El camino que Lucía Mbomío comparte generosamente

Lo que Lucía Mbomío ha hecho en Hija del camino es un acto de generosidad. La periodista alcorconera, esa es una de sus reivindicaciones de pertenencia más firmes, nos regala una herramienta para entender mejor al Otro y a una sociedad que, en realidad, no es como se representa a sí misma. Mbomío, nos acerca a ese Otro que no existe (porque solo depende del punto de vista) pero que siempre está a nuestro lado y, por tanto, nosotros también somos ese Otro, a veces. Y a la vez pone delante del espejo a esa sociedad que se hace trampas al solitario y se empecina en representarse como una sociedad blanca uniforme, cuando nuestros barrios han estado poblados de pieles de tonos diversos (y todas las diferentes experiencias que representan) desde hace décadas.

La periodista y escritora madrileña, Lucía Mbomío, junto a su nuevo libro. Fuente: Instagram de la autora

Lo que hace Lucía Mbomío es un acto de generosidad, básicamente, porque ella misma se ha expuesto para construir esa herramienta. Aunque la historia de Hija del camino es mucho más que la historia de su autora, entre los pliegues del relato se resbalan experiencias que solamente se pueden contar en primera persona, la experiencia de la hija de una pareja mixta de padre guineano y madre española a la que no se le permite identificarse ni con unos ni con otros y que permanentemente busca su lugar. Pero es que la narración de la periodista que explora sus raíces en Guinea Ecuatorial es la historia de una experiencia colectiva. Mbomío lo ha explicado en algunas ocasiones, que Sandra, la protagonista de Hija del camino, no es solo ella, sino una especie de puzle construido con las piezas de muchas experiencias individuales de personas que ella ha conocido y con las que ha compartido conversaciones, es uno de los posibles retratos de esa sociedad ni blanca, ni uniforme. Esa frase que dispara en la dedicatoria da una idea del lugar del que sale el libro:

“Si no nos contamos, nos traicionamos”

Lo que hace Lucía Mbomío en su relato es un acto de generosidad porque no pretende trazar una línea, un ellos y un nosotras, no pretende jugar al sentimiento de culpa, sino que muestra y desvela. La autora de Hija del camino despliega una eficiente combinación de bofetada y caricia. Abofetea contundentemente, con las evidencias que la sociedad ha guardado debajo de la alfombra, ese racismo subyacente, sistémico que pasa aparentemente desapercibido porque se manifiesta en las acciones más cotidianas y más inocentes. Aparentemente desapercibido, evidentemente, porque lo pasa por alto quien lo sufre. Abofetea con toda la carga de discriminación que encierran esos “inocentes” comentarios al estilo “pues saca buenas notas para ser negra” o un mucho más neandertal “es guapa para ser negra”. Frases que se pronuncian sin un deseo manifiesto de hacer daño, pero con una voluntad evidente (aunque pueda ser inconsciente) de marcar una diferencia. Y el golpe, el restallido del cachete es esa sentencia lapidaria que Mbomío coloca en medio de la mejilla de quien se considere completamente inocente:

“Si Sandra seguía sintiéndose de Guinea Ecuatorial era porque no le dejaban sentirse de España”

Pero también acaricia y transmite ternura, abre espacios a la esperanza, expone con serenidad y delicadeza y construye relatos de empatía a los que invita a muchos más Otros que los Otros evidentes con diferentes tonos de piel o distintas texturas de pelo. Algunas de las reflexiones se desprenden como cargas de profundidad:

“Sandra miró a su alrededor y se dio cuenta de que casi no había niños blancos. Entendió que la pobreza tiene la piel oscura y que raza y clase van de la mano”.

Pero a pesar de ello, la generosidad de Lucía Mbomío acerca a la historia de Sandra a muchos más, a cualquiera que se haya criado y haya sentido la periferia, porque Hija del camino palpita y sabe a barrio, a plaza, a pipas y botellones, a intemperie, a hermandades tan accidentales como firmes. Acerca a cualquiera que han estado lejos de casa, porque habla de la nostalgia y de la distancia, habla de buscarse a uno mismo y de perderse, de caer al vacío y de descubrir el mundo y, mientras tanto, de seguir mirando hacia casa. Acerca a cualquiera, que se haya tenido que enfrentar a un gesto torcido, porque la discriminación también tiene el potencial de crear alianzas y aunque no seamos conscientes, es fácil que todos hayamos sido desplazados, por eso Hija del camino es una herramienta para conocernos, entendernos y aproximarnos.

Y mientras tanto, a través de Sandra, va pasando delante de nuestros ojos la vida. El racismo, por supuesto, la denuncia más evidente de la historia:

“El racismo no era un insulto puntual ni una pelea de chiquillos, se trataba de una guerra incesante y ella se comportaba, desde niña, como una soldado dispuesta a defenderse y a lucha”.

Lucía Mbomío es uno de los referentes en España de la comunidad afrodescendiente. Fuente: Instagram de la autora

Pero si nos quedamos solo con lo que salta a la vista, nos perdemos muchas otras cosas que aparecen en el camino que recorre Sandra. Como la construcción de la identidad, que en el caso de una mujer, negra, en España es especialmente turbulenta, pero que puede desestabilizar a cualquiera; las dudas en cuanto al sentimiento de pertenencia, que no afecta solo a la población racializada; incluso la integridad y las convicciones, el compromiso social.

“Durante su convalecencia, entendió que la patria no era una bandera sino el espacio en el que residen los recuerdos de la infancia, y su novio, quería de alguna forma, volver a ellos, construir una Guinea de hermandad y solidaridad, valores que ya solo quedaban en los pueblos”.

Lucía Mbomío ha sido capaz de explicar desvelos, inquietudes, frustraciones y anhelos de una persona (y de un colectivo) que intenta construirse y reconstruirse, reinventarse y ubicarse de una manera que es imposible no sentir empatía:

“Está feliz por la visita, pero cansada de buscar su sitio. Lleva buscándolo desde antes de saber que lo hacía, cuando escribía cartas al niño holandés, cuando decidió aprender francés y se fue de intercambio. Lo buscó con más ilusión que nunca cuando se fue a Guinea Ecuatorial. Y no se encontró. Quizá debía aceptar que su lugar está en el limbo, en ese camino, pero con los suyos cerca, porque en sus risas, sus abrazos parcos y sus charlas siempre se está bien”.

Y evidentemente, en el relato también está Guinea Ecuatorial, observada desde diferentes lentes, con visiones mediatizadas de diferentes maneras. En ocasiones Guinea es Antonio, el padre de Sandra, en otras es Celia, la tía de la protagonista que le presta enseñanzas definitivamente valiosas, a veces un recuerdo, a veces una ilusión… Pero el relato de Mbomío también transmite como a menudo Guinea Ecuatorial es apenas un reflejo en el horizonte que pasa desapercibido y hacia el que esta sociedad se ha convencido que no quería mirar, por motivos, sobre los que antes o después será necesario detenerse. La propia protagonista ni siquiera sabe bien cómo definir su experiencia:

“Había viajado mucho, se había emocionado en diferentes paralelos y meridianos y, sin embargo, Guinea le dolió más que ningún otro sitio y lo amó como a pocos. Fue mucho más que un alto en el camino, allí descendió a los infiernos y conoció la gloria. Guinea era extremo, maniqueo, doloroso y extraordinario. Y viendo desde el cielo aquel brócoli gigante que era la isla de Bioko, supo que nunca podría olvidarlo”

Lo que Lucía Mbomío ha hecho, definitivamente, es un acto de generosidad porque nos ayuda a conocernos, a nosotros mismos, entre nosotros y a los otros, sean quienes sean esos otros y sabiendo que a veces los otros somos nosotros. Antonio confiesa a su hija:

“Yo ya no pertenezco a ningún lugar. No soy de ni de aquí ni de allí. Me sacaba de mis casillas ver según qué cosas cuando estaba en Malabo, pero también me pasa aquí. Los inmigrantes vivimos en un limbo”

Y Sandra le anuncia:

“Las fronteras que atravesasteis vosotros nos atraviesan a nosotros”.

Y, también porque en medio de la confusión y de los inconvenientes recupera la concepción tradicional del viaje como un espacio de encuentro y de conocimiento. Sandra reflexiona sobre su experiencia y abre una puerta que quizá todas deberíamos tener presente:

“Echa de menos una tierra que solo estaba en los recuerdos de su padre, que no era real ni tangible, que puede que nunca existiera. Una quimera que le embaucó igual que te atrapan las sirenas de Guinea, las «Mami Wata», quienes viven en aguas negras africanas y diaspóricas, a los dos lados del Atlántico. Hay quien las considera la deidad de la inmigración porque los que fueron secuestrados por ellas vieron dos mundos. Al regresar son más sabios, pero resultan incómodos y extraños en las dos márgenes”.

Helen Oyeyemi: “La literatura me hace que valga la pena estar en este mundo”

Helen Oyeyemi habla prácticamente en un susurro y se mueve con delicadeza y con suavidad transmitiendo fragilidad. Da la impresión de sentirse más cómoda escribiendo sus propias historias que hablando sobre ellas con extraños. Sorprendió a la industria editorial y al público con una exitosa primera novela cuando todavía no había terminado el instituto. Ahora, con 34 años, ha publicado ocho libros y ha recogido el reconocimiento de la crítica y de los lectores. En 2013, la prestigiosa revista literaria Granta incluyó a Oyeyemi en una lista los 25 mejores novelistas británicos de menos de 25 años. La escritora se ha atrincherado en una particular narrativa en la que acostumbran a convivir mundos imaginarios y reales y en la que son habituales los giros de argumento insospechados. Nació en Nigeria y, cuando tenía 4 años, su familia se trasladó al Reino Unido, ahora tuerce el gesto cuando escucha la más mínima referencia a la etiqueta “africana” para su narrativa. Ha visitado Barcelona en la promoción de Lo que no es tuyo no es tuyo, una colección de cuentos que supone la tercera de sus obras que la editorial Acantilado publica en español, después de El señor Fox y Boy, Snow, Bird.

La escritora Helen Oyeyemi. Fuente: web de la autora.

Tiene la etiqueta de escritora precoz, ¿ha sido un lastre o una ventaja?

En realidad, cada vez que he escrito un libro me he centrado en la historia que quiero contar. Ese es el motivo por el que escribo. Cada libro es una oportunidad para probar una voz distinta, jugar un juego algo distinto. Mi forma de escribir se centra en cada proyecto y muchas veces sé que a mucha gente no le va a gustar lo que haga, pero eso no es impedimento para que lo haga.

Cada libro es un juego, una de sus características es que su forma de narrar es habitualmente rompedora. ¿Hay una voluntad de provocación en la ruptura de algunos límites?

No, expresamente. Pero creo que la forma de escribir de cualquier escritor refleja su percepción de la realidad. Yo no soy muy sospechosa de una narrativa lineal con mensajes inequívocos que solo se puedan interpretar de una forma. Creo que esas narrativas no son verdaderas y por eso acabo escribiendo algo que se opone completamente a esa linealidad.

¿Quiere decir que su forma de ver la vida tiene que ver con esos mundos imaginarios y flexibles?

Sí. Entiendo lo imaginario y lo real como dimensiones que verdaderamente son iguales y que se dan forma y se alimentan entre ellas.

Los cuentos de hadas están muy presentes en sus historias, ¿disfruta deformándolos?

Creo que es mejor ver mis libros uno por uno, hay dos de los ocho libros en los que he reescrito un cuento de hadas, pero no se trataba de que el elemento cuento de hadas fuese el más importante, sino que aprovechaba una forma narrativa. Cogía algunos elementos establecidos que todo el mundo conoce y luego los utilizaba para contar una historia en la voz de una heroína de los años cincuenta o de un escritor norteamericano de la década de los años treinta. Todo está en la forma de narrar.

Hay otra constante en sus historias, sus personajes principales son mujeres.

(Helen Oyeyemi ríe divertida) Justo el libro que estoy escribiendo ahora mismo tiene como protagonistas a dos hombres. No lo he hecho expresamente (vuelve a reír). Me interesan las mujeres, desde la perspectiva que apunta Virginia Wolf en Una habitación propia. Me interesa la visión de las cosas que se ve tangencialmente, la que se ve por el rabillo del ojo. Me interesa más lo que se percibe ligeramente que lo que llena todo el campo de visión.

Pero, ¿le resulta más fácil imaginar un personaje complejo femenino que masculino?

No creo que haya diferencia, cuando pienso en un personaje, me interesa lo que quiere esconder y parto de esa premisa y después veo por donde va evolucionando.

Ha mencionado el libro en el que está trabajando ahora. ¿Qué nos puede avanzar?

(Aparenta hacer una confidencia) La acción pasa en un tren, una pareja va de luna de miel y acaban con mucha más luna de miel de lo que se esperaba. Hay un poco de misterio (sonríe).

En Lo que no es tuyo no es tuyo hay una historia ambientada en Catalunya, ¿de dónde viene?

Es sencillo, fui a La Pedrera y me encantó el edificio, así que poner la casa en un cuento era una forma de apropiármela. La hice mía colocándola en un cuento.

¿Acostumbra a hacer eso, apropiarse de cosas que le gustan a través de las narraciones?

Sí, es una forma de integrar y conectar elementos que de no ser así no tendrían relación entre ellos. Es como una forma de crear mi propio territorio.

¿Escribe para crear otro mundo más amable?

No creo que sea posible escaparse de este mundo, por desgracia. De hecho, una de las cosas más maravillosas de la literatura es que me reconcilia con el estar aquí, me hace que valga la pena estar en este mundo.

A menudo se ha visto el tema de la identidad en sus primeras novelas.

Me lo han dicho varias veces. Me han dicho que mis libros hablan sobre la identidad. Pero yo pensaba que había escrito un cuento de terror sobre un hombre con un amigo imaginario. Creo que lo mejor es que los libros sean lo que son y no intentar hacer que parezcan algo más importante utilizando términos muy concretos.

¿Reclama la literatura como entretenimiento?

Es parte de lo que quiero que sea. Quiero que la literatura sea todo lo que es sin que se le asigne una función concreta. Creo que la literatura es seria por naturaleza, como la vida, pero no es necesario decirlo una y otra vez.

Su última novela Gingerbread aún no se ha publicado en español, ¿qué tiene de especial?

Siento que tiene un corazón más cálido, destila más esperanza. Se preocupa más por el valor de las cosas, lo que vale cada cosas para el individuo y el grupo. Hay una mujer que mide su vida en base al pan de gengibre, pensando lo que puede conseguir de la vida y lo que ella quiere del mundo.

Y sobre Lo que no es tuyo no es tuyo, su último libro editado en castellano ¿Qué es lo que los lectores van a encontrarse?

No puedo prometer nada a nadie (ríe). Son nueve llaves que permiten abrir puertas. Entra y a ver qué te parece.

Pero, ¿qué ha puesto en esas historias?

He puesto de todo. Hay libros que no me gustan tanto porque los escribí sólo con el cerebro, y otros que he escrito con mi mente y mi corazón. Las cosas que me hacen reír, las que me hacen llorar, las que me ponen triste y todo eso está en Lo que no es tuyo no es tuyo.

Hay un grupo de escritoras que han conseguido que la industria editorial les preste atención. Son mujeres de origen africano que escriben desde la diáspora. ¿Qué opina de esa etiqueta?

Para mi, es como si alguien me llamase Joe y mi nombre es Helen. Me suena tan raro… porque está tan lejos de la manera como yo me pienso. Creo que no va conmigo. Creo que antes, pueden haberme colocado en esa etiqueta, pero la gente ha empezado a leer mis libros y se fija en lo que hay en ellos. En todo caso, cuando las personas buscan algo concreto, lo van a encontrar. Lo único que tu puedes hacer es seguir haciendo las cosas con las que te sientes cómoda.

“La sensación de ser un extraño nunca te abandona”

Diriye Osman se ha puesto, sin complejos, delante de los ingredientes más críticos de la vida de la comunidad LGBTIQ africana en Londres. El desarraigo, la identidad, la experiencia de la migración, la religión, las costumbres y las tradiciones, la presión social, las enfermedades mentales, el rechazo de la familia, pero también el sexo, el placer, la alegría, el amor y la vida que se despliega. Cuando Osman publicó Fairytales For Lost Children provocó una considerable sensación en el mundo literario británico. La crítica acogió con unanimidad la emergencia de una nueva voz fresca, desacomplejada y provocadora, que trataba con naturalidad y claridad los aspectos más oscuros de las vidas de personas LGBTIQ africanas en el Reino Unido. Ahora el autor de origen somalí ve su colección de relatos publicada en español bajo el título Cuentos para niños perdidos (Team Angelica Publishing).

Retrato de Diriye Osman Fotografía: Jaroslav Scholtz

Las historias que componen su libro Cuentos para niños perdidos son realmente impactantes. ¿Qué parte hay de reivindicación? ¿Qué parte de visibilización? ¿Y qué parte de catarsis?

Las historias de este libro fueron creadas desde una posición de autodescubrimiento y, en último término, de catarsis. He querido expresar un poco de la pasión, el miedo, el deseo y la sensación de placer que había experimentado cuando era más joven. He pretendido explorar la intersección de mi sexualidad y mi herencia cultural como un hombre africano queer que vive en Londres a principios del siglo XXI. He intentado hacer una aportación a la existencia de narrativas queer somalíes y, a juzgar por la respuesta positiva que despertó el libro en su momento, tanto en el Reino Unido, como en toda la diáspora, diría que he cumplido mi misión.

Algunas de las historias suenan especialmente íntimas, así que seguramente los lectores se pregunten, ¿qué hay del autor en los protagonistas de esos relatos?

Pues la verdad es que solo hay una historia realmente autobiográfica en toda la colección. Todas las demás son pura ficción. Yo creo que el motivo por el que el libro ha llegado tanto a los lectores, especialmente a los más jóvenes, es por ese tono íntimo. Las historias tienen una gran ventaja, y es que generan la sensación de que al lector se le ha concedido la entrada a mis ansiedades más íntimas y a mis momentos de alegría.

* Artículo publicado originalmente en la Revista CTXT. Para seguir leyendo, pincha aquí

Ben Okri: “Nadie sale de su casa, coge un fusil y dispara a su vecino, si antes no han manipulado sus mitos”

Acaba de cumplir 60 años y se conduce con elegancia. Habla despacio y con serenidad y a menudo desafía sutilmente en el cara a cara, estableciendo algunas distancias. Pero cuando el escritor nigeriano Ben Okri se sube al atril, es otra cosa. Despliega un magnetismo que le conecta con el público y que ha hecho que muchos de sus lectores se conviertan en incondicionales. Es uno de los autores africanos con más reconocimiento internacional y, de hecho, fue el ganador más joven en su momento del Booker Prize, uno de los premios más prestigiosos de la literatura en inglés. Su narrativa ha llamado la atención por su capacidad para combinar con naturalidad el mundo de lo invisible y el de lo visible, mezclando sin artificios espíritus o ancestros con críticas sociales. Pasó por Barcelona para proponer en el CCCB una nueva manera de mirar al mundo.

El escritor nigeriano, Ben Okri. Foto: Carlos Bajo Erro

En su última novela The freedom artist dibuja un mundo sin libros y con un poder autoritario, ¿qué relación hay entre estas dos cuestiones?

En el mundo de The freedom artist es fundamental para las autoridades que los libros desaparezcan. Es fundamental que la gente deje de formular preguntas. Y es fundamental que la gente sienta miedo y sea maleable, porque esto hace que la gente sea más fácil de manipular y hace que el trabajo de la autoridad sea más sencillo. En realidad habla de nosotros. Es hacia donde estamos yendo. Quieren que seamos menos humanos.

¿Es su visión del futuro?

No. Es mi visión del presente.

Ben Okri, uno de los escritores de origen africano más populares de la literatura contemporánea. Foto: Carlos Bajo Erro

Pero también hay una serie de personas que lucha por preservar esos libros…

Siempre habrá personas luchando para preservar las historias. Porque es una de las partes más humanas que tenemos. En las historias conservamos nuestro espíritu, el sentido de nuestras vidas, quiénes somos, quienes quisiéramos ser, en quién quisiéramos convertirnos. Y también nos detienen a la hora de suicidarnos en masa.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Felwine Sarr: “Vivimos en una crisis de la idea de comunidad”

“Vivimos en una crisis de la idea de comunidad. Las personas migrantes, la movilidad…¿Quién forma parte de la comunidad? Las personas a las que llamamos extranjeras no lo son porque no existe tal cosa; todos somos seres humanos, con diferentes experiencias e historias… Pero la identidad principal es la identidad humana”. Es el demoledor diagnóstico que el intelectual senegalés Felwine Sarr hace de la sociedad actual. En los últimos años se ha convertido en una de las voces más escuchadas de una corriente de pensamiento africana que apuesta por replantear el papel del continente y de sus habitantes en un mundo globalizado. 

El intelectual senegalés Felwine Sarr impulsa todo un proceso de repensamiento del papel de África. Foto: Indhira García Belda.

Sarr pasó por Madrid en el contexto de la primera parte de Grigri Pixel, un proyecto desarrollado por Grigri Cultural Projects en colaboración con Medialab-Prado, que se ha desarrollado entre mayo y junio. El programa ya va por su cuarta edición y pretende continuar generando espacios de creación colectiva en los que otros relatos tienen cabida, explorando de esta manera “las prácticas de cooperación cultural y ciudadanía entre África y Europa”.  

Sarr se sentó junto a la filósofa Marina Garcés en una actividad titulada “Dar lugar” para aportar su propia visión sobre el tema de la hospitalidad, que era el hilo conductor del programa de este año, invitando así a meditar y poner en común perspectivas sobre cómo construir puentes en un mundo cada vez más dividido por fronteras políticas, económicas y sociales.  En este marco, Sarr desgranó algunas de las claves de su último trabajo, Habiter le monde, essai de politique relationelle (2018). En este el autor llama la atención sobre la crisis de relacionalidad que estamos viviendo, explicando que los espacios relacionales se han convertido en un conflicto. Si bien es cierto que movimientos como el 8M son capaces de unir a mujeres de contextos muy diferentes en una lucha en común, Sarr piensa que “la relacionanalidad es un espacio muy débil”, y que una civilización que progresa es aquella que genera relaciones entre los individuos. 

El escritor y economista Felwine Sarr, uno de los impulsores de Les Ateliers de la Penséé. Foto: Indhira García Belda

Wiriko pudo compartir una conversación con el intelectual senegalés en la que puso de manifiesto los pilares de su pensamiento. El escritor y economista defiende que todos venimos de un espacio de vulnerabilidad y que hemos sigo acogidos en algún momento. La comunidad tiene que organizarse políticamente, no sólo en términos de ética o mediante cuestiones ideales. Para Sarr las luchas por los derechos de los distintos colectivos de la sociedad son necesarias, pero más allá de los esfuerzos de estos grupos, es importante que todas las personas nos unamos en una sola lucha. 

Teniendo en cuenta que los vínculos entre las personas no atienden únicamente a una historia o una lengua en común, ¿cómo podemos crear un sentimiento de pertenencia a una sola comunidad? La respuesta está en lo que el autor llama “los imaginarios de la pertenencia” y “la narrativa de la comunidad global”. El primer concepto se refiere a la comunidad local de la que todos partimos: nacemos en un contexto y compartimos una historia y una memoria local con el resto. Esta idea de ancestralidad está conectada a la legitimidad ya que muchas veces deriva en la exclusión de aquellos que vienen de fuera. Esto se debe a que a nivel global existe una historia que es la misma para todos, pero no hay una memoria que nos una. 

“Construir la comunidad humana consiste en producir una narrativa que anticipe cómo será esa comunidad” dice el autor, y para ello “tenemos que romper con los imaginarios de la pertenencia”. Profesor también de la Universidad Gaston Berger de Sant-Louis (Senegal), Felwine Sarr considera que los centros educativos pueden ser “un espacio de deconstrucción y reconstrucción que produzcan conocimiento para la comunidad que queremos crear” enseñando que “todos venimos de una cultura, pero que no pertenecemos a ella, no estamos atrapados en ella”. 

“La cultura es una respuesta que los humanos damos a preguntas universales en contextos específicos” explica Sarr. Junto con los imaginarios de la pertenencia, es fundamental también acabar con el imaginario de nación, actuando desde una perspectiva global. “La identidad humana es más importante que las especificidades de mi identidad local (…) Se trata de reconfigurar los imaginarios de quiénes somos, el lugar que tenemos en el mundo y de dónde venimos”. 

Estamos ante una tarea compleja. La crisis de la comunidad no afecta a todos los individuos de una sociedad por igual, así es que es necesario saber qué papel tiene que desempeñar cada uno para poder generar la comunidad global. El escritor nos recuerda que las personas privilegiadas que están en el centro generalmente no tienen razones o intereses suficientes para unirse a este esfuerzo. Son las víctimas de la exclusión las que tienen en sus manos la responsabilidad de impulsar el cambio, ayudándonos así a llegar más lejos. 

En 2016, el compromiso político y social de Felwine Sarr le llevaron a fundar junto con el historiador camerunés Achille Mbembe Les Ateliers de la Penséé, que Sarr entiende como una plataforma en la que los artistas e intelectuales de África reflexionan tanto sobre cuestiones globales como continentales del mundo en el que vivimos. Su próxima edición, que tendrá lugar en noviembre, incluye a participantes de distintas procedencias y tiene como tema principal las vulnerabilidades y cómo estas intersectan. Afrotopía ha sido la obra que ha cimentado toda esta estrategia de repensar el lugar que debe asumir el continente en un mundo globalizado.

Engánchate a las novedades literarias africanas de esta primavera

En el mes de mayo el célebre escritor y pensador keniano Ngugi wa Thiong’o (1938) visitó Madrid y Barcelona para hablar de “las formas ‘minorizadas’ de la literatura”, coincidiendo con la nueva edición de La revolución vertical (2019), una obra que en 2016 encabezó un proyecto de traducción en lenguas africanas y que desde marzo está disponible en versiones bilingües en gikuyu y castellano, catalán, asturiano, euskera, gallego y aranés. Este es un ejemplo de que las literaturas africanas se están haciendo con un sitio permanente en nuestra sociedad, en la que los libros etiquetados de “clásicos” se refieren a producciones de Occidente, y conforman así una jerarquía en la que autores europeos y americanos disfrutan de la visibilidad de la cúspide mientras las plumas africanas quedan bajo su sombra.

¿Por qué las mujeres salvarán el planeta? (2019). El rayo verde. Fuente: Andreu Zaragoza.

No hay duda de que el panorama literario de hoy en día no es el mismo que el de hace veinte años. Esto se debe a los cambios e imperativos que traen consigo los nuevos tiempos; es decir, la globalización ha afectado el mundo de las letras, le ha hecho transformarse gradualmente. Pero hay actores que han sido determinantes para alterar la configuración de la pirámide de la que hablábamos antes. Las independencias de los países africanos trajeron consigo movimientos culturales que reivindicaban la autoría propia del continente. Figuras como Thiong’o tuvieron un gran impacto, pues no olvidemos que el pensador, persiguiendo el fin de descolonizar la mente, abandonó el inglés como lengua de escritura en favor del gikuyu. Todos estos factores han hecho que sea posible ver cómo obras de autores y autoras de España comparten los escaparates de librerías con, por ejemplo, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977). Por lo tanto, la producción africana se está extendiendo más allá de las fronteras nacionales, abarcando una amplitud de géneros y temáticas que anteriormente las confinaban a narrar crónicas del colonialismo y de la esclavitud.

También es necesario reconocer el papel fundamental que tienen las editoriales para que podamos tener al alcance estas obras literarias. Sin ellas muchos de los trabajos de autores y autoras como Chinua Achebe, Ken Bugul, Nadine Gordimer, Ama Ata Aidoo, Wole Soyinka o Bessie Head seguirían esperando a ser traducidos y publicados. Por ello, desde Wiriko queremos destacar las novedades de las letras africanas que nos esperan en estos meses gracias a la labor de algunas editoriales con base en España.

 El Rayo Verde

En una publicación de marzo hablábamos ya de La revolución vertical (2019) de Ngugi wa Thiong’o y cómo este cuento ha sido traducido por El Rayo Verde y el Raig Verd al castellano, catalán y asturiano. En la conferencia que tuvo lugar en el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, el autor expresó que esta historia es para todos los públicos, ya que se refiere a cuestiones que nos afectan como personas (igualdad, convivencia, etc.).

Por qué las mujeres salvarán el planeta (2019) reúne ensayos y entrevistas de autoras involucradas en la lucha feminista que ponen de manifiesto la correlación entre el feminismo y el medioambiente. De entre las voces recogidas destacamos a la sudafricana Zandile Gumede (1961), quien actualmente ejerce de alcaldesa en la Municipalidad Metropolitana eThekwini; Atti Worku (Etiopía), fundadora y directora ejecutiva de la organización Seeds of Africa; los textos de Shukri Haji Ismail Bandare (Somalia 1947), ministra de medioambiente y desarrollo rural de la República de Somalilandia, y Fatima Jibrell (Somalia 1947), cineasta, activista medioambiental y fundadora de la organización Horn Africa (ahora Adeso); y por último, Nidhi Tandon, activista y escritora nacida en el este de África que trabaja con mujeres y comunidades minoritarias. Esta publicación hace hincapié en materia de igualdad de género (visibilizando el trabajo de mujeres de diferentes nacionalidades) a la vez que nos hace reflexionar en torno al vínculo de la naturaleza, la ecología y el medioambiente con el sexo femenino. Por lo tanto, Por qué las mujeres salvarán el planeta amplifica la voz de autoras africanas, situando además a las mujeres como protagonistas en la lucha contra el cambio climático.

Baile del Sol

De la mano de la colección de literatura de Casa África encontramos Doce relatos urbanos. Doce voces africanas (2019), publicado también en el mes de marzo. Las ciudades son las protagonistas de las doce historias que componen esta publicación. Se trata de cómo los autores y las autoras africanas expresan su punto de vista a través de los espacios urbanos. En el blog África Vive, Ángeles Jurado nos habla un poco más sobre cómo diseñó este proyecto hace dos años, qué escritores y escritoras aceptaron formar parte de la colección, así como la intención de trasladarnos a nuevos lugares mediante los relatos.

La editorial también ha incorporado en sus ediciones castellanas la primera novela de la nigeriana Chinelo Okparanta (1981). En Bajo las ramas de las udalas (2019) conocemos a Ijeoma, una niña cuyo padre es asesinado a causa de la guerra civil nigeriana en 1968. Huyendo del conflicto bélico, la protagonista conoce a Amina. La relación entre ambas lleva a Ijeoma a reflexionar sobre cuestiones de fe y amor entre otras. Por lo tanto, Okparanta nos invita a acompañar a la protagonista en su paso de la infancia a la vida adulta, siendo testigos de los cambios, reflexiones y decisiones que tienen lugar durante su desarrollo personal.

Crononauta

Quién teme a la muerte (2019). Nnedi Okorafor

Fuente: Crononautas

Siguiendo la línea de compromiso con la igualdad de género, la editorial alternativa Crononautas ha contado con una preventa online de la nueva edición de Quién teme a la muerte (2019). Publicada por primera vez en 2010, esta novela, escrita por la estadounidense de origen nigeriano Nnedi Okorafor (1974), presenta un mundo ficticio postapocalíptico. En él su protagonista será testigo de experiencias que combinan la magia, la naturaleza, las tradiciones y aspectos de plena actualidad (genocidio, violaciones y ablaciones entre otros).

2709 books

Publicado en 2015 por Wanafrica, a partir del mes de mayo está disponible otra edición de Murambi, el libro de los huesos (2019), una novela del escritor senegalés Boubacar Boris Diop (1946). Aunque en ocasiones anteriores la editorial ha publicado versiones bilingües de otras obras del mismo autor, en este caso se trata de una nueva edición traducida al castellano. A pesar de que no es una novedad literaria, podremos disfrutar una vez más del trabajo de Diop, el cual rescata el genocidio de Ruanda de 1994 para denunciar el acontecimiento histórico y la impunidad de los actores en él implicados.

Taurus

Fuente: Popular libros

En verano de 2018 el filósofo anglo-ghanés Kwame Anthony Appiah (1954) sumaba a la lista de sus trabajos The Lies that Bind: Rethinking Identity, una obra que, como indica su nombre, explora la identidad. Taurus, el sello editorial de Penguin Random House Grupo Editorial, se ha encargado de ofrecer una edición en castellano en la que el público hispanohablante pueda reflexionar sobre la cuestión identitaria de la mano de las preguntas propuestas por Appiah. De acuerdo con una reseña de The Washington Post, Las mentiras que nos unen: Replanteando la identidad (2019) está dividido en cinco secciones que se corresponden a lo que el filósofo comprende como las cinco bases de la identidad moderna: la religión, el país, la clase, el color y la cultura. De esta manera, Kwame Appiah pone en entredicho el funcionamiento de la identidad tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

Plaza y Janés

Otro de los sellos de Penguin Random House ha publicado la biografía de Ousman Umar Viaje al país de los blancos (2019). En ella, el ghanés cuenta su historia, cómo con tan solo 13 años cruzó el desierto del Sáhara, dejando atrás su país natal para migrar a Europa, lugar que a priori presenta muchos factores de atracción. Según una entrevista que realizó para Europa Press, el dinero que recaude gracias a la venta de su libro estará destinado a la organización NASCO Feeding Minds, fundada por él mismo con el objetivo de “proporcionar alfabetización digital a los niños y niñas de Ghana”.

Estas son algunas de las novedades de las letras africanas contemporáneas. Como vemos, la pluralidad del continente se manifiesta en la producción cultural y literaria, dando lugar a obras de ficción, de memoria histórica e inclusive biográficas. Cada vez son más las editoriales que apuestan por publicar a autores y autoras africanas, favoreciendo así una mayor democracia en el campo de la literatura.

Ngũgĩ wa Thiong’o reclama un nuevo mundo posible

Ngũgĩ wa Thiong’o, una de las figuras más importantes de la literatura africana, visitó España a mediados de mes, con vistas a conversar, de nuevo, sobre su apuesta por las lenguas minorizadas y por la descolonización pendiente que debería reequilibrar las relaciones en los países africanos y los del Norte global. Allá donde va, el pensador keniano es capaz de reunir en el mismo espacio desde especialistas de distintas disciplinas académicas, hasta participantes de clubes de lectura, a la vez que atrae el interés y admiración de las generaciones más jóvenes. Quien esté al corriente tanto de su vida política como de su trayectoria artística (ambas entrelazadas) sabrá que es un veterano en la lucha y la reivindicación por “reubicar” el centro y revisar el papel de las “minorías” de la periferia en ese nuevo orden necesario. Nos referimos a las sociedades africanas, en especial a sus escritores y escritoras, grupos más minorizados que minoritarios, que han sido invisibilizados. La expectación que despiertan las visitas del intelectual keniano es incuestionable y así consiguió llenar tanto el auditorio del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía en su paso por Madrid, como el del Centre de Cultura Contemporànoia de Barcelona en su intervención en la capital catalana.

Ngũgĩ wa Thiong’o junto a Chema Caballero durante su presentación en Madrid. Foto: Indhira García Belda

Como apuntó Chema Caballero, encargado de conducir el espacio de reflexión en el Museo Reina Sofía, unas de las tareas más destacadas de Thiong’o ha sido trasladar la teoría decolonial al campo de la literatura, abogando por una descolonización de la mente, mediante la puesta en valor de las lenguas africanas. De acuerdo con el autor, aún queda mucho por hacer en África, ya que la independencia política no se tradujo en independencia económica, y consecuentemente, tampoco se materializó en la independencia cultural. Sigue habiendo un desequilibrio entre el continente y Occidente en el que este último tiene ventajas. Y es que son pocos los aspectos en común entre ambos lugares, por lo que África no está en igualdad de condiciones, y esto ha repercutido en su producción literaria.

Ngũgĩ wa Thiong’o denunció la invisibilidad de la literatura africana, a la cual sólo se ha prestado atención si llevaba una máscara europea. Dentro de esta invisibilidad, destaca a su vez el papel de las escritoras africanas, quienes son actualmente, en palabras del autor, “la fuerza más prominente de sus países”. La representación de África es importante, especialmente a través de las lenguas africanas. Entre bromas, el intelectual afirmó que la literatura africana sólo puede considerarse como tal si es escrita en lenguas africanas, entendiendo a estas como herramientas que, al igual que en el aspecto económico y político, se encuentran en una relación desigual con respecto a las lenguas de los colonizadores.

“La literatura africana solo tiene significado en lenguas africanas”, dijo el escritor. Las lenguas son como instrumentos musicales, cada una de ellas tiene una musicalidad que la hace única, por lo que, según Wa Thiong’o, no podemos establecer una jerarquía; todas son iguales. Así es que el novelista quiere poder compararse con Cervantes y Shakespeare. Pero, tal y como señala Chema Caballero, ellos eran europeos. ¿Por qué entonces compararse con autores con los que no tiene nada que ver?, le provocaba Caballero “Porque son universales”, aprovechaba para sentenciar el escritor.

Ngũgĩ wa Thiong’o puso de manifiesto que el arte, y por lo tanto, la literatura, es el alimento de la imaginación. Gracias a él podemos imaginar nuevos mundos, crear un futuro… Y muchas veces esa posibilidad de soñar el mañana es temida y coartada por los  totalitarismos. Sus experiencias tanto en prisión como en el exilio han hecho de Ngũgĩ wa Thiong’o el escritor que es hoy, ya que según él, “en lo negativo hay una energía creativa”. Por ejemplo, el exilio le dio la oportunidad para desarrollar El brujo del cuervo (2006). Si bien es cierto que no podemos controlar las cosas que nos pasan, sí que podemos decidir qué hacer al respecto, así es que nos recomienda buscar en todo aspectos positivos y negativos, aludiendo una vez más la idea de equilibrio.

El escritor e intelectual keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Madrid. Foto: Indhira García Belda

En su paso por Barcelona, Ngũgĩ wa Thiong’o dialogó con su editora Laura Huerga, la principal responsable de la experiencia de las ediciones bilingües de La revolución vertical. La conexión entre el intelectual keniano y su editora catalana regaló a los asistentes una conversación distendida y un clima familiar. Entre preguntas y respuestas, Thiong’o fue revelando algunas de sus experiencias vitales más determinantes. Un apunte para explicar cómo empezó a plantearse dejar el inglés como lengua de escritura cuando en los foros internacionales detectó que las lenguas africanas se menospreciaban. O una mención a cómo la autoría de una obra de teatro le llevó a inaugurar el año 1978 en una cárcel de máxima seguridad keniana.

Sin pasar por alto cómo evocó la figura de su madre, una figura que para el escritor tiene un protagonismo especial, como muestra en sus memorias. “Ella no sabía leer pero me envió a la escuela”, revelaba Thiong’o, que también señaló cómo le incrustó la idea de superar todas las dificultades desde la modestia y cómo aquella mujer iletrada se las arreglaba para supervisar sus deberes.

Evidentemente, Thiong’o volvió a recordar sus clarividentes reflexiones acerca del papel de África en el mundo, de la manipulación de la idea del continente en el imaginario colectivo, de las intencionadas invisibilizaciones. “El capitalismo se fundó sobre la acumulación primaria del capital que era el cuero de los esclavos africanos”, recordó. “La modernidad de muchas de la ciudades occidentales se construyó gracias a la mano de obra esclava de los africanos”, dijo señalando esa verdad incómoda.

A pesar de todo, como hace siempre, Ngũgĩ wa Thiong’o había venido a traernos un mensaje constructivo y optimista e invitó a las y los asistentes a soñar otro mundo posible. “Los seres humanos han progresado porque siempre han imaginado otro mundo posible que se salía de este. El hombre que quería volar, cayó una y otra vez, pero no dejó de intentarlo”, recordó. Sus palabras sonaban como un desafío en vestíbulo del CCCB: “Nosotros, seres humanos, no podemos aceptar que las cosas estén como están, tenemos que soñar otros mundos posibles, no podemos aceptar la condicionalidad de que tú pases hambre para que yo pueda comer bien, que mi felicidad dependa de tu infelicidad”. Sin embargo, ese desafío no suena abrupto en la voz de Ngũgĩ wa Thiong’o que consigue darle un tono tierno y cálido que llama a la reflexión, a la empatía y a la acción.

Nubes de lluvia, entre la esperanza y el tormento

Makhaya representa una visión muy particular del heroísmo, quizá nadie diría que es un héroe, pero es indudable que es un personaje magnético. Se trata de un periodista que huye de una condena en Sudáfrica y se refugia en una emergente Botsuana y que aparece alternativamente como un idealista comprometido o como un hombre en fuga con un delicado y precario equilibrio emocional. Es el protagonista de Nubes de lluvia, la primera novela de Bessie Head, una escritora respecto a la que ni siquiera hay consenso en su adscripción, a menudo, aparece como una de las mejores novelistas, y otras como una de las más transgresoras narradoras sudafricanas.

La editorial Palabrero Press ha editado en español esa novela publicada en Londres y Nueva York en 1968. Traducida por Elia Maqueda y con un prólogo de Ángeles Jurado que nos acerca a la realidad en la que Head produjo esta historia y a algunas de las circunstancias que nos permiten entender mejor el relato. Jurado se asoma a la biografía de la escritora, pero no solo, también nos acerca a una lectura profunda de Nubes de lluvia.

La historia de Makhaya es la historia de una búsqueda, igual que lo fue la vida de Bessie Head. En el segundo caso, una búsqueda tan turbulenta como infructuosa; en el primero, una búsqueda desesperada, denodada y accidentada. El periodista llega a Botsuana saltándose las convenciones y las leyes e intentando encontrar un lugar en el que volver a empezar. Ese lugar idílico para recomenzar su vida es, aparentemente, Golema Mmidi, pero tampoco allí las cosas son tan sencillas como el protagonista esperaba.

Mientras nos explica el periplo de Makhaya, Bessie Head nos va sumergiendo en un mundo en construcción, en parte, pero también con una profunda resistencia al cambio; un espacio en el que las contradicciones se van desplegando tanto en los personajes como en sus relaciones. Más que en el espacio, Makhaya deberá encontrar su lugar en el sistema que conforman esos personajes que buscan el equilibrio entre las transformaciones que mejoran la vida y los espacios de poder personales, individuales y egoístas; entre quienes desde la tradición piensan en una convivencia beneficiosa para todos y los que han sido capaces de retorcer el progreso a su antojo; un contexto en el que las resistencias no son necesariamente las previsibles o, al revés, no son las personas más resistentes al cambio las que pondrán más difícil el avance.

Las experiencias de Makhaya nos acercan a las consecuencias de las tradiciones instrumentalizadas y de las estructuras sociales parcialmente manipuladas. Mientras nos ofrece la cara más evidente de la hospitalidad y la convivencia, también nos aproxima a sociedades con derivas racistas.

La escritora Bessie Head. Fuente: Editorial Palabrero Press

Todos esos episodios, todas esas experiencias y esas relaciones, tienen la fuerza de la realidad. Las contradicciones que hacen que los comportamientos sean completamente humanos son más creíbles porque parten de la experiencia de Bessie Head. Su biografía es, en sí misma, material de primera para una novela, si no fuese porque la realidad no acostumbra a ser demasiado sexy. La escritora sudafricana convivió desde su nacimiento con las contradicciones, los prejuicios y la hipocresía de una sociedad extremada e inhumanamente cerrada. Fue el fruto de las relaciones entre una mujer blanca acomodada y un trabajador negro, algo más que un acto ilegal en la Sudáfrica del apartheid, un pecado que marcaría toda su vida.

Sus primeros años estuvieron marcados por las instituciones mentales en las que fue a parar su madre y el repudio de la familia. A partir de ahí, el alcoholismo, las continuas huidas, la indigencia a menudo, el exilio y la escritura a veces como una forma de sanación y otras como un nuevo descenso a los infiernos. Son todas esas experiencias las que alimentan o las que enmarcan la creatividad y la narrativa de Head. Nubes de lluvia es prácticamente una autobiografía de su época de exilio en Botsuana, donde también ella llegó buscando una alternativa a la asfixiante atmósfera de la Sudáfrica más discriminatoria.

Nadifa Mohamed, la voz de la diáspora somalí

Durante la última década hemos visto cómo han surgido nuevas voces dentro de la literatura de la diáspora de Somalia. Las letras de este país son reconocidas a nivel internacional gracias a poetas como Mohamed Ibrahim Warsame, más conocido como Hadrawi, o a la larga lista de novelas escritas por Nuruddin Farah. A ellos se ha sumado una nueva generación de mujeres jóvenes vinculadas a su pasado familiar. Si Warsan Shire es la promesa de la poesía somalí, Nadifa Mohamed se ha convertido en el nuevo referente de la novela. 

De padre marinero y de madre terrateniente, Mohamed nació en 1981 en Hargeisa, actual capital de Somaliland. No residió mucho tiempo en su país debido a que en 1986 la familia optó por mudarse a Londres de forma temporal. Sin embargo, el recrudecimiento del conflicto contra el dictador Mohamed Siad Barre y el estallido de la guerra civil les obligó a permanecer en Reino Unido. Licenciada en Historia y Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, Nadifa Mohamed ha reflejado en sus novelas ese eterno vínculo con las raíces propias de las personas que crecieron en la diáspora. De hecho volvió para visitar Hargeisa en 2008 con el objetivo de conocer, por sí misma, todo aquello que había escuchado en boca de sus padres.

El resultado de todas estas experiencias se fraguó en 2009 cuando publicó su primera obra, Black Mamba Boy. Esta novela, ambientada en la etapa de la ocupación italiana y la creación del Imperio del África Oriental, nos relata las vivencias de un niño de la calle, Jama, que tras la muerte de su madre inicia un largo recorrido que le llevará a diferentes países como Yibuti, Yemen o incluso Gales. El gran logro de esta obra es, sin duda, rescatar de la historia los brutales episodios que se vivieron durante esta época en el Cuerno de África y que la perspectiva del relato la protagoniza el niño. De hecho, este libro ganó diversos premios ya en 2010 como el Betty Trask Award.

Nadifa Mohamed. Wikimedia Commons.

Su segunda obra, The Orchard of Lost Souls (2013), fue publicada cuatro años después y refleja la madurez de la escritora. Si en Black Mamba Boy se dejaba entrever una falta de entender y representar a su propio personaje, en esta segunda novela el desarrollo interno de cada una de las protagonistas es arrollador. The Orchard of Lost Souls nos sitúa en un tiempo diferente y en un espacio concreto: la guerra civil que asoló Somalia desde finales de la década de 1980. El éxito de esta novela reside en la capacidad de la autora para reflejar tres historias de mujeres marcadas por el conflicto: Deqo, una niña de nueve años que abandona el campo de refugiados donde nació para descubrir la ciudad; Kawsar, una viuda solitaria que ha sufrido en sus propias carnes la represión del tambaleante régimen de Siad Barre; y Filsan, una joven soldado trasladada a la zona norte del país para frenar la creciente rebelión contra la dictadura. Cada una de ellas representa la parte de un todo que nos permite comprender lo que supuso un conflicto como el que llevó a Somalia a la desintegración y cómo este episodio tiene unas secuelas terribles en la población y muy especialmente en las mujeres.

La evolución entre la primera y la segunda novela de Nadifa Mohamed es extraordinaria. No obstante, no parece que tenga tanto que ver con la experiencia de los años, como con la capacidad de la autora de identificarse con sus protagonistas. El trabajo de investigación y las entrevistas con otras mujeres es evidente y logra profundizar en la historia y en el carácter de los personajes principales. La vinculación con la tierra donde nació hace el resto y las raíces están presentes en cada vuelta de hoja. Un hecho que se le reconoció con varios premios como el Somerset Maugham en 2014 y el reconocimiento como una de las promesas de la literatura subsahariana por el Africa39 el mismo año.

Mohamed anunció que estaba prevista la publicación de su tercera novela. A pesar de que han pasado más de seis años desde su última publicación, no ha dado más detalles al respecto. Mientras esperamos, tan sólo nos queda redescubrir los mundos que la autora ha creado y tener la esperanza de que las raíces y el vínculo con los orígenes vuelvan a hacer acto de presencia. Eso es, a fin de cuentas, la clave del éxito de su trayectoria.

 

 

Ngũgĩ y la transmisión de la sabiduría

Si la edición de La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o, que acaba de lanzar la editorial Rayo Verde no atrae lectoras y lectores hacia las literaturas africanas es posible que suponga un definitivo punto final. La propuesta es completamente deliciosa y tiene absolutamente todos los ingredientes. La narración del escritor keniano es sublime; la traducción de Víctor Sabaté ha captado y transmite toda la esencia de la historia; los textos explicativos que acompañan el relato aplifican su efecto y facilitan su comprensión; las ilustraciones de Agustín Comotto refuerzan el sentido del mensaje que Ngũgĩ transmite; y la canción que acompaña esta edición es el lazo definitivo a un libro que es un regalo en todos los sentidos.

Ngũgĩ wa Thiong’o, firme defensor de la producción literaria en lenguas africanas. Foto: Carlos Bajo

El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o regaló La revolución vertical al colectivo de Jalada, como parte de un proyecto de difusión de las lenguas africanas. La revista literaria panafricana hizo de esta historia un cuento traducido a 80 idiomas. En un primer momento, se trataba de lenguas africanas, paralelamente las lenguas de las antiguas potencias coloniales y, finalmente, lenguas de todo el mundo.

La historia de La revolución vertical es el relato de un desencuentro entre los miembros del cuerpo humano que pone de manifiesto un aprendizaje básico, que transmite valores como la igualdad, el respeto, la convivencia o la justicia. Ngũgĩ wa Thiong’o muestra una indudable capacidad para manera toda la energía narrativa del género del cuento tradicional. Este relato sabe a historia macerada durante siglos en la transmisión de boca a oreja al calor de una hoguera nocturna. Tiene todos los elementos de esas historias que se han ido construyendo relato a relato con el paso de las generaciones para transmitir de madres a hijos, de tíos a sobrinas o de abuelas a nietas los valores que cimentan la convivencia de la comunidad. El genial autor keniano hace con esta historia un homenaje a esa, a veces denostada, literatura popular y, sobre todo, a esta transmisión oral de las historias y las enseñanzas. Su homenaje es, precisamente, reconstruir un cuento que perfectamente serviría para ser contado en una de esas veladas de narración oral comunitaria.

Wa Thiong’o escribió el cuento originalmente en gĩkũyũ como parte de su proceso de militancia cultural en favor de la defensa y el resto de las culturas minorizadas y él mismo se encargo de hacer la primera traducción, al inglés. El autor keniano ha transmitido sistemáticamente la necesidad de relacionarse con naturalidad con las lenguas y evitar la instrumentalización.

Laura Huerga, editora de Rayo Verde e incondicional de Ngũgĩ wa Thiong’o ha cogido esta joya y ha intentado engarzarla de la manera que se merecía. Esta edición forma parte de un impresionante proyecto que nos trae, de la mano de Rayo Verde y Raig Verd, tres ediciones bilingües en castellano, catalán y asturiano y gĩkũyũ. Pero es que dentro de ese mismo proyecto, la editorial Txalaparta ha lanzado una edición en euskera y la lengua original del cuento; Galaxia ha hecho lo propio en gallego y gĩkũyũ; y Pagès se ha sumado con una edición en aranés y gĩkũyũ.

La propia Huerga pone el contexto con un epílogo que ayuda a acercarse tanto al relato como a la figura del autor y, sobre todo, a la importancia de su militancia cultural, un activismo a favor de las culturas minorizadas que le ha puesto contra las cuerdas durante su vida y le ha llevado a la cárcel y el exilio; pero que al mismo tiempo le ha convertido en un referente de la reflexión decolonial y de la literatura universal hasta el punto de tener un reconocimiento internacional, a pesar de esta muy lejos de los gustos complacientes de la industrial editorial global. Rayo Verde y Raig Verd han publicado en los últimos años, en castellano y en catalán, una buena parte de la producción literaria del autor keniano, tanto de sus ensayos, como de sus obras autobiográficas.

Una de las ilustraciones de Agustín Comotto en el libro de Ngũgĩ

La excepcionalidad de este lanzamiento se completa con las cuestiones formales. Ya que han convertido el relato en un cuento ilustrado con los dibujos del argentino Agustín Comotto que construye una historia gráfica que discurre en paralelo a la narración escrita y que refuerza el mensaje, a través del particular estilo de las ilustraciones.

Efectivamente el lazo tiene forma de canción, compuesta por Clara Peya y adapatada por Alícia Serrat. Rayo Verde ha compartido esta canción con un sencillo vídeo compuesto por algunas de las ilustraciones de Comotto que configuran un perfecto aperitivo, uno de esos que te empujan necesariamente a seguir degustando.

Warsan Shire

Warsan Shire, poesía en resistencia

Warsan Shire se ha convertido en un referente de la poesía del siglo XXI. La mezcla de sus versos, con su carácter fresco y joven y un buen uso de las redes sociales la ha catapultado al éxito. Se ha escrito mucho sobre ella, especialmente después de que en 2016 participase en “Lemonade” el último trabajo de la archiconocida Beyoncé. La mayor parte de las veces se hace referencia a Shire como un icono de la pop-culture, reconvertida en una moda, intentando alejar la conexión evidente que tiene con sus raíces, con la búsqueda de sí misma y con personas que siempre quedan en los márgenes de la historia. Sin embargo, hay mucho trabajo y muchos versos previos al boom de “Lemonade”.

Warsan Shire
Fotografía de Amaal Said

Shire comenzó escribiendo hace una década y su primera publicación tuvo lugar en 2011 con Teaching My Mother How To Give Birth. A través de este volumen transmite la experiencia de su familia como refugiados y sumerge al lector en los paisajes de la guerra y el horror. Su segunda obra, Her Blue Body (2015) supuso un giro radical, ya que creó un espacio íntimo, donde se mezclaban las raíces, los traumas, la sexualidad, la interculturalidad, la identidad y el ser mujer. De todo el volumen, los detalles  en “The House” marcan la diferencia.

Gracias a su obra, podemos afirmar que Warsan Shire es algo más que una tendencia. Cada palabra, cada verso y cada poema es una promesa de que la poesía no ha muerto. Que la agonía del pasado puede volver y redescubrir que sigue estando presente. Que la diáspora no es sólo un espacio donde dudar sobre la identidad, sino donde encontrarse y resistir al mundo que hemos construido.

Lo más curioso sobre esta escritora es que a pesar de haber nacido en Kenia y haber crecido en Londres es la más firme heredera de la tradición poética de Somalia, sin duda gracias a sus lazos familiares. En este país del Cuerno de África, sólo conocido por su interminable guerra y sus propios desastres, floreció la poesía hasta el punto de que las conversaciones fluían en verso. Y ella ha logrado fundir aquella tradición con la realidad del tiempo que la ha tocado vivir.

En realidad resulta imposible decir qué es o qué representa la poesía de Warsan Shire aunque las modas y la globalización puedan simplificarlo. Mujeres, refugiados, raíces y diáspora. ¿Eso es todo? No. La confusión convertida en poesía, como en  “Nail Technician as Palm Reader”, el dolor de “What we have” o la explosión de cada verso en “Home” representa una pequeña parte de lo que supone el universo de Shire. Este último, que se hizo viral hace un par de años al coincidir con la llegada de refugiados a Europa, transmite el horror de no poder estar en casa, el último símbolo de la protección y la seguridad. Cualquier sitio sería más seguro. Además, Shire habla de sus traumas, pero también de los traumas de los demás. De hecho, el mérito de lo que escribe reside en la capacidad de captar las experiencias de otras personas (normalmente familiares y amigas) y plasmarlas en primera persona.

Shire se alejó de los focos y las redes sociales tras lo ocurrido con Lemonade. Huyó de un mundo de modas que pretende convertir y mercantilizar cada uno de sus versos. Transformarla en una estrella sin trasfondo. Sin embargo, nos ha dado esperanzas para decir que la poesía no está muerta, porque cada verso es un pequeño bombeo de sangre. Algo que nos sigue haciendo sentir.

Sobre racismo, crisis identitaria y violencia de género: el retrato de Sudáfrica de Kopano Matlwa

Kopano Matlwa forma parte de la llamada “born free generation” sudafricana, aquel segmento de población que nació tras la fin del Apartheid pero que sigue sufriendo las discriminaciones y las consecuencias sociales de la segregación racial.

La escritora sudafricana Kopano Matlwa. Fuente: Editorial Alpha Decay

En su primera novela de 2007, Coconut, la escritora relata las vidas de Ofilwe y Fikile, dos jóvenes negras que nacen en la misma ciudad, Johannesburgo, en la misma sociedad envenenada por el racismo y la violencia generados por la imposición cultural y lingüística de Occidente. En el relato emerge una Sudáfrica muy actual, contada a través de la cruda mirada de las niñas de una forma que, a veces, puede parecer infantil pero que resulta, aún así, creíble y lúcida.

Ofilwe viene de una rica familia de la nueva burguesía y ha tenido toda clase de comodidad durante su infancia, pero tiene una relación muy complicada con sus padres, con las tradiciones de sus antepasados y con sus compañeros de clase blancos que la rechazan.
Por otro lado Fikile, tras el suicidio de la madre, vive en un estado de extrema pobreza compartiendo su espacio vital con un tío, inepto y molesto. Por eso está dispuesta a cualquier sacrificio para dejar el pasado atrás y volver a “renacer con la piel blanca”. La diferencia entre las dos en términos de valores, estilo de vida y condiciones socioeconómicas, no hace otra cosa que evidenciar, al fin y al cabo, el mismo sentimiento de sufrimiento y pérdida de identidad, dejando claros los efectos del colonialismo y de la supremacía blanca que impregnan todos los aspectos de las vidas de las jóvenes sudafricanas. Las dos se consideran nueces de coco: negras por fuera, pero por dentro con un desesperado deseo de sentirse blancas.

– And you, Fikile, what do you want to be when you grow up?
– White, Teacher Zola. I want to be white.
– But Filike, dear, you can’t change the colour of your skin […]
– I will be white if I want to be white. I don’t care what anybody thinks.
– But why would you want to do that, dear?
– Because it’s better.
– What makes you think that, Fikile?
– Everything.”

Diez años después de Coconut, Matlwa pública Florescencia, editada en español por Alpha Decay, que se publicó originalmente bajo el título Period Pain. El estilo literario y la atmósfera que desprenden sus páginas son muchos menos ligeros y humorísticos, pero aún así no dejan de reflejar la misma visión muy lúcida y desilusionada de una sociedad y de un país llenos de contrastes.

En su última y amarga novela, Matlwa nos acompaña en una agotador y contemporáneo recorrido por su nación, que aún vive bajo la sombra de la discriminación racial. Lo hace poniendo al público en la piel de una mujer médico, frustrada por sus precarias condiciones de trabajo, pero aún así empeñada en una lucha constante contra la xenofobia y el odio. Así, el sentimiento que hace de hilo conductor a la novela es la incomodidad que siente Masechaba hacia sí misma, hacia la sociedad donde vive, hacia su rol como mujer, hacia su trabajo, su familia y sus amigos. Una dicotomía entre el mundo exterior y el mundo interior en la que la menstruación, constante y desgarradora, ocupa un lugar importante en la vida de la protagonista.

Si, en un primer momento, Masechaba percibe solo la incomodidad y el sufrimiento, la exclusión y la vergüenza que le provoca su ciclo, poco a poco se abandona a una resignada aceptación y, en última instancia, la reivindica como algo solo suyo, como un dolor familiar e identitario que la protege del violento dolor del exterior.
La historia se desentraña bajo la mirada cautivada del lector, pausada por las profundas reflexiones de la protagonista, animada en su lucha diaria por una fuerte fe religiosa que irá poco a poco desvaneciéndose, vencida por una violación que le parte la vida en dos.

Esta obra es un grito de denuncia desesperado. Es un recorrido por la violencia, la depresión y la luz al final del túnel y nos deja con los ojos clavados hasta la última página, exhaustos pero no indiferentes.

En Coconut, la autora se centra en la crisis identitaria de Owilfe y Fikile, pero la profundidad que logra relatando el sufrimiento de Masechaba en Florescencia nos lleva a una reflexión más amplia. Masechaba sugiere, afirma y luego grita que hay algo peor que ser extranjero en Sudáfrica: ser mujer. Y ser rebelde. En su última novela, se hace evidente el cambio, la evolución de Matlwa desde el tono divertido de Coconut hacia el pesimismo crónico de otros autores sudafricanos post Apartheid, como Coetzee o Dangor.

Con Florescencia se vuelve a abrir una ventana sobre un país que, tras la muerte de Nelson Mandela, parece haber perdido un poco del protagonismo que le proporcionaba el interés por el presidente que tanto hizo y tanto dejó por hacer. Y es una ventana abierta por una mujer, quizás para subrayar que, al fin y al cabo, son las mujeres las que llevan la carga de esta situación social tan perjudicial, en la que el machismo las mantiene en un estado de explotación y represión.

Las novelas de Matlwa nos reconducen a una reflexión sobre la muerte de Mandela y sobre cómo significó un momento de inflexión para quienes esperaban un cambio que finalmente no se ha producido, o al menos no de la forma que habían esperado y planeado sus impulsores.
En definitiva, independientemente de los recursos literarios que adopta, a través de sus historias la autora nos recuerda cómo el racismo, las violencias y las injusticias en Sudáfrica siguen dramáticamente presentes en el día a día, abriéndonos los ojos cerca del largo camino que queda para la igualdad.