literatura africana

Gaël Faye: “¿Por qué no puede haber un Harry Potter en Lagos o un Romeo y Julieta en Kigali?”

Dice que escribe para recuperar los paraísos perdidos para atrapar los momentos del pasado en los que ha sido feliz, porque los lugares se mantienen y a ellos se puede regresar, pero los momentos pasan. Ese es uno de los motivos por los que Gaël Faye (Buymbura, 1982) escribe y por los que en Pequeño país reprodujo, en parte, el clima de la Buyumbura de su infancia. De padre francés y de madre ruandesa, pasó sus primeros años en Burundi, pero en 1995 tuvo que trasladarse a Francia, después del genocidio en la vecina Ruanda y de que estallase la guerra civil en Burundi. Esos años en los que la convivencia en la región entera saltó por los aires enmarcan la historia de su primera novela, que fue en 2016 una auténtica revolución en Francia y que ahora publican la editorial Salamandra en castellano y Empúries en catalán.

El autor de "Pequeño país", el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Cedida Xavier Cervera / Ediciones Salamandra.

El autor de “Pequeño país”, el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Nos encontramos con el escritor y rapero francoruandés en un hotel de Barcelona para hablar sobre Pequeño país y sobre la vida, en general. A pesar de la apretada agenda de su viaje promocial, Gaël Faye se muestra atento. Se mueve sutilmente y muestra una disposición excepcional a hablar y a compartir. Asegura que nunca hubiese pensado que una historia sobre Buyumbura tuviese tanta repercusión y quizá por eso devuelve el agradecimiento de la atención en forma de una exquisita colaboración. Mientras explica sus motivos y sus experiencias, el joven artista transmite serenidad y mesura.

Has repetido en muchas ocasiones que Gabriel, el protagonista de Pequeño País, no eres tú de niño, pero hay muchas similitudes. ¿Cuál es la relación entre Gabriel y Gaël?

Gabriel podría ser yo, porque efectivamente, tenemos mucho en común. Pero para crear a Gabriel, yo me apoye en mis sensaciones, no en mis recuerdos. La verdad es que era muy pequeño y hay muchas cosas que no recuerdo. En intentado acordarme de mis sensaciones, del miedo, del hambre del asombro, de los colores, de los olores… y a partir de esas sensaciones he recreado un personaje. Es cierto que compartimos alguna cosa, pero a partir de eso le he creado toda una serie de acciones, de peripecias que yo no he vivido realmente. Y hay una segunda diferencia importante y es que Gabriel, en el relato, será completamente lúcido sobre la historia política que se está desarrollando, entenderá quienes son los actores, planteará preguntas, tendrá discusiones políticas con sus amigos. Y en mi caso, no fue así. Yo no comprendí lo que estaba ocurriendo. No entendí la guerra, ni la violencia. Todo estaba mezclado y era confuso para mí, así que he dado a Gabriel mi lucidez de adulto. Es un niño literario, no creo que un niño así hubiese podido existir en la realidad.

Y en tu caso, ¿cómo has llegado a esa lucidez, a entender lo que había pasado durante tu infancia?

Lo entendí después, leyendo, acudiendo a las conmemoraciones, escuchando los supervivientes…

La identidad tiene un papel importantisimo en la de Pequeño país. ¿Significa que es algo por lo que te preocupas?

Mira, por ejemplo, a la edad de Gabriel, yo no me planteaba preguntas en ese sentido. Simplemente no entendía y no me lo planteaba. Escuchaba cosas, pero no era capaz de poner las palabras, francés, tutsi, ruandés… ¿quién soy? No. Escuchaba y percibía cosas. Percibí el odio de unos, la desconfianza de los otros… y todo eso me ha marcado, pero no le ponía nombres.

Y, ¿cómo te lo has planteado después?

Bueno, he tenido muchas fases, como cualquiera que busca su identidad. Cuando era adolescente, por ejemplo, rechazaba mi identidad francés porque tenía la impresión de que ser francés suponía ser cómplice del genocidio contra mi familia ruandesa por la responsabilidad de la política francesa en esos hechos. Cuando estaba en Burundi, era blanco, porque un mestizo como yo, en África, siempre es blanco y en Burundi me llamaban mzungu (nombre que se da a los blancos en suajili). Y en Francia, mis amigos franceses hablaban de “Gaël el negro”,o “nuestro amigo negro”… Así que generaba una cierta inestabilidad y tenía la sensación de que tenía que tener un papel concreto, como los blancos me veían negro, tenía que ser negro. Y ha sido gracias a la escritura y, sobre todo, a la literatura que he entendido. Sobre todo, gracias a la literatura criolla de Haití, de Martinica, de Guadalupe, de la Guayana, a la literatura de gente que vive en un mundo “criollizado” que he podido entender que se podían unir todas esas identidades en una sola.

¿Cuál es el resultado de esa reflexión?

Por ejemplo, ahora, si en Ruanda alguien me dice que no soy un verdadero ruandés porque tengo la piel clara, o porque he ido a un colegio francés… no me importa, sé que soy ruandés y no necesito la aprobación de los otros. Antes eso me afectaba, cuando era adolescente me tomaba esos comentarios como un ataque, igual que cuando escuchamos a algunos racistas franceses que dicen marchaos a vuestro país, yo pienso “no, este es mi país, yo soy francés”, aunque evidentemente tenga un origen distinto. Soy francés 100%, igual que soy ruandés 100% o burundés 100%. No estoy fraccionado, soy una fusión. A veces a los mestizos se les dice que son una suma, que tienen diferentes estratos, pero no es así. Los mestizos tienen que entender que son una fusión y en una fusión no se pueden distinguir unas partes de otras, forman un todo y ese todo el que está en equilibrio, porque es un todo en sí mismo. En todo caso, son varios afluentes los que forman un río.

El escritor Gaël Faye ha pasado por Barcelona en la presentación de la traducción al castellano y al catalán de su novela. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Durante todo este tiempo, has ido regresando a Burundi regularmente durante todo este tiempo. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentras entre el Burundi que abandonaste en 1995 y el actual?

Creo que Burundi es un desastre, porque es un país con un gran potencial pero sufre una enfermedad que es la impunidad. Desde la independencia, si no antes, ha habido muchas masacre y nunca ha habido justicia. Eso hace que esté quien esté en el poder siempre hay una especie de ánimo de revancha. Es como un ciclo infernal de la violencia y la venganza que se repite. Mientras en Burundi no haya un proceso de reconciliación como el de Sudáfrica o el de Ruanda no habrá un cambio real. Por ejemplo, en Ruanda, a pesar de las dificultades, hay una sociedad que avanza, que está estructurada, hay instituciones, proyectos de futuro, la gente no piensa que mañana va a regresar la guerra, al contrario, la gente cree, invierte, hay jóvenes como yo que hemos vivido en el extranjero y regresamos con nuestras familias porque creemos en el país. Esa es la diferencia con Burundi, de donde la gente huye. Hay tendencia a exiliarse, a buscar un visado, porque no hay trabajo, no hay perspectivas de futuro. Y a partir de 2015 ha habido más violencia, más impunidad y los hijos van a querer vengar a sus padres que fueron asesinados…

Pero hablabas del potencial de Burundi…

Claro, a pesar de todo eso, hay un potencial inmenso. Al margen de que el país, sea bonito y esté bien situado, etc, hay una vitalidad política enorme. En 2015, los jóvenes salieron a las calles a riesgo de sus vidas, para reclamar que se respete la constitución y esa es una actitud que merece admiración y que nos hace decir que hay una gran conciencia política y un gran compromiso de la juventud burundesa. El problema es que la represión fue feroz, que unos fueron asesinados y otros tuvieron que exiliarse y la gente vive entre la miseria, el miedo y la familiaridad con la violencia, con todas las consecuencias como la corrupción, el clientelismo, etc, que van a hacer que haya dos o tres generaciones sacrificadas de nuevo, jóvenes que no va a ir al colegio, que van a vivir en la calle, que van a aprender que el futuro es el día a día y la única forma de sobrevivir es el robo… Para mí, es lamentable, por eso digo que es un desastre. Pero en todo caso, ver que hay jóvenes que están dispuestos a morir por palabras como democracia, elecciones, constitución… eso impone respeto y pueden ser un ejemplo para las juventudes europeas: juventudes mucho menos favorecidas que las nuestras y que, sin embargo, lo intentan, intentan que las cosas se muevan.

Tus experiencias las has contado por otros medios. También has hecho música contando este tipo de historias. ¿Con qué lenguaje te sientes más cómodo?

De momento, con la música, el rap. Al fin y al cabo esta es mi primera novela, tengo mucho que aprender. Estoy contento, evidentemente, porque no esperaba encontrarme aquí, por ejemplo, que la novela se tradujese a tantas lenguas (32, concretamente). De todos modos, me he dado cuenta de que la novela es la libertad absoluta, más que la música. Me siento más cómodo con la música, porque rapeo desde los 15 o 16 años y además, que cuando hablas de novela, hablas de literatura y tienes ejemplos que dan mucho respeto.

Pero en Pequeño país, también hay algo de hip-hop, ¿no?

Sí, las cartas que escribe Gabriel, el protagonista, las he planteado un poco así. Quería que tuviesen ritmo, he trabajado las aliteraciones, los efectos, las metáforas,… era mi pequeño recreo cuando escribía la novela. No estaba completamente a gusto cuando escribía la novela, eso tengo que confesarlo, porque era un nuevo estilo para mí. Y por otro lado, me preocupaba que el resultado fuese algo que la gente lo viese y dijese, ah mira es un rapero que ha escrito una novela. Para mí, habría sido una catástrofe. No quería ser el toque exótico. Quería que alguien que no me conociese me tomase por un novelista, no por un rapero escribiendo novela. Incluso, pedí a la editorial que no utilizasen eso como un reclamo en la promoción de la novela. Cuando escribía Pequeño país me ponía mi ropa de novelista, pero evidentemente uno no puede esconder lo que es. Vengo de la música, del hip-hop, de la poesía y también es importante para mí insuflar eso para tener mi propio estilo.

Hablando de literatura, el descubrimiento de la literatura es una tabla de salvamiento para Gabriel, el protagonista de la novela, ¿a ti te ha pasado algo parecido?

En mi caso, ha sido el descubrimiento de la escritura, no de la literatura. Gabriel en el momento en el que todo a su alrededor se funde y se viene a bajo, busca una escapatoria y la encuentra en los libros y lee con apetito novelas a las que hasta ese momento no había prestado atención porque eso le permite escaparse de su realidad, le ayuda. Y, en mi caso, empecé a escribir, en ese mismo momento, como Gabriel, por una razón que ignoraba, sin saber muy bien porqué. Empecé a escribir poemas, hacia 1995, porque tenía miedo, porque no entendía el mundo que me rodeaba, me daba seguridad y me hacía sentir bien. Dos o tres años después, cuando ya estaba en Francia seguí escribiendo. Y, precisamente, porque escribía, me interesé por saber cómo escribían los demás y es así como he descubierto la lectura. En ese orden.

Estamos en un momento en el que hay una importante corriente de escritores africanos que apuestan por utilizar la literatura para despertar las conciencias. Para ti, ¿cuál es el papel que debe jugar el escritor?

Pues la verdad es que intento no teorizar sobre eso. Creo que debe ser natural. Al final, la condición de artista es la posibilidad de ser libre, así que me da miedo que se intente endosar papeles a los artistas. Si mañana quiero escribir una historia de amor que ocurre en Manhattan, tengo todo el derecho. Me da miedo que salir de un ghetto supongo entrar en otro, porque se debe ser un artista comprometido que tiene que hablar de los problemas de África. Quizá en algunas generaciones previas, este papel ha sido necesario porque hacía falta una afirmación de la identidad frente a un mundo que la había aplastado. Pero ahora nos hemos podido considerar ciudadanos del mundo, sin olvidar nuestra raíz africana, está claro. Si tuviese un manifiesto que escribir diría que como joven escritor que viene del continente africano tengo derecho a escribir sobre las guerras, la violencia o la política, pero también sobre nuestras historias de amor, nuestras nimiedades cotidianas, la ciencia ficción, tenemos derecho a ser de todos los colores… y será así cuando nos encontraremos realmente con los otros, porque nos habremos asumido en todas nuestras dimensiones, nuestra pluralidad. Ha pasado lo mismo con el hip-hop, se decía que el rap tenía que ser la voz de la calle, del compromiso y de la conciencia; y yo creo que es enriquecedor que se diversifique y que haya diferentes corrientes.

Los escritores africanos están constantemente asediados por líneas rojas, sobre temas, sobre estilos, sobre enfoques, ¿qué hay que hacer?

Hay que pulverizar todos los muros y todas las cajas, las categorías en las que intentan meternos constantemente. Piensa que cuando escribí Pequeño país, todo el mundo me decía que un libro que habla de África no interesa a casi nadie. Incluso mi familia me decía que una historia de niños en Buyumbura no interesaría a nadie. Calculaban que venderíamos 5.000 ejemplares entre la gente que ha vivido en Burundi y le podía resultar curioso, mis amigos, mi familia, algunas personas que me conociesen por la música… No nos lo esperábamos, pero en la Navidad de 2016, Pequeño país fue el libro más vendido en Francia… por delante de Harry Potter.

Inesperado.

No, no, para mi era increíble. Pero eso me hizo pensar que todo nos ponemos barreras, porque los demás nos las ponen. Una historia que ocurre en Buyumbura es tan local y exótico que no puede tocar lo universal, no puede toca a todo el mundo, pero al final ha resultado que sí. En realidad, es hablando de uno mismo que podemos llegar a tocar lo universal, hablando de tu pequeño rincón, de tu pequeño jardín que tocamos lo universal. Creo que hay que tener confianza en uno mismo y no plantearse preguntas sobre qué esperan los demás de nosotros, cómo van a recibir lo que hagamos. Un artista es como un investigador que debe buscar en sí mismo sus propias emociones para generar una reflexión que sea coherente.

¿Falta cotidianidad en las historias y confianza en sí mismo en los autores?

África necesita también que los jóvenes digan que les apetece una novela de jóvenes que pasa en Buyumbura. ¿Por qué no? En un encuentro en un instituto con estudiantes ruandeses que habían leído Pequeño país, me decían la segunda parte de la novela no nos ha interesado mucho, porque habla de la guerra y así… pero el principio, cuando hablas de la circuncisión, de las historias con las bicicletas, eso sí que nos ha gustado, ¡porque es nuestra vida y eso no lo encontramos nunca en los libros! Los jóvenes africanos tienen ganas de esas cosas. ¿Por qué Harry Potter no puede vivir en Lagos en una universidad? ¿Por qué no puede haber historias de Romeo y Julieta en Kigali? Necesitamos meternos de lleno en nuestras propias historias, con nuestras propias palabras, nuestro propio lenguaje. Eso es afirmarse a sí mismo en toda su diversidad. Y además hay que cuidarse de que Occidente no quiera más que autores africanos que sean abanderados y portavoces del tono serio.

Hay un momento de Pequeño país en el que un personaje bastante particular, Jacques, dice: “África, ¡que desastre!”. ¿Es esa su voz?

No, no, no, ni mucho menos. Ese es el tipo de voz que escuchamos de un tipo de mentalidad de colono, pero también de gente que trabaja para ONG, la cooperación, que están en grandes casas, en las capitales africanas, con grandes jardines y pasa el jardinero y se dicen a sí mismos: Puff no lo conseguimos, ¡qué desastre África! Representan esas fórmulas lapidarias, que no dejan lugar a ninguna esperanza, que transmiten el afropesimismo que considera que no se puede hacer nada por el continente. Y paradójicamente son gente que vive de eso, si no, no sería gracioso. Pero no, está claro que esa no es mi voz.

“Pequeño país”, los paraísos perdidos de Gaël Faye

Más que una novela, Pequeño país es una tela cuyos hilos se van tejiendo para construir un relato que se sumerge en uno de los abismos más oscuros de la humanidad, uno de esos espacios en los que parece que se ha perdido precisamente, lo más básico del ser humano. El escritor franco-ruandés Gaël Faye consigue que el lector se sumerja en el despertar a la vida de la adolescencia, en la historia fresca y desenfadada de un grupo de niños que consideran que las calles de su barrio de Buyumbura es su territorio. Sin embargo, cuando menos se lo espera, ese mismo lector se encuentra atrapado en los meses en los que el infierno asaltó la tierra en la región de los Grandes Lagos, primero en Ruanda y después en Burundi.

Pequeño país ha sido traducido al castellano por José Fajardo González y publicado recientemente por Salamandra y en catalán por la Editorial Empúries. El autor, Gaël Faye, un conocido rapero francoruandés, estará estos días en Madrid y en Barcelona para reforzar el lanzamiento de la novela en castellano y para compartir su experiencia vital y creativa en actividades con tonos particulares. Por ejemplo, mañana se encontrará con estudiantes de secundaria en el CCCB de Barcelona, un encuentro con adolescentes muy especial.

Los Kinanira Boyz es el nombre que se dan a sí mismos la pretendida banda de los gemelos, Armand, Gina y Gabriel, el protagonista y el narrador de Pequeño País. Los cinco chicos se ven a sí mismos como pandilleros, los amos de Kinanira, el barrio acomodado de Buyumbura. En realidad, son apenas cinco niños de papá que están despertando a la vida a través de unas inocentes fechorías que no van más allá de robar mangos, de fumar a escondidas plantearse retos infantiles.

Gaël Faye, va progresivamente incorporando personajes y complejidad a una trama que en la mayor parte del libro es apenas una historia ligera de adolescentes. Ese despertar de Gabriel y los suyos se hace en el contexto más difícil, la región de los Grandes Lagos de la década de los noventa que progresivamente se iba estremeciendo con cada nuevo episodio, elecciones que despiertan ilusiones, asesinatos de políticos que acaban con los sueños, tensiones que disparan la crispación social. Las idas y venidas de los cinco muchachos dibujan el Burundi de las primeras elecciones democráticas de 1993 y el complejo contexto de la época, la sombra de la tensión en Ruanda o en Zaire. Y, sin embargo, la vida pasa a otro ritmo para los Kinanira Boyz que se sienten a salvo de todos esos riesgos.

El rapero y escritor, Gaël Faye. Foto: Salamandra

La de Gabriel empieza siendo una historia de despertar a la vida, pero poco a poco se va convertir en una narración de pérdida de la inocencia, para pasar a ser un relato del paraíso perdido o, más bien, de los paraísos perdidos, los de Gabriel, el de la infancia, por un lado, y el del hogar, por otro. Faye, el autor que comparte el perfil vital con el protagonista de la novela, padre francés, madre ruandesa y criado en Burundi, y relata una sociedad compleja y contradictoria, en la que los expatriados mantienen intacto el espíritu colonial, tres décadas después de la independencia. “El asesinato del presidente le daba igual, ella no hablaba más que de su jamelgo, la vieja racista. ¡No puedo con los colonos! La vida de sus animales es más importante para ellos que la de las personas”, lo dice Gino, el hijo de un belga y una ruandesa.

Sin embargo, mientras la novela perfila la sociedad en la que Gabriel y los otros chicos comienzan a convertirse en hombres, en un segundo plano, se va esbozando el clima en el que se acabó desencadenándose el estallido de violencia del genocidio ruandés, de las guerras civiles y de las matanzas. “Las gentes de esa región eran como esa tierra. Bajo la calma aparente, detrás de una fachada de sonrisas y de grandes discursos de optimismo, fuerzas subterráneas, oscuras, trabajan de continuo, fomentando proyectos de violencia y destrucción que se manifestaban en periodos sucesivos, como las ráfagas de viento: 1965, 1972, 1988. Un espectro lúgubre se colaba con regularidad para recordarles a todos que la paz no es más que un corto intervalo entre dos guerras. Esa lava venenosa, esa marea espesa de sangre estaba de nuevo lista para salir a la superficie”, señala el protagonista justo antes del golpe de estado de octubre de 1993 en Burundi.

Poco a poco, el lector va sintiendo como la tensión entre las comunidades crece y cómo, cada vez, el protagonista y los suyos están menos a salvo, a la vez que empieza a entender la dimensión de lo que está ocurriendo a su alrededor. “Aquella tarde, por primera vez en mi vida, entre en la realidad profunda del país. Descubrí el antagonismo entre hutus y tutsis, la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. (…) Sin que se le pida, la guerra se encargaba siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía”, explica Gabriel. Esos bandos acaban imponiéndose en la vida cotidiana de los protagonistas: “Un mes antes no me habría enterado de nada. Soldados hutus de un lado, una familia tutsi del otro. Asistía en primera fila al espectáculo del odio.

Faye consigue que esa primera parte de la historia fresca, desenfadada, sin complicaciones, va evolucionando sin sobresaltos, ni artificios. De repente, el lector se encuentra acompañando a Gabriel en su descenso a los infiernos de una manera natural, como no puede ser de otra manera, después de haber sido seducido por su carisma. Casualmente en medio del desastre, el chico encuentra una tabla de salvación: “Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos”.

El escritor de francoruandés, que antes que novelista ha sido rapero, ha escrito una historia, en parte, sobre el genocidio de Ruanda. Pero sólo en parte porque es mucho más que eso, es sobre la situación en toda la región. Y hay más todavía, Pequeño país aporta un enfoque nuevo, el de las víctimas anónimas que han hecho frente a toda esa violencia y que la ha vivido de las maneras más diversas y, sobre todo, Gaël Faye presenta esa historia como son las historias humanas, complejas, a menudo contradictorias y, muchas veces, difíciles de comprender, pero a la que es muy fácil acercarse.

Kossi Efoui construye el relato poético de un mundo en resistencia

Uno de los autores togoleses más laureados y, al mismo tiempo, más controvertidos ha publicado su última novela, precisamente, en medio de la tormenta de la revuelta popular que sacude el país. A todas luces, la presentación del nuevo trabajo de Kossi Efoui se mueve entre la casualidad y la premonición, o quizá se inscriba en el territorio de la probabilidad. Cantique de l’acacia, la quinta novela de este autor togolés, vio la luz en octubre del pasado año, casi tres meses después de que se desencadenase una ola de protestas que llega hasta la actualidad y que ha hecho, además de la épica de la resistencia ciudadana, un número de víctimas que nadie parece ocuparse en concretar.

Esa revuelta episódica está motivada por la persistencia en el poder de la familia Gnassingbé durante cincuenta años. Efoui abandonó el país africano para refugiarse en Francia hace más de 25 años, precisamente como consecuencia del poder del padre de la dinastía repúblicada, Gnassingbé Eyadéma. Ahora, justo en medio de la más grave crisis política y social de las últimas décadas, el escritor recrea un país que se mueve entre las evocaciones del pasado y las proyecciones del futuro gracias a un estilo poético que rompe las barreras de la lengua y del discurso. Así se construyen los territorios del pensamiento.

El escritor togolés, Kossi Efoui. Fuente: Facebook

Durante su trayectoria literaria, Kossi Efoui, ha ido configurando una voz propia que se nutre de su prosa poética y de una visión renovadora del teatro en la que rebasa cualquier tipo de frontera. En el caso de Cantique de l’acacia, el autor se zambulle en un espacio que además coincide con sus propios principios ideológicos. En primer lugar, el espacio en el que se ambienta la historia, que va desde Togo hasta Costa de Marfil, pasando por Ghana.

Efoui atribuye a su trayectoria vital su convicción panafricanista y su rechazo de unas fronteras dibujadas “a golpe de látigo” y que configuran “pequeños rectángulos, triángulos o trapecios”. Esos límites son artificiales para el escritor, que considera que lo único real son “las montañas o los ríos” por eso se reivindica como un escritor nacido en el Golfo de Guinea. Por esos motivos, cuando Efoui tiene la oportunidad de escribir la historia, evidentemente reconstruye su espacio soñado, uno en el que esas fronteras no son, en realidad, límites.

El escritor togolés, por otro lado, rehabilita la historia de las mujeres, ya que Cantique de l’acacia es el relato de esas mujeres fuertes que han ido escribiendo la historia, la microhistoria fundamentalmente, la de la vida cotidiana. Parece un lugar común, ya es habitual hablar de ese papel fundamental de las mujeres africanas y, sin embargo, da la impresión de que los escritores mantienen bien viva la necesidad de reivindicarlo. En este caso, el relato recorre las experiencias de tres mujeres que huyen de los destinos que les habían sido reservados. Se trata de tres mujeres que, en distintos momentos y en circunstancias diferentes, han reclamado su derecho a tomar el control de sus vidas.

Esa voz poética de Kossi Efoui hace que en muchas ocasiones, la historia discurra en un ambiente con una considerable carga aparentemente onírica. Precisamente por un tercer rasgo de la novela. Se trata de la inspiración en los mundos narrativos de la tradición que se entrelazan con algunas de las cosmovisiones que al autor le resultan más familiares. El mundo invisible es, de repente, uno de los elementos fundamentales de la narración y con absoluta naturalidad se inmiscuye no sólo en el relato, sino también en la historia. Ese mundo invisible se hace absolutamente presente en la vida de las tres mujeres desde Grace (la abuela) hasta Joyce (la nieta).

De pronto, el nuevo trabajo de Kossi Efoui se convierte en el ejemplo de esas historias africanas en las que los ciudadanos, las ciudadanas en este caso, desbordan los obstáculos que se les imponen y toman las riendas de su vida para asumir el protagonismo. Es la historia de ese África que camina y avanza y que no se detiene delante de las imposiciones. Es un ejemplo que llega, además, en el momento más delicado para el país en el que nació su autor, o quizá en el momento más indicado para sus ciudadanos y sus ciudadanas. A pesar del relativismo que rezuma la actitud de Efoui, nunca ha dejado de ser crítico, eso sí, con una voz muy especial.

Memorias del apartheid: testimonios de la infancia de Trevor Noah

El popular cómico sudafricano Trevor Noah (Johannesburgo, 1984) se sumerge de lleno, a corazón abierto, en su más tierna infancia en la Sudáfrica del apartheid. Desde la recreación del marco infernal que supuso el periodo más oscuro de la historia reciente del país de África austral, emerge el testimonio del autor sudafricano. Prohibido nacer (Blackie Books, 2017; publicado originalmente como Born a Crime por John Murray en 2016) narra las vivencias personales, en clave de humor, del joven Trevor Noah navegando en aguas revueltas. No en vano el subtítulo de la edición en castellano es “Memorias de racismo, rabia y risa”.

El humorista sudafricano Trevor Noah. Foto: Blackie Books

Tal y como su tez blanquecina desvela, Trevor Noah es a todas luces producto del mestizaje, sin duda un pecado en aquella época sancionado socialmente con las más absoluta marginalidad por parte de las entonces autoridades de turno.

Surgido del amor furtivo entre su padre, un hombre de raza blanca natural de tierras helvéticas, cuna, a su vez, junto a otras naciones europeas, del poder supremacista blanco, y que, en boca del propio autor, es descrito como serio y de pocas palabras. De otro lado, su madre, negra, sudafricana y de armas tomar, a tenor del extenso activismo político encubierto del que hace gala su hijo Trevor. Criada, irónicamente, bajo el estricto adoctrinamiento ideológico de una Sudáfrica post-colonial con tintes británicos y holandeses por doquier.

Trevor Noah es, a pesar de todo y contra todo pronóstico, y muy especialmente teniendo en cuenta las complejidades que entraña crecer en un ambiente social tan hostil y sofocante como fue el apartheid, el exitoso resultado del amor sin barreras y del manifiesto sexual por la igualdad y la fraternidad entre razas y culturas. Trevor Noah representa el triunfo de la libertad y de la resiliencia frente a la imposición de ideologías caducas y retrógradas que durante algo más de cuatro largas décadas condujeron a Sudáfrica al más completo y vergonzoso de los ridículos internacionales. En la actualidad, el país se encuentra sumido en una crisis política de gran envergadura y castigado por uno de los males endémicos de las sociedades teóricamente avanzadas como es la corrupción. Por tanto, está actualmente necesitada de voces frescas y referentes que la vuelvan a situar en la senda del progreso que años atrás deslumbró a la comunidad internacional de la mano del desaparecido Nelson Mandela.

El cómico convertido en autobiógrafo se lleva de viaje a millones de lectores comúnmente fascinados tanto por la sencillez de sus palabras, como por la compleja realidad de los barrios marginales del Johannesburgo de finales de los años 80 y principios de la década de los 90. Un recorrido emocional y sensitivo que no dejará al público lector indiferente y que nos adentra en la psicología de lo absurdo e indefendible: el racismo institucionalizado. Prohibido nacer es un llamamiento pacífico a la rebeldía y un golpe sobre la mesa que cuestiona la falta de rigor y ética de las mal llamadas élites políticas, a menudo demasiado centradas en hacer tambalear las libertades individuales. Las memorias de Trevor Noah son, además, una reflexión detenida o incluso ligeramente canallas que persiguen, con un envidiable tono divulgativo, dar a conocer el auténtico tesoro de Sudáfrica: la diversidad cultural y lingüística de la, a día de hoy, potencia socioeconómica del continente africano.

A modo de conclusión, Prohibido nacer sirve para poner de manifiesto el poder de las autobiografías como elemento catalizador del cambio social gracias a la capacidad y fuerza de estas autobiografías vitales para conectar con un público diverso. En el contexto de la infancia y adolescencia del autor, esta obra escrita desde las entrañas pone, además, al descubierto la habilidad de Trevor Noah para resistir frente a las definiciones de ciudadanía impuestas por los parámetros ideológicos del apartheid. Prohibido nacer es, sin lugar a dudas, digna de ser incluida en los programas universitarios de estudios postcoloniales de Estudios Ingleses no solo por su capacidad para articular respuestas inclusivas y dialogantes frente a la amenaza global que supone cualquier tipo de supremacía racial convertida en ideología, sino también por el poder de la literatura para curar y superar traumas a través de la empatía textual.

“La mirada de Occidente sobre África se realiza todavía desde el prisma del colonialismo”

Históricamente, en la literatura española se han silenciado piezas sobre el continente africano que mostraban narrativas alternativas a la pobreza y la miseria. La mayoría eran escritas por blancos y blancas además de hablar de temáticas de interés occidental. Las descripciones que inundaban e inundan las librerías de España, desde las obras publicadas durante el siglo de oro hasta aquellas escritas en la actualidad, suelen seguir las pautas que en 2006 Binyavanga Wainaina describía en el artículo How to write about Africa en un tono irónico.

Publicaciones de Ediciones Wanafrica. Fuente: Ediciones Wanafrica.

Es por ese motivo que, como herramienta del Grupo Wanafrica, dedicado desde 2006 al periodismo panafricanista en castellano, nace Ediciones Wanafrica en 2014. Su objetivo es el de romper con estas narrativas y editar obras de autores/as africanos/as, antillanos/as y, en menor medida europeos/as, que aproximen a los y las lectoras a las distintas realidades africanas y las de sus diásporas. Como narra Saiba Bayo, el responsable de estrategia del grupo, acerca de la apertura de la editorial: “Antes de lanzar la editorial ya habíamos intuido la necesidad de publicar libros y hemos recibido numerosas peticiones del público que reclama la traducción de obras escritas por autores africanos en francés e inglés”.

El equipo que inició el proyecto de Ediciones Wanafrica sigue hoy, a pesar de la presión, contando con Saiba Bayo, Oumar Diallo, Moustapha Senghor y con los y las colaboradoras. Es también importante, como resalta Bayo, el papel de las traductoras Remei Buitrago y Mercè Tricás Preckler, que han apoyado el proyecto desde un inicio.

Saiba Bayo, politólogo y responsable de estrategia de Ediciones Wanafrica.

Las publicaciones han tenido una muy buena acogida entre el público“, explica el responsable de estrategia. El éxito se debe a que el Grupo Wanafrica a partir de las actividades, iniciativas y eventos que se proponían, consiguió un conjunto de seguidores/as de distintos perfiles de edad, origen y género bastante numeroso. Esta comunidad constituye una parte de sus lectores y lectoras actuales, pero además con los años se ha ido multiplicando. Una de las razones de este auge se debe a la demanda in crescendo de publicaciones y traducciones en lengua catalana. Así, como calcula Bayo: “Si tenemos en cuenta el público afrodescendiente en América interesado en conectar con sus raíces africanas, se estiman acerca de 50 millones de personas a los que van dirigidos nuestros libros”. 

Pero su éxito no es únicamente mérito del público, sino que se debe a la heterogeneidad y exclusividad de formatos, temáticas y autores sobre el pensamiento africano. Como anuncia Bayo, se trata de ejemplares “de libros raramente localizables en el mercado“. Entre sus publicaciones encontramos narrativa, ensayos, cómics, materiales educativos y libros infantiles repletos de filosofía, historia, política, lingüística. Todos ellos escritos por mujeres y hombres africanos, antillanos y europeos.

La variedad producida en la editorial, responde a la idea de recuperar los valores ancestrales, la cultura y la identidad de las sociedades aniquiladas. Como narra Saiba Bayo: “La mirada de Occidente sobre África se realiza todavía desde el prisma del colonialismo. Esto era algo frustrante para nosotros pero no podemos seguir gritando y quejándonos. Había que hacer algo y teníamos que pensar en una estrategia radical y potente para no caer en el ridículo”. Por ese mismo motivo, creen firmemente en un proyecto que transforme las narrativas sobre el África contemporánea y que cuente la realidad de un continente que está cambiando las dinámicas sociopolíticas. Desde la editorial, manifiestan, no tienen miedo a mezclar la emoción y la razón en su discurso.

 

Asimismo, las experiencias narradas en sus libros no son meramente anecdóticas y puntuales sino que pueden ser aplicables a otras situaciones del globo. En su colección Pensamiento africano de ayer para mañana recopilan figuras revolucionarias africanas, líderes independentistas y patriotas cuyas voces fueron silenciadas a golpe de metralleta por el neocolonialismo. Estos personajes – Kwame Nkrumah, Julius Nyerere, Amilcar Cabral, Thomas Sankara, Sekou Toure y Cheikh Anta Diop, entre otros-, pasaron por un proceso de toma de conciencia que puede ser recuperado por otras naciones. En este curso detectaron y quisieron romper con la dependencia del extranjero que les ofrecía un decrecimiento de oportunidades económicas, sociales y políticas dentro de sus países así como en relación a otros.

De esta manera, y en relación a la adaptación a otros entornos, Saiba Bayo confiesa que la situación política actual en España le evoca a los contextos en que estas figuras revolucionarias repensaron sus identidades nacionales y, refiriéndose a la posición de los países europeos, comenta que: “Esto es complejo porque la doctrina europea solo contempla la supremacía del estado nación. Creo que el discurso revisionista europeo se reforzaría si se nutre de las doctrinas africanas en temas de gobernanza horizontal”.

Con esta mezcla de razón y emoción en el discurso, podréis asistir durante los próximos meses a la presentación de las publicaciones de Wanafrica en puntos como Barcelona, Sabadell, Hospitalet y Lleida, y en 2018 en Madrid, Murcia y Valencia.

Leonardo Lumu, ilustrador, presentando “Animales – Bàyyima” en la Escola Joso de Barcelona. Fuente: Escola Joso.

No obstante, como nos comunica el responsable de estrategia del grupo: “Estamos entrando en el último tramo de la primera fase del proyecto que consiste en implantarnos en las principales regiones de España como Madrid, Catalunya y Euskadi. De allí se expandirá en todo el territorio español, hasta alcanzar otros países porque cada vez mas recibimos pedidos de diferentes países de América Latina”.

Historias del ‘oro negro’ en Nigeria

El debut literario del nigeriano Tony Nwaka, Lords of the Creek (AuthorHouse, 2015) confirma el buen momento que atraviesa la literatura nigeriana. La prolífica cantera del gigante africano suma así una joya más y sigue adquiriendo mayor dimensión y presencia en el panorama literario internacional. El autor, graduado en Historia y Relaciones Internacionales por la Universidad de Lagos, y alto funcionario de profesión, combina en su novela el acierto y tacto necesario para abordar desde una visión inclusiva la problemática real de las masas populares nigerianas y su vocación por un sector público eficiente y libre de corruptelas que se esmere en dar respuesta a las necesidades reales de la ciudadanía. Fruto de este intenso deseo por parte del autor, nace Lords of the Creek, una novela ilustrativa sobre los tejemanejes en la gestión de recursos naturales que tiene entre sus nobles objetivos contribuir a la sólida construcción de los cimientos de una convivencia pacífica y duradera entre la multiplicidad de grupos étnicos, a menudo enfrentados entre sí ya desde la época colonial, en la actual Nigeria.

El escritor nigeriano, Tony Nwaka, autor de Lords of the Creek

Lords of the Creek es una novela a caballo entre la ficción criminal postcolonial, por sus tintes de misterio, suspense e intriga tras el secuestro de una princesa perteneciente a la casa real de uno de los grupos étnicos más numerosos en la zona, los Itsekiris, y un thriller sociopolítico ambientado en la convulsa región del delta del río Níger. Es esta, además, una zona considerada como una de las mayores fuentes del denominado ‘oro negro’, no solo en el continente africano, sino también a escala global, lo cual permite encuadrar la temática central de la novela en el marco de la literatura global y transnacional. Un hecho, este último, que, sin duda, adentra al público lector a la sórdida y compleja realidad que rodea a los procedimientos de actuación de la más que cuestionada industria petrolera y sus diversas ramificaciones. El neocolonialismo imperante en la zona, en forma de saqueo constante e indiscriminado, ha desencadenado una lucha encarnizada entre las multinacionales asentadas en territorio nigeriano casi desde el inicio de las actividades de estas allá por el año 1960, las autoridades gubernamentales, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y los grupos étnicos y milicias presentes en la zona. Los últimos sostienen que los poderes públicos protegen y facilitan el expolio masivo y diario de recursos del país africano, mediante el uso de la fuerza contra quienes ponen el grito en el cielo en señal de protesta.

Por esa razón, combaten por el control de los recursos energéticos y la distribución equitativa de la inmensa riqueza que estos generan en una región que, paradójicamente, vive sumida en la más absoluta e incomprensible pobreza, a pesar de su enorme potencial. El delta del Níger podría revertir la situación en un abrir y cerrar de ojos si se diera un clima más propicio a reducir la brecha entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. Ese es al menos uno de los principios de la ideología neocolonialista y también uno de los bulos y tótems más repetidos de la inversiones con trasfondo neocolonial en toda África, además de la excusa perfecta para intervenir en las economías africanas en beneficio de los intereses que persigue y defiende el neo-imperialismo.

Este hecho, incontestable a todas luces, es el corazón de una novela con músculo, fuerza, profundidad en sus diálogos y una buena dosis de realismo a la hora de poner de manifiesto la connivencia entre los poderes económico-financieros globales y los políticos en detrimento del interés público general. Todo ello plasmado en el hartazgo acumulado durante décadas en el seno de las comunidades que habitan uno de los rincones más ricos –y contaminados- del planeta, cansados de reclamar sin éxito infraestructuras básicas que colaboren de forma efectiva en el desarrollo sostenible de la región, tal y como sus antepasados ya defendieron.

Lords of the Creek plantea un difícil escenario en el que su protagonista, el exitoso hombre de negocios Robert Akinyemi Edward, a punto de disfrutar de su retiro dorado junto a su esposa, se ve inmerso en una de las peores crisis que golpean al Estado del Delta. El estallido de un conflicto interétnico que se desarrolla, por añadidura, y en contra de los intereses de las élites, en medio de un proceso electoral envenenado es el marco de la novela. Un conflicto que pone en tela de juicio las cloacas del Estado en su intento por perpetuarse en el poder y debilitar así el tejido asociativo articulado alrededor de un frente común: la lucha por mejorar las condiciones de vida de las capas más desfavorecidas. La magnitud del conflicto es de tal envergadura que amenaza con hacer tambalear seriamente los pilares de un tablero corrupto y que a su vez constituye un sistema de apoyos mutuos y prolongado a lo largo y ancho de la maltrecha existencia del Estado postcolonial fallido.

Recientemente, Tony Nwaka ha publicado su segunda novela, Mountain of Yesterday (Kraftgriots, 2017), en la que cuestiona la rigidez e inflexibilidad de los grupos étnicos, en clave de género, a través del prisma de Amina. Otra obra ilustrativa para conocer de primera mano los entresijos de la tradición en contraposición a los aires de modernidad que luchan por hacerse un hueco en la sociedad nigeriana contemporánea.

La lucha africana frente a los crímenes contra periodistas

Desde el siglo XIX, los y las periodistas africanas han pasado a ser los personajes clave en el orden y opinión pública de la modernidad de sus países, hecho que no siempre ha gustado a las autoridades. Por ese motivo, muchas personas han sido obstaculizadas, privadas de libertad o forzadas al exilio. Hoy, 2 de Noviembre, en el Día Internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas, os presentamos una recopilación de 5 países con escritores/as y periodistas críticos/as del continente africano que han sido golpeadas por los gobiernos de sus países de origen y foco de denuncia.

En la clasificación de 2017 de Reporteros Sin Fronteras, se observa que España ocupa el lugar 29, por debajo de países africanos como Namibia (24), Ghana (26) y Cabo Verde (27). Las peores posiciones se las llevan Eritrea (179), Sudán (174) y Yibuti (172). Con la necesidad de reivindicar el respeto y el compromiso con la libertad de prensa y profundizar en la reflexión sobre el papel imprescindible de los y las profesionales de los medios de comunicación en África, queremos dirigir la atención hacia 5 países cuya situación es peligrosa en cuanto a la libertad de prensa:

ERITREA

Es considerada la Corea del Norte africana, por la represión que sufre la prensa. Apenas se encuentran editoriales privadas, lo cual afecta a periodistas que mueren detenidos/as, se exilian o pueden llegar al suicidio. Es por ello que Eritrea es foco de presión internacional por la coacción del régimen y por crímenes contra la humanidad.

Actualmente, Dawit Isaak, periodista sueco-eritreo, se encuentra en paradero desconocido después de ser detenido en 2001 por el régimen al difamar sobre una restauración democrática. Hay rumores, no corroborados, de que murió bajo la tutela del Estado.

Un caso similar es el de la periodista Seyoum Tsehaye, del que nos habla la presidenta de OneDaySeyoum, organización por la liberación del eritreo. Tsehaye sigue privado de libertad desde hace 16 años por supuestas declaraciones (nunca corroboradas con pruebas) contrarias al régimen de Afewerki.

SUDAN

Es uno de los territorios más desafiantes de todo mundo para la comunicación, estando en la sexta posición mundial de países con menor libertad de expresión. Desde la subida al poder de El-Béchir (1993), centenares de periodistas han sido arrestados/as, encarcelados/as o procesados/as. El ejemplo más reciente es el del columnista Mohamed Zine al-Abidine al que han condenado a 6 meses de prisión por “violar el código ético de periodismo” a raíz de las acusaciones de corrupción a la familia del presidente.

Zeinab Mohammed Salih, es otro ejemplo. La periodista perteneciente a una de las minorías étnicas del país, aspecto que declara “le ha agregado dificultades” puesto que el presidente pertenece a uno de los grupos mayoritarios (Ja’alin) y ha llegado a usar con brutalidad la fuerza militar contra las minorías religiosas y étnicas del país. Zeinab fue perseguida por escribir en periódicos sudaneses como The Nile sobre el auge del mercado ilegal de armas, el trafico de personas y la censura periodística.

La periodista independiente Zeinab Mohammed Salih es co-fundadora de la red Sudanesa de información sobre los derechos humanos. Ha escrito para The Guardian y The Nile. Fuente: The Nile.


GUINEA ECUATORIAL

Portada de “La pesadilla de Obi”, cómic ilustrado por Ramón Nsé Esono (JamónyQueso)

Con leyes que ponen en serio riesgo la libertad de prensa, ocupa el décimo lugar en la lista mundial. Motivo por el que muchos/as escritores/as han sido arrestados/as y/o expulsados/as del país.

En los últimos meses, Ramón Nsé Esono, ilustrador residente en Paraguay, fue detenido en la capital ecuatoguineana durante un viaje, después de un interrogatorio sobre su crítica hacia el líder político Obiang. Los motivos de la detención no se han hecho públicos pero sigue privado de libertad mientras diversas plataformas denuncian lo ocurrido.

Otro de los escritores perseguidos, motivo por el cual lleva cincuenta años en el exilio, es Donato Ndongo. Considerado uno de los mayores escritores ecuatoguineanos, respondía ante El País que está “intentando concienciar a la población sobre la situación de opresión” mediante la literatura. En la entrevista, expuso que a pesar de estar en el exilio, “sus publicaciones dependen de las relaciones entre España y Guinea Ecuatorial”, lo cual evidencia las estrechas relaciones y complicidad entre los regimenes de ambos países.

SOMALIA

5º país africano con menor libertad de expresión, vive una situación límite a causa de un gobierno inestable desde hace décadas, y de la presencia en el país de las fuerzas de Al-Shabaab, que sufre constantemente, como hemos visto en las últimas semanas, los asesinatos en Mogadishu, la capital, tanto como en otros puntos del país

Fruto de la delicada situación que viene arrastrando Somalia, la escritora y activista Waris Dirie huyó del país con tan sólo 13 años, y hasta entonces se ha dedicado a denunciar la MGF en distintos medios.

La activista por los derechos humanos Waris Dirie escapó de un pequeño pueblo en Somalia y se convirtió en top model. Imagen de Reuters.

También Warsan Shire, poetisa de la diáspora somalí, ha sensibilizado acerca de la MGF. Asimismo, en su obra habla de la vida de mujeres refugiadas a causa del conflicto. Es un ejemplo su poema “Conversations about Home”. Pero no son las únicas, lógicamente. Otra de las voces que se erigen para defender los derechos de los somalíes es el periodista Mohamed Adan Dirir, recientemente sentenciado a 18 meses de prisión por acusar a escuelas privadas del país de corrupción.

BURUNDI

Cuyo presidente ha sido considerado un “depredador de la libertad de prensa” por RSF, ocupa la posición 160 en la clasificación mundial. Actualmente el país se encuentra en una situación sociopolítica de inestabilidad que empuja a miles de personas a refugiarse en otros países vecinos. Este es el caso de Domitille Kiramvu, periodista refugiada en Bélgica tras recibir amenazas de muerte del presidente Nkurunziza por denunciar la desaparición de personas de la oposición política en Radio Publique Africaine (RPA). La periodista se basó en pruebas sobre fosas comunes y asesinatos extrajudiciales que fueron denunciados por organizaciones como Amnistía Internacional.

Otro periodista, Jean Bigirimana sigue desaparecido después de un año, como denuncia IWACU. Su familia ha sido obligada a exiliarse en Ruanda, según cuenta su mujer, “a causa de amenazas de muerte por difamar informaciones que deshonraban el país”.

El peluquero de Harare: el fin de la inocencia

Tendai Huchu escribió una novela y, sin embargo, El peluquero de Harare tiene toda la apariencia de uno de esos cuentos populares tradicionales con moraleja al final y una marcada voluntad pedagógica. Así es esta historia, al mismo tiempo angustiosa y profundamente desgarradora y, sin embargo, sobrada de ternura y de inocencia.

El autor zimbabuense, Tendai Huchu. Fuente: página web del escritor

Uno de los principales problemas de El peluquero de Harare es que, prácticamente, cualquier lector sabe que se trata de una novela sobre la temática LGTBI, por la difusión que ha tenido la publicación original y porque Baphala, la casa que la edita en castellano, se presenta como “una editorial para descubrir las mejores obras de la literatura poscolonial LGTBIA”. La verdad es que seguramente es un detalle difícil de mantener en secreto, pero el hilo narrativo de Tendai Huchu seguramente agradecería que fuese una sorpresa para el lector. El relato del joven escritor zimbabuense mantiene un cierto suspense sobre ese descubrimiento que acaba siendo una especie de fin de la inocencia, en un país que ha condenado duramente la diversidad sexual, pero que al mismo tiempo convive con ella a diario en su sociedad.

Lo mejor de El peluquero de Harare es, precisamente, el efecto que puede tener una historia como la que Huchu relata con mimo en los lectores de sociedades que no terminan de aceptar la realidad de la homosexualidad; de sociedades que viven de espaldas a esa diversidad; de sociedades que condenan a algunos de sus miembros según a quién amen; de sociedades que convierten la sexualidad en delito; en resumen, prácticamente, de todas las sociedades.

El peluquero de Harare, de Tendai Huchu

Vimbai es una peluquera de éxito, la estrella de uno de los salones más populares de Harare, la capital de Zimbabwe. A pesar de la podría ser una buena posición, todo a su alrededor está en proceso de descomposición. El país está sumido en una profunda recesión y sobre todo aquejado por el mal de la desesperanza. La vida familiar de Vimbai es un auténtico desastre, muy a su pesar, lo mismo que su vida sentimental. Justo, cuando lo único que funciona comienza a tambalearse también, la vida de Vimbai dará un giro de 180º, o más bien comenzará a avanzar en zigzag. Dumisani, Dumi aparece en escena para poner en cuestión el reinado de Vimbai en el mundo del estilismo de Harare. El joven tiene magia en los dedos y un carácter que seduce a las clientas que antes habían sido incondicionales de Vimbai. Incluso, la jefa que la veneraba acaba prefiriendo al recién llegado.

Su adversario, su principal amenaza acabará mostrando a Vimbai el camino de una vida con la que sólo habría podido soñar, o quizá ni eso. Dumi llena de esperanza la vida de Vimbai. Pero evidentemente, la historia que relata Tendai Hucho no puede ser simplemente un camino de rosas. Se impone un camino de desengaños, de errores vitales, de aprendizajes, de decepciones y de arrepentimientos. De pronto la historia, que había avanzado a un ritmo excesivamente lento en algunos momentos, se desencadena, se precipita y comienza a desplegarse como una alfombra que se va desenrollando delante de nuestros ojos. No se puede decir que los giros y los nuevos episodios sean completamente imprevisibles, pero no por eso dejan de resultar emotivos.

Una receta cocinada con inocencia, crítica, impotencia, realidad y, sobre todo, ternura, mucha ternura, materializa el tópico de mantener al lector pegado a la lectura en las últimas páginas de la historia. La contradicción que asalta a Vimbai cuando despierta a la homosexualidad resulta sobrecogedora. El paso de un desprecio inicial basado en la ignorancia y los estereotipos cuando dice: “Hablaba como un hombre normal, vestía como un hombre normal e incluso caminaba como un hombre normal. Todo él era masculino. ¿No se paseaban los homosexuales por ahí con bolsos y hablaban con voces chillonas?”. Deja paso a la candidez de una mirada sencilla e inocente: “Si lo era, entonces tenía un tipo de amor por mi y otro por este hombre, los dos éramos amados, pero cada uno a su manera. Mentiría si dijese que no lo quería para mí, pero esto no significaba que si no podía tenerlo lo quisiese muerto”.

La apuesta de Baphala es valiente, pero la historia de Tendai Huchu, en realidad, puede tener tanta aceptación como potencial de cambio. Lo tiene evidentemente en Zimbabue, pero también en España.

Nii Ayikwei Parkes, la historia por encima de todo

Nii Ayikwei Parkes sólo ha publicado una novela, pero no es un recién llegado a la literatura, ni mucho menos. Su trayectoria poética es larga, igual que su experiencia como autor de slam, la poesía declamada fundamental en los circulos de la cultura urbana de la mayor parte de las grandes ciudades africanas. El suyo es uno de los nombres que aparece en la antología Africa 39, aquella recopilación de los 39 autores africanos de menos de 39 años más importantes. Su única novela, acaba de ser publicada en castellano y catalán por Club Editor (El enigma del pájaro azul y L’enigma de l’ocell blau) y eso permitió que el escritor ghanés se pasease por Barcelona explicando sus inquietudes literarias. La fundamental de estas inquietudes, sin duda, la historia. La historia por encima de todo. La historia en el centro de todo.

Nii Ayikwei Parkes durante uno de sus actos en Barcelona. Foto: Carlos Bajo / Wiriko.

“La historia es la historia. La intelectualidad está matando la literatura”, explica categórico Nii Ayikwei Parkes, después de una larga jornada de actos públicos y contactos con medios de comunicación. Sin embargo, el escritor ghanés combate el cansancio con más energía y lejos de bajar los brazos, las reiteraciones seguramente le llevan a desnudar sus respuestas de artificios y adornos. “Yo soy un explicador de historias, eso es lo importante”, afirma ante los comentarios sobre el género escogido, el tono de su novela e incluso el lenguaje y la lengua que emplea.

El enigma del pájaro azul es una novela negra escrita originalmente en inglés, pero en la que Parkes utiliza los distintos registros del lenguaje, precisamente, para caracterizar a los personajes y para terminar de dibujar las escenas y los escenarios. La historia, que se centra en una investigación por la aparición de unos extraños restos en una aldea en la que además ha desaparecido un agricultor, se desarrolla entre ese entorno rural y Accra. La lengua en cada uno de los escenarios es diferente.

De entre todos los personajes de la historia, destacan Yaw Poku y Kayo, que son los que reflejan de manera más simbólica lo que hay detrás de este encuentro casi de sociedades distintas, la de la Ghana rural con todas sus normas y sus creencias y la de la Ghana urbana con el poder, la capacidad de imposición y una cierta pretendida superioridad. Yaw Poku, es el último cazador de su aldea, el depositario de toda una serie de conocimientos que tocan a su fin, que amenazan con extinguirse. Un hombre sencillo que asiste con sorpresa y cierta distancia a la invasión de su pueblo por parte de gentes que llegan de la ciudad y, a menudo, pisotean las formas de vida locales. Frente a Yao Poku, o más bien, junto a él, aparece Kayo, un médico forense al que puntualmente recurre la policía para solucionar un enigma irresoluble. Un joven formado en Gran Bretaña que confiesa haber recurrido a la ciencia para alumbrar las sombras del pensamiento más tradicional y popular del país. A pesar de esa posición Kayo destaca frente al resto de gentes procedentes de la ciudad, por su respeto hacia todas las personas, incluidos los habitantes de la aldea.

El escritor ghanés Parkes en una muestra de su poesía. Foto: Carlos Bajo / Wiriko.

Para el autor, Nii Ayikwei Parkes, todos estos detalles son los que exigía la historia. Parkes huye de las etiquetas, las acepta porque conoce los mecanismos de la industria editorial pero no las alimenta. Preguntado sobre si se siente cómodo con la consideración de “realismo mágico africano”. “No le doy importancia a las etiquetas”, asevera Parkes en un primer momento. “Cuando intentas intelectualizar una historia como esta”, explica después, “en realidad se te escapa. Llegas a unas conclusiones que responden a cómo lo ves tu, no a cómo lo siente el autor. Yo veo esta narración como realidad, no como realismo mágico”.

Para Parkes todos los recursos de la novela, el género, el tono, el lenguaje utilizado que mezcla magistralmente el inglés formal, con un inglés absolutamente teñido de lenguas nacionales ghanesas, están atados a la historia concreta. Y avanza que la siguiente novela que ya está escribiendo no tiene nada que ver con esta.

Además, Parkes está convencido de que eliminar esa pátina intelectual que trata de explicarlo todo es la mejor manera de difundir la literatura. El escritor considera que quedarse con las historias, sin intentar diseccionarlas y sin hacerles la autopsia (paradógicamente) es la forma de disfrutarlas y hacerlas atractivas. “Yo me quedo con la simplicidad, antes que con complicar la historia”.

El resultado de esta visión y esta experiencia de Nii Ayikwei Parkes es una novela cuya historia engancha a través del misterio, que se lee sin demasiados esfuerzos gracias al hilo narrativo y una caracterización completa y compleja de los personajes, que permite entender perfectamente sus acciones. Y, en paralelo, se trata de una historia que transmite una realidad compleja como la convivencia entre tradición y modernidad en una sociedad diversa como la ghanesa y que lo hace sin simplificar y sin caer en maniqueismo y, al mismo tiempo, con un profundo respeto que consigue que el lector se sienta cómodo en todo momento y acompañado por el relato.

Alain Mabanckou y la dignificación de la literatura francófona

“Tenemos que juntarnos para crear una literatura africana”, sentenció Alain Mabanckou en la conferencia de clausura de la última edición del festival literario Africa Writes. El escritor congoleño acudió a Londres para celebrar la literatura francófona y presentar la reciente traducción al inglés de su última novela Black Moses, preseleccionado para el Man Booker International Prize de este año. Este sapeur, dandi, dejó a la sala embelesada con su mascar de palabras, su sentido del humor y su indumentaria.

Alain Mabanckou durante su charla en la pasada edición de Africa Writes / Foto: Iván González

Mabanckou habló en la Librería Británica para reivindicar una conexión entre la literatura anglófona y francófona en África. El escritor de Pointe-Noire, ciudad costera de la República del Congo, tiende la mano a los autores anglófonos del continente para reclamar el espacio literario africano conjunto. “Tenemos que estar orgullosos de nuestra negritud. Es nuestra manera de luchar y expresar nuestra cultura, nuestros mitos”, explicó el novelista.

El escritor sostiene que el inglés y el francés se han consolidado como la única vía para que los escritores africanos puedan expresarse ante la audiencia mundial. Una resaca colonial que reduce el valor de las lenguas nativas y que cuenta con el beneplácito de los gobiernos locales. “Se escribe en la lengua que se lee. El primer libró que leí fue en francés y utilizo el idioma para escribir pero eso no me impide sentirme menos africano. Es sólo una manera de expresarme”, dice el escritor. Mabanckou reconoce que le encantaría escribir en ngala, lengua que carece de literatura como tantos otros en África, aunque con ironía argumenta: “Incluso si escribo en inglés o francés me van a decir que no es ni lo uno ni lo otro, así que es africano de todas maneras”.

El novelista, que habla siete lenguas africanas, propone batallar las reminiscencias coloniales a través de una narrativa de lo cotidiano que transporte al lector a los callejones de África. Mabanckou escribe novelas donde los protagonistas, los escenarios y el uso del lenguaje palpitan Congo-Brazzaville. Los registros lingüísticos; las localizaciones, como el barrio Aquel-Que-Bebe-Agua-Es-Idiota; y los nombres de los personajes, son instrumentos para superar las imposiciones lingüísticas y mirar al futuro. Ya en 2006, con la novela que lo catapultó a la escena literaria mundial, Vaso Roto, buscó la idiosincrasia del lenguaje gracias a un texto con sólo comas como signo de puntuación. Era la manera de captar el pensar y el hablar de una lengua nativa escondida tras el francés.

El humor que salpica toda la bibliografía del escritor congoleño es otra herramienta para salvar el obstáculo lingüístico. Satírico, cruel y divertido. “El humor forma parte de mi cultura. Incluso cuando tenemos problemas encontramos la manera de reírnos de nuestras circunstancias. La vida es algo de lo que reírse y al escribir no me paro a pensar qué va a hacer reír a la gente, sino que sale de forma natural”, explica el autor de African Psycho

“Si vas a escribir una novela, haz feliz a la gente o hazlos llorar. El lector tiene que sentir que la novela es algo real y esto no se aprende en una clase de escritura creativa”, apunta Mabanckou quien apuesta por una ficción repleta de retazos de realidad. Para el también profesor de Literatura en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) lo cotidiano es necesario. Los autores africanos no sólo tienen que escribir de los acontecimientos históricos que han marcado su destino. “Si queremos liberar el continente, tenemos que entender primero qué está pasando en nuestra propia casa. Porque cuando estoy hablando de mi madre, estoy hablando de la tuya, de la de ellos…” Y Mabanckou quiere hacer de su madre la más famosa de toda la literatura francófona. “No hubiera sido el escritor que soy sin ella”.

El autor de Las luces de Pointe-Noire, envidia la repercusión de los escritores anglófonos del continente en el mercado. “La literatura francófona sigue estando infravalorada y se sigue pensando que está escrita por gente con acento y que vienen de las antiguas colonias”. Sin embargo, las traducciones al inglés de muchos francófonos como Mabanckou han hecho que en Francia despierte del letargo.

Mabanckou leyendo uno de los pasajes de su novela, Petit Piment, recién traducida al inglés / Foto: Iván González

Mabanckou es un ejemplo de cómo la literatura francófona proveniente del continente ha sabido llegar a la metrópolis. El congoleño tuvo la oportunidad de realizar la lección inaugural en el prestigioso College de France. “Hasta el año pasado no se ha enseñado literatura africana en el College de France, ‘el templo del espíritu francés’ creado en el siglo XVI. Me llamaron para dar clases de Escritura Creativa y lo rechacé. Les propuse dar clases de Literatura Africana”, cuenta Mabanckou. El escepticismo inicial se desbarató cuando los inscritos superaron las expectativas para conseguir la dignificación de las literaturas africanas en París.

Con ese espíritu,  el escritor congoleño suma objetivos para reivindicar el espacio literario y exportar la creatividad africana. Prueba de ello es su participación en la pasada edición de Les Ateliers de la Pensée, un festival celebrado en Dakar que reunió a diversos académicos e intelectuales del continente y la diáspora para debatir el futuro de África. Y sigue con la lucha activa frente a los dictadores del continente. “No puedo volver al Congo, el presidente me tiene vetado porque al parecer soy un peligro”, dice Mabanckou.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival literario Africa Writes.

Helon Habila: “Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram”

Chibok es un soñoliento, polvoriento pueblo donde parece que nada pasa, y habría continuado con su pacífica y desconocida existencia si no fuera por lo que ocurrió el 14 de abril de 2014. Ese día, 276 niñas desaparecieron de un colegio de secundaria del noreste de Nigeria. Fueron raptadas por Boko Haram.

La fecha quedó grabada para el gobierno de Goodluck Jonathan que dejó de ignorar lo que ocurría en el estado de Borno. El planeta se puso a tuitear y el escritor nigeriano Helon Habila preparaba un nuevo libro tras Oil on Water. Sin embargo, el autor no podía concentrarse en una novela a sabiendas de lo que ocurría en su país. La cobertura del conflicto, muy superficial según el propio Habila, le llevó a indagar en lo que realmente estaba pasando. “Había que contar por qué unos nigerianos alzan las armas contra otros. Es una situación compleja pero al fin y al cabo son seres humanos”, explica el escritor. Tras meses de trabajo, su último libro, The Chibok Girls, ha sido presentado en el festival de literatura africana de Londres, Africa Writes.

Seguimos viendo a las niñas como víctimas pero son supervivientes. Lo que les ocurrió les ha hecho tener más valor. Al principio no querían salir de casa y prometieron no ir más a la escuela. Hay algunas que siguen traumatizadas pero otras han vuelto al instituto porque lo que Boko Haram quiere es que se casen y se conviertan en una propiedad. El secuestro las hizo madurar de la noche a la mañana y se dieron cuenta de que había un motivo por el que luchar”, dice Helon Habila a Wiriko.

Ese objetivo común es el grupo islamista Boko Haram y su idea de religión. “No es Islam. Incluso asesinan a otros musulmanes y lanzan bombas a las mezquitas mientras la gente reza. Esto es sólo una secta con su propia doctrina”, recoge Habila en uno de los múltiples testimonios del libro. El escritor viajó a la región y desafió la narrativa impuesta desde el gobierno. “Hay puestos de control cada tres kilómetros que sirven, además de vigilar el movimiento de personas, para seguir a los periodistas y saber qué se dice y qué se escribe. Esto es también una guerra propagandística”, dice el autor.

En Chibok, todavía bloqueada por el ejército nigeriano, Habila charló con tres de las niñas que pudieron escapar de los terroristas. Hauwa, Ladi y Juliana detallan distintos pasajes de una noche que cambió el destino de Nigeria. Los familiares también tienen su espacio en el relato. Habila escribe: “Me impresionó cómo todo el mundo aquí tiene cuidado al hablar del cuándo y no del si vuelven las niñas. La guerra contra Boko Haram no se ganará hasta que todas las víctimas estén de vuelta. El escritor recogió diversos relatos para intentar dar luz a un hecho sin precedentes y que muchos intentaron solucionar con respuestas fáciles debido a la frustración. “Tuve acceso inmediato a las familias gracias a que hablo hausa, una de las lenguas locales. Ellos quieren poner la historia en el mundo y están abiertos a dar su versión”, explica el autor.

The Chibok Girls recopila estas historias y dedica varios capítulos a desgranar los acontecimientos del fatídico día. Es periodismo sobre África contado por un africano. “En África escribimos principalmente novelas pero tenemos que comenzar con la no ficción para abrir una conversación directa. La ficción hace de los hechos una metáfora y termina evitándolos. Se convierte en una forma de interpretación mientras que con el periodismo se pregunta directamente a una gente que tiene que responder”, cuenta Habila.

Helon Habila durante el lanzamiento de “The Chibok Girls” en el festival londinense Africa Writes / Foto: Iván González

Además Habila proporciona contexto e indaga en las causas de una historia de violencia que ha atormentado a las poblaciones del estado de Borno desde principios de siglo. En 2009 el ejército nigeriano apabulló al extremismo, según el gobierno. Pero la cúpula de Boko Haram escapó a varios campos de entrenamiento yihadistas en Somalia, Sudán, Malí e incluso Afganistán. El grupo, bajo las órdenes de Abubakar Shekau, volvió poco después a instalarse en el noreste de Nigeria, una localización estratégica gracias al relieve montañoso y a la proximidad de la frontera camerunesa. Y en junio de 2011 se produjo el primer atentado suicida en el país.

El gobierno de Goodluck Jonathan, en aquel entonces en el poder, encubría un conflicto que ganaba adeptos. “Hay gente que comparte sus valores: quieren la sharia, odian la democracia y ven a Occidente como el enemigo. Para ellos la sharia es como tener el reinado de Dios en la tierra pero no saben qué significa. No están felices con lo que tienen y no se dan cuenta que están siendo utilizados”, advierte el escritor nigeriano. La religión como una forma de escape y que se refleja en estas líneas del libro: “Mantén a la gente con miedo y hambrienta, anímales ocasionalmente a purgar su rabia contra el otro a través de una violencia autorizada por la religión”.

Llegó el 14 de abril de 2014. Y llegó #BringBackOurGirls. “El movimiento tenía que ser escuchado y era necesario cuando el gobierno no estaba haciendo nada. La actual administración ha tomado en serio a los terroristas por lo que se puede decir que la campaña tuvo éxito. Además sigue presente con reuniones casi a diario en Abuja y son muy activos en las redes sociales. El movimiento no ha muerto, tenía un objetivo que se ha conseguido”, comenta el escritor.

La tarea es mastodóntica para Muhammadu Buhari y Habila se muestra pesimista: “La zona está muerta. Hay un millón y medio de desplazados internos en la región y el gobierno los tiene como un objetivo de un plan a desarrollar a largo plazo. Pero hay niños muriéndose y da miedo. No estamos hablando ni siquiera de darles una educación, sino de darles de comer. Es un problema que va a durar, una generación completa y en la actualidad es complicado porque el precio del petróleo sigue bajando. No hay dinero y están jodidos”.

Helon Habila pasó su niñez en un complejo residencial donde musulmanes y cristianos vivían puerta con puerta. Ahora, sólo le queda la esperanza aunque duda. “Nigeria ha cambiado radicalmente. Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram. Se ha alcanzado un nivel de transformación irreversible, pero se ha hecho ver a la que gente que esto no es bueno para nadie, ni para los cristianos y musulmanes. El sentimiento de sospecha siempre estará ahí y es algo con lo que tendremos que aprender a vivir ”.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival literario Africa Writes.

Max Lobe desentierra la historia oculta de Camerún

La apuesta de Max Lobe puede interpretarse como una apuesta segura y, al mismo tiempo, es un desafío audaz, sin garantía de éxito. Parece una contradicción, ¿verdad? Y quizá lo es, pero lo cierto es que la elección de este joven novelista camerunés afincado en Suiza, tiene un poco de las dos caras de la moneda. Lo que sí que es más inequívoco es el resultado. Max Lobe ha ganado su apuesta, y el salón del libro de Ginebra le ha concedido el Prix Kourouma 2017 por su novela Confidences.

El escritor camerunés Max Lobe. Fuente: Éditions Zoe

La apuesta de Lobe tiene un nombre propio y es Ruben Um Nyobè. Se trata de la figura a la que ha consagrado la novela premiada. Aparentemente Max Lobe ha jugado sobre seguro porque Ruben Um Nyobè es uno de los principales luchadores cameruneses por la independencia del país. Un revolucionario impenitente y cubierto por una pátina de autenticidad. La épica del personaje le convierte en una figura con una tremenda carga literaria, casi sin mayor esfuerzo.

Sin embargo, la moneda tiene una cruz. Las autoridades camerunesas de la independencia decidieron enterrar la figura de Ruben Um Nyobè en lo más profundo del olvido. Se trata de uno de esos personajes que cargó sobre sus espaldas con el peso de la lucha de independencia, pero que no pudo disfrutar de los beneficios de la victoria de su lucha porque su coherencia lo convirtió en un hombre incómodo. No es el único que se ha visto en esta situación, las indeoedencias de muchos países africanos guardan historias ocultas. Junto al padre de la lucha de emancipiación que llegó al poder y se hizo con la popularidad, a menudo hay un alterego que quedó en la sombra. En algunos casos, la dualidad respondía a una cuestión de carisma, en otros a diferencias ideológicas y en otros a simple coherencia.

Ruben Um Nyobè no superó la prueba de la historia, después de dar la vida por el combate que estaban manteniendo y ser asesinado en 1958 por las fuerzas francesas, fue sepultado por el olvido. Él no llegó a ver al país en libertad y las autoridades del país prefirieron que su nombre se fuese apagando poco a poco. Lobe no ha sido el primero en intentar rescatar al personaje. Antes ya lo hizo el intelectual también camerunés, Achille Mbembe. La diferencia es que el ejercicio de Max Lobe le permite unas libertades que Mbembe no tenía y que pueden hacer que la historia que cuenta el novelista tenga un impacto mayor.

De hecho, en Confidences, los críticos se han encontrado con un lenguaje cercano y un estilo narrativo fresco, en gran medida debido a que Lobe ha construido el personaje de una mujer mayor que desde una aldea cuenta su experiencia junto a Ruben Um Nyobè. La figura de esta narradora es la clave de la efectividad del relato.

De esta manera, la apuesta de Max Lobe ha tenido un considerable éxito, que se ha materializado en el Prix Kourouma que ha recibido durante el Salón du Livre de Genève. Lobé ya era, en realidad, una promesa de la literatura camerunesa que aparece como finalista de diversos premios en los últimos años y que ha recibido una cierta confianza del mundo editorial. Sin embargo, ha tenido que ser de nuevo un premio el que consolide a un novelista, en su cuarta obra. De nuevo, llama la atención que otra de las promesas de las literaturas africanas, en este caso de la camerunesa, surja de la diáspora. Pero se trata, apenas de una especie de incógnita que se abre. Max Lobe lleva trece años instalado en Suiza, pero su voluntad por intervenir en la sociedad de su país de origen es inequívoca. Ha mostrado su preocupación por la situación provocada por la lucha contra Boko Haram en Camerún a través de artículos de prensa. De la misma manera durante la promoción de Confidences Le Monde recogía unas declaraciones en las que Lobe aseguraba que sería “feliz si Confidences que destaca grandes figuras de la historia de Camerún, pudiese ser integrado en los programas escolares y vendido a un precio asequible en su país”.