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Gili Yalo, la voz de las raíces etíopes de Tel Aviv

Tiene 36 años, nació cerca de Gondar, en Etiopía, y vive en Tel Aviv, en Israel. Como tantos otros niños de la diáspora etíope, tuvo que hacer un largo camino hacia el exilio. Cuando tenía 4 años, sus padres se aventuraron a salir de Etiopía en la famosa Operación Moisés, un rescate secreto del Mossat, el servicio de inteligencia israelí, que evacuó cerca de 8.000 etíopes a través de un prolongado viaje por Sudán para subir a vuelos secretos que salieron desde Jartúm. Hoy, Gili Yalo es uno de los nombres de la escena musical emergente de Israel, y sus raíces etíopes juegan un fuerte papel en su sonido, que ha vuelto a recuperar en su recién retorno al país que lo vio nacer. Con él estuvimos durante el último Gibraltar World Music Festival, y pudimos conocer más sobre este artista, tanto como sobre los falashas, o etíopes judíos.

Gili Yalo en el Gibraltar World Music Festival 2017. Fotografía de Gemma Solés i Coll / Wiriko.

Cuando ser judío salvó a los etíopes de la hambruna:

El presidente marxista Mengistu Haile Mariam había prohibido la práctica del judaísmo y la enseñanza del hebreo en Etiopía, y la hambruna azotaba con fuerza a millones, que llegaban por miles a los países vecinos. “La historia de los judíos en Etiopía se remonta a más de 2.ooo años. Era 1984 y había rumores de que si podíamos llegar a Sudán, el gobierno israelí nos trasladaría hacia Israel. Para nosotros Jerusalén significaba una tierra de leche y miel, y un lugar de espiritualidad. Así que anduvimos durante meses junto a otras familias judías etíopes“, cuenta Gili Yalo.

El cantante y compositor forma parte hoy de una comunidad de cerca de 140.000 judíos de origen etíope que viven en Israel, la mayor parte de los cuales llegaron a la Tierra Prometida a través de la Operación Moisés o la Operación Salomón, en 1991, donde cerca de 14.500 personas fueron trasladadas a Israel en menos de 36 horas. Para muchos, esa maniobra del gobierno israelí era una estrategia para reforzar los asentamientos judíos en el país, fundado en mayo de 1948. Para los etíopes, era una salvación de la catástrofe humanitaria que se saldó con cerca de un millón de vidas y que convirtió al país en un símbolo de la pobreza y el hambre para siempre. Aunque Gili recuerda vagamente esa travesía, dice que ahí está la génesis de su carrera. “Pasé la mayor parte de la travesía a cuestas de mi padre, cantando. Y muchas personas se acercaban a mis padres profesando que yo sería cantante“, explica Gili.

Judíos etíopes, conocidos como Falashas o Beta Israel, a bordo de un avión de la fuerza aérea israelí que voló de Addis Abeba a Tel Aviv en 1991. Fotografía de Patrick Baz / AFP / Getty Images.

El “making off” de Gili Yalo:

La familia Yalo tuvo suerte. Pero la huida a través de Sudán no estuvo exenta de asesinatos, violaciones, enfermedades, hambre, robos y separación de seres queridos, que creó amargos recuerdos entre la comunidad etíope. “Ya en Israel, cuando tenía 9 años, me uní al coro de la escuela. Y con ellos me fui de gira por Francia“, explica el músico. Tras varios años en el coro, le tocó hacer el servicio militar a los dieciocho. “No quería empuñar un arma, y casi me meten en prisión por ello. Pero conseguí, aunque no es muy usual, que me dejaran formar parte de la banda militar“.

Al terminar la mili, Gili Yalo se unió al grupo Zvuloon Dub System. Siendo una de las bandas de reggae más míticas del país, su presencia hace que el amhárico, junto al inglés, se entronicen como símbolos de la multiculturalidad en Israel. “Cuando empecé a cantar en amhárico me sentía incómodo. Me daba mucha vergüenza utilizar mi lengua materna en Israel. Era muy cauto cuando se trataba de mostrar mis raíces“, confesa Gili. “Una cosa era mostrar mi origen en la moda, en mi ropa.. y otra era cantar en amhárico“, dice el joven, muy consciente de la discriminación y el racismo que la comunidad etíope sufre en Israel. Sin embargo el mensaje de la banda era la paz, el amor, la solidaridad y la igualdad de derechos para todos, que, en un país tan polémico, era algo absolutamente necesario.

Lo vi claro cuando en un concierto hicimos una versión de la canción ‘Tenesh Kelbe Lay’, de Muluken Mellesse, un cantante y baterista etíope. El público enloqueció, aunque no entendían el amhárico“, explica Gili Yalo. “Eso me hizo sentir muy orgulloso de mis raíces, y me empecé a preguntar por qué no hacía más de ese estilo“. Zvuloon Dub System empezaron a indagar en la rica tradición sonora de Etiopía, y poco a poco, Gili se fue encontrando más y más cómodo en un estilo que había sonado en su casa desde su niñez.

Mezclando sus diferentes influencias y su rico bagaje cultural, Yalo halla un camino personal hacia la expresión artística. En él, Reggae, Hip-Hop, Dancehall, Jazz, Blues, Funk, Rock y Ethio-jazz forman parte de las fuentes inagotables de las que bebe, creando un estilo ecléctico muy interesante. “Así, hace cerca de dos años, decidí empezar un proyecto en solitario, como Gili Yalo. Empecé a actuar y grabar algunas sesiones, y me pareció un viaje maravilloso y fascinante, en el que sigo sumergido“, reconoce el etíope-israelí, que aún no ha dado a luz a su primer álbum.

Reivindicando las raíces africanas en el estado de Israel:

Cuando empecé a escribir canciones no quería escribir sobre amor, era algo demasiado privado. Escribí desde mi sentimiento como etíope en Israel. Canciones más bien políticas y sociales“, explica el cantante, que reconoce haberse sentido discriminado por ser de origen etíope durante toda su vida. “Hagas lo que hagas, aunque vivas en Israel, eres etíope. Tus padres te han criado como a un etíope, porque viven en un entorno de cultura etíope. Hasta más o menos los veinticinco años, luchaba para ser considerado un israelí. Pero llega un punto de tu vida que te das cuenta de que no solo eres de Israel. Y que eres ambas cosas“, manifiesta Gili, reivindicando una identidad híbrida y personal.

Al igual que la familia Yalo, decenas de miles de inmigrantes africanos indocumentados, en su mayoría eritreos y sudaneses, se han establecido en Israel desde hace décadas. Huyendo de la pobreza o la violencia, la mayoría han arriesgado sus vidas cruzando el desierto del Sinaí a pie, y en el peor de los casos, cayendo en las garras de las mafias que trafican con seres humanos. Pero el estado israelí erigió un muro en 2012 a lo largo de la frontera con Egipto, reduciendo drásticamente el número de recién llegados, y un centro de detención de refugiados, Holot Camp, operativo desde 2014. La derecha del país arguye a la necesidad de preservar la “identidad judía”, sea lo que sea que eso signifique para ellos, del Estado de Israel. Además, desde mediados de 2016, el estado ofrece dinero en efectivo y vuelos gratuitos a los solicitantes de asilo africanos que aceptan regresar a casa o volar a otros países africanos, y obliga a los empresarios que tengan a migrantes africanos contratados a ceder parte de sus sueldo en forma de impuestos para pagar este retorno.

Gili Yalo, en el Gibraltar World Music Festival 2017. Fotografía de Gemma Solés i Coll / Wiriko.

Referente para muchos de estos africanos, judíos y no judíos, asentados en Israel, Gili Yalo se muestra claro sobre la necesidad de conocer y llevar por bandera y con orgullo los orígenes. “Hay algo muy importante que debemos comprender. Sin raíces, como los árboles, podemos hundirnos muy rápido. Pero si tienes las raíces bien cimentadas, no importa lo que te digan o lo que te hagan. Hay que comprender la historia y la cultura de cada uno. Llevarla con uno mismo“, confesa el músico, que sigue investigando y descubriendo, en un viaje de auto-descubrimiento interior, la cultura etíope.

Estuve en Etiopía hace dos meses, por primera vez desde que era un crío. Fue un auténtico shock, aunque de forma muy positiva. Y ahora estoy absolutamente obsesionado en saber más. Quiero volver, y volver a volver, una y otra vez. Ha sido maravilloso reencontrarme con mi país de nacimiento”, confiesa Gili, que quiere seguir explorando la diversidad cultural etíope y las diferentes formas de diáspora que Etiopía ha generado fuera y dentro de África.

Sumergido en la grabación de su primer álbum, Gili Yalo también avanza que no solamente va a contener una exploración de las raíces musicales etíopes, o de temas políticos y sociales. “Poco a poco he ido atreviéndome más con temas más personales, como la decepción en el amor. Así que mi primer álbum tendrá estas dos temáticas: raíces y amor, que al fin y al cabo son lo mismo para mi“, desvela el ex-marido de la cantante etíope-israelí Ester Rada y colaborador de productores de la talla de Beno Hendler (Balkan Beat Box) y Uri Brainer Kinrot (Boom Pam).

Hailu Mergia vuelve a poner el Ethiojazz en boca de todos

El etíope Hailu Mergia, durante su concierto en Sala Clamores, de Madrid, el pasado domingo 28 de mayo de 2017. Fotografía de Sebastián Ruiz-Cabrera / Wiriko.

Hacer lleno un domingo en Madrid con un concierto de ethiojazz no es fácil. Mucho más sorprendente aún, es conseguirlo sin apoyo de los grandes medios españoles, poco (o nada) acostumbrados a la cobertura de lo que tenga que ver con África en sus secciones culturales. Sin embargo, la sociedad, siempre un paso por delante, da muestras de esperanza, y la capital no defraudó al genio, que supo recompensarla con dos horas de psicodelia etíope pura, y dura.

Armado con su sintetizador, melódica y acordeón, Hailu Mergia se disponía a revolucionar a un público bien heterogéneo junto al bajista etíope Alemseged Kebede y el percusionista de Trinidad Ken Joseph. La elegancia del directo, con el aplomo de 3 instrumentistas de bandera, asombró a una Sala Clamores expectante, que pudo asistir a un auténtico aquelarre de folklore amhara, tigrinya y oromo con tintes retro-futuristas que demostraron porqué Etiopía sigue estando en el podio de la innovación musical.

La fusión de las escalas pentatónicas de la música etíope tradicional con los sonidos más negros de la música norteamericana – que a finales de los 60 y principios de los 70 lanzaron a la fama al “padre del ethiojazz”, Mulatu Astatke-, elevaron Madrid en una nube de ritmos hipnóticos con exuberantes y exquisitas melodías empapadas de jazz, funk, música latina y blues. Todo, ribeteado con la sonrisa perenne de una leyenda viva de la música, Hailu Mergia, que con sus 71 años, no dejó de bailar y animar al público durante todo el concierto.

Embriagados con baladas como Hari Meru Meru o Wede Harer Guzo y coreando en temas como Sintayehu, cuesta imaginar al virtuoso Hailu Mergia como taxista en el aeropuerto internacional de Dulles, en Washington, donde ha trabajado desde hace dos décadas. Qué injusto reconocimiento internacional al que grabó el original de Muzikawi Silt, uno de los grandes clásicos de la historia de la música moderna de Etiopía. ¡Qué inaceptable ingratitud la de la industria musical!

El “renacimiento” de esta figura imprescindible se lo debemos, en gran parte, al etnomusicólogo e investigador neoyorkino Brian Shimkowitz, fundador del sello Awesome Tapes from Africa. La reedición de Shemonmuyanaye/ Hailu Mergia & His Classical Instrument, de 1985, o del exitoso larga duración, Tche Belew, que Hailu grabó junto a la banda Walias en 1977, en colaboración con el vibrafonista Mulatu Astatke, revolucionó a los amantes del ethiojazz en 2013. El “rescate” y reedición de Wede Harer Guzo (“Viaje a Harer”, una ciudad del este de Etiopía), un cassette que Hailu Mergia grabó junto a la Dahlak Band en 1978, acabó de encender la mecha y volvió a situar en el mapa a un grande de la renovación de los sonidos africanos.

Y aunque pueden haber pasado cuarenta años de aquellas grabaciones, Clamores fue testimonio de que las jornadas de taxista en Washington no han hecho menguar ni un ápice la genialidad que le corre por las venas a este multi-instrumentista etíope.

Hailu Mergia, durante su concierto en Sala Clamores, de Madrid, el pasado domingo 28 de mayo de 2017. Fotografía de Sebastián Ruiz-Cabrera / Wiriko.

Un poco de historia

Hailu Mergia (1946) aprendió el lenguaje musical en la banda del ejército etíope, a principios de los 60. Tras un periodo como solista por los pubs de Addis Abeba, fichó para los míticos Walias Band, residentes en el famoso club Zula, de los que se convertiría rápidamente en líder.

La vida como músicos no les iba mal, sobre todo cuando la banda fue contratada como residente del Hotel Hilton, en la capital. Tras ocho años de bolos para diplomáticos, expatriados ricos y una elite etíope adinerada que se reunía en el lujoso hotel, Walias se fueron de gira por Estados Unidos (1981) haciendo de banda al mítico cantante Mahmoud Ahmed. Su público estaba principalmente formado por refugiados etíopes, y aunque esperaban recibir el clamor de la audiencia internacional, eso no sucedió.

Algunos de sus miembros decidirían no volver a Etiopía. Entre ellos, Hailu, junto a Girma Bèyènè, Mogès Habté y Mèlakè Gèbrè, que prefirieron el Estados Unidos de Reagan a la Etiopía comunista. Se cuenta que durante sus años de gloria en Addis, el toque de queda hacía que la gente se encerrara en los clubs y que no salieran hasta las 6 de la mañana, cuando se volvía a poder transitar por las calles.

Sea como fuera, parte de esa banda se negaría a volver atrás, y así se deshacía Walias Band (1983), una de las formaciones más míticas de Etiopía. De su escisión en Estados Unidos, nacía Zula Band, un grupo que funcionaría a duras penas hasta 1992. Decidido a no volver al país del cuerno de África, para entonces en medio de una transición turbulenta tras la victoria armada contra Menghistu, Hailu se convierte en programador de un pequeño local llamado Soukous Club. Aunque lo que acaba por pagar las facturas es el taxi, en cuyo maletero esconderá un piano que lo acompaña en todos los trayectos, por si hubiera tiempo para ensayar…

Hailu Mergia se apartó de los escenarios, desencantado con la falta de reconocimiento en Occidente. Pero, según cuenta, no dejó de tocar nunca, y visita cada año Etiopía, donde sigue actuando esporádicamente con algunos de los miembros de Walias Band. Y como nunca es tarde si la dicha es buena, desde 2013, y gracias al nuevo impulso que le proporciona Brian Shimkowitz de Awesome Tapes From Africa, Hailu ha vuelto a poner el ethiojazz en boca de todos.

Hoy, martes 30 de mayo, hace parada al Jamboree de Barcelona.

The Tibeb Girls: Las superheroínas etíopes

¿Quién, de pequeño, no ha soñado alguna vez en convertirse en superhéroe o superheroína y tener poderes para salvar el mundo? Todos compartimos, en un imaginario colectivo, los diferentes dibujos animados que marcaron nuestra infancia, nos hicieron soñar y nos ayudaron a crecer. ¿O es que ya nadie recuerda a Las Supernenas, esas tres niñas con superpoderes que se dedicaban a salvar su ciudad de los malvados, cada día? Pues otras tres adolescentes han llegado a Etiopía para combatir los problemas del país desde la pequeña pantalla: The Tibeb Girls.

Esta nueva serie de animación muestra las aventuras de tres adolescentes etíopes que se convierten en superheroínas para plantar cara a los desafíos del día a día y luchar contra todas las injusticias de su país. Con el objetivo de educar a las niñas, las adolescentes y las mujeres etíopes en general, en temas de salud, y ayudarlas a comprender los cambios que se producen en sus cuerpos de una forma saludable, The Tibeb Girls se creó con la idea de mostrar a sus espectadoras, con ejemplos reales, los problemas cotidianos a los que están sometidas las mujeres del país y, así, proporcionarles soluciones para un futuro mejor.

Foto de Whiz Kids Workshop

Y es que, en Etiopía, las jóvenes adolescentes están limitadas a la hora de acceder a una educación de alta calidad, y al mismo tiempo, tienen que luchar contra prácticas tradicionales como el matrimonio infantil (véase el análisis que hicimos en Wiriko de la película etíope Difret), las altas tasas de mortalidad materna y la infección por el VIH. Según el informe del estado mundial de la infancia de Unicef de 2016, en Etiopía solo el 47% de las mujeres entre 15 y 24 años están alfabetizadas; el 67% de las niñas asisten a la escuela primaria y el número se reduce al 18% en la escuela secundaria. El trabajo infantil y a mutilación genital están en el orden del día y, además, el 16% de las niñas se casa antes de los 15 años, mientras que el 41% contrae matrimonio antes de los 18 años. El 22% de las mujeres han sido madres antes de los 18 años y las probabilidades de contraer el virus del sida son más altas en mujeres que en hombres.

Con esta situación, Bruktwit Tigabu, la directora creativa de la serie, junto con su equipo, querían poner en la pantalla a unas jóvenes que se parecieran a ellas y a sus hijas, y así resultar más cercanas a la hora de poner sobre la mesa los problemas mencionados. Estos, se ignoran en algunas comunidades y tampoco se comentan ni se educa para el cambio en las escuelas. Tigabu comentaba en una entrevista para TV2 Africa que la mayoría de series infantiles que llegaban al país se importaban del occidente, por lo que culturalmente, todo lo que se planteaba, quedaba muy alejado de la realidad de Etiopía. “Para mí, era muy importante crear unas chicas que se parecieran a mí y a mis hijas, para que ejercieran un rol modélico en la pantalla”.

Con todo, nos presentan, vestida de color verde a Fikir, que significa amor; de negro, a Tigist que significa paciencia y de rojo, a Fiteh, que significa justicia; tres jóvenes fuertes, rápidas, que pueden ver el futuro y son capaces de sentir los sentimientos de los demás, unos superpoderes esenciales para todas las niñas etíopes y que ponen en relieve valores como el auto-empoderamiento, la educación y la compasión.

Esta serie fue creada por Whiz Kids Workshop, una asociación de padres que se han dedicado a producir material educativo para garantizar el desarrollo desde la edad preescolar, y así contribuir en la educación sanitaria, la construcción de una identidad propia y la alfabetización. Se dieron a conocer con la galardonada serie educativa Tsehai Loves Learning y, actualmente, con esta nueva serie, quieren conseguir llegar a todo el conjunto de la sociedad etíope. Por eso, mientras buscan el soporte necesario para la primera temporada de The Tibeb Girls, ya están pensando en cómo seguir creciendo. Tienen en mente una segunda temporada de 13 capítulos que también quieren producir para la radio, además de lanzar una colección de cómics para llegar a más jóvenes a través de las escuelas.

Brukty, directora creativa; Richard, director de arte; y Tinbit, directora de proyecto. Foto publicada en African Digital Art.

Esta no es la primera serie de dibujos animados producida en el continente africano, pero sí son las primeras superheroínas etíopes que pretenden convertir a todas las niñas y jóvenes de país, en heroínas de carne y hueso.

Aida Muluneh: la fotografía como herramienta para el desarrollo

*Por Ana Henríquez

El pasado 30 de marzo la artista Aida Muluneh acudió al CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno) de Las Palmas de Gran Canaria a impartir una conferencia titulada “La comunicación visual para el cambio: el papel de la fotografía en Etiopía y más allá”. Muluneh es una de las artistas visuales más prestigiosas del continente africano. Aunque la mayor parte de su vida ha transcurrido en Occidente (Reino Unido, Chipre, Canadá y Estados Unidos), desde que volvió hace diez años, trabaja por y para su Etiopía natal.

Referentes

En la historia de la fotografía en su país, Muluneh destaca el legado de artistas franceses y armenios que retrataron a la corte del emperador Haile Selassie y subraya la técnica de principios del siglo XX consistente en pintar a mano las instantáneas reveladas. Como uno de sus mentores, sobre todo por su inspirador empleo del blanco y negro, Aida Muluneh rescata la figura del afroamericano Chester Higgins Jr.
Si bien lamenta que “en los años ochenta la única imagen que el mundo tenía de Etiopía era la de las hambrunas”, la que fuera fotoperiodista en el Washington Post reconoce la valía del trabajo del keniano Mohamed Amin que, con sus fotos de la ola de hambre de 1984, atrajo la atención internacional para ayudar a la población en crisis.

Cuando fue invitada a participar en 2007 en el encuentro fotográfico más importante de África, la Bienal de Bamako (momento que describe como “la epifanía de mi carrera”), recuerda con especial ilusión haber conocido al maliense Malick Sidibé, a quien admira por su elegante obra y por la pasión que reflejaba en sus imágenes, cualidad indispensable para ser fotógrafo, según Muluneh. “Fue testigo de su tiempo documentando la sociedad en la que vivió y lo hizo desde su estudio, mediante sus retratos, sin esperar reconocimiento”. La Bienal de 2007 le sirvió también para conocer a muchos fotógrafos africanos y para darse cuenta de que no estaba sola, de que había más personas que, como ella, querían ofrecer otra visión del continente.

Cultura y mujer en el desarrollo

Los tres meses que pensaba quedarse en Etiopía se han convertido, por ahora, en una década. Decidió instalarse en el país de donde se había marchado con solo 5 años de edad por una imperiosa necesidad de hacer cambios y sentir que aportaba algo a su sociedad de origen. ¡Y vaya si está aportando! Tiene tres frentes abiertos: Desta for Africa (DFA), el Addis Foto Fest (AFF) y su propia carrera como fotógrafa artística.
De esta última, procede su aportación a la exposición del CAAM “El iris de Lucy. Artistas africanas contemporáneas”: la serie fotográfica de 2015 “Dinkenesh”, nombre que los habitantes de la región de Afar dieron a Lucy, el primer antecesor del ser humano cuyos restos fueron encontrados en Etiopía en 1974. En las tres obras de la serie, se aprecian dos de las constantes de Muluneh: la elección de modelos femeninas y etíopes y el uso de la pintura corporal hecha por las poblaciones del sur del país. Con este trabajo, la artista quiere que “las mujeres tomemos conciencia de nuestro poder y de que, pese a las dificultades, podemos contribuir al desarrollo”.

Fotografía de www.caam.net

Para Aida, este desarrollo debe incluir dos ingredientes: arte y cultura. “Los artistas nos olvidamos de que podemos contribuir a cambiar la sociedad y de que podemos ser parte de ese cambio”. Llevada por esta motivación, creó y dirige tanto la organización Desta for Africa como el festival Addis Foto Fest.
Desta es el acrónimo de Developing and Educating Society Through Art y también significa ‘felicidad’. Con este nombre bautizó Muluneh a su organización por el desarrollo cultural, mediante la cual imparte talleres, monta exhibiciones y genera intercambios creativos con el objetivo de potenciar la fotografía en la esfera artística de Etiopía. “El mercado mundial de la fotografía mueve diez mil millones de dólares y lo que aporta África apenas representa el 1%”, subrayaba Aida Muluneh en su conferencia. El Addis Foto Fest (AFF) es un festival fotográfico internacional que se celebra cada dos años, desde 2010, en la capital etíope.

Si bien a Aida le gusta que la fotografía “invada” toda la ciudad, para lo que suele disponer exposiciones en distintos puntos de la misma, muy a su pesar la última edición (diciembre de 2016) tuvo que celebrarse en un solo lugar, el hotel Sheraton Addis, por el estado de emergencia que se había decretado en todo el país. Pese a esta limitación, el festival logró reunir a 134 artistas de más de 40 países de todos los continentes. Y cada vez son más los fotógrafos etíopes que participan: en el AFF 2010 fueron 5 y, en este último, ya sumaron 30 los artistas que, como su compatriota Aida Muluneh, quieren demostrar a sus colegas y al mundo entero su talento y las múltiples Áfricas que existen.

Fotos de www.aidamuluneh.com

5 películas africanas sobre migraciones

Un catálogo subjetivo para comprender las migraciones africanas desde el otro lado y a través de la mirada de 5 cineastas. Porque detrás de la barbarie que se vive en la frontera europea, hay historias humanas que vale la pena conocer:

A Stray
Director: Musa Syeed
País: EE.UU. 
Año: 2016

Poco después de conocerse quién sería el nuevo presidente de los Estados Unidos, saltaba la noticia de que Ilhan Omar, de 34 años, ha hecho historia al convertirse en la primer legisladora somalí del país. Esta ex refugiada y activista nacida en Somalia servirá como miembro del Parlamento, en el estado de Minnesota. Una elección que se producía pocos días después de que Donald Trump acusara a los inmigrantes somalíes de este estado de “difundir sus puntos de vista extremistas”. Minnesota tiene la comunidad más grande somalí de la nación, alrededor de 50.000 según el censo de los Estados Unidos.

A stray (un perro callejero) cuenta la historia de un adolescente somalí llamado Adan, interpretado por Barkhad Abdirahman, quien crece en Minneapolis, y que perdió a su padre en la guerra en Somalia. Su madre le ha expulsado de su apartamento por el robo de sus joyas. “Eres un somalí y musulmán, nadie te va a contratar”, le dice uno de sus amigos al inicio de la película.

Así que cuando el director de cine Musa Syeed comenzó a viajar desde su casa en la ciudad de Nueva York hacia el corazón de la comunidad somalí en Minneapolis, la ciudad más grande de Minessota, se enfrentó a una queja recurrente: la de los propios somalíes que pensaban que sería un periodista más que terminaría haciendo un producto sobre terrorismo. De hecho, la película de Syeed no ignora esta cuestión y refleja la psicosis de que parezca que haya un agente del FBI al acecho en cada esquina. Pero muestra la vida de los refugiados en Minneapolis matizada, con problemas, sí, pero también hermosa.


Triangle Going to America 
Dirigida por Theodros Teshome
País: Etiopía
Año: 2014

“Conocí a un hombre nacido en Etiopía que decidió compartir conmigo su historia de cómo llegó a Estados Unidos”, explica el escritor y director etíope Teshome Theodros. “Yo estaba intrigado, no sólo por las dificultades de su viaje, sino también por investigar los motivos que le llevaban a dejar su patria y arriesgar su vida. Indagando me encontré con cientos de historias similares. Historias de muertes. Historias sobre la dificultad que tienen los africanos orientales antes de llegar a Estados Unidos. Triangle Going to America se basa en estos hechos”, sentencia el realizador.

Ya hay alguna referencia en el cine etíope a la inmigración y a la esclavitud gracias al trabajo del director Haile Gerima y su Sankofa (1993) en la que una mujer afro-americana viaja en el tiempo y experimenta la esclavitud. Una película poética, precisa y desafiante intelectualmente en la que el espectador no puede evitar las preguntas incómodas que plantea Gerima de manera elocuente.

En la película Triangle Going to America aparecen Kaleab y Jemal, que están dispuestos a soportar cualquier peligro para llegar a América por la promesa de una vida mejor. Pero, ¿realmente es así? En el camino, Kaleab conoce a Winta, de la vecina Eritrea, que se encuentra en un viaje similar. El trayecto y sus dificultades les harán acercarse y enamorarse profundamente. En este momento, y junto a un grupo de etíopes y eritreos, viajarán por un camino arduo e ilegal desde África oriental a los Estados Unidos, a través de Libia, Italia, México. Sin duda, un mensaje urgente sobre la inmigración y sus causas desde una latitud poco retratada en los medios occidentales: desde África del Este a América.


Hope
Director: Helmer Boris Lojkine
País: Nigeria / Camerún / Francia
Año: 2014

Existe un rico mosaico antropológico de historias de supervivencia de los migrantes del África al sur del Sahara que han atravesado el desierto y el mar en busca de una vida mejor en Europa, pero son los guiones menos llevados al cine. Y esto sería razón suficiente para dar la bienvenida a Hope (Esperanza), una crónica pragmática y sensible del encuentro entre una joven nigeriana y un hombre camerunés que luchan en unas condiciones brutales por alcanzar las costas de España. El debut narrativo del francés Helmer Boris Lojkine fue quizás silenciado de forma solemne en las carteleras europeas.

La esperanza es la fuente principal de combustible en el largo camino representado en la película. Y el detalle simbólico del guión de Lojkine ya que también es el nombre de la joven protagonista que viaja sola y se une a un grupo de varones cameruneses en dirección al norte. Humillada y violada por sus compañeros de viaje, es rescatada y posteriormente protegida por Leonard, quien la acompaña a los guetos migrantes sombríos surgidos en la periferia urbana de Tamanrasset (Argelia). Una road movie sobre la vida. Y sobrevivir.


Mille Soleil
Directora: Matis Diop
País: Senegal
Año: 2013

Han pasado cuarenta años desde que los corazones de Mory y Anta quedaran desgajados en el puerto de Dakar tras el rodaje de Touki Bouki (Mambety, 1972). Mil vidas. Mil relojes ya sin cuerda. Mil soles. Con este ancla en el presente, retoma el guión del documental Mille soleils (2013) la hija del músico Wasi Diop y, por lo tanto, la sobrina de uno de los cineastas africanos más legendarios: Djibril Diop Mambety. En este documental de 45 minutos, donde la ficción penetra en la retina camuflada por la actuación impasible y cualificada de Magaye Niang (Mory), la directora Mati Diop, nacida en París, revisita con delicadeza una ecuación cargada de patrimonio: la huida (marcharse) frente a la espera (quedarse). “¿Viajar? ¿Era necesario?”.

El film, que abre con una imagen de la Dakar contemporánea que devora vidas en el frenesí rutinario frente a la tradición del pastoreo de bueyes representada por Mory, continúa contraponiendo a dos generaciones: la que tuvo en sus manos la utopía de una verdadera independencia de la metrópolis francesa pero no supo encauzar sus esfuerzos mediante la vía política, y la de los jóvenes indignados que tienen nuevas herramientas para el cambio social como son las nuevas tecnologías o la música encabezada por el Hip Hop y el RAP.

Quizás una de las escenas donde se materializa de forma clara la posición de Mati Diop sea en la conversación que mantiene el protagonista con un taxista -que no es otro que el rapero Djily Bagdad, líder del grupo 5kiem Underground. “Cada generación tiene su misión”, le reprocha el conductor mientras se suceden dos discursos: por un lado, las imágenes reales grabadas durante las movilizaciones del 2011 promovidas por la plataforma Y’en a marre (¡Ya estamos hartos!) en protesta por el aumento del coste de vida, el elevado paro juvenil o los fracasos en las políticas educativas y sanitarias del, en aquel entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade; y, por otro lado, la emisora de radio que tiene sintonizada el taxista en la que se percibe el malestar social: “Cuarenta años de socialismo en el que se nos decía que todo iba a cambiar pero no ha sido así. Nosotros somos el poder, nosotros somos el pueblo”.


África Paraíso
Director: Sylvestre Amoussou
País: Senegal
Año: 2006

Y después de esta selección… acabamos con una famosa cita panafricanista: “África para los africanos”. Estas son las palabras que se repiten en el guión de Sylvestre Amoussou que sitúa sobre el tapete una cuestión necesaria en los discursos hegemónicos. ¿Qué pasaría si Europa se fragmentara en el 2030, los índices de paro se dispararan y se provocara una fuerte migración a la inversa? Es decir, si los europeos buscaran trabajo a la desesperada en el edén africano, ¿qué ocurriría? Amoussou describe a un África donde las políticas migratorias son feroces contra los inmigrantes, donde los jóvenes africanos están súper cualificados y donde se generan, también, suburbios de blancos que buscan un futuro mejor. No hay más. Una auténtica crítica a contrapelo de la historia, como diría Walter Benjamin. Aunque la fotografía deja, eso sí, mucho que desear.

 

Crumbs: una Etiopía de ciencia ficción

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Hace unas semanas en la Puerta del Sol (Madrid) un  grupo de personas con aires de cultura pop transformada con sobredosis de teatralidad se abrazaban y gritaban. Los curiosos no podíamos más que detenernos. La llamada era clara: “buscar financiación para los extraterrestres que están por llegar”. El delirio se confrontó con el grito -y con razón- de una persona que les recriminaba la búsqueda de fondos para los que “todavía no han llegado cuando en las fronteras de Europa tenemos a miles de personas reclamando un asilo”. La situación esperpéntica me hizo recordar a la película Crumbs (migajas) del director español Miguel Llansó, que en 2015 la estrenaba en el circuito de festivales y que este viernes llegará a las salas de cine. El trabajo protagonizado por el actor Daniel Tadesse (Candy) quien se embarca en una aventura surrealista en un tiempo de posguerra enmarcado en Etiopía, tiene un paralelismo evidente con la historia madrileña: Candy piensa que no pertenece a este planeta.

Cansado de recoger, civilización tras civilización, las migajas del pasado, Candy sueña con una vida en la que no esté en un estado de miedo perpetuo. Cuando la nave espacial del cielo comienza a encender sus motores y tras una serie de incidentes poco convencionales, nuestro héroe en miniatura se verá obligado a embarcarse en un viaje épico mientras se enfrenta a sí mismo, a su temores, y a personajes poco convencionales en un mismo guión como brujas, Santa Claus y nazis de segunda generación. Sin embargo, sólo descubre que aquello en lo que había creído durante mucho tiempo no es lo que esperaba.

Crumbs es una odisea, una historia de amor, una comedia extravangante con un protagonista de estatura mínima y dudoso glamour en busca de mejores tiempos para su amada. También, un trabajo, el primero de ciencia ficción en Etiopía, con imágenes de una belleza descomunal. Llansó ofrece en 68 minutos la posibilidad de emocionar y divertir poniendo el foco en cuestionar lo contemporáneo. Y el viernes, aterrizará en las carteleras. Si tampoco te ubicas en el espacio-tiempo actual, probablemente te sientas identificado con Crumbs. ¿Te la vas a perder?

 

 

Efraín, el niño universal de Yared Zeleke

Este artículo ha sido publicado en Mundo Negro

*Autor invitado: Gonzalo Gómez

efrain

Un niño ha perdido a su madre por culpa de la sequía. (Esta es es una historia de supervivencia). Su padre le dice que deben abandonar su hogar para no correr esa misma suerte. (Es esta una historia sobre el desarraigo). Niño y padre abandonan su aldea y la cámara se descuelga del trípode para ponerse, con un vaivén inestable a la altura de los ojos de Efraín, el niño local y universal por el que toma partido el relato. Tiembla el plano, que lo hace mucho más por contraste con el contraplano subjetivo de Efraín, –a cámara lenta, como si tratara de retener la que ha sido su vida, observada por última vez– y tiemblan, sobretodo, los cimientos vitales de nuestro protagonista, que más que sacudirse amenazan demolición.

Yared Zeleke, el director y coguionista de esta cinta, también se vio de pequeño forzado a emigrar y, al igual que su protagonista, tampoco lo entendió. Aunque la historia no es en sentido estricto autobiográfica, su toma de partido por Efraín hace que se intuya, por radical, un ajuste de cuentas con el pasado propio. Efraín se aferra a su oveja Chuni, –tierna como las caricias de la madre que perdió, inocente, como la infancia y ese mundo que no volverá– enfrentado a las tradiciones y limitaciones de un mundo de adultos que ponen en peligro lo que le gusta –“no cocines: eso es cosa de chicas”– y lo que ama –“hay que ser práctico, la oveja existe para ser comida”–.

El cineasta etíope introduce y mezcla con habilidad ingredientes de temas aparentemente distantes. Así, se esboza la relación del cambio climático con los destinos particulares de los protagonistas; se abordan los eternos conflictos entre modernidad y tradición; se tocan variados temas sociales como los niños de la calle, la prostitución, cuestiones de género, etc…

La película se acerca a estos asuntos partiendo de un enfoque que solo en apariencia es realista, porque para serlo tendríamos que alejarnos de la visión subjetiva del personaje: la mirada de un niño que se conduce con naturalidad a lomos de la lírica. En un momento, Efraín, toma a un pajarito y escucha el acelerado latido de su corazón para, a continuación, llevar al animal a su propio pecho y pedirle que sienta el suyo, en una explicitación poética del trasfondo de una película: la búsqueda de una identidad perdida. Así lo subraya también, la entrada de una música quizá demasiado enfática. O un final que se salta los códigos propuestos en el relato –en lo que no profundizaré para evitar disgustos a potenciales espectadores–. Sin olvidar el uso de otros recursos más sutiles que impregnan el filme, como el hecho de que el niño, que vive bajo una pertinaz sequía de la que se quejan constantemente los adultos, se conduzca de un lado a otro con unas botas de agua que recuerdan el desarraigo con el que posa los pies en la tierra.

Por último, Yared Zeleke, es un cineasta etíope. Y la película “Efraín” es, y parece, una película etíope. Tanto que podría asemejarse a la visión del que, desde fuera, descubre con deleite las particularidades de lo diferente. Quizá es la mirada nostálgica de la diáspora lo que vemos. Sobre esto último, solo una pincelada disfrazada de consejo: no vea la película con hambre o podrá desear, con todas sus fuerzas, ir corriendo a un restaurante etíope que probablemente no le quede tan cerca según donde viva.

La gira española de África: cines, museos y conferencias

Algo está cambiando. Este viernes 8 de abril el zumbido de las puertas de muchos cines españoles estrenan la película etíope Efraín, del director etíope Yared Zeleke. Es noticia. Claro. Por diversos elementos como el momento histórico. Barcos cargados de personas huyen de la deteriorada Europa y son repatriados a una tierra que les espera de espaldas y en llamas. Naciones viejas occidentales que compran la empatía (esa suerte de privilegio humano) a un tercero. Y este resquicio que agoniza, es el que aprovechó hace unos días Zeleke al subrayar que “pretendo hacer ver a Europa que nadie abandona su casa porque quiere”. Para ello, y a través de un poema visual plasma la dura realidad a la que se enfrentan los jóvenes en Etiopía.

El otro elemento, evidente, es el que está teniendo lugar en el Centro Cultural de Arte Contemporáneo de Barcelona (CCCB) y que permanecerá cincelando conciencias hasta el 28 de agosto: Making Africa. Okwui Enwezor, comisario consultor de la muestra lo explica de la siguiente manera: “Pensar en el futuro es pensar en nuestras posibilidades en el mundo. El futuro le corresponde a África, porque parece que al resto del planeta ya ha llegado”. Making Africa ofrece un nuevo relato del continente desde un ángulo diferente para los medios generalistas aunque no para los que trabajamos tratando de desestereotipar esta fotografía desenfocada. En muchas de las grandes capitales africanas se está consolidando una generación que alrededor de la cultura, y a través de la creación y el diseño, reivindica su derecho a construirse en libertad y sin tutelas externas. Pero hay más. En el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León hasta el 12 de junio tiene lugar “El iris de Lucy. Artistas africanas contemporáneas”. Esta exposición comisariada por Orlando Britto Jinorio  pretende reflexionar sobre aspectos relevantes de la pluralidad de realidades del continente africano a través de las obras de 21 artistas africanas que viven y desarrollan su trabajo tanto en África como en la diáspora. Procedentes de diferentes países, contextos, etnias y religiones, a través de su diversidad permiten entender complejas y variadas facetas del espacio cultural plural que es África.

Y un tercer elemento es el que tendrá lugar durante el mes de abril. La directora americano-ghanesa Akosua Adoma Owusu, uno de los nombres más importantes de los cines africanos contemporáneos a nivel global, visitará ciudades como León (7 de abril), San Sebastián (8 de abril), Vitoria (19 de abril) o Barcelona (21 de abril) en una amplia gira española donde la cineasta ofrecerá diferentes encuentros en los que reflexionar sobre la evolución de su cine, las dificultades materiales, los aspectos formales y estéticos, y las motivaciones principales de su trabajo, recorriendo de su mano sus primeras obras de vídeo experimental hasta llegar a su reciente desembarco en el mundo del cine. Entre sus últimos éxitos, Reluctantly Queer (2015) ha tenido el honor de ser el único cortometraje seleccionado en competición de todo el continente africano en la última Berlinale. Adoma irá acompañada de la crítica de cine y programadora Beatriz Leal cuyo trabajo en España en los últimos años es de necesaria referencia para entender algunas de las dinámicas que están teniendo lugar en los cines africanos y con la que hemos contado en Wiriko en varias ocasiones.

Sirviéndose del video experimental, el documental o la ficción, Akosua Adoma Owusu fuerza al espectador a pararse y meditar sobre la construcción de los discursos de raza, colonialismo, sexismo y dominación y a enfrentarse a estereotipos y ansiedades para profundizar y ampliar el diálogo que África mantiene con el resto del mundo. Hace tres años publicábamos un artículo sobre ella en el que dejábamos patente la necesidad de memorizar este nombre como una de las directores claves contemporáneas. Algo está cambiando cuando África y los africanos son los protagonistas en otros términos a los que estamos acostumbrados y cuando se subrayan las posibilidades por encima de los problemas.

Filmografía de Akosua Adoma Owusu:

  • Reluctantly Queer (2016), cortometraje
  • Bus Nut (2014), cortometraje
  • Kwaku Ananse (2013), cortometraje
  • Split Ends, I Feel Wonderful (2012), cortometraje
  • Drexciya (2011), cortometraje
  • Me Broni Ba (My White Baby) (2009), cortometraje
  • Intermittent Delight (2007), cortometraje
  • Ajube Kete (2005), cortometraje

La directora americano-ghanesa Akosua Adoma Owusu, uno de los nombres más importantes de los cines africanos contemporáneos a nivel global, visitará ciudades como León (7 de abril), San Sebastián (8 de abril), Vitoria (19 de abril) o Barcelona (21 de abril). Foto: http://accradotaltradio.com

África se mira en el espejo londinense

*Autor invitado: Fernando J. Sánchez Jaén

El cine “made in África” más reivindicativo ha desembarcado esta semana en Londres para mostrar el talento y el compromiso social de los realizadores africanos. Una programación con casi 60 películas que se pueden ver éstos días en la capital inglesa, dentro del Film Africa, para demostrar que África no es un país, sino un continente de complejidades y realidades diversas.

Fotograma de la película Red Leaves del etíope Bazi Gete.

Fotograma de la película Red Leaves del etíope Bazi Gete.

En su quinta edición, el festival ha puesto su foco en el 40 aniversario de la independencia de los países africanos, el amor y el cine etíope. Tres grandes leitmotiv que han inspirado historias que han hecho revolvernos en la butaca algunas veces, en otras nos han dejado en shock, y, en la mayoría, nos han hecho que nos emocionemos, sintamos tristes y nos riamos al mismo tiempo.

Un Festival que daba su pistoletazo de salida con el drama del marfileño Philippe Lacôte, Run, en el Central Picture House, en Londres. Una interesante y ácida visión sobre las raíces de la violencia en Costa de Marfil y de décadas de conflicto con algunos momentos dulces para relajar la tensión e inquietud del espectador. Un debut cinematográfico aplaudido en el festival y que llegaba tras alzarse con el Premio del Jurado en FESPACO (Panafrican Film and Television Festival of Ouagadougou), con la credencial de ser la primera película marfileña proyectada en Cannes y con la candidatura para ser elegida como una de las 5 nominadas a “mejor película extranjera” en la la próxima ceremonia de los premios Oscar 2016.

Philippe Lacôte, que fue preguntado sobre sus motivaciones para rodar esta película, explicaba: “Me preguntaba cómo un país de paz puede convertirse en un pueblo de violencia”. Para poder explicarlo, Lacôte utilizó algunos hechos reales ocurridos en su país y pasajes de su infancia, ya que muy pronto entendió que “en Costa de Marfil, tú no dices fuera de casa lo que tu padre dice en casa”.

El martes tuvo su estreno el documental Between rings, la historia de superación, de lucha y de los conflictos internos que la celebridad le acarrean a una boxeadora profesional en Zambia. Para cerrar, una de las películas esperadas de esta muestra de cine africano: Red Leaves, del director etíope Bazi Gete. Una historia tierna y lúcida sobre la pérdida de un ser querido y la aceptación de que se está envejeciendo.

Pero volvió la más candente actualidad gracias a la realizadora angoleña Pocas Pascoal que en su All is well nos contó su visión y su experiencia personal sobre la inmigración angoleña en Portugal. Así, en el Ritzy Picture House de Brixton, el público tuvo la oportunidad de visionar la historia, autobiográfica, de dos hermanas que huyen de la guerra de Angola en 1980 y se exilian en Portugal, sin papeles y siempre anhelando la llegada de sus padres. Un largometraje que nos habla de la madurez, de la pérdida de la inocencia, de la identidad y de las raíces. Y que también, es universal porque pone sobre la mesa el drama de los refugiados, de la terrible soledad que se sufre cuando el país de acogida se percibe como tierra hostil y del amor de dos hermanas que supera cualquier contratiempo.

Pocas Pascoal, que asistió a la proyección, fue preguntada por esa visión triste y dura que muestra sobre Portugal y explicó que “era un lugar para estar, era un lugar de sueños, pero al mismo tiempo, fue una experiencia dura porque en aquellos años la inmigración no se aceptaba igual que ahora”. La otra pregunta obligada a Pascoal fue sobre su actual relación con Angola. “Es una muy complicada relación, porque es el país que amo, pero también, es el país de 30 años en guerra y quienes están en el poder ahora en Angola son los mismo que en 1978”, respondía la realizadora angoleña.

Otra de las notas de actualidad de la jornada le correspondía a Mercy, Mercy: a portrait of true adoption, del danés Katrine Riis Kjær. Un controvertido documental que sigue el proceso de adopción de dos niños desde Etiopía hasta Dinamarca. Otra de la películas más esperadas de esta 5ª edición del Film Africa fue la encargada de cerrar la jornada del martes. El director etíope Yared Zeleke nos presenta, en su largometraje Lamb, una historia de un niño que siente un especial apego por su mejor amigo, un cordero.

La jornada de ayer jueves fue el turno para los cortometrajes. Bajo la etiqueta de “Without Borders: Short from the Diaspora”, pudimos ver seis cortos que trajeron más crítica, y también comedia, al Ritzy Picture House, en Brixton. Desde la crítica política, pasando por la social hasta llegar al mayor de los subrealismos. Cortos que traspasan las fronteras de África como: Save (Eritrea/Mexico/USA), Last Ditch (France), Borders (Morocco/France), The Goat (South África/USA), The Good Son (UK/Nigeria) y Mother Earth (Senegal/France).

Pero de todos, fueron dos historias las que más atrajeron la atención del público. Borders, del realizador Emmet Mulugeta, que nos muestra cómo muchas de las situaciones que se producen en los controles fronterizos son la mayoría de las veces inhumanas. En un tono más cómico, pero a la vez triste, destacó The Good Son, de Tomisin Adepeju, en el que un joven nigeriano tendrá que contarles a sus padres, muy conservadores y tradicionales, un secreto que lleva guardándoles desde años.

Poco a poco va llegando al ocaso esta quinta edición del Film Africa, en la que esta tarde noche, a las 19.00 horas, el público podrá disfrutar otra película muy esperada, un plato fuerte de este festival. La premier en Londres de Price of Love, del realizador etíope Hermon Hailay. Una historia de amor agridulce y extrema en los márgenes de una ciudad en proceso de cambio como es Addis Abeba.

Londres, capital europea de los cines africanos

Hoy arranca la quinta edición del Film Africa, uno de los festivales sobre cines africanos más importante de Europa en el que Wiriko estará como medio oficial para ayudar a difundir las artes y culturas africanas ofreciendo una cobertura especial.

Con más de 60 títulos procedentes de 27 países africanos, el Film Africa presenta este año una abundante cosecha de largometrajes, documentales y cortometrajes de África, su diáspora y estrenos mundiales. Así que desde hoy y hasta el domingo 8 de noviembre, Londres se convertirá en la capital europea de los cines africanos inundando de séptimo arte la ciudad durante 10 días con 10 sedes incluyendo el Hackney Picturehouse, el Ritzy Brixton, el BFI Southbank, el ICA, Cine Lumière, la Biblioteca Británica y la galería sur de Londres.

Se podrán ver desde clásicos africanos a narrativas experimentales audaces, o desde atrevidos guiones con comentarios sociopolíticos a reivindicaciones de los derechos del LGBTI, la guerra civil e historias humanas detrás de la “crisis” de la migración que está viviendo Europa. Pero como el catálogo es muy extenso os hemos preparado un recorrido para que no os perdáis en esta cita imprescindibles con los cines africanos.

El foco en los protagonistas: los directores

Esta tarde, la película encargada de abrir el festival será Run, el primer largometraje del director marfileño Philippe Lacôte. Aclamado por la crítica en Cannes después de participar en la sección Certain Regard y después de ganar el premio del Jurado en el último FESPACO celebrado en Burkina Faso en febrero, Run no dejará indiferente a los espectadores: una obra poética sobre los conflictos históricos de Costa de Marfil (muy pronto os traeremos la crítica de la película). Para la película de clausura, el festival ha programado un estreno en el Reino Unido The Man From Oran, del director Lyes Salem, que documenta la historia política de Argelia tras su independencia de Francia en 1962. Ambos directores hablarán con los espectadores tras la proyección de sus películas.

Una de las riquezas de este festival es la oportunidad de disfrutar de algunos de los directores protagonistas en mesas redondas organizadas no sólo para comprender mejor sus trabajos sino para ayudar también a la audiencia a comprender mejor los contextos políticos y sociales de los países que muestran en sus trabajos. En total, el Film Africa acogerá a 15 cineastas de Ruanda, Angola, Sudáfrica, Burkina Faso, Argelia, Nigeria y la Diáspora que participarán con su presencia en clases magistrales y paneles especializados.

Amor, independencias lusófonas y Etiopía

Extracto de la película Ayanda, de la directora Sara Brecher.

Extracto de la película Ayanda, de la directora Sara Brecher.

El año pasado se cumplían 60 años de la Revolución argelina, 100 desde la unificación de Nigeria, 20 desde el genocidio de Ruanda y 50 desde la independencia de Zambia. Entonces el festival programó una ciclo especial sobre la fuerte intersección de la política y el arte en el cine argelino. Este año, y con motivo de los 40 años de la independencia de las naciones de habla portuguesa de África, se presenta Lusophone Liberty: 40 Years On, una sección que incluye The Blue Eyes of Yonta y My Voice del veterano director de Guinea Bissau Flora Gomes, así como The Hero, de Zeze Gamboa, entre otros títulos.

Otra de las secciones interesantes es From Africa, With Love que se presenta en toda la red de festivales de cines africanos en el Reino Unido: el Film Africa, Africa in Motion (Escocia), Afrika Eye (Bristol), Watch Africa (Gales) y el Cambridge Africa Film Festival. En Wiriko hemos reivindicado varias veces la falta de películas sobre África realizadas por Hollywood que hablen de romances, desengaños o simplemente amor. Así que, en este sentido, las películas programadas prometen una inmersión en algunas historias repletas de pasión, dulzura y lujuria por todo el continente.

Para ilustrar el cambio fresco y poético de la escena cinematográfica en Etiopía, Film Africa 2015 trae tres nuevos largometrajes en New Narratives: Ethiopia in Transition. El debut de Yared Zeleke, Lamb, el primer largometraje etíope que ha competido en Cannes; el debut del etíope-israelí Bazi Gete con Red Leaves, y el estreno londinense de Price of Love, dirigido por Hermon Hailay.

Fotograma de la película etíope Lamb, del director Yared Zeleke. Ha sido la primera película de la historia del país en competir en el festival de Cannes.

Fotograma de la película etíope Lamb, del director Yared Zeleke. Ha sido la primera película de la historia del país en competir en el festival de Cannes.

Otros títulos a destacar en la programación de este año son Things of the Aimless Wanderer (Kivu Ruharahoza), Eye of the Storm (Sékou Traoré), Necktie Youth (Sibs Shongwe-La Mer) y los documentales Mandela, My Dad, And Me (Daniel Vernon) con el actor Idris Elba, Mercy Mercy (Katrine Riis Kjaer) y La Belle At The Movies (Cecilia Zoppelletto). Una de las películas que darán que hablar es Ayanda de la directora sudafricana Sara Blecher. La película narra cómo Ayanda un joven de 21 años de edad e inconformista, interpretada por Fulu Mugovhani, lucha por mantener el taller mecánico de su difunto padre, en un mundo dominado por hombres. Pero ella está eclipsada sólo por el dinámico barrio deYeoville en Johannesburgo, donde se desarrolla la historia. Esta no es la primera vez que una de las películas de Blecher ha asegurado un taquillazo y premios; ya lo hizo con Otelo Burning en el 2011.

Al ritmo africano

La música tomará un papel central de nuevo en Film Africa 2015 con la bellas y sutiles Beats of Antonov de Hajooj Kuka, al que entrevistamos en el marco del festival de Cine Africano de Córdoba, Tango Negro del angolano Dom Pedro y al que también pudimos entrevistar, y I Shot Bi Kidude (Andy Jones), un reflejo de los últimos días de la vida de la zanzibareña Bi Kidude.

África en corto

La programación de cortometrajes de este año destaca por sus 12 cortos de 10 países africanos, que compiten por el V Premio Baobab al Mejor Cortometraje —que cuenta con el apoyo de MOFILM y será fallado por un jurado de expertos de la industria—, además de una muestra de cortos de la Diáspora. Este año, los espectadores del festival expresarán su opinión a través del I Premio del Público otorgado por la Fundación de la Unión Africana al Mejor Largometraje.

Actividades paralelas al Film Africa

Otros eventos programados son The Industry Forum en el BFI, un evento gratuito pensado para formar e informar sobre la industria del cine africano; e lDía Familiar de Film Africa en el Rich Mix y las Proyección en escuelas, en asociación con Picturehouse Education; la VII Conferencia de la Universidad de Westminster, titulada Cine Africano y Cambio Social; y un taller de cuatro días titulado Recreative Film School para cineastas principiantes en la South London Gallery.

Imagen del documental Between rings, de la directora Esther Phiri .

Imagen del documental Between rings, de la directora Esther Phiri.

 

Difret: el coraje de las mujeres en la sociedad etíope

 

Basada en la historia real de Hirut, una niña de 14 años secuestrada antes de casarse según la práctica de la “Telefa”, la película Difret, primer largometraje del director etíope Zeresany Berhane Mehari, ilumina esta tradición predominante de las zonas rurales de Etiopía y muestra la indefensión de los derechos de mujeres y niñas. Un trabajo con un mensaje edificante aunque en términos narrativos algo agridulce.

Difret

La abogada Meaza Ashenafi (interpretada por Meron Getnet) es cofundadora de la organización no lucrativa Ethiopian Women Lawyers Association en la capital de Addis Abeba, Etiopía, y ofrece asesoría gratuita a las mujeres y a los defensores de sus derechos. La necesidad de este tipo de activismo es aún mayor en comunidades remotas como la de Hirut, interpretada por Tizita Hagere, que vive en una granja familiar.

Difret, que en lengua amárica significa coraje, comienza aquí. Un día de escuela soleado donde le comunican a la joven que pasará de curso por sus excelentes calificaciones. Pero la música y los planos ralentizados presagian la tragedia camino de su casa: es secuestrada por siete hombres armados a caballo, encerrada en una cabaña y violada esa misma noche por su “pretendiente”. Al día siguiente logrará escapar algunos metros con el fusil de su violador pero será alcanzada y acorralada en el bosque. La escena se resuelve en un guión premeditado: la pequeña Hirut termina matando a su violador de un disparo certero a bocajarro.

Desde aquí la película muestra dos realidades que comulgan en un mismo espacio. Por un lado, se encuentra la tradición local que es representada bajo una acacia en el pueblo de Hirut. El líder del consejo de sabios reúne a las dos partes afectadas –el padre del fallecido y el padre de Hirut– así como a todos los hombres, incluido el maestro de la escuela que ofrece un punto de vista transgresor. Fuerzas progresistas contra los defensores de la tradición. Un grupo ve el disparo como autodefensa, el otro como un asesinato que merece la ejecución de la ley del Talión.

En el polo opuesto el director Zeresany Berhane muestra el Estado moderno donde la burocracia se encarga de deshumanizar el proceso al que se está viendo sometida una adolescente de 14 años malherida y a la que se le niega la asistencia sanitaria por ser acusada de “asesina”. El sesgo crítico de Berhane es evidente al retratar a una sociedad profundamente machista en la que la figura de la mujer es reducida a una mera esencia formal. Una silueta desdibujada bajo los formalismos de la ley.

El matiz interesante es observar cómo a pesar de que la tradición se ha pervertido y permitido a los hombres no sólo raptar a las mujeres como práctica habitual antes del casamiento sino también justificar la violación, la justicia es dirimida en dos esferas irreconocibles: en un plano local y micro, y en un plano estatal donde los vínculos políticos y económicos tienen un poder decisivo.

Difret-cartel

A pesar de que las imágenes de la cosmopolita y poblada ciudad de Addis son escasas más allá de alguna calle transitada en colores pasteles, es el contexto donde Maeza lucha. Una heroína que mantiene un combate contra la sociedad machista donde se ha criado. Sin embargo, su personaje en algunos momentos padece de falta de rigurosidad realista como se observa en una acción en la que intermedia por una mujer que es agredida verbalmente y físicamente por su marido. Maeza le espeta que perderá su trabajo si vuelve a golpear a su mujer subrayando la indignidad diaria a la que se ven sometidas las mujeres. Lo más convincente es la gama de los detalles sociales: la vestimenta occidental de Meaza, su diálogo desafiante contra la tradición y su vulnerabilidad ante las decisiones de un antiguo juez y amigo ya que “el peligro” de ser mujer es un trasfondo dramático que nunca desaparece en la película.

Además de ser una pieza sociológicamente importante por la que ha apostado su productora ejecutiva Angelina Jolie (que sin duda, ha ayudado a difundir el mensaje) Difret es también una historia sobre el fin de la inocencia y sobre cómo actos de fracciones de segundo crean cambios irreversibles. Entre 1995 y 2002 la organización de Maeza ayudó a más de 30.000 mujeres y niñas y el matrimonio por rapto fue ilegalizado y castigado con 5 años de prisión después del caso de Hirut. Maeza Ashenafi fue galardonada con el Premio África en 2003 y actualmente vive en Etiopía luchando contra la tradición de los secuestros. Precisamente hace un año saltaba la noticia que Tejnesh Leweg’neh, de 15 años de edad, de la región norte de Shoa, fue secuestrada por tres hombres en su camino al mercado. Ellos trataron de obligarla a aceptar casarse con uno de ellos, ella se negó y, un día después, la empujaron a un precipicio. Ahora Tejnesh está paralizada de cintura para abajo.

 


En el contexto de este artículo, sorteamos 10 entradas para ver desde el sofá de casa esta película. Para ello sólo tienes que responder a la siguiente pregunta cuya respuesta encontrarás en los últimos artículos de la sección de Cine y Audiovisuales. ¡Sé uno de los 10 primeros!

¿Cuántas películas africanas han sido seleccionadas este año para el Festival Internacional de Toronto y cuántas etíopes?

Envía tu respuesta a [email protected] con el asunto: Sorteo + nombre

 

Difret

 

El Toronto más africano de los últimos años

tiffCuarenta años de sembrar la dicha de que por muchos críticos de cine y revistas especializadas, el que sigue mandando en las taquillas es el espectador, impasible y alerta únicamente a su bolsillo y su tiempo. Bajo esta afirmación siempre tendríamos que matizar que el marketing publicitario también sigue actuando como metadona. Y que tanto posibles compradores de una entrada de cine, como los anuncios, tráileres, redes sociales y boca a boca van de la mano en una simbiosis casi perfecta.

Y así nació el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF): el público elige a la mejor película y al mejor documental. Aunque por azarosos tiras y aflojas de la industria no siempre estos ganadores estarán en las pugnas de la Berlinale, Oscar, Venencia o Sundance.

El jueves arrancará la cuarenta edición del TIFF (del 10 al 20 de septiembre) con el último trabajo del canadiense Jean-Marc Vallée Demolition. Cuatro décadas de cine internacional en Canadá que debería cubrirse de gloria por celebrar un aniversario redondo y enmendar el petit error de ser el único festival del año pasado que no programó Birdman (2014), la película de Alejandro González Iñárritu que terminaría haciéndose con 4 Oscar: mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor fotografía con la sutileza del también mexicano Emmanuel Lubezki, el Chivo –no dejen de seguirle la pista a Lubezki–.

Fotograma de The endless river, dirigida por Oliver Hermanus.

Fotograma de The endless river, dirigida por Oliver Hermanus.

Precisamente, el año pasado, Sudán del Sur ganaba su primer premio en un festival de cine por el mejor documental de Hajooj Kuka Beats of the Antonov al que Wiriko pudo entrevistar en abril durante el Festival de Cine Africano de Córdoba. En este 2015, un total de 9 cintas llegan desde el continente para mostrar esa África que, sobre todo en el cine, queda relegada a festivales especializados. Toronto apuesta más y más por mirar hacia un continente con 55 países (¡incluyendo la República Saharaui!) con un dinamismo necesario de poner en alza. Una edición en la que Sudáfrica se sitúa a la cabeza aunque no es la primera vez: en 2013 se presentaban Mandela: Long Walk to Freedom, Of Good Report y iNumber Number, en 2014 Impunity fue la única película sudafricana seleccionada y para el 2015… Un total de cuatro trabajos desde la “Nación del arcoíris”.

 

Sección largometrajes

En la categoría de largometrajes, se espera el nuevo trabajo del sudafricano Oliver Hermanus con The endless river. En el 2011 ya fue aclamado en Cannes por su retrato sobre la homosexualidad en la Sudáfrica contemporánea con Beauty (Skoonheid) y con su tercer largometraje The endless river (título que, curiosamente también, da nombre al decimoquinto último álbum de Pink Floid) muestra un drama con ingredientes de delincuencia, sexo, venganza y redención.

Cuckold (Cornudo), es otra de las apuestas que llegan desde Sudáfrica por el actor y director Charlie Vundla en el que es su segundo largometraje (How to steel 2 million). La historia cuenta como Smanga (el propio Vundla), un académico prometedor, pone en riesgo su carrera universitaria al verse envuelto en un ménage à trois muy extraño después de ser abandonado por su esposa. Vundla dará un nuevo giro al género del drama utilizándolo como una herramienta para la disección de la agitación emocional de un hombre y también como un medio para desacreditar los falsos derechos de chovinismo.

Fotograma de Price of love, de la directora etíope Hermon Hailay.

Fotograma de Price of love, de la directora etíope Hermon Hailay.

Desde Etiopía llegan también dos dramas que darán mucho que hablar. Uno de ellos es Lamb, de Yared Zeleke, el primer film que representó al país en el festival de Venecia el mayo pasado, y Price of love, de la directora Hermon Hailay, quien acumula ya algunos festivales importantes entre ellos el del FESPACO 2015.

Lamb, retrata un drama conmovedor semi autobiográfico de Zeleke en el que un niño etíope de 9 años arriesga todo para salvar a su único amigo, un cordero al que tiene por mascota. Con un majestuoso telón de fondo de las montañas del sur de Etiopía, Lamb es una historia en el que se apela a la responsabilidad como pauta que marcará el destino individual de las personas.

En la película Price of love, se cuenta la historia de un taxista y una hermosa joven prostituta que se enamoran mientras luchan por sobrevivir en las calles de Addis Abeba, la capital de Etiopía. La directora, Hailay se crió en un barrio donde la prostitución era común, y con esta película se dispuso a contar las historias de la gente que conocía: “hermosas mujeres jóvenes, madres, hermanas y amigas”, como ella las describe. Actualmente Hermon Hailay es una de las principales directoras etíopes con varias películas críticamente y comercialmente exitosas: Baleguru (2012) o Yaltasbrew (2013).

También dos obras llegan desde el norte de África. La primera es Let them come una notable adaptación de la novela de Arezki Mellal, en el que una familia debe defenderse a sí mismo en medio de la embestida de la violencia entre las fuerzas gubernamentales y los islamistas radicales en la Argelia de 1980. Es la primera película narrativa del documentalista Salem Brahimi en una hazaña de hacer cine a cargo de la experiencia vivida.

Este drama inquietante tiene su origen más de dos décadas después de que Argelia tuviera su independencia de la metrópolis francesa, cuando los signos del desencanto amargo y el colapso social que se aproximaban eran demasiado alarmantes para ser ignorados. El disenso más organizado y desafiante provino de los movimientos islamistas conservadores cuyos elementos radicales habían sido adoctrinados por los talibanes de Afganistán. Pronto las tensiones derivaron en un conflicto que duró casi una década, conocido por los argelinos como los “años del terrorismo”.

La otra que obra del Magreb es As I open my eyes (Túnez), el primer largometraje de la directora Leyla Bouzid, y se enmarca en la víspera de la Revolución de los Jazmines. La historia sigue los pasos de una banda underground y muestra a la juventud tunecina con su desencanto, el miedo, la creatividad, la rebelión contra la dictadura, el rechazo del conservadurismo y el coraje de perseguir sus deseos. Detrás de la cámara y talento de Bouzid el elenco se complementa con la música del iraquí Khyam Állami y las contundentes letras de Ghassen Amami.

 

Sección documental

En la sección de documentales sin duda, una de las estrellas será el trabajo de la siempre activista egipcia-francesa Jihan El-Tahri. Su último documental en el 2009 fue Behind the Rainbow en el que exploraba la transición del Congreso Nacional Africano (ANC). Pero antes ya deslumbró a más de un historiador africanista por su excelente composición en Cuba, una odisea africana (2007), en el que analizaba los vínculos de la revolución cubana con las luchas emancipadoras que tuvieron lugar después de los años de las independencias en África y, sobre todo, en el apoyo a los movimientos revolucionarios contra las colonias dirigidas por la metrópoli portuguesa. En el 2000 realizó L’ Afrique en Morceaux (África despedazada) un documental sobre las intrigas, traiciones y venganzas que se sucedieron en el genocidio de Ruanda en abril de 1994.

En Toronto presentará Nasser, la historia de Gamal Abdel Nasser, el oficial del ejército revolucionario cuya década de reinado como presidente de Egipto desafió a Occidente durante la crisis de Suez en 1956 y quien fuera el co-fundador del Movimiento internacional de los Países No Alineados (MPNA). Su legado complicado, suele pasarse por alto en Occidente pero es vital para entender el moderno Medio Oriente. Un documental que ha estado varios años en la nevera de la preparación y que llega en un momento oportuno ya que la región se enfrenta a nuevos levantamientos.

Sección cortometrajes

Dos cortometrajes sudafricanos cerrarán un menú que cada año tiene más carácter africano. The Call de Zamo Mkhwanazi y Yolo que a pesar de no ser dirigida por un sudafricano, Ben Rusell, está realizada en colaboración con el colectivo de Soweto Eat my Dust Youth Collective.

Fotograma del documental Nasser, de la directora egipcia-francesa Jihan El-Tahri.

Fotograma del documental Nasser, de la directora egipcia-francesa Jihan El-Tahri.