Francis Kéré, un arquitecto al servicio de la Humanidad

En Gando, una pequeña aldea de Burkina Faso, la escuela era oscura y calurosa y las clases estaban abarrotadas. La gente debía hacer y rehacer sus casas debido a la destrucción que provocaba la intensa época de lluvias. Estas realidades despertaron en un joven Francis Kéré la voluntad de cambiar las cosas en su aldea natal. Así empieza una trayectoria profesional que ahora y hasta el 20 de enero recoge el Museo ICO con la exposición ‘Francis Kéré. Elementos primarios’. Una muestra que presenta por primera vez en España, y al completo, la obra del arquitecto burkinés.

Escuela primaria de Gando.

Tras estudiar en Uagadugú, Francis Keré recibió una beca para ser carpintero en Alemania, donde acabó graduándose en arquitectura e ingeniería. Pero su mente seguía puesta en sus raíces, al fin y al cabo, en Burkina Faso la idea del retorno es muy importante y constituye la espina dorsal de muchas comunidades. Por eso, en paralelo a sus estudios, creó la Kéré Foundation para financiar la construcción de la Escuela Primaria de Gando, que recibió el premio Aga Khan 2004 por combinar excelencia estética y compromiso ético.

En este proyecto Kére utilizó materiales locales, técnicas tradicionales e implicó a la gente de la aldea en la construcción de la escuela, en todas las fases del proyecto. Esta brillante manera de hacer las cosas que conjuga sostenibilidad, adaptación al medio, identidad cultural y sabiduría popular a la perfección, es la base de la arquitectura vernácula y también el principio que rige Kéré Architecture, su estudio en Berlín fundado en 2005.

Numerosos proyectos han visto la luz en este estudio y la mayoría de ellos se han llevado a cabo en África, convirtiéndolo en uno de lo arquitectos más premiados del continente. Pero su arquitectura trata temas universales como la gente, la eficacia o la ecología y por eso triunfa también en el resto del mundo. Kéré fue elegido para construir el pabellón de la Serpentine Gallery de Londres en 2017, obra que ha marcado su consagración cosmopolita. El árbol es el concepto que inspira el pabellón que se concibe como un microcosmos y fusiona las referencias culturales a Burkina Faso con técnicas de construcción experimental.

Una reproducción a escala de este pabellón forma parte de la muestra del trabajo arquitectónico de Francis Kéré que ahora puede verse en Madrid y que recoge  27 proyectos y 6 instalaciones artísticas. Luis Fernández-Galiano, comisario de la exposición, define así su obra: “Francis Keré es burkinés y berlinés. Su obra está profundamente enraizada en su país natal, pero hace uso de elementos y principios universales que permiten injertarla en contextos tan diferentes como su ciudad de adopción. Estos elementos primarios fueron descritos durante el siglo XIX en los textos de Gottfried Semper, y se manifiestan vigorosamente en las construcciones esenciales de Kéré. Autor de una obra ejemplar en el empleo de recursos limitados y técnicas sostenibles, este arquitecto africano y alemán se ha convertido en el líder de una nueva generación empeñada en hacer el mundo mejor trabajando para los que menos tienen”.

Tres principios de la tratadística germánica articulan los ‘Elementos Primarios’ de Francis Kéré: El techo tectónico, el suelo estereotómico y el muro textil. Esta es la arriesgada propuesta de una exposición que interpreta la arquitectura de este burkinés y sus raíces vernáculas recurriendo a la tradición teórica alemana de la mano de Semper. Además de este vínculo inevitable entre sus países de nacimiento y adopción, esta muestra pretende subrayar la naturaleza universal de estos principios y ofrecer una reflexión más general sobre la sustancia misma de la arquitectura, explorando sus fundamentos últimos.

“La arquitectura consiste en crear espacios para conectar a la gente, de manera que el resultado sea atractivo por cómo se han manejado esos espacios, se han usado los materiales, se han gastado eficientemente los recursos y se ha trabajado con el clima. En lo más profundo, la arquitectura consiste en servir a la humanidad. Esta es la definición de la arquitectura que dio Kéré durante los preparativos de esta exposición en Madrid. Una inspiradora declaración de principios en la que las personas son lo más importante, que pretende conseguir más con menos y que se adapta a lo local sin renunciar a la belleza.

Los próximos proyectos a gran escala que se han desarrollado en su estudio berlinés son el parlamento de Burkina Faso y el monumento a Thomas Sankara, ambos en Uagadugú. El objetivo es que la gente se identifique con el edificio y se sienta parte de él, que puedan llegar a exclamar: ¡Este es nuestro edificio!. Este sentimiento es para Kéré la base de cualquier democracia. Y es que es un idealista o quizás un visionario, pero ha llegado a lo más alto sin despegar ni un milímetro las suelas de sus zapatos de la tierra roja de Gando.

 

“El diseño presenta una oportunidad fabulosa de proponer soluciones para mi continente”

Burkina Faso está en los primeros puestos de la lista de los países más pobres del mundo y, por ende, también en la de los más dependientes en importaciones, que no atienden a criterios de sostenibilidad en su envasado precisamente y dejan un excedente de plástico y envases de metal en el país. Un escenario en el que el artista Hamed Ouattara ve la ocasión de generar desarrollo a través de la creación de muebles diseñados con materiales reciclados. Su trabajo le ha llevado a ser reconocido, entre otros galardones, con el Premio de Diseño Africano en su primera edición y a ser nombrado Personalidad Cultural del Año 2017 de Burkina Faso en la categoría de arte.

Ruth Fernández Sanabria: Empezaste estudiando contabilidad y costura, ¿qué te llevó a dedicarte a la pintura y posteriormente al diseño?

Hamed Ouattara: Me hice artista porque sentí la llamada creativa. Ser artista me permite expresarme totalmente a través de cualquier medio y este trabajo me da la gran libertad de actuar recíprocamente con mi entorno. Tengo una necesidad perpetua de entender y proporcionar las respuestas correctas a los problemas existenciales y compartir los frutos de mis reflexiones.

R.F.S: ¿Por qué decides finalmente centrarte en el diseño de muebles?

H.O: Ser un diseñador es un privilegio en un país como el mío. El diseño presenta una oportunidad fabulosa de proponer soluciones para mi continente porque tiene la magia de hacer romper esquemas, aunque también supone que previamente tengas que hacerte preguntas de crucial importancia en el proceso de desarrollo.

R.F.S: Tu obra se basa en el arte reciclado, ¿qué te atrae de esta disciplina?

H.O: Observé que en mi país hay una proliferación inmensa de envases de plástico que no tienen ningún valor añadido sino simplemente contaminar nuestro entorno, lo que me llevó a una fuerte convicción de la necesidad del reciclaje. Mi trabajo procura mostrar cómo podemos responder a cuestiones ambientales muy serias de un modo creativo, y esto es también una extensión de mi compromiso con el principio de reciclar.

R.F.S: Sin embargo trabajas principalmente con el metal, ¿por qué?

H.O: En Burkina Faso existe un gran conocimiento sobre el oficio con este material. Somos un país al que se importan muchos productos de petróleo y tenemos una enorme reserva de envases de metal.

R.F.S: ¿Existe una cultura del reciclaje en Burkina Faso?

H.O: No hay ninguna cultura de reciclaje en Burkina, en mi opinión, porque en África no existía esta preocupación en la época de nuestros antepasados, pero con la industrialización aparece el problema de la importación y exportación de productos. Desde hace unos años el Gobierno ha tomado medidas para controlar y sensibilizar a la gente en este sentido. Mi trabajo muestra que con las abundantes materias primas que hay en nuestro entorno y a través del reciclaje podemos tener un diseño local e innovador que dé respuesta a los múltiples retos que tenemos en relación a la contaminación y al desperdicio de recursos.

R.F.S: ¿Consideras que tu trabajo tiene una carga más social que estética?

H.O: El tema principal de mi trabajo es el diseño social, que se extiende en paralelo al diseño de lujo, lo que me permite dar el salto a las paredes supuestamente infranqueables del mundo del diseño. La vida en mi país me permite entender la diversidad. Tengo que crear teniendo en cuenta la variedad y riqueza cultural que existe y que influye en las elecciones de la gente. La combinación de modernidad y tradición en mis diseños en realidad reflejan la sociedad de cambio en la cual vivimos y es también un ejercicio interesante desde una perspectiva histórico social.

R.F.S: ¿En qué te inspiras para desarrollar tus piezas?

H.O: Estoy realmente fascinado por las técnicas tradicionales del trabajo metálico, sobre todo aquellas que han sido implementadas en el continente, en las que encuentro una creatividad desbordante y llena de ingenio.

R.F.S: ¿Cómo es ser artista en Burkina Faso?

H.O: En un país en vías de desarrollo como Burkina Faso, los sectores esenciales siempre tienen prioridad y es realmente difícil ser un artista y vivir de ello. Yo he tenido la suerte de ser capaz de vivir de mi pasión. Desde niño siempre he estado convencido de que el arte desempeña un papel en el desarrollo de África. Mi pintura y mi trabajo de diseño reflejan esta convicción.

R.F.S: Tienes tu propia galería taller donde enseñas a jóvenes este oficio, ¿cómo ves el futuro del arte en tu país?

H.O: Compartir mis acciones con una nueva generación de artistas me hace pensar que he llegado a la cúspide y que estoy trabajando en el continente y en Burkina Faso para cambiar muchas cosas. Estoy seguro de que los resultados serán visibles en pocos años.

R.F.S: Entre todos los reconocimientos que has conseguido, ¿cuál ha sido el más significativo?

H.O: Todos los premios son importantes, especialmente cuando vivimos y trabajamos en zonas difíciles y menos reconocidas. El Premio de Diseño Africano es en mi opinión más que importante porque demuestra que las mentalidades están progresando y eso nos permite continuar.

R.F.S: ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

H.O: Mi próxima colección de objetos y muebles únicos está basada en las técnicas hereditarias del trabajo con el hierro, sin usar electricidad lo que contribuye a ser más ecológico, pero sobre todo para destacar el proceso de trabajar artesanalmente el material. Al margen de esto, yo trato de crear objetos insólitos, muebles que no son necesariamente para su uso porque siento la necesidad de construir con la humanidad de los artesanos, de quienes me interesa conocer los detalles de su vida, de su relación diaria con los objetos que los rodean. Por eso voy a trabajar con artesanos de la segunda ciudad de Burkina Faso, Bobo Dioulasso. Quiero zambullirme en este entorno y luego hacer una exposición con el fruto de este trabajo de acercamiento.

¿Turismo artístico o arte turístico? El caso de Ciudad del Cabo

De manera automática solemos asociar un gran destino de turismo cultural con un museo. París y el Louvre, Londres y la National Gallery, Nueva York y el MET. Sin ir más lejos, los últimos datos registrados por el Museo del Prado señalan que el 60,96% de las visitas son extranjeras. El museo Zeitz de Arte Contemporáneo de África (Zeitz MOCAA), situado en Ciudad del Cabo, aspira a propiciar el mismo efecto.

Instalación de Nandipha Mntambo – Fotografía de Zeitz Mocaa

“Por todo el mundo los principales museos de arte de las ciudades son sostenidos por los grandes números de las visitas de los turistas. El Zeitz MOCAA está donde está porque Ciudad del Cabo es uno de los principales destinos turísticos africanos”, afirma Hamish Robertson, director de Investigación y Exhibiciones de los Museos Iziko de Sudáfrica, que cuentan con ochenta y siete años de trayectoria en el país y cuya Galería Nacional de Arte Sudafricano (ISANG) se encuentra también en Ciudad del Cabo.

A diferencia del ISANG, cuya colección alberga desde pinturas europeas de a partir del año 1400 hasta arte sudafricano moderno, el Zeitz MOCAA se dedica exclusivamente a obras contemporáneas de artistas del continente y la diáspora. Inaugurado en septiembre de 2017 sobre un antiguo almacén de cereales construido hace casi un siglo en la zona portuaria de la ciudad, el entonces el edificio más alto de Sudáfrica se alza ahora como el museo más gran del mundo dedicado a arte africano contemporáneo. De los más de 9.500 metros cuadrados distribuidos en diez pisos que ocupa, 6.000 metros cuadrados serán destinados exclusivamente a acoger ochenta galerías y el resto del espacio se dedicará a una terraza en su azotea, un jardín con esculturas, un hotel boutique, restaurantes y tiendas.

Esta vieja planta industrial ubicada en el paseo marítimo de Ciudad del Cabo ha sido renovada por el diseñador británico Thomas Heatherwick y su coste ha sido valorado en 35 millones de euros. Su principal mecenas es el empresario alemán, expresidente de la marca deportiva Puma, Jochen Zeitz, quien además ha destinado su colección privada de arte africano al museo que lleva su nombre. De hecho, la pieza central es una obra del artista sudafricano Nicholas Hlobo que Zeitz adquirió en 2011 tras ser exhibida en la Bienal de Venecia. Y en la misma línea, en su apertura el MOCAA ha mostrado mayoritariamente creaciones posteriores al año 2010 de jóvenes artistas africanos como la tunecina Mouna Karray, el malauí Samson Kambalu, la keniana Wangechi Mutu o los también sudafricanos Simphiwe Ndzube y William Kentridge, así como obras afroamericanas y afro-caribeñas.

En total, el museo exhibe casi 300 trabajos de artistas de África y su diáspora, lo que le convierte en la primera institución pública dedicada exclusivamente al arte africano contemporáneo. Un hito que no ha estado exento de crítica entre quienes señalan la preponderancia blanca en su creación y orientación (con un arquitecto británico, un fundador alemán y su comisario, Mark Coetzee, un sudafricano blanco) en un país en el que el ochenta por ciento de su población es negra. “Al investigar a Zeitz, sin duda hay alguna dificultad para ignorar la gran cantidad de voces masculinas blancas presentes en la construcción del museo”, afirma Ellen Agnew en Art Africa. En paralelo, la controversia alcanza también a la selección de los trabajos expuestos “en su mayoría valiosos a los ojos occidentales” según aquellos que consideran que el MOCAA parece más centrado en el mercado turístico que en la proyección artística, tal y como recoge Pauline Bax de Bloomberg.

Instalación de Mary Sibande – Fotografía de Zeitz Mocaa

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS, gracias a una colaboración entre ambos medios. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Algo viejo para empezar algo nuevo: la arquitectura en Mali

La arquitectura vernácula de Mali es el entendimiento perfecto entre sabiduría popular, identidad cultural, sostenibilidad y adaptación al medio. Sin embargo, la globalización y un conflicto que no llega a su fin hacen que estos antiguos muros de adobe se tambaleen.

En la unión de  los ríos Níger y Bani se levanta la ciudad de Mopti apretujada por la escasez de terreno. A pesar de las estrecheces, han encontrado un hueco para alojar el Centro de Arquitectura en Tierra, una iniciativa de Aga Khan Trust for Culture con el apoyo del Ministerio de Cultura maliense y el Ayuntamiento de Mopti. Allí, Aicha Diombélé encargada de su exposición permanente sobre la arquitectura en tierra, rodeada de  fotografías, materiales, maquetas y reproducciones de las principales construcciones de adobe del país,  nos expone los motivos y objetivos de este proyecto.

Salif Kone y Aicha Diombélé, director del Centre de Arquitectura en tierra de Mompti y encargada de la exposición permanente.

El centro se construyó en el año 2010 durante el cincuentenario de la independencia de Malí y marca la finalización de la restauración de las mezquitas de Mopti, Djenné y Tombuctú. Nuestra misión es promover y poner en valor la arquitectura en tierra en África del Oeste ofreciendo recursos documentales en la biblioteca y competencias técnicas en cursos regulares de formación profesional”. Naturalmente el edificio del centro está construido con bloques de tierra prensada, una versión evolucionada que utiliza una prensa mecánica para conseguir ladrillos más impermeables y resistentes, y es obra del arquitecto burkinabés Francis Kéré.

Centre de l´Architecture en Terre de Mopti.

Aicha, de etnia Dogón, nos explica con orgullo  que “el uso de adobe o bancó como material de construcción se practica en África desde tiempos inmemoriales. Arcilla, arena, paja, cáscaras de arroz son la base de los ladrillos, que incluyen otros materiales orgánicos como la goma arábiga, polvo de fruto de baobab, manteca de carité o taninos. Estos materiales varían según la disponibilidad en cada zona. Es una tradición antigua transmitida de generación en generación,  pero también es actualmente un método de construcción muy extendido por la disponibilidad de materiales de base en el delta interior del río Níger”. Unos materiales que, añade con tristeza, “se encuentran amenazados por los bloques de cemento y chapas de acero, que parecen más duraderos pero son mucho más contaminantes, no se adaptan a nuestro clima y destruyen la plasticidad de las construcciones tradicionales africanas. Muchos africanos creen que la arquitectura tradicional se ha quedado anticuada y prefieren los materiales y técnicas occidentales que entienden como más correctas, modernas y propias de gente adinerada”. 

La arquitectura de Malí ve cómo sus raíces vernáculas parecen debilitarse gradual e inevitablemente por diferentes conflictos políticos, el duro clima del Sahel, una sociedad empobrecida y en crisis de identidad, y una transformación tecnológica acelerada pero necesaria para sobrevivir en un mundo globalizado. Sin embargo, no todo está en contra, la arquitectura vernácula maliense cuenta con dos potentes aliados en su lucha por la supervivencia.

Por un lado la UNESCO que, en su batalla continua por el rescate de áreas patrimoniales en todo el mundo, incluye en su declaración de Patrimonio de la Humanidad cuatro localizaciones malienses y las cuatro son construcciones en tierra.

  1. Las ciudades antiguas de Djenné: Pobladas desde el año 250 a.C. fueron un  centro mercantil importante y eslabón de la ruta transahariana del oro. Allí se conservan unas 2000 viviendas tradicionales y su impresionante mezquita. Consideradas en peligro desde 2016 debido a que la inseguridad de la zona hace imposible la toma de medidas para combatir el deterioro de los materiales en la ciudad histórica, la presión urbana y la erosión de los sitios arqueológicos.
  2. Tombuctú: Conocida como “La ciudad de los 333 santos” fue una de las capitales intelectuales  y espirituales del Islam durante los siglos XV y XVI. Son testigos de su pasada edad de oro la prestigiosa universidad coránica de Sankoré, las tres grandes mezquitas de Djingareyber, Sankoré y Sidi Yahia e importantes mausoleos.  Declarada en peligro desde 2012 debido al ataque destructor de grupos islamistas radicales durante el golpe de estado militar, ha sido recientemente protagonista de la primera sentencia de la Corte Penal Internacional que considera crimen de guerra el derribo de edificios históricos y religiosos.
  3. Tumba de los Askia: Declarada en peligro a la vez que Tombuctú y por los mismos motivos. Se trata de una espectacular estructura piramidal de 17 metros de altura que alberga la tumba de la dinastía de los Askia, erigida en Gao en 1495 por Askia Mohamed, emperador de Songhai.
  4. El País Dogón y la Falla de Bandiagara: El paisaje vertical de los acantilados llenos de viviendas, graneros, altares y santuarios hace que sea uno de los lugares más impresionantes de África Occidental. Además de su increíble arquitectura se conservan antiguas tradiciones sociales como la confección de máscaras, la celebración de fiestas populares, rituales y ceremonias de culto a los antepasados. Todo esto lo convirtió durante las últimas décadas en un destino turístico floreciente. Hoy, por la inseguridad de la zona, pocos se animan visitarlo y gran parte de la antes próspera población se ha desplazado a la hacinada Bamako en busca de otra forma de vida dejando atrás las ancestrales construcciones de barro.

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Por otra parte existe una naciente generación de arquitectos, artesanos y usuarios que, apreciando y defendiendo con orgullo esta arquitectura y los valores que en ella subyacen, siguen los pasos del arquitecto egipcio Hassan Fathy que recomendaba “construir tu arquitectura con lo que tienes bajo los pies”.

Como ejemplo Aicha nos da algunos detalles de la restauración de la mezquita de Mopti: “Tradicionalmente todo el mundo se implicaba en los trabajos anuales de restauración. Se repartían las tareas, era un trabajo colectivo que se ha ido abandonando con el tiempo. Durante la restauración de 2006 fue muy importante la implicación de los albañiles y artesanos de la ciudad, se reemplazaron los elementos estructurales dañados utilizando ladrillos de tierra mezclada con cáscaras de arroz. Se recuperó esa forma de trabajar, no podía ser de otra manera. También se impartieron cursos de formación para garantizar la continuidad de estos trabajos. Después de esta restauración, la mezquita pasó a formar parte del Patrimonio Nacional de Malí”. 

La enredada situación de Mali reúne aspectos históricos, culturales, económicos, políticos y militares además de multitud de actores muy diversos que hacen difícil una solución a corto plazo. Esta realidad amenaza las formas de vida más tradicionales y marca el ritmo y rumbo de su evolución en el futuro. Sin embargo al despedirnos de Aicha vemos que, aunque el contexto no ayude, en su sonrisa todavía se refleja la ilusión, la dignidad y la fuerza de un pueblo que no se rinde y defiende una cultura rica e intensa que se sostiene literalmente sobre cimientos de tierra.

Ikea se asocia con Design Indaba para traer la creatividad africana a tu casa

*Por Maria Colom

Conocida ya en todo el mundo, Ikea no ha parado de crecer a lo largo de los años, y nos ha sorprendido a todos, no solo con sus creaciones de bajo coste, sino también con sus innovadoras soluciones a los problemas de un mundo globalizado. A principios de este año, el gigante de los muebles de bajo coste fue galardonado con el premio de diseño del año y el de arquitectura en los premios Beasley Designs, organizados por el Museo del Diseño de Londres. Estos merecidos galardones le fueron otorgados por ser capaz de unir diseño y activismo y crear unos albergues de plástico reciclado y con energía solar para acoger a familias refugiadas; una innovadora solución que concibió junto a las Naciones Unidas y que desde el 2015 ha repartido más de 16.000 unidades por los campos de refugiados de todo el mundo.
Pero son muchas más ocasiones en las que la multinacional sueca ha demostrado que no quiere quedarse indiferente y a la expectativa de lo que sucede en el mundo. Es por eso que, a principios de este año, Ikea se ha sumado al barco de los interesados en África, un continente en auge que despierta curiosidades alrededor del mundo, y ha anunciado la creación de una nueva colección de muebles inspirada en las urbes africanas.

Ikea se ha unido con el colectivo Design Indaba, una plataforma que pretende crear un mundo mejor a través de la creatividad y, junto a arquitectos y artistas procedentes de distintos países del gran continente, van a trabajar para lanzar esta nueva colección en 2019. “En Ikea tenemos curiosidad por el mundo. La explosión creativa que está teniendo lugar en varias ciudades alrededor de África es algo que Ikea quiere aprender y extender al resto del mundo. Trabajar junto con estos diseñadores y creativos nos da la oportunidad de hacerlo”, explica para Wiriko, Johanna Martin, portavoz de Ikea.

A principios de este mes, los creativos de Ikea y los artistas y arquitectos africanos, se conocieron por primera vez en el Festival del Design Indaba 2017, en Ciudad del Cabo. La colección final la van a integrar 40 piezas, mientras que muchas otras van a ser rechazadas. “Estamos trabajando en torno a rituales modernos y la importancia que juegan para constituir un hogar. La colaboración acaba de comenzar, y las piezas exactas que saldrán de aquí es algo que compartiremos más adelante. En este momento tenemos ideas que van desde las cerraduras a una casa entera”, cuenta Martin.

El equipo que se ha reclutado para concebir esta nueva colección incluye algunos de los mejores creadores africanos procedentes de siete países distintos (Sudáfrica, Angola, Ruanda, Kenia, Costa de Marfil, Senegal y Egipto). Entre ellos encontramos al reconocido arquitecto marfileño Issa Diabate, quien en una entrevista para la CNN dijo que este proyecto llevaría las ideas africanas a una audiencia global. “Un proceso local puede generar algo para la comunidad internacional”.

Los otros componentes del equipo son Bethan Rayner y Naeem Biviji, la pareja detrás del Studio Propolis de Kenia, los diseñadores Ayse Birsel y Bibi Seck, el arquitecto de Kigali Christian Benimana, Mariam Hazen y Hend Riad, propietarios del estudio Reform de El Cairo, el diseñador sudafricano Laduma Ngxokolo, la arquitecta angoleña Paula Nascimento, el artista y arquitecto sudafricano Renée Rossouw y las diseñadoras de moda de Dakar y de Durban Selly Raby Kane y Sindiso Khumalo.

Todo el mundo necesita un poco de África“, dijo Rabi Naidoo, creador de Design Indaba, para una entrevista de la CNN. “La estética africana aún no está visible en los hogares de todo el mundo”.
En un mundo tan globalizado como el que nos acoge hoy en día, Ikea quiere romper con las fronteras de los continentes y acercar el diseño africano a los hogares de todo el mundo. “Creemos en la idea de trabajar con otros porque juntos podemos lograr mucho más. Una colaboración como esta trata de reunir a la gente alrededor de un lienzo en blanco, mantener la mente abierta y trabajar juntos en ideas que traspasen las fronteras”, afirma la portavoz de Ikea.

Esta no es la primera vez que el gigante de los muebles de bajo coste se lanza a una aventura de tales características. En 2016, Ikea ya sorprendió con la colección Svärtans, una edición limitada de muebles en blanco y negro, inspirada en la también colorida India y creada en colaboración con 25 estudiantes del Instituto Nacional de Moda y Tecnología de Nueva Delhi. Por lo que, en esta ocasión, los creadores van a intentar huir de las ya conocidas, típicas y coloridas telas estampadas africanas.

“En todas nuestras colaboraciones, el viaje en sí es fundamental. Porque cuando diferentes culturas de diseño, antes en competencia, se unen, comparten ideas y trabajan en comunión, surgen nuevas maneras de hacer que las cosas aparezcan. Es por eso que hemos unido a nuestros diseñadores internos con los diseñadores externos para esta colaboración. Queremos la fusión y cada vez es un experimento, donde el objetivo es lograr algo totalmente nuevo”, sentencia Johanna Martin.

Cinco edificios para rascar el cielo africano

Damos un paseo por cinco ciudades con cinco de los rascacielos más altos del continente.

La Bauhaus africana y la arquitectura que viene

Christian Benimana, arquitecto ruandés, tuvo que trasladarse a Shangai, China, para poder cursar sus estudios en arquitectura. La falta de facultades con estudios de diseño urbano adecuados a los retos que vive hoy el continente, fue lo que lo hizo migrar en busca de una formación. Después de licenciarse, en 2008, quiso volver a Kigali, donde se encontró con problemas como el desalojo de tierras para la inversión inmobiliaria, que se estaban reproduciendo en toda la ciudad. Así que decidió unirse al colectivo de arquitectos de MASS, un grupo de diseño que nació en 2010 y que está cambiando el rumbo de la arquitectura en África. Desde entonces se ha convertido en uno de los arquitectos más reconocidos de todo el continente, por su esfuerzo en poner la arquitectura al servicio de la necesidades humanas.

Jefe de proyectos de MASS en el continente, está invirtiendo los conceptos a partir de los que se construye en África. Hospitales que se conciben a partir de la óptica del paciente y que dignifican la enfermedad o escuelas levantadas desde la visión de los alumnos y los profesores, ya funcionan en Ruanda, Malawi, Liberia o Gabón gracias a una joven generación, la primera, que está transformando la visión de cómo construir edificios desde una óptica afrocéntrica y sobre todo, sostenible. Revirtiendo la modernidad a la europea que domina el paisaje urbano del continente hasta hoy, Christian defiende un diseño que pone a las personas y sus necesidades en el centro. Y así, está impulsando la creación de una Bauhaus africana: un proyecto de investigación en arquitectura innovador en todos los sentidos, que se erige como el referente arquitectónico del continente.

Imagen de cómo será el African Design Center (MASS) una vez terminado. Cortesía de MASS.

Imagen de cómo será el African Design Center (MASS) o Bauhaus africana, en Kigali, una vez terminado. Cortesía de MASS.

En todo el continente está surgiendo una nueva generación de arquitectos africanos. Todavía es muy joven y, a menudo opera en la sombra. La profesión aún no está regulada en la mayor parte de África“, reconoce. Con las tasas de urbanización más aceleradas de todo el mundo, África se enfrenta a un enorme problema de vivienda que preocupa a todos los urbanistas, geógrafos, diseñadores y arquitectos con un mínimo de sentido común. “La arquitectura se está quedando atrás en África con el rápido desarrollo del continente, al igual que muchos otros campos, y la manifestación de esto es muy evidente porque el desarrollo urbano tan abrumador que estamos experimentando viene con una agenda de infraestructura pesada. Las facultades de arquitectura, que son el caldo de cultivo de la profesión no están actualizadas ni adecuadas a la actual explosión urbana de África y en algunos casos, simplemente reducen su trabajo a la producción artística que sirve a la ingeniería y la construcción. La arquitectura africana está lejos de hacer frente a los desafíos sociales que se entiende que vienen acompañados con la urbanización“, advierte el joven ruandés.

El continente africano puede presumir de una arquitectura vernácula original y adaptada a cada región, clima y necesidades de la población. Siendo parte del legado cultural de los pueblos, las construcciones son símbolos del “espíritu del lugar”, que se construyen con materiales locales. Sin embargo, en muchos puntos del continente, la arquitectura occidental ha ganado terreno, poniendo en peligro las construcciones tradicionales realizadas a partir de adobe, techos de paja, etc. Los techos metálicos y las paredes de ladrillos dominan cada vez más los paisajes urbanos y también rurales. Arquitectos como Jon Sojkowski, que ha desarrollado una base de datos para documentar la riqueza arquitectónica tradicional del continente, hace años que muestran su fascinación por la arquitectura vernácula de Benín, Mali o Zimbabwe. Era solo cuestión de tiempo que nuevos arquitectos africanos empezaran a proteger su propio legado arquitectónico y a darle la vuelta a la tortilla urbanística que se construye a golpe de boom inmobiliario insostenible.

africa-design-center_mass-designPrecisamente por esto hemos creado una escuela. La Bauhaus nació en Alemania en un momento de auge económico con el objetivo de demostrar que con el diseño podemos mejorar la vida de las personas. El African Design Center se asemeja a la Bauhaus en la idea de que con el diseño se pueden transformar vidas“, dice sobre esta nueva escuela que nace en Kigali, conocida como la “Singapur de África”. “Si no aprovechamos el poder del diseño para generar un impacto duradero, el crecimiento poblacional del continente nos llevará directamente a la fatalidad“, advierte Benimana.

Pero, ¿cómo la arquitectura contemporánea puede contribuir a que este crecimiento sea más sostenible?
Produciendo procesos de diseño arquitectónico que promuevan la inclusión. Es decir, simplemente dejando de producir edificios sin más, y promoviendo el uso de los edificios creados como herramientas para el cambio y el empoderamiento social“, afirma.

El proyecto de African Design Center o la Bauhaus Africana, se construirá en Kigali

El proyecto de African Design Center o la Bauhaus Africana, se construirá en Kigali

El African Design Center, o la Bauhaus Africana, como le gusta llamarla a Christian es un centro de investigación y formación que nace con la idea de poner la investigación en el centro del debate y antes de cualquier tipo de construcción. Situada en la capital de Ruanda, Kigali, la escuela emerge con la intención de encontrar soluciones a problemas habitacionales como el acceso a la vivienda asequible que afectan a la población local.

Hay dos factores que hacen que Kigali haya sido el mejor lugar para comenzar nuestra iniciativa. Por un lado, el crecimiento de población que está experimentando la ciudad y las pequeñas dimensiones que tiene el país; pero por otro la voluntad política y las ganas de invertir para encontrar soluciones duraderas“, explica el arquitecto. Con todo, y a pequeña escala, han implementado una filosofía que bautizan como Lo-Fab, diminutivos de “Locally Fabricated” o “de fabricación local”. “El Lo-Fab es un movimiento que pretende demostrar que “la forma en que construimos” y “quién construye” son esenciales/indispensables para un proceso de diseño que tenga cierto impacto. En todos nuestros proyectos seguimos esta filosofía, que no es más que la filosofía de MASS. Ponemos en relieve la innovación y las ideas locales, contratamos mano de obra local, y usamos materiales locales para cada proyecto”, explica Christian.

Para los arquitectos de MASS es esencial ser parte de todo el proceso de inmersión para comprender de forma holística todos los aspectos de la sociedad, en general, y de sus clientes, en particular. “Cuidamos mucho la forma en que trabajamos y seleccionamos muy bien las organizaciones que se acercan a nosotros para estos proyectos. Lo que más nos importa es crear proyectos sostenibles a largo plazo“, reitera el arquitecto ruandés.

Mientras China avanza en el continente, construyendo infraestructuras que están mejorando las comunicaciones y el transporte en muchos puntos de África, Christian ve muchas oportunidades de contribuir al boom de la construcción desde una óptica más ética de la que se ha estado llevando a cabo hasta hoy: “China no está avanzando en el mercado africano porque le esté dando un valor añadido a lo que ya existe, sino simplemente porque todavía hay una brecha enorme en las capacidades del sector. Nuestro African Design Center tiene como objetivo cambiar los procesos de diseño y poner el listón más alto en las normas mínimas aceptables. El éxito de éste Bauhaus africano es formar a expertos en capacidades que aseguren un desarrollo sostenible en África, y que refuercen que aquello que se está implementado en África esté cuidadosamente estudiado y realizado para mejorar la vida de las personas“.

Modernidad africana, ¿africana?

La arquitectura es una de las disciplinas artísticas que, a través de la construcción de edificios, sirve para expresar la identidad nacional en los jóvenes estados africanos. Con medio siglo de creaciones modernas desde la mayoría de independencias al Sur del Sáhara, parlamentos, universidades, monumentos conmemorativos o centros comerciales se han levantado en diferentes ciudades africanas para mostrar la modernidad de sus epicentros políticos, económicos, financieros, sociales y culturales. Como materialización del encuentro entre lo moderno y lo tradicional. Como muestra de los dilemas sufridos por la radicalidad de la transformación política de los estados tras la colonización. O como ejemplo del cosmopolitismo y la aportación foránea de diseños europeo, rusos o israelitas, los edificios levantados en ciudades africanas como Abidjan, Maputo, Ciudad del Cabo o Nairobi son muestras de la fusión entre la política y la arquitectura. Pero, ¿es la modernidad africana 100% africana?

La arquitectura moderna nació en época colonial y debe ser entendida como un medio de representación del poder, de la continuación del imperialismo colonial después de las independencias o de la supremacía cultural del “otro”, representada por la permanencia del mundo Occidental en África. En muchos casos, la ciudad africana se levanta sin tener en cuenta las identidades urbanas históricas precoloniales y se centra en la modernidad como la continuación del legado colonial. Y a pesar de que la narrativa antiimperialista haya querido criticar esta pervivencia con la crítica más feroz, lo cierto es que hoy en día, el paisaje urbano del continente africano no se podría entender sin la aportación, imposición si se quiere, de la arquitectura occidental. Otro tema ya sería la sostenibilidad, impacto y emergencia habitacional en ciudades que no paran de crecer de una forma acelerada y que necesitan urgentemente de una nueva arquitectura que pueda responder a sus necesidades humanas.

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El libro African Modernism – Architecture of Independence o Modernismo Africano – Arquitectura de la Independencia, publicado por Park Books, analiza las obras levantadas por la modernidad africana en cinco ciudades del continente. A partir de 80 edificios de cinco países africanos (Ghana, Senegal, Costa de Marfil, Kenia y Zambia) recoge fotografías de la sudafricana Alexia Webster y del alemán Iwan Baan para explorar los soportes arquitectónicos que se han ido levantando en la era moderna para dar sentido y construir espacios de convivencia en las ciudades africanas. En general, se trata de edificios que muestran el poder del estado, también  como construcción política moderna, y dejan de lado la arquitectura de casas, tanto las que definirían las identidades de la clase media urbana africana, como las de la pobreza urbana que inunda slums y barrios informales de las capitales de África. ¿Arquitectura de la independencia? La construcción de edificios modernos está absolutamente ligada a Europa, y el diseño de sus principales edificios es solo una muestra de esta afirmación.

El objetivo del libro, que surgió de la exposición homónima que albergó el Vitra Design Museum de Weil am Rhein, Alemania, quería exprimir la idea de su comisario Manuel Herz, arquitecto e historiador, para explorar en formato papel, el catálogo fotográfico de bancos o estadios africanos construidos a partir de los años 50 del siglo XX en los principales centros urbanos de África. A pesar de que Herz eleva el trabajo arquitectónico de la época por haber creado obras sin precedentes en la región del África subsahariana, también reconoce que dichos monumentos siguieron patrones coloniales y no consiguieron, en su mayoría, recoger los anhelos ni las identidades de la mayoría de africanos.

El catálogo se ha convertido en obra de referencia para estudiantes de arquitectura y diseño urbano en el continente. Así, estos edificios se han convertido en iconos de las independencias. Representaciones de la arquitectura moderna de África.

Quizás, la pregunta que deberíamos hacernos ante esta arquitectura es si 100% africana no significa, en realidad, 100% global.

  • La Pirámide de Abidjan (Costa de Marfil), del arquitecto italiano Rinaldo Olivieri, 1973. Imagen de Iwan Baan.

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  • Hotel Ivoire de Abidjan (Costa de Marfil), de los arquitectos alemanes Heinz Fenchek y Thomas Leiterdorf. 1962-1970. Imagen de Iwan Baan.

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  • Kenyatta International Conference Centre, Nairobi (Kenia). Del noruego Karl Henrik Nostvik. 1967-1973. Imagen de Iwan Baan.

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  • Escuela de Ingeniería del KNUST (Kwame Nkrumah University of Science and Technology), en Kumasi (Ghana). Del inglés James Cubitt, 1956. Imagen de Alexia Webster.

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La mezquita que perdió Gadafi en Uganda

Desde el año 2006 el horizonte de Kampala está dominado por la Mezquita Nacional de Uganda. Este inmenso edificio religioso se encuentra en el centro de la ciudad y se ha convertido en el faro de la comunidad musulmana en un país donde la religión islámica representa un 12% del total de la población.

Mézquita de KampalaEl dictador Idi Amín colocó la primera piedra para su construcción en 1972 con el fin de construir la mezquita más grande de todo África. La colina del Old Kampala, donde se llevó a cabo la primera fundación de la ciudad, fue el lugar elegido para la construcción de la mezquita. Sin embargo la caída del dictador paró el proyecto durante varios años y no se recuperó hasta que se encontraron nuevos fondos para su financiación.

Fue en 2002 cuando el presidente libio, Muamar al-Gadafi, en visita oficial por Uganda se ofreció a financiar los costes para finalizar la obra que llevaba décadas paralizada. De esta forma la administración libia se haría cargo de la construcción así como de los gastos administrativos posteriores a la inauguración. Esta oferta llevó al Consejo Supremo musulmán de Uganda a bautizar oficialmente el nuevo edificio como Mezquita Nacional Gadafi, acto que tuvo buena cogida no sólo entre los fieles musulmanes sino en amplios sectores de la sociedad ugandesa que veían a Gadafi como aliado y hermano del país.

Detalle de la cúpulaGracias a los nuevos fondos con los que contaba el Consejo, la construcción de la mezquita se apresuró y en apenas cuatro años las obras estaban finalizadas. El proyecto, basado en los planos iniciales impulsados por Idi Amín, se caracteriza por la construcción de un gran arco a la entrada de la explanada del edificio con el fin de dar la bienvenida a los creyentes y a todo aquél que quiera visitar la mezquita. Junto a dicha explanada se encuentra el minarete, desde donde se realiza la llamada a la oración a la comunidad musulmana y que en los últimos años se ha transformado en un atractivo turístico por las vistas panorámicas que ofrece de la ciudad. El edificio está además coronado por una cúpula central de grandes dimensiones escoltada por otras cuatro cúpulas de menor tamaño a cada lado. El interior, que puede albergar a más de 12.000 personas, está ricamente decorado con varias inscripciones árabes, los diferentes nombres de Alá y diversos pasajes del Corán.

La denominada Mezquita Gadafi se ha convertido en el centro de poder del Islam en Uganda ya que el Consejo Supremo estableció allí su sede. Así mismo es también uno de los mayores centros culturales de la comunidad en el país y una de sus funciones es la protección de la tradición y la expansión de la cultura musulmana en Uganda.

Sin embargo, durante los últimos años el Consejo Supremo ha tenido que hacer frente a un problema económico. La guerra civil de Libia, surgida al calor de la Primavera Árabe, acabó con el gobierno del coronel Gadafi, que fue asesinado en el año 2011. El nuevo gobierno libio, empeñado en eliminar el pasado del dictador, se negó a sufragar los gastos de la mezquita hasta que se borrara cualquier referencia al coronel. Por ello los líderes de la comunidad se vieron obligados a rebautizarla con el nombre de Mezquita Nacional de Uganda, suprimiendo todo rastro del ex-dictador libio. Si bien, la división de facto del gobierno de Libia ha dificultado el envío de las ayudas y actualmente la mezquita ya no cuenta con dicha financiación. Esto supone un duro golpe para el mantenimiento del edificio ya que los fondos libios cubrían esos gastos totalmente.

La megalómana obra es un pilar más de la sociedad ugandesa y ya forma parte del skyline de Kampala. Es un símbolo de la pluralidad existente en un país en el que conviven pacíficamente religiones muy diferentes. No obstante, la mezquita que un día perdió Gadafi es también el faro de la cultura musulmana en Uganda y, si nadie lo remedia, corre el peligro de apagarse.

 


Fuentes

You Tube

Visit Uganda

Ug Pulse

Web Citation

Campus Journal

BBC

African Arguments

25 años del Vaticano africano

La Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamoussoukro (Costa de Marfil) está considerada, además de la más grande del mundo, la más alta con 158 metros. La cúpula central custodia la construcción con una cruz de oro.* Artículo publicado en Guinguinbali.

25 años después de la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamoussoukro (Costa de Marfil), el edificio cristiano más grande de todo el mundo sigue dando que hablar. Con un coste total estimado en cerca de 273 mil millones de euros, el Vaticano africano, en medio de la nada absoluta, se mantiene a la espera de una iluminación, de más fieles, de más turistas, que puedan cumplir las expectativas de esta obra megalómana encargada por el que fuera el padre de la independencia del país, Félix Houphouët-Boigny.

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La neblina peina desde bien tempano la capital administrativa de Costa de Marfil, en el centro del país. Una ciudad, Yamoussoukro, que se inventa cada día, se imagina y se busca. Lo hace entre grandes avenidas de cemento en medio de la nada. Entre una expansión de calles pavimentadas. Entre encrucijadas perfectamente delimitadas y alumbradas. Es el despropósito de un proyecto urbanístico que no funcionó. Que busca un consuelo amagado mientras despierta cada día rodeado de mercancía ambulante, de telas “africanas” importadas desde Holanda, de cocos, acheké, pescado ahumado, plátano frito, cacerolas de latón y barreños de plásticos made in China. Un espejismo de urbe que engulle a una población que se mantiene a flote con una economía de subsistencia.

El que fuera el padre de la independencia de Costa de Marfil, Félix Houphouët-Boigny (1905-1993), soñaba con crear una bulliciosa capital en la región que lo vio nacer, pero su visión de Yamoussoukro nunca llegó a buen término. El último censo de 2006 fijaba una población de 200.000 habitantes aunque las previsiones eran llegar al menos a los 500.000. Y parte de la herencia de Houphouët-Boigny fue la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, una réplica casi exacta de la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, y que le llevó a obtener el título de la Iglesia más grande de la tierra. Este Vaticano africano, o basílica de la selva, fue encargada a Patrick Hauthuille y a Pierre Fakhoury, nacido en Costa de Marfil en 1943 y de padres libaneses.

La polémica de esta mega construcción procedió por diferentes motivos: por un lado, el propio prelado romano vio como una ofensa, no la edificación en sí, sino que el proyecto fuera más alto que el Vaticano. El por entonces papa Juan Pablo II pidió a los arquitectos que la cúpula central fuera más baja. Y así fue. La cúpula de la Basílica de Nuestra Señora de la Paz se edificó con esta premisa. A cambio, y en un golpe de ego y nacionalismo, se remató con una cruz de oro enorme, obteniendo otro título más: el de la iglesia más alta de la cristiandad con 158 metros de altura.

Por otro lado, el mismo papa pidió en un acto en el que trató de limpiar su propia conciencia, que la endiosada construcción tuviera, además de un componente espiritual, un sentido más social. Dicho y hecho. En esta villa se planificó la construcción de una universidad católica y de un hospital que forma parte del Vaticano en virtud de un acuerdo firmado el 20 de mayo de 1992 entre la Santa Sede y Costa Marfil. El hospital San José Moscati fue inaugurado en diciembre de 2014 e incluye 250 camas con instalaciones técnicas modernas y todos los servicios necesarios. Ante la inmensidad, la incomprensión. En abril de 2015 las puertas de este centro médico seguían cerradas al público.

Bajo toda esta embriagadez para los sentidos cabe subrayar que en Costa de Marfil la población cristiana está comprendida sólo entre un 20-30%. Una cifra que cuestiona la afirmación que hiciera Houphouët-Boigny: “Esta obra es un contrato con Dios”. O, más bien, consigo mismo.

 

Cifras para el libro Guiness

vaticano-costa-de-marfil-8Cuando desciendes del autobús, el eco de la soledad te golpea sin parar. El visitante es recibido por jardines simétricos de estilo francés inspirados en Versalles y se va adentrando por una entrada de un kilometro de largo. Todo de mármol procedente de Italia, Portugal y España. Al final de este sendero noble y frio, dos columnatas enormes (128 columnas de 21 metros de altura) acogen a los escasos peregrinos que se acercan. En otras circunstancias, los alrededores podrían atraer a vendedores locales para que hicieran su particular mercadillo de imágenes, crucifijos, rosarios y biblias. Pero el marketing, en este lugar, también está de retiro.

En el interior de la basílica (la capacidad total de toda la obra es para 18.000 fieles, 7.000 sentados y 11.000 de pie) con asientos climatizados y un set acústico que evita reverberaciones, hay que buscar a Dios. Quizás se halle en alguna de las 1.500 almas que ayudaron a construir esta obra en un plazo también récord bajo la supervisión de Antoine Cesareo, director de las grandes obras de la República de Costa de Marfil: se llevó a cabo por 24 empresas nacionales e internacionales entre 1986 y 1989 abriéndose al culto por Juan Pablo II un 10 de septiembre de 1990. Éste y el funeral del precursor de la basílica, Félix Houphouët-Boigny en 1993, han sido los dos únicos momentos en los que las 130 hectáreas sobre las que está construida la basílica se han visto abarrotadas.

vaticano-costa-de-marfil-2La primera planta y la cúpula son apoyadas por un triple columnata de 48 columnas dóricas idénticas a las de la explanada y 12 columnas jónicas que representan a los apóstoles. El asombro no termina. Algunas de estas columnas incluyen ascensores y escaleras para acceder al primer nivel y otras están equipadas con un ingenioso sistema de drenaje del agua de lluvia. De hecho, el agua de lluvia se recoge y se redirige a los lagos colindantes por tuberías subterráneas.

 

Vidrios y esperanzas

vaticano-costa-de-marfil-5Y entre tanto granito, cemento y pesadumbre, la luz y el color. La basílica tiene la superficie de vidrio de color más grande del mundo albergando 36 enormes cristaleras. Se tardaron 18 meses en realizar los trabajos en Nanterre (Francia) de acuerdo a las técnicas tradicionales. En total: 7.363m² incluyendo los 40m² que dibujan en el techo una enorme paloma con las alas extendidas que emana paz. Una de las curiosidades es que para respetar la voluntad de todos los que habían aportado algún tipo de ayuda económica en la construcción de la basílica, ​​se les grabó en una vidriera que representa la entrada en Jerusalén de Jesucristo. Pues entre túnicas y hojas de palma, el único negro que se puede apreciar es Houphouët-Boigny arrodillado y entregando un regalo a Jesús.

Lo que fue construido para representar a la estabilidad política y económica de un país, se ha convertido en una carta de intenciones. Durante los años de mandato de Houphouët-Boigny el país mejoró brevemente después de la independencia de Francia. Pero el legado del presidente había perdido su brillo, la prosperidad económica fue de corta duración y la estabilidad fue fugaz. Menos de una década después de que el gran monumento fuera completado, Costa de Marfil estaba sumida en una guerra civil.

Hoy las circunstancias han cambiado y el turismo del primer productor mundial de cacao se plantea como una necesidad histórica y económica: 550 kilómetros de playas, 8 parques naturales de los cuales dos de ellos son Patrimonio de la Humanidad, 60 etnias, y una localización geográfica privilegiada y desde hace poco bien conectada.

Quizás las estadísticas todavía estén lejos de alcanzar a esos 7.000 fieles sentados a los que puede acoger este Vaticano africano sin papa. Quizás, esta idea de ciudad pueda adaptarse a las viejas demandas básicas de la población. Quizás, un día, ese casi millón de euros anual para conservar la basílica puedan redistribuirse de forma adecuada. Quizás, tanto el hospital como la universidad, construidos para el uso de la capital administrativa de Costa de Marfil, puedan ser, también, reclamos turísticos por su buen funcionamiento y rendimiento. Quizás, estas mega construcciones dejen de ser visitas obligadas por su despropósito social y se conviertan en referente regional. De momento, el asombro se impone. Atardece. Y el autobús nos lleva de vuelta a la ciudad.

 

 

Guga s’Thebe Theatre, el teatro comunitario de Langa

Guga s'Thebe Theatre. Foto: Wieland Gleich

Guga s’Thebe Theatre. Foto: Wieland Gleich

¿Puede un teatro convertirse en epicentro de la vida social de un township? Dos pistas: arquitectura sostenible y cultura para el desarrollo.

La construcción del nuevo teatro Guga s’Thebe de Langa, en Ciudad del Cabo, brinda la posibilidad a comunidades con menos recursos de acceder más fácilmente a actividades sociales, culturales y artísticas a las que habitualmente no tienen acceso. El arte y la cultura pueden ser importantes catalizadores para el desarrollo y la mejora de las condiciones de vida de una población que vive en una zona con graves problemas sociales y en riesgo de exclusión.

Langa, uno de los townships más antiguos de Ciudad del Cabo (Sudáfrica), fue construido durante la época colonial para desalojar a la población negra del céntrico y emblemático barrio District Six, bajo la Ley de Áreas Urbanas de 1923. Situado a pocos kilómetros del centro de Ciudad del Cabo, Langa no se caracteriza por formar parte de los suburbios con más altas tasas de criminalidad, pero las condiciones de vida de su población no son fáciles y no está exento de problemas sociales y económicos. Las protestas siguen siendo habituales por las graves dificultades sociales y urbanas que sufre un territorio alejado del privilegiado centro de la ciudad. El desalojo de Joe Slovo, uno de los asentamientos informales más grandes de la ciudad o el controvertido proyecto de construcción de viviendas N2 Gateway Housing Pilot Project son algunos ejemplos de los problemas sociales que existen.

La falta de espacios públicos, imprescindibles para fomentar una mejor convivencia entre los vecinos, ha sido también una importante carencia detectada por la comunidad y por las autoridades, que creen firmemente que la construcción de nuevos equipamientos culturales pueden ser una oportunidad de desarrollo y una mejora del territorio: “A menos que vivas en el centro de la ciudad o en ciertas zonas privilegiadas, no hay realmente equipamientos culturales diseñados. Hay una gran necesidad de proporcionar apoyo en el desarrollo de niños y jóvenes y muchas organizaciones culturales llevan a cabo programas de enseñanza de danza, música, teatro y artes visuales”, asegura el Consejero Garreth Bloor (Miembro del Comité de Turismo, Eventos y Desarrollo económico de Ciudad del Cabo) en la entrevista realizada por Wiriko.

Por ello, una de las peticiones más demandadas por sus habitantes ha sido la creación de un teatro para el uso de la comunidad, especialmente niños y jóvenes, complementando así el ya existente Centro Cultural Guga’s s’Thebe. La vida cultural de este township discurre principalmente en este centro construido durante el fin del apartheid en los años noventa. La intensa actividad del Guga s’Thebe durante estos últimos años y el número cada vez mayor de grupos de teatro y performance en Langa, han ido haciendo necesaria la ampliación del recinto cultural para dar cabida a otro tipo de actividades de mayor envergadura.

Además Langa —que significa sol en lengua xhosa— ha sido el hogar de muchos líderes políticos y comunitarios, músicos, artistas, etc., lo que ha despertado un gran interés turístico y cultural. Como asegura Bloor: “Langa se está convirtiendo en un lugar muy popular entre los turistas por su historia, lo cual está desarrollando una fuerte economía del turismo”.

Después de la decadencia que sufrió a principios de la década de los 2000, Guga s’Thebe —y en consecuencia el nuevo teatro anexo—, está encaminado a situarse como un punto de referencia en la región tanto para jóvenes y artistas como para aquellos visitantes que prefieran conocer la escena cultural fuera de los circuitos más frecuentados por el turismo masivo.

La arquitectura como práctica social y cultural

La construcción de Guga s’Thebe Theatre es un proyecto que se apoya en los principios de una arquitectura sostenible, asegurando así que tanto el diseño como la construcción se adapte perfectamente a la realidad social, espacial y cultural. Así, la historia de Ciudad del Cabo está plasmada de una forma u otra el diseño y los materiales utilizados, con una lógica de reutilización, reciclaje, métodos de construcción de bajo coste e inteligencia energética. No es de extrañar que el proyecto forme parte del Cape Town World Design Capital 2014.

El equipo formado para llevar a cabo el proyecto se creó a partir de la colaboración realizada a través de la revista de diseño de interiorismo AIT, que puso en contacto al grupo Design·Develop·Build· (formado por las universidades Peter Behrens School of Architecture de Düsseldorf, RWTH Aachen de Aachen y el Georgia Institute of Technology de Atlanta) con la arquitecta sudafricana Carin Smuts de CS Studio de Ciudad del Cabo, involucrada en la construcción del centro cultural desde sus inicios en 1992. Fue entonces cuando pensaron que un proyecto de colaboración sería la mejor manera de construir el nuevo teatro, concebido como un programa de apoyo a la siguiente generación de artistas.

“Tras numerosas reuniones con la comunidad y el Ayuntamiento de Ciudad del Cabo, se hizo evidente la necesidad de dar cabida a nuevas actividades, que el centro Guga S’Thebe no podía ofrecer: un espacio para eventos grandes, ya que [el centro] fue concebido como un espacio de ensayo y utilización para grupos locales de teatro infantil. Tenía como objetivo proporcionar una oportunidad para el continuo empoderamiento de la juventud así como el aprendizaje, la música y el ocio, incorporando una estética lúdica. La idea de construir un espacio para 200 personas fue desarrollada con la comunidad y con el Ayuntamiento, para permitir realizar actividades a compañías de teatro locales, conciertos, misas, bodas y festivales”, afirma Daniel Baerlecken, uno de los arquitectos del Georgia Institute of Technology de Atlanta, en una entrevista paraWiriko.

Una de las características más atractivas de la construcción del Guga s’Thebe Theatre, es la vertiente colaborativa en la que alumnos sudafricanos e internacionales se han puesto manos a la obra —y con sus propias manos— en la construcción del teatro desde cero, aplicando esta teoría a la práctica e integrando la cultura a la arquitectura: “Los proyectos Diseño-Construcción se basan no sólo en el intercambio de conocimientos, sino también en la experiencia cultural tanto para el creador como para el usuario. (…) incluye la comprensión de la arquitectura como práctica social y la toma de conciencia de todas las consecuencias y las responsabilidades éticas” afirma Baerlecken.

También han participado en el proceso trabajadores locales, que han sido formados en técnicas de auto-construcción alternativas, de bajo coste y baja tecnología, lo que les permite aplicarlas en el futuro en la construcción de nuevas infraestructuras, asegurando así que el proyecto pueda ser durable en el tiempo.

“Apostando por un uso honesto frente a la alta ingeniería” en propias palabras del arquitecto, la construcción del teatro está hecha a partir de la reutilización de contenedores de acero provenientes del puerto marítimo —he aquí una parte de la historia de Ciudad del Cabo—, utilizados con frecuencia en los townships por su seguridad y su precio. Una vez apilados, los contenedores están dispuestos alrededor de un habitáculo central y albergan espacios como bastidores, un comedor popular, palcos, un estudio de grabación, etc. El problema de climatización que caracteriza a estos contenedores se ha solucionado con un revestimiento de arcilla y paja cubierto con diferentes materiales: “Esta capa, que proporciona protección contra la intemperie y al mismo tiempo genera la identidad del edificio, se crea a partir de materiales locales reciclados como madera de cajas de fruta, neumáticos viejos y plástico, pero también se adapta a un textil vernáculo en el diseño de la fachada —inspirado en un patrón local Xhosa—. La combinación de materiales reutilizados o reciclados con métodos de construcción locales y tradicionales puede ser un elemento clave de métodos neo-vernaculares de construcción de bajo coste”, sostiene Baerlecken.

El recién inaugurado teatro ha albergado numerosos eventos durante su construcción. Con un exterior ya casi terminado y un interior en curso, la finalización completa del teatro será a mediados de 2015, cuando el Ayuntamiento tiene previsto equipar el edificio con mobiliario, cafetería, tienda, un espacio de galería y una mejor iluminación y sonido.

Sin duda, se puede considerar el Guga s’Thebe Theatre como una obra paradigmática de las posibilidades del diseño y de la arquitectura contemporánea a la hora de dar respuesta a unas condiciones sociales y espaciales muy determinadas. La unión entre la experiencia práctica con la investigación cultural, muestra una mejor adaptación al entorno y a las necesidades reales de la comunidad, haciendo que la arquitectura moderna sea, reiterando las palabras de Baerlecken, una auténtica práctica social.

Más información del proyecto aquí.

 * Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro, el 17 de octubre de 2014

 

Diseño Suajili: el milenario arte africano de la talla de madera

Detalle de estilo swahili del trabajo de la madera en un Dhow o embarcación de la isla de Lamu, Kenia. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

Detalle de estilo suajili del trabajo de la madera en un Dhow o embarcación de la isla de Lamu, Kenia. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

* Este artículo ha sido originalmente publicado en el Boletín trimestral del Centro de Estudios Africanos de Barcelona por colaboración entre Wiriko y el Cea

A día de hoy, la talla de madera continúa siendo un oficio de prestigio evidente en toda la costa suajili. En los talleres, las técnicas y conocimientos milenarios se transmiten de padres a hijos, y el trabajo de los talladores de madera y yeso se pueden encontrar en prácticamente todos los hoteles de lujo del África del Este. Centros de arte como el Diani Beach Art Gallery, exhiben algunas de sus muestras, y un mercado internacional adinerado procura hacerse con piezas de diseño de inspiración suajili como preciosas obras de arte. Y así, parte de su cultura material se expande por el mundo como una de las artesanías más ricas y preciadas de toda África.

Más de un millón de personas, de Somalia a Mozambique, conforman la cultura suajili. Su población es descendiende de la comunidad de africanos bantú arabizados a partir del siglo II-III d.C. a consecuencia del intercambio comercial con el sur de Arabia, Irán o la India occidental. Se trata de una de las culturas más influyentes de todo el continente y prueba de ello es que, a día de hoy, el kisuajili como lengua franca es hablado por más de noventa millones de personas en diferentes puntos del África del Este.

Una de las puerta suajilis de la isla de Lamu. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

Una de las puerta suajilis de la isla de Lamu. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

Sin embargo, la cultura suajili como tal -esencialmente una comunidad marítima de corredores e intermediarios cuyo máximo esplendor se dio entre los años 1300 y 1500 según Colin Breen y Paula J. Lane (476:2003)– ha desarrollado a lo largo de su historia un arte único y original. Ya no hablamos de la cultura del Kanga, introducida en el África Oriental en el siglo XIX, de los tatuajes con henna, las pinturas de la “escuela TingaTinga”, ni tampoco directamente de la arquitectura suajili, con sus típicas casas rectangulares de varios pisos, arcos, patios, torres y terrazas. Sino del arte milenario de la talla de madera, que a pesar del declive del sultanato omaní debido a la abolición del comercio de esclavos y las colonizaciones portuguesa y británica, no ha dejado de representar tanto uno de los rasgos identitarios más bellos de la cultura suajili como un sector económico rentable.

Ya sea en la ciudad de Lamu (norte de Kenia), en la Stone Town de Zanzíbar (Tanzania) o en Ilha de Mozambique (Mozambique), reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad, el trabajo de la madera en las puertas de las casas, en sus muebles o incluso en los dhows (embarcaciones tradicionales de la costa suajili), se erige como símbolo indiscutible de poder.

Una de la postales más conocidas de la costa este africana son las artes decorativas de las puertas de las casas. El cenit de su elaboración data de finales del siglo XIX, cuando se realizaron las puertas de mayores proporciones y estéticamente más sobrecargadas. Su estilo se caracteriza por adornos con figuras geométricas y motivos florales tallados en relieve tanto en sus dinteles laterales como en su parte central. Además, se distinguen porque sus paneles no llevan adornos, sino que son biselados con ornamentos de latón o de hierro que las embellece aún más al romper con el color de la madera (Gordon Campbell 2006:326).

La complejidad de esta artesanía queda patente por el minucioso trabajo de los talladores. La construcción de una puerta tradicional suajili, tallada a mano por los artesanos locales, puede llevar entre cuatro y seis meses de trabajo. Sus materiales son maderas autóctonas como el ébano, el cerezo, el arce o el nogal, aunque algunas de sus más antiguas producciones están hechas con materiales importados gracias a la trata a través del Índico, como es el caso de la teca de Birmania.

Un artesano suajili de la madera trabaja en un taller en la isla de Lamu, Kenya. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

Un artesano suajili trabaja la madera en un taller en la isla de Lamu, Kenya. Foto: Sebastián Ruiz/Wiriko.

Del mismo modo, más allá de los bancos de piedra (o Baraza) que se observan a cada lado de las puertas de las casas, y donde se disfruta de la compañía de vecinos y amigos a la sombra de las estrechas calles empedradas, se esconden auténticos tesoros para los amantes del interiorismo. Dentro de las casas levantadas a partir de coral, bigas de madera tropical y orientadas hacia la Meca, el patio central (o Kiwanda) nos conduce a dormitorios en los que el mobiliario suajili se impone como uno de los más preciados bienes. Las paredes enyesadas con cal blanca y a veces pintadas de color turquesa, dan profundidad a espacios diáfanos, pero también dibujan nichos adornados en las paredes, donde reposan Coranes, inciensos o velas.

Al levantar la cabeza, uno se topa con bigas de madera decoradas a rallas granates y negras, que al mismo tiempo, harmonizan con los tocadores, divanes, baúles y mesas, que conservan la imprenta del arte local. Algunos de los más típicos muebles son los tronos, o sillas del poder (kiti cha enzi): majestuosas butacas de caoba que a veces incorporan marfil como símbolo de la riqueza del patriarca. Pero ningún mueble se muestra tan altivo como la cama, robusta y altísima, hasta el punto de necesitar un taburete para subirse en ella.

Sin embargo, el arte africano de la talla de madera no está exento de controversias. La que se puede considerar como una de las producciones más bellas de la costa este africana, se ha visto perjudicada en los últimos años por la modernización urbana o la adquisición de reliquias por parte de turistas o anticuarios de todas partes del planeta. A parte, la utilización inadecuada de maderas nobles como el ébano, puede acarrear un impacto medioambiental muy perjudicial a largo plazo. Todo ello, sumado a que la mayor parte de edificios suajilis mejor conservados están actualmente en manos de empresarios del sector turístico, hace imprescindibles programas como el implementado por la UNESCO en el marco de la Recomendación sobre el paisaje urbano histórico, dedicado a involucrar a agentes y gobiernos locales en la conservación y preservación del patrimonio material suajili. Esto es, indiscutiblemente, una necesidad primaria para que estos bienes no desaparezcan o se monopolicen solamente en manos extranjeras.

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