I Still Hide to Smoke: el hamman y la lucha de la mujer argelina

Frente a las bombas, al atropello de los derechos humanos y a los barbudos hay un hamman. Este esconde un susurro inocente. Para muchos, conspiratorio. En la Argelia de 1995, el integrismo islámico lidera el terreno político y la represión militar viene impuesta por el Frente Islámico de Salvación (FIS). En este contexto se atiende mejor a las pequeñas cosas; al cigarrillo, al mar, a la ropa tendida o a la alegría de saber que se ha restablecido el servicio de agua. En los malos momentos, agua caliente. O una mano amiga que se ofrezca a frotar allí donde no se llega.

I Still Hide to Smoke (2016), de la realizadora argelina Rayhana Obermeyer, es una película coral liderada por la actriz Hiam Abbas (Fatima). Un hamman (baño turco) es el escenario de una cinta que se adentra en los abusos de la sociedad misógina durante la guerra civil de Argelia.

El hamman de Fatima es un bálsamo anímico para un grupo de mujeres que intenta escapar de la rutina. Madres, hijas y amigas. Vírgenes, rebeldes y enemigas. Gordas y delgadas. Casadas, solteras, viudas y divorciadas. En los baños hay cabida para todas. Muchas vienen solo a bañarse mientras otras se exfolian o preguntan por un masaje. Las hay quien además del respiro terapéutico, vienen a buscar consejo, a desahogarse o a olvidarse de los fundamentalistas. Aquí se habla sin tapabocas de sexualidad, matrimonio, divorcio y religión. Se cotillea y se ríe. También se llora. Y se sueña.

Samia (Fadila Belkebla), de 29 años y soltera, sueña con irse con el mar. De perderse en el horizonte. Pero lo que le quita el sueño es buscar un marido. Entra a trabajar en los baños para ver si alguna casamentera la recomienda aunque “nadie se fija en las que limpian o dan masaje”, le advierte Fatima. Samia es testigo en un espacio donde además de la limpieza física existe un aseo mental.

El hamman es un refugio para que las mujeres se presenten sin máscaras, con sus miedos e inquietudes. Un lugar para expresarse libremente y buscar compañía. Incluso es destino para aquellas que apoyan al régimen extremista. Rayhana, que se enfrentó al desafío de encontrar actrices árabes que quisieran formar parte del reparto, propone una cinta con escenas cuidadas y tiernas donde las mujeres descosen estereotipos en unos diálogos atrevidos y que son una mirada al mundo árabe femenino.

Aunque en una sociedad en la que “falta el amor”, siempre hay alguien pidiendo pelea. La seguridad de los baños se verá amenazada cuando Fatima acoge a Mariem (Lina Soualem), soltera y de 16 años, que está embarazada. Su hermano fundamentalista ha conocido el secreto y va buscarla al hamman. Venganza y una daga. La tranquilidad entonces queda a expensas de los barbudos que atormentan la desinhibición cuando llaman a la puerta.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa.

Luto en el cine senegalés tras la muerte de Abdel Aziz Boye

Fallece Abdel Aziz Boye, fundador de Ciné UCAD y Ciné Banlieue, dos centros clave en la formación de jóvenes cineastas en Senegal, y miembro del comité de gestión de los Fondos de Promoción de la Industria Cinematográfica y Audiovisual (FOPICA). Nacido en Saint-Louis en 1953, yace a sus 64 años de edad esta figura emblemática en un país de larga y célebre trayectoria cinematográfica.

La tarde del 9 de noviembre la comunidad de cineastas senegaleses recibía la triste noticia del fallecimiento de Abdel Aziz Boye, el Señor Boye, como consecuencia de una corta enfermedad. El cuerpo fue velado la mañana del viernes 10 de noviembre en el Centro de salud Abdoul Aziz Sy situado en el barrio Parcelles Assainies, en Dakar, para luego ser enterrado en Saint-Louis, su lugar de nacimiento. Decenas de jóvenes formados por el gran maestro, así como establecidos directores y la Dirección de la Cinematografía de Senegal, compartían el dolor ante la noticia a través de las redes sociales, elogiando sus contribuciones al cine. Rama Thiaw, cuyo documental La revolución no será televisada fue premiado en la Berlinale de 2016, exclamaba: “Estoy realmente triste. Este hombre ha hecho mucho con muchísima generosidad y muy pocos medios por el cine en Senegal y la formación de jóvenes de las afueras y los barrios populares. Descanse en paz. ¡Un gran hombre!”

La figura de Abdel Aziz Boye, generosa, humilde, sabia, constante y comprometida con su país, es un excelente ejemplo del papel que determinados individuos, artistas, intelectuales y demás actores sociales, desempeñan en la cultura senegalesa, a pesar de la falta de medios y subvenciones para apoyar el talento de un país con más de un 55 por ciento de población juvenil, según el portal de información Au Sénégal. Su modestia hacía que se auto-presentara como “un loco apasionado del cine.” En contraste con los nostálgicos de la época de esplendor del cine senegalés, con las primeras películas de Ousmane Sembène y Djibril Diop Mambéty desde los años sesenta y setenta, ambos ya fallecidos, el Señor Boye se empeñaba en defender que el cine senegalés no ha desaparecido, a pesar del cierre de las salas.

Nacido en Saint-Louis en julio de 1953, donde vivía cerca de uno de tantos cines que desparecería en Senegal a finales de siglo XX, el cine VOX, su relación con el cine comenzaría a muy temprana edad. Solía contar que a los siete años crearía sus primeras imágenes en movimiento, con un cartón, y que desde entonces el cine no le había abandonado nunca. Tras sus estudios en la escuela Brière (ahora, Émile Sarr), donde se formaron grandes personalidades del país, como el segundo presidente, Abdou Diouf, el Señor Boye se fue a Francia en 1976, para hacer de su pasión su profesión. Allí estudiaría en el Conservatorio Libre del Cine Francés (CLCF) y más adelante en la Universidad París VIII, en el departamento de psicología y sociología. Durante ese tiempo, nunca dejó de hacer cine, colaborando con distintos cineastas. Fue así como el realizador senegalés Ousmane William Mbaye acudió a él para que fuera asistente de realización en varias de sus películas, Fresque Francophone, en 1992, y un título cuya producción acabaría abortando, Talatay Nder. Con motivo del rodaje de esta última película, Abdel Aziz Boye volvería a Senegal, donde se instalaría hasta el último día de su vida, compartiendo su experiencia y aprendizaje con los jóvenes.

Tras 22 años en París, el Señor Boye fundó Ciné UCAD, un centro de formación en la Escuela Superior Politécnica de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar (UCAD), destinada a los jóvenes universitarios, ofreciendo la única formación disponible entonces sobre el séptimo arte. Su labor no concluiría en la universidad. En 2008 fundaría Ciné Banlieue, en las afueras de Dakar, para ofrecer formación cinematográfica a los jóvenes de las afueras, una zona afectada por limitadas condiciones de saneamiento, y cuyos orígenes son coloniales, cuando el poder colonial francés desplazó a la población de Dakar de determinados barrios a las afueras, debido al incremento exponencial de la población. Ciné Banlieue dio sus primeros pasos en el centro sociocultural del municipio de Guédiawaye, reuniendo a jóvenes de distintos barrios de las afueras, como Guinaw-Rails y Keur Massar. Estos arrojarían luz sobre las arduas condiciones en la banlieue, desde una mirada interna y conocedora de sus problemas. Fue así como nacerían corto-metrajes como Guinaw Rails (Detrás de las vías), en referencia al barrio del mismo nombre, de la realizadora Kady Diediou, en 2014, con Mamadou Khoma Gueye como cámara, ambos estudiantes de Ciné Banlieue. Tras un año en Guédiawaye, Ciné Banlieue se traslada al Centro Cultural Léopold Sédar Senghor en Pikine, a las afueras de Dakar, para finalmente establecerse en Parcelles Assainies, un barrio de Dakar colindante con las afueras.

Con escasos medios, pero desbordante pasión y determinación, la casa se transformaría en escuela de cine, con varios pupitres y sillas, las clásicas pizarras, formando un par de aulas, llamadas Djibril Diop Mambéty y Ousmane Sembène, en homenaje a los grandes del cine senegalés; un patio central descubierto donde se celebrarían la mayoría de los talleres y clases, más ventilado que las aulas, unos aseos, una pequeña oficina, y una terraza que se convertiría en cine bajo las estrellas en determinadas ocasiones. El espacio, aún activo tras casi diez años, constituye un espacio de culto para los cinéfilos del país.

 

El Señor Boye no solo compartía su sabiduría sino que invitaba a técnicos profesionales del cine, trabajando con célebres cineastas, como Mousa Sene Absa, o a los propios realizadores, como Ousmane William Mbaye y Alain Gomis, cuya impecable trayectoria cinematográfica acaba de alcanzar la mirada de los óscars, con su película Félicite, nominada para representar Senegal en 2019. Esta es de hecho fruto de una co-producción en la que se incluye FOPICA, de la que el Señor Boye es miembro del comité gestor.

La cantidad de títulos salidos de esta modesta pero crucial escuela de cine es tal que muchos de los jóvenes realizadores se han incorporado al circuito internacional de festivales de cine, como el director del cortometraje Moly, sobre un joven con discapacidad física llamado Moly Kane, proyectada en el Festival de Cannes en 2011, o Baye Fall, el soldado de la paz, de Pape Bolé Thiaw, otro de los jóvenes formados en Ciné Banlieue. Para Bole Thiaw a, quien describe al Señor Boye como alguien que lo era todo para él, “un mentor, un formador, pero más que nada, un padre”, la noticia de su muerte ha sido devastadora. Son muchos los jóvenes que reconocen el mérito de su trabajo, capaz de hacerles descubrir una pasión ue en algunos casos llegaría a convertirse en profesión. Nazir Cisse, cámara del telediario “rapeado” por Keyti y Xuman, JTR, y dedicado a la realización de video-clips, fue otro de los discípulos de este gran maestro: “El es el que hizo que me gustara el cine. Estuve dos años en Ciné Banlieue siguiendo sus cursos. Todo lo que sé de realización es a través de él. Y no soy el único. Despierta la pasión por el cine a muchísimos jóvenes de las afueras y lo hace de forma gratuita. Es un grande de la cultura senegalesa.”

 

En 2013, Ciné Banlieue se decidió a crear su propio festival, para dar visibilidad a las películas creadas por Ciné Banlieue, así como a otros títulos del cine senegalés y demás países africanos. Con una periodicidad anual, en 2015, el agregado cultural de la embajada española apoyaría el proyecto, contribuyendo a la internacionalización del festival. Así, en la segunda edición, el Banlieue Film Festival iniciaría una colaboración con el Slum Film Festival de Kenya, fruto de un intercambio y acuerdo de colaboración propiciado por Federico Olivieri y Pape Bole Thiaw. Ambos se conocieron en un taller de crítica en 2013 en el 10º Festival de cine Africano-FCAT, coordinado por Federico Olivieri, co-fundador a su vez del Slum Film Festival, y donde Pape Bole Thiaw era una de los tres beneficiarios de la beca de AECID, junto con la periodista Kodou Sene, y otro compañero de Ciné Banlieue, Keba Danso. Este último se encuentra ahora en las islas Canarias, donde también está creando su propio cineclub con los jóvenes isleños. Cuando estos le preguntan sorprendidos por cómo Keba Danso les regala su tiempo de manera altruista este responde: “También en mi vida hay una persona llamada Señor Boye a la que le gustaba el cine y esta persona nos daba todo su tiempo y nos ayudaba sin pedir nada. Nos ha salvado la vida a muchos jóvenes de los suburbios haciéndonos creer en nosotros mismos y convenciéndonos de que podemos contar nuestra propia historia.”

La segunda edición del Banlieue Film Festival no ha sido la única colaboración entre Cultura Dakar y Ciné Banlieue, que también ha organizado la proyección de cortometrajes en el Aula Cervantes de Dakar. Fuera del marco institucional, el Señor Boye se ha mostrado siempre disponible al trabajo de jóvenes realizadores españoles y de distintos países, ofreciéndoles un excelente espacio de difusión y reflexión sobre sus obras en Ciné Banlieue en Parcelles Assainies.

Ciné Banlieue, a través del liderazgo de Abdel Aziz Boye, se ha convertido en un colectivo, centro y movimiento de participación obligada en las citas cinematográficas del país. Deja un legado inmenso en el mundo del cine senegalés, que requiere del apoyo y reconocimiento de las distintas instituciones senegalesas, así como del empeño de sus discípulos, para que dicho legado no cese y siga creciendo, dando larga vida al maestro a través del cine, y evitando esa segunda muerte que es el olvido.

Call Me Thief: El destrozo del apartheid en la Sudáfrica de los sesenta

La muerte ajena. Mover la mirada cuando el dolor se presagia cerca. Escapar en el precipicio. Intuir la figura arqueada de un cuerpo que pende de una soga. La mortaja. Los dedos de los pies que se entumecen. No llega el oxígeno. Y entonces, el final. Así comienza Noem My Skollie (Call Me Thief, en su traducción inglesa). Una toma inicial que muestra los últimos segundos de un prisionero que jadea y reza. No hay tiempo. O quizás en el más allá. Se escucha una voz en off que recita esa frase que da miedo porque cuestiona y aprieta las neuronas de lo racional: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Se le atribuye al siempre eterno y guapo James Dean, aunque en realidad se hiciera famosa en un diálogo de la película Llamad a cualquier puerta (1949) del director Nicholas Ray, en la que Humprey Bogart interpretaba a un abogado de esos de gabardina y cigarro quemando labios.

La película Call Me Thief, del director Daryne Joshua, vuelve a la Sudáfrica del apartheid y se sitúa en Ciudad del Cabo en la década de los sesenta. En concreto, la historia se centra en Cape Flats, un ghetto –actualmente en expansión– que fue construido a unos 15 kilómetros de las elegantes casas adosadas y ajardinadas de la cornisa atlántica de esta ciudad del extremo sur del continente. Cuando la segregación legalizada se extendió por Sudáfrica a finales de la década de 1960, el gobierno blanco expulsó a las familias mixtas de sus comunidades en el centro de Ciudad del Cabo y les asignó parcelas en esta tierra al oeste. Pero allí solo había arena, polvo y desolación. Las redes familiares se rompieron y se reemplazaron por otro tipo de alianzas: las pandillas callejeras que han vivido y muerto en este suburbio considerado el más grande de Ciudad del Cabo (entre 300.00 y 3 millones de personas).

En este contexto es donde se enmarca el guion basado en la propia historia de John W. Fredericks, que ahora peina los 71 años y despoja heridas a golpe de tecla en su vieja máquina de escribir que maneja con un solo dedo. La sinopsis es la siguiente: El joven Abraham, conocido como AB (Austin Rose) eleva su estatus en la cárcel cautivando a los gánsteres con su don para contar historias mientras que sus tres mejores amigos Gimba (Ethan Patton), Gif (Joshua Vraagom) y Shorty (Valentino de Klerk) hacen de concubinas de los jefes pandilleros. Hay varios grupos, pero el poder de las palabras y la narración oral servirán de parapeto a AB para permanecer neutral. Un don que le reconoció su madre en la infancia mientras él le leía la Biblia.

¿La inflexión? Un asalto brutal en un basurero de Cape Flats donde lo violan y le roban su inocencia. A pesar de las pesadillas, AB entierra su dolor instando a sus amigos a formar una pandilla (los Young Ones) para protegerse mutuamente. No obstante, pronto serán absorbidos por el mundo violento de robos y asesinatos glorificados por sus padres y adultos a los que admiran. Las imágenes muestran cómo los muchachos pasan el tiempo en las esquinas de las calles, hablan duro y presumen de las heridas de bala en sus piernas o de los cortes con cuchillo en la cara a causa de las peleas. Y beben. Un par de botellas de cerveza Black Label, amortiguan el paso de la violencia a la inocencia que todavía conservan estos adolescentes.

Hay una historia paralela de amor como en las películas de bandas callejeras rodadas en América. También hay venganza, miedo y desesperación. Pero quizás, más allá de la violencia, el uso de la narración de historias como contrapunto a la brutalidad de los encarcelamientos en masa durante esa parte de la historia sudafricana es apasionante y refrescante. Sus más de dos horas ofrece un final que complace a pesar de cabalgar en algo que el joven realizador Daryne Joshua ha conseguido a la perfección con la película: uno de los dolores más profundos e inquietantes que existen es la soledad. La supervivencia es una cuestión de perspectiva.

Call Me Thief, fue la única película del África al sur del Sahara que estuvo en las apuestas para los 89 Premios de la Academia (Oscar) en 2017.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa. Call me a thief ha sido la película ganadora de la edición 2017.

Félicité o el canto a la vida

Félicité se gana la vida cantando en un bar de Kinshasa

Félicité es la nueva cinta del director franco-senegalés Alain Gomis y una de las candidatas a llevarse el Premio del Público a la Mejor Película en la presente edición de Film Africa, el festival de cine africano contemporáneo de Londres del que Wiriko es medio oficial y advisor de la programación.

El nuevo trabajo de Gomis es un canto a la vida. Un tratado de resiliencia visual y musical de más de dos horas y que relata los pormenores de una madre soltera de Kinshasa, Félicité, cuya rutina cambia el día en que su hijo sufre un accidente de tráfico.

Félicité se gana la vida cantando en un bar de la capital de la República Democrática del Congo (RDC). Es una mujer valiente, dura y que lucha por no tener que darle explicaciones a nadie. La protagonista trata de escapar de un sistema socioeconómico y cultural que pone obstáculos para la independencia de la mujer en el África subsahariana. Ella pelea su sitio, esquiva a los acosadores y lleva las riendas de su vida como le da la gana. Dejó al padre de su hijo para ser una mujer fuerte aunque perderá el pulso ante el sistema de salud congoleño. Su aguante se desmorona cuando Samo, su hijo, necesita una operación para salvar su pierna tras un percance en motocicleta. Desesperada por conseguir el dinero que permita la actuación médica, Félicité se enfrenta a sí misma y a su orgullo.

En todo bar hay un borracho. Un hombre solitario. Tabu, interpretado por Papi Mpaka, es el que cada noche escucha las canciones de Félicité desde la barra. Empinando el codo, hablando más de la cuenta y engatusando a las mujeres para que lo acompañen a la cama. Una mañana de resaca, este manitas aparece para arreglar el frigorífico de Félicité. Ambos personajes chocan fuera del bar, en un marco ajeno pero con las etiquetas de la noche; él es el borracho, ella la cantante.

En este contexto, Tabu sabe de la situación de Félicité y de su hijo y accede a ayudarla. Pero, ¿cuál es la moneda de cambio? En la encrucijada, la película de Gomis toma, sin embargo, al espectador más allá de una historia de autocompasión. La resistencia de Félicité se desmorona mientras Tabu endulza unos momentos agónicos. La historia nos lleva hacia un camino de aceptación, perdón y esperanza. Un sensual y cuidado contrato al amor sin letra pequeña. Una relación honesta y cruda como la mirada de su protagonista, la sudafricana Véro Tshanda Beya Mputu. Sus ojos penetran desde el primer plano así como lo hace su voz.

La música es también otro personaje más en esta cinta. La banda sonora está compuesta por el colectivo local Kasai Allstars y a través de los temas se muestra la mutación de carácter de Félicité. Del jolgorio a la rendición. Y a los sueños. Gomis juega con unas escenas líricas, amenizadas por la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, para adentrarnos en unas ensoñaciones donde se olvida el caos de la ciudad y en la oscuridad del bosque, Félicité encuentra a Tabu.

Tabu, Felicité y Sano en un fotograma de la película

La relación entre ambos crece en silencio. La noche es para los tormentos y a plena luz del día no hay máscaras. No hay micrófono, no hay trago. Hay otras Félicités. Otros Tabus. “Ámame pero no me lo pidas”, le dice ella.

Alain Gomis filma la rutina con esta película. Se ha centrado en los momentos diarios en los que la vida toma forma y se desarrolla. “Me gusta fijarme en lo invisible de cada día porque ahí experimentamos cosas intangibles como por ejemplo el amor”, dijo el director en la pasada edición de la Berlinale donde Félicité se llevó el Gran Premio del Jurado (Oso de Plata).

En esas minucias de la vida cabe un frigorífico. Uno antiguo, estropeado y que mantiene su lugar de privilegio en el salón de una casa de los suburbios de una capital del África subsahariana. ¿Es mejor comprarse uno nuevo? Quita, quita. Esto se soluciona pronto. No es el motor, es el ventilador. Tampoco. Va a ser el transformador. Y cuando todo está perdido, el frigorífico vuelve a funcionar. Sin embargo, desprende ruido. Se ríe por no llorar. Se acepta y el molesto sonido da compañía en la humilde casa de Félicité. La vida es como un frigorífico. Y quizás el amor.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa.

Seminci 2017: un idilio de amor entre El Nilo y el Pisuerga

Conquistó a la crítica y el jurado en el Festival Internacional de Sundance y el pasado sábado se hacía con la Espiga de Oro, el máximo galardón, en la capital de Castilla León durante la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) que este año ha proyectado más de 300 películas. El trabajo del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh The Nile Hilton Incident no deja indiferente a nadie: corrupción, policías y movilizaciones sociales. La revolución de 2011 en Egipto proporciona el telón de fondo para el implacable thriller político de Saleh que cambia gradualmente el enfoque de las sucias calles de El Cairo a los niveles más altos del Parlamento en el curso de una investigación por un asesinato mediático. A pesar de tener un título bastante genérico, The Nile Hilton Incident representa el tipo de cine penetrante que solo un guionista y director íntimamente familiarizado con la cultura egipcia –pero que posee una perspectiva externa– podría lograr convincentemente. La sudanesa Mari Malek, en el papel de Salwa, quien interpreta a una refugiada indocumentada, se ha convertido en una de las actrices revelación de este año a nivel internacional cautivando a la cámara. Era evidente que la historia de amor entre el El Nilo y el Pisuerga no se hiciera esperar.

Ciertamente en esta edición ha habido muchas cosas que celebrar, pero otras muchas que deberían ser mejoradas y Wiriko ha estado presente para poder contar todo de primera mano. Una de las claves de este festival ha sido su capacidad de reconversión con los años. Con una participación de más de 95.000 espectadores, uno de los festivales de autor con más trayectoria, parece que empieza a remontar los peores años vividos durante la crisis. Si la Seminci comenzó en 1973 como un “festival religioso y de valores humanos”, se dio un giro de 180 grados con la transformación completa hacia un certamen de cine internacional. No solo eso, desde la llegada en 2008 del último director del festival, Javier Angulo, se ha conseguido dar la vuelta al certamen duplicando el número de espectadores en menos de una década y mejorando su imagen tanto interna como externa. Además, esta ha sido una de las ediciones más femeninas del evento ya que se equiparó por primera vez el número de películas dirigidas por mujeres al de hombres en la Sección Oficial. “Es sin duda la mejor noticia del festival. Las mujeres también existimos aunque muchas veces se nos intente invisibilizar”, comenta Sara a la salida del largometraje iraní Napadid Shodan. “Eso sí, creo que esperar hasta 2017 para alcanzar esa cifra me parece algo ridículo”, añade.

Actriz sudanesa Mari Malek.

La dirección de la Seminci ha destacado igualmente la presencia de más de 15.000 espectadores jóvenes en las salas, algo por lo que se ha luchado durante los últimos años. Para ello se ha incluido la sección infantil “Miniminci” o el Jurado Joven con el objetivo de diversificar la oferta del certamen y hacerlo más atractivo. “Desde mi punto de vista, la presencia de gente joven necesita todavía más esfuerzo porque en las salas somos pocos. Es un cine que representa la realidad, sin superhéroes y con pocos efectos especiales lo cual hace más difícil llegar al público joven. También es verdad que, cuando se conoce, la gente acaba repitiendo”, comenta Irene, estudiante de enfermería y espectadora asidua. Sin duda alguna, el festival está tomando el camino correcto en relación a la presencia de jóvenes en las salas, ya que ellos son el futuro de esta industria.

En la Seminci se presentan producciones y coproducciones de diferentes puntos del mundo. Sin embargo, no podemos pasar por alto que durante años el cine africano y, sobre todo el cine al sur del Sáhara, ha tenido una presencia residual. El cine del norte de África ha contado con más presencia e incluso Marruecos fue invitado al certamen en 2013 para realizar un repaso por su cine con la proyección de diecisiete largometrajes, tres documentales y seis cortos. No obstante, desde ese último año, hasta la pasada edición en la que Wiriko estuvo cubriendo Nakom el único largometraje subsahariano, los cines africanos han brillado por su ausencia.

Y cuando hablamos de cines africanos nos referimos a 54 países algunos de los cuales tienen unas industrias cinematográficas de mucho peso y con largas trayectorias como son los casos de Nigeria, Sudáfrica o Etiopía. No resulta coherente que esos países sigan sin estar presentes. “Hay películas que hablan sobre África negra y luego están las películas árabes, pero no he visto en esta edición ni una sola película dirigida por africanos o africanas”, comenta Javier, profesor de Historia. “En Andalucía están mucho más presentes los cines del sur, es algo que desde luego aquí se echa mucho en falta”, reflexiona.

Aunque insistimos en la necesidad de una mayor presencia de cines dirigidos por africanos y africanas, este año hemos contado con la presencia de largometrajes de temática africana: la franco-brasileña Gabriel e a montanha que nos relata la historia de un joven que decide viajar por el mundo y descubrir el continente africano; la suiza Me Mzis skivi var dedamicaze, que nos cuenta la historia de Dije, un inmigrante nigeriano que ha acabado por error en Georgia, y April que acaba una noche en la cárcel por ejercer la prostitución; la polaca Los pájaros cantan en Kigali que relata los horrores del genocidio ruandés de 1994; o el documental español Owino que ha participado en la sección DOC España y que nos traslada a la lucha de un pueblo de Kenia que lucha contra una multinacional que envenenó su poblado con vertidos ilegales de plomo.

Sin duda alguna este año ha sido el año de los cines árabes y del norte de África. Destacamos sobre todo el largometraje tunecino Aala kaf Ifrit que nos ha mostrado la desigualdad de género del Túnez posrevolucionario y que se hizo con el Premio de la Juventud o la mencionada The Nile Hilton Incident, que además de la Espiga de Oro, ha obtenido el premio al mejor director y guión.

A pesar de los éxitos de este año, lo cierto es que la Seminci debería pensar en acoger un mayor número de películas, cortometrajes o documentales africanos para poder obtener otra perspectiva. De esta manera se podrían enriquecer mucho las próximas ediciones del festival. Y es que este certamen, en su perfil más internacional, no puede permitirse dar de lado a todo un continente. Aunque aplaudimos la presencia –y la victoria– de los cines árabes no podemos pasar por alto la continua marginación que están sufriendo las industrias cinematográficas africanas. Solo nos queda esperar que en la próxima edición se empiece a valorar un poco más el trabajo de un sur que llama a las puertas de España.

Wiriko medio oficial del Film Africa

Black is beautiful: El Londres más negro sube el telón del Film Africa

Wiriko medio oficial del Film Africa

Wiriko medio oficial del festival de cines africanos de Londres Film Africa.

Vuelve un Londres en negro. Un negro que es beautiful. Un negro que como canta el cantante Chronixx, es necesario para entender la construcción del imaginario que tenemos del continente africano. Regresa el Film Africa (27 de octubre hasta el domingo 5 de noviembre), la celebración más grande de cines africanos y su diáspora de Inglaterra organizado por la Royal African Society de la que Wiriko continúa por tercer año consecutivo como medio oficial en español de una de las citas imprescindibles europeas. Y cuando se hace alusión a que la urbe inglesa ennegrece cada año es porque su política y objetivos se extiende a lo largo de seis sedes colonizando las carteleras de las principales salas de cine: Rich Mix, BFI Southbank, Ritzy Brixton, Ciné Lumière, Bernie Grant Arts Centre y el South London Gallery. No hay excusas para no enmudecer con alguno de los 38 títulos que se proyectarán procedentes de 21 Países africanos (incluidos 19 estrenos en el Reino Unido, Europa o mundiales) y con la presencia de cineastas, actores y actrices y músicos que endulzarán una semana africana que prestará especial atención a las historias de mujeres.

La apertura de esta noche en el BFI Southbank estará a cargo de la película The Wound (Inxeba), del director sudafricano John Trengove. Un trabajo atrevido que pudimos ver en el festival de Durban el pasado julio y que explora la sexualidad, la masculinidad y el choque entre los valores tradicionales y contemporáneos en la actual Sudáfrica. El actor principal y premiado músico Nakhane, uno de los nuevos talentos más emocionantes del país, asistirá a la proyección y actuará este domingo en el Rich Mix llevando sus melancólicas y lánguidas guitarras y bellas armonías vocales al público londinense por primera vez.

La séptima edición del Film Africa clausurá en el Ciné Lumière el 5 de noviembre, con el estreno en Londres de Foreign Body, el nuevo trabajo audaz y visceral de la directora tunecina Raja Amari. Para conmemorar sus 60 años de independencia de Ghana, el festival proyectará tres trabajos que capturan el espíritu de una de las industrias cinematográficas de más rápida expansión en el continente africano: Keteke, el primer largometraje de Peter Sedufia, con una preciosa banda sonora a cargo de la banda de Accra, Worlasi; la historia épica de la realizadora ghanesa-americana Leila Djansi sobre la trata de esclavos en el Atlántico, I Sing of a Well; y una rara oportunidad de ver uno de los más aclamados trabajos de los últimos tiempos, Kukurantumi – Road to Accra, del realizador King Ampaw.

Film Africa continúa su estrecha asociación con el consorcio de los cinco festivales de cine africano del Reino Unido (Film Africa-Londres, Africa in Motion-Escocia, Afrika Eye-Bristol, CAFF-Cambridge y Watch Africa-Gales) con su sección Clásicos perdidos de África (Africa’s Lost Classics), trayendo a las pantallas algunas de las mejores películas africanas que han sido prohibidas, censuradas, perdidas u olvidadas, incluida la restauración de algunas películas importantes dirigidas por mujeres africanas. Algunos ejemplos serán Fatma 75, una película pionera y el primer trabajo de no ficción de la tunecina, Selma Baccar; Rage, del laureado director nigeriano Newton Aduaka; y Mueda, Memory and Massacre, de Ruy Guerra, una obra central de la ola de Cine Novo, generalmente considerada como el primer largometraje de ficción independiente de Mozambique y una obra maestra de la memoria anticolonial.

En esta séptima edición se podrán ver los primeros trabajos del sudafricano Daryne Joshua con su Call Me Thief, un retrato de la vida en los suburbios de Ciudad del Cabo en la década de 1960; el estreno europeo de I Will Not Bear Tomorrow, de Abraham Gezahagne, que se adentra de lleno en uno de los momentos más oscuros de Etiopía; y en I Still Hide to Smoke, un baño turco es el telón de fondo para la audaz exploración de la directora argelina Rayhana Obermeyer sobre el papel de la mujer en su país hoy día.

Junto a I Still Hide to Smoke y Fatma 75, otros títulos de la programación de la que Wiriko forma parte como asesor muestran historias de mujeres. Por ejemplo, se estrenará en el Reino Unido el documental Sacred Water, de Jordain Olivier que explora la sexualidad femenina en Ruanda; A day for women, de Kamla Abou Zekri un trabajo que reflexiona sobre la comunidad, la convivencia y la libertad de las mujeres en la sociedad egipcia; El cuarto largometraje de Alain Gomis Félicité, ganador del prestigioso Oso de plata en Berlín, que retrata a una madre soltera en la capital congolesa de Kinshasa; y el documental de Pascale Lamache, Winnie, el cual describe la compleja figura de Winnie Mandela, y se pregunta por qué la historia silencia habitualmente a las mujeres líderes fuertes.

Otras películas destacadas incluyen el estreno mundial del documental Di Journey de Maria Khan, una exploración histórica y completa sobre las relaciones de inmigración y raza en la comunidad afro-caribeña del Reino Unido; lo último de la prolífica directora ghanesa Shirley Frimpong Manson, Potato Potahto; y el estreno en el Reino Unido del brillante documental de Samantha Biffot The African Who Wanted to Fly, que cuenta la extraordinaria historia de un joven de Gabón que se convirtió en maestro de Kung Fu en China.

Secciones de cortometrajes, días programados para los niños, conciertos y conferencias paralelas completan una semana que reflejará lo mejor de los cines africanos. Y Wiriko estará allí para contarlo.

Más información aquí.

Ruanda 2.0: Los pájaros cantan en Kigali

Muchas han sido las películas que han relatado el horror vivido en el genocidio de Ruanda que se desarrolló en 1994. Algunas, como Hotel Rwanda (2004), son muy conocidas gracias a la difusión a la que nos tiene acostumbrados la maquinaria de hollywood; pero hay otras, más sutiles, que nos relatan los mismos sucesos y sus consecuencias desde otra perspectiva.

Este es el caso de Los pájaros cantan en Kigali (“Ptaki spiewaka w Kigali”, en polaco), película que participa en la 62ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) en la sección oficial, es un drama dominado por dos mujeres que viven el horror ruandés de primera mano. Anna Keller, interpretada por una agónica Jowita Budnik, es una ornitóloga que junto a Jean Paul (Ciza Remy Muhirwa) investiga el comportamiento de los buitres en el país africano cuando la situación se vuelve insoportable. Claudine Mugambira, papel que interpreta la actriz Eliane Umuhire (que debutó en su papel en Things of the Aimless Wanderer), es una joven ruandesa que trata de huir de los ataques. Con ayuda de Anna, que trabajaba con su padre, consigue huir en las jaulas de los buitres muertos que la ornitóloga se lleva para continuar con su investigación.

Pero esto es solo el principio del largometraje. La propia directora, Joanna Kos-Krauze, que estuvo presente en la proyección, fue muy clara cuando le preguntamos sobre la temática de la película: “No quisimos reconstruir el homicidio y el sufrimiento por el que pasó Ruanda. No nos parecía ético representar el horror en la pantalla”. Por ello la película se centra en lo que ocurre después. Si hay algo que llama la atención en Los pájaros cantan en Kigali es la nueva perspectiva que nos muestra a las personas que vivieron el conflicto, sobre todo a nivel psicológico.

La trama nos cuenta que Claudine consigue llegar a Polonia, pero será alojada en un centro de refugiados y vivirá rodeada de un mundo que desconoce. Sin dejar atrás los traumáticos recuerdos y sin olvidar a sus familiares que no pudieron huir, Claudine tratará de continuar con su vida. Paralelamente Anna vuelve a su Polonia natal, pero su cabeza sigue en Ruanda. Aunque el público no lo ve directamente en la pantalla, sí que se intuye en la mirada de la co-protagonista cómo las escenas vividas vuelven una y otra vez a su cabeza.

Poco después Claudine consigue el estatus de refugiada y Anna opta por acogerla. Con la proximidad los recuerdos están más vivos que nunca y a pesar de que son las únicas que pueden comprenderse mutuamente la convivencia se vuelve insoportable. Cuando parece que la situación no se puede resolver, Claudine recibe noticias de la única familiar que ha sobrevivido al conflicto: su prima Marie-Christine. A partir de ese momento la protagonista se plantea volver a Ruanda y enfrentarse definitivamente a sus fantasmas. Pero no irá sola. Allí las protagonistas buscarán respuestas cuando el resto de los ruandeses tratan de pasar página y cerrar las heridas de los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en 1994.

La virtud de esta película es que permite al espectador acompañar a Claudine y a Anna a través de su particular viaje por la ansiedad y el trastorno. Los cortes repentinos, los desenfoques y las eternas imágenes de insectos, vísceras y buitres nos recuerdan el horror de forma sutil. La película, con largos planos y ritmo lento puede dar la sensación de alargarse más de lo debido. Pero esto se debe, en palabras de la directora, “a que los planos largos y desenfocados tienen el objetivo de reproducir la visión de una persona que está en estado post-traumático. Una persona en esa situación no tiene una imagen clara del mundo que la rodea, por eso la narrativa de la película da la sensación de estar rota”.

En cierto modo se agradece que la película no se centre solo en la pesadilla que estalló en 1994 y que podamos conocer cuáles son las consecuencias personales de un conflicto que conmocionó al mundo. Gracias a este largometraje podemos acercarnos y tratar de comprender cómo se vive con el dolor cuando el mundo se ha roto.

Beauty and the dogs: un Túnez posrevolucionario y traumático a examen en la SEMINCI

El pasado fin de semana se presentó en la 62ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) la película Aala Kaf Ifrit (Beauty and the Dogs / La belle et la meute) que participa en la sección Punto de Encuentro del festival. Dirigida por la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que se estrenó en 2014 con su trabajo Challat of Tunis, y siguió su trabajo en 2016 con Zaineb Hates the Snow, la película es una coproducción en la que han participado varios países como Túnez, Francia, Suecia, Noruega o Líbano. Participó en el festival de Cannes donde tuvo una gran acogida entre el público y además recibió el premio Un Certain Regard de la Sección Oficial.

Este drama nos traslada a una noche cualquiera en el Túnez post revolucionario. Mariam (Mariam al Ferjani) es una joven universitaria de 21 años que ha organizado una fiesta para estudiantes en la que disfruta y baila junto con su amiga Najla hasta que su mirada se cruza con la de un joven enigmático llamado Youssef (Ghanem Zrelli). A partir de ese momento la protagonista va a tener que hacer frente a una situación en la que se ve envuelta de forma involuntaria y de la que no conseguirá olvidarse.

Dividida en nueve actos, Aala Kaf Ifrit nos introduce en una laberíntica noche en la que la protagonista deberá tomar diferentes decisiones. Si al final del primer acto vemos a una sonriente Mariam saliendo de la fiesta con su nuevo acompañante, en el segundo acto la vemos corriendo y gritando en medio de la calle, desorientada y con el maquillaje corrido después de una situación que la ha dejado en shock: ha sido violada por dos policías. Mariam deberá enfrentarse a la indiferencia de una sociedad que aún se recupera de la Revolución de los Jazmines, a las miradas reprobatorias de las otras mujeres, a la incapacidad de reacción de las personas que la rodean o a la burla y el sarcasmo de la propia policía. Acompañada por Youssef, que la guía y en ocasiones la persuade para tomar decisiones, Mariam intenta obtener un certificado que demuestre que ha sido violada y poder denunciarlo. Pero la burocracia y el orden se imponen a la empatía y a la solidaridad: para poder ser examinada, debe poner primero la denuncia en la misma comisaría, con todo lo que ello conlleva para la protagonista.

Cada acto se convierte así en una montaña rusa donde perdemos y recuperamos la esperanza continuamente y asistimos a la lucha constante de Mariam para hacer valer sus derechos y su dignidad. Pero, ¿a dónde vas cuando a aquellos a los que pides ayuda son los mismos que te han llevado a esa situación? La joven tunecina intentará defenderse y luchar en un sistema en patriarcal en el que los hombres tienen la última palabra y donde cada avance parece un retroceso. A través de 95 minutos, el público se pone en el lugar de Mariam y logra entender, aunque sea en parte, lo que supone luchar contra viento y marea después de haber sufrido una violación y que nadie te crea. Una lucha en la que, a pesar de la compañía, viaja completamente sola por las cloacas de un mundo que ha decidido ponerla a ella al borde del abismo y al resto de las mujeres en un segundo plano.

La división en nueve actos sorprende e inquieta. La fuerza de los guiones es un punto a favor que logra que el espectador no quite la vista ni un segundo de la pantalla. Los planos cortos y rápidos, que hunden en la confusión y la desesperación, hacen el resto. El papel que realiza la actriz Mariam al Ferjani eclipsa todo lo demás y a través de sus ojos podemos llegar a comprender el horror por el que ha pasado. Un horror que la llevará a tomar sus propias decisiones y luchar por recuperar su dignidad en un mundo hecho a la medida de los hombres.

Sarr: “La clave de la migración es reorientar la mirada hacia nosotros mismos”

El próximo 19 de octubre la inauguración del 9ª edición del Festival de Cine Invisible de Bilbao presentará Life Saaraba Illegal, una joya documental imprescindible para entender el fenómeno migratorio de África subsahariana a Europa desde un punto de vista personal y colectivo, realizada por el senegalés Saliou Sarr.

Durante ocho años, el director acompañó a su primo Souley en su sueño de seguir los pasos de su hermano Aladji que había emigrado a España y reencontrarse con él. Sus inquietudes, expectativas e ilusiones así como las de sus parientes más próximos, incluido el propio Sarr –que aparece como narrador y personaje del documental– son las protagonistas de esta obra que descubre al espectador un sentido y un significado diferente sobre las migraciones de África del Oeste hacia Europa.

Más allá de este documental, Sarr, más conocido como Alibeta, desarrolla un proyecto integral en el que trabaja a través del cine, la música y otras disciplinas la “África posible” que describe su hermano Felwine en el ensayo “Afrotopia”. A parte de la creación artística, sus compromisos pasan por coordinar un programa de educación en valores para jóvenes universitarios y la puesta en marcha de la productora Baraka Global Arts que trabaja en la construcción de una industria cultural senegalesa.

¿Qué es lo que te ha motivado ha realizar un documental personal sobre la emigración en el que tu familia y tú mismo sois protagonistas?

Al principio yo quería hacer una película sobre mi gran familia, no solamente sobre aquellos que habían partido ilegalmente, sino también los que lo habían hecho de manera regular. Tenía una cuestión conmigo mismo sobre la migración, sobre partir o no partir, y me di cuenta de que en mi familia era ilustrativa porque había todo tipo de casos. Como en una sola película no cabe todo, me concentré sobre los que se fueron ilegalmente: hablar de sus entornos personales, de sus emociones y dar un ejemplo, que puede ser universal, en el que se puede reconocer todo el mundo.

Existen muchas películas y documentales sobre la migración subsahariana hacia Europa. ¿Qué crees que aporta tu visión a la reflexión sobre el fenómeno?

Efectivamente hay muchas películas que hablan de la migración, pero la mayor parte de ellas se focalizan sobre el lado difícil, incluso miserable. Siempre se habla sobre la pobreza de los emigrantes, la pena de dejar sus casas, la dureza del viaje, etc. Nosotros hemos intentando dar una nueva mirada, más humana, que no niega las dificultades pero que enseña los diferentes significados de la emigración para los serer-niominka (hombres del mar). Por ejemplo, se muestra que en ese viaje hay una búsqueda espiritual que es una búsqueda común en todas las personas. Hemos querido filmar con dignidad y dar una perspectiva familiar, de manera que ves el lado universal de la emigración.

 

¿Qué importancia tiene el hecho de ser serer? ¿Percibes diferencias en el enfoque del viaje para la gente de este grupo étnico?

Efectivamente, para los serer no es lo mismo que para los peul o para los wolof, muchos de los cuales viajan con el único objetivo de traer dinero sin importar cómo. Para nosotros los serer no es eso: el viaje tiene un significado simbólico. Somos insulares: partir más allá de los océanos ha sido, independientemente y mucho antes de la emigración hacia Europa, algo importante para alguien que vive en una isla. Es un rito de paso. Nuestros abuelos y nuestros padres lo han hecho y nosotros también lo hacemos. Ahora, en este contexto, se espera mejorar la vida económicamente pero sobre todo volver y guardar tus valores. Todo ese simbolismo se intenta mostrar en el documental.

A parte de la madre de Aladji y Souley, los dos protagonistas, no hay más personajes femeninos en el documental. ¿Cuál es el rol de las mujeres en la migración?  

Es verdad eso. Ella es el ejemplo de la madre que está detrás, que comprende, que apoya… que puede ser que tenga expectativas pero no lo dice porque entiende que es difícil: a ella le gustaría que sus hijos tuvieran los papeles como todo el mundo.

En este documental no he podido tocar el tema pero hay muchas mujeres que están a la espera de sus maridos. Su vida es muy dura porque no saben cuándo éstos volverán y porque mientras les esperan, la sociedad las observa, las controla y no tienen derecho al error. Esperan a un hombre que puede pasar incluso diez años sin venir por no tener papeles y mientras puede haber tentaciones, puede haber cosas alrededor que les tienten a vivir de otra manera, pero no lo hacen… Es un rol muy difícil y es cierto que no hemos hablado suficientemente.

A pesar del esfuerzo de muchos artistas, ONGDs y otros actores sobre los peligros de la emigración clandestina, aún hay jóvenes que sueñan con irse y lo hacen por rutas arriesgadas. ¿Por qué crees que esto sigue pasando?

Es un deseo que ha estado alimentado por todo un sistema, un sistema de dominación, de colonialismo, de desigualdad, un sistema de comunicación que muestra siempre lo bueno del extranjero y lo malo de nuestra sociedad. Los jóvenes africanos tienen la mirada dirigida hacia Europa y ahora se necesita un tiempo y mucho trabajo para reorientarla hacia nosotros mismos.

Pese a eso, para mi es importante no decir a los jóvenes que no viajen. El derecho de migrar es un derecho reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que hay que respetarlo. Nuestros gobiernos tienen que asegurar que nuestros jóvenes puedan viajar, no sólo hacia Europa sino también a otros países africanos. Si hubiera un sistema que permitiese moverse libremente, pienso que la gente no se jugaría la vida cogiendo una patera o cruzando el desierto.

Imagen del documental ‘Life Saaraba Illegal’.

¿Cuál es la responsabilidad de los gobiernos europeos y africanos en este fenómeno?

La responsabilidad es compartida. Empezaré con la de nuestros gobiernos porque no me gusta que siempre apuntemos al otro para quitarnos responsabilidad. Ante todo, los gobiernos africanos tienen la obligación de hacerse respetar. La relación con otros estados debe basarse en el respeto y no en la dominación. Para mantener su dignidad y la de sus pueblos deben de ser capaces de mantener relaciones dignas con otros países.

En cuanto a los gobiernos europeos, me gustaría que fueran más justos: hablan de los inmigrantes despectivamente obviando todo lo que lo que aportan a la envejecida Europa en términos de fuerza de trabajo, de experiencia, de dinamismo… También me gustaría que fueran más honestos: los africanos van a Europa como consecuencia de la explotación abusiva que desde hace siglos se ha hecho del Continente. Es el karma. Europa ha creado situaciones de pobreza, de inestabilidad, e instaurando relaciones de dominación que hace que hoy en día, los africanos vayan a Europa a coger lo que les corresponde, lo que se les debe.

Si después de todo lo que ha hecho Francia en África del Oeste hoy en día expulsa a los que vienen, no es justo ni es honesto.

Dices en el documental que “todo el mundo tiene su saaraba” (tierra prometida). ¿Cuál es la tuya?

Ah… difícil pregunta… Mi saaraba es mi paz interior. Mi tierra prometida no es obligatoriamente una tierra física, pero por supuesto, estaría en África. Pero independientemente de que fuese en Dakar, Nouakchott o Nueva York, mi saaraba es sentirme útil, apoyar a los que están en mi entorno, darle un sentido a mi vida, independiente de la muerte, llegar a hacer algo importante y sentirme una buena persona.

La película ha sido difundida ya en Senegal y en Alemania. ¿Cuál es la reacción de los diferentes públicos?

En Senegal ha sido muy bien recibida. Se ha apreciado sobre todo por no transmitir una visión miserable y haber tenido paciencia en el rodaje, que ha durado ocho años. También se ha señalado el haber dado una visión de Europa real, lejana al paraíso, sin esconder el hecho de que los chicos se van para buscar dinero y construir una casa en Senegal. Ha gustado que el documental sea realista.

En Europa ha gustado que se muestre la emigración desde otro punto de vista, la perspectiva humana, mostrando personas con sentimientos universales, y no solo cifras como acostumbran a oír. La palabra dignidad ha salido mucho en las discusiones después del pase del documental en Europa.

La música del documental está en parte extraída de tu álbum Bani Adama. ¿Cómo describirías el proyecto artístico Alibeta?

Alibeta es un proyecto integral que engloba lo visual (cine), lo sonoro (música), lo gestual y relacional (teatro)… finalmente el objetivo es tocar el corazón. La idea es dar una visión, pasar un mensaje, una filosofía, que puede ser transmitida a través de diferentes medios.

¿Puede el arte derribar fronteras?

Creo que el arte es una vía de concienciación y por supuesto puede derribar fronteras, contando historias que son al mismo tiempo particulares y universales. El arte es un lenguaje que habla al corazón y tiene el poder de acercar a los seres humanos.

Te describes como Alibeta, trovador afropolita, ¿qué significa para ti ese concepto que ha suscitado tanto debate?

Afropolitanismo es un término utilizado por Achille Mbembe: “el Afropolitanismo es la manera en la que los africanos hacen mundo”. Me gusta ese concepto porque parte de que África se sitúa actualmente en un cruce de culturas, de miradas, de sensibilidades, etc.

Como un trovador yo estoy en el movimiento. Hoy en día puedes vivir en el continente o fuera de él, ir y venir, y estar a caballo entre diferentes influencias. Y todas esas personas que estamos en medio de la circulación de ideas y de mundos, desarrollamos una nueva cultura, que es identitaria africana, pero que no es cerrada, sino globalizada.

Para mi el Afropolitanismo es una continuación de conceptos como el de la Negritud o el Panafricanismo, pero más concreto y moderno, más adecuado a nuestro tiempo. Hoy el Panafricanismo en su versión más extendida peca de ser muy identitario y un poco sectario y excluyente. El Afropolitanismo es más abierto: nos identificamos con la tradición africana pero estamos abiertos al mundo, reconociendo lo que el mundo nos aporta y lo que nosotros aportamos al mundo.

Foto: Jean-Baptiste Joire

 

Kalabanda: el otro futuro animado de Uganda

 

El salto karateka hace unos días de un diputado ugandés en el Parlamento permanecerá largo tiempo en la retina. Ruido, gritos y puños circulando por las cabeceras de los principales medios de comunicación internacionales. De la mesa, y tras girar sobre sí mismo, este diputado se abalanzó cual salto del tigre para explicarle a mamporrazos a otros de sus homólogos cómo se tenían que resolver las cuestiones serias. ¿El asunto? Un debate sobre un proyecto de ley para enmendar algunos puntos de la Constitución. Entre otras disposiciones se pretende eliminar el límite de edad para los candidatos presidenciales. La pelea estalló y este vídeo muestra la intensidad. Así que Museveni (que en febrero de 2016 cumplió sus 30 años en el poder) hizo lo que mejor sabe: prohibió la cobertura en directo de las sesiones del Parlamento así como las protestas sobre el tema. Las cifras del afrobarómetro muestran que los ugandeses abrumadoramente  con un 75% aprueban el límite de edad. La profesora Kim Yi Dionne lo explicaba en el diario The Washington Post.

Este es el foco grande, una gran narrativa que invisibiliza otras historias llenas de luz como la nueva cosecha de animadores y dibujantes en África que no escatima esfuerzos para poner el continente en el mapa cuando se trata de hablar de animación. Desde Ghana, Nigeria, Kenia y Sudáfrica, los animadores están demostrando que no necesitan confiar en contenido externo (léase europeo o estadounidense) para el entretenimiento y la educación. Y aquí es donde entra en escena este país. Un estudio de animación ugandés también se ha unido a la lista. Creatures Animation Studio está preparado para lanzar su primer cortometraje de animación de 6 minutos. El cortometraje A kalabanda Ate My Homework narra el desencuentro de un niño con un kalabanda (una criatura mítica que persigue a los niños en las escuelas de Uganda) trayendo un toque ridículo a la excusa –que de alguna forma todos los estudiantes han utilizado alguna vez– de que el perro se comió mi tarea.

La historia es la de Tendo, un alumno que se presenta en clase un día sin los deberes hechos. El error de bulto llega cuando dice que el problema es que un kalabanda se los comió. ¿Quién creería una excusa como esta? ¿Cómo revelará Tendo su historia? ¿Existe realmente este monstruo? El 18 de diciembre se estrenará en Uganda.

 

La idea

Cuando Raymond Malinga decidió dejar su trabajo bien pagado en Malasia hace dos años y regresar a Uganda, sabía que no había vuelta atrás. Su sueño siempre había sido el de crear una empresa de animación que empleara a artistas locales y se centrara en hacer contenido local con el objetivo de exportar sus experiencias más allá de las fronteras ugandesas en nuevos y atractivos formatos. “Dejé mi trabajo en Malasia para volver y comenzar una compañía que desarrollara películas de animación ugandesas. Uganda, África del Este y África están bendecidos con una rica cultura, con experiencias e historias que tienen el potencial de traducirse en un entretenimiento impactante”, explica Raymond.

En 2015, comenzó Creatures Animations Studio, una empresa localizada en Kampala. El estudio emplea hoy a 8 animadores que han estado trabajando duro para producir su primer proyecto: A Kalabanda ate my homework (Un Kalabanda se comió mis deberes).

“El concepto original fue inspirado por esta criatura única en Uganda. Siento que esta singularidad ayuda a crear un valor para nuestro trabajo. Nuestra película se basa puramente en personajes locales en los que los ugandeses se podrán ver identificados, pero la idea intenta también presentar el concepto de manera accesible para cualquier persona que no sea de aquí”, explica Raymond. Detrás de los personajes se encuentran las voces de artistas como Martha ‘Kay’ Kagimba, los cómicos Patrick ‘Salvado’ Idringi y Omara Daniel, o la escritora infantil Faith Kisa.

 

 

Más allá de Kalabanda

El equipo planea crear muchos más proyectos animados para satisfacer las necesidades de contenido de los ugandeses. “Estamos planeando desarrollar programas de televisión animados y largometrajes en el futuro y estamos decididos a que se hagan reales”, subraya Raymond. Este empresario y desarrollador cree en el intercambio de conocimientos y experiencias y es por eso que está formando a más jóvenes para que se conviertan en animadores. Sí. El objetivo es potenciar este efecto multiplicador para que la industria de la animación en el país y la región crezca. “Pretendemos contratar a tantos animadores como nos sea posible. Es cierto que tenemos escuelas que enseñan el oficio de la animación, pero los estudiantes no tienen adónde ir después para hacer sus pinitos. Creatures Animation Studio se está posicionando como un destino para los aspirantes a animadores y como una plataforma de empleo relevante”.

Fotograma de la película Bienvenue au Gondwana

Gondwana: La orgía del humor contra el despotismo político africano

Fotograma de la película Bienvenue au Gondwana

Resulta que la asquerosa orgía de las risas se mira con recelo en los círculos políticos. Se puede –como en todo– sonreír, pero sin pasarse que es obsceno, oiga. Es evidente que el poder, al no poder anticiparse a la descontrolada y agitada forma de mover el estómago por parte de la población se desestabiliza y muestra su desnudez legislando en su contra. Entonces lo categorizan, lo conceptualizan en los denominados límites del humor. Y qué eufemismo que el humor político tenga restricciones y líneas rojas mientras que algunas legislaciones maltratan los límites, por ejemplo, de los derechos humanos. Y por qué no afirmar que es entonces cuando el virus de la risa se convierte en una verdadera pócima para abrir zanjas en el sistema represivo.

En abril de 2016 en Burundi, el comediante Alfred-Aubin Mugenzi, más conocido por su nombre artístico Kigingi, fue detenido y transportado con los brazos atados a la espalda a un centro de detención en Bujumbura. Había sido irónico en un bosquejo de análisis político sobre la actuación del presidente del país Pierre Nkurunziza para concurrir a un tercer mandato que su Constitución prohibía. Una broma pesada.

En España tenemos lista de la compra para aportar ejemplos: Manel Fontdevila y Guillermo Torres fueron condenados a pagar 3.000 euros de multa cada uno por injurias en la portada de El Jueves del 20 de julio de 2007 a los entonces herederos a la Corona; el guionista Guillermo Zapata tuvo que declarar por una serie de tuits de humor negro que publicó en 2011 y el humorista Facu Díaz fue acusado por un sketch en un programa de televisión que consideraron abusivo. Recientemente se conocía el fallo de la Audiencia Nacional en el que se condenaba a un año de prisión a la joven estudiante de Murcia Cassandra Vera, de 21 años, por publicar 13 tuits sobre el atentado de Carrero Blanco. Y habría más.

Pero una vez más el humor servirá para retratar el statu quo, esta vez desde la mirada de Mamane, un humorista convertido en realizador. En su película Bienvenue au Gondwana (Bienvenidos a Gondwana) el nigerino afincado en Francia presenta una comedia satírica llena de esperanza y llevando un fuerte mensaje a la juventud africana: despertad. En la víspera de las elecciones en un país “ubicado exactamente al norte de algún lugar y al sur de allí”, la comunidad internacional despliega a un equipo de observadores para supervisar la campaña electoral en Gondwana. Entre ellos un joven idealista francés instalado en África, un dictador decidido a mantenerse en el poder, dos geopolíticos, un diputado francés que se dedica a la venta de espárragos en África y una joven revolucionaria.

En este país imaginario es donde Mamane ha optado por instalar su “República muy muy democrática”. Durante años, en sus crónicas divertidas en Radio France International (RFI), Mamane habla de esta nación figurada donde todos los líderes africanos se combinan con unos mismos atributos: la figura de un líder megalómano, un opresor de marionetas y un dictador barroco y caricaturezco. Todo tiene lugar en Gondwana, una especie de caverna de los horrores: los chanchullos del África francesa (La Françafrique), la tiranía de los déspotas sanguinarios, la indiferencia de las democracias occidentales, la presentación de los pueblos de forma estereotipada a través de los medios de comunicación, las revueltas sociales, los abusos de las multinacionales, etc.

Mamane amamanta su ira en su espacio radiofónico tirando del humor con análisis corrosivos de la política africana, aunque a veces, suaves y surrealistas. Está acostumbrado. Quizás es por lo que este enojo no le ha dejado tranquilo y ha decidido hacer una película como ésta. Siguiendo el principio de sus textos de radio, su narrativa juega con la representación del libro El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y sorpresas para los no iniciados en los terrenos africanistas.

Acompañado del reggae de Tiken Jah Fakoly en algunos fragmentos, el realizador nigerino habla de las múltiples Áfricas con un estilo claro y un humor delirante que trasciende lo cómico: Bienvenue au Gondwana es una carta de amor a un continente, pero al mismo tiempo una observación terrible sobre la situación política en muchos de los países africanos. Y el surrealismo y la parábola finalmente le permiten decir a Mamane cosas serias y tratar de despertar las conciencias en una risa siempre comunicativa que logra subrayar aquello de: ¡Larga vida al humor!

 

Otoño de cines africanos en Madrid y Córdoba

Casa Árabe inaugura un ciclo de cines africanos con una selección de dos películas de ficción y dos documentales proyectados por el FCAT en los últimos años. Marruecos, Argelia, Estambul, la inmigración, la radicalización o el amor serán algunas de las temáticas que durante este otoño se podrán disfrutar tanto en Madrid como en Córdoba desde el 22 de septiembre hasta el 24 de noviembre. Si tienes curiosidad te presentamos estos cuatro trabajos necesarios para comprender mejor algunas de las dinámicas actuales que tienen lugar en el continente africano o en su diáspora.


Hablar de inmigración y hacerlo sin palabras. Este es el desafío que el tunecino Ala Eddine Slim propone con su película El último de nosotros (Akher Wahed Fina). El protagonista descrito como “N” (Jawher Soudani) –aunque los créditos finales lo enumeran simplemente como “joven”– recorrerá espacios infinitos intentando cruzar clandestinamente a Europa, un trabajo que fue premiada como mejor película árabe en el FCAT 2017.

El significado de todo esto puede reducirse en gran medida a la diferencia entre rechazar el entorno de uno o ser parte de él. Es un punto particularmente importante en un mundo en el que decenas de miles de africanos arriesgan la vida y la integridad física para huir a Europa, donde la tierra prometida que esperaban termina rechazándola o guetizándola. Hay indudablemente espacio para más películas sobre el tema, sí. Y es alentador encontrar directores que buscan ampliar la comprensión de la experiencia de los migrantes. Sin embargo, los personajes de El último de nosotros no son de carne y sangre, sino conceptos, ni siquiera nombres reconocidos: representan las ideas mientras son vasos vacíos, lo que hace de la película un ejercicio intelectual autoindulgente con bellas imágenes, más que una profunda meditación sobre uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

 

Madrid: 22 de septiembre y 27 de octubre

Córdoba: 13 de octubre

 


 

El documental Callshop Istanbul de los realizadores Hind Benchekroun y Sami Mermer presentan la cosmopolita ciudad de Turquía a través de la vida de los locutorios para refugiados e inmigrantes. Estambul, una metrópolis a caballo entre Europa y Asia, siempre ha sido un lugar de paso para los mercaderes y viajeros del mundo. Hoy en día, para los emigrantes venidos de África y de Oriente Medio representa la puerta de la Tierra Prometida europea. Refugiados sirios e iraquíes, una juventud cosmopolita en busca de un futuro mejor desilusionada por las primaveras árabes, clandestinos del África negra, todos se juntan en un espacio reducido y lleno de vida: los “callshop”, los locutorios, desde donde pueden volver a contactar con sus países de origen son el epicentro de este documental.

A veces, el drama se resume en una llamada que no pasa. En otros, es una pausa incómoda reflejada en la cara desencajada de no poder gestionar una distancia demasiado grande para romper por teléfono. O también en un suspiro de exasperación por una situación sin solución fácil. Es la captura de estos momentos sin vigilancia, donde los realizadores Benchekroun y Mermer proporcionan instantáneas claramente personales que ofrecen reveladoras visiones de la imagen más grande.

 

Madrid: 29 de septiembre y 13 de noviembre

Córdoba: 27 de octubre

 


¿Qué es lo que realmente sucede en la cabeza de un terrorista suicida, y quién lo puso allí? En Investigando el Paraíso (Tahqiq fel djenna), el veterano director argelino Merzak Allouache explora las terribles consecuencias de estas ideas, específicamente la perspectiva de que un mártir islámico vaya a ser atendido por 72 vírgenes voluntarias, cuando entre en el paraíso. Allouache observa esta promesa erótica desde el punto de vista de una periodista, revelando la gran división socio-religiosa en su país, mientras que él se burla de la política de lo que la película llama “la teología de la muerte”. Un reloj largo pero absorbente, es a la vez escalofriante en sus implicaciones y alentador al presentar argelinos inteligentes que ven claramente a través de la propaganda.

Investigando el paraíso contiene más de dos horas de entrevistas en todo el país describiendo el paisaje social de Argelia, que va desde los intelectuales a los niños en la calle, desde la sofisticada capital al exótico y tradicional sur. La franqueza con el que se afronta el reclutamiento de yihadistas tiene una audacia inusitada, y hace que valga la pena una mirada sosegada por los organismos de radiodifusión y nichos en busca de actualidad.

 

Madrid: 13 de octubre y 17 de noviembre

Córdoba: 10 de noviembre

 


Noufissa y Fetouma son las protagonistas de Pequeñas alegrías, una película costumbrista ambientada en la ciudad de Tetuán durante la década de los 50 y dirigida por el marroquí Mohamed Chrif Tribak.  Al fallecer su padre, Noufissa, de 17 años, debe ir con su madre a vivir a la casa de Lalla Amina, esposa de un gran dignatario de la medina de Tetuán. Una vez instalada en la mansión, una fuerte amistad nace entre Noufissa y Fetouma, la nieta de Lalla Amina. Las dos jóvenes prometen no separarse nunca. Cuando Fetouma descubre que Noufissa se casará pronto, hará lo imposible para impedirlo.

Madrid: 6 de octubre y 10 de noviembre

Córdoba: 24 de noviembre