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Sudáfrica a la conquista del “Cine del Oeste”

Es quizás uno de los géneros más emblemáticos de Hollywood y que hoy día más pasan desapercibidos a pesar de que los análisis pudieran centrarse en las tramas sociopolíticas de la época. El Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés) abría el año pasado con un remake de Los siete magníficos (2016) con un reparto estelar incluyendo a Denzel Washington y Ethan Hawke. Una película que ha concedido grandes éxitos como la adaptación que en 1954 hizo Akira Kirosawa con Los siete samuráis.  Tarantino recientemente nos deleitaba con Django desencadenado (2012) y su famoso elenco Jamie Foxx, Christoph Waltz, Samuel L. Jackson o Leonardo DiCaprio. Unos años más tarde, estrenaba Los 8 más odiados (2015) que con sus 3 horas de duración confirmaba una nueva etapa en este género: abordar el tema de la cuestión racial y el vínculo entre los blancos y negros en el oeste norteamericano.

Un año después, Toronto vuelve con un estreno que se espera de forma ansiosa: Five Fingers for Marseilles (2017). Hoy será el gran día. Si bien la idea de un film enmarcado en el spaghetti western en Sudáfrica puede parecer muy inusual (durante el apartheid ya se grabaron algunas películas), la visión del guionista Sean Drummond y del realizador sudafricano Michael Matthews tiene sentido en un contexto social y político en una Sudáfrica con las emociones a flor de piel. De la narrativa al ritmo y del encuadre a la narración, el trabajo de Matthews parece que huye del folclore americano. El drama criminal persigue la fórmula probada de los hombres preocupados que desean renunciar a sus maneras violentas, pero se ven obligados a utilizarlas contra las fuerzas de la corrupción y la opresión.

Aquellos que están familiarizados con el género western saben que esta trama básica puede tomar muchas dimensiones. En el caso de Five Fingers for Marseilles, que fue filmado en el idioma regional de xhosa, la trama también sirve como comentario social sobre la actual realidad que viven muchas ciudades sudafricanas con respecto a los gobiernos corruptos, particularmente en las comunidades marginales.

La película está localizada en la región del Cabo Oriental donde los alrededores son calurosos, secos, polvorientos, rocosos y perfectos para rodar un spaghetti western. En el tráiler el goce de las vistas panorámicas y amplias con las cadenas montañosas son un homenaje respetuoso a las películas del legendario maestro italiano Sergio Leone. El elenco de actores sudafricanos retrata a sus personajes como si estuvieran canalizando a Clint Eastwood o Franco Nero; incluso la banda sonora evoca el trabajo temperamental de Ennio Morricone.

Mientras todas las escenas y la edición de esta película se completaron en un año, la planificación y la investigación llevó más de 7. El objetivo de Matthews parece claro: subvertir el género colocando la historia dentro de la comunidad local con los colonos y las divisiones traídas por el colonialismo que se demuestran ser el enemigo. Quedamos a la espera de poder verla. Pronto. Con muchas ganas.

Armando Buika: “En un casting me dijeron que no era un reflejo de la sociedad porque no se ven negros policías ni abogados”

*Por Maria Colom

Foto: http://www.pilarpardo-representante.com/

“Hace poco dije que no a un papel porque no me hacía crecer como actor. Era denigrante para mi cultura y no quise hacerlo. En ocasiones me he sentido humillado, pero no por mí, sino por la imagen que quieren dar de mí y de mi cultura”, contaba el actor español de ascendencia guineana, Armando Buika, para Wiriko. Al parecer, en pleno siglo XXI, África sigue siendo un tema tabú para la sociedad española. Actores, directores, guionistas y artistas en general, con raíces africanas, ven reducidas a diario sus oportunidades laborales por su color de piel. “En un casting me dijeron que no era un reflejo de la sociedad porque no se ven negros policías ni abogados”, explica Buika. Ante esta situación y al darse cuenta de que se trataba de un problema generalizado, junto a otros colegas de profesión, decidieron crear The Black View, una plataforma que, según cuenta el actor, nació ante la dificultad de desarrollar su carrera y para luchar contra la invisibilidad a la que está sometida la población negra también a nivel cotidiano.

Aunque en muchos países fuera de África en los que viven negros, a estos les cueste encontrar su lugar, fuera de España estas visiones ya han empezado a cambiar, por lo que el actor no puede dejar de preguntarse por qué aquí no ocurre lo mismo. “Cuando entras a cualquier sitio, tienes que hablar para demostrar que eres español, y hasta que no hablas, la gente se siente incómoda”.

La primera acción que llevó a cabo esta plataforma, fue presentarse como asociación ante la Academia del Cine Española y exponer los motivos de su creación. Además, se propusieron para presentar un premio en la gala de los Goya. Como resultado, a los pocos días se pusieron en contacto con el director Santiago Zannou –miembro de la plataforma y ganador del Goya al mejor director novel en el año 2008 con la película El truco del manco– para presentar un premio en la gala que se celebró el pasado 4 de febrero. Zannou se subió al escenario por primera vez desde que fue galardonado, para entregar un “cabezón” y fue la primera ocasión en la historia que un artista negro tenía tal oportunidad.

No obstante, The Black View quiere dejar claro que no tienen nada que ver con el movimiento Oscars So White, que nació en Estados Unidos para reivindicar que los nominados y los ganadores de los premios de la Academia del Cine Estadounidense siempre eran blancos, sino que la plataforma nació de un sentir interior para librarse de las cadenas que los convierten en invisibles.

“Queremos que nos quiten ese sello y esa imagen de debilidad. No somos minoría, somos fuertes y españoles. Guionistas, actores, fotógrafos… un colectivo de diferentes artistas que tenemos que dejar de escondernos y agachar la cabeza. Queremos dar una imagen de fortaleza. Queremos enriquecer proyectos con la mezcla de culturas, queremos que guionistas y directores salgan de la zona de confort”.

Foto: http://www.pilarpardo-representante.com/

Tras el éxito de la campaña durante los premios Goya, The Black View no ha parado de preparar proyectos. Entre ellos, para el día internacional del teatro, el próximo 27 de marzo, van a estrenar un vídeo titulado “La cultura no tiene color”, un poema que recitaran distintos actores conocidos con el objetivo de extenderlo de forma viral. Además, están inmersos en producciones teatrales, escriben guiones de cine y dan charlas para concienciar al sector. Y es que cuando un actor negro va a un casting o ya ha conseguido un papel, muchas veces es para interpretar a un inmigrante sin papeles que ha llegado en patera. Hace poco, en una serie, le pidieron esta interpretación a Armando.

“Preguntas que de dónde viene el negro. Te contestan que de África, como si fuera un país, o de Guinea. Pero alguien de Guinea no viene en patera. Tenemos que dotar las producciones de rigor histórico”, cuenta el actor, al que hemos podido ver en la serie de televisión La fuga, o en las películas Back seat fighter o Stop over in hell. Actualmente, la plataforma ya cuenta con un historiador en cultura negra que los ayuda y los instruye.

Que los actores negros solo tengan la oportunidad de interpretar a los estereotipos de inmigrantes sin papeles y manteros es muy peligroso para la sociedad y para la educación de los jóvenes.

“Los que nacimos en los años 70, hemos crecido sin referentes. A mí me ha costado mucho aceptar lo que soy porque creía que no tenía las mismas oportunidades. Yo no estaba orgulloso de ser negro porque creía que no tendría futuro. Ahora queremos demostrar a los jóvenes que es posible vivir en un país con oportunidades”.

Solo quieren que se los reconozca como tal, que se muestre la realidad tal y como es. Porque sí es cierto que hay manteros e inmigrantes, pero también hay maestros, policías, abogados y padres. The Black View reivindica poder tener todo el abanico de posibilidades, quiere dar visibilidad a toda esa gente que no la tiene y quiere unir fuerzas para luchar juntos por lo que les pertenece.

12 películas sobre negros que Trump nunca visionará

Hace unos meses inauguraba el entonces presidente Obama en Washington el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana. Ha tardado un siglo en convertirse en realidad. No ha sido un milagro sino voluntad. Aunque bien podría incluirse la presidencia de Barack Obama en el catálogo de los milagros si tenemos en cuenta el pasado reciente de esta nación. Hablo de milagro que no de santidad, ojo. El gesto de este nuevo museo fue solo uno de sus intentos en enmendar el pasado de su país en relación con la población, que es mayoritaria, hijos de migrantes. Incluido el propio Trump. Pero esta afirmación cobra importancia en el campo del cine. Se puede afirmar que la era Obama y el relanzamiento de lo “afro” comenzó en enero de 2009, cuando el director Lee Daniels dirigió su ácida Precious, adaptada por Geoffrey Fletcher de una adaptación de Push, primera novela de Ramona Lofton escrita bajo el pseudónimo Sapphire. El guionista recibió un Oscar, como también Monique Angela Imes (Mo’nique) a la mejor actriz de reparto. Precious dejó sin palabras a los jurados de decenas de festivales entre ellos los de San Sebastián, Cannes, Toronto o Sundance.

No era una historia bonita. Más bien de esas que te desgarran las lágrimas y te dejan desalmado. Seco por dentro y por fuera. Porque Precious es una adolescente obesa, analfabeta, embarazada por la violación de su padre y con un madre que la sacude psicológica y físicamente. Una película donde el director Daniels expone toda la rabia de la pobreza afro arraigada en los suburbios de Nueva York, en Harlem. Un odio hacia los orígenes de la segregación en la capital del mundo.

Era el tipo de película que Hollywood nunca pensó que llegaría a tener éxito. Y sin embargo, lo hizo. Reconocimiento de la crítica, sus seis nominaciones a los Oscar, dos galardones, una recaudación magnífica que la mantenía en las carteleras mucho más tiempo de lo que nadie había esperado. E incluso, el objetivo conseguido: se desencadenó un gran debate dentro de la industria sobre las perspectivas de otros proyectos desafiantes y, por qué no, moralizantes.

El debate comenzó a intensificarse y la textura de las historias que aparecían en pantalla comenzó a cambiar. Ese mismo año aparecería The Blind Side (Un sueño posible), 2009 que le valió un Oscar a Sandra Bullock examinando la culpa blanca cara a cara. Pero las caras negras todavía estaban detrás de las bambalinas. Claro que desde hace años el pódium de los actores y actrices negros han tenido eco y mucho: Morgan Freeman, Denzel Washington, Will Smith, Samuel L. Jackson, Halle Berry, Eddie Murphy o Whoopi Goldberg. Había películas de negros dirigidas a atraer a un público negro. Pero durante los ocho años de gobierno de Obama, si algo hizo por la historia afro de los Estados Unidos fue apoyarla, hacerla visible y naturalizarla a través del cine. Ayudar a reescribir la historia.


La esclavitud como pecado original del nacimiento de los Estados Unidos

Hace unos años tratamos el tema en Wiriko. En ese artículo decíamos que las visiones diferenciadas de la Guerra de Secesión estadounidense que ofrecían Spielberg, con su película Lincoln, 2012 y Tarantino, con Django desencadenado, 2012 conducían a un clima previo a la celebración de los Óscar enmarcado en el sentimiento patriótico a la bondad de la nación. Sea como fuere, 12 años de esclavitud, 2013 dirigida por Steve McQueen abrió un nuevo camino: revisión del pasado, orgía de azotes y tres Oscar, uno de ellos a la mejor película, otro al guion adaptado y a la mejor actriz de reparto, la keniana Lupita Nyong’o.

 

 

 


Marcha para reclamar el voto afroamericano

Selma, 2014 es un drama político entusiasta, en el que la directora Ava DuVernay narra la historia de la batalla trascendental que vivieron el reverendo Martin Luther King y otros líderes para aprobar la ley de 1965 del Derecho al Voto. Una marcha desde Selma a Montgomery, Alabama, en marzo del 1965. Con Selma, DuVernay se convirtió en la primera directora afroamericana en ser nominada en los Oscar a la mejor película.


Diferencias de clase y menosprecio a los criados negros

Criadas y Señoras (The help), 2011 cuenta la historia de una joven escritora valiente, Eugenia “Skeeter” Phelan, quien ha decidido escribir un libro sobre las criadas negras que crían a los niños blancos en su ciudad natal. Estamos en Jackson, Mississippi en 1963. Un guion sobre la segregación, el linchamiento y la humillación.

El mayordomo (The Butler), 2013 es el relato ficticio de un hombre negro del sur del país que trabajaba como mayordomo de la Casa Blanca durante siete presidentes: desde Eisenhower hasta Reagan. La historia de este hombre, que comienza en un campo de algodón de Georgia y termina con una invitación al lugar de donde emigró, describe un viaje personal, racial y nacional de una manera que hace pensar, a pesar de lo ficcionado, que es un claro mensaje a la exploración de los orígenes de Obama.

 


Discriminación policial y de las leyes contra la población afrodescendiente

Estación Fruitvale (Fruitvale Station), 2013 fue la ópera prima de Ryan Coogler, y se estrenó golpeando en el corazón del debate. La película recoge el trágico incidente en la estación de metro de San Francisco Fruitvale en la noche vieja del 2008 cuando Oscar Grant III fue asesinado por un policía tras unos altercados que fueron grabados con el móvil de los propios pasajeros del metro. Aunque le condenaron a dos años de prisión, el policía fue puesto en libertad a los once meses. En los Estados Unidos las manifestaciones  han aumentado en el último año a causa de los asesinatos de población negra a manos de los cuerpos de seguridad estadounidenses que se exceden en sus cometidos.

13, 2016 acaba de recoger tres Premios de la Asociación de Críticos y está en la lista a los Oscar al mejor documental. La película narra cómo el sistema de justicia criminal de Estados Unidos ha sido impulsado por el racismo desde la época de la esclavitud hasta los tiempos actuales donde existe una encarcelación en masa. La película se llama así por la 13 enmienda constitucional que abolió la esclavitud con la excepción de castigo si cometes un delito. Y aquí establecieron la trampa. ¿Porque qué se entiende por delito?


Amor y superación

Como escribía el periodista Jordi Costa en el diario El País, la película Figuras ocultas, 2016 “reivindica el decisivo papel de las matemáticas afroamericanas Katherine Goble Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson en el seno de la NASA, sobre el telón de fondo de una carrera espacial obligada a acelerar tanto su ritmo como su eficacia tras el lanzamiento del Sputnik I por parte de la Unión Soviética. La lucha por los derechos civiles, que alcanzaba sus primeras conquistas aisladas contra la segregación, suma dimensión épica a la justa labor de visibilidad que rige la película”.

 

Loving, 2016 trata sobre el matrimonio en 1958 entre Richard, un hombre blanco de clase trabajadora interpretado por Joel Edgerton y Mildred Jeter, una mujer negra interpretada por la etíope irlandesa Ruth Negga. La ceremonia se llevó a cabo en Washington DC, pero la pareja se encuentra acosada, encarcelados y perseguidos en su estado natal de Virginia debido a las leyes basadas en ese insidioso y término cuasi-científica: “mezcla de razas”. Con la bendición del fiscal general Bobby Kennedy, el caso de los Loving es tomado por la Unión Americana de Libertades Civiles y su caso es finalmente aprobado por en el Tribunal Supremo estableciendo el derecho a vivir como marido y mujer y derrocar las leyes de Jim Crow. Estas leyes estatales y locales en los Estados Unidos en vigor entre 1876 y 1965, propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas por mandato de iure bajo el lema “separados pero iguales” y se aplicaban a los afrodescendientes y a otros grupos étnicos no blancos en los Estados Unidos.

¿La guerra contra el terror se vuelve a legitimar con Hollywood?

Eye in the Sky es una nueva película de Hollywood muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab en Kenia. El trabajo del director sudafricano Gavin Hood ofrece una ventana hipotética para la toma de decisiones. El paisaje que describe es muy preocupante y plantea cuestiones fundamentales acerca de cuándo, si acaso, este tipo de ataques son justificados.

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En 1928 Calvin Coolidge, el trigésimo presidente estadounidense, pisó el Malecón tras tres días en barco desde Estados Unidos. Pero no se dejó seducir lo suficiente por la sal a ritmo de son en el Malecón. 88 años después, Obama ha recogido el testigo que dejara Coolidge al comenzar una visita a Cuba que tildan de histórica aunque los guiones diplomáticos no parecen salirse de los márgenes: el bloqueo continuará a no ser que, entre otras disposiciones, el gobierno de Raúl Castro abandone la revolución a cambio de un nuevo paradigma político.

obama.bush.pakistan.drone.strikes.infograhicComo entremés a este viaje, precisamente el martes 23 de febrero, Obama entregaba al Congreso su admirable deseo de terminar -antes de que abandone el cargo- uno de los legados más problemáticos de la respuesta de Estados Unidos al 11 de septiembre: la base de Guantánamo. Probablemente la cerrarán como una jugada obligada de los demócratas de cara a la carrera presidencial en las próximas elecciones programadas para el 8 de noviembre de este año. Pero Obama todavía tiene que abordar de manera adecuada su propio legado en la “guerra contra el terror”: la matanza secreta de presuntos terroristas con aviones no tripulados armados.

El gobierno de Obama ha hecho de los drones su arma predilecta para responder a las amenazas terroristas percibidas. De acuerdo con la New American Foundation (NAF), George W. Bush supervisó 48 aviones no tripulados en Pakistán y 1 ataque aéreo en Yemen; hasta la fecha, Obama ya ha supervisado 354 y 127 respectivamente, un aumento del 700%. Las cifras exactas están en disputa, pero la NAF informa que durante el mandato de Obama, los aviones no tripulados han matado entre 1.900 y 3.000 personas en Pakistán, entre ellos más de un centenar de víctimas civiles. La práctica alcanzó su punto máximo en este país en 2010, y en Yemen en 2012, pero continúa hasta nuestros días.

El ataque más reciente tiene fecha de este mes: el 5 de marzo donde 150 personas presuntamente vinculadas a Al Shabab fueron asesinadas. El gobierno de Estados Unidos afirmó que no hay civiles muertos, aunque ni esa afirmación ni la alegación de que los terroristas preparaban un inminente ataque pudieron ser verificadas. ¿Qué es lo que realmente sabemos acerca de este tipo de prácticas?

Eye in the Sky (Espías en el cielo) es una nueva película muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab, del director sudafricano Gavin Hood quien en 2005 ganara el Oscar a la mejor película extranjera por Totsi, ofrece una ventana hipotética en tal toma de decisiones: apretar o no el botón teledirigido desde algún despacho occidental aunque pueda haber víctimas inocentes.

En la película, Helen Mirren interpreta a Katherine Powell, una coronel británica cargada de ira sobre los yihadistas que operan en el norte de África. El único viaje que Powell tiene que hacer, sin embargo, es entre su casa y su oficina en Londres, donde coordina un programa de drones de alto secreto en conjunto con un equipo estadounidenses en Nevada (son los que dirigen estos aviones no tripulados) y varios agentes africanos en Kenia, entre ellos el actor somalí Barkhad Abdi, quien interpretara a un “pirata” en la película Capitán Philips y de la que ya hablamos en Wiriko.

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Los británicos, con Powell a la cabeza, han identificado a varios miembros conocidos de Al Shabab, entre ellos una pareja británica-estadounidense, que se encuentra preparando un ataque suicida en un barrio mayoritariamente somalí de Nairobi. ¿Lo moral?: en principio el lanzamiento de un misil sobre la casa debería ser bastante simple, pero se pone en riesgo la vida de los civiles, entre ellos una niña que vive en la casa de al lado. ¿Lo político?: en una habitación en Londres, un funcionario le pregunta a Powell: “¿Ha habido alguna vez un ataque de avión no tripulado encabezado por Gran Bretaña en una ciudad de un país amigo que no está en guerra?”.

Una película que abrirá el debate sobre los drones, la justificación de ataques donde los eufemísticamente llamados “daños colaterales” fallezcan a cambio de la implementación a fuego de una democracia liberal a a la norteamericana. Pero una película que redunda, también, en el cliché sobre el islam como religión del odio con imágenes que para un espectador sin mucha información de contexto le confirmará los temores que pregona estos días Donald Trump. Un trabajo que no cuestiona, una vez más, el origen de estos jóvenes terroristas, del porqué se ven obligados a apretarse un buen cinturón de explosivos, de las implicaciones del gobierno keniano con Al Shabab, de los acuerdos comerciales entre Estados Unidos e Inglaterra con África que empobrecen a la población más desfavorecida, del no profundizar en absoluto a cerca de la sociedad somalí. Pero como dosis de propaganda y entretenimiento condensadas en 102 minutos es perfecta. A los cines de España llegará el 13 de mayo.

Las cinco razones para odiar Casablanca

Todos conocemos la exitosa película Casablanca, filmada en 1942, como una obra cumbre del cine occidental, aunque solo nos suene la escena final del aeropuerto y esa tremenda niebla. Sin embargo, Casablanca es un ejemplo más del poder que Hollywood tenía en el mundo y del peligro que ello suponía (y supone) al ser capaz de reflejar las imágenes de un universo que no es real. Un universo que ha atravesado el filtro de nuestro cine.

Poster - Casablanca

El largometraje, que ganó tres de las ocho nominaciones a los premios Oscar, entre ellos a mejor película, está ambientada en la Segunda Guerra Mundial y relata la situación de los refugiados europeos que huían del III Reich Alemán y acababan en la ciudad marroquí con la esperanza de lograr los visados que les llevarían a América, a través de Lisboa. Pero Casablanca se convirtió en un gigantesco embudo en el que se entraba, pero no se salía.

Entre tanta confusión descubrimos a Richar Blaine (Humphfrey Bogart) dueño del Rick’s Café, a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) y a Victor Laszlo (Paul Henreid) un matrimonio de refugiados que intentan salir de Casablanca a toda costa para seguir luchando contra las fuerzas del fascismo. La trama se va complicando y según nos sumergimos en el triángulo amoroso de los tres protagonistas la trama se va complicando y acabamos olvidando que detrás de una historia de amor hay mucho más. Una historia con una escena irreal, clasista, racista y, por supuesto, machista.

  1. La Casablanca que no existió

Durante 102 minutos que dura la película se nos muestran escenas de interior, casi siempre centradas en el Café de Rick, y cuando aparecen escenas exteriores vemos una Casablanca profundamente tradicional, de corte árabe, con una medina de calles estrechas, llenas de mercancías.

No obstante, Casablanca nunca fue una urbe tradicional. Desde el s.XIX su desarrollo como centro industrial y principal puerto de Marruecos y la influencia francesa, provocaron la “europeización” de la ciudad. La vieja medina tiene poco o nada que ver con los centros de Fez, Marrakech o el propio Rabat: sus calles son más anchas, y están salpicadas de edificios coloniales. Más que una ciudad tradicional, Casablanca bien podría considerarse una ciudad colonial ex novo. La Casablanca que vemos en el filme es una ciudad irreal y artificial que nunca llegó a existir. Por no mencionar que la película fue rodada enteramente en suelo estadounidense.

  1. Refugiados de clase alta

La tendencia del cine estadounidense es ver el mundo -y representarlo- desde un solo punto de vista. En el caso de los refugiados, vemos a una mayoría de ciudadanos europeos de clase alta que, mientras llega su visado, esperan en las terrazas de la ciudad y pasan las noches en el Café de Rick.

Sin embargo, no podemos olvidar que al otro lado del Mediterráneo consiguieron llegar todo tipo de ciudadanos, no sólo refugiados con las carteras llenas. La película hegemoniza una sola clase de refugiados, las de los ricos, mientras que se olvida de todos aquellos que llegaron sin nada más que lo puesto. “Esto está plagado de buitres, bandidos, por todas partes” es una de las frases que abren la película y que hacen referencia a los asilados. Criminalizar la pobreza. Eso es lo que hace Hollywood en 1942. ¿Cuál sería la visión hollywodiense del actual flujo de refugiados hacia Europa?

  1. ¿Dónde están los marroquíes?

Cualquiera diría que en Casablanca no vivían marroquíes. La sobrerrepresentación de personajes blancos en la película crea de nuevo una imagen irreal de la situación de la ciudad en aquellos años. Pero la realidad es otra. Aunque Casablanca fuera un centro colonial la población blanca seguía siendo una minoría incluso en los años centrales de la Segunda Guerra Mundial.

En algunas escenas sí aparecen personajes de apariencia marroquí, pero se les representa como unos seres interesados y embusteros. El propio Rick advierte a Ilsa de un tendero con la expresión “te va a engañar” aludiendo al regateo como un acto poco honroso y chabacano. El largometraje, además de ignorar, está encuadrando negativamente una cultura con una sola frase.

  1. Sam,el negro fiel de Humphrey Bogart

Hollywood parece que se equivocó hasta el fondo con Sam, el pianista negro de la película. La frase “tócala otra vez, Sam” ha quedado en los anales de la historia del séptimo arte. Pero Rick en ningún momento se dirige al pianista amablemente, más bien, le da órdenes: “La tocaste para ella y ahora la tocarás para mí. Tócala”, son las verdaderas palabras que brotan de los labios de Rick Blaine.

Además durante toda la película Sam aparece como un perro fiel, que obedece todas las órdenes y que sigue a Rick a todas partes. Un sirviente que nunca se plantea rebelarse o resistirse a los mandatos del protagonista. Más que un amigo, Rick parece ser el dueño de Sam. En 1942 el cine de Hollywood está mandando un mensaje racista, basado en la superioridad racial, bastante llamativo. Un discurso radicalmente opuesto al de los protagonistas que dicen luchar por la libertad y contra el racismo impuesto por el sistema alemán en Europa.

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  1. Ingrid Bergman y la sumisión femenina

Pero si el cine occidental demostró ser clasista y racista, también resultó ser profundamente misógino. Ingrid Bergman interpreta una brillante Ilsa Lund, una mujer de carácter, decidida a conseguir sus objetivos… pero que por el camino se encuentra desolada. La propia Ilsa le confiesa a Rick que ella era todo lo que él le había enseñado, que le mostró el mundo. Que antes que él apareciera, ella no era nada.

Junto a este papel sumiso, Rick no duda un segundo en pronunciar otra frase cargada de simbolismo patriarcal: “Tienes que subir a ese avión, con Victor, que es a quién perteneces”. Esta alusión a Ilsa como una propiedad de Victor Laszlo por el mero hecho de estar casados es un símbolo más de la apropiación del amor y de la mujer. Un mensaje que la maquinaria de Hollywood ha seguido enviando a través de las pantallas durante décadas.

 

Beyoncé, ¿la nueva Black Panter?

Ser negro es, de nuevo, un punto mediático caliente. Una lucha que en el último año se ha hecho más visible. Una ola de racismo parece haber copado cientos de titulares después de numerosos incidentes en Europa, el Caribe, África y, sobre todo, Norteamérica. Pero movimientos como #BlackLivesMatter subrayan que el camino para su erradicación todavía no ha acabado y que la lucha continúa. El último episodio ha sido la actuación de Beyoncé en el descanso de la Super Bowl, el espectáculo más caro del mundo y el más visto. Una golosina si quieres enviar un mensaje activista. O una bomba si, tu baile, es una clara alegoría al partido de los Panteras Negras y a Martin Luther King.

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La artista presentó su nuevo trabajo Formation, en el que hace referencias directas a la condición de los negros en EE.UU. y, aquí está el plato caliente, una coreografía alusiva al activismo radical negro de los años 60. Fueron cinco minutos de espectáculo suficientes para abofetear a una buena parte de la sociedad norteamericana que ladea el torso frente a las desigualdades y discriminación que sufre esta población. Un espectáculo sin tabués contenidos. Aunque fue un despropósito para muchos otros como el antiguo alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, quien catalogó el show como un claro “ataque a la policía”.

Y quizás lo que separa a Formation de la mayoría de sus otros trabajos es la fuerte alusión a la raza, la identidad y la cultura negra. El videoclip contiene imágenes de mucha carga simbólica como el coche de policía que se hunde en Nueva Orleans (en una clara evidencia al desacierto administrativo y burocrático vivido en esta región después del huracán Katrina) o el de un chico joven negro con capucha delante de una fila de policías, imagen en la que se puede apreciar una pared pintada con las palabras “dejar de dispararnos”.

Una semana después, y ante el revuelo formado por Beyoncé se presentaba el aclamado documental de Stanley Nelson, Los Panteras Negras: vanguardia de la revolución. Es el primer largometraje documental en el que se explora el partido de los Panteras Negras, su importancia para la cultura estadounidense en general, su influencia en el despertar cultural y político de los negros, y las dolorosas lecciones cuando un movimiento de esta talla se descarrila. Nelson va directamente a la fuente, el tejido de un rico material de archivo con muchos protagonistas: desde la policía, los informantes del FBI, periodistas, partidarios y detractores, o blancos y negros afiliados que permanecieron leales al partido y los que lo dejaron.

Este “retrato definitivo del partido de los Panteras Negros”, según su propio director –de subida y final– apunta a pintar una historia completa y exacta de la organización nacionalista negra y revolucionaria. Una película que debería actuar como un recordatorio, como elemento necesario en los programas educativos para entender las dinámicas actuales en el país.

Como el propio Nelson afirma: “El ascenso y la caída del Partido Pantera Negro es una historia que no se ha explicado aunque los Panthers han sido parte de otras películas, o han habido historias sobre sus miembros de manera individual. Será la primera película sobre el partido”. Pero el documental no sólo se basa en la subida y la caída del movimiento, sino también en cómo los afroamericanos piensan hoy en día sobre sí mismos, sobre todo en la consideración de la acción reciente (y en adelante) colectiva dentro de las comunidades en todo el país. Una práctica clave de los Panteras era precisamente la vigilancia de los desafíos de autoridad por parte de los agentes de policía. Un documental necesario, sin duda.

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El (no) Oscar negro, negro

Película Timbuktú, dirigida por el mauritano Abderrahmane Sissako y nominada a los Oscar 2015 como la Mejor Película Extranjera.

Película Timbuktú, dirigida por el mauritano Abderrahmane Sissako y nominada a los Oscar 2015 como la Mejor Película Extranjera.

No, no ganó. O depende de cómo se mire, el film mauritano Timbuktú, nominada a la Mejor Película Extranjera para los Oscar 2015, ha ayudado a ganar a todos e incluso puede desatar una revitalización de los cines africanos. Mejor aún, la selección de un país con una visibilidad muy reducida en los circuitos internacionales seguramente rejuvenecerá el interés del público general por las cinematografías, no sólo de Mauritania, sino del continente en general.

La historia de las películas africanas en los Oscar es difusa y se remonta a 1969. En este año el director griego-francés Costas Gavras fue nominado por su tercer trabajo Zeta, en una película que terminó su producción tras varios problemas en Argelia, país por el que se presentó. Por lo que africana, africana, no fue. El segundo logro llegaría en 1976 cuando el director francés Jean Jacques Annaud se hizo con el galardón a la mejor película por Noirs et blancs en couleur (Negros y blancos en color) un guión bélico y de humor negro sobre la lucha entre los colonos franceses y los alemanes en África occidental durante la Primera Guerra Mundial. Lo curioso fue que la cinta se presentó por Costa de Marfil y en los libros de historia consta como la “primera película africana” en ganar el Oscar. Después llegaría 2005, sí, y Totsi, un retrato sobre la vida en Alexandria, uno de los barrios marginales de Johanesburgo, donde el director sudafricano Gavin Hood se haría también con el Oscar.

Pero el dato relevante es que el director de Timbuktú, Abderrahmane Sissako, se ha situado como el primer director negro africano en estar nominado a la famosa estatuilla. Su último trabajo es una visión esencial sobre el fundamentalismo islámico en un guión lleno de sinceridad política y de compromiso por la belleza cinematográfica.

El éxito de Sissako vino temprano en 2002 con su película Hemerakono (A la espera de la felicidad) una cinta que presentaba ya muchas de las mismas cualidades de Timbuktú: individual, reflexiva, compasiva por sus personajes, un sentido revelador del color y una banda sonora excelsa. Después en 2006, Bamako se presentaba como una película más desafiante, con el humor de Godard y una mezcla surrealista de teatro y política bajo los mandatos de las instituciones internacionales financieras. Bamako tendió a desconcertar y el reto removió más de una conciencia.

Las películas de Sissako se pueden considerar como parte de una filmoteca fundamental para entender la historia “muchas veces no contada” del continente entre los que se podrían enumerar nombres como: el senegalés y considerado “padre” de los cines africanos Ousmane Sembène o la también senegalesa y “madre” de los cines africanos Safi Faye; el burkinabés Idrissa Ouedraogo o su compatriota Fanta Regina Nacro; la togolesa Anne-Laure Folly; Djibril Diop Mambety; Cheick Oumar Sissoko; Med Hondo; Adama Drabo; Moussa Sené Absa; Jean-Marie Teno o Jean-Pierre Bekolo.

Por supuesto, hay más en la historia del cine africano que estos directores. De las películas marxistas del Mozambique de los años 70 a la potencia de la producción contemporánea nigeriana, pasando por el futurismo, la novela policíaca, el western o el humor. La oportunidad de contar historias africanas para una audiencia internacional puede, a veces, convertirse en una lucha. Por eso, la esperanza mezclada con alta dosis de necesidad de que Timbuktú pueda encabezar un renovado interés en el poder de las películas africanas. Y para quien todavía no la haya visto, aquí el trailer.

Los otros cinco (africanos) para los Oscar 2015

Las quinielas ya tienen ganadores, segundos premios, mejores decorados, mejores actores/actrices de reparto, incluso la empresa que tapizará de rojo el Teatro Kodak en Hollywood. Algunos, ante tanto alboroto y especulación pomposa, comienzan a sacarle punta a los discursos de agradecimiento porque… Nunca se sabe. Aunque quizás nadie logre llegar a la síntesis de Alfred Hitckcock que tras recoger el Oscar honorífico en 1968 por toda su carrera cinematográfica (nunca ganó una estatuilla a pesar de ser considerado como uno de los mejores directores de todos los tiempos) pronunció ante el respetable un escueto “gracias” e hizo mutis por el foro. Quizás fue la crítica más grande que se ha hecho desde el atril que representa el clímax en Hollywood.

Los Oscar de 2015 se acercan (22 de febrero). Y diciembre es un mes de cenas de gala, de Navidades repletas de promociones, de llamadas de teléfonos que subirán la tarifa e intentarán edulcorar la opinión de los críticos de la Academia. Noches de intriga. De amigos de corto recorrido. Se trata de los premios más importantes (y más comerciales) de la industria del cine. Un mes antes vendrá la antesala, la ceremonia de Los Globos de Oro (11 de enero) y unos días después (el 15 de enero) se anunciarán las películas que competirán por el Oscar al mejor filme extranjero en un año de récord: 83 películas presentadas que se quedarán en una terna de cinco.

Y son cinco. Desde el continente africano se han seleccionado cinco películas que representan un número geográfico e inspirador: The red Moon (de Hassan Benjelloun, Marruecos); The Factory girl (de Mohamed Khan, Egipto); Timbuktu (de Abderrahmane Sissako, Mauritania); Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía) y Elelwani (de Ntshavheni wa Luruli, Sudáfrica). Norte, sur, este y oeste. Una metáfora de la vitalidad entre dientes del séptimo arte en el continente africano. Sus cines resisten el envite del no credit, no cash perpetuo. Éste es el titular. Y como va de quinielas, aquí va la nuestra. A la africana, claro:

 

Timbuktu (del director Abderrahmane Sissako, Mauritania).

Es la gran favorita. Y él, Sissako, es el poeta de los silencios. Esta vez presenta su cuarto largometraje ambientado en su tierra de acogida Mali. Es 2012 y el fundamentalismo muestra su cara más radical maquillada con ametralladoras. Extremistas arrogantes y violentos administran castigos horrendos y absurdos. Destruyen la gracia y la belleza con la impunidad en una historia basada en personas y hechos reales: Kidane, un pastor con siete vacas que vive una vida sencilla y feliz con su esposa e hija Satima Toya, su “pajarito”. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en el último Cannes y también en el festival de Toronto. En el Festival Internacional de Durban (Sudáfrica) se hizo con el premio a la mejor película.

 

Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía).

La ópera prima de Zeresenay Berhane, que se alzaba con el premio del púbico a la mejor película en el festival de Sundance, también está basada en acontecimientos reales. La película indaga sobre la posible aparición de la nación en el mundo moderno y sobre qué sucede cuando tradiciones centenarias se rompen y los sistemas de creencias son abandonados. Difret además tiene dos significados: valiente o ser raptada.

La sinopsis lo deja claro: En Addis Abeba, la abogada Meaza Ashenafi ha establecido una red que proporciona una representación legal gratuita a mujeres y niños pobres. Valientemente, ella se enfrenta a todo tipo de hostigamientos por parte de la policía y de los miembros masculinos de gobierno. Sin embargo, Meaza decide ir a por todas cuando se hace cargo del caso de Hirut, una niña de 14 años que ha sido secuestrada y violada de camino de la escuela a casa. La niña escapa disparando a sus verdugos y es acusada de asesinato. Ahora, Hirut se enfrenta a la pena de muerte a pesar de que ella estaba actuando en defensa propia. En algunas zonas rurales de Etiopía, la tradición de ‘Telefa’ o el matrimonio por rapto todavía existe.

Así que apunten en las agendas el 15 de enero para ver qué cinco películas serán las elegidas para optar por el Oscar al mejor filme extranjero.

Tierra, agua y digital: la revolución del FESPACO

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¿Dónde has dicho que queda exactamente esa ciudad de nombre imprescindible para un trabalenguas castizo? ¿Comida de tierra, de oasis secos, de turbantes color añil? ¿Pero es que allí hacen cine? Todas tus preguntas se resumen en Uagadugú. ¿Uagaduqué? Que sí. Tú, sigue leyendo. Es la capital de Burkina Faso y por agregaduría del cine africano desde el año 1969. Allí se celebra cada dos años el Festival panafricano de cine y televisión, más conocido como FESPACO, que reúne a directores, actores, promotores, distribuidores y amantes del séptimo arte para presenciar la cita más importante de estas características que tiene lugar en África y para desestereotipar todo cuanto tiene que ver con las culturas africanas. Pasen y vean.

Aunque quizás el año 1969 quede subrayado por la llegada del hombre a la luna, por el festival hippie de Woodstock aderezado con sicodelia, mucho love y cannabis, o por la conexión Madrid-París en 13 horas con el TALGO, sea como sea, ya se saben las fechas para la 24 edición del FESPACO 2015: del 27 de febrero al 8 de marzo. Y las novedades que cambiarán por completo el panorama. ¿Nuevos tiempos para los cines africanos?

Al finalizar la 23ª edición en febrero de 2013 y con la todavía resaca de los premios de la academia norteamericana (Los Oscars), el propio delegado del FESPACO, Michel Ouedraogo, anunciaba que la competición por el premio Etalon de Yennengase abriría a películas digitales y que ya no estaría limitado a trabajos rodados en 35mm. “Debemos adaptarnos a las tecnologías de nuestro tiempo de las que se han apropiado un gran número de cineastas africanos”, explicaba.Pero además, para la próxima edición en 2015 se introducirá la opción de que películas de la diáspora africana puedan competir por el preciado premio.

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La apertura del prestigioso galardón africano a trabajos realizados con cámaras digitales se esperaba desde hacía varios años. Una realidad, más que una necesidad. Los costes de producción y posproducción se han abaratado con la posibilidad de establecer pequeños laboratorios “caseros” que otorgan unos resultados cinematográficos de primer orden. Además, la influencia de las antiguas metrópolis en el control del proceso de montaje era prácticamente absoluto, por lo que desde hace una década aproximadamente, la posibilidad de hacer cine se ha democratizado. Y ejemplos son la reconocida industria nigeriana (Nollywood), la ugandesa (Ugawood) o la que se está estableciendo en la costa este africana (Swahiliwood).

Pero las salas de cines en África están, cuando no vacías, en proceso de demolición o sucumbidas a los súper poderes del negocio infalible de palomitas-refresco-película de acción/comedia realizada en Hollywood. Porque sí. El proceso de globalización cultural es una realidad y el control de unos pocos sobre el tridente producción-distribución-exhibición ha traspasado unas fronteras porosas como son las de las audiencias y los gustos. La simultaneidad de las masas asusta. Aturde. Así que el FESPACO del próximo año hará gala del eslogan capitalista de renovarse o morir. O sucumbir que es parecido. Siempre quedará el cine de autor de los padres de las cinematografías africanas o de los directores que son agasajados en Cannes, la Berlinale o Sundance. ¿Pero qué ocurre con el público de casa?

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Uno de los incentivos para participar en la 24ª edición del FESPACO será el incremento de la cuantía por ganar el Etalon de Yennenga que ha pasado de 10 millones a 20 millones de CFA (unos 30.400€). “Un reconocimiento que no es generosidad.Se trata principalmente del apoyo otorgado por el Gobierno de Burkina Faso al trabajo de los diseñadores africanos participantes en FESPACO”, explica en la web oficial del festival Ouedraogo.

Más apoyo a los realizadores locales, más políticas de protección a las películas nacionales para poder ser proyectadas a sus audiencias locales, más inversión en escuelas de formación. Temáticas que continúan en el candelero de los profesionales africanos que se dedican a la industria cinematográfica. Un sector que mueve mucho dinero además de crear puestos de trabajo. Quizás, la decisión del digital en el FESPACO 2015 haga abrir los ojos a otros gobiernos del continente.

*Artículo publicado en colaboración con el blog VOCES

 

Situar África en el mapa o la didáctica de ganar un Oscar – Lupita Nyong’o

Lupita Nyong'o posando con el Oscar a la mejor actriz secundaria. Fuente: http://www.glamour.de

Lupita Nyong’o posando con el Oscar a la mejor actriz secundaria. Fuente: http://www.glamour.de

Sí, una keniana, Lupita Nyong’o, ha ganado el Oscar a la mejor actriz secundaria. Y su discurso “no importa en dónde se encuentre uno, tus sueños son válidos” en la meca de Hollywood, tiene muchas lecturas; tantas como interpretaciones sobre el porqué de este premio del cine comercial bajo el mandato Obama que, por cierto, tiene raíces kenianas. De nuevo, un tridente conocido gana adeptos en las salas de medio planeta con la película 12 años de esclavitud: negros, esclavitud y un continente, el africano, que se reduce a una historia maltratada interesadamente por la propia historia.

Pero que una mujer keniana -sí, nacida en México, pero criada en Nairobi- alzara el pasado fin de semana la preciada estatuilla en la 86 edición de los Oscar tiene un componente didáctico que a Hollywood se le escapa del encuadre y del guión: mucha gente no familiarizada situará a Kenia en el mapa. Y al mirar al sur del Sáhara (48 países) comprenderán que desde la década de 1960 se realiza cine made in Africa y que son muchos los festivales internacionales dedicados a lo largo del año a visibilizarlo.

En este camino de proximidad geográfica que permite la alfombra roja de Hollywood, hoy viajamos al país vecino, Sudán, donde hace un mes tenía lugar el primer festival de cine independiente: el Sudan Independent Film Festival. No ha habido ningún Oscar de por medio, pero ¿por qué no conocer más de cerca la historia del cine en este país y saber en qué momento se encuentra?

Un breve repaso nos situa en los tempranos años del siglo XX, donde el colonialismo británico estaba muy presente en la industria cinematográfica bajo un cine de propaganda, misionero o educativo. De hecho, en 1912 se proyectó la primera película documental sobre la visita del rey Jorge V al país en un teatro al aire libre. Más tarde, en 1920, comerciantes griegos asentados en Jartúm, la capital, comenzaron a mostrar películas mudas. Esta dinámica se hizo más fuerte una década más tarde cuando The Sudan Cinema Corporation, liderado por hombres de negocios sudaneses, comenzaron a construir teatros y a distribuir películas.

Observando el éxito que tenían entre el público los largometrajes que se exibían, las autoridades británicas decidieron crear en los años 50 la Sudan Film Unit para producir noticias breves en blanco y negro con una finalidad educativa (al estilo del NODO español). La colonización se sirvió del audiovisual para llevar a cabo su proyecto civilizador. Es decir, educar bajo los ideales cristianos, con el estilo de vida europeo y rindiendo pleitesía a la Corona británica. Muchas de sus películas se mostraron en todo el país a través de camiones de cine móvil. Os dejamos un frafmento de Cinema in Sudan: Conversations with Gadalla Gubara.

Según Tayeb el-Mahdi, director sudanés y responsable del Sudan Film Group, la primera película de Sudán fue un cortometraje llamado Homeless Childhood realizado en 1952 sobre los niños sin hogar. Y en 1970 se produjo el primer largometraje, Hope and Dreams. En esta época, enmarcada por las esperanzas de cambio puestas en la gran mayoría de países africanos que se habían independizado, el papel del Estado fue casi inexistente de cara a reforzar y apoyar una industria muy debilitada. Muchos creyeron que el cine era un negocio arriesgado y que no tenía ninguna garantía de futuro.

El cambio de plano más importante tuvo lugar después de 1989, cuando un nuevo gobierno de corte islamista llegó al poder. La mano dura en el ámbito audiovisual se cebó primero con el cierre de la Sudanese Cinema Company, seguido de la censura, la subida de impuestos, las trabas aduaneras para importar cine y, en estos últimos tiempos, la competencia de la televisión por satélite e Internet. Este hara-kiri cultural ha desembocado en que actualmente sólo una de las 14 salas de cine de Jartúm siga funcionando.

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Sin embargo, dos décadas más tarde, jóvenes cineastas sudaneses están tratando de reactivar el sector, tanto a nivel local como en la diáspora, y con el acceso a la tecnología digital que abarata los costes. Ejemplos como la de la cineasta Taghreed Sanhouri anglo-sudanesa con reconocimiento internacional por su trabajo en festivales de cine como Nueva York, Toronto o Ámsterdam, o el del afincado en Jartúm, Talal Afifi, que en 2010, con el apoyo de Instituto Goethe, estableció su Sudan Film Factory, son parte de este cambio. En concreto, esta factoría de cine en el corazón de Sudán ha llevado a cabo docenas de seminarios y talleres, y ha ayudado a producir hasta el momento 33 cortometrajes.

Tras la prueba superada del primer Festival de Cine Independiente, el gobierno quizás deba entender que el cine no es un enemigo y que al igual que ocurre con el cine iraní, puede crear una poesía estética y visual no ofensiva para la sensibilidad de la sociedad islámica y, por supuesto, para el regimen. Este evento es un buen paso para traer de vuelta el séptimo arte a Sudán aunque tiene que haber una voluntad política para ayudar. Quizás el vestido azul que llevaba Lupita Nyong’o en la ceremonia de los Oscar recordando a las aguas del Nilo -uno de los ríos más importantes del mundo a nivel politico, social y económico- sirva como metáfora para poner el acento en las cinematografías del continente. Quizás.

 

Capitán Phillips: el Cinema Verité dice adios a Somalia

Barkhad Abdi, nominado al Oscar al mejor actor secundario

Barkhad Abdi, nominado al Oscar al mejor actor secundario

¿Fue finalmente la lotería? La historia acaricia aquello de “el lugar donde uno nace determina en gran medida la proyección de vida futura”. Barkhad Abdi, el joven somalí que interpreta a Abduwali Muse, el líder de los piratas que secuestran un barco con bandera estadounidense en la película Capitán Phillips (2013), tenía catorce años cuando su familia ganó una US Green Card Lottery. Se mudaron a Mineapólis y se instalaron junto a la comunidad somalí de esta ciudad. Trabajaba como conductor de limusinas hasta que se presentó a un casting anunciado por televisión junto a tres compatriotas más. Ahora, una espera diferente, lo sitúa entre los nominados a los Oscar como el Mejor Actor Secundario.

Una vez más, la proyección de Hollywood en el continente africano se basa en una realidad a medias golpeada principalmente por los medios occidentales sobre la piratería en las costas del Índico; en concreto, las de Somalia, la más larga del continente con 3.300 kilometros de longitud. Capitán Phillips es un relato del secuestro en 2009 del MV Maersk Alabama. Un guión basado en hechos reales que refuerza el imaginario de que en el Cuerno de África la esperanza galopa sobre un AK-47 y que la ayuda internacional, entendida como caridad en la película protagonizada por Tom Hanks y dirigida por el británico Paul Greengrass, es imprescindible e incuestionable. Primero en 2001, la industria hollywodiense entraba en Somalia por tierra y aire en Black Hawk Derribado, ahora, doce años después, lo hace por mar. Tiempos de propaganda que no dejan espacio al pataleo para un Cinema Verité.

Momento del asalto al 'MV Maersk Alabama' con los actores somalíes Faysal Ahmed, Mahat Ali y Barkhad Abdirahman.

Momento del asalto al ‘MV Maersk Alabama’ con los actores somalíes Faysal Ahmed, Mahat Ali y Barkhad Abdirahman.

La película contiene todos los ingredientes de un suspense: ataque a un carguero por un pequeño comando armado de piratas somalíes, rehenes, un puñado de dólares, persecución in extremis, la armada americana que moviliza a varios buques de la marina y un síncope que deja sin aliento al espectador después de una hora y media con el objetivo conseguido: no hay lugar para la reflexión en cuanto a la sinrazón de los jóvenes piratas. Y realizar películas es también hacer una elección.

La escena inicial de la película, envuelve al capitán Phillips en un espacio de confort: una familia, una casa y un futuro cierto. La primera escena que describe a la población costera somalí es una cárcel a cielo abierto amenazada por la mafia y la miseria cuya única alternativa es la piratería aderezada con khat, una planta estimulante que se utiliza tradicionalmente por las comunidades de Etiopía, Kenia, Somalia y Yemen. El transfondo, que se menciona sólo tangencialmente, es que la industria pesquera de Somalia había sido diezmada. Después del colapso por la guerra civil entre diferentes clanes en la década de 1990, la ausencia de un gobierno central fuerte -junto con la indiferencia de la comunidad internacional- se abrió un vacío para los señores de la guerra y los oportunistas. Al mismo compás, arrastreros extranjeros y otros buques con residuos industriales –toxinas nucleares, incluido el uranio– hacían servir esta costa sin control, como vertedero.

La revista Time informó en 2009 de que los somalíes se volvieron piratas después de que los barcos occidentales hicieran imposible la pesca para los pescadores locales que no podían competir con los grandes buques y su última tecnología: “Un informe de las Naciones Unidas en 2006, dijo que, en ausencia de guardacostas en el país, las aguas somalíes se han convertido en el sitio de una organización internacional “libre para todos”, con las flotas pesqueras de todo el mundo saqueando ilegalmente las poblaciones somalíes y congelando a los caladeros locales equipados rudimentariamente. Según otro informe de la ONU, se estima que cada año se roban unos 300 millones de dólares en productos del mar al país”.

Entre tentativas de proteger lo que es de uno y cuestionarse qué modelo es más rentable económicamente, muchos pescadores somalíes desesperados formaron flotillas de vigilantes para ir tras los buques de pesca extranjeros. Una realidad que resultó ser mucho más lucrativa que la pesca. El Banco Mundial (BM) recientemente estimaba que entre 2005 y 2012 se pagaron en rescates aproximadamente entre 339 y 413 millones de dólares. Para este periodo, 179 barcos fueron asaltados. Por lo que en la película, Abduwali Muse no es realmente un pescador: él no tuvo esa opción para empezar.

Dos o tres líneas adicionales de diálogo habrían iluminado al público acerca de la complejidad del problema de la piratería. La simple exposición de las motivaciones de los antagonistas habrían convertido a Capitán Phillips en una película inteligente, una tragedia en la que las fuerzas de oposición son forzadas a un enfrentamiento en el que al menos uno de los lados debe morir. Sin embargo, el director Greengrass se queda lejos del Cinema Verité y ofrece un trabajo moral de David contra Goliat. Cuando haces una película basada en la historia, es imposible incluir todos los detalles. Sin embargo, los hechos de fondo básicos son cruciales para entender la historia. La omisión o girar cuestiones (¿por qué los somalíes recurrieron a la piratería?) los despoja de su contexto. La implementación de un tono didáctico –ese “para todos los públicos”– hace que estas mentiras cinematográficas (los somalíes son pobres y codiciosos ) se hagan creíbles.

El reverso africano (I): No solo de guerras viven las personas

Flora Gomes

Los cineastas acostumbran a mostrar la vida contraatacando a una racionalidad posmoderna que priva alegremente la trasnochada idea de una imagen como fuente de cambio. Se podría afirmar que el cine no cambia al universo pero, como subraya Wim Wenders, ayuda a mejorar las imágenes del mundo o, simplemente, puede ayudar a mejorarlo. Cuando las cinematografías africanas comenzaron a reivindicar su propio espacio a partir de la década de 1960, a recolonizar las imágenes secuestradas durante la época de la colonización, el grito mudo de la esperanza se adueñó de toda una generación de directores. El color del celuloide se transformó aportando una visión renovada del devenir africano y el poder de una nueva fotografía abrazada a la ideología antiimperialista arrancó el crujir de las naciones que comenzaban a emanciparse de sus antiguas metrópolis.

Se producía un momento de tránsito donde el espacio y el tiempo se cruzaban para producir figuras complejas de diferencia e identidad, pasado y presente, adentro y afuera, inclusión y exclusión… Los cines misionero, colonial y etnográfico, propios de la época colonial, quedaban relegados a la voz heterogénea de un continente, de unas cinematografías que tenían como objetivo reescribir su propia historia. De esta forma, el reconocido historiador y crítico de cine francés, Georges Sadoul, auguraba un futuro esperanzador en un artículo publicado en 1960 en el periódico Le Monde: “…65 años después del invento del cine, todavía no se ha producido ni un solo largometraje realmente africano, es decir, interpretado, rodado, escrito, ideado, montado por africanos y, naturalmente, hablado en una lengua africana. Es decir, que 200 millones de personas quedan excluidas de la forma más avanzada del arte más moderno. Estoy convencido de que antes de finales de los años sesenta este escándalo será sólo un mal recuerdo de los tiempos pasados”.  Y así sucedió.

Africa colonialEl desplante entre lo viejo y lo insólito, la tradición y la modernidad o el hombre africano y el occidental sirvieron en gran medida para las temáticas de los jóvenes cineastas aunque la crítica explícita no sobraba: la traición que supuso para muchos africanos la nueva realidad política aupada en el poder y que sustituía a la administración colonial blanca era un comodín recurrente. Estas problemáticas e inquietudes aparecen ya en el primer cortometraje de ficción del continente negro, Borom Sarret (1963) del director senegalés considerado padre del cine africano, Ousmane Sembène. Este film, que en la lengua wolof quiere decir El carretero, marcaba un punto de inflexión como señalaba Sembène: “A mi generación no nos explicaron nuestra historia. Sabemos las fechas, las leyendas, pero no sabemos exactamente qué pasó. Nuestro deseo (…) es dramatizarla y así poder enseñársela a otros e impedir que nos la enseñen terceros”.

Esta primera generación de cineastas africanos tuvieron la necesidad de dar un testimonio implacable sobre sus culturas y marginar en el olvido la radiografía distorsionada que de ellos había dado el cine occidental. La búsqueda de una identidad desgajada y rebajada al rango de la barbarie motivó que los directores asumieran un firme compromiso son sus espectadores, que cimbrearan la fibra del africano que se veía reflejado directamente en la gran pantalla: el conocido como cine-espejo. Era mostrar para reafirmar, para reivindicar, para espantar los límites creados artificialmente a finales del siglo XIX en la Conferencia de Berlín; en esencia, dotar de un nuevo significado a la imagen del continente.

 

El poder del fusil y el negro en el cine de masas o cómo hacer dinero

Mad dog

El cosmos hollywoodiense y sus circuitos mundiales de distribución de cultura, la reducción por parte de Francia e Inglaterra de la cooperación hacia el cine del continente, junto a la poca inversión de los gobiernos africanos en sus industrias cinematográficas –entre otros–, han sido claros exponentes para que la ilusión de los años 60, 70 y 80 quede en el recuerdo de cinéfilos o especialistas en los cines de África debido a la dificultad para acceder a estas obras… ¿Sueño truncado? La tendencia acusada desde las carteleras occidentales y desde la literatura de masas a mostrar al continente subsahariano como un área geográfica azotada por la violencia armada, explicada como un producto de luchas étnicas o como la consecuencia del dominio de los señores de la guerra dedicados al expolio de los recursos del continente, domina, nuevamente, un imaginario globalizado y difícil de contrarrestar.

Curiosamente ésta es la fórmula del éxito en muchas de las películas taquilleras: Johnny Mad Dog (2008) dirigida por Jean-Stéphane Sauvaire que muestra la cruda realidad de los niños soldados en un país indeterminado de África, o de las consagradas en el tridente drama-conflicto-África como El jardinero fiel (2005) de Fernando Meirelles, Hotel Ruanda (2004) de Terry George, y Diamantes de sangre (2006) de Edward Zwick.

Pero, ¿cómo no subrayar que esta explosión de colores que por reducción se ha convenido en denominar África significa mucho más que las hirientes situaciones de fanatismo, de catástrofes naturales o de corrupción por parte de algunos de sus líderes? Por la impronta rapidez y el volumen de información que se consume diariamente se ha invisibilizado consciente o involuntariamente una prolífera literatura sobre temáticas culturales, sociales y políticas que dan voz desde el continente a soluciones para muchos de los problemas que las sociedades occidentales presentan hoy en día. Una opacidad que también ha coaccionado las principales películas sobre conflictos armados en el continente producidas en la ultima década:

Black Hawk derribado (2001), del director Ridley Scott, narra los trágicos acontecimientos que se sucedieron en Somalia durante el año 1993 mediante una gran producción hollywodiense sin compromiso alguno sobre las víctimas civiles o la responsabilidad de la Administración estadounidense al saltarse los mandatos de la ONU.

Lágrimas del sol (2003), de Antoine Fuqua, presenta a un equipo comandado por el teniente Waters (Bruce Willis) que se adentra en el epicentro del continente con la misión de rescatar a Lena Kendrick (Monica Bellucci), una doctora americana que trabaja en una región conflictiva de Nigeria. Una película que como afirmó el crítico de El País Ángel Fernández es un “abyecto espectáculo de mala sangre (…) una penosa travesía de la selva (…)”.

El último rey de escocia (2006), dirigida por Kevin Macdonald, narra la historia del dictador ugandés Idi Amin a través de la figura ficticia de su médico personal, el doctor Nicholas Garrigan. Está protagonizada por Forest Whitaker, cuya interpretación de Amin le hizo merecedor de un Oscar, un Globo de Oro y un BAFTA, entre otros premios.

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Este orden cultural ofrece pistas para reconocer fácilmente estereotipos habituales sobre las sociedades al sur del Sahara y que Edward Said ya definió en su obra Orientalismo (1978). El discurso retórico civilización versus barbarie reduce la complejidad de las redes sociales establecidas sobre el continente a una oposición binaria. Se trata de una narrativa que sirve como herramienta para articular la diferencia, una “geografía imaginada” según Said, que estratifica al mundo en dos partes desiguales: por un lado, la racionalidad virtuosa de Occidente; por otro lado, el exótico, sensual, pero también peligroso e irracional, continente africano. Se establece, de esta forma, un control de la imagen que legitima la asimetría de poder y perpetúa una fotografía distorsionada de antagonismo e incompatibilidad de las partes.

La representación mediática ha construido una narrativa simplista sobre el continente que omite discusiones más profundas y, sin duda, controvertidas, como las consecuencias de los cinco siglos de colonización, de la esclavitud forzada, o los efectos de los abusos financieros, ecológicos, sociales y sanitarios radicalizados desde la implantación del actual modelo neoliberal en la década de los ochenta por el binomio Margaret Thatcher – Ronald Reagan.