Una inusual asesina en serie anda suelta en Lagos

No es extraño que el nombre de Oyinkan Brainthwaite suene repetidamente entre las finalistas de algunos de los principales premios literarios del mundo, ni que se multipliquen las portadas de Mi hermana, asesina en serie en las más diversas lenguas. La joven escritora nigeriana se ha metido en el bolsillo a la industria editorial, a la prensa y a las y los lectores con una poco convencional novela negra, en la que se mezclan los ingredientes para atrapar a quienes buscan disfrutar de una historia y llamar la atención de los expertos. Porque Mi hermana, asesina en serie es eso, fundamentalmente una novela negra, pero con un tono que se sitúa al margen de los clichés más convencionales por el uso de la ironía e incluso de humor.

La escritora nigeriana Oyinkan Brainthwaite. Fuente: Web de la editorial Alpha Decay

En realidad el hilo conductor no es una trama excesivamente compleja: Korede se ha visto empujada por su hermana pequeña, Ayoola, al encubrimiento de varios asesinatos debido a que la benjamina de la familia ha desarrollado la molesta costumbre de acabar con la vida de sus parejas, siempre en defensa propia, según sus alegaciones. Sin embargo, más allá de ese hilo conductor, el relato se va desplegando en una magnética combinación de previsibles caídas libres e inesperados pequeños virajes. Una parte de la trama se va dibujando con claridad desde el primer momento en el que se vislumbra un imposible triángulo amoroso. El lector se siente como si viese que un coche se dirige inevitablemente hacia el abismo y, sin embargo, no pudiese evitar esperar ansioso el resultado: el coche va a precipitarse seguro, pero qué va a pasar cuando eso ocurra resulta tremendamente atractivo.

Captura con las portadas de las diferentes traducciones de “Mi hermana, asesina en serie”.

Brainthwaite ha conseguido cubrir la narración de un tono de humor negro que incrementa la naturalidad. La propia Korede se convierte en la principal narradora de la historia por lo que esa aproximación irónica pasa como un rasgo de la personalidad de esta protagonista. Seguramente, además, una necesidad casi de supervivencia, teniendo en cuenta las situaciones en las que le coloca su fidelidad y la responsabilidad que asume en el bienestar de su hermana pequeña. La autora ha apostado por exagerar hasta la caricatura algunas de las características de las dos hermanas protagonistas: la mayor responsable, obsesionada con el orden y la limpieza y entregada en cuerpo y alma a solucionar los desaguisados de la pequeña; la pequeña por su parte, una niña mimada e irresponsable, egoísta y narcisista, superficial y manipuladora, sabe que el mundo está a su disposición. Sin embargo, eso no impide que Korede y Ayoola pasen por algunas contradicciones que hacen los personajes un poco más humanos y más creíbles, aunque es evidente que la autora no pretende convencer a nadie.

Mi hermana, asesina en serie es además un dibujo ácido de la vida en Lagos, la megaciudad africana por excelencia; y una radiografía de la “vida moderna” sin concesiones ni adornos. Seguramente algunos de los episodios de la vida cotidiana que enmarcan la trama negra de la novela sorprenderán a muchos lectores. La historia de Oyinkan Brainthwaite es carne de ese comentario que otras autoras han escuchado y expuesto públicamente en otras ocasiones: es una novela poco africana. Los personajes no cumplen con los estereotipos y su vida diaria tampoco, se parece tanto a la de cualquier joven europeo que, probablemente despertará ciertos recelos. Ese es otro de los valores de esta historia, que sin artificios refleja en un escenario completamente real, un relato (esperemos) ficticio.

Sin ningún tono moralizador y sin pretender dar una imagen de militancia, Brainthwaite traslada una dura crítica a algunos de esos aspectos de la vida. El relato desgrana la corrupción o el machismo, pero también el exhibicionismo de las vidas en las redes sociales o la superficialidad de algunas relaciones, expone la dictadura de la imagen al mismo tiempo que las presiones con las que conviven las mujeres; expone la cotidianidad de la violencia basada en el género, ya sea de la violencia sexual, la que se produce en el interior de las familias o los matrimonios precoces. Durante el relato, esta joven escritora nigeriana deja caer numerosas denuncias para quien quiera recogerlas y lo hace de una manera tan aparentemente natural que lo realmente complicado es no recogerlas.

La propia Korede asume con cierta ironía desde las primeras páginas el papel que le ha tocado de experta en limpieza de escenarios del crimen por su minuciosidad, aunque esa actitud se vaya matizando.

“Volvemos al coche y él sigue en el maletero, esperándonos.
A estas horas de la noche, en el Puente Continental 3 apenas hay tráfico y, como no hay farolas, está muy oscuro, pero más allá del puente se ven las luces de la ciudad. Lo llevamos al mismo sitio donde llevamos al último: lo lanzamos y cae al agua. Por lo menos no estará solo”.

 

“Yo ignoré su impaciencia. Se tarda mucho más en deshacerse de un cuerpo que de un alma, sobre todo si no quieres que quede ningún rastro de juego sucio”.

 

“Mi móvil se ilumina. Ayoola. Es la tercera vez que llama pero no estoy de humor para hablar con ella. A lo mejor recurre a mi porque ha enviado a otro hombre a la tumba prematuramente, o a lo mejor quiere saber si puedo comprar huevos de camino a casa. En cualquier caso, no pienso contestar”.

En algunos de los detalles de la narración, Lagos es algo más que el escenario, el dibujo de la vida en la ciudad le da casi un carácter de personaje que condiciona y motiva algunos de los movimientos de las protagonistas.

“Yo estoy al lado de la ventana, miro abajo y veo a un grupo de personas que señala hacia arriba. Tade no enciende casi nunca el aire acondicionado y suele tener la ventana abierta. Me dijo que le gusta oír Lagos mientras trabaja: el sonido incesante del claxon de los coches, los gritos de los vendedores ambulantes y los neumáticos que chirrían en la carretera. Ahora es Lagos quien lo escucha a él”.

La relación de las dos hermanas está enormemente condicionada por su propia imagen. Korede es el patito feo, Ayoola una mujer espectacular que deslumbra y convence con su físico.

“Veo cómo intenta hacer la conexión, comparando el físico de Ayoola con el mío. Parecido hay – tenemos la misma boca, los mismos ojos -, pero ella parece una Barbie y yo un muñeco de vudú”.

Y esa superficialidad se ve agravada por las redes sociales que no salen demasiado bien paradas del relato de Braithwaite, con algunas críticas certeras que retratan, no tanto a las herramientas digitales como la sociedad en la que se despliegan.

“Cuando esa noche irrumpo en el cuarto de Ayoola, ella está en su mesa diseñando un nuevo modelo para su colección de ropa. Posa en redes sociales con la ropa que diseña, y apenas es capaz de gestionar el número de pedidos que recibe. Se trata de un truco de marketing: ves a una persona guapa, con buen tipo, y piensas que a lo mejor -si combinas la ropa adecuada y te pones los accesorios acordes-, a ti te puede quedar igual de bien”.

 

“Ayoola vuelve por la noche y se pone a toquetear las rosas. Les hace una foto y cuando va a publicarla, yo le recuerdo, una vez más, que tiene un novio que desapareció hace un mes y a quien debería estar llorando. Ella hace una mueca”.

 

“#FemiDurandHaDesaparecido ha sido reemplazado por #NaijaJollofvsKenyanJollof. Aunque a la gente le atraiga lo macabro, nunca es por mucho tiempo, de modo que la noticia de la desaparición de Femi ha sido sustituida por el debate sobre qué país tiene el mejor arroz jollof”.

Mi hermana, asesina en serie es la primera novela de Oyinkan Brainthwaite, de manera que hay un nuevo y prometedor nombre de la literatura nigeriana que se ha abierto paso en la industria editorial global. Un nombre, por cierto, con una interesante voz que compartir. Y al mismo tiempo, una voz que ha llegado hasta el público hispanohablante de la mano de la traducción de Montse Meneses y de los editores de Alpha Decay, que vuelven a demostrar un bueno olfato y una acertada visión a la hora de dar a conocer esas nuevas voces.

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Carlos Bajo Erro
Ciberactivista, periodista y amante de las letras africanas. Co-fundador de Wiriko. Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín.
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