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Derek Gripper: “Escuchar ‘Kaira’ fue como encontrar el santo grial”

Hace casi 30 años el virtuoso de la kora, Toumani Diabaté, lanzó su primer álbum en Occidente. Un trabajo en solitario titulado “Kaira”. Cuando el guitarrista sudafricano Derek Gripper escuchó el disco, su búsqueda finalizó. No sabía que rastreaba pero lo había encontrado.

“Estoy entre dos culturas en cierto modo. Aprendí a tocar música clásica pero vivo en un lugar que cuenta con un elemento trascendental. La música que exploraba con anterioridad eran los sonidos del Cabo pero echaba de menos otras músicas. Y de repente escuché a Toumani y me dejó sin palabras”, explica Gripper en una charla con Wiriko en Londres.

Y comenzó un largo camino. Gripper es una esponja musical. Absorbe y su currículo lo ha trasladado a aromas, paisajes y sonoridades ricas y diversas. Buscó los sonidos de la India en su álbum “Rising” junto al trompetista Alex van Heerde y se sumergió en la música tradicional pakistaní y afgana en su colaboración con Udai Mazumdar. Se atrevió con Bach y en 2014 tomó los temas de Egberto Gismonti para indagar en la música brasileña. “Kaira” abrió las puertas de un proyecto sin embargo mastodóntico. La misión de Derek Gripper fue la de crear un repertorio para guitarra basado en las composiciones de los grandes músicos africanos como Toumani Diabaté, Ballaké Sissoko y Ali Farka Touré. La traducción musical de la kora, el instrumento de 21 cuerdas del África occidental, a las 6 cuerdas de su guitarra acústica parecían imposible. Pero Gripper se empeñó y el resultado de su disertación sonora fue el disco One Night on Earth: Music from the Strings of Mali publicado en 2012.

Al principio Gripper reconoce que aprendió a reproducir los sonidos de la kora pero no entendía la complejidad de las composiciones. Comenzó a escribir los acordes y partituras en interminables horas de práctica pero la dificultad era hacer que la guitarra replicase a la kora.

“En “Kaira”, Toumani Diabaté grabó Jarabi y 20 años más tarde en las “Mandé Variations” toca Cantelowes. Descubrí que eran la misma pieza. Comprender que las composiciones no eran improvisadas fue como encontrar la Piedra Roseta”, explica Gripper quien al transcribir ambos temas vio cómo Diabaté sólo había cambiado el orden. “Me llevó 10 años para acceder a Toumani y pensar su música de una forma correcta. La manera de la que hablamos de su música es con un el mismo léxico que aplicamos al jazz o al rock pero hay que pensarlo como un compositor”.

El trabajo de Gripper ha desmontado la burbuja purista de la música clásica. Interpreta, que no versiona, temas populares. “No pensamos que Glenn Gould toca una versión cuando toca a Bach. Pensamos que lo está interpretando”, apunta. Gripper explica que en la actualidad hay intercambios musicales que no pueden ser ignorados como el de Ballaké Sissoko y Vincent Segal. “Ellos rompieron la barrera entre la música clásica y la popular o llamada música del mundo. Es muy difícil que en recitales de música clásica haya participación de músicos populares”.

Pero Gripper está en una misión de celebrar a los grandes de la música africana y los ha llevado a nuevas audiencias. “Desde el punto de vista musical, Toumani Diabaté es un compositor como se denominaría en la música clásica. Los malienses aprenden a través de grabaciones y así lo hizo Toumani de su padre. Bach habría grabado sus composiciones si hubiera podido. Pensamos que una partitura es como algo que otorga superioridad pero es simplemente una manera más de anotar una composición. Ahora un estudiante graba sus clases en un teléfono móvil”, explica.

Toumani Diabaté escuchó las interpretaciones de Gripper. Le preguntó a su productora Lucy Durán si aquello era solo una guitarra tocada por un hombre. Ante la afirmación de Durán, el maliense invitó a Gripper a viajar a Malí por primera vez y tuvo la oportunidad de tocar en el Festival de Festival de Música Acústica de Bamako. El guitarrista sudafricano ha continuado con su estudio de la kora y con su álbum “Libraries on Fire” incluyó también composiciones de Sekou Batourou Kouyate y Amadu Bansang Jobarteh. “Mali on Oak” es su último trabajo hasta la fecha y es una colaboración con el músico Tunde Jegede.

Call Me Thief: El destrozo del apartheid en la Sudáfrica de los sesenta

La muerte ajena. Mover la mirada cuando el dolor se presagia cerca. Escapar en el precipicio. Intuir la figura arqueada de un cuerpo que pende de una soga. La mortaja. Los dedos de los pies que se entumecen. No llega el oxígeno. Y entonces, el final. Así comienza Noem My Skollie (Call Me Thief, en su traducción inglesa). Una toma inicial que muestra los últimos segundos de un prisionero que jadea y reza. No hay tiempo. O quizás en el más allá. Se escucha una voz en off que recita esa frase que da miedo porque cuestiona y aprieta las neuronas de lo racional: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Se le atribuye al siempre eterno y guapo James Dean, aunque en realidad se hiciera famosa en un diálogo de la película Llamad a cualquier puerta (1949) del director Nicholas Ray, en la que Humprey Bogart interpretaba a un abogado de esos de gabardina y cigarro quemando labios.

La película Call Me Thief, del director Daryne Joshua, vuelve a la Sudáfrica del apartheid y se sitúa en Ciudad del Cabo en la década de los sesenta. En concreto, la historia se centra en Cape Flats, un ghetto –actualmente en expansión– que fue construido a unos 15 kilómetros de las elegantes casas adosadas y ajardinadas de la cornisa atlántica de esta ciudad del extremo sur del continente. Cuando la segregación legalizada se extendió por Sudáfrica a finales de la década de 1960, el gobierno blanco expulsó a las familias mixtas de sus comunidades en el centro de Ciudad del Cabo y les asignó parcelas en esta tierra al oeste. Pero allí solo había arena, polvo y desolación. Las redes familiares se rompieron y se reemplazaron por otro tipo de alianzas: las pandillas callejeras que han vivido y muerto en este suburbio considerado el más grande de Ciudad del Cabo (entre 300.00 y 3 millones de personas).

En este contexto es donde se enmarca el guion basado en la propia historia de John W. Fredericks, que ahora peina los 71 años y despoja heridas a golpe de tecla en su vieja máquina de escribir que maneja con un solo dedo. La sinopsis es la siguiente: El joven Abraham, conocido como AB (Austin Rose) eleva su estatus en la cárcel cautivando a los gánsteres con su don para contar historias mientras que sus tres mejores amigos Gimba (Ethan Patton), Gif (Joshua Vraagom) y Shorty (Valentino de Klerk) hacen de concubinas de los jefes pandilleros. Hay varios grupos, pero el poder de las palabras y la narración oral servirán de parapeto a AB para permanecer neutral. Un don que le reconoció su madre en la infancia mientras él le leía la Biblia.

¿La inflexión? Un asalto brutal en un basurero de Cape Flats donde lo violan y le roban su inocencia. A pesar de las pesadillas, AB entierra su dolor instando a sus amigos a formar una pandilla (los Young Ones) para protegerse mutuamente. No obstante, pronto serán absorbidos por el mundo violento de robos y asesinatos glorificados por sus padres y adultos a los que admiran. Las imágenes muestran cómo los muchachos pasan el tiempo en las esquinas de las calles, hablan duro y presumen de las heridas de bala en sus piernas o de los cortes con cuchillo en la cara a causa de las peleas. Y beben. Un par de botellas de cerveza Black Label, amortiguan el paso de la violencia a la inocencia que todavía conservan estos adolescentes.

Hay una historia paralela de amor como en las películas de bandas callejeras rodadas en América. También hay venganza, miedo y desesperación. Pero quizás, más allá de la violencia, el uso de la narración de historias como contrapunto a la brutalidad de los encarcelamientos en masa durante esa parte de la historia sudafricana es apasionante y refrescante. Sus más de dos horas ofrece un final que complace a pesar de cabalgar en algo que el joven realizador Daryne Joshua ha conseguido a la perfección con la película: uno de los dolores más profundos e inquietantes que existen es la soledad. La supervivencia es una cuestión de perspectiva.

Call Me Thief, fue la única película del África al sur del Sahara que estuvo en las apuestas para los 89 Premios de la Academia (Oscar) en 2017.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa. Call me a thief ha sido la película ganadora de la edición 2017.

Zanele Muholi: la celebración de la melanina

Zanele Muholi lleva todo el verano mirando a la gente. Con unos ojos directos, fríos e impenetrables. Con un rostro firme y distante en el que no se atisba ni una sonrisa. Seria, Muholi está cansada de que otros hablen por ella y ha ideado un proyecto fotográfico para liderar la conversación sobre la representación del cuerpo negro femenino.

 

“Reclamo mi negritud que está continuamente siendo interpretada por la gente privilegiada”

“Somnyama Ngonyama” es la primera exposición fotográfica de Zanele Muholi en Londres. La muestra, acogida en la galería Autograph ABP hasta finales de octubre, es una serie de más de 60 autorretratos tomados entre 2014 y 2016 a través de los cuales la artista visual y activista sudafricana ajusta las cuentas con la rutina racista y homófoba a la que se enfrenta. “Reclamo mi negritud que está continuamente siendo interpretada por la gente privilegiada”, explica Muholi en el programa de la exhibición.

Con esta exposición curada por Renée Mussai, la sudafricana se acepta tal y como es; lesbiana, negra y africana. Es un trabajo para la reafirmación de su identidad y un alegato a la tolerancia sin reparar en la raza, género o sexualidad. Muholi presenta unas imágenes poderosas a la vez que bellas y propone una conversación que deja al visitante intimidado. Es una colección íntima, aunque esta memoria personal no se desprende del panorama político y socioeconómico sudafricano.

En las fotografías Muholi posa sola, triste, seductora, desafiante y majestuosa. La artista habla pero está callada. Muestra la servidumbre doméstica gracias a unos guantes de látex que le oprimen y se pregunta cuál es su castigo atada con cinturones. Indaga en el cambio climático cubierta de plásticos, hace un pacto por dinero y denuncia la caza furtiva de rinocerontes. Y todo con la mirada y a través de su objetivo.

Muholi se ayuda de distintos objetos y escenarios en su mayoría blancos para otorgar contraste en un discurso visual donde cada accesorio ayuda a la representación de distintos temas y sucesos actuales. En muchas de las imágenes la piel de la artista nacida en Umlazi, Durban, parece acrílica, y su cabello es toda una muestra de intenciones. La luz se posa duramente en la punta de su nariz, en el labio inferior y en sus pómulos. Es una expresión de su cuerpo equilibrada con un mensaje por los derechos humanos y la justicia social. Así se ejemplifica en Thulani II, una de las fotografías que rememoran la masacre de Marikana en 2002, donde la policía sudafricana mató a 34 mineros en huelga.

Zanele Muholi. Cortesía de Stevenson, Cape Town/Johannesburg y Yancey Richardson, New York.

Para esta cita londinense, la colección “Somnyama Ngonyama” además cuenta con cuatro nuevos autorretratos comisionados por la galería Autograph ABP. Muholi muestra la brutalidad y el encarcelamiento de las mujeres sudafricanas que marcharon en contra del apartheid en la manifestación organizada por la Federación de Mujeres de Sudáfrica en Pretoria en 1956. Las fotografías fueron tomadas en la prisión de Old Fort en Johannesburgo donde muchas de las mujeres fueron encerradas. En la la cuarta toma, expresamente realizada para esta exhibición, se ahonda en la imaginería étnica gracias a un autorretrato donde Muholi viste un kimono. ¿Qué representación daría una africana con esta prenda?

Las fotografías de Muholi son la reivindicación de un espacio artístico y cultural para la mujer negra y una lucha para el cambio de las representaciones mediáticas. La artista hace que sus imágenes sean un referente para el artivismo sudafricano y su trabajo continúa defendiendo los derechos humanos y del colectivo LGTBIQ.

La fiesta del décimo cumpleaños de la Feria de Arte de Johannesburgo

Con instituciones de peso como Johannesburg Art Gallery o Wits Art Museum, Market Photo Workshop o Bailey’s African History Archive, hasta visiones más colectivas como Keleketla! Library o el reciente Centre for the Less Good Idea, Johannesburgo es una ciudad con una vibrante escena de artes visuales. Paralelamente a este panorama artístico nada comercial, la ciudad aglutina –  junto con Ciudad del Cabo –   algunas de las mejores galerías de la mitad sur del continente. La décima edición de la FNB Joburg Art Fair 2017, las reunió durante el pasado fin de semana junto a artistas, coleccionistas y amantes del arte locales y foráneos venidos de, al menos, tres continentes.

Performance “Sigue al vestido blanco” de The Ozone Fellas- MB Studio Community

El Artista Destacado de la feria en 2017, e icono de la misma, es Robin Rhode (que ya lo fue en la edición inaugural de hace una década), quien presentó una serie de impresiones basadas en la geometría, el equilibrio y la teoría de colores. El séptimo FNB Art Prize recayó en la nigeriana Peju Alatise, quien representó a su país en la 57 edición de la Bienal de Venecia.  Conocida por abordar su obra desde su experiencia como mujer de las tradiciones nigerianas en la sociedad contemporánea, la impactante obra mostrada en la feria  “O is the new + (crucifix)” está inspirada en cuatro estudiantes universitarios que fueron quemados con neumáticos en la Universidad de Port-Harcourt (Nigeria) en 2012.

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Enlazando temáticamente con Alatise, la palma de la presente edición se la otorgamos a la Galería Momo de Ciudad del Cabo por el Solo de Sethembile Msezane. Famosa por su performance “Chapungu, el día que Rhodes cayó de la serie Kwasuka Sukela” – cuyas icónicas imágenes se volvieron virales durante el movimiento Rhodes Must Fall, que mutaría posteriormente en Fees Must Fall –, Msezane incide a través de performance, fotografía y escultura en la marginalización de la mujer negra en la historia y en la mitología, y específicamente su ausencia en la monumentalización de espacios públicos. Con la poética del recuerdo como resistencia, Msezane se inspira en los álbumes fotográficos antiguos para transformar espejos y mobiliario colonial victoriano, objetos custodios de memoria ancestral representantes de un legado del ámbito privado que conectan con su propio linaje familiar.

También desde el Cabo, SMAC Gallery hizo Solo de la veterana fotógrafa namibia Margaret Courtney-Clarke, y la galería Christopher Moller mostró en gran formato a uno de los fotógrafos preferidos por los medios durante esta feria, Tsoku Maela.

Aunque no demasiado numerosas, entre las galerías llegadas de otros países africanos destacaron Addis Fine Art, Afriart Gallery de Kampala (con una enorme Sanaa Gateja) y desde Luanda ELA (con un solo de António Ole) y Move´Art (destacando la obra de Keyezua y de Mario Macilau).

Entre las galerías de la ciudad anfitriona de la feria, destacaron los espacios alternativos de Room Projects (con Mbali Nduli y Sikhumbuzo Makandula) y Kalashnikov Gallery, así como sospechosos más habituales como Goodman (destacando las esculturas “Butterfly Kid Girl IV”, de Yinka Shonibare MBE, y “Auric Suite”, de Walter Oltman), David Krut (con nuevas ediciones de Deborah Bell), y la galería con más espacio de la feria, Everard Read (con obra de Mapula Helen Sebidi a Bronwyn Lace).

Tras la partida de Ross Douglas a Paris para dirigir la feria de movilidad urbana Autonomy, la Joburg Art Fair – que presume de ser pionera y líder en el continente africano – está dirigida por Mandla Maseko, conocido por sus negocios en sector agrotecnológico. Y la presente edición se articuló en torno a cinco categorías: Arte Moderno y Contemporáneo, Solo Projects, Ediciones Limitadas y Plataformas Artísticas. Las galerías y organizaciones seleccionadas representaban a doce países de África, Europa y Estados Unidos, exhibiendo  obras de unos cuatrocientos artistas en múltiples formatos: mucha pintura, fotografía y grabado,  bastante escultura, poco videoarte y alguna performance. Las obras articulan discursos fundamentalmente en torno a temas identitarios, políticos, económicos y de género.

Poder y patronazgo se manifestaron también durante la feria en otros formatos. Desde la recepción de prensa en el stand de Cartier a golpe de champagne rodeado de joyas (a la venta, por supuesto) junto a una selección de obras de su proyecto de apoyo a artistas emergentes locales de las escuelas Artists Proof Studio y The Market Photo Workshop. Tan ilustrativo el título de su exposición – The Ordinary Becomes Precious [Lo ordinario se vuelve precioso] – como la localización en pleno centro de la feria de dicho stand de Cartier, justo entre FNB (la entidad bancaria patrocinador principal de la feria), y el de BMW, que presentaba su nuevo Serie 7 con colorido interior decorado por la artista ndebele Esther Mahlangu. Más allá, los stands institucionales del Ministerio de Pequeña Empresa (haciendo aún más patente si cabe la ya tradicional ausencia del Ministerio de Cultura), el Gobierno Provincial de Gauteng (con una muestra tan increíble como prohibitiva) o la Universidad de North-West en colaboración con uno de los principales operadores de móvil del continente africano. Sí, efectivamente, estamos de feria, y el tan reverenciado programa VIP – que ha acogido a comisarios y directores de Tate Modern, Bienal de Venecia, Centre Pompidou y CCA Lagos – y otros programas paralelos hay que financiarlos de algún modo.

Una año más, volví a casa con las manos y la cartera igual de vacías que cuando llegué, aunque este año me llevé en la memoria (y apuntado en la lista de deseos) las fotos de gran formato de Zanele Muholi, las ricas composiciones del zimbabuense Kudzanai Chiurai, o las imágenes surrealistas de las abuelas del keniano Osborne Macharia.

Sudáfrica a la conquista del “Cine del Oeste”

Es quizás uno de los géneros más emblemáticos de Hollywood y que hoy día más pasan desapercibidos a pesar de que los análisis pudieran centrarse en las tramas sociopolíticas de la época. El Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés) abría el año pasado con un remake de Los siete magníficos (2016) con un reparto estelar incluyendo a Denzel Washington y Ethan Hawke. Una película que ha concedido grandes éxitos como la adaptación que en 1954 hizo Akira Kirosawa con Los siete samuráis.  Tarantino recientemente nos deleitaba con Django desencadenado (2012) y su famoso elenco Jamie Foxx, Christoph Waltz, Samuel L. Jackson o Leonardo DiCaprio. Unos años más tarde, estrenaba Los 8 más odiados (2015) que con sus 3 horas de duración confirmaba una nueva etapa en este género: abordar el tema de la cuestión racial y el vínculo entre los blancos y negros en el oeste norteamericano.

Un año después, Toronto vuelve con un estreno que se espera de forma ansiosa: Five Fingers for Marseilles (2017). Hoy será el gran día. Si bien la idea de un film enmarcado en el spaghetti western en Sudáfrica puede parecer muy inusual (durante el apartheid ya se grabaron algunas películas), la visión del guionista Sean Drummond y del realizador sudafricano Michael Matthews tiene sentido en un contexto social y político en una Sudáfrica con las emociones a flor de piel. De la narrativa al ritmo y del encuadre a la narración, el trabajo de Matthews parece que huye del folclore americano. El drama criminal persigue la fórmula probada de los hombres preocupados que desean renunciar a sus maneras violentas, pero se ven obligados a utilizarlas contra las fuerzas de la corrupción y la opresión.

Aquellos que están familiarizados con el género western saben que esta trama básica puede tomar muchas dimensiones. En el caso de Five Fingers for Marseilles, que fue filmado en el idioma regional de xhosa, la trama también sirve como comentario social sobre la actual realidad que viven muchas ciudades sudafricanas con respecto a los gobiernos corruptos, particularmente en las comunidades marginales.

La película está localizada en la región del Cabo Oriental donde los alrededores son calurosos, secos, polvorientos, rocosos y perfectos para rodar un spaghetti western. En el tráiler el goce de las vistas panorámicas y amplias con las cadenas montañosas son un homenaje respetuoso a las películas del legendario maestro italiano Sergio Leone. El elenco de actores sudafricanos retrata a sus personajes como si estuvieran canalizando a Clint Eastwood o Franco Nero; incluso la banda sonora evoca el trabajo temperamental de Ennio Morricone.

Mientras todas las escenas y la edición de esta película se completaron en un año, la planificación y la investigación llevó más de 7. El objetivo de Matthews parece claro: subvertir el género colocando la historia dentro de la comunidad local con los colonos y las divisiones traídas por el colonialismo que se demuestran ser el enemigo. Quedamos a la espera de poder verla. Pronto. Con muchas ganas.

Inxeba: ¿cómo explorar la homosexualidad en el seno de la cultura Xhosa?

El cine estaba repleto en el Festival Internacional de Cine de Durban. Las preguntas eran muchas y las incertidumbres de cómo una película escrita por un director blanco sudafricano podía abordar un tema tabú como la homosexualidad sobrevolaban el auditorio. ¿Se permite a alguien mostrar los secretos de una cultura que no es la propia? Inxeba, del realizador John Trengovel, consiguió meterse al público en el bolsillo con una historia franca y hermosa sobre el amor estirando las pulsaciones y sincopando la respiración de más de uno. El cine es controversia.

Inxeba explora de forma rígida e inquebrantable la masculinidad negra situándolo en un entorno aún más silencioso, la iniciación Xhosa. Además, el director construye su mundo con ángulos de cámara íntimos y fotos de naturaleza encantadoras. Es probable que se hagan comparaciones con la película Brokeback Mountain (2005), pero el poder, la gracia y la singularidad de la historia, unidas a la hábil ejecución, exigen que Inxeba sea abordada por sus propios méritos.

Los amigos de la infancia Xolani (interpretado por el genial Nakhane Touré) y Vija (Bongile Mantsai) aman. Hacen el amor. Sin mediar palabra. Pero no hay futuro aquí ni en ningún otro lugar para ellos. Vija, un macho alfa, está casado y acaba de tener su segundo hijo. Xolani es un trabajador gay que trabaja en una fábrica y que no puede vivir su vida debido a su orientación sexual. Esta temporada tendrán que cuidar de cuatro jóvenes iniciados y su propio mundo interior será golpeado una y otra vez. La intersección entre la masculinidad (a menudo tóxica) y la tradición de esta película es una pieza muy importante que sigue a Skoonheid (Belleza) de Oliver Hermano una línea de trabajo que visibiliza afortunadamente una realidad a menudo difícil y áspera no solo en el entorno sudafricano.

INXEBA ganó los premios de mejor director para John Trengrove y al mejor actor para Nakhane Touré en el Festival Internacional de Durban el pasado sábado 22 de julio. Se estrenó en competición en el DIFF, y compitió contra Serpent (Sudáfrica), Le Clair Obscur (Turquía), La Belle et la Meute (Túnez), El Hombre que Cuida (República Dominicana), Asinamali! (Sudáfrica), Liyana (Sudáfrica), Atanyn Kereezi (Kirguistán) y Basta (Marruecos).

Esperamos desde Wiriko poder proyectarla a partir del próximo curso y continuar el debate.

Salym Fayad: “En Colombia se están creando espacios para la reconciliación a través del arte”

Cine Tonala, Bogota.

Wiriko este año ha contribuido a promocionar la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA) como medio oficial. Un encuentro bianual que se hace cada vez más importante en el país y que cuenta con un elenco de profesionales concienciados en que a través del arte y la cultura se pueden abrir brechas a partir de las cuales mostrar otras realidades y formas de compartir experiencias de éxito en esta tarea de crear un mundo más justo. Uno de los cofundadores de la MUICA es Salym Fayad, fotógrafo, realizador y periodista independiente colombiano que desde 2008 vive en Johannesburgo trabajando temas tan diversos como la promoción musical, el intercambio cultural o reportajes que cubren desde la cultura pop hasta lo más tradicional, e incluso los derechos humanos. La idea del MUICA surgió de hecho en Sudáfrica en 2014 gracias al trabajo con Marcela Asensio y Ángela Ramírez realizadoras cinematográficas, también colombianas con las que crearon la fundación Otro Sur. En 2015 se celebraría en Colombia la I MUICA. Y hace algunas semanas finalizaba esta segunda entrega de un evento fundamental.

Salym, este puente entre Sudáfrica y Colombia ¿a qué se debe? ¿Hay similitudes entre estos dos países?

Hay muchas. Primero desde el lado humano: calidez, sociedades abiertas, orientan a los extraños, ayudan al recién llegado. Es algo que he percibido en mis viajes tanto en América Latina como en África. Por otro lado, hay similitudes de tipo histórico y social. Algunas naciones en África vienen de pasados o presentes traumáticos como el que vivimos en Colombia en el que hemos pasado 52 años en guerra y, hasta ahora, estamos intentando salir o, mejor dicho, iniciar un nuevo ciclo histórico, social y político. Hay naciones africanas que están pasando por el mismo proceso como por ejemplo Sudáfrica que también salió de un proceso traumático después de pasar 50 años de apartheid. Y aunque han pasado más de 20 años hay enormes similitudes y enormes cicatrices en este país que también se relacionan con Colombia y que se reflejan en temas como la desigualdad, la criminalidad e incluso la corrupción. Desde luego el tema racial también es otra similitud.

Salym Fayad presentando una proyeccioón de la MUICA en el Cine Tonala, en Bogota.Foto: Carlos Santos.

Cuando explicas en el contexto de Johannesburgo que eres colombiano ¿qué imagen tienen de tu país?

Por lo general ninguna. Al igual que si en Colombia hablo de Guinea Bissau o Togo. Mucha gente cree que Colombia queda en América del Norte, muchos la confunden con Cuba, incluso. Y cuando se tienen referencias los clichés apuntan hacia Shakira o Pablo Escobar. De hecho, la serie de Netflix ha contribuido a popularizar un imaginario sobre mi país un poco glamurizado o romantizado de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente. Una etapa de la que todavía no nos hemos recuperado o digerido como sociedad. Brasil, por ejemplo, tiene una conexión más fuerte con los países africanos a nivel comercial y diplomático.

Y de forma inversa, ¿cuál es la imagen que llega a Colombia de África y de Sudáfrica en particular?

Pues llegan los mismo estereotipos de siempre que se acentúan por la falta de información. Salvo la ocasional nota sobre Boko Haram, el espacio que los medios colombianos dedican a África es mínimo y la información que llega desde el terreno es prácticamente nula y la voz de los autores, reporteros o artistas africanos es inexistente. En Colombia ha surgido en los últimos años una tendencia a reivindicar nuestras raíces africanas. Es una reivindicación necesaria, pero que llega tarde, aunque afortunadamente ya está sobre la mesa. Y lo hace en el marco del decenio de la afrodescendencia declarado por Naciones Unidas y en el contexto de los acuerdos de paz y de post conflicto por los que atraviesa el país. En estos, se hace énfasis en el reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, miles de las cuales son afrodescendientes. Y esta reivindicación se refleja en la producción musical o cinematográfica del país. Sin embargo, desde mi modo de ver, muchas veces estos acercamientos tienden a romantizar ciertos imaginarios sobre África como origen que, aunque sean positivos, también son estereotipos con frecuencia simplistas con los que se hace poco esfuerzo por reconocer realmente sus complejidades y sus múltiples dimensiones.

Sobre Sudáfrica llega información, pero también está estereotipada: Mandela, el post conflicto, la comisión de la verdad y la reconciliación, en resumen: sobre la sanación social en general. Estas visiones tienden a obviar las complejidades de las realidades sudafricanas, donde la idea de “la nación del arcoíris” es un mito, donde la desigualdad es enorme, y donde las tensiones raciales son evidentes. Ahora, el caso sudafricano es un referente muy valioso que aporta mucho a la discusión en Colombia sobre cómo asumir el postconflicto como nación. Pero creo que no se problematiza lo suficiente.

Por otra parte, personalidades sudafricanas implicadas en el proceso de reconciliación han visitado Colombia para hablar de la experiencia de su país, pero han sido en su mayoría blancos y no negros que fueron las víctimas reales durante el apartheid y quienes están en una posición más clara para hablar/nos de perdón. Entre estas personalidades se encuentran el último presidente de la era del apartheid, Frederik de Klerk que compartió el Nobel de la paz junto a Nelson Mandela. Una figura que en su país está muy lejos de ser percibido como un pacificador.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion de la 1a version de la MUICA en Cali.

Colombia atraviesa un momento político y social crucial tras el referéndum para la paz. ¿Cuál es el contexto en el que se celebró la MUICA?

Como he mencionado, Colombia estuvo inmersa en un conflicto armado durante 52 años y después de 4 años de negociaciones en la Habana (Cuba) –y después de varios intentos fallidos de varios gobiernos para llegar a algún acuerdo con las FARC, la principal guerrilla del país– a finales del año pasado se firmó un acuerdo. Este es un contexto que a nivel social tiene muchas implicaciones que se ponen sobre la mesa: el problema del narcotráfico que durante décadas ha financiado el conflicto armado y la violencia; el tema de los desplazados ya que desde hace muchos años mi país está entre los 3 primeros del mundo en términos de desplazados internos, actualmente unos 6 millones de desplazados por la violencia; el papel de las tierras; el papel de las víctimas; los asesinatos a líderes indígenas que en este año van más de 40… Habiendo dicho esto, hay una oposición, un sector que se opone a los acuerdos y que ha dividido mucho a la sociedad.

La MUICA se celebró en un contexto de mucha esperanza y donde hay también mucho movimiento desde la sociedad civil. La población está haciendo muchos esfuerzos por crear espacios de diálogos para que las víctimas se expresen y para esto se está utilizando mucho el arte:3 las canciones, la tradicional oral, pero por supuesto también el cine. El momento ha generado una corriente cultural que busca formar parte en todo este proceso de reconciliación y sanación en Colombia.

¿Entonces la MUICA intenta contribuir a este nuevo espacio de diálogo en el país con la muestra de cines africanos?

Creemos que hay un vacío cultural muy grande en cuanto a las relaciones culturales y a los conocimientos con África y sus expresiones culturales. Creemos que a través del cine podemos tener acceso a esa multiplicidad de realidades africanas que en muchos casos desconocemos en Colombia, pero que a la vez son narradas por los artistas africanos y no desde una mirada occidental. No se trata solo de conocer las dimensiones sociales y culturales sobre África, sino de conocer cuáles son los métodos o las formas narrativas que utilizan esas voces para contar su propia realidad. Pero la razón de ser de la MUICA no es solamente concentrarnos a nivel racial como decía antes, sino porque los países del llamado Sur Global compartimos muchísimas cosas a nivel social. Además, nuestro interés también es artístico porque consideramos que a través de estas narrativas podemos ampliar nuestros horizontes sobre África.

La comunidad afro en Colombia ronda los 4 millones de personas según el último censo de 2005. 12 años después ¿esa población se mantiene? ¿Ha aumentado?

A pesar de que esas son las cifras oficiales más recientes, de hace más de 10 años, hoy en día se calcula que aproximadamente la cuarta parte de la población colombiana es afrodescendiente. Su presencia se ha visibilizado en muchos casos por las razones equivocadas, como por ejemplo las altísimas cifras de desplazados por el conflicto que provienen de estas zonas. Este 25 por ciento, sin embargo, que equivaldría a unos 10 millones de personas, no se traduce en términos de representación política ni de distribución económica. Gran parte de la población afro se concentra en el departamento del Chocó, en la costa Pacífica, que es además una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país, y además una de las más perjudicadas por la violencia.

Proyección en el distrito de Siloe, Cali. Foto Salym Fayad.

Y eso de itinerante… ¿tiene algo que ver con la dispersión de la comunidad afro en el país?

En parte sí, pero no solo eso; sino también con desplazar el centro de poder y de la oferta cultural en el país. Es decir, de Bogotá, la capital. La MUICA se realiza también en Cali y Cartagena, dos de las ciudades que cuentan con una alta concentración de población afrodescendiente. También hemos llegado a la isla de Providencia en el Caribe. Las ciudades tienen también una rica oferta cultural, pero que en muchos casos en el país está regionalizada. Es normal que ciertos productos culturales se consuman más que otros en diferentes regiones, pero creemos que la programación de la MUICA le habla, o le puede hablar, a toda Colombia. Tanto por la propuesta estética de algunas de las cintas como por su contenido. Hemos programado películas que abordan temas que son de gran relevancia en el contexto del postconflicto en Colombia. Algo Necesario, de Judy Kibinge y Materia Gris, de Kivu Ruhorahoza, que reflexionan sobre cómo gestionar el trauma tanto a nivel individual como a nivel social en un ambiente que ha sido marcado por la violencia. También Mandela, el mito y yo, de Khalo Matabane, hace un retrato tan personal como crítico sobre el legado del icono de la reconciliación en Sudáfrica.

Pero las itinerancias de la MUICA no solo llegan a las principales salas en centros urbanos. También hemos hecho proyecciones en colegios, en barrios periféricos –algunos de ellos con mayoría de población afrodescendiente–, en parques, plazas, bibliotecas y espacios públicos. La intención ha sido un año más, la de diseminar este contenido cultural hasta donde sea posible, y que todo tipo de público se pueda relacionar con éste porque lo encuentra entretenido, porque se puede relacionar con su contexto inmediato, por su origen histórico, o por el contexto general de la realidad nacional.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion-apertura de la 1a version de la MUICA en Cali. Foto: Salym Fayad.

¿Nos puedes contar cuál ha sido el recibimiento en las ciudades que han acogido la muestra?

El recibimiento ha sido muy positivo. La primera MUICA en 2015 nos permitió ver el interés –o curiosidad– del público por este tipo de contenido, que en Colombia nunca había sido exhibido en esta escala. Eso nos animó a ampliar el catálogo (este año hemos proyectado 20 títulos) y nuestro alcance. Hemos recibido una gran cantidad de invitaciones para replicar la muestra en otras ciudades, como Medellín, la segunda ciudad más grande del país, pero también a otras como Valledupar, Manizales o Ibagué. También en ciudades como Buenaventura o Quibdó en la región del Pacífico, urbes de mayoría afrodescendiente, en las que además hay muy poca exposición al cine que no sea de consumo masivo, y que tienen sus propios desafíos en términos logísticos, de infraestructura, de difusión y de creación de públicos.

Habéis contado con el camerunés Jean Pierre Bekolo en Bogotá. Cuéntanos cómo fue, ¿cuáles han sido las impresiones del director?

Jean Pierre Bekolo es quizás el realizador camerunés más destacado actualmente, no solo por los premios que ha recibido en el pasado en festivales como FESPACO y Cannes y por los cargos que ha ocupado en organizaciones como la World Cinema Alliance y Guild of African Filmmakers, sino porque su lenguaje cinematográfico es atrevido, experimenta con elementos narrativos poco convencionales y sus películas con frecuencia reflexionan sobre el quehacer cinematográfico a la vez que hacen un comentario social o político. En la MUICA programamos dos de sus títulos: Las Sangrientas (Les Saignantes) El Presidente (Le président); la primera es considerada la primera película de ciencia ficción del continente y la segunda es un falso documental que hace referencia al presidente de Camerún y que fue censurada en el país.

Tenerlo como invitado abrió una ventana para el intercambio cultural que estamos buscando. Para muchos de los asistentes a sus películas, como lo expresaron durante sus charlas y sesiones de preguntas después de las proyecciones, el único referente que tenían de Camerún es que su equipo de fútbol eliminó a Colombia del mundial de Italia en 1990. Y ahora tenían en frente a un artista de vanguardia hablando de afro-futurismo, poscolonialismo cultural, de las dinámicas de la representación en el cine de y fuera de África. Bekolo sostiene que se pueden plantear soluciones o transformaciones a nivel social desde el cine, que puede ser una herramienta para sanar nuestros traumas pasados, la violencia del colonialismo o de la desigualdad, que es un espacio de reflexión que incluso desde la ficción puede contribuir a la reconstrucción social. Esto es muy relevante en el contexto colombiano y así lo percibió el público y los cineastas colombianos que asistieron a sus charlas. Para él, este intercambio también fue muy enriquecedor; estar expuesto al público y a los realizadores afrocolombianos, escuchar sus inquietudes sobre cómo narrar historias sobre sí mismos y cómo se perciben en el panorama general del país. De hecho, expresó su interés en trabajar en un proyecto cinematográfico propio en la región del Pacífico colombiano.

JP Bekolo durante el MUICA, Bogotá, Colombia. Foto: Salym Fayad.

Tu experiencia de trabajo en África te ha permitido entrar en contacto con cineastas y trabajadores de la industria cinematográfica. ¿Cómo ves el sector después de que seamos conscientes de la cada vez más acuciante dinámica de nuevos festivales de cine en el continente?

Muchos de los cineastas y programadores con los que he conversado coinciden en que el sector se está fortaleciendo en el continente, tanto a nivel de producción como de exposición. Cada vez más se están desafiando las categorías de los géneros cinematográficos, y la tecnología misma está abriendo la oportunidad para que realizadores emergentes o independientes puedan producir piezas de gran calidad técnica sin depender de enormes presupuestos o equipos de producción. También hay festivales establecidos que son una plataforma fundamental para que los realizadores exhiban su trabajo en el continente: FESPACO (Burkina Faso), el festival de Durban (Sudáfrica), el de Zanzíbar (Tanzania), el de Cartago (Túnez), el del Luxor (Egipto), por nombrar algunos. Sin embargo, hay problemas de base que son conversación habitual entre los miembros del sector: existe una enorme escasez de salas de proyección en muchos países, y aún existe una gran dependencia de la financiación europea para la gestión de festivales de cine y para la realización cinematográfica en África. También para la difusión y distribución de las películas. Esta dependencia en muchos casos compromete la creatividad de los realizadores que, en ocasiones, deben moldear sus propuestas iniciales para satisfacer las exigencias de las organizaciones que financian sus proyectos. Esta dependencia a veces se traduce también en la cesión de los derechos de difusión y proyección a las organizaciones europeas, de manera que algunos realizadores pierden también el control sobre la difusión de sus propias obras.

¿Es verdad eso de que Sudáfrica es punto y aparte a nivel de cine?

Aunque la industria cinematográfica en Sudáfrica también se enfrenta a enormes desafíos, es cierto que el país tiene instituciones más fuertes para el apoyo a los proyectos culturales. Por esto mismo los realizadores tienen un poco más de independencia en la ejecución de sus proyectos. Sudáfrica tiene además su propia red de festivales internacionales que van desde los de Durban y Johannesburgo hasta el festival de documental Encounters, Tri-Continental y el Out in Africa Gay and Lesbian Film Festival, entre otros. Hay que tener en cuenta también que Sudáfrica está mejor equipada que otros países en términos técnicos, y que además la libertad de expresión en el país es más amplia que en otras naciones, lo que permite también a los realizadores abordar temas sociales y políticos con mayor libertad creativa.

¿Qué otras industrias/países recomiendas seguir de cerca?

La industria en Kenia se está fortaleciendo y hay realizadoras como las que hemos programado este año Judy Kibinge o Wanuri Kahiu (directora del corto de ciencia ficción Pumzi, 2009), así como el colectivo The Nest (Stories of Our Lives, 2014) que están haciendo desde la ficción un trabajo muy interesante sobre temas sociales, ambientales y de género, éste último desafiando las represivas leyes contra la comunidad LGBTI en el país. La producción cinematográfica en Burkina Faso tiene quizá menos alcance a nivel internacional, pero brilla por su calidad en cada edición del festival FESPACO, en la capital Uagadugú, la plataforma idónea para que los realizadores locales exhiban sus producciones ante el público y los programadores internacionales. También vale la pena prestar atención a las iniciativas que promueven las producciones en realidad virtual, que se están fortaleciendo con particular énfasis en Kenia.

El cineasta JP Bekolo en conversación con Salym Fayad durante el transcurso del Muica 2017.

¿Y algún director/a que esté posicionado para deslumbrarnos en las salas y festivales europeos?

El maliense Daouda Coulibaly. Wúlusu primer largometraje, es un thriller que aborda el tema del tráfico de cocaína en el Sahara como no lo habíamos visto antes, exponiendo las diferentes dimensiones y actores que participan en este comercio ilegal y que afecta a la seguridad, la política y las relaciones internacionales en toda la región; y que además tiene implicaciones a nivel global, incluyendo entre sus actores, desde luego, tanto a Colombia como a España.

 

La Sudáfrica que nos regaló el Primavera Sound

El dúo Radio 123, la polifacética Marley BloO y el rapero G-C son cuatro artistas sudafricanos que han formado parte del Primavera Pro, un espacio que promociona a músicos emergentes de diferentes países en el marco del festival Primavera Sound de Barcelona (31 mayo – 4 junio). Con motivo de su visita a la Ciudad Condal, hemos podido conversar con ellos sobre su trabajo, pero también sobre su visión de Sudáfrica, un país en el que recientemente los jóvenes se han puesto a la cabeza de distintas movilizaciones sociales contra la discriminación, el racismo y los símbolos coloniales.

Radio 123

Radio 123    

Radio 123 es pura energía. Nyameko Nkondlwane y Simangaliso Mfula son los integrantes de un dúo cuya música se define principalmente con dos palabras “Mandela Pop” y que con sus canciones, cantadas en diferentes lenguas sudafricanas, reflejan la vida cuotidiana de los suburbios de las grandes ciudades de un país que tiene 11 lenguas oficiales.

N.L: ¿Qué significa para vosotros formar parte de este festival?

Nyameko: Para nosotros estar aquí significa muchísimas cosas, sobretodo porque venimos de una escena nacional sudafricana muy distinta. Es algo que siempre habíamos soñado como banda y se está haciendo realidad. Significa muchísimo.

N.L: ¿Podríais explicar qué es vuestro “Mandela Pop”?

Simangaliso: “Mandela Pop” es un sonido de libertad y liberación, un sonido para que la gente rompa las cadenas mentales de la esclavitud. Es el símbolo de Nelson Mandela quien, a pesar de todo, volvió al pueblo con un mensaje de paz y amor y quería asegurarse que todo el mundo fuera feliz, aunque no se puede contentar a todos. Así que “Mandela Pop” es el sonido para romper esas cadenas y que la gente pueda liberarse. Hay demasiados problemas en el mundo y nosotros queremos contribuir a que la gente reciba amor y sea feliz.

“Mandela Pop” es un sonido de libertad y liberación, un sonido para que la gente rompa las cadenas mentales de la esclavitud.

N.L: Cantáis en diferentes lenguas, ¿es el reflejo de la sociedad sudafricana?

Nyameko: Sí. El lenguaje, a pesar de ser algo bonito, es también un vehículo de desacuerdo que puede ser utilizado para dividir a la gente. Nosotros cogemos lenguas africanas y las mezclamos con el inglés para transmitir el mensaje de que el lenguaje no debe ser una barrera. Tú hablas español y yo inglés, aunque mi lengua materna es el xhosa, pero todo ello no debería ser una barrera, sino que deberíamos ser capaces de cruzarnos por la calle y sonreír para entender que todo va bien, sin necesidad siquiera de intercambiar dos palabras. Creo que la música tiene también ese poder de transmitir un mensaje sin importar la lengua en la que se cante.

N.L: ¿En qué estáis trabajando ahora y qué mensaje queréis transmitir con vuestra música?

Simangaliso: Acabamos de lanzar nuestro nuevo single, llamado Thando, que estará incluido en nuestro próximo EP Manga Manga. Nuestro mensaje es One Love. Creemos que si todos tuviéramos amor, el mundo sería un lugar mejor. Y, sobretodo, que es necesaria la capacidad de perdonar, la capacidad de decir “no pasa nada, te perdono.” Si somos capaces de hacer eso como seres humanos, este mundo será un lugar mejor. Todos cometemos errores, por eso es importante que sepamos perdonarlos.

N.L: ¿Cómo definiríais Sudáfrica hoy en día?

Nyameko: Después de todo lo que hemos pasado como país, Sudáfrica es un giro, simboliza el cambio. Quiero decir, ahora podemos ver a estudiantes blancos y negros compartiendo mesa o utilizando el mismo baño, algo que era impensable años atrás. Ningún país es perfecto, pero nos estamos enfrentando a nuestros problemas, intentamos comprendernos unos a otros y aceptarnos tal como somos, y de ahí también sale la inspiración para crear el sonido de “Mandela Pop”.

Simangaliso: Yo diría que Sudáfrica es el mundo. Puedes ir por la calle y oír fácilmente a alguien utilizando 5 lenguas distintas en una sola frase. ¡Eso solo lo he visto en Sudáfrica!

Marley BloO

Marley BloO   

Marley BloO llega con su guitarra acústica para ofrecernos una canción al final de la entrevista. Pintora, escultora, ilustradora, cantante, actriz… Marley BloO es una artista polifacética que también ha creado una empresa (BloO CheeZe) para impulsar a artistas de diferentes disciplinas.

N.L: ¿Qué significa para ti formar parte de este festival?

Es una oportunidad enorme, es algo increíble. El año pasado hablaba con mi mánager de dar el salto a la escena internacional y, cuando lo decíamos, mucha gente no se lo tomaba en serio, parecía solo una broma, y hoy es una realidad. Estoy muy entusiasmada con el hecho de conocer a tanta gente diferente, poder hacer contactos y la manera en la que todo está creciendo. ¡Es demasiada información para mí!

N.L: ¿Qué puedes explicarnos sobre tu proyecto “BloO CheeZe”?

BloO CheeZe es mi empresa. La creé hará un año y medio o dos y lo que hacemos es básicamente cubrir las necesidades de los artistas en términos de management, publicidad… Soy una artista polifacética, por eso no quiero centrarme solo en una disciplina, y quería también una compañía que fuera reflejo de lo que soy, es decir, que pudiera ayudar a artistas de ramas muy distintas.

N.L: Relacionado con la música, ¿en qué estás trabajando ahora?

Ahora mismo estamos de gira, así que estoy revisando todo mi trabajo anterior. Mi nuevo trabajo saldrá en septiembre y no será un proyecto convencional, sino que fusionará distintas disciplinas artísticas. Buscaba hacer algo diferente, no solo un álbum o un EP, sino algo menos convencional. Puedo decir que será un proyecto artístico con la música como banda sonora. Respecto a la gira, después de España nos dirigiremos a Ciudad del Cabo, Malawi, Tanzania y Mozambique.

N.L: ¿Cómo definirías Sudáfrica hoy en día?

La gran diferencia entre Sudáfrica y Barcelona, por ejemplo, no se encuentra en las calles, en las infraestructuras o en este tipo de cosas. La gran diferencia está sobretodo en la mentalidad de la gente. Es increíblemente distinta. Se ve en las conversaciones que tienes, en su forma de pensar… y puedo decir que, a pesar de su historia, Sudáfrica hoy en día es realmente un país muy acogedor con gente muy hospitalaria.

G-C en el Primavera Pro Night

G-C      

Gosiame Celebrity Ntshole (G-C) es un rapero sudafricano afincado en Johannesburgo con un directo arrollador. Su música ha sonado en las radios y televisiones de todo el país y ha formado parte de las sesiones sudafricanas MTV Base Cypher, que reúnen a los MC’s más prometedores del país.

N.L: ¿Qué significa para ti formar parte de este festival?

Significa todo para mí, es más que un sueño hecho realidad. Nunca pensé que podría estar en un sitio como este, sobretodo porque soy de una ciudad muy pequeña y la música que hago, en el modo en que la hago, no es lo más comercial que hay. Para mí significa principalmente tener el sentimiento de que estaba en lo cierto, que estaba haciendo las cosas bien.

N.L: Sudáfrica es uno de los países africanos más potentes en producción de rap. ¿Por qué crees que esto es así?

Como fan del hip hop, creo que lo más importante del rap es que nace de la lucha, como una forma de arte para los negros americanos con la que podían expresarse y denunciar su situación, y creo que en Sudáfrica nos hemos sentido identificados e inspirados por ellos para contar nuestra historia. Es como una terapia. Es algo que cala con mucha fuerza entre la juventud sudafricana como medio para expresar lo que vivimos y cómo vivimos.

N.L: Relacionado con la música, ¿en qué estás trabajando ahora?

Acabo de sacar un EP llamado “Only Lord Knows”, así que en este festival voy a presentar en directo algunas de las canciones por primera vez. Después volveré a casa y planificaré un tour, pero de momento acabo de lanzar el EP, que puede descargarse gratis en mi web: www.gccelebrity.com.

Sudáfrica es un país con una capacidad enorme que todavía no ha alcanzado todo su potencial.

N.L: ¿Cómo definirías Sudáfrica hoy en día?

Veo a Sudáfrica como un país con una capacidad enorme que todavía no ha alcanzado todo su potencial. Como un país con una juventud muy fuerte que lucha y levanta la voz ante las injusticias, y me siento muy orgulloso. Es un lugar maravilloso con un futuro muy prometedor

MediaLab Prado al ritmo de la(s) nueva(s) música(s) electrónica(s) africana(s)

El sábado 24 de junio, de 18:00 a 21:00h. en Medialab Prado (Calle de la Alameda, 15, Madrid), Wiriko y los DJs de nuestro proyecto Moto Kiatu -pionero en la difusión de la música electrónica africana en España-, participaremos en el encuentro Beats de ida y vuelta: al ritmo de la(s) nueva(s) música(s) electrónica(s) africana(s), junto al colectivo italiano Crudo Volta.

El evento, que es completamente gratuito, se enmarca en los encuentros AVLAB, en esta ocasión coordinado por Grupal Crew Collective, y será una oportunidad única para debatir sobre aspectos que hasta ahora han sido prácticamente inexistentes en España:

“¿Qué se escucha en los clubs y en las calles de las ciudades africanas?”

“¿Cuál es el contexto social y político de los jóvenes productores de este tipo de música?”

“¿Qué diferencia la apropiación cultural de la “sincera” adopción de una nueva corriente musical?”

“¿cómo evitar caer en los clichés de la exotización al promocionar estas músicas?”

“¿Qué papel tiene la diáspora africana y los colectivos europeos en la difusión y creación de la escena en Europa?”

Moderada por Vanessa Anaya, miembro del equipo redactor de Wiriko y una de las impulsoras de Moto Kiatu, la mesa redonda pretende poder debatir con colectivos que, con base en Europa, compartimos gran fascinación por encontrar y divulgar nuevos ritmos provenientes de distintos puntos del continente africano.

Por supuesto, tras la charla, habrá una sesión de los dos colectivos participantes.

Moto Kiatu, que significa “zapatilla caliente” en suajili, es un proyecto que nace bajo el paraguas de Wiriko para difundir los nuevos sonidos y ritmos procedentes de África y su fusión con los sonidos electrónicos. De reciente creación, hasta el momento ha organizado varios eventos programando a artistas africanos de prestigio como Dotorado Pro (Angola), Batuk (Sudáfrica) y Throes + The Shine (Angola).

Crudo Volta es un colectivo italiano, con base en Roma, dedicado a explorar distintas escenas musicales del planeta, haciendo hincapié en la música urbana de origen africano. Sus proyectos van desde mixtapes a documentales como Woza Taxi (2016) centrado en la escena GQOM surgida de Durban (Sudafrica). Brother Michele (Michè Calandra), uno de los principales impulsores de esta plataforma vendrá a compartir sus impresiones, experiencias y su música favorita.

Más información en el evento de Facebook

Beating Heart, cuando los jóvenes africanos redescubren la música de sus ancestros

El etnomusicólo Hugh Tracey haciendo su trabajo de campo. Imagen del ILAM.

El etnomusicólogo británico Hugh Tracey (1903-1977) estudió las músicas africanas desde 1921, cuando siguió a su hermano mayor, Leonard, de Devonshire a Zimbabwe, para aquél entonces Rhodesia del Sur, para ayudarlo a cultivar tabaco en unas tierras que el gobierno británico le habían asignado después de participar en la Primera Guerra Mundial. En 1929, Tracey trasladó, en pleno Apartheid, a catorce hombres africanos locales a Johannesburgo para grabarlos, entusiasmado por la música popular que había escuchado en las zonas rurales. Era la primera vez en la historia que la música indígena de África era registrada y publicada.

Hugh Tracey dedicaría los siguientes años de su vida a viajar por todo el continente con una grabadora portátil, para registrar discos de música folk africana. A lo largo de su vida, grabaría 210 LPs con música tradicional de diferentes países del África Austral, África del Este y la región central. En total, de 1920 a 1970 recopiló 35.000 registros, con los que fundaría el primer, y mayor archivo de música africana del mundo hasta la fecha: el ILAM (Biblioteca Internacional de Música Africana), en la Universidad de Rhodes, en Grahamstown, Sudáfrica.

Aunque se le había concedido una beca para hacer trabajo de campo en 1931, sus informes, que incluían acusaciones a las iglesias misioneras y las formas en que algunas veces suprimían la existencia de culturas tradicionales, eran demasiado polémicos para ser publicados en un momento en que la colonización estaba siendo tan rentable para las potencias europeas. Así que Tracey iría por libre. “En ese momento el público mostró poco interés por la música africana y no entendía por qué insistía constantemente en el valor social y artístico de la música para las futuras generaciones de africanos”, escribió en el catálogo de notas de su LP “The Music of Africa” (1972).

Cuando los jóvenes descubren la música de sus ancestros:

Ahora, el proyecto Beating Heart, emergido en 2016 de la mano de Olly Wood y Chris Pedley, está trabajando con 1000 de las grabaciones compiladas por Tracey entre los años 1920 y 1970 en 18 países del África Subsahariana, para actualizarlas y hacerlas accesibles a las generaciones más jóvenes gracias a su trabajo con productores africanos contemporáneos. Además, siguiendo la visión de Tracey, los ingresos generados por la venta de estos discos están siendo utilizados para ayudar a la población de las áreas donde la música fue grabada originalmente.

Su primer LP, centrado en las grabaciones de Tracey en Malawi, inflamó las pistas de baile con remixes de Ibibio Sound Machine, Drew Moyo o Luke Vibert. Ahora, con la presentación de un nuevo EP con la colaboración de Coen, Tru Fonix, SNØW y The Busy Twist vuelven a encender la mecha de la recuperación del folklore tradicional a través de remixes filtrados por la música urbana contemporánea. Beating Heart anima, así, a músicos, productores y DJs de todos los géneros a participar y colaborar a partir de las grabaciones de Hugh Tracey para actualizar los sonidos africanos más tradicionales y hacer que vuelvan a sus comunidades originales a partir de nuevos formatos.

Gemma Solés: Las grabaciones etnomusicológicas suelen ser solamente accesibles a académicos, y estar disponibles solo para una pequeña élite de intelectuales dedicados al estudio de las músicas africanas… ¿Creéis que con vuestro proyecto estáis contribuyendo a un acceso más democrático a la música?

Olly Wood: ILAM está situado en la Universidad de Rhodes en Grahamstown, y es de su propiedad. Beating Heart simplemente es un concepto progresivo para cualquier archivo – es extremadamente raro que las instituciones académicas permitan manipular y utilizar de esta manera cualquiera de sus activos-. ILAM aprobó nuestro proyecto colaborativo para ayudar a introducir el archivo a las nuevas generaciones. Encontrar un acuerdo para el concepto está en curso. Pero volver a trabajar la música de una época pasada plantea todo tipo de preguntas de apropiación, que solo se responderán en el tiempo. Es un proceso continuo y en constante evolución y ha llevado cuatro años de desarrollo para construir una relación de confianza en la que se apoya nuestro proyecto.

G.S: Sabemos que la música nutre el alma, pero en este caso, también pretende ser un paliativo contra la desnutrición en África. Explícanos cómo.

O.W: A través de las ventas del álbum Beating Heart Malawi (2016) y Beating Heart Sudáfrica (2017), estamos recaudando fondos para construir huertos de alimentos sostenibles en escuelas y comunidades de ambos países. Recientemente visitamos el proyecto Garden To Mouth en Malawi para dar seguimiento al sistema de riego que Beating Heart ha financiado. Era importante para nosotros ver el desarrollo con nuestros propios ojos. El seguimiento es fundamental para el ethos de este proyecto.

G.S: ¿Cuál ha sido el impacto o reacción de este primer álbum entre los malauís?

O.W: La gente que está fuera de la etnomusicología en todo el mundo es en gran parte inconsciente de la existencia de ILAM, por lo que remezclar estas melodías (nuevas y viejas) en la radio y en los eventos en Malawi fue muy poderoso. Las grabaciones se recibieron muy positivamente, muchos se sorprendieron al enterarse de su existencia.
Ha sido enriquecedor dirigir a la gente a ILAM como una fuente de patrimonio africano. Los oyentes decían “suena bien” y a veces escuchaban más profundamente el fondo de las canciones. Ha sido bien recibido por la generación más joven y ha promovido debates sobre historia, cultura y patrimonio. También hemos iniciado colaboraciones entre artistas de Reino Unido y músicos tradicionales de Malawi…

Imagen de Beating Heart en Malawi. Fotografía de Thomas Lewton.

G.S: Vuestro proyecto es una forma de contribuir a que la música que se escuche en el continente tenga un componente afrocéntrico. Pero, ¿no es una contradicción que este cambio provenga de fuera del continente?

O. W: Las culturas están evolucionando constantemente en todo el mundo. Con la ayuda de la tecnología el potencial de conectar y crear a través de las fronteras es verdaderamente ilimitado. Beating Heart es simplemente otra polinización cruzada de culturas. Como el viaje continúa, es nuestro deseo participar con tantos artistas africanos como sea posible. Cada artista contribuyente lo ha hecho por un verdadero amor por los sonidos frescos, la fusión cultural y la recaudación de dinero para los necesitados. Lo que estamos ofreciendo esencialmente es una plataforma, y a través de este proyecto hemos descubierto una increíble oportunidad de conectar a músicos de todo el continente.

G.S: ¿Y por qué música electrónica? ¿Es la mejor manera de llevar la música tradicional a las nuevas generaciones?

O.W: No teníamos ninguna razón premeditada. La belleza de la música es que se puede reinterpretar sin fin. ¡Las generaciones futuras podrían hacer nuevos remix de estas nuevas canciones!

G.S: Habéis comenzado con Malawi, y seguís por Sudáfrica. ¿Qué otros países vendrán en el futuro?

O.W: Esperamos reflejar el concepto de Beating Heart en cada uno de los 18 países contenidos en el archivo ILAM. Acabamos de lanzar el “Beating Heart – South Africa” ​​en primavera de 2017.

G.S: ¿Crees que otros archivos de música africana en el mundo podrían comenzar a abrir a sus grabaciones a otros proyectos similares? ¿Podríamos estar ante un momento de apertura, redescubrimiento y reinterpretación de la música tradicional africana?

O.W: Nuestros egos pueden decirnos que hemos empezado algo nuevo, pero el remixing está en todas partes en la música de hoy y ha sido así durante mucho tiempo. Cuando Hugh Tracey grabó las 35.000 pistas entre los años 1920 y 1970, su esperanza era que las generaciones futuras pudieran apreciar y aprender de la música. A través de BH estamos tratando de dar al archivo y la música que hay en él una nueva vida. Creemos que todos los archivos deberían ser responsables y dar acceso a todo el mundo. ¿Cuál es el objetivo de archivarlo, si sólo queda enterrado y encerrado.

La responsabilidad social es el eje clave para Beating Heart. Si estas grabaciones han de ser comercializadas debe ser en beneficio de las comunidades donde la música se originó. Nuestro deseo es traer estos activos culturales a la vida cotidiana. Hay un conocimiento ancestral contenido en la música y la gente sólo necesita una oportunidad para oírla y reconectarse a ella. Esto es el principal objetivo de nuestro proyecto.

La revolución de los pueblos (negros) llega a Nueva York

Película Ṣoju, del director Oluwaseun Babalola. Una coproducción entre EEUU, Botsuana, Nigeria y Sierra Leona

“Es un momento histórico y político que apremia una reflexión pausada y este festival trata de poner las comas”, nos explicaba Beatriz Leal hace unas semanas en Madrid. Leal es la programadora del Africa Film Festival (AFF) de Nueva York, esa ciudad que se le escapa a cualquiera –por inabarcable– y que la convertirá por 24ª vez, en un escaparate de los rasgos narrativos más recientes del África y su diáspora a través de documentales, películas clásicas y contemporáneas.

El AFF vuelve en mayo (del 3 al 29) para poner en marcha su celebración de un mes de cines africanos con un programa cuidadosamente seleccionado con más de 60 títulos y más de 25 países representados. Una pausa en la ciudad que nunca duerme es un reto; una urbe que se despereza cada día con excentricidad y que se multiplica entre el aturdimiento, la prisa y también con las declaraciones del presidente Trump que enfoscan un sinsentido hacia la comunidad inmigrante que reside en los Estados Unidos. Por este motivo la propuesta de AFF es acercar trabajos cinematográficos que reflejen el arte por el arte, los adelantos tecnológicos en las principales capitales africanas o la interacción urbana diaria donde las ideas de cultura, identidad y transformación guiarán el futuro.

Película Uprize!, del director sudafricano Sifiso Khanyile.

El lema de este año es “La revolución del pueblo” y sin ocultar las verdaderas intenciones de este festival llamarán a una desobediencia figurada. ¿Por qué? Pues porque la era de los combatientes por la libertad y las revoluciones sociales parece lejana, pero sus herederos son muchos en un siglo en el que el respeto por los derechos humanos y el deber cívico, la preocupación ecológica, la interconexión tecnológica y el comportamiento ético encuentran un puerto en las artes donde tanto hombres como mujeres tratan de liberarse de las preconcepciones históricas y de las restricciones económicas y sociopolíticas actuales.

Como explica Leal: “los cines africanos nacieron en la agitación de las luchas por la liberación en todo el continente, en una red de conexiones mundiales y disputas políticas. El deseo de recuperar las imágenes robadas y encontrar sus propias voces ha sido un lema para los cineastas y artistas africanos desde los años 60”. Y es cuando la cita de Frantz Fanon se hace presente: “Cada generación debe, a partir de la relativa oscuridad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”. De manera que desde el AFF se ofrecerán narrativas con la intención de subvertir, pero también, de sorprender a las expectativas de la audiencia.

 

Pasen y vean

El estreno en Estados Unidos de la galardonada película sudafricana Vaya, de Akin Omotoso, abrirá la 24ª edición de AFF narrando la historia de tres extraños que llegan a Johannesburgo, una ciudad que se muestra dura y emocionante desde una perspectiva inusual. Kalushi, que se presentó en el Film Africa de Londres y de la que ya hablamos y Noem my skollie demuestran la vitalidad del thriller sudafricano con dos verdaderos relatos de resiliencia y heroísmo en el apartheid de Sudáfrica, mientras que el documental Uprize! Utiliza una protesta pacífica de estudiantes violentamente reprimida. En el caso de la película Noem my skollie fue la apuesta sudafricana a la mejor película en los últimos Oscar, una clara sucesora de trabajos como Yesterday (2004) o Totsi, la ganadora en 2005.

El humor será el principal ingrediente de dos de las películas programadas: la nigeriana Green white green de Abba T. Makama, una destornillante sátira social sobre lo que significa ser nigeriano en la actualidad; y la tunecina Zizou, la nueva apuesta de Férid Boughedir, uno de los críticos y directores de cine más importantes, no solo de Túnez, sino de África, quien sentenció hace unos años que “siempre me he opuesto con vehemencia a la globalización, que es una forma real de racismo implícito que también puede detectarse en la labor de los europeos que analizan el cine negro africano”.

Desde Etiopía llega la que será una de las joyas del festival y que tendrá su estreno mundial en Nueva York. Se trata de Ewir Amora Kelabi una película basada en el viaje épico y real por el que sufrió el director Zekarias Mesfin, que a los 14 años de edad se quedó huérfano. Eritrea, Sudán Israel o Egipto son algunos de los países por los que tendrá que pasar Mesfin antes de llegar al final del camino.

Otras películas que mantendrán el lema del festival presente son el documental Footprints of Pan-Africanism que aborda las relaciones entre los intelectuales de África y su diáspora en los movimientos de liberación negra desde la década de los años 50 con el ghaniano Kwame Nkrumah en el centro del film; o el trabajo del senegalés William Mbaye, Kemtiyu, del que hablamos en Wiriko, que aportará una pieza clave en la historiografía de uno de los pioneros en descolonizar la propia historia africana más importantes que ha dado el continente y que permanecen en el olvido de forma interesada: Cheikh Anta Diop.

Con la intención de apuntalar los puentes con la diáspora “imprescindible entender qué se hace en El Caribe, por ejemplo, si se quiere estudiar a los cines africanos”, como recuerda Leal, dos largometrajes se presentan: Play the Devil, que llega desde Trinidad, y Ayiti mon Amour, una reflexión lírica sobre la vida después del terremoto de Haití.

Hay muchas más películas seleccionadas, pero para no perderos detalle, os recomendamos daros una vuelta por la propia página del festival. La fuente de píxeles de Times Square competirá durante un mes con las imágenes menos mercantilizadas y divulgadas de los cines africanos, en una ciudad, Nueva York, que se fundirá a negro-cine. A negro-vida. A negro-respuestas. A negro… ¡acción!

Art Africa Fair: la historia africana reescrita a través del arte

*Por Maria Colom

Nuestra historia empieza con nosotros. Es un viaje interesante, ¿y quién hay mejor para contarlo que los africanos?”, decía Uche Okpa-Iroha, comisario de la Art Africa Fair (Feria de Arte de África), que tuvo lugar en Sudáfrica la semana pasada. ¿Porque, qué mejor forma hay de contar la historia que mediante el arte? Del 24 de febrero al 5 de marzo, Ciudad del Cabo se convirtió en el escenario de la nueva feria de arte contemporáneo que ha acogido el continente. Este evento internacional que se ha celebrado por primera vez en la ciudad, ha podido contar con un cuidado grupo de comisarios y artistas africanos e internacionales y ha permitido sumergir a los amantes del arte en un viaje multisensorial con los mejores talentos contemporáneos.

A diferencia de otras ferias de arte que se celebran en el país, este evento único se ha organizado al estilo museístico para que los artistas y las galerías participantes pudieran ofrecer diferentes visiones artísticas y romper con las tendencias del mercado. “Durante todo el tiempo, el foco está puesto en el artista y no en la galería. Es una oportunidad única para que los artistas y los coleccionistas interactúen de manera directa, convirtiéndose en una experiencia única también para el visitante”, explica Suzette Bell-Roberts, fundadora de Art Africa, para Wiriko.

La feria ha acogido a artistas de distintas disciplinas y se ha repartido el talento en cuatro espacios diferentes. La exposición inaugural, “Bright Young Things”, recibe el mismo nombre que uno de los proyectos de Art Africa, que ha publicado y ayudado a despegar a más de 100 jóvenes artistas. De estos, se eligió a ocho para participar en la feria con nuevas propuestas artísticas, y tener la oportunidad de ser uno de los tres ganadores del premio de residencia de la feria, otorgado por un jurado internacional. La senegalesa Salimata Diop, con un extenso currículum como directora artística en el AKAA (Also Known As Africa) en París en 2016, programando un gran número de exposiciones en el Africa Center del Reino Unido y comisaria en parte de la Bienal de Dakar en 2014, entre muchas otras cosas, fue la encargada de este espacio.

Comisionado por el reconocido y premiado fotógrafo nigeriano Uche Okpa-Iroha, con una amplia carrera en su país de origen, así como internacional, la exposición de fotografía tenía como objetivo reescribir la historia africana; mientras que los encargados de empoderar y contribuir en el creciente valor del arte contemporáneo africano fueron el artista e historiador de arte, Thembinkosi Goniwe, y la estudiante, artista y aspirante a comisaria, Ruzy Rusike, en la exposición que recibió en nombre “A Flagrant Arcade”.

Como artista invitado y encargado del “VIP Lounge y el Social Hub”, espacio de interacción entre artistas y coleccionistas, se pudo contar con el diseñador y artista internacional Pierre-Christophe Gam. Natural del Camerún, ha estudiado y trabajado en Francia y el Reino Unido, y ha expuesto su obra en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, entre muchas otras ciudades europeas. Estudioso de las ideas pre y post-coloniales de los pan africanos, e interesado en cómo los cambios políticos y sociales de África afectan al patrimonio intelectual y visual, el artista usa la comida, la fotografía, el collage, el diseño, el dibujo y el audiovisual para crear propuestas ambiguas, pero convincentes y con gran poder de influencia.

Pierre-Chritophe Gam

Creando un espacio lleno de pinturas, esculturas, fotografías e instalaciones, la feria ha acogido a 98 artistas de 11 países africanos que han expuesto más de 230 piezas. Una fiesta del arte que se ha convertido en un éxito total y que ha recibido a 3500 visitantes. “Los artistas africanos merecen ser reconocidos tanto como los artistas del resto del mundo. A causa de nuestra historia colonial, el arte de África no siempre ha sido reconocido y a menudo se ha estereotipado. Ahora es el momento de poner el foco en nosotros y poder narrar nuestra historia sin que nadie la cuente por nosotros”, explica Suzette Bell-Roberts. “Los artistas africanos siempre han estado exhibiendo sus obras, ya sea a nivel local o internacional, comercialmente o no, como una forma de personificar nuestras identidades individuales, sociales y políticas. Lo importante es que los comisarios africanos cuiden a los artistas africanos para una audiencia africana”, acaba la fundadora de Art Africa.

Con el objetivo de convertirse en un espacio para que artistas reconocidos y nuevos talentos pudieran interactuar entre ellos y con los coleccionistas, además ha resultado ser una oportunidad para que nuevas generaciones puedan descubrir y se sientan interesadas por las artes visuales. La Feria de Arte de África ha conseguido devolver el talento al continente, además de catapultarlo hacia el escenario internacional y ha reivindicado la práctica del arte africano a nivel nacional, con todos los beneficios culturales y económicos que esto conlleva. Ha resultado ser una oportunidad de tomar responsabilidades y de