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Una caravana africana de obras y escritores

Un cuentacuentos, una slammer (poesía declamada) y ocho escritores parecen una interesante representación de la actividad literaria y una muestra bastante representativa de una diversidad de manifestaciones en las que se encuentran los géneros más tradicionales y los más innovadores, los que beben de la tradición oral y los que la están constantemente repensando. Este abigarrado grupo ha formado una caravana que ha recorrido cinco ciudades togolesas acercando la cultura a algunas localidades periféricas que habitualmente no tienen acceso a la actividad literaria.

Foto1. jpg: Los preparativos de la caravana para iniciar la ruta por la carretera. Foto: Doh Kokou para la Délégation de l’Union Européenne au Togo.

620 kilómetros separan Dapaong, en el norte de Togo, y Lomé, capital del país situada en el extremo sur, ya en la costa del Golfo de Guinea. Esos 620 kilómetros transcurren por la NI, la principal carretera que hilvana de norte a sur uno de los países más pequeños del continente africano. Ese ha sido el itinerario recorrido durante una semana por esos 10 literatos, todos ellos togoleses, que trataban de acercar las letras a escenarios que están fuera de los circuitos habituales. Las ciudades que incluía el camino de esta comitiva son cinco de las seis urbes más pobladas del país y, sin embargo, solo Lomé supera ampliamente los 100.000 habitantes, con 1.750.000 almas. Dos de ellas están ligeramente por encima de ese rango: Sokodé (115.000) y Kara (110.000); Atakpamé tiene 85.000 habitantes; y Dapaong apenas está por encima de los 50.000 vecinos.

Las actividades de la campaña se han desarrollado en universidades, institutos y diversos centros educativos, pero también en espacios más inusuales. Los literatos se encontraron con los reclusos de un centro penitenciario en Dapaong y con los jóvenes de un centro de ocio en Kara. Todo para bajar la literatura de un pretendido pedestal.

Kangni Alem es uno de los escritores togoleses con más proyección internacional, uno de los autores que han participado en la caravana y también el director artístico del Festival literario Filbleu. Alem hace una interpretación muy simple de lo que suponía para los literatos participar en esta iniciativa. “Los encuentros físicos permiten a los escritores discutir sobre sus obras con sus lectores reales o con los potenciales para descubrir cuáles son los inconvenientes para la recepción de sus obras literarias”, explica el escritor que ha recibido, entre otros, el Grand Prix Littéraire d’Afrique Noire.

La fórmula de la caravana no solo divulga las producciones literarias togolesas, sino que además compone una receta que demuestra a los receptores que la literatura es atractiva. Las claves de esa pócima están formadas por el valor seguro de los cuentos tradicionales que representaba Bessan; el magnetismo de la poesía declamada contemporánea de Wapondi, una poetisa que representa el vínculo entre los versos y la juventud; y un grupo de escritores de diferentes géneros, entre los que se contaban el propio Alem y, por ejemplo, Sami Tchak. Posiblemente, Tchak es el escritor togolés más conocido fuera de las fronteras del país.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Un destello para una poesía que trata de brillar más allá de África

No es habitual tener noticias de publicaciones de poesía. Sin embargo, acaba de producirse un hecho que no sólo nos demuestra que la poesía, a pesar de todos los inconvenientes, continúa peleando para mantenerse a flote. Pero, no sólo eso, sino que además nos ofrece una pequeña degustación del panorama de la lírica en el continente. Concretamente nos ofrece diez nombre, de otros tantos jóvenes poetas. La excusa para acercarnos a este grupo de nuevos valores literarios es la publicación de la lista de finalistas del Brunel International Poetry Prize, uno de los pocos premios de estas características. Apenas se le puede poner un pero a esta iniciativa: que no esté impulsado desde el propio continente, sino desde una universidad británica.

Los diez poetas incluídos en la lista de finalistas del Brunel International Poetry Prize. Foto: Brunel International Poetry Prize

Se trata de la quinta edición de este certamen que está destinado a poetas que todavía no hayan publicado un poemario. A pesar de todos los obstáculos que enfrenta la poesía, el gusto entre los jóvenes escritores y el vivero que se está generando en el continente se pone de manifiesto con los datos de participación. Los organizadores aseguran que en esta quinta edición han recibido 1,200 aspirantes. Sólo en esos cinco años han duplicado el número de trabajos recibidos.

La solvencia de este premio de poesía viene avalado por la calidad de sus anteriores ganadores. Los jueces además han demostrado un buen ojo a la hora de encontrar a los nuevos valores con calidad. La primera de las galardonadas con este premio, en 2013, fue Warsan Shire, una deslumbrante poetisa de origen somalí de la que ya se ha hablado en esta sección. La etíope Liyou Libsekal, en 2014; la sudanesa Safia Elhillo y el ugandés Nick Makoha, en 2015; y los nigerianos Gbenga Adesina y Chekwube O. Danladi, en 2016, completan la nómina de ganadores hasta el momento. El poeta o la poetisa que consiga este reconocimiento recibirá además una dotación de 3,000 libras esterlinas.

El toque de prestigio se afianza con los jueces que deciden el ganador. Entre esos árbitros encontramos los nombres de Chris Abani o de Kwame Dawes, entre otros. Son ellos, junto a otros tres escogidos, incluida la ganadora en 2015, Safia Elhillo, y el fundador del certamen, Bernardine Evaristo.

Lo más importante de esta iniciativa es poder acceder a los trabajos de estos jóvenes escritores. Por eso, la propia página del premio ofrece una pequeña muestra de los trabajos de los diez finalistas. Se puede acceder a estas poesías seleccionadas, que no son todas las presentadas, a través de estos enlaces.:

Evaristo, se ha mostrado satisfecho por la presencia de una autora del Norte de África, lo que supone una cierta superación de las barreras que se establecen habitualmente entre los distintos escenarios del continente. La somalí Sahro Ali, es una de las dos actores que también generan el regocijo del presidente y fundador del premio, porque es una de las que habla de manera explícita de temas que tienen que ver con la problemática a la que se enfrentan los miembros del colectivo LGTBI. Prevalecen en esta lista los autores nigerianos, pero Evaristo señala que esta situación responde a que el mayor número de aspirantes procede de este país. Eso si, salvo Leila Chatti, la escritora tunecina, el resto de finalistas proceden de países de la antigua esfera anglófona del continente.

Lo más destacable de este premio es que pone de manifiesto la pujanza de un género que, por otro lado, en todos los lugares del mundo es considerado un género muy marginal. Sin embargo, como demuestra este premio, muchos autores africanos están dispuestos a seguir ofreciendo al mundo poesía de calidad.

La dignidad de los mestizos olvidados

Quizá un día no llame la atención que un escritor africano ambiente sus novelas lejos de África o de las comunidades africanas. Sin embargo, ese día todavía no ha llegado. Por lo poco común y porque rompe una de las características que se supone a la obra de un escritor africano, se impone destacar el hecho de que un escritor del continente ha ambientado una historia en otro lugar, el que sea. En esta sección se ha señalado en ocasiones previas, cómo en la mayor parte de los casos, se espera cosas de las obras de los autores africanos (ubicación, estilo, temas…) que constriñen su creatividad. Así que cada vez que se rompen esos límites, Wiriko lo celebra.

El escritor congoleño Emmanuel Dongala. Fuente: Rama, Wikimedia Commons. 

Emmanuel Dongala, el laureado escritor congoleño, lo ha hecho. Se ha abstraído de esos límites no escritos y ha construido una historia que deja boquiabierto. La Sonate à Bridgetower rompe seis años de silencio con una narración fuera de lo común. El personaje de George Bridgetower es la excusa de Dongala para ponerse delante de un momento histórico excepcional, de una serie de situaciones desconocidas y de un momento lleno de unas contradicciones que han desafiado todos los estereotipos.

Bridgetower fue un músico que existió realmente a finales del S. XVIII. Se trataba de un mulato, hijo de un negro de Barbados y de una blanca de Polonia, virtuoso del violín que hizo las delicias de los ambientes musicales de las principales ciudades europeas, desde París hasta Viena en aquella época. Deslumbró con su arte y llegó incluso a fascinar de tal manera a Beethoven que escribió una sonata en su honor, una sonata que finalmente recogió en su título a otro músico.

A través de la trayectoria de Bridgetower, Dongala dibuja en realidad una época y un espacio. El escritor congoleño relata la vida de una Europa en plena efervescencia. El escritor recuerda la existencia de una élite negra o mestiza en aquellas ciudades, entre las que se contaban escritores, políticos o músicos, que a pesar de estar en primera fila, siempre tuvieron una posición muy especial sólo por el color de su piel. En aquella Europa en la que la libertad se abría paso para algunos, en la que la esclavitud vivía su últimos estertores y la cultura se desparramaba, Bridgetower se convierte en el ejemplo de una sociedad casi esquizofrénica. Dongala evoca, por ejemplo, la figura de Angelo Soliman, un negro que se desenvolvía en las más altas esferas políticas y cultuales de Europa central y, sin embargo, cuando murió fue disecado y convertido en una pieza de museo. “En esta filosofía de las luces, hay un espacio de sombra. Muchos pensaban todavía en ese momento en la inferioridad de los negros, incluidas algunas personas que hoy consideramos muy tolerantes”, declaraba Dongala en FranceInfo. Pero la dualidad no se producía sólo en ese sentido, sino que, por ejemplo, muchos mulatos tenían a su vez esclavos.

Y es que las diferentes formas de trata y de esclavitud atraviesan la novela de Dongala, igual que lo hacen las profundas raíces del racismo. “Esta élite, a menudo mestiza, estaba tan ansiosa por integrarse que acabó por aceptar la jerarquía del color de la piel que se imponía: cuanto más blanco eras, mayor era la consideración que te tenían”, comentaba el escritor congoleño en una entrevista promocional en Le Monde.

Emmanuel Dongala es un escritor con una impresionante trayectoria que le ha llevado a recibir algunos de los reconocimientos más importantes de la literatura africana como el Grand Prix Littéraire de l’Afrique Noire que recibió en 1988 por Le Feu des origines; o el más reciente Prix Ahmadou-Kourouma otorgado en 2011 por su anterior novela Photo de groupe au bord du fleuve. Entre tanto, el escritor le ha dado un giro de 180 grados a su vida. Tuvo que dejar Brazzaville debido a las luchas de poder que se habían desencadenado en el país. Y se vio en Estados Unidos arropado por una campaña de solidaridad lanzada por algunos amigos del escritor. Dongala ejerce de profesor de química y de literatura africana en su país de acogida y, como se pude ver, encuentra el tiempo para seguir renovando su torrente creativo.

Literatura no limits

Se han decidido a hacer caer todas las barreras, a eliminar los límites de la literatura. Continúan avanzando en un ambicioso e involuntario objetivo que ni siquiera se han planteado formalmente. El colectivo de escritores Jalada sigue avanzando, sigue en movimiento y lo demuestra especialmente con su última propuesta un festival literario itinerante a medio camino entre un festival al uso, un bibliobús y una gira artística. Los miembros del colectivo no sólo visitan doce ciudades en cinco países de África Oriental, sino que han previsto para cada una de esas paradas una programación específica, en un alarde de creatividad, también en el diseño de los eventos.

Imagen promocional del festival. Fuente: Jalada

Primero hicieron caer las fronteras y edificaron un colectivo de escritores y escritoras panafricano como nunca había existido antes, con autores de cinco nacionalidades (Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria, Sudáfrica) en el núcleo inicial. Esa diversidad de procedencias ha ido aumentando a medida que aumentaban también los miembros de esta conspiración literaria continental. En ese derribo de fronteras acabaron incluso con una barrera más alta que las de los estados y es la de los antiguos ámbitos coloniales. Jalada ha conseguido acercar a escritores de países con pasado anglófono con otros procedentes del antiguo ámbito francófono.

Después superaron los límites temáticos. Las líneas rojas, como ha comentado alguna vez Sonia Fernández, la autora de Literafricas, que les aparecen a la mayor parte de los autores africanos y que les marcan los temas sobre los que se espera que hablen. Y, sobre todo, esas líneas rojas marcan los temas sobre los que un autor africano no debería hablar. De nuevo, demoler las convenciones fue apenas un pasatiempo para este colectivo. Se presentaron en sociedad y se han ido haciendo con un nombre a fuerza de construir antologías de relatos sobre temas que nadie habría sospechado antes o, al menos, por los que muy pocos editores habían apostado hasta ahora. Han hablado, sin tapujos y sin complejos, sobre erotismo y también sobre afrofuturismo, por ejemplo.

Luego, acabaron con los límites culturales. Esa enorme riqueza cultural que alberga el continente, su diversidad, se ha interpretado, en ocasiones como una dificultad añadida para la difusión, por ejemplo, de la literatura. Jalada se ha puesto delante de esta valoración y simplemente la ha sobrepasado. Cogieron “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato original del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o y publicaron una antología en la que traducían esta historia a 32 lenguas africanas (incluidas las antiguas lenguas de las metrópolis coloniales) y abrieron la puerta a continuar aumentando la lista le lenguas.

Finalmente han terminado de menospreciar los límites de los géneros ideando un poco ortodoxo festival literario itinerante. Jalada Mobile Festival es la primera edición de esta propuesta que durante un mes viajará por doce ciudades de cinco países de África del Este. Empezando por la capital de Kenia, Nairobi, se desplazarán a Nakuru y Kisumu, antes de cruzar la frontera de Uganda para instalarse dos días en Kampala y de allí a Kabale. Abandonarán después Uganda y cruzarán a la República Democrática del Congo para detenerse en Goma. Su siguiente parada está en la capital ruandesa, en Kigali. Y, a partir de ahí, comienzan el periplo tanzano que llevará al festival a visitar Mwanza, Arusha, Dar Es Salam y Zanzibar, para regresar a Kenia en la última estación, en Mombasa.

Para cada una de esas paradas, los miembros de Jalada han previsto un programa de actividades diferente que incluyen debates sobre los temas inusuales en esos foros, que realmente son los que interesan a esa nueva generación de creadores. Se discutirá sobre asuntos tan diversos como el papel de algunos medios de comunicación en la construcción de la sociedad, como es el caso de la radio; o algunas formas de cultura tradicional, con un especial interés sobre la tradición oral y su influencia en las formas literarias más actuales; se analizarán las nuevas fronteras de la literatura y algunos mitos y leyendas; se debatirá sobre las organizaciones y los colectivos que han sostenido en los momentos más difíciles la escritura y la lectura como formas de transformación e, incluso, de rebeldía. Son sólo algunos de los temas propuestos, entre los que no se ha olvidado, evidentemente, la cuestión de las lenguas nacionales.

Pero también se proyecta esa diversidad en las actividades paralelas que acompañan en cada estación a los debates y las conferencias. Si en Nairobi se ha previsto un catálogo de todas las posibles intersecciones entre la poesía y la cultura urbana, en Kigali se proyectará una nueva dimensión de la antología que Jalada publicó sobre sexo, sensualidad e intimidad a través de la danza. En todo caso, la palabra hablada será la inevitable protagonista de estas actividades que pondrán de manifiesto como un mismo fenómeno y una misma experiencia se materializa de forma diferente cuando se funde con la cultura local. Si la poesía urbana tiene un sabor especial en Dar Es Salam, propio de la tradición árabe y en Kampala, la particularidad viene del nacimiento del hiphop en las iglesias evangélicas.

En fin, toda una nueva muestra de diversidad que Jalada vuelve a poner de manifiesto en su proceso de redefinición de las líneas de la literatura, unas líneas que nunca son fronteras.

Afropolitanismo: La pieza que no encaja

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4ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Javier Martin Oliva

Uno de los laberintos vitales que ha atravesado el ser humano a lo largo de la historia, y que aún sigue sin finalizar, es el de la búsqueda de la identidad. ¿Quién soy?, es una pregunta que siempre ha sido difícil responder y que, muy probablemente, nunca llegue a encontrar una respuesta unitaria y definitiva. Las identidades se construyen sobre muchísimos aspectos de nuestra vida. Existen identidades nacionales, étnicas, religiosas, musicales, sexuales, políticas, deportivas… En un mundo que ha sufrido infinidad de procesos históricos como el colonialismo, las migraciones o la globalización, cuesta cada vez más definirse a uno mismo. Este fenómeno ha sido reflexionado muy profundamente en los estudios postcoloniales (Brah, 2011), más concretamente, en lo relativo a la diáspora. La diáspora ha creado unas identidades que parecen no ser “ni de aquí ni de allá”, algo sobre lo que muchísimos pensadores y escritores, también en África,  han dejado constancia.

Taiye Selasi, durante su presencia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Ha pasado ya más de una década desde la publicación del artículo Bye-Bye Babar de la escritora Taiye Selasie, donde se popularizó el concepto de “afropolitanismo”. Si alguien refleja ese sentimiento de no sentirse claramente de ningún lado es esta autora. Nacida en Londres pero criada en Boston por una madre nigeriana y un padre ghanés, Selasie ha vivido entre Nueva York, Delhi o Roma.  El afropolitanismo surge en ella como una idea que responde a su frustración por no ser suficientemente de ninguna parte. Ni británica en Londres, ni estadounidense en Boston, pero tampoco suficientemente ghanesa o nigeriana para los demás. En su texto caracterizó a los afropolitanos como “la nueva generación de emigrantes africanos que mezcla la moda londinense, con la jerga neoyorquina, la ética de África y los éxitos académicos”. Junto a Selasie, podríamos enmarcar también en esta etiqueta a otros escritores de renombre como Teju Cole o Chika Unigwe. Sin embargo, desde su aparición, el “afropolitanismo” no ha dejado de despertar críticas e interpretaciones diferentes sobre su verdadero contenido.

Algunas de las voces críticas con el término, argumentan que se vende el “afropolitanismo” como una nueva historia única donde el progreso de África se basa en la reproducción de formas de vida occidentales. De hecho, los artistas africanos mejor acogidos en el mercado internacional son aquellos que han reflejado en sus obras un estilo más homogéneo y occidentalizado, acomodando su africanidad en el ideario global de progreso. Está reflexión es defendida por figuras como Okwnodu Ogbechi, Marta Tveit, o más directamente Binyavanga Wainaina. El escritor keniano se define a sí mismo como “panafricanista, no afropolitano” y vive el fenómeno como una moda pasajera que sirve “para hacer ropa bonita” pero sin un compromiso sólido. También se discute enormemente esa noción de cosmopolitismo que sólo se da fuera de África. Aunque el bagaje cultural que te da conocer diversos rincones del planeta es impagable, lo cierto es que ser africano es inseparable de ser cosmopolita. África está formada por países que presentan multitud de lenguas y dialectos, grupos étnicos y religiones diversas. Nacer en cualquier país del continente es crecer ya en la diversidad, pero el afropolitanismo parece no hacer énfasis en  esa variedad y sí en la que ofrece Occidente.

En definitiva, en el fondo de la mayor parte de críticas está el temor de una narración de África que se lleve a cabo sobre el reflejo de una minoría privilegiada que relata vidas diferentes a la mayoría del continente. La imagen del continente que se exporta es casi siempre dual. Por un lado, la clásica imagen de un continente a la deriva, en constante conflicto y con problemáticas profundas. Una imagen que se baña de un discurso condescendiente y exótico. Por otro lado, una idea de África vinculada al crecimiento económico, las oportunidades de inversión, la occidentalización de sus costumbres y tradiciones, su juventud emprendedora; es decir, la narrativa del “Africa Rising”. Desgraciadamente, estas dos versiones tan diferentes de la realidad dan lugar a una pérdida de matices y reflexiones acerca del continente que nos impiden conocer la realidad en su complejidad. África es un lugar indefinible, como así es también el ser y el sentir africano. Mientras tanto, los escritores, artistas e intelectuales seguirán buscando palabras, adjetivos y etiquetas a la pregunta ¿Quién soy?, que se hacen también los africanos dentro y fuera del continente.

Fuentes:

BRAH, Avtar. 2011. Cartografías de la diáspora. Identidades en cuestión. Madrid: Traficantes de Sueños.

http://thelip.robertsharp.co.uk/?p=76

https://literafrica.wordpress.com/2014/02/07/afropolitanismo-el-riesgo-de-caer-en-la-historia-unica/

http://elpais.com/elpais/2013/06/12/africa_no_es_un_pais/1371016920_137101.html

http://www.wiriko.org/letras-africanas/taiye-selasi-el-canto-de-la-diversidad/

http://www.wiriko.org/letras-africanas/entrevista-binyavanga-wainaina/

http://aachronym.blogspot.com.es/2008/04/afropolitanism-more-africa-without.html

Souvenir en tinta de la mano de Teju Cole

Tanto si has estado en Lagos como si no, el libro Cada día es del ladrón tiene algo para ti. Si tu caso es de los que desconocen esta ciudad nigeriana, esta novela bien puede servirte como una guía turística en su versión más innovadora, como suele ser habitual en las creaciones de su autor, Teju Cole (Kalamazoo, Michigan, 1975). Pero si eres de los que sí han podido conocer la vida de Lagos, entonces Cada día es del ladrón, recientemente publicado por la editorial Acantilado, se te ofrece como un vívido recuerdo encapsulado. Por si no te trajiste contigo un souvenir del viaje, el escritor nigeriano recrea página a página el latido del centro neurálgico del país.

Fotografía tomada por R. Stothard/ Getty Images.-

Teju Cole / Fotografía tomada por R. Stothard, Getty Images.-

Desde un primer momento el protagonista de Cada día es del ladrón te mostrará (o te recordará, en función del caso de cada lector) cómo es un viaje a Nigeria paso a paso. Desde los trámites previos de preparación del visado hasta qué hacer al encontrarte en la mayor aglomeración urbana del África al sur del Sáhara. Incluso si no has ido a Lagos ni está en tu mente desplazarte a esta ciudad africana, dicen que leer es la forma más barata de viajar y desde luego con el personaje principal de este libro recorrerás el Lagos más real, el de quien se ha criado allí. Te llevará a los lugares de su infancia, al Museo Nacional, a las librerías locales, te enseñará a moverte por el mercado, por las calles, a encontrar los mejores cibercafés, a saber cuándo y dónde es mejor coger el autobús y con qué ricos platos típicos deleitarte. Y lo hará con la experiencia de quien ya conoce, y al tiempo, con la atónita contemplación de quien no puede dejar de sorprenderse por aquello a lo que ya no está acostumbrado o simplemente ignoraba cuando observaba con ojos de niño.

Aunque son muchos los personajes que se presentan en esta novela, comprobarás que en ningún momento se dice el nombre del protagonista. Tampoco lo echarás en falta, y no porque pueda afirmarse que el narrador podría ser cualquiera. Todo lo contrario, este personaje tiene un punto de vista especial. Su visión es la de un retornado, alguien que se ha criado en esta urbe africana y por tanto está familiarizado con sus singularidades; pero observa, en gran medida, desde la realidad político social a la que se ha acostumbrado tras más de una década viviendo y visitando ciudades occidentales. Y esto es así no tanto por su crítica mordaz a un modo de vida nigeriano plagado de corrupción, apático y, en ocasiones, hipócrita; sino porque a menudo el protagonista va más allá de la ironía y mira a través de un velo de soberbia los gestos intelectuales o el emprendimiento que tan ajenos le resultan al escenario lagosense.

Pero pese a lo que pueda parecer, Cada día es del ladrón esconde en su lectura crítica una evocación a la nostalgia del que se fue y vuelve esperando reconocerse, pasar desapercibido entre quienes fueron los suyos y recuperar aquello que echa en falta cuando se siente extranjero lejos de casa. Así, el personaje principal no sólo es anónimo porque no tiene nombre, también porque es un tierra de nadie que busca su identidad truncada al moverse entre dos mares. De ahí que, por encima del choque de sentirse forastero también en casa que invade al protagonista, sobrevuele en su narración el interrogante de si es en su tierra de origen donde le gustaría echar raíces.

9788415277927El protagonista no es perfecto, es real. Teju Cole consigue una ficción muy humana en Cada día es del ladrón, su primera obra publicada por la editorial nigeriana Cassava Republic en el año 2007 y que ahora rescata la editorial Acantilado, para su disfrute en español. Ya desde esta primera novela corta, Cole presenta dos constantes en sus creaciones: por un lado, una historia sin apenas trama, como una serie de pensamientos que tiene su personaje principal mientras recorre la ciudad; y por otro, un estilo intertextual en el que lo que cuenta es acompañado por lo que fotografía. Una combinación de estilos que repitió en 2011 con su siguiente publicación, ‘Ciudad abierta’ (Acantilado y Quaderns Crema, bajo el título ‘Ciudad obertá’), por la que recibió el premio Pen Hemingway 2012. Era su primera novela larga, pero lo catapultó a la fama de la literatura de ficción internacional.

Otro punto en común de ambas publicaciones es el tema de la identidad, una cuestión tan recurrente en su obra como recurrente es también su carácter innovador en todo lo que escribe. Así lo demostró en 2014 con ‘Hafiz’, una historia publicada a través de su cuenta de Twitter (@tejucole). No era la primera vez que este autor nigeriano se sumergía en la tuiteratura, ya lo había hecho un año antes con ‘Small Fates’, una colección de relatos publicados en su cuenta de esta red social. Pero mientras en esta primera ocasión él era el autor, con ‘Hafiz’ rompió moldes y reinventó la literatura a golpe de tweet a partir de 33 tweets de sus seguidores seleccionados y solicitados para formar una historia. Él no escribió nada, de hecho no publica nada en Twitter desde finales de 2013, pero sí dio sentido a unas publicaciones que nada tienen que ver unas con otras y que fueron escritas desde varios rincones del mundo para formar una unidad textual donde el carácter colaborativo de esta red social se recoge en todo su esplendor.

Aún seguimos pendientes de que se publiquen en español sus últimas obras, el libro de ensayos ‘Known and Strange Things’ (Random House y Faber&Faber, 2016) y ‘Punto d’ombra’ (Contrasto, 2016), un libro de fotografías acompañadas por textos de momento solamente traducido al italiano.

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Desde esta primera publicación, Teju Cole ha demostrado dar con la pluma en el clavo a través de un estilo descriptivo, irónico y sugerente. Con Cada día es del ladrón lo consigue a través de un retrato de Lagos como nunca antes se había mostrado: abrumador, desquiciante, ambiguo, creativo, inspirador y de enorme potencial. Es una lectura que pone los pies sobre la tierra tanto a idealistas como a escépticos de las realidades africanas de hoy.

Una de las fotografías tomadas por T.Cole pertenecientes a su libro 'Cada día es del ladrón' (Acantilado ed.).-

Una de las fotografías tomadas por T.Cole pertenecientes a su libro ‘Cada día es del ladrón’ (Acantilado ed.).-

La reencarnación de Shakespeare en África

“Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo”, William Shakespeare (1564-1616).

¿Os imagináis que nuestros arquetipos literarios viniesen de la tradición oral Dogón de Mali? ¿Que nuestros héroes y heroínas fueran personajes de las obras de Chinua Achebe o Wole Soyinka? ¿Podríais sospechar cómo seríamos hoy si cientos de africanos hubieran llegado a Europa en el siglo XIX para conquistarnos y “civilizarnos” a su modo de entender y estar-en-el-mundo? Ahora mismo quizás estaríamos escribiendo en lingala, shona o igbo en vez de en castellano. Quizás entre los clásicos de la literatura universal no estuvieran ni El Conde de Montecristo, ni El retrato de Dorian Gray, ni Alicia en el País de las Maravillas sino el mito mandinga de Sundiata Keïta, la historia de Tambuka de la tradición literaria suajili o la fábula de Anansi, la araña Ashanti. ¿Quizás amaríamos distinto, odiaríamos de otra forma, comeríamos de otra manera, nos relacionaríamos diferente…?

Adrian Dennis / AFP / Getty.

Adrian Dennis / AFP / Getty.

La historia, el pensamiento y las culturas de casi 900 millones de africanas y africanos que viven hoy en el Sur del Sáhara quedaron afectadas y profundamente influenciadas por la llegada de sus colonizadores. Y este, por supuesto, fue el caso, entre otros, de la Inglaterra Victoriana en su periplo imperialista de mediados de 1800. Hoy, 21 de los 54 estados africanos -Botsuana, Camerún, Gambia, Ghana, Kénia, Lesotho, Liberia, Malaui, Namíbia, Nigeria, Ruanda, Seychelles, Sierra Leona, Sudáfrica, Sudán del Sur, Sudan, Suazilandia, Tanzania, Uganda, Zambia y Zimbabue- tienen como lengua oficial o cooficial el inglés. Pero como sabemos, aprender una lengua no es sólo aprender su gramática, sino también aprender su cultura, aprender a pensar como sus hablantes y vivir en esa lengua. Por ello es, también, empaparse de Dickens, Doyle, Oscar Wilde… y por supuesto, de Shakespeare.

Pero lejos de lo que hubieran querido imaginar los británicos, muchos líderes de las independencias y movimientos revolucionarios se apoderaron de Shakespeare para luchar contra los colonos, elevar la importancia de las lenguas autóctonas y criticar las políticas británicas. Shakespeare está, entonces, en los cimientos de las emancipaciones nacionales del Sur del Sáhara. Y lo está desde que la hoguera empezó a arder a pies de aquellos que la habían prendido.

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Una actriz de Botswana interpreta una escena de Macbeth dentro del programa ‘Shakespeare Vive’, organizada por el British Council de Gaborone este mismo año, durante la conmemoración del 400 aniversario de la muerte del poeta. Fotografía de Monirul Bhuiyan.

Shakespeare como “bomba cultural” para borrar la memoria africana:

Todo se remonta al “diabólico colonialismo y la anterior diabólica esclavitud. Un relato sobre dinero, capitalismo y explotación”, explica la africanista Jane Plastow, profesora de Teatro Africano en la Facultad de Artes de la Universidad de Leeds en una reciente entrevista para la Folger Shakespeare Library. Pero por supuesto, se trata de una historia de aculturación, cuenta. “Cuando el hombre blanco llegó nos dijo que nos arrodilláramos y cerráramos los ojos para rezar. Cuando los abrimos, nosotros teníamos la Biblia y ellos las tierras”, explica, parafraseando un lúcido fragmento de ‘Un Grano de Trigo’, del novelista keniano Ngugi Wa Thiong’o.

África siempre ha producido conocimiento, aunque se haya querido silenciar o borrar intencionadamente de la historia que se cuenta sobre el continente en la literatura tradicional eurocéntrica. Las escuelas tradicionales africanas fueron prohibidas durante los años de la colonización, imponiendo sistemas educativos primarios, secundarios y universitarios militares y/o misioneros. Y aquí es cuando Shakespeare, entre otros, se introdujeron en la vida de los africanos de la burbuja anglófona. “Shakespeare se citaba cuando uno quería parecer más refinado, más poderoso”, explica Plastow.

A pesar de que África ya gozaba de sofisticados conocimientos y culturas, Shakespeare representaba un refinamiento más elevado al modo de ver eurocéntrico, y por encima de todo, británico. Así, las élites africanas que se educaron en la cultura colonial, adoptaron al dramaturgo como una de esas “bombas culturales” que dinamitaban, según Wa Thiong’o, la memoria histórica africana.

Sin embargo, las luchas anticoloniales encontraron en este ovni cultural, ingredientes comunes para la liberación. Tal como explica el sierraleonés Tcho Caulker, profesor de lingüística en la Universidad de Connecticut, en la misma entrevista para la Librería Folger Shakespeare, el inglés y toda su carga cultural como lengua del Imperio se convirtió en bandera de las emancipaciones como máscara para demostrar la valía de kenianos, sudafricanos, tanzanos o sierraleoneses.

Shakespeare en Kisuajili y el socialismo tanzano:

La tragedia de Julio César fue, durante el periodo colonial, la obra shakesperiana más conocida en África. Nyerere, el primer presidente de Tanzania, que introdujo el kisuajili como lengua oficial tanzana para evitar favorecer ninguna lengua local (Bemba, Maa, Chaga…) por encima de otra, entendió que el kisuajili podía representar de la misma forma un freno y una herramienta de lucha contra la lengua colonial -el inglés-. Así, Nyerere tradujo la primera obra de Shakespeare al kisuajili y Julio César se convirtió en Juliasi Kaizari. 

Las adaptaciones del dramaturgo británico se fueron sucediendo y las narrativas se fueron africanizando sucesivamente. Nombres africanos, danzas africanas, lenguas africanas… fueron recorriendo las venas literarias de sus obras, dándoles resurrección y apropiándose de los personajes de Shakespeare para educar a las clases populares.

“El teatro, en nuestra tierra, está relacionado a prácticas religiosas y festivales tradicionales. El sistema colonial británico se llevó a cabo a través de los misioneros y como nos cristianizaron, prohibieron nuestro teatro”, explica  el dramaturgo nigeriano Femi Osofisan, en la misma entrevista. La africanización de Shakespeare no solo se produjo en referencia a la interpretación de sus obras, a la representación de sus personajes por parte de los actores y actrices, sino también se notó en seguida por la reacción y participación del público en sus actuaciones. “Utilizamos proverbios, nuestra audiencia aquí participa y es muy activa”, explica Osofisan marcando distancias entre el público europeo, que suele ser espectador pasivo de las obras, y el nigeriano.

Cómo Shakespeare sobrevive al poscolonialismo: 

Una de las reivindicaciones de los intelectuales kenianos y que marcan el espíritu poscolonial del país fue suprimir los departamentos de inglés en las universidades. Tal y como explica Wa Thiong’o: “no se trataba de suprimir a Shakespeare, sino de poner la literatura africana en el centro. Pero fuimos acusados por el gobierno keniano poscolonial de intentar prohibir Shakespeare”.

Las reivindicaciones identitarias contemporáneas en África siguen ligadas, en su gran mayoría, a la centralidad de los referentes locales, así como a las lenguas autóctonas. Sin embargo, a excepción de Tanzania, el inglés ha triunfado como vehículo. Hoy, en capitales como Nairobi, la clase media y alta raramente se comunica en Lúo o en Kikuyu. El Kisuajili es moralmente la lengua de la gente, así como el Sheng (o “patois” urbano de la capital). Sin embargo, en reuniones, conferencias y escuelas, el inglés es considerado la lengua keniana. Se podría considerar así que, en ciertas esferas, la colonización mental británica triunfó. Pero nada es lo que parece si uno mira con detenimiento la realidad de cerca.

En Uganda, Malawi o Etiopía, Shakespeare sigue presente en los currículums educativos y en las aulas. Pero no ese Shakespeare inglés, sino el Kisuajili, el Amharic o el Luganda. Un Shakespeare reencarnado. Reapropiado. Reinterpretado. Africanizado, si se quiere. Cualquier forma de interpretación elitista de Shakespeare en África que no haya tenido en cuenta las propias dinámicas de interpretación teatral locales ha fracasado y fracasará, como cualquier importación cultural. Lo dicen todos los expertos, africanistas africanos y no africanos. Y cualquier persona con sentido común asentirá con la cabeza a estas afirmaciones de Jane Plastow: “El futuro de Shakespeare es dejarlo jugar con las glorias de las ricas tradiciones teatrales y lenguas de África“. “Inglaterra debe aprender algo más sobre África y no a la inversa“.

África inunda Londres de literatura

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Africa Writes, el mayor festival anual de la literatura y el libro africano organizado por la Royal African Society de Londres, abre hoy sus puertas hasta el domingo. Celebrando su quinto aniversario, el encuentro ha conseguido aglutinar a más de 50 autores, poetas, editores, artistas y académicos, incluyendo a algunas de las voces más influyentes de la literatura contemporánea africana.

Nawal El Saadawi, la escritora feminista egipcia reconocida internacionalmente, cuyo trabajo ha sido traducido a más de cuarenta idiomas e incluye títulos como Woman at Point ZeroWomen and Sex (prohibido en Egipto durante casi dos décadas), será la figura principal del festival. Como expresó hace unos días: “Estoy muy satisfecha de participar en el quinto Africa Writes Festival. África es rica en mujeres y hombres creativos, de la riqueza material fina y de tesoros históricos únicos. Egipto está en África, no en el llamado ‘Oriente Medio’ (¿en medio de qué?). Estoy orgullosa de mis raíces africanas”.

Las nuevas escrituras así como las mujeres escritoras ocuparán un lugar prominente en el programa de este año. El festival también alumbrará sobre las narrativas de los desplazados, la migración y las historias perturbadoras en situaciones de crisis. Precisamente, los escritores Kayo Chingonyi, Inua Ellams y Zodwa Nyoni participaron el pasado lunes en una mesa redonda con sus historias de asilo y huída.

Esta tarde, el festival presenta “Sexo, amor y poesía”, una velada con lecturas y debates sin censura que serán moderados por el activista nigeriano y defensor de los derechos del colectivo LGBTI, Bisi Alimi. El domingo, el Africa Writes cerrará su quinta edición con una puesta en escena de la obra El inmigrante, de la dramaturga Joy Gharoro-Akjopotor. La historia explora en el año 2035 cómo se vería el mundo si África fuera el continente más grande del mundo. Con este marco, Oliver, un británico en busca de asilo, se encuentra retenido en la frontera africana por Usman, un funcionario que no es aficionado precisamente a los inmigrantes. Lo que sigue será una batalla dialéctica y cruce de historias que ayudarán a contextualizar aún más la crisis de los refugiados en Europa.

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En los últimos cinco años, el festival Africa Writes se ha convertido en un evento clave con sede en Londres y ha acogido a algunos de los grandes nombres de la literatura africana, incluyendo a Chimamanda Ngozi Adichie (2012), Ngugi wa Thiong’o (2013), Ama Ata Aidoo (2014), Wole Soyinka (2014) o Ben Okri (2015). Desde presentaciones de libros y mesas redondas, a espectáculos y talleres, la quinta edición ofrecerá un nuevo programa de amplio alcance que conectará a escritores africanos, británicos y aquellos que se encuentran en la diáspora. Los paneles de discusión explorarán el papel de la escritura de no ficción en el desarrollo de las narrativas de África, la diversidad en las publicaciones infantiles, y las nuevas hebras en el género de ficción contemporáneo.

Para más información: http://africawrites.org/ 

 

Dos novelistas comprometidos

Son muchos (y muchas) los escritores africanos que han mostrado flagrantemente su compromiso con la transformación social, en sus países o en el continente, con las causas justas de esos territorios. Sin embargo, hay dos que, en la actualidad, representan de manera ejemplar este “modelo” del escritor comprometido, el artista convertido en artivista. El yibutí, Abdourahman A. Waberi, y el congoleño, Alain Mabanckou han puesto la popularidad que se han ganado con su genial prosa, al servicio de la democratización en sus países. Recientemente, además, Waberi y Mabanckou se vieron cara a cara para hablar sobre esa dimensión comprometida de su trabajo literario en un encuentro impulsado por el periódico francés Le Monde, que perfectamente podría ser objeto de un estudio académico mucho más profundo.

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Los dos novelistas tienen muchas cosas en común. Proceden de países con dos de los presidentes más contestados del continente. Ambos han sido proscritos por las autoridades de esos países. Sus novelas les han dado una popularidad que se traduce en atención mediática y en la posibilidad de ser una de las voces más autorizadas en relación con las situaciones políticas de sus países. Y los dos se han visto arrastrados al activismo por la fuerza de los hechos. El último paralelismo quizá sea que, a pesar de su militancia, ni Mabanckou, ni Waberi han caído en la literatura panfletaria.

El principal argumento de ese encuentro, de lo que calificaron como “entrevista cruzada”, era precisamente poner en común su visión sobre el papel del “intelectual comprometido”. Hace dos meses, en una entrevista, el escritor yibutí confesaba que no tenía vocación de activista, pero que se había visto obligado a convertirse en una de las voces de la disidencia de su país. Curiosamente, en el encuentro entre los dos novelistas, Alain Mabanckou aseguraba que las cartas que le envían los jóvenes congoleños exigiéndole que se posicionase fue lo que le empujó a escribir una carta abierta al presidente francés, François Hollande, denunciando al régimen de Denis Sassou-Ngesso. “No puede permanecer en su confort, en los aplausos que le dan Europa, mientras que nosotros, en el Congo, estamos muriendo a causa del silencio de la gente”, dice Mabackou que le decía uno de esos jóvenes.

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons - Paolo Montanaro

Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons – Paolo Montanaro

Los dos novelistas abordan, en esa entrevista cruzada, cuestiones la tradición de literatura contestataria africana; sus relaciones en y con Occidente, tanto Francia como Estados Unidos; o las prohibiciones que pesan sobre sus trabajos en sus países de origen. No se olvidan en su conversación, evidentemente, de la cuestión fundamental, porqué han adoptado ese compromiso y cómo lo combinan con su labor literaria.

En este último sentido, los dos escritores comentan divertidos un fenómeno que a la mayor parte de los escritores les revolvería el estómago. Ante la prohibición de sus libros en sus países, los novelistas se revelan. “El libro está prohibido y se convierte en un objeto clandestino. Circula en las trastiendas o se cuenta oralmente”, dice Waberi y Mabanckou añade: “¡Ah eso sí, cuando el tipo dice que ha leído el libro y empieza a contarlo a su alrededor, es mágico! A veces, no lo ha leído e improvisa. Pero es bello”. Waberi concluye: “El libro se hace vivo. Paradójicamente, a pesar de que la dictadura hace todo lo que puede para prohibir las producciones de intelectuales africanos, tenemos más atención de los medios que nunca en Francia y en los Estados Unidos”.

Recientemente, los dos novelistas se han visto ante una situación similar, unas elecciones presidenciales en las que nadie se ha atrevido a defender la transparencia de los comicios. Daniel Sassou-Nguesso, en la República del Congo, e Ismaïl Omar Guelleh, en Yibuti, han sido reelegidos en medio de las dudas sobre lo democrático de sus procesos y han sido contestados por estos dos novelistas. Ahora, ellos destacan la incultura de las autoridades de ambos estados e incluso la ignorancia de sobre la capacidad de revuelta que puede tener la literatura. “Hay críticas sociales en nuestros libros”, confiesa el congoleño, “pero los dictadores no comprenden las parábolas”, que afirma más adelante: “Es a través de la cultura que estos Estados pueden salvarse, superar las divisiones étnicas e inspirar a la juventud”.

En aquella entrevista anterior, Waberi aseguraba que “la dictadura en Yibuti morirá por sus propias contradicciones”. Curiosamente, la fórmula se parece mucho a la frase de Mabanckou que sirve para titular el encuentro de los dos escritores: “La duración de una dictadura depende de la continuidad de nuestro silencio”. Esas dos certezas marcan el motivo del compromiso de los dos escritores. Los novelistas están decididos a no colaborar con su silencio a la supervivencia de las dictaduras. Es más, se han conjurado para denunciar los atropellos y para alimentar con cultura la mente de los ciudadanos que están llamados a poner fin a esos regímenes.

Waberi y Mabanckou se miran en el ejemplo de Soyinka, de Ngugi wa Thiong’o, de Fanon, de Ouologuem, o de Béti, entre muchísimos otros para considerarse herederos de una tradición de literatura comprometida y contestatarias, una literatura rebelde que alimenta a los ciudadanos y no se pliega a los intereses del poder. Ni Waberi, ni Mabanckou se pliegan, tampoco, aunque eso suponga no poder volver a sus países, no poder distribuir públicamente sus obras, pero con la certeza de que la literatura transformadora tiene la capacidad de superar todos los obstáculos.  Dos ejemplos, de literatura y de compromiso.

Mary Okeke: “La literatura demuestra que en África se crea, se lucha, hay vida”

“Cuando estuve internada con once años me aficioné a la lectura. Además soy una persona tímida y busco un cierto amparo, resguardo en los libros”, eso es lo que Mary Okeke busca en los libros. Hace poco más de cuatro años que esta joven nigeriana residente en Barcelona comparte sus impresiones de la literatura africana a través de un blog de críticas literarias. Posiblemente, el único blog de este tipo que se escribe en inglés en la península. Okeke aborda desde los últimos lanzamientos hasta los clásicos. En total, alrededor de 200 artículos, que han puesto su granito de arena por dar a conocer a los autores africanos. El compromiso con su blog, le ha llevado, incluso, a volcarse más en su pasión. “Para mí la lectura es una forma de vida. Cuando comencé con el blog, empecé a leer todavía más, que es realmente lo que me gusta, y a escribir. He aprendido y he podido estar en contacto con el continente, con mí continente. Lo he ido descubriendo”, confiesa esta joven nigeriana.

Mary Okeke, autora del blog http://maryokekereviews.blogspot.com.es/. Foto: Carlos Bajo

Mary Okeke, autora del blog http://maryokekereviews.blogspot.com.es/. Foto: Carlos Bajo

La literatura, para esta bloguera, es la puerta de entrada hacia la realidad. “Es la manera de leer la historia de las personas a través de ellas mismas y no a través de otras personas, como por ejemplo los periodistas. Con todo el respeto, los periodistas pueden contar historias atractivas, pero a veces puede haber intereses. Leer las historias de Chimamanda (Ngozi Adichie), de Chinua Achebe, de Helon Habila o de muchos otros, escuchas las historias del pueblo africano y ves que esas personas tienen inquietudes, son gente fuerte, luchadora…”, comenta apasionadamente Okeke.

Para esta joven nigeriana, la literatura además es una herramienta para romper los estereotipos sobre África y equilibrar la imagen que se proyecta del continente. “Las noticias sobre África que aparecen en los medios, son normalmente historias negativas. A través de los libros, aunque a veces cuenten también historias duras, ves que en esos países también se puede crear, pueden salir cosas bonitas. A pesar de los fallos que existen, son personas creativas que cuentan sus historias, luchan y tiran para adelante”, explica. Para ella, parece casi una obsesión poner de manifiesto esa capacidad para crear: “De ese continente no sólo surgen cosas negativas, como vemos en la televisión. Hay muchas otras realidades, hay mujeres con mucha fuerza, hay médicos, las plantas también florecen, que hay historia y que hay vida”.

Mary Okeke llegó a Barcelona junto a su tía hace catorce años, cuando contaba quince. Mientras esa adolescente pensaba qué iba a hacer con su vida, se encontró con que ya se estaba forjando un futuro en el que se veía en su ciudad de acogida donde ha formado su familia. En paralelo a su pasión por la literatura, es enfermera y trabaja en ese sector, a la vez que estudia psicología. Su formación incluye también un posgrado en anestesiología. La energía que desprende es evidente igual que su capacidad de superarse y su sed por seguir creciendo y construyéndose. A pesar de eso, y aunque es tan benévola como optimista, ha vivido con los efectos de los estereotipos. Con esas miradas que reflejan conmiseración, ese “pobrecito” inducido sólo por el color de la piel, esa compasión que impide ver más allá. Como en el caso de Mary, los que le han dedicado esas miradas no han reparado en la persona con profundas convicciones e inquietudes que hay detrás. Reconoce que ha tenido que marcar, en ocasiones las distancias, poner a algunas personas en su sitio ante los discursos piadosos. Y tiene la sensación de que siempre tiene que demostrar más que los autóctonos.

Curiosamente, en su conversación, Mary reproduce la archiconocida conferencia de Chimamanda Ngozi Adichie sobre “El peligro de una sola historia”. Mary ha sido protagonista de esas contradicciones culturales. Ha sido esa niña que leía “sobre el frío y los tractores” y no entendía muy bien aquellas historias. “Afortunadamente, he acabado pudiendo leer lo que me gusta, las historias con las que me siento identificada, como cuando leo cosas en pidgin, por ejemplo. Eso no quiere decir que en Barcelona no me sienta como en casa, pero en Nigeria he pasado una época de mi vida especialmente importante, como es la infancia y tengo todos esos recuerdos”, afirma Okeke.

La identidad es una cuestión importante para esta bloguera y ella tiene clara la suya. Quizá eso le permita sacar todo el jugo a la literatura: “Conozco mi cultura, sé de dónde vengo, sé quién soy, aunque esa identidad se ha ido transformado con mis experiencias en distintas culturas. Por eso me gusta leer historias con las que me identifico”. Su interés no se limita a la literatura nigeriana porque asegura que para ella ha sido una herramienta para “explorar y conocer” un continente al que se siente profundamente ligada y para “entender mejor lo que está pasando”. Las historias pequeñas, las de los ciudadanos anónimos es, para Okeke, la que da las pistas, las que van hilvanando el camino hacia el futuro.

Después de doscientos post y otros tantos libros comentados, Mary Okeke cree que las literaturas africanas están experimentando un momento de apogeo. Chimamanda Adichie aparece constantemente en sus explicaciones. En este caso, como ejemplo de una voz autorizada que está dando una mayor proyección a las literaturas africanas. “Hay muchísimos escritores increíbles, pero Chimamanda ha servido de referente y ha abierto caminos”, señala la voraz lectora. Los premios son también una motivación para los autores, según Okeke, y el hecho de que escritores africanos estén ganando certámenes internacionales demuestran su calidad incuestionable. A estas pistas sobre la efervescencia de las literaturas, la bloguera añade, por ejemplo, las iniciativas de editoriales independientes, algunas de las cuales ya han sido mencionadas en esta sección como Cassava Press Republic o las experiencias de autopublicación y de uso de los entornos digitales para no depender completamente de la industria editorial global, pilotada desde los países del norte.

Mary Okeke está convencida de que si nos interesásemos más por las literaturas africanas tendríamos “mucha más perspectiva”, que “se entendería que las culturas africanas se verían diferentes”, que “las personas son personas normales, como tú y como yo, que tienen preocupaciones”, eso evitaría, para esta bloguera, que esas personas “sean menospreciadas, porque juzgamos a los demás por lo que nosotros sabemos de sus culturas”. “Respeto, sobre todo respeto, por la lucha de las personas que intentan salir adelante, que tienen culturas ricas”, ese sería el resultado más inmediato del interés por las literaturas africanas. “Al final”, concluye Mary, “la literatura te da curiosidad por saber qué hay más allá, no quedarte con lo que te venden, cuestionarte cosas, indagar, dudar. La literatura es una forma muy barata de viajar”.

Las inquietantes (y cotidianas) visiones de la sudafricana Zoë Wicomb

Tenemos la costumbre de olvidarnos de algo cuando ya no aparece en primer plano. El Apartheid (en idioma afrikáans, separación), el régimen de segregación racial que comenzó en Sudáfrica en 1913, a mucha gente le parece, hoy en día, cosa del pasado. Sin embargo, solo han pasado veinticinco años desde la fecha en la que se le puso fin 1991, y como ya advirtió Nelson Mandela sigue sin ser fácil dar carpetazo a esos más de 80 años. La escritora Zoë Wicomb nació en Namaqualand en 1948, fecha que se reconoce como el inicio oficial del apartheid con la victoria del Partido Nacional, y lleva toda su vida escribiendo sobre ello, tras haber pasado por la experiencia del exilio en Gran Bretaña donde vivió treinta años antes de retornar a su tierra natal una vez finalizó el apartheid y acabar residiendo en la actualidad en Escocia.

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

La escritora sudafricana Zoe Wicomb. Fuente: Windham Campbell Prizes

Comenzó su trayectoria literaria con un libro de cuentos en 1987, You Can’t Get Lost in Cape Town. Después publicó las novelas David’s Story (Kwela, 2000), Playing in the Light (Umuzi, 2006) y The One That Got Away (Umuzi, 2008). En todas ellas aborda desde diferentes prismas lo que supuso el régimen de segregación racial sudafricano. October (The New Press, 2014) es su última publicación y ha sido descrita por ella misma con tres palabras, “Hogar, desarraigo y secretos familiares”. No en vano narra la historia de una mujer Marcia que vuelve desde Glasgow a su Ciudad del Cabo natal después de más de veinte años de exilio.

portada miradasEn fechas recientes, la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM) de Argentina ha publicado un volumen Miradas, que contiene seis cuentos traducidos al castellano de esta escritora (junto con otros ocho también interesantes de Ivan Vladislavic), que son una buena oportunidad para adentrarse en su mundo complejo y rico en matices. La edición ha venido respalda por J.M. Coetzee que ha dicho sobre ella: “Las historias de Zoë Wicomb combinan la fría mirada interrogativa de lo extraño con la calidez íntima de un conocedor”.

Las visiones de Wicomb surgen de una realidad cotidiana, en la que en apariencia todo transcurre con normalidad. Pero esta superficie se rasga al toparse de bruces con algo que desde dentro la desestabiliza, la desencuadra y la pone frente a otro espejo. En estos seis relatos surgen junto a las diferencias raciales entre blancos y negros, las de clase y cultura que suelen ir asociadas. En el primer relato que abre el volumen, El niño de la bolsa de arpillera (2008), la vida sin alicientes de un profesor escocés afincado en Sudáfrica sufre un vuelco al conocer a un niño negro, el hijo del jardinero, que juega con una bolsa en su jardín y al que esperará con inusitado interés cada sábado. Como si se tratara de un nuevo Pigmalión, el viejo profesor toma al niño por pupilo, mientras nos sumerge en su propia vida desde el día en el que aterrizó en aquellas tierras sudafricanas en 1984. En otro relato, Un cuenco como un pozo (1987), la escritora hace de un hecho de su propia infancia el centro del relato; sus padres hablaban afrikáans pero querían que sus hijos aprendieran el inglés porque consideraban que tendrían mayores oportunidades y que era un idioma más elevado, al igual que la madre de la protagonista del relato que considera al señor inglés que tiene tratos con su marido un “auténtico caballero” del que los bóeres tendrían mucho que aprender.

Zoe e Iván en la presentación Cátedra de Literaturas del Sur. Fuente: UNSAM / Pablo Carrera Oser

Zoe e Iván en la presentación Cátedra de Literaturas del Sur. Fuente: UNSAM / Pablo Carrera Oser

Frente a la idea de que el régimen solo dividió a blancos y negros, se encuentra la realidad de la segregación que partió el país en una escala piramidal en la que se encontraban bajo diversas graduaciones: blancos, mestizos, indios y negros. Al igual que su compatriota Achmat Dangor hizo con los mestizos y los indios situándolos como protagonistas en varias de sus obras, Wicomb muestra las vivencias de las personas africanas y mestizas. Esclarecedor es el diálogo que mantienen en el relato más extenso de estos seis Un claro en el bosque (1987), que se retrotrae a la década de los 60, el cocinero Charlie y su compañera laboral Tamieta, mediante el que el primero muestra su fanfarronería, cuestión que Tamieta relaciona con el hecho de que se cree especial “por provenir del Distrito 6”. Este distrito fue una zona conocida como “zona laboral preferentemente mestiza” que excluía a los negros africanos.

Inmerso de lleno en la época del Apartheid, Un claro en el bosque nos lleva al día del funeral del ministro Hendrik Frensch Verwoerd, artífice de los “bantustán” (reservas tribales de habitantes no blancos, separados de la población afrikáner), y uno de los principales creadores del régimen. Fue asesinado por un opositor en 1966, momento en el que se centra el relato, que a través de las voces de dos mujeres negras de edad y cultura diferente, expresan lo que sienten en un día en el que se ven obligadas a acudir a los actos de homenaje por este hombre que ha organizado la universidad en la que una trabaja como cocinera y en la que la otra estudia. Las reflexiones de la joven universitaria que intenta terminar su tesis sobre la novela de Thomas Hardy Tess,  la de los d’Urberville se ven salpicadas por las conversaciones con sus compañeros de estudios que planean un sabotaje al homenaje mientras sus pensamientos vuelan hacia Cape Flats, una zona de infraviviendas donde se hacinan las personas designadas por el gobierno como no-blancas y en donde ella misma reside. En cambio, Tamieta que sí acude al homenaje se siente consternada en un primer momento al ver en la primera fila solamente algunos bóeres en silencio y se ve aliviada después al ver aparecer a los universitarios negros, mientras piensa “¿cuánto más tendrá que estar allí esperando a que pase el tiempo?. Ese tiempo diseñado por extraños para llorar a un hombre de cabeza grande”.

Zoë Wicomb recrea en estas narraciones voces diferentes, de personas que difieren en clase social, en estatus económico y también, por supuesto, en color de piel. Sus ficciones se sitúan en Sudáfrica, un país que aún hoy encuentra en su seno múltiples divisiones de todo tipo. A través de ellas, Wicomb nos hace mirar momentos cotidianos que se encuentran desnaturalizados por algo que brota de manera brutal desde dentro. Sobre todo para los propios protagonistas de las historias, esas personas sobre las que Wicomb confiesa querer escribir: aquellas que son olvidadas, despreciadas o marginadas. Ella lo logra, además, de un modo excepcional, sin necesidad de tratar de demostrar lo evidente, haciéndonos visionar, en cambio, la manera que tuvieron aquellos seres para vivir en aquellas condiciones y poder seguir adelante. Y consiguiendo una narración inteligente, coral e impactante.

Literatura, memoria e infancia, por Tierno Monénembo.  

El pasado mes de abril recordamos el genocidio de Rwanda que tuvo lugar en 1994. El siglo XX fue el escenario de otros acontecimientos crueles que no acaban de cesar en este siglo XXI. Están de plena actualidad y son el reflejo del desentendimiento humano. ¿Tendrá que ver el olvido con la repetición de estos actos? El arte se presta a menudo a esa necesidad que encamina a contar y no silenciar lo ocurrido, con la finalidad de aportar en la reconciliación y la reconstrucción. Como dice Sergio Ramírez, “escribir libros es una tarea con consecuencias, y una obra literaria desborda siempre la página escrita y altera de alguna manera la realidad. […] Los vacíos que deja el relato de la historia contada por los historiadores de profesión, vacíos que siguen siendo numerosos, vienen a llenarlos los escritores, sin que nadie pueda vedarles el uso de la imaginación, que se halla en la esencia de su oficio, a la hora de contar los hechos de la historia”. Así, otras perspectivas vienen a completar la complejidad histórica. Entre estos discursos alternativos encontramos la novela de Tierno Monénembo, L’Aîné des orphelins (2000). El escritor guineano presta atención a los más desprotegidos y, sobre todo, desatendidos: los niños. A través del protagonista, Faustin, comprobamos con angustia el trágico paso de la infancia a la vida adulta de unos personajes que viven en el contexto de un conflicto social complejo e incomprensible. Monénembo recupera las historias del genocidio de Rwanda a través de unos ojos inocentes para mostrar la imposibilidad de un presente y un futuro dignos para este conjunto de niños traumatizados.

El escritor guineano Tierno Monénembo. Fuente: BookNode.com

El escritor guineano Tierno Monénembo. Fuente: BookNode.com

Faustin es el representante de todos esos niños y niñas que después de los genocidios despertaron sin familia, sin hogar al que volver, sin nada ni nadie. Niños callejeros que, inconscientes de su situación, trataron de continuar la vida errando por las calles de la capital, Kigali. Con 15 años, Faustin está en la cárcel y acaba de ser condenado a muerte. Han pasado 5 años desde los avenements (acceso, advenimiento) como prefiere llamarlos Faustin, en lugar de événements (acontecimientos). Siguiendo la lógica de que todo acto final se debe a una cadena de pequeñas decisiones y acciones que deciden el destino, Faustin decide ponerse a recordar su pasado. Así, a modo de flash-back desvelará su pasado fragmentado y recordará cómo y por qué ha llegado allí.

Portada de "L'Aîné des orphelins"

Portada de “L’Aîné des orphelins”

Monénembo consigue que nos pongamos en la piel de este y de todos los niños que vivieron esa situación. Los primeros días después de las masacres, los niños erran por las calles sin ninguna clase de referencia. “Supongo que, como yo, no sentían la necesidad de abrirse o de jugar”, confiesa el protagonista. Huyen de los adultos y de sus mentiras dolorosas incapaces de entender su mundo. Tampoco los adultos se esfuerzan en explicárselo ni en entenderlos. Claudine, la asistenta social que intenta en vano ayudar a Faustin, echa la culpa a la Historia sin acercarse verdaderamente a la mente de Faustin. No lo culpará ni por su actitud ni por sus actos, pero tampoco se sentará a escucharlo. Faustin está en la cárcel porque encontró a uno de sus compañeros acostado con una de sus hermanas. Asume lo sucedido y se niega a ser perdonado por un juez por el hecho de ser un niño. Se revela ante la idea que tienen los adultos de él como un ser inferior y se siente responsable de sus actos. Al fin y al cabo, su cinismo y su falta de respeto no son más que el reflejo del universo adulto presente y de su sufrimiento. En un mundo sin moral, en medio del caos, no encuentra justicia ante un acto de violación como ese. Él mismo, Faustin, se erige como justiciero para todas aquellas mujeres violadas durante el genocidio.

La novela es, esencialmente, una escritura de memoria donde lo principal es recordar. Su infancia es un recuerdo doloroso, nostálgico pero dulce. Representa un lugar de la memoria en el que refugiarse porque, a pesar del caos, de la huida y de la rebeldía, “incluso cuando uno es un irrecuperable, incluso cuando se ha alcanzado el infierno, uno necesita a alguien para que le mantenga conectado al mundo”. Todos reclaman, pues, cariño, comprensión y ayuda.

Escribir sobre estos conflictos implica, en efecto, un compromiso y una elección ética. «Es a base de olvidar como se pierde la memoria », dice Tierno Monénembo en Un rêve utile (1991). Compartir, denunciar, visibilizar y aportar esperanza son los objetivos del proyecto del que esta novela forma parte. Se trata de una iniciativa que nació de la impotencia ante la manipulación de los medios de comunicación y de una ausencia vergonzosa de reacción por parte de los intelectuales del propio continente. Se vieron obligados a reaccionar ante “el silencio aberrante que rodeaba este drama ruandés, sobre todo en los medios africanos”. Nocky Djedanoum convocó en 1998 a 10 escritores y escritoras africanos a una residencia de escritura en Ruanda. Bajo el título «Rwanda: écrire par devoir de mémoire» estos escritores y escritoras viajaron a Ruanda con la tarea de conocer y dar a conocer lo sucedido. Era necesario abrir las puertas a un diálogo que sirvieses a la vez de medio de expresión, de comprensión del pasado y de denuncia de la presente lucha que se llevaba a cabo por sobrevivir. ¿Cómo contar estas experiencias manteniendo un compromiso ético hacia las personas y la propia historia? ¿Cuánta cabida tenían la creación y la estética?

Cartel de una de las actividades del programa “Rwanda: Écrire par devoir de mémoire”

Cartel de una de las actividades del programa “Rwanda: Écrire par devoir de mémoire”

Dar visibilidad a lo ocurrido con el máximo respeto fue una ardua labor. Tras las situaciones de parálisis e impotencia, en el 2000 vieron la luz una serie de obras literarias cargadas de debates teóricos, éticos y estéticos:

Koulsy Lamko, La Phalène des collines; Boubacar Boris Diop, Murambi, le livre des ossements; Tierno Monénembo, L’aîné des orphelins; Meja Mwangi, Great Sadness (La Grande Tristesse. Todavía no publicado); Monique Ilboudo, Murekatete; Vénuste Kayimahé, France-Rwanda, les coulisses du génocide; Véronique Tadjo, L’Ombre d’Imana. Voyage jusqu’au bout du Rwanda; Jean-Marie Vianney Rurangwa, Le Génocide des Tutsi expliqué à un étranger; Abdourahman Ali Waberi, Terminus. Textes pour le Rwanda; Nocky Djedanoum, Nyamirambo!