Todos (las niñas y los niños) deberíamos ser feministas

Después de aquella imperdible “El peligro de la historia única”, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se volvió a subir al escenario de las charlas TED para pronunciar una igualmente estimulante “Todos deberíamos ser feministas”. De eso hace ya más de siete años. La mancha de aceite de aquella intervención se ha ido extendiendo, primero con la difusión del texto íntegro, después con las traducciones de un lenguaje a otro… Sin embargo, que ese relato no está agotado ni muerto es evidente y una buena prueba de ello es su última secuela, un libro ilustrado con las reflexiones de la que es seguramente la escritora nigeriana más popular de la última década.

La editorial Beascoa se ha basado en la traducción orginal de Javier Calvo Perales que Random House ya publicó en 2015 y la ha reproducido con ligeras adaptaciones en un álbum que se completa con unas delicadas ilustraciones de Leire Salaberría.

El texto es conocido y a penas ha experimentado modificaciones, más allá de la sustitución de alguna palabra concreta que puede ser más complicada de entender para el nuevo público o del recorte de algunos párrafos. Esta nueva edición no ha prescindido de algunas de las propuestas clave como esa evolución personalísima e irónica de la interpretación del feminismo que la joven Chimamanda hacía a modo de resistencia a los clichés sobre las mujeres feministas:

“Incluso llegué a ser una ‘feminista feliz africana que no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos para sí misma y no para los hombres’.

Esto último es broma pero lo que sí que es cierto es que la palabra ‘feminista’ está llena de connotaciones negativas: odias a los hombres, los sujetadores y la cultura africana. Crees que las mujeres deberían mandar siempre, no llevas maquillaje, no te depilas, siempre estás enfadada, no tienes sentido del humor y no usas desodorante.

Es cierto que si la transcripción del texto original planteaba algunos problemas en cuanto al soporte porque no es lo mismo escuchar una intervención oral que leer un relato; en este caso, esas dudas se agravan. Aparentemente, el texto está pensado para niñas y niños a partir de cuatro años y quizá esta edición ha perdido la oportunidad de adaptar definitivamente el discurso de Adichie. En todo caso, es evidente que algunas de sus propuestas originales siguen siendo incisivas y atractivas:

“¿Por qué el éxito de una mujer es una amenaza para un hombre? Una amiga me preguntó una vez si me preocupaba pensar que podía intimidar a los hombres”.

Y, sin duda, continua diciendo cosas que a los adultos pueden resultarles incómodas y a las niñas y los niños pueden abrirles algunas puertas fundamentales en su pensamiento.

“Enseñamos a las chicas a tener vergüenza. ‘Cierra las piernas’. ‘Tápate’. Les hacemos sentir que, por el hecho de nacer mujeres, ya son culpables de algo. Y esas chicas se convierte en mujeres que no pueden decir que experimentan deseo. Que se silencian a sí mismas. Que no pueden decir lo que piensan realmente. Quin han convertido el fingimiento en un arte.

El problema del género es que determina cómo tenemos que ser, en vez de reconocer cómo somos realmente. Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género”.

De nuevo, en este formato poco convencional, el discurso de la novelista nigeriana nos llega, no solo destinado a los y las más pequeñas, sino también a los y las mayores que seguramente acompañarán su lectura, de una manera simple y directa:

“La cultura no hace a la gente. La gente hace la cultura.

Si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura”.

Más allá de la profundidad de los argumentos, lo que está claro es que esta edición infantil del discurso de Chimamanda Ngozi Adichie viene para aportar, junto a otras publicación recientes, una propuesta nueva a la construcción de una mira del mundo más diversa y más justa.

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Carlos Bajo Erro
Ciberactivista, periodista y amante de las letras africanas. Co-fundador de Wiriko. Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín.
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