Hiperdiversidad Sonora del África Plural

* Artículo originalmente publicado en la web dedicada a la exposición Making Africa del Ajuntament de Barcelona (en catalán)

Era un sábado de octubre de 2013. La terraza del Tree House regalaba una vista panorámica inmejorable de Nairobi a medianoche. Nina Ogot, cantante keniana y esposa de uno de los músicos más emblemáticos de la ciudad -Winyo-, acariciaba con voz dulce una asistencia que miraba más hacia una ciudad efervescente y dinámica en pleno fin de semana que no hacia el escenario. El club, casi siempre acostumbrado a los excesos y la saturación de los altavoces, estaba poblado por una amalgama de expatriados y trabajadores de organizaciones internacionales que suele nutrir el espacio. Yo acababa de aterrizar en la ciudad y todo parecía mucho más brillante, glamuroso y cautivador de lo que en realidad era. A la entrada del recinto, trabajadoras sexuales de todas las edades paseaban sus cuerpos a la sombra de la iluminación de farolas y coches. Los guardas de seguridad se dormían con la vibración de los bajos haciéndolos resbalar la gorra del uniforme a la altura de la nariz. Y mientras tanto, la industria de la noche hacía caja: taxistas, supermercados 24 horas, casinos, discotecas …

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Vista panorámica del centro de Nairobi durante la noche.

Nairobi está de moda. Mejor dicho, Nairobi va a la moda. A ritmo de kwaito sudafricano, Kuduro de Angola o Afrobeats de Nigeria, la que se erige como la capital del África del Este hace bailar a la juventud más acomodada de la urbe a ritmo de sonidos que nacen en otras ciudades africanas como Johannesburgo, Luanda o Lagos. Discográficas kenianas como Ketebul Music se esfuerzan en investigar, recopilar y reanimar las tradiciones sonoras de etnias como las lúo o kamba. La época dorada de la música Benga ha quedado atrás y la cultura de club, los sintetizadores y la electrónica se han apoderado de las pistas de baile más chic de Kenia, y no sólo en su capital, también en las ciudades turísticas de la costa como Mombasa, Diani o Kilifi. No en vano, el proyecto de investigación Ten Cities, promovido por Goethe-Institute, ha querido poner en común el movimiento de Djs de la ciudad con el de otros centros urbanos africanos y europeos, creativos y pioneros, como El Cairo o Berlín.

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Una actuación de ELECTRAFRIQUE presentando al DJ centroafricano BODDHI SATVA en el Tree House de Nairobi.

Evidentemente, no todo son luces de neón, élites y globalizaciones sonoras. Pero Nairobi es como un imán que atrae hacia su centro cualquier movimiento empujado por el magnetismo de la creatividad sonora. La ciudad reúne a menudo a programadores, emprendedores culturales, directores de festivales y nuevos conceptos de fiesta que crecen como setas año tras año en todo el continente. Muchos necesitan desplazarse a Nairobi para encontrar la financiación necesaria. Empresas del sector de la telefonía móvil, grandes organizaciones internacionales, empresarios y marcas de bebida, se convierten en patrocinadores de actividades culturales de todo tipo. Durante uno de los festivales de artes escénicas organizado por Sarakasi Trust, el “Sawa Sawa Festival”, pude entrar en contacto con un grupo de poco más de una decena de directores de festivales de música africanos que pasaban unos días en la ciudad para a reunirse en torno a posibles sinergias panafricanas. María Wilson, directora ejecutiva del HIFA, el “Festival Internacional de las Artes de Harare”; Yusuf Mahmoud, director del “Sauti Za Busara de Zanzíbar” o Faisal Kiwewa, director del “Bayimba Festival de Kampala“, buscaban formas de crecer y consolidarse, compartir gastos al invitar artistas en ruta para la región. Casi tres años después, la mayoría de festivales de música de África hacen lo imposible para sobrevivir a la crisis y falta de financiación del sector cultural mundial.

Sin embargo, África sigue produciendo una gran cantidad de éxitos que cada vez llaman más la atención a nivel internacional. La hiperdiversitat de sus sonidos representa hoy la pluralidad cultural de un continente donde 54 países y más de 2.500 lenguas conviven y se reproducen. África es el continente más joven del planeta. Y es esta juventud, cada vez más urbana, la que sostiene con ingenio y creatividad su dinamismo. África es una incandescente fuente de recursos sonoros que viven y se alimentan a caballo entre los universos e instrumentos tradicionales, pedales, efectos y mesas de mezclas.

Bombino, conocido como el Hendrix africano, exporta tradiciones sonoras del Níger junto con jóvenes consolidados como Fatoumata Diawara o veteranos como Amadou & Mariam, a través de antiguos canales abiertos entre Francia y sus ex colonias africanas. El dúo nigeriano P-Square abandera una oleada de R & B que viaja por gárgolas sonoras que confluyen en Londres vía Cape Town. Big Nelo inflama todo un movimiento desde Luanda que mueve a una joven generación de emigrantes que se encuentran en los suburbios lisboetas como Buraka Som Sistema. Pero hay sonoridades que se quedan en casa. Y a menudo, son las que más alimentan a audiencias locales que asisten a festivales y consumen música.

A menudo, la lucha a contracorriente en el océano de la industria musical implica sortear tiburones de todos los tamaños, y siempre hay peces que logran salir a la superficie y entrever atajos posibles. Algunos de ellos, auspiciados por discográficas europeas hambrientas de novedades que rompan la monotonía del pop occidental, han logrado incluso impulsar la carrera de músicos no profesionales como la de los ruandeses The Good Ones o incluso a los reclusos de una prisión malauí (Zomba Prison Project), nominados a los últimos Grammy. Pero son grupos como Msafiri Zawose, que rescatan la música tradicional wagogo del interior de Tanzania, los que demuestran una mayor virtud a la hora de inflamar directos y dejar boquiabierto al público con recetas originales de una África del Este a menudo supeditada a la sombra de guitarras congoleñas o house sudafricano.

Future Sounds of Mzansi, fotograma documental de Spoek Mathambo sobre la electrónica sudafricana.

Future Sounds of Mzansi, fotograma documental de Spoek Mathambo sobre la electrónica sudafricana.

En ciudades como Nairobi desembarcan frecuentemente grandes estrellas como el maliense Salif Keita, los sudafricanos Mafikizolo o el congoleño Koffi Olomide, contratados por festivales como el Blankets & Wine para atraer la clase media y alta de la cosmopolita capital keniana. También se genera pop local a gusto de adolescentes de toda África como el que produce el cuarteto vocal Sauti Sol. Y de forma mucho más underground, se alza la voz más crítica con cantantes y grupos como Juliani y Sarabi. Conscientes del cambio de rumbo de la industria y el peso, cada vez más importante, del audiovisual en el continente, la mayoría de músicos africanos se alían con cámaras, fotógrafos y medios de comunicación para expandir sus mensajes y hacerse un lugar en pantallas, vallas publicitarias, teléfonos móviles y tablets. La audiencia es tan amplia y heterogénea como la creatividad que se desprende de su sociedad, porosa y cambiante. Se trata de saber conectar con la gente, tanto con la que ocupa discotecas llenas hasta los topes un sábado por la noche como la que enciende la radio a las seis de la mañana mientras monta la parada de verduras en el mercado. La música acompaña y representa. Forma parte y encarna cualquier cultura. La música forma parte de toda subcultura. Nairobi es tan sólo un ejemplo más de hipercreatividad y hiperdiversidad. Un espacio donde cabe todo menos los reduccionismos.

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Gemma Solés i Coll
Licenciada en Filosofía (UB), posgraduada en Sociedades Africanas y Desarrollo (UPF) y Master euroafricano en Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Le interesan la música, el activismo cultural, las ciudades africanas y el turismo sostenible. Coordina la sección de Música y Artes Escénicas y presenta y dirige el magacín radiofónico Wiriko en M21. Contacto: [email protected]
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