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Atlantique: capitalismo, feminismo y amor

Crónica de un visionado público de la película Atlantique en Dakar y comentado por su propia directora Mati Diop y la escritora Ken Bugul.

La expectación era mucha. Aunque el 2 de agosto ya se había estrenado en Senegal ante la élite dakaroise en un Teatro Sorano de gala, esta noche era la primera proyección de Atlantique (2019) gratis y a cielo abierto, en Medina, un barrio popular de la capital. El lugar elegido para proyectar el más reciente Gran Premio del Festival de Cannes, el antiguo cine Empire, uno de los clásicos de la ciudad, reabierto hace unos años, permite al vecindario apropiarse el sitio. Sillas, sillones, escaleras, suelo, varias alturas, comida y bebida… todo a disposición para que la proyección sea abierta y participativa, en esta sala a cielo descubierto. Esperando que anocheciera, la terraza del edificio desde la que se apreciaban entremezclados tejados de mezquitas, inmuebles antiguos y nuevos, acabados e inacabados, grúas y banderas, acogía también a los invitados de la entidad organizadora del evento, la Raw Material Company, uno de los centros de arte más punteros de la subregión, que cerraba su séptimo programa de formación, el cual versaba sobre el tema “Imágenes de nuestro tiempo”, dirigido por el cineasta Eric Baudelaire.

Cartel de la película Atlantique (2019), de Mati Diop.

El calor del pasado 13 de diciembre empezaba a despedirse y el viento fresco y salado del omnipresente océano entraba desde de la corniche de Dakar a este edificio abierto de la calle Malick Sy, creando el ambiente necesario para meterse en el film de la franco senegalesa Mati Diop (Francia, 1982). El sol desaparece anaranjado dejando rápido el paso a la luna, y con ella, la presentación de la película. Una Mati Diop concentrada y reflexiva introducía el film aludiendo a la transición lógica de su obra cinematográfica compuesta por el cortometraje Atlantiques (2009) y el documental Mille Soleils (2013) y sobre la inevitabilidad del asunto: -“¿de qué otro tema se puede hablar?”: la migración es el trasfondo de su compromiso con el cine, de su experiencia vital y de la obra que la precede: la de su tío, el reconocido cineasta Djibril Diop Mambéty.

Sin más spoiler, la audiencia se quedaba en absoluto silencio durante las casi dos horas de la película (1h. 47min.) El incesante sonido del mar que acompañaba la película era solo interrumpido por la última llamada a la oración que resonaba desde la Gran Mezquita de Dakar, a escasos metros. Concentración, emoción o tensión, según el pasaje, se leían en las caras de un auditorio que sin duda elevaba el nivel de comprensión de esta película filmada en versión original en wolof y subtitulada en francés, que ha recorrido desde hace seis meses pantallas de todo el mundo . El encuentro con su público era “primordial”, según explicaba la propia realizadora.

Atlantique es la historia de Ada y Suleimán. Una historia de amor frustrada, atrapada en un contexto en el que la falta de expectativas ahoga en el imponente océano los sueños de una generación, de la fuerza viva de un país. La película habla de los desaparecidos en el mar, de los que se van: pero sobre todo de los que se quedan. Las que se quedan. Una mirada femenina, atrevida, crítica, comprometida y sensible que atraviesa al espectador desde la primera escena hasta la última. El contundente final culminaba con un caluroso aplauso que hacía levantarse a la directora y a un jovencísimo electo actoral (seleccionado por la propia Diop hace menos de dos años) que se presentaban ante el público en Medina con una mezcla de timidez y soltura; aquella que da las tablas de quien se ha enfrentado ya a medios de todo el mundo: Ibrahima Traoré (Souleiman), Mame Bineta Sané (Ada) y Nicole Sougou (Dior)

Lo que esconde el océano de Atlantique

No se conocían pero sí. Dos grandes nombres de la literatura y el cine del país como Ken Bugul y Mati Diop habían inevitablemente oído hablar la una de la otra y de sus trabajos, pero nunca habían coincidido físicamente. Abiertamente impresionada por la creatividad de la nueva generación de cineastas, y de esta película en particular, que definió como “obra maestra por su mirada compleja sobre la migración”, Ken Bugul (Senegal, 1947) afirmaba sentirse identificada con Ada, la protagonista y su grupo de amigas, “con esas mujeres con su destino en la mano, que asumen sus vidas y sus cuerpos”. Comenzaba así una conversación sobre los subtemas que atraviesan la película.

Juventud fantasma

Mati Diop explicaba su inspiración para realizar la película. Nacida y crecida en Francia, en 2008 aterrizaba en Dakar movida por un deseo de explorar sus raíces africanas ya que su padre, el cantante Wasis Diop, es senegalés. Es en la capital donde se encuentra de frente “con una juventud solitaria y habitada por un inmenso deseo de partir”. Es cuando decide poner su incipiente mirada cinematográfica al servicio de lo que estaba observando, y que calificaba de “problema existencial”.

Ellas

Tras su primer trabajo, el cortometraje Atlantiques con protagonistas masculinos, decide en este, su primer largometraje, focalizarse en las que se quedan: “La única manera de contar que encontré legítima desde mi lugar”, comentaba. “Además me parecía injusto restringir el retrato de la juventud de Senegal de la década de los 2000 solo a los que se van. Las historias de migración atraviesan a todas las esferas: madres, hermanos, novias… hay muchos que se quedan”, reflexionaba al tiempo que le tomaba la palabra Ken Bugul, para quien el rol de la mujer no ha sido lo suficientemente explorado hasta ahora en lo que respecta a las migraciones internacionales: “Ellas se quedan silenciosas, son más invisibles aún. Por eso veo la importancia de darles la voz, de hacerles actuar su propio rol a estas jóvenes que tienen mucho que decir”.

Feminismo

El debate prosiguió sobre la emancipación de las mujeres y sobre las conquistas de autonomía que se han dado en las décadas de los 60 y 70 y que la escritora tachaba de “adquisiciones frágiles”. “Fueron en el discurso, sobre el papel, pero no en lo cotidiano”, subrayaba Ken Bugul, el seudónimo que utiliza la novelista senegalesa Mariètou Mbaye Biléoma, y que significa «la que nadie quiere». “¡Manteneos alerta!”- exhortaba al auditorio- “¡Seguid vigilantes, no bajéis la guardia!”. El mensaje a la juventud, en particular a las mujeres, no podía ser más claro. “En los últimos años se ha colado un retroceso en nuestros derechos por las fisuras de lo conseguido. En Senegal, y en todo el mundo, las mujeres son de nuevo las víctimas”, remataba responsabilizando por ello “a las estrategias del capitalismo introducido desde los 90 que han anclado nuevos valores como el dinero, la apariencia, el consumo, y cosificado el cuerpo de las mujeres”.

Justicia social

La directora suele presentar la película como una “fábula política”. El trasfondo es claro. Lo señalaba desde el público un profesor de escuela que le recordaba el paralelismo de la escena inicial, en la que Souleimán y los otros chicos reclaman sus 3 meses de salario impagado al constructor de una gran torre, con la mítica secuencia de Camp de Thiaroye (1988), del senegalés Ousmane Sembène. En ella se mostraba la demanda de los soldados senegaleses al ejercito francés en 1944 tras participar en la II Guerra Mundial, y que fue abatida con bombardeos. “Cada vez que mires el alto de tu torre, pensarás en nuestros cuerpos sin tumba”, dicen los desaparecidos al patrón en un fragmento de la película. “Atlantique es una historia de amor frustrado, por el océano y por la violencia capitalista”, sentenciaba la realizadora. “Y no es azar que sean ellas las que encarnen la reparación y la reclamación de justicia social”, matizaba Ken Bugul. “Siempre lo hemos hecho”.

Amor, sexo y moral en Senegal

Preguntada por la moderadora sobre si habían tenido dificultades en el rodaje de la escena final, en referencia a un momento erótico entre los protagonistas, Diop quedaba desconcertada: “¿Por qué no lo pronuncias?”, le inquiría directamente a Sambou. La realizadora explicaba que los actores comprendieron perfectamente la escena que sobrepasaba lo físico: “No hay lugar a polémica”, decía rotundamente al tiempo que añadía que “los jóvenes actores han asumido con naturalidad su papel en una escena sensual sin cuestionarse si chocaba o no con la moral senegalesa”. Para Diop “es importante crear nuevos referentes de relación en el cine que quizá alivien la presión social de una juventud solitaria. Nunca he visto a un hombre y una mujer negros besarse con pasión en una película africana”, confesaba. “Me deja atónita y desconcertada como espectadora. Creo que la gente, y sobre todo los jóvenes, tienen la necesidad de conocerse, de liberarse y de amarse”. “Hay que amar sin moderación”, arengaba Ken Bugul, como colofón tras la respuesta de Diop. Para Bugul, la “casi octogenaria” como ella se define, por parte de la juventud es una cuestión de valentía enfrentarse al grupo, construirse como persona y afirmarse como individuo son sus particularidades. “Me interesa la identidad en relación a su construcción individual y no en relación a un sentimiento de pertenencia, sea comunitaria,  geográfica, racial o religiosa”, explicaba.

Fantasía y realidad

Mati Diop tenía claro que en la película tenía que haber fantasía. “[En la película] muestro un barrio obsesionado por la desaparición de su fuerza viva. El retorno de los muertos es una leyenda universal atlántica, de la que me he inspirado sobre todo de historias bretonas, y que me pareció indispensable para hablar de esos jóvenes desaparecidos. La solución a través de la posesión, del djinn fue una manera de aterrizarlo en el contexto: es la manera en la que el barrio interpreta lo que pasa. Aquí la fantasía es inherente a la realidad”, dijo cuestionada desde el público sobre su inspiración para meter en la película a estos seres, al pertenecer a la etnia lebou, caracterizada por su misticismo.“Otro pasaje que me ha inspirado fue un suceso acontecido hace unos años en Senegal sobre unas chicas que se desmayaban a la vez en una escuela”, comentaba Diop. Lo que más le impresionó de esta creencia muy extendida en el país sobre que las jóvenes quedan poseídas por un ser maléfico sobrenatural y que se conoce como djiné Maimouna, es que finalmente es el marabú, la figura religiosa masculina de referencia en la localidad, la que da el veredicto de lo que pasa. “Y era la forma de vestir de las mujeres la que causaba el conflicto”, afirmaba alarmada. Para Ken Bugul, esto demostraba “lo manipulables que somos como sociedad,” afirmando que “no cuestionar las jerarquías es un freno al sentido común”.

En este sentido, la escritora señalaba que este verano ha escuchado en la radio que las lluvias en el país se habían retrasado “porque las mujeres se vestían descocadas” y señalaba la importancia del cuerpo de la mujer como un medio de resistencia ante la opresión. En la película también se alude a otro lugar común en la tradición mística senegalesa, el faru rab, otro demonio que habita en las mujeres y que hace que los matrimonios fracasen. Algo de lo que Ken Bugul valoraba retomando la idea del escritor Cheikh Hamidou Kane, de la necesidad de trabajar los mitos para entender la sociedad contemporánea.

Utopía de la emancipación

La conversación cerraba con una oda a Ada, “un personaje utópico, fuertemente arraigado a los valores fundamentales deseados no solo para las mujeres senegalesas sino para toda la juventud”, según explicaba Mati Diop. Ken Bugul la alababa: “Una historia de amor que permite ser como deberían ser todas las historias de amor”. La noche ya cerrada no permitía más reflexión que la que se dejaba abierta en la cabeza de un público que retomaba los aplausos para despedir al equipo, visiblemente emocionado por este tiempo compartido.

Soñar con los ojos abiertos

Dakar, Niamey y Bamako acogieron tres talleres consecutivos en noviembre de 2017 en el marco del programa ACERCA de capacitación de la Cooperación Española en pro del desarrollo cultural. Diseñados e impartidos por Héctor Mediavilla, permitieron que 35 jóvenes fotógrafos trabajaran en torno al concepto “afrotopía”. El término, acuñado por el senegalés Felwine Sarr y desarrollado en su libro homónimo, propone una nueva manera de mirar África, insistiendo en esa descolonización mental que reclaman muchos autores del continente. Además, dio título a la 11ª edición de la gran bienal de fotografía “Rencontres de Bamakoen 2018, de cuya sección Off formó parte esta muestra que ahora y hasta el 3 de enero puede visitarse en Casa África.

Casa África.

Mirada autocentrada

Para reflexionar acerca de su porvenir y de la contribución africana a este mundo globalizado, lo primero es partir de la propia realidad económica, ecológica, cultural y simbólica, es decir, valerse de los recursos endógenos. En este sentido, de las 25 propuestas que recoge la exposición, los temas que más se repiten son, por un lado, la preocupación por el medio ambiente y los estragos del cambio climático, y por otro lado, el protagonismo de las mujeres. 

Presencia de basura y residuos tanto en las imágenes nigerinas como en las senegalesas, destacando el contraste entre la elegancia de las modelos y la suciedad que parece no tener fin en ‘El reverso del decorado’, firmado por Ina Thiam. Además, varias instantáneas dejan constancia de la devastadora subida del nivel del mar en la otrora capital senegalesa Saint Louis (‘Erosión’, de Abdoulaye Touré), e impresiona el poderoso contraste del vivo azul del agua y el desolador blanco y negro de un paisaje que remite a sequía y hambre en la aportación del maliense Kadim “Bamba” M’Bayé, ‘África’.

Ellas son las más fotografiadas. Mujeres de todas las edades, desde las más mayores hasta las más pequeñas -siendo tremendamente evocadores los primeros planos de dos generaciones en ‘Colores en movimiento’, del fotoperiodista Assane Sow-; aunque predominando las chicas en edad de estudiar y empezar a trabajar. Sujeto femenino empoderado que está capacitado para dedicarse a lo que quiera, desde gasolinera (‘Mujeres emergentes’, de “Sam” Moussa Samake) hasta amazonas (‘Las nuevas caras de la mujer africana’, de Moctar Ba).

El reverso del decorado®Ina Thiam – Fotografía cedida por Casa África

Lucidez nigerina

El recorrido expositivo se inicia con Níger. Las nigerinas son fotografías que destilan un especial respeto por la tradición. ‘Los trajes gourmantché’ retrata a un sonriente miembro de la etnia saheliana luciendo, orgulloso, las vestimentas propias de su pueblo. Asimismo, en ‘La trenza en la cultura nigerina’, vemos a una niña luciendo el característico peinado, marca de identidad e, igualmente, patrimonio cultural.

Otras imágenes atestiguan la importancia otorgada al trabajo y a alimentos, como la moringa, el donut de soja -desayuno habitual en muchas zonas del país- o la carne seca, denominada kilichi, típica del Sahel y ejemplo del ingenio que se saca ante la adversidad de carecer de electricidad con la que conservar la comida. En idéntico esfuerzo de superación se presenta el reciclaje como revancha en los mercados de recuperación nigerinos o convirtiendo latas en huchas, porque ahorrar también es una forma de mirar hacia el futuro.

El comisario y profesor, Héctor Mediavilla, cuenta que los fotógrafos nigerinos fueron los más tímidos en un principio y esa contención se plasma en la aparente sencillez de sus obras. Sin embargo, Mediavilla celebra los “fulgurantes progresos” que experimentaron las propuestas de los talleristas quienes, al final, lo llenaron de obsequios como agradecimiento a su dedicación.

Las nuevas caras de la mujer africana®Moctar Ba – Fotografía cedida por Casa África

Imaginación senegalesa

Pese a contener el menor número de obras de la muestra, la parte de los creadores senegaleses ocupa un lugar preeminente en la pared que se ve nada más entrar a la sala Kilimanjaro de Casa África. Son fotografías que transmiten movimiento en su sentido más pleno: en el tiempo, con el ‘Time lapse’ de Lamine Dieme; en el espacio, con la voracidad del mar en las escenas de Saint Louis. Incluso la en apariencia estática silueta o ‘Bindé’, obra de Haïdar Chams, contagia al observador el dinamismo de una sociedad vibrante como es la senegalesa.

Sobresale el desafiante surrealismo de la ‘Supertopía’, de Khalifa N’Diaye, cuyas dos imágenes nos muestran al fotógrafo y a la vez modelo, literalmente, suspendido en el aire. Es una invocación a lo imposible: zafarse de las obstinadas leyes de la física. Como si N’Diaye quisiera retar al público africano a imaginar que cualquier cosa puede lograrse.

La elección®Tagaror Wallet Mohamed – Fotografía cedida por Casa África

Valentía maliense

Los más prolíficos parecen haber sido los malienses, habiéndose seleccionado el trabajo de una decena de artistas, con un fácilmente reconocible denominador común: una juventud despierta y preparada que pasa de la sombra a la luz gracias a la educación, como se aprecia en las piezas dobles de Amadou Diagabaté y de Mariam Tapily. Se entiende que Mediavilla subraye el entusiasmo y las ganas de arriesgar de los fotógrafos de este país dada la libertad con la que emplean superposiciones y collages que remiten al estilo cómic.

La clásica disputa entre tradición y modernidad también se plasma en las fotografías de Mali. De un lado, reconocimiento a las labores del campo -’Agricultura. La salvación de África para el desarrollo’, de Mamadou Traoré-, la ganadería -‘Todo valor es enriquecedor’, de Souleymane Diallo-, y al legado de líderes emblemáticos, como Léopold Sédar Senghor y Nelson Mandela, en el montaje doble de Fadio Traoré, ‘Inspiración’. De otro lado, la modernidad se simboliza mediante herramientas tecnológicas, como ordenadores portátiles o teléfonos móviles, que “arman” a las mujeres jóvenes.

Apuestas culturales como esta fotográfica “Afrotopía” ponen su granito de arena para que, como escribe y desea su comisario, “la visión de Sarr se vaya materializando y el resto del mundo reconozca que África tiene mucho por decir”.

 

Entrevista a Sahad Sarr: La música como alimento del alma

Hay una figura omnipresente en Senegal, en la cual se encuentran las varias temporalidades que conforman el cronotopo de África. El escritor y músico Felwine Sarr sugiere que el continente africano se caracteriza por una “deslocalización de su presencia en un perpetuo futuro.” Es decir, el imaginario de lo que será, y por tanto, con un presente tal vez incompleto. Sarr nos invita entonces pensar en África de otra manera, como una Afrotopia, lo que el polifacético escritor define como una “utopía activa, que se propone como objetivo encontrar en el realismo africano los amplios espacios de lo posible y entonces fecundarlos.” Para Sarr, dicha tarea solo sería posible a través de una revolución espiritual.

Cheikh Amadou Bamba en Isla de Ngor (Dakar). Fotografía: Áurea Puerto, 2016.

 

A pesar de la variedad de prácticas y creencias religiosas, en el caso de Senegal, hay un líder espiritual en particular que no pasa desapercibido: Cheikh Amadou Bamba (c. 1853-1927). Fundador del Muridismo, o la Muridiyya, una de las principales cofradías sufíes, también llamadas tariqas o turuq,a través de las cuales se practica el Islam en Senegal. Esta organización social deriva del misticismo sufí, en la cual se da una importancia crucial a la educación espiritual de los discípulos y la relación entre el cheikh o líder espiritual, y el murid, los aspirantes, también conocidos como talibés. La devoción a Cheikh Amadou Bamba se extiende a la esfera cultural de Senegal. Su retrato, basado en una fotografía encontrada en 1912, tapiza las calles de Senegal. En camisetas, collares, postales, pósters, pegatinas, graffitis, murales, y car rapides, un tipo de transporte público en Senegal. Su presencia evoca protección, devoción, gratitud, celebración. Se ha convertido en una forma de expresión y cultura popular excepcional. Constituye la encarnación de las distintas temporalidades que conforman el cronotipo de África. Un pasado proyectado en el presente y que ha de tenerse en cuenta para el camino hacia el futuro. Uno de los principales discípulos de Cheikh Amadou Bamba fue Cheikh Ibrahima Fall (c. 1855-1930). Su imagen está también por todas partes en Senegal. Sus disípulos, Baay Fall, o Yaay Fall, en el caso de las mujeres, abundan, y se caracterizan por su leal devoción a los líderes espirituales, el servicio y trabajo por la comunidad y el uso de accesorios o amuletes murides, tales como bolsos, pulseras y collares de madera y cuero, ropa de patchwork o blanca y negra, y a menudo, rastas.

Este conjunto de valores, el cual suele entenderse de manera más espiritual que religiosa, ha tenido un gran impacto en la música. Numerosos son los artistas que incluyen versos del Corán en sus canciones, o palabras de celebración y gratitud a Cheikh Ibrahima Fall, Bamba y demás líderes espirituales. Los festivales de música religiosos, tales como el joven Festival Salam, organizado por el músico senegalés Youssou N’Dour, se convierten en momentos culturales claves de celebración y divulgación del mensaje sufí. Sin embargo, la inspiración sufí en el música y la relación entre el muridismo y la música va mucho más allá de los festivales religiosos de música. Oumar Fall, co-propietario y gestor de ndar ndar music & café, un espacio emblemático en la escena musical de Saint-Louis, nota también una relación muy clara entre la música, religión y el muridismo: “No hay ningún problema en ese sentido. Estamos acostumbrados a ver Baay Falls con sus percusión y canciones dedicadas a su líder espiritual, Cheikh Amadou Bamba. Y ahora los vemos cada vez más tocando y cantando con grupos de música, y ganándose el aprecio, respecto y admiración de su público. En Senegal somos muy abiertos con respecto a muchas cosas y eso no es más que reflejo de esa apertura de espíritu.”

Cheikh Amadou Bamba y Cheikh Ibrahima Fall en la Medina, Dakar. Fotografía: Estrella Sendra, 2015.

 

Fue en ese emblemático lugar donde nos citamos con Sahad Sarr, leader del grupo Sahad and the Nataal Patchwork, con motivo de la séptima edición del Festival Coeur en Or en Saint-Louis. Sahad Sarr es músico, nacido en Dakar, y a caballo entre la capital y Kamyaak, donde lleva el proyecto de su asociación JiwNit. Su hermano, Felwine Sarr, es el autor del premiado libro-ensayo Afrotopia, al que se une otro hermano, Saliou Waa Guendoum Sarr, cuyo nombre artísito es Alibéta, músico, actor de teatro y co-director del documental Life Saaraba Illegal (2016), sobre inmigración irregular. Oumar Fall, gestor de ndar ndar music & café es el anfitrión preferido para los artistas y periodistas culturales locales. Entre vinilos, álbumes cuidadosamente seleccionados por el joven actor cultural, zumos locales y café orgánico de Etiopía, encontramos un acogedor rincón al fondo de la cafetería musical, para hablar con Sahad Sarr, con motivo de su participación en el Festival Coeur en Or, celebrado en Saint-Louis como preludio del prestigioso Festival internacional de Jazz.

Sahad Sarr en ndar ndar music & café. Fotografía: Estrella Sendra, 2019

Más de cincuenta conciertos por todo el mundo, y unos cuatrocientos en Senegal, pero, ¿cómo empezó todo?

Sahad Sarr: Mi relación con la música empezó a muy temprana edad. Solíamos tocar con muchos músicos, por pasarlo bien. No era para salir y ofrecer conciertos. Un día estaba tocando en la universidad y pasó un productor por ahí, nos escuchó, llamó a la puerta y dijo: “¡guau!” Me preguntó si era músico y dije: “No, no doy conciertos.” Y me respondió que debería hacerlo. Así que decidí combinar mis estudios con mi carrera musical. Eso fue en 2010. Empezamos a dar muchos conciertos y tocar en festivales en Dakar durante unos dos años. Antes, sólo había tocado en distintas fiestas en el colegio. Empezamos algún proyecto en Europa y poco a poco me fui concentrando cada vez más en la música.

 

¿Cuándo salió tu primer álbum, Jiw, y dónde lo grabaste?

En 2014 nos inscribimos para los premios de las Jornadas Musicales de Carthage (JMC), en África, con nuestro primer EP, Nataal. Fuimos a Túnez, donde se celebraban, representando África Occidental. Tocamos y nos concedieron el primer premio (Tanit d’Or). Ahí donde arrancó nuestra carrera, realmente. El álbum saldría luego, en 2017. Jiw, el nombre del álbum, significa semilla en Wolof.  Tocamos en el Festival Visa por la Música en Rabat. Después nos seleccionaron para las finales del Mercado Internacional de la Edición Musical en París en 2016. Tocamos allí y nos dieron otro premio. Y después de tocar en el Visa por la Música, empezamos nuestra primera gira europea en 2016. Fuimos a Suiza, Alemania, Bélgica… También firmamos con la discongráfica francesa Mektoub en Francia, pero lo grabamos en un estudio en Dakar. En 2017, fuimos a Washington, Dallas y distintos lugares en Estados Unidos.

 

Como artista, ¿cuáles son tus fuentes de inspiración?  

No es lo mismo ser artista que ser músico. Puedes ser artista y músico, o músico pero no artista. Un artista se divierte. La inspiración viene un poco de todos lados: sus experiencias de vida, encuentros… Los artistas son muy sensibles. Yo dejé la casa de mis padres muy joven, a los 16 años. Me expuse a la vida. Pero es que también en mi propia familia hay músicos. Mis hermanos son artistas. Así que naturalmente, me han influido. Pero además, he estado viajando mucho por África, en Mali, Costa de Marfil, Burkina Faso… Y también he estado viviendo en un mundo sufí durante unos 16 años, sintiendo devoción por el líder del muridismo, Cheikh Amadou Bamba. Esa es mi vida, además de la música, claro. Los sufíes vamos a todos lados en Senegal para trabajar y demás. Todo eso me ha inspirado también muchísimo. Por un lado está la educación que he recibido de mi familia, la universidad, pero también, una educación espiritual. He aprendido mucho de mi Cheikh, y mi educación sufí. Y luego están los encuentros, una conversación con alguien en la que de repente, una idea te viene a la cabeza… La inspiración toma muchas formas.

Tu álbum busca difundir un mensaje de esperanza hacia un mundo pacífico e invita a hacer una exploración al interior de uno mismo. Desde tu propia experiencia como músico, ¿qué relación ves entre activismo, vida espiritual y la música?

Entre el simbolismo Baay Fall, hay música. La música es el alimento del alma. Hoy en día, la temporalidad está vinculada a la espiritualidad. Solo hay un mundo, en el que encontramos cosas tanto espirituales como temporales. Nuestras almas necesitan felicidad y amor. Necesitan alimento, del mismo modo en que nosotros los necesitamos. Entre los Baay Fall, la música ha estado presente siempre. Todo lo que hacemos como seres humanos tiene que ver con la música. Si vas a la calle, escucharás pájaros. La música está cantada por el universo. Y nosotros, lo que hacemos es emular lo que el universo hace. La vida es música, de hecho. La vida es sinfónica. Cada uno hace su propia sinfonía. A través de la música hablamos de lo que sucede a nuestro alrededor. La música desempeña un papel. Lo que hacemos es reflexionar sobre lo que sucede a nuestro alrededor. La música es un modo de despertarse. Se usa para hacer feliz al alma, para hacerla hermosa. Lo que yo hago es reflejar lo que sucede en el entorno a través de la música como medio. Cuando tocamos, es como si no fuera yo quien hablase. Es el alma la que habla. Y hablamos sobre temas sociales y medioambientales. En África, la gente tiende a admirar el modelo europeo, que no nos pertenece. Así que hablamos por ejemplo de cómo no se trata de vivir en un edificio bonito, sino más bien, de encontrarse a sí mismo, como un ser cultural y espiritual. Somos seres híbridos. Y aunque nos parezcamos, tenemos nuestras raíces en alguna parte. No es que juzguemos a Europa. Nuestra posición es, bueno, vosotros tenéis vuestro modo de hacer las cosas. Tenemos que aceptarlo. Pero hay otros modos de hacer las cosas. Los Baay Fall nos han inspirado muchísimo en ese sentido. Cheikh Ibrahima Fall. Hablamos del ser espiritual. Los líderes espirituales coinciden en que el tipo de Islam que llegó desde el norte fue una especie de imperialismo o colonialismo. Nosotros no somos árabes. Se trata de algo mucho más espiritual, en nuestro caso. Como decía Senghor, la misión de la civilización consiste en dar y recibir. Y no podemos abrirnos sin saber dónde estamos.

 

Eres también el gestor de un proyecto sostenible de formación espiritual, educación, energía renovable y huerto orgánico en el pueblo de Kamyaak. Tu música entonces, ¿forma parte de ese proyecto?

Cuando terminé la carrera me metí en un master. Pero lo dejé al mes o así para centrarme en mi carrera musical. Sin embargo, para mí la música no es más que una herramienta, un medio. No es que considere que min lugar esté en la música. La uso para un objetivo, como instrumento para abrir una puerta. Cada ser humano tiene algo que hacer en este mundo, y lo que nosotros queremos hacer es repartir amor. La música se convierte en ese medio a través del cual llegar a la gente. Cuando hablamos de ciertas cosas, a alguna gente le entra miedo. Esto no sucede cuando llegas a ellos a través de la música. No nos consideramos géwëls(griots). No se trata tampoco de dar lecciones a la gente. Pero sí vemos que hay mucha gente enferma. Nos vemos como doctores que curan a través de la curación del alma. Tratamos de darle un sentido a la vida, incluso para gente que ya no sabía a dónde ir o qué hacer con su vida. Hemos de destruir esos muros en el mundo que no son necesariamente físicos.

Shad and the Nataal Patchwork en el 7º Festival Coeur en Or. Fotografía: Estrella Sendra, 2019.

De eso precisamente hablas en tu último single, Wall of China (el muro de China)…

Sí, en Wall of China hablamos del muro de Berlín, el muro en China y todas esas fronteras que impiden la libertad de movimiento e interacción entre las personas. Hablamos del miedo que se convierte en ignorancia. Sólo a través del encuentro con el otro, puede uno llegar a la verdad, porque cada persona tiene su propia verdad, su propia semilla. Y para conseguir algo de sabiduría, necesitamos abrirnos a los demás. Hay un muero enorme en Marruecos llamado Black Mamba. Todos los inmigrantes tienen que atravesarlo. Se nos vende una imagen de Europa. Cuando estamos en África, la miramos con admiración. Y la música desempeña y papel clave en la descolonización de la mente. Hacemos jazz, afro highlife… Pero siempre dentro del espíritu afro. Las primeras veces que iba a Europa me quedé un poco en shock. Me encontré con gente individualista. ¿Dónde estaba la alegría que había yo vivido en Burkina Faso, Senegal y demás países africanos? La gente era fría… Esto era en Francia. Y yo había conocido a gente francesa muy distinta en Senegal… En África se nos vende una imagen de un continente rico. Todo lo que hace a uno feliz se encentra en Senegal, sin embargo. Tenemos el sol… Aquí uno viene y se encuentra a gente feliz, hay un tipo de energía muy sencilla.

 

De repente, una mujer interrumpe, o más bien, sugiere, sin darse cuenta, un coherente modo de finalizar la entrevista. “¡Qué gran concierto, Sahad! Me ha encantado. Muchísimas gracias.” A lo que el artista responde: gracias.

 

¿Ves? Aquí somos muy ricos, pero ni nos damos cuenta de ellos. Hay un sentido de plenitud y de logro en Senegal. Cuando tocamos, lo que intentamos es mostrar y compartir esa energía. Así es como entiendo yo el espíritu afro.

*Esta entrevista es una versión adaptada del artículo publicado recientemente por Estrella Sendra ‘Sufi Sounds of Senegal’ en Critical Muslim CM32, dedicado a la música.

‘Afrotopos’, recorrido artístico para descubrir si sufres miopía occidental

La sala es más bien pequeña y, sin embargo, cabe la visión que durante siglos ha impregnado la mirada occidental hacia lo africano. Tiene sentido, la paleta con la que se ha pintado el continente entero es monocroma y las lentes que reenfocan la miopía del Norte global son relativamente recientes y aún escasamente visibles. La exposición ‘Afrotopos. Hacia una utopía africana’ recoge ambas visiones, aunque sea a pinceladas y muestra, desde el Museo de Naturaleza y Arqueología en Santa Cruz de Tenerife y hasta el uno de diciembre, un duelo antagónico que, sin embargo, convive en un espacio reducido.

Como si de un estado de coma se tratara, ‘Afrotopos’ presenta en distintas fases la evolución de la concepción africana proyectada desde el eurocentrismo imperante. Es un coma tan profundo como condescendiente, en el que, no obstante, ya empieza a atisbarse el despertar. Los primeros síntomas aparecen nada más acercarse. Negro sobre blanco en la entrada de la exhibición puede leerse “De África siempre llega algo nuevo”, una frase que el escritor naturalista conocido como Plinio el Viejo toma de Aristóteles en su obra enciclopédica Historia Natural, en la que militar romano presenta el continente como un territorio en el que todo es posible.

No es este, en cualquier caso, el estímulo latente hacia una nueva mirada de África que recorre ‘Afrotopos’. Es otra obra, Afrotopía (2018, Casa África y Los Libros de la Catarata), primer libro traducido al castellano del nuevo mesías del pensamiento crítico africano: Felwine Sarr. Un ensayo con el que el intelectual senegalés cuestiona el concepto global de desarrollo y propone una labor interna de destrucción de los complejos lastrados y de construcción de un concepto propio de modernidad. Sus fragmentos articulan ‘Afrotopos’ y se intercalan con objetos, atlas, pinturas, fotografías, vídeo y esculturas que ponen frente a frente al público con su percepción de África, al tiempo que propone mediante esta evolución tan atascada de la idea del continente un ejercicio de desaprender que invita a aprender.

 

De este modo, la exposición parte del primer legado, que recuerda que fue en el continente africano donde se crearon las primeras sociedades sostenibles frente a las hostilidades de la naturaleza. “La historia humana tiene en África su primera casa”, puede leerse en la primera parada de ‘Afrotopos’, aludiendo al trabajo de Sarr que expone que fueron las personas africanas quienes “permitieron que la humanidad sobreviviera y fuera perenne”.

Antes de continuar el camino, la exhibición inteligentemente advierte a través de los irónicos consejos para hablar de África del elocuente escritor keniano Binyavanga Wainaina, fallecido hace unos meses, cómo las palabras construyen realidades. Tras el aviso, se expone una muestra de cómo se justificaba desde el conocimiento una idea interesada de África desde los libros coloniales; de la utilización que del animismo y las máscaras se efectúo para desprestigiar el pensamiento tradicional africano; del uso de los mapas para demostrar el vacío que debía rellenarse; del polarizado crecimiento demográfico que oscila entre la amenaza invasora y el futuro del mundo; y, por supuesto, no podía faltar la migración en esta descomposición del imaginario colectivo occidental del continente africano expuesta como un tétrico baile de cifras.

Y, por fin, la resiliencia. Del paso del primitivismo exótico al apocalipsis de guerra, hambre, catástrofes y enfermedades que parece recorrer África entera, son las tradiciones africanas las que les fortalecen mediante su gran capacidad de resiliencia para afrontar los retos que el pasado y el presente les deparan. También hay lugar en ‘Afrotopos’ para un tirón de orejas especialmente dedicado a las Islas: “En Canarias, no obstante, hemos aprendido a olvidar a África, aunque olvidar a África es una manera paradójica de recordarla”, puede leerse.

Entramos ya en los albores del despertar hacia una visión renovada de lo africano de la mano de la artista egipcia Ghada Amer, que en su lienzo titulado ‘Diane Black Degrade’ (2002) teje figuras desnudas de mujeres, que tapan su sexo, pero no sellan sus labios. Tampoco falta el pintor maliense Abdoulaye Konaté, y su enorme tapiz ‘Blue symphony, series 4’ (2011) que emana luz y alumbra nuevos horizontes. Reina ‘Afrotopos’ un enorme e hipnótico ‘Microcron’ (2013) del ghanés Owusu-Ankomah, una serie cargada de espiritualidad en la que siluetas humanas se esconden en un cosmos de símbolos geométricos, religiosos y (no podía faltar) escritura adinkra.

También participan de esta muestra de una mirada propia a África la fotógrafa sudafricana Tracey Derrick, con su serie ‘The Waters Of Life’ (1993-1994); el artista senegalés Amadou Makhtar Mbaye, conocido como Tita, y su ‘Caja de teatro’ (1993) hecha con materiales reciclados; o la reconocidísima fotógrafa camerunesa Angèle Etoundi y el también camerunés Barthélemy Toguo con su escultura ‘Naturaleza pura prohibido fornicar’ (2001).

Son notas utópicas que, sin embargo, están ya presentes y anuncian un devenir que es también, en palabras de Sarr, “un llamamiento a una conciencia africana libre y orgullosa de sí misma, que toma su destino en sus manos y se pone a trabajar para construir el continente. Su propósito es menos victimista y va más dirigido hacia la autorresponsabilidad”.

Para no aburrirse… muchas letras africanas

Afortunadamente en los últimos meses se han producido un buen número de lanzamientos editoriales de autoras y autores africanos. Eso significa que el verano se abre ante nosotras con trabajo pendiente, no hemos podido seguir el ritmo de reseñas de esas nuevas presentaciones, pero aprovecharemos este mes de agosto, para poneros al día en el nuevo curso.

Sin embargo, aunque no os hayamos podido ofrecer esas reseñas no nos podemos resistir a proponeros algunas de esas novedades. Así compartimos la experiencia.

La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Forma parte de un interesante proyecto del que ya hablamos en Wiriko y que ha hecho que el relato del escritor keniano se haya editado simultáneamente en seis ediciones bilingües en las que el kikuyu en el que fue escrita originalmente la historia comparte páginas con el castellano, el catalán, el euskera, el galego, el aranés y el bable.

En este caso, os traemos la versión castellano-kikuyu que ha lanzado la editorial Rayo Verde, pero en el proyecto también estaban Raig Verd, Txalaparta, Editorial Galaxia y Pagès editors.

Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Nos llega una nueva novela de la referente actual de la literatura de ciencia ficción africana. Nnedi Okorafor es una escritora nacida en Estados Unidos, pero de origen nigeriano que se reclama como heredera de la tradición africana en la construcción de sus mundos literarios de ciencia ficción. Después de las dos primeras piezas de la trilogia Binti, la editorial Crononauta nos acerca esta novela de la escritora, una de sus obras más aclamadas, antes de que su potencial fuese aplaudido por la industria editorial global.

Siguiendo con la iniciativas interesantes. Nos encontramos con que las editoras que se lanzan a la publicación de obras de autoras africanas, además apuestan por nuevas formas de edición. En este caso, al mismo tiempo la novela de Nnedi Okorafor se ha publicado simultáneamente en castellano, de la mano de Crononauta, y en catalán, a través de Raig Verd, bajo el título Qui tem la mort. El entendimiento entre las responsables de estas dos valientes casas editoriales ha permitido este lanzamientos múltiple.

Terra somnàmbula, de Mia Couto

Volvemos a hablar de la primera novela del mozambiqueño Mia Couto, la que publicó hace veintisiete años, justo cuando se firmaba la paz en la guerra civil que había asolado su país. El relato, máxima expresión del estilo onírico de Couto, vuelve a estar de actualidad gracias a la edición que Periscopi ha hecho en catalán.

África en transformación, de Carlos Lopes

La colección de ensayos que Casa África impulsa a través de la editorial Los libros de la Catarata tiene un nuevo volumen. Se trata de una reflexión de Carlos Lopes sobre la situación actual, pero también la trayectoria y la proyección del desarrollo económico del continente africano. Lopes, uno de los economistas africanos más prestigiosos, ha querido poner los puntos sobre las ies, contestar los mitos en negativo y también puntualizar una euforia infundada. Se trata de que una voz extremadamente autorizada ofrezca un análisis riguroso de la situación.

Lluitar amb el diable, de Ngũgĩ wa Thiong’o

De la producción de no ficción del escritor keniano, esta es la obra más impactante. Así al menos lo considera Laura Huerga, la editora de Rayo Verde y de Raig Verd que se ha empleado a fondo en la tarea de acercarnos las reflexiones y las opiniones de uno de los autores africanos con más reconocimiento. En este trabajo, Ngũgĩ wa Thiong’o repasa el año que pasó en prisión, como represalia del régimen keniano por haberse acercado a las clases más populares a través de un teatro social y pedagógico.

No hables, de Uzodinma Iweala

Iweala está contribuyendo a un arduo trabajo en el que se han empleado muchos artistas africanos: dinamitar el tabú en torno a la homosexualidad. En este caso, el autor estadounidense de origen nigeriano nos traslada a las dificultades que entraña en las relaciones familiares la diversidad sexual. Alianza de Novelas (AdN) se ha fijado en otra de las voces de esa floreciente literatura de diáspora que cada vez consigue más visibilidad. Iweala se hizo conocido en el entorno editorial con su primera novela Bestias sin patria que abordaba el fenómeno de los niños soldados.

Doce relatos urbanos, doce voces africanas, de varios autores

La periodista canaria Ángeles Jurado se ha encargado de coordinar este volumen de relatos impulsado por Casa África en su colección de narrativa de la editorial Baile del Sol. Doce relatos urbanos, doce voces africanas recoge historias de una nómina de autores de primera línea que ofrecen una visión sobre las realidades urbanas del continente. Esta narrativa sobre las ciudades se está convirtiendo en unas de las principales herramientas para romper con algunos de los estereotipos que se ciernen sobre África. Las ciudades africanas son espacios extremadamente dinámicos y los narradores y las narradoras africanas las están relatando de una manera inmejorable.

Antología poética, de Gabriel Mwéné Okoundji

Un poco de poesía también se puede hacer un hueco en las lecturas veraniegas. Si los y las autoras africanas están infrarrepresentados en la actividad editorial en España, la publicación de poesía es una auténtica excepción. La Editorial Pre-Textos ha escogido a este autor congoleño ampliamente reconocido en el panorama internacional para acercarnos una obra poética cargada de originalidad. En realidad Okoundji ya había sido traducido al español, pero a través de la editorial argentina Babel. Ahora el poeta congoleño llega también al panorama editorial español.

Bajo las ramas de los udalas, de Chinelo Okparanta

Okparanta ha sido adoptada como una revelación y un referente por algunos apasionados de las literaturas africanas que tratan temas de diversidad sexual. En este caso una historia de amor poderosa y desgarradora se produce en pleno conflicto de Biafra en Nigeria. El contexto de guerra no es único inconveniente que tendrán que superar las protagonistas de la novela para que sus sentimientos ganen la partida. La editorial Baile del Sol ha recuperado empuje con la edición de esta historia que si recibe la atención necesaria debería atraer una atención equivalente a la que ha atraído en otros países.

La societat dels somiadors involuntaris, de José Eduardo Agualusa

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa regresa a las estanterías, en este caso, por la publicación en catalán de su penúltima obra. La editorial Periscopi seguramente se ha visto animada por el fantástico recibimiento que tuvo la recuperación el año pasado de Teoria general del olvido (en catalán) y ha hecho en este caso apenas se lo haya pensado para traducir la última novela y penúltimo libro de Agualusa. El narrador mozambiqueño tiene un espacio indudable en la producción editorial española, sin embargo, en los últimos años ese espacio se ha ido consolidando y ensanchando a fuerza de que los y las lectores se encuentren con los relatos fabulosos de este contador de historias incontestable.

Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop publicó Murambi por primera vez en el año 2000, como como resultado de su participación en una iniciativa que pretendía afrontar el genocidio de ruanda desde la literatura. Diop recreo el escenario de la crisis ruandesa a través de una historia aparentemente ficcionada pero cimentada en una investigación rigurosa de los hechos. La de Diop fue una de las serie de diez novelas que otros tantos autores publicaron dentro de ese mismo programa.

Murambi fue recuperada por la editorial Wanáfrica en 2016 y ahora ha sido publicada por la editorial 2709 books que, como de costumbre hace una propuesta particular. Esta curiosa editorial pone a disposición de los y las lectoras los libros, únicamente en formato digital y lo hace con precios extremadamente atractivos. Recuperamos de esta manera un relato imperdible por el contenido, pero también por la filosofía que lo motivó y lo permitió.

Cuentos para niños perdidos, de Diriye Osman

Acaba de aparecer en castellano una de las colecciones de relatos que causó sensación cuando se publicó originalmente en inglés. Diriye Osman es un escritor y un artista visual de origen somalí que se crió en Nairobí y ha acabado instalándose en Londres. A través de esta serie de relatos que en su momento recibió el aplauso de la crítica, Osman aborda el universo de la comunidad LGBTIQ somalí y de África Oriental y sus interesecciones con la diáspora, el hecho migratorio, la búsqueda de identidad, los conflictos domésticos y familiares y la inestabilidad de la salud mental que para algunos de ellos provocan estas crisis. A pesar de ser relatos, a menudo descarnados y dramáticos, Osman asegura que, en general, ha querido transmitir la alegría de encontrarse a uno mismo y de conseguir que los deseos propios se puedan materializar. Otro de los referentes de los últimos años en la literatura LBGTIQ africana que llega en español hasta nuestras librerías de la mano de Team Angelica.

Guiss Guiss Bou Bess: “Estamos construyendo la música del mañana”

El grupo, que prepara su nuevo trabajo para el mes de noviembre, podrá verse en el African Village del Festival Rototom Sunsplash este año

Su tema Thieb bou Dup funcionó como una metáfora para sintetizar el invento musical de este dúo senegalo-francés: el electro-sabar, una fusión de los ritmos tradicionales senegaleses con bases de música electrónica.

Con este tema, que juega con el nombre del famoso plato de arroz con pescado (thieb bu dien) y uno de los ritmos más tocados de los sabar de Dakar, se dio a conocer en 2017 Guiss Guiss Bou Bess (GGBB) —traducido literalmente como “nueva visión”—, uno de los grupos de la escena urbana senegalesa que está pegando más fuerte, rompiendo tanto pistas de baile como esquemas mentales.

¿Es compatible la tradición con la modernidad? Mara Seck y Stéphane Costantini han demostrado que sí: a través de una fusión en la que el electro se adapta a los ritmos marcados por el sabar —término que designa a la vez un instrumento de percusión, un estilo de música y una forma de baile—. “Empezamos con el remix de temas de Mara, para ver qué salía. El maridaje pareció fluido, natural, y empezamos a crear nuevos temas en los que, la mayoría de las veces, soy yo el que sigo las propuestas que marca la percusión”, explica Stephane.

El sabar es un momento de encuentro, sobre todo de mujeres y niños, donde bailan y se expresan libremente. Normalmente se hace con ocasión de algún evento social (boda, bautizos, ligado más al misticismo, para curar a personas enfermas, etc). ¿Dónde se baila, entonces, su versión electro? “Tanto en las pistas de baile como en las calles”, responde Mara Seck. “Mi madre, mis tías y primas al principio lo veían raro pero ahora cuando lo oyen lo dan todo”, ríe.

El líder vocal del grupo se ha criado en la Medina, barrio popular del centro de Dakar. Hijo de una gran familia de griots por parte de madre (familia de los Sing-sings) crece entre ritmos e instrumentos y empieza a tocar desde muy pronto. Su padre es el celebre Alla Seck (bailarín y cantante de la orquesta Super Étoile con Youssou Ndour) que facilita su subida al escenario, haciendo sus pinitos primeramente en la danza y después como percusionista y “tassu” (un tipo de oratoria local).

Con esas tablas encuentra, en 2016 a Stéphane Costantini, doctor en Ciencias de la Comunicación vinculado a la Universidad de Paris 13 que se encontraba en Dakar en el marco de una investigación académica. Procedente de la esfera hip-hop francesa, Constantini cuenta con formación en diferentes instrumentos de percusión.  Su pasión por la música lleva a este beatmaker a trastear la escena dakaroise y entre ambos surge la chispa : “GGBB es una propuesta híbrida en la que las dos culturas se encuentran, siendo el electro el que va hacia el ritmo tradicional y no a la inversa: no es un corta-pega. Es una apropiación cultural a la inversa. La apuesta de GGBB es que Senegal se apropie del electro”, resume Constantini.

Al proyecto se une un equipo de creadores como Tiziana Manfredi, artista videasta, que aporta la imagen a este cruce de universos. “Estamos construyendo la música del mañana”, afirma Seck. “Queremos exportar el sabar, elementos del mbalax senegalés, al resto del mundo: una evolución de la tradición que hable a la juventud, que la ligue a sus raíces abriéndola al mundo”.

Su primer álbum, Heritage fue publicado el 2 de junio bajo el sello Helico Music y es, como explica Seck, un homenaje a su padre, “a la herencia de los ancestros”. En él GGBB se repasan los códigos cotidianos del país: se habla de la fuerza de las mujeres, de la tradición de los griots, de la cultura bayefall, …  sin dejar a un lado los problemas sociales a los que se enfrenta el continente, en el tema “jem ca kanam”.

El grupo prepara un nuevo álbum para el próximo mes de noviembre, enriqueciéndose de las experiencias de estos dos primeros años de trabajo conjunto y de encuentros con otros artistas, como el realizado con el dúo afropunk tribal de Germaine Kobo & Bella Lawson en el marco de la primera residencia de la Villa Saint Louis -Ndar en Senegal.

Listos para su gira de verano, en España serán acogidos en el African Village del Festival Rototom Sunsplash el 20 de agosto. Tras haber pasado por las islas canarias en el Womex 2018 será el momento para testar el calado de esta nueva propuesta en los escenarios de la península y ver si tiene igual de buena acogida que en la esfera francófona.

Un gran museo africano para repasar la historia de la humanidad

El Museo de las Civilizaciones Negras de Dakar es la memoria pictórica y escultural del continente de las raíces, de allá donde la vida humana comenzó hace millones de años. Este megaespacio, uno de los museos de arte africano más grandes del continente, atesora en su interior infinidad de piezas de distintas épocas y de diversas manifestaciones artísticas africanas y de la diáspora. Y pone de relieve una verdad absoluta, a veces olvidada en Occidente: África es la génesis de la humanidad.

Piezas exhibidas en el interior del Museo de las civilizaciones negras / Fotografía de Alicia Justo.

Situado en el centro de Dakar, este edificio museístico fue inaugurado en diciembre de 2018, siete años después de que se colocara la primera piedra. De construcción china- la huella asiática se observa en algunas señales en el interior del museo, como las que indican la localización de los extintores o en el espacio dedicado a máscaras procedentes del Lejano Oriente-, el museo es un gran bloque de cuatro pisos de estructura circular, lo que hace recordar a las tradicionales cabañas de algunas zonas del continente. Reinando la entrada de paredes color terracota, un gigante boabab artificial recibe con solemnidad al público y funciona como su alter ego natural, alrededor del cual las personas se reunían para tomar decisiones. En este caso, se trata del punto central desde el que se ramifican las distintas salas.

La distribución de estos espacios obliga al visitante a hacer un recorrido por la cultura africana –y, por consiguiente, por la de resto del mundo-, desde la Antigüedad hasta la época contemporánea. En el punto de arranque, unos paneles nos recuerdan las complejas operaciones matemáticas que se practicaban en el antiguo Egipto, el arte rupestre, las columnatas y pilares que inspiraron a las civilizaciones griegas y romanas o los diferentes viajes migratorios desde el continente africano hacia otros territorios que posibilitaron la mezcla de culturas.

En la sala contigua, las máscaras subsaharianas, las estatuas dedicadas a los dioses egipcios o las diferentes creaciones procedentes de Malí, Gabón o Sierra Leona, nos demuestran la bella complejidad de las manifestaciones artísticas realizadas en el continente desde hace siglos.

Y ascendiendo hacia las plantas superiores, encontramos, por un lado, un espacio dedicado a las dos grandes religiones monoteístas que reinan en el continente (el islam y el cristianismo), poniendo de manifiesto la tolerancia y convivencia religiosa de sus habitantes. Distintos versos del Corán caligrafiados sobre paneles se convierten en obras pictóricas por sí mismas y cubren una de las paredes de esta estancia, que al mismo tiempo reserva un espacio para diferentes creaciones del catolicismo en África.

Hacia otra dirección nos topamos con el arte contemporáneo africano y de la diáspora, que nos lanza un serio aviso de que la creatividad y el talento de africanos y sus descendientes no va a ser un boom efímero. Muchas obras, realizadas por cubanos y haitianos, reflejan en su construcción las herencias recibidas de uno y otro lado. Encontramos también mucho color, surrealismo, materiales reciclados, telas de estampados africanos que forman un mural gigante o fotografías artísticas. También denuncia, como ocurre en la pieza titulada `Laboratorio de desbernalización´ o en aquella que usa únicamente como elementos centrales los productos estéticos de blanqueamiento corporal. No se olvida el museo de rendir homenaje a las mujeres africanas y de la diáspora que tuvieron un papel relevante en la historia. Gracias a un serial fotográfico, es posible admirar a Njinga Mbandi, Rosa Parks o Assata Shaku.

La apertura del museo coincide con la polémica suscitada acerca de la posible restitución del patrimonio artístico africano de los museos occidentales, piezas robadas durante la colonización y que lucen, desde hace mucho tiempo, en numerosas salas museísticas desprovistas de todo contexto. Sin embargo, aquí, en el museo de las civilizaciones, todo forma parte de una historia, pero no la única que ha sido contada en Occidente, sino la de toda la humanidad.

 

La migración senegalesa se proyecta en las Baleares

Los ciudadanos senegaleses constituyen el tercer colectivo de inmigrantes originarios de África en España, tras los marroquíes y los argelinos. Baleares, junto con Cataluña o Madrid, es una de las comunidades que concentra a un mayor número de migrantes senegaleses, según el informe Senegaleses en España de la antropóloga y filósofa de la Universidad Autónoma de Madrid Mercedes Jabardo. Por eso, no es de extrañar que el nuevo Festival d’Altres Cinemes haya escogido el corto senegalés Dem Dem! como una de las obras a proyectar en su primera edición, que se centrará este 2019 en los cines africanos.

El corto, que se proyectará el próximo viernes 15 de marzo a las 18:30 en el mítico CineCiutat de Palma, es una de las cintas más aclamadas del cine contemporáneo emergido de África desde su estreno, en 2017. Dirigida por Pope Bouname Lopy, Marc Recchia y Christophe Rolin, de Senegal, Bélgica y Luxemburgo, es una ficción repleta de fantasía de 25 minutos que cuenta con la interpretación de actores como con Dial Thiam, Léa Kane o Cheikh Omar Diaw.

La historia es tal que así: un joven pescador de Senegal llamado Matar encuentra un pasaporte belga en una playa de Dakar y decide utilizarlo para emprender un viaje hacia Europa. En su camino, se encuentra con N’Zibou, un científico loco que mide las nubes y que le obligará a replantearse la cuestión de la identidad.

Se trata de una pieza que evoca el famoso ‘Barça o Barzakh‘, una forma de expresar en wolof “Barcelona o la muerte”, que muestra la desesperanza de una juventud harta de promesas frustradas que ve en el viaje a Barcelona (Cataluña ha sido tradicionalmente la comunidad autónoma con mayor migración senegalesa) su única salida a la pobreza.

Después de que hace a penas una semanas, Macky Sall haya sido reelegido presidente de Senegal con un 58,2% de los votos según resultados provisionales facilitados por la Comisión Nacional de Recuento de Votos, la proyección de Dem Dem! en el marco del FAC se presenta como una oportunidad única para revisar el tema de las migraciones, la identidad híbrida de los migrantes en las Baleares o incluso los aspectos relativos al género entre los y las migrantes senegalesas en las Islas.

Felwine Sarr y la urgencia de que África se repiense

La instrucción es clara: África debe repensarse para poder poner en el lugar que merecen todos los valores y los aprendizajes extraídos de las experiencias, en gran medida, traumáticas. África debe prepararse para reconstruir su futuro desde una nueva mirada hacia sí misma sino las dioptrías que la historia ha ido incorporando a su propia percepción de sí mismo. Son muchos los que tratan de poner su grano de arena a este, relativamente, nuevo pensamiento crítico africano, pero sin duda ha sido Felwine Sarr quien ha sido capaz de formularlo de la manera más exitosa.

El escritor e intelectual senegalés, Felwine Sarr. Fuente: Rama/Wikimedia

Afrotopía, el ensayo clave del intelectual senegalés, que ahora ha sido publicado en castellano por Casa África y Los Libros de la Catarata, es una especie de manual de uso para la edificación de una nueva conciencia. Una nueva conciencia que, en realidad, el propio Sarr construye sobre la base de pensadores clásicos que durante décadas no han dejado de reivindicar esta necesidad de autonomía. Así que al mismo tiempo, Afrotopía es una fantástica guía para recorrer esos caminos del pensamientos crítico africano que tan poco predicamento ha tenido, en general, en el Norte global.

Y a partir de aquí, reducir el contenido de Afrotopía a una reseña es un auténtico disparate, por lo que el ejercicio se debe contentar con mencionar algunas de las piezas que el pensador senegalés pretende colocar en el puzle y reconocer que no pondrá completar el ejercicio porque hay otras que sólo la lectora y el lector pueden extraer del texto.

Sarr anima, con este trabajo, a poner en marcha un ejercicio de construcción y destrucción. Destrucción de estereotipos, de las ataduras que llegan incluso a lastrar el pensamiento, de los complejos y las fronteras impuestas desde fuera, pero también desde dentro. Y a pesar de que toda la reflexión desprende energía positiva, el autor huye del triunfalismo y, sobre todo, de la trampa de un optimismo basado en las grandes cifras de un crecimiento macroeconómico.

“Los discursos actuales sobre África están dominados por ese doble movimiento: la fe en un futuro radiante y la consternación frente a un presente que parece caótico”.

“No obstante, más que un déficit de imagen, es de un déficit de pensamiento y de producción de sus propias metáforas futuras de lo que sufre el continente africano”.

“Se trata, por lo tanto de sustraerse de una dialéctica de la euforia o de la desesperación y emprender un esfuerzo de reflexión crítica sobre sí mismo, sobre sus propias realidades y sobre su situación en el mundo: pensarse, representarse, proyectarse”.

Desde esa posición de realismo analítico, Felwine Sarr transmite constantemente un mensaje de esperanza que no se debe confundir con un optimismo ciego, sino con la confianza en un potencial basado en la experiencia.

“En los albores de la historia humana, los africanos colonizaron territorios hostiles, obtuvieron una primera victoria sobre la naturaleza estableciendo sociedades sostenibles. Permitieron así que la humanidad sobreviviera y fuera perenne”.

Sarr va desgranando ideas y llamando la atención sobre fenómenos que han marcado no sólo las acciones, sino también las reflexiones a partir de un momento concreto influyendo, incluso en la autorepresentación de los africanos. El intelectual va aportando argumentos gracias a los que el lector o la lectora ve desenmarañarse algunas realidades complejas. Explica, por ejemplo, cómo el Norte global ha llegado a imponer su visión del progreso hasta tal punto que ha conseguido que parezca que el único desarrollo posible es un desarrollo lineal. Y por ello reclama la recuperación de otras visiones diversas en torno al devenir de la historia y de los pueblos.

“Todas las sociedades necesitan mitos para justificar su evolución y su apropiación del futuro. Puesto que el colonialismo ha desacreditado definitivamente la idea de misión civilizadora, el desarrollo se ha erigido como la norma indiscutible del progreso de las sociedades humanas al inscribir su marcha en una perspectiva evolucionista, negando la diversidad de trayectorias, al mismo tiempo que la de las modalidades de respuesta a los desafíos que se imponen”.

Y por ello Sarr reclama un reconocimiento de las particularidades culturas africanas como único salvavidas para la construcción de un modelo de futuro mejor.

“Asimismo, la propuesta que se les hizo a los africanos fue la de reproducir un modelo prefabricado de sociedad en donde su cultura local no tenía previsto un lugar y donde esta era frecuentemente evaluada de modo negativo. Esto olvida el hecho de que le desarrollo occidental es un proyecto económico, pero sobre todo cultural, fruto de un universo particular. Esta transposición del mito occidental del progreso tuvo como consecuencia una desestructuración de la personalidad básica de los grupos sociales africanos, de las redes de solidaridad existentes, de sus sistemas de significado, pero, sobre todo, un aprisionamiento de las poblaciones en un sistema de valores que no era el suyo”.

El intelectual senegalés no ahorra críticas al impacto de las imposiciones del Norte global en el continente, sin embargo, en contra de lo que algunos intentarían reprocharle, el análisis de Felwin Sarr no tiene nada de victimista, sino que pretende ser un punto de partida honesto para una toma de todas las responsabilidades.

“Frecuentemente, un discurso que se pretende responsable y que puede ser considerado ligeramente autoflagelatorio intenta por todos los medios negar las consecuencias de la trata transatlántica y del colonialismo en las trayectorias actuales de los países africanos. Se les pide hacerse cargo de sus responsabilidades, y sobre todo, asumir los fracasos ligados a la mala gobernanza posindependencia, dejar de citar el pasado y de acusar a los otros para justificar sus propios fracasos. Lo que por otra parte está justificado, pero solo parcialmente”.

El intelectual reconoce el fracaso de la mayor parte de los gobernantes de las posindependencias y las malas elecciones económicas y políticas, así como el saqueo, en muchos casos, de las riquezas de sus países. Sin embargo, advierte que no se puede obviar el peso de las condiciones en las que les fueron legadas las riendas de esos países.

“Seria una prueba de ignorancia o de mala fe intelectual el simplificar las cosas hasta el extremo de negar el impacto de las dinámicas históricas sobre el destino de los pueblos. Conmociones tan importantes como cuatro siglos de trata transatlántica y un siglo de colonización han tenido consecuencias demográficas, económicas, políticas, culturales y sociales de gran envergadura (…). Recordar estas evidencias no es ni inscribirse en una forma de fatalidad ni rechazar el hacer frente a las propias responsabilidades (…). Señalar con exactitud las causas de la enfermedad es una condición previa al remedio y a la cura”.

A partir de esas premisas, la reflexión de Felwine Sarr sobre la construcción de una economía independiente que permita edificar ese futuro deseado y de una cultura democrática que recree las condiciones para una sociedad más justa van adquiriendo todo sus sentido. El esfuerzo del intelectual es un esfuerzo de equilibrio entre un excesivo optimismo y la necesidad de ir cultivando una especie de autoestima colectiva en la que los valores propios sean la base. Sarr habla de impulsar un nuevo concepto de la modernidad y recupera las reflexiones de otros pensadores africanos para reclamar que África debe aportar más que una copia de las fórmulas europeas (y que de hecho el mundo necesita esa aportación renovadora) o que existe un potencial en la construcción social que se abre paso desde hace tiempo por debajo de las estructuras institucionales. Una y otra vez, Sarr recuerda los valores y las experiencias de esa cuna de la humanidad en la que se pusieron las bases de sociedades sostenibles, por sus relaciones entre sí y con el entorno.

“África debe su fuerte resiliencia social a sus tradiciones. Los africanos han cultivado a lo largo del tiempo los valores de resistencia, valentía y paciencia para hacer frente a los diversos impactos de su historia reciente. También han cultivado valores del vivre-ensemble a través de procedimientos originales: el cousinage à plaisanterie, la noción extensa de filiación y de familia, la movilidad interétnica, la capacidad de integración de la diferencia, el tejido y retejido incesante del vínculo social…”

Retablo de mendigos y de hipocresías

Hace 40 años que la escritora senegalesa Aminata Sow Fall publicó por primera vez La Grève des Bàttu. Ahora la editorial Wanafrica nos ha traído la traducción en castellano de este relato bajo el título La huelga de los mendigos y esta nueva versión simplemente pone de manifiesto que la historia es completamente actual, no sólo por el ritmo de la narración sino por los valores que transmite. La escritora senegalesa que pasa por ser una de las autoras clásicas de la literatura poscolonial del país, dibuja una dimensión de la sociedad poco visibilizada pero que tiene una presencia constante, la de la mendicidad. Al mismo tiempo, el relato pone al descubierto una evidente hipocresía en las relaciones de clase, entre la élite dirigente y en relación con los supuestos valores religiosos. Una severa crítica vestida de una atractiva piel de cordero.

La escritora senegales Aminata Sow Fall. Fuente: De may! en Wikimedia

La historia se sitúa en una más que reconocible ciudad de Dakar, en la que se desencadena una campaña gubernamental para poner coto a la mendicidad callejera. “Su presencia perjudica el prestigio de nuestro país; es una plaga que debemos ocultar en la ciudad como sea. Este año, el número de turistas ha bajado considerablemente con relación al año pasado y es casi seguro que esa gente tiene algo que ver”, explica Mour Ndiaye a su ayudante Kéba Dabo, para justificar la acción. Ambos serán los responsables, desde el Servicio de Higiene Pública, de sacar a los

Cubierta de La huelga de los mendigos

mendigos de la calle para que no perjudiquen la nueva industria turísticas del país.

La autora deja clara la importancia en la trama de la voluntad de medrar del jefe, Mour Ndiaye que tiene la vista puesta en la vicepresidencia de la República y, también, de un empleado como Kéba Dabo, obsesionado por agradar a sus superiores, “adicto al trabajo” y con un trauma infantil en relación a la pobreza que se va desgranando a lo largo de la novela.

Esta especie de sainete que presenta muchas similitudes con la novela picaresca, tiene diversos escenarios paralelos y, al mismo tiempo que las idas y venidas de los responsables del Servicio de Higiene Pública, se dibuja un curioso retablo del mundo de los mendigos. Poco a poco la autora presenta algunos personajes para que el lector vaya construyendo el mosaico de los pedigüeños que se van constituyendo en “hermandad” en el patio de la casa de Salla Niang, una mendiga poco convencional. Ese patio se convertirá en el centro de operaciones de los pordioseros cuando cambien su estrategia y pasen a la acción como respuesta al acoso de las autoridades.

Los pordioseros que ven caer a algunos de sus compañeros, terminan por reclamar su dignidad y su papel en una sociedad que presenta un complejo equilibrio. La realidad de la mendicidad, aunque invisibilizada, ocupa un lugar evidente en la cotidianidad de los senegaleses y Aminata Sow Fall lo refleja con claridad. “¿En qué barrio de la ciudad el primer gesto de la mañana no es dar una limosna? Incluso en los barrios de tubabs (europeos blancos), los tubabs negros y los tubabs blancos cumplen con ese rito. Si habláis de barrios pobres, eso sí que no viene al caso: todo el mundo sabe que los pobres dan más fácilmente que los ricos”, les espeta Salla Niang a sus compañeros para exigirles que contribuyan al sistema de apoyo mutuo.

El pulso entre los mendigos y las autoridades va subiendo de tono e incluso se cobra algunas víctimas. Unos y otros van cambiando sus estrategias, pero el movimientos fundamental se produce cuando se levantan nuevos liderazgos entre los indigentes que empuja a una insospechada organización del colectivo y su toma de protagonismo. Los mendigos saldrán de las calles, las plazas y los mercados, voluntariamente, como parte de la reclamación de su dignidad y este movimiento tendrá consecuencias más profundas de lo esperado, incluso, para el principal responsable de la campaña anti-pobres, Mour Ndiaye.

Otros temas van atravesando el relato y van definiendo algunos de los rasgos fundamentales de la sociedad senegalesa, rasgos que a menudo pasan desapercibidos, precisamente porque son mundanamente cotidianos. Una trama refleja el complicado equilibrio de la tradición y el aumento de protagonismo de nuevos valores en relación con el papel de la mujer. La poligamia, una especie de matriarcado puntual, la aceptación de algunas mujeres y la fuerza de la mayoría, el lugar central de la figura femenina y, también, sus reclamaciones, construyen una imagen de ese complicado papel femenino que, a veces, resulta difícil de entender desde otros contextos culturales, sobre todo, cuando se olvidan sus múltiples caras y se intenta simplificar. Aminata Sow Fall hace un interesante ejercicio y pone de manifiesto que el papel de la mujer en la sociedad senegalesa no puede expresarse en términos de blanco y negro.

La huelga de los mendigos se asoma también a otra realidad importante y poco conocida: la figura de los marabouts, los guías espirituales. La complicada caracterización de los personajes abre la puerta del interés del lector y la escritora se enfrenta a esa complejidad sin miedo. Podía haber optado por dibujarlos de una manera simplista para que no dejasen flecos, sin embargo, la novelista apunta algunas de sus múltiples caras como estudiosos, devotos, consejeros o, incluso, hechiceros. La particular religiosidad se abre paso en medio del conflicto entre mendigos y autoridades.

En todo caso, la lectura de la novela perfila diversas críticas, como esa ambigüedad del papel de la mujer y la complejidad de la realidad de la poligamia; pero también la hipocresía ante la pobreza, las dobleces de la caridad, orientada a la satisfacción personal y no a la ayuda a los otros; o los canales de ascensión de las élites políticas, entre otras cuestiones.

"Deconstrucción", de Justo Alioundine Nguema Pouye.

El arte interactivo por Nguema Pouye: “Me he buscado dentro de mí mismo”

La creación artística interactiva nace a mediados de la centuria pasada, o incluso en 1916 con el Dadaísmo, como un género cuya base recae en la participación del espectador, haciendo el arte más inclusivo y activo al romper la distancia entre obra y público. Aplicada en el panorama africano de muy diversas formas, el artista afroespañol Justo Alioundine Nguema Pouye da su propia versión de la interactividad artística en su obra, recogida ahora en el libro ‘El arte de la interpretación interactiva’ que presenta por varias ciudades españolas. En Wiriko hablamos con él.

"Deconstrucción", de Justo Alioundine Nguema Pouye.
‘Deconstrucción’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

“Aludo a la libre recepción y comprensión de mi creación por parte del público, puesto que el público es libre de interpretar aquello que ve y percibe”, dice el dibujante, escultor, poeta, músico y activista Justo Alioundine Nguema Pouye. Mientras el congoleño Chéri Samba aúna pintura y texto para despertar el interés del observador, la congolesa-rumana Maliza Kisuwa invita al público a palpar e incluso atravesar sus piezas artísticas, el afroespañol de origen ecuatoguineano-senegalés, Nguema Pouye ha ido descubriendo su obra a través del público.

Todo empieza en Holanda, en un momento de bloqueo en el que comienza a dar rienda suelta a sus primeros garabatos. “Son otras personas las que me enseñan a ver esos dibujos”, afirma. Ya en estos diseños se va percibiendo un patrón que se repite empleando una trama laberíntica, donde la abstracción de aire psicodélico se despliega caprichosamente componiendo ciertos elementos figurativos.

Su producción plástica se basa en un particular modus operandi, donde va descubriendo y matizando lo que ve en el soporte a base de ir borrando lo sobrante. “Una vez voy construyendo una imagen con conciencia, sin darme cuenta, se construyen como reacción otras imágenes sin esa conciencia”, explica. De esta manera, se van tejiendo las distintas formas y capas que componen sus trabajos, sea a través de una explosión cromática, sea a través de restringidos grises, pero siempre susceptibles de múltiples lecturas.

"Magia negra", de Justo Alioundine Nguema Pouye.

‘Magia negra’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

"Historia buena", de Justo Alioundine Nguema Pouye.

‘Historia buena’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

"El templo", de Justo Alioundine Nguema Pouye.

‘El templo’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

'Olas', de Justo Alioundine Nguema Pouye.

‘Olas’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

"Sol negro", de Justo Alioundine Nguema Pouye.

‘Sol negro’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

Paulatinamente ha ido desarrollando un arte de forma más consciente y estructurada. Sin embargo, “no puedo identificar referentes conscientes, puesto que tanto el dibujo y la pintura vinieron a mí, no fui yo a buscarlos. Es la gente la que ha venido a indicarme parecidos con Dalí, Escher o incluso Picasso. El conocimiento de la pintura de esos artistas me llegó mucho más tarde, porque no tenía relación con las artes plásticas en general. El libro viene a explicar en esas doscientas páginas que soy mi propio referente a nivel técnico, a nivel práctico, y que me he buscado dentro de mí mismo”, reconoce.

Su polifacética identidad ha ido hallando su propia forma a través de su recorrido como pintor, la cual ha dado como resultado su firma como pintor: “VRUS surge por la manera en la que firmo, haciendo referencia a esa Visión Revolucionaria Utilidad Social que quiero dar a mis obras”. Pero, tal y como nos indica, este no es el único pseudónimo que utiliza: “Me defino como VRUS para diferenciar al artista-pintor plástico de Yast el activista, de Yast Solo el músico, o de Justo, que es la persona, el individuo. Entre sí los propios personajes tienen sensibilidades, roles, facetas diferentes, y socialmente también tienen compromisos diferentes es base al tipo de arte que realizan”.

"Autorretrato", de Justo Alioundine Nguema Pouye.
‘Autorretrato’, de Justo Alioundine Nguema Pouye.

Y si bien en Inglaterra le llegaría la invitación a la pintura, en la que el acrílico, la cera, el óleo, el pastel o el tipex serían algunos de los primeros materiales con los que emprendería en su experimentación en torno a soportes y técnicas, es en Madrid donde se concretaría su pintura, ganando en una simplicidad interpretativa y una identidad que traduce como afroespañol y fang especialmente: “Yo creo que parte de mis obras tienen ese reflejo”. De hecho,algunas de sus obras se encuentran temporalmente en cesión a distintas instituciones de Guinea Ecuatorial y Senegal, donde son recibidas por los locales como algo que reconocen.“Me impactó que sí se identificaran en esas obras, que les gustaran, que las comprendieran, incluso más que la gente en Europa con la que he crecido”, señala.

Su libro ‘El arte de la interpretación interactiva’ recoge su faceta creativa tanto en el campo de las artes plásticas como en el de la poesía. Para él “la poesía es verbo, es palabra, y de algún modo es una expresión consciente de lo que quiero comunicar. La pintura es diferente. Parte de una abstracción mía, personal, del mundo en el que me encuentro, por eso cualquier persona puede tener su propia interpretación de cualquier dibujo o pintura que realizo”.

Los paralelismos de Omar Victor Diop

En la sala 635 del Museo Metropolitano de Nueva York reside el retrato de Juan de Pareja, asistente de Diego Velázquez, que el propio pintor sevillano realizó en 1650. Recoge la información del museo que, según uno de los biógrafos del artista, cuando este hito del retrato occidental se exhibió por primera vez “recibió tal aclamación universal que, en opinión de todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía pintura, pero esto solo como verdad.”

Exhibición Diaspora Omar Victor Diop / Foto: javidmgz

El aplauso quizás venga, como se recoge en la Wikipedia, por la destreza de Velázquez “de dotar de dignidad a los personajes que, por su profesión o condición, carecen de ella en la consideración social”. Es el primer cuadro que se conoce de un de hombre español con descendencia negra: Juan de Pareja, un hombre mestizo, hijo de una madre africana y un español; y esclavo, aunque Velázquez le otorgó la libertad años más tarde e iniciaría su carrera como pintor independiente en Madrid.

En la galería Autograph, al este de Londres, se homenajea a Juan de Pareja en una fotografía en la que no se ve al antequerano, sino al fotógrafo senegalés Victor Omar Diop. Es el propio fotógrafo el que sustituye al pintor, al igual que lo hace en toda la serie ‘Diáspora’con la que Diop recrea pinturas históricas entre el siglo XV y el XIX de africanos que consiguieron notoriedad. Pero el senegalés dota de simbología futbolera a sus imágenes para abordar paralelismos sociales.

Juan de Pareja, Frederick Douglas, Olaudah Equiano, Albert Badin o Jean-Baptise Belley son la excusa para lanzar preguntas sobre la figura de los futbolistas africanos en Europa. Diop viaja al pasado y se pregunta si la reputación ganada por los personajes históricos es comparable a la de los futbolistas. Todos tuvieron que enfrentarse a los abusos raciales y a la discriminación, pero finalmente se ganaron un lugar en la sociedad. ¿Un espejismo?

“El fútbol es un fenómeno global interesante que para mí revela a menudo dónde está la sociedad en términos de raza. Cuando se observa la forma en que se percibe la grandiosidad del fútbol africano en Europa, existe una curiosa mezcla de gloria, adoración heroíca y exclusión. De vez en cuando, hay cantos racistas o se lanzan pieles de plátano al campo y toda la ilusión de integración se destruye de la manera más brutal. Es esta paradoja la que estoy investigando en el trabajo”, dijo el artista sobre el proyecto en una entrevista a The Guardian

Alin Sitoe Diatta (Senegal, 1944) and Trayvon Martin (Florida, 2012) © Omar Victor Diop

La galería Autograph acoge esta primera exhibición en solitario en el Reino Unido del fotógrafo senegalés. Pero la muestra, comisionada por René Mussai y Mark Sealy, regala además otra serie de
fotografías que apelan a la resistencia política negra.

En 1944, desterrada en Tombuctú, murió con tan sólo 24 años Aline Sitoé Diatta. Conocida como la ‘Juana de Arco’ senegalesa, Diatta luchó contra la colonización francesa. La joven se levantó contra el imperio. Y eso le costó la vida.

Otra muerte. Otro joven. Diop juega de nuevo con el paralelismo histórico para llegar hasta los movimientos sociales más actuales. En 2012, una manifestación rendía homenaje en la neoyorquina Union Square a Trayvon Martin. Disparado por un hombre blanco, que evadió la cárcel justificando una actuación en defensa propia, el fallecimiento de Martin fue el detonante para el movimiento Black Lives Matter.

Con ‘Liberty: A Universal Chronology of Black Protest’, Diop se autorretrata para honrar aquellos que se levantaron contra el colonialismo u otra forma de opresión. Es un relato cronológico de los movimientos sociales o protestas negras que van desde las marchas en Selma, en 1965, a los disturbios liderados por las mujeres nigerianas en 1929 contra los administradores británicos. El fotógrafo senegalés también se detiene en la masacre de Thiaroye, donde soldados africanos que lucharon junto al ejército francés en la II Guerra Mundial fueron asesinados por el propio bando galo en 1944, cuando exigían los pagos que se le debían.

“La historia de la protesta negra es rica, ya sean revueltas de esclavos, marchas por la libertad o contra el apartheid, movimientos por la independencia o contra la violencia policial. Hay retratos de metáforas en los que la idea de identidad negra es central. Disfruté siendo el sujeto y el objeto de estas fotografías, sin embargo, no son autorretratos en el sentido tradicional”, apunta el fotógrafo.

Las causas de ayer son las mismas que las de hoy. Y Diop muestra “una narrativa reinventada de la historia de los negros y, por lo tanto, de la historia de la humanidad y del concepto de libertad”.