Congo resiste a través de su danza

La rumba congoleña es uno de los sonidos más exportables y exportados del continente. Sonido “de ida y vuelta”, ha sido bandera identitaria de Kinshasa durante décadas, junto a personalidades como el recientemente desaparecido Papa Wemba, los grandes y míticos Grand Kallé, Tabu Ley Rochereau o Franco Luambo o el explosivo Koffi Olomide. Pero otros muchos músicos han fluido hacia mestizajes fructíferos y los han hecho internacionales. Es el caso del delicioso Lokua Kanza, el prodigioso Ray Lema, los originales Staff Benda Bilili o la joven hornada de músicos formada por Bajoli, Congotronics o Mbongwana Star.

Mobutu ya aprovechó la fuerza motriz de la rica y plural cultura zairense para impulsar su proyecto nacionalista basado en la “autenticidad”; y acabó convirtiendo toda expresión cultural y artística en propaganda para glorificar a su persona, que acompañó con grandes dosis de censura, locura y represión. Veinte años más tarde, y tras dos guerras civiles, la música ha sabido sobrevivir gracias, en mayor medida, a la diáspora congoleña en Europa o Estados Unidos. Sin menos peso sociocultural, la danza se ha convertido en una expresión de la resistencia del Congo desde sus entrañas. Siempre con una fuerte presencia exterior, reivindicando la existencia de algo que late más allá del conflicto en Kivu. Probando que, a pesar de todo, hay vida, se crea.

Imagen de la web de Connection Kin.

Imagen de la web de Connection Kin.

La resistencia es una actitud revolucionaria entre los agentes culturales del Congo. El Festival Gungu sabe de sobras lo que significa la palabra ‘resistir’. Especializado en danzas tradicionales, su origen se remonta al 1925 y en su última edición (del 31 de mayo al 4 de junio de 2016), ha sido movida de Bandundu a Kinshasa para descentralizar sus actos, encontrar nuevos socios y extender sus alas hacia diferentes puntos del basto país. Siempre en movimiento para sobrevivir. El festival de las artes congoleñas Connexion Kin, aunque con solo siete años de andadura, se ha quedado sin edición en 2016 por falta de apoyos financieros. Aunque mejor suerte ha corrido el festival de danza internacional ME.YA.BE, que se celebró el pasado abril con la participación de un centenar de bailarines africanos y europeos de diferentes procedencias. Valientes y arriesgadas iniciativas que no han recibido ni un céntimo público.

Pero si hay una imagen más fidedigna de la conjugación del verbo resisitir, ese es la del INA.

Edificio del INA.

Edificio del Instituto Internacional de las Artes (INA) de Kinshasa.

Hoy, el ruinoso y decadente edificio del Instituto Nacional de las Artes, que hace esquina en la avenida Kabasele Tshambala de Kinshasa, es una metáfora perfecta de la falta de fondos al que el actual gobierno congoleño tiene al sector cultural sumergido. En sus aulas, coreógrafos como Jacques Bana Yanga, Didier Ediho o Faustin Linyekula, han ensayado y enseñado danzas tradicionales a alumnos de diferentes procedencias. Sin apoyo gubernamental, sin infraestructuras y a menudo, sin luz ni sala fija donde ensayar, bailarines como Faustin han tenido un largo recorrido desde que deslizaran su piel por esos lares. Pero su talento y constancia lo han convertido en uno de los coreógrafos más prestigiosos de la escena africana contemporánea.

Kabako.

Faustin Linyekula, fundador de Studios Kabako.

Tras quince años contando la tortuosa historia del Congo a través de su cuerpo, y tras pasar parte de su infancia exilado en Nairobi, se ha transformado en un pilar de la danza africana moderna que actualmente está presente en escenarios, festivales, encuentros y teatros de todo el mundo. Una prueba fehaciente de que el verdadero talento lucha contra todo infortunio para golpearnos de cerca y contárnoslo.

Fundador de Studios Kabako, en su ciudad natal, Kisangani, Faustin ha pasado los últimos meses en Lisboa con el programa Artista Na Cidade 2016. Para él, como para otros tantos africanos y africanas, Europa no le es un continente ajeno. La colonización ha tenido ese impacto tan rotundo que hace que, a veces, sea más fácil conocer en profundidad la historia de Francia, Inglaterra o Portugal que la propia historia nacional. Por eso, cuando Faustin pasó una temporada en París, como luego hizo en Lisboa, se sintió en casa. Para él era otra etapa del proceso colonial: “Un intelectual británico de origen jamaicano, Stuart Hall, dijo algo muy poderoso: cuando llegó a Inglaterra en 1951, le preguntaron “¿por qué estás aquí?” Y él respondió: “Estoy aquí para completar el viaje colonial. Vosotros empezasteis en el siglo XV y en el siglo XX yo completo el último paso. Vosotros cambiasteis mi vida y yo vengo aquí para que me miréis a los ojos”, explica en una entrevista en la revista portuguesa Buala.

Este acercamiento de África a Europa es ya un viaje natural y lógico. Quizás por esto, al público lisboeta tampoco le es ajeno el lenguaje corporal que Faustin utiliza en el escenario. Sin embargo, tal como el propio coreógrafo y bailarín congoleño atestigua, no tiene ninguna intención de trasladarse de forma permanente a Europa, ni siquiera a otro punto de África. “Vivir allí es un acto de resistencia. Resistencia al fatalismo”, dice sobre el hecho de residir en Kisangani.

La danza, el movimiento, son para bailarines como Faustin el bombeo que los mantiene vivos. Un músculo vital que riega muchos otros órganos de ese sistema vivo que es el Congo. Hay esperanza que viene de la gente. De la necesidad imperiosa de salir adelante a una situación insostenible. La resistencia de artistas como los que luchan bajo el paraguas de Studios Kabako, que invierten parte de sus ganancias a proyectos de canalización de agua en el barrio de Lubunga, en la zona de Kisangani en el que se ubican, demuestra que cuando los estados fracasan, la imaginación, el trabajo en equipo y la constancia, son el único antídoto al hundimiento de su pueblo. La suya, es una ardua tarea. Pero sus historias han venido para quedarse, para mostrarnos que si la nuestra es también su historia, debemos escuchar lo que quizás nos cuente un poco más de nosotros de lo que creemos. Y así sus obras trascenderán esa impermeable piel europea que a menudo mantiene nuestros cuerpos y mentes yermos. Y su resistencia será también la nuestra.

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Gemma Solés i Coll
Licenciada en Filosofía (UB), posgraduada en Sociedades Africanas y Desarrollo (UPF) y Master euroafricano en Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Le interesan la música, el activismo cultural, las ciudades africanas y el turismo sostenible. Coordina la sección de Música y Artes Escénicas y presenta y dirige el magacín radiofónico Wiriko en M21. Contacto: [email protected]
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