Faith XLVII: “África es mi sangre”

Su nombre es una declaración de principios. Faith XLVII (o Faith 47) afirma que, en un mundo que se rige por las estrategias políticas y los beneficios particulares, ella busca la verdad a través del arte. Y suele hacerlo a lo grande, a través de inmensas obras de arte urbano que plasma en muros, ruinas y enormes edificios. También en algunos lienzos, pero siempre de gran formato. A pesar de autodenominarse ‘Fe’, en su traducción al español, el estilo de esta artista sudafricana es impecablemente realista, sencillo, con trazos sutiles que desprenden una fortísima belleza. Con ellos se ha recorrido medio mundo en su búsqueda de la verdad.  Este último semestre de 2019 ha estado principalmente inmersa en las fachadas estadounidenses, con idas y venidas a Ciudad del Cabo y París, donde participa en la exposición colectiva Veni, Vidi, Vinci, el arte urbano frente al genio’ que rinde homenaje a Leonardo Da Vinci y se estrena a partir del próximo ocho de noviembre en el centro de arte urbano Fluctuart. En Wiriko hablamos con ella.

Fotografía cedida por Faith XLVII.

 

Ruth Fernández Sanabria: Es curioso que habiendo declarado no ser religiosa, te autodenomines Fe. ¿A qué se debe tu nombre artístico?

Faith XLVII: Veo el misticismo y el espiritismo como factores importantes en mi vida, así que tengo una clase de fe, pero no está asociada con las religiones monoteístas. Veo que todos ellas están arraigadas en caminos de aprendizaje espiritual, y eso es lo que más me interesa.

R.F.S.: ¿La inspiración y la espiritualidad van de la mano?  

F.XLVII: Encuentro la inspiración viviendo en este mundo, que es un cóctel molotov de caos, inmensa belleza y sufrimiento increíble. Uno necesita encontrar maneras de canalizar y dar sentido al mundo exterior. Tuve la suerte de encontrar una manera muy personal de desentrañar las cosas en un método que, de algún modo, me permite llevar el peso del mundo.

R.F.S: Por los animales que sueles pintar, así como la representación que haces de las mujeres, parece que no pierdes de vista el continente africano. ¿África es tu musa?

F.XLVII: Yo no la llamaría mi musa porque parece casi una forma de objetivación. No, África es mi sangre. Soy una mujer y nací y viví la mayor parte de mi vida en el continente africano. Esto está inherentemente integrado en el tejido de lo que soy y, por lo tanto, es una gran parte de mi narrativa.

R.F.S: ¿Y cómo es ese proceso, desde que te llega la inspiración al que creas tus narrativas visuales?

F.XLVII: Tengo varios temas, proyectos y medios que se deshacen a diferentes velocidades. El estudio tiene rincones donde las cosas se cuecen mientras otras se preparan. Es un proceso orgánico y las cosas maduran en su propio tiempo. A veces me siento como una facilitadora, o como un conducto para mensajes visuales energéticos que son más grandes que mí misma o que mi vida. Este es en última instancia mi objetivo: hacer un trabajo que se relacione con la condición humana y trascienda al individuo.

R.F.S: Tus trabajos artísticos se desarrollan en edificaciones de todo tipo, pero pareces tener una relación especial con las construcciones abandonadas. ¿Qué te atrae de las ruinas?

F.XLVII: Las ruinas representan nuestras ambiciones, nuestros deseos pasados de progreso. Nos muestran lo que hemos descartado. Y se puede aprender mucho de eso. Me gusta visitar a los espíritus y rendir homenaje a estos espacios que tienen una fuerte energía y memoria. Hay algo sagrado ahí.

R.F.S: Tus obras siempre parecen querer llevar algo de naturaleza y espiritualidad a las ciudades, ¿es porque crees que les hace falta?

F.XLVII: Las ciudades son redes increíbles y centros de actividad humana y aspiraciones. El auge de la tecnología y la caída de los sistemas sociales los hacen cada vez más corporativizados y carentes de sentimiento de comunidad. Este anhelo de conexión puede surgir subconscientemente en forma de alienación o en depresión o en apatía. Me gustaría llevar a los espacios urbanos el elemento de humanismo, de contenido emotivo, que contiene el mundo natural para recordarnos quienes somos en entornos de cemento y asfalto. Para recordarnos que debajo de eso hay raíces y semillas y tierra y criaturas vivas allí.

R.F.S: ¿Siempre ha sido así? ¿Cómo describirías tu propia evolución como artista?

F.XLVII: En los últimos años me he permitido espacio para la exploración y la experimentación. Estoy interesada en encontrar una voz para los idiomas que quiero hablar y esto se ha traducido en rendimiento teórico, en creación de vídeo, instalaciones holográficas inversivas, en escultura… Quiero librarme de cualquier categorización específica de género artístico sobre la que tiende a apoyarse la gente. Quiero fluir y ser flexible con mi trabajo, para que el medio y el contenido tengan una fuerte relación entre sí.

R.F.S: ¿En qué estás trabajando ahora y cuáles son tus próximos proyectos?

F.XLVII: Me estoy preparando para un gran espectáculo en solitario en Sudáfrica el año que viene, que será una especie de bienvenida catártica para mí. El estudio tiene ahora mismo varios proyectos experimentales en ebullición. Esencialmente me gustaría alinear mi trabajo con mi vida de una manera que sea más inconsútil y holística y esto es un acto de equilibrio constante.

R.F.S: Llevas casi veinte años creando arte urbano que habla de temas sociales y de denuncia, ¿crees que el arte es un motor de cambio?

F.XLVII: El reino creativo es el reino que habla de la conciencia colectiva de las masas, esto se hace consciente o inconscientemente, pero al mirar el arte y su relación con la historia uno puede ver la conexión directa entre la psique de los artistas y la psique de los tiempos. ¿De qué otra forma podría ser? La música, el arte, la poesía, el cine,… representan la capacidad de los seres humanos para trascender y ver más allá de las necesidades cotidianas y para reflexionar sobre las idas y venidas existenciales de nuestra especie en un momento dado.

Sistema K: el arte que se nutre del caos en el Congo

*Por Yves-Laurent Sondji Mulanza Kating.

“Cuando el diablo llega al Congo, encuentra a sus maestros en el caos”. Esta es la visión de Fabrice ‘Strombo’ Kayumba, de la República Democrática del Congo actual. Una percepción alimentada por años de guerra, sufrimiento y penuria. Como la mayoría de los congoleños, resuelve las dificultades cotidianas con un espíritu de superación y un ingenio que se traduce en la expresión ‘Sistema K’, una dura realidad congoleña que con el tiempo se ha convertido en fuente de inspiración para un grupo de artistas de la capital.

Sistema K.

Este colectivo de creativos visuales y sonoros underground, del suburbio de Ngwaka, recuperan y reciclan deshechos de un consumo global (teléfonos inteligentes, ordenadores, electrodomésticos, etcétera) al que no tienen acceso. Una abundancia de residuos electrónicos que apunta al país no solo como fuente, sino también como vertedero de ese comercio mundial. Toda una paradoja. El fenómeno se observa especialmente en las calles de Kinshasa, donde se concentran las consecuencias de décadas de caos organizado a escala global. Y si bien el reciclaje no es nada nuevo, esa generación de artistas sin compromiso ha cambiado sus reglas. Tanto es así que el director francés Renaud Barret revela en el documental ‘Sistema K’ la fuerza de este movimiento artístico original, radical y único.

Décadas de conflicto armado han causado más de seis millones de muertos en República Democrática del Congo. Además de causar desplazamientos de poblaciones, también ha supuesto una pandemia de violaciones y explotación infantil. Se trata de una guerra que solo ha favorecido el saqueo sistemático de sus recursos naturales. Lo recordó el doctor Denis Mukwege, Nobel de la Paz premiado junto a Nadia Murad, durante su discurso del 5 de octubre 2018, cuando recibió este galardón: “Con determinación, siempre hay esperanza al final del túnel”. Una ilusión que algunos congoleños han encontrado en el arte.

En medio de la locura cotidiana, la creación artística se ha convertido en una verdadera vía de escape como demuestran las performances que realiza este colectivo en la vía pública, en la que recurre a su cuerpo como lienzo gratuito e infinito frente a la falta de acceso a otros materiales. En su obra, este artista usa el sufrimiento acumulado para encarnar al demonio, que simboliza con cuernos de vaca y cola, bailando como poseído alrededor de un carrito de bombillas encendidas en medio de la oscuridad. Tal espectáculo interpela a una ciudad donde los cortes eléctricos, habituales y aleatorios, son un gran problema para la población. Por no mencionar que el espacio público como escenario puede causar problemas con las autoridades.

La llegada de Joseph Kabila Kabange a la presidencia en el año 2001, instaló progresivamente un sistema de corrupción y de represión. Especialmente tras el proceso electoral de 2011, manchado de irregularidades. Bajo su autoridad, la policía quitó la vida a centenares de manifestantes pacíficos con una violencia ciega. Luc Nkulula, difunto presidente del movimiento ciudadano Lucha, se convirtió en símbolo de esa brutalidad.
Creado el 1 de mayo de 2012 por una juventud exasperada por la parálisis del país, este colectivo pedía la salida de Kabila y cambios profundos en la sociedad. Sus protestas se intensificaron durante los dos años de prórroga ilegal de su mandato (oficialmente terminado el 22 de diciembre 2016) y Luc acabó quemado vivo en su casa de Goma el 10 de junio 2018. Las autoridades irónicamente concluyeron que se debió a un accidente ocasionado por un cortocircuito eléctrico. Una versión que no coincide con la de los vecinos que intentaron salvarle. Según ellos, las salidas de su casa estaban bloqueadas.

Siendo así, si el peligro es real, los artistas ocupan un lugar determinante para señalar con urgencia a la juventud la recuperación de su libertad frente al miedo y devolver, con ello, la esperanza a una sociedad congoleña en estado de letargo. Esta es la prioridad de este movimiento cultural. Para entender mejor su proceso, hablamos con Strombo, quienes nos explican que el movimiento Sistema K nació hace diez años como una tendencia de las artes visuales por explorar vías inusuales. Entonces, alumnos de la Academia de Bellas Artes de Kinshasa se distanciaron de las reglas académicas para adoptar las de la calle, más acordes con su realidad. Abrieron el movimiento a todos y no pusieron límites a la creatividad, favoreciendo así la interdisciplinariedad en total libertad. La combinación de esos factores produjo una escena artística única y unida en el Sistema K.

Amigo del colectivo, Renaud (Benda Bilili) consiguió captar la esencia de esa efervescencia y sugirió al grupo que colaboraran más estrechamente entre ellos para conectar los universos visuales y sonoros. Así se asociaron para ofrecer una propuesta artística global que suscita un gran interés en Europa. Como prueba de ello, sus miembros están cada vez más solicitados en Francia, Bélgica o Alemania. Sin olvidar a la banda KOKOKO! que acaba de sacar su primer LP en la discográfica inglesa, Transgressive Records (Block Party o The Antlers). Además, Freddy Tsimba, padrino del movimiento, fue seleccionado para ilustrar la conmemoración de los derechos humanos.

Sistema K.

Sistema K es una creativa demostración de voluntad así como un subversión de paradojas. De la penuria y el caos, los congoleños han sabido sacar creatividad. Del arte, han sabido usar los códigos para engañar a las autoridades y recuperar una cierta libertad de expresión. Con un lenguaje local han conseguido denunciar problemas tanto locales como mundiales. La originalidad del Sistema K reside precisamente en que su propuesta artística global responde a problemas globales.

En la performance de Strombo, es fácil remplazar el diablo por las potencias extranjeras y los maestros por los dirigentes congoleños. Porque vivimos en la era de la comunicación, y ya no se puede ignorar lo que sucede allí. El contraste del país entre la riqueza y la pobreza de su población, que se suele usar para describir la situación en el Congo, lo confirma. Para cambiar ese paradigma, es preciso tener voluntad y determinación. Para la generación Sistema K actuar es una cuestión de supervivencia. Ya sobran las palabras.

*Twitter: @Mondedepoche
Instagram: @mondedepoche

Chale Wote, la reivindicación del espacio público para el arte en Accra

“El Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo”, aseguraba Hakeem Adam, el coordinador de producción de Chale Wote, mientras tomábamos un zumo de piña con extra de jengibre picante. No es para menos. El Festival de Arte Urbano Chale Wote está ya a punto de cumplir diez años, y se nota. El arte toma el espacio público de las calles de Jamestown, un barrio pesquero que es simbólico porque allí nacía la ciudad de Accra, para llegar a otros rincones de la ciudad como Teatro Nacional o el Museo de Ciencia y Tecnología, a través de paneles y exposiciones.

Jamestown es un barrio relevante por muchas cuestiones. Es el punto de partida de la ciudad de Accra por sus relaciones con el exterior: los británicos construyeron James Fort, los holandeses Usher Fort y tiene muchas posibilidades de desarrollo y de historia, nos contaba Hakeem. Pero durante la época colonial este barrio dejó de ser zona neurálgica de la ciudad, lo que provocó que el desarrollo de la ciudad se diera fuera. Hasta hace muy pocos años, Jamestown era un barrio al que no ir. ¿Por qué hacer un festival allí entonces? Había muchos artistas que provenían del barrio y mucho espacio público que no estaba siendo utilizado (construcciones que datan de la colonización que habían quedado abandonadas). “En Jamestown tienes espacio y tienes historia, así que funcionó”.

El Chale Wote está cambiando la configuración del barrio: “está abriendo la ciudad a muchas más oportunidades: hoy muchos vídeos musicales y películas se graban allí, los artistas van y quieren hacer grafittis. A la vez está dando la oportunidad a los vecinos y vecinas de participar”, nos cuenta Hakeem.

Chale Wote, que significa en Gha “¡Vamos amigo!”, cuenta con un extenso equipo de quince personas —voluntarias— que trabaja todo el año para hacer esta cita anual posible. Durante los 15 días que dura el festival, otros 27 voluntarias y voluntarios apoyan el trabajo del equipo motor y acogen a los 75 artistas de performance, instalación, fotografía, audiovisual y graffiti y a los más de 50 músicos que participan. La procedencia de estos artistas es tan variada que cuesta plasmarla en este artículo, pero lo más interesante sea quizá la participación panafricana de artistas de todo el continente. “Es como gobernar un pequeño país” —afirma Haakeem—“esta creciendo exponencialmente, cada vez hay menos espacio en el barrio así que queremos descentralizar el festival por toda la ciudad”.

Quizá uno de los desafíos más claros de cualquier tipo de intervención social sea el trabajo con la comunidad; hacer que población partícipe de ese proceso, que se comprenda el objetivo de esa intervención y sobre todo que beneficie a las vecinas y vecinos del barrio: “Es un reto enganchar a las comunidades porque tiene sus propias dinámicas, y eso es sobre todo por las condiciones económicas. Para ellos Chale Wote es una manera de hacer dinero. Más allá de la cuestión del arte, ellos entienden que en Chale Wote la gente va a ir al barrio y será una oportunidad para hacer dinero vendiendo comida y bebida. Si hablas con ellos, el dinero que hacen en esos dos días, no lo hacen en todo el año. Ahí es donde viene el desafío. Tú como productor esperas tener el festival de arte perfecto, que las cosas vayan bien, que nadie rompa nada. Pero la gente no ve nada de eso, lo que ven es dinero y poder arreglarse y venir a divertirse, porque es un espacio de libertad”.

Sin duda un desafío, ya que muchas obras de arte se quedan en plena calle a pasar el fin de semana. Y muchas de ellas no sobreviven a las fiestas nocturnas donde las calles del barrio se convierten en un trajín de gente yendo y viniendo, de puestos de brochetas picantes, de licor local que recuerda al jarabe de hierbas y de jóvenes bailando debajo de los Sound Systems a ritmo de coupé decalé aceleradísimo y cantando al unisono los últimos hits de afrobeatz. Personas que interactúan de otra manera con las instalaciones artísticas creadas en la calle. “¿Cómo puedes evitar que durante el festival, en las fiestas nocturnas, la gente rompa las instalaciones? ¿Habría que poner a alguien que vigile las 24h? ¿Habría que evitar las fiestas de las vecinas y vecinos? ¿Habría que quitar del espacio público las obras de arte? Son cosas que se escapan de nuestro control y que son muy difíciles de resolver.”, se pregunta Hakeem.

Graffiti de Amina @put.studio

“Así todo, antes del festival tenemos varios encuentros con los jefes y la comunidad, para contarles nuestros planes. Es positivo, hay muchas comunidades en Ghana como Jamestown que no se benefician de Chale Wote, así que por lo menos hay una comunidad que una semana al año puede beneficiarse”, asegura. Pero no solo la gente de la comunidad se beneficia ya que no existen muchos espacios en los que artistas de Ghana puedan mostrar su arte. Hay algunas galerías y fundaciones donde se pueden visitar exposiciones pero su programación no cubre todo lo que se produce. Sin hablar de otras disciplinas que no sean artes plásticas o fotografías. Esto hace que la gente tenga más dificultades para acostumbrarse a convivir con el arte. “Cuando empecé a trabajar en el Chale Wote en 2013, había más o menos unas dos galerías en Accra. No veías arte performático, ni graffiti… Esto toma tiempo y la población, no solo de Jamestown sino de Accra en general, tiene que ir poco a poco conociendo. Un ejemplo es la música de Gaffaci (productor de música electrónica que ha colaborado con la organización del espacio de música electrónica Asokpor Corner en esta edición), que está enraizada en el sonido de Jamestown y Labadi, de donde él procede. Pero cuando suena su música, suena incluso un poco extraño a pesar de que tenga una base local. Lleva tiempo hacer estos experimentos. En Jamestown hay niños que desde que existe el Festival empezaron haciendo fotografía y hoy están haciendo su propio trabajo. Los niños en el barrio o juegan a fútbol, o hacen boxeo o simplemente se quedan allí, así que nos tenemos que quedar con esas pequeñas victorias”, asegura.

Sin duda el objetivo principal por el que el Festival naciera hace casi una década se está cumpliendo: dar espacio al arte y reclamar el espacio público. Esto último es importante en una ciudad en la que los peatones tienen que sortear los coches y los canales abiertos de drenaje que toman las escasas aceras que hay, y donde el espacio público es sobre todo para publicidad. “Una vez reclamado el espacio, el objetivo es transformar la comunidad. ¿Cómo podemos mejorar la comunidad? ¿cómo puede la gente hacer dinero? Intentamos incentivar la participación sobre todo de artistas de Ghana y de África, a pesar de que recibimos solicitudes de otros países, ya que hay muy pocos espacios para los artistas ghaneses. Ahora Jamestown es uno de los puntos calientes de Accra, todo el mundo quiere estar en Jamestown.”

La caminata no es fácil. La autogestión y la precariedad aparecen de nuevo en escena. “Hasta el momento el festival ha sido autogestionado con nuestros recursos y esfuerzos, no esperamos dinero ni nada. El año pasado recibimos un poco de apoyo del gobierno por primera vez y fue increíble. Esperamos que vuelva a ocurrir, no necesariamente en forma de dinero, sino en especies (alojamiento, por ejemplo)”. Para Hakeem es un logro que el Ayuntamiento de la ciudad les apoye con el cierre de las calles para los dos días principales del Festival ya que el tráfico, sobre todo en hora punta, es feroz y complica mucho la movilidad de la ciudadanía. Las empresas privadas tampoco ven beneficios en apoyar este tipo de actividades.

A pesar de ello, Hakeem es positivo y se queda de nuevo con las victorias conseguidas: “Para mi lo más importante son las conexiones para luego poder trabajar al margen del Festival. No es tan importante cuántas personas vienen, qué material se ha estropeado, etc… mientras hayas podido construir sobre esa experiencia”.

De cara al décimo aniversario del festival que se celebrará en 2020 el equipo organizador tiene grandes desafíos: “nuestro objetivo para el décimo aniversario es repensar como hacer de Jamestown un espacio para trabajar porque cada año hay un problema que crea otros tres problemas (ríe). Cómo poder apoyar a los artistas en más sentidos, más allá de patrocinio y movilidad, encontrar más voluntarios para ayudarles a preparar su trabajo, para protegerles, etc. También mejorar la promoción y la cobertura con todos los artistas que van pasando por el festival: publicar entrevistas, vídeos de un minuto, compartir contenido. En definitiva, mantener la conversación activa durante todo el año”. Grandes retos por delante de un Festival que se va convirtiendo en un referente y que sin duda, como dice Hakeem, es mucho más que una persona, que un lugar:  “Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo. No es un festival, no es la gente, no es una persona, no es un lugar. Es el poder; el poder de juntar a la gente para hacer algo mejor”.

 

Bahia Shehab: “Cuando pinto en árabe es poesía y eso llama al diálogo”

A principios de 2011 el mundo se sorprendió al ver imágenes procedentes de los países árabes que, lejos de difundir la fatalidad a la que generalmente eran vinculados, mostraban a sus sociedades levantándose contra sus desgracias impuestas. En las fotografías de la llamada Primavera árabe no eran pocas las mujeres que aparecían al frente de las protestas participando con igual ahínco en plazas y calles que, por unos días, fueron espacios libres de fronteras sociales. Bahia Shehab fue una de ellas.

Bahia Shehab / Imagen cortesía de la revista Brownbook y Nadia Mounier.

La artista egipcia, en lugar de acatar la vuelta a la represión tras la precipitadamente denominada ‘revolución árabe’, se echó de nuevo a las calles para decir no. Armada con un spray de pintura y varias plantillas sacadas de su libro ‘No y mil veces no’ (2010, Khatt Books), Shehab plasmó en las paredes de El Cairo su rechazo contra la violencia, el gobierno militar y la opresión social que volvían a reinar en Egipto.

Ahora Bahia Shehab es la primera mujer árabe en ganar el premio Sharjah concedido por la UNESCO para destacar el trabajo de quienes contribuyen a promocionar la cultura árabe en el mundo. Un reconocimiento a su trayectoria que, tal y como explica a Wiriko, “es importante para que otras mujeres árabes sientan que ellas pueden hacer cosas, que es posible que sigan sus sueños y se cumplan. Espero que esto aliente a otras mujeres para ser más activas y para que sean agentes de cambio en sus sociedades”. En el caso de la sociedad egipcia, seis años después de que se desataran las revueltas la participación de las mujeres en la vida política del país ofrece un porcentaje algo superior al que ostentaban antes de la Primavera árabe, con un 15 por ciento de los escaños en el Parlamento actual frente al 13 por ciento que ocupaban antes de 2011. Un mínimo margen a la esperanza que, aunque constituye una cifra histórica de representación de las mujeres en la política del país, no es suficiente aún para verse reflejado a pie de calle, donde las trabajadoras de entre 18 y 29 años constituyen el 18,5 por ciento de la mano de obra egipcia, una de las tasas más bajas del mundo según ONU Mujeres.

Para Shehab se trata de “una batalla muy larga” a la que ella se enfrenta a través del arte. “Pertenezco al mundo árabe y reflejo los problemas a los que la gente como yo se enfrenta, especialmente las mujeres porque nosotras estamos menos representadas en la sociedad. Ser una artista para mi es una manera de trabajar para mostrar nuestra realidad. Cuando veo a muchos de los líderes del mundo no siento mucha esperanza de que realmente se produzca un cambio para mejor en cuanto a la tolerancia en la sociedad; pero la gente sólo quiere una vida mejor y por eso cada vez son más los que quieren cuidar la naturaleza, ser mejores ciudadanos y contribuir a la sociedad. He visto gente así en todas las ciudades en las que he estado, así que la mejor cara del mundo es la que me da esperanza. Miro al otro lado y veo demasiadas máquinas, armas, ejércitos y líderes políticos. Y tengo que mirar a los dos lados, pero es el lado de la gente corriente el que me da esperanza”.

Y pensando en la gente, en lo que nos une y no en lo que nos separa, esta artista basa su trabajo. “Yo veo el arte como una herramienta que ayuda y facilita el diálogo social. Cuando se crea arte para fomentar el entendimiento realmente se puede ver el impacto”, asegura al tiempo que añade un ejemplo: su obra ‘Paisaje y entorno sonoro: 20 Minaretes del mundo árabe’, diseñada en 2014 para el Museo de Louisiana de Arte Contemporáneo, en Dinamarca. “Para esta instalación yo buscaba un sonido que representara una nueva perspectiva sobre la región porque durante los últimos 1400 años sólo los hombres han estado llamando a la oración en todo el mundo árabe y sentí que era hora de que fuera una voz femenina la que hiciera la llamada. Así que usé la voz de una joven mezzo soprano de la Ópera de El Cairo y la grabé para producir una nueva llamada a la oración. El proyecto fue grabado sólo para el museo y no lo he publicado en otro lugar, pero está en Youtube y ha sido visto como unas 89.000 veces y los comentarios a este vídeo son realmente asombrosos. Hay gente que defiende la voz de las mujeres, gente que dice que eso no está bien, y yo estoy realmente feliz porque se produjo una conversación”, relata con gran entusiasmo.

 

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS, gracias a una colaboración entre ambos medios. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Siaka Soppo Traoré, de Dakar a Barcelona

Cualquier lugar del mundo suele asociarse a una imagen; y gran parte de la población comparte esos mismos imaginarios colectivos que se acercan mucho a la realidad pero que, a menudo, también pueden distorsionarla. Y es que cuando se habla de África, las únicas imágenes que nos vienen a la mente están repletas de miseria, subdesarrollo, guerras y hambre. Lo que no cabe en nuestra imaginación es que algunas de las urbes africanas son las que más han crecido en los últimos años, no solo a niveles demográficos, sino también económicos. El continente se encuentra en ebullición constante y las calles de las ciudades demuestran, día tras día, su frenético movimiento. Un movimiento que no ha escapado de los ojos del fotógrafo y bailarín Siaka Soppo Traoré y que ha captado a la perfección en las fotografías de la exposición Actual Africa que ha acogido la galería Out of Africa, de Sitges.

De la serie Sunu Street (nuestra calle), del fotógrafo senegalés Siaka Soppo Traoré

Originario de Burkina Faso, el artista descubrió la fotografía cuando era niño, de la mano de su padre y los retratos que sacaba de toda la familia, pero no decidió dedicarse a ella hasta que terminó sus estudios y lo animaron a aprender de forma autodidacta. Creció en Togo, pero se marchó a estudiar a Senegal, dónde también descubrió la danza hip-hop y la capoeira. “Gran parte de mi infancia estuvo marcada por la danza, me llamaban Micheal Jackson porque siempre imitaba el moon walk. Más tarde tuve la suerte de descubrir la danza urbana, el hip-hop, que me impresionó, y la capoeira. Bailo por diversión, me hace sentir bien, no soy profesional, pero sí he formado parte de un grupo profesional en Dakar que se llama Indahouse Dakar”, explica Siaka para Wiriko.

De la serie Sunu Street (nuestra calle), del fotógrafo senegalés Siaka Soppo Traoré

En su trabajo, Traoré ha unido la danza y la fotografía para captar la ebullición permanente de una calle en la que vivimos y que es el centro de nuestro día a día, pero a la que no prestamos atención e incluso despreciamos. El artista se ha dedicado a fotografiar a los bailarines urbanos senegaleses en acción, y ha desafiado las leyes de la fotografía estática para presentarles como auténticos héroes contemporáneos. A menudo, estos bailarines no están bien vistos ni gozan de ningún tipo de reconocimiento en la sociedad; pero a través del objetivo de Traoré, que pretende hacer evolucionar esta idea, vemos reflejados los valores positivos de la calle, el esfuerzo y la pasión que requiere esta disciplina artística. “La calle representa la inter conexión de un sinfín de posibilidades en la vida. Los bailarines representan la fuerza y la mente en movimiento”, cuenta. Una mente en movimiento constante que está presente en todo el continente.

De la serie Sunu Street (nuestra calle), del fotógrafo senegalés Siaka Soppo Traoré

Su punto de vista pretende dar un paso más y no quedarse en el plano puramente estético. “Más allá de su efecto visual, me intereso por el impacto social de esta forma de expresión artística”, afirma. “Expreso mi estado actual, mi visión a través del cuerpo y del movimiento”. Según Siaka Traoré, los bailarines urbanos de Dakar “nos pueden enseñar que todos pertenecemos a un plano material, que la belleza se puede encontrar en cualquier parte y que el cuerpo es increíble”.

De la serie Sunu Street (nuestra calle), del fotógrafo senegalés Siaka Soppo Traoré

Traoré expuso por primera vez estas fotos en 2014, durante el OFF de Dak’Art, la bienal de Arte Contemporáneo Africano, en la exposición SUNU StreetNuestra calle– que acogió la galería Atiss. En 2016, Siaka recibió el Premio Orange del Mejor Fotógrafo Digital y actualmente también se dedica a la moda, por lo que se ha convertido en uno de los fotógrafos más solicitados. Para la exposición en Sitges, que compartió con el artista francés, Sébastien Bouchard, los propietarios de la galería Out of Africa, Sorella Acosta y Jacques Collaer, se encontraron con el artista en su estudio de Dakar para proponerle una exposición que mostrara la capital senegalesa en la actualidad.

De la serie Sunu Street (nuestra calle), del fotógrafo senegalés Siaka Soppo Traoré

Pero el artista decidió ir más allá y, después de la inauguración de la exposición, también nos propuso algunas fotografías tomadas en la ciudad de Barcelona. “He desarrollado el trabajo fuera de África con un bailarín que se llama Jordi. Nos conocimos en la inauguración de la galería en Sitges, su estilo de baile me gustó y decidimos trabajar juntos. Eligió un lugar que le gustaba de Barcelona y yo me adapté a su movimiento”, cuenta. Con todo, Traoré se lleva de Barcelona la arquitectura de la ciudad y sus colores.

Robin Rhode, arte urbano en compromiso con la generación posapartheid

Nacido en Ciudad del Cabo, criado en Johannesburgo y establecido en Berlin desde hace quince años, el artista multidisciplinar Robin Rhode – quien se define a sí mismo como niño pospartheid- dibuja un nuevo futuro a través de intervenciones artísticas en espacios urbanos y objetos fácilmente identificables dentro de la cultura urbana para fomentar la cohesión social. Con asuntos políticos contemporáneos como ejes temáticos de sus obras, este artista urbano plasma en pintura y carbón una sátira que nutre graffitis que ya son iconos de una generación: la primera en exponerse directamente a la cultura urbana y las influencias occidentales más mainstream -esencialmente asimilando los códigos culturales norteamericanos-.

“Una de las pandillas callejeras más peligrosas de Ciudad del Cabo se hace llamar los estadounidenses. ¿No es gracioso? Llevan banderas americanas alrededor del cuello. Incluso tienen su propio cártel de drogas, al que llaman la Casa Blanca”, dice en una entrevista para Art Space, donde explica como la cultura urbana en Sudáfrica se ve absolutamente afectada por consecutivas olas de globalización.

A finales del mes pasado, la galería Stevenson de Ciudad del Cabo abrió sus puertas a su nueva exposición: Paths & Fields (Caminos y Campos), un conjunto multimedia compuesto por video, fotografía y dibujos con influencias de sus viajes al norte de Italia y su interacción con artistas como Giulio Paulini Giovanni Anselmo o Giuseppe Penone. Una serie donde color y simetría conducen a Robin Rhode a una, cada vez mayor, abstracción y que se podrá visitar hasta el 4 de marzo.

De la serie “Paradise”. Robin Rhode.

De la serie “Lavender Hills”, de Robin Rhode.

Preocupado por la corrupción, la enorme brecha que divide a ricos y pobres o la volatilidad de una sociedad que sigue luchando para adquirir más derechos económicos, para Robin Rhode ha juzgado que el mejor lugar donde hacer intervenciones artísticas son las paredes. Esos espacios de hormigón que custodian la vida en las ciudades, indistintamente del origen étnico o socioeconómico, facilitan, según él, que las personas puedan cuestionarse las cosas desde otra óptica y que naveguen por la arquitectura. Sus intervenciones artísticas, tal como cuenta en la entrevista citada, son un gesto radical: “Los artistas absorben la sociedad, y nuestro arte funciona como una reflexión sobre esa sociedad. Creo que los grandes artistas son aquellos que usan esa reflexión para crear un nuevo universo para el espectador. Creo que es a eso a lo que aspiro como artista”.

“El arte tiene que hablar y comunicar la cultura, que es un reflejo de un tiempo y un espacio en la historia. El arte actúa como una voz para las preocupaciones, opiniones y creencias de nuestro tiempo”, subrayaba en motivo de la presentación de su exposición Paths & Fields en la revista sudafricana 10and5:

Con 40 años a sus espaldas, uno de los proyectos más emocionantes en los que ha participado, según él mismo, es trabajar con skates como soporte. Con ellos apoyó a la oenegé Skateistan a través de una edición limitada de cinco monopatines. Skateistan es una asociación que trabaja para fomentar la educación entre los jóvenes de zonas problemáticas de Kabul, Camboya o Johannesburgo mediante la construcción de parques de skate que se convierten en auténticas aulas. Estas obras se realizaron, además, junto a Skateroom, una empresa de skates diseñados por artistas que trabajan junto a Skateistan. Con una cubierta que han bautizado como “Crepúsculo”, los monopatines diseñados por Robin Rhodes se venden a 375 dólares, cuyas ventas serán reinvertidas para la construcción de más parques de skate como espacios de encuentro juvenil y fomento del deporte y la convivencia.

Robin Rhode x The Skateroom from Artspace on Vimeo.

Más obras de Robin Rhodes:

 

Tracey Rose, vídeo y performance para desafiar el ‘statu quo’

  • Autora invitada: Ana Martín Onandía

No es tarea fácil hablar sobre Tracey Rose, no sólo por la complejidad de sus trabajos, sino también por su intensa obra y su largo recorrido. Su proceso es intrincado y muchas de sus obras están compuestas por alusiones, por intertextos que crean una lectura compuesta de capas. A medida que se van descubriendo, se pasa de un primer contacto cómico, por el elemento absurdo e impactante de muchas de sus obras a una reflexión algo dolorosa surgida de la crítica punzante e inteligente de la que se sirve la sudafricana.

San Pedro V, The hope I hope, 2005

San Pedro V, The hope I hope, 2005

A través de su trabajo, de diversas intervenciones y entrevistas,  Tracey Rose se muestra como una artista audaz, franca hasta congelar sonrisas, contestataria, provocativa, salvaje, además de tremendamente consciente y comprometida con su obra. Nacida en Durban en 1974, estudió arte en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo y también cursa un Máster en Bellas Artes en la londinense Goldsmiths Collage. Ha tenido numerosas exposiciones en solitario en Sudáfrica y en países del continente europeo y americano. También ha colaborado en la mayor parte de las grandes citas de arte contemporáneo internacionales, entre los que destacan por su tempranísima edad, la segunda Bienal de Johannesburgo en 1997 o la Bienal de Venecia en 2001. Estos encuentros apenas fueron el comienzo de su carrera ya que desde entonces es una artista en continuo movimiento, con un amplio y complejo trabajo multidisciplinar donde se unen prácticas cómo el vídeo, la fotografía, el texto, la escultura, la instalación o la performance.

Rose, a menudo utiliza su cuerpo y su pelo, a través de las distintas técnicas visuales mencionadas anteriormente, para reflexionar y criticar los elementos opresores tan arraigados en nuestras sociedades contemporáneas por razón de género o etnia. Censura los dogmas que obligan a identificarse con diferentes grupos herméticos, por su hipocresía y su disfunción, ya que crean grandes conflictos de identidad en el mundo global en el que habitamos. En uno de sus primeros trabajos Ongetiteld (Untitled), vídeo realizado en 1998, la artista se graba con cámaras de seguridad mientras se depila todo el cuerpo con el fin de mostrar como ese cuerpo sin vello se encuentra en una línea difusa, difícil de encasillar por alejarse de las normas estéticas del género y como afirma la propia artista, el pelo en las comunidades afro posee gran información sobre la descendencia de los individuos. Según el escritor Percy Zvomuya, ella experimenta estos mismos conflictos en primera persona por su condición de artista internacional con diversos orígenes étnicos y que, además, vive en la sociedad del post apartheid.

Uno de sus trabajos más reconocidos es Ciao Bella, que presentó en la Bienal de Venecia de 2001. Esta obra consiste en trece personajes o arquetipos femeninos, todos ellos representados por Rose mediante disfraces hechos por ella misma. La disposición de la obra se formula alrededor de fotografías de gran tamaño y tres canales de proyección dirigidos a tres pantallas. Las fotos son retratos de los distintos personajes femeninos, constituyendo en conjunto un abanico de los diferentes roles o visiones impuestas a la mujer a lo largo de la historia. Entre ellas encontramos desde la figura de la madre más tradicional y estable,  pasando por una Lolita, María Antonieta, una Saartjie Baartman, una conejita, una sirena, una monja, hasta una boxeadora golpeándose a sí misma, entre otras. Junto a estas fotos se proyecta una video-instalación enmarcada de estilo barroco con cortinas rojas propias de los teatros, donde muchos de los personajes capturados en las fotos se agrupan alrededor de una mesa que representa la escena de la Última Cena de Leonardo Da Vinci (Sean O’Toole). Los personajes se mueven de forma absurda y divertida, desapareciendo y reapareciendo en la escena, algunos mueren a manos de la conejita, otros vuelan. Con mucho humor, este trabajo subvierte y explora los elementos judeo-cristianos que condicionan a la mujer a lo largo de la historia.

 

Otra de sus piezas punzantes y altamente subversivas hacia las instituciones promotoras del arte, es Plantation Lullabies (2008).  Esta performance deriva de una exposición en el museo de Brooklyn de Nueva York, llamada Global Feminisms (2007), a la que la artista es invitada. La ausencia de voces afroamericanas, afroasiáticas o nativo americanas, en definitiva de una verdadera representación de los feminismos globales, irrita y exaspera a la artista. Es así como se decide a hacer una presentación de ventriloquia con el título The Cunt Show (2007), sirviéndose de dos guantes-marionetas que representan a dos artistas invitadas, a través de las cuales la sudafricana desmonta la falacia del evento en una conversación entre estos dos personajes, pues según ella muchas de estas organizaciones artísticas son hipócritas al tratar temas y situaciones que no pretenden cambiar, a veces incluso llegando a perpetuar el mismo patrón de desigualdad.

En un acto rebelde, atrevido y muy potente, Rose decide ir a Jerusalén a grabar en la muralla que divide Palestina e Israel. Completamente pintada de rosa, tan sólo provista de botas, bragas de leopardo, peluca, corona y guitarra eléctrica, ésta toca malamente el himno nacional israelí. San Pedro V: The Hope I Hope (2005) termina con la imagen de la artista orinando en el angustioso y tiránico muro.

Entre sus últimas obras se encuentra White Girl Fart Factory, 2015 (La fábrica de pedos de las chicas blancas), que recorre el proceso de producción y comercialización de la mantequilla de maní, con el fin de exhibir y reflexionar sobre la opresión hacía la comunidad afro a nivel internacional, a través de la historia de este producto. Para ello, utiliza botes de “Black Cat”, una marca sudafricana de dicha mantequilla, cuya publicidad en los años del apartheid iba dirigida al hombre blanco como fuente milagrosa de poder y fuerza. Rose comienza guiándonos por su historia colocando un cúmulo de este alimento delante de un dibujo del rostro de George Washington Carver, un investigador e inventor afroamericano nacido en el periodo de esclavitud estadounidense, y que entre otros descubrimientos, se le atribuye el desarrollo de números usos del maní, como el de la mantequilla. El último bote de la instalación, contiene “el pedo de la chica blanca” (Sonia Barrett) custodiado por un gato 3D al estilo de la marca sudafricana.

 

Die wit man, 2015

Die wit man, 2015

También del 2015 es su Die Wit Man (El hombre blanco), una performance dura, necesaria y desgarradora que en palabras de O’Toole “cuestiona el supuesto panorama idílico post-racial por la desegregación de la sociedad estadounidense, la descolonización africana y la caída del apartheid en Sudáfrica”. A pesar de que esa falsa superación es sobradamente conocida y dolorosamente obvia, todavía existen muchos grupos en estas sociedades que se niegan a ver el abuso histórico en términos raciales o que se empeñan en borrarlo de la historia. Por eso, con un aspecto burlesco, descuidado y bizarro, Rose recorre las calles de Bruselas para no permitirnos olvidar. Desde un centro de arte contemporáneo de la capital belga, hasta Our Lady of Laeken, una iglesia gótica donde la familia real belga está enterrada (como relata O’Toole), la artista sudafricana grita a través de un cono de tráfico, que imita a un megáfono, el nombre de Patrice Lumumba, el primer líder congolés elegido tras la independencia del país, asesinado hace 55 años por los agentes de seguridad belgas y estadounidenses.

En la feria de arte Art Basel, Tracey Rose hace un paralelismo entre la alquimia y el arte, asegura que el artista hace magia. Por eso, en su proceso de creación desea dejarse llevar, escapar de cualquier tipo de control y agenda para encontrar su manera más pura y personal de expresión. Puede que la complicidad y el estilo caricaturesco le sirvan para sanarse y liberarse de todas esas limitaciones impuestas, y puede que también le sirvan para guiar al público hacia la herida, hacia el fondo de la cuestión sin tapujos pero con humor y sarcasmo.

Mas información y fuentes:

“Tenemos la oportunidad de unir fuerzas para hacer las ciudades más vivibles”

En 2015, la ONU-Habitat dedicó la campaña del Día Mundial del Habitat al espacio público. Espacios públicos que, según la propia organización, tienen que ser “gratuitos, accesibles y placenteros y que asumen diversas formas: parques, calles, aceras, mercados y zonas de juegos”.

El rápido crecimiento de las urbes africanas, marca las dinámicas sociales que se dan en ellas. En el campo del arte, son varias las iniciativas que ven necesaria un mayor acceso de la ciudadanía al arte, y convierten el espacio público en museos temporales. Chale Wote en James Town (Ghana), Infecting the City en Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Pawa254 Festival de Nairobi (Kenia) o el LaBa! Arts Festival de Kampala (Uganda), son sólo algunos ejemplos.

Pero ¿es realmente el espacio público de las grandes ciudades africanas “gratuito, accesible y placentero”? ¿Son las calles vías de paso o espacios de disfrute? ¿Son las calles seguras para peatones y ciclistas? ¿Cómo podemos hacer ciudades más visibles? ¿Qué papel tienen la ciudadanía e instituciones en la construcción de estos espacios?

Para responder a algunas de estas preguntas, entrevistamos a Marcela Guerrero, colombiana afincada en Sudáfrica desde hace ya una década y fundadora del colectivo Open Streets Cape Town (OSCT). OSCT es una iniciativa ciudadana que propone otros usos de la ciudad a través de la experimentación y la acción de calle, como el Open Streets Days, que se inspira en la Ciclovía bogotana. Su manifiesto resume muy bien su objetivo como colectivo.

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Foto: Rory Williams

¿Cuál crees que son los principales retos, en cuanto a la gestión del espacio público, en el rápido proceso de urbanización que se está dando en Sudáfrica?

Desde el punto de vista de nuestra organización, que se basa en experimentos en las calles y es bastante pequena, la perspectiva es limitada. Pero desde ese punto de vista me parece que los temas de acceso y equidad son clave en este proceso de urbanización. Especialmente en las ciudades de Sudáfrica, —no creo que sea el mismo caso en todos los países africanos— la cultura de compartir el espacio público no es tan prevalente. En los townships es diferente; allí el espacio publico tiene mucha energía y dinamismo, por lo que hay matices en la percepción de lo que es el espacio público, pero creo que en general no hay lo que tenemos en los espacios latinoamericanos donde los espacios públicos siempre están llenos de vida y de actividad. Para recapitular: acceso, equidad y de alguna manera la cultura del espacio público. Y desde el punto de vista de las actividades, el tema de la reglamentación es importante. Aquí es difícil convencer a los funcionarios de que las reglas las inventamos a medida que vamos evolucionando como sociedad y convencerles de cambiar las reglas o de que la flexibilidad va a traerle beneficios a la ciudad, no ha sido fácil.

Open Street Day. Foto: Sydelle Willow Photography

Open Street Day. Foto: Sydelle Willow Photography

¿Qué papel crees que tiene que tener la ciudadanía y cuál las instituciones para que las ciudades sean más “vivibles” por sus habitantes?

El espacio publico debe ser protegido por las instituciones: parques sin candado, acceso al espacio para todos… Parece una respuesta fácil pero en contextos como el sudafricano eso no es tan sencillo ya que los gobiernos locales tienen una gran cantidad de necesidades por suplir asi que entre invertirle a los servicios básicos de una comunidad y cuidar los parques, el primero normalmente toma precedencia; aún asi, considero que sigue siendo la responsabilidad de las instituciones. Con respecto a la ciudadanía hay una oportunidad muy grande. Nuestra experiencia es que los individuos tienen un interés grandísimo de contribuir de una manera positiva a este concepto de hacer la ciudad más vivible y no existen suficientes plataformas. Yo diría que primero, participar en las discusiones sobre nuestras ciudades es una oportunidad y si existen plataformas, hay que unir fuerzas. En la Ciudad del Cabo, hemos tenido mucha suerte de entablar relaciones y redes con individuos que también pertenecen a organizaciones con un interés y compromiso muy grande a contribuir a la mejora de la ciudad y hemos empezado a hablar de temas concretos de cómo hacer hacer esos experimentos de manera conjunta. Ahí está la oportunidad de unir fuerzas y experimentar juntos.

Una de las cosas más interesantes del proyecto es la descentralización de las acciones, en cuanto a que muchas de ellas tienen lugar fuera del centro de la ciudad, llegando a otros habitantes que viven en los suburbios (y townships) y que a menudo son “olvidados” por las instituciones. ¿Cómo es la recepción y participación de vuestras acciones por las vecinas y vecinos de esas zonas? ¿Cuáles son los principales obstáculos a la hora de organizar un Open Street Day?

Ha sido clave llevar Open Streets fuera del centro de la ciudad. La participación y la recepción ha sido muy buena. Admito que la primera vez no lo fue tanto porque la gente tenía muchas reservas, como es comprensible. En el caso de Langa, como nunca se había tenido esa experiencia de cerrar una calle, —no para un concierto o una feria, sino simplemente para que la gente saliera a caminar— muchos de los vecinos y personas a quienes intentamos convencer antes no se lo creían mucho. Y muchos ni fueron… Pero al final se enteraron y cuando lo hicimos por segunda vez en noviembre del año pasado la participación fue mucho más grande y generalizada. Vamos a hacerlo de nuevo en Langa el próximo 30 de octubre y por lo menos en el periodo de planificación, la recepción que hemos recibido es bastante buena. Obstáculos: comunicar de manera clara y efectiva de qué se trata, porque es un concepto bastante nuevo. Lo otros obstáculos son de reglamento y eso no tiene tanto que ver con las comunidades locales sino con el gobierno.

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Foto: Rory Williams

¿De qué manera pueden interactuar el arte y el espacio público para que éste salga lo máximo posible de los museos y sea más accesible para los habitantes?

El arte que ocurre durante un Open Streets Day es muy espontáneo, no lo planeamos, pero definitivamente contribuye de una manera increíble a la actividad del día y lo que queda es realmente muy hermoso. Se necesitan más espacios al aire libre para crear arte. En Ciudad del Cabo existe una iniciativa al menos en la que los museos están más tiempo abiertos. Eso no lleva el arte a las calles, pero por lo menos le abre acceso a la ciudadanía un poquito más. Eso también cuenta.

¿Cómo se involucran los/las artistas con OSCT y qué tipo de colaboraciones tenéis?

Teniendo en cuenta la espontaneidad del arte en los OSD, considero que los artistas ven en la plataforma una oportunidad grande y por esa razón llegan artistas de toda índole: desde bailarines hasta poetas, pintores, músicos… un poco de todo. Y lo que buscamos es crear esa plataforma donde los valores culturales y artísticos se puedan compartir y llevar a un público más amplio.

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Foto: Bruce Sutherland

¿Cómo es el trabajo de incidencia política con las instituciones de Ciudad del Cabo?

Nuestro trabajo de incidencia es muy clave. Por un lado, porque la inspiración de este proyecto está en la ciclovía bogotana. Y para que OSCT se convierta o llegue a ese nivel de cubrimiento de la ciudad, es necesario que el gobierno se haga cargo realmente, no solo desde el punto de vista financiero y reglamentario, sino de mantener esa continuidad a largo plazo. En Bogotá lleva 42 años. Obviamente con el tiempo ese proceso se ha formalizado y mejorado. Para nosotros aquí que la municipalidad del gobierno local esté convencido de que tiene sentido involucrarse en este proyecto es muy clave, entonces por eso estamos siempre en comunicación con diferentes oficinas del gobierno. Nuestra incidencia ha sido principalmente logística hasta ahora, porque nos toca dar muchas vueltas para conseguir permisos, pero a medida que empezamos a afianzar esa relación con los funcionarios públicos, empezamos a hablar un poquito del sueño más grande. Ya no luchamos sólo para que nos den un permiso sino que estamos ya hablando de cómo hacemos para que la red de las calles en sí, de OSCT, sea más grande, cubra más espacios, conecte a más comunidades, entonces hacia allá se dirige nuestra incidencia. No sólo nos enfocamos en OSD; también estamos explorando temas de diseño urbano, de transporte y por ese lado estamos también empezando a presentar propuestas. Aunque solo hemos realizado intervenciones cortas (por ejemplo hicimos una campana para la seguridad del peatón llamada Streetiquette) el diálogo con la municipalidad ha seguido avanzando para que sea más fácil hacer cosas como lo que llaman “urbanismo táctico”: para hacer más experimentos que no cuesten tanto dinero, que involucren a la comunidad, que nos ayuden a imaginar, a tener una visión de lo que podría ser la ciudad con otro tipo de infraestructuras y dinámicas. Lo que quisiéramos lograr nosotros por medio de la incidencia es bastante amplio. Por ahora en donde podemos demostrar ciertos éxitos es en el tema de la red de OSCT. Tenemos un grupo de trabajo dentro del departamento de transporte que se ha formalizado, y los otros temas empiezan a tomar forma a medida que continuamos experimentando.

Háblame un poco del “crew” ¿quiénes participan en el proyecto y qué les mueve a hacerlo?

Somos tres personas trabajando para la organización y tenemos una junta de 8 personas expertas en temas diferentes: transportes, diseño urbano, ciencias sociales, leyes, comunicación,, etc. y ellos son los que le dan la dirección a la organización. También los grupos de trabajo que se han enfocado en temas más específicos y por medios de esos grupos de trabajo, estamos atrayendo a otras personas muy interesantes. El común denominador de estas personas que se unen es que quieren contribuir de alguna manera a la ciudad. Para mi lo más importante es que tenemos un número muy grande de voluntarios, unos 100, que en algún momento han sido voluntarios porque nos crearon el sitio web, nos revisaron un contrato, o nos apoyaron en los eventos. La familia continúa creciendo, eso realmente es el objetivo. Que se siga uniendo gente a OSCT.

‘Creemos que Afripedia tiene el potencial de transformar la sociedad’

La plataforma colaborativa Afripedia, aún en fase inicial, tiene como objetivo ser un punto de encuentro entre artistas, comisarios, expertos y periodistas, para luchar contra los estereotipos y visibilizar la creación africana. El primer lanzamiento, cinco documentales, reflejan la boyante vida cultural de varias urbes africanas.

Afripedia_Creatives_ promo_APlogo_Copyright StocktownFilmsTeddy Goitom es consciente del potencial de la idea que puso en marcha hace ya cinco años. Él, junto con dos compañeros del colectivo sueco Stocktown, Senay Berhe y Benjamin Taft, empezaron en aquel entonces un proyecto audiovisual bajo el título Stocktown x Africa: “Después cambiamos el nombre a Afripedia porque nos dimos cuenta que unos cuantosdocumentales no representan al continente entero y que lo queríamos ampliar para que fuese una plataforma visual y una guía para conectar, comisariar y compartir más información creativa dentro y fuera del continente”, cuenta Teddy. Stocktown es un “movimiento vídeo cultural que celebra la creatividad y libertad de las mentes” en palabras de su fundador, él mismo. La idea bajo la que se creó en los noventa fue retratar y compartir la cultura urbana de varias partes del mundo, lo que se convirtióen 2011 en el vídeo-magazine stocktown.com y a la creación de unaproductora audiovisual.

Este productor, de raíces etíopes y eritreas, nos cuenta desde Estocolmo, su campo base, acerca del estado de un proyecto que bebe de la misma filosofía con la que creció Stocktown yque va más allá del audiovisual, para llegar a convertirse una plataforma colaborativa: “Afripedia está diseñada para que los usuarios compartan, exploren y produzcan de forma participativa información en trabajos creativos y talentos. Estamos interesados en explorar este proyecto como manera de retar los estereotipos y la infrarrepresentación resaltando el talento excepcional a través de una amplia variedad de disciplinas creativas y permitiendo a esas personas compartir sus voces y sus historias a través de una atractiva e intuitiva interfaz”.

“Nuestra visión es construir Afripedia como la mejor guía visual sobre arte, cine, fotografía, moda, diseño, música y cultura contemporánea de artistas africanos, a nivel mundial”, explica Teddy. Aunque este trabajo viene de largo: “tras varios años de investigación, hemos construido una fuerte red de laboratorios creativos, blogs, revistas, artistas, empresarios y estamos discutiendo cómo desarrollar una plataforma. La clave es la colaboración y facilitar el acceso con la ayuda de varios comisarios y expertos en diferentes campos en el continente y fuera de él.La falta de representación en diferentes ámbitos creativos de los creativos africanos no está solamente relacionado geográficamente con África, sino que es también un problema global”, asegura Goitom.

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Gazelle (Sudáfrica)

Afripedia parte de una idea muy clara en torno a la presencia de África,tanto en los medios de comunicación como en las diferentes esferas culturales y económicas, y en torno a la filosofía “wiki”, como sistema de colaboración abierta. Aunque África está cada vez más presente, aún hay muchos retos que superar: “Creo que estamos en un periodo de transformación donde el acceso a la información y el trabajo de los creativos africanos está más abierto a galerías, museos, medios que están mostrando más interés. Dicho esto, hay todavía muchos trabajos visuales y creativos en África que no son visibles ni están representados. Puede ser la falta de información e infraestructura, así como la educación y el soporte cultural desde diferentes países. Otra cuestión es que la información está muy dispersa y para muchos es complicado filtrarla. Ese es el motivo por el cual queremos construir una base de datos de Afripedia donde las fuentes puedan estar sincronizadas y más fácilmente accesibles y estructuradas”.

El slogan “Afripedia: bienvenido a la creatividad”, es la lanzadera de la primera fase del proyecto, que consiste en cinco documentales que demuestran el potencial creativo y la contemporaneidad de varios artistas procedentes de puntos opuestos del continente. Una amplia red y la experiencia en investigación del equipo, han permitido el descubrimiento de las manifestaciones más punteras dentro de una escena de cultura urbana en auge en las boyantes ciudades africanas. El resultado: un retrato actual de Kenia, Sudáfrica, Ghana, Senegal y Angola, a nivel artístico y una producción estéticamente impecable.

Y ¿qué tienen en común los artistas que aparecen en cada uno de los episodios? “El hecho de ser personas creativas e que inspiran con una conexión emocional con la que los espectadores se puedan identificar. Eso es algo que siempre a lo que siempre aspiramos”, explica Teddy “espero que la gente se inspire y pueda de alguna manera identificarse con los creativos”.

Senegal _ Omar Victor Diop Copyright_StocktownFilmsLos retos a los que se enfrentan este tipo de proyectos de promoción cultural, y más concretamente, promoción cultural africana, son comunes. Pasan principalmente por la dificultad de conseguir financiación para poner en marcha ideas novedosas y que pueden despuntar. En el caso de Afripedia ocurrió lo mismo, como cuenta Teddy: “la parte más complicada fue la financiación, ya que no había canales de televisión que creyeran en el proyecto dispuestos a invertir en la producción de películas, por lo que tuvimos que financiarla con nuestros propios medios durante los primeros 3 años. Después tuvimos una subvención cultural que nos apoyó en un 30% los gastos de producción”.

Afortunadamente, el esfuerzo está teniendo su recompensa y el proyecto una gran difusión:“Algunos canales de televisión africanos ya han estrenado los documentales y está siendo presentado en varios festivales de cine por todo el mundo. Nuestro agente Autlook Film Sales se encarga de la distribución y esperamos tenerlo on line y en vídeo bajo demanda en 2016”, cuenta Teddy. “Creemos que Afripedia tiene el potencial de transformar la sociedad, así como la relación hacia la diversidad y hacia África” asegura.

 

Festival XEEX: luchar contra la contaminación a través del color

Cartel del festival, diseñado por el artista

Cartel del festival, diseñado por el artista Iker Muro.

El fin de año se aproxima, y con él, uno de los meses de mayor festividad y actividad cultural en Senegal. Entre noviembre y enero, decenas de festivales inundan las calles del país de la teranga (la hospitalidad característica senegalesa) como el Festival de cine documental de Saint-Louis, el Festival nacional de artes y culturas en Kaolack, el Festival XEEX en Dakar, el Festival Nioro du Rip en Kaolack, el Festival de folklore y percusión de Louga, el itinerante Africa Fête y otros tantos en la región de Casamance.

Entre el 11 y el 13 de diciembre, coincidiendo con la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebró en París entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre, la asociación XEEX presentaba la quinta edición de su Festival XEEX, que en wolof (la lengua nacional de Senegal, hablada por más de un 80% de la población) significa combatir, “un combate pacífico – explica su fundador, Nicolás de la Carrera, actor cultural español con más de 20 años de experiencia en Senegal – cuyo arma fundamental es el arte, en todas sus manifestaciones posibles”. Se trata de seguir ampliando el proyecto AFRICA ♥ COLOR , iniciado en 2011 por el festival, un evento vivo, dinámico y en constante expansión. Durante tres días, artistas muralistas y grafiteros decoran de manera altruista, las fachadas de algunos edificios de la Medina, cedidos alegremente por sus vecinos. Entre los colores de las obras de artes regaladas por sus artistas figuran mensajes de concienciación contra la contaminación, invitando también al cuidado de nuestras calles.

Tres Cabezas.

Artwork: Tres Cabezas. Foto: Estrella Sendra

El espacio en que se desarrolla este festival es el emblemático barrio de la Medina, del cual proceden alguno de los miembros fundadores del proyecto. Desde la costa de pescadores Soumbedioune, la medina, según nos cuenta de la Carrera, “es un barrio histórico muy singular, donde se han forjado muchos movimientos culturales e intelectuales, cuna de artistas de la talla de Youssou Ndour, rey del mbalax, ritmo senegalés por excelencia conocido a nivel mundial, con una base de percusión continuada; pero, la mismo tiempo, es también uno de los más desfavorecidos de la capital”. Añade que “la degradación ambiental es muy latente: erosión costera, suciedad, polución y falta de infraestructuras para combatirlo”. Tal vez sean estas las condiciones que hayan hecho que la medina se conozca más en los libros que en la calle. Más allá de la turística Village des arts, con su mercado artesanal, en pocas ocasiones se ven turistas transitando las calles. Así, con la pintura de distintos murales en el barrio Damels, la medina se convierte en una especie de museo de arte urbano al aire libre, invitando al turismo cultural de viajeros y artistas, con el fin de “crear un Sindicato de Iniciativas turísticas que generen empleo y organicen la visita al lugar”, explica de la Carrera.

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Fue justo este objetivo el que se experimentó hace una semana. A diferencia de otros festivales, aunque fuera éste el último día, no era una clausura. El arte perdura, y prueba de ello fue la visita guiada (un animado paseo) a los distintos murales que se han ido haciendo desde los inicios del proyecto en 2008. Sus coordinadores, Aïcha Touré y Mame Cheikh, acompañado por el director del Agregado Cultural de la Embajada española en Dakar, Ignacio Garrido, así como distintos miembros de Cultura Dakar, principal colaborador del festival junto con la compañía aérea Binter y otros curiosos y amantes del arte, se dieron cita en Soumbedioune, para visitar cada una de las obras. Entre las pirogues, barcas de pescadores, se congregaban los amigos del festival, mientras los pescadores agradecían a los artistas el trabajo: “De verdad, no sabéis la alegría que nos va a dar salir a pescar, mirar hacia acá y ver todos estos colores. Es muy bonito, muchísimas gracias”.

Otros se quejaban porque habían escogido ese lado de Soumbedioune y no el de ellos y no podrían gozar de las vistas. Los artistas invitados este año han sido los españoles H101 y Sabotaje al Montaje, el francés 3 TT MAN , y los senegaleses Black Xu, Aisatou Touré ‘Missygraphiksto’, Haby Diallo (Créas I Am), Adjara Kane y Deep. Son 3 TT MAN y Black Xu los que crean el mural emblemático de Soumbedioune, con el mensaje Geej du mbalit. Ñen ko samb ñun ñep xeex, que en wolof quiere decir El mar no es una basura. Tenenos que cuidarlo. Combatir. En efecto, si bien la ciudad de Dakar está rodeada de rocosas costas de acantilados y atardeceres de cine, entre buganvillas y restaurantes de pescado fresco, y animadas playas de adolescentes, hay un enorme problema de suciedad, con basura tanto en el mar como en la tierra. “El concepto de reciclaje es muy lejano”, nos dice Aisatou Touré, diseñadora gráfica, directora de su estudio ‘Missygraphiksto’, coordinadora del Festival XEEX en Dakar. “Además, es el propio sistema socioeconómico que hace que la gente tire la basura indiscriminadamente, así que hay muchos artistas que trabajan con materiales desechados reciclando, reutilizando y reinventando objetos por la creación de arte”. Cual marea, el mensaje de Soumbediune se extiende hacia todo el barrio de la medina, con el mimo de sus calles a través del color.

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

“Es un combate en el sentido positivo, una lucha contra el catastrofismo actual y el cuidado del medio ambiente”, afirma Touré. Como lo indica su lema, se trata de proteger la calle, pero también “hacer revivir a los muros”. Los murales se caracterizan por su diversidad. Da la sensación en efecto de estar en un museo. El paseo tiene un toque simpático. Resulta que en la visita guiada al museo, dedicada a los colaboradores y amigos del proyecto, nos colamos, sin quererlo ni saberlo, en los campos de fútbol de los niños de la medina, un barrio animadísimo, lleno también de cabras. Uno de los murales es un león con torso humano. Uno de los niños se levanta la camiseta cual futbolista tras marcar un gol y nos dice que “ése es el”; a lo que otro aún más pequeño dice que “no, que es él”. Muchos niños se apuntan a posar para las fotos, pero cuando pasan más de diez segundos ya nos hacen ver que estamos estorbando en su partida de fútbol. Otros murales están dedicados al líder del mouridismo, Cheikh Amadou Bamba. Y, este año, destaca precisamente el mural con indumentario mouride de tres gatos. Su artista, Mousleye, nos cuenta que es porque hay muchos gatos callejeros en Dakar, y muchas veces no se les trata bien. La respuesta de la gente, porque resulta difícil hablar de público en este tipo de festival tan apelativo, ha sido, según nos cuenta Aisatou Touré, “muy optimista”. Y añade: “cuando ven a los artistas pintar en los muros de las casas se ponen muy contentos y van a darles las gracias. Porque es un festival que puede favorecer el turismo local, con la Village des arts, pero también porque es un barrio con la particularidad añadida de que tiene muchísimos árboles y además a los vecinos les encanta sentirse implicados en las actividades que hace este festival”.

Artwork: Mous Leye

Artwork: Mous Leye

La visita terminó en la galería de Haby Diallo, Creas I Am, en la calle 19 de la medina. Haby Diallo es una joven artista que trabaja con botellas de plástico. Las reutiliza dando lugar a distintas obras de artes decorativas y de inmobiliario; y organiza talleres con niños para concienciarlos por el cuidado del medio ambiente. “Nada se pierde, todo se transforma”, una iniciativa que podrían  seguir todos para cuidar el medio ambiente, como nos contaba Aisatou Touré.

Un proyecto fruto de la pasión: “es el corazón el que nos hace avanzar”, contaba Aisatou Touré, al explicar cómo a pesar de la falta de medios, este proyecto ha seguido adelante gracias a la implicación de sus artistas y colaboradores.

Arte que rompe fronteras (mentales) entre ricos y pobres

Koch Festival, una semana de arte urbano se apodera del espacio público
y democratiza uno de los barrios más pobres de Nairobi

Korogocho es un asentamiento informal keniano, un barrio chabolista de más de cuarenta años que está en el punto de mira de urbanistas e instituciones dedicadas a la protección de los derechos de los ciudadanos más pobres. Situado a unos diez kilómetros del centro de Nairobi, habitan en él unas 60.000 personas. Su historia es, como tantas otras, un relato sobre residentes pobres que han sido desalojados forzosamente de otros slums de la ciudad y se han acabado hacinando en un barrio que nació de personas que reciclaban basura del vertedero de Dandora, uno de los más grandes de todo el mundo.

A pesar de que sus residentes son dependientes en su mayoría de la economía sumergida, con rentas muy bajas e inseguridad en sus calles, sus habitantes celebran cada año una semana que fomenta su capacidad para cambiar el barrio y transformarlo de forma positiva: el Koch Festival. La idea principal es conectar la calle con la vida de sus vecinos y acercar los vecinos ricos de la ciudad a la vida de los vecinos más pobres, para sensibilizarlos y generar dinámicas de participación mútua. Durante una semana, las calles experimentan una mayor democracia y el espacio público se convierte en plataforma para el desarrollo social y económico de sus vecinos. Con todo, el Koch Festival es un actividad que promueve el método Placemaking.

Organizado por Hoperaisers (traducible como ‘movilizadores de esperanza‘), un colectivo de skaters muy conocidos en Nairobi, la actual edición movilizó a centenares de jóvenes de Korogocho y de otros barrios de la capital para que del 10 al 16 de Agosto se involucraran en distintas actividades en la calle. ¿Los objetivos?

  • Construir la identidad del barrio.
  • Revitalizar la comunidad.
  • Empoderar a la juventud a través del arte.
  • Generar un sentido de pertenencia común para Korogocho a partir de la participación de cada individuo en actividades artísticas.
  • Y romper fronteras, sobre todo, mentales, entre barrios ricos y pobres.
'Los niños son el FUTURO', uno de los grafitis del Koch Festival 2015. Imagen de OLET, @visualxolet en Instagram.

‘Los niños son el FUTURO’, uno de los grafitis del Koch Festival 2015. Imagen de OLET, @visualxolet en Instagram.

Una de las actividades más visibles se organizó alrededor de murales en paredes parlantes o ‘Talking Wall Mural’, que reunió a unos veinte grafiteros de la ciudad para decorar las paredes de dos calles de Korogocho. “Seis grafiteros profesionales, junto a varios artistas que se han formado en Pawa254 y otros muchachos de Korogocho con los que hacemos talleres de arte urbano cada tres meses, estuvimos pintando de arriba a abajo las dos calles principales del barrio”, nos cuenta Kerosh, grafitero cuyo estudio se encuentra en Pawa254 y que forma parte del colectivo Hoperaisers desde 2012.

Con el apoyo de Baco Paints, y en colaboración con Spray for Change (o Spray para la Tranformación), el Koch Festival ha podido pintar por sexto año consecutivo las calles del barrio. “Este año el festival ha tenido la participación de la oenegé Arquitectos Sin Fronteras y de Pawa254 para algunos de los talleres. Pero el tiempo que los artistas han dedicado de forma voluntaria a pintar Korogocho ha sido muy agradecido por la comunidad. Es un trabajo que no se puede remunerar pero que tiene muchísimo sentido para los residentes”, afirma Kerosh.

“No se trata del arte en sí sino de lo que se consigue a través del arte. Conseguir que artistas de los barrios altos de Nairobi pinten junto a jóvenes artistas de los barrios más pobres durante una semana, es conseguir algo que está muy por encima del arte. Es crear dinámicas de acercamiento social que trascienden las fronteras geográficas, psicológicas o artísticas. Se desmontan un montón de estereotipos y prejuicios hacia ambos lados. Se plantan semillas para mejorar la vida en la ciudad en su global”.

Pero no solo el grafiti se apoderó de Korogocho para transformar sus calles y su espacio público en pro de mejorar las vidas de sus residentes.  Debates sobre cómo generar dinero a partir del arte o como recaudar derechos de autor, sesiones de hip hop y recitales de palabra hablada o diferentes actividades deportivas en las calles, amenizaron una semana de sus habitantes.

Otra de las actividades destacadas fue una simbólica caminata junto a los residentes del barrio de clase media-alta de Kilimani hasta el barrio humilde de Korogocho bajo el rótulo de ‘Different Communities, One People’ (o Distintas Comunidades, Un Pueblo). “Que trescientas personas de barrios ricos como Kilimani anden catorce kilómetros para encontrarse con los residentes de un barrio pobre como Korogocho, es un éxito de por sí. Las conversaciones que se crearon entre los diferentes viandantes y el intercambio de opiniones entre mujeres, por ejemplo, de mediana edad y clase alta, con chicas jóvenes de bajos ingresos, fueron muy interesantes. En realidad, tanto unos como otros se dieron cuenta de que tienen más en común de lo que creen”, nos cuenta Kerosh evaluando el impacto positivo de las actividades del festival para la vida en Nairobi.

En el teatro Mageuzi, dentro de Pawa254, la oenegé sueca Arquitectos Sin Fronteras contribuyó en un debate sobre el espacio público y la democracia, centrándose en cómo los urbanistas y arquitectos pueden colaborar con los trabajadores culturales con el fin de crear espacios públicos seguros, vibrantes y democráticos. Bajo el rótulo de “arte, espacio público y democracia”, un grupo de urbanistas, trabajadores culturales, artistas, arquitectos y empresarios sociales compartieron sus experiencias para debatir sobre el espacio público. En un foro que pretendía unir el máximo de voces posibles para discutir alrededor de la idea del arte y las expresiones culturales como transformadoras del espacio público, la planificación urbana y la cultura se convirtieron en el eje de debate. La conclusión fue unánime: las artes y actividades culturales pueden contribuir a crear mejores espacios para la convivencia en las ciudades.

Afrogallonism, la reconversión de los bidones amarillos a arte

gallonsEn la capital de Ghana, Accra, el acceso al agua potable no está garantizado en todas las zonas de la ciudad. John Mahama, actual presidente de Ghana, aseguró el pasado año que uno de los objetivos de este 2015 es aumentar la cobertura urbana de agua hasta un 85% —76% en las zonas rurales— y caminar hacia el acceso universal para el año 2025. Por ello, su promesa de erradicar los bidones amarillos llamados “galones Kufuor” tan presentes en el paisaje urbano de Accra, es una muestra muy simbólica de lograr este objetivo. Estos contenedores, de un amarillo intenso son hoy en día la forma generalizada de transportar agua y por lo tanto, una evidencia de su ausencia en los grifos de los hogares en muchas zonas de la ciudad. Así, los residentes de estos barrios compran agua a sus vecinos en medidas de galones Kufuor, que tienen una capacidad de unos 25 litros. Estos bidones que fueron introducidos en Ghana durante la época colonial para transportar y almacenar aceite para cocinar, reciben su nombre de John Agyekum Kufuor, el segundo presidente de la Cuarta República de Ghana (2001-2009) y cuyo mandato fue también caracterizado por graves problemas de acceso a este servicio básico. Estos problemas acarrearon un auge en la utilización de los Kufuor, que colorearon de amarillo todos los rincones de la ciudad.

El artista Serge Attukwei Clottey del colectivo ghanés GoLokal, es el creador del concepto de “Afrogallonism”, que decide dar otra vida a los viejos bidones amarillos. Attukwei se imagina a Ghana con agua. Una Ghana en la que el plástico de los bidones puede ser reutilizado, ya no para transportar agua, sino para crear. Y mientras lo hace con bidones viejos, rotos e inservibles. El artista crea máscaras, murales e instalaciones y lo acompaña de su participación performativa en la que trabaja temas de justicia social, medio ambiente y en la que el diálogo con la gente, con los espectadores, es el centro estratégico de su creación. Como él mismo asegura: “no creo que la gente pueda acceder a ir al cine. Y para mi, la industria del cine, en realidad no esta proyectando África como yo quiero, como yo la veo. Así que secuestro el espacio, critico la política, me uso a mi mismo como un objeto de mi trabajo”.

Los paisajes que define Attukwei con los colores y materiales que usa, empezando por el amarillo del plástico y siguiendo con el colorido wax que suele utilizar, no son solo visuales, sino también sonoros. Para ello se hace con los medios que tiene a su alcance, como monedas, complementos, muebles y todo aquello susceptible de dar un toque rítmico a sus creaciones.

El artista es también el precursor del colectivo GoLokal, que nació con esta misma dinámica de interaccionar con la gente y de trabajar en la comunidad local. Así, el artista ha invitado a gente de su comunidad a que se unan al proyecto y así ir forjando el colectivo compuesto hoy en día por varios hombres y mujeres. La idea de GoLokal es concienciar sobre los problemas que azotan al país, como la falta de protección al medioambiente, la corrupción, sanidad, etc. ¿Qué diferencia GoLokal de otros grupos de performance y teatro en Ghana? Attukwei lo describe así “en GoLokal, no sólo entretenemos. Nosotros, sobretodo, promovemos el desarrollo comunitario. Queremos que la gente entienda lo que significa el arte realmente. El arte no significa necesariamente pintar cuadros bonitos y ya. Hay que promover la comunidad de la que vienes con lo que eres capaz de crear. Lo extraordinario de GoLokal es que no sólo se debe realizar en el escenario para entretener a la gente. Vamos a espacios públicos donde no es factible que haya exposiciones o programas performativos. Así que desafiamos la norma, secuestramos el espacio. Así es como somos”.

* Artículo publicado en el Boletín Trimestral del Centro de Estudios Africanos el día 2 de julio de 2015