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Pat Thomas, leyenda viva del ‘highlife’, aterriza en Madrid

En la década de los 60, el highlife de Ghana y Nigeria gobernó las pistas de baile de África occidental. La mezcla de ritmos africanos, patrones de jazz, guitarras eléctricas y voces folklóricas, construyeron y reinterpretaron con orgullo la modernidad africana. La euforia de las independencias se adueñaba de prácticamente todo el continente, y el highlife se convirtió en la banda sonora de la época.

Pat Thomas fue una figura crucial de ese momento en que se forjó una auténtica revolución sonora, impulsando un seísmo que sigue sacudiendo hoy pistas de baile de todo el mundo. Estamos emocionadas con la noticia de que el próximo viernes 8 de noviembre aterrizará esta leyenda viva del highlife en la sala Shôko de Madrid , después de actuar el jueves 7 de noviembre en el marco de la 21 edición del Festival Womad de Las Palmas de Gran Canaria.

Y por ello, ¡sorteamos una entrada doble para el concierto de Madrid!

(¡Lee hasta el final para saber como conseguirla y llévate 2 entradas!)

A sus 72 años, Pat Thomas es una leyenda viva del highlife. Acaba de editar Obiaa! bajo el paraguas de Strut Records—uno de los LPs del mes en Wiriko—, un segundo álbum registrado junto a la Kwashibu Area Band, que llega tras más de cincuenta años de carrera enarbolando la antorcha del highlife por todo el mundo.

Nacido en una familia de músicos en 1946, Pat destacó como músico desde temprana edad, estudiando batería y guitarra bajo la tutela de su tío King Onyina —guitarrista de Nat King Cole y propietario de una tienda de discos en Accra—. Fue en 1971 cuando comenzó a ganar reconocimiento en Ghana como cantante en la banda de Ebo Taylor, los Blue Monks, una colaboración que se sucedería en varias ocasiones a lo largo de los años. Se integraron en algunas de las grandes bandas de Ghana de los 60: la Broadway Dance Band, Stargrazers y la Uhuru Dance Band, y, posteriormente a la exitosa y subvencionada Sweet Beans, fundada en 1973. Y así, cimentaron la escena del highlife, el afrobeat y el afropop que emergería en los años siguientes.

Tony Allen, pieza clave en la construcción del afrobeat junto al gigante Fela Kuti, y colaborador en una grabación con Sweet Beans registrada en Kumasi en 1975, una sesión aún inédita, confesaba: “Soy un baterista afrobeat, pero Pat Thomas es highlife”.

Pat Thomas & Kwashibu Area Band

Considerado un gran divulgador de la cultura ashanti y de las lenguas fanti y twi, es en 1978, que Pat Thomas recibe un premio como “Voz de oro de Africa”, que le darán un mote que lleva hasta la fecha.

Tras el golpe de estado que sufrió Ghana en 1979, Pat se traslada a Berlín, desde donde editó varios discos con el highlife como bandera, pero introduciendo liturgias religiosas, reggae, calypso, disco-highlife o afropop. Tras vivir en Inglaterra, Alemania, Canadá y los Estados Unidos, y con cinco décadas de escenarios a sus espaldas, ahora, el reconocido cantante de Ghana hará parada por Madrid para presentarnos su último lanzamiento.

¿Quieres ser la afortunada o afortunado que se lleve una entrada doble para el concierto del próximo viernes 8 de noviembre en la sala Shôko de Madrid?

Escríbenos un correo a connecting@wiriko.org con el asunto SORTEO PAT THOMAS respondiendo a la pregunta que te formulamos a continuación (no te olvides de indicar tu nombre y apellidos). 

¿Cuál es el nombre del disco que el ghanés Pat Thomas viene a presentar en España junto a la banda Kwashibu Area Band?

Chale Wote, la reivindicación del espacio público para el arte en Accra

“El Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo”, aseguraba Hakeem Adam, el coordinador de producción de Chale Wote, mientras tomábamos un zumo de piña con extra de jengibre picante. No es para menos. El Festival de Arte Urbano Chale Wote está ya a punto de cumplir diez años, y se nota. El arte toma el espacio público de las calles de Jamestown, un barrio pesquero que es simbólico porque allí nacía la ciudad de Accra, para llegar a otros rincones de la ciudad como Teatro Nacional o el Museo de Ciencia y Tecnología, a través de paneles y exposiciones.

Jamestown es un barrio relevante por muchas cuestiones. Es el punto de partida de la ciudad de Accra por sus relaciones con el exterior: los británicos construyeron James Fort, los holandeses Usher Fort y tiene muchas posibilidades de desarrollo y de historia, nos contaba Hakeem. Pero durante la época colonial este barrio dejó de ser zona neurálgica de la ciudad, lo que provocó que el desarrollo de la ciudad se diera fuera. Hasta hace muy pocos años, Jamestown era un barrio al que no ir. ¿Por qué hacer un festival allí entonces? Había muchos artistas que provenían del barrio y mucho espacio público que no estaba siendo utilizado (construcciones que datan de la colonización que habían quedado abandonadas). “En Jamestown tienes espacio y tienes historia, así que funcionó”.

El Chale Wote está cambiando la configuración del barrio: “está abriendo la ciudad a muchas más oportunidades: hoy muchos vídeos musicales y películas se graban allí, los artistas van y quieren hacer grafittis. A la vez está dando la oportunidad a los vecinos y vecinas de participar”, nos cuenta Hakeem.

Chale Wote, que significa en Gha “¡Vamos amigo!”, cuenta con un extenso equipo de quince personas —voluntarias— que trabaja todo el año para hacer esta cita anual posible. Durante los 15 días que dura el festival, otros 27 voluntarias y voluntarios apoyan el trabajo del equipo motor y acogen a los 75 artistas de performance, instalación, fotografía, audiovisual y graffiti y a los más de 50 músicos que participan. La procedencia de estos artistas es tan variada que cuesta plasmarla en este artículo, pero lo más interesante sea quizá la participación panafricana de artistas de todo el continente. “Es como gobernar un pequeño país” —afirma Haakeem—“esta creciendo exponencialmente, cada vez hay menos espacio en el barrio así que queremos descentralizar el festival por toda la ciudad”.

Quizá uno de los desafíos más claros de cualquier tipo de intervención social sea el trabajo con la comunidad; hacer que población partícipe de ese proceso, que se comprenda el objetivo de esa intervención y sobre todo que beneficie a las vecinas y vecinos del barrio: “Es un reto enganchar a las comunidades porque tiene sus propias dinámicas, y eso es sobre todo por las condiciones económicas. Para ellos Chale Wote es una manera de hacer dinero. Más allá de la cuestión del arte, ellos entienden que en Chale Wote la gente va a ir al barrio y será una oportunidad para hacer dinero vendiendo comida y bebida. Si hablas con ellos, el dinero que hacen en esos dos días, no lo hacen en todo el año. Ahí es donde viene el desafío. Tú como productor esperas tener el festival de arte perfecto, que las cosas vayan bien, que nadie rompa nada. Pero la gente no ve nada de eso, lo que ven es dinero y poder arreglarse y venir a divertirse, porque es un espacio de libertad”.

Sin duda un desafío, ya que muchas obras de arte se quedan en plena calle a pasar el fin de semana. Y muchas de ellas no sobreviven a las fiestas nocturnas donde las calles del barrio se convierten en un trajín de gente yendo y viniendo, de puestos de brochetas picantes, de licor local que recuerda al jarabe de hierbas y de jóvenes bailando debajo de los Sound Systems a ritmo de coupé decalé aceleradísimo y cantando al unisono los últimos hits de afrobeatz. Personas que interactúan de otra manera con las instalaciones artísticas creadas en la calle. “¿Cómo puedes evitar que durante el festival, en las fiestas nocturnas, la gente rompa las instalaciones? ¿Habría que poner a alguien que vigile las 24h? ¿Habría que evitar las fiestas de las vecinas y vecinos? ¿Habría que quitar del espacio público las obras de arte? Son cosas que se escapan de nuestro control y que son muy difíciles de resolver.”, se pregunta Hakeem.

Graffiti de Amina @put.studio

“Así todo, antes del festival tenemos varios encuentros con los jefes y la comunidad, para contarles nuestros planes. Es positivo, hay muchas comunidades en Ghana como Jamestown que no se benefician de Chale Wote, así que por lo menos hay una comunidad que una semana al año puede beneficiarse”, asegura. Pero no solo la gente de la comunidad se beneficia ya que no existen muchos espacios en los que artistas de Ghana puedan mostrar su arte. Hay algunas galerías y fundaciones donde se pueden visitar exposiciones pero su programación no cubre todo lo que se produce. Sin hablar de otras disciplinas que no sean artes plásticas o fotografías. Esto hace que la gente tenga más dificultades para acostumbrarse a convivir con el arte. “Cuando empecé a trabajar en el Chale Wote en 2013, había más o menos unas dos galerías en Accra. No veías arte performático, ni graffiti… Esto toma tiempo y la población, no solo de Jamestown sino de Accra en general, tiene que ir poco a poco conociendo. Un ejemplo es la música de Gaffaci (productor de música electrónica que ha colaborado con la organización del espacio de música electrónica Asokpor Corner en esta edición), que está enraizada en el sonido de Jamestown y Labadi, de donde él procede. Pero cuando suena su música, suena incluso un poco extraño a pesar de que tenga una base local. Lleva tiempo hacer estos experimentos. En Jamestown hay niños que desde que existe el Festival empezaron haciendo fotografía y hoy están haciendo su propio trabajo. Los niños en el barrio o juegan a fútbol, o hacen boxeo o simplemente se quedan allí, así que nos tenemos que quedar con esas pequeñas victorias”, asegura.

Sin duda el objetivo principal por el que el Festival naciera hace casi una década se está cumpliendo: dar espacio al arte y reclamar el espacio público. Esto último es importante en una ciudad en la que los peatones tienen que sortear los coches y los canales abiertos de drenaje que toman las escasas aceras que hay, y donde el espacio público es sobre todo para publicidad. “Una vez reclamado el espacio, el objetivo es transformar la comunidad. ¿Cómo podemos mejorar la comunidad? ¿cómo puede la gente hacer dinero? Intentamos incentivar la participación sobre todo de artistas de Ghana y de África, a pesar de que recibimos solicitudes de otros países, ya que hay muy pocos espacios para los artistas ghaneses. Ahora Jamestown es uno de los puntos calientes de Accra, todo el mundo quiere estar en Jamestown.”

La caminata no es fácil. La autogestión y la precariedad aparecen de nuevo en escena. “Hasta el momento el festival ha sido autogestionado con nuestros recursos y esfuerzos, no esperamos dinero ni nada. El año pasado recibimos un poco de apoyo del gobierno por primera vez y fue increíble. Esperamos que vuelva a ocurrir, no necesariamente en forma de dinero, sino en especies (alojamiento, por ejemplo)”. Para Hakeem es un logro que el Ayuntamiento de la ciudad les apoye con el cierre de las calles para los dos días principales del Festival ya que el tráfico, sobre todo en hora punta, es feroz y complica mucho la movilidad de la ciudadanía. Las empresas privadas tampoco ven beneficios en apoyar este tipo de actividades.

A pesar de ello, Hakeem es positivo y se queda de nuevo con las victorias conseguidas: “Para mi lo más importante son las conexiones para luego poder trabajar al margen del Festival. No es tan importante cuántas personas vienen, qué material se ha estropeado, etc… mientras hayas podido construir sobre esa experiencia”.

De cara al décimo aniversario del festival que se celebrará en 2020 el equipo organizador tiene grandes desafíos: “nuestro objetivo para el décimo aniversario es repensar como hacer de Jamestown un espacio para trabajar porque cada año hay un problema que crea otros tres problemas (ríe). Cómo poder apoyar a los artistas en más sentidos, más allá de patrocinio y movilidad, encontrar más voluntarios para ayudarles a preparar su trabajo, para protegerles, etc. También mejorar la promoción y la cobertura con todos los artistas que van pasando por el festival: publicar entrevistas, vídeos de un minuto, compartir contenido. En definitiva, mantener la conversación activa durante todo el año”. Grandes retos por delante de un Festival que se va convirtiendo en un referente y que sin duda, como dice Hakeem, es mucho más que una persona, que un lugar:  “Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo. No es un festival, no es la gente, no es una persona, no es un lugar. Es el poder; el poder de juntar a la gente para hacer algo mejor”.

 

“En cualquier parte de África se pueden encontrar escenas con las que conectar”

Al otro lado del teléfono la voz de Derrick Ofosu Boateng suena contundente en cada palabra, pero a menudo sus frases son interrumpidas con una risa nerviosa. Derrocha ilusión y convicción. Para él la fotografía es un medio de “cambiar la historia que se cuenta de África”. Su narrativa visual impregna con fuerza este mensaje y es la imagen de la octava temporada de Wiriko.

Fotografía de Derrick O. Boateng.

Derrick Ofosu Boateng lo tiene claro: “En cualquier parte de África se pueden encontrar escenas con las que conectar”. Este joven ghanés, ha vivido sus 21 años en Accra, la capital de este país del Golfo de Guinea, antes conocido por las metrópolis europeas como Costa de Oro y ahora reconocida por los organismos internacionales como una de las democracias más sólidas de África subsahariana. La realidad de Ghana es, en cualquier caso, diversa, tanto de puertas para dentro como de puertas para fuera, pero Boateng se muestra seguro cuando dice “las fotos que saco podrían ser de cualquier lugar del continente”.

Su argumento se basa en el razonamiento de que todo tiene su lado bueno y su lado malo y lo explica mientras hace referencia a su proceso artístico: “Mis fotografías están inspiradas en mi entorno, en lo que pasa allí.  Trato de reflejar lo que veo en las fotos. Accra es bonita, hay buena gente y es agradable estar allí. Y pienso que ocurre lo mismo en todo el continente”.

En su trabajo ‘Noticias en los cielos’, que es la imagen de esta nueva temporada de Wiriko, habla de esta dualidad de las cosas. “Hay muchas noticias en el mundo. Hay un montón de buenas noticias viajando por el cielo y malas noticias también, así que depende de cada uno hacerse una idea de lo que está pasando verdaderamente. Ocurre lo mismo con las personas. Hay mucha gente en el mundo, gente buena y gente mala, y depende de cada uno con quiere ir. Siempre la elección es de uno mismo”.

“Generalmente la gente siempre piensa en África como todo, de una manera negativa, esta es la impresión que tienen, pero con mis fotos trato de contribuir a que vean lo que yo veo, que es que África tiene algo de poesía también”. Esto último se ve claramente sobre todo en sus primeras obras, con retratos y composiciones mucho más delicadas, más poéticas y en tonos mates, alejados de sus vigorizantes y enérgicos últimos trabajos fotográficos que narran escenas del día a día de su ciudad.

Sin embargo, él mismo reconoce que esta visión dual es una manera de simplificar narraciones visuales que realmente son poliédricas, en tanto en cuanto sus lecturas dependen de tantas interpretaciones como personas le pongan la vista encima. “Mis fotos tienen una historia sencilla, son diferentes escenas de la vida cotidiana y es curioso porque la gente hace interpretaciones diferentes de una misma imagen. Lo que yo intento conseguir con ellas es algo que no es tan sencillo, que es cambiar la historia que se cuenta de África”.

“Lo que hago es que creo el concepto en mi cabeza, doy una vuelta y trato de darle forma inspirándome en lo que veo. Así saco las fotos y luego las edito”. Boateng saca las fotos que publica desde finales 2017 en su perfil de Instagram con el móvil de su padre. “Antes de esto yo sacaba fotos con mi móvil, pero hasta que mi padre no se compró un iPhone no me profesionalicé”, señala.

Tal y como él lo ve, la fotografía como género artístico está ganando peso en su país y, más allá de sus fronteras, el talento de los fotógrafos africanos también comienza a despuntar. Pero es sólo la punta del iceberg. Para él las artes visuales procedentes de África aún están insuficientemente representadas en la industria artística global. ¿La solución? “Creo que esto cambiaría si la gente tuviera más acceso al material fotográfico, si los precios no fueran tan caros”.

En su caso, la cámara siempre ha estado presente en su vida de una manera u otra. “La fotografía siempre me ha hecho feliz, desde que era un niño, y ahora significa para mí algo importante porque es la manera que tengo de defender la idea de que África no es solo algo negativo”.

“Mucha gente piensa que la música africana siempre tiene que tener una kora o un djembé”

Cuando George Ashirifie y Eugene Ampid (alias Kyekyeku) se reunían en el centro de la Alianza Francesa de Accra para tocar, no podían imaginar que con el tiempo recorrerían España juntos para actuar en festivales de música. Ambos son las voces principales de sus respectivas bandas, FRA! y Kyekyeku & Ghanalogue Highlife, los dos grupos ganadores de la última edición del Vis a Vis, un proyecto de cooperación cultural que desde hace diez años organiza Casa África para garantizar una mayor presencia de música africana en los escenarios españoles y generar industria cultural en África. “Vi la oportunidad de participar en Vis a Vis en Internet y le envié el enlace a George, luego estábamos entre los 12 grupos preseleccionados entre los 65 que se presentaron y el día que elegían a los seleccionados, George me dijo: ¿Te imaginas si FRA! gana y ustedes también ganan? ¡Eso sería fantástico!”, relata Kyekyeku con ilusión al recordar ese momento que les ha traído este verano a España para hacer aquello que le apasiona: “Enseñar la cultura local de Ghana a través de la música”. 

George Ashirifie y Kyekyeku.

Una de sus primeras paradas en esta gira de conciertos ha sido la tercera edición de MAPAS, el Mercado de las Artes Performativas del Atlántico Sur que se ha celebrado del 10 al 14 de julio en Santa Cruz de Tenerife. “Las oportunidades no están en todas las partes del mundo, es muy difícil conseguir financiación, incluso si consigues buenos contactos es difícil porque en la música no se trata de lo bueno que puedas ser, sino de las oportunidades que encuentres”. Y, en este sentido, el líder de FRA! añade: “Vis a Vis nos ha dado la oportunidad de llegar a España y MAPAS nos puede dar la oportunidad de llegar incluso más lejos que España”. ¿Y qué se puede hacer para depender menos de estas oportunidades externas? “No podemos desconectar la música africana de la industria musical que está fuera de África porque se trata de un sistema globalizado”, asegura George.

Para Kyekyeku la cuestión no está tanto en la cantidad de oportunidades que puedas encontrar, sino en la calidad de las mismas: “Yo he tenido oportunidades en África y aquí, y en ninguna de ellas he tenido apoyo institucional, esta es la primera vez, con el apoyo del gobierno español y del ghanés, y esto nos permite estar aquí y explorar nuestras posibilidades, y eso es bueno”. Aunque no es la primera vez que Kyekyeku & Ghanalogue Highlife tocan en España, afirma que en el caso de MAPAS tienen “la oportunidad de conocer a mucha gente de todo el mundo, y en eso consiste la música en conectar a la gente”.

Kyekyeku & Ghanalogue Highlife / Fotografía de Juan MaRe.

En sus conciertos en la isla canaria la conexión fue absoluta. Públicos de todas las edades no hacían ningún amago de resistirse. No lo hicieron con FRA! y tampoco con Kyekyeku & Ghanalogue Highlife. Era media tarde y hacía un calor soporífero, más digno de siesta, pero las butacas de la sala del Auditorio de Tenerife se encontraban prácticamente vacías porque la mayoría de los asistentes bailaban amontonados frente a un escenario que desprendía un sonido magnético.

Tanto Fra! como Kyekyeku tocan highlife, un género musical muy extendido en Ghana, que se llama ‘buena vida’ porque cuando surge, en los años veinte, era la música que se tocaba en las fiestas de la clase alta. “El highlife coge ideas de lugares diferentes y las mezcla con la vida ghanesa. Es una combinación del caribeño, de la música de las iglesias europeas, del bolero, del chachacha, de la rumba, … Era una manera de modernizar la sociedad a través de la música. Treinta años después, este género empezó a definir la música de Ghana”, explica Kyekyeku.

FRA! / Fotografía de Juan MaRe.

Sin embargo, la juventud imperante entre los miembros de ambas agrupaciones les ha llevado a dar nuevos aires a este sonido nacional. “No hacemos el típico highlife, sino que cogemos un poco de influencia de este highlife antiguo y añadimos más sonidos. Nosotros llamamos a nuestro estilo afrofusión, cogemos el sonido local y lo mezclamos con diferentes estilos de música”, explica el cantante de Fra! Y de ahí el nombre de esta banda, que en akan significa mezcla. Continua Kyekyeku explicando este ‘neohighlife’ agregando que su “generación está muy influenciada por la música estadounidense, por el rock, por ejemplo; y esto también es parte de nosotros. Para nosotros es muy importante poder usar la música de nuestra cultura y poder mirar al futuro y ver qué podemos proyectar de ella”.

Sus letras sí que distan de parecerse. Mientras que las creaciones de Fra! son “para sentirse bien, canciones felices para escuchar y bailar”, en el caso de Kyekyeku & Ghanalogue Highlife cantan acerca de “sistemas políticos y religiosos y sobre la vida como la conocemos en África. Hay cosas que ocurren en África que afectan al mundo entero también porque estamos conectados con todo. Por eso es importante hacer pensar a todo el mundo en qué podemos hacer para solucionarlo. En estos momentos a mí me preocupa que la gente use la religión y la espiritualidad como una forma de negocio. Por supuesto, respeto las religiones y la espiritualidad, pero cuando la gente lo usa para ganar dinero no está bien. Así que hablo de esto en mi música de una forma muy divertida para que la gente se lo pase bien, como una manera de invitar a pensar en ello”.

A pesar de sus diferencias musicales y aun siendo bastante identificable el sonido que ambos profesan, de cara a la industria su estilo pertenece a las ‘músicas del mundo’, al igual que el afrobeat, la maringa o el mbalax procedentes de la región de África Occidental o la mirunga, que proviene del otro extremo del continente. “Este término fue creado para poner toda la música africana en una misma caja”, dice George al respecto. A Kyekyeku no le molesta la etiqueta en sí, incluso considera que tiene ventajas. El problema lo ve en la generación de estereotipos que conlleva.

“Yo no tengo problema si alguien llama a mí música ‘música del mundo’, yo se lo que es mi música. Pero pienso que antes de que algo se llamara ‘músicas del mundo’ había grandes géneros como el blues o el rock que procedían de un único lugar y luego empezaron a aparecer grandes músicos africanos que fueron reconocidos, como Salif Keita o Miriam Makeba o Fela Kuti, y no sabían qué género darle a sus canciones, así que los empezaron a llamar músicas del mundo. Es una categoría para localizar esa música y eso la hace más accesible a la gente. Para mí la música del mundo como género no existe porque todas las que se meten en esa categoría son muy distintas entre sí. Hacer una categoría para la música no es lo más importante, pero hay un grupo de gente que piensa en este tipo de música como tribal y esto sí es un problema. Lo que hay que promover es que la gente localice esta música y la escuche. Mucha gente piensa que la música africana siempre tiene que tener una kora o un djembé, y esto es un problema porque en África hay muchos más instrumentos, mucha más música”.

Simbología Adinkra en movimiento: El falso relato de Tradición vs. Modernidad

Por Aitor Climent Barba

Tradición y África son dos palabras que suelen estar vinculadas en el imaginario colectivo occidental. Las culturas tradicionales evocan a las raíces y la identidad de un pueblo, pero el mismo adjetivo a la vez constriñe la cultura en cuestión a un contexto determinado y a un tiempo remoto, lo que condiciona e impide una lectura profunda del grupo cultural. A continuación veremos a través del ejemplo de la simbología Adinkra, procedente de Ghana, cómo este tipo de mirada está vigente.

La simbología Adinkra es un sistema de escritura basada en el uso de pictogramas o ideogramas, es decir, un conjunto de símbolos que sintetizan diferentes concepciones de la realidad akan que se transmite, a la vez, a través de su tradición oral. Estos signos pueden ser figurativos o abstractos y aparecen estampados, grabados o forjados en diferentes formatos y soportes. Tradicionalmente los akan utilizan el textil Adinkra como un medio donde plasmar el complejo sistema codificado que en sus orígenes explicaba su visión del mundo.

Actualmente los akan habitan en gran parte del sur de Ghana y una parte del sudeste de Costa de Marfil. Según G. F. Kojo Arthur, los akan usaban la ropa en tratados comerciales con pueblos del Sahel, Sáhara y pueblos africanos mediterráneos. Hasta que llegaron los europeos. Fue entonces cuando la simbología Adinkra comienza a categorizarse como manifestación o hecho cultural propio de la tradición africana, una idea de tradición que es fruto, según el curador y crítico de arte cubano Gerardo Mosquera, de la herencia colonial europea porque con esta se posicionó la cultura europea en el centro del imaginario colectivo global, lo que excluyó al resto de culturas precoloniales al exilio de un contexto aislado del resto del mundo al categorizarlas con etiquetas como tradicionales, antiguas o primitivas.

Pero la realidad es totalmente diferente. La simbología Adinkra es un ejemplo claro de manifestación cultural africana ligada a una determinada tradición, pero en coexistencia con otras comunidades oeste-africanas de las cuales incorporó técnicas, objetos y símbolos. Habitualmente la apropiación cultural por parte de una comunidad receptora se realiza según sus necesidades y/o intereses. De esa forma el hecho cultural se transforma y fluye con el tiempo y la circulación geográfica.

Con la independencia de la República de Ghana en 1957 nació la necesidad de forjar una identidad nacional para unificar los distintos pueblos que habitaban el país. El gobierno apropió la simbología Adrinka, entre otras manifestaciones culturales, como parte de la estética para construir la identidad ghanesa desde la africanidad en contraposición al colón europeo. Esta aplicación en los símbolos nacionales se puede apreciar, según G.F. Kojo Arthur, en objetos de consumo doméstico como sellos, monedas, etcétera, pero también en logotipos de instituciones nacionales y edificios públicos aún presentes en la actualidad.

Logotipo de la Universidad de Ghana con el símbolo Dwennimmεn en el centro

Actualmente nos encontramos en la era de la globalización, pero la cultura occidental aún permanece en el centro. El avance tecnológico ha posibilitado la conexión global y permite la difusión de producciones culturales locales a la misma escala, por eso también nos encontramos en el período histórico con más riqueza y diversidad cultural. La principal problemática consiste en que el nuevo interés por las culturas no-occidentales no nace de una voluntad de situarlas en el mismo plano de las culturas de los centros. Esta voluntad condiciona a las culturas periféricas según lo que se espera desde el consumo de los centros.

En el mundo del arte estas desigualdades son fácilmente percibidas. El surgimiento de grandes muestras artísticas del continente como DAK’ART, la Bienal de Arte Africano Contemporáneo, refleja esa necesidad de crear un espacio dedicado al arte contemporáneo de artistas africanos debido a su poca presencia en las Bienales Internacionales de Arte Contemporáneo. Si no fijamos en la última Bienal de Venecia, de los 120 participantes solo seis proceden de algún país africano (dos de Marruecos y los demás de Nigeria, Argelia, Zambia y Mali) y de los 85 pabellones nacionales solo seis también son africanos (Angola, Egipto, Costa de Marfil, Kenia, Nigeria y Sudáfrica).

Veamos dos ejemplos de artistas contemporáneos africanaos que incorporan la simbología tradicional en sus narrativas visuales:

Atta Kwami

Pintor, curador e historiador de arte ghanés con cierto recorrido en varios países africanos, europeos y estadounidenses. Su obra se caracteriza por la combinación de colores y formas mediante diferentes técnicas y soportes. Se puede apreciar la referencia estética de las piezas de Kwami con la tradición textil Kente y la cultura visual ghanesa. El dialogo del artista con la tradición es el punto de partida hacia otros ritmos, estructuras y composiciones.

Owusu-Ankomah

Conocido por sus cuadros, donde hace entrever siluetas humanas en medio de un cosmos de símbolos diversos entre los que figuran los Adinkra como nexo que refuerza el vínculo entre el artista ghanés y la tradición de su país de origen.

Kwesi Owusu-Ankomah (2002)

La mutabilidad y transformación constante constituye parte de la naturaleza de cualquier cultura que existe. Negar esta cualidad fluida es perpetuar la falsa imagen de pureza de identidad. Es por ello que cabe reflexionar sobre mediante qué circuitos de poder circulan las representaciones artísticas y respetar las narraciones visuales de quienes se ven en desventaja.

Realismo mágico en la ópera prima de Samuel Bazawule

Fotograma de ‘The Burial of Kojo’ del ghanés Samuel Bazawule

La culpa se entierra, pero no se olvida. A Kojo le persigue desde hace siete años cuando su hermano mayor, Kwabena, se casó con la mujer que él amaba. La noche nupcial tornó en tragedia por la muerte de la novia en un accidente de tráfico. Kojo conducía. Kwabena quiere venganza.

Desde entonces siempre sueña lo mismo y no puede desprenderse del recuerdo. Se miente a sí mismo e intenta reducirlo todo a una pesadilla. Kojo calla, huye y emprende una nueva vida.

Pero la culpa siempre trepa por algún resquicio.

The Burial of Kojo, es el debut cinematográfico de Samuel Bazawule. Este rapero ghanés, más conocido como Blitz The Ambassador, fue el encargado de inaugurar la octava edición del festival de cine africano y su diáspora Film Africa.

La cinta es la historia de dos hermanos enfrentados por la misma mujer. La hostilidad viene de hace tiempo y torna en guión de telenovela. Entre medias está Esi, la hija de Kojo, y protagonista de un cuento cargado de realismo mágico.

Tras la desaparición de Kojo, Esi tiene la tarea de encontrarlo. Para ello tendrá que escudriñar sus sueños y poder averiguar los secretos de su padre mientras conoce la venganza que prepara su tío. La pequeña es en la Los hermanos toman distintos roles en una historia que cabalga entre la vida y la muerte.

El guión recuerda a los cuentos de los abuelos, esas historias imposibles donde se desafía al destino. La línea argumental se desarrolla en medio de un juego entre el tiempo y el espacio donde aparecen guiños simbólicos reconocibles para la audiencia: Kojo quiere ser libre (paloma) de un pasado que lo acosa mientras Kwabena augura (cuervo) un trágico final.

Esi es la protagonista del debut cinematográfico de Samuel Bazawule

La ópera prima de Bazawule destila simbología y prosigue un camino que el director ya había explorado en su trilogía de cortos DiasporadicalSin embargo, Bazawule no se olvida del contexto actual de Ghana y la película pone también el foco en la minería ilegal del país y sus implicaciones políticas y sociales.

“El cine no ha sido muy justo con África. Si ves la cantidad de información en el cine y las distintas narrativas se mueven alrededor de muy pocos temas, casi siempre poco favorecedores.  The Burial of Kojo fue una oportunidad de contar una historia mágica lejos de la norma de la guerra y otras cosas traídas por Hollywood. Y también [es una oportunidad] para dar retratos íntimos que no hemos visto en el cine africano”, apuntó Bazawule en una reciente entrevista a BRIC TV.

The Burial of Kojo es la batalla contra la huida permanente. La carga se alivia en la confrontación con el pasado. Sólo así, Kojo será libre.

África y diáspora en corto (II)

Boneshaker

Dir: Frances Bodomo

(2013)

13 minutos

La joven (solo tiene 30 años) cineasta ghanesa Frances Bodomo está elevando a las alturas el nivel de los cortometrajes africanos, tanto en temática como estéticamente. Os traemos hoy, en esta segunda entrega de cortometrajes africanos, su ópera prima en la que retrata la historia de una familia de África Occidental, perdida en América, que viaja a una iglesia evangélica en Luisiana para encontrar una cura a la extraña enfermedad que padece su hija. Boneshaker tiene un brillo resbaladizo y nostálgico con imágenes granulosas y anaranjadas de la vegetación del sur de Estados Unidos; una alegría para la vista. El trabajo tiene un aspecto intimista que representar la espiritualidad a través de una lente honesta. Sin duda, vale la pena buscar en la filmografía de Bodomo mientras de manera ambiciosamente nos continúa acercando historias ricas y fascinantes a la pantalla. Y ojo, no dejéis pasa la oportunidad de investigar sobre su exitoso Afronauts (2014).

 

La madrina de la literatura feminista no es una aguafiestas

Ama Ata Aidoo ha sido considerada una de las madrinas de la literatura feminista africana. En Wiriko no nos gustas las etiquetas. Hacen más profundas los compartimentos que encorsetan y limitan y acostumbran a ser el reflejo de una visión superficial. En este caso, la etiqueta parece aceptable en la medida en la que reconoce la labor de pionera de esta enorme escritora ghanesa y, sobre todo, su capacidad para construir clásicos.

Ama Ata Aidoo y la Dr Wangui Wa Goro en Africa Writes / Estrella Sendra

Y un buen ejemplo es Nuestra hermana aguafiestas, la única de las obras de la reconocidisima escritora editada en castellano. Ya fue publicada en 2014 por la colección de literatura africana impulsada por Casa África y ahora, el colectivo Camabalache recupera la traducción de Marta Sofía López. Se trata de la primera novela (novela, por encajar esta obra en alguno de los géneros literarios básicos, porque el texto es mucho más que una novela) de la escritora ghanesa. No quiso esconder sus pretensiones, sobre todo, cuando le añadió el subtítulo “O reflexiones desde una neurosis antioccidental”. Pero lo más impactante es que se pueda leer una novela escrita originalmente en 1977, hace más de cuatro décadas, teniendo la sensación de que se están pasando las páginas del diario de una migrante africana actual.

Ama Ata Aidoo relata en Nuestra hermana aguafiestas la experiencia de una joven ghanesa que viaja a Europa, concretamente a Alemania e Inglaterra, con una beca para estudiar. Sissie, la joven estudiante termina siendo una aguafiestas, porque es incapaz de aceptar la autocomplacencia en la que han caído algunos de sus compañeros. Sissie se revela ante la actitud de los que han conseguido una cierta posición y han decidido quedarse definitivamente en los países en los que fueron recibidos con el encargo de formarse y volver a sus países a trabajar en el desarrollo de esas sociedades.

En todo caso, la experiencia de Sissie es más extensa. A través de su recorrido, Ama Ata Aidoo lanza una reflexión sobre el racismo de Occidente y sobre las relaciones desiguales que se perpetúan entre el Norte global y el Sur y, sobre todo, entre los hombres y mujeres de las correspondientes regiones del mundo. Aidoo, apunta también el papel de la mujer o la colonización cultural. Habla de lenguas o resistencia, pero su objetivo no es sólo la trata esclavista o la colonización, la escritora ghanesa también dispara contra la mezquindad de los gobernantes africanos y contra la falta de responsabilidad de sus élites.

El prólogo de la traductora de la obra de Aidoo ya es una joya para entender el contexto de la escritora, sus inquietudes y el marco que encuadra la obra. “En ningún momento la autora se deja deslumbrar por ‘los soles de las independencias’, esa ola de optimismo sobre el futuro del continente africano que recorrió el mundo entero en la era de las descolonizaciones. Y mucho menos por el oropel del mundo occidental, especialmente de una Europa paternalista y falsamente benevolente que aparentaba (y sigue aparentando) apostar por el desarrollo, las políticas democráticas y el lavado de conciencia colectivo sobre la historia del esclavismo, el imperialismo, la colonización y la neocolonización”, señala la traductora.

Aidoo no escatima la crítica hacia lo que llama “negro moderado” del que dice que “puesto que los intereses que con tanto afán defiende ni siquiera son los suyos, sólo puede regurgitar lo que ha aprendido de sus amos”. Lanza, igualmente, certeros dardos contra sus gobernantes al recordar que

“También hemos oído hablar,

¿a que sí? De países

en África donde

llueven desde Europa

esposas de presidentes.

Y traen a sus hermanos o… sabe Dios

para gestionar la

economía.

Una idea excelente…

¿cómo podría un negro

de mierda

gestionar nada

sin que expertas manos blancas

le tengan bien apretados los cojones

y el bolsillo?”

Y es que para ser la primera novela de Ama Ata Aidoo, la escritora ghanesa no tuvo complejos. Después de dos obras de teatro, un género que ha dado la máxima popularidad a la escritora, Aidoo no se pudo contentar con un formato de novela ortodoxo. En Nuestra hermana aguafiestas hibrida géneros y entremezcla la prosa y la poesía, combina en el relato un estilo narrativo convencional y otros más próximos a la escritura automática de una reflexión íntima y apasionada.

El feminismo va atravesando la historia apoyada en la experiencia de una mujer joven africana, primero en un entorno que le resulta extraño, y después entre los hombre que forman parte de la misma diáspora a la que pertenece ella.

“Porque

aquí bajo el sol

ser mujer

no ha sido

no puede ser

nunca será un

juego de niños”

El racismo también está muy presente en todo el relato. Durante la experiencia de Sissie, se cruzan noticias que ponen de manifiesto el discriminatorio sistema sudafricano, pero además se ponen constantemente de manifiesto, la mirada a veces paternalista, a veces huidiza a la que tiene que enfrentarse la estudiante en Alemania, donde a ratos es una extravagancia y a ratos una amenaza. Y entre esas historias dramáticas, Aidoo encuentra el espacio para girar el enfoque habitual con abordajes que no están exentos de ironía. “Pero, ay, su piel… Parecía como si en sintonía con sus emociones, la piel de Marija se encendiera y se apagara como un neón bicolor. Así que, contemplándola a la luz del sol poniente, Sissie no podía evitar pensar que esto de ser blanco era un asunto delicado”.

En definitiva y a pesar de pasar el esclavismo, la colonización y las diferentes formas de opresión y de no olvidarse de la colonización cultural, o precisamente por eso el apogeo del relato llega con la confrontación de Sussie a sus propios compatriotas, cuando intenta empujarles a abandonar la comodidad adquirida y a implicarse con el desarrollo de sus países. Las respuestas que recibe y los personajes con los que se encuentra en esa confrontación dan una idea de reto que supone la fuga de cerebros. En fin toda, absolutamente toda esa historia es pura actualidad, a pesar de tener más de cuarenta años.

Chiké Frankie Edozien: “Estamos aquí, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”

Chiké Frankie Edozien rezaba de joven por una novia. Iba a confesarse. Era la década de los 90 y chicos teniendo sexo con otros chicos era algo impensable. El sacerdote le animaba a reprimir lo que sentía. Pero nunca lo consiguió. Dejó su Nigeria natal y pasó por Londres. Finalmente se asentó en Nueva York donde reside en la actualidad. Después de años de lucha era el momento de vivir una vida honesta, gay y libre.

Chiké Frankie Edozien en la presentación de “Lives of Great Men” en el festival Africa Writes 2018 / Foto: Iván González

Lives of Great Men (Team Angelica) es el relato personal de Edozien. Un crónica que no sólo pone el foco en su vida privada sino que da voz a sus amigos, conocidos y transeúntes para desmantelar la idea de muchos de que no existe una comunidad LGTBIQ en África.

¿Es la homosexualidad algo importado de Occidente?, pregunto en nuestro encuentro en el festival literario Africa Writes donde Edozien presentó sus memorias. “La palabra homosexual se centra en el sexo. En África lo vemos desde el sentido más espiritual por lo que quizás la homosexualidad es una importación occidental en cuanto a la palabra pero definitivamente no en relación a la gente del continente que es gay, lesbiana, bisexual, transgénero… Incluso estas palabras son extranjeras para nosotros pero no su significado y su esencia”, responde.

Esta memoria gay, que recientemente ha recibido el premio literario Lambda 2018, es un recorrido por distintas partes del continente africano. Lagos y Accra cuentan con mayor presencia en un texto que nos lleva a Brooklyn, París, Hout Bay (Sudáfrica) e incluso a las inmediaciones de Edimburgo. Las historias que Edozien comparte son inocentes, cómicas y sexis. Pero también desvelan los miedos, las frustraciones y el dolor de la comunidad gay.

Lives of Great Men, que se publicará en Nigeria y Sudáfrica en las próximas semanas, es un canto contra el ostracismo. Es un homenaje a los que luchan por una forma de ser y no una simple preferencia. “Si esto fuera una opción, para qué arriesgar que las leyes nos metan en la cárcel. Nos están forzando a elegir una vida que no es nuestra. [Ser gay] Es una identidad. Es quien soy”, argumenta el escritor.

El libro intenta cambiar la narrativa impuesta en el continente y da voz a aquellos que no pueden, por presión social, vivir su propia identidad.

Edozien se liberó de las ataduras culturales y sociales cuando dejó Nigeria. Tuvo el apoyo de su familia aunque le costó ganarse la aceptación de su padre. Pero esto no es una posibilidad para mucha gente y el libro cuenta con innumerables casos de hombres gais que tras sus escarceos amorosos vuelven a sus vidas. A sus esposas.

Muchos gais en el continente se escudan en el matrimonio. Es una forma segura de esquivar la homofobia y hacer lo que se espera de ellos: casarse y tener descendencia. “En mi sociedad, el matrimonio no siempre es por amor. A veces es por conseguir una propiedad, por obtener un ascenso, por presión familiar. A veces es por supervivencia. Y tan terrible como lo es para los hombres, es aún peor para las mujeres africanas”, explicó Edozien en Africa Writes.

La visibilidad y el rechazo a la homosexualidad como una cuestión meramente sexual son clave, según reconoce Edozien, para combatir la superficialidad de un tema enquistado en diversos países africanos.

Su texto es la primera memoria gay en Nigeria y abre la puerta a otros trabajos como la antología de mujeres queer She Called Me Woman publicadada recientemente por Cassava Republic. “Cuanto más se publique mejor. Es el camino para el cambio y creo que se expandirá a la industria cinematográfica. Nadie puede decir que no conoce a nadie que sea gay”, dice.

El trabajo de las industrias creativas del continente es la vía para la normalización de la comunidad LGTBIQ. Edozien se confesaba al sacerdote porque en los 90 los jóvenes crecían, se casaban y tenían hijos. Sólo sabía que su mejor amigo y él eran “diferentes”. “Espero que los jóvenes abiertamente gais no tengan la carga que mi generación tuvo cuando no había ningún tipo de representación de la diversidad sexual”, explica el escritor que asegura recibir muchos mensajes pidiendo consejos. Les aseguro que no hay nada malo en sentir lo que sienten y que quieran tener un novio en vez de una novia. Elige sensatamente, les digo”.

Chiké Frankie Edozien en una foto cortesía del autor

Lives of Great Men surge como una respuesta a las legislaciones homofóbicas de distintos países del continente. En 2014 el gobierno de Goodluck Jonathan aprobó una legislación contra el matrimonio homosexual en Nigeria. Las medidas represivas seguían la estela de Uganda y Ghana donde estas leyes llegaron arropadas por la embestida del cristianismo evangélico que azota el África subsahariana.

“No vamos a ganar esta guerra luchando con las mismas armas. Hay que combatir para ganar corazones y mentes a través de la cultura pop, de la literatura, del cine… para que la gente piense por sí misma”. Una fórmula que también ayudará a padres y familiares: “Pueden leer estas historias personales e íntimas y entender que sus hijos son diferentes y no demonizarlos”

En muchos países es muy fácil culpar a la comunidad LGTBIQ de los problemas económicos y sociales, reconoce Edozien que advierte cómo el discurso político se endurece principalmente en las campañas electorales. Sin embargo, el escritor se muestra optimista y mientras conversamos recuerda la celebración del primer Orgullo en Suazilandia.

“El coraje que se ha mostrado en Suazilandia no se ha visto en el colectivo LGTBIQ en mucho tiempo y es algo que me entusiasma a pesar de lo pequeño que es el movimiento. Es una manera de decir que estamos aquí, somos diferentes, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”, sentencia.

Keteke, humor y sarcasmo en la Ghana post independencia

En 2015, la exministra de Turismo, Cultura y Artes Creativas de Ghana, Elizabeth Ofosu-Adjare, solicitó a las aerolíneas internacionales que incluyeran películas ghanesas a bordo de sus vuelos a Accra, la capital. La misiva sonaba bien, pero se quedó en suspense. Dos años después, la película Keteke (2017), dirigida por Peter Sedufia, se postula como un éxito viral no solo para el país que en 2017 celebraba el 60 aniversario de la independencia de Inglaterra, sino en los diversos festivales en los que está siendo seleccionada.

El título del trabajo de Sedufia alude al medio de transporte, que se convierte en un elemento indispensable para el guion: en Keteke se cuenta la historia de una pareja que pretende marchar a la ciudad para dar a luz, pero llegan tarde para coger el tren. Lo pierden. Una decisión equivocada los abandona en el medio de la nada. Así que, ¿llegarán a tiempo a la urbe para el parto o se arriesgarán a tener al bebé en el pueblo más cercano? En realidad es también un guiño histórico del joven realizador al servicio ferroviario de los años 80 en Ghana, cuando el ferrocarril era el único medio de transporte en las zonas rurales.

Otro de los regalos en la película, además de la hermosa fotografía, es el tema principal de la banda sonora, interpretada por el también ghanés Worlasi, y que ofrece una buena mezcla de estilos tradicionales, como el Palm Wine, y otros contemporáneos con presencia evidente de sonidos electrónicos. Una vez más, el cine funciona como correa de transmisión cultural. Keteke retrocede en el tiempo para explicar una historia que tocaría aspectos importantes de la sociedad: cómo son las relaciones humanas, las tradiciones, la magia “negra” y las infraestructuras ghanesas mediante el uso del humor y el sarcasmo.

El surrealismo mágico de las hechiceras africanas

Agosto de 1612. Valle de Pendle (Pendle Hille), en el condado de Lancashire, Inglaterra. Hacía calor y la gente se agolpaba en el que se ha considerado como uno de los juicios de brujas más famosos de la época. Alizon Device, una niña de 11 años, fue ahorcada, junto con otras nueve personas, después de admitir que era una hechicera que a menudo se encontraba con el demonio en compañía de su abuela de 80 años. A ella también la ahorcaron sin importar cuántas canas lucía. Y la literatura ha hecho correr tinta desde entonces.

Sí, es una película, pero estos espacios abocados al exotismo por la desprotección de los gobiernos existen en la realidad. La directora pasó más de un mes en uno de ellos en Ghana para documentar un guion que combina la denuncia social y la sátira y que continúa cosechando éxitos después del debut en el festival de Cannes de 2017, por cierto, la primera película zambiana que se ha presentado en el festival francés. El último de los galardones llegaba hace unas semanas con el BAFTA, los premios de cine que concede la Academia británica al debut como mejor dirección.

Este artículo ha sido publicado originariamente en el blog África no es un país, de El País. Para seguir leyéndolo puedes visitar este sitio.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Volver a casa, la dignidad de los hijos de la trata

Con un enorme incendio que en una noche de 1760 arrasa la tierras de los fante (en la actual Ghana) comienza Volver a casa, primera novela de la estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi. Es una joya literaria. Una obra tallada con talento y rigor en la que la autora recrea la historia de sus antepasados a través de una saga familiar que progresa a lo largo de 250 años, desde aquel fatídico incendio de 1760. Esa misma noche llega al mundo la pequeña Effia, que unos años después será vendida como esposa a un militar británico que dirige el tráfico de esclavos en el castillo del Cabo, una de las fortificaciones de la ruta esclavista más emblemáticas del golfo de Guinea. Su medio hermana, Esi, nacerá en el seno de una importante familia del país asante y allí será capturada y almacenada como una bestia junto a otras mujeres en los sótanos del mismo castillo del Cabo para ser deportada como esclava al sur de los Estados Unidos. El relato está construido a partir del recorrido alterno de las dos ramas familiares y en cada capítulo, que podría constituir una novela en sí mismo, se nos presenta la historia de un nuevo miembro de cada uno de los linajes.

Se trata de una novela deliberadamente fragmentaria, cuya forma en sí misma constituye una metáfora de tantas vidas rotas y truncadas de las que solamente podemos ver pequeños fogonazos que quedan iluminados por unos instantes en la oscuridad de la historia y del olvido. El lector tiene que esforzarse en reconstruir y rellenar toda la trama que une esos fragmentos de vida que comparten los descendientes de Effia y de Esi, silenciados entre los recovecos de la historia.

Precisamente es Jo, nieto de Esi, quien siendo un bebé es entregado por sus padres a una esclava cimarrón para que pueda crecer como un hombre libre, el que expresa su angustia al pensar que toda su historia podría ser borrada:

A menudo a Jo le preocupaba que la línea que trazaba su familia se hubiese interrumpido, perdido para siempre. Que no pudiera llegar a saber quiénes eran los suyos, y los antepasados de los suyos, y que, si había historias que contar sobre su procedencia, se quedase sin oírlas.

Gyasi se ocupa de que esto no suceda y, además de ofrecernos la potente historia de una saga familiar, nos brinda un panorama general en el que pueden enmarcarse las historias de otras tantas familias que compartieron una terrible comunidad de violencia, injusticia y sufrimiento a lo largo de los siglos.

Y es justamente la continuidad de esta violencia física, mental e institucional, su huella imborrable en los cuerpos, en el pensamiento y en la historia lo que sobrecoge al lector, que sin duda, no está acostumbrado a leer la realidad desde este punto de vista. Una vez abolida la esclavitud el rumbo de la historia de los africanos y de sus descendientes no parece cambiar sustancialmente, tras haber sufrido la degradación física y moral de la esclavitud, se enfrentan a una sociedad profundamente racista que no parece dispuesta a convivir con sus antiguos esclavos en pie de igualdad.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Sin embargo, Yaa Gyasi no se recrea en el drama, sino que nos muestra una increíble historia de dignidad humana, de resiliencia y de fuerza. Los diversos protagonistas de la novelista de origen ghanés, tanto hombres como mujeres, son personajes a menudo vencidos pero nunca humillados. Son hombres y mujeres que se rebelan y que a lo largo de siete generaciones van, progresivamente, liberándose de un destino impuesto por otros.

Así, en la época colonial de Costa de Oro, en la actual Ghana, un descendiente de Effia, el profesor Yaw, les explica a sus alumnos cuáles son las relaciones entre saber y poder:

Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese?” Cuando hayáis respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia.

Mientras tanto, al otro lado del océano, Sonny vive confinado en el Harlem de los 50 y relee Las almas del pueblo negro, el clásico de W.E.B. Du Bois, mientras está encerrado en un calabozo por haber participado en una marcha contra la segregación. La novela se cierra en la época contemporánea y nos propone el inicio de un nuevo camino, una nueva ruta que se abre hacia el cambio, la esperanza y el futuro.

Sin embargo, a pesar del claro compromiso histórico que hila toda la novela, Volver a casa es ante todo una historia de personas que aman, sufren, luchan y viven. El lenguaje de Yaa Gyasi es directo y poético al mismo tiempo. Excita los sentidos del lector recurriendo al tacto, al sabor y al olfato y transmite una fuerte sensualidad en la que el color y la textura de la piel oscura son protagonistas. Los paisajes que los rodean, naturales o urbanos se llenan también de matices sensoriales que nos permiten transportarnos a los inmundos calabozos del Castillo del Cabo, la tierra roja y cálida de los asante, la oscuridad de las minas de Pratt City o la hermosa bahía de Chasepeaky.

No nos atrevemos a poner una etiqueta a la escritura de Yaa Gyasi, pero sentimos que de alguna manera la escritora ghanesa forma parte de este grupo de poderosas voces femeninas, que como Chimamanda Ngozi Adichie o Arundhati Roy, provienen de países que fueron colonizados por las potencias europeas. Esta escritura de mujeres nacidas en los territorios de las antiguas colonias ha llegado para quedarse y para que podamos leer la historia desde un punto de vista doblemente diferente.