Entradas

Bobi Wine, ¿de músico a presidente de Uganda?

Tras su detención en dudosas circunstancias y la brutalidad policial sufrida durante su encarcelamiento el pasado mes de agosto, la viral reacción en redes sociales con el hashtag #FreeBobiWine lanzó masivamente a la juventud ugandesa a las calles de la capital, Kampala, para exigir la liberación del autodenominado “presidente del gueto”, Robert Kyagulanyi Ssentamu, más conocido hoy como Bobi Wine. Más de 80 políticos, activistas y artistas de todo el mundo, incluidos el Nobel de literatura nigeriano Wole Soyinka, el músico nigeriano Femi Kuti, el activista y candidato presidencial keniano Boniface Mwangi o el movimiento congoleño LUCHA, han mostrado ya su apoyo a Wine firmando una declaración de condena al ataque contra este músico y activista de 36 años, que podría convertirse en el próximo presidente de Uganda. 

A pesar de que su carrera musical saltó a la fama con canciones de amor y de baile, en 2017 Bobi Wine —originario de Kamwookya, un barrio popular de Kampala—, lanzó su canción Freedom, un auténtico grito de guerra contra el gobierno de Uganda y su presidente desde 1986, Yoweri Museveni —el tercer presidente africano que más tiempo lleva en el poder—. En julio del mismo año, Wine fue elegido para el Parlamento del país como independiente. Y así empezaría lo que para Museveni puede ser su definitivo obituario político, puesto que nunca antes había tenido una voz disidente tan influyente entre la juventud del país —que tiene la población más joven del mundo, con un 77% de ugandeses por debajo de los 30 años de edad—.

Sin embargo, el músico no lo tendrá fácil.

Desde mediados de agosto de 2018, Bobi Wine ha sufrido la persecución del gobierno ugandés, después de un presunto ataque al convoy del presidente Yoweri Museveni en un mitin electoral en Arua, donde apoyaban a candidatos opuestos. Los hechos provocaron que el músico fuera arrestado dos veces y torturado estando bajo custodia militar. Al poco, el conductor de Wine fue asesinado a tiros por las fuerzas ugandesas y 32 líderes de la oposición también han sido arrestados acusados de traición. Además, durante las manifestaciones para exigir la libertad de los presos políticos, las fuerzas policiales arrestaron a docenas de personas y dispersaron las concentraciones con gases lacrimógenos y balas. Asociaciones como Human Rights Watch o la Comisión de Derechos Humanos de Uganda ya han denunciado en varias ocasiones la vulneración de los derechos humanos en Uganda.

Tras el alcance de las campañas globales pro-Wine, el presidente Museveni se vio obligado a dejarlo salir del país para recibir tratamiento médico en Estados Unidos, donde ha hecho campaña para pedir a Trump que deje de financiar a Uganda —uno de sus aliados clave en África—. A la vez, su caso trascendió a Reino Unido y Europa. Pero decidió volver a su hogar y ha rehusado el asilo político, para seguir luchando desde suelo ugandés, donde se encuentran sus hijos.

Imagen de la CNN.

Este mes, Wine, quién aún necesita un bastón para andar después de las recurrentes palizas sufridas por la policía del presidente, junto a otros más de 30 acusados, tenía que ser juzgado por traición. De ser condenado, podría enfrentar la pena de muerte. Sin embargo, la Corte ugandesa ha aplazado la vista hasta el próximo 3 de diciembre, después de que los fiscales estatales solicitaran más tiempo para la investigación del caso.  

En esta entrevista en español para France24, Bobi Wine explica como ha pasado de ser uno de los músicos más famosos de Uganda a convertirse en un activista decidido a hacer realidad la tan anhelada regeneración política de Uganda. 

Neema: “Las mujeres negras en particular están insuficientemente representadas en el arte”

Hace dos veranos Neema Iyer cogió una tableta que encontró en el apartamento de su hermano y empezó a dibujar. Para finales de 2016 ya tenía una cuenta en Instagram dedicada exclusivamente a sus ilustraciones inspiradas en, dice la autora de la imagen de la séptima temporada de Wiriko, “cosas que veo a mi alrededor, muchas de las plantas que aparecen en mi obra son de alrededor de mi casa”.

Los trabajos de esta nigeriana nacida en Lagos y residente en Kampala, Uganda, derrochan dinamismo, alegría de vivir y colorido sobre un fondo que, sin embargo, suele mostrarse en blanco, como la mayoría de mujeres negras que dibuja. “Sentí que las mujeres negras en particular están insuficientemente representadas en el arte. Soy parte de África y de niña la gente trató de hacerme sentir vergüenza por mi piel oscura, aunque nunca dejé que esto me afectara. Sin embargo, hay tantos medios de comunicación y pensamientos culturales que son negativos hacia la piel oscura que trato de plasmar a las bellas mujeres negras en las redes sociales y emparejar este imaginario con algún tipo de vegetación, añadir un poco de tela kitenge o ankara y añadirles mi sello, un círculo”, explica Neema a Wiriko.

Uno de esos pensamientos negativos de los que habla lo experimentó en carne propia a través de una de sus piezas, la que recibe el nombre de ‘La virgen’. “Todas mis musas son mujeres negras pero yo sólo coloreé al bebé que sostiene y mucha gente tuvo un problema con el concepto. ¿Por qué hay una mujer blanca con un bebé negro?, se preguntaban. Yo tengo muchos amigos con matrimonios de raza mixta, y yo estoy en uno también, y soy un producto de ello. La gente siempre hace comentarios sobre sus bebés, la gente solía preguntar a mi madre quién era yo cuando estábamos juntas. Hay mucha insensibilidad con este tema”, manifiesta.

‘La virgen’, ilustración de Neema Iyer

Ante la imagen monocroma que se difunde del continente en general y de las mujeres africanas en particular, a menudo representadas golpeando ñames, cargando vasijas o con niños a la espalda, esta ilustradora incipiente vio en la red social Instagram una ventana para abrir al mundo su visión de África. “Quiero mostrar más de lo que las diferentes partes del continente ofrecen. Su vitalidad, su encanto,… Quiero que esto esté disponible para las personas que están lejos de aquí, ya sea en la Alabama rural o en una isla en el Océano Pacífico. Y esto puedo conseguirlo a través de las redes sociales, donde la gente responde dando ‘Me gusta’ a las imágenes. Esto hace que sienta que de alguna forma he contribuido a un intercambio cultural y social”, señala.

Ahora Neema compagina su labor al frente de la compañía cívico-tecnológica Pollicy con su actividad artística impulsada vía Internet, desde donde ha dado el salto a la pintura en lienzo. “Me han invitado a hacer piezas de arte físicas bajo la tutela de algunos artistas aquí en Kampala. En mayo participé en el Festival de las Artes La Ba!  para crear un mural colaborativo en el que los asistentes pudieron pintar”, comenta emocionada para continuar explicando que en junio tuvo su primera exposición individual a la que “asistieron más de cien personas y todas las piezas se vendieron. Trato de mantener los precios bajos para que sea accesible para la mayoría de la gente”.

En este sentido, la ilustradora se lamenta de que “en Uganda muchos piensan que el arte es algo para la gente de la élite o la gente rica. No llega a otras comunidades y hay poco arte urbano”. Sin embargo, tal y como relata, “durante el Festival de las Artes La Ba! tuve la oportunidad de ver a la gente coger pinceles por primera vez y pasar un buen rato”. De ahí que su próximo proyecto, tal y como adelanta a Wiriko, sea “crear murales colectivos con un propósito social en las comunidades alrededor de Kampala”.

De su futuro como ilustradora confiesa que “pensar en dedicarme al arte a tiempo completo es un poco aterrador, pero es sin duda un sueño que al que aspiro”. Por ello, por lo pronto espera ser capaz de combinar su trabajo en la tecnología, el compromiso cívico y la creación artística. Al fin y al cabo, esta última ocupación es su salida de escape ante la hartura que siente sobre la proyección que aún pesa sobre el continente: “Es tan cansado escuchar a gente hablar sobre África como una entidad homogénea cuando hay tantas culturas y tradiciones diferentes. Tantas que ni siquiera yo las conozco todas, me queda mucho por aprender”.

Kalabanda: el otro futuro animado de Uganda

 

El salto karateka hace unos días de un diputado ugandés en el Parlamento permanecerá largo tiempo en la retina. Ruido, gritos y puños circulando por las cabeceras de los principales medios de comunicación internacionales. De la mesa, y tras girar sobre sí mismo, este diputado se abalanzó cual salto del tigre para explicarle a mamporrazos a otros de sus homólogos cómo se tenían que resolver las cuestiones serias. ¿El asunto? Un debate sobre un proyecto de ley para enmendar algunos puntos de la Constitución. Entre otras disposiciones se pretende eliminar el límite de edad para los candidatos presidenciales. La pelea estalló y este vídeo muestra la intensidad. Así que Museveni (que en febrero de 2016 cumplió sus 30 años en el poder) hizo lo que mejor sabe: prohibió la cobertura en directo de las sesiones del Parlamento así como las protestas sobre el tema. Las cifras del afrobarómetro muestran que los ugandeses abrumadoramente  con un 75% aprueban el límite de edad. La profesora Kim Yi Dionne lo explicaba en el diario The Washington Post.

Este es el foco grande, una gran narrativa que invisibiliza otras historias llenas de luz como la nueva cosecha de animadores y dibujantes en África que no escatima esfuerzos para poner el continente en el mapa cuando se trata de hablar de animación. Desde Ghana, Nigeria, Kenia y Sudáfrica, los animadores están demostrando que no necesitan confiar en contenido externo (léase europeo o estadounidense) para el entretenimiento y la educación. Y aquí es donde entra en escena este país. Un estudio de animación ugandés también se ha unido a la lista. Creatures Animation Studio está preparado para lanzar su primer cortometraje de animación de 6 minutos. El cortometraje A kalabanda Ate My Homework narra el desencuentro de un niño con un kalabanda (una criatura mítica que persigue a los niños en las escuelas de Uganda) trayendo un toque ridículo a la excusa –que de alguna forma todos los estudiantes han utilizado alguna vez– de que el perro se comió mi tarea.

La historia es la de Tendo, un alumno que se presenta en clase un día sin los deberes hechos. El error de bulto llega cuando dice que el problema es que un kalabanda se los comió. ¿Quién creería una excusa como esta? ¿Cómo revelará Tendo su historia? ¿Existe realmente este monstruo? El 18 de diciembre se estrenará en Uganda.

 

La idea

Cuando Raymond Malinga decidió dejar su trabajo bien pagado en Malasia hace dos años y regresar a Uganda, sabía que no había vuelta atrás. Su sueño siempre había sido el de crear una empresa de animación que empleara a artistas locales y se centrara en hacer contenido local con el objetivo de exportar sus experiencias más allá de las fronteras ugandesas en nuevos y atractivos formatos. “Dejé mi trabajo en Malasia para volver y comenzar una compañía que desarrollara películas de animación ugandesas. Uganda, África del Este y África están bendecidos con una rica cultura, con experiencias e historias que tienen el potencial de traducirse en un entretenimiento impactante”, explica Raymond.

En 2015, comenzó Creatures Animations Studio, una empresa localizada en Kampala. El estudio emplea hoy a 8 animadores que han estado trabajando duro para producir su primer proyecto: A Kalabanda ate my homework (Un Kalabanda se comió mis deberes).

“El concepto original fue inspirado por esta criatura única en Uganda. Siento que esta singularidad ayuda a crear un valor para nuestro trabajo. Nuestra película se basa puramente en personajes locales en los que los ugandeses se podrán ver identificados, pero la idea intenta también presentar el concepto de manera accesible para cualquier persona que no sea de aquí”, explica Raymond. Detrás de los personajes se encuentran las voces de artistas como Martha ‘Kay’ Kagimba, los cómicos Patrick ‘Salvado’ Idringi y Omara Daniel, o la escritora infantil Faith Kisa.

 

 

Más allá de Kalabanda

El equipo planea crear muchos más proyectos animados para satisfacer las necesidades de contenido de los ugandeses. “Estamos planeando desarrollar programas de televisión animados y largometrajes en el futuro y estamos decididos a que se hagan reales”, subraya Raymond. Este empresario y desarrollador cree en el intercambio de conocimientos y experiencias y es por eso que está formando a más jóvenes para que se conviertan en animadores. Sí. El objetivo es potenciar este efecto multiplicador para que la industria de la animación en el país y la región crezca. “Pretendemos contratar a tantos animadores como nos sea posible. Es cierto que tenemos escuelas que enseñan el oficio de la animación, pero los estudiantes no tienen adónde ir después para hacer sus pinitos. Creatures Animation Studio se está posicionando como un destino para los aspirantes a animadores y como una plataforma de empleo relevante”.

The Salooni: “El cabello es una muestra de identidad pero se ha politizado”

Kampire Bahana, Darlyne Komukama, Aida Mbowa y Gloria Wavamunno son cuatro amigas con distintas pasiones culturales. Estas ugandesas se propusieron hacer un trabajo conjunto que les permitiera ir al Chale Wote Street Art Festival en Accra (Ghana) y el resultado fue The Salooni. El proyecto multicultural, nacido en Kampala, unifica teatro, fotografía y moda para profundizar en la historia y el contexto sociopolítico del cabello de las mujeres negras.

Las miembros del proyecto The Salooni / Foto: Darlyne Komukama

Las peluquerías tanto en el continente como en la diáspora son un refugio para la masculinidad negra. Desde el punto de vista femenino “los salones son lugares para la comunidad, de terapia y donde cabe la confidencialidad y la confesión. Sin embargo, no importa lo que hagas con tu pelo que siempre habrá alguien que te diga que está mal”, explica Kampire Bahana a Wiriko.

The Salooni se presentó la semana pasada en la sexta edición del festival Africa Utopia de Londres. El vestíbulo del Southbank Centre acogía el mercado habitual de años anteriores y entre ellas unas bellas imágenes, de colores vivos resaltaban entre las telas, prendas y distintos accesorios del continente. Tres de las cuatro integrantes del proyecto exponían su forma de hacer de las peluquerías un lugar libre de prejuicios. “Queremos expresar nuestra identidad sin temer ser juzgadas”, apunta Bahana.

El objetivo detrás de The Salooni es reivindicar un espacio para el cabello de las mujeres negras. El pelo como una forma de expresión. El proyecto exhibe unas poderosas fotografías de Darlyne Komukama donde el estilismo corre a cargo de Gloria Wavamunno. Las imágenes muestran el significado antropológico del cabello femenino en África gracias a unas escenas bucólicas donde la negritud femenina se revela contra el canon de belleza impuesto. “El problema se resuelve creando imágenes que muestren la diversidad de peinados y estilos que no case con la visión eurocéntrica”, dice Bahana.

“Llevar el pelo de una u otra forma debería ser sólo una forma de expresión aunque la realidad es bien distinta”, continúa la DJ y escritora. “Hay gente que ha tenido y tiene experiencias traumáticas por su pelo. El cabello es una muestra de identidad pero se ha politizado”.

Por eso las jóvenes apuestan por crear su propio salón de belleza en el que la conversación gire a favor de la libertad de hacer con el pelo lo que se quiera. The Salooni busca en el contexto histórico y revisa los tiempos del colonialismo donde “las mujeres mantuvieron la tradición de pasar de generación en generación los distintos trucos como una estrategia para sobrevivir a la sociedad que no acepta tu belleza”. Las consecuencias perduran hoy en día en todo el continente donde el cabello conserva ese rasgo político. En Uganda las niñas tienen que raparse la cabeza para asistir al colegio mientras que a las jóvenes occidentales o asiáticas se les permite llevar el pelo suelo. Un ejemplo que se repite en sucursales bancarias o en las instituciones públicas en el continente. “Todavía estamos en una resaca colonial”, dice Bahana.

Las imágenes que presenta el proyecto, junto con los consejos, peinados y estilos que se ofrecen de manera gratuita en sus exhibiciones, son un punto de encuentro para avivar el debate. The Salooni quiere desprenderse de los estereotipos y celebrar la vasta colección de estilos en África sin ningún reproche. En occidente, muchas jóvenes apuestan por peinados africanos en la actualidad. Una moda que Kampire Bahana no ve como una apropiación cultural, pero apunta: “En un mundo ideal cada uno puede hacer lo que quiera con su pelo, pero tienen que darse cuenta que todavía hay mujeres en el continente que sufren por llevar ese mismo peinado. El mismo estilo tiene consecuencias diferentes”.

Chain Fairies / Foto: Darlyne Komukama

En busca del duende africano

Diseño: Sebastián Ruiz.

*Artículo escrito por Maria Colom.

Nos encontramos en Kampala, en el Teatro Nacional de la capital ugandesa. Algunos jóvenes se han reunido allí para asistir a una clase especial y, a priori, algo lejana. Agnes Kamya quiere enseñar y transmitir un lenguaje que permita, a estos jóvenes curiosos, expresarse de una forma única, quiere enseñarles a bailar Flamenco. “De hecho, el poderoso sentido rítmico del Flamenco viene de los negros africanos, en lugar de los gitanos”. Con esta frase de Antonio y David Hurtado Torres, publicada en el libro y disco La llave de la música flamenca, empieza el proyecto audiovisual En busca del Duende africano – El proyecto del Flamenco en Uganda, de la directora Caroline Kamya.

Este proyecto nació de la mano de las hermanas ugandesas Agnes y Caroline Kamya. Tras descubrir el baile flamenco en el Reino Unido, donde estudiaba ingeniería, antropología y cine, y mientras escribía su tesis doctoral, Agnes decidió mudarse a Sevilla para poder seguir investigando y aprender más acerca de este arte. “Recuerdo que tomé mi primera clase de baile Flamenco en Londres. Entonces no tenía ni idea de que esa clase cambiaría mi vida. ¿Cómo podía yo, una mujer ugandesa, sentir una conexión tan fuerte con un baile típico español? Como antropóloga que soy, hice una primera investigación y encontré algo que me sorprendió: un elemento africano. Tuve que irme a España a investigar”, cuenta Agnes Kamya en En busca del Duende africano.

Y es que son muchas las evidencias que plantean dudas acerca del origen de la música y el baile flamencos, otorgado popularmente a los gitanos. ¿Y si hubieran sido los negros que llegaron de África a partir del siglo XVI mediante el comercio de esclavos, una de las mayores influencias de este arte? Esto se plantea en el documental Gurumbé, del cineasta español Miguel Ángel Rosales. Con el inicio del comercio de esclavos, la sociedad andaluza pasó a ser muy heterogénea, por lo que, según cuentan en el documental, es muy difícil determinar qué elementos de la cultura, la música y el baile son negros, gitanos o andaluces. Según afirma Raúl Rodríguez, músico y antropólogo cultural, para Wiriko, “el sistema rítmico flamenco está construido sobre una base mestiza con una fuerte influencia de las danzas que fueron traídas por los africanos esclavizados“.

Se han llevado a cabo algunos estudios que permiten apreciar una influencia y una relación directa entre las estructuras y la forma de la música flamenca con África. “Según lo que conozco, podemos encontrar varias líneas de conexión claras: el ritmo de la Zarabanda, derivado de las danzas africanas y expandido por ambas orillas atlánticas en el S. XVI (y que fue tan popular que llegó a prohibirse), parece ser el primero que condensó la célula rítmica de la “Hemiolia” sobre la que se asientan los compases de 12 tiempos que hoy tenemos en el Flamenco. Bulería, Soleá y Seguiriya pueden tener una relación directa con aquellas danzas, en un desarrollo mestizo y condensado en Andalucía durante cientos de años“, cuenta Raúl Rodríguez, y que pronto también publicará en su próximo libro-disco La raíz eléctrica. Pero este capítulo de la historia ha quedado silenciado porque siempre se ha considerado al negro como el otro y el esclavo.

Pero, “¿Qué pasa con el “duende”? ¿Puede una mujer negra africana tener duende? Me pregunté si sería capaz de destapar esta historia negra del Flamenco, si podría encontrar mi duende africano”. Con este objetivo, Agnes volvió a Uganda y, junto a su hermana, la directora y productora Caroline Kamya, decidieron poner en marcha el proyecto documental En busca del Duende africano, un proyecto para enseñar el baile Flamenco en Uganda y buscar las raíces negras de este arte. En 2014, hicieron la primera clase de Flamenco en el Teatro Nacional de Kampala con un grupo de jóvenes curiosos que querían aprender este baile. “Les encantó y pidieron aprender más”, cuenta Caroline Kamya para Wiriko.

En estos momentos en que la industria del cine se está desarrollando en Uganda, el proyecto de las hermanas Kamya sigue su proceso. Siguieron dando clases y empezaron a grabar el documental. “Hemos terminado el desarrollo del proyecto y estamos recaudando fondos para completar la producción. Buscamos más patrocinadores, más productores ejecutivos; queremos llegar a 1000, con algunos españoles”, explica Caroline.

Y es que el “duende” lo puede sentir todo aquel que esté enamorado de la vida. “Sueño con el día en que podamos compartir soniquetes y reencontremos los ritmos hermanos, de nuevo juntos, festejando en torno a la misma candela“, acaba Rodríguez.

En busca del Duende africano quiere encontrar el alma de este baile en Uganda, el duende como la habilidad de transmitir y evocar emociones; y por el momento lo ha logrado. “Está en el ADN africano y en el de nuestros difuntos en España. El español contemporáneo tiene nuestro ADN en la sangre, en el espíritu, en la arquitectura, en la comida, en la música y en la danza; y nuestros bailarines lo demostraron”, sentencia Caroline.

Dos hermanas dedicadas al cine

Cuando solo eran unas niñas, las hermanas Kamya huyeron a Kenia con su familia para escapar de la guerra en su país. Más adelante, cuando los padres pudieron volver a Uganda, decidieron mandar a las hijas a estudiar a Inglaterra y, las dos, de una forma u otra, terminaron relacionadas con el mundo del cine. Agnes trabaja como guionista, mientras que Caroline es una galardonada directora y productora. Su trabajo más conocido es la película Imani, con la que ganó el premio a mejor directora en el Festival de Cine Africano de Tarifa el año 2010.

Literatura no limits

Se han decidido a hacer caer todas las barreras, a eliminar los límites de la literatura. Continúan avanzando en un ambicioso e involuntario objetivo que ni siquiera se han planteado formalmente. El colectivo de escritores Jalada sigue avanzando, sigue en movimiento y lo demuestra especialmente con su última propuesta un festival literario itinerante a medio camino entre un festival al uso, un bibliobús y una gira artística. Los miembros del colectivo no sólo visitan doce ciudades en cinco países de África Oriental, sino que han previsto para cada una de esas paradas una programación específica, en un alarde de creatividad, también en el diseño de los eventos.

Imagen promocional del festival. Fuente: Jalada

Primero hicieron caer las fronteras y edificaron un colectivo de escritores y escritoras panafricano como nunca había existido antes, con autores de cinco nacionalidades (Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria, Sudáfrica) en el núcleo inicial. Esa diversidad de procedencias ha ido aumentando a medida que aumentaban también los miembros de esta conspiración literaria continental. En ese derribo de fronteras acabaron incluso con una barrera más alta que las de los estados y es la de los antiguos ámbitos coloniales. Jalada ha conseguido acercar a escritores de países con pasado anglófono con otros procedentes del antiguo ámbito francófono.

Después superaron los límites temáticos. Las líneas rojas, como ha comentado alguna vez Sonia Fernández, la autora de Literafricas, que les aparecen a la mayor parte de los autores africanos y que les marcan los temas sobre los que se espera que hablen. Y, sobre todo, esas líneas rojas marcan los temas sobre los que un autor africano no debería hablar. De nuevo, demoler las convenciones fue apenas un pasatiempo para este colectivo. Se presentaron en sociedad y se han ido haciendo con un nombre a fuerza de construir antologías de relatos sobre temas que nadie habría sospechado antes o, al menos, por los que muy pocos editores habían apostado hasta ahora. Han hablado, sin tapujos y sin complejos, sobre erotismo y también sobre afrofuturismo, por ejemplo.

Luego, acabaron con los límites culturales. Esa enorme riqueza cultural que alberga el continente, su diversidad, se ha interpretado, en ocasiones como una dificultad añadida para la difusión, por ejemplo, de la literatura. Jalada se ha puesto delante de esta valoración y simplemente la ha sobrepasado. Cogieron “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato original del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y publicaron una antología en la que traducían esta historia a 32 lenguas africanas (incluidas las antiguas lenguas de las metrópolis coloniales) y abrieron la puerta a continuar aumentando la lista le lenguas.

Finalmente han terminado de menospreciar los límites de los géneros ideando un poco ortodoxo festival literario itinerante. Jalada Mobile Festival es la primera edición de esta propuesta que durante un mes viajará por doce ciudades de cinco países de África del Este. Empezando por la capital de Kenia, Nairobi, se desplazarán a Nakuru y Kisumu, antes de cruzar la frontera de Uganda para instalarse dos días en Kampala y de allí a Kabale. Abandonarán después Uganda y cruzarán a la República Democrática del Congo para detenerse en Goma. Su siguiente parada está en la capital ruandesa, en Kigali. Y, a partir de ahí, comienzan el periplo tanzano que llevará al festival a visitar Mwanza, Arusha, Dar Es Salam y Zanzibar, para regresar a Kenia en la última estación, en Mombasa.

Para cada una de esas paradas, los miembros de Jalada han previsto un programa de actividades diferente que incluyen debates sobre los temas inusuales en esos foros, que realmente son los que interesan a esa nueva generación de creadores. Se discutirá sobre asuntos tan diversos como el papel de algunos medios de comunicación en la construcción de la sociedad, como es el caso de la radio; o algunas formas de cultura tradicional, con un especial interés sobre la tradición oral y su influencia en las formas literarias más actuales; se analizarán las nuevas fronteras de la literatura y algunos mitos y leyendas; se debatirá sobre las organizaciones y los colectivos que han sostenido en los momentos más difíciles la escritura y la lectura como formas de transformación e, incluso, de rebeldía. Son sólo algunos de los temas propuestos, entre los que no se ha olvidado, evidentemente, la cuestión de las lenguas nacionales.

Pero también se proyecta esa diversidad en las actividades paralelas que acompañan en cada estación a los debates y las conferencias. Si en Nairobi se ha previsto un catálogo de todas las posibles intersecciones entre la poesía y la cultura urbana, en Kigali se proyectará una nueva dimensión de la antología que Jalada publicó sobre sexo, sensualidad e intimidad a través de la danza. En todo caso, la palabra hablada será la inevitable protagonista de estas actividades que pondrán de manifiesto como un mismo fenómeno y una misma experiencia se materializa de forma diferente cuando se funde con la cultura local. Si la poesía urbana tiene un sabor especial en Dar Es Salam, propio de la tradición árabe y en Kampala, la particularidad viene del nacimiento del hiphop en las iglesias evangélicas.

En fin, toda una nueva muestra de diversidad que Jalada vuelve a poner de manifiesto en su proceso de redefinición de las líneas de la literatura, unas líneas que nunca son fronteras.

Somi, la panafricanista del jazz contemporáneo

Una excusa. Llegó 30 minutos tarde a la entrevista. Era su primera vez en España. La presión del Festival de Jazz de Madrid. Su diminuto bolso cruzado a través de un pecho que amasaba acordes de algún lugar extraño y que no soltaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. No estaba preparada para las cámaras –aseguró– y todo se pospuso para el final del concierto. Lo que aconteció después fueron casi dos horas de un ensayo general que debería haber sido una rutinaria prueba de sonido en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural la Villa. Una espera delicatessen para los técnicos y el que escribe. No queríamos que se bajara de las tablas porque nunca antes habíamos visto a una artista girar las estructuras del jazz de esa forma. Bebía agua. La hora se acercaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. Sus calcetines color rosa que hacían de ese momento algo muy acogedor. Íntimo. Los finales de las canciones parecían no estar limados y todo apuntaba a que la improvisación de este trío musical compuesto por voz, piano (Jerry Leonide) y bajo (Michael Olatuja) sería la tónica dominante. Vestuarios. La audiencia llenaba el aforo. Luz tenue. El presentador confirma que el espectáculo marcará una inflexión. Aparece Somi. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo.

somiLaura Kabasomi Kakoma o Somi te ofrece un camino incansable de sobresaltos. Una experiencia completa de hora y media que evoca lugares alejados entre sí como Nueva York o Nairobi, Johannesburgo, Washington o Río de Janeiro. Ritmos africanos, soul de Stevie Wonder, la improvisación entre graves y agudos del jazz vocal, música de contemplación y escucha atenta, o de baile dislocado para un sábado noche. Somi interpreta un estilo musical que salta con tanta facilidad entre los límites que la categorización de su música es irrelevante.

Así que ¿quién es Somi?
Nací en Ilinois, crecí en Zambia, volví a Ilinois para continuar el colegio, después estudié en Kenia, Tanzania para volver nuevamente a Nueva YorK…

Un momento. Pero entonces ¿de dónde eres?
Soy panafricanista, ¿sabes? Tu casa al final es donde la construyas. Soy, a fin de cuentas, una cantante, una compositora, una escritora… Esto es quien soy.

Te encuentras entre dos mundos, ¿no?
–Ríe–. Mi madre era ugandesa y mi padre ruandés así que era una combinación perfecta, un impulso normal, el querer descubrir mis raíces. He viajado mucho por el continente y además he podido estudiar en él para entender mejor a la gente afro de los Estados Unidos. Estuve entre Kenia y Tanzania interesándome por la antropología médica. Cuando vivía en África del Este estaba preocupada por desenterrar mi verdadero ser cultural: una niña negra americana y de padres inmigrantes, aunque ya estaba occidentalizada. Estaba tratando de averiguar mi identidad cultural para reclamar mi conexión con África y me hallé privilegiada de ser una americana y de ser una persona de ascendencia africana. La experiencia me dio todo este espacio para decidir lo que realmente quería hacer. Y la música fue la elección obvia.

jazzmadrid-2016-somiA menudo te definen como una versión moderna de Miriam Makeba, y una mezcla vocal entre Nina Simone y Dianne Reeves. ¿Te sientes identificada con esta descripción?
Es un honor. Muchas gracias por tus palabras. Verás yo empecé a tocar el violonchelo cuando tenía ocho años y escuchaba mucha música clásica en la radio. Mi madre que cantaba, aunque no de forma profesional, me susurraba canciones de Uganda y de, por ejemplo, Elvis Presley.

¡Vaya! Menuda combinación de sonidos y de movimientos de cadera
–Ríe–. Sí… A mi padre le encantaba el reggae. La elección de ser músico no fue fácil. Me encantaba cantar, pero no pensé que fuera una opción viable como carrera profesional. Todo el mundo en mi familia tenía un trabajo más tradicional y, además, las familias de inmigrantes no suelen animar a sus hijos a ser artistas.

Hoy has demostrado que tu repertorio abarca un amplio espectro con canciones de conciencia social sobre el movimiento Occupy Nigeria, con letras que hablan sobre el estado de la mujer en Nigeria, de la pobreza, del amor. ¿Cuál es el rol de un cantante?
Mi último álbum lo escribí y compuse en Nigeria. Quería saber qué estaba ocurriendo allí, en una capital tan cosmopolita como Lagos, en un país que es la primera economía del continente. Así que mi rol es decir la verdad. Hablo de asuntos que le preocupan a la gente como los movimientos de ocupación en ciudades africanas, de la circuncisión, de las trabajadoras sexuales…

Pero Somi, esto no es comercial, no vende…
Ya lo sé, pero ese no es mi problema. En esencia el artista debe ser honesto consigo mismo. No es plan de decir, ¡oh, tengo que escribir una canción sobre Trump por lo que representa! Más bien tratar asuntos que estén relacionados con lo que tú necesitas explicar. Quizás sea sobre el medioambiente o sobre el fenómeno migratorio. Como te decía, hay que ser honesto con uno mismo porque esto es lo que la gente siente.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Ahora que mencionas a Trump. ¿Cuál es tu valoración?
–Silencio. Somi calla durante al menos 30 segundos. Los ojos se le ponen llorosos–. Es un tema muy obsesivo. Es una mala época. No se trata sobre lo que le ocurrirá a la gente negra, a los musulmanes, a los homosexuales… Nos afecta a todos. Estos días he dormido temerosa por el mundo que nos espera con este tipo en la Casa Blanca. No sé qué está ocurriendo. Hoy, salir al escenario fue muy importante por un número de razones: era la primera vez que abría mi corazón y era capaz de hablar de mis sentimientos, de mis sueños, después de unos días. He tenido un espacio para volar y para decir la verdad a través de la música. Sobre Trump no sé realmente qué más puedo decir.

somi_foto_glynis_carpenter_3-jpg__1600x768_q85_crop-smart_cropper-media_background-_subsampling-2¿Nuevo álbum a la vista?
Ahora estoy trabajando en un nuevo álbum sobre los inmigrantes africanos en Harlem, –donde ella vive– sobre sus experiencias, sobre la xenofobia que sufren… Aunque realmente esta enfermedad no es exclusivamente americana porque ocurre lo mismo también en Europa. Así que intento reflejar cómo fenómenos como este, o incluso la gentrificación, tienen lugar en barrios tradicionalmente marginados y cómo la población que vive en ellos se enfrenta a estos problemas. Cómo negocian las vicisitudes. Pero hablo también sobre la humanidad, porque Harlem nos recuerda la historia de la experiencia afroamericana y es una historia importante, pero viven también otras comunidades desde hace 40 o 50 años y no son realmente incluidas en la conversación cuando hablamos de cómo la gentrificación está cambiando Harlem. Así que mi nuevo álbum es para recordarlos a todos.

[En enero de 2008 la cantante fundó la organización sin ánimo de lucro New Africa Live con un objetivo claro: “crear un espacio cultural de pertenencia para los artistas africanos contemporáneos mediante la producción de eventos artísticos multidisciplinares. Y entre tanto, que entretenga, que eduque y cree conciencia sobre el valor de la cultura africana en un mundo globalizado”. Según explica Somi, con estos eventos tratan de cuestionar la idea homogeneizada de producción cultural africana (no todo son timbales) y apoyan el trabajo de artistas que interrogan las políticas de identidad africana con un espíritu cosmopolita y de hibridación urbana.]

¿Y algún otro proyecto en el que estés embarcada?
Estoy inmersa en una jazz-opera sobre Miriam Makeba en Nueva York que se estrenará en diciembre y supone un proyecto que engloba la escritura, la música en sí y la interpretación.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Como te defines como una panafricanista, te pregunto sin tapujos. ¿Cuál debería ser en tu opinión la nueva agenda para África?
Lo más importante y excitante es que estamos volviendo a ser propietarios de nuestra narrativa en un camino que nunca antes habíamos hecho. Específicamente en el mundo artístico porque estamos cambiado muchas cosas, empleando muchas cosas. Es maravilloso decir que esta inversión es en nosotros mismos. Es un tiempo maravilloso en el continente, pero también en la diáspora porque mucha gente que conozco no tenía estas oportunidades para expresarse por ellos mismos. Ahora pueden ser artesanos, diseñadores, emprendedores… ¡cualquier cosa! Y no necesariamente un abogado o un médico porque la sociedad de alguna forma te lo imponga. Así que es maravilloso ver el valor de los nuevos artistas e invertir en este talento y, observaremos cómo la economía del continente crecerá en este sentido.

¿Tu sueño para África?
La autosuficiencia para ser responsables de nosotros mismos y no tener que depender de nadie. Trabajar por la igualdad y el aprovechamiento de los recursos para invertir en nuestras propias infraestructuras en un sentido amplio. Porque es maravilloso que se invierta en los artistas, pero es algo más grande cuando los gobiernos invierten en el pueblo y no tienen que pedir explicaciones en el círculo del desarrollo. Mi sueño es cambiar la narrativa de la ayuda, de la pobreza. Porque está ahí, pero debemos usar todo lo que tenemos ya que África es un continente realmente rico: los recursos están allí, los minerales están allí.

¿Y un sueño para los EE.UU.?
–Silencio–. No lo sé honestamente…

Bueno, mejor matizo: ¿un sueño para tu hogar en Harlem?
¡Oh! Muchas gracias porque estaba pensando en que se acabara la legislatura de Trump mañana mismo… –ríe–. Creo que es importante recordar la cultura. No es algo sobre la raza, sino sobre la cultura. Crear espacios de intercambio en esta ciudad, en estos barrios donde se está destruyendo la esencia… es algo horrible. De cualquier forma no sé si este sería mi sueño, pero se convertiría en algo precioso.

Esther Mbabazi dispara al dolor del abuso

Una joven fotógrafa ugandesa visibiliza el sufrimiento de las víctimas de la violencia sexual a través de una serie desgarradora.

La bailarina Daphne Tumwebaze baila para el proyecto 'Shadowed' de Esther Mbabazi. Uganda.

La bailarina Daphne Tumwebaze baila para el proyecto ‘Shadowed’ de Esther Mbabazi. Uganda.

“La violencia sexual es un problema muy común que afecta a mujeres de todo el mundo. Ninguna de nosotras camina sola por la noche sin preocuparse por si llegará a salvo a casa. Es un temor real que enfrentamos todas día a día. Pero si además, el acosador está en casa, no hay refugio para nosotras”, explica Esther Mbabazi, fotógrafa ugandesa de 21 años. Por tratarse de un tema tan común y a la vez tan invisible en nuestras sociedades, dice, decidió poner los sentimientos de las víctimas de dicha violencia en el foco de su cámara. Así, creó la serie Shadowed (ensombrecidxs, en inglés), un trabajo que busca mostrarle al mundo el tormento que sufren estas personas, y de paso, exponer una realidad incómoda, mucho más común de lo que se admite públicamente.

Según la OMS, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual en algún momento de su vida; la mayoría, a manos de sus parejas sentimentales. Se trata de una pandemia global que afecta a millones de mujeres de todo el mundo y que Naciones Unidas define como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”. A pesar de que siete de los 10 países donde se registra un mayor índice de delitos por violación se encuentran en el mundo occidental, en África, la violencia doméstica contra las mujeres presenta una prevalencia alarmante según datos del Banco Mundial: al menos un tercio de todas reconocen haber sufrido de forma física o psicológica. Ante esta grave situación de vulneración de los derechos de la mujer, la prevención y la sensibilización se hacen indispensables.

El arte puede cumplir una función de sensibilizador social y ser una herramienta de denuncia y de reivindicación de los derechos humanos. Las diferentes formas de arte, entre las que se encuentra la fotografía, también se pueden convertir en una terapia para las víctimas, que se ven empoderadas. Pero de la misma forma, puede ser un procedimiento terapéutico para la sociedad en la que se produce el proceso artístico. “He escuchado muchos testimonios de personas a las que el arte les supone un alivio. Creo que si el arte se utiliza para comunicar temas importantes en nuestra sociedad, el mundo tarde o temprano deberá reconocer los desafíos que todavía tenemos, y así, pequeños proyectos como el mío para sacar a la luz lo que perjudica a nuestras vidas ayudarán a erradicar injusticias como la violencia sexual”, asegura Esther Mbabazi.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

1477936099_391078_1477936399_album_normal

La bailarina Daphne Tumwebaze baila para el proyecto ‘Shadowed’, de Esther Mbabazi. Uganda.

El bailarín Robert Ssempijja baila para el proyecto 'Shadowed' de Esther Mbabazi.

El bailarín Robert Ssempijja baila para el proyecto ‘Shadowed’ de Esther Mbabazi. Uganda. 

 

La Reina de Katwe o el ajedrez del suburbio

 

Fotograma de la película La Reina de Kawte, una historia verídica sobre la vida de la ajedrecista ugandesa Phiona Mutesi.

Fotograma de la película La Reina de Kawte, dirigida por Mira Nair. Una historia verídica sobre la vida de la ajedrecista ugandesa Phiona Mutesi.

Su primer viaje importante en agosto de 2009 fue a Juba, la capital de Sudán del Sur, aunque por aquel entonces la urbe a orillas del Nilo todavía pertenecía a Sudán –los vientos de independencia llegarían en julio de 2011–. Phiona iba acompañada de Benjamin e Ivan y habían sido seleccionados para representar a Uganda en un Torneo Internacional de Ajedrez Infantil Africano. En principio no eran los únicos ugandeses que tenían que acudir al evento, pero fueron varios los niños que se negaron a ir con tres menores de un barrio marginal.

Durante el torneo, el trío ­–el más joven de la competición–, jugó contra 16 equipos de otros países africanos. Ya en su primer partido, Phiona se enfrentó a un keniano que tenía la reputación de ser el mejor jugador joven en África. A pesar de sus manos temblorosas en cada movimiento, la joven ugandesa construyó una buena jugada aislando al rey enemigo para sentenciar la partida: jaque mate. Sorpresa. Phiona ganó los otros tres enfrentamientos quedando invicta al igual que sus amigos Benjamin e Ivan. Y los tres niños del suburbio de Katwe, probablemente el más grande de la capital ugandesa, Kampala, ganaron el campeonato por equipos y un trofeo demasiado grande para caber en cualquiera de sus pequeñas mochilas.

queen-of-katwe-poster

Esta es la historia de Phiona Mutesi, la campeona de ajedrez más joven de toda África con una historia de cine. Su vida ya había sido narrada a través de la pluma de Tim Crothers en el libro La princesa de Katwe, un trabajo biográfico que adentra al lector en una historia de superación personal. Una vida siempre en la frontera entre la vida y la muerte. El todo y la nada. El mate y las tablas. Pero nunca la rendición. Como la propia ajedrecista ha confesado: “El ajedrez es muy parecido a mi vida. Si realizas movimientos inteligentes puedes permanecer fuera de peligro, pero si tomas una mala decisión, podría ser la última”.

Ahora, bajo la dirección de la cineasta india-estadounidense Mira Samir (La boda del Monzón, 2001, o El fundamentalista reticente, 2012) la joven ugandesa cobra vida en una producción de Disney que más allá de los estereotipos fugaces de aparecen en la cinta, se agradece la intencionalidad: la de centrarse en los caracteres de los personajes, en dotarles de vida para desde allí explicarle al espectador cómo el ajedrez, un juego asociado a las clases pudientes, desestructuró un tablero encorsetado y lo hizo voluble para todos los públicos en la tierra que a comienzos del s. XX, Winston Churchill bautizó como la “Perla de África”. En el elenco destaca la oscarizada Lupita Nyong’o en el papel de Harriet (la madre), David Oyelowo interpretando al entrenador apasionado Robert Katende, y la propia Medina Nalwanga como actriz principal. El filme La Reina de Katwe (Queen of Katwe) se presentaba en el pasado Festival de Toronto 2016 y unos días después (el 23 de septiembre) se estrenaba en las pantallas estadounidenses con una banda sonora que traerá cola. Back to Life es la canción de cabecera con la que Alicia Keys, quien ha ganado 15 premios Grammy, se postula con toda seguridad a ser una de las candidatas nominadas a conseguir el Oscar.

Otoño de 2010. Olimpiadas de Ajedrez en Siberia, Rusia. Era la primera vez que Phiona montaba en avión, veía el hielo, dormía en una cama para ella sola y podía elegir qué comer. Como primera oponente tenía a Dina Kagramanov campeona nacional canadiense. Kagramanov, quien realmente nació en Bakú, Azerbaiyán, la ciudad natal del ex campeón del mundo Garry Kasparov, había aprendido a jugar a los 6 años y competía, con 24 años, en sus terceras Olimpiadas. Esta derrota y las otras dos consecutivas no hicieron desfallecer a Phiona que fue puliendo su capacidad de ver hasta ocho movimientos anticipados. “Cuando juego de ajedrez no tengo miedo”. Tampoco en la vida.

La ajedrecista aprendió a jugar en la iglesia de Agape, una estructura destartalada que de manera alarmante se mantiene erguida con algunos tablones, cuerdas, clavos y fe. En el interior de la iglesia es posible olvidar el caos en Katwe. Es en este contexto donde su entrenador Robert Katende enseñaba a los niños un juego tan extraño que no hay una palabra para definirlo en luganda, su lengua materna. Al darse cuenta de que no todos los niños con los que trabajaba jugaban al fútbol (en parte debido a que los padres no podían pagar las facturas médicas de las lesiones), Katende les enseñó ajedrez y las reglas de un tablero donde todos y todas eran iguales y donde la clase, los ingresos y su educación no importaba.

La Reina de Katwe se estrenará en España en 2017 combinando drama, comedia, una historia de superación y éxito, una banda sonora que augura éxito, y un contexto alejado de la comodidad de nuestras urbes. Ingredientes con los que Disney golpeará nuestras conciencias para enseñarnos la vida de Phiona Mutesi quien ha podido volver a la escuela con las miras puestas en la medicina y en convertirse en entrenadora de ajedrez: ambas profesiones necesarias para salvar la mente y el cuerpo. Una cinta que se postula como la nueva Slumdog millionaire (2008) pero cuya responsabilidad puede difuminarse. Un compromiso que después de las dos horas frente a la pantalla ofrece una historia llena de vida y belleza en un suburbio de Uganda pero que, al mismo tiempo, puede conseguir que el espectador acabe por normalizar la situación de empobrecimiento y abandono institucional por la que pasan los habitantes de Katwe.

Kabbo Ka Muwala: mirando la migración a través del arte

Tres países, veinte artistas visuales, ensayistas, talleres, coloquios y aun poesía. Es difícil resumir qué es Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket, pero ese podría ser un intento. Tenemos ante nosotros una propuesta que equipara las conclusiones extraídas del arte con el peso de las sesudas reflexiones sobre los fenómenos sociales; un evento transnacional e interdisciplinar que piensa el hecho migratorio con lenguajes no solamente académicos o científicos. Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket es una exploración artística de las perspectivas que adoptamos para comprender la migración en y desde el sur y el este de África y creada en su mayor parte por arti

stas oriundos de estas regiones. Sin limitarse al despliegue visual (que de por sí implica foto, vídeo, audio y técnicas mixtas) este evento propone reflexiones alternativas a las que habitualmente se manejan para entender los éxodos masivos con rumbo al “Norte”. Inició su periplo en Harare (Zimbabwe), acaba de inaugurarse en Kampala (Uganda) y hacia final de año podrá visitarse en Bremen (Alemania).

Gerald Machona, Vabvakure (People from far away) [videostill].

© Gerald Machona. “Vabvakure (People from far away)” [videostill].

Un vistazo al catálogo de la exposición (el cual se puede adquirir en Revolver Publishing) es suficiente para constatar que se dedica tanto espacio a los trabajos gráficos como a ensayos en los que se reflexiona, por citar someramente, sobre las implicaciones del tratamiento artístico de este fenómeno, sobre la feminidad y la migración de la mujeres zimbabweñas, los refugiados y los asentamientos en Uganda o las esperanzas y peligros de la migración. Es harto difícil mostrar aquí todas las propuestas, no sólo por su cantidad y heterogeneidad sino también porque muchas se apoyan en medios audiovisuales, exigen interacción y adquieren sentido pleno en el contexto de la exposición.

Photographic process, C-Print on Fabriano 100% cotton paper, courtesy of the artist.

Cubierta del catálogo con la obra de Berry Bickle “Makokoba”.

Este nutrido evento toma su título de una expresión en luganda, idioma predominante en el centro de Uganda pero también comprensible en swahili y en todo el este subsahariano del continente. Hace referencia a una tradición premarital que consiste en que la novia ha de llevar, tanto a su nueva familia como a su familia de origen, una cesta cargada de regalos como símbolo de prosperidad. Metafóricamente, la cesta representa las esperanzas y la bonanza, pero también las frustraciones y el desengaño que son parte indisoluble de todos los fenómenos migratorios. Además, como añadido, deja ver las repercusiones que los movimientos de población tienen sobre el género.

Cada exposición se complementa con exhibiciones puntuales centradas en la región donde se celebra y con un programa que impulsa el diálogo transnacional entre artistas emergentes, activistas, organizaciones locales y centros educativos (desde colegios hasta universidades). A diferencia del enfoque habitual de esta temática (centrado con frecuencia en el tránsito) los trabajos aquí expuestos meditan sobre aspectos menos visibilizados: las iniciativas de los migrantes en espacios ajenos y desconocidos, las formas de cohabitación a nivel local y los procesos socio-políticos tendentes a la violencia y la xenofobia.

Kabbo Ka Muwala – The Girl’s Basket es posible gracias a la asociación de instituciones tanto alemanas como africanas: está financiado por TURN fund, fundación cultural alemana que apoya proyectos de intercambio artístico entre los países africanos y Alemania; el European Master Migration and Intercultural Relations (EMMIR) y el Centre for Interdisciplinary Research on Women and Gender (ZFG), ambos de la Universidad Carl von Ossietzky de Oldenburg, Alemania; la National Gallery of Zimbabwe en Harare; la asociación Makerere Art Gallery / Institute of Heritage Conservation and Restoration en Kampala, Uganda; y la Municipal Art Gallery de Bremen, Alemania. De igual modo, africanos y europeos son también sus comisarios: Raphael Chikukwe, Katrin Peters-Klaphake, Ingmar Lähnemann y Anna Kućma (también directora creativa del Uganda Press Photo Award, sobre el que ya hablamos aquí).

Patrick Kwambi Kabeya, poeta congoleño refugiado en Tongogara, Zimbabwe, recita en la inauguración en Harare. Fotografía de Kwenda Kumbirayi.

Patrick Kwambi Kabeya, poeta congoleño refugiado en Tongogara (Zimbabwe), recita en la inauguración en Harare. Fotografía de Kwenda Kumbirayi.

La nómina de artistas que participan en Kaboo ka Muwala – The Girl’s Basket es amplísima: veinte creadores en gran parte africanos, arriesgados, experimentales y que demuestran carecer de los prejuicios que a menudo se tienen sobre la transversalidad en las artes visuales.

Las coordenadas para el planteamiento que nos ofrece Kaboo ka Muwala son la movilidad en, desde y hacia África del este y del sur. Pero decíamos al principio que la perspectiva de Kabbo ka Muwala no es académica en sentido estricto: no es un análisis etnográfico ni una reflexión socio-histórica sobre la migración. Esto comporta que la exposición no se arroga la convicción de ser el mejor o el único medio para interpretar el fenómeno, sino que abre camino a diferentes vías de comprensión desarrolladas por expertos, artistas y activistas conscientes de que nos movemos en una época de límites difusos, sentimientos de pertenencia ambiguos y cambios globales. Motivados por este afán de indagación, los organizadores han fundamentado este evento sobre tres puntos de partida:

– La migración entendida como flujo continuo

Pues todo movimiento migratorio conlleva iniciativa, empuje, esperanza pero también exilio, violencia y xenofobia. Con este criterio se remarca que la complejidad de este hecho social excede las categorías que intentan simplificar la migración y que funcionan, habitualmente, como dicotomías: legal/ilegal, voluntario/forzado, temporal/permanente, etc. Dicha concepción se propone también como una oposición a la arbitrariedad con la que las instituciones a menudo entienden la migración, habida cuenta de cómo intentan encajarla en estructuras sociales de por sí rígidas. Las propuestas de los artistas Victor Mutelekesha y Miriam Syowia Kyambi toman esta línea.

Victor Mutelekesha, "Not yet There". Escultura y videoinstalación.

Victor Mutelekesha, “Not yet There”. Escultura y videoinstalación.

– Las experiencias en la diáspora

Ya que muchos de los participantes crean desde su experiencia como migrantes. La Sudáfrica de después del apartheid sigue siendo un lugar fértil en cuanto a creación artística: los artistas deben conjugar migración, alienación y xenofobia. Esto podemos verlo tanto en autores sudafricanos (Jodi Bieber) como en aquellos que conocen de primera mano la migración o en aquellos otros que han regresado a su lugar de origen (Mimi Cherono Ng’ok). Por otro lado, artistas como Kiluanji Kia Henda tratan con ironía a los migrantes que alcanzan los países europeos, lugares considerados “civilizados” por el canon social. Yendo más allá de las fronteras intra-africanas, Emma Wolukau Wanabwa combina fotografía, vídeo y texto para exponer la historia de los miles de polacos que se asentaron en Uganda entre 1942 y 1952.

Jodi Bieber, "Operation Crackdown", Hillbrow, Johannesburg. Serie "Going Home - Illegality & Repatriation"

Jodi Bieber, “Operation Crackdown”, Hillbrow, Johannesburg. Serie “Going Home – Illegality & Repatriation”

– La ética y la estética que nace del contacto fronterizo constante

La permeabilidad de las fronteras dentro de África y la movilidad constante crean posturas políticas, militares y también, como consecuencia, dilemas éticos. Tales dilemas éticos suscitan, a su vez, posiciones estéticas y distintas formas de acercarse a los problemas desde la perspectiva artística. La intervención de Thenjiwe Nkosi y Meza Weza (creadores de The Border Farm Project) aborda los conflictos fronterizos entre Zimbabwe y Sudáfrica.

Como proyectos colectivos que forman parte de este evento hemos de mencionar a NavikArt, proyecto creado en 2014 y radicado en el campo de refugiados de Nakivale, en el sudoeste de Uganda. En estos dos años intenta ayudar a los jóvenes a encontrar una vía de desarrollo mediante la expresión artística.

Katrin Peters-Klaphake y Raphael Chikukwa muestran la exposición a la prensa. A la derecha, la instalación de Immy Mali; al fondo, una fotografía de Miriam Syowia Kyambi. Kampala, Uganda.

Katrin Peters-Klaphake y Raphael Chikukwa muestran la exposición a la prensa. A la derecha, la instalación de Immy Mali; al fondo, una fotografía de Miriam Syowia Kyambi. Kampala, Uganda.

Kabbo ka Muwala – The Girl’s Basket ya ha pasado por la National Gallery of Zimbabwe, en Harare; desde el 14 de abril hasta el 12 de junio puede visitarse en la Makerere Art Gallery en Kampala, Uganda (ved aquí parte del evento en vivo); y desde el 24 de septiembre hasta el 11 de diciembre se exhibirá en la Städische Galerie de Bremen, Alemania. El evento puede seguirse por las redes sociales:

Facebook: Kabbo Ka Muwala Exhibition Walkout

Twitter: #KabboKaMuwala

“El arte es terapéutico, una herramienta para unir a la gente”

En un pequeño estudio del barcelonés barrio de Gracia, Collin Sekajugo retoca algunas de sus últimas pinturas sobre cartones o sobre telas reutilizadas. Rostros desdibujados y redibujados una y mil veces. Figuras humanas irreconocibles que en realidad contienen toda la humanidad. Abajo, en la peatonal calle de Asturias, la vida continúa con normalidad. Arriba, en el primer piso, en una de las habitaciones que la organización Jiwar destina a sus artistas residentes, Sekajugo explica, delante de un panel de caras casi repetidas, cómo entiende él el arte. Mientras habla juega con media docena de botes de pinturas y va salpicando con pinceladas aquí y allí sus obras a medio acabar.

Collin Sekajugo, durante su residencia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Collin Sekajugo, durante su residencia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Collin Sekajugo, de madre burundesa y padre ugandés, crecido en Kenia, ha fraguado su idea del arte a través de una larga experiencia por diferentes países africanos, europeos y americanos. Y, sobre todo, la ha puesto en práctica a pie de calle, en los lugares en los que creía que el arte más podía aportar. Sekajugo ha vulgarizado la idea del arte para llenarla de contenido transformador en la capital de Ruanda y en un pueblo de Uganda con sendos centros de creación.

¿Qué le llevó a crear centros de arte en Ruanda y Uganda?

Mi idea de crear centros de Ruanda y Uganda comenzó cuando viajaba por el este y el sur de África entre 2005 y 2006. En ese momento, Ruanda estaba luchando por reconstruirse después del traumático genocidio de 1994 que afectó a toda la sociedad. Vi la necesidad de incorporar el arte en el proceso de reconciliación y reconstrucción de Ruanda. Me imaginé, en última instancia, un espacio donde los jóvenes podrían unirse para trabajar y compartir ideas sobre cómo utilizar el arte como forma de expresión, mientras aprendían a vivir juntos a pesar de sus diferentes orígenes. Esencialmente, quería utilizar el arte como una herramienta para la curación, la educación y la participación en la comunidad.

Ahorré un poco de dinero y en 2007 volví a Ruanda para abrir el primer centro de arte allí, Ivuka Arts Kigali. Más tarde, en 2011, amplié mi perspectiva y me volqué en una nueva idea, transformar el pueblo natal de mi padre, Masaka, en Uganda, en un pueblo de las artes, el primero de este tipo. Así es como formé Weaver Bird Arts Foundation en Kampala que ha sido la punta de lanza del desarrollo de los pueblos artísticos.

¿Qué balance hace de estos años de trabajo en los dos centros?

El intercambio entre las experiencias de Ruanda y Uganda no ha sido sencillo. Pero siempre he hecho las cosas con mucha pasión, he intentado por todos los medios conseguir un equilibrio entre ambas iniciativas y las actividades que se desarrollan en cualquiera de los países.

¿Por qué piensa que el arte podría ayudar a cambiar la sociedad? ¿A qué se refiere con esa capacidad de transformación?

El arte es terapéutico y estoy convencido de que se puede utilizar como herramienta para unir a la gente. Eso es lo que he podido presenciar durante mi viaje artístico que comenzó hace más de 10 años.

Sekajugo retoca una de sus pinturas. Foto: Carlos Bajo

Sekajugo retoca una de sus pinturas. Foto: Carlos Bajo

Así que su percepción tiene algo que ver con su experiencia personal con el arte ¿Qué ha significado para usted?

Por su puesto. La idea de que el arte puede cambiar la vida es algo que descubrí cuando yo mismo estaba tratando de averiguar quién era y qué papel quería jugar como persona en la sociedad. Estoy hablando del tiempo en el que terminé la secundaria y estaba buscando en el arte una manera de curar mi dolor por la pérdida de mis padres a una edad temprana y todas las dificultades que he experimentado desde entonces. Cuando, en mi juventud, empecé a dibujar y pintar, enseguida me di cuenta de lo rápido que mi vida estaba cambiando y cómo inmediatamente me sentía mejor conmigo mismo. Por eso decidí convertirme en artista profesional e intento usar mis habilidades creativas para ayudar a otros que pueden haber pasado por situaciones similares o peores.

Con el paso del tiempo he podido perfeccionar mis habilidades con la formación y eso me ha permitido vender mi trabajo a diferentes coleccionistas y amantes del arte de todo el mundo. Los ingresos de estas ventas los he invertido en el desarrollo de mis proyectos en Ruanda y Uganda.

¿Cómo definiría su trabajo?

Me gusta referirme a mí mismo como una comunidad creativa y el sentido de mi trabajo, de ese arte y de la comunidad es la transformación social. Mi obra es mitad realista y mitad abstracta.

Y, ¿sobre qué base ha construido su estilo?

Mi obra se inspira principalmente en mis experiencias en las actitudes, las percepciones, las reacciones y comportamientos de las personas en distintas situaciones. Mi inspiración no se limita a una cultura específica o a una comunidad, sino que es más bien un acercamiento a las cosas que construyen o rompen la sociedad actual.

El artista ruandés-ugandés Collin Sekajugo. Foto: Carlos Bajo

El artista ruandés-ugandés Collin Sekajugo. Foto: Carlos Bajo

Se implicó en las sociedades de Ruanda y Uganda en momentos complicados. En la actualidad, los dos países también viven problemas políticos, ¿aún queda mucho por hacer?

Ruanda y Uganda son países pacíficos y que avanzan a pesar de sus pasados ​​terribles. Las complicaciones políticas de los dos países no me impide expresarme a través del arte, ya que mi trabajo tiene como objetivo principal el desarrollo de la sociedad y no su destrucción. Como mi objetivo es usar el arte para capacitar a las personas y crear una comunidad, me siento cómodo trabajando en ambos países.

¿Cómo se imagina el futuro del arte y los artistas en los países africanos que conoces?

Estamos en medio de la globalización, los artistas están expuestos a diferentes culturas y entornos en los que comparten su creatividad y el mundo parece más receptivo al arte africano ahora, de lo que solía ser hace 10 o 20 años. Creo que el arte africano tiene mucho futuro en el mundo actual.

Hemos visto que le han preguntado qué ha aprendido en Barcelona. A nosotros nos gustaría saber qué puede aportar a la escena del arte de Barcelona.

Hace varios años que soñaba con venir a Barcelona y ahora he tenido esta oportunidad. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la diferencia entre Barcelona y otras ciudades europeas que he visitado antes. Me ha inspirado mucho. Me gusta el ambiente de convivencia de la ciudad, que hace que el visitante, como yo, enseguida se sientan incluidos en el entorno social. La mayor parte de la gente que he conocido apenas sabía nada sobre el arte de África Oriental y las presentaciones que he podido hacer creo que ha servido para abrir los ojos a muchos catalanes y españoles.

Coincidiendo con el Making Africa, ¿qué le parece cómo se percibe el arte contemporáneo africano en Occidente? ¿Cree que está cambiando la visión?

Creo que el arte africano siempre ha sido recibido como si sólo fueran las tradiciones y la artesanía del continente y el arte contemporáneo no era realmente reconocido hasta hace poco. Los viajeros y coleccionistas lo han “empaquetado mejor” para que el mundo lo vea y los  museos internacionales ahora parecen más interesados ​​en exhibir este nuevo arte. Creo que el arte africano está empezando a ocupar el lugar que le corresponde. Muestra como Making Africa que recientemente se ha inaugurado en el CCCB de Barcelona o de Africa Now que se inauguró en Londres hace un par de años, están dando al arte africano una difusión que le va a asegurar su futuro mejor.

Y, por último, ¿qué le parece que Occidente puede aprender del arte africano contemporáneo?

La lección más importante que el mundo debe aprender es que el arte africano no es sólo dioses antiguos, rituales, leones en la selva, … sino que va mucho más allá de los aspectos tradicionales. Hoy en día África es el hogar del diseño contemporáneo y, personalmente, lo encuentro emocionante. Creo que merece un reconocimiento internacional. Making Africa, por ejemplo, sorprenderá al público que vaya a ver la exposición con unos nuevos descubrimientos que seguro fascinan a los europeos amantes del arte.

Dilman Dila: ciencia ficción y compromiso

Hace poco menos de dos meses, Sonia Fernández pintaba en esta misma sección un completo escaparate (en dos entregas) de lo que llamaba “terror sobrenatural” o “ficción especulativa” en las literaturas africanas y mencionaba algunos de los ejemplos de subgéneros que van desde la ciencia ficción hasta los relatos terroríficos, incluyendo la literatura de zombis u otras figuras propias de algunas culturas del continente como los abiku o los ogbanje. Un buen ejemplo de estos géneros especulativos es el ugandés Dilman Dila que nos sirve de excusa ideal para retomar el tema y para hablar de su obra más conocida, A Killing in the Sun. Se trata de una antología de relatos cortos que representa, casi, un catálogo de todas las opciones que permite ese género abigarrado de la ficción especulativa.

El autor ugandés Dilman Dila. Fuente: Facebook del escritor

El autor ugandés Dilman Dila. Fuente: Facebook del escritor

Publicado hace poco más de un año, el libro, igual que el autor, se ha ido haciendo un hueco en el panorama literario africano. Se han desempolvado y puesto en valor viejas historias, se han publicado antologías y se han celebrado festivales. Todo para reivindicar que los autores africanos tienen todo el derecho del mundo a escribir ciencia ficción y para recordar que la tradición oral de la que beben, a menudo, está llena de figuras sobrenaturales y de escenarios con un genuino sabor a relato terrorífico.

No hace demasiado, el propio Dilman escribía en su web un alegato a favor de este género con el que trataba de sacudir todos los estereotipos acerca de lo que se supone que tienen que tener las literaturas africanas. El autor acuña el término AfroSFF para referirse a estas obras y se queja de que la reacción en Occidente (a la que él mismo se ha tenido que enfrentar) ante un libro de este tipo que consiste simplemente en descalificarlo como imitación. Las armas fantásticas son imitaciones, los superhéroes son imitaciones, los alienígenas son imitaciones para los que él considera “detractores miopes”.

Dilman Dila afirma que “las historias humanas siempre han sido historias especulativas” y recuerda algunas historias de la tradición oral acholi en la que aparece la creación de armas fantásticas y relatos baganda en los que aparecen superhéroes con poderes sobrenaturales. De la misma manera hace referencia a las tradiciones de algunos pueblos africanos, como los dogones, que parece que hablan de un origen alienígena de la etnia, aunque quizá no se formule así explícitamente.

A Killing in the Sun es la particular manera que Dila tiene de revisitar esa tradición. Entre los relatos hay magia y fantasmas, hay reencarnaciones y muertos vivientes. Hay mutaciones genéticas de seres vivos y experimentos que cambian la forma de vivir de las personas. Y hay también extraterrestres, por ejemplo. Todos los elementos que puedan ayudar a generar una atmósfera terrorífica y espeluznante le sirven a este joven ugandés para recrear sus relatos.

A killing in the sunLa antología, una buena muestra del trabajo de Diman Dila, responde a algunas de las inquietudes del autor. Por un lado, la de alimentarse de su propia tradición, de su propio bagaje, como hace cualquier escritor. En su confesión sobre la AfroSFF, Dilma asegura que creció entre esos relatos tradicionales que subliman lo sobrenatural y las leyendas urbanas de una modernidad ugandesa y que no tuvo contacto con las historias occidentales más populares hasta que no hubo sido mayor. Y menciona una situación interesante, se había criado entre historias de todo tipo, pero no llegó a tocar un libro hasta los 10 años.

La otra inquietud que se transmite en su trabajo, además de la reivindicación de lo propio, es la convicción de que la ciencia ficción no es, ni mucho menos, un género estético. Por ello, detrás de la mayor parte de sus historias se puede ver la huella del abuso de los poderosos en su sentido más amplio. Unas veces son multinacionales, otras científicos locos, otras simplemente jefes religiosos o personas que controlan las fuerzas ocultas. En todo caso, su reivindicación parece ser la de la gente normal frente a la de todos esos personajes preeminentes, extraigan su poder de dónde lo extraigan.

En la reflexión que Dilman Dila hacía en su web a través del título “Is Science Fiction Really Alien to Africa?” el autor lanzaba una advertencia, un desafío y un consejo. La advertencia hacía referencia a la saturación y al riesgo de publicar cualquier obra de ciencia ficción, sólo porque el género parece estar de moda. El desafío decía: “Así que cuando algunos afirman que el género es ajeno a África, que los africanos no consumen ciencia ficción, que no hay audiencia, quiero preguntar, ¿de qué comunidad africana están hablando? Cuando dicen que los africanos no están preparados para la ciencia ficción me pregunto ¿qué es lo que realmente quieren decir? Creo que estas personas no tienen absolutamente ningún contacto con las calles del continente”. Y el consejo lo dirigía al resto de escritores a los que les recordaba que los caminos de los pueblos y las calles de las ciudades de toda África están llenos de personajes monstruosos, sobre los que se pueden edificar los relatos de lo que él llama la AfroSFF, eso sí respetando respetando siempre la tradición propia.