de su charla en el marco de la exposición Making Africa, en el CCCB de Barcelona, Wiriko tuvo la oportunidad de compartir una breve conversación informal con el escritor mozambiqueño. Fue en el contexto de una comida con un reducido grupo de periodistas, editores y libreros, en el que Couto evidenciaba que lo que más le interesaba era escuchar lo que los demás tenían que contarle. El novelista, que habla de manera pausada y transmite serenidad en el cara a cara, estaba deseoso de saber lo que los otros, los desconocidos, tenían que contarle.

la_confesion_de_la_leonaMia Couto es biólogo “por vocación, porque la biología es un lenguaje que conecta con otras criaturas, con otras formas de lenguaje”, confesaba. Más allá de su inagotable producción literaria, el autor dedica su tiempo a su consultoría, en la que hacen estudios de impacto medioambiental. Pero su enfoque es particular. Sus informes medioambientales incluyen el impacto de los proyectos en la naturaleza, evidentemente, pero también en las sociedades, en las creencias, en la dimensión antropológica de las comunidades que viven en unos terrenos concretos. Basta leer La confesión de la leona, para ver cómo Couto se aproxima a esas comunidades, como las disecciona y las escucha para comprenderlas. En sus estudios de impacto medioambientales da las instrucciones para preservar esa riqueza. En sus novelas (y especialmente en La confesión de la leona) las explica usando como excusa la ficción narrativa.

“Huyo de las certezas científicas”, asegura Mia Couto. Y no deja de sorprender semejante afirmación de un científico, de un biólogo en activo y convencido de su labor. “A veces tenemos la arrogancia de pensar que podemos entender el clima”, señala Couto que advierte que en ocasiones se abusa del discurso del cambio climático y se usa como pretexto. “Creo que para muchos es una manera de eludir responsabilidades. Cuando atribuimos algo al cambio climático estamos hablando de algo que no tiene rostro, no tiene un responsable concreto. Y, sin embargo, con ese pretexto tapamos los efectos de lo que son decisiones políticas”, advierte el escritor que alerta: “No se puede comparar esto con el discurso de Bush, está claro”. “El mayor riesgo medioambiental es la miseria”, sentencia el biólogo que Couto lleva dentro.

A pesar de los esfuerzos por el mantenimiento del medioambiente, el escritor reconoce la encrucijada en la que se encuentra Mozambique. Por un lado, considera que el turismo puede ser un aliado de la defensa del medioambiente, puede ser un acicate para la protección de la naturaleza. Sin embargo, preguntado sobre el impacto del turismo en las comunidades locales y en su forma de vida, Couto no puede más que reconocer que esa relación es mucho más compleja. “Habitualmente el turismo se relaciona de una manera perversa con las comunidades locales. Únicamente tiene una visión folclórica”, se lamenta. Y se divierte explicando que en algunas de las lenguas de Mozambique no existe una palabra para “turista” y que el equivalente sería algo así como “el que viene a visitarnos”.

Kulumani, el pueblo en el que se desarrolla la historia está lleno de secretos. Las costumbres, las creencias, las tradiciones, todo se ha visto condicionado por hechos traumáticos. Las historias de los personajes van poniendo de manifiesto el impacto de la colonización portuguesa, primero, pero después también por una guerra civil difícil de superar. La incomprensión, a veces, una mala interpretación de la modernidad, en otras, siguen retorciendo aún más esas formas de vida. Nadie es feliz en Kulumani. Esa es una de las claves y, en especial, las mujeres. Es imposible desgranar todos los aspectos antropológicos que la historia va poniendo al descubierto. Pero Couto consigue que la narración fluya, de manera natural y el lector acaba teniendo tanto interés por saber de dónde salen las leonas que han puesto la vida del pueblo patas arriba, como de conocer cuál es su final, en la cacería que llevan a cabo los protagonistas.

Mia Couto se ha esforzado por conocer y transmitir las culturas de Mozambique. Foto: Carlos Bajo

Mia Couto se ha esforzado por conocer y transmitir las culturas de Mozambique. Foto: Carlos Bajo

En La confesión de la leona, Couto transmite la existencia de una sociedad en la que los principios son bien distintos de los del visitante. Hace tiempo que se intenta encajar a este escritor, eterno acreedor del Premio Nobel, en una categoría particular, el “realismo mágico africano”, que no es sino la resistencia de la industria editorial, de los críticos y de los analistas a aceptar realidades diferentes. Hace años también que Couto elude en cuanto puede esa categoría asegurando que “en Mozambique el realismo mágico es realismo”. Ese es el matiz que deberían entender los lectores occidentales de Couto: no están leyendo una novela fantástica, sino el relato real de una sociedad en la que las creencias tienen un valor diferente al que tienen en el mundo occidental y en el que la realidad no se limita a lo que se ve.

En la conversación Mia Couto se muestra dispuesto a contestar incluso, a la que seguramente debe ser la pregunta más odiosa (por tediosa) y más odiada por un escritor: ¿qué hay del autor en dos de los personajes principales, Gustavo, el escritor, y Arcángel, el cazador? No la responde por convención, para cumplir, ni para contentar. Lo hace con calma, con la misma serenidad con la que habla todo el tiempo, esa con la que de verdad intenta comunicarse (en mayúsculas) con su interlocutor. “Hay un poco en cada uno de ellos”, dice, “porque creo que no basta con crear personajes, hay que vivirlos”. Resulta curioso porque los dos son aparentemente antagónicos, pero está claro que, a través de ellos, Couto conjura algunas de sus cuentas pendientes y puede desarrollar su autocrítica. La última confesión del escritor: “Los cazadores son grandes contadores de historias. Creo que, en otro tiempo, tan importante como la pieza que se cobraban, era la historia de la cacería que eran capaces de contar”.  Eso es lo que hace Couto, cazar historias, relatar capturas, explicar el mundo, en realidad.

Y los cinco ganadores del POPCAP’16 son. . .

Tras analizar 900 propuestas de fotógrafos de 94 países, el jurado compuesto por 20 expertos internacionales, ha dado su veredicto sobre quiénes son los cinco artistas ganadores del POPCAP’16, el Premio de Fotografía Contemporánea Africana de piclet.org.

12823326_10156793885340107_8305607422698017607_oComo ya explicaba a Wiriko su fundador, Benjamin Füglister, POPCAP es un premio de fotografía contemporánea africana pero con participación internacional. Esto quiere decir que no premia sólo a creadores procedentes de algún país africano, sino que da una vuelta de tuerca para entender la percepción que creadores de otros continentes tienen y transmiten sobre África hacia el resto del mundo. Al final, la visión de la organización es que “un artista africano no tiene por qué tener percepciones particulares en comparación con cualquier artista de otro lugar”. Antes de recorrer el trabajo de los ganadores, podemos adelantar que esta edición de 2016 nos deja como protagonista indiscutible a Sudáfrica, inspiración para cuatro de los cinco ganadores de este año.

Aquí van los ganadores:

1

Nicolas Henry (Francia) – www.nicolashenry.com

African Tales from Today (Cuentos africanos de hoy(2012-2014)

Esta serie de fotografías está tomada en varios países de África (Etiopía, Ruanda, Madagascar y Namibia), y también de las comunidades africanas que viven en los suburbios de París. La escenografía, creada por las propias comunidades, está compuesta con objetos encontrados, creando un teatro o una performance que permite a esas comunidades expresar su visión.

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2

Jason Larkin (Reino Unido) – www.jasonlarkin.co.uk

Waiting (Esperando), 2013-2015

¿Cómo interviene la espera en las dinámicas sociales y urbanas? En esta serie, el artista reinterpreta los momentos de espera que los habitantes en Johannesburgo viven habitualmente, como una experiencia colectiva de la urbe. Además, Larking pone el foco en la búsqueda de sombra de las personas que esperan al sol, lo que según el artista, borra las identidades individuales, dejando visibles únicamente la postura y los detalles del lugar.

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3

Sabelo Mlangeni (Sudáfrica)

Isivumelwano: An Agreement (Un acuerdo), 2003-2014

Ya conocemos el trabajo de Mlangeni por retratar en su obra con la comunidad LGTBI con su particular utilización del blanco y negro, también en el entorno rural donde el fotógrafo realizó un seguimiento de los avances en derechos como el matrimonio homosexual. Esta vez, el matrimonio vuelve a ser el hilo y el artista analiza cómo el amor entre dos personas acaba celebrándose como un evento comunitario. A través de su viaje por townships sudafricanos, y las capitales de Lesotho, Mozambique y Swatzilandia, el artista hace un recorrido por las diverasas las tradiciones, que principalmente en las ciudades, adoptan prácticas culturales occidentales.

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4

Thom Pierce (Sudáfrica) – www.thompierce.com

The Price of Gold (El precio del oro), 2015

Durante veinte días (septiembre-octubre 2015) , Thom Pierce estuvo viajando por Eastern Cape, Lesotho y Johannesburgo para fotografiar a 56 mineros enfermos de tuberculosis pulmonar y a las viudas de los que murieron a causa de esta enfermedad. Su causa es una inadecuada protección ante el polvo de sílice en las minas de oro donde éstos trabajaban.
El origen de este viaje es la demanda que varios mineros pusieron a 32 empresas mineras sudafricanas, en representación a los enfermos, que no pueden trabajar por la enfermedad y que no reciben ningún tipo de compensación. Estas imágenes se proyectaron en el edificio contiguo durante el juicio, como forma de poner rostro humano al caso.

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5

Julia Runge (Alemania) – www.juliarunge.com

Basterland, 2015

Baster” (el término en afrikáner para referirse a los alemanes “bastardos”), es el nombre de una comunidad que vive hoy en día en Namibia. Sus antecesores blancos emigraron de El Cabo (Sudáfrica) en 1868 hacia una zona neutral de Namibia llamada Rehoboth. De los migrantes y sus mujeres de origen africano, surgen los “Basters de Rehoboth”, cuya población ha ido aumentando.
La fotógrafa realiza un retrato de esta sociedad que se encuentra en el umbral de la tradición y el cambio y las contradicciones que ello conlleva.

A través de su visión subjetiva (por estar muy integrada en la comunidad y por su origen europeo, concretamente alemán), la fotógrafa rescata un episodio de la historia del continente no muy presente: la historia colonial de Alemania.

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“No tengáis miedo de las diferencias: nos enriquecen”

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Momento de complicidad entre Graça Machel y Xavier Aldekoa, durante la rueda de prensa del Forum IMPULSA de Girona 2015. Foto de Gemma Solés.

Casualidad o no, Graça Machel abría el Forum Impulsa de laFundació Princesa de Girona en el día que se cumplían 40 años de la independencia de su país natal: Mozambique. Viuda de dos iconos de la política africana, el socialista Samora Machel y el líder antiapartheid Nelson Mandela; es una de las figuras más relevantes en la transformación social que ha vivido el continente desde la era de las independencias. Pero el papel político de Graça, la única primera dama de dos repúblicas —Mozambique (1975-1986) y de Sudáfrica (1998-1999)—, no solamente se destaca en la historia de África, sino que se sitúa en el epicentro de la lucha por los derechos de la infancia, las mujeres y del compromiso por la educación y el desarrollo en todo el mundo.

“No se puede hablar de ella en pasado”, advertía el periodista Xavier Aldekoa al presentarla en la rueda de prensa. Y es que a pesar de llevar más de cuatro décadas trabajando para procurar un mundo más justo, la veterana no tiene intención de apartarse de su batalla contra la pobreza y las desigualdades. “No puedo descansar mientras siga habiendo miles de niños palestinos en campos de refugiados. Cuando gozas de privilegios, tienes que asumir tus responsabilidades. No podemos obviar nuestras obligaciones mientras siga habiendo problemas por resolver en el mundo”, pronunciaba la activista africana delante de los monarcas y otras personalidades españolas presentes en el acto de inauguración del Forum Impulsa.

Con el foco puesto en África, el continente con las tasas más altas de analfabetismo, Graça quiso incidir en la necesidad de inversión en educación. Maestra de formación y ministra de educación y cultura en Mozambique de 1975 al 1989, desgranó cómo en su opinión, el empoderamiento social es intrínseco a la educación. “La educación es la herramienta más importante para alcanzar la libertad, y no sólo política. Para liberarse de la pobreza. Liberarse del analfabetismo. A través de la educación el pueblo pude tomar control de sus vidas”, reivindicó ante un Palau de Congressosestático. Ya por la mañana había insistido en el hecho de que “la libertad nunca se regala, hay que luchar por ella”, apuntando a que las principales causas de la falta de libertades en África han sido consecuencia de las relaciones de poder establecidas después de la colonización y la laxitud de los gobiernos africanos a su respecto.

Graça Machel entrado a la rueda de prensa junto a Xavier Aldekoa. Imagen de Gemma Solés.

Graça Machel entrado a la rueda de prensa junto a Xavier Aldekoa. Imagen de Gemma Solés.

Como era de esperar, no perdió la oportunidad para dirigir el discurso hacia las mujeres, que representan dos tercios del total del analfabetismo en el mundo y que son uno de los focos principales de su organización, Graça Machel Trust. “Educar a una mujer y facilitar su independencia financiera, puede generar una transformación muy importante en su familia, su comunidad y su nación. La educación y las mujeres tienen para mí un vínculo natural en la lucha por la emancipación social y creo que hay que acabar con los obstáculos estructurales que impiden a las mujeres llegar a los puestos más elevados de poder”, manifestó la experta del Panel de Alto Nivel para la Agenda de Desarrollo Post 2015. Además, en un continente que, según Unicef, podría alcanzar los 1.000 millones de menores de dieciocho años en 2050, la que fuera presidenta de la Comisión de Estudios de las Naciones Unidas sobre el Impacto de los Conflictos Armados en la Infancia, quiso subrayar la necesidad de dedicar esfuerzos a este colectivo.

Graça Machel habló de datos positivos sobre África y su juventud. Haciendo una crítica al afropesimismo que impera en los medios de comunicación, insistió en los enormes avances del continente en la última década, y puso énfasis tanto en los actuales derechos democráticos como en los avances tecnológicos. “Por supuesto que África aún tiene muchos desafíos que afrontar. Hoy te puedes encontrar países como Somalia o Burundi, con problemas muy complejos. Siguen muriendo personas y tenemos que proteger cada una de sus vidas, por supuesto. Pero África son 54 países. Hoy,siete de las diez economías que más están creciendo en el mundo están en el continente. Sin embargo, las narrativas más pesimistas esconden toda esa otra realidad”, insistió la fundadora de laFundación para el desarrollo de la comunidad de Mozambique.

“Por favor, respetad la dignidad humana que nos hace iguales. No tengáis miedo de la diferencia. Las diferencias nos enriquecen. Y nunca hagáis la vista gorda ante ningún tipo de injusticia social”, pedía a los gerundenses antes de abandonar la palestra acompañada por un afable y cómplice Aldekoa, que le cogía la mano para alejarse ante la ovación del público.

¿Están, por fin, los escritores africanos conquistando su espacio?

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Imagen de los finalistas de la presente edición de The Man Booker International Prize

Quizá sólo sea una sensación o quizá tengamos tantas ganas de que ocurra que hacemos una interpretación intencionada, pero algunos indicios nos hacen pensar que, después de décadas de menosprecio, los escritores africanos están conquistando el espacio que les corresponde. Hemos visto a autores como Chimamanda Ngozi Adichie o Binyavanga Wainaina aparecer en listas de los mejores libros del año o de las personas más influyentes. Hemos visto también a escritores africanos como el fallecido Chinua Acheve o, más recientemente, Ngũgĩ wa Thiong’o aparecer en las quinielas del Premio Nobel de Literatura. El último de estos indicios acaba de hacerse público, es la lista de finalistas de uno de los premios literarios más prestigiosos del mundo, el Man Booker International Prize 2015. Esta lista, formada por diez autores, incluye cuatro africanos y, más concretamente, tres de África subsahariana y uno de África del Norte.

Es cierto que los responsables de este premio, que cuenta seis ediciones, no se caracterizan por arriesgarse especialmente en sus nominaciones y que apuestan habitualmente por carreras consolidadas. En esta última lista de nominados aparecen dos de las figuras más incuestionables de la literatura contemporánea africana, el mozambiqueño Mia Couto y el congoleño Alain Mabanckou. El tercer nombre de África Subsahariana que aparece en la lista es quizá algo menos conocido. Se trata de la sudafricana Marlene Van Niekerk.

De hecho en la historia del premio y hasta la presente edición, sólo dos autores africanos habían sido seleccionadas como finalistas y sus nombres no resultan nada sorprendentes. Se trata del nigeriano Chinua Acheve, en 2007, y el keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, en 2009. Precisamente, Acheve consiguió ganar este premio.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Arriba a la izquierda, Alain Mabanckou; a la derecha, Marlene van Niekerk; abajo a la izquierda, Mia Couto; y a la derecha, completando el cuarteto africano, el libio Ibrahim al-Koni.

Curiosamente los autores seleccionados escriben en lenguas diferentes. Mia Couto, lo hace habitualmente en portugués; Mabanckou, en francés; y Marlene Van Niekerk, en afrikáans. Este último dato, resulta también importante, la autora sudafricana escribe en una de las lenguas nacionales africanas y, a pesar de ello ha sido seleccionada para un premió internacional del calado del Man Booker International Prize. Aunque no hay que obviar que prácticamente todas sus obras han sido traducidas al inglés y Triomf, la novela que le dio una mayor popularidad, fue también llevada al cine.

En la presentación de la lista de finalistas ha tenido un especial protagonismo la cuestión de la diversidad. La presidenta del jurado, Marina Warner, en su comparecencia oficial hizo declaraciones como que “los escritores seleccionados ofrecen una extraordinaria variedad de experiencias” o que “la ficción puede ensancharnos el mundo a todos”. Precisamente esta última idea es la que lleva a reclamar el reconocimiento de los escritores africanos, porque si la literatura ayuda a ampliar los horizontes, no se pueden obviar las producciones de un importante porcentaje de la población mundial y de una literatura que además aporta una visión muy particular.

Se ha destacado en todos los ámbitos que seis de los escritores que aparecen en la lista de finalistas pertenecen a países que nunca antes habían tenido representantes en esta fase final premio. Lo que pone de manifiesto que los responsables del premio han hecho un esfuerzo por abrir sus propios horizontes. Por primera vez, además no hay dos aspirantes de la misma nacionalidad. Y The Guardian, por ejemplo, destacaba que escritores de renombre mundial, como Karl Ove Knausgaard y Haruki Murakami habían quedado fuera de la lista, lo que avala la importancia del premio.

La lista se anunció recientemente en la localidad sudafricana de Ciudad del Cabo y el nombre del autor ganador se anunciará el 19 de mayo en Londres. El escritor que finalmente se haga con el premio será galardonado con 60.000 libras. En todo caso, sea o no uno de los tres creadores de África Subsahariana el que aparezca en el anuncio definitivo, la literatura africana ha dado, sin duda, un nuevo paso hacia la normalización de su reconocimiento.

Cine lusófono en África (II): Los orígenes en Mozambique

Fotograma de la película "Tierra sonámbula" dirigida por Teresa Prata y basada en la novela con el mismo nombre del escritor mozambicano Mia Couto.

Fotograma de la película “Tierra sonámbula” dirigida por Teresa Prata y basada en la novela con el mismo nombre del escritor mozambicano Mia Couto.

Mozambique: Filmar al pueblo para devolverle sus imágenes

El primer acto cultural del gobierno de Mozambique tras la independencia en 1975 fue la creación del Instituto Nacional de Cine (INC). El nuevo presidente Samora Machel tenía una fuerte conciencia del poder de la imagen, y comprendió que tenía que usar este poder para construir una nación socialista. El objetivo del INC era filmar el pueblo para entregar estas imágenes de nuevo a la gente.

Es importante reconocer que al menos en tres niveles, la historia del cine en Mozambique tiene una especificidad nacional. Los momentos históricos más antiguos de la aparición del cine en Europa y América del Norte en las primeras décadas del siglo XX son de relevancia limitada en Mozambique donde la radio fue el medio preferido de comunicación para el estado colonial. En segundo lugar, el surgimiento de la producción cinematográfica en Mozambique coincidió con un redescubrimiento internacional y la revitalización del medio en los años 1960 y 1970 que afectó profundamente a las agendas establecidas por los cineastas coloniales y post-coloniales. En tercer lugar, la televisión, que transformó radicalmente la popularidad del cine a escala internacional, ha tenido poco que ver con la historia del séptimo arte en Mozambique, siendo (provisionalmente) introducida sólo en la década de 1980 y en las ciudades más grandes del país.

En una rara convergencia de talento, Ruy Guerra (Cinema novo), Jean Rouch (Cinema Verite) y Jean-Luc Godard (Nouvelle vague) coincidieron en la producción de cine de Mozambique en el año 1978 en un proyecto que pretendía dotar de un mayor grado de distinción y especificidad al cine mozambiqueño y a sus orígenes. Según Marcus Power, entre 1975 y 1979 alrededor del 75% de las películas proyectadas en Mozambique se hicieron en países socialistas como la URSS, Bulgaria, Alemania Oriental, Yugoslavia o Cuba.

Pero sin duda, el nacimiento del cine en Mozambique va ligado a Kuxa Kanema, una serie documental producida por el INC desde 1978 hasta 1986. Sin embargo, un incendio en 1991 destruyó una gran parte del archivo fílmico. En el documental de Margarida Cardoso realizado en 2004 y titulado Kuxa Kanema: o nascimento do cinema, la directora cuenta la historia del Instituto Nacional de Cine (INC), de sus producciones y de las personas que trabajaban allí trazando la historia de la joven nación africana. Afortunadamente, se guardan los archivos de miles de latas con imágenes que representan el único testigo de los primeros once años de independencia; los años de la revolución socialista.

Los dramáticos cambios tecnológicos, económicos y regulatorios en las tres últimas décadas en el país han creado un nuevo paisaje mediático global, con importantes implicaciones para las relaciones entre las industrias de los medios globales y nacionales, para los organismos de radiodifusión de servicio público y sus múltiples roles en la vida pública y cultural nacional. Ejemplo de renovación del cine es el festival de documentales Dockanema, celebrado cada dos años desde el 2006 y dirigido por Pedro Pimenta. La cita de este año tendría que ser para septiembre pero según informaba el propio director no tendrá lugar en 2014. Otro de los ejemplos es la II semana de cine de Maputo dirigida por João Ribeiro, director del Último vuelo del flamenco (2010), y que se encuetran preparando su tercera edición para abril de 2015.

Cine lusófono en África (I): breve repaso de una lucha por la imagen

Imagen de la película "El gran Kilapi”, del realizador angolano Zezé Gamboa.

Imagen de la película “El gran Kilapi”, del realizador angolano Zezé Gamboa.

No tuvo la sensación de despertar sino de estallar frente a la gran pantalla. La independencia de los países bajo ocupación portuguesa en África (Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde) llegó tarde y su cine podría compararse en algunos aspectos al que tuvo lugar en Argelia durante la guerra de liberación iniciada por los nacionalistas argelinos en contra del opresor y colonizador francés. La lucha en la lusofonía africana por romper las cadenas del imperialismo permitió descubrir el cine como un arma al servicio de la revolución. Un cine nacido de la guerra y en guerra. Todo lo que había que hacer era grabar…

La Revolución de los Claveles (1974) tuvo una repercusión inmediata en el África de habla portuguesa: un brillo duro de aspecto esperanzador. Por un lado, el desmantelamiento de las estructuras socioeconómicas y administrativas y, por otro, el cambio en las relaciones desiguales y viciadas entre blancos y negros, lo que provocó la necesidad de ofrecer una nueva imagen de sí mismos. Especialmente en Angola y Mozambique esta conciencia de recolonizar las imágenes se hizo más evidente. Los dos países, sin tregua alguna y con un futuro infinito, utilizaron el documental, como ya emplearan los propios militares portugueses en los años 50, para mostrar a las nuevas naciones un espejo donde mirarse.

En Mozambique, por ejemplo, el gobierno de Samoral Machel se esforzó especialmente en crear el Instituto Nacional de Cine (INC), que se convertiría en el instrumento de actuación para la eliminación total de cualquier atisbo del colonialismo y para educar, movilizar y organizar a los mozambiqueños. Según sus propias palabras: “Ponemos la formación, la educación y la cultura principalmente al servicio de las grandes masas oprimidas y humilladas por el sistema de explotación colonial y capitalista. La sangre de nuestro pueblo no fue derramada sólo para liberar nuestra tierra de su dominio por parte de extranjeros, sino también para volver a conquistar una personalidad de Mozambique, para crear una nueva mentalidad, una nueva sociedad”[1]. El segundo acto de Machel sería la proyección diaria del programa de 10 minutos Kuxa Kanema que literalmente significa “el nacimiento del cine”, y que serviría para tomar la fotografía de la gente y devolvérsela al pueblo.

Se podría resumir en tres grandes etapas la aparición del cine en los países de habla portuguesa en África. En un primer momento el cine nacional no existía como tal aunque había varias iniciativas de pequeñas salas de exhibición propiedad de alguna familia adinerada de Cabo Verde. Estas películas eran en su mayoría producciones realizadas bajo el sello de Hollywood y también representaciones de operetas de los teatros franceses e italianos.

El segundo momento se enmarca durante el período de las independencias y la búsqueda usurpada de la unidad nacional, donde los líderes de la lucha anti-colonial, como Agostinho Neto o Samora Machel, favorecieron la construcción de la imagen con el fin de construir una nueva sociedad. El documental y el reportaje fueron las principales herramientas para crear esta conciencia. En este sentido, el teatro socialista produjo mensajes con fines educativos precisamente, uno de los pilares que subrayara el senegalés Ousmane Sembène en la década de los sesenta: “¿Por qué el realizador debe desempeñar semejante papel? Porque, como muchos artistas, es quizás más sensible que otras personas. Los artistas conocen la magia de las palabras, de los sonidos, de los colores, y utilizan estos elementos para ilustrar lo que los demás piensan y sienten. El realizador no debe vivir recluido en su torre de marfil; tiene una función concreta que desempeñar”[2].

Es interesante destacar en esta etapa el proyecto en el que participó el francés Jean-Luc Godard en Mozambique junto a Ruy Guerra y Jean Rouch porque revela la posibilidad de crear una conciencia a través de la exposición a una imagen fija. Sin embargo, las producciones de películas se irán desvaneciendo gradualmente y las salas de cine quedándose vacías.

La tercera etapa está, sin duda, unida a la anterior. La independencia había llegado en un momento en el que los gustos de las audiencias estaban modelados a los esquemas occidentales, el proceso de la distribución monopolizado en unas pocas manos y en la década de los 2000 el apoyo estatal se había difuminado. Este panorama motivó a los realizadores a buscar apoyo en países de habla portuguesa como Brasil y en coproducciones de ámbito internacional. Es ahora, la sociedad civil, la que lidera la defensa del arte y son los propios profesionales, especialmente las nuevas generaciones, los que crean redes de colaboración nacionales o regionales, organizan seminarios de formación y establecen sus propios festivales.

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[1] S. MACHEL, Declaramos Guerra ao Inimigo interno, Maputo, INLD, 1980 : 23.

[2] Françoise Pfaff. “Ousmane Sembène, el clásico de los clásicos”. África negra rueda. Nosferatu, Donostia Kultura, abril 1999, p.59.

Añadiendo mundos al mundo: el espejo del realismo mágico africano *

Artículo escrito por Sonia Fernández Quincoces: Licenciada en Derecho (UPV-EHU). Aficionada a la lectura, en la actualidad tiene un blog de Literaturas africanas (LitERaFRicA), que comenzó al comprobar el vacío de información que existía sobre las letras africanas y con el que ha descubierto que se estaba perdiendo un océano de buena literatura.

* “Añadir mundos al mundo” es una expresión prestada del escritor Sony Labou Tansi.

Obra de Muluken Debebe (Metherara, Etiopía 1978). Fuente: http://www.artofethiopia.com

Obra de Muluken Debebe (Metherara, Etiopía 1978). Fuente: www.artofethiopia.com

Junto al “realismo mágico” suelen aparecer, al menos, tres medio-verdades: una, que es un movimiento literario; dos, que lo creó Gabriel García Márquez y tres, que se circunscribe al mundo latinoamericano. Sin embargo, abarca más campos como la pintura o el cine; se le ha asignado otros padres aunque sea García Márquez el máximo exponente en el ámbito literario, y aparece en otras geografías además de, por supuesto, en Latinoamérica.

Desde el continente africano, Alain Mabanckou en su obra “Memorias de puercoespín”, nos hace conocedores de una tradición popular según la cual cada ser humano posee su doble animal, creencia que forma parte de la realidad de los congoleños. Si la realidad es la base del “realismo mágico”, Mabanckou no fabula sino que transmite la realidad que él percibe, algo que se vive como tal por un grupo de personas. En la mencionada novela, a través de un recorrido literario, va señalando en otras obras la aparición de dobles animales: buenos, en el caso del gallo de “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez, o nocivos, en el del pez de “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, dando a entender que lo narrado no se ciñe a su país sino que se extiende por otros continentes. Otro ejemplo lo tenemos en el geco (o lagartija), doble animal del protagonista de la novela “El vendedor de pasados” del angoleño José Eduardo Agualusa. Lo que creo que intenta demostrar Mabanckou es que el “realismo mágico” es universal y que existe incluso antes de plasmarse en ninguna obra literaria, ya que describe una realidad a la que nosotros no estamos acostumbrados.

Obra de Mezgebu Teseba (Enewary, Etiopía 1960). Fuente: http://www.artofethiopia.com/

Obra de Mezgebu Teseba (Enewary, Etiopía 1960). Fuente: www.artofethiopia.com

En este sentido, Mia Couto afirma: “África está lleno de Macondos, de pueblos así, como el de Gabo (…) en Mozambique no es que se viva puro realismo mágico. Es que es  realismo real” [1]; y completando lo anterior, asevera: “En Mozambique, lo que no se ve es más importante que lo que se ve” [2]. De igual manera, José Eduardo Agualusa comenta: “En África, la realidad supera a la ficción. Hace unos años leí en un diario una noticia que hablaba de un hombre que había sido embrujado y al que le empezó a manar agua del cuerpo. La casa se llenó de agua y barro hasta que el hombre se transformó en un charco” [3]. Ben Okri, otro escritor al que se asocia con esta corriente literaria, dice: “Que la gente compare mis libros con los de García Márquez se debe a que tenemos esa percepción similar que no es occidental. El realismo mágico es un lugar transformado por la conciencia. Don Quijote es realismo mágico. En realidad, es una especie de Génesis. Es la conciencia que construye el paisaje por primera vez” [4].

En el continente africano, como hemos visto, también han surgido libros que se han relacionado con esta corriente literaria. En mi opinión poner etiquetas facilita el reconocimiento, pero empequeñece la diversidad. Me resulta difícil identificar en todas las obras africanas calificadas como “realismo mágico”, los detalles que las señalan como tal. A veces veo una mágica realidad, otras veces un realismo fantástico y otras pura fantasía. En algunas obras se da también la confluencia de los tres elementos y en otras apenas hay unas pinceladas. Crónicas abisinias de Moses Isegawa, El brujo y el cuervo de Ngũgĩ wa Thiong’o  y Tierra sonámbula de Mia Couto se suelen englobar bajo este término.

 “Girls with Flower”, de Getahun Assefa (Addis Abeba, Etiopía 1967). Fuente: http://www.getahun.com/

“Girls with Flower”, de Getahun Assefa (Addis Abeba, Etiopía 1967). Fuente: www.getahun.com

Cubierta de Crónicas Abisinias

Cubierta de Crónicas Abisinias

Considerado uno de los exponentes del “realismo mágico” africano (junto con Sony Labou Tansi o Zakes Mda, entre otros) y reconociéndose como tal, Moses Isegawa afirma: “El realismo mágico de García Márquez encuentra grandes correspondencias en África. En Uganda también escuchas historias tan fantásticas como las que cuenta García Márquez. De hecho, las vives diariamente (…) Cien años de soledad me sirvió de modelo para escribir mi novela” [5].

En su novela Crónicas abisinias Mugesi, el protagonista, hijo de madre profundamente católica, va describiendo aspectos de la vida social, religiosos, políticos, económicos y culturales. Y lo hace desde la narración de historias imaginadas, plenas de personajes que nos arrastran y nos ensueñan. El niño que ha de ocuparse de sus hermanos menores, bajo la situación de poder, tratada a veces con humor y a veces con espanto, de unos padres que  Mugesi no duda en calificar como “déspotas” y cuya imaginación es alimentada por las historias que cuenta el tío Kawayida, crecerá sin pelos en la lengua, contándonos sus travesuras, sus pequeñas venganzas, su despertar sexual, su enamoramiento más profundo y sin salida, su propia pesadilla, sus logros como hombre de negocios y su contacto con la guerrilla.

Podemos tomar Crónicas abisinias como la descripción de la infancia, adolescencia y madurez de un ugandés de familia humilde, que nace con la independencia de su país. Sin embargo, el mayor logro de esta obra es mostrarnos lo que ocurrió en Uganda en la segunda mitad del siglo XX, a través de un recorrido vital escrito de manera minuciosa sin que decaiga el interés, de manera clara. No se trata de una novela autobiográfica, pero hay mucho en los rasgos de su protagonista, Mugesi, en común con los del escritor.

Cubierta de El brujo del cuervo

Cubierta de El brujo del cuervo

Ngũgĩ wa Thiong’o es el autor de El brujo del Cuervo. Escrita en origen en lengua kikuyu o gikuyu, esta extensa novela de más de setecientas páginas, nos ofrece un penetrante análisis de la realidad poscolonial de una imaginaria República Libre de Aburĩria.

Un dictador, aupado gracias a una nube de seguidores, que son capaces de someterse a diversas operaciones de cirugía estética para llegar a ser su boca, sus ojos, su nariz y sus oídos, y que le mantienen en su estatus de “dios”.  Un proyecto delirante, “Camino al Cielo” que no es sino una altísima torre, que va a financiar el Banco Mundial, a la que  mediante una nave espacial, se elevará al soberano hasta tocar (cómo no) el cielo. Un pueblo tiranizado, pero no sometido, que hace interminables colas para conseguir trabajo. Una pareja mágica, que acaba convertida en el centro de los deseos de todos los que necesitan que la realidad sea diferente, empujándoles a mutarse en las dos caras de este brujo del cuervo.

Esta novela posee en su interior una especie de conjuro que hace que toda la historia arrastre, conmueva, divierta, entristezca, asombre y provoque que, en nuestras bocas, tan pronto aparezca la sonrisa como se nos hiele la comisura. Brillante en su escritura, Ngũgĩ nos traslada a una Aburĩria imaginada (pero a la que pronto podemos identificar) y poscolonial en la que los sucesivos gobernantes parecen ser siempre los mismos bajo diferentes disfraces. En la que la fuerza atronadora de un pueblo, que se levanta una y otra vez contra la barbarie y el despotismo, contra la corrupción y la negación hasta de los propios orígenes, es descrita con un lenguaje original, imaginativo y mágico, digno heredero de la tradición oral del continente.

Cubierta de Tierra sonámbula

Cubierta de Tierra sonámbula

La tercera novela es Tierra sonámbula de Mia Couto. Se inicia con la llegada a un machimbombo (autobús) quemado de dos seres que parecen venir de la nada (en plena guerra de Mozambique),  del lugar donde han sido despojados de todo, en un momento en el que “parecía que todas las sombras habían caído sobre el mundo”. Los camineros, en este caso, son el crío Muidinga, abandonado a su suerte  y el viejo Tuhair que lo ha acogido bajo su protección. Entre los restos del esqueleto quemado del vehículo encontrarán una maleta con los papeles que alguien ha abandonado; son los Diarios de Kindzu y, gracias a ellos, ambos pasarán las noches repasando aquellas vidas ajenas que reviven al ser leídas y les hacen huir de la realidad maldita que les rodea y de la que ya ni se asombran.

El texto sume al lector en un estado de  sonambulismo o incertidumbre; lo real aparece rodeado del mundo de los sueños o de los muertos, que se entrecruzan con naturalidad, como parte de la misma. Sus personajes pertenecen a esta categoría: el niño Junhito al que disfrazan de pollo para poder salvarle la vida y acaba desapareciendo, conservando quizás su forma animal, allí donde quiera que se encuentre; o Siqueleto cuyo máximo afán es hacer manar ríos, son dos ejemplos de los muchos que abundan en la obra.

“Tierra sonámbula” produce la sensación de hacernos entender que, a pesar de los pesares, el ser humano tiene resortes para continuar hacia delante, a través de la fuerza y la dignidad que transmiten sus personajes. Quizás sea que propone la lectura como vía para sobrevivir, para continuar, para reencontrarnos a nosotros mismos, para sentir que formamos parte de una cadena subterránea y que, a través de los libros, los sueños, lo real o lo mágico, se puede seguir avanzando, huyendo del árido y terrorífico presente, como el crío soñador, como el viejo prodigioso, con toda su humanidad intacta.

Dejo en vuestras manos el que las califiquéis como “realismo mágico”, “real maravilloso” o “mágica realidad”. En mi opinión esto es lo de menos, lo de más es garantizarse una buena lectura. Que esta nos muestre lo irreal o extraño, para nosotros, como algo cotidiano o normal, para otros, nos agranda y enriquece, al tiempo que nos ayuda a entender que fuera de nuestra manera de concebir la realidad hay más mundos, tan reales como los nuestros, solo tenemos que decidirnos y mirar a través de otros espejos.

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Crónicas abisinias, Mosés Isegawa – Ediciones B, S.A., 2000. Traducción de Luis Ogg.

El brujo del cuervo, Ngũgĩ wa Thiong’o – Editorial Alfaguara-Santillana, 2008. Traducción de Susana Rodríguez-Vida.

Tierra sonámbula, Mia Couto – Editorial Santillana, S.A-Alfaguara, 1998. Traducción de Eduardo Naval.

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Notas:

[1] “Mia Couto: África está lleno de Macondos, de pueblos así, como el de Gabo” 29/04/2013. Afribuku, Sandra Quiroz [Castellano] http://www.afribuku.com/miacouto/

[2] “Mia Couto: En África no es que se viva un realismo mágico, es realismo real” 30/09/2013. El País,  Lola Huete Machado [Castellano] http://elpais.com/elpais/2013/09/27/eps/1380282368_900161.html

[3]“Los escritores africanos Couto y Agualusa presentan dos novelas marcadas por la guerra” 25/04/2002. El País, Xabier Moret [Castellano]  http://elpais.com/diario/2002/04/25/cultura/1019685606_850215.html

Couto explicó el caso de un hombre que había afirmado que podía volar desde Isla Mozambique hasta La Meca. La plaza del pueblo se llenó ante el anuncio. El hombre, sin embargo, suspendió el vuelo a última hora alegando problemas técnicos, lo que provocó importantes disturbios

[4]”La voz de África” 29/12/2007. El País, Guillermo Altares [Castellano]  http://elpais.com/diario/2007/12/29/babelia/1198889418_850215.html

[5]”A la Feria del Libro de Bogotá llega el hombre que escribió el testamento de África del Sur”. Agencia de noticias literarias. com, Pablo Gamez [Castellano] http://www.noticiasliterarias.com/articulos_literarios/articulos%20literarios%2012.htm